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HOMILÍAS MÁS PARA LA FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
27-39
27.
1. El gran problema: la vigencia del cristianismo
Todos los textos que hemos leído están dentro de un contexto histórico hoy ya superado. Sin embargo, el espíritu de los textos, su mensaje esencial, tiene más vigencia que nunca. En efecto, hoy nos podemos hacer la siguiente pregunta: ¿Tiene futuro aún el cristianismo o está atado irremediablemente a cierto aspecto de la cultura occidental? ¿Estamos condenados a vivir en el encierro de una determinada forma cultural o tenemos otras perspectivas más amplias y universales? ¿Tenemos algo que decirles a los pueblos de Asia, África, Oceanía, América Latina... y a los hombres de Occidente abiertos a nuevas formas de pensamiento? Esta misma pregunta se hizo Isaías ante las vicisitudes del pueblo hebreo: ¿Sólo un pequeño grupo de hombres tendrá acceso a la Jerusalén de Dios, a su Reino de paz y justicia? Y su respuesta fue poco menos que revolucionaria en un momento en que los hebreos estaban reconstruyendo la ciudad santa después del Destierro: Dios no está atado al solo pueblo elegido. Todos los pueblos vendrán al Señor: «Los pueblos caminarán a tu luz... Todos ellos se han reunido y vienen hacia ti; tus hijos llegan de lejos...
Te cubrirá una multitud de camellos y dromedarios, y vendrán trayendo oro e incienso para proclamar las alabanzas del Señor...» El pensamiento de Isaías choca violentamente contra el nacionalismo judío y es la base sobre la que Mateo y los demás evangelistas desarrollarán el sentido universalista, no-racista, no-nacionalista, del cristianismo.
Mas no todo fue tan fácil. Cuando Mateo escribe su evangelio, hacia el año 80, subrayando la Epifanía o manifestación universal de Jesús, cuyos primeros adoradores son algunos Magos llegados del paganismo, la Iglesia primitiva acababa de superar una de sus crisis más significativas y casi dramáticas para todo su futuro.
En efecto, la pregunta que hoy nos acucia estará al rojo vivo cuando la Iglesia primitiva se plantee si el cristianismo deberá seguir atado a Jerusalén y al judaísmo o si deberá encontrar un nuevo camino para los paganos.
La Iglesia de Jerusalén (incluso Pedro) no sólo no aceptaba una apertura al paganismo -cuyo contacto era impuro-, sino que exigía antes del bautismo el rito de la circuncisión. Nadie podía ser cristiano sin ser previamente judío por raza o por adopción...
Y Pedro se atreverá a entrar en casa del pagano Cornelio y bautizarlo no sin previa visión y no sin ulterior explicación a los hermanos de Jerusalén (Hechos 10).
Sólo con Pablo el problema toma un cariz más drástico. Él se siente elegido por Dios para anunciar el Evangelio especialmente a los paganos y sin previa circuncisión.
Así lo leímos en la segunda lectura: "Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido ahora revelado por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los paganos son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa de Jesucristo, por el Evangelio." Fue en Damasco donde Saulo, el furioso perseguidor de la Iglesia, fue llamado por Dios para esta especialísima y delicada misión: "Yo te libraré de tu pueblo y de los paganos a los cuales te envío para que les abras los ojos y se conviertan de las tinieblas a la luz..." (Hch 9,15; 26,17-18).
Pero la actitud de Pablo, tan radical y revolucionaria, traerá serias consecuencias, tales como...
--discusiones entre los apóstoles, especialmente en el Concilio de Jerusalén;
--lucha contra los judaizantes a lo largo de los años restantes del primer siglo, cuyo mejor testimonio es la Carta a los Gálatas;
--y, especialmente, un tremendo esfuerzo por parte de la Iglesia por desprenderse de la "madre Jerusalén" y encontrar una estructura adaptada a los paganos.
El libro de Lucas, los Hechos de los Apóstoles, nos trae los primeros pasos de este doloroso proceso de apertura.
Podemos ya extraer una primera conclusión: se fue tomando conciencia del carácter universal de la fe cristiana a lo largo de más de medio siglo, no sin resistencias, luchas y hasta serias divisiones que culminarán con la aparición de grupos cismáticos. En los hombres es tan marcado el racismo y el nacionalismo, que costará muchísimo descubrir una forma nueva y distinta de obrar de Dios: a partir de Cristo ya no cuentan estas separaciones y barreras. La fe cristiana no presupone ni cierta raza o cultura, sino solamente una realidad universal: el hombre mismo.
Si bien el cristianismo tiene su raíz cultural en el judaísmo, eso sólo es un accidente histórico que no hace a su esencia. Dicho lo mismo con otras palabras: no debe confundirse la realidad universal del Reino de Dios con cierta forma particularizada de vivirlo; forma que, como es natural, se adapta a las condiciones culturales y raciales de cada pueblo.
El universalismo de la fe no aniquila los particularismos propios de un país o de una cultura; pero tampoco se casa con esos particularismos...
2. La Epifanía a los Magos: un criterio absoluto
A partir de Constantino (fecha simbólica) y por un largo proceso histórico gestado en los siglos segundo y tercero y desarrollado en los siguientes, el cristianismo se fue nuevamente encerrando, esta vez no en Jerusalén, sino en Roma y Bizancio; es decir, en la cultura greco-latina, y, finalmente, en el esquema de Europa. "Europeizar para evangelizar" pareció una fórmula lógica en un momento en que el mundo conocido era Europa y en que los pueblos descubiertos de América y Asia eran colonizados por países europeos. Pero por algo Mateo nos escribió la página de los "Reyes Magos"...
Los pueblos colonizados identificarán el cristianismo con la conquista; y cuando se rebelen por su libertad e independencia volcarán su odio tanto sobre los soldados europeos como sobre los misioneros. Y cuando las cosas no lleguen a tal extremo, al menos quedará la seria duda de si el cristianismo es compatible con otras culturas que no sean las occidentales...
Situación similar se da dentro de los países cristianos de Occidente: identificado el cristianismo, o si se prefiere la Iglesia, con cierto régimen político, con cierta estructura social, con cierta filosofía..., ¿puede jugar aún cierto papel en una sociedad pluralista que no acepta más Ia tutela de la Iglesia ni sus criterios medievales? Hoy estamos viviendo una situación muy similar a la del tiempo de Pablo: una Iglesia aún demasiado encerrada en Roma y Occidente, y los nuevos pueblos (nuevos por raza o por esquema cultural), frente a los cuales no encontramos la forma de aproximarnos ni de anunciarles un mensaje eficaz y convincente.
A los ojos del hombre moderno, los cristianos más nos asemejamos a los judeo-cristianos de Jerusalén que a los evangelizados por Pablo. Una vez más el Reino de Dios es confundido con cierto esquema de vivir el cristianismo en cierta zona del mundo y de acuerdo con cierto esquema de vida... Si los cristianos no quebramos el dilema, estamos destinados a ser un monumento histórico; pero no ya la fuerza del Espíritu que congrega a todos los pueblos por encima de las barreras que, justo es decirlo, hoy siguen tan firmes como nunca. A pesar de la ONU y del Ecumenismo, todavía nos regimos por un pensamiento dialéctico dualista: Occidente-Oriente; Norte-Sur; desarrollados-subdesarrollados; blancos- negros; ricos-pobres; creyentes-ateos, etc.
Quizá hoy podríamos tomar el texto de Pablo y animarnos con el coraje del Espíritu a parafrasearlo y darle nueva vida: «Este misterio consiste en que también los pueblos bajo el marxismo, los animistas, los budistas, los musulmanes; las nuevas culturas del siglo veinte, las modernas filosofías con sus numerosos adeptos..., todos participan de una misma herencia, son miembros de un mismo Cuerpo y beneficiarios de una misma promesa en Cristo, por medio del Evangelio".
Este final es importante: el Evangelio une a pueblos, culturas y razas; el Evangelio del Reino, feliz noticia capaz de ser anunciada a todo hombre de buena voluntad y sana intención que quiera comprometerse por una humanidad más digna y más justa. He aquí el desafío que hoy soportamos los cristianos: aprender a vivir la misma fe que nos legó Jesucristo y nos transmitieron los apóstoles, pero dentro de los moldes de esta civilización que se está gestando; civilización que podemos considerar nueva en el más amplio de los sentidos.
Es así como el evangelio de Mateo, en el ya conocido texto, adquiere hoy toda su vigencia. Hoy no celebramos la fiesta de los Reyes Magos que traen juguetes a los niños. Hoy celebramos la apertura de la Iglesia y del Evangelio a todos los pueblos del mundo. Hoy es la fiesta de la universalidad del Reino, hecho "epifanía", es decir: manifestación, evidencia, transparencia...
