36 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO XXV
CICLO C
30-36
30. I.V.E.
Comentarios Generales
Amós 8,4-7:
Oseas y Amós son dos Profetas de Israel (Reino del Norte) contemporáneos. El
uno, Profeta del Amor de Dios; el otro, Profeta de la Justicia de Dios:
-Amós, sencillo pastor de Técoa, siente el ímpetu profético que le fuerza a
levantar su voz frente a los poderosos de la corte: “¿Quién al rugir el león no
temerá? El Señor ha hablado; ¿quién no profetizará?” (Am 3,8). Dios le urge a
que se enfrente contra las injusticias que toman carta de ley en Israel;
singularmente contra la injusta explotación que los poderosos hacen de los
pobres. La cólera de Dios contra la injusticia es llamada por Amós “rugido de
león” (1,2). Y este rugido, esta amenaza de Dios, el Profeta debe hacerla llegar
a todos los culpables.
-Los vv. 4-7 nos dan un catálogo de estas injusticias sociales que claman
venganza al cielo: Falsear pesos y medidas, explotar al pobre con exacciones,
sobreprecios, defraudaciones, pignoraciones, préstamos, usuarios, etc.
Injusticias, para colmo de escarnio, preparadas a conciencia en los días
festivos (5). La Ley no permitía en tales días los contratos, pues eran días
para el honor de Dios y para el descanso del hombre. La avaricia de los
explotadores falsea el sentido de las fiestas y las convierte en día de
planificación de injusticias.
- Amós, Profeta de la Justicia de Dios, clama: “Jura el Señor por la gloria de
Jacob: Jamás olvidaré ninguna de vuestras acciones” (7). El N. T. clama aún con
mayor vehemencia contra estas violaciones de la justicia; de la dignidad de la
persona humana, decimos hoy. Es notable entre todos Santiago: “Ved que el jornal
de vuestros obreros, el que habéis defraudado a vuestros segadores, clama. Y su
clamor llega a oídos del Señor de los ejércitos...” (St 5, 14).
1 Timoteo 2, 1- 8:
Esta Carta de Pablo a Timoteo se llama “Carta Pastoral”. Contiene documentos
para el buen régimen de la Iglesia que Timoteo tiene encomendada. Es sumamente
bello y “pastoral” este documento litúrgico sobre el contenido y las rúbricas de
la oración comunitaria:
- La oración debe ser a favor de todos: Por todos los hombres (1). Y de una
manera especial a favor de los que tienen mayores responsabilidades, pues son
ellos los que más pueden favorecer u obstaculizar los planes salvíficos de Dios
(2). Pablo fija el porte y la disposición de espíritu con que deben orar los
hombres (8). Debe ser muy digno el porte exterior; y las disposiciones
interiores: pureza, amor y caridad con todos los hermanos. Igualmente exige a
las mujeres pudor y modestia, sencillez y templanza en sus vestidos (9). ¿Por
qué la “Pastoral” de hoy no valoriza la importancia que tienen en las asambleas
litúrgicas esta dignidad en el porte externo estas disposiciones interiores?
- La Liturgia se nutre de Dogma. Si Pablo nos ha dicho que la oración debe ser a
favor de todos los hombres es en razón del Dogma del plan salvífico de Dios. Es
único el Dios Salvador. Y es único el Mediador y Redentor. Único y para todos
por igual necesario y suficiente. Cristo es Mediador en cuanto es Nuevo Adán. Y
como todos por igual entroncamos con Adán para muerte, todos por igual formamos
con Cristo un único Cuerpo Místico para recibir vida eterna. Este Mediador-
Redentor presenta al Padre su propio Sacrificio. Es, pues, el Mediador perfecto.
Muy bien, pues encaja en la Liturgia eucarística la “oración de los fieles”:
Oración a favor de todos.
- Pablo siente el gozo de su vocación: Dios le ha elegido para ser Apóstol y
heraldo, maestro y misionero entre los gentiles; y el mensaje que ha de llevar a
todas las gentes es la Salvación, que a todos Dios nos ofrece y regala, por el
Mediador- Redentor de todos: Cristo Jesús.
Lucas 16, 1- 13:
La doctrina de Amós queda aún más clara y exigente en el programa de Jesús.
Jesús insistirá en las obligaciones y responsabilidades que comportan las
riquezas:
- Esta célebre parábola contiene esta doble enseñanza: a) Nadie es señor
absoluto de los bienes que tiene. Todos somos “administradores”; y deberemos
rendir cuentas a Dios del uso y administración de cuanto tenemos y poseemos. b)
La parábola alaba, no el fraude, sino la sagacidad o previsión. Y lamenta que en
las cosas terrenas seamos tan avispados, y tan torpes para las eternas. c)
“Hijos de la luz” e “Hijos de este mundo”: Divide a los hombres en dos
categorías: los que se orientan a lo sensible y efímero y los que creen y
valorizan lo invisible y eterno.
- Como apéndice a la parábola reúne Lucas otras sentencias de Jesús que guardan
afinidad con el tema del uso de las riquezas. En labios de Jesús la riqueza
merece los calificativos de “injusticia” (por su uso, o porque la considera de
su propiedad el que sólo es administrador); “de poco valor” (v 10) y “bienes de
otro”, pues los bienes terrenos poco valen y presto debemos dejarlas a otro. En
cambio, las riquezas espirituales son calificadas de “Mucho” (v 10); de
“verdaderas” (11) y de “nuestras” (12), pues son bienes divinos, eternos y que
serán nuestro premio del cielo. Con eso, Jesús modifica la mentalidad del A. T.,
que consideraba bendición de Dios la abundancia de riquezas. Los fariseos,
amantes del fausto y riqueza, no lo aceptan.
- En el programa de Jesús se valoriza la pobreza y la limosna; y se declara
idolatría el culto del dinero (13). Con la limosna y la caridad, los ricos
ayudan a los pobres; y éstos, con sus oraciones, ayudan y enriquecen a los
adinerados. Y con esto los pobres, de quienes es el Reino, son los amigos que lo
abren a los ricos (9).
---------------------------------------------------------------------
Mons. Juan Straubinger
Lc. XVI (notas al pie)
-v. 8: Los hijos de la luz son los hijos del reino de Dios. Jesús no alaba las
malas prácticas del administrador, sino la habilidad en salvar su existencia.
Como el administrador asegura su porvenir, así nosotros podemos “atesorar
riquezas en el cielo” (Mt. 6, 20), y no hemos de ser menos previsores que él.
Aún las “riquezas de iniquidad” han de ser utilizadas para tal fin. Es de notar
que no se trata de un simple individuo sino de un mayordomo, y que las
liberalidades con que se salvó no fueron a costa de sus bienes propios sino a
costa de su amo, que es rico y bueno. ¿No hay aquí una enseñanza también para
los pastores, de predicar la bondad y la misericordia de Dios, que viene de su
amor (Ef. 2, 4), guardándose de “colocar pesadas cargas sobre los hombros de los
demás?” (Mt. 23, 4) (…)
-v. 10: En lo muy poco: he aquí una promesa, llena de indecible suavidad, porque
todos nos animamos a hacer lo muy poco, si es que queremos. Y Él promete que
este poquísimo se convertirá en mucho, como diciendo: No le importa a mi Padre
la cantidad de lo que hacéis, sino el espíritu con que obráis (Cf. Prov. 4, 23).
Si sabéis ser niños, y os contentáis con ser pequeños (Cf. Mt. 18, 1 ss), Él se
encargará de haceros gigantes, puesto que la santidad es un don de su Espíritu
(1 Tes. 4, 8). De aquí sacó Teresa de Lisieux su técnica de preferir y
recomendar las virtudes pequeñas más que las “grandes” en las cuales fácilmente
se infiltra, o la falaz presunción, como dice el Kempis, que luego falla como la
de Pedro (Jn.13, 37 ss), o la satisfacción venosa del amor propio, como en el
fariseo que Jesús nos presenta (18, 9 ss), cuya soberbia, notémoslo bien, no
consistía en cosas temporales, riquezas o mando, sino en el orden espiritual, en
pretender que poseía virtudes.
-v. 12: Lo ajeno son los bienes temporales, pues pertenecen a Dios que los creó
(S. 23, 1 ss; 49, 12), y los tenemos solamente en préstamo; porque Él, al
dárnoslos, no se desprendió de su dominio, y nos los dio para que con ellos nos
ganásemos lo nuestro, es decir, los espirituales y eternos (v. 9), únicos que el
padre Celestial nos entrega como propios. Para la adquisición de esta fortuna
nuestra, influye grandemente, como aquí enseña Jesús, el empleo que hacemos de
aquel préstamo ajeno.
(La Santa Biblia, Traducción de Mons. Straubinger, Tomo II, Ed. Club de
Lectores, Bs. As., 1986, notas al pie)
---------------------------------------------------------------------
Dr. D. Isidro Gomá y Tomás
Parábola del administrador infiel
Explicación. — Esta parábola y la siguiente, del mal rico, comprenden todo el
capítulo 16 de Lc. Si quisiéramos establecer la trabazón entre la materia de
éste y del anterior, diríamos que en la parábola del hijo pródigo se manifiesta
el mal uso de las riquezas; en la presente se nos enseña el buen uso de ellas
para lograr la salvación; y en la siguiente se nos ofrecen los castigos a que se
hacen acreedores los epulones que abusan de las mismas. Tiene la presente dos
partes: la parábola propiamente dicha (1-8) y su aplicación moral (9-13).
LA PARÁBOLA (1-8). — Y decía también a sus discípulos, no sólo a los Apóstoles,
sino a los que creían en él y piadosamente le oían: Había un hombre rico que
tenía un mayordomo: un intendente o administrador general de los bienes de su
señor, con amplía libertad en su gestión. Y éste fue acusado delante de él, como
disipador de sus bienes, malversador de fondos, o por fraude, o por darse a los
placeres, o por gastos inconsiderados. Y lo llamó, y le dijo, brevemente y con
dureza: ¿Qué es esto que oigo decir de ti? Da cuenta de tu mayordomía, o
definitivamente, para dejarla, o de su estado actual, para verificar la
denuncia; en uno y otro caso el señor ha comprobado ser verdad lo que le han
denunciado, pues añade: Porque ya no podrás ser mi mayordomo.
Entonces el mayordomo, sin defenderse, tan cierto reconocerá el hecho, abarcando
de una mirada su situación y los medíos que pueda utilizar para salir de ella,
dijo entre sí, en rápido monólogo: ¿Qué haré, pues que mi señor me quita la
mayordomía? Cavar no puedo; ni sé, ni fuerzas tengo para los rústicos trabajos
del labrador; de mendigar tengo vergüenza, habiendo vivido hasta el presente en
condición desahogada y noble. De repente se le ofrece una solución, que aprueba
y acepta: Yo sé lo que he de hacer para que, cuando fuera removido de la
mayordomía, me reciban en sus casas, salvando así mi sustento y mí decoro.
Su idea es ésta: procuraré pingües ganancias a mis administrados; ellos,
agradecidos, me hospedarán en sus casas, a lo menos hasta que resuelva mi
situación: Llamó, pues, a cada uno de los deudores de su señor, uno a uno para
mejor persuadirles: y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mí señor? Y éste le
respondió: Cien barriles de aceite, cien cados o batos, cada uno de ellos
equivalente a unos 39 litros ; evocada en la memoria del deudor su deuda, la
rebaja adquiere más relieve: Y le dijo: Toma tu escritura, la factura en que
consta la entrega de aceite que se te ha hecho, y siéntate luego, que el tiempo
urge, y se nos podría sorprender, y escribe otro recibí de cincuenta: la rebaja
es a la mitad. Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Y él respondió: Cien
coros de trigo: el coro equivale a unos 390 litros, se trataba una deuda de 390
hectolitros de trigo: El le dijo: Toma tu vale, rásgalo o quédate con él, y
escribe: ochenta: siendo menor la rebaja proporcional, es mayor la absoluta, por
el mayor volumen, decuplicado, de la deuda. Es de suponer que, como con estos
dos, lo haría el mayordomo con otros deudores del señor.
Al saber el señor la estratagema, la parábola no dice cómo, no pudo menos de
admirar la astucia, la habilidad con que su mayordomo utilizó en pocos momentos,
y en su provecho una autoridad que se le iba a quitar: Y alabó el señor al
mayordomo infiel, de que había obrado cuerdamente; no alaba el señor el fondo
inmoral de la astucia, el robo fraudulento del «mayordomo de iniquidad», como le
llama él mismo. Antes de pasar a la aplicación de la parábola, hace Jesús esta
triste reflexión, que le sugiere la conducta del mayordomo infiel: Porque los
hijos de este siglo, los mundanos, por oposición a los hijos de la luz, a los
que se precian de cristianos, son más sabios, unos con otros, son más astutos y
prudentes y avisados cuando tratan entre sí de lo que atañe a sus intereses,
comodidades y negocios, que los hijos de la luz, los hijos de Cristo, que es luz
del mundo, cuando tratan del negocio que como tales les compete, que es la
propia salvación, la gloria de Dios, el bien de las almas. Estos debieran hacer
en su gestión lo que hacen aquéllos en la suya: ser próvidos, sagaces,
trabajadores, abnegados, etc.
