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HOMILÍAS PARA EL CICLO C DE LA FIESTA DE LA ASCENSIÓN
(1-11)
1. CIELO/SUBIDA.
* "Subió al cielo": Nuestra fe en la ascensión de Jesús a los cielos es hoy una fe combatida. De una parte el hombre, engreído por los avances indiscutibles de su técnica, puede llegar a pensar que ya tiene el cielo al alcance de su mano y que no hay otro cielo que éste.
No hace mucho las cosas eran un poco más claras, o menos oscuras, para la gente sencilla: allá arriba, por encima de nosotros, estaba el cielo, y acá abajo la tierra. El cielo era inaccesible y, por eso, parecía más hermoso. Cuando las madres querían hacer una gracia a sus hijos, les daban un par de besos y les decían: "¡eres un cielo!"; cuando los novios necesitaban una palabra para describir su felicidad recurrían a "la luna de miel", y no digamos nada de los poetas románticos... También los cristianos comprendían mejor aquello de "subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre". Porque allá arriba en el cielo, donde está Dios, estaba también Jesús resucitado en cuerpo y alma.
* ¿Qué significa esto?: No podemos ser injustos con los que nos precedieron en la fe y juzgar ingenuamente su ingenuidad. Cuando Lucas escribe que los discípulos vieron a Jesús "levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista" o que "mientras los bendecía, se separó de ellos (subiendo hacia el cielo)", no hace otra cosa que poner al servicio de la proclamación del mayor misterio las cosas más hermosas, más deseadas y más inaccesibles para los hombres de aquel tiempo. Pero es evidente que una cosa es el misterio y otra muy distinta la forma literaria de proclamarlo y los símbolos que utiliza.
Desde que los cristianos confiesan a Dios "creador del cielo y de la tierra", saben que Dios no está ni en el cielo ni en la tierra y que transciende su propia obra. Aunque sí está presente, sin duda alguna, en el cielo de los niños, de los poetas, de los enamorados, de los que padecen hambre y sed de justicia, es decir, en el corazón del hombre -y aquí, una vez más, no en el corazón que trasplantamos, sino en la más profunda intimidad de nuestra esperanza... Subir al cielo es entonces recorrer el camino de la esperanza, llegar hasta el fondo de las auténticas aspiraciones humanas. Para vislumbrar la venida del Señor sobre las nubes del cielo, es preciso que el hombre aprenda a sumergirse de nuevo en la hondura de su corazón. Para que el Señor se manifieste a todos en su día, es preciso que todos se congreguen, solidariamente, a impulsos de esta esperanza.
* La trampa del progreso: La fe en la ascensión del Señor y en su venida es también hoy una fe combatida, porque la auténtica esperanza ha sido sustituida por la trampa del progreso y de las expectativas razonables. El hombre siente la angustia de otras fronteras y se ve encerrado en la prisión de su propia técnica.
Se planifica el nacimiento, se programa la educación, se racionaliza el trabajo, se nos dice lo que tenemos que consumir, y se nos convence de que no existe más futuro que lo que resulta de las estructuras de nuestra sociedad. Se mata, en consecuencia, la esperanza, se castra la fantasía y se recorta la libertad.
Pero sin esperanza, sin fantasía y sin libertad no podemos ascender al cielo en el que soñamos cuando, a pesar do todas las "drogas", seguimos despiertos. Nos quedamos de nuevo encerrados en los pequeños paraísos que podemos alcanzar a corto plazo ahorrando fatigosamente algunas monedas: el coche, la tele en color, un piso más confortable y unas estupendas vacaciones... Las montañas de nuestras ascensiones mezquinas están en los escaparates.
* La liberación del hombre: Para escapar de esta trampa se anuncia hoy a los hombres el evangelio de la ascensión de Jesús a los cielos. La ascensión es lo imposible que amplía hasta el infinito nuestras posibilidades. Es el misterio que pone en entredicho todas nuestras razones. Es el fundamento de una esperanza invencible. Significa que el hombre es más que el hombre y, por supuesto, más que el sistema. Creer en la ascensión del Señor es un acto de rebeldía contra todos los señores de este mundo y contra lo que pretende domesticar a los hombres. Es un acto de libertad.
Pero es también una responsabilidad. La ascensión del hombre es la ascensión de su mundo y de la sociedad en que vive. Jesús subió al cielo llevando consigo parte de este mundo, coronó con su gloria nuestra carne y nos sentó con él a la diestra del Padre. Nuestra misión es ahora dar alcance al que ha recorrido ya toda nuestra esperanza, es sacar adelante la esperanza del mundo.
Porque la creación entera gime y está en dolores de parto hasta que se manifieste la gloria de los hijos de Dios. Ascender como Jesús no es abandonar el mundo, sino llevar al mundo a su perfección. La ascensión no es tampoco un arrebato místico y espiritualista que nos aleje de los hermanos, sino un compromiso con los hermanos para construir junto con todos la fraternidad.
EUCARISTÍA 1988, 23
2. COSMOS-JUDIO.
El evangelio de Lucas termina con la misma escena con que comienza el libro de los Hechos. "Lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista". "Y mientras los bendecía se separó de ellos (subiendo hacia el cielo)". En otras ocasiones hemos explicado cómo cuando se habla de "ascender", "levantarse" o "sentarse a la derecha", se está utilizando un lenguaje espacial que corresponde a una visión del mundo superada por la ciencia. Nosotros sabemos que el cosmos no está dividido en tres pisos, como creían loa antiguos, siendo el piso de arriba, cielo o firmamento, el lugar de la presencia de Dios. Tenemos que esforzarnos en descubrir qué mensaje se nos quiere transmitir como testimonio de fe y diferenciarlo del esquema cósmico utilizado.
J/SEÑOR. En la segunda lectura, Efesios, se pide que Dios nos ilumine para comprender su fuerza "que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia, como cabeza, sobre todo..." Para transmitirnos lo que el Padre obró en Jesús, el Nuevo Testamento utiliza dos esquemas: resurrección (antes muerto, ahora resucitado) y exaltación (antes humillado, ahora exaltado).
Ambos esquemas nos transmiten el mismo hecho desde puntos de vista peculiares. Pues bien, el lenguaje y la fiesta de la Ascensión pertenece a este último grupo de consideraciones. Nos dice lo mismo, alude al mismo hecho que cuando hablamos de resurrección, pero con un matiz propio: Jesús ha vuelto al Padre, ha sido exaltado, y desde ahora es el único Señor. Es un grito de gozo y de liberación.
Porque no hay más señores en la comunidad cristiana. La comunidad cristiana experimenta el radical señorío de Cristo. Nadie lo sustituye. No es un recuerdo nostálgico, sino una presencia real, transformadora, soberana, liberadora. Sólo en su nombre existe la Iglesia. Sólo El es su cabeza. Esta experiencia no se puede sustituir, ni ningún ministerio en la Iglesia puede hacernos olvidar que el clamor que nos congrega es que Jesús es el Señor. Cuando una comunidad cristiana no está reunida bajo este radical dominio, no hay organización por perfecta que sea que sustituya esta carencia.