El texto de Mateo no narra, por cierto, una historia como para ser tomada al pie de la letra; ni nos obliga a increíbles cálculos acerca de la estrella y demás detalles del relato. Se trata, en cambio, de una narración simbólica con fines didácticos: aprovechando Mateo los textos de Isaías como también algunos salmos, como el 72, nos da una visión de esto nuevo que llega por Cristo: El no funda una nueva religión que haga la competencia a las demás, sino que, por el contrario, ofrece un evangelio de liberación a todos los hombres, a pesar de su raza, cultura, credo o situación social.
Mateo, que no abunda en detalles acerca del nacimiento de Jesús, centra su relato en el niño-salvador que es reconocido como tal, en primer lugar, por algunos sabios paganos; es decir, personas que descubren en el Evangelio la nueva sabiduría de la vida.
Años más tarde, el mismo Jesús pondría como modelo de creyentes no a los judíos de la Ley mosaica, sino al centurión romano a cuyo siervo sana, a la herética samaritana, a la pagana siro-fenicia, al publicano Zaqueo, a la prostituta Magdalena. Y, en fin, será un soldado romano el primero que proclame inmediatamente después de la muerte de Jesús: «Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios.» Se trata de narraciones que, cualquiera que sea su valor histórico, desgranan su único y esencial mensaje: Terminó la era de las fronteras cerradas; el Reino llega a todos sin ningún tipo de discriminación.
Que a nadie se le escape, pues, la fina ironía de Mateo: mientras los sumos sacerdotes y demás doctores de la Ley, a pesar de estar a pocos kilómetros de Belén y de conocer teóricamente las sagradas Escrituras, se quedan encerrados tras los muros de la ciudad santa..., los paganos, llegados de tan lejos y con tan escasos conocimientos bíblicos, salen de la ciudad y van al encuentro de Jesús en cuya casa, pequeña y oculta, se revela el gran misterio del Reino...
3. No hay Epifanía sin Espíritu...
Pablo nos da la clave para entender este "Misterio": fue revelado, ¡quién puede dudar ya!, por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas (segunda lectura).
En la Carta a los Efesios, nos da una visión nueva y grandiosa de la misión de Cristo: crear un Hombre- Nuevo, fruto de la unión de quienes hoy estamos separados: «Porque Cristo es nuestra paz, el que de los dos pueblos hizo uno solo, derribando el muro de la enemistad, para crear en sí mismo un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz y reconciliando con Dios a ambos en un solo Cuerpo por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a los que estaban lejos y paz a los que estaban cerca. Pues por él, unos y otros, tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu» (Ef 2,14-18, texto que precede a la segunda lectura).
Hechos de los Apóstoles sigue paso a paso la delicada misión que cumplió el Espíritu para que la Epifanía no abortara después de la eclosión de Pentecostés y para que la Iglesia llegara a ser realmente "católica", palabra griega que significa: «de todo el mundo, universal».
Es triste observar que al cabo de muchos siglos esta palabra "católico" signifique más bien todo lo contrario: persona cerrada, conservadora, sectaria, romanista, etc. Ahora comprendemos mejor por qué fue necesario que Jesús enviara a su Espíritu: el Espíritu que abre los corazones hacia la comprensión universal del Reino; Espíritu que «sopla donde quiere» y que no puede ser encerrado entre cuatro paredes porque corre con la fuerza de la libertad; es el Espíritu de la reconciliación de los pueblos, el que rompe las barreras que separan a los hombres divididos por ridículas barreras.
Hoy celebramos Epifanía: Jesús, al recibir a los Magos paganos, los reconcilia con Dios, rompe la barrera de la enemistad, inaugura la era de la paz, crea al Hombre Nuevo... Hoy Dios se manifiesta tal cual es: Dios de paz y de amor, diáfana manifestación de un Reino sin fronteras.
Por todo esto, hoy es el día en que, abiertos al Espíritu, nos enfrentamos con nuestra gran responsabilidad histórica como pueblo de Dios. Muchas son las preguntas que nos podemos hacer, muchos los problemas que debemos resolver, muchas las estructuras que debemos modificar para que la Iglesia sea vehículo y no obstáculo de la universalidad del Reino.
¿Hasta qué punto hemos cerrado las puertas al Espíritu, conservando un único esquema de cristianismo? ¿Hasta qué punto está nuestra comunidad cristiana locaI está cerrada al mundo que la rodea y en la que se halla inmersa? ¿Cómo reconocer a Ios «otros» como miembros del único Cuerpo de Cristo, y qué podemos descubrir en ellos como fruto de la acción que el Espíritu desarrolla «donde quiere»? ¿Cuáles son las barreras y prejuicios que nos impiden dialogar y abrirnos a los judíos, a los protestantes, a los griegos, todos ellos ramas de un mismo tronco? ¿Cómo lograr entablar un amistoso diálogo aun con aquellos que desarrollan sus esquemas de vida al margen del cristianismo? Epifanía nos obliga a descubrir tantas defensas y pretextos que tenemos para vivir encerrados como en un «ghetto», desconfiando siempre, cuando no condenando y agrediendo.
Epifanía es el día del ecumenismo de la fe. ¿Y qué podemos hacer en nuestra comunidad en pro de este ecumenismo proclamado ya a los pocos días de nacer Jesús? Ya no dudamos que Epifanía, más que una fiesta, es un duro compromiso. Que sepamos asumirlo como «católicos», como miembros de un solo Cuerpo que engloba a todos los hombres sin distinción alguna... También a nosotros los Magos paganos del siglo veinte nos preguntan: «¿Dónde está el rey que acaba de nacer? Porque hemos visto su luz y venimos a adorarlo.»
SANTOS
BENETTI
CRUZAR LA FRONTERA. Ciclo A.1º
EDICIONES PAULINAS.MADRID 1977.Págs. 165 ss.
28.
- (Los que no quieren ver la estrella)
Aquella estrella que se alzó en Oriente y guió a los magos hasta el lugar donde se encontraba Jesús, es una estrella que se alza para todo el mundo, pero no todo el mundo la ve o la quiere ver.
Lo explicaba muy bien esta historia tan conocida y deliciosa que acabamos de leer. La gente importante de Jerusalén, los que, en teoría, eran los mejores conocedores de las profecías y de las esperanzas que Dios había ofrecido al pueblo de Israel, éstos no vieron la estrella. Y no sólo no la vieron, sino que, como dice el evangelio, "se sobresaltaron" al enterarse. Y es que no les interesaba. A Herodes no le interesaba porque en su corazón no había espacio para nada más que para el afán de poder. Y a los demás no les interesaba porque ya estaban aposentados en su religión organizada que ellos tan bien dominaban y que les aseguraba la tranquilidad. Y no tenían ninguna gana de perder esta tranquilidad y esta situación de dominio. Aquel Mesías que los profetas habían anunciado podía ser un peligro. Podía exigirles que realmente convirtieran su corazón, y fuesen fieles de verdad al único mandamiento definitivo: el de amar, el de compartir las cosas, el de hacer todo lo posible para que todo el mundo. pudiera vivir con paz y felicidad. Eso no les interesaba. A cuánta gente, aún hoy esto no les interesa tampoco. Incluso a gente que se define como cristiana. Y hasta, quizás, a veces, a nosotros mismos.
- (Los que hemos visto la estrella y queremos seguirla)
Pero en cambio, sí que hay gente que les interesa. Aquellos personajes venidos de Oriente están dispuestos a lo que sea para encontrar aquella luz. Y cuando llegan a Belén, ante aquel niño que no parece que tenga ninguna importancia, un niño pequeño en brazos de su madre como tantos otros, se arrodillan y le dan todo lo que tienen, todo lo que son. Como tantos hombres y mujeres que después conocieron a Jesús por los caminos de Palestina y lo siguieron. Y como tantos hombres y mujeres que después, a lo largo de los siglos, han reconocido en él, en aquel Jesús que no tuvo nunca ningún otro poder más que el del amor, en aquel Jesús que murió en la cruz, la fuerza de la vida más plena, el único camino que vale la pena seguir. Y, como los magos, le han dado todo, han decidido vivir siguiendo tanto como puedan este camino suyo.
Como nosotros, también. Como nosotros que, a pesar de nuestras debilidades e infidelidades, a pesar de las veces que nuestra vida se vuelve egoísta y cerrada, también hemos querido seguir la estrella, y hemos sentido como los magos la inmensa alegría de encontrarnos con él y de caminar junto a él.
- (Unos terceros: los que viven el amor pero no creen en Jesús)
Son dos maneras de ponerse ante la estrella que lleva hacia Jesús. Esta historia del evangelio nos las ha explicado muy bien. Pero yo diría que todavía existe una tercera manera, otra manera que no aparece en el evangelio pero que en nuestro tiempo también se da, y que podemos reflexionar sobre ella un momento. Una tercera manera que seguramente nosotros conocemos en amigos o incluso en alguien de nuestra familia.
