36 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO XXV
CICLO C
18-27

 

18.

«¿Qué cosas son tuyas?»

Estoy seguro de que algunos, al escuchar las palabras de las lecturas de hoy, han pensado que la liturgia se ponía a tono con la actual situación de la sociedad española. Estamos viviendo unos años marcados por una gran conmoción en la economía mundial y, en concreto en la europea y la española: monedas que se devalúan, otras que se salen del sistema monetario europeo, una Europa que parecía caminar tranquila hacia cotas superiores de unión y que hoy se interroga qué resultado tendrá el referéndum francés sobre Maastricht.

Y todo ello en el entorno de un fraude y un tráfico de influencias que no cesan en nuestra sociedad: empresas interpuestas, comisiones injustamente percibidas, ganancias espectaculares de algunos pocos... Dentro del marco de una economía que parece resquebrajarse por todas partes y que tiene que hablar de reajustes, crecimiento negativo, austeridad... De alguna manera somos como ese administrador del evangelio, al que se le abre de golpe un futuro incierto.

La llamada parábola del administrador infiel nos narra una historia que no es fácil de interpretar. Hay que decir que, en el género parabólico, Jesús pretende resaltar lo que es su moraleja, y no todos los detalles contenidos. El mismo Lucas nos cuenta otras dos parábolas que tienen características similares: la del juez injusto que acaba administrando justicia por la petición continua de una mujer viuda y la de aquel otro que, dormido en la noche, acaba levantándose para que no le siga importunando el amigo que llama a su puerta. Jesús no alaba al juez que actuaba injustamente o al hombre que no atiende a su amigo en la noche. En las dos parábolas la moraleja de Jesús es la misma: la importancia de la oración, de llamar continuamente a la puerta de Dios, como la viuda o el amigo nocturno. Lo mismo acontece en la parábola de hoy. En ella hay que notar que la infidelidad del administrador consistía en haber derrochado los bienes de su amo, no en la rebaja de la deuda de los acreedores. En tiempos de Jesús, el administrador, normalmente un esclavo nacido en la casa, disfrutaba de una amplia libertad, estaba obligado a buscar el provecho de su amo, pero también podía buscar el propio beneficio, mediante préstamos bien calculados o cobrando intereses abusivos. Cuando realiza esa gran rebaja a los deudores de su amo, lo que estaba haciendo en realidad, era renunciar a su propia y legítima comisión, con vistas a tener amigos que pudiesen favorecerle en las horas de desgracia que se le aproximaban al ser despedido, en que iba a carecer de fuerzas para ponerse a cavar o a avergonzarse de ponerse a mendigar. Jesús alaba esa astucia del administrador -probablemente sería mejor traducir «astucia» por «capacidad previsora»- y formula su moraleja: «Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz».

La liturgia ha escogido, en paralelo con el evangelio de hoy, un texto profético de Amós. Este era un hombre del campo, pastor de bueyes y cultivador de higos, que vive en el siglo Vlll a.C., en una buena época de prosperidad económica y estabilidad política. Y, también, como entre nosotros, en una época de prosperidad surgen abismales diferencias económicas, los tribunales de justicia dejan mucho que desear y la búsqueda de las ganancias fáciles importa mucho más que la solidaridad y la fraternidad.

El texto de hoy de Amós, que ha sido calificado como «el profeta de la justicia social», refleja una sociedad rural sencilla, pero sus críticas duras pueden repetirse hoy desde nuestro modelo económico: se siguen usando todavía balanzas con trampa, pero, sobre todo, hay mecanismos micro y macroeconómicos que permiten el enriquecimiento fácil y espectacular; ya no se compra al mísero por un par de sandalias, pero se pueden establecer sistemas de financiación que pueden hundir al que más lo necesita. El evangelio de hoy es la continuación, sin interrupción, de las parábolas de la misericordia que escuchamos el domingo pasado. Allí se nos presentaba un Dios Padre -uno se atrevería a decir más madre que padre- que quiere a todos los hombres: al hijo pródigo y a su hermano mayor, a la oveja perdida y a las noventa y nueve del redil; es el Abba que hace salir el sol sobre todos los hombres y que a todos nos quiere como hijos. Precisamente este será el mensaje del rudo profeta Amós: No puede haber alianza con Dios, si no existe alianza y justicia entre los hombres; la alianza con Dios es inseparable de la justicia y la hermandad entre los hombres. ¿Cómo podemos llamar Padre al Dios, que nos acoge con ternura a la vuelta de nuestros caminos, si no nos sentimos hermanos de los hombres?

Así se entiende que Jesús diga a los que son «hijos de la luz» cómo deben relacionarse con el dinero. La «astucia» o la «capacidad previsora» que debemos tener se concentra en: «Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas». Es importante notar que el «dinero injusto» no es el ganado fraudulentamente -el criticado por Amós al hablar de las balanzas trucadas-, sino que dinero injusto es aquel que no es conciliable con las necesidades ajenas.

A-DEO/A-H: Como dice Pagola, «es imposible ser fiel a un Dios que es Padre de todos los hombres y vivir, al mismo tiempo, esclavo del dinero y del propio interés. Sólo hay una manera de vivir como "hijo" de Dios, y es, vivir realmente como "hermano" de los demás. Por eso el que vive al servicio de sus bienes, dinero e intereses, no puede preocuparse de sus hermanos y no puede, por tanto, ser hijo fiel de Dios». Así se explica la dura frase final de Jesús: «No se puede servir a dos señores..., no podéis servir a Dios y al dinero». Es lo que ya subrayaron con gran energía los santos padres. Así ·Basilio-SAN preguntaba al rico: «¿Qué cosas son tuyas? Es como si un espectador, por haber ocupado su puesto en el teatro, impidiese la entrada a los demás, creyendo que era propio de él lo que se ha hecho para uso común de todos. Así son los ricos. Si cada uno se contentase con tomar lo indispensable para subvenir a sus necesidades y dejase para el pobre los bienes superfluos, no habría ricos ni pobres, no existiría la cuestión social». o lo de san ·GREGORIO-MAGNO-SAN Magno: «Al darles lo necesario a los indigentes no hacemos más que darles lo que es suyo y de ninguna manera nuestro; pagamos más bien una deuda de justicia, que hacemos una obra de misericordia».

Si nos contentásemos con lo indispensable, «no existiría la cuestión social». Desgraciadamente, la cuestión social sigue existiendo aún con mayor gravedad que en tiempos de san Basilio, hace dieciséis siglos o en tiempos de Amós hace veintiocho siglos. San Basilio se preguntaba también: «¿De dónde has traído a la vida lo que has recibido?». ¿Qué mérito tienen nuestros niños, que nacen rodeados de cuidados y regalos -o los que tuvimos nosotros en su día- y qué no lo tienen los niños famélicos y comidos por las moscas, sin fuerzas para espantarlas, de los campos de refugiados de cualquier país del tercer mundo? ¿Qué sentirá ese Padre, ese Abba, que quiere a todos los hombres por igual, ante el sufrimiento de estos pobres niños? ¿No tienen todos los niños, los del tercer mundo y los nuestros, el mismo mérito de ser, todos ellos, hijos de Dios?