-EL SEGUIMIENTO DE JESÚS: SGTO/MISION: Pero el lenguaje de la Ascensión -una nube se lo quitó de la vista... ¿qué hacéis ahí plantados?- sigue diciendo que Cristo Señor se hace presente como el ausente. Es decir, que comienza la misión de sus discípulos. Al insistir en la ausencia visible de Cristo se nos orienta hacia el cómo de la misión de los discípulos, se remite al camino del Jesús histórico. El resucitado envía a sus discípulos, no los sustituye. Hablar de Cristo Señor no es hablar de los cristianos o de la Iglesia como "señores", al contrario, significa confesar que tiene sentido seguir su mismo camino hasta la cruz. Los cristianos vivirán todavía la imagen de Siervo. Por eso, cuando se trata de reemplazar a Judas, Pedro pide que se elija a alguien "de entre los que convivieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús vivió con nosotros".
"Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo?" No se puede vivir del recuerdo de Jesús. Se concede el Espíritu para vivir su misma apuesta histórica. No es sólo Jesús nuestra esperanza, sino que se hace necesario vivir la esperanza de Jesús. "A otros ha salvado y no puede salvarse a sí mismo". Como de Jesús en vida, también podrá decirse esto de los cristianos, al seguir en forma de Siervo el camino histórico de Jesús. La gran tentación de la Iglesia será siempre adelantar el final, el "eschaton", porque Cristo ya ha llegado a él, evadiendo así el camino de la paciencia histórica y de la cruz.
-VEN, SEÑOR JESÚS. El cristiano sigue a Jesús, anuncia y construye el Reino, con su mejor voluntad y un deseo grande de que llegue a plenitud. Pero después de haber hecho todo lo posible, sabe que todo queda por hacer... Y le invade la santa nostalgia del futuro (no del pasado), de que El vuelva. Ven, Señor Jesús. Una misión comenzada bajo la confesión de Jesús como el Señor, se alimenta con la esperanza de la futura venida del Señor Jesús.
ESPERA/ESPERANZA:EP/ESPERA: No es lo mismo esperar que tener esperanza. La comunidad cristiana no espera como quien hace balance del pasado y del presente para vislumbrar el futuro, sino que tiene la sensación de ser esperada, de vivir para una cita, de ser llamada a tener esperanza. Y esta esperanza trasciende, va más allá de todo cálculo, de toda contabilidad sobre las posibilidades del pasado y del presente (aunque las integra como signos irrenunciables).
Es el Espíritu Santo, no el espíritu del pasado ni el espíritu del mundo, el que abre cada instante, cada acontecimiento, a un futuro de esperanza. Cada hombre, cada situación, están abiertos a la esperanza, están abiertos a un futuro. Estar en la esperanza no es programar, ni calcular, sino tener a Cristo no sólo como el punto de partida, el motivo de nuestra vida, sino también como la meta a que tendemos, Ven, Señor, Jesús.
"El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo" (/Rm/15/13). Lo que caracteriza al cristiano es la esperanza. Los sin esperanza son los sin Dios. Vivir en cristiano es dar razón de nuestra esperanza.
JESÚS
M. ALEMANY
EUCARISTÍA 1986, 28
3. H/DIGNIDAD
Desde el domingo de Resurrección, la Palabra de Dios proclamada en la celebración viene desgranando ante nuestro ojos atónitos las riquezas de ese hecho central para la vida cristiana que nuestra contemplación nunca conseguirá agotar. Bajo la metáfora de la ascensión de Jesús al cielo, la iglesia nos invita a que celebremos llenos de gozo un nuevo aspecto de la fiesta de la Pascua: la glorificación de Jesucristo, el Resucitado, con la vida misma de Dios, el Padre de la gloria. Dicho con otras palabras, también figuradas, porque para hablar de Dios no disponemos de otros términos que los símbolos: la fiesta de la Ascensión nos invita a confesar nuestra fe en el Resucitado, proclamando y celebrando que "está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso".
-De la ausencia de Jesús a la presencia del Señor glorificado. El relato de la Ascensión en el evangelio de Lucas expresa con toda claridad un aspecto del misterio pascual que celebramos en la fiesta de hoy. Es el final de la vida terrena de Jesús. En la Pascua, el Señor se ha separado de los suyos. Ya no será posible la experiencia que los discípulos tuvieron de la proximidad inmediata y tangible de Jesús, ni siquiera esa otra experiencia -de otro orden ya y ciertamente misterioso- que han tenido con las apariciones del Resucitado al que han visto y palpado y con el que se han podido sentar a la mesa para compartir con él el pan y el pescado.
La fiesta de la Ascensión contiene como una cara de su contenido el ausentarse de Jesús que se separa de los suyos. Es lo que canta Fray Luis de León en su preciosa oda: "Y dejas, Pastor Santo, / tu grey en este valle /hondo, oscuro / con soledad y llanto..." En la Pascua a los discípulos les ha sido arrebatado el Maestro.
Pero el resultado de esta separación "según la carne" no va a ser la pura y simple ausencia. Jesús es elevado al cielo para ser entronizado junto a Dios. Para compartir su gloria y su poder sobre todas las cosas, para recibir un nombre sobre todo nombre. La nube que envuelve a la divinidad para los ojos humanos, lo oculta a los ojos de los discípulos. Pero el Espíritu que el Señor glorificado envía a los suyos, les va a dotar de unos nuevos ojos, los ojos de la fe, que les permiten confesarlo como Señor presente en sus vidas. Por eso los discípulos "se vuelven a Jerusalén llenos de gran alegría". El nuevo conocimiento de Jesucristo que les ha proporcionado la experiencia del Resucitado les asegura que Jesús, sentado a la derecha del Padre, lleno de gracia y de verdad, vive la misma de Dios y ha entrado a tomar parte de su hoy eterno que le permite estar presente de una forma nueva, con los suyos, todos los días hasta la consumación del mundo.
-Desde la Ascensión del Señor, algo de nosotros está ya en el cielo. Como todos los misterios de la vida del Señor, la Ascensión no sólo nos revela quién es Dios. Nos desvela también la profundidad y la altura de nuestra condición humana. En la glorificación de Jesús, la humanidad ha sido investida con la dignidad misma de Dios. El, que siendo de condición divina no se avergonzó de llamarse nuestro hermano, abre con su glorificación el horizonte, hasta ahora insospechado, de "esa nueva esperanza a la que nos llama".
El, que siendo rico por nosotros se hizo pobre, nos comunica los tesoros de "la riqueza de gloria que da en herencia a los santos". Desde la glorificación de Jesús, la vida de los que creemos en él está toda traspasada por la esperanza anhelante de su venida: "el mismo Jesús... volverá como le habéis visto marcharse".
Por eso la vida del hombre, hasta ahora sólo habitada por "la nostalgia de lo totalmente otro" que la convertía en destierro de un paraíso añorado, a partir de la Ascensión se convierte en peregrinación hacia una patria a la que esperamos llegar con segura confianza.
-"Vosotros sois testigos de esto". Pero el tiempo de la Iglesia que inaugura la Ascensión no se reduce ni a nostalgia ni a espera inactiva: "¿Qué hacéis mirando al cielo?" Animados por el Espíritu, estamos llamados, somos enviados a dar testimonio y razón de la esperanza con que hemos sido agraciados para preparar en nuestro mundo las condiciones del Reino de nuestro Señor.