APLICACIÓN DE LA PARÁBOLA (9-13).—La ha insinuado ya Jesús en el v. 8; ahora
insiste y explica: Y yo os digo, haciendo un argumento «a fortiori»: Que os
ganéis amigos de las riquezas injustas; si el mayordomo infiel fue astuto para
hacerse amigos en su administración, sedlo vosotros, haciéndoos, en los pobres,
amigos con las riquezas que tengáis, que llama Jesús «de la iniquidad», porque
muchas veces son efecto o causa, o ambas cosas a la vez, de la iniquidad: para
que, cuando falleciereis, o cuando por la muerte os faltaren las riquezas, os
reciban en las eternas moradas, en el cielo. Otros amigos podemos hacernos con
las riquezas: Dios, procurando el esplendor de su culto; Jesucristo,
contribuyendo a la difusión de su Evangelio; los ángeles y santos, venerándoles,
etc.
Y robustece Jesús la afirmación que ha hecho, de que las riquezas temporales
pueden servirnos para lucrar ventajas espirituales, con otro argumento, a saber:
si no hacemos buen uso de las riquezas, nos privamos voluntariamente de grandes
ventajas y dones en el orden del espíritu; El que es fiel en lo menor, también
lo es en lo mayor. Dios nos ha dado tal vez bienes materiales, que son los
menos: si los administramos según su voluntad, haciendo buen uso de ellos, nos
prodigará bienes mayores, que son los más, en cuya administración seremos
también fieles. Y repite el mismo pensamiento en otra forma: Y el que es injusto
en lo poco, en lo temporal, malversándolo, también es injusto en lo mucho, en lo
espiritual, despreciando los dones de Dios o abusando de ellos; y lo aclara:
Pues si en las riquezas injustas, como antes las ha llamado de iniquidad, no
fuisteis fieles: ¿quién os fiará las verdaderas, cómo os dará Dios los bienes
verdaderos, que son los del alma? Y repite: Y si no fuisteis fieles en lo ajeno,
en las riquezas que se nos dan en simple administración y que siempre son
adventicias, lo que es vuestro, lo que Dios os tiene destinado como posesión
inamisible, los dones del cielo, ¿quién os lo dará? Termina Jesús con un
pensamiento ya otra vez expresado (Mt. 6, 24), y que contiene la síntesis de las
lecciones morales de esta parábola: Ningún siervo puede servir a dos señores:
porque o aborrecerá al uno, y amará al otro; o se afιcionará al uno, y al otro
despreciará, sobre todo si sus preceptos son contrarios, o si ambos exigen un
servicio continuo: No podéis servir a Dios y a las riquezas: son dos señores que
reclaman la actividad del hombre en opuesto sentido.
Lecciones morales. — A) v. 2. — Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás
ser mi mayordomo. — Todos los días, dice el Crisóstomo, nos dice Dios estas
palabras con los hechos: porque hoy vemos que quien gozaba al mediodía de salud
perfecta, es ya difunto cuando llega la noche; mañana sabemos que otro ha muerto
mientras estaba comiendo; y así dejamos en diversas formas la administración de
la vida que gozamos. Pero el mayordomo fiel, que cuida con diligencia su
administración, dice con San Pablo: «Deseo ya morir y estar con Cristo» (Phil.
1, 23). Tengamos siempre corrientes y exactas nuestras cuentas con Dios, nuestro
Señor.
B) v. 3. — ¿Qué haré, pues que mi señor me quita la mayordomía? — Dos lecciones
se encierran en estas palabras, dice el Crisóstomo: la primera es para quienes
se pasaron el tiempo sin hacer nada, y cuando llega la hora de los apuros, no
saben hacer nada: la impotencia para el trabajo es el crimen de una vida
holgazana; no temiera el mayordomo si hubiese estado bregado al trabajo. La
segunda nos enseña que después de la muerte no es hora de trabajar, sino de
descansar del trabajo; ni de mendigar, porque nadie en el otro mundo puede
vestirse con los méritos de los demás.
c) v. 8. — Los hijos de este siglo son más sabios, unos con otros, que los hijos
de la luz. — Este pensamiento de Jesús responde a una realidad palmaria, que
puede experimentarse cada día en el orden personal y en el social o de
apostolado. Personalmente, los hijos del siglo —y nosotros en lo que a ellos nos
parecemos, administraciones, negocios, desviaciones en el sentido del mal,
etc.—usan más sagacidad y astucia para lo mundano, para lo malo, que para el
bien; para las cosas del cuerpo que para las del espíritu. ¡Cuántos cristianos,
cuidadosísimos de su cuerpo, de sus bienes, de sus negocios, próvidos,
diligentes, trabajadores acérrimos, viven completamente descuidados del negocio
y de los bienes del espíritu! En el orden social ¿no son los malos, los hijos de
este siglo, los que mejor se unen, los que más trabajan en su generación, los
más cautos, los que mejor saben utilizar sus propios recursos?
D) v. 9. — Que os ganéis amigos de las riquezas injustas...—Uno de los
pensamientos culminantes del Evangelio, y que Jesús repite con insistencia, es
la maldad que acompaña a las riquezas; no que ellas sean intrínsecamente malas,
sino porque son fuente de muchos males si no se administran debidamente, y esto
es lo difícil. Porque administrarlas debidamente es hacerlo cristianamente; y el
espíritu de Cristo aparece completamente hostil a las riquezas. Por ello indica
Jesús la manera de santificarlas y de hacerlas provechosas al mismo espíritu:
esto se logra por la limosna. Las riquezas engendran maldad, dice San
Buenaventura, sí de ellas no se hace limosna. Es ésta, dice el Crisóstomo, el
arte más exquisito de las artes, porque por ella se fabrican, no casas de barro,
sino palacios en el cielo. Arte fácil, porque todas las demás artes necesitan
del concurso de las otras, mientras que para la limosna basta la voluntad de
quien posee bienes.
E) v. 10. — El que es fiel en lo menor, también lo es en lo mayor... —Enseñaba
Jesús el amor de los ricos a los pobres, dice San Cirilo, porque sabía que es
tal la condición humana, que los que con afán buscan riquezas ninguna caridad
hacen a los necesitados; esto es lo mayor, porque es un bien profundamente
cristiano y de orden espiritual y eterno. Pero las riquezas no suelen buscarse
para hacer limosna de ellas, sino para atesorarlas. De aquí el mal gravísimo que
a los ambiciosos de ellas proviene: buscan con afán lo menor, porque las
riquezas son nada en comparación de las que Dios nos tiene reservadas, y se
hacen indignos de que Dios les conceda lo mayor, el perdón de los pecados, la
gracia, los dones del Espíritu, el aumento de virtudes, el vencimiento de
tentaciones y en su día la gloria del cielo, todo lo que comprende esta palabra:
lo mayor.
F) v. 13. — Ningún siervo puede servir a dos señores... — Porque no hay más que
un Señor, dice San Ambrosio, que es Dios; porque cualquier otro no puede ejercer
los derechos de un verdadero señorío, sino sólo imponer el yugo de una ominosa
servidumbre; con todo, a la riqueza sirven muchos como sí se tratara de un
verdadero señor. De aquí las consecuencias lamentables de esta baja servidumbre:
la dureza de corazón; las injusticias; la avaricia sórdida; la ambición
desmesurada, con su séquito de males personales y sociales; la opresión de los
débiles; el orgullo de la vida, etcétera.
(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado, vol. II, Ed. Acervo, 6ª ed.,
1967, p. 245-249)
---------------------------------------------------------------------
Mons. Fulton J. Sheen
Fidelidad en lo pequeño
La fidelidad en las cosas grandes es corriente; la fidelidad en las pequeñas es
muy rara y muy indicativa del verdadero carácter. Casi todos los maridos se
lanzarían al mar o entrarían en una casa ardiendo para salvar a su mujer en
peligro, pero adivinar la conveniencia o la felicidad de la esposa en algo
menudo, y cuyo olvido quizá no se notase, es una prueba de ternura más
elocuente.
En su parte principal nuestras vidas se componen de menudencias que ponen a
prueba nuestro carácter. Hay muy pocos que intervengan de modo prominente en los
grandes conflictos de nuestra época. Una vasta mayoría se limita a escenarios
más humildes y a contentarse con más humildes tareas. Las luchas que un hombre
sostiene contra el mal en su propia alma o en el círculo moral donde su
influencia parece minúscula componen, en realidad, el esfuerzo de la batalla por
la vida y el decoro, y aquí se muestra el verdadero egoísmo tanto como en los
ambientes más vastos en que otros ganan fama de jefe o corona de mártir. Los
pequeños deberes concienzudamente cumplidos; las pequeñas tentaciones vivamente
resistidas con la fortaleza que Dios nos da; los pequeños pecados, suprimidos,
son cosas que contribuyen a formar un carácter que, si no popular y esplendente,
será moral y noble.
Desde el punto de vista de Dios, nada es grande ni pequeño en la forma que
nosotros lo medimos. El mérito y calidad de una acción depende de sus motivos y
no de que resalte mucho o presente cualquiera de los otros accidentes que
solemos tomar como varas métricas de la grandeza. Nada es pequeño si se hace por
un motivo poderoso, como el óbolo que la viuda añadió al tesoro del templo. La
conciencia no conoce palabras como grande o pequeño, sino sólo estas dos: bien y
mal. «Quien acoja debidamente a un profeta por creer que lo es, recibirá la
recompensa dada a los profetas», porque, aunque no dotado con la lengua del
profeta, tiene espíritu profético, y realiza su pequeño acto de hospitalidad en
virtud de un profético impulso que en otro más majestuosamente dοtado conduciría
a fogosas palabras y hazañas grandiosas. El hombre se siente mucho más inclinado
a concentrar sus acciones morales en un gran momento en el que gana méritos de
héroe. En cambio, la mujer disemina muchos pequeños sacrificios a través de la
vida, multiplicándolos en una extensión que muchos no reconocen como tal
sacrificio por la abundancia con que se prodiga.
En el orden espiritual, es mucho más fácil ejecutar algún acto magno de
abnegación que mortificar a diario y pacientemente la carne con todas sus
desordenadas afecciones. Con frecuencia los deberes mínimos son los más
difíciles de cumplir a causa de su insignificancia aparente y su constante
repetición. La infidelidad en lo pequeño puede preparar la infidelidad en lo
grande. Un menudo acto de injusticia quebranta poderosamente la línea que separa
lo bueno y lo malo. La infidelidad de lo pequeño deteriora el sentido moral;
hace al hombre indigno de confianza; afloja los lazos que mantienen unida a la
sociedad y contrarresta ese divino amor en que deben cimentarse las buenas
relaciones humanas.
Los hombres públicos a quienes se acusa de confiscar grandes sumas de dinero o
aprovecharse de su cargo para conseguir dádivas o enriquecerse de un modo
cualquiera, principian por ser infieles en los actos mismos de la vida. En algún
punto han derribado el muro y separación entre el bien y el mal, y lo trágico de
nuestra situación nacional es que no surge en nadie la indignación moral lógica
contra tales infracciones de la ley de la honradez.
De cosas pequeñas está hecho el universo. Las nubes concentran la humedad y la
reparten en gotas de lluvia; el tiempo es tan precioso que se halla dividido en
segundos; las estrellas no recorren sus órbitas a saltos, sino a paso mesurado.
Análogamente, los humanos encontrarán poco que hacer si reservan su energía para
las grandes ocasiones. En todos los sentidos lo grande se alcanza a través de lo
pequeño. El que una agujilla señale a un punto fijo es una cosa común, pero guίa
a los buques por los mares poco conocidos. Lo más insignificante se convierte en
grande si implica la alternativa de obediencia a Dios o rebelión contra Él.
Vivir al día y vigilar todos nuestros pasos es el verdadero método del
peregrino, porque nada es pequeño si Dios nos lo exige.
(Fulton J. Sheen, Paz interior, Ed. Planeta, Madrid, 1966, cap. 3, pp. 16-18)
---------------------------------------------------------------------
P. Juan de Maldonado
Parábola del administrador infiel
Había cierto hombre rico que tenía un mayordomo. La palabra griega ecónomo
significa que estaba encargado de toda la administración de la casa.
Se introducen tres clases de personajes: el hombre rico, el administrador o
mayordomo y los deudores. Se habla también de tres cosas: de la mala
administración, de las deudas, rebajadas a la mitad por el mayordomo; de la
diligencia de éste, alabada por el amo. Añádase a todo esto la conclusión de la
parábola (v 9): Yo, a mi vez, os digo que os procuréis granjear amigos con las
riquezas de iniquidad, para que cuando falleciereis os reciban en las moradas
eternas.
Todos están de acuerdo, como exige la misma materia, que el amo rico representa
a Dios, y asimismo que el mayordomo o administrador es el hombre. Lo que no
consta es si representa a todo hombre en general. Porque, si atendemos en rigor
a las palabras, parecerá que se refiere a solos los apóstoles y los demás
administradores de la Iglesia, que tienen el cuidado y administración de la casa
de Dios, que es lo que propiamente significa aquí ser ecónomo.
Tertuliano, en cambio, supone que el mayordomo es el pueblo judío, y los
deudores representan el pueblo gentil.
Según otros, son todos los ricos.. Favorecen muchas razones esta interpretación:
primero, que parece tratarse aquí de sólo bienes materiales, ya consideremos las
personas, las cosas o la conclusión de la parábola: Haceos amigos con las
riquezas de maldad, dice al final, como si tratara con los ricos solamente, y no
con todos, sino sólo con aquellos que tienen riquezas, sino mero
administradores, como se les llama en la parábola; que todas las cosas son de
Dios, el cual se las entrega a ellos para que las administren en favor de los
pobres.
