14 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO X DEL CICLO C
(1-10)
 

1. MU/NAIM:

San Lucas describe hoy magistralmente un gran acontecimiento humano: el encuentro de la muerte y de la vida.

Dos comitivas se aproximan por el camino de Nain:

Una de ellas está integrada por una mujer viuda que acompaña a su hijo muerto. Quizá el evangelista no pudo encontrar un cúmulo mayor de desgracias en una sola mujer, viuda y con su hijo muerto. Con ella van sus amigos -no sabemos si muchos o pocos- que no pueden hacer otra cosa que llorar e intentar consolarla. Por lo demás, deben rendirse ante la evidencia asombrosa de esa realidad a la que el hombre no se acostumbra nunca: la muerte.

La otra comitiva, que va al encuentro de la primera, está integrada por Jesús y sus discípulos.

Ambas comitivas se encuentran y tiene lugar el hecho sorprendente: Jesús se aproxima al muchacho y lo devuelve, lleno de vida, a su madre. Con absoluta sencillez la muerte ha sido vencida, el llanto se ha convertido en alegría y el corazón lacerado de aquella madre rebosa de un gozo ilimitado.

El evangelista explica la actuación de Jesús poniendo de relieve el origen de la misma: a Jesús le dio lástima aquella mujer que había perdido su mejor tesoro. El corazón de Cristo no soportó el dolor de aquella madre, comprendió aquel dolor, lo compartió y, como podía, lo remedió de la manera más total.

La escena de Lucas se repite todos los días en nuestro mundo.

Hay grandes comitivas llenas de muertos, de muertos vivientes (y no se trata de una película de miedo), de muertos que andan y se mueven pero que no tienen vida:

-Es la gran comitiva de los parados, cuyos ojos reflejan la desesperanza y la angustia de no formar parte de la sociedad a la que pertenecen y de la que han sido separados "por la difícil coyuntura económica".

-Es la gran comitiva de los drogadictos, jóvenes ausentes, incapacitados, metidos de lleno en un callejón sin fondo "por la ganancia ilimitada de algunos".

-Es la gran comitiva de los analfabetos, marginados de tantas realidades hermosas que el mundo tiene para cultivar el espíritu de todos los hombres.

-Es la comitiva de los que no tienen hogar, porque hoy "los pisos están por las nubes".

-Es la comitiva de los terroristas, armados hasta los dientes "no se sabe por quién y para qué".

-Es la comitiva de los enfermos a los que nadie visita, a los que se arrincona porque ya no son útiles en este mundo en el que todo se pesa y se mide.

-Es la gran comitiva de los minusválidos, y de los subnormales... ¡tan pesados!

-Es la gran comitiva de las mujeres que gritan el derecho a su cuerpo y a las que apenas se consideran como un objeto del que puede usarse y prescindir de él momentos después.

-Es la gran comitiva de la muerte. Las vemos todos los días y quizá no nos damos cuenta de cuan cierto es que muchos de los hombres que pasan a nuestro lado son auténticos cadáveres vivientes.

Caminando hacia esa comitiva puede y debe ir otra comitiva de hombres llenos de vida. Es la de los hombres que acompañan a Cristo. Unos hombres comprometidos seriamente con el gran problema de responder a la muerte con la vida.

Y aquí viene una importante pregunta: ¿Qué respuesta damos los cristianos a todos cuantos caminan en la comitiva de la muerte?.

¿Qué respuesta damos a los parados, a los drogadictos, a las mujeres utilizadas y manipuladas, a los jóvenes que empiezan su camino ya cansados, al enfermo, al minusválido?.

¿Qué hace la comitiva de los cristianos cuando se cruza (y se cruza constantemente) con la comitiva de la muerte?.

¿Esquivarla?, ¿ignorarla?, ¿juzgarla y condenarla?, ¿despreciarla?...

¿Acercarse a ella, sentir el dolor de todos cuantos la integran, compartirlo y remediarlo?

Si hacemos lo segundo, es que hemos empezado a entender a Cristo.

Hay un baremo claro para saber en qué comitiva estamos. El baremo es éste: si por encima de todo reina el Yo, repartiremos muerte.

Esto es claro e indiscutible, porque "el otro" no nos importará o nos importará sólo en cuanto pueda servir a nuestros planes. Si por encima de todo (y con todos los fallos quizá inevitables) amamos a Dios y al "otro" por El, repartiremos vida, porque el "otro" será, ni más ni menos, nuestro hermano, y tanto más cuanto más necesitado se nos muestre.



2.

DOS COMITIVAS.

Comienza la narración del Evangelio de hoy presentándonos dos comitivas: Una precedida por un muerto, la otra presidida por Jesús.

La formación de la primera comitiva se explica perfectamente por la costumbre, todavía actual, de acompañar a un amigo o a los familiares que entierran a un ser querido y cuyo número aumenta en proporción a lo conocido que fuera el difunto, o en razón del impacto cuya muerte produce.

En este caso, todo son circunstancias que aumentan el sentido trágico de la muerte: El difunto es un joven. Se trata, por tanto, de una muerte prematura. Agrava el cuadro la condición de viuda de su madre y el hecho de ser su único hijo, que es la compañía, el apoyo, el sustento y la defensa de una mujer que, en la sociedad de aquel tiempo no tiene seguridad social, ni derechos legales ni posibilidades laborales. La muerte social, pues, de la madre.

EVOCACIÓN PROFÉTICA.

El relato nos pone esta lectura en relación con la primera: Dos personajes se encuentran en una situación similar: dos viudas que pierden a sus únicos hijos y dos desenlaces similares: el hacer revivir a los jóvenes.

La sorpresa producida en los espectadores es tal, que inmediatamente se evoca al gran profeta Elías, cuyo influjo en la tradición judía se había mezclado con leyendas sobre su desaparición y cuya vuelta se esperaba en la última etapa de la Historia, cuando fuera a hacer acto de presencia el Reino de Dios cuya implantación sería acompañada de grandes signos anunciados por todos los profetas y especialmente por Isaías.

¿QUIEN ES JESÚS? Esta es la cuestión central ante la que nos sitúa siempre el Evangelio y que Lucas ha puesto en labios de Juan Bautista y sus discípulos en los versículos siguientes.

JESÚS ES EL SEÑOR. Por primera vez en su Evangelio introduce Lucas este término dirigido a Jesús. No es un maestro más.

Es el Señor cuyo señorío se ejerce de manera distinta a los señoríos humanos. Su actitud, precisamente, supone una crítica profética y radical de los hombres que pretenden estar por encima de los demás y considerarse dueños de los destinos humanos.

El es, como confesamos continuamente en la Liturgia, nuestro único Señor, frente a los muchos señores económicos, militares, religiosos, políticos y sociales. Desde su señorío es como podemos rechazar la subordinación arbitraria de los hombres ante otro hombre, como había hecho el profeta Elías ante el monarca israelita Ajab.

Desde su forma de ser Señor realiza Jesús su crítica profética ante el poder avasallador que se erige en señor de la vida humana, personal y colectiva. Sólo reconociendo a este Señor, realiza el hombre la Historia de su construcción humana.

PODER AL SERVICIO DE LA MISERICORDIA.

Jesús no se cree con poder, lo tiene. El, con su propia autoridad devuelve la vida al joven y a su madre, cuya viudedad significaba su muerte social. El poder de Jesús es fuente de Vida para las personas. No consagra las pautas humanas que a tanta gente impiden hoy desenvolverse como personas, e incluso vivir, y vivir dignamente.

UN DIOS MAS HUMANO QUE LOS HOMBRES.

