36 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO XXV
CICLO C
10-17
10.
Lucas es el evangelista que más insiste en los efectos nefastos del apego a las riquezas, por el riesgo indudable que tienen de convertirse en auténticos "dioses", que terminan por suplantar Dios y al evangelio. Fue ésta una de las más dolorosas experiencias de la Iglesia primitiva y lo sigue siendo hasta nuestros días.
A diferencia de las parábolas de la misericordia (Lc 15), dirigidas a los letrados y a los fariseos que murmuraban de él, Jesús dirige esta parábola a sus discípulos, a los que estén dispuestos aceptar su palabra y a seguirle.
En toda parábola debemos buscar siempre su enseñanza general y única, más que entretenernos en los detalles, muchos de los cuales pueden ser negativos, como en la presente. Los detalles no tienen más finalidad que encaminar a la enseñanza general de ella. Es importante tener esto en cuenta para entender esta historieta del administrador infiel: nos trae un conjunto de detalles coherentes que nos llevan a una conclusión ejemplar, que es en la que nos debemos fijar.
La proclamación de esta parábola llega en un momento en que Jesús experimenta que el futuro se le va cerrando cada vez más, que los tiempos que corren son malos. Ahí es donde el administrador, indigno desde luego, aparece ejemplar. También él se vio en una situación difícil, pero supo hacerle frente, supo realizar las acciones necesarias que le aseguraran la ayuda precisa. También nosotros, en medio de las dificultades, tenemos que encontrar el camino para seguir adelante, sin imitar al administrador en los medios injustos empleados. Jesús, con esta historia sugestiva y provocadora, nos insiste en la importancia de nuestra vida actual. Porque es hoy, con nuestra manera de vivir, con nuestra negativa a convertirnos o con nuestra buena voluntad, cuando nos situamos en el seguimiento de Jesús o le rechazamos. Es hoy, especialmente en los momentos de crisis y de desalientos, cuando tenemos que esforzarnos para lograr la salvación-liberación personal y comunitaria y no dejarnos arrastrar por el pesimismo o la desesperanza.
1. La astucia del administrador
Todo empieza con una descripción de la situación: el descubrimiento de la mala gestión del administrador, por lo que va a ser despedido. Es probable que Jesús oyera contar la historia de algún administrador de entonces y que, como buen pedagogo, aprovechara la ocasión para esta parábola.
El rico de la parábola es un terrateniente, probablemente extranjero, que explota sus bienes por medio de un administrador nativo y que está autorizado para obrar con gran margen de autonomía, pero tiene que rendir cuentas al dueño periódicamente. Alguien lo ha denunciado al dueño. Esta denuncia es razón suficiente para pedirle cuentas al administrador intempestivamente. Hay que entregar documentos, recibos, facturas, pues entonces no se conocía una contabilidad como ahora. Al mismo tiempo, dando por cierta la veracidad de la denuncia, se le notifica el cese en la administración. La pregunta que le dirige el dueño da a entender que está disgustado con él y que ha decidido despedirlo. Al administrador se le presenta una situación crítica.
El diálogo que entabla consigo mismo revela el apuro en que se encuentra. Ha perdido el buen nombre, no puede ya ni pensar en una buena colocación, para trabajos pesados le faltan las fuerzas, la vergüenza no le permite mendigar. Carece de escrúpulos de conciencia, sólo le preocupa asegurar su futuro y el de su familia. ¿No son éstas las razones que se aducen frecuentemente para justificar el afán de lucro que, impulsado por una feroz publicidad, nos crea cada día nuevas necesidades? Los medios que emplee para ello le tienen sin cuidado. Todavía tiene la posibilidad de crearse amigos que le ofrezcan albergue cuando sea despedido; todavía es administrador y puede negociar con lo que se le ha confiado.
No pierde ni un minuto; el momento es crítico y requiere una acción rápida. Se decide a falsear las deudas de su amo. Calcula que los deudores se verán obligados a ayudarle después. Los deudores son mayoristas que tienen facturas atrasadas. Sólo se nos presenta a dos. El trigo y el aceite eran los principales productos de la tierra de Palestina. Al primero le rebaja el cincuenta por ciento; al segundo, el veinte por ciento. En cuanto al valor, es bastante parecido en ambos casos. La rebaja es grande; el administrador quiere asegurarse un largo porvenir y no puede contentarse con acciones sin importancia: tiene que atreverse a todo. Nos da una gran lección de inteligencia mal empleada: lo ha perdido todo menos el cerebro; de fantasía: planea una jugada maestra; y de riesgo: se decide por un camino sumamente peligroso. Nosotros, ¿sabemos contraponer ejemplos de inteligencia bien empleada?, ¿por qué usamos tan poco la cabeza en la transmisión del evangelio?: ideas trasnochadas, necedades que no se las creen ni los que las dicen, prácticas religiosas ridículas, defensa de privilegios, incapacidad para enfrentarnos con los verdaderos problemas de la Iglesia y de la sociedad... ¡Qué falta tan enorme del sentido de la historia y de la justicia! El ser cristiano no debe ser razón para perder el sentido común: esas supersticiones, apariciones, devociones..., estupideces. Parecemos cansinos repetidores de una verdad que tenemos guardada en la caja fuerte de nuestra estrechez mental. Tenemos ya todas las respuestas bien preparadas, que no dudamos en lanzar contra las cabezas de los que piensan de otra manera. Vivimos plácidamente de las rentas de otras épocas, sin aportar nada de la siempre actual novedad cristiana. Hemos envuelto nuestro cristianismo en un ropaje de seguridad y de suficiencia, procuramos buscar los sitios y las alianzas donde sea menor la fatiga y el riesgo, por lo que es lógico que nuestra aportación en el mundo moderno sea muy pequeña. Muchos cristianos se han convertido en espectadores que se pasan la vida mirando a los demás, incapaces de entender las necesarias transformaciones de la sociedad. Mientras tanto, son "los otros" los que buscan nuevos caminos, los que corren riesgos y se comprometen. Menos mal que van surgiendo comunidades cristianas desde el pueblo cada vez en mayor número.
Aquel administrador había desaprovechado una buena oportunidad para vivir honradamente el resto de su vida. Pero supo salvar su futuro haciendo un uso inteligente -desde el punto de vista de sus negocios e intereses- de la administración que estaba a su cargo. Era infiel porque derrochaba los bienes del amo, aunque lo que ahora hace no llegara posiblemente a ser punible si el dueño se enteraba -además se entera- porque, según la costumbre establecida en la Palestina de aquel tiempo, el administrador podía compensarse con los bienes del amo cuando se viera perjudicado, lo que es evidente en esta parábola.