Me parece buena esta interpretación, porque en realidad trata aquí de los ricos;
pero creo que se puede aplicar también la parábola a todos los pecadores.
Porque, aunque parece concluir de sólo los ricos: Yo, a mi vez, os digo que os
granjeéis amigos con las riquezas de iniquidad; pero mira mucho más lejos, como
si quisiera abarcar bajo una especie todo género de pecadores y enseñarnos que
todos los que estamos como constreñidos por la deuda de nuestros pecados hemos
de poner el mayor empeño y diligencia para librarnos de ellos.
Dedúcese de aquí que hemos de entender bajo el nombre de administración no sólo
el desempeño de un cargo eclesiástico, como querían los autores de la primera
sentencia, ni solamente la administración de bienes materiales, como los
partidarios de la segunda, sino, de una manera general, el deber de todo hombre
cristiano.
Ni hemos de inquirir aquí cómo se entiende que es removido de su cargo el
mayordomo infiel, pues no deja luego de ser cristiano cualquiera que cumple mal
con lo que este nombre exige.
No podrás ya tener la administración. Estas palabras del amo, o no tienen
significado especial por sí mismas (según lo que acabamos de decir), sino que se
ponen por ser verosímil las dijera en tal caso el amo; o son como dijera: “Serás
castigado, pagarás tu merecido, por tu mala administración”. Pero dice: No
podrás ser mi administrador, por ser ésta la primera sanción que recibe el que
administra mal los bienes de su amo, y también por no poder ni soler un rico
castigar de otra manera, pues no es el mayordomo un esclavo, que pudiera ser
azotado o muerto, sino un hombre libre, que no podía ser castigado por su señor
sino con la privación del honor y cargo recibidos. De este modo se puede aplicar
al pecador, el cual, por su mala administración, esto es, por su mala
observancia de la ley de Dios, no siempre es removido de su oficio ni excluido
de la Iglesia, ni es siempre privado de su dignidad eclesiástica ni desposeído
de los bienes que administró mal; pero siempre es castigado.
Se acusa, pues, al mayordomo, esto es, al cristiano, por los demonios ante Dios,
de no cumplir bien su ley. No se trata aquí del juicio, pues entonces no habrá
tiempo ni posibilidad de nueva diligencia para granjearnos amigos con las
riquezas de maldad; sino de esta vida, como enseña San Juan (Apoc. 12, 10): Ha
sido rechazado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche
ante el tribunal de nuestro Dios.
Se significa en esto la sentencia pronunciada por Dios como juez contra
nosotros, acusándonos el diablo, luego que pecamos: Ya no podrás ser mi
administrador, esto es: ya no te contarás en el número de mis siervos fieles, ya
no te alimentarás del pan de mi gracia.
Entonces el mayordomo dijo entre sí: “¿Qué haré?”. Representan estas palabras la
condición miserable del hombre abandonado de Dios. Porque, ¿qué podrá hacer el
que es abandonado de Dios? (...) Estas palabras del hombre expresan la primera
deliberación del pecador para buscar su remedio, semejantes a aquellas del
pródigo (15, 17).
Llamando, pues, a los deudores de su amo uno por uno. Resulta difícil determinar
quienes sean estos deudores de Dios, a los cuales rebaja el pecador la mitad de
la deuda para que cuando faltare, esto es, cuando fuere despedido y condenado
por su Señor, lo reciban en las eternas moradas. Parece que estos deudores han
de ser los pobres: Yo, a mi vez, os digo que os granjeéis amigos con el dinero;
y ¿quiénes son estos amigos que nos manda lograr, sino los pobres? Pero tiene en
contra que los pobres no parece que se hayan de tener aquí como deudores, esto
es, pecadores; antes como amigos de Dios; y así nos reciben en las eternas
moradas, no en las suyas ciertamente (como aquellos que acogieron al mal
administrador), sino en las de Dios (...).
Lo que principalmente me parece que hace a este propósito es aquella frase:
Granjearos amigos a costa de las riquezas de iniquidad. Pues, si se nos ordena
procurarnos amigos con las riquezas de iniquidad, no hay duda que los deudores
que debe hacerse amigos el mayordomo son los amigos que nosotros nos hemos de
ganar con estas riquezas. Así que no carece de interés averiguar quienes sean
éstos.
Ya sea que entendamos aquí por los deudores a solos los, ya cualesquiera otros
que podamos nosotros obligar con nuestros méritos, no es menester que nos
asemejemos a ellos en que son deudores del mismo señor que nosotros, sino en que
son hombres como nosotros, y, por tanto, aptos para que podamos merecer ante
ellos y hacérnoslos amigos. De este modo lo fueron para el mayordomo aquellos
deudores; pues ninguna otra clase de hombres se podía pensar más a propósito que
los deudores de su amo, a los cuales ninguna cosa se les podía ofrecer más
agradable que librarlos, en todo o en parte, de su deuda, lo cual sólo él con su
buena maña, sin ningún gasto de su parte, podía realmente efectuar. Respecto a
nosotros, son los pobres con quienes podemos ejercitar la misericordia, como con
los más miserables de los hombres.
Por qué se dice sólo dos deudores y por qué el uno se dice que debía aceite y el
otro trigo, o por qué, siendo la deuda de ambos de ciento, al uno se le reduce a
cincuenta y al otro a ochenta, no creo que encierre ningún misterio especial; y
así entiendo que pierden miserablemente el tiempo los que se empeñan en buscar
el sentido de cada cosa con un estudio escrupuloso.
A mi entender, nombra Cristo dos deudores porque quería indicar que nos habíamos
de ganar diversos amigos, y no podía expresarse esto con menor número que el de
dos. Además, aunque por brevedad no se mencionan sino dos, se deja entender que
el mayordomo hizo también lo mismo con los otros que calla. De suerte que no hay
aquí en el número ningún misterio.
Si dice que uno debía aceite y el otro trigo, no creo tenga otra razón que la de
tratarse de un administrador que tenía las fincas del amo arrendadas a los
labradores, los cuales suelen contraer sus deudas, mayormente de trigo y aceite,
sobre todo en regiones donde éstos abundan, como en Palestina.
Pone que uno y otro debían cien medidas, número más corriente y usual. Un número
mayor podría parecer menos probable, y otro menor tendría menos fuerza de
expresión en la parábola. Pero, ¿por qué razón ambos deudores la misma cantidad
de medidas? Para que sin dificultad se viese cuánto se remitía a cada uno de
esta cantidad y cuánto favor se hiciese a cada uno.
Al uno se le perdonan cincuenta, esto es, la mitad, y al otro veinte, o sea la
quinta parte de la deuda total, para mostrar que ganaba en su favor a todos,
pero no con igual motivo; y así nosotros habíamos de merecer para con el prójimo
no con un solo modo, sino de diversos. (...)
Toma tu resguardo o tu escrito. Es lo mismo que había dicho al primer deudor (v
6): la misma palabra griega se traduce en latín antes por resguardo, y aquí por
letras.
Llama letras o escrito al justificante por el cual se había obligado el deudor
para con el amo en cien cados de aceite o cien coros de trigo, el cual tenía en
su poder el mayordomo, como administrador de todos los bienes de su señor, y
ahora se lo presenta al deudor para que, borrado el número mayor, escriba el
otro menor.
Añade que lo haga pronto, lo cual me parece a mí rasgo propio de hombre
engañador, de mal proceder, temeroso de ser descubierto en su fraude si viniere
alguno mientras falsificaban los recibos.
Y ponderó el amo la habilidad de aquel mayordomo. Suponen algunos que estas
palabras son del evangelista y no del mismo Cristo en la parábola; como si lo
llamase con el nombre ordinario de señor. Así el que alabó a este mayordomo no
sería su dueño, sino el mismo Señor. Pero tal interpretación me parece enervar
el sentido de la parábola. Porque lo que pretendía concluir Cristo, arguyendo
como de lo menor a lo mayor, era que así como aquel mayordomo fue alabado por su
amo por haber resuelto su asunto con habilidad y astucia, con mucha mayor razón
serían alabados por Dios los que, sin hacerle a él injuria ninguna, antes según
su agrado, se ganasen por amigos a los pobres.
Mas, ¿cómo pudo alabar el amο a aquel mayordomo que lo había perjudicado? No
alabó el hecho, sino la sagacidad y diligencia que mostró para evadir el castigo
que merecía: Lo alabó porque había obrado sagazmente aquel mayordomo de
iniquidad, como lo llama según el modismo hebreo, esto es, perverso e injusto,
como había de decir luego también: Haceos amigos con las riquezas de iniquidad.
Porque los hijos de este siglo son más sagaces en sus cosas que los hijos de la
luz. Llama hijos de este siglo a los que sirven al mundo, y a los que sirven a
Dios, hijos de la luz. La razón de tal denominación es que los que viven
conforme a este mundo andan como en tinieblas; mas los que viven según Dios,
caminan en medio de la luz
De suerte que, considerando la antítesis entre los hijos de este siglo y los de
la luz, vemos que este siglo es llamado tinieblas; y así San Pablo llama al
diablo (a quien Cristo suele llamar príncipe de este mundo) (Jn. 12, 31; 14, 30)
príncipe de las tinieblas; como si mundo y tinieblas fuesen sinónimos (Ef. 6,
12).
Por hebraísmo se llama hijos de este mundo o hijos de las tinieblas a los que
son semejantes al mundo; y, en cambio, hijos de la luz a los que son tan
semejantes a Dios que parecen hijos suyos, como los otros lo parecen del mundo.
Porque suelen los hebreos llamar hijo al que se parece mucho, como suelen los
hijos a sus padres; v. gr.: Mientras tenéis luz, creed en la luz para que seáis
hijos de la luz (Jn. 12, 36) ; Caminad comο hijos de la luz (Ef. .5, 8); Todos
vosotros sois hijos de la luz (1 Tes. 5, 5).
Lo que añade, in generatione sua, es otro hebraísmo, que viene a equivaler al
latín in genere suo; esto es: son más prudentes los profanos para el mal que los
buenos y santos para el bien. Porque para el mal está más inclinado el ingenio
humano, y así adelanta más en el mal que en el bien. Se añaden estas palabras
como para corregir y restringir el sentido. Y así, porque no pensase alguno que
alababa el amo la prudencia de aquel mayordomo de un modo absoluto, o que daba
la preferencia sobre los hijos de la luz a los de este mundo, añadió que eran
prudentes no de verdad y como conviene, sino en lo que se refiere al mal. Esto
es lo que significa, a mí entender, la frase en su generación.
Yo creo que estas palabras son del mismo Cristo, como aprobando la opinión de
aquel amo que alababa la sagacidad del mayordomo; como si dijera: Con razón
alabó la prudencia de aquel hombre; porque, cuanto a esto, llevan ventaja
notable los hijos de este siglo a los hijos de la luz. Del mismo modo que es
señalada en el Génesis la serpiente como el animal más astuto de todos los que
había en el paraíso (Gen. 3, 1). Con razón alude aquí Orígenes a los herejes,
los cuales, para inventar y defender sus errores, suelen ser la mar de
ingeniosos y diligentes. Pero, aunque sea verdad, no se ha de acomodar la
parábola a este sentido, pues no pretendió Cristo enseñar que lοs pecadores,
como hijos de este siglo, son más prudentes y diligentes que los hijos de la luz
para buscar su salvación, sino que lo deben ser, sin dejar de remover cualquier
obstáculo para librarse de sus pecados. Y que no se ha de querer engañar a Dios,
hurtando lo ajeno, para tener con qué ganarse a los pobres por amigos, comο hizo
aquel mayordomo; sino solamente se propone la parábola al objeto de mostrar que
el pecador, que está en peligro de ser condenado por Dios, debe poner toda la
diligencia, ingenio e industria que le son lícitos para salir del pecado y
escapar de la condenación.
Si aquel mayordomo ni siquiera dudó en valerse de malas artes, con tal de huir a
una pena pequeña y temporal, ¡cuánto más ha de emplear el pecador todos los
medios lícitos para evitar la grandísima pena que nunca ha de acabar! Y sí aquél
fue alabado por su amo, a pesar de haberlo defraudado con sus malas artes,
¡cuánto más lo será el pecador que, sin ofender al Señor, antes agradándole en
lo que hace por sus pobres, se muestra prudente e industrioso!
Yo a mí vez os digo: Granjeaos amigos con las riquezas de maldad. Imitad a aquel
que fue generoso con lo ajeno y así se ganó amigos.
Mammona es un término arameo que significa riquezas. Llama, pues, Cristo mammona
iniquitatis a las riquezas mal adquiridas, las cuales no nos manda procurar para
hacernos amigos, como aquel mayordomo; sino que de las mal adquiridas nos
conciliemos a los pobres como amigos, para que nos reciban en las moradas
eternas cuando muramos.
Mas aún: no quiere sólo que hagamos esto con las mal adquiridas, sino también
con las riquezas legítimas y bien adquiridas. Porque, ¿qué iba a hacer, si no,
el que poseyera grandes riquezas, pero adquiridas por buena industria propia o
por herencia de sus padres, como tal vez era aquel rico de quien se habla poco
después en otra parábola, que vestía de lino y púrpura? ¿Acaso no deberá este
tal hacerse amigos con las riquezas que posee? Nadie lo pondrá en duda.
Pero dice Cristo lo que era dudoso y calla lo que era evidente; que si con las
cosas ajenas debemos ganarnos amigos, mucho más con las propias. Parece suponer
también como cierto que las riquezas de aquellos con quienes hablaba eran no
bien adquiridas, y así habla sólo de riquezas de iniquidad; y a estos tales
amonesta que se ganen con ellas amigos.