JUAN
MARTIN VELASCO
MISA DOMINICAL 1989, 10
4.
-ASCENSIÓN, DESARROLLO DE LA PASCUA: PAS/ASC:
Hicieron bien en situar en un domingo de Pascua la fiesta de la Ascensión del Señor. Así se ve que no es una fiesta aparte, preocupada de la cronología histórica, sino algo que pertenece y es el desarrollo de la misma Pascua que estamos celebrando desde hace seis semanas.
Lucas -éste es su año- nos cuenta dos veces la escena. Una, como final del evangelio, y otra como inicio de su libro de los Hechos, la historia de la Iglesia. Y es que la Ascensión es el entronque: el punto de llegada de la vida de Jesús y el punto de partida del tiempo de la Iglesia. En el evangelio ha ido contando Lucas cómo Jesús, desde Galilea, sube hasta Jerusalén, donde vive intensamente su muerte y su glorificación. Luego, desde Jerusalén empieza el gran camino de la Iglesia, que tiene que llevar su testimonio a todo el mundo. Ahora la meta simbólica será Roma. La homilía podría seguir este esquema: el triunfo de Jesús y el inicio de la misión eclesial. Triunfo y tarea.
-JESÚS HA CUMPLIDO
Nos alegramos por el triunfo de Jesús. Después de cumplir su misión -la voluntad del Padre que le ha encomendado la salvación del mundo a través de su entrega total-, ahora es glorificado y constituido Señor sobre todo el mundo y Cabeza de la comunidad eclesial (lectura segunda): "el Padre ha desplegado la eficacia de su fuerza poderosa en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo".
En la homilía el presidente puede ya anticipar los títulos de Jesús que luego proclamará con énfasis en el prefacio: "el Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado y la muerte, mediador entre Dios y los hombres, juez de vivos y muertos". La homilía -y toda la celebración, con cantos y textos- debe transpirar admiración y alegría por esta victoria de Cristo.
-AHORA NOS TOCA A NOSOTROS
Pero la fiesta de hoy apunta también a la Iglesia, que no se puede quedar "mirando al cielo", sino que recibe el encargo de "quedarse en la ciudad" y continuar la misión de Jesús, hasta que vuelva y se manifieste en gloria. El encargo es: ser testigos, predicar la buena noticia, celebrar los sacramentos... Para que la comunidad -nosotros- podamos cumplir bien esta no fácil misión, hay dos "ayudas" fundamentales.
a) J/AUSENCIA-PRESENCIA:AUSENCIA/PRESENCIA/J: El mismo Cristo Jesús está con nosotros; su subida al cielo y su glorificación no son ausencia total. Si entendiéramos bien la Ascensión veríamos que no es misterio de ausencia, sino de presencia profundamente universal: "yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (antífona de comunión), porque como dice el prefacio, "no se ha ido para desentenderse de este mundo". El Señor Jesús, ahora en su existencia glorificada, está presente y activo en todas partes, como protagonista de la salvación. Nosotros "colaboramos" con El.
b) Pero además nos ha dado su Espíritu, otro protagonista invisible, pero realmente presente. Jesús da el encargo misionero ligado a la promesa y a la donación de su Espíritu, que es el que da fuerza, luz y eficacia. Es lo que gozosamente recordaremos de modo especial el domingo que viene.
-ALEGRÍA Y ESPERANZA
Hoy cabe acentuar el tono de esperanza y optimismo que la Pascua y la fiesta de la Ascensión nos quieren comunicar.
Cristo no ha triunfado solo. De su victoria ya participamos todos: "la Ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria" (ASC/VICTORIA:colecta), "nos das ya parte en los bienes del cielo", "en Cristo nuestra naturaleza humana ha sido enaltecida y participa de su misma gloria" (poscomunión), "ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino" (prefacio), "para hacernos compartir su divinidad" (prefacio segundo).
Lucas resume así la actitud de los primeros cristianos, a pesar de la "ausencia" de la Ascensión: "ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría" (evangelio). Hoy es la fiesta de la esperanza. Es verdad que también lo es de nuestro compromiso y de la tarea encomendada, pero prevaleciendo el tono de la cercanía de Cristo que nos ayudará en el empeño. Sería bueno nombrar a la Virgen Madre, al final del mes tradicionalmente dedicado a ella. María ha sido -también en esto- la "primera cristiana", la que más de cerca ha seguido a Cristo en el camino de la cruz y en su triunfo. Ella, además, ya participa, por la Asunción, de la victoria de su Hijo en cuerpo y alma.
Todo será poco para que la celebración de hoy logre comunicarnos la esperanza de la Pascua: "que el Señor ilumine vuestros ojos para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama" (lectura segunda).
Y en medio, la Eucaristía. Esta comunidad de Jesús que somos nosotros, en tensión entre la "despedida" de Jesús y su "vuelta" gloriosa final, vamos viviendo nuestra fe y nuestra misión apoyados por la Eucaristía: "cada vez que comáis... proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva" (1 C 11, 26). En cada Eucaristía recordamos la Pascua de hace dos mil años. Adelantamos la Pascua final de la historia. Pero sobre todo participamos de la Pascua actual, con la que el Señor Glorioso nos quiere llenar de su Vida y su Alegría.
J.
ALDAZABAL
MISA DOMINICAL 1992, 8
5.
«Aquí vino y se fue»
Una de las poesías más conocidas de Fray Luis está dedicada a la Ascensión: «Y dejas, Pastor santo, tu grey en este valle hondo, escuro». Es una poesía que refleja la tristeza de aquellos discípulos que ven cómo una «nube envidiosa» les priva «deste breve gozo» de la presencia de Jesús y se preguntan: «¿Qué norte guiará la nave al puerto?». Para exclamar finalmente: «¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!».
Sin entrar en la valoración literaria de esta poesía confieso que me gusta más otra, dedicada a la Ascensión, y menos conocida, de León Felipe: «Aquí vino y se fue. Vino..., nos marcó una tarea y se fue. Tal vez detrás de aquella nube hay alguien que trabaja, lo mismo que nosotros, y tal vez las estrellas no son más que ventanas encendidas de una fábrica, donde Dios tiene que repartir una labor también. Aquí vino y se fue. Vino..., llenó nuestra caja de caudales con millones de siglos y de siglos; nos dejó unas herramientas..., y se fue. Él, que lo sabe todo, sabe que estando solos, sin dioses que nos miren, trabajamos mejor. Detrás de ti no hay nadie. Nadie. Ni un maestro, ni un amo, ni un patrón. Pero tuyo es el tiempo. El tiempo y esa gubia con que Dios comenzó la creación».
Los dos relatos de la ascensión, escritos por Lucas, que hoy hemos escuchado, no reflejan ciertamente esa tristeza que impregna la poesía de Fray Luis. Incluso, paradójica y sorprendentemente, nos dicen que los discípulos, después de haber recibido la última bendición de Jesús, "se volvieron a Jerusalén con gran alegría y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios». Los relatos no reflejan la soledad y la nostalgia, estériles, de los discípulos, subrayadas por Fray Luis, sino todo lo contrario: la conciencia de que han recibido una misión que tienen que realizar en la fuerza del Espíritu y por la que deben ser testigos de Jesús en Jerusalén y hasta los confines del mundo.
