14 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO X DEL CICLO C
(11-14)
11.
Las dos comitivas
Desde hace pocos años han comenzado a proliferar entre nosotros los tanatorios o tanatosalas. Son una traducción a nuestra cultura española de esos Funeral homes, procedentes de EE.UU. Y con una gran rapidez, la mayoría de nuestros difuntos acaban en esas instituciones, dotadas de unas instalaciones muy superiores a las de nuestras casas. Quizá no nos hemos dado cuenta, pero este hecho ha modificado nuestra cultura sobre la muerte: ya no vivimos este hecho entre las apreturas de la casa del difunto, con el cadáver situado en la misma habitación en donde había fallecido. La muerte parece haberse distanciado de nuestra vida cotidiana; hoy se desarrolla en unos ámbitos más amplios y cómodos, el cadáver queda separado del resto de los vivos por una aséptica luna..., e incluso podemos irnos un rato a la cafetería a tomar un café y fumar un cigarrillo. El ambiente denso de la muerte en el hogar se ha diluido y puede tener hasta una cierta atmósfera de reunión social, en la que nos volvemos a encontrar con familiares y amigos a los que hacía tiempo que no veíamos: «A ver si nos vemos en una ocasión más alegre» suele ser un comentario frecuente en estos casos.
El relato del evangelio de hoy presenta plásticamente dos comitivas que salen al encuentro. Una de ellas es una comitiva de muerte: a la puerta de la ciudad de Naín, un gentío considerable de la ciudad acompaña al féretro de un joven, hijo único de su madre, que además era viuda. Con un crescendo claro, Lucas presenta el drama que vive aquella pequeña ciudad: un joven ha muerto, y además era hijo único de una mujer viuda.
Todos los comentaristas de los evangelios insisten en la tragedia que significaba para una mujer viuda la pérdida de su hijo único: «La muerte de su hijo es, en realidad, su propia muerte; ella será, a lo sumo, sujeto de compasión y de limosna, pero desde ahora carece de identidad; sin su hijo varón no es nadie». Este comentario explica la preocupación de la Biblia por las viudas y huérfanos como las personas más desamparadas: en un mundo sin seguridad social, la situación de la mujer viuda que ha perdido sus hijos era de un total desamparo.
A la puerta de la ciudad, esa comitiva de muerte se encuentra con otra comitiva que viene en dirección contraria: Jesús acompañado por sus discípulos y mucho gentío. Naín, visto hoy a distancia, sigue siendo un pequeño pueblo que, con sus luces encendidas en la noche, parece ese nacimiento en el que siempre hemos soñado. Una sencilla iglesia recuerda hoy el lugar donde se produjo el encuentro de esas dos comitivas: la comitiva de muerte, que acompañaba a esa pobre viuda y la comitiva de vida que acompaña a Jesús. Allí se produjo el encuentro entre el dolor y el desamparo de aquella pobre viuda y la misericordia y el amor del que pasó por la vida haciendo el bien: «¡Muchacho, a ti te digo, levántate». Y Jesús se lo entregó a su madre.
El relato de Naín guarda un gran paralelo con el relato del libro de los Reyes de la primera lectura. Precisamente Naín se encuentra a poca distancia de aquel Sidón en que tuvo lugar el episodio de Elías. Los episodios de la vida del profeta Elías, recogidos en el primer libro de los Reyes, han sido calificados como «las florecillas de Elías»: porque están redactadas con un candor, una inocencia y una frescura comparables a las Florecillas del poverello de Asís.
En los dos casos se trata de la muerte del hijo único de una viuda, en los dos casos el hijo vuelve a la vida, es entregado a su madre. Y acaban los dos relatos con una exclamación: en el primer caso, la mujer sunamita exclama: «Ahora reconozco que eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdad»; en Naín son «todos» los que dan gloria a Dios sobrecogidos porque «un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo». Es además importante subrayar que en este relato de Naín es la primera vez que Jesús es calificado por Lucas como "Señor", un título que los judíos reservaban únicamente para Yavé.
Hoy sigue habiendo entre nosotros comitivas de muerte. Pero también es verdad que estamos haciendo todo lo posible para diluir esas comitivas. Se ha escrito que la muerte constituye el gran tabú de nuestro tiempo; que el tabú que en el pasado pesaba sobre la sexualidad, sobre Eros, ha sido trasladado ahora a la muerte, a Thanatos. Por una parte, los medios de comunicación resaltan, incluso de forma sangrante y cruel, determinadas muertes y existe una especie de culto a la violencia en muchas películas. Pero, por otra, hacemos lo posible por ocultar y escamotear el hecho de la muerte.