El pecado del hijo pródigo fue «vivir disolutamente y derrochar su fortuna». Tendemos a subrayar lo primero -la vida disoluta- y a poner entre paréntesis el derroche de su fortuna, de la misma forma que nos indignamos contra las películas de pornografía y canibalismo y no protestamos contra un «orden» internacional que hace posible que los niños mueran de hambre en Somalia.

¿No tenemos que reconocer, con la mano en el corazón, que nuestro pecado es también el derrochar nuestra fortuna y el pretender servir a Dios y al dinero? Cuando se acercan horas de vacas flacas y economías en recesión, ¿no tendríamos que ganarnos amigos dando lo que tenemos y que no es sólo nuestro, dejando de derrochar nuestra fortuna? Esa es la moraleja que Jesús nos presenta hoy.

JAVIER GAFO
DIOS A LA VISTA
Homilías ciclo C
Madrid 1994.Pág. 319 ss.


19.

1. «Compráis por dinero al pobre».

En la primera lectura se aborda el tema del «Mamón injusto» -que se continúa en el evangelio- de una manera que toda la injusticia se sitúa no en el dinero mismo, sino en el uso que los opresores hacen de él. No se trata sólo de ciertas manipulaciones sin escrúpulos en la vida económica («disminuís la medida, aumentáis el precio»), sino del fraude manifiesto («usáis balanzas con trampa»), y esto unido a una valoración del pobre como pura mercancía («compráis al mísero por un par de sandalias»). Todo esto es un atentado contra el mismo centro de la alianza con Dios, que no sólo condena la mentira y el robo, sino que exige amar al prójimo como uno se ama a sí mismo. En el pensamiento del mundo de fuera de la alianza muchos de estos hábitos pueden ser considerados «normales» (aunque también en él los hombres de Estado se hayan preocupado siempre de promover la justicia para todos), y Jesús puede en el evangelio servirse de estos comportamientos «normales», calificados de «astutos», para su enseñanza.

2. «Los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz». El administrador del evangelio, que ha derrochado los bienes de su rico señor y al que éste le pide cuentas de su gestión, elige la estafa como salida «astuta» a su comprometida situación. Para él ésa es la forma de salir del atolladero en el último momento. Su calculada astucia consiste en que, cuando se produzca el despido anunciado, espera encontrar acogida en casa de los deudores a los que ha perdonado parte de lo que éstos debían a su amo. Cristo (el «amo» del versículo 5) no alaba la estafa, sino la astucia, que en el ámbito mundano (en los usos de la economía mundial) supera muy a menudo la astucia de los cristianos, incluso cuando se trata de su ser o no ser. Los cristianos deberían tomar alguna precaución para que en su día los «reciban en las moradas eternas», al menos dar limosna, repartir su dinero entre los necesitados, en vez de esperar como holgazanes a que llegue el juicio y se produzca el eventual despido.

Las últimas cuatro sentencias de Jesús sobre Mamón (versículos 10-13) exigen formalidad en las cuestiones monetarias también en la Iglesia (el dinero confiado a la Iglesia para las buenas obras debe administrarse concienzudamente), y finalmente una clara decisión: Dios y el dinero son dos amos que no comparten su soberanía, por lo que nadie puede pretender servir a los dos a la vez.

3. «Dios quiere que todos los hombres se salven».

La segunda lectura ensancha la perspectiva: la Iglesia debe orar también por el gran ámbito no-cristiano, pues Dios ha incluido también a ese ámbito en su plan de salvación. Ella no puede dedicarse a la política, a la economía y a las cuestiones sociales, pero debe hacer todo lo que esté en su mano para que la igual dignidad de todos los hombres, proclamada inequívocamente por Cristo, sea reconocida en todos estos ámbitos. Como el plan divino de salvación incluye a todos los hombres, la Iglesia debe, más allá de su ámbito propio, preocuparse de toda la humanidad. Pablo se denomina aquí «maestro de los paganos»: esto significa no sólo que pretende convertir a algunos de ellos a la fe, sino que quiere que las normas auténticamente humanas que resplandecen en la Nueva Alianza sean reconocidas también más allá de las fronteras de la Iglesia.

HANS URS von BALTHASAR
LUZ DE LA PALABRA
Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 284 s.


20.«PODEROSO CABALLERO»

«No podéis servir a Dios y al dinero». Así termina el Evangelio hoy. Es verdad. Y lo comprobamos a cada paso. El dinero divide a las familias, rompe las amistades y hace que el hombre traicione hasta lo más sagrado. Aquí y en la Conchinchina. Hoy y en tiempos de Amós.

Amós era un profeta que vivió ocho siglos antes de Jesús. Era una época de prosperidad económica y comercial, en la que todos, más o menos, cantaban lo de «poderoso caballero es don dinero». Tanto se convirtió Palestina en una sociedad de consumo, que sólo pensaban en eso: negociar. Ni siquiera respetaban ya las festividades, en las cuales, recordando la liberación de Egipto, debían interrumpir todo movimiento de compraventa. Pero Amós no se callaba; Amós, enérgica y valientemente, denunciaba su avaricia: «Disminuís las medidas, aumentáis los precios, usáis balanzas con trampa, y compráis con dinero al pobre».

Y ésa ha sido la eterna canción. El fraude, el engaño, la estafa, hasta la compra de la libertad de los indigentes que, por subsistir, caen en la zarpa de los poderosos, han sido la constante de todos los tiempos.

Lo mismo en la época de Jesús. Por eso, nos contó la historia de aquel «administrador tramposo», que hizo de todo: derrochar, malversar fondos, falsificar recibos y «forrarse el riñón» para el día de mañana. Para invitarnos a continuación a «ser fieles en lo pequeño, porque el que es fiel en lo poco, también será fiel en lo mucho». Y porque «no se puede servir a Dios y al dinero».

Pues, en eso estamos, amigos. A veintiocho siglos de Amós, a veinte siglos de Jesús, en eso estamos. El mundo sigue igual. Las palabras de Amós -«disminuís las medidas, aumentáis los precios»- parecen presidir, en grandes pancartas, la vida de nuestras ciudades. Se multiplican cada día los casos de corrupción, de especulación en los negocios, de falta de calidad en las mercancías, de trampas y adulteraciones en el alimento, de asombrosos narcotráficos, caiga quien caiga. Y no sólo en las altas esferas. Lo mismo a nivel de la calle. Ya el kilo no pesa mil gramos, ni el pollo sabe a pollo, y, al menor descuido, nos dan «gato por liebre». Las revistas nos describen con detalle las grandes mansiones a lo Falcon Crest, que se construyen los famosos. Pero los novios se quedan contando «ceros» en las cifras astronómicas que marcan las viviendas más sencillas. Es decir, Amós sigue siendo Amós y la historia del «administrador infiel» no termina nunca.

Pero hay más todavía. Y es que, en todo, hasta en nuestras actitudes más sagradas, por ejemplo, en nuestra entrega al deber, en nuestra capacidad de sacrificio, en nuestra profesionalidad, vamos también «disminuyendo las medidas y subiendo los precios». Nada hacemos ya «gratis et amore». Y, cuando no hay más remedio que «hacer», hacemos, sí, pero muchas veces, «para ir tirando».