Es significativa la introducción de los Hechos de los apóstoles, que están dedicados a un tal Teófilo -que no sabemos quién es-: «En mi primer libro escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando..., movido por el Espíritu Santo». Lucas no especifica en concreto lo que va a relatar en su segundo libro, los Hechos de los apóstoles. Pero su contenido no deja lugar a dudas: en este segundo libro se nos narra lo que los seguidores y testigos de Jesús «fueron haciendo y enseñando», también «movidos por el Espíritu Santo», que Jesús había prometido: «La promesa de mi Padre de la que os he hablado». Jesús les había dicho: «Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén... y hasta los confines del mundo».
Por eso podemos decir, en ese recorrido por las figuras de la resurrección que hemos hecho estos domingos de pascua. que la figura de hoy es la comunidad de creyentes que surge en la ascensión y que va a nacer el día de pentecostés, que celebraremos el domingo próximo. Precisamente Pablo hablaba también hoy de la Iglesia, depositaria de ese Cristo, bajo cuyos pies Dios ha puesto todo: «Ella -la Iglesia- es su cuerpo, plenitud del que acaba todo en todos». Si hoy, veinte siglos más tarde, con sus luces y sus sombras, sigue adelante la causa de Cristo, es porque aquel puñado de hombres no se quedaron «plantados mirando al cielo», sino que «se quedaron en la ciudad» de los hombres y fueron haciendo y enseñando todo lo que había hecho Jesús, movidos por el Espíritu Santo.
Hay un gesto entrañable en el evangelio de hoy: nos dice que Jesús, al dejar a los discípulos «los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos». Algún comentarista subraya cómo esta bendición es similar a otras de despedida del Antiguo Testamento. Pero puede recordarse también otra bendición, al primer hombre y la primera mujer, que el Génesis sitúa al comienzo de la historia humana: «Yavé Dios los bendijo y les dijo: "Creced, multiplicaos, llenad la tierra"».
Ahora, cuando comienza la nueva creación, una nueva historia de la humanidad, el Señor Jesús, la palabra de Dios en la que todo fue creado y se hizo hombre entre los hombres, pronuncia una nueva palabra de bendición sobre aquel puñado de discípulos que permanecen en la ciudad de los hombres y han recibido la misión, movidos por el Espíritu -ese Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas de un mundo a punto de nacer- de ser testigos el Resucitado.
Los especialistas han especulado sobre quién es ese Teófilo, al que Lucas dedica sus dos libros. Se ha dicho que se trataba de un cristiano al que el evangelista dedica su obra, quizá por haberle pagado los gastos del pergamino o por otros servicios prestados a la Iglesia. Alguien ha comentado también que Teófilo significa en griego «el amado por Dios», y que se trata de una dedicatoria, colectiva y simbólica, a todos los cristianos que son «amados por Dios».
Si tomamos esta interpretación, podemos decir que la obra de Lucas se dedica a todo cristiano de ayer y de hoy, a todos los que, a través de Jesús, nos sentimos amados por Dios. Con esta interpretación podemos decir que las figuras de la resurrección de hoy no son sólo los miembros de la comunidad primera de creyentes, sino que somos también cada uno de nosotros: tú y yo, todos los que estamos hoy aquí, «amados de Dios», a quienes se nos dirige este mensaje.
San Ignacio decía que había que actuar en la vida como si todo dependiese de nosotros, para acabar finalmente poniendo toda nuestra confianza en Dios. Es la misma idea de la poesía de León Felipe: «Aquí vino y se fue»; ha estado entre nosotros un hombre maravilloso, que era al mismo tiempo la revelación del Dios al que nadie ha visto jamás y la revelación del misterio del hombre, que tanto nos cuesta descubrir.
«Vino y se fue»: después de habernos marcado una maravillosa tarea, la de repetir sus palabras y sus hechos a los hombres de nuestro tiempo, la de ser sus testigos en la ciudad. Sabemos que detrás de esa nube hay Alguien que ha prometido estar con nosotros hasta el fin de los tiempos; que las estrellas, la vida, la bondad del corazón humano... son como las ventanas encendidas a través de las que sabemos que él sigue estando vivo entre nosotros.
«Vino y se fue»: dejándonos la caja de caudales llenas con un mensaje de millones de siglos, que durará siempre; unas herramientas que no se han quedado viejas a pesar de los veinte siglos transcurridos. El sabe que trabajamos mejor si la responsabilidad y la libertad están en nuestras manos. Puede ser verdad que ya no haya detrás de nosotros ni un amo ni un patrón, porque Dios respeta hasta lo último nuestra libertad. Pero no es verdad que no haya un maestro: él sigue vivo, actuando en el corazón de los hombres, siendo nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida.
Pero nuestro es el tiempo; de nosotros depende hoy la causa de Jesús que nos ha encomendado su misión, movidos por el Espíritu. Nuestro es el tiempo y la misma gubia, ese instrumento de carpintero -y Jesús lo fue- con el que Dios comenzó su creación y que ahora está ya en nuestras manos.
Por eso en este domingo, en que se cierra la pascua cristiana, la figura de la resurrección ya no son ni las mujeres, ni Magdalena, ni Tomás, ni Pedro, ni Juan..., ni el mismo Cristo. Hoy estamos en el centro todos nosotros, los que formamos el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Cada uno de nosotros tiene algo de Magdalena, de Pedro, de Tomás... Y, sobre todo, cada uno de nosotros, tiene algo de Cristo. Hoy se apaga definitivamente el cirio pascual, símbolo del Resucitado. Somos nosotros, «amados de Dios», los que tenemos que repetir, movidos por el Espíritu, lo que aquel maravilloso hombre dijo, que «vino, nos marcó una tarea y se fue».
«Decíamos ayer»: fueron las palabras de Fray Luis, después de años de cárcel y persecuciones, al volver a su cátedra. Ese «decíamos ayer», preñado de perdón y grandeza de corazón, es una espléndida muestra de aquel que fue también testigo de la resurrección.
JAVIER
GAFO
DIOS A LA VISTA
Homilías ciclo C
Madris 1994.Pág. 173 ss.
6.
1. «Mientras los bendecía, se separó de ellos»
Lucas nos cuenta hoy, al final de su evangelio y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, la ascensión del Señor: en el evangelio con una mirada retrospectiva que conduce al mismo tiempo a la misión en el futuro; y en los Hechos de los Apóstoles, eliminando las falsas concepciones para hacer sitio a la futura misión de la Iglesia. En el evangelio el Señor remite a la quintaesencia de la Sagrada Escritura: la pasión y la resurrección del Mesías, y esto es lo que se anunciará de ahora en adelante a todos los pueblos. Los discípulos han sido y siguen siendo los testigos oculares de esta quintaesencia de toda la revelación, y esta gracia única («¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros véis!») los convierte en los «testigos» privilegiados. Pero el testigo principal es el propio Dios, su Espíritu Santo, que conferirá a sus palabras humanas «la fuerza de lo alto». Los discípulos han de esperar a este Espíritu de Dios, de modo que su misión exigirá una obediencia permanente al Espíritu Santo. La ascensión de Jesús hacia el Padre está precedida de una bendición final que envuelve a todo el futuro de la Iglesia, una bendición cuya eficacia durará siempre y bajo la que hemos de poner toda nuestra actividad.