De modo que lo que dice de las riquezas de iniquidad, es como si dijera que
hasta con éstas, es decir, no sólo con las riquezas bien adquiridas, sino aún
con las que no lo han sido así. (...)
Otra interpretación trae el mismo San Agustín y San Beda en su comentario, a
saber: que todas las riquezas, aún las legítimamente adquiridas, se pueden
llamar de iniquidad, porque sólo la iniquidad, esto es, los hombres malos, las
reputan por riquezas, a diferencia de los justos, que sólo estiman como tales
las espirituales y eternas.
Eutimio y el mismo San Agustín dicen también que se llaman así "porque o son
adquiridas con injusticia o por ser en sí mismas una iniquidad o desigualdad,
pues tú tienes y el otro no, tú abundas y el otro tiene necesidad".
San Jerónimo lo explica de otro modo: "Todas las riquezas proceden de la
iniquidad, pues no puede el uno encontrarlas si el otro no las pierde. De aquí
aquella sentencia que me parece exactísima: Todo rico, o es injusto o heredero
de injusto".
Tertuliano y San Ambrosio lo explican porque las riquezas hacen injusto al
hombre.
Para que, cuando acabéis, os reciban en las eternas moradas. Tres son las
principales cuestiones de estas palabras: qué signifique cum defeceritis,
quiénes sean estos amigos y cómo nos hayan de recibir en las eternas moradas.
Algunos entienden deficere por morir. Pero en este sentido se referiría a todos,
pues, lo mismo buenos que malos, justos que injustos, tienen que morir; en tanto
que la comparación con el mayordomo parece referirse no a todos, sino a los que
hayan administrado mal su oficio. Otros piensan que significa ser condenado en
el juicio divino. Mas, ¿cómo podrán librar los amigos a los que sean condenados
en este tribunal? Como tampoco libraron aquellas vírgenes a sus compañeras que
no llevaban aceite para sus lámparas.
Luego parece significar mejor, como antes indiqué, ser privados de otras buenas
obras y abandonados de Dios. Pero solamente durante esta vida puede ser uno,
como aquél, removido de su administración, esto es, privado de la gracia divina,
excluido de la amistad con Dios y apartado de él, como se traduce en San Ireneo;
en cuyo caso es magnífico remedio la limosna para volver a la amistad con Dios.
Se ha de entender esta sentencia: Lo que os sobra dadlo en limosna, y todas las
cosas os serán limpias.
(...) Dice San Agustín que se trata sólo de los santos; porque ¿quién nos va a
recibir, si aquellos a quienes dimos limosna se han condenado? No se han de
examinar tan minuciosamente estas cosas. Pero, ya que hemos removido la
cuestión, tratemos de resolverla. Habla Cristo de aquellos que poseen riquezas,
como si todos fuesen injustos, y de los pobres como si fuesen todos justos. Por
eso dice que seremos recibidos por ellos en las eternas moradas, como si ellos
estuviesen ya en las mismas. Y aunque algunos no estén, se puede decir que nos
reciben, porque somos recibidos en atención a ellos. (...)
Ninguna duda puede haber que es propio de sólo Dios recibir con autoridad propia
en el cielo. De los pobres se dice que nos reciben en las eternas moradas porque
somos recibidos en atención a las limosnas hechas a ellos, de suerte que, más
que ellos, son nuestros méritos para con ellos los que nos reciben propiamente.
No dice Cristo aquí "para que os reciban en sus moradas", como había dicho antes
el mayordomo de la parábola, para que me reciban en sus casas; sino en las
moradas eternas, para indicar que no nos reciben ellos en realidad, sino
nuestras buenas obras, o como dicen otros, porque ellos con sus oraciones nos
alcanzan del Señor ser admitidos a las mansiones eternas.
Una y otra cosa creo que se significa por estas palabras, a saber: que seremos
recibidos por nuestros méritos para con ellos y también por sus ruegos en favor
nuestro. Cuando dice os reciban, quiere decir ciertamente que están en las
mismas moradas y que allí hacen algo en favor nuestro, a lo menos hablar y
pedir. Como se dice que nos reciben en la sala del rey, no sólo el mismo rey, a
quien toca por propia autoridad, sino también cualquiera que con sus ruegos o de
cualquier modo nos facilita la entrada. Dos cosas, por tanto, se deducen
claramente de este lugar: nuestros propios méritos y la intercesión de los
santos por nosotros, contra los errores de los nuevos herejes. (...)
Quien es fiel en lo poco, también será fiel en lo más. No se ve a qué fin son
añadidas estas tres sentencias aquí por Cristo. A mi entender, quiso Cristo
acomodar la parábola a sus discípulos y enseñarles cómo habían de ser privados
de su administración, como el mayordomo, si no empleaba bien las facultades que
Dios les había concedido. Ser removidos o privados de la administración
espiritual es no darles sus dones espirituales o quitarles los concedidos, los
cuales con razón se quitan o dejan de dar a aquellos que no han aprovechado como
conviene, con bastante fidelidad, los dones temporales, que valen menos. A esto
tienden estas sentencias que explicamos. Examinemos cada una.
Dice lo primero: Quien es fiel en lo poco, también lo será en lo más. Si dijera
al contrario: quien es fiel en lo grande, también lo será en lo pequeño, o quien
es infiel en lo menos lo será también en lo grande, no tendría esta sentencia
ninguna dificultad y parecería argüir de lo menos a lo más. Pero diciendo: El
que es fiel en lo mínimo, lo será también en lo grande, resulta una sentencia
rara y contra el sentido común, a lo que parece. Porque, siendo, al parecer, un
proverbio popular y tomándose éstos de lo que sucede siempre o de ordinario,
éste parece más bien tomado de lo que nunca o rara vez acontece. ¿Qué ladrón hay
que no robe, si puede, cosas de importancia, mejor que no pequeñas? Y así vemos
que a veces la misma grandeza del tesoro hace caer aún a hombres probos y
fieles. Si alguno, v. gr., encuentra en una casa una perla con la que pueda
hacerse, de pobre, riquísimo, si nadie lo ve, es más fácil que la robe que si
hubiera encontrado un objeto de plata de precio ordinario. A mi entender, en
este refrán sólo se mira la manera de pensar de los hombres, los cuales, aunque
es más difícil hacer cosas grandes que pequeñas, con todo, suelen conjeturar las
grandes por las pequeñas; y cuando vemos a uno hacer robos menudos, solemos
suponer que también hará otros mayores; y al contrario, cuando vemos que ni
siquiera cae en robos pequeños, como una fruta o una moneda dejada al descuido,
nos sirve de indicio de su gran fidelidad en cosas de importancia. Esto quiere
decir: El que es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho.
Llama mínimos a los bienes temporales y máximos a los espirituales, y arguye que
quienes administren bien los bienes temporales, que son inferiores,
distribuyéndolos bien a los pobres, es de creer que también administrarán bien
los espirituales; por tanto, merecen que se les confíe le administración de
éstos, o, sí ya la tienen, que no se les quite.
Habla aquí de la gracia divina y demás dones de Dios como un tesoro
extraordinario, cuya custodia y administración es como si se confiase a quien se
le da y como si se le quitase al que no se le da por ser indigno.
Si, pues, en las riquezas falsas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo
verdadero? Es evidente por el paralelismo que se opone aquí, lo verdadero a
iniquo mammonae, en vez de oponerse, como parecía natural, lo justo o
equitativo. Pero llama inicuas a las riquezas, esto es, falsas, porque engañan y
burlan a los hombres. Contrapone muy bien el epíteto de verdadero. Llámanse
falsas las riquezas temporales, porque se pierden fácilmente y falla la
esperanza de los que en ellas confiaban. En cambio, llama riquezas verdaderas a
las espirituales, porque permanecen siempre y nos introducen en los palacios
eternos. (...)
Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién pondrá en vuestras manos lo vuestro?
¿Cómo se deduce que no será fiel en las cosas propias el que no lo ha sido en
las ajenas? ¿Quién hay que no procure ser fiel en lo suyo propio?
Mas, según los autores antes citados y también San Agustín, hemos de interpretar
ajeno por temporal y nuestro por espiritual, porque aquellas riquezas las hemos
de dejar aquí cuando morimos, y sólo llevamos éstas al cielo con nosotros.
Entendiéndolo así, fluye bien el argumento: Si no somos buenos y fieles
administradores en las cosas ajenas, esto es, temporales, tampoco lo seremos en
las propias, esto es, en las espirituales; porque, a la verdad, es más difícil
administrar bien y prudentemente las cosas espirituales que las temporales. Y
así, ¿cómo nos va a confiar Dios el cuidado de los bienes espirituales, que es
como hacernos sus administradores, o cómo no nos privará de este oficio, si aún
los bienes temporales que nos confió los administramos con descuido e
infidelidad?
Ninguno puede servir a dos señores. A lo que parece, San Mateo puso esta
sentencia fuera de su lugar, y San Lucas en el que le corresponde; pues,
habiendo empezado Cristo a tratar de las riquezas, es verosímil que añadiese
aquí esta sentencia sobre el mismo asunto: Ninguno puede servir a dos señores y
No podéis servir a1 mismo tiempo a Dios y a las riquezas.
(P. Juan de Maldonado, Comentarios a San Marcos y San Lucas, BAC, Madrid, 1954,
p. 673-687)
---------------------------------------------------------------------
San Agustín
Las Riquezas de iniquidad (Lc, 16,6)
1- La lección evangélica recién leída nos da el aviso de hacernos amigos con las
riquezas de iniquidad; amigos que reciban a quienes tal hacen en las eternas
moradas. Y ¿quiénes poseerán las moradas eternas, sino los santos de Dios? Y
¿quiénes han de ser recibidos por ellos en las eternas moradas, sino los que
subvienen a la indigencia y le suministran con alegría lo que ha menester?
Recordemos que en el juicio final dirá el Señor a los de su derecha: Tuve
hambre, y me disteis de comer..., y lo demás que sabéis. Y como ellos
preguntarán cuándo le hicieron tales servicios, responderá: Lo que hicisteis a
uno de mis pequeños, a mí me lo hicisteis. Estos pequeños son los que reciben en
las moradas eternas. Se lo dice a los de la derecha porque lo hicieron; no se lo
dice a los de la izquierda porque no lo hicieron. Y los de la derecha, que lo
hicieron, ¿qué recibieron, o mejor, qué han de recibir? Venid benditos de mi
Padre, a poseer el reino que os está aparejado desde el principio del mundo,
porque tuve hambre, y me disteis de comer. Lo que hicisteis a unos de mis
pequeños, conmigo lo hicisteis. ¿Quiénes son, por ende, estos los pequeños de
Cristo? Los que todo lo suyo dejaron para seguirle y distribuyeron a los pobres
cuánto tuvieron para seguir a Dios sin las ataduras del siglo, y así, libres de
las cargas del mundo, remontarse hacia las alturas como si tuvieran alas en los
hombros. Estos son lo pequeños. ¿Por qué los pequeños? Porque son humildes,
porque no son presuntuosos, porque no son soberbios; mas pon en la balanza a
estos pequeños, y hallarás que pesan mucho.
2- "Mammona iniquitatis" . Mas ¿ por qué dice ser amigos de mammona iniquitatis?
¿Qué significa mammona iniquitatis? Primeramente, ¿qué es mammona? La expresión
no es latina, es del hebreo, lengua emparentada con el idioma cartaginés; dos
idiomas cuyo vocabulario denuncia una cierta afinidad entre ellos. Lo que se
dice mammon en púnico, es lucrum en latín; lo que llaman mammona los hebreos es
en latín divitiae. Vueltos, pues, al latín, nuestro Señor Jesucristo viene a
decir: Facite vobis amicos de divitiis iniquitatis ( Haceos amigos con las
riquezas de iniquidad). Algunos, dándole a este lugar una interpretación
absurda, roban lo ajeno, y, dando un poco de ello a los pobres, se figuran
cumplir el mandato. Mammona iniquitatis - se dicen - es robar lo ajeno; dar de
ahí algo a los pobres, máxime a los indigentes, es hacerse amigos de las
riquezas de iniquidad. Semejante interpretación necesita corrección; más aún,
debe ser borrada totalmente de vuestro corazón. Guardaos de entenderlo así.
Haced limosnas de vuestros justos trabajos; dad de los que poseéis debidamente.
---------------------------------------------------------------------
Juan Pablo II
VISITA PASTORAL A KAZAJSTÁN
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Astana- Plaza de la Madre Patria
Domingo 23 de septiembre de 2001
1. "Dios es uno, y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre
Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos" (1 Tm 2, 5).
En esta expresión del apóstol san Pablo, tomada de la primera carta a Timoteo,
está contenida la verdad central de la fe cristiana. Me alegra poder
anunciárosla hoy a vosotros, amadísimos hermanos y hermanas de Kazajstán. En
efecto, estoy entre vosotros como apóstol y testigo de Cristo; estoy entre
vosotros como amigo de todo hombre de buena voluntad. A todos y cada uno vengo a
ofrecer la paz y el amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Conozco vuestra historia. Conozco los sufrimientos que habéis padecido muchos de
vosotros, cuando el régimen totalitario anterior os arrancó de vuestra tierra de
origen y os deportó en condiciones de grave malestar y privación. Me alegra
poder estar aquí hoy entre vosotros para deciros que el corazón del Papa está
cerca de vosotros.