Nos educaron en la teología de «lo pequeño».

Nos pusieron como modelos a Teresa de Lisieux, a Fray Martín de Porres, al Hno. Gárate, porque encontraron a Dios en los servicios más humildes. Pero al hombre de hoy, abrumado por las modernas técnicas mastodónticas, deben de parecerle estas cosas «pérdidas de tiempo». ¿Qué importancia pueden tener las minucias del detalle?

Y, sin embargo, el Evangelio va más por la «calidad» que por la «cantidad». Para Dios nada hay «pequeño». A quien Dios presta un talento, le exige, por lo menos, otro.

ELVIRA-1.Págs. 263 s.


21.

Frase evangélica: «No podéis servir a Dios y al dinero»

Tema de predicación: LA IDOLATRÍA DEL DINERO

1. RIQUEZA/IDOLATRIA 

Según las costumbres de la época, cuando un administrador reducía el importe de un recibo, disminuía su propia comisión. Por esta razón, el dueño alaba al administrador injusto, ya que ha sabido aprovechar el plazo de tiempo que le quedaba distribuyendo generosamente el dinero del que es administrador. Lo que hace este mayordomo infiel es reflexionar seriamente, como el rico insensato, el hijo pródigo o el juez inicuo. Por supuesto, el evangelio no aprueba la deshonestidad del mayordomo, sino su sagacidad.

2. De acuerdo con el evangelio de Lucas, el reino es de los pobres. Los ricos pueden obtener los bienes del reino si renuncian a las riquezas acumuladas y las distribuyen. Los bienes que administramos deben servir a los más pobres. Para los necesitados es el dinero. Lucas interpela a los cristianos para que sean hábiles, generosos y dignos de confianza.

3. Por constituir el amor al dinero una idolatría, hay que optar entre Dios y «Mammón». Estos dos servicios son incompatibles. En realidad, Lucas escribe «Mammón» en lugar de «dinero»: es dinero deificado.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Somos generosos con el dinero?

¿Lo idolatramos hasta considerarlo el móvil de nuestras vidas?

CASIANO FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág. 302


22.

Esta parábola es ciertamente desconcertante. En otras comparaciones Jesús ha criticado la mala administración de los bienes. Sin embargo, en esta ocasión admira la sagacidad del administrador. La felicitación está dirigida al bien que logró hacer al rebajar las obligaciones de los deudores.

En las costumbres de la época, los administradores de los hombres ricos tenían derecho a un porcentaje sobre las deudas cobradas en especie. Este administrador indudablemente iba a perder sus derechos con el llamado a cuentas. Sin embargo, no esperó a perder su parte sino que la repartió. Al otorgar a los deudores la ganancia que él debía recibir, se granjeó su simpatía y aseguró la propia subsistencia. El hombre rico se sorprende de la astucia del administrador y no lo reprende porque éste entregó la parte a la que tenía derecho.

Esta demostración de astucia es tomada por Jesús para enseñar la finalidad del dinero. El dinero no es para enriquecerse desmedidamente. Su función es beneficiar a otros. El administrador no procedió a tomar abusivamente una ganancia. Desvió los recursos de un hombre rico que no los necesitaba hacia los deudores con la finalidad de aliviar las deudas.

La conclusión de la parábola es sumamente drástica: no se puede servir a Dios y al dinero al mismo tiempo, porque los dos se oponen radicalmente. La búsqueda de riquezas tiene una dinámica que obliga a los individuos a volver harina a las demás personas para amasar una fortuna. Los medios de enriquecimiento no están orientados a la construcción de una sociedad más justa. La riqueza sólo edifica emporios que esclavizan a la humanidad. Por esto, la propuesta de Jesús que apunta en una dirección diametralmente opuesta, no está dirigida a los poderosos sino a aquellos que han elegido el camino de la Vida.

Como el público que escuchaba a Jesús estaba compuesto por fariseos, curiosos y gente sinceramente interesada en el Reino, las recomendaciones sólo están dirigidas a quienes en medio de sus ambigüedades han hecho opción por una vida orientada completamente al servicio de Dios.

Los que estaban realmente interesados por el Reino se convirtieron en seguidores de Jesús. Y lo primero que hicieron fue "dejarlo todo" e ir tras él. Esta opción no se originó en una necedad pasajera o en una simple e idealista oposición al sistema vigente, sino en una elección del Dios verdadero, que por medio de sus profetas ha hecho una radical oposición a los hombres interesados en construir imperios.

En su momento, las palabras de Jesús fueron causa de división, tropiezo y discordia. Hoy no han perdido fuerza y siguen causando desconcierto. Pues, nadie como él ha sometido la injusticia, el lucro y la explotación a una crítica tan severa y demoledora. Sus palabras y su vida hoy resultan tan contradictorias que las tenemos que envolver en papel decorado para evitar que nos exploten en las manos. Pero, no tenemos otra alternativa: o recogemos con él o simplemente desperdiciamos. O vivimos como nueva humanidad liberada del pecado o nos hacemos del lado de los que edifican imperios con la injusticia y la sangre inocente.

Al interior de nuestras comunidades tenemos que aceptar el cuestionamiento de Jesús: o con Dios o con el dinero. La respuesta nos puede causar incomodidades. No tanto porque tengamos mucho dinero y sea necesario entregarlo a los pobres. Sino, porque siendo pobres, como seguramente lo somos, tenemos ambiciones de magnates. Nuestros ideales de vida son seguramente alcanzar la riqueza, el poder y prestigio que nuestra sociedad nos propone como sueño dorado. El día que comprendamos que la ganancia propia no puede ser el hambre ajena, estaremos encaminados al servicio al Dios de la vida y derribaremos los ídolos del Dios del dinero.

Preguntémonos ahora: ¿Conocemos a fondo los mecanismos sociales, políticos y económicos que producen la pobreza en nuestros pueblos? ¿Los jefes de nuestras iglesias encaminan a la comunidad al servicio del Dios de la Vida o al servicio de quién? ¿Somos capaces de tomar el mensaje de Jesús tal como es o necesitamos decorarlo para que no parezca tan duro?

Para la conversión personal

El mensaje de Jesús es claro: "no podemos servir a Dios y al dinero". ¿De qué lado me coloco yo? ¿Cómo vivo personalmente mi relación con los bienes temporales? ¿Me esclavizan? ¿Trato de contemporizar y servir a los dos?

Para la reunión de comunidad o grupo bíblico

El neoliberalismo es, confesadamente, un sistema que pone el crecimiento económico (la creación de riqueza) por encima de todo lo demás, como valor supremo, como el dios real. ¿Se puede ser cristiano en un mundo neoliberal? ¿Cómo? ¿A qué precio? ¿Con qué condiciones?

En esta situación de pobreza y de exclusión, ¿somos una comunidad que está al servicio del Dios de la Vida, alentándola, acogiéndola, favoreciéndola, agradeciéndola?

Para la oración de los fieles

-Por los más pobres de la tierra, que viven la desigualdad y la injusticia, y que desde el sufrimiento y el dolor, son capaces de dar a los demás, de ser solidarios.