2. «Mis testigos hasta los confines del mando».
La primera lectura, el comienzo de los Hechos de los Apóstoles, elimina las limitadas expectativas de los discípulos, que siguen esperando todavía la restauración del reino de Israel, y amplía expresamente el campo misionero de la Iglesia, que parte de Jerusalén, pasa por Judea y el país herético de Samaría, y llega hasta los confines de la tierra. La reconciliación operada por Dios en Cristo afecta al mundo entero, todos los pueblos han de conocerla. Los apóstoles no hacen propaganda de una religión determinada, sino que anuncian un acontecimiento divino que concierne a todos desde el principio, que de hecho ya les ha afectado, lo sepan o no. Pero todos deben conocerlo, pues entonces podrán poner su vida bajo esta nueva luz que le da sentido y ordenarla en consecuencia. La universalidad de la verdad de Cristo exige que su verdad objetiva sea afirmada también subjetivamente por los hombres. Afirmada o negada, rechazada: lo que es también una forma de ser conocida.
3. «Un camino nuevo y vivo a través de la cortina».
La segunda lectura subraya el carácter único y definitivo del acontecimiento de Cristo. Si este acontecimiento fuera repetible, no tendría una validez universal. La Antigua Alianza estaba bajo el signo de la repetición, porque la ofrenda de la sangre de los animales no podía producir una expiación definitiva ante Dios; pero la autoinmolación de Jesús fue tan irrepetible y suficiente que en virtud de ella podemos entrar en el santuario de Dios a través de la cortina, que anteriormente era siempre un elemento separador: lo que parecía separarnos de Dios, nuestra carne mortal, se ha convertido precisamente, con la ascensión de Cristo, en lo que ha penetrado hasta el Padre, ha purificado nuestra «mala conciencia» y nos ha dado «la firme esperanza que profesamos» en la «fidelidad» de Dios, ahora definitivamente demostrada.
HANS URS von
BALTHASAR
LUZ DE LA PALABRA
Comentarios a las lecturas dominicales
A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág.
250 s.
7. Y FUI TAN ALTO..., TAN ALTO...
No era un fácil juego de palabras, una reiterada acumulación de paradojas, lo que San Juan de la Cruz hacía en sus «coplas a lo divino» para explicar cómo el alma puede «ascender a Dios». No quería confundirnos cuando aseguraba:
«Cuanto
más alto llegaba desde trance tan subido,
tanto
más bajo y rendido, y abatido me hallaba;
Dije:
«No habrá quien alcance»; y abatíme tanto, tanto,
que
fui tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance».
No. No quería embarullarnos. Cuando uno se adentra en el lenguaje y la experiencia cristiana, termina constatando que «se llega tan alto», «cuanto más bajo y rendido y abatido se halla». O con otras palabras: se consigue «la ascensión», mediante el «descenso». Ese podría haber sido igualmente el título de esta glosa: «Ascensión igual a descensión». Ese fue el camino de Jesús. Y deberá ser también el nuestro.
EL CAMINO DE JESÚS.-Hoy San Lucas se esmera en relatarnos por partida doble -final de su evangelio, principio de los Hechos-, que Jesús fue elevándose a los cielos. Y en la lectura de Pablo, se remata la idea de que, ya para siempre, está allá «a la derecha de Dios Padre». En el lugar que le corresponde, tal como lo había dicho Jesús: «Llega el tiempo en que el Hijo será glorificado por el Padre». Pero todo el evangelio y toda la doctrina paulina aseguran claramente que esa «suprema gloria» llegó a través del «supremo abatimiento»: «Se rebajó hasta someterse a la muerte...; por lo cual Dios le exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre». En otro lugar dirá Pablo: «Se anonadó». Y cualquiera de nosotros puede confeccionar fácilmente un ramillete de hechos y expresiones de Jesús con ese ritornello: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere...; pero si muere...». O: «El que se humilla será ensalzado». Sí. El camino de Jesús es ése. Basta verle «nacer en un establo, porque no había sitio para ellos en la posada». Que quede, pues, claro. Hoy celebramos la Ascensión del Hijo del Hombre. Pero, a lo largo de todo el año, la liturgia suele andar describiéndonos la «descensión» del Hijo de Dios.
EL CAMINO NUESTRO.-No puede ser otro. Esos dos ángeles que se aparecen a los Apóstoles, que se habían quedado extasiados contemplando las alturas, nos trazan ya el camino a seguir: «¿Qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?»
El cristiano no ascenderá nunca por medio de mágicos vuelos espaciales, por actitudes estáticas que conlleven la inhibición y la evasión de lo que debe ser compromiso temporal. El cristiano, igual que Jesús, «subirá, bajando». Bajando al campo de su trabajo, refinado o humilde, de cada día. Bajando a la actitud de servicio constante hacia todos los hermanos, principalmente los más necesitados. Bajando a la sencillez de saber, muy bien sabido, que «somos siervos inútiles» y que, si algo hacemos, no hacemos nada más que «lo que teníamos que hacer». Sí, ascendemos, bajando. Bien claro lo expresó el Señor, inmediatamente después de haberles lavado los pies a sus discípulos: «Si yo, que soy el maestro, os he lavado los pies a vosotros, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros».
En una palabra: no se puede estar «a la luna de Valencia». Cada día tendremos que poner las manos en la tarea que nos espera. No vaya a ser que vengan dos ángeles vestidos de blanco que nos digan: «¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?»
ELVIRA-1.Págs. 223 s.
8.
Frase evangélica: «Mientras los bendecía, se separó de ellos»
Tema de predicación: LA ASCENSIÓN DE JESÚS
1. La Ascensión de Jesús ocupa un primer plano en Lucas: Jesús sube a Jerusalén (final del evangelio) y a la gloria (comienzo de los Hechos). Al situar la Ascensión en los comienzos de la Iglesia, se quiere manifestar una plenitud: el banquete de paz, las nupcias de amor y el reino de justicia. La Ascensión es misterio u objeto de fe, no hecho histórico comprobable. Evidentemente, sube quien antes ha bajado. Así se muestra que Jesús bajó a este mundo y que ha ascendido como Cristo glorioso. El final continuo es la glorificación o la gloria, que es experiencia de Dios y culminación de felicidad. Evidentemente, entre la bajada y la subida se desarrolla la acción de Jesús, que pretende implantar el reino. La Ascensión del Señor es expresión de su glorificación, complemento de la resurrección. Al encarnarse, Jesús descendió; justo es que al final de su vida ascienda. Pero también se relaciona la Ascensión con la parusía al final de los tiempos: es un preámbulo de su último retorno. Ha subido a prepararnos una morada. San Pablo subraya el aspecto cósmico de la Ascensión, ya que Jesús goza de un señorío universal.
2. La tentación de los discípulos es doble: el regreso estéril al pasado o la contemplación quimérica del cielo. Los discípulos quedan en la Ascensión como Iglesia que edifica el reino (con el Espíritu), sin evasiones de la realidad humana (con compromiso), esparcidos por el mundo (con testimonio) y con encuentros periódicos de reunión (en comunidad). A menudo hemos desnaturalizado el cielo, al considerarlo de modo espacial (de cosas y no de personas), totalmente inmóvil (sin dinamismo), predominantemente individual (sin comunidad) y acentuadamente espiritual (sin creación transformada). Jesús nos dio las mejores imágenes del cielo al compararlo con un banquete de bodas (abundancia y calidad) ofrecido a los pobres (con gratuidad) como reino o estado pleno de justicia (sin dolor, ni lágrimas, ni muerte).