Sea lo que sea, lo que Jesús alaba en el administrador es su habilidad y esfuerzo en procurarse un futuro, nunca el posible fraude. Algo semejante debe hacer todo hombre en la administración de los bienes terrenos: usarlos como medios para no perder el único bien absoluto: el reino de Dios. La parábola es un llamamiento escatológico: vivid prevenidos y orientados hacia el tiempo final.
2. ¡Cuánta apatía en el anuncio del reino!
"Los hijos de la luz" deben imitar, en su trabajo por el reino de Dios, el interés, el esfuerzo, la ilusión que ponen para lograr sus fines "los hijos de este mundo". Es extraño cómo las cosas de poca importancia -el fútbol y sus quinielas, por ejemplo- despiertan grandes pasiones, mientras que las causas más nobles encuentran apatía y desgana. Basta observar el esfuerzo y el tiempo empleados en montar programas de televisión intrascendentes, el trabajo de los hombres para lograr beneficios económicos. Mientras, los cristianos, que deberíamos trabajar por una causa noble, ¿qué esfuerzos hacemos para llevarla adelante? Trabajamos por el reino de Dios -que es la causa más noble-, y los acompañantes de nuestro trabajo son, casi siempre, el cansancio, el aburrimiento, la desgana, la lentitud, la pasividad, una falta total de inteligencia y de esfuerzo. Y así, el reino se ve ahogado en nuestra indiferencia, porque nos limitamos a ser unos repetidores cansinos de una verdad polvorienta y apolillada.
El administrador infiel es un hijo de este mundo. Se deja guiar por los principios que mueven a la sociedad, con valor y sin escrúpulos da todos los pasos precisos para asegurarse el futuro. Jesús no nos aconseja que seamos como ellos, sino que imitemos su habilidad y su esfuerzo. Cuando echamos una ojeada sobre la sociedad y vemos cómo "los hijos de este mundo" -cristianos incluidos- hacen trampas, roban, engañan, traicionan, mienten y salen de todos los apuros con honor, con dignidad, con aplausos y hasta con medallas y condecoraciones, sentimos fácilmente la tentación de admirarlos y de imitarlos. Jesús tiene razón para quejarse. Qué cortedad e ingenuidad en la acción de "los hijos de la luz", a pesar de tener más posibilidades para ver el mundo como es en realidad. No en todos los sentidos son más astutos "los hijos de este mundo" que "los hijos de la luz". Lo son en el manejo de sus asuntos de la tierra, en la vida económica y de los negocios. En una cosa no lo son: su mirada no se extiende más allá de lo terreno, no reconocen el futuro después de la muerte o viven como si no lo reconocieran.
3. ¿Son siempre injustas las riquezas?
"Ganaos amigos con el dinero injusto". Lo mismo que el administrador de la parábola empleó los bienes que administraba para hacerse amigos que se interesaran por él cuando dejara el cargo, deben hacer los discípulos de Jesús: emplear sus bienes en favor de los demás, ganar con ellos amigos que intervengan en su favor a la hora de la muerte, en la que los bienes de la tierra pierden todo su valor (Lc 12,20). Si el dinero y la fortuna de este mundo no nos sirven para hacer verdaderos amigos, si no los empleamos como servicio a la comunidad humana, se convierten en ídolos que nos incapacitan para entender y seguir a Jesucristo.
Los hombres creen, casi en general, que con el dinero y los bienes materiales pueden asegurarse su existencia. Pero la riqueza no cumple lo que promete. Jesús la llama "dinero injusto". Las riquezas acumuladas y empleadas para uso exclusivo de uno mismo son siempre injustas, porque no somos propietarios de ellas, sino administradores. Además, con frecuencia, su adquisición y su empleo van acompañados de injusticias. ¿Se puede hacer uno rico trabajando honradamente? Creo que no...
Ese dinero, que ordinariamente es ocasión o efecto de injusticia, se puede convertir en medio para ayudar a los indigentes de la tierra. Es la única forma de emplearlo bien y de ganar amigos con él; amigos que nos ayudarán en el momento en que lo perdamos todo, cuando dejemos la administración de nuestra vida y lleguemos al juicio. Cuando Jesús habla de la vida del más allá, se expresa en el lenguaje de su ambiente. Por eso habla de "las moradas eternas".
4. "El que es de fiar en lo menudo..."
Saber administrar los bienes materiales es el quehacer menudo del hombre. Del que se enreda en el afán de acaparar, ¿qué se puede esperar? Los bienes materiales no son propiedad de los hombres ni de los estados. Son propiedad de Dios. Los hombres y los estados somos administradores de ellos. Estos bienes, por voluntad de Dios, son patrimonio de toda la humanidad. ¿De dónde se habrán sacado eso de "la propiedad privada es de derecho divino"? Ni el hombre ni los gobiernos pueden usar los bienes materiales a su capricho. Es el bien de toda la humanidad lo que está en juego. ¿Por qué el llamado Tercer Mundo va a pagar la factura del despilfarro de las naciones poderosas?, ¿o los pobres las de los ricos?
Es verdad que Jesús no defendió ningún sistema económico-social en concreto, pero dejó muy claro que todo sistema que busque como objetivo principal el simple bienestar material, o el acrecentamiento de los bienes económicos, o el mayor rendimiento de los pueblos en favor de unos pocos, está olvidando que la comunidad humana tiene asuntos más importantes que resolver. Nos dejó criterios suficientes para que los cristianos hubiéramos evitado los gravísimos errores de tantos siglos de historia. Hay valores que deben ser respetados prioritariamente, pero sin olvidar que para lograrlos es necesario que los bienes materiales sean empleados de una manera justa, racional e inteligente. Una sociedad que no actúe así -y la nuestra es evidente que no lo hace- se está cavando su propia fosa. El que ahora en el sistema en que nos movemos no sabe ver que es sólo administrador de lo que tiene y que debe compartirlo -a nivel personal y de naciones- para que todos los hombres tengamos lo necesario para vivir con dignidad, ¿cómo se le podrá confiar "lo importante"?
Los bienes de la tierra no son el don supremo que Dios ha confiado a los hombres. "Lo importante" es que los hombres consigamos el objetivo último de la vida: la conquista del reino de Dios.