(...)
2. "Dios es uno". El Apóstol afirma ante todo la absoluta unicidad de Dios. Los
cristianos han heredado esta verdad de los hijos de Israel y la comparten con
los fieles musulmanes: es la fe en el único Dios, "Señor del cielo y de la
tierra" (Lc 10, 21), omnipotente y misericordioso.
En el nombre de este único Dios, me dirijo al pueblo de Kazajstán, que tiene
antiguas y profundas tradiciones religiosas. Me dirijo también a cuantos no se
adhieren a una fe religiosa y a los que buscan la verdad. Quisiera repetirles
las célebres palabras de san Pablo, que tuve la alegría de volver a escuchar el
pasado mes de mayo en el Areópago de Atenas: "Dios no se encuentra lejos de cada
uno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 27-28).
Me viene a la mente lo que escribió vuestro gran poeta Abai Kunanbai: "¿Se puede
dudar de su existencia, si todo sobre la tierra es su testimonio?" (Poesía 14).
3. "Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús".
Después de referirse al misterio de Dios, el Apóstol dirige su mirada a Cristo,
único mediador de salvación. Una mediación -subraya san Pablo en otra de sus
cartas- que se realiza en la pobreza: "Siendo rico, por vosotros se hizo pobre,
a fin de que os enriquecierais con su pobreza" (2 Co 8, 9, citado en el
Aleluya).
Jesús "no hizo alarde de su categoría de Dios" (Flp 2, 6); no quiso presentarse
a nuestra humanidad, que es frágil e indigente, con su abrumadora superioridad.
Si lo hubiera hecho, no habría obedecido a la lógica de Dios, sino a la de los
poderosos de este mundo, criticada sin ambages por los profetas de Israel, como
Amós, de cuyo libro está tomada la primera lectura de hoy (cf. Am 8, 4-6).
La vida de Jesús fue coherente con el designio salvífico del Padre, "que quiere
que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tm 2,
4). Él testimonió con fidelidad esta voluntad, ofreciéndose "en rescate por
todos" (1 Tm 2, 6). Al entregarse totalmente por amor, nos consiguió la amistad
con Dios, perdida a causa del pecado. También a nosotros nos recomienda esta
"lógica del amor", pidiéndonos que la apliquemos sobre todo mediante la
generosidad hacia los necesitados. Es una lógica que puede unir a cristianos y
musulmanes, comprometiéndolos a construir juntos la "civilización del amor". Es
una lógica que supera cualquier astucia de este mundo y nos permite granjearnos
amigos verdaderos, que nos acojan "en las moradas eternas" (cf. Lc 16, 9), en la
"patria" del cielo.
4. Amadísimos hermanos, la patria de la humanidad es el reino de Dios. Es muy
elocuente para nosotros meditar en esta verdad precisamente aquí, en la plaza
dedicada a la Madre Patria, ante este monumento que la representa
simbólicamente. Como enseña el concilio ecuménico Vaticano II, existe una
relación entre la historia humana y el reino de Dios, entre las realizaciones
parciales de la convivencia civil y la meta última, a la que, por libre
iniciativa de Dios, está llamada la humanidad (cf. Gaudium et spes, 33-39).
El décimo aniversario de la independencia de Kazajstán, que celebráis este año,
nos lleva a reflexionar en esta perspectiva. ¿Qué relación existe entre esta
patria terrena, con sus valores y sus metas, y la patria celestial, en la que,
superando toda injusticia y todo conflicto, está llamada a entrar la familia
humana entera? La respuesta del Concilio es iluminadora: "Aunque hay que
distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del reino de
Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar
mejor la sociedad humana, interesa mucho al reino de Dios" (ib., 39).
5. Los cristianos son, a la vez, habitantes del mundo y ciudadanos del reino de
los cielos. Se comprometen sin reservas en la construcción de la sociedad
terrena, pero permanecen orientados hacia los bienes eternos, siguiendo un
modelo superior, trascendente, para realizarlo cada vez más y cada vez mejor en
la vida diaria.
El cristianismo no es alienación del compromiso terreno. Si en algunas
situaciones contingentes a veces da esta impresión, se debe a la incoherencia de
muchos cristianos. En realidad, el cristianismo auténticamente vivido es como
levadura para la sociedad: la hace crecer y madurar en el plano humano y la abre
a la dimensión trascendente del reino de Cristo, realización plena de la
humanidad nueva.
Este dinamismo espiritual encuentra su fuerza en la oración, como nos acaba de
recordar la segunda lectura. Y es lo que, en esta celebración, queremos hacer
orando por Kazajstán y por sus habitantes, a fin de que este gran país, dentro
de la variedad de sus componentes étnicos, culturales y religiosos, progrese en
la justicia, la solidaridad y la paz; para que progrese especialmente gracias a
la colaboración de cristianos y musulmanes, comprometidos cada día, juntos, en
la humilde búsqueda de la voluntad de Dios.
6. La oración siempre debe ir acompañada por obras coherentes. La Iglesia, fiel
al ejemplo de Cristo, no separa nunca la evangelización de la promoción humana,
y exhorta a sus fieles a ser en todo ambiente promotores de renovación y de
progreso social.
Amadísimos hermanos y hermanas, ojalá que la "madre patria" de Kazajstán
encuentre en vosotros hijos devotos y solícitos, fieles al patrimonio espiritual
y cultural heredado de vuestros padres, y capaces de adaptarlo a las nuevas
exigencias.
De acuerdo con el modelo evangélico, distinguíos por la humildad y la
coherencia, haciendo fructificar vuestros talentos al servicio del bien común y
privilegiando a las personas más débiles y desvalidas. El respeto a los derechos
de cada uno, aunque tengan convicciones personales diferentes, es el presupuesto
de toda convivencia auténticamente humana.
Vivid un profundo y efectivo espíritu de comunión entre vosotros y con todos,
inspirándoos en lo que los Hechos de los Apóstoles atestiguan de la primera
comunidad de los creyentes (cf. Hch 2, 44-45; 4, 32). Testimoniad en el amor
fraterno y en el servicio a los pobres, a los enfermos y a los excluidos, la
caridad, que alimentáis en la mesa eucarística. Sed artífices de encuentro,
reconciliación y paz entre personas y grupos diferentes, cultivando el auténtico
diálogo, para que prevalezca siempre la verdad.
7. Amad la familia. Defended y promoved esta célula fundamental del organismo
social; cuidad de este primordial santuario de la vida. Acompañad con esmero el
camino de los novios y de los matrimonios jóvenes, para que sean ante sus hijos
y ante toda la comunidad signo elocuente del amor de Dios.
Amadísimos hermanos, con alegría y emoción deseo dirigiros a vosotros, aquí
presentes, y a todos los creyentes que están unidos a nosotros la exhortación
que en muchas ocasiones estoy repitiendo en este inicio de milenio: Duc in altum!
Te abrazo con afecto, pueblo de Kazajstán, y te deseo que realices plenamente
todo proyecto de amor y de salvación. Dios no te abandonará. Amén.
---------------------------------------------------------------------
Catecismo de la Iglesia Católica
El hombre como administrador de los bienes del Señor
373 En el plan de Dios, el hombre y la mujer están llamados a "someter" la
tierra como "administradores" de Dios. Esta soberanía no debe ser un dominio
arbitrario y destructor. A imagen del Creador, "que ama todo lo que existe" (Sb
11,24), el hombre y la mujer son llamados a participar en la providencia divina
respecto a las otras cosas creadas. De ahí su responsabilidad frente al mundo
que Dios les ha confiado.
859 Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como "el Hijo no puede
hacer nada por su cuenta" (Jn 5,19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le
ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin El de
quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles
de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como "ministros de una
nueva alianza" (2 Co 3,6), "ministros de Dios" (2 Co 6,4), "embajadores de
Cristo" (2 Co 5,20), "servidores de Cristo y administradores de los misterios de
Dios" (1 Co 4,1).
952 "Todo lo tenían en común" (Hch 4,32): "Todo lo que posee el verdadero
cristiano debe considerarlo como un bien en común con los demás y debe estar
dispuesto y ser diligente para socorrer al necesitado y la miseria del prójimo".
El cristiano es un administrador de los bienes del Señor.
2237 El poder político está obligado a respetar los derechos fundamentales de la
persona humana. Y a administrar humanamente justicia en el respeto al derecho de
cada uno, especialmente el de las familias y de los desheredados. Los derechos
políticos inherentes a la ciudadanía pueden y deben ser concedidos según las
exigencias del bien común. No pueden ser suspendidos por la autoridad sin motivo
legítimo y proporcionado. El ejercicio de los derechos políticos está destinado
al bien común de la nación y de toda la comunidad humana.
2280 Cada cual es responsable de su vida delante de Dios que se la ha dado. El
sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con
gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras almas.
Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No
disponemos de ella.
2404 "El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas
que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el
sentido de que han de aprovechar no sólo a él, sino también a los demás". La
propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para
hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus
próximos.
--------------------------------------------------------------------
EJEMPLOS PREDICABLES
Astucia pastoral
En una cárcel había un criminal que había de ser fusilado... Un padre capuchino
le visitó varias veces y le ofreció los auxilios de la religión... mas el reo
los rechazó rabiosamente...
La noche anterior a la ejecución el padre capuchino volvió a la celda del
condenado y éste lanzóle una mirada siniestra.
- Jorge - le dice el sacerdote- no vengo para eso; vengo para otra cosa...
_ ¿Para qué viene?
El padre capuchino saca una botella de cerveza, queso, mantequilla, pan,
dulces... y lo pone todo sobre la mesita. Jorge mira extrañado.
- Mañana, a estas horas, ya no estarás con nosotros - le dice el capuchino -.
Mira, Jorge, he querido darte un gustazo. Lo mismo que hubiera hecho tu madre si
viviera. Todo esto es para ti.
En los, ojos de Jorge, que no había llorado desde niño, asoman gruesas lágrimas.
Se levanta, abraza al padre capuchino y, con emoción indescriptible, le dice:
-¡Ah, usted es el primero que me quiere!
El hielo se había derretido por los cálidos rayos del amor de un buen carácter.
El sacerdote ganó un amigo y salvó un alma para Dios.
Modelad vuestro carácter; forjaos un buen carácter que sea centro de atracción y
de alegría, conquistador de voluntades.
--------------------------------------------------------------------
La conciencia del fraudulento
Murió en Roma un hombre tramposo y lleno de deudas, y, al hacer almoneda de sus
cosas los acreedores, se presentó Julio César diciendo que le reservaran la
cama, porque él quería quedarse con ella.
- ¿La cama, señor? – exclamaron asombrados.
- Sí – dijo el general -, la cama; porque yo duermo muy mal, y una cama en que
podía dormir un hombre tramposo tiene que tener una virtud especial contra los
insomnios.
---------------------------------------------------------------------
Restituir lo mal habido
Hay un caso curioso en un viejo pergamino empolvado:
Conjuraba un sacerdote a un endemoniado, y a fuerza de exorcismos echó afuera
los demonios y los obligó a que confesaran sus nombres.
«Somos tres hermanos—dijo uno de ellos—, que solemos atacar juntos a los
hombres. Yo me llamo Cierra-Corazón, porque tengo por oficio cerrarles el
corazón para que no se arrepientan de sus culpas. Si alguno se arrepiente, viene
mi hermano, que se llama Cierra-Boca, el cual procura que, aunque estén
arrepentidos, no se confiesen. Y, si se arrepienten y se confiesan, viene mi
otro hermano, que se llama Cierra-Bolsa, el cual trabaja para que el que se
confiesa no restituya lo robado. A nosotros se nos escapan muchos, pero a éste
son muy pocos los que se le escapan.»
¡Qué gran verdad encierra esta sencilla parábola! El demonio Cierra-Bolsa es el
amo y señor de nuestros contemporáneos. Porque, en cuanto a robar, son
innumerables los que roban, pero, por lo que hace a restituir, apenas restituye
ninguno.
Luego se condenarán para siempre. Porque aquello de «o restitución o
condenación» no ha perdido su vigencia por el hecho de que sean muchos los que
no restituyen.
Los que han robado pueden arrepentirse y confesarse, paro si no devuelven a su
legítimo dueño lo robado, ni su arrepentimiento es verdad, ni eficaz su
confesión. El peso de lo ajeno tirará de ellos hacia el infierno.
----------------------------------------------------------------------
La riqueza hace inicuo al hombre
Un usurero, oyendo un sermón en el que se hablaba de la restitución, vio la
enormidad de sus pecados y resolvió hacer las paces con Dios.
Llególe al poco tiempo una enfermedad de muerte y, apretado por su conciencia,
llamó al predicador y le dijo que quería restituirlo todo y ponerse a bien con
Dios.
Quedó se admirado el confesor y le dijo:
-Pues bien, es obligado el restituir. Si tiene usted amigos, llámelos y deles
una lista con las deudas y las víctimas.
Hízolo así el hombre y, llamando a cuatro de sus amigos, les confió todo lo que
le había dicho el confesor.
Fue otra vez el confesor a verle y se retiró muy contento: Pero he aquí que,
cuando hacía su oración, vio a un diablo jovencito que lloraba desesperado. Al
poco quedó atónito al ver entrar otro diablo viejo riéndose a carcajadas.
-Anda; déjate de lloriqueos - dijo el diablo viejo al joven, que, si has perdido
uno, en cambio has ganado cuatro. Mira ahora si puedes hacer que estos cuatro se
queden con el dinero.