3. De un modo popular, en las primeras páginas de la Biblia se afirma que la morada de Dios es el cielo, y la de los hombres la tierra. Por eso Dios «baja» del cielo y «sube» a dicho lugar. Todo lo que procede de Dios, como su Palabra y su Espíritu, recorre el mismo camino. Por el contrario, el ser humano es incapaz por sí mismo de subir al cielo, y los que se atreven a intentarlo cometen un acto de orgullo o de insensatez. Sólo los elegidos, como Enoc o Elías, son capaces de subir con el favor divino. La Carta a los Hebreos muestra que los cristianos subirán también un día, como Cristo, en un éxodo final.
REFLEXIÓN CRISTIANA:
¿Qué significado tiene para nuestra vida «descender» y «ascender»?
¿Qué mensaje evangélico se desprende de la Ascensión?
CASIANO
FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág.
272 s.
9.
-Para recibir el Espíritu hay que estar en el lugar adecuado
El nombre de la fiesta de hoy, y el mismo hecho de la Ascensión del Señor, puede sugerir, de entrada, alejamiento entre él y nosotros. Puede sugerir que él se va y nos deja. En las lecturas vemos que se va y, como contrapunto, invita a los discípulos a quedarse, a no moverse: "No os alejéis de Jerusalén", "quedaos en la ciudad". Podríamos pensar que quizás el deseo de los discípulos era irse con él. Cuantas veces hemos pensado, también nosotros, que es mejor irse cuando hay problemas. Jesús expresamente les dice que no se muevan.
Y es que él no les deja. Lo que celebramos hoy no es una huida, una escapada de las cruces de este mundo que Jesús ya ha probado. Jesús no abandona el mundo que tanto ama. Pero ahora su presencia, su permanencia en este mundo es con el Espíritu, "el don que el Padre ha prometido", el Espíritu Santo que hará que los discípulos sean su Cuerpo.
La insistencia de Jesús, por tanto, a que los apóstoles no se muevan de la ciudad no es sólo una ironía, sino que es la reafirmación de su obra. El Hijo de Dios se ha encarnado para llevar a cabo la obra del Padre. Lo ha hecho haciéndose hombre por la acción del Espíritu Santo, viviendo así la realidad tal como es. Y esto, si se tiene que continuar, se debe hacer en la misma realidad, en el mismo lugar, en la misma Jerusalén de la pasión, muerte y resurrección. Será en Jerusalén donde ellos recibirán el Espíritu. La insistencia de Jesús preserva a los discípulos de la tentación de huida: ellos han sido testigos de lo que ha vivido Jesús; pueden pensar que ahora que ha resucitado ya está todo resuelto, que ya pueden instalarse en las cabañas en las que ya se querían quedar el día que lo vieron transfigurado en la montaña.
-"Dios asciende entre aclamaciones"
Vivido así, nosotros, con toda la Iglesia, aclamamos al Señor que ha llegado ya a la gloria a la que nosotros tenemos esperanza de llegar algún día. Por eso con el salmista hemos cantado y aplaudido. Por eso celebramos esta fiesta. Es como un grito de esperanza: sabemos que nuestra vida y la de este mundo tiene una finalidad: estamos abiertos al futuro. Sabemos, además, el camino que conduce allí: el camino de la Pascua, el camino que es él mismo. Un camino que tenemos que hacer nosotros y, al mismo tiempo, él hace por nosotros.
En este sentido, no tienen desperdicio las palabras de san Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura: "Que Dios ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos..."
-Mirar hacia arriba con los pies en el suelo
La fiesta de hoy nos dice que tenemos que mirar al cielo, pero también al mismo tiempo la realidad que nos rodea. Mirar hacia arriba con los pies en el suelo: Mirar arriba desde nuestra "Jerusalén", desde el lugar donde quizás nos toca sufrir, afrontar dificultades, cargar cruces. Así, será posible recibir el don del Espíritu Santo. Este Espíritu no lo podremos recibir si huimos de la realidad buscando soluciones fáciles, mágicas, esotéricas; no lo podremos recibir desentendiéndonos de los demás; no lo podremos recibir si permanecemos recluidos en nuestro interior espiritualista o en nuestras comodidades basadas en el dinero o el placer... Estas huidas son las del que mira hacia arriba sin tener los pies sobre la tierra. Pero tampoco lo podremos recibir si sólo miramos a la tierra, si no nos abrimos a la esperanza, si creemos que todo lo podemos hacer con nuestro propio esfuerzo, si permanecemos cerrados en el orgullo de creer que somos autosuficientes con la ciencia y la técnica (ciertamente necesarias, por otro lado...). Ésta es la actitud del que sólo mira a la tierra y no mira nunca el horizonte.
El próximo domingo celebraremos la fiesta de Pentecostés. Preparémonos esta semana haciendo un buen ejercicio de abrir el corazón al Espíritu desde las necesidades concretas que tenemos. Pidamos al Señor que nos envíe una vez más su Espíritu para continuar firmes en el camino de cada día.
EQUIPO-MD
MISA DOMINICAL 1998, 7, 27-28)
10.
Primera lectura: Hechos 1, 1-11 Se elevó a la vista de ellos.
Salmo responsorial: 46, 2-3.6-7.8-9 Dios asciende entre aclamaciones, el señor, al son de trompetas.
Segunda lectura: Efesios 1, 17-23 Lo sentó a su derecha en el cielo.
Evangelio: Lucas 24, 46-53 Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo.
Después de la muerte de Jesús solo hay un hecho central: la resurrección. Pero éste acontecimiento es tan profundo, que necesita ser asimilado por etapas. La experiencia que tuvo la Iglesia primitiva de la resurrección de Jesús fue tan rica que dejó muchas huellas de los intentos que hizo por explicarse a sí misma la profundidad del acontecimiento.
Podemos señalar algunas de estas &laqnoseñales» de esta reflexión: el hecho mismo de la resurrección, con el símbolo del sepulcro vacío; el hecho del dominio sobre la muerte, con el símbolo del descenso a los infiernos; el hecho de la transformación de la persona de Jesús, con el símbolo de que misteriosamente se hace presente en cualquier lugar; el hecho de la vida que sigue presente, con el símbolo de quien come y comparte con sus antiguos amigos; el hecho de la transformación o conversión que provoca en las personas, con el símbolo de la venida del Espíritu Santo; el hecho de la Divinidad que Jesús comparte con el Padre, con el símbolo de la ascensión a los cielos...
Es decir, la resurrección tiene tantas facetas, que los misterios se nos multiplicarían y nunca terminaríamos de comprenderla en su totalidad. La resurrección trasciende nuestra capacidad humana. En este contexto es donde tenemos que ver la ascensión. Explicarla en sí misma, sin relación con la resurrección, le haría perder su significado sacramental: la presencia del resucitado, capaz de comunicarnos gracia y transformación a través de los símbolos en que se nos manifiesta.