Jesús, en su actuación, hace presente a Dios. Dios se presenta con una actitud benigna, es un Dios que se enternece por la situación negativa a la que los hombres reducimos a muchas personas, que denuncia nuestra inhumanidad y nos llama a superarla, porque ya ha comenzado El a realizar los signos de que ese nuevo mundo que podemos hacer ya ha iniciado.

Y todo se convierte en una gran pregunta para cada comunidad y persona cristiana. ¿Dónde están nuestros signos que demuestren nuestra aportación al crecimiento de este nuevo mundo?.

DABAR 1980/34



3. MU/VISION-CRISTIANA:

-CATEQUESIS SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE.

El domingo pasado, narrándonos cómo Jesús escuchaba la súplica del centurión, nos lo presentaba Lucas como el Liberador del mal y de la enfermedad, a la vez que subrayaba la universalidad de su salvación.

Hoy, con la resurrección del hijo de la viuda de Naín, aparecen otras características de este evangelio: la atención de Jesús hacia las mujeres (marginadas por la sociedad de su tiempo), su cercanía misericordiosa a los que sufren, y, sobre todo, su mensaje de vida. En este domingo tenemos una buena ocasión de hablar del destino de vida que Dios ha preparado para la humanidad. Normalmente hablamos de este tema en la celebración de la exequias cristianas. Pero es bueno que sepamos transmitir la visión cristiana de la muerte también fuera de las exequias. Es una catequesis que necesitamos todos y que puede resultar muy útil, precisamente desde la serenidad de un domingo ordinario, sin la circunstancia de la pérdida de un ser querido. La muerte es un hecho serio que nos interroga. Las dos mujeres de hoy, la de Sarepta y la de Naín, lloran su dolor: la de Sarepta protesta contra Dios y su profeta. Es todo un símbolo de nuestras actitudes ante la muerte. El Evangelio de Jesús no niega la muerte: pero le da su sentido y su respuesta desde el amor de Dios.

-UN ECO DE LA PASCUA: JESÚS COMUNICA VIDA.

La escena de hoy la cuenta sólo Lucas, entre los evangelistas. Y la cuenta con un lenguaje que es todo un símbolo: Jesús sale al encuentro de la humanidad que sufre, se compadece del dolor de la madre, manda detenerse a los que llevan el féretro y resucita al joven muerto.

En verdad, en Cristo Jesús "Dios ha visitado a su pueblo" (Lc 1, 68) y se ha acercado a nuestros males, para remediarlos. Si el domingo pasado veíamos a Jesús curando a un enfermo, hoy le admiramos en su victoria contra el mal último, la muerte. Así podrá decir luego a los emisarios del Bautista: "contad lo que habéis visto: los muertos resucitan" (7, 22).

La palabra de Jesús es humana ("no llores") y divina a la vez ("joven, yo te lo digo, levántate"). Es palabra eficaz. Y puede dar vida a los demás porque El mismo ha vencido a la muerte (Jn 16, 23): su Resurrección, la Pascua que acabamos de celebrar, no es una "vuelta" pasajera a la vida, como lo será para el joven de Naín: El ya no muere más, El ha pasado a través de la muerte a la Vida Nueva de Señor Glorioso, sin fin.

La escena del evangelio ha sido preparada por la del AT. Elías, un "hombre de Dios" (Cristo: "un gran profeta ha surgido entre nosotros"), hace suya la angustia de la viuda que le hospeda (Cristo hace suyo el dolor de la mujer de Naín), invoca a Dios, y Dios, por medio de su profeta. devuelve la vida al difunto (Cristo, no en secreto, como Elías, sino delante de todos, y con autoridad, resucita al joven).

(Si hay jóvenes en la asamblea, no estará mal resaltar la simbólica llamada de Jesús: "joven, a ti te lo digo...").

-EL DIOS DE LA VIDA NOS PREPARA UN DESTINO DE VIDA.

En las dos escenas, Dios se nos muestra como un Dios de amor, cercano a nuestra Historia, y sobre todo como un Dios de vida.

La respuesta de Dios al misterio de nuestra debilidad y de nuestra muerte es la vida: el destino que nos ha preparado, y que nos ha revelado en su Hijo Jesús, es la vida para siempre. Ese es nuestro futuro, aunque no sepamos explicarnos cómo sucederá ni podamos entender el misterio de la muerte, cuya seriedad no podemos rehuir. Pero páginas como las de hoy y sobre todo la Pascua que hemos celebrado, nos aseguran que Dios no quiere la muerte, sino que nos ha reservado un destino lleno de esperanza: la vida con Cristo. Nosotros no miramos a la muerte -la de nuestros seres queridos o la nuestra- como los que no tienen esperanza, sino con la serena confianza que nos da Cristo Jesús, que ha vencido en sí mismo y en nosotros a la muerte y nos ha abierto el camino de la vida. Ya desde el Bautismo hemos sido "sumergidos" en la muerte y en la resurrección de Jesús, y estamos llamados a la vida con El. (Más tarde, Lucas contará en el libro de los Hechos, cómo los discípulos de Jesús, en su nombre, también darán vida a los muertos: Pedro a Tabita (9, 36-43), Pablo al joven que cayó de la ventana (20, 7-12). Es todo un programa y una garantía para los que creemos en Cristo Jesús).

Este es también el lenguaje que ahora nos ofrece para nuestra oración el Ritual de Exequias cristianas: "la Iglesia, en las exequias de sus hijos, celebra el misterio pascual, para que quienes por el Bautismo fueron incorporados al Cristo muerto y resucitado, pasen con El a la vida" (n. 8); "que los cristianos recuperen el sentido pascual de la muerte y afirmen su fe y esperanza en la vida eterna y en la resurrección" (n. 11); "la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma" (prefacio I); "El quiso entregar su vida para que todos tuviéramos vida eterna" (prefacio II); "el ser llamados a la vida con Cristo es obra gratuita de tu amor" (prefacio V)...

-LA EUCARISTÍA, PARTICIPACIÓN EN LA VIDA.

El efecto de la Eucaristía que más veces se afirma en el Evangelio, sobre todo de Juan, es la Vida: "el que come mi Carne... permanece en mí y yo en él; vivirá por mí... yo le resucitaré el último día" (Jn 6, 56-57). También Lucas, cuando cuenta la resurrección de aquel joven de Tróade por Pablo, relaciona el hecho, seguramente con intención, con la celebración de la Eucaristía "el primer día de la semana" (Hch 20, 7-12).

Hoy, la invitación a la comunión podría aludir a esta relación entre Eucaristía y Vida: "Así dice el Señor: yo soy la resurrección y la vida; el que me come tendrá vida eterna. Dichosos...".

J. ALDAZABAL
MISA DOMINICAL 1986/12



4.

Hay cosas a las que cuesta acostumbrarse. El cadáver de un joven camino del cementerio, no es que sea excepcional, porque el automóvil y la moto lo repiten constantemente; pero cuesta acostumbrarse. Un joven difunto es acontecimiento que conmueve las entrañas del pueblo. Se mira con temblor impotente y silencioso a los padres, hermanos o novia del difunto. Y el ambiente enmudecido, grita rebeldía y fracaso ante quien siempre acaba imponiendo su ley: la muerte.

Sacaban a enterrar a un muchacho, hijo único de quien ya antes había visto a la muerte derrotar a su propio marido. ¿Qué puede pensar de la vida esta mujer? ¿Qué optimismo se le puede insuflar? ¿No estará condenada a vestir de negro sus proyectos, enlutando la triste y resignada espera de una muerte inexorable? Al verla el Señor, tuvo lástima. El Señor: título reservado celosamente para el Dios de Abraham y de Moisés. Y el Señor de la Vida, en su encuentro con la muerte, anima la fe de los presentes y los futuros con un signo de su Señorío salvador.