Y es la manera de aquellos que no creen en Jesús pero que actúan honestamente, y a veces, incluso, con mucha entrega a los demás. Diríamos que son gente que siguen la estrella pero no acaban de llegar a Belén, allí donde está Jesús. No hacen como aquellos hombres de Jerusalén que les molesta el mensaje de amor del Mesías. No. No es por mala voluntad que no encuentran a Jesús. Puede ser por muchas causas, que siempre nos costará saber o entender. Pero lo cierto es que quieren y siguen con buena voluntad la luz del Espíritu de Dios que también está en su corazón pero no llegan a la alegría plena que supone el encontrarse con Jesús.
Hoy puede ser un buen día para recordar a estos hombres y mujeres de buena voluntad que no creen en Jesús. Y rezar por ellos. Y agradecer el amor que Dios pone en ellos. Y desear que lleguen a conocer y a querer a Jesús. Y sentirnos más llamados a vivir más fielmente el Evangelio como testimonio de nuestra fe.
***
Ahora, cuando recibamos la Eucaristía y nos unamos más profundamente con este Jesús que amamos y que nos esforzamos en seguir, pediremos por todos los que no pueden vivir esta alegría que nosotros vivimos. Tanto por los que no pueden vivirla por dejadez, inconsciencia o mala voluntad, como por los que siguen el camino de amor sin llegar a aquél que es la fuente de toda bondad y toda gracia.
EQUIPO-MD
MISA DOMINICAL 1998, 1, 23-24
29.
La fiesta de la Epifanía es oriental en su origen, en su nombre y en su espíritu. Cuando Occidente celebraba la Navidad el 25 de diciembre, Oriente conmemoraba el 6 de enero el nacimiento de Cristo y su manifestación. En torno al siglo IV las dos fiestas se intercambian. Lo cual no significó la desaparición de ninguna. En Oriente, al implantar la Navidad, Epifanía pasó a poner el acento en el Bautismo del Señor. En Occidente, la fiesta de Epifanía adquirió un triple objetivo: la visita de los magos, el bautismo de Cristo y las bodas de Caná. La luz de la Epifanía nos ilumina la Navidad en todas sus dimensiones: el niño del pesebre aparece como Dios, como Rey y como Esposo.
- LOS TRES MILAGROS
La fiesta de Epifanía es, ciertamente, un lujo. Hoy el Señor se nos manifiesta Salvador por medio de tres epifanías. "Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: hoy, la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy, Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán para salvarnos" (antífona del Magnificat de las II vísperas).
Este año podremos seguir a través de la lectura evangélica los "tría miracula". Hoy, prestamos atención a la adoración de los magos. El domingo próximo celebraremos el Bautismo del Señor. El segundo domingo del tiempo ordinario pondrá ante nuestros ojos las bodas de Caná.
El niño es Dios. El niño también es Rey. Los magos buscan al "Rey de los judíos" (evangelio). Los textos y los cantos de la misa de hoy están adornados de majestad, comparables -según algunos- a las entradas de los reyes en las antiguas ciudades orientales. Estas entradas eran, precisamente, llamadas "epifanías". Aquel que "en su mano está el reino" (canto de entrada) viene a reinar sobre la tierra para establecer en ella la justicia, el amor y la paz.
El niño se revela Esposo. La unión nupcial simboliza la unión de Dios con su pueblo, la unión entre un esposo celoso y su esposa, demasiadas veces infiel. La venida de Cristo es para desposarse con su Iglesia. Tan sólo después de purificarla en el Jordán -bautismo-, la ha sentado en el banquete de bodas y la ha alimentado con su cuerpo y la ha saciado con su sangre -el buen vino de Caná-; así le ha comunicado su vida en espera de aquel día que con él beberemos el "nuevo fruto de la viña en el Reino de su Padre", el día de las bodas del Cordero (cf. Ap 19,7). "Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque, en el Jordán, Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey, y los invitados se alegran por el agua convertida en vino" (antífona al cántico de Zacarías). Cada página del evangelio nos muestra a Dios. Cada gesto, cada palabra, toda la persona de Jesús es una prueba del amor de Dios. Y sólo Dios puede hacernos el don de poder conocer a Jesús. Quien le reconoce puede llegar a ser semejante a él. Jesús planta la tienda de Dios en medio de los hombres: los magos le adoran, Herodes le persigue; María, atenta a las necesidades de los novios de Caná, los dirige hacia Jesús, el mayordomo sólo se fija en lo que sale de las tinajas, buen vino; Juan Bautista señala al Cordero de Dios, los que esperan a la orilla del Jordán no le reconocen.
-POSTRÉMONOS ANTE EL SEÑOR
El centro de nuestra celebración es la revelación de la gloria del Señor a todos los pueblos. El evangelio lo proclama dos veces: los magos vienen a postrarse ante el Señor. El relato se lee como actualización de un pasado. La liturgia tiene ante sí una visión escatológica: el actual pueblo de Dios, el mundo entero, que se encamina hacia aquel día en que aparecerá definitivamente la gloria de Dios y cuando se realizará la adoración perfecta.
Ya en la primera lectura propone una visión escatológica: todas las naciones se acercan a la luz, los reyes buscan la claridad de la aurora de Jerusalén, madre de los hijos dispersos que se reúnen. He aquí nuestra Jerusalén celeste que san Pablo nos presenta como madre nuestra (cf. Ga 4,26). El salmo responsorial canta esta realidad futura ya iniciada en el presente, esta actualización de un pasado: "Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributos... que se postren ante él todos los reyes y que todos los reyes le sirvan". Se nos invita a conocer los misterios de Cristo: "se me dio a conocer por revelación el misterio" (2a lectura). En la fe se realiza el acercamiento a Cristo, a la luz. La estrella es señal para los magos, y, decididos, se dirigen al lugar donde se prosternarán. Para los magos la estrella es revelación; a Herodes, el mismo signo le ciega. Para nosotros las actitudes son válidas: ver la estrella, no rechazar su luz, creer en el signo enviado por Dios, ponerse en camino para postrarse... y adorar y ofrecernos bajo el signo de los dones eucarísticos que representan nuestra entrega a gloria del Señor. Lo hacemos ya cuando celebramos la Eucaristía; es bien significativo que el canto de comunión nos haga decir: "Hemos visto salir la estrella del Señor y venimos con regalos a adorarlo".
JORDI
GUARDIA
MISA DOMINICAL 1998, 1, 19-20
30.
1. Dios se manifiesta
Si en Navidad hemos celebrado el nacimiento de Jesús como Hijo del Hombre, y el domingo pasado aludíamos al segundo nacimiento que se produce en la adolescencia cuando Jesús comienza a tomar conciencia de su responsabilidad frente al Padre, la festividad de hoy, Epifanía del Señor, es la celebración del nacimiento público de Jesús. En efecto, el significado global de esta festividad es la revelación o manifestación del Reino de Dios a los hombres mediante Jesucristo. Por medio de Jesús, el Reino de Dios toma estado público e interpela a la sociedad.
El conocidísimo texto evangélico de Mateo vulgarmente conocido como de los Reyes Magos, puede ser leído desde diversas ópticas, pero lo que resalta en primer lugar es que Dios se manifiesta. Aun estando en un pequeño pueblecito casi desconocido, o en una gruta, o en una humilde casa, Dios no deja de manifestarse a los hombres, aunque éstos aparentemente estén muy alejados o pertenezcan a otras culturas.
Es interesante observar cómo los magos llegan del desierto para encontrar al rey recién nacido, y vuelven al desierto después de haberle ofrecido sus dones. El hombre, caminando por el desierto de la vida, en constante búsqueda de una estrella que le permita orientarse, preguntando a unos y a otros, pasando por momentos difíciles y arriesgados, tarde o temprano encontrará en su camino al Dios oculto que se le ha de manifestar, no en forma espectacular, sino a través de la misma vida, de un niño, de una mujer, de un amigo, de un trabajo...
Todo puede ser signo de Dios, y todo puede ser camino para llegar a El. Ni siquiera hace falta estar en el templo o rezando, ni en silencio o rodeados por el ruido de una fábrica... Dios se manifiesta en la misma vida y, como la estrella de los magos, aparece en nuestro camino, ocultándose en ocasiones, pero apareciendo ante la búsqueda sincera. Bien lo dirá Jesús en el sermón del monte: «Felices los sinceros, porque verán a Dios.» En los antípodas de esta bienaventuranza, característica de los magos, estuvo Herodes. El pudo cerciorarse muy bien de todo cuanto decía la Escritura sobre el mesías-rey!, pero no pudo verlo. La presencia de Jesús era un duro reproche hacia su indigna conducta; por eso no le bastó estar en Jerusalén, cerca del templo, ni consultar a los sacerdotes. Sus intenciones eran torcidas y pretendió destruir todo rastro de la presencia de Dios en su vida. Dios se manifiesta de muchas maneras a los hombres; casi podríamos decir que para cada hombre tiene una forma distinta, particular. Pero, para que se produzca esa manifestación, el hombre debe ser activo, debe estar caminando y buscando.