La resurrección, leída desde la ascensión, traía una gran lección: enseñaba a los discípulos que la presencia física del Maestro debía desaparecer, para dar paso a una presencia espiritual e interior. Tan pronto los discípulos entendieron esto, porque lo experimentaron, su debilidad se convirtió en fortaleza, su tristeza en alegría y su temor en testimonio. Esto es lo que nos dice el evangelio de Lucas.
Y si la resurrección la leemos desde la aparición de los ángeles de la ascensión que corrigen a los apóstoles que miran alelados al cielo, entenderemos el deseo de Cristo resucitado de que su iglesia mire hacia la tierra, donde queda su gran misión: anunciar la redención a tantos seres humanos esclavizados en el cuerpo y en el espíritu, y arrebatar a los poderes tanta vida consumida por su ambición y tanta sangre derramada por su violencia. Hacia la tierra es donde hay que mirar, porque aquí es donde está la tarea de liberación. Esto es lo que nos dice el relato de los Hechos de los Apóstoles.
Finalmente, si la resurrección la leemos desde la carta a los Efesios, encontramos una gran palabra de aliento y la extraordinaria promesa que fortalece nuestra esperanza: Jesús está en la eterna compañía de su Padre y del Espíritu, pero lo está como hermano mayor de una gran familia que se le irá uniendo, o como cabeza de un gran cuerpo que ya comienza a sentirse resucitado, porque ya empieza a sentirse transformado, con el deseo inmenso de parecerse a su Maestro, que entregó su vida por todos los hermanos del mundo.
Con la ascensión se cierra el ciclo de las apariciones del Resucitado. Si juntamos todas las apariciones y leemos su contenido simbólico, nos damos cuenta que nos narran las diversas experiencias de la iglesia acerca del resucitado. Pero la ascensión tiene una particularidad: le da a la pequeña iglesia la certeza de que desde su pequeñez puede conquistar al mundo, como lo hizo Jesús al morir, aunque impotente en la cruz. Sólo después de haber pasado por la cruz Jesús adquiere poder sobre todo "Principado, Potestad, Virtud y Dominación". Oigámoslo bien: ¡sólo después de pasar por la cruz! Celebrar la ascensión implica tener a la vista al Crucificado, implica saber que la gloria no es patrimonio de este mundo, sino del mundo que comienza con la ascensión, el bello nombre de la gloria del Crucificado.
Para una explicación más sencillamente catequético-hermenéutica de la Ascensión ofrecemos este texto complementario.
Para la reunión de la comunidad o del círculo bíblico
-La Ascensión del Señor, ¿fue un hecho histórico, físico, espiritual, teológico...?
-¿Cuál es el mensaje fundamental del misterio de la Ascensión?
-La tierra es el único camino que tenemos para ir al cielo... Comentar esta famosa sentencia del famoso misionólogo P. Charles.
[El "texto complementario" se presta muy fácilmente a ser utilizado como una sesión de estudio bíblico que involucre a varios temas fundamentales de la comprensión de la Biblia, así como otros respecto a la cosmovisión -cielo, tierra, tiempo, eternidad...-.]
Para la conversión personal
-Que el Dios del señor Jesucristo os dé espíritu de sabiduría e ilumine los ojos de vuestro corazón par que comprendáis cuál es la esperanza...: pedir insistentemente ese espíritu de sabiduría, y la luz que ilumine los "ojos del corazón", para "comprender la esperanza"...
-Superar todo resabio de espiritualismo y toda falta de fe; combinar adecuadamente en mi vida el cielo y la tierra, el idealismo y el realismo, la utopía y el compromiso, la escatología y la historia...
Para la oración de los fieles
-Para que los cristianos no perdamos de vista al Señor Jesús, el hermano mayor a quien pretendemos seguir, roguemos al Señor...
-Por todos los cristianos que "están ahí plantados mirando al cielo", descuidando los problemas de la tierra, y pensando que los asuntos de este mundo les distraen de los bienes celestes; para que superen el espiritualismo dualista...
-Por los hombres y mujeres que sólo miran a la tierra, para que nuestro testimonio de una fe que no aliena sino que libera les lleve a descubrir que la fe es capaz de humanizar y dar profundidad a sus vidas...
-Para que los cristianos sepamos combinar adecuadamente el cielo y la tierra, el más allá y el más acá, la transcendencia y la inmanencia, la fe y las obras, la esperanza y el compromiso aquí y ahora...
-Para que la fe en la victoria de la vida sobre la muerte nos dé una reserva de esperanza inclaudicable que contagie a nuestros hermanos...
Oración comunitaria (cfr Ef 1, 17ss)
Oh Dios, Padre nuestro y Padre de nuestro Señor Jesucristo; danos tu Espíritu de sabiduría, e ilumina los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llamas, cuál la riqueza de la gloria que das en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de tu poder para con nosotros. Por nuestro Señor J.C.
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO
11.
LA ASCENSION DEL SEÑOR C
23 de mayo de 2004
1 "Después los sacó hacia Betania, y levantando las manos los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos subiendo hacia el cielo" Lucas 24,46. La Resurrección es el estupendo y soberano triunfo de Jesús. Para tratar de entender el inmenso misterio hay que desglosarlo pedagógicamente en tres fases: la resurrección, que es la victoria sobre la muerte; la Ascensión, que es la exaltación de su humanidad resucitada; y la misión del Espíritu Santo, que es la culminación del misterio de la Encarnación.
2 "Lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo". Jesús ha entrado en una nueva manera de existir. Cuando los discípulos están esperando contemplar su presencia corpórea y visible, "dos hombres vestidos de blanco, les dijeron: <Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?>".
3 Desde hoy su presencia en el mundo será distinta. No se ha ido, se ha quedado; se ha quedado y su presencia, desde hoy, es múltiple y misteriosa. El mismo nos ha dicho que El se va, pero vuelve (Jn 14,28). "No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en el Padre y vosotros en mí y yo en vosotros" (Jn 14,18). Su presencia entre nosotros ha dejado de ser física y visible, pero se ha convertido en una presencia real, activísima y formidable, como ha prometido: "Yo estaré con vosotros todos los días". "Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre". "Lo que hagáis a uno de estos pequeños a mí me lo hacéis". "Donde dos o más estén reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos". Todo realidades misteriosas. Teesoros que hay que activar en la pantalla de nuestro vivir diario. Moneda que hay que manejar sin cesar si no queremos que se desvalorice.
4 Ha comenzado ya la presencia del amor. Los que se aman, aunque estén distantes, pueden a la vez llevar en sí una presencia de los amados, muy real y unitiva, sin nostalgia y feliz. Viven compenetrados y participan de los sucesos, dolorosos o gozosos, que acontecen a cada uno de ellos, interior o exteriormente y están seguros de la fidelidad mútua, dentro de su misma libertad. Se siguen los pasos, se imaginan los lugares, sus actividades al minuto, se localizan por el móvil, se dicen amabilidades, se cuentan las noticias hasta las más triviales. Se aman. Y se les nota. Esta presencia enamorada puede explicarnos la presencia de Cristo con nosotros. A un alma mística le susurra Jesús: Hoy me has dicho pocas veces que me amas. Si supieras cuánto me gusta oírtelo!. Y te he lo he dicho tantas veces yo, con las flores de ese jardín que he creado para ti y con la amabilidad de esa respuesta con que el vecino te ha recibido.