Sólo al que sabe administrar lo poco se le puede confiar lo mucho. Sólo al que es de fiar "en lo ajeno" se le puede confiar lo propio. El dinero es "lo ajeno" y "lo menudo"; el reino de Dios es lo nuestro y "lo importante". Mediante la fidelidad en la administración de los bienes terrenos -compartiéndolos- nos hacemos aptos para recibir los bienes del mundo futuro. ¿Confiaríamos nuestros asuntos más queridos al que no sabe administrar los de los demás? Esta pregunta nos puede ayudar a profundizar en la enseñanza que Jesús quiere dejarnos en estas palabras. La plenitud escatológica no se encuentra separada de la vida de ahora; se realizará a través de nuestro encuentro con los hermanos y de acuerdo con el uso que hagamos del "dinero injusto".
Hemos de evitar convertir las riquezas en un absoluto y provocar con ellas el sufrimiento de los demás. Esas riquezas que fácilmente se convierten en un instrumento de poder y, tarde o temprano, de opresión. Es lo que está ocurriendo actualmente: los países llamados libres tienen sumidos en la indigencia a numerosos pueblos de la tierra. Esta realidad no llega con facilidad a las masas por la manipulación que hacen de las noticias las agencias de información.
Jesús no condena una sana previsión, sino la falta de perspectiva y de coherencia de quienes, afirmando creer en Dios y en el mundo futuro -en el que todo será de todos-, pierden el tiempo y la vida dormidos en la inconsciencia del tener cada vez más. En medio de una crisis económica tan alarmante como la actual, ¿no habrá llegado el momento de considerar como un grave deber de conciencia la solidaridad con los necesitados a escala personal, de comunidades y de naciones? Si las comunidades cristianas planteáramos así la comunicación de nuestros bienes, nos acercaríamos poco a poco al ideal de comunidad cristiana que Lucas nos describe en su segundo libro (He 2,42-47; 4,32-35), a la vez que bajaría enormemente el número de cristianos.
5. O Dios o dinero D/DINERO
"No podéis servir a Dios y al dinero". Es la frase clave de todo este pasaje evangélico. También podría sintetizar todo el mensaje de Jesús de Nazaret. El servicio de Dios y el culto al dinero son dos opciones incompatibles, porque ambas reclaman al hombre entero, cada una por su lado. Dios quiere ser amado con todo el corazón y con todas las fuerzas (Lc 10,27). La experiencia nos dice que también las riquezas absorben al hombre entero. ¿Cómo se pueden conciliar dos realidades opuestas que exigen la entrega completa de todo el hombre? Es una conciliación imposible, aunque nuestra hipócrita e injusta sociedad los tenga unidos. Es incompatible el servicio a Dios con el culto a las riquezas; hemos de elegir inexorablemente entre uno y otro: o el reino de Dios y su justicia (Mt 6,33) o el reino del dinero y sus injusticias. Los bienes de este mundo valen en cuanto sirven al amor.
Jesús considera incompatible tratar con Dios a través del culto y de la oración y prescindir de la justicia social. Es la justicia lo más importante para Dios. ¿A qué queda reducido el amor sin ella? Nuestras proclamaciones dogmáticas de fe o nuestros ritos y liturgias son muy secundarios, y hasta falsos si les falta la justicia. Si Dios no puede ser servido junto con el dinero acumulado, ¿qué puede tener de cierta y válida la idea que propagan de Dios los que viven rodeados de riquezas y afirmados en ellas? Cuando un grupo cristiano vive de espaldas a las necesidades reales del pueblo, ¿qué puede saber del Dios de Jesús? Por nuestra sociedad, dividida en explotadores y explotados, no "pasa" Dios. Una sociedad que valora al hombre por lo que posee y no por lo que es no puede llamarse cristiana. Al hablar de dinero hemos de tener en cuenta toda la realidad que se esconde debajo de la palabra: riquezas, poder, opresión, placer, empleo del tiempo...
Hace veintisiete siglos que el profeta Amós se sintió llamado a iniciar su dura predicación. Eran momentos de una cruel realidad social. La riqueza estaba en manos de unos pocos que, absorbidos por el dinero, buscaban más. Y el dinero lo conseguían explotando al pobre. La religión se había acomodado a esta situación de explotación, con el regocijo de los acomodados.
Amós desenmascara la actitud hipócrita de unos hombres que hablan de religión, que dicen actuar según la ley de Dios y al mismo tiempo exprimen al pobre, aprovechando la superioridad que les proporciona su situación privilegiada. Los que poseían el dinero tenían en sus manos los resortes que movían a aquella sociedad. Hacían trampas al obrero y le degradaban a un valor económico por el que le compraban. El pobre no podía hacer otra cosa que dejarse comprar. Como la religión era -es- una fuerza, los ricos la compraron y la pusieron a su servicio, reduciéndola a folclore, apariencia, sacrificios en el templo para dar la impresión de buenas personas... Amparados en el alto clero, lograron que éstos expulsaran a Amós del templo.
Aquellos dirigentes religiosos creían estar en la verdad, pero habían caído en la más detestable injusticia: usar lo más sagrado para manipular al pueblo. Por eso Dios les había enviado a Amós, un hombre salido del pueblo para restablecer el orden de Dios que estaba en contradicción con el desorden de la sociedad israelita.
Amós es el primer profeta del pueblo del que se nos conservan sus escritos. Nos habla de realidades actualísimas que nos cuesta tratar. Tememos hablar de ellas, sobre todo con la claridad y la dureza que usa el profeta. Actualmente, al escuchar ciertas homilías o leer algunos escritos, muchos protestan y los califican de demagogia, de revolucionarios, de no ser cristianos. Incluso algunos dicen: "Hemos venido a escuchar la palabra de Dios y nos hablan de política". Pues bien, escuchemos la palabra de Dios contenida en la Biblia. Hallaremos palabras de una violencia sin contemplaciones, de una radicalidad absoluta. Y si eso es demagogia o es política, es la demagogia y la política de Dios.
Amós ataca a los ricos que explotan a los pobres, llama vacas a las mujeres que exigen a sus maridos ricos más dinero ganado a base de exprimir al pobre (Am 4,1), no teme denunciar la corrupción de los jueces que se dejan comprar, protesta contra los comerciantes que se aprovechan de la escasez haciendo trampas en medidas y balanzas, aumentan precios... (Am 8,4-7). La indignación del profeta llega a su culmen cuando ve que todos estos que viven en el lujo gracias a la explotación que hacen de los pobres pretenden quedar en paz con Dios ofreciendo sacrificios en solemnes ceremonias (Am 5,21-24). En vez de este culto indigno -dice Amós-, lo que Dios quiere es la práctica de la justicia. Dios no olvidará jamás la injusticia, la opresión, la explotación del pueblo.