Los magos se nos aparecen como los prototipos del hombre del desierto: mirando siempre hacia adelante, cuestionando a las estrellas, inquiriendo a los otros viajeros; sin desalentarse ante los continuos fracasos, buscando sin interés personal; sencillos, humildes, generosos.
También nosotros buscamos a Dios y esperamos el día en que se nos manifieste. Pero, quizá, ya se nos está manifestando; quizá está muy cerca, pero algo nos falta para descubrirlo... ¿Dónde? Puede estar en el saludo que negamos desde hace mucho a cierto vecino, o en la sonrisa que falta en nuestro hogar, o en un diálogo que no se reanuda con nuestros hijos; puede estar en la habitación de la asistenta, tratada como un ser inferior, o en el portero sobre el que hacemos sentir nuestra superioridad.
Dios puede revelársenos en un momento crítico cuando la angustia invade días y días; también puede estar en una enfermedad o en el nacimiento de un nuevo niño. Nos podrá suceder muchas veces que estamos frente a él pero no llegamos a convencernos de que el «gran Dios» se manifieste de forma tan insospechada o humilde. No esperemos reconocerlo a través de sueños o de visiones; tampoco hacen falta milagros.
Toda la vida del caminante es un gran libro abierto donde podemos rastrear las huellas de un Dios invisible, que habla muy poco o permanece en silencio; que está sin hacer sentir su presencia..., que está sin darnos nada. Porque lo más insólito del encuentro de los magos con Jesús es que ellos abren sus cofres y ofrecen sus dones. Nada piden, nada buscan para sí: sólo vienen a adorarlo y reconocerlo como Señor. Vienen para dejar allí el oro, el incienso y la mirra...
¿Por qué nos cuesta tanto ver a Dios allí donde se manifiesta? Porque en ese encuentro tendremos que vaciarnos de nosotros mismos, abandonando esos idolillos que secretamente adoramos.
¡Cuántos ídolos fabricamos en la travesía del desierto, cuántos becerros de oro como los hebreos en el Sinaí! Desde esta perspectiva de hoy podríamos hacernos muchas preguntas, por ejemplo, por qué son los magos paganos los que llegan hasta Jesús y no los sacerdotes del templo, así como fueron los humildes pastores y no lo sabios de la ley los que acudieron hasta el pesebre.
Puede ser que nuestro cristianismo esté lleno de ídolos que se interponen para que no podamos reconocer a Jesús como el Señor de nuestra vida, el verdadero pastor de la Iglesia, el criterio fundamental que rija nuestra existencia.
2. Todos son llamados
El sentido de la fiesta de Epifanía no es solamente el de la manifestación de Dios a través de la vida del peregrino, sino que tiene también un sentido explícito de universalidad del Reino de Dios. El relato, real o ficticio de Mateo, está en la línea de las grandes profecías mesiánicas que aluden a un reino universal, abierto a todos los pueblos del mundo. El texto de Isaías que fue leído en la primera lectura y el salmo 71, salmo responsorial de la misa de hoy, conforman un todo único con el relato de Mateo que se nos presenta como un símbolo anticipado de una realidad futura.
Mateo, que escribe su libro después de la destrucción de Jerusalén y cuando ya muchísimos paganos habían ingresado en la Iglesia, comienza su evangelio subrayando el carácter universal del cristianismo o, para ser más precisos, del Reino de Dios por Cristo. El libro de los Hechos de los Apóstoles, como las primeras cartas de Pablo, son los principales testigos de un proceso de apertura y universalidad que se inició con la polémica y el dolor, y que todavía continúa en circunstancias distintas. Baste recordar el escándalo de la Iglesia de Jerusalén, regida por un pariente muy cercano de Jesús, cuando Pablo hace bautizar a los paganos sin circuncidarlos previamente. Parecía casi un gesto blasfemo pretender formar el pueblo de Dios con gente que no pertenecía a la raza judía. El mismo Pedro dudaba seriamente y se necesitó la lucidez y la valentía de Pablo para salvar al cristianismo del encierro y del aislamiento.
La dura controversia, que terminó cuando el Templo y con él toda la nación judía fueron destruidos por los romanos, dejando sin alternativa a los cristianos continuistas del judaísmo racista, se refleja como trasfondo del texto de Mateo en el que los sacerdotes, magistrados y jefes del pueblo judío no llegan hasta Jesús, mientras sí lo hacen los magos paganos llegados del desierto, más allá de las riberas del Jordán.
También nosotros hoy, casi veinte siglos después, podemos hacer acopio de algunas reflexiones desde la perspectiva de Mateo.
En primer lugar, es muy llamativo y sorprendente el hecho de que la primera comunidad cristiana, tan cercana a Jesús y tan fervorosa, no descubriera de inmediato el carácter universal de la fe cristiana. ¿Fue Jesús poco explícito al respecto? Lo que sí queda claro es lo difícil que le fue a la Iglesia naciente abrirse a los nuevos pueblos, dejando a un lado los prejuicios de la raza, del credo y del culto judíos. ¡Qué difícil es comprender la universalidad del Reino de Dios cuando se vive encerrado en una determinada cultura o país! ¡Qué fácil, en cambio, es tergiversar la universal soberanía de Dios, haciéndola pasar por nuestra óptica de miopes intereses! A lo largo de veinte siglos la Iglesia, que de judía se hizo griega y romana para terminar siendo occidental, nunca pudo vencer del todo la tentación de encerrarse, obligando a los hombres a pasar por cierto tamiz particularista para acceder hasta Jesús. ¿Es necesario recordar cómo se llegó hasta la violencia o la imposición del bautismo por las armas a pueblos enteros, a cambio de un régimen político o de una cultura, o de ciertos usos y costumbres que fueron identificados con el cristianismo sin más? ¿No estamos aún viviendo la crisis de la primera comunidad cristiana cuando todavía no hemos aprendido a dialogar con otras culturas y razas, con otras ideologías y movimientos, tan lejanos de nuestro sistema occidental, pero quizá tan cercanos al Reino de Dios? Los textos bíblicos de hoy no afirman la supremacía universal de la Iglesia sobre los pueblos ni son el acta constitucional de un imperio cristiano, ni menos establecen el matrimonio entre la Iglesia y los príncipes de este mundo...
RD/QUÉ-ES:Sí afirman, en cambio, el reinado universal de Dios, reinado de paz y de justicia, reinado opuesto diametralmente a todo lo que represente despotismo tanto político como religioso. Una vez más debemos distinguir con claridad entre el Reino de Dios y la Iglesia, dos realidades muy relacionadas entre sí pero claramente diferenciadas. En efecto, Jesús anunció el Reino de Dios, un Reino que en realidad es el anti-reino por excelencia, teniendo en cuenta lo que eran los reinos y los reyes de aquella época. Es un reino compuesto de pobres y oprimidos, reino donde la paz se edifica sobre la justicia, la justicia de Dios a los humildes y desposeídos.
Reino donde el rey es un servidor, y los servidores están sentados en tronos como jueces. Reino que llega y que siempre está por llegar, por lo que todos los días hay que rogar por su venida: «Que venga tu Reino.» Reino que se impone..., sí, pero sin violencia, y que exige humildad, apertura, disponibilidad, sencillez, pobreza y perdón. Reino que está dentro de cada uno y que no necesita ni templo ni montaña sagrada para que Dios quede allí a la exposición de los devotos.
El Reino de Dios no es más que el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, el Dios de la liberación. Donde hay amor, allí está; donde surge el odio y las divisiones, queda aplastado bajo los cadáveres y las cenizas.
Es pequeño como una semilla, crece en silencio. Pero antes de que nos demos cuenta, brota como un árbol gigantesco que abraza a cuantos hombres sinceros lo encuentran sin buscarlo o lo buscan sin encontrarlo. Este Reino de Dios manifestado en Jesucristo como una constante Epifanía, está en íntima relación con la Iglesia.
Los cristianos, en efecto, nos hemos sentido llamados al Reino; procuremos buscarlo allí donde se encuentre, luchando por él sin violencia pero violentándonos a nosotros mismos. Los cristianos no nos anunciamos a nosotros mismos; no es nuestra misión defender los intereses de la Iglesia, sino el único interés del Reino, que es la liberación total de todos los hombres. Los cristianos hemos sido llamados para que este Reino tan íntimo, tan personal, tan abierto al hombre por el solo hecho de ser hombre -poco importa su sexo, raza, credo o condición social-, crezca día a día hasta que sus frutos se extiendan mucho más allá de las internas fronteras de cada uno en particular.