-No llores, dice a la mujer. Y al difunto:

-Muchacho, a ti te lo digo: levántate. Y se lo entregó a su madre.

Abríos a la esperanza, madres y padres amargados, que habéis pasado o estáis pasando por trances similares. Abríos a la esperanza, espectadores -creyentes o increyentes- de mil funerales, que tratáis de esquivar el incordiante pensamiento de que vosotros o vuestros hijos podéis ser los protagonistas de una próxima ceremonia fúnebre. ¡Dios ha visitado en Jesús a su pueblo, y se ha manifestado como único Señor! ¡Atentos a la Buena Noticia del Señorío absoluto de Jesús, porque os va en ello la vida! Pero hay más. Porque no sólo el poder de la muerte física destruye esperanzas de vida. La historia nos va descubriendo día a día otros presuntos señoríos, capaces de aniquilar esperanzas: El poder de la desconfianza, del recelo, del odio, capaces de poner en crisis la pareja matrimonial; de descomponer la relación paterno-filial; de turbar la convivencia en el mismo claustro monacal; de romper proyectos de equipos sacerdotales; de enturbiar relaciones familiares, religiosas, deportivas, económicas, políticas.

El poder de la debilidad humana: arrincona personas, creadas por Dios para tareas en el mundo y en la Iglesia, y las convierte en mudos y amargados espectadores de la vida, o en comentaristas escépticos de esperanzas ajenas. El poder del pecado, hecho pereza, orgullo, lujuria, alcohol o droga: derrota a jóvenes hijos de familia, y lleva a los padres a enlutar con tristeza su porvenir. El pecado juvenil lleva a muchos adultos a sentirse tan impotentes como ante la muerte: ¡No hay nada que hacer! Dichosos los que lloran, nos grita hoy el evangelio. Y no porque sufren sino porque serán consolados. Levante el corazón la madre del chico que cayó ayer en la carretera. Vuelvan a la esperanza los padres del hijo derrotado por la abulia o por el vicio. Y que las deseadas lágrimas de la Madre-Iglesia por el sufrimiento humano, nunca la pongan contra el muro del ¡no hay nada que hacer! Porque sobre el féretro del cadáver joven, y sobre el infinito desfile de esperanzas e ilusiones que llevan camino de ser enterradas, hay una mirada compasiva de Dios que nos grita: "No llores; porque Yo soy el Señor".

Dichoso el hombre que, tras las lágrimas, proclama su fe: "Me hiciste revivir cuando ya bajaba a la fosa... cambiaste mi luto en danzas... te daré gracias por siempre"(Sal 29. 4/12-13).

FLAMARIQUE C.Pág. 100



5. Cambio de vida

Es un rasgo característico del evangelio de Lucas -el evangelio que leemos este año y que desde este domingo de nuevo iremos siguiendo hasta el fin del año litúrgico- el hablarnos de la vida de Jesús de Nazaret como de un camino que él iba haciendo. Como es característico del segundo libro de san Lucas, del libro de los Hechos de los apóstoles, definir la vida de la primera Iglesia, de los primeros cristianos, también con la palabra "camino" (así habla de los cristianos como "de los seguidores del camino" o de "los que creen en el camino" (Hch 9, 2; 18, 25; 24, 14, etc). Y precisamente según el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles, Pedro explicó en el día de Pentecostés quién era JC diciendo de él que había aprendido un "camino de vida".

-"Levántate"

He ahí que ante todo hemos de reconocer y hemos de creer que JC ha pasado y pasa por nuestro camino -por el camino personal de cada uno de nosotros- para "resucitarnos". Es decir, para comunicarnos vida. Hay en cada uno de nosotros una semilla de vida y una semilla de muerte. Como hay en cada uno de nosotros obras de muerte -es lo que llamamos "pecado"- y obras de vida. JC nos libera de lo que hay de muerte en nosotros -de lo que hay de desamor, de egoísmo, de dureza, de injusticia, de mentira, etc.- y nos llama a seguirle por su camino de vida.

JC, una y otra vez, nos dice a cada uno de nosotros -como a aquel muchacho-: "Levántate". Levántate del egoísmo, y ábrete más a los demás; levántate de pensar tanto en ti y piensa más en los demás; levántate del pesimismo que te hace pensar que no vale la pena esforzarse, que todo seguirá igual, y cree de verdad en la fuerza del amor de Dios que a cada uno de nosotros -como a Pablo, lo hemos escuchado en la segunda lectura- puede cambiarnos.

Porque nosotros creemos que JC vive, que ha resucitado para siempre en una Vida total que se comunica. Nos resucitó JC como aquel muchacho (éste fue vuelto a la misma vida de antes). JC tiene ahora -esta es nuestra fe- una Vida total, la Vida de Dios. Y creemos que la tiene para comunicárnosla. Por eso creemos que él está vivo y presente en nuestro camino, y que lo comparte para vivificarlo. Para infundirnos más amor, más esperanza, más verdad. En una palabra: para dar fuerza, cada vez más fuerza, a la semilla de vida que Dios sembró en nosotros. Y para luchar contra la semilla de muerte, para vencerla.

-Eucaristía, encuentro con JC

Esto es lo que celebramos -lo afirmamos- cada vez que nos reunimos para recordar en la misa su paso de muerte a Vida. Esto es lo que pedimos al comulgar con su Cuerpo y Sangre. Que él esté con nosotros, que su vida vivifique nuestro camino. Y por eso, cada vez que nos reunimos para celebrar la eucaristía, debería ser como un encuentro con JC para tener algo más de vida en nosotros, para decir con más verdad "no" a lo que hay de muerte en nosotros, para decir más de verdad "sí" a todo lo que de vida puede haber en nosotros.

¿No afirmamos en el "Credo" nuestra fe en el Espíritu de Dios que es -decimos- "dador de vida"? Diremos hoy en el prefacio que Dios por JC "realizó la obra maravillosa de llamarnos del pecado y de la muerte" (Prefacio I Dominical) y en la plegaria eucarística -toda ella una afirmación y una celebración de fe en la Vida que Dios nos comunica -repe- tiremos expresiones como "pan de vida", "vivir en tu amistad" o "compartir la vida eterna" (Plegaria eucarística II).

Terminemos. Dios nos llama a progresar -progresar, seguir adelante- por un camino de vida. Es JC resucitado quien nos repite una y otra vez "levántate" y nos lo dice con amor -compadeciéndose de nuestro dolor- pero también como quien puede decirlo porque ha compartido y comparte nuestro camino y ahora tiene la plenitud de la Vida precisamente para comunicárnosla.

Por eso, con fe, con esperanza, pidamos hoy al Señor que nos ayude a seguir su camino de Vida. A seguirlo más y mejor.

J. GOMIS
MISA DOMINICAL 1980/12



6.

-Yo te lo mando: Levántate (Lc 7, 11-17)

La resurrección del hijo de la viuda de Naím es un relato propio de Lucas que se inscribe en la lista de episodios que anuncian el don de la vida del que todos nosotros somos beneficiarios.

Cuando Juan Bautista envía a sus discípulos a Jesús, este responde dando una especie de aclaración acerca de su persona: "los muertos resucitan" (Lc 7, 22). La resurrección del hijo de la viuda de Naím había sido un ejemplo de ello (Lc 7, 11-17). El profeta Isaías ya había anunciado este signo del Mesías: "Revivirán tus muertos, sus cadáveres resurgirán" (Is 26, 19).