-Por los gobernantes de la tierra, para que todos sus esfuerzos sean encaminados por el Dios de la vida y no por los principios del dios-dinero.

-Para que nuestra comunidad cristiana encuentre los caminos que llevan a la vida digna de todos, donde nadie es marginado ni excluido.

-Por todos los que sufren en carne propia los efectos del neoliberalismo: pobreza, hambre, desempleo... para que con ellos busquemos formas y medios para transformar este mundo...

Oración comunitaria

Oh Dios que en Jesús has pronunciado una palabra radical sobre la imposibilidad de servirte a ti y servir a la vez al dinero: ayúdanos a ser radicales también y a trabajar por someter la economía a los imperativos de la ética y del amor. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor...

SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO


23.

El administrador trabajaba para sus objetivos

Esa parábola del administrador que estafa y que lo despiden del trabajo siempre nos deja un poco sorprendidos. Porque cuesta entender que Jesús lo presente como modelo de nada.

Pero hay motivos para que aquel hombre reciba felicitaciones. Aquel administrador, para lograr lo que le interesaba, lo ha hecho muy bien. ¿Qué es lo que aquel hombre quería? Quería tener mucho dinero sin trabajar. Y no tuvo escrúpulos para lograrlo. Primero estafó directamente a su patrón, y luego lo estafó indirectamente para quedar en buenas relaciones con quienes después pudieran ayudarle. El que tiene como objetivo básico en la vida tener dinero y vivir bien, lo que hace es precisamente lo que hizo aquel administrador. Y de ahí las alabanzas.

¿Cuáles son nuestros objetivos? ¿Y qué hacemos para alcanzarlos?

Pero, claro está, esas felicitaciones y alabanzas no son para invitarnos a nosotros a actuar como él. Son para que seamos capaces de preguntarnos muy en serio: "Nosotros, ¿qué queremos conseguir? ¿cuáles son nuestros objetivos en la vida?". Y si respondemos que nuestros objetivos son ser hijos de la luz, vivir el amor de Dios, ser felices con la felicidad de Jesús, ser cristianos en definitiva, entonces vendrá la segunda pregunta: "¿Realmente, para alcanzar esos objetivos, actuamos con la misma decisión con que actuó aquel administrador para alcanzar los suyos?".

Dicho de otro modo, Jesús nos invita a preguntarnos: "Nosotros, ¿qué hacemos con el dinero? Para los que son como aquel administrador, el dinero sirve para vivir bien, para tener muchas cosas: sirve para satisfacer el egoísmo personal y asegurarse el propio bienestar, y los demás que se arreglen como puedan. En cambio, para un cristiano, para un seguidor de Jesús, para un hijo de la luz, el dinero tiene que servir para dedicarlo a la causa de Dios, a aquello que le interesa a Dios. Y lo sabemos muy bien, lo que le interesa a Dios: que todo el mundo tenga lo necesario, que los pobres puedan salir de su pobreza, que nadie quede marginado de la sociedad, que nadie se sienta infeliz por no poder salir adelante en la vida.

Por eso, Jesús nos dice esta frase que parece enigmática: "Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas". Parece enigmática, pero es muy claro lo que quiere decir. Aquel administrador, que lo único que le interesaba era vivir bien, jugó con el dinero para encontrar a quien lo mantuviera sin tener que trabajar. Nosotros, que lo que nos interesa es el amor y la vida de Dios, tenemos que utilizar el dinero para acercarnos a quienes Dios más quiere, que son los pobres. Si nuestro dinero sirve para ayudar a los que lo necesitan, entonces Dios nos recibirá en su casa. Si no, quedaremos fuera.

Buscar a Dios o buscar el dinero

En definitiva, todo lo que Dios quiere decirnos con este evangelio se resume en la conocida frase final: "Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podeis servir a Dios y el dinero".

El administrador servía al dinero. Y lo hacía muy bien: hacía todo lo que hacen los servidores del dinero. Pero nosotros no, nosotros queremos servir a Dios. Y eso implica actuar de una forma absolutamente distinta; significa tener otros objetivos en la vida, otros intereses. Y no es posible mezclar a los dos amos, no se puede buscar ser rico por un lado y servidor de Dios por otro. Servir a Dios significa tener los mismos intereses que Jesús tenía, los intereses que nos muestra en cada página del Evangelio.

Vamos a participar, una vez más, de la mesa de la Eucaristía. Es la mesa de los que queremos caminar por el camino de Dios, la mesa de los que queremos encontrar nuestra riqueza allí donde Jesús la encontraba.

EQUIPO-MD
MISA DOMINICAL 1998/12 39-40


24.

Hace dos domingos nos enseñaba Jesús a buscar la verdadera sabiduría: distinguir lo que es importante y lo que no lo es en nuestra vida, para renunciar, si es el caso, a las cosas secundarias y asegurarnos las que en verdad valen la pena.

Hoy, de nuevo, se nos pone en la misma perspectiva, esta vez con relación al dinero. ¿Qué uso debemos hacer del dinero, para que no nos estorbe, sino al contrario nos favorezca la consecución de lo principal? No debería molestarnos que en el evangelio se nos repitan varias veces los mismos avisos. Como no nos molesta que, viajando por la carretera, veamos ahora un aviso de curva o de cruce peligroso, y al cabo de pocos kilómetros volvamos a encontrarnos con las mismas señales...

LOS PELIGROS DEL DINERO

La primera lectura es muy dura. El profeta defiende a los pobres y oprimidos, y dice palabras de condena de parte de Dios para los que se aprovechan de la debilidad ajena. Aunque no siempre el dinero es injusto, pero hay que reconocer que es peligroso, y que es muy actual lo que dice el profeta: el dinero nos puede hacer crueles, opresores, tramposos (las trampas que él describe se siguen usando hoy también). Amós nos asegura que Dios toma postura por los indefensos y los pobres, y tendrá en cuenta estas injusticias. (A los "aprovechados" de entonces y a los de ahora les gustaría más que Dios no se metiese en estas cosas: que nos pida, por ejemplo, algunas oraciones o limosnas, pero que no nos recuerde demasiado la justicia...).

Jesús, en el evangelio, con una parábola que nos puede parecer extraña, nos da una lección siempre actual. El amo no alaba las injusticias del administrador (las trampas de entonces que siguen siendo las de ahora: la doble contabilidad, el cobro de comisiones ilegales...). Precisamente por eso lo despide. Pero resalta su inteligencia para saber asegurarse el futuro.

Hay que reconocer que ese administrador es injusto y tramposo, pero espabilado. Es infiel, pero listo. Y Jesús quisiera que sus seguidores fueran, no infieles o tramposos, pero sí inteligentes y avispados.