Este parece ser otro importante aspecto que subraya Mateo en el texto evangélico de hoy. Dios no nos llama solamente a un nacimiento personal e íntimo, sino que también urge a toda la humanidad a un gran nacimiento colectivo para que la justicia y la paz sean el fundamento de las estructuras sociales, políticas y religiosas de la sociedad humana. Lamentablemente, tal como ha sucedido con Navidad, hemos hecho de la Epifanía del Señor una folclórica fiesta de los reyes magos, de papá Noel y de derroche de juguetes a los niños... ¿A tan poca cosa hemos reducido el Evangelio de la universalidad del Reino de Dios? El evangelio de hoy debiera sacudirnos y sacarnos de esa chatedad y miopía cristianas para descubrir, o al menos avizorar, toda la dimensión histórica universal del mensaje de Jesucristo.
Mucho tiempo hemos perdido los cristianos en defender nuestros intereses, distorsionando los textos bíblicos para que digan lo que nosotros necesitamos decir y hacer.
Hoy descubrimos que Dios no es blanco ni negro, occidental ni oriental, varón ni mujer, rico ni pobre. Su reino trasciende todas estas categorías humanas, como también las del nacionalismo que tanto estrago hizo en el seno de la Iglesia.
Hoy celebramos la fiesta de la Epifanía del Señor, fiesta que se complementa con la otra epifanía que tiene lugar cuando Jesús es bautizado, como nos lo recordará la liturgia del próximo domingo. Pues bien: la Iglesia, en cuanto comunidad y signo visible de la presencia salvadora de Dios en el mundo, debe ser la gran epifanía o manifestación de esta buena noticia que toda la liturgia del Adviento y del tiempo de Navidad no cesa de repetirnos: Dios ha llegado, está con los hombres, vive en nuestra historia, y a todos nos invita a participar de una u otra forma en la construcción o nacimiento de una nueva humanidad, sin barreras ni fronteras secesionistas. Mientras éstas sigan en pie, dentro y fuera de la Iglesia, razón tenemos para rezar cada día: «Señor, que venga tu Reino»...
SANTOS
BENETTI
CAMINANDO POR EL DESIERTO. Ciclo C.1º
EDICIONES PAULINAS.MADRID 1985.Págs. 135 ss.
31.
SIN FRONTERAS
Unos magos de Oriente se presentaron en Belén.
El mensaje central del relato que Mateo nos ofrece de los magos es claro: el Salvador nacido en Belén es para todos los hombres. La salvación que trae Jesucristo es para toda la humanidad. Vivimos en un siglo que pretende llamarse del hombre universal, cósmico, planetario. Pero los hombres andamos divididos, enfrentados, despedazados en bloques, razas, pueblos, naciones, regiones.
¿No podrá el amor universal nacido de la fe en Cristo salvar distancias, unir divisiones, curar rupturas? ¿Dónde ha quedado el carácter universal y católico del cristianismo? Si somos honestos, hemos de reconocer que también los cristianos vivimos divididos por particularismos ideológicos, políticos y sentimentales. Separados por discriminaciones, rupturas y sectarismos de origen diverso.
Vivimos nuestra fe con horizonte estrecho. Nuestro amor no es universal, sin fronteras, amplio, capaz de entender a todos los hombres y buscar la justicia y el bien para todos los pueblos.
Vivimos encerrados cada uno en nuestras propias adhesiones y grupos. Incluso de espaldas a otros grupos cristianos. Sin sufrir demasiado por las rupturas que se dan en nuestra propia Iglesia.
¿Cómo caminar hacia esa actitud amplia y universal que exige la adhesión al Salvador del mundo? Como ha dicho Aragón: «Ya no son éstos, días para vivir separados». Los cristianos hemos de adoptar una postura de colaboración eficaz en esta tarea de unir fraternalmente a los hombres y mujeres del mundo.
¿Qué es lo que sucede entre nosotros? ¿No hemos asimilado el amor de Cristo en nuestras comunidades? Porque el amor de Cristo hace universal al hombre. Abre su horizonte y lo hace profunda y anchamente universal.
Teilhard de Chardin escribía hace unos años: «No es posible fijar habitualmente la mirada sobre los grandes horizontes descubiertos por la ciencia, sin que surja un deseo oscuro de ver ligarse entre los hombres una simpatía y un conocimiento crecientes, hasta que, bajo los efectos de alguna atracción divina, no existan más que un solo corazón y un alma única sobre la faz de la tierra».
En esta mañana de Reyes, el relato de los magos nos descubre en ese Niño de Belén esa «atracción divina» de la que habla Teilhard de Chardin. Ese Niño nos invita a los creyentes a ensanchar nuestro horizonte, vivir nuestra fe con mayor amplitud y ser creadores de un clima de simpatía universal con todos los hombres y mujeres de la tierra.
JOSE ANTONIO
PAGOLA
BUENAS NOTICIAS
NAVARRA 1985.Pág. 31 s.
INCAPACES DE ADORAR
cayendo
de rodillas, le adoraron.
El hombre actual ha quedado, en gran medida, atrofiado para descubrir a Dios. No es que sea ateo. Es que se ha hecho «incapaz de Dios». Cuando un hombre o una mujer sólo busca o conoce el amor bajo formas degeneradas y su vida está movida exclusivamente por intereses egoístas de beneficio o ganancia, algo se seca en su corazón. Cuántas personas viven hoy un estilo de vida que las abruma y empobrece. Envejecidos prematuramente, endurecidos por dentro, sin capacidad de abrirse a Dios por ningún resquicio de su existencia, caminan por la vida sin la compañía interior de nadie.
El gran teólogo A. Delp, ejecutado por los nazis, veía en este «endurecimiento interior» el mayor peligro para el hombre moderno. «Entonces deja el hombre de alzar hacia las estrellas todas las manos de su ser. La incapacidad del hombre actual para adorar, amar, venerar, tiene su causa en su desmedida ambición y en el endurecimiento de la existencia».
Esta incapacidad para adorar a Dios se ha apoderado también de muchos creyentes que sólo buscan un «Dios útil». Sólo les interesa un Dios que sirva para sus proyectos privados o sus programas socio-políticos.
Dios queda así convertido en un «artículo de consumo» del que podemos disponer según nuestras conveniencias e intereses. Pero Dios es otra cosa. Dios es Amor infinito, encarnado en nuestra propia existencia. Y ante ese Dios, lo primero es adoración, júbilo, acción de gracias.
Cuando se olvida esto, el cristianismo corre el riesgo de convertirse en un esfuerzo gigantesco de humanización y la Iglesia en una empresa siempre tensa, siempre agobiada, siempre con la conciencia de no lograr el éxito moral por el que lucha y se esfuerza. Pero la fe cristiana, antes que nada, es descubrimiento de la Bondad de Dios, experiencia agradecida de que sólo Dios salva. El gesto de los Magos ante el Niño de Belén expresa la actitud primera de todo creyente ante Dios.
Dios existe. Está ahí, en el fondo de nuestra vida. Somos acogidos por El. No sabemos a dónde nos quiere conducir a través de la muerte. Pero podemos vivir con confianza ante el misterio.
Ante un Dios del que sólo sabemos que es Amor, no cabe sino el gozo, la adoración y la acción de gracias. Por eso, «cuando un cristiano piensa que ya ni siquiera es capaz de orar, debería tener al menos alegría» (·Boros-L).
JOSE ANTONIO
PAGOLA
BUENAS NOTICIAS
NAVARRA 1985.Pág.
149 s.
33.
Hoy celebramos la fiesta de la Epifanía. La fiesta de la manifestación de Dios, de la revelación de Dios a los hombres. Los Magos que vienen de lejos, buscando a este misterioso Niño son el símbolo vivo de todos los hombres, de todos los lugares, de todas las razas, de todas las ideologías. Todos los hombres pueden encontrar a Dios. Los Magos nos enseñan el itinerario de la fe, el camino que debemos recorrer para el descubrimiento de Dios.
Con Dios no se puede tropezar. Con el amigo, sí. Vamos caminando y de pronto nos topamos con él. A Dios hay que buscarlo. Hay que preocuparse. Los Magos son ejemplo de búsqueda ilusionada.
El camino de cada hombre hacia Dios implica como el de los magos un querer salir de uno mismo para buscar. Es, de algún modo, una aventura. Salir de nuestra instalación para buscar a Dios en su revelación, en su presencia en cada hombre, en cada situación humana. Todos necesitamos emprender este camino que nos llevará al descubrimiento de la "gran alegría".
Dice S. Juan Crisóstomo: "Los magos no se pusieron en camino porque habían visto la estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino".
Quizás también nosotros tenemos necesidad de aprender, de estos extraordinarios "nómadas de la fe", el sentido del movimiento. Se trata de no pararse ni siquiera frente a la verdad que uno cree haber descubierto. ¡Ay! de los satisfechos en este campo. Ciertos cristianos dan la impresión de colocarse y reposar en la verdad. Pero es legítima la duda expresada por G. -Thibon-: "¿Es la posesión de la verdad lo que da fundamento a tu reposo, o es el amor al reposo lo que crea tu verdad?".