San Lucas observa que Jesús se compadeció de esta pobre viuda. En la emoción de Jesús podemos ver más que la emoción provocada por el sufrimiento de la viuda. Lo que va a hacer Jesús y provoca su emoción es la realización de la vida, el don de la vida y de la resurrección a todos los que crean en él. Esto es ciertamente lo que Lucas quiere poner aquí de relieve. Y es, por otra parte, el signo que Jesús recordará al Bautista para expresarle su verdadera identidad: es el Mesías esperado.

Si Lucas ha narrado este episodio, lo ha hecho para afirmar la fe de sus lectores en el Cristo Profeta y Dios que ha visitado a su pueblo.

Dios ha visitado a su pueblo. Lucas se aferra a esta fórmula y a este hecho. El viejo Simeón lo canta: Dios ha visitado a su pueblo (Lc 1, 68). Más tarde, Lucas pone estas palabras de reproche en boca de Jesús: "no has conocido el tiempo de tu visita" (Lc 19, 44). El Antiguo Testamento había proporcionado a Lucas un modelo. El Éxodo habla de la visita de Dios: "Yo os he visitado, dice el Señor a Moisés" (Ex 3, 16) y José, en el Éxodo, había dicho: "Ciertamente Dios os visitará" (Ex 13, 19). El salmista se maravilla de esta visita y exclama: "¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes?" (Sal 8, 5). Esta visita de Dios que canta Lucas por boca del viejo Simeón en el Benedictus (Lc 1, 68) es la visita mesiánica del rescate y la liberación, de los cuales la salida y la liberación de Egipto no habían sido más que una figura. Jesús es el profeta que ha triunfado sobre la muerte y otorga la vida. No olvidemos que Lucas escribe después de que se hubieran producido los acontecimientos de la muerte y la resurrección de Jesús. El relato de Naím le sirve para aplicar las resonancias de la experiencia de la Iglesia.

-Tu hijo está vivo (1 Re 17, 17-24) La elección de la lectura del Antiguo Testamento debía basarse en una figura del milagro de Naím: la resurrección del hijo de una viuda por parte del profeta Elías. El Antiguo Testamento nos ofrece un caso parecido de resurrección: la del hijo de la Sunamita por parte de Eliseo (2 Re 4, 34).

¿Qué consecuencias hay que sacar de este milagro, como del de Naím, para nuestra vida cristiana actual?

El progreso de las ciencias y un cierto aumento del paganismo nos hacen olvidar con demasiada frecuencia que la vida, lo mismo que la muerte, está en las manos de Dios. Sin quedarnos al nivel de la vida física, es preciso que accedamos a la significación más profunda de los milagros como "tipos" de la resurrección y de la vida en Dios en el último día. Es el Señor quien nos da la vida definitiva y nos realiza. El bautismo como nueva vida, los sacramentos que la sustentan y la hacen crecer hasta que vuelva Cristo, constituyen la significación más profunda de estos milagros, a los que hay que añadir la resurrección de Lázaro como "tipo" de la resurrección de Cristo y de nuestra propia resurrección .

Al pensar en este don de la vida y en la realización completa en el más allá de todo aquello que debemos ser, no deberíamos aislarnos en una visión de la vida que no afectara más que a nuestro ser individual, sino que debemos considerar la vida dada a todo el pueblo de Dios. La Iglesia, encargada por Cristo de resucitar a los que han muerto espiritualmente, debe ella misma esperar del Señor su propia existencia y su vida; debe ser signo de la resurrección para cada uno, actualmente al modo de una promesa, pero haciendo que podamos ya palpar las garantías de la vida definitiva. En realidad, la predicación de la Iglesia no tiene más que este fundamento: la resurrección otorgada a los hombres ya desde ahora, que hace que podamos escapar a la muerte del pecado, a la vez que los sacramentos vivifican a la Iglesia y a sus miembros, en marcha hacia la vida definitiva. Aunque estos milagros no sean tan espectaculares como el de Elías o como los de Jesús con el hijo de la viuda de Naím o con Lázaro, en la Iglesia no dejan de producirse milagros de resurrección, desconocidos para todos pero reales, en vistas al último día.

Nuestro cristianismo es una religión de la vida; si bien supone una cierta forma de muerte que es la ascesis y la renuncia, éstas no son sino instrumentos de liberación, y toda la vida del cristiano se desarrolla en un clima de vida intensa. Es cierto que muchas veces nos es dado palpar en un ser débil, en un enfermo o en un moribundo los signos mismos de una vida que supera en intensidad la vida de los que gozan de salud. Esta debería ser para nosotros la significación profunda de la eucaristía y del bautismo, sacramentos de vida; y en este sentido, también el sacramento de la unción de los enfermos debería constituir para nosotros signo de la vida del cuerpo y de la vida del alma. Los cristianos somos seres perpetuamente resucitados a la vida, aunque parecemos ignorarlo. El mundo debería ver en nosotros testigos de la vida, de una vida constantemente animada por Cristo, Hijo del Dios vivo que da la vida.

NOCENT-6.Pág. 31-33



7. RS/FE:

1. Sentido de la resurrección

Es triste vivir sin la esperanza de un futuro pleno y para siempre. Sin esa esperanza, el hombre limita sus posibilidades. La negación de la resurrección reduce el campo de nuestra actividad y empobrece nuestros esfuerzos e inquietudes. La vida, el dolor, el sufrimiento, la muerte... ¿son absurdos?

Es indudable que el dogma de la resurrección de los muertos no ocupa el lugar que le corresponde en la fe de los cristianos y en el resto de los seres humanos, incluidos los creyentes de otras religiones. Un ejemplo de ello son las esquelas y recordatorios de los difuntos, que rezuman de todo menos de fe en la vida para siempre del fallecido, a pesar de las frases y oraciones formularias que los acompañan. Y si falta la fe en la resurrección de los muertos, ¿para qué sirven las religiones?, ¿qué aportan a la vida de los hombres? El dogma de la resurrección de los muertos no influye en nuestra vida, quizá porque no hemos hecho la síntesis entre esta realidad de la resurrección y la tarea de la construcción de un mundo nuevo, comunitario y fraternal, que se impone al creyente de hoy como tarea y que sería signo de resurrección.

Sin embargo, la resurrección de los muertos ocupa el lugar central de nuestra fe. Si la suprimimos, todo el Nuevo Testamento quedaría vacío de contenido al faltarle su columna vertebral, lo mismo que quedaría sin base sólida la fe en Jesús si prescindiéramos de su resurrección, acontecimiento central de nuestra fe en él (/1Co/15/12-20).

Jesús nos presenta la muerte como un camino, como un paso necesario para llegar a la vida definitiva. Una muerte que se va haciendo realidad en nosotros en la medida que vamos muriendo a nosotros mismos -egoísmo, odio, codicia, individualismo...-, a la vez que la vida nos va brotando desde dentro cuando vamos viviendo para los demás. Así es como se implanta el reino de Dios. Afrontada de esta forma, la muerte es restituida a su verdad y se convierte en el paso a la vida eterna.

El alma, el cuerpo y toda la realidad material se encuentran comprometidos en este camino, porque no existen almas solas, sino seres humanos encarnados en un aquí y ahora.

El cristiano tiene que comprender y manifestar que la buena noticia de Jesús no se refiere solamente al plano de los valores espirituales, sino que alcanza al hombre completo, al hombre en todas las dimensiones de su ser. Este hombre concreto, el hombre tal como se encuentra en este mundo, es el que está llamado a vivir con el Padre Dios para siempre.

Los cristianos tenemos que demostrar que el reino de Dios, inaugurado por Jesús de Nazaret, no caerá del cielo, sino que se construye en este mundo a partir de un compromiso desde la fe, por el que los creyentes movilizamos todas nuestras energías trabajando en favor del mundo y del hombre nuevos.