Del usurero se sabe que murió santamente, pero de los otros cuatro no se sabe
cómo murieron ni adónde fue a parar su alma.
(Mauricio Rufino, Vademécum de ejemplos predicables, Ed. Herder, Barcelona,
1962, nn. 704.705.706.1029)
31. SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO 2004
Esta parábola –no siempre bien interpretada- va dirigida a los fariseos que son amigos del dinero, su verdadero Dios. Representa, como tantas otras, un caso extremo: un hombre que está a punto de ser despedido de su trabajo y que necesita actuar urgentemente para garantizarse el futuro, antes de quedarse sin empleo. Para ello plantea una estrategia. Acusado de derrochar los bienes de su amo (16,1), causa por la que se va a quedar sin trabajo, decide rebajar la cantidad de la deuda de cada uno de los acreedores de su amo, renunciando a la comisión que le pertenece como administrador. Es sabido que los administradores no recibían en Palestina un sueldo por su gestión, sino que vivían de la comisión que cobraban, poniendo con frecuencia intereses desorbitados a los acreedores. La actuación de administrador debe entenderse así: el que debía cien barriles de aceite había recibido prestados cincuenta nada más, los otros cincuenta eran la comisión correspondiente a la que el administrador renuncia con tal de granjearse amigos para el futuro. Renunciando a su comisión, el administrador no lesiona en nada los intereses de su amo. De ahí que el amo lo felicite por saber garantizarse el futuro dando el “injusto dinero” a sus acreedores.
El amo alaba la estrategia de aquel “administrador de lo injusto”, calificativo que se da en el evangelio de Lucas al dinero, pues, en cuanto acumulado, procede de injusticia o lleva a ella.
Para Lucas, todo dinero es injusto. Ahora bien: si uno lo usa –desprendiéndose de él- para "ganarse amigos", hace una buena inversión no en términos bursátiles, ni bancarios, sino en términos humanos cristianos. El injusto dinero, como encarnación de la escala de valores de la sociedad civil, sirve de piedra de toque para ensayar la disponibilidad del discípulo a poner al servicio de los demás lo que de hecho no es suyo, sino que se lo ha apropiado en detrimento de los desposeídos y marginados.
El “injusto dinero” es calificado en la conclusión de la parábola como "lo de nada" y "lo ajeno", en cuanto opuesto a "lo que vale de veras, lo importante, lo vuestro”. Y “lo que vale de veras” no es el don del dinero, sino el del Espíritu de Dios que comunica vida a los suyos (“cuánto más el Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden”. cf. Lc 11,13:). Eso sí, para recibir el Espíritu (que es comunicación de la vida de Dios que potencia al hombre) se requiere el desprendimiento y la generosidad hacia los demás (11,34-36).
La parábola termina con esta frase lapidaria: “No pueden servir a Dios y al dinero”. La piedra de toque de nuestro amor a Dios es la renuncia al dinero. El amor al dinero es una idolatría. Hay que optar entre dos señores: no hay término medio. El campo de entrenamiento de esta opción es el mundo, la sociedad, donde los discípulos de Jesús tienen que compartir lo que poseen con los que no lo tienen, con los oprimidos y desposeídos, los desheredados de la tierra.
El afán de dinero es la frontera que divide el mundo en dos; es la barrera que nos separa de los otros y hace que el mundo esté organizado en clases antagónicas: ricos y pobres, opresores y oprimidos; el ansia de dinero es el enemigo número uno que imposibilita que el mundo sea una familia unida donde todos se sienten a la mesa de la vida. Por eso el discípulo, para garantizarse el futuro, debe estar dispuesto en el presente a renunciar al dinero que lleva a la injusticia y hace imposible la fraternidad.
La lectura del profeta Amós es una denuncia contra
este mundo injusto en el que unos –los ricos- exprimen a los pobres y los
despojan de lo que necesitan para vivir. Dios se pone de parte del pobre y
denuncia esa injusticia estructural. Por eso en la segunda lectura, de la carta
a Timoteo, se pide que se hagan oraciones por los que detentan el poder, que
lleva anejo también el dinero, para que no triunfe nunca la fuerza, la agresión,
la represión y la injusticia de unos hacia otros. Dios quiere que todos se
salven, salvación que comienza en esta vida por tener lo necesario para vivir y
desarrollarse como personas, algo de lo que carece la inmensa multitud de pobres
de este mundo. Ojalá que un día podamos, como dice la primera lectura, rezar
todos “alzando las manos limpias de ira y divisiones”.
Para la revisión de vida
El mensaje de Jesús es claro: “no podemos servir a
Dios y al dinero”. ¿De qué lado me coloco yo? ¿Cómo vivo personalmente mi
relación con los bienes temporales? ¿Me esclavizan? ¿Trato de contemporizar y
servir a los dos?
Para la reunión de grupo
- El neoliberalismo es, confesadamente, un sistema que pone el crecimiento económico (la creación de riqueza) por encima de todo lo demás, como valor supremo, como el dios real. ¿Se puede ser cristiano en un mundo neoliberal? ¿Cómo? ¿A qué precio? ¿Con qué condiciones?
- En esta situación de pobreza y de exclusión,
¿somos una comunidad que está al servicio del Dios de la Vida, alentándola,
acogiéndola, favoreciéndola, agradeciéndola?
Para la oración de los fieles
- -Por los más pobres de la tierra, que viven la desigualdad y la injusticia, y que desde el sufrimiento y el dolor, son capaces de dar a los demás, de ser solidarios.
- -Por los gobernantes de la tierra, para que todos sus esfuerzos sean encaminados por el Dios de la vida y no por los principios del dios-dinero.
- -Para que nuestra comunidad cristiana encuentre los caminos que llevan a la vida digna de todos, donde nadie es marginado ni excluido.
- -Por todos los que sufren en carne propia los
efectos del neoliberalismo: pobreza, hambre, desempleo... para que con ellos
busquemos formas y medios para transformar este mundo...
Oración comunitaria
Oh Dios que en Jesús has pronunciado una palabra radical sobre la imposibilidad de servirte a ti y servir a la vez al dinero: ayúdanos a ser radicales también y a trabajar por someter la economía a los imperativos de la ética y del amor. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor...
32.
Reflexión:
Ilusión por la santidad
Nos podría sorprender en una primera apreciación el fragmento evangélico que hoy
consideramos. Ese hombre, mal trabajador, que no es honrado con el dinero que
administra, recibe, sin embargo, por su hábil estratagema –especialmente
injusta, por otra parte– la alabanza de su señor. El hombre rico, el señor, como
siempre, representa a Dios, que en este caso declara admirable la actitud final
de su criado, aunque hubiera sido digno de condena por su injusticia y falta de
lealtad. Existe, pues, algo en el comportamiento del administrador infiel que
debemos los cristianos aprender.
Naturalmente, en ningún momento dice Jesús que la conducta del administrador
deba tomarse, en su conjunto, como ejemplo de vida. De hecho, razón de sobra
tenía el señor para quitarle la administración, según se desprende del tono del
relato, y como reconoce por otra parte el propio criado, que en modo alguno se
revela o protesta por la decisión de su amo. Una vida delictuosa, pues, con
algún rasgo decididamente admirable.
La vida de los hombres nunca es, como es sabido, del todo buena o mala. No es
infrecuente, sin embargo, encontrar personas a las que nada les parece que deben
mejorar. A efectos prácticos, su comportamiento y su vida sería ya, en todo
momento, lo suficientemente honrada y buena no necesitan, pues, complicarse con
hipotéticas posibilidades de rectificar para bien. Otras, por el contrario,
tienen una impresión tan negativa de sí, que se consideran incapaces de lo
bueno: en toda su conducta les parece observar aspectos negativos; lo que, tal
vez, les induce a desistir de mejorar, pues, en cualquier caso, siempre
arrastrarán de un modo u otro defectos.
La realidad franca y desapasionada de cada uno nos manifiesta, más bien, que el
comportamiento diario es consecuencia de una serie de virtudes y defectos. Esos
hábitos de la conducta, que a todos nos afectan, acaban teniendo en ocasiones
manifestaciones prácticas muy patentes. Así, por ejemplo, el administrador de la
parábola, de tal modo parece que procedía dolosamente en su trabajo, que llegó a
oídos de su señor. Tal vez su avaricia, su comodidad, su egoísmo, o cualquier
otro de sus defectos resultaron patentes a los ojos de los demás. Pero no era,
sin embargo, todo negativo en aquel hombre. Su sagacidad y astucia, su hábil
inteligencia,,,, pero puesta al servicio del bien, podrían ser buenas armas para
trabajar por su señor; una vez corregidos, naturalmente, los vicios que hacían
intolerable su permanencia por más tiempo al cargo de la administración. Con la
franqueza con nosotros mismos, que es consecuencia de la verdad que descubrimos
al sentirnos contemplados por Dios, Señor Nuestro, advertimos en cada uno
comportamientos más o menos buenos, o, si se quiere, más o menos malos. En el
origen de cada acción nuestra, que es en la práctica un acto de amor o de
desamor con Dios, existe un rasgo de nuestro carácter que condiciona ese
comportamiento y que convendrá alentar o, por el contrario, corregir. Es preciso
poner interés en ello. Al hilo de esta parábola que hoy nos ofrece la Iglesia,
fijémonos en si nos esmeramos, como el administrador infiel, en emplear nuestros
mejores recursos de tesón, de amistades, de inteligencia..., de ingenio humano,
en una palabra, al servicio de nuestra santidad y de la extensión del Reino de
los Cielos. Parece Jesús manifestar, para vergüenza no pocas veces de los que
desean serle fieles, que los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que
los hijos de la luz. Nos vendrá muy bien, en efecto, sentirnos avergonzados, por
tener que reconocer que bastantes se mueven y mucho buscando lo suyo,
egoístamente incluso, sin un ideal sobrenatural, pero con gran eficacia.
Diríamos que, en muchos casos, hacen muy bien el mal; que de hecho se desviven
por ideales en el fondo pequeños. Los hijos de Dios, en cambio, aparecemos
estáticos junto a ellos: como si no estuviéramos bastante convencidos de lo que
ganamos sirviendo a Dios. Como si no amáramos a Dios lo bastante. Santa María,
nuestra Madre, nos abrirá como a niños los ojos de la ilusión, para ver más y
más claro cada día el brillo inigualable del ideal de Jesucristo.
Fluvium.org
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
El Señor nos ha convocado en este día para darnos a manos llenas su Vida y su
Espíritu mediante la participación del Pan de Vida. Mediante esta Eucaristía
renovamos nuestra Alianza con el Señor para pertenecerle sólo a Él, y para
amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todo
nuestro ser. Y Dios nos hace uno con Él conforme a las palabras de su hijo
Jesucristo: así como el Padre está en mí y yo en Él, así yo estoy en ustedes y
ustedes en mí. La Vida divina, gracias a nuestra unión a Cristo, habita en
nosotros con toda su plenitud; ojalá y, en primer lugar, nosotros seamos los
primeros beneficiados por esos bienes verdaderos, que se nos han confiado, de
tal forma que día a día vayamos siendo cada vez más conforme a la imagen del
Hijo de Dios. Pero no reservemos para nosotros mismos esos dones de Dios.
Trabajemos denodadamente, guiados por el Espíritu Santo, para que lleguen a la
humanidad entera, convirtiéndonos así en fieles dispensadores de la vida de la
Gracia.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y la vida del creyente.
Dios está simbolizado en ese hombre rico que nos encomendó la administración de
sus bienes; y hay muchos malos administradores que han sido causa del hambre y
de la desnudez, de la pobreza y de las esperanzas caídas de infinidad de
personas. No basta con que quieran tranquilizar su conciencia dando limosnas, o
reduciendo el pago de las deudas, o construyendo lugares de beneficencia. Es
necesaria una auténtica conversión, que ayude a luchar por un sistema económico
más justo, que dignifique a los obreros y a sus familias, y les abra mejores
oportunidades en la vida. Sólo entonces podremos llamar a Dios: Padre nuestro.
Por otro lado, quienes conformamos la Iglesia de Cristo, recordemos que somos
administradores del Evangelio y de la Gracia que Dios nos ha confiado. Los
Pastores de la Iglesia no pueden convertirse en burócratas de la misma; y su
labor pastoral no puede cambiarse por la sola administración, a veces
inconsciente, de los diversos Sacramentos. Y los laicos no pueden quedarse en
una fe que se reduzca a la sola recepción de los Sacramentos. Todos debemos
involucrarnos en la Evangelización y Catequesis, para que la humanidad entera
vaya adquiriendo, cada vez de un modo mejor, el Rostro de Cristo, lleno de amor
por todos y con una entrega generosa a favor de todos. No queramos tranquilizar
nuestra conciencia, tal vez sólo dando un poco de nuestro tiempo en catequizar a
grupos ya establecidos, mientras la inmensa mayoría camina en las tinieblas del
pecado y en sombras de muerte. Seamos valientes en nuestro testimonio de fe y
vayamos hasta los diversos ambientes en que es necesario anunciar a Cristo como
nuestro único Camino de salvación.
Roguémosle a Dios, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre,
que nos conceda la gracia de sabernos dedicar a hacer el bien a todos en todos
los niveles, material y espiritual, hasta lograr llegar juntos a nuestra plena
glorificación en Cristo Jesús, como dignos hijos de Dios. Amén.
Homiliacatolica.com
33.