Algunos ejemplos:
Quien ama el dinero, no se harta de él; y para quien ama riquezas, no bastan ganancias. También esto es vanidad (Ecl 5,9).
Por amor a la ganancia han pecado muchos, el que trata de enriquecerse desvía la mirada (Eclo 27,1).
¡Ay los que juntáis casa con casa, y campo a campo anexionáis, hasta ocupar todo el sitio y quedaros solos en medio del país! (Is 5,8).
¿Tenemos ahora el mismo valor para denunciar tan clara y enérgicamente la injusticia y la explotación de los débiles? Motivos no faltan: el despilfarro de dinero, la ostentación y el lujo que exhíben algunos sectores de la sociedad frente a la miseria manifiesta de las clases humildes, constituye uno de los hechos más escandalosos de la sociedad española actual. No se puede servir a dos amos. Dios y el dinero no pueden regir a un tiempo nuestra vida. Necesitamos replantearnos constantemente los valores que rigen nuestro vivir. El cristianismo no puede pactar con el reino del "dinero", con ese afán de posesión que hace tantos estragos entre los hombres del pueblo. Es necesario denunciar y trabajar. La radicalidad de Amós y de los profetas la encontramos también en Jesús. Quizá de un modo más absoluto y con mayor profundidad. Amós ataca la riqueza mal conseguida y que es causa de opresión e injusticia. Para Jesús el dinero es un amo que esclaviza siempre: No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen. y ladrones que socavan y roban... Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mt 6,19-20).
¡Ay de vosotros los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo (Lc 6,24).
Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el reino de los cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de los cielos (Mt 19,23-24).
Los apóstoles siguen la misma línea:
Los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas. Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero (I Tim 6,9-10).
Vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida... (Sant 5,1-2).
Dices "Soy rico; me he enriquecido; nada me falta". Y no te das cuenta de que tú eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo (Ap 3,17).
Jesús, gran conocedor del corazón humano, sabe que los hombres estamos llamados a amar y a entregarnos; que siempre amaremos algo o a alguien, que siempre buscaremos en el encuentro con las cosas y con las personas darnos y recibir, deseos de vaciarnos y de ser llenados. Pero también reconoce el peligro que tenemos de complacer exclusivamente los instintos de conservación, de posesión y de placer, prescindiendo de los valores más absolutos y verdaderos. Y sabe que es necesario escoger un camino u otro. Para Jesús es el afán de posesión el verdadero anti-evangelio del reino. Una sociedad fundamentada sobre el deseo de poseer lleva en germen la destrucción de todo ideal verdaderamente humano, como lo demuestra la historia.
El afán de riquezas es un pecado social, mucho más destructor que cualquier otro tipo de pecados. Genera un sistema social injusto, causa de incalculables tragedias. Es interesante constatar la constancia de la Iglesia durante muchos siglos en atacar el instinto sexual y el afán de libertad, insistiendo en las virtudes de la castidad y de la obediencia -consejos evangélicos importantes, sin duda-, cuando Jesús atacó mucho más el instinto de posesión y sublimó principalmente la virtud de la pobreza, necesaria a todo verdadero amor.
Para Jesús el obstáculo verdadero para la instauración del reino de Dios entre los hombres es el afán de posesión. Desde la esclavitud hasta la explotación de los trabajadores de nuestra sociedad industrializada, no hay lacra humana que no tenga su origen en la adoración de las riquezas. Esto significa que la fe cristiana no puede vivirse al margen del sistema económico-social. La fe en Jesús lleva unido trabajar por un mundo distinto y dudar de esa propiedad privada que tiene sumida en la miseria a la mayor parte de los hombres y de los pueblos.
La única posibilidad que tienen los que ahora son ricos de entrar en la fraternidad universal que será el reino de Dios es que ahora opten por compartir sus bienes y luchen junto al pueblo para lograr esa fraternidad, más difícil que el que "un camello pase por el ojo de una aguja" (Mt 19,24).
Es necesario elegir. ¿Qué elegiremos: Dios o el dinero? No vale escoger uno y otro. Es el engaño de muchos cristianos. ¿El nuestro? No olvidemos que dinero es todo lo que nos impide ser libres, ir hacia Dios, preocuparnos de los hermanos; que no hace falta tener muchos bienes para ser rico...
La cuestión del dinero y lo que él representa debe ser reflexionada con mucha sinceridad, con mucho valor, por cada uno de nosotros. Y dar nuestra respuesta personal. No es posible dar respuestas iguales para situaciones diversas. Si no lo hacemos, fácilmente puede sucedernos que nuestro "dios" sea el dinero y no el Dios de amor que nos reveló Jesucristo.
FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ
ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET - 2
PAULINAS/MADRID 1985.Págs. 303-313
11. EL PROBLEMA CRISTIANO DEL DINERO
-El servicio a Dios y al dinero son incompatibles (Lc 16, 1-13)
La primera parte de este pasaje evangélico es tan enojosa, que se permite... no proclamarla y empezar inmediatamente por la segunda parte... El motivo que favorece esta división es más bien la longitud del texto, pero sería una pena que este choque no se produjera nunca en la asamblea dominical. El caso del administrador injusto, alabado por Cristo y propuesto como modelo, es a primera vista indignante, hay que reconocerlo. Sin embargo, todo cristiano sabe que es imposible que Jesús alabe la injusticia; se admite el malentendido o la incomprensión de lo que aquí se expresa, pero se hubiera preferido una condena simple y llana, conforme a lo que nosotros sentimos; nos hubiéramos sentido más cómodos. Quizá hasta un cierto sentimiento de superioridad hubiese podido animarnos y permitirnos hacer buen papel al lado de este administrador injusto a quien despreciamos. Poco importa para nosotros el total de las estafas cometidas por este administrador. Lo que nos interesa, ya que es un caso por lo menos inteligente en medio de su villanía, es la habilidad de este hombre: hace de sus deudores cómplices perdonándoles sus deudas, con lo que tendrá que recibirle en su casa si algún día lo necesita. En una palabra, un curioso hecho distinto, que algunos creen real y utilizado por Jesús no para condenar una falta de honestidad, cosa que no hubiera tenido trascendencia ya que es evidente que Jesús debía condenarla, sino para encontrar en esta mezquina historia un punto de partida para una enseñanza nueva. Porque, ciertamente, Jesús, a pesar de ciertos esfuerzos de algunos por demostrar lo contrario, asume la defensa del administrador injusto a quien no se abstiene de alabar. ¿Cómo entenderlo?