Si el reino definitivo comienza a realizarse aquí, en la tierra, es evidente que el dogma de la resurrección de los muertos atañe directamente a la búsqueda que hace el hombre moderno para descubrir el fundamento último de su esfuerzo de construcción del mundo: le da otra perspectiva más amplia y definitiva.

En medio de nuestras dificultades y angustias es necesario que descubramos cercano al Dios que está siempre con nosotros, al Dios misericordioso y paternal que remedia y resucita nuestro dolor, al Dios que resucita nuestra muerte.

El Dios cristiano, el Dios de Jesús, es el Dios que sufre con nosotros, que muere y resucita en nosotros... Todo lo que hay en el hombre y en su entorno está llamado a vivir para siempre y en plenitud. Todo puede levantarse, surgir de nuevo, resucitar. No nos empeñemos en enterrar; polaricemos todos nuestros esfuerzos en resucitar. Hemos de vivir abiertos a una esperanza de tiempos mejores, de valores más verdaderos y resucitados, de superación de pasividades muertas. Porque vivir es cambiar las obras de muerte -pecado en lenguaje religioso- por las obras de vida -justicia, amor, paz, verdad, libertad...-. Esto nos exigirá lágrimas y esfuerzos, quizá morir en el empeño, pero es la única forma de hacer más plena y verdadera nuestra vida.

Asegurar la realidad histórica de la resurrección del joven de Naín es arriesgado. Con toda la tradición confesamos y afirmamos que Jesús realizó prodigios que desbordan las posibilidades humanas; milagros y prodigios que, vistos en su conjunto, anticipan y reflejan la verdad del reino de Dios. Pero no podemos garantizar el fondo histórico de cada uno de ellos.

Entre los prodigios que mejor reflejan la misión de Jesús se encuentra este relato: la resurrección de este joven es signo de que la vida que Jesús nos ofrece triunfa sobre la muerte.

No es fácil describir toda la riqueza que contiene este pasaje. Con nuestra mentalidad occidental tenemos el riesgo de dar al texto una interpretación acomodada a nuestra pobreza imaginativa, dando preferencia al hecho de su materialidad, con detrimento, con la exclusión incluso, de cualquier otra perspectiva más fundamental para nosotros. El autor o autores que redactaron esta página evangélica, los compañeros de Jesús que fueron testigos de su gesto, tenían una comprensión muy distinta de las cosas. Contemplaban lo cotidiano como nosotros, pero lo hacían dándole a eso real un eco simbólico que daba un sentido profundo al acontecimiento; eran gente atenta al sentido de los hechos.

Si nos liberamos del contenido material de la descripción, nos abriremos a múltiples sugerencias, entre las que será difícil distinguir las que nos ofrece el texto de las que brotan de nuestro propio ser.

Es esencial intentar descubrir el alcance teológico que, dentro del lenguaje metafórico, tienen todas las expresiones del hecho.

2. El milagro

"Iba Jesús camino de una ciudad llamada Naím..." Con él caminan "sus discípulos y mucho gentío". Le gusta a Lucas presentarnos a Jesús caminando seguido de los suyos. Otra multitud le sale al paso acompañando a un difunto: un joven, "hijo único de su madre viuda".

Ya en el Antiguo Testamento las viudas, junto con los pobres y los huérfanos, eran personas que no podían defenderse por sí mismas en la sociedad. Una viuda, principalmente si quedaba sin hijos, a no ser que su marido hubiera sido rico, quedaba entre los marginados de la sociedad. Es como quedó María a la muerte de Jesús.

El encuentro de las dos multitudes es sugestivo: una camina hacia la muerte sin esperanza, reflejada en una madre que había perdido todo apoyo humano: "hijo único", "viuda", ¿qué le quedaba?; la otra, siguiendo a Jesús, camina hacia una vida que no conoce del todo y que se le irá desvelando progresivamente. Una sigue a un muerto sin ninguna esperanza, la otra va detrás de una vida sin término.

Sólo el que reflexione en el acontecimiento con la fe de un discípulo de Jesús podrá percibir el sentido profundo de este encuentro, podrá comprender el sentido de todos los gestos. Los hombres, siempre entre luces y sombras, caminamos por la vida en pos de una esperanza de plenitud o resignados a que todo acabe con la muerte. No se puede ser seguidor de Jesús y, a la vez, carecer de esperanza en la resurrección de los muertos.

El evangelista nos coloca ante un caso límite que rebasa lo normalmente doloroso entre los hombres; un caso que pone al descubierto la situación de gran parte de la humanidad: el abandono de la mujer era total por ser mujer, por ser viuda y por haber perdido a su único hijo siendo pobre como era. ¿Qué futuro nos ofrece la sociedad de consumo? "Al verla el Señor..." Es la primera vez que el evangelio de Lucas llama a Jesús "el Señor", titulo que los judíos reservaban para el Dios de Israel y los romanos para el emperador, que se había hecho divinizar. Dárselo a Jesús implicaba una cierta herejía y subversión tanto en el esquema religioso-social judío como en el mundo romano. Era ésta una de las razones por las que la policía imperial perseguía a los cristianos, calificándolos de ateos.

"Le dio lástima..." En el violento mundo en que vivimos no necesitamos salir de casa para encontrarnos cada día con la realidad de la muerte y del sufrimiento de los hombres. La televisión nos ofrece puntualmente las más crudas tragedias que sucedan en cualquier rincón del mundo. Y, por si fuera poco, el cine y la misma televisión dan vuelta al mismo tema con sus películas dramáticas, violentas, inhumanas...

Nuestra sociedad está tan familiarizada con la muerte y la violencia, que somos capaces de digerir con total naturalidad los dramas más crueles, siempre que, como es lógico, no nos afecten a nosotros. Ya hace siglos que el hombre ve como cosa normal el aprender a matar a otros, disfrazándolo de "defensa de la patria" o zarandajas por el estilo. Luego nos rasgamos las vestiduras ante el terrorismo y el asesinato. ¿No es precisamente lo que se enseña al niño desde pequeño?

Corremos el peligro, si no estamos vigilantes, de embotar nuestra sensibilidad e incapacitarnos para compartir el sufrimiento de las personas que nos rodean. La actitud de Jesús ante el sufrimiento de los demás es muy diferente. Ante el drama de una pobre viuda se siente tocado. Sabe que el pueblo jamás existe en abstracto, que el sufrimiento y la muerte -y el paro- afecta a seres concretos de carne y hueso, y quiere ayudar.

"Y le dijo: No llores". Es indispensable que sepamos descubrir el sufrimiento de las personas que nos rodean, hacernos cargo de sus estados de ánimo, sintiendo como propios sus sufrimientos y dificultades. Entonces, como fruto de un profundo silencio solidario -nunca como pura fórmula-, surgirán las palabras y las acciones oportunas. Palabras y acciones que, por más insignificantes que parezcan, serán portadoras de esperanza. Por no ponernos en el lugar del que sufre son tan superficiales, tan a destiempo y faltas de esperanza nuestras palabras de pésame, por ejemplo. No por tener siempre el nombre de Dios en los labios somos más cristianos y nuestras palabras son más consoladoras. Si nuestras muestras de condolencia no son fruto de una auténtica compasión (pade-cer-con) interior, serán contraproducentes e, incluso, antievangélicas: "estaba de Dios", "Dios lo quiso", "hay que resignarse y aceptar su voluntad"... ¡Cuántas veces nuestra presencia silenciosa es más respetuosa y solidaria que esas fórmulas aprendidas de memoria, y que nunca nos hemos parado a pensar si creemos en ellas!