No se puede negar que la proliferación de los tanatorios significa una estilización del dramatismo de la muerte; esta ha dejado de formar parte de nuestra vida cotidiana, porque cada vez se muere menos en el hogar y los muertos son llevados a los tanatorios... Hacemos un paréntesis en nuestra vida, hemos suprimido los lutos y las muestras de dolor, y nos reincorporamos al vértigo de nuestro trabajo.
La comitiva de la muerte se ha diluido, pero queda ahí, en lo profundo de cada corazón humano, que sigue experimentando su tragedia y su desgarrón, aunque no lo pueda manifestar, porque a nadie le gusta hablar de los muertos y nos sentimos incómodos ante su recuerdo.
Y ante estas comitivas secretas de muerte, sigue hoy saliendo al encuentro la comitiva de vida de Jesús. La mujer sunamita se quejaba amargamente a Elías: «¿Has venido a mi casa para avivar el recuerdo de mis culpas y hacer morir a mi hijo?».
Qué triste es pensar que para muchas personas la presencia de Dios en su vida se caracteriza por esos rasgos: la muerte del ser querido es un castigo de Dios y hace surgir nuestros sentimientos de culpabilidad porque no hemos hecho con él lo que deberíamos haber hecho. Estas frases del libro de los Reyes no aparecen en el relato de Naín.
Es importante subrayar que la primera vez que Lucas califica a Jesús como «el Señor» fue para decir que «le dio lástima y le dijo -a la viuda- no llores». La primera vez que Jesús es calificado con el título reservado a Yavé no es para decir que él aviva los sentimientos de culpabilidad o hace morir a un ser humano; es para decirnos que «le dio lástima» que sintió en su corazón la misma pena que toda persona siente ante la muerte del hijo de una pobre viuda.
Recuerdo una visita que hice a una iglesia gótica en Nuremberg: antes fue católica y hoy pertenece a la Iglesia evangélica. En su puerta había una espléndida frase de ese gran cristiano de nuestro siglo, Albert Schweitzer, que supo reunir en su vida la interpretación de la música de órgano de Bach, la reflexión teológica y la actividad caritativa en sus últimos años en una leprosería en Gabón: «Hay mucha frialdad entre nosotros, porque no nos atrevemos a mostrarnos tan cordiales como realmente lo somos». A ese Jesús, precisamente en el momento en que es llamado «Señor», «le dio lástima», se mostró con esa cordialidad que llevaba dentro de su ser.
Hoy, como siempre, necesitamos que entren en contacto esas dos comitivas. Una gran tarea de nuestra cultura es la de saber reintroducir la muerte en las coordenadas de la vida, porque forma parte inseparable de ella y no la podemos reprimir ni hacerla tabú: no podemos escamotear la comitiva de la muerte.
Y también hace falta comitivas de la vida: comitivas de personas que sean capaces de sentir el dolor ajeno, que sean capaces -ante el que sufre y está solo, ante los enfermos, ante los que han perdido un ser querido- de sentir que se les enternece el corazón, que son capaces de mostrarse tan cordiales como realmente lo son. No vamos a poder devolver la vida a quien está muerto. Pero podemos entregar a tanta madre viuda, a tanto ser humano con el corazón destrozado, nuestro propio corazón, capaz de expresarse y entregarse con esa cordialidad que llevamos dentro de nosotros.
J. GAFO-2.Pág. 237 ss.
12.
1. «Que vuelva al niño la respiración».
La resurrección del niño operada por Elías en la primera lectura se diferencia de la que realiza Jesús en el evangelio en la persona del hijo de la viuda de Naín. La viuda veterotestamentaria hace amargos reproches al profeta: le dice que ha venido a su casa para avivar el recuerdo de sus culpas, a causa de las cuales (se sobrentiende) habría muerto su hijo. En el fondo Elías pide primero a Dios que devuelva la fe a la mujer, se echa después tres veces sobre el cadáver de niño y finalmente se lo entrega vivo a su madre, quien acto seguido confiesa su fe.
2. «Al verla, le dio lástima».