Para muchos se trata, sin duda, de amor entrañable -si bien no confesado- al reposo, la seguridad, la estabilidad, más que de amor a la verdad. Esta última, en efecto, crea nómadas, no sedentarios.
Ser creyentes quiere decir ser incansables buscadores de Dios, no poseedores de Dios. El creyente es alguien que no se considera nunca "llegado". "Para el creyente Dios no es una posesión, no es un objeto de bolsillo, sino una persona que jamás es encontrada de una vez para siempre, de quien se tiene sed. Los creyentes son un pueblo que camina por el desierto hacia Dios".
Cada uno de nosotros debe ser, esencialmente, uno que busca. Y después de haber encontrado, sigue buscando por todas partes.Es necesario librarse de la ilusión de "tener" a Dios, de poseerlo de una vez para siempre.
-Actitud de los sabios. Muchos que saben la Biblia de memoria no lo descubren. Hombres satisfechos. Seguros de sí mismos.
Saben todo. Pero no se mueven de sus libros, de sus esquemas. Dejan que los otros sean quienes arrostren los peligros. Su geografía es la aprendida en los textos, no a través de una exploración personal. Conformistas. Comodones. Perezosos. No lo descubrirán nunca.
-Actitud de Herodes, de los poderosos. Tiene miedo de la Verdad. Tiene miedo de perder su posición, su nivel de vida, su rango. Por eso se conmueve. Como tiene miedo de la verdad decide aplastarla, recurriendo incluso a la injusticia. Herodes y los Magos tipifican dos actitudes contrarias ante la verdad: la de aquellos que la aman y la buscan sinceramente, poniendo en juego toda la vida, y la de aquellos que la temen y recurren a todas las astucias, hasta la injusticia para liquidar la verdad del mundo.
-El descubrimiento de Dios puede ser decepcionante.
La fiesta de la Epifanía del Señor supone para nosotros el reconocimiento del Señor. No basta que Dios se nos manifieste, es preciso que sepamos verlo donde se manifiesta: en un niño, en la pobreza, en la debilidad, en la inocencia, en el hijo de la mujer, en el hijo del carpintero. Y ese encuentro con Dios requiere de nosotros un cambio profundo.
Pero hay algo en el evangelio de hoy que me parece interesante subrayar: el hecho de que los Reyes tuvieron su Epifanía, su manifestación de Dios, porque supieron reconocer el rostro de Dios en los rasgos de un hombre-niño. Parece evidente que si no somos capaces de encontrarnos con Dios en los hombres, no lo descubriremos nunca.
Al menos no encontraremos nunca al Dios de Jesús que no es una entelequia o un ente sólo para la especulación o la oración sino que es Alguien vivo y cercano que nos espera agazapado en la mano del hombre que se tiende a nosotros para que la estrechemos cuando sufre o cuando goza. Quizá nunca se insistirá bastante en este aspecto de la vida cristiana que es, por otra parte, el que comporta verdaderos y auténticos problemas prácticos (entre ellos el del riesgo que en su día tuvieron que asumir los Magos y han asumido en el tiempo muchísimos cristianos de verdad). Ir al encuentro de un Dios en el que sólo se piensa o al que sólo se le reza, compromete a poco; ir al encuentro de un Dios al que hay que descubrir en el hombre, sabiendo que ese hombre, porque Dios lo ha querido así, es mi hermano al que hay que amar tanto como nos amamos a nosotros mismos, es algo que acarrea consecuencias imprevisibles y, a veces, muy molestas. pero si no caminamos por esa senda es muy posible que nunca alcancemos nuestra particular y espléndida epifanía.
-SE MARCHARON POR OTRO CAMINO
La demostración de la fe es la conversión. No es posible creer y vivir como si tal cosa. La fe misma es ya una conversión radical, pues nos cambia desde la raíz, de nuestra mentalidad. Por eso se manifiesta enseguida en las obras, en la conducta y en el talante. El que cree en Dios no puede vivir como si Dios no existiera o como si Dios fuera un superman o un remedio para todo a nuestra disposición y conveniencia. Y el que cree en la paternidad de Dios, no puede vivir como si los demás no fuesen hermanos. Creer, más que un asentimiento a verdades formuladas en abstracto, es una forma de vivir. Y no hay forma de vivir sin alguna fe, aunque no sea precisamente religiosa. Quien no cree en Dios, cree en otra cosa como si fuese Dios, convierte en ídolo un sucedáneo, al que absolutiza y consagra su vida. El evangelista, como quien no dice nada, subraya ese cambio de ruta en el camino de los magos, que se vuelven por otro camino.
«Sólo hay dos clases de hombres razonables, decía -Pascal-: los que sirven a Dios, porque le conocen, y los que buscan a Dios, porque no le conocen». Si esto es verdad, hoy tendríamos que reconocer que la mayoría de la gente no es razonable, porque ni sirve a Dios ni lo busca.
Muchos dicen, o decimos, que conocemos a Dios, pero no le sirven o no le servimos. ¿Servimos a Dios todos los creyentes?
La división que estamos comentando no responde del todo a la realidad. No existe esa separación entre los que ya encontraron a Dios y los que aún lo están buscando, porque todo el que ha encontrado a Dios lo seguirá buscando, y todo el que busca a Dios ya lo ha encontrado. «Encontrar a Dios es buscarlo sin cesar», afirma limpiamente San Gregorio de Nisa.
34.
Una estrella «nova»
ESTRELLA/EPI:En la revista Newsweek leí un artículo con el título "La extraña estrella de navidad". En ese artículo se citan diversas opiniones de astrónomos sobre el posible significado de la estrella que condujo a los magos hasta Belén. Kepler fue el primero en pensar en una conjunción de Júpiter y Saturno que aconteció siete años antes del comienzo de nuestra era. Posteriormente se ha dicho que la estrella de los magos pudo haber sido una estrella «nova» cinco años antes de nuestra era. Otros creen que pudo haber sido un cometa, una conjunción planetaria...
J/FECHA-NA:Como sabéis, hoy no existe dificultad en conocer cómo era el cielo hace milenios. La mayor dificultad surge de la gran imprecisión de los datos sobre el nacimiento de Cristo. El monje Dionisio el Exiguo, que calculó la fecha del nacimiento de Cristo, se equivocó. Los evangelios dicen que nació durante el reino de Herodes, que murió probablemente el año cuarto antes de nuestra era.
Desconocemos también el día del nacimiento de Jesús, que no viene recogido en los evangelios. De hecho, la Iglesia lo celebró en enero, hasta que lo trasladó en el siglo IV a su fecha actual, para hacerlo coincidir con una fiesta pagana dedicada al dios sol.
Ante todas estas dificultades, el artículo concluye diciendo que «intentar conciliar el evangelio y la astronomía es más un juego intelectual que una verdadera investigación.
Probablemente nunca existirá una respuesta definitiva al misterio de la estrella de Belén. Ni la necesitan aquellos que todavía la ven brillar».
Porque indiscutiblemente, y sin pretender zanjar el debate astronómico sobre la estrella de los magos, toda esta historia tiene un profundo sentido religioso. Es el recogido por la liturgia, que no llama a este día la festividad de los Reyes magos, sino de la Epifanía, de la Manifestación. La llegada desde oriente de aquellos magos -los evangelios no dicen que fuesen ni reyes, ni tres, ni cuáles eran sus nombres, ni si uno era negro, ni si venían sobre caballos, dromedarios, camellos- es la realización de la visión profética de Isaías: sobre una Jerusalén, que se intenta reconstruir después del destierro, llegan los habitantes de otros pueblos. El texto de Isaías acumula términos para expresar la luz que viene a Jerusalén: resplandor, aurora, brillar, amanecer... Se está ya anticipando lo que dirá el prólogo de Juan: Jesús es la luz que ilumina la tiniebla del mundo.
La llegada de los magos de oriente es el arranque de lo que Pablo califica en la segunda lectura como el «misterio» desconocido para los hombres de otros tiempos y que ahora ha sido manifestado: "Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el evangelio". Ya no hay pueblo elegido, ya que todo hombre es elegido. Aquellos magos de oriente, que buscan la estrella y al rey de los judíos, son el símbolo de una humanidad que toda ella es convocada ante el Dios hecho hombre, sin que haya ya distinciones: ya no hay ni hombre ni mujer, ni esclavo ni libre, ni judío ni griego... Todos los hombres son partícipes de la promesa de Jesucristo por el evangelio.
La historia de los magos es además nuestra propia historia, la historia de la trayectoria del hombre creyente que busca y encuentra a Jesús. Porque todo ser humano necesita tener en su vida una estrella. No podemos vivir inmersos y ahogados en la prosa de cada día, viviendo de tejas abajo. Nos hace falta algo que nos saque de la rutina, de nuestro levantarse, trabajar, comer, dormir..., para continuar de la misma forma el día siguiente. Tenemos necesidad de algo que sea para nosotros meta, sueño o ilusión. Necesitamos una estrella.