Jesús no espera la petición de la madre o del pueblo que la acompañaba. ¿Por qué? Era tal el desconsuelo de aquella mujer y de aquella multitud que ya no había en ellos ni la más remota esperanza de recuperación; la fe del pueblo no daba para más, como sigue sucediendo ahora.

Jesús actúa por propia iniciativa y nos manifiesta que el signo máximo del reino de Dios es la victoria sobre el mayor enemigo del hombre: la muerte. Detiene el cortejo de la muerte..., detiene el paso de una humanidad que llora sobre los despojos de la muerte de la persona, la muerte de los derechos humanos, de las libertades cívicas, de la libertad en aras del libertinaje, de la cultura, de la esperanza, del amor...

"¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!"

La fuerza de la palabra de Jesús es progresiva: palabras de consuelo a la madre, gesto de detención a los que llevaban el cadáver a la sepultura, palabras de vida para el joven muerto.

Las palabras de consuelo son entrañablemente humanas. Jesús las pronuncia, como tantas veces las pronunciamos también nosotros cuando vemos el sufrimiento a nuestro alrededor. Pero Jesús hace más de lo que podemos hacer los hombres: detiene la marcha inexorable hacia el sepulcro y devuelve el joven a su madre. No es sólo una palabra de hombre que consuela: es una palabra de Dios que comunica vida. Solamente la palabra de Dios puede "consolar" definitivamente, porque sólo él puede asegurar la victoria sobre lo que hace llorar más que todo: la muerte.

"El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre". Con este hecho Jesús quiere desvelarnos el sentido de la vida, nos introduce en el auténtico sentido de esta tierra: la alegría de una madre que reencuentra al hijo muerto, la plenitud de una vida que parecía truncada y vuelve a encontrar de nuevo sus raíces .

3. Consecuencias para nosotros RS/VICTORIA-MU:

Aquella madre y aquel hijo volverán a la casa, seguirán unos años la vida que se había interrumpido. Si Jesús se hubiera limitado a darnos esta enseñanza, se hubiera asemejado a los médicos que luchan contra la enfermedad para poder alargar la vida de los hombres. Pero no; Jesús resucitado no retornó a la vida de antes: vive de otro modo. Y es éste el mensaje que nos quiere dar este texto.

Ante este relato deberíamos quedarnos en actitud contemplativa y emocionada por la revelación que nos hace de la persona de Jesús. Un Jesús en comunión con el dolor humano, cercano a los que sufren. Un Jesús que pasa por el camino de los hombres comunicando vida. La muerte de los pobres o de los amigos es para él también como una muerte de algo entrañable, de algo propio e íntimo.

Todos deberíamos dejarnos "despertar" por Jesús resucitado. Porque ¿no seremos, cada uno de nosotros, este hijo de la viuda que necesita ser reanimado porque ha perdido, quizá, el aliento y el sentido de una vida verdaderamente plena, "quemado" por mil tropiezos, bloqueado por tantos conflictos internos, conscientes o inconscientes, que nos tienen encerrados en el "ataúd" del "no hay nada que hacer"? ¿No mueren cada día muchas ilusiones jóvenes -quizá antes de nacer- por falta de horizontes y de modelos de identificación, por falta de "padres" verdaderamente fiables entre los adultos?

Una y otra vez, Jesús nos dice a cada uno de nosotros: "Levántate" del egoísmo y ábrete a los demás; "levántate" del pesimismo y cree de verdad en la fuerza del amor de Dios, que puede cambiarnos a cada uno de nosotros...

Los cristianos deberíamos preguntarnos cuáles son hoy los casos límite que deben llevarnos a la acción. Si aquella mujer de Naín era triplemente abandonada y marginada, no nos será difícil, si miramos a nuestro alrededor, descubrir a los que se encuentran hoy más desamparados y marginados.

Los cristianos debemos tomar la defensa de los que yacen bajo la muerte -ya sea biológica, política, social o cultural...-, y no contentarnos con seguir detrás del carro de la historia, al "sol que más calienta", adoptando unas posturas más o menos humanitarias cuando no tenemos más remedio, cuando las circunstancias nos obligan a ello irremisiblemente.

Es lamentable que muchas veces los cristianos hagamos gala de humanitarismo cuando vemos en peligro nuestros intereses o nuestro prestigio.

Es dando la vida a los más marginados, a los más débiles y a los más pobres como testificamos a favor de nuestro Dios. Este debe ser el signo profético de la Iglesia y de cada comunidad cristiana, de la misma forma que fue el signo profético de Jesús.

El pueblo, con el instinto que le caracteriza, descubre en Jesús a "un gran Profeta", porque no sólo predica un mensaje, sino que también se acerca a la miseria humana e intenta su remedio inmediato. ¿De qué sirve una denuncia profética, si no va acompañada de una acción positiva en el mismo sentido de la denuncia?

Somos cristianos porque reconocemos que Jesús es la palabra de Dios que se hace realidad en la misma vida de los hombres. Y no hay signo más verdadero de vida que darla al que no la tiene.

El suceso se convirtió en "evangelio", en "buena noticia" para los vecinos de aquellos pueblos y de "Judea entera". Es la buena noticia del reino de Dios que está presente en medio de los hombres dando sentido y plenitud a sus vidas. Porque Jesús no es solamente promesa de vida futura, sino que es la actualización de la vida en el aquí y ahora de cada hombre. El reino de Dios se hace presente en el espacio humano y en el tiempo humano: es un reino presente aquí y ahora, aunque su plenitud sea siempre para después.

Este milagro es un signo de nuestro destino y del destino del mundo. La resurrección de Jesús no consiste en alargar unos años la vida o en aplazar la muerte; no es un triunfo momentáneo, provisional, sino un triunfo total y definitivo sobre la muerte. Jesús resucitado ya no muere más; su vida en la tierra se ha abierto a la vida con el Padre.

Jesús resucitado nos da a conocer su situación y la perspectiva que nos espera a nosotros: venceremos la muerte pasando por ella, moriremos para resucitar, pasaremos para siempre a la vida con el Padre y con Jesús.

La resurrección de Jesús y la nuestra no es algo para saber, sino para vivir y anunciar. Desde la resurrección de Jesús todo queda transformado por esa nueva luz que cambia las perspectivas y el sentido de la vida. Es la buena noticia primordial que debemos vivir y anunciar a todos.

Este mundo que esperamos se va gestando entre nuestros triunfos y nuestras lágrimas, entre nuestros logros y nuestras nostalgias.

ACERCA-2.Págs. 53-60



8.

ANESTESIA

Le dio lástima...

Es increíble la necesidad que parece tener nuestra sociedad de exhibir trágicamente el sufrimiento humano en las primeras páginas de los periódicos y las pantallas de la televisión.

La fotografía de una mujer llorando a su marido enterrado en una mina, la imagen de un niño agonizando de hambre en cualquier país del Tercer Mundo o la de unos palestinos acribillados a balazos en su propio campo de refugio, se cotizan en muchos miles de dólares.

Todos los días leemos las noticias más crueles y contemplamos imágenes de destrucciones en masa, asesinatos, catástrofes, muertes de víctimas inocentes, mientras seguimos despreocupadamente nuestra vida.

Se diría que hasta nos dan una «cierta seguridad», pues nos parece que esas cosas siempre pasan a otros. Todavía no ha llegado nuestra hora. Nosotros podemos seguir disfrutando de nuestro fin de semana y haciendo planes para las vacaciones del verano. Cuando la tragedia es más cercana y el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, nos inquietamos más, no nos sentimos cómodos, no sabemos como eludir la situación para poder encontrar de nuevo la tranquilidad perdida.