La resurrección operada por Jesús en el evangelio está motivada únicamente por su compasión. Nadie le pide que haga semejante cosa (como tampoco en los otros casos de resurrecciones que se narran en el evangelio), y para la realización del milagro no precisa ni de una oración especial de súplica ni de una especie de transmisión de la vida (como el ritual de echarse tres veces sobre el cadáver que realiza el profeta en la primera lectura), sino únicamente del mayestático gesto que hace que se detenga el cortejo fúnebre y ordena levantarse al muerto. Jesús se muestra aquí (como en el caso de la hija muerta de Jairo y en la tumba de Lázaro) como el Señor de la vida y de la muerte. Por eso para él la resurrección de un muerto no es más difícil que la curación de un enfermo, y precisamente por eso puede ordenar de una vez a los discípulos que envía a la misión: «Resucitad muertos, limpiad leprosos» (Mt 10,8). Para él tanto lo segundo como lo primero es sólo un signo de lo decisivo: la resurrección y la liberación del hombre de la muerte espiritual del pecado, como muestra el episodio de Mc 2,1-12, donde al paralítico primero se le perdonan sus pecado y después se produce la curación: «¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus pecados quedan perdonados" o decirle "levántate, coge la camilla y echa a andar"?». Como Jesús, por su muerte en la cruz, tiene el poder de perdonar los pecados, posee también el poder («más fácil») de curar físicamente a los enfermos y de resucitar corporalmente a los muertos.
3. «Pero cuando Dios se dignó revelar a su Hijo en mi».
La segunda lectura confirma en la conversión de Pablo el poder superior del Señor glorificado para operar una resurrección espiritual, que aparece como un acontecimiento mucho más poderoso en sus efectos que toda resurrección física a una vida física. La soberanía del Señor glorificado que se aparece a Pablo es mucho más elevada que su gesto terreno ante el ataúd del hijo de la viuda de Naín. Pues aquí toda una existencia es transformada en su contrario espiritual. La conducta pasada de Pablo era la de una existencia fanáticamente militante, que defendía con celo extremo las «tradiciones de los antepasados» y por eso perseguía con saña la novedad de la predicación de Jesús; pero esa existencia es desposeída ahora de toda esa tradición nacional para anunciar un evangelio que no ha recibido ni aprendido de ningún hombre, sino «por revelación de Jesucristo». Y sin embargo, esa expropiación para ponerse al servicio de una verdad extraña es precisamente para lo que Pablo había sido «escogido desde el seno de su madre», algo que marcó mucho más profundamente su personalidad que todo lo que había aprendido de la tradición. La violenta expropiación que se produce cerca de Damasco es en realidad un retorno a la vocación más originaria. Esto muestra una vez más que para Jesús la muerte física puede ser un simple episodio (la llama dos veces «sueño»: Mt 9,24; Jn 11,11). El mismo es «la vida», indivisa, y no una síntesis de vida y muerte.
BALTHASAR-2.Pág. 262 s.
13. AL SALIR DE LA CIUDAD
«Al salir de la ciudad».-Allá te encontraste, Señor, con aquel joven muerto. Detrás iban el dolor y el desgarro, la soledad y el desconcierto de aquella madre, que, ya antes, había perdido a su marido y que, ahora, veía cómo le era arrebatado su hijo.
«Al salir de la ciudad», o al entrar en ella, o dentro de ella, ¡qué más da! Lo cierto es que muchos jóvenes, muchos, mueren ante, bajo, cabe, con, contra, desde, en, dentro de, cerca de, a causa de... la ciudad. No sé si existen estadísticas puntuales. Pero parece ser que los fines de semana, por un motivo u otro -el vértigo de la velocidad, una copa de más, la claudicación ante la droga, las engañosas luces de la noche, la distrayente compañía de quien va al volante, el «¡quién dijo miedo!» de los pocos años etc.-, mueren muchos, demasiados jóvenes, al salir, al entrar, al atravesar la ciudad.
¿Es la ciudad la que mata a los jóvenes?
Porque no es sólo la muerte física sobre el asfalto en las inciertas y difusas luces de la madrugada. Están también las «otras» muertes. Esas muertes implacables y sutiles que, día tras días, noche tras noche, avanzan sobre grandes sectores de nuestra juventud.
EL PASOTISMO.-Un día este joven que ahora véis mecido en el pasotismo, tuvo sueños, tuvo ilusiones, llegó a la ciudad con proyectos. Pero, luego, como no es fácil hacer coincidir vocación con realización, proyecto con realidad... Como, además, los organismos y las áreas de orientación suelen ser entes fríos y asépticos, hechos a golpe de burocráticos condicionados excluyentes... Como, por otra parte, no sólo «la carne es débil», sino la voluntad también..., ocurre que muchos jóvenes, al sentir esas redes paralizantes, caen en la desilusión, y en la desesperación, y en la apatía: «¿Para qué luchar si nada se consigue? ¡Yo... paso!»