Parece que el propio Jesús se disculpa de toda posible complicidad, al decir: "Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz". Son personas ingeniosas y rápidas en sus decisiones cuando de negocios se trata. En cambio, los hijos de la luz, que deben buscar el Reino, ¡son con frecuencia tan lentos y tan poco ingeniosos en sus medios para encontrarlo! Si tan hábil se puede ser para cosas perecederas, ¿a qué se debe que estemos tan faltos de sagacidad para ganar el Reino de Dios?
Cristo, por lo tanto, de ningún modo alaba la deshonesta conducta del administrador; alaba sólo su habilidad, y lamenta que ésta sea el atributo de quienes viven para el mundo y no el de quienes buscan el Reino y parecen a menudo pesados y lentos en su actividad. Uno de los medios de entrar en el Reino es dar, hacerse amigos en las moradas eternas con el fin de hallar intercesores en nuestra muerte. Es, pues, un aliento a la generosidad y a la limosna. Tened rasgos de generosidad con vuestro dinero para que podáis encontrar en el cielo intercesores en vuestra muerte.
Continuando el tema, Jesús aprovecha la ocasión para insistir en el sentido del dinero. No se puede servir a dos señores, Dios y Mammón, el dinero. Hay, así, personas que a diario rozan la idolatría. Si hemos recibido dinero no es para que nos apeguemos a él como a un absoluto, sino para compartirlo. Atarse al dinero significa no haber entendido lo que es Dios y su absoluto. Se nos invita, por lo tanto, a mostrarnos despegados en su utilización, y lo realizaremos en la medida en que seamos hábiles en buscar el Reino.
-Rapacidad de mercaderes (Am 8, 4-7)
Nos encontramos ante todo un trafico de falsificación de pesos y medidas, un nuevo hecho de estafas. Este escrito del profeta es, evidentemente, un alegato contra la civilización de su época, como los que algunas veces podríamos escribir en nuestros días. Pero el profeta protesta en nombre del Señor, que le ordena hablar. Se observan los ritmos de la luna y también el sábado, pero es para maquinar, para estudiar sagazmente la forma de ganar más. Por un par de sandalias se podrá comprar o vender al pobre, que es incapaz de pagar sus deudas.
El nexo entre este texto y el del evangelio es bastante débil. Aunque en realidad, ambos versan sobre el despego del dinero.
Se podría falsear la importancia del texto evangélico viendo en él una alabanza a la falta de honradez, siendo así que lo único alabado y lo único que se desea ver en los hijos de la luz es la habilidad en la búsqueda del Reino, aconsejándoles que se despeguen del dinero con vistas a este Reino.
Y nos equivocaríamos, igualmente, acerca del significado de esta 1ª lectura si en ella viésemos una protesta contra todo comercio y contra todo sistema económico productor de bienestar. Aquí se considera un apego al dinero que no se para a pensar en los desgraciados y que incluso viene a empobrecerlos más. Es la plena contradicción con el Señor; la idolatría del dinero, que no deja servirle a El y que por eso se siente ofendido y declara: "No olvidaré jamás vuestras acciones".
El salmo 112, por el contrario, canta la atención con que Dios se preocupa del pobre:
Levanta
del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo.
ADRIEN
NOCENT
EL AÑO LITURGICO: CELEBRAR A JC 7
TIEMPO ORDINARIO: DOMINGOS 22-34
SAL TERRAE SANTANDER 1982.
Pág. 45 ss.
12. PODER/OPRESION.
Convendrá tener presente la predicación del decimonoveno domingo. En aquella ocasión el sentido de las palabras de Jesús en relación con las riquezas se resumía en esta frase: ¡cuidado con convertirlas en un absoluto! Hoy, el resumen podría ser el siguiente: ¡cuidado con servirse de ellas de tal modo que se provoque el sufrimiento de los demás! El próximo domingo, aún sobre un tema paralelo, podría tener como síntesis esta frase: ¡Ay de los satisfechos en el tiempo presente, ay de los que han oprimido a los demás! De acuerdo con estas referencias, se trata de mostrar el peligro que tiene la riqueza, y cómo fácilmente se convierte en un instrumento de poder, y, tarde o temprano, de opresión. En definitiva la riqueza tiende a esclavizar a quien la posee, porque lo convierte en servidor de la propia riqueza.
Cuando se habla de riqueza, de poder, de opresión, debe tenerse en cuenta la variedad de matices que estas realidades pueden incluir. Ciertamente, no se trata sólo de la pobreza económica, aunque esta situación sea evidente. Ni se trata solamente del poder político, o social, o cultural, aunque con facilidad es a partir de esta "riqueza" como más "se compre por dinero al pobre". ¿No es eso lo que observamos cada día en las relaciones entre países, o en todo lo que se refiere a colocaciones, influencias, reconocimiento social...? La opresión puede adquirir formas muy refinadas, que no sólo se configuran a través de los armamentos, sino que pueden atentar finalmente contra la libertad y la verdad.
¡Es todo un arte, en cambio, saber "manipular" bien los bienes que uno posee! Y para el cristiano, un desafío. Cuando el Concilio, al hablar de los laicos, les asigna "como carácter propio y peculiar la secularidad", les encarga algo difícil y expuesto. "Son los laico quienes, como vocación propia, tienen que buscar el Reino de Dios por la vía de la temporalidad ordenada según el designio de Dios... Son llamados por Dios a santificar el mundo desde el interior del mundo, como levadura... LAICO/VOCACION CR/VOCACION:
Es algo muy propio de ello iluminar y organizar todos los asuntos temporales, que tanto les afectan, de modo que transcurran siempre bajo los criterios de Cristo, y todo progrese y sea a gloria del Creador y Redentor" (_VAT-II Lumen Gentium, n.31).
Podría ser una tentación para los laicos cobijarse en tareas únicamente pastorales, como ayudantes y quizás sustitutos del ministerio ordenado, olvidando que les corresponde directamente asumir la realidad temporal, mostrando que se puede servir a Dios y no a las riquezas, en los negocios, en la cultura, en las empresas, en los sindicatos, en la política...