Comentario: Rev. D. Joan Marqués i Suriñach (Vilamarí-Girona,
España)
«No podéis servir a Dios y al dinero»
Hoy el Evangelio nos presenta la figura del administrador infiel: un hombre que
se aprovechaba del oficio para robar a su amo. Era un simple administrador, y
actuaba como el amo. Conviene que tengamos presente:
1) Los bienes materiales son realidades buenas, porque han salido de las manos
de Dios. Por tanto, los hemos de amar.
2) Pero no los podemos “adorar” como si fuesen Dios y el fin de nuestra
existencia; hemos de estar desprendidos de ellos. Las riquezas son para servir a
Dios y a nuestros hermanos los hombres; no han de servir para destronar a Dios
de nuestro corazón y de nuestras obras: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc
16,13).
3) No somos los amos de los bienes materiales, sino simples administradores; por
tanto, no solamente los hemos de conservar, sino también hacerlos producir al
máximo, dentro de nuestras posibilidades. La parábola de los talentos lo enseña
claramente (cf. Mt 25,14-30).
4) No podemos caer en la avaricia; hemos de practicar la liberalidad, que es una
virtud cristiana que hemos de vivir todos, los ricos y los pobres, cada uno
según sus circunstancias. ¡Hemos de dar a los otros!
¿Y si ya tengo suficientes bienes para cubrir mis gastos? Sí; también te has de
esforzar por multiplicarlos y poder dar más (parroquia, diócesis, Cáritas,
apostolado). Recuerda las palabras de san Ambrosio: «No es una parte de tus
bienes lo que tú das al pobre; lo que le das ya le pertenece. Porque lo que ha
sido dado para el uso de todos, tú te lo apropias. La tierra ha sido dada para
todo el mundo, y no solamente para los ricos».
¿Eres un egoísta que sólo piensa en acumular bienes materiales para ti, como el
administrador del Evangelio, mintiendo, robando, practicando la cicatería y la
dureza de corazón, que te impiden conmoverte ante las necesidades de los otros?
¿No piensas frecuentemente en las palabras de san Pablo: «Dios ama al que da con
alegría» (2Cor 9,7)? ¡Sé generoso!
34. DOMINICOS 2004
Fr. Yves Congar cuenta, en “Los caminos del Dios
vivo”, que el director espiritual de Santa Isabel de Hungría, la prescribió que
no se vistiese ni alimentase de ninguna cosa de la que no estuviese segura que
había llegado a ella sin sospecha de injusticia.
No podemos estar seguros de cómo eran los tiempos de Santa Isabel, pero hoy en
día, no es difícil sospechar que probablemente moriría de hambre y desnuda.
La encrucijada en la que se ve Santa Isabel es la misma en la que nos podemos
ver nosotros cada uno de nuestros días en el ambiente en el que nos movemos: la
familia, las clases, el trabajo, los lugares y espacios de ocio,…
La palabra de Dios de este domingo es, sobre todo, contundente. Sin duda un
referente en la que deber ser nuestra manera de actuar como cristianos.
Comentario Bíblico
No se puede servir a dos señores
Iª Lectura: Amós (8,4-7): Contra el dinero como religión
I.1. Hoy nos enfrentan los textos de la liturgia con esa realidad que se valora
tanto en la vida de los hombres: el poder, el dinero y la vanagloria. Sabemos
que la religión debe estar inmersa en la vida de cada día como planteamiento
ético y no podemos soslayar los criterios más determinantes que deben
identificar a una comunidad cristiana en el mundo. En este sentido, la primera
lectura, tomada del profeta Amós, es una buena muestra de lo que decimos.
Sabemos que el profeta de Tekoa de Israel es el representante más cualificado
del profetismo social. Es una invectiva contra los mercaderes y negociantes que
se percatan que la religión les estorba a sus planes; quieren que pasen las
fiestas sagradas, el sábado, día del Señor, para poder emprender su tarea
financiera, y con ello, las injusticias que conlleva la avaricia de los que son
amantes del dinero.
I.2. No quiere decir que todos los empresarios sean avariciosos, pero el profeta
sabe el terreno que pisa. El tema que el profeta vislumbra es que su religión y
su dios es el dinero, pero no obstante no quieren saltarse ciertas reglas de
comportamiento religioso en los días festivos religiosos; incluso algunos pueden
aparentar ser muy religiosos, pero su corazón está donde está su tesoro. El
profeta Amós pone el dedo en la llaga y sigue siendo bien actual.
IIª Lectura: Iª Timoteo (2,1-8): ¡Para que vivamos en paz!
II.1. Seguimos la lectura de la 1Tim del domingo pasado, con un trozo que es
bien actual a causa de las responsabilidades de los que dirigen las naciones. Se
piden oraciones por ellos para que acierten en sus decisiones. Hoy, en estos
momentos, en que el mundo vive la confrontación armada en distintos territorios;
en que las decisiones de los jefes de Estado ya no es solamente una
responsabilidad política, sino ética; o es ética en cuento es política, no
podemos ignorar el sentido de esta lectura de hoy. El mundo vive en guerra; la
guerra se hacen con armas poderosas: se venden, se compran, mueren muchos
inocentes; se hacen promesas de tregua y siguen hablando los cañones. Hay
intereses internacionales en esos conflictos. Es necesario elevar las manos al
cielo para pedir la paz y la concordia, sin cólera, sin odios ni rencores.
II.2. Dios, el Señor del mundo, tiene otra estrategia para la humanidad: la
salvación y la paz. La afirmación de que “Dios quiere que todos los hombres se
salven” no debería perderse nunca de vista en el planteamiento de la vida ética
y social de la humanidad. El proyecto de Dios es un proyecto de vida, de
felicidad y de solidaridad. El autor de la carta lo plantea –como si fuera
Pablo-, como un verdadero proyecto ético cristiano. Debemos aceptar a los
dirigentes, especialmente los que han sido elegidos democráticamente (aunque en
el texto se hable con la mentalidad de reyes y gobernantes). Pero no tenemos por
qué callar ante sus injusticias y estrategias de poder. El cristiano vive en el
mundo y debe saber vivir en libertad. Pero esa libertad está inserta en su
corazón, porque el cristiano se siente verdaderamente hijo de Dios.
Evangelio: Lucas (16,1-13) ¡Con el dinero no se juega!: Otra lectura del dicho
III.1. El evangelio de hoy es uno de los momentos más sociales de la obra de
Lucas, en consonancia con el mensaje del profeta Amós. Corresponde este texto a
la primera parte de Lc 16, y quiere mostrar el planteamiento nuevo de cómo los
discípulos tienen que comportarse en este mundo, en el que uno de los valores
más deseados por todos es la riqueza (lo que es lo más estimable para los
hombres). El ejemplo del administrador sagaz, listo, inteligente, que no injusto
propiamente hablando, es el punto de partida de toda la enseñanza de los vv.
9-13 (que es lo que se propone propiamente para el evangelio de hoy, en que se
puede omitir la lectura de la parábola, aunque es ésta la que debía explicarse
en profundidad); aquí se desestabiliza prácticamente la tradición representada
por los fariseos, justificada desde hacía tiempo por la tesis de que la riqueza
era considerada como una bendición de Dios (Cf Prov 3,16; 8,18; 10,22; 11,16;
21, 17; 22,4), olvidando la crítica profética contra los que amontonan poder y
riquezas.
III.2. Al final de la parábola del administrador sagaz, el v.8 plantea el
interrogante de cómo ha podido ser alabado un hombre que ha actuado de forma y
manera que la fortuna del "hombre rico" va a quedar reducida, ya que los dos
casos que se nos presentan solamente sirven de modelo paradigmático de todos los
deudores ‑ "y llamando a cada uno de los deudores de su señor" v.5, es decir a
“todos”. La parábola, muy probablemente, ha sido transformada desde una historia
singular de un administrador de un hombre rico, a una narración en la que
indirectamente está presente Dios como "señor", quien ha puesto las riquezas de
la creación al servicio de los hombres, y nosotros solamente somos
administradores que un día debemos dar cuentas de nuestra actuación. Todo lo que
sea acumular riquezas es una injusticia, una falsedad. Esa es la razón por la
cual es alabado el administrador tras haber sido informado "el señor" de su
proceder. Porque este Señor de la parábola no es un vulgar terrateniente, que
acumula riquezas injustamente, sino el dueño del mundo. La acusación o
difamación que se había hecho de este ecónomo, se va a volver en contra de los
mismos difamadores. Este hombre es el que ha entendido de verdad la forma en que
deben tratarse y usarse las riquezas en este mundo: con equidad. Por eso, el
hombre rico de esta parábola ha pasado a ser el Señor, el juez de todos los
hombres ricos de este mundo, que en vez de ser administradores "que actúan
sagazmente", se han quedado en ser ricos, acumulando riquezas, endeudando a los
pobres cada vez más y exigiéndoles más de lo que pueden dar.
III.3. El administrador, por el contrario, es un ejemplo. El ha podido
enriquecerse sin medida y, sin embargo, a la hora de entregar las cuentas de su
administración, se encuentra con las manos vacías. En lo único en que puede
confiar es en haber actuado con prudencia, con sagacidad, con sabiduría y
equidad con los deudores. La aplicación del v.9 : "y yo os digo: haceos amigos
con el Mammona (dinero) de la injusticia, para que cuando venga a faltar os
reciban en las moradas eternas", es lo mismo que ha hecho el administrador de
la parábola, según la reflexión que él mismo se hace en el v. 4. El v. 9,
siempre ha planteado problemas de traducción: pero lo que llanamente se quiere
decir es que en vez de hacerse con las riquezas, que son engañosas, lo que
debemos es preocuparnos de hacer amigos, es decir, hacer el bien con ellas,
cuando se poseen o se administran. Con las riquezas, lo que uno debe pretender
es hacerse amigos, haciendo el bien, en vez de acumular poder. Esto es, en
verdad lo más práctico (phrónimos), lo más justo y lo más positivo que los
cristianos deben hacer con los bienes que Dios nos ha encomendado en este mundo.
No se puede hacer amigos, si no es compartiendo con ellos los bienes; es la
mejor manera de usar las riquezas. Lo contrario, además de ser un escándalo en
la perspectiva del Reino, nos cierra el futuro que está en las manos de Dios.
III.4. Podemos entender ahora que “el señor” –que claramente en la parábola no
puede ser más que Dios-, haya felicitado al gerente, porque ha sabido actuar de
manera que las riquezas no vengan a ser injustas o engañosas. Casi todos
consideran las riquezas en este mundo como el futuro más seguro, y debe ser
verdad, si no fuera porque un día debemos enfrentarnos con la realidad de que
tenemos que desprendernos de todo y dar cuentas al Señor. Se hace mención de
Mammona, que es un juego de palabras; en su raíz aramea expresa esa seguridad,
y de ahí su injusticia, porque ellas roban toda la armonía, la equidad y la
sabiduría humana. Un día hay que dejarlo todo; por eso, lo verdaderamente
inteligente es hacer lo que hizo el administrador, quien, al contrario de los
criterios de los que sirven a dos señores, a Dios y a la seguridad del dinero,
ha preferido servir a su señor, usando las riquezas que se le han encomendado
para hacerse amigo de los hombres, en vez de contribuir a acumular riquezas
engañosas para él o para el señor.
III.5. Se dice que la imagen de la comunidad lucana es un reflejo del objetivo
social concreto que afecta a toda su obra: el equilibrio económico
intracomunitario. Ello no significa, sin embargo, que tuviera "in mente" un
programa de tipo socio-político para toda la sociedad. Los intereses profundos
que mueven a Lucas se reducen a planteamientos de una ética que se implica en el
seguimiento, en el discipulado cristiano; tratando, por otra parte, de dar
respuesta a problemas concretos de las relaciones entre ricos y pobres, y de las
opciones que debía tomar su comunidad respecto de las riquezas para vivir de
acuerdo con los criterios del Reino de Dios. Lucas lo tiene claro: no se puede
servir a Dios y al dinero.
Fray Miguel de Burgos, O.P.
mdburgos.an@dominicos.org
Pautas para la homilía
El mundo imperfecto y la opción por la fuga
No hace mucho tuve un jefe. No era mala persona, al contrario, con el paso del
tiempo pienso que era más buena persona de lo que yo podía intuir. Lo cierto es
que ante muchas de mis propuestas laborales él exponía las suyas. Si yo
insistía, el insistía también. Si yo daba una vuelta de tuerca más, el la daba
también. Cuando el punto de encuentro era imposible, el terminaba la discusión
diciendo: “El mundo no es perfecto”.
El mundo no es perfecto. Lo podemos constatar cualquier día. En lo pequeño y
cotidiano, y, en lo grande que nos supera.
Siempre me ha llamado la atención como a lo largo de la historia, antes las
imperfecciones del mundo han surgido y surgen personas e instituciones que han
luchado contra ello optando por el retiro y la soledad. Eremitas retirados a
lugares desérticos y solitarios; movimientos monacales que hicieron girar su
vida en la búsqueda de una verdad, separados de lo cotidiano; etc.
Ante el mundo imperfecto, la opción por la fuga parece una alternativa factible.
Y sin embargo las cosas son como son
Hoy en día vivimos inmersos en un mundo marcado ampliamente por la tecnología de
la información. De manera sencilla podemos hablar con una persona a kilómetros
de distancia, enviar un correo electrónico o tener imágenes de lo que sucede en
las antípodas del mundo. Jamás se ha dispuesto de tanta información.