CÓMO USAR EL DINERO

Es legítimo tener y buscar el dinero, porque lo necesitamos para nuestra vida, para el bienestar de nuestra familia y el progreso del mundo. Incluso para las cosas de la evangelización es necesario el dinero. Pero todo depende de su uso.

a) Si nos dejamos esclavizar por él, caemos en la desautorización tan repetida por Jesús. El dinero no nos puede hacer olvidar que hay otros valores más importantes en la vida. Es un aviso para la desenfrenada carrera a que la sociedad de consumo nos empuja, para tener más y más. El negocio no es el ideal supremo. El dinero puede bloquear nuestra paz interior, y nuestra apertura hacia el prójimo y hacia Dios. La idolatría del dinero nos hace pecar contra el primer mandamiento. No podemos servir a dos señores: a Dios y al dinero.

b) Si olvidamos el destino más universal de los bienes de este mundo, descuidamos el plan de Dios y nos constituimos en injustos poseedores exclusivos, cerrándonos a la necesidad de los demás. El profeta Amós se indigna de esta falta de justicia y caridad para con los más débiles. En la parábola de hoy Jesús no dice cuál es ese uso que hay que hacer del dinero: cómo se puede, "con el dinero injusto, ganarse amigos para cuando nos hace falta". No nombra, por ejemplo, la caridad con los demás. Pero el domingo próximo, con la parábola del rico Epulón, que no se quiso enterar de la necesidad del pobre Lázaro, sí nos lo dirá claramente.

INTELIGENTES TAMBIÉN PARA LAS COSAS DEL ESPÍRITU

Si olvidamos que somos "administradores", más que dueños absolutos, corremos el peligro de dejarnos seducir por el dinero y utilizarlo de un modo poco inteligente. Hace pocos domingos leíamos la recomendación de Jesús: "Dad limosna: haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón". El dinero tiene una particular fascinación y se nos pega fácilmente a los dedos.

Debemos defendernos de su brillo y saberlo relativizar. Los bienes de este mundo no son los últimos: en todo caso, son penúltimos. Debemos usar de ellos de modo que consigamos lo principal, no para que nos bloqueen y nos impidan caminar hacia la meta.

Tendríamos que ser tan sagaces para las cosas espirituales como lo somos para las económicas y materiales de nuestra vida. Con inteligente prudencia, hacemos cálculos y manejamos presupuestos, para nuestros negocios. ¿Somos igualmente avispados para saber jerarquizar los valores y asegurar también, y, sobre todo, los de nuestro espíritu y los que nos van a llevar al negocio supremo, la salvación final?

J. ALDAZABAL
MISA DOMINICAL 1998/12 35-36


25. GANAOS AMIGOS CON EL DINERO

1. Al comienzo de la misa hemos oído al Señor que nos dice: "Yo soy la salvación del pueblo". En la comunión oiremos a Jesús: "Yo soy el buen pastor" Juan 10,14. Nuestra respuesta a Dios que nos salva en Jesús, extendiendo sus brazos en la cruz, ha de ser la de una gran fidelidad en el cumplimiento del amor a Dios y a los hombres hermanos.

2. El profeta Amós alza el látigo de una valiente y minuciosa denuncia de injusticias sociales, que sólo en la forma desentona con la actualidad, pero el fondo es idéntico: afán desenfrenado de dinero, y corazón de piedra ante la miseria de los pobres. Es tan insaciable la ambición de los poderosos, que ya no celebran las fiestas para honrar al Señor, sino como pesada carga que les pone nerviosos porque les impiden sus negocios. Es el reflejo de la sociedad de consumo que destruye a los hombres avarientos que no se detienen ante las injusticias más repugnantes, devorados por el ansia por lo terreno, por lo económico y material, arriesgándose a sumergirse en los negocios más sucios e ilegales. No se dan cuenta de que creando desamparados que no tienen nada que perder, los están llenando de odio, terreno abonado para todas las insidias, venganzas, odios, revoluciones y terrorismo.

3. Por eso Jesús nos enseña a usar el dinero. El peligroso dinero, del cual desconfía tremendamente, mientras privilegia a quienes no lo tienen: "Dichosos los pobres" (Mt 5,3)... Aunque su desconfianza no recae sobre el mismo dinero, sino sobre la ceguera que el dinero produce.

4. ¿Necesitamos hoy que Jesús nos proponga una parábola sobre la corrupción que engendra el dinero? ¿No tenemos innumerables ejemplos en la vida actual?. No hay día que no salte a las páginas de los periódicos y a las pantallas de la televisión un escándalo de dinero: Sin Dios todo es posible, igual que para Dios todo es posible (Mt 19,26).

5. Sin Dios... Dice Jesús en la parábola que el hombre rico, cuando oyó las denuncias, destituyó al administrador Lucas 16,1. El hombre rico hizo justicia, despidiendo al administrador derrochador. Hoy se denuncian las corrupciones y las apropiaciones indebidas, (el uso de los eufemismos, como la interrupción del embarazo, ¿cómo no llaman también la interrupción de la respiración al que ahorcan), intenta dulcificar con el nombre la negrura del crimen, a costa de la sangre de los pobres, y no se cesa al administrador. En una sociedad que quiere ignorar a Dios, todo vale. Si no se teme a Dios, tampoco se teme a la historia, en primer lugar porque se la falsea. Ni a la justicia, porque se intenta y se consigue autoamnistiarse. Y tan campantes. Pero Dios no va a callar: "Usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre. El Señor jura que no olvidará vuestras acciones", nos ha dicho el profeta Amós 8,4.

6. “Así son los malvados: siempre seguros, acumulan riquezas” (Sal 72). En cambio, los verdaderos pobres del mundo, los verdaderos pueblos sin despensa y sin historia, las naciones paupérrimas de África y de Asia no alimentan el terrorismo ni entrenan terroristas, sino que ayunan, enferman, sufren, mueren. Los que dirigen la guerra nueva, que es el terrorismo, no son los pueblos pobres y sin historia. Las naciones pobres lo son porque sus dirigentes tiranos se quedan con la parte del león y al pueblo sólo le llegan las migajas. Las naciones donde el terrorismo tiene sus cuevas y campos de entrenamiento y tienen dinero para comprar armas y para preparar costosas operaciones de destrucción y muerte, son aniquiladas. Hay países que un tiempo fueron emporios de riqueza, de cultura y de poder y que hoy podrían vivir con la venta del petróleo y sin embargo viven en la miseria. Damasco, Bagdad, Marruecos dominaron Asia, África y parte de Europa. Sus grandes y bellas mezquitas pueblan el mundo antiguo. Sus bibliotecas y su cultura se extendían por toda la tierra entonces conocida. Los africanos que ahora vienen a España en pateras mortales son pueblos esquilmados por la rapiña de sus jefes. Mientras no haya administradores justos y capaces, por mucha ayuda externa que socorra a los pobres del tercer mundo, es imposible que salgan de la lacra de la miseria, y de la indignidad y que prosperen.

7. El administrador destituido, que nunca ha dado golpe, ¿qué hace? Otra injusticia. Vende favores a costa de su amo, que es una forma de prolongar su administración, de seguir en el poder. Se convierte en un poder en la sombra que sigue manejando todos los hilos. ¡Había conocido todos los secretos y fraguado muchas amistades e intereses!

8. Jesús quiere que los hombres cambiemos de táctica: "Ganaos amigos con el dinero injusto". ¿Qué amigos? Los pobres. "Para que os reciban en las moradas eternas". "No podéis servir a dos amos". "No podéis servir a Dios y al dinero". Quien absolutiza la riqueza se hace enemigo de Dios y de su Reino. Con el dinero se puede hacer mucho bien, en primer lugar, administrarlo bien, sobre todo, cuando no es propio, sino de los administrados, a quienes se ha pedido el sacrificio de los impuestos.