-REFERENCIA SACRAMENTAL.-Una de las visiones más sugestivas de la Eucaristía de la primitiva comunidad es la que emparenta la "fracción del pan" con la comida en común ofrecida a los pobres.
Ahora bien, la Eucaristía sobrepasaba la comida de los pobres, porque la participación en el cáliz del Señor significaba un elemento festivo extraordinario.
Dios siempre nos ofrece la fiesta. ¡El hombre más oprimido, más pobre, más limitado, más marginado, más maltratado, es acogido abiertamente en la mesa del banquete eucarístico por el Señor que invita! "Levanta del polvo al desvalido... para sentarlo con los príncipes" (salmo responsorial).
PERE
TENA
MISA DOMINICAL 1983/17
13.
SERVIR A DIOS Y AL DINERO
Poder y deber, o no poder y no deber, son dos cosas muy distintas, aunque a veces las confundamos.
Hablando en sentido estricto, no deber hacer una cosa implica una prohibición, pero no una imposibilidad: algo es factible, pero no está permitido o no es correcto; es factible matar a una persona, pero no es correcto: se puede, pero no se debe.
Cuando afirmamos que no se puede hacer una cosa, a veces lo hacemos metafóricamente (y en realidad nos estamos refiriendo a algo que no se debe hacer); pero si lo usamos con rigor, nos referimos a algo imposible: no se puede pasear sobre el sol, no se puede abrazar el planeta Tierra...
Jesús afirmó en cierta ocasión: "No podéis servir a Dios y al dinero". Y muchas veces hemos interpretado sus palabras como una piadosa recomendación, como un pío deseo, como una bella declaración de intenciones; algo así como si Jesús nos dijese: "no debéis servir a Dios y al dinero, no es bueno, no está bien...". Y como los consejos son para seguirlos... o no, hemos hecho caso omiso de su recomendación y hemos descubierto que no está tan mal (diga lo que diga Jesús), ni es tan difícil compaginar el servicio a Dios con el servicio al dinero: a misa el domingo (y las fiestas de guardar, por supuesto), los viernes de cuaresma abstinencia total de carne, cumplimos con éstas y similares prescripciones, y luego nuestra vida de cada día va a su aire: la codicia, el afán por el dinero, los intereses materialistas, la despreocupación por el prójimo necesitado...
Pero no era tal la intención de Jesús: él no pretende hacernos una recomendación piadosa, sino llamarnos la atención sobre una realidad incontestable, una tremenda realidad: no podemos servir a Dios y al dinero, es decir: es imposible, inviable, no hay forma de conseguirlo.
O se sirve a Dios o se sirve al dinero, sin que haya componenda posible. Si hay algo incompatible de verdad es esto: el servicio a Dios y el servicio al dinero. Y quien crea lo contrario, se engaña. Y un engaño siempre es un engaño, por muy creído que algunos se lo tengan. De todos modos, para que éstos recuperen la razón (y para que los demás no caigan en el engaño) Jesús avisa haciendo este planteamiento: o se sirve a Dios o se sirve al dinero.
Pero aún es necesario que seamos más claros y explícitos en esta cuestión. La vida del hombre, ineludiblemente, se rige por un principio u otro, por un ideal u otro, formulado explícitamente o simplemente vivido en el cotidiano quehacer. Todo hombre tiene en la vida su estrella polar que le orienta, le da sentido, le hace trabajar y esforzarse.
El cristiano debe optar por Dios (por el Dios Padre, el Dios del Reino, anunciado por Jesús), para que El sea su norte, su guía, su Señor; y si no hace esta opción explícita y positiva, parece que el hombre tiene una extraña inercia que le lleva a servir al dinero. Y quien no tiene en la vida otra razón de ser que el acumular dinero y bienes materiales, a conseguirlo dedicará su vida, sus esfuerzos, sus sacrificios (porque ¡hay que ver los sacrificios que algunos hacen por el dinero: renuncian a su familia, no tienen tiempo libre para nada, se someten alegres a operaciones que cambian su físico, pasan horas sudando y machacando músculos en el gimnasio...!).
Pero el dinero nunca podrá dar al hombre la libertad que busca y necesita; por eso el dinero -el afán de tenerlo, la codicia- termina por esclavizar al hombre, por someterlo, anularlo, deshumanizarlo.
Y, en definitiva, cuando se sirve al dinero, por mucho encaje de bolillo espiritual que se haga, no hay servicio a Dios, es imposible: no podéis servir a Dios y al dinero: las palabras de Jesús nos avisan, nos advierten para que no nos engañemos, para que no caigamos en la trampa (fácil y frecuente) de pensar que sí es posible, para que estemos atentos y elijamos servir al Dios liberador, y no al dinero que esclaviza.
L.
GRACIETA
DABAR 1992/47
14.
-O servir a Dios o al dinero
Jesús sigue instruyendo a sus discípulos bajo la perspectiva de un camino cristiano. ¿Con qué actitudes camina un discípulo del Reino? En este contexto de enseñanza a los discípulos y de camino, se encuadra la parábola de hoy y las reflexiones posteriores. Dado que la parábola se presta a equívocos, y por consiguiente también las consideraciones posteriores, el texto evangélico de hoy necesita especialmente de la ayuda de la exégesis.
Podemos empezar por el final. La tesis es lapidaria: "No podéis servir a Dios y al dinero". Es imposible intentar coquetear con dos amos. Jesús otorga al dinero una enorme capacidad de señorío. Quita el puesto a Dios. Todos los valores de la vida, los comportamientos, las relaciones, las alegrías, las ansiedades, tienen que ver con el dinero, con su aumento, con su pérdida, para aquéllos que lo han convertido en el norte de su vida.
El dinero tiene, pues, más poder sobre nosotros que el que muchas veces creemos. Nos separa de Dios más de lo que pensamos. ¿No convendría hoy ser sinceros y discernir qué servicios exige de nosotros el dinero en nuestra propia vida? ¿Qué sacrificamos a él? ¿Qué estamos dispuestos a hacer por conseguirlo?
-El injusto y vil dinero
Curiosamente, el dinero que pretende enseñorearse de nosotros, que idolátricamente se presenta como alternativa a Dios, es calificado con tres adjetivos: "menudo o vil", "injusto" y "ajeno".