LA MASIFICACIÓN.-He aquí una de las más alarmantes paradojas de hoy. Resulta que un chico, al llegar a los 15 o los 16 años, lo que más anhela es «ser él mismo» y no «otro». Añora y defiende su libertad. Por eso, porque quiere diseñar él mismo su figura y su trayectoria. Pues bien, un incesante movimiento en espiral de nuestro vivir en sociedad va envolviendo sus pasos y va encorsetando su autonomía. Y así, tiene que beber lo que beben todos, vestir lo que visten todos, bailar como bailan todos, encerrarse entre ritmos histéricos en el Santuario de las discotecas como todos y, seguramente ir dejando morir su fe por miedo a todos. Enfermedad muy grave, ciertamente, esta de la masificación en nuestras ciudades.
Lo intuía y retrataba bellamente Juan Ramón (·JIMENEZ-JR) cuando escribía:
«Lo querían matar los iguales, porque era
distinto.
Si véis un pájaro distinto, tiradlo.
Si véis un monte distinto, caedlo.
Si véis un camino distinto, cortadlo.
Si véis un no distinto, cegadlo...».
¡Como no vuelvas Tú a pasar, Señor Jesús, de una manera u otra, por entre el torbellino de nuestras ciudades, creo que muchos jóvenes, muchos, van a seguir siendo víctimas de «esas muertes que no cesan»!...
Y, sin embargo -Tú lo sabes mejor que nadie- ellos, igual que aquel joven de Naín, están destinados a la vida. A la vida mayúscula que viene de Ti. Y a ese otro proyecto de vida, minúsculo quizá, pero importante por ser personal, que Tú esperas de cada uno. Porque cada uno de ellos, usando las palabras de León León Felipe, podría decir de sí mismo:
«Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy. Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol... y un camino virgen Dios».
ELVIRA-1.Págs. 241 s.
14.
Pocas experiencias hay tan dolorosas en la vida de la persona como la pérdida de un ser querido. El amor no es eterno. La amistad no es para siempre. Tarde o temprano, llega el momento del adiós. Y, de pronto, todo se nos hunde. Impotencia, pena, desconsuelo; parece que nuestra vida ya no podrá ser nunca como antes. ¿Cómo recuperar de nuevo el sentido de la vida? Lo primero es recordar que liberarse del dolor no quiere decir olvidar al ser querido o amarlo menos. Recuperar la vida no es una deshonra ni una ofensa a la persona que se nos ha muerto. De alguna manera, esa persona vive en nosotros. Su amor, su cariño, su manera de ser nos han enriquecido a lo largo de los años. Ahora, hemos de seguir viviendo.
Hemos de elegir entre hundirnos en la pena o construir de nuevo la vida; sentirnos víctimas o mirar hacia adelante con confianza. El pasado ya no puede cambiar. Es nuestra vida de ahora la que podemos transformar. Reiniciar las actividades abandonadas; proponernos vivir una hora, esta tarde, un día, sin mirar, cada vez, con angustia todo lo que nos espera.
Tal vez, por dentro se nos acumulan toda clase de sentimientos cuando recordamos al ser querido. Momentos de gozo y de plenitud, recuerdos dolorosos, heridas mutuas, penas compartidas, proyectos que han quedado a medias. Cómo ayuda entonces poder comunicar lo que se siente a una persona amiga; poder llorar con alguien que comprende nuestro dolor.
Puede brotar también en nosotros el sentimiento de culpa. Ahora que hemos perdido a esa persona, nos damos cuenta de que no la hemos comprendido, que la podíamos haber querido mejor. No es justo torturarnos ahora por errores cometidos en el pasado. Sólo sirve para deprimirnos. Es verdad que nuestro amor siempre es imperfecto. Ahora lo importante es aprender a perdonarnos a nosotros mismos y sentirnos perdonados por Dios.
A veces no es fácil recuperarse. La ausencia del ser querido nos pesa demasiado, y la tristeza y el desconsuelo se apoderan de nosotros una y otra vez. Puede ser el momento de acudir a la propia fe. Desahogarse con Dios no es pecado. Dios no rechaza nuestras quejas. Las entiende. Cuántos creyentes han encontrado de nuevo la fuerza y la paz en esa oración. «No sé lo que hubiera hecho si no hubiera tenido fe»; «Dios me está dando la fuerza que necesito.»
El evangelista Lucas nos describe una escena conmovedora que invita a despertar nuestra fe. Al acercarse a la pequeña aldea de Naím, Jesús se encuentra con una viuda que ha perdido a su hijo único al que llevan a enterrar. Al verla, Jesús se conmueve. Y de sus labios salen dos palabras que hemos de escuchar desde lo más hondo de nuestro ser como venidas del mismo Dios: «No llores.»
PAGOLA-2.Pág. 77 s.
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