Porque, con frecuencia, es eso lo que buscamos. Recuperar nuestra pequeña tranquilidad. A ratos, deseamos que desaparezcan el hambre y la miseria en el mundo. Pero simplemente para que no nos molesten demasiado. Deseamos que nadie sufra junto a nosotros, sencillamente porque no queremos ver amenazada nuestra pequeña felicidad diana.

De mil maneras, nos esforzamos por eludir el sufrimiento, anestesiar nuestro corazón ante el dolor ajeno y permanecer distantes de todo lo que puede turbar nuestra paz. La actitud de Jesús nos desenmascara y nos descubre que nuestro nivel de humanidad es terriblemente bajo.

Jesús es alguien que vive con gozo profundo la vida de cada día. Pero su alegría no es fruto de una cuidada evasión del sufrimiento propio o ajeno. Tiene su raíz en la experiencia gozosa de Dios como Padre acogedor y salvador de todos los hombres.

Por eso, su alegría no es una anestesia que le impide ser sensible al dolor que le rodea. Cuando Jesús ve a una madre llorando la muerte de su hijo único, no se escabulle calladamente. Reacciona acercándose a su dolor como hermano, amigo, sembrador de paz y de vida.

En Jesús vamos descubriendo los creyentes que sólo quien tiene capacidad de gozar profundamente del amor del Padre a los pequeños, tiene capacidad de sufrir con ellos y aliviar su dolor.

El hombre que sigue las huellas de Jesús siempre será un hombre feliz a quien le falta todavía la felicidad de los demás.

PAGOLA-1.Pág. 317 s.



9. Frase evangélica: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!»

Tema de predicación: LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE

1. El término «resucitar» equivale, bíblicamente, a «ponerse en pie» o «despertar del sueño». Según la fe cristiana, «resucitar» es entrar en la vida plena y definitiva: por medio de la resurrección, Dios da al ser humano su propia vida, la eterna.

2. Los cuatro evangelios relatan algunas resurrecciones operadas por Cristo para confirmar que los tiempos mesiánicos ya han llegado. Mateo y Marcos cuentan la resurrección de la hija de Jairo; Juan narra la de Lázaro; y Lucas describe dos: la del hijo de la viuda de Naín y la de la hija de Jairo (Cafarnaún). Estos textos indican que Jesús es «la resurrección».

3. Ante el dolor que causa la muerte, Jesús siente compasión, ofrece compañía y presta ayuda. La viuda a la que se le muere su «hijo único» es el símbolo de la humanidad dolorida. Al levantarse el muchacho por la palabra de Jesús, el pueblo reconoce que «Dios ha visitado a su pueblo». Los discípulos y el gentío son testigos privilegiados de la acción del Señor.

4. Los apóstoles serán testigos de la resurrección, núcleo de la fe primitiva. Para testimoniar que Jesús venció a la muerte, los primeros discípulos emplearon en sus confesiones de fe dos términos: «exaltación» y «resurrección». Jesucristo resucitado es la primicia de la «resurrección de la carne», anticipo de nuestra propia resurrección. La vida cristiana es igualmente anticipo de la resurrección final, puesto que es participación en la vida de Cristo resucitado.

REFLEXIÓN CRISTIANA:
¿Con qué actitud asistimos a los funerales?
¿Somos capaces de expresar personalmente en algún momento la fe en la resurrección?

FLORISTAN-1.Pág. 287



10.

1. La iniciativa de Jesús

Tal como sucede con otros pasajes evangélicos que narran milagros de Jesús, el evangelio de hoy puede ser analizado desde dos vertientes. En efecto, una de ellas puede ser detenernos en contemplar la bondad de Jesús y su poder milagroso, enfatizando su carácter heroico al modo de los grandes héroes o «supermanes» que satisfacen la imaginación, pero sin provocar un cambio profundo en los admiradores.

La otra es la señalada por el mismo evangelista, que nos da la clave de interpretación del hecho en las expresiones de fe del pueblo-testigo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.»

Es la misma perspectiva que nos llega desde la primera lectura cuando aquella mujer reconoce a Elías como «un hombre de Dios» al ver que éste había devuelto la vida a su hijo.

Desde este segundo aspecto, lo que interesa fundamentalmente no es el hecho en sí mismo; ni siquiera es su carácter más o menos milagroso o espectacular, sino el carácter de signo que le confiere el autor sagrado en relación con el Reino de Dios que llega en la persona y obra de Jesucristo.

Al fin y al cabo es ésta la perspectiva de todo el Evangelio: que los hombres conozcamos y reconozcamos que el Reino de Dios se hace presente mediante signos que suscitan la fe en la obra salvadora de un Dios «más fuerte que la muerte».

Los cristianos somos tales por el hecho de reconocer a Jesucristo como «el hombre de Dios», no sólo porque «la palabra del Señor es verdad en su boca» (primera lectura) desde un punto de vista teórico o especulativo, sino porque se hace verdad en la misma vida de los hombres.

Y no hay signo más verdadero de vida que, precisamente, dar la vida al que no la tiene. Ciertamente que el episodio de hoy no sólo no es ninguna novedad en los evangelios, sino que es su permanente constante: Dios visita a su pueblo por medio de Jesús porque la vida es devuelta a los hombres por mediación suya.

Sin embargo, el texto de hoy no es la simple repetición de otros similares, sino que contiene ciertos elementos propios y originales que Lucas pone de relieve y sobre los cuales también nosotros vamos a concentrar nuestra atención.

En efecto, Lucas nos pone ante lo que podemos llamar un "caso-límite", un caso que rebasa lo normalmente doloroso entre los hombres, un caso que pone al descubierto la tremenda situación de una humanidad o de una parte de ella que, como decimos comúnmente, parece «abandonada de la mano de Dios».

No sólo se trata de un niño que ha muerto, o mejor de un joven, sino también de una mujer que habiendo perdido ya a su marido, ahora se encuentra con el drama de perder también a su hijo, que por ser su único hijo, la sumía en el más total abandono.

No podemos olvidar, en efecto, que el episodio es narrado por Lucas, el evangelista que más enfatiza el carácter liberador de Jesucristo sobre todo hacia las clases sociales más marginadas. Y es también Lucas el que subraya la acción de Jesús en favor de las mujeres que, en aquella época, formaban una verdadera clase social subyugada y desprovista de todo derecho.

Jesús, pues, realiza su milagro en favor de una mujer triplemente desamparada: por ser mujer, por ser viuda y por haber perdido a su único hijo.

También es significativo que en esta ocasión Jesús no espera la petición de la madre o del resto del pueblo como respondiendo a un acto de fe o confianza en él, sino que toda la iniciativa parte de él mismo. Este detalle de Lucas tiene su significado: por un lado, era tal el desconsuelo de aquella mujer, que ya no había en ella ni la más remota esperanza de recuperarse; por otro lado, la fe del pueblo parecía detenerse ante el poder de la muerte, por lo que fue el mismo Jesús el que tomó la iniciativa precisamente para manifestar que el signo máximo del Reino de Dios era la victoria sobre el más temible de los enemigos del hombre.

En efecto, es Jesús el que detiene el cortejo fúnebre, el que se compadece de la mujer y el que devuelve la vida al joven al conjuro de su «palabra», esa palabra que en su boca «se hace verdad». Bien lo subraya Lucas: «A ti te lo digo, muchacho: ¡levántate!» Y el joven se levantó y fue devuelto a su madre.

Y aquel acontecimiento, sigue subrayando Lucas, se transformó en «evangelio», en buena noticia que se desparramó por los pueblos vecinos de la llanura galilea y por toda Judea.