El dinero al que servimos, paradójicamente, vale poco. Habría que desenmascararlo. Promete mucho y vale poco. Hagamos un recorrido de las cosas importantes de la vida que no se pueden comprar con dinero: amistad o amor, ilusión, talento, perdón, salud, compañía, libertad... Pero, sobre todo, no se puede comprar con dinero el Reino de Dios ni puede confiarse al dinero la extensión del Reino de Dios. Podemos detenernos y gustar internamente las cosas valiosas que no se pueden conseguir con dinero, al lado de las cuales aparece como "vil", "menudo", "nada".
Pero, además, de manera muy atrevida, Jesús habla del "injusto dinero" (mejor traducido que "dinero injusto"). No se trata de aquel dinero que haya sido conseguido injustamente, sino de una cualidad casi innata al dinero. El dinero de por sí tiende a la injusticia. No hay más que recordar la primera lectura de hoy y ver de qué manera en todos los tiempos y épocas la riqueza se acumula a base de exprimir al pobre y despojar al miserable. Los datos macroeconómicos crecen en provecho no de todos, sino de una minoría. Y esto es injusto.
Hay muy ricos porque hay muy pobres. Y eso, que es "menudo" y "vil", se convierte no sólo en un contrincante de Dios (idolatría), sino en una muralla y una losa sobre el hermano (injusticia).
-Ganaos amigos Pero, ahí está lo grande del caso, eso tan menudo y vil tiene no solamente una dinámica negativa hacia la idolatría y la injusticia, sino que puede servir para "ganar amigos", es decir, puede ponerse al servicio de lo que nos es más propio: la amistad.
"Ganaos amigos con el injusto dinero", "ganaos a Dios con el injusto dinero, para que, cuando os falte (y la muerte nos dejará a todos desnudos, alusión a la parábola del rico Epulón), os reciban en las moradas eternas". Hace falta ser tonto para no ser fiel en lo "menudo", "vil" y "ajeno" y así ganar lo "importante", "lo que vale", "lo auténticamente nuestro".
Por eso, en cambio, la parábola califica de inteligente el proceder del administrador. Si se tienen en cuenta los usos de la época, la reducción de la cifra en los recibos no significa ningún fraude al dueño, sino la renuncia a su parte de comisión. Una parte importante de la deuda pasaba al administrador en concepto de sueldo de su gestión, que no recibía directamente del propietario. El administrador renuncia, pues, a lo que legítimamente era suyo, su comisión. Pero con ello "se hace amigos".
El injusto dinero (tiende a generar injusticia e idolatría) puede ser enderezado al servicio de la amistad (indivisiblemente de Dios y de los hombres).
¿Quién es, pues, "inteligente"? Aquél que adjudica al "injusto dinero" un fin: ganar amigos. Esta es la tesis. Y a la luz de esta tesis, cada uno debe considerar qué dinero tiene que entregar y renunciar, qué dinero tiene que compartir, qué dinero tiene que administrar cuidadosamente (no por respeto al dinero, sino a la amistad para la que está, empezando por los lazos más próximos, los de la familia), qué dinero no puede malgastar.
El Reino es amistad compartida. Necesitamos ser recibidos en ese hogar eterno de la amistad, que comienza ya aquí. Sometamos al dinero a ese criterio. Liberémosle de esa tendencia con que gravita hacia el endiosamiento y la injusticia.
JESÚS
MARÍA ALEMANY
DABAR 1992/47
15.
La parábola es una llamada a emplear nuestra inteligencia personal haciendo una opción comprometida por Jesús y a poner todo nuestro interés en ello. Es el negocio de nuestra vida. El Dios de Jesús es nuestra riqueza. Al decir de Joachim Jeremías "la buena nueva subyuga, otorga gran alegría, hace que toda la vida se oriente a la consumación de la unión con Dios y provoca una entrega apasionada". La pregunta-argumento es conocida: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde él? Sin embargo, parece que nuestra astucia cuando actuamos como hijos de la luz es bastante más escasa que cuando nos ocupamos de nuestros intereses materiales. No es raro observar personas con una notable formación profesional, incluso en el campo de lo intelectual, cuya formación religiosa cristiana, por el contrario, corresponde a un niño de primera comunión. Igualmente, no faltan quienes dirigen y evalúan sus negocios con métodos adecuados, pero cuando, por ejemplo, participan en la gestión de asuntos parroquiales se limitan a hacer gala de "buena voluntad". Queda bien claro dónde está nuestro tesoro y nuestro corazón.
De entre el diverso material que Lucas ha reunido en este pasaje la frase "no se puede servir a dos señores", aunque suena a refrán popular, no tiene paralelos de fondo en la literatura judía. El judaísmo veía en las riquezas la bendición de Dios y no podía encontrar contradicción en querer allegar, al mismo tiempo, tesoros en la tierra y en el cielo. Aún más, se tenía la creencia de que hay obras piadosas como la limosna y las obras de caridad, por medio de las cuales es posible agenciarse un capital en el cielo y recibir al mismo tiempo réditos en la tierra. Para Jesús no existen réditos terrenos de las obras de caridad. Lucas sugiere el cómo agenciarse un tesoro inagotable en el cielo: convirtiendo las propias riquezas en limosnas.
Aunque, como hemos visto, el pasaje tiene un fin cristológico de invitación al seguimiento de Jesús, es inevitable que la narración le recuerde al oyente actual que en el mundo de hoy todo se compra y se vende y no sólo cómplices-amigos. Alguien ha dicho que el dinero debería ser canonizado porque es el que más "milagros" hace. Su función como ídolo esclavizante es bien conocida desde antiguo. Incluso en la Iglesia tiene cierto poder. Con toda naturalidad siembra por doquier la aceptación y la discriminación de personas. El es quien coloca el letrero de "reservado el derecho de admisión".
Hoy se compra todo y se vende todo: vidas, personas, voluntad y hasta gritos comercializados de libertad. La crisis de valores de nuestra sociedad y su orientación utilitarista han conducido al dinero, como instrumento de poder, al podium más alto. Obviamente, el hombre necesita variados bienes materiales para vivir y el dinero posibilita el intercambio de ellos. El abuso viene cuando éste deja de ser instrumento y se convierte en fin, olvidando el "ser" en beneficio del "tener". "El negocio es el negocio", "yo no mezclo la amistad y los negocios" son frases frecuentes. La especulación, como forma de ganar dinero sin producir bienes ni servicios, está a la orden del día. La solidaridad es hoy más posible que nunca y más necesaria que nunca. Medios no faltan, pero el hombre parece haber perdido a su hermano en una competencia feroz y cainita. Todo ello es incompatible con servir al "Dios que ama a los hombres".