9. A este respecto, y hace algunos años a raíz del escándalo de Gescartera, escribió Juan Velarde Fuertes, Presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas: “Pues bien, hay que decirlo alto y claro. La Iglesia tiene obligación de, con los fondos que administra, obtener las mayores rentas posibles, para dedicaras a sus fines pastorales: tareas caritativas, acciones misioneras, atención pecuniaria de los servidores del culto, desarrollo de los centros de enseñanza. Por tanto, nada de desgarrarse las vestiduras porque estos fondos se inviertan en los mercados financieros. Otra cosa sería estúpido. Dicho esto, es también evidente que se trata de dinero sagrado, esto es, que no es tolerable cometer con él imprudencias, como se ha puesto, por ejemplo, en evidencia más de una vez, y no sólo en el caso de Gescartera, en el que la acumulación de estupideces y de estúpidos asombra. Por ello creo que ha llegado el momento, para la Iglesia española, de crear un Consejo, Comisión, o cosa así, de notables expertos en cuestiones financieras a los que se convoque y que tendrían, a mi juicio, responsabilidad moral grave si no acuden a esa convocatoria para aconsejar a la Jerarquía en estas cuestiones. Con este Consejo o Comisión, no hubiera sido posible que se cayese en el garlito de los pingües beneficios que anuncian, más de una vez, los aventureros y desaprensivos. Simultáneamente la Iglesia debe señalar que la lucha para eliminar la pobreza es su labor, y que centrar la vida en el dinero es reprobable, y que no tiene sentido, como ya sostuvo Aristóteles, identificar el comportamiento racional del hombre con la búsqueda incansable de la riqueza. También que debe apoyar la búsqueda del orden del mercado, como ha sostenido la Escuela de Friburgo tan ligada a esa Universidad Católica alemana, para impedir monopolios. Igualmente, que se debe luchar contra la masificación y que el mercado no debe afectar a nada que suponga restringir la dignidad de la persona humana, o lo que es igual, que el mercado laboral no puede ser libre. Nada de eso quiere decir que se pueda descuidar el que de los activos económicos eclesiásticos sean administrados de modo tal que sean capaces de rendir los mejores resultados materiales posibles. Hay que recordar, con la ciencia económica en la mano, aquello de los Hechos de los Apóstoles: “Oí una voz que me decía: Anda, Pedro: mata y come. Yo respondí: Ni pensarlo, Señor; jamás ha entrado en mi boca nada profano o impuro”. Ayunos de conocimientos de economía; no fue éste el caso de la Escuela de Salamanca, a lo largo del siglo XX se han declarado impuras demasiadas tomas de posición en economía, que han impedido matar y comer cosas que Dios había declarado puras no solo a los miembros individuales del pueblo de Dios, sino a la propia Iglesia”.

10. En segundo lugar, hay que jerarquizar el gasto con justicia y evitar crear parásitos sociales con las subvenciones. En tercer lugar, incentivar el ahorro para educar al pueblo a vivir con austeridad. Pero parece que se siga la política de "detrás de mí el diluvio".

11. Jesús quiere que sus hombres no absoluticen el valor del dinero. Que hagan con él lo mejor que se puede hacer: "ganaos amigos en los pobres", no subvencionándolos para que no tengan necesidad de trabajar, sino colocándolos en la posibilidad de trabajar, para que crezcan y construyan su personalidad trabajando y para que hagan crecer el mundo y su bienestar. No dándoles pan hoy y hambre para mañana, ni dándoles un pez, sino enseñándoles a pescar.

12. "Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras?". Hay que ser fieles en lo pequeño =dinero vil, para que se nos confíe lo grande, lo que vale de veras =el Reino.

13. Los pobres son los predilectos del Señor, que sabe "levantar del polvo al desvalido, alzar de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes de su pueblo" Salmo 112.

14. San Pablo quiere que roguemos para que los gobernantes cumplan con sus deberes de justicia social y distributiva: "Hagamos súplicas por los reyes, y por todos los que gobiernan, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible con toda piedad y decoro" Timoteo 2,1. ¡Qué necesario es pedir luz del Espíritu Santo para los gobernantes en el momento crítico en que estoy escribiendo, ante una guerra inminente!

15. La riqueza de Dios ha hecho al hombre plenamente rico al elegirle y perdonarle. Ese amor de Dios y su Reino exigen obras, es decir, una vida que no quede paralizada en un espiritualismo sentimental, sino que sea ofrecida a la comunidad con amor, traducida en obras. El uso de los bienes de fortuna según Cristo, reflejará la acción de Dios en nuestra propia vida. El mensaje de la parábola en la que el "amo felicite al administrador injusto por haber sabido astutamente ganarse amigos", es hacer lo que ha hecho el administrador: ganarse amigos para el mañana eterno entre los pobres, para que nos reciban en las moradas eternas.

16. Entre la doctrina marxista de repartir la riquezas violentamente y el derecho a la propiedad privada, está el principio de que los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos (Vaticano II, Gaudium et Spes, Populorum progresio y Sollicitudo rei socialis). La doctrina social de la Iglesia asume una actitud crítica ante el capitalismo liberal y ante el colectivismo marxista, que reprime el derecho de iniciativa económica, y la creatividad del individuo que engendra pasividad, dependencia y sumisión al aparato burocrático, que dispone y decide y coloca a todos en una situación similar a la de obrero-proletario en el sistema capitalista. De donde se deriva la frustración, la desesperación y la despreocupación de la vida nacional y la necesidad de emigrar.

17. Es también antievangélica la existencia de un primer mundo, y segundo, tercero y hasta cuarto mundo. Que pocos posean mucho y muchos posean poco. La multiplicación o continua sustitución de los objetos que se poseen por otros más perfectos, sin tener en cuenta su posible valor permanente para uno mismo o para otro ser humano más pobre. Si no se ataja la civilización del consumo, o consumismo con tantos deshechos y basuras, ella acabará con nosotros. Es intolerable que una multitud ingente de hombres, mujeres y niños, adultos y ancianos sufran el peso salvaje de la miseria. Hagámonos amigos de ellos, con nuestra preferencia por los pobres.

Con la fuerza de la palabra y del sacramento del Cuerpo de Cristo.

J. MARTI BALLESTER


26.

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

En el fondo de los textos litúrgicos se plantea la pregunta sobre dónde está la verdadera riqueza. No puede coincidir con la ambición y la avaricia en perjuicio de los más pobres y necesitados, nos responde la primera lectura. Tampoco reside en la habilidad para hacerse “amigos” con las riquezas de otros. La verdadera riqueza es la riqueza de la fe, que poseen los hijos de la luz (Evangelio). Esta manera de ver las cosas no nos resulta natural, sino que la conseguimos sólo en el ámbito de la oración (Segunda lectura).