5 Cristo además, se va al Padre: "Si me amarais, os alegraríais de que me vaya al Padre" (Jn 14,27). Cristo Hombre va al Padre, se sumerge en el Padre, en el seno del Padre, en la LLama de Amor Viva del Padre, de la que, como Dios, nunca se separó: "Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre". Y como Cabeza de la humanidad lleva consigo a todos los miembros, nosotros. Y así está también presente en nosotros y nosotros en El. "En El vivimos, nos movemos y existimos": "Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros" (Jn 14,20).
6. El libro del Apocalipsis representa el trono de Dios rodeado de los cuatro Vivientes, que representan a la creación, y de los veinticuatro Ancianos con vestiduras blancas, que representan al Antiguo y al Nuevo Pueblo de Dios. Delante del trono aparece Jesucristo en la alegoría de un “Cordero en pie, como degollado”. “En pie”, o sea, vivo, resucitado. “Como degollado”, conservando las cicatrices de su inmolación, resaltando los dos aspectos del misterio pascual: Cristo muerto y resucitado. Cuando Jesucristo, Cordero vencedor de la muerte, se acerca al trono del Padre y se sienta a su derecha, resuena en el cielo un himno solemne: “Al que esta sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria, la potencia por los siglos de los siglos. Y los Ancianos cayeron rostro en tierra, y se postraron ante el que vive por los siglos de los siglos” (5,11).
7. La ascensión es día de gloria para el Hijo de Dios hecho hombre, y para todo el género humano. Hoy el hombre llega a su suprema realización. Uno de los nuestros, el hermano mayor, ha entrado en el cielo y se ha sentado a la derecha de Dios. Nuestra frágil naturaleza, alma y cuerpo, ha sido elevada a la dignidad más sublime, ha sido introducida en la vida íntima de Dios. El pecado y la muerte han sido vencidos en Cristo, nuestra Cabeza. En nosotros, sus miembros, continúa la lucha, pero con garantía de victoria en virtud de las energías de que nos ha dotado. Lo expresa la oración de la misa de hoy resumen de una frase de san León Magno: “La ascensión del Hijo es también nuestra elevación, y a la gloria donde ha llegado nuestra Cabeza, tenemos la esperanza de llegar también nosotros como miembros de su Cuerpo”.
8. La ascensión contiene un gozoso mensaje para el hombre actual, que aspira a su realización, al despliegue integral de su personalidad, a llegar más lejos, a subir más alto, a ejercer su señorío sobre el universo. Estas nobles aspiraciones tienen su plena realización en Jesús, el Hombre nuevo, el Hombre perfecto, que ha devuelto al hombre “la imagen y semejanza de Dios” desfigurada por el pecado y la muerte. Cristo ha querido compartir con nosotros el sufrimiento y la muerte, pero también su victoria y su gloria junto al Padre: “Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo” (Jn 17,24). “Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono” (Ap 3,21).
9 Cristo se queda presente en la Eucaristía, Cuerpo y Sangre, ofrenda y don suyo, anticipación de su muerte por el mundo, la prueba mayor del amor entregado. Y vive en nosotros y su presencia palpita en nosotros: "El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él".
10 Cristo está también presente en la Iglesia, nacida de la Eucaristía y alimentada por ella, y de esa presencia deviene su fecundidad. Hasta ahora era él solo el que actuaba. Desde hoy, seréis vosotros los que actuaréis, ejercitando los poderes con que os ha enriquecido, prolongándole a él para llenar de Dios a toda la humanidad. Ese es el sentido de la pregunta de los hombres vestidos de blanco a los discípulos qué hacen mirando al cielo, cuando su tarea ha comenzado en la tierra que el Señor no ha abandonado, porque va a permanecer todos los días con ellos hasta el fin de los siglos ayudándoles el primero en la batalla fragorosa para dar a conocer y amar y a extender el Reino de su Padre (Mt 28,20).
11 "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Yo os enviaré el Espíritu Santo, que os revestirá de la fuerza de lo alto".
12. Todos los que hemos sido bautizados somos los llamados, vocacionados, a prolongar a Cristo, padeciendo y resucitando. El padecer está unido indisolublemente al resucitar. Y la fecundidad, unida al padecer de Cristo. Con el bautismo se le ha dado un corte al hombre viejo, y hemos recibido un injerto del hombre nuevo, hemos sido naturalizados en Dios. El bautismo es algo más, mucho más, que la inscripción en un registro. Es el nacimiento de un pequeño cristo que tiene que ir creciendo hasta llegar a la plenitud de la edad de Cristo (Ef 4,13). Para eso seguimos viviendo vida sacramental transfundida por los signos de la gracia.
13. Cristo no se ha ido pues, para desentenderse de los hombres, sino para multiplicar su presencia mediante sus cristianos, miembros de la Cabeza que, subida al cielo, nos envía al Espíritu que nos fortalece. Para eso, mientras Jesús estuvo con los discípulos les fue creando sacramentos: "Bautizad, Perdonad los pecados, Esto es mi Cuerpo, Haced esto en memoria mía".
14. No somos un partido político, sino una comunidad que vive vida sacramental. Somos un pueblo de hombres nuevos, llamados a vivir en el amor, como la Santa Trinidad. Con la Ascensión no se cierra el ciclo salvífico, sino que se nos da entrada a los hombres cristificados para extender su reino. Que no será hacer una lista de nombres que asisten, sino crear una comunidad de hombres muertos y resucitados, nuevos, salvados. Jesús, al volver al Padre, lleva con El a la Iglesia, trofeo de su victoria, como Cabeza, a la humanidad, a la que llama a ser hija suya por la fe y la gracia mediante la palabra y los sacramentos, y a la creación salida de sus manos, que alcanza así la plenitud, el orden y la paz. Cristo subió a los cielos para tomar posesión del reino de su gloria; para enviar el Espíritu Santo a los Apóstoles y a su Iglesia; para ser en el cielo mediador e intercesor nuestro y prepararnos tronos de gloria: "Tenemos un sumo sacerdote extraordinario que ha atravesado los cielos, Jesús el Hijo de Dios, porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestrasdebilidades, sino uno probado en todo igual que nostros, excluido el pecado. Acerquémonos, pues, con toda confianza al tribunal de la gracia, para alcanzar misericordia y obtener la gracia de un auxilio oportuno" (Heb. 4, 14). La ascensión del Señor debe fomentar en nosotros de modo especial la virtud de la esperanza, puesto que El "subió a prepararnos un lugar en el cielo" (Jn. 14, 2). Este pensamiento está llamado a fortalecernos en las luchas y tentaciones de la vida recordándonos que "el compartir sus sufrimientos es señal de que compartiremos su gloria" (Rom. 8, 17).
15. Esa es la maravillosa tarea de la Iglesia: Crear y alimentar este pueblo, mediante el anuncio de la palabra, la celebración de la eucaristía y la oración incesante, que nos da fuerza y energía para seguir realizando la misión trascendente y universal y bella. Esta es la hora de la Iglesia. Ahora que Jesús está pero no es visible es cuando nos quedamos nosotros para hacerlo visible allí donde estemos, testificando su presencia, dando fe de que Jesús, el Hijo de Dios, está presente.
J. MARTI-BALLESTER