También necesitaban una estrella aquellos magos de oriente. ¿Para qué querían sus camellos, su oro, su incienso, su mirra..., si les faltaba una ilusión, un sentido en la vida? ¿Para qué querían su astrología, si no tenían una estrella distinta de las otras, que les señalase un camino y una meta? Hasta que un día aquellos magos vieron salir una estrella distinta y se pusieron en camino. Como Abrahán, dejaron la casa paterna; como José y María cuando tuvo lugar el censo del Imperio, dejaron atrás su oriente conocido, su rutina, sus comodidades.
No les desanimó ni el largo camino, ni las ambigüedades de Herodes, ni el ocultamiento de la estrella... Porque una y otra vez volvía a reaparecer y se llenaban de inmensa alegría. Hasta que vino a detenerse donde estaba el Niño y su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron y sacaron de sus cofres, quizá mezclados con polvo y arena del desierto, el oro, el incienso y la mirra... Y volvieron a su casa con los cofres vacíos, pero con su corazón rebosante.
Volvieron por otro camino, aunque quizá era la misma ruta, pero ahora todo les parecía distinto: los cofres eran ahora más ligeros, el polvo del desierto había florecido en su corazón, su magia se había inclinado ante el Dios hecho niño... Y volvieron a la vida de siempre, pero en su vida había una ilusión, una estrella -quizá muy parecida a las otras, pero era la «suya»-, la estrella que les llevó a encontrar a la palabra de Dios hecha carne. ¿No es esta también nuestra propia historia? ¿No nos pasa muchas veces que tenemos tantas cosas y, sin embargo, nos falta la luz, la estrella, que dé sentido a lo que tenemos entre manos? ¿No es verdad, como dice A. Bloom, que «uno de los problemas del hombre moderno es que tenemos demasiado para saborear las cosas pequeñas»? ¿No es este el problema de hoy de los niños, que han visto durante el mes de diciembre -según la prensa- un promedio de cien anuncios de juguetes al día y que hoy se sienten desbordados por un aluvión de regalos que no son capaces de asumir? ¿No tenemos que reconocer que hoy tenemos muchas más cosas que en el pasado, pero que no somos más felices? ¿No tenemos que reconocer que nuestro problema es falta de ilusión, de sentido, de meta, de una estrella que ilumine de forma distinta nuestra vida, que haga vaciar nuestros cofres de tantas cosas inútiles, que nos haga ver los caminos de nuestra vida, aunque sigan siendo los mismos, de forma distinta?
He recibido una carta anónima que hace referencia a la fiesta de hoy. Su autor dice: «He pensado mucho, utilizando el paradigma astronómico, en la cantidad de agujeros negros que cada uno de nosotros alberga en su biografía: privaciones de bien, sufrimientos, aflicciones, mutilaciones familiares, etc. Lo cierto es que el hombre de hoy se haya sumido en un agujero negro... El cataclismo de una estrella en su fase de acabamiento que posee una fuerza gravitatoria tan inmensa que ni siquiera la luz es capaz de escapar. Un astrónomo inglés afirma que la estrella de Belén es con seguridad un fenómeno que se corresponde con la explosión de una estrella, es decir una "nova", una estrella que brilla con una luz que puede incluso superar a la de una galaxia».
Es bonito ese contraste entre los agujeros negros y las estrellas novas. Tenemos el peligro de convertirnos en esos agujeros negros, encerrados dentro de nosotros mismos, agobiados por nuestros problemas -que muchas veces engrandecemos exageradamente- y por tantas cosas que poseemos y que nos saturan. Todo ello se convierte en una potente fuerza gravitatoria que nos encapsula en nuestro interior e impide que salga aunque sólo sea algo de luz de nosotros.
¿No necesitamos que brille sobre nosotros la estrella de Belén -y da lo mismo que fuese cometa, conjunción planetaria o una estrella «nova»- e ilumine nuestra vida? ¿No necesitamos descargar nuestra vida de tanto encapsulamiento y tanto objeto de oropel que nos satura? ¿No estaríamos de esta forma más libres, con unos ojos más lúcidos para percibir las verdaderas estrellas que hay en nuestra vida? ¿No podríamos tener así algo de esas estrellas «novas» que iluminen en la tiniebla en la que se mueven tantos hombres? Estoy convencido de que carece de sentido especular sobre qué fue la extraña estrella de Belén. Lo que necesitamos es que una estrella brille también hoy sobre nosotros.
JAVIER
GAFO
DIOS A LA VISTA
Homilías ciclo C. Madris 1994.Pág.
64 ss.
35.
La historia de Navidad fue, a pesar del canto de alabanza celeste, una manifestación de Dios discreta, limitada a unos pocos. Pero valía no sólo para Israel, sino para todo el mundo; y esto es precisamente lo que se celebra en la fiesta de hoy: la epifanía de Dios está concebida para el mundo en su totalidad, también para los pueblos paganos que, aunque no habían recibido ningún anuncio profético previo como los judíos, son ahora los primeros en venir a rendirle homenaje.
1. El evangelio describe la llegada de los astrólogos paganos que han visto salir la estrella de la salvación y la han seguido. Dios les ha dirigido una palabra mediante una estrella insólita en medio de sus constelaciones habituales; y esta palabra les ha sobresaltado y les ha hecho aguzar el oído, mientras que Israel, acostumbrado a la palabra de Dios, ha cerrado sus oídos a las palabras de la revelación: no quiere que nada turbe el curso habitual de sus dinastías (lo mismo suele ocurrir en la Iglesia, cuando se siente molesta por el mensaje inesperado de un santo). La pregunta ingenua de estos extranjeros: «¿Dónde está el Rey que ha nacido?», provoca desazón e incluso susto. La consecuencia será, en el caso de Herodes, un plan criminal secreta y arteramente urdido; pero los Magos, guiados por la estrella, consiguen su meta: rinden homenaje al Niño y, conducidos por la providencia divina, evitan a Herodes, volviendo a su tierra por otro camino. El acontecimiento es claramente simbólico: anuncia y preludia la elección de los paganos; más de una vez, Jesús encontrará en ellos una fe más grande que en Israel. A menudo son los conversos (raramente deseados) los que abren caminos nuevos y fecundos a la Iglesia (cfr. Hch 9,26-3O).
2. «Vienen todos de Sabá».
Isaías (en la primera lectura) exhorta a Jerusalén a brillar, ahora que no quiere reconocer a su salvador, «porque llega tu luz». Jerusalén no tiene luz en sí misma, aunque ella crea que la tiene: debe ver a los pueblos y a los reyes venir con sus tesoros, pero no a ella, sino a su luz. Sólo a esta luz podrá reunirse de nuevo a sí misma y salir de su fatal diáspora, pero no cerrándose ya a los pueblos que le traen «los tesoros del mar» desde los países más remotos, sino únicamente uniéndose con ellos. La multitud que así se congregará será un nuevo pueblo, el «Israel de Dios», y por este motivo Israel debería estar radiante de alegría y «ensanchar su corazón». Ahora vienen todos de Sabá, pero no como cuando la reina de Sabá vino a Jerusalén para ver la sabiduría de Salomón; ahora se trata realmente de un pueblo de Dios elegido entre todos los pueblos de la tierra y representado por los primeros en venir: unos Magos que han seguido la luz y han rendido homenaje y adorado al Niño.
3. «Miembros del mismo cuerpo».
En el fondo Israel tendría que haber presentido algo del «Mysterium» que ahora se revela a Pablo (en la segunda lectura): que el viejo Israel va a abrirse a todos los pueblos, que éstos son también «partícipes de la promesa en Jesucristo» y «coherederos» junto con Israel. Pero a pesar del anuncio hecho por Dios a Abrahán de que los pueblos serían bendecidos en él, Israel no ha comprendido la promesa e incluso ha rechazado «al rey de los judíos que acaba de nacer»; únicamente por el «Espíritu Santo» se reveló a los «apóstoles» y a los «profetas» del Nuevo Testamento que la antigua promesa hecha a Abrahán y la alianza de Noé -más antigua todavía- con la creación se ha cumplido en este recién nacido. Sólo la Iglesia de Cristo ve la estrella que de él sale y cómo su epifanía brilla sobre el mundo entero.
HANS URS von
BALTHASAR
LUZ DE LA PALABRA
Comentarios a las lecturas dominicales
A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág.
30 s.
36.
SOBRE ESTRELLAS E IDEALES
¿Recordáis aquella fábula de «los dos presos»? Allá estaban ellos en su siniestro calabozo, desprovisto absolutamente de todo, dándole siempre vueltas al mismo tema: su «perra vida». Un día, subiéndose uno encima del otro, consiguieron mirar al exterior por el altísimo ventanillo enrejado de su celda. Al sentarse otra vez en el suelo se preguntaron: «Tú, ¿qué has visto?