 

MENSAJE DOCTRINAL

¿Qué pasa con los hijos de la luz? La expresión “hijos de la luz” parece referirse a los primeros cristianos, que habían sido iluminados por Cristo resucitado y glorioso mediante el bautismo. A esa expresión se contrapone la de “hijos de este mundo”, con la que se quiere señalar a todos aquellos cuya vida está regida por una mentalidad mundana, “económica”, más que religiosa. La sentencia evangélica impresiona fuertemente y hasta nos pone la carne de gallina: “Los hijos de este mundo son más sagaces, más hábiles con su propia gente que los hijos de la luz”. ¿Por qué este fenómeno que no es únicamente de un ayer lejano, sino que tiene visos de ser de una tremenda actualidad? ¿Qué es lo que pasa con los hijos de la luz? Los hijos de este mundo saben hacer uso extraordinario de sus habilidades y de su ambición para manipular injustamente las balanzas y para engañar manifiestamente a los pobres, para incluso reducir a otros hombres a esclavitud por falta de solvencia económica (Primera lectura). Los hijos de este mundo, en circunstancias adversas, ponen inmediatamente en juego todas sus capacidades para salir de la situación en forma ventajosa (Evangelio). A los hijos de la luz Jesús les recrimina que no tengan la sana ambición de recurrir a todos los medios lícitos para difundir la luz de la fe; que no pongan todas sus capacidades para inventar modos de vencer las adversidades, de superar los obstáculos, y sobre todo de llevar la luz a otros muchos hombres. El Dios Jesucristo y el “dios dinero” no pueden dividirse el dominio. El Dios Jesucristo tiene todo el derecho de prevalecer sobre el “dios dinero”, que al fin y al cabo no es más que un ídolo. La misión de hacer prevalecer al verdadero Dios, al Supremo Bien y Riqueza del hombre, sobre el ídolo de la riqueza, es propia de los hijos de la luz. Si en la sociedad el ídolo del dinero y del consumismo tiene cada vez más adoradores, ¿no hemos de preguntarnos sobre qué está pasando con los hijos de la luz?

 

La oración, lugar de la verdadera autocomprensión. La luz y la fuerza para trabajar por la verdadera Riqueza del hombre se le da al cristiano de la mano de la oración. El cristiano ora por todos, por los reyes y por los que detentan el poder. El hecho mismo de orar por todos implica subordinarlos al poder del Dios vivo, a la Riqueza que no se destruye ni se acaba. En la oración comprendemos que Dios juzgará la prepotencia del rico, cuyos abusos gritan justicia al Dios del cielo (Primera lectura). En la oración es más fácil entender que la riqueza del hombre consiste en la riqueza de su fe. Es efectivamente en el horno de la oración donde se cuece diariamente el pan de la fe y de la solidaridad fraterna. El orador que alza al cielo manos puras, sin ira y sin rivalidades, descubre la riqueza de la salvación y de la gracia, que Jesucristo Mediador nos regala, relativizando con mayor facilidad cualquier otra riqueza de este mundo. Es iluminado para entender que todos los bienes terrenos vienen de Dios, que el hombre es únicamente su administrador, y que debe administrarlos bien. ¿Podrá acaso el hombre orador, dador de toda riqueza, estafar a Dios, mostrarse prepotente con los que carecen de bienes y riquezas? En la escuela de la oración llegamos a percatarnos de que las riquezas y bienes mundanos son sólo un medio para poder servir mejor a los demás; un medio para que, cuando dejemos la administración de este mundo y nos presentemos ante el juicio de Dios, seamos bien acogidos en las moradas eternas.

 

SUGERENCIAS PASTORALES

La seducción del dios dinero. En una sociedad, en gran parte consumista y materialista, como lo es la nuestra, el dios dinero intenta encandilar incluso a los mejores cristianos. Si vamos hasta el fondo de las cosas, ¿no es el culto al dios dinero la causa principal de la persistencia en la producción de la droga?, ¿no es el culto al dólar el motor más determinante de la producción y venta de armamentos a países que deberían utilizar esos fondos para la creación de infraestructuras, y para el desarrollo social y cultural de la población?, ¿acaso no es el dios dinero el incentivo más poderoso de algunas de las guerras étnicas en varios países de África?, ¿cómo explicar la corrupción en no pocos gobernantes, sino porque han levantado un altar a este dios insaciable? El dinero seduce, obceca, provoca divisiones fratricidas, despierta instintos de ambición, hace sucumbir hasta los principios más sacrosantos y nobles, endurece el corazón, deshumaniza y hasta hace olvidarse de Dios. Como creyentes hemos de tener ante nuestros ojos esta realidad y esta tentación, no fácil de vencer. Con espíritu vigilante y con la asiduidad en la oración, hemos de ejercitarnos en relativizar el dinero, en ponerlo en el lugar que le corresponde en los planes de Dios, en servirnos de él como medio para vivir dignamente, para hacer el bien a los necesitados, para ponerlo al servicio de la fe y del Reino de Cristo. No tengamos miedo a esta seducción. Plantémosle cara. Vivamos nuestra vida diaria procurando valorar más y más la riqueza de la fe, la Riqueza que es Dios. ¿Por qué no contrarrestamos la seducción del dinero con la seducción de Dios? ¿O es que Dios es tan solo un objeto de fe que ya no nos seduce? El Dios vivo y personal es el mejor antídoto contra todos los ídolos que puedan llamar a la puerta de nuestro corazón.

 

Oración por los ricos. La fe es una riqueza que Dios otorga a todos. La Iglesia es una comunidad creyente, en la que hay espacio para todos. Es verdad que hay en la Iglesia una cierta preferencia por los pobres, y está más que justificada. Pero la Iglesia es de todos y para todos. Por eso os invito a hacer una oración por los ricos.

 

Dios omnipotente y eterno, mira a tus hijos los ricos con corazón de Padre, infúndeles un espíritu filial para contigo y un corazón fraterno para con todos los hombres, especialmente para con los más necesitados de ayuda. Dios y Señor del universo, que has destinado los bienes del mundo para beneficio de todos, concede a quienes abundan en riquezas la gracia de servirse de ellas con un corazón libre y desprendido.

Señor Jesucristo, que siendo rico te hiciste pobre, para enriquecernos con tu pobreza, sé para todos los ricos de este mundo un modelo de libertad y de opción por los bienes que no perecen.

Espíritu santificador, ilumina a los magnates de las finanzas con la luz de la fe indefectible, de la infatigable caridad y de la esperanza que no defrauda, para que sus decisiones en favor de los individuos y de los pueblos estén guiadas por la justicia y la solidaridad. Amén.

P. Antonio Izquierdo, L.C.
Profesor de Sagrada Escritura
Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma


27. COMENTARIO 1

«NO PODEIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO»

Así de claro Pues a pesar de lo claro que está, seguimos empeñados en conseguir que los servidores del dinero, sin dejar de serlo, sirvan al Padre de Jesús y que, además, patrocinen la tarea de anunciar a la humanidad que es imposible servir a Dios y al dinero.


INCOMPATIBILIDAD ABSOLUTA

Ningún criado puede estar al servicio de dos amos: porque o aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.