Es la buena noticia del Reino de Dios ya hecho presente en medio de los hombres: la humanidad desamparada es invitada a revivir en el aquí y ahora de la historia. Es éste otro importante elemento de este evangelio consolador: Jesús no es sólo promesa de vida futura, sino que es la actualización de la vida en el aquí y ahora de cada hombre. El Reino de Dios se hace presente en el espacio humano y en el tiempo humano. Es un Reino redactado en tiempo presente: "No llores", se le dice a la madre; «levántate», se le ordena al hijo.

Y por tratarse de un evangelio que actualiza la vida en el espacio y en el tiempo presentes de cada hombre, es un evangelio que compromete a los cristianos y a la Iglesia en general de este aquí y de este ahora que es el nuestro.

2. La iniciativa de la Iglesia

Hasta ahora nos ha sido relativamente fácil hilvanar nuestra reflexión, procurando interpretar el texto evangélico desde su mismo contexto y guiados por el mismo Lucas. Mas al procurar ahora transformar el texto evangélico en un auténtico «evangelio» para el hombre de nuestro siglo, o sea, en una realidad de vida para que las palabras «se hagan verdad en nuestra boca», nos encontramos con la necesidad de hacer un verdadero esfuerzo para que el espíritu de este texto de Lucas, el espíritu de la liberación de los más abandonados, sea también hoy un acontecimiento que suscite la fe de los hombres en el Dios que nos visita y nos salva.

La segunda lectura puede servirnos de ayuda, aunque sin forzar el significado de las palabras de Pablo: así como el Saulo perseguidor de los hermanos -de los pobres del Señor, de la comunidad de Cristo- se transformó en un Pablo defensor de los paganos ante el monopolio que los judíos pretendían hacer de Dios, así también este evangelio es una severa invitación para que los cristianos no sólo abandonemos toda postura dominante o desvalorizada de los más humildes y abandonados, sino para que hagamos verdad la palabra de Dios en la iniciativa de restaurar la vida allí donde esté bajo el poder de la muerte.

Frente al nacionalismo orgulloso de las clases dominantes judías, los paganos formaban una verdadera raza de malditos, desheredados del Reino de Dios y portadores de impureza para todo creyente que osara acercarse a ellos en forma fraterna y amistosa. Pablo -con la fuerza del Espíritu y no sin fuertes resistencias por parte de los cristianos conservadores judaizantes- realiza el gran milagro de derribar el muro de la humillación para restituir a los paganos o gentiles sus derechos de pertenencia al Reino de Dios. También éste era un caso-límite que llevó a Pablo a ser acusado de blasfemo y profanador, de herético innovador y de falso profeta. Precisamente la Carta a los gálatas -de la que está tomada la segunda lectura de hoy- es la fogosa defensa que Pablo hace de un evangelio «que no ha aprendido de ningún hombre sino por revelación de Jesucristo», evangelio que no es exclusivo de la raza judía sino patrimonio de toda la humanidad.

Desde estas iniciales consideraciones podemos preguntarnos cuáles son los casos-límite que hoy deben obligar a los cristianos a asumir una iniciativa liberadora aun cuando su postura pudiera parecer algo insólita o desacostumbrada; aunque más bien debiéramos decir lo contrario: que una auténtica postura evangélica es de por sí algo insólito y desacostumbrado según los cánones ordinarios de cualquier sociedad.

Si aquella mujer de Naím era triplemente abandonada y socialmente marginada, no nos será difícil, mirando a nuestro alrededor, preguntarnos por los que se encuentran hoy más abandonados y marginados. Que la acción de la Iglesia debe ser la defensa y promoción de estas clases sociales es la más clara conclusión de este evangelio, y solamente así «la palabra del Señor es verdad en su boca», porque solamente así ella testifica en favor de un Dios que está visitando a «su pueblo», y este «pueblo» no es otro que el pueblo más pobre, desamparado y oprimido.

Insistimos en que los cristianos debemos tomar la iniciativa en favor de los que yacen bajo la muerte -muerte biológica, muerte política, muerte social, muerte cultural, etc.- y no sólo contentarnos con seguir detrás del carro de la historia, adoptando ciertas pseudoposturas más o menos humanitarias cuando no tenemos más remedio y cuando las circunstancias nos obligan irremisiblemente a ello, algo así como las grandes potencias colonialistas que se ven obligadas a adoptar posturas más liberales cuando se dan cuenta de que, de no hacerlo, su pérdida sería total e irremediable.

Lamentablemente, muchas veces los cristianos tuvimos que hacer gala de humanitarismo -en sus diversas formas- cuando vimos en peligro nuestros intereses o nuestro prestigio. No es ésta la postura evangélica que surge del texto lucano: los cristianos debemos asumir la iniciativa precisamente porque ésa es nuestra misión y por esa misión nos definimos como los discípulos de Jesucristo.

Es dando la vida a los más necesitados, a los más débiles, a los más pobres y a los más marginados como testificamos en favor de nuestro Dios. Este es el signo profético de la Iglesia de la misma forma que fue el signo profético de Jesús.

A este respecto podría ser arriesgado poner ejemplos concretos que pudieran dar la impresión de que estas reflexiones están previamente marcadas por cierta tendencia; también es arriesgado ejemplificar fuera de un contexto local y teniendo en cuenta todas las circunstancias correspondientes.

Sin embargo -y sólo como una invitación a la reflexión de cada comunidad o grupo- podemos preguntarnos si la actitud política de los cristianos estuvo siempre marcada por el espíritu de este evangelio o si más bien no hemos defendido y defendemos sistemas político-sociales que, precisamente, defienden a los fuertes o a los más ricos o a los que detentan el poder para provecho de unos pocos y para desgracia de los muchos. También podríamos revisar nuestro sistema educativo y, en general, la obra cultural de la Iglesia, que en más de un caso da de comer al que está harto y priva de alimento al que padece hambre.

Podemos también preguntarnos por aquellos sectores de nuestra sociedad que, por un motivo o por otro, viven bajo el signo de la desesperanza y del abandono: tal es el caso de los miles de refugiados políticos, de los hombres y mujeres sin patria, de los que no tienen el apoyo de la sociedad ni de la ley, de los despreciados por un defecto físico, por una determinante sexual o por determinado «vicio» sobre cuyas causas no se quiere profundizar.

Lo importante es que -aleccionados por el Espíritu- descubramos en nuestro aquí y ahora esa humanidad doble o triplemente abandonada, humanidad para quien en primer lugar se anuncia el evangelio de la liberación y por quien la Iglesia ha de jugárselo todo por propia iniciativa, que le viene de su compromiso de fe.

No es hoy el momento de agotar esta temática que en realidad conforma la gran temática de la Iglesia, de la misma forma que es la constante de todo el Evangelio.

Pero sí podemos percibir en qué medida la acción de los cristianos puede pasar por coordenadas que están a kilómetros o a años-luz de la gran coordenada de Jesucristo: dar la vida a los que más la necesitan, tanto por su dramática situación como por el abandono en que se encuentran.

Cristo detuvo el cortejo de la muerte... como si dijésemos: detuvo el paso de una humanidad que lloraba sobre los despojos de la muerte de la persona, la muerte de los derechos humanos, la muerte de las libertades cívicas, la muerte de la cultura, la muerte de la fe esperanzadora; obligó, como subraya Lucas, a que los que llevaban el ataúd se detuvieran, y dijo una sola palabra: «Levántate.»

Si esta palabra -levántate-, palabra de Dios, retornara hoy a nuestros labios, podríamos no sólo resucitar la fe y la esperanza de los millones de desconsolados del mundo, sino, y en primer lugar, resucitar nuestra fe en Jesucristo y nuestra fe y sentido en la vida.

BENETTI-C/3.Págs. 45 ss.