"Servir al dinero" suele ir acompañado de una aparente seguridad, pero también de una inquietud permanente, de un usar al hombre como instrumento, de un destruir la naturaleza, de un emplear la mentira como medio normal de relación, de un ver al hombre sólo como competidor, consumidor o productor, de una competitividad ilimitada que hunde más a los débiles, de un esperar generalizado en las múltiples loterías como la única salvación y de un valorar las cosas más que las personas. El discípulo deberá ser escrupuloso con esta poderosa idolatría. Valorará la serenidad que le da su fe, estará siempre dispuesto a servir (sobre todo desde su profesión), amará la vida y la naturaleza sin ecolatrías, evitará cualquier despilfarro sabiendo que realmente lo pagan los que menos tienen, defenderá el valor del hombre sin fijarse en su cuenta corriente, verá en el otro al hermano con el que debe compartir gustoso su pan y su esperanza.
EUCARISTÍA 1992/44
16. SFT/SOLIDARIDAD: NO HAY DOLOR AJENO
Teóricamente ya entendemos la radical incompatibilidad que denuncia Jesús, cuando nos grita: «No podéis servir a Dios y al dinero».
Sabemos que no puede uno, al mismo tiempo, vivir esclavo de su bienestar económico y escuchar sinceramente las exigencias de un Dios que es Padre predilecto de los más pobres y nos llama a estar cerca de los más necesitados.
Pero no nos sentimos demasiado interpelados. No creemos que estamos tan esclavizados por el dinero sino sencillamente que nos preocupamos de asegurar las necesidades más «normales» hoy en una familia.
Por otra parte, tampoco terminamos de creernos que la fe exija una constante y real solidaridad con los más abandonados. ¿No es suficiente «dar alguna ayuda» de vez en cuando?
La catástrofe que hemos vivido recientemente ha provocado reacciones que merecerían un estudio detenido. De pronto, hemos podido ver a hombres y mujeres, unidos por la tragedia, luchando juntos por su subsistencia, repartiéndose lo poco que tenían y compartiendo lo más indispensable para vivir.
Empobrecidos repentinamente por la calamidad y desguarnecidos ante la fuerza incontenible de la naturaleza, parecía más fácil compartirlo todo y solidarizarse como hermanos.
Pero las aguas han vuelto de nuevo a su cauce y, probablemente, también nosotros volveremos a nuestra vida egoísta de siempre, al aislamiento, la insolidaridad y la lucha despiadada en que cada uno volverá a preocuparse casi exclusivamente por «lo suyo». Ciertamente es difícil vivir la solidaridad cuando uno se organiza de nuevo la vida en función de su bienestar personal y familiar exclusivamente. Cuando más satisfacemos nuestros caprichos, más aumenta en nosotros la apatía y la insolidaridad.
Las palabras de Jesús deben interpelar nuestra conciencia cristiana. No se puede invocar a Dios como Padre de todos y vivir como espectador neutral de la desgracia ajena. Para los cristianos, no hay sufrimiento alguno que nos pueda ser ajeno.
No se puede servir al Dios de Jesucristo y aprovecharse de una desgracia general para asegurar mejor la prosperidad del propio negocio al margen de las necesidades ajenas. No es cristiano poner la desgracia colectiva de las gentes al servicio de ideologías y partidismos interesados.
Y, sobre todo, es inadmisible ofrecer a los que sufren un «consuelo barato» hablándoles de la «ayuda de Dios en medio de la prueba», sin combatir con todos los medios a nuestro alcance, el sufrimiento que los hombres podemos evitar o suavizar.
JOSE ANTONIO
PAGOLA
BUENAS NOTICIAS
NAVARRA 1985.Pág. 347 s.
17. CONSUMO: CONSUMO, LUEGO EXISTO
Probablemente, todavía no nos hemos percatado del profundo cambio socio-cultural que se ha producido entre nosotros, cuando grandes sectores de la sociedad han tenido acceso a un consumismo masivo.
En pocos años, la tecnología ha hecho posible la producción de toda clase de objetos, ingenios y aparatos. Pero, naturalmente, para poder venderlos, ha sido necesario estimular el apetito de los posibles compradores. Se han producido entonces dos hechos revolucionarios que van a configurar en adelante el estilo de vida del hombre contemporáneo.
Por una parte, se pone en marcha una publicidad cada vez más intensa y agresiva que acosa a las personas a lo largo de toda su vida, tratando de seducirlas con un mensaje muy sencillo: el ideal más deseable consiste en poseer cosas y disfrutarlas. Sin eso, la vida queda manca y sin aliciente.
Por otra parte, con el fin de facilitar la compra, se introduce el sistema de la venta a plazos. De esta manera, todos pueden tener ya acceso al consumismo masivo y adquirir toda clase de productos.
Sin duda, todo ello ha traído consigo una mejora de las condiciones de vida, que hemos de valorar y agradecer debidamente. Pero, al mismo tiempo, ha introducido un estilo de vivir enormemente peligroso, que no hemos de ignorar.
Para muchas personas, el ideal supremo consiste hoy en ganar más para tener más y disfrutar más. Se ha despertado en la sociedad un deseo insaciable de cosas. «De la satisfacción de necesidades hemos pasado a la insaciabilidad de las necesidades» (J. M. Mardones).
Poco a poco, este consumismo descontrolado va configurando la vida de no pocas personas. «El hombre consumista» lo ve todo desde la utilidad o satisfacción que le puede reportar. Incluso en las relaciones con las demás personas, se acostumbra a buscar la rentabilidad o el placer que el otro le puede proporcionar, no el encuentro amoroso y la mutua entrega.
De esta manera, «el consumista» corre el riesgo de volverse insolidario. No ve las necesidades y sufrimientos de los otros. Sólo vive para acaparar cosas, acumular experiencias placenteras y atrapar posesivamente a las personas.
Tampoco Dios tiene sitio en su corazón. Su religión es el consumo. No puede acoger a Alguien que es Amor. En último caso, sólo entendería una relación mercantilista con Dios: darle misas, oraciones y culto para ganar méritos y poseer el cielo.
En esta cultura del consumo resuenan con nueva fuerza las palabras de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero.» No se puede vivir consumiendo egoístamente toda clase de bienes y pretender, al mismo tiempo, ser fieles a un Dios que pide amor y fraternidad.
JOSE ANTONIO
PAGOLA
SIN PERDER LA DIRECCION
Escuchando a S.Lucas. Ciclo
C
SAN SEBASTIAN 1944.Pág.
107 s.