Que la renuncia a la riqueza no es un simple consejo para los que quieran subir la nota lo prueban los comentarios que Jesús añade a la parábola. Por un lado, dice, el dinero es algo ajeno al hombre: «Si no habéis sido de fiar en lo ajeno, lo vuestro, ¿quién os lo va a entregar?» La ambición no corresponde al ser del hombre; el ansia de dinero hace a los hombres inhumanos, los incapacita para lo que realmente corresponda a su naturaleza: el amor para el que el Padre nos capacita mediante la comunicación de su Espíritu. A su manera, ya lo había dicho muchos siglos antes de Jesús un campesino que Dios eligió para que hablara en su nombre: «Escuchad, los que exprimís a los pobres y elimináis a los miserables... ¡Jura el Señor por la gloria de Jacob no olvidar jamás lo que habéis hecho! » (primera lectura). La riqueza, según los profetas, nace de la injusticia (Is 3,14-15; 5,8; Ez 22,29-30; Am 5,12; véanse también Job 24,2-4; Prov 30,14; Sal 10,2.4.7-10). Por eso, a lo que la parábola llama «injusto dinero» no es al dinero conseguido injustamente, sino al dinero, a todo el dinero.

Además, añade Jesús, el dinero es incompatible con el Padre Dios; más aún, es un dios falso al que muchos sirven en lugar de servir a Dios: «No podéis servir a Dios y al dinero. Ningún criado puede estar al servicio de dos amos: porque o aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro». ¿Podríamos decir los cristianos cuál ha sido nuestra elección?


28. COMENTARIO 2

«Si no habéis sido de fiar con el injusto dinero, quién os va a confiar lo que vale de veras?» (16,11). El injusto Dinero, como personificación de la escala de valores de la sociedad civil (sea la que sea), sirve de piedra de toque para ensayar la disponibilidad de todo cristiano en poner al servicio de los demás lo que de hecho no es suyo, sino que se lo ha apropiado en detrimento de los desposeídos y marginados: «Si no habéis sido de fiar en lo ajeno, ¿quién os va a entregar lo que es vuestro?» (16,12). Hay otra escala de valores, «lo que vale de veras», «lo que es vuestro», que sólo se nos puede confiar a medida que renunciamos a los valores del mundo. El cristiano debe entrenarse en ello para poder administrar correctamente el don del Espíritu. Y el campo de entrenamiento es el mundo, la sociedad, donde malviven los oprimidos y desposeídos, los desheredados.


LAS INCOMPATIBILIDADES DE DIOS. EL SEÑOR DINERO

«Ningún criado puede estar al servicio de dos amos: porque o aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (16,13). No hay otra alternativa. «Dios», el Dios creador / la creación querida por él, personifica todos los valores del reino (vida, alegría, paz, servicio...); el Mammôn (personificación de la riqueza), todos los intereses creados por la sociedad idolátrica (preñados de muerte, guerras, tristeza, egoísmo...). Toda componenda desemboca tarde o temprano en idolatría: «Oyeron todo esto los fariseos, que son amigos del dinero, y se burlaban de él».


29. COMENTARIO 3

Para comprender la parábola del administrador, que leemos hoy en el Evangelio, es necesario saber que los administradores no recibían en Palestina un sueldo por su gestión, sino que vivían de la comisión que cobraban, poniendo intereses desorbitados, por lo general, a los bienes que administraban. La actuación del administrador de la parábola debe entenderse así: el que debía cien barriles de aceite, en realidad había recibido prestados sólo cincuenta; los otros cincuenta eran la comisión que percibía el administrador y a la que éste renunció con tal de ganarse amigos para el futuro; por eso el hombre rico de la parábola, a quien le había llegado el rumor de que su administrador derrochaba los bienes, elogia al "administrador de lo injusto por la sagacidad con que había procedido". De haber defraudado a su amo, no habría recibido tal alabanza.

Tras la parábola, Jesús añadió: "Ahora les digo yo: Gánense amigos con el injusto dinero, para que, cuando se acabe, les reciban en las moradas eternas".

Llama la atención en esta parábola el calificativo de "injusto" que se da por dos veces al dinero. Al administrador se le llama "administrador de lo injusto" (lo injusto es el dinero, sin más)" y, más adelante, se habla del "injusto dinero".

El dinero es "injusto" en sí, no porque se consiga siempre a base de injusticia -aunque con frecuencia ésta sea la triste realidad-, sino porque, en cuanto acumulado, procede o lleva a la injusticia. Por eso Jesús recomienda a sus seguidores renunciar al dinero, como hizo aquél administrador, que supo prescindir a tiempo de su comisión para garantizarse ser recibido en casa de sus acreedores cuando perdiese el empleo.

La parábola termina con una frase lapidaria, cuyo sentido es obvio: "No se puede servir a Dios y al dinero". La piedra de toque de nuestro amor a Dios es la renuncia al dinero. El amor al dinero es una idolatría. Hay que optar, por tanto, entre los dos señores: no hay término medio. El campo de entrenamiento de esta opción es el mundo, la sociedad, donde los discípulos de Jesús tienen que renunciar al dinero y compartirlo con los que no lo tienen, con los pobres, desposeídos y desheredados de la tierra. Así de tajante. Así de radical. Así de exigente. Así de claro.

Problema aparte sería analizar por qué, siendo el Evangelio tan claro, la Iglesia ha llegado adonde está: con un poder económico inmenso, con paquetes de acciones en empresas o en bonos del Estado, con fincas rústicas y urbanas... Todo este poder está en manos de la jerarquía -palabra no evangélica- de una "sociedad" cuyo fundamento es el Evangelio de Jesús y cuya finalidad es llevar la Buena Noticia a los pobres...

Uno se explica entonces por qué la iglesia oficial ha perdido la credibilidad del pueblo y cómo tiene que hacer verdaderos juegos malabares para convencer de que su práctica económica está de acuerdo con el Evangelio de Jesús que es tajante en materia de dinero: o Dios o el capital, podríamos decir hoy.

Ocho siglos antes de la parábola del administrador, Israel vivía una situación de extrema desigualdad. Amós, en la primera lectura (Am 8,4-7), se dirige a los ricos y a los jueces en estos términos: "Escúchenlo ustedes los que exprimen a los pobres y eliminan a los miserables... ¡Jura el Señor por la gloria de Jacob no olvidar jamás lo que han hecho! (8,4-7)".

De modo valiente, Amós amenaza con el castigo de Dios a quien acumula bienes o dinero en detrimento del pobre.

En la segunda lectura (1Tim 2,1-8) puede llamar la atención la recomendación de "hacer oraciones y plegarias, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que ocupan cargos para que podamos llevar una vida tranquila y con toda piedad y decoro". Poder y dinero solían ir de la mano en la administración pública en tiempos de Jesús; también hoy. Por eso es necesario rezar por las autoridades, por los "reyes" y por quienes ocupan cargos públicos para que sepan administrar bien el Estado y no se sirvan de él para explotar al pueblo.

1. R. J. García Avilés, Llamados a ser libres, "Para que seáis hijos". Ciclo C. Ediciones El Almendro, Córdoba 1991

2. J. Rius-Camps, El Exodo del hombre libre. Catequesis sobre el evangelio de Lucas, Ediciones El Almendro Córdoba.

3. Diario Bíblico. Cicla (Confederación internacional Claretiana de Latinoamérica).