--¡Nada...! barro, oscuridad, un suelo encharcado. Y ¿tú?»
--«Yo dijo pensativo el otro-- he visto un cielo muy oscuro, pero lleno de estrellas». Tengo para mí que la Humanidad es así. Un sector de la misma anda empeñado en no ver otra cosa en la vida que «barro, oscuridad, suelos encharcados». Tendemos a subrayar lo negativo que hay a nuestro lado.
Es verdad que no vivimos en un mundo idílico y que el mal prolifera. Es verdad que el progreso, junto a sus maravillas, nos ha enseñado también su «cara negra». Es verdad que hay días en que parecen cabalgar de nuevo los cuatro jinetes del apocalipsis. Pero es verdad también que «la noche está cuajada de estrellas» y que el hombre está llamado a ser un «pescador de estrellas».
La liturgia de hoy nos dice que «unos magos llegaron a Jerusalén diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos?; porque hemos visto su estrella...».
Y así, a simple vista, parece el principio de un cuento infantil. Pero, ¡mira por dónde!, esta historia ha interesado siempre a todos: «los sabios y prudentes» y a «la gente sencilla». Los primeros, nos han desmitificado algunas cosas: que no eran reyes, como ha querido la tradición; que no eran «magos», ya que no se dedicaban a la «magia», sino a la observación de las estrellas; que no sabemos si eran tres, o cuatro, o doce; que tampoco podemos asegurar que se llamaran Melchor, Gaspar y Baltasar. Pero estos «sabios prudentes» están de acuerdo con «la gente sencilla» en que la estrella que les puso en camino tenía que ver mucho con la profecía de Balaán: «Una estrella se levantará de Jacob...» y se pusieron en marcha, enseñándonos tres cosas.
UNA.--Que necesitamos una estrella. No podemos vivir sin norte, sin unos ideales. El mundo de hoy se está contentando con sensaciones epidérmicas y pasajeras; y vive triste. Se ha construido un «star system» en el que nuestros ideales son de barro y se desmoronan.
DOS.--Que el «seguir una estrella conlleva dificultades». Aquellos magos las tuvieron, sin duda: las de sus propias dudas y su miedo, la del riesgo de toda aventura, incluida la muerte; la de las chanzas y risas de todos los que los vieron salir. Pasarían, no lo dudéis, por «chiflados». Pero se lanzaron y... vencieron. ¡Mucha falta le hace al cristiano indeciso de hoy esa «audacia»! Porque, una vez y otra vez, nos solemos quedar en propósitos en esbozo y en posteriores lamentos: «¡Si lo hubiera sabido!»
TRES.--Que «el seguir una estrella purifica siempre la fe». Ved, amigos, lo que encontraron los magos: «al niño con María, su madre». Nada de tronos y realezas, nada de boatos propios de una corte. Sólo el temblor de un niño en la pobreza de un pesebre. Pero CREYERON: «Abriendo sus cofres, se arrodillaron y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra».
Decididamente: desde la oscuridad de mi vida, igual que los presos, necesito ver «la noche cuajada de estrellas». Y, como quiero caminar tras la más brillante, ahora mismo comienzo mi carta: «QUERIDOS REYES MAGOS...».
ELVIRA-1.Págs. 12 ss.
37.
La Epifanía del Señor
«Epifanía» significa «revelación», «manifestación». De hecho, en la vida se dan muchas revelaciones superficiales (ciertas apariciones, cábalas, horóscopos, etc.). La manifestación de Dios, en consonancia con el evangelio, es revelación a través de cosas sencillas, dentro de un clima de confianza y esperanza, para que la vida sea más humana y más justa. El centro de la Epifanía es la revelación de Jesús como Salvador, que está en la periferia, en el exilio, en el mundo ignorado, en los pobres y marginados. Para descubrirlo y adorarlo se nos exige una toma de decisión, ponernos en camino y llegar hasta el Señor.
La fiesta de «Reyes» es epifanía de un niño adorado por los «magos», que representan al mundo pagano y a los extranjeros (universalismo de la salvación); los «magos» se ponen en camino y retornan por otra senda (conversión como giro de conducta), guiados por una estrella (luz que proviene de Dios). Dan lo mejor de sí mismos. Pero es también epifanía de un niño temido por los poderosos, es decir, por los que, ocupando los centros del poder y del dinero, se sienten salvadores cuando en realidad son dominadores, y no se arrodillan ante Dios, porque se idolatran a sí mismos. Utilizan su saber y su tener para matar. A veces, aunque a una escala más modesta, así somos también nosotros...
La fiesta de la Epifanía, o de la manifestación de Dios a los hombres, siempre ha sido entre nosotros una fiesta navideña con hondas raíces populares. Lo demuestran, sobre todo, dos tradiciones: la de regalar juguetes y la de la «cabalgata de los magos». Es, pues, una gran fiesta de la infancia. En la fiesta de «Reyes», los niños están pendientes de la cabalgata. Su imaginación fantástica, su gran emotividad y su sentido religioso natural producen en ellos un estado de alegría incontenible. Los padres quedan embelesados, y los adultos reviven unas horas de infancia inolvidables.
CASIANO
FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág.
47 s.
38.
Frase evangélica: «Se pusieron en camino»
Tema de predicación: LA REVELACIÓN DE DIOS
1. «Epifanía» significa revelación del misterio de Dios, a saber, de Cristo primogénito de toda criatura (Col 1,15) y primer nacido de entre los muertos (Col 1,18). La persona y la vida de Jesucristo se revelan por su misión progresiva y universal. Así nos lo dice hoy la carta a los Efesios.
2. Dios se revela a unos «magos» que siguen las huellas de Dios, como astrólogos, por una religión de la naturaleza. No obstante, descubren el nacimiento de Jesús como rey universal; son las primicias de los primeros paganos. En cambio, los «pontífices» y «letrados» (que saben por las Escrituras la importancia de Belén) no se ponen en camino. Su saber -meramente teórico- se reduce a la cita de Miqueas (5,1), sin consecuencias de liberación. Herodes, dueño ilegítimo del poder, pretende manipular incluso la religión. Aparenta querer rendir homenaje a su rival. Pueden verse tres actitudes: búsqueda, indiferencia y hostilidad.
3. La luz de la estrella, figura de la luz del recién nacido, guía a los magos hasta encontrar al verdadero rey, que es Jesús «con María, su madre». Los tres dones, símbolos de los valores que aprecia el pueblo (dinero, amor, salud) expresan el sentido cristiano que poseen: reconocimiento evangélico y justicia de Dios. Los magos regresan «por otro camino», sinónimo de conversión. La historia no está en manos de los inicuos, sino en las del Señor.
4. Para encontrar a Dios es preciso dejarse guiar por unas señales y seguir en la vida una nueva senda. Durante el viaje hay que saber indagar, consultar, dialogar y decidir. Quien busca halla, y quien desea creer acaba creyendo.
REFLEXIÓN CRISTIANA:
¿Nos lleva a conversión el conocimiento de Dios?
¿Somos capaces de dar lo que tenemos?
CASIANO
FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág.
103 s.
39.
Frase evangélica: «Cayendo de rodillas, lo adoraron»
Tema de predicación: LA ADORACIÓN A DIOS
1. La Epifanía es la fiesta de la realeza de Jesús, según lo anuncia Miqueas 6, citado por Mateo. La dignidad real de Dios se oculta en la fragilidad de un niño, al que se adora.
2. La adoración es el acto de reverencia por el que se reconoce a Dios como Señor. A los santos se les venera, no se les adora. Ante la presencia de Dios, de su gloria o de su santidad, la persona religiosa adora. Por una parte, tiene conciencia de que es pecador, y adora «con temor y temblor»; por otra, se llena de alegría al reconocer la santidad divina.
3. En todas las religiones, la adoración se manifiesta a través de signos exteriores: inclinación, postración, beso... Así adoramos el signo del niño en Navidad o la cruz del Viernes Santo. Adoramos a Cristo. Pero de nada sirven los gestos si no adora el corazón; de este modo se expresan los profetas.
4. Mateo refiere la adoración de que es objeto Cristo por parte de unos «magos» extranjeros, del mismo modo que Lucas reseña esa misma adoración por parte de unos pastores marginados. En cambio, los dueños de este mundo, que sólo reconocen su propio señorío, intentan adorar cínicamente y con sentido perverso. La adoración cristiana es «en espíritu y en verdad». No es un gesto externo, sino una entrega radical: la adoración conlleva la ofrenda de unos dones. La adoración a Dios tiene lugar en la asamblea, cuyo centro es la doble mesa: la del hermano pobre y la del Señor.
REFLEXIÓN CRISTIANA:
¿Por qué motivos adoramos a Dios?
¿Sentimos veneración por algunas cosas?
CASIANO
FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág. 251