A menudo es esta facilidad de saber lo que acontece en el mundo lo que
acrecienta, más aún, el sentimiento de que el mundo sigue siendo imperfecto. Y
es precisamente este escenario el que debería hacer resonar en nuestro interior
las palabras del libro de Amos: “Jura el Señor por la Gloria de Jacob que no
olvidará jamás vuestras acciones”.
Y sin embargo las cosas son como son. Cada día nos levantamos para estudiar o
trabajar, en el mejor de los casos, o para buscar un trabajo, en el peor de
ellos, que nos permita vivir, amar y ser amados, crear una familia,… sentirnos,
en definitiva, dignos y realizados. Y porque a veces esto no es fácil o, por el
contrario, lo es demasiado; nos encerramos en nuestro propio mundo o nos hacemos
insensibles e inasequibles a los demás. ¿Acaso no son estas fórmulas actuales de
fuga?
La vida evangélica
Es precisamente la vida, en la vivencia de lo cotidiano en contraste con el
mundo en el que nos ha tocado vivir, la que nos pone en la picota… cada día y en
cada instante. ¿Podría nuestra vida situarnos en la posición del administrador
del texto de Lucas? ¿Podríamos ser los acusados de derrochar los bienes
depositados en nosotros? ¿Servimos a dos amos?
Al final, la formulación de estas preguntas pone de manifiesto que, como
cristianos, sólo desde una vivencia evangélica podemos responderlas. Se trata de
retomar, en cada instante, la vida desde la Verdad. Verdad de la que habla San
Pablo en su carta a Timoteo. Verdad que es Dios y que se nos manifiesta en
Jesús. Vivir, en definitiva, en una dinámica constante de vida evangélica a la
que nos exhorta San Pablo. Será precisamente está dinámica la que nos permitirá
unir un primer plano de lo cotidiano con el plano de fondo del mundo que nos
toca vivir, hacia el horizonte del Reino de Dios.
Unas mismas preguntas para todos; la respuesta, como en los exámenes del
colegio: personal e intransferible.
La salsa de la vida
Hablamos de la vida y del mundo. Hablamos de situaciones graves,
contradictorias, que nos afectan como personas, y desde el marco de nuestras
limitaciones. Hablamos de actuar, pero… ante situaciones similares ¿quién no se
ha sentido paralizado por temor o por no saber que hacer?
Por eso no debemos olvidar que también hablamos desde nuestra creencia y
experiencia de Dios, desde la ilusión y la esperanza en el Reino de Dios. No
debe haber lugar para el pesimismo. No se trata de obrar a impulsos, debemos ser
astutos; pero sabiendo que la única realidad de fracaso ante cualquier
interrogante es no haber intentado darle respuesta.
A lo que nos llama la palabra de hoy es a la revisión, renovación y reafirmación
sincera de nuestra vocación cristiana, encarnándola con alegría y pasión Es, en
definitiva, nuestra salsa de la vida.
Nacho Peiro
Movimiento Juvenil Dominicano
npa@dominicos.org
35. Reflexión
Dos viejos rivales son Dios y el dinero. Cristo ha advertido que no se puede
servir a dos amos, que no se puede servir a Dios y al dinero, pero parece que el
hombre se empeña en hacer todo lo contrario; pretende servir al dinero e incluso
servirse de Dios. Hoy el hombre está más pendiente de la bolsa de valores o de
la equivalencia del dólar, que de socorrer a los pobres, “la caja de caudales
celestial” como decía San Francisco. Hoy el hombre no puede guardar, ya no se
puede guardar, pero pretende disfrutar y tener la mejor posición aunque para eso
tenga que pasar por sobre sus propios hermanos.
La historia se repite, pues Amòs, un profeta muy simpático pero muy claridoso,
que habló al pueblo hebreo unos ocho siglos antes de Cristo, ya señalaba cómo el
hombre no descansa el día domingo, e incluso le molesta la presencia del
domingo, pues eso le obliga a no trabajar a no ganar, a no disfrutar. Me permito
hacer una traducción libre de Amós: “Escuchen esto los que buscan al pobre sólo
para arruinarlo, y andan diciendo: “¿Cuándo pasará el descanso del domingo para
vender nuestro trigo, y la última versión de las computadoras, o la televisión
con tecnología más avanzada, o el refri que hace hielitos y conserva
espléndidamente los alimentos, o el nuevo celular o el radio más potente, o los
nuevos cosméticos que te harán ver más joven, o la operación quirúrgica que te
quitará unos cuántos kilos para que puedas disfrutar de nuevas comilonas?”
Disminuyen las medidas, aumentan los precios, alteran las balanzas, obligan a
los pobres a venderse, a las secretarias a entregarse, obligan a los pobres a
venderse, a la mujer con muchos hijos a proporcionar un lascivo placer por unos
cuántos pesos, y por unos cuántos pesos corrompen a los niños y a los
adolescentes, poniendo droga en sus manos o abusando de sus frágiles
cuerpecitos, y hasta venden el salvado como trigo, el garbanzo como café, los
compuestos químicos como productos naturales y la fayuca (productos de
contrabando y adulterados en México) como ropa, zapatos y perfumes de marca”.
Todo esto lo dice Amòs, para llegar a afirmar con todo el peso de las palabras:
“El Señor lo ha jurado: No olvidaré ninguna de sus acciones”.
Podremos pasarnos de listos, pero el Señor está pendiente de todo, y llegará el
día, en que él “Levantará del polvo al desvalido y sacará al indigente del
estiércol, para hacerlo sentar entre los grandes, entre los jefes de su pueblo”.
Creo que Amós fue claro con su pueblo, pero Cristo se percató de que los hombres
no se había dado por aludidos, por eso nos contó una historia que transmito
también en versión libre: El gerente de una empresa fue pescado en una “tranza”
y fue despedido de su trabajo, pero como éste era muy hábil y muy ingenioso, se
puso a pensar en su futuro, cuando ya fuera echado del trabajo, y dicho y hecho,
se dio a la tarea de llamar a los clientes morosos de la empresa y a uno que
debía cien barriles de aceite le pidió que declara sólo cincuenta, y a otro que
debía cien sacos de trigo, le ofreció rebajárselos a ochenta. De esta manera
ingeniosa, el dueño reconoció la astucia y el ingenio del antiguo gerente”.
Sin duda alguna que alguno de los lectores se sorprenderá que Cristo haya
escogido a un ladrón y a un defraudador como ejemplo, pero Cristo quiere dejar
en claro que no alaba la sinverguenzada, ni la falta de escrúpulos ni muchos
menos la estafa, sino que lo puso como ejemplo por la astucia con la que había
procedido. Todo esto para llegar a otra afirmación muy fuerte: “Ciertamente los
hijos de este mundo son mas hábiles en sus negocios que los hijos de la luz” y
para prevenir de la necesidad de valerse del dinero, tan lleno de injusticias,
para ganarse amigos, para socorrer a los que no pueden recompensarnos en este
mundo, pero que nos recibirán, ellos mismos en el cielo.
Cristo vuelve a poner sobre el tapete, la gran dificultad de tener dinero en la
mano sin corromperse y sin encandilarse. El dinero que es causa de la
proliferación de la droga, la venta de armamento a países, de la guerra étnica
en algunas naciones, y de la corrupción de no pocos gobernantes en cualquier
latitud del planeta que levantan un altar a este dios insaciable. El que tiene
dinero, impone su fuerza y señala las reglas del juego. El que lo tiene, dicta
las condiciones y los demás no tienen más remedio que aceptar, aunque en sus
corazones anide el deseo de venganza y de violencia. Hemos llegado a envidiar al
que lo tiene y admiramos al que ha sabido amasarlo. Pero San Juan Crisóstomo
sostiene que detrás de toda fortuna, se esconde una injusticia: “forzosamente el
principio y la raíz de tus riquezas proceden de la injusticia. Porque Dios al
principio no hizo a uno rico y al otro pobre, sino que dejó a todos la misa
tierra. ¿De dónde, pues, siendo la tierra común, tienes tú tantas y tantas
hectáreas de terreno y tu vecino ni unos cuántos metros dónde construir su
casita?”
Sin pretender decir la última palabra sobre el dinero, me ha parecido ingenioso
lo que dice Andrés Pardo. Sobre el dinero, hay que saber GANARLO, para eso nos
dio el Señor la capacidad, el ingenio y dos fuertes brazos, GASTARLO, dejarlo
que corra, no detenerlo, no atajarlo, no atesorarlo, COMPARTIRLO, eso es lo que
puede ser nuestra gran riqueza, nuestro gran tesoro, lo que ponemos en manos de
los demás, y finalmente, DESPRECIARLO, no convertirlo en nuestro dios, no
dejarlo que nos esclavice, pues Papini decía que la moneda “es la hostia infame
del dinero, y quien lo ama y lo recibe con júbilo, se comunica visiblemente con
el demonio. Quién toca el dinero con voluptuosidad, toca, sin saberlo, el
excremento del demonio. Entre todas las cosas inmundas que el hombre ha
manufacturado para ensuciar la tierra y ensuciarse él mismo, quizás sea la
moneda la más inmunda de todas ellas”.
Que la oración en la fe nos haga considerar que Dios tiene que ocupar el primer
lugar en el corazón y las riquezas y el afán y el poder de dinero lo último.
36.Predicador del Papa: Tenemos la vida en
«administración», no en propiedad
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
ROMA, viernes, 21 septiembre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del
padre Raniero Cantalamessa, ofmcap. -predicador de la Casa Pontificia- a la
liturgia del próximo domingo, XXV del tiempo ordinario.
* * *
XXV Domingo del tiempo ordinario [C]
Amós 8, 4-6; I Timoteo 2, 1-8; Lucas 16,1-13
Haceos amigos con el dinero
El Evangelio de este domingo nos presenta una parábola en cierto modo bastante
actual, la del administrador infiel. El personaje central es el administrador de
un propietario de tierras, figura muy popular también en nuestros campos, cuando
regían sistemas usufructuarios.
Como las mejores parábolas, ésta es como un drama en miniatura, lleno de
movimiento y de cambios de escena. La primera tiene como actores al
administrador y a su señor y concluye con un despido tajante: «Ya no puedes ser
administrador». Éste no esboza siquiera una autodefensa. Tiene la conciencia
sucia y sabe perfectamente que de lo que se ha enterado el patrón es cierto. La
segunda escena es un soliloquio del administrador que se acaba de quedar solo.
No se da por vencido; piensa enseguida en soluciones para garantizarse un
futuro. La tercera escena –el administrador y los campesinos— revela el fraude
que ha ideado con ese fin: «“¿Tú cuánto debes?” Respondió: “Cien cargas de
trigo”. Le dijo: “Toma tu recibo y escribe ochenta”». Un caso clásico de
corrupción y de falsa contabilidad que nos hace pensar en frecuentes episodios
parecidos en nuestra sociedad, si bien a escala mucho mayor.
La conclusión es desconcertante: «El señor alabó al administrador injusto porque
había obrado astutamente». ¿Es que Jesús aprueba o alienta la corrupción? Es
necesario recordar la naturaleza del todo especial de la enseñanza en parábolas.
La parábola no hay que trasladarla en bloque y con todos sus detalles en el
plano de la enseñanza moral, sino sólo en aquel aspecto que el narrador quiere
valorar. Y está claro cuál es la idea que Jesús ha querido inculcar con esta
parábola. El señor alaba al administrador por su sagacidad, no por otra cosa. No
se afirma que se vuelva atrás en su decisión de despedir a este hombre. Es más,
visto su rigor inicial y la prontitud con la que descubrió la nueva estafa,
podemos imaginar fácilmente la continuación, no relatada, de la historia. Tras
haber alabado al administrador por su astucia, el señor debe haberle ordenado
que devolviera inmediatamente el fruto de sus transacciones deshonestas, o
pagarlas con la cárcel si no podía saldar la deuda. Esto, o sea, la astucia, es
también lo que alaba Jesús, fuera de parábolas. Añade, de hecho, casi como
comentario a las palabras de ese señor: «Los hijos de este mundo son más astutos
con los de su generación que los hijos de la luz».
Aquel hombre, frente a una situación de emergencia, cuando estaba en juego su
porvenir, dio prueba de dos cosas: de extrema decisión y de gran astucia. Actuó
pronta e inteligentemente (si bien no honestamente) para ponerse a salvo. Esto
–viene a decir Jesús a sus discípulos— es lo que debéis hacer también vosotros
para poner a salvo no el futuro terreno, que dura algunos años, sino el futuro
eterno. «La vida –decía un filósofo antiguo— a nadie se le da en propiedad, sino
a todos en administración» (Séneca). Somos todos los «administradores»; por ello
debemos hacer como el hombre de la parábola. Él no dejó las cosas para mañana,
no se durmió. Está en juego algo más importante como para confiarlo al azar.
El Evangelio a menudo hace diversas aplicaciones prácticas de esta enseñanza de
Cristo. En la que se insiste más tiene que ver con el uso de la riqueza y del
dinero: «Yo os digo: haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando
llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas». Es como decir: haced como
aquel administrador; haceos amigos de quienes un día, cuando os encontréis en
necesidad, puedan acogeros. Estos amigos poderosos, se sabe, son los pobres,
puesto que Cristo considera dado a Él en persona lo que se da al pobre. Los
pobres, decía San Agustín, son, si lo deseamos, nuestros correos y porteadores:
nos permiten transferir, desde ahora, nuestros bienes en la morada que se está
construyendo para nosotros en el más allá.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit]
![]()