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HOMILÍAS MÁS PARA LA FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
11-19
11.
UNA ESTRELLA PARA TODOS
El panorama que nos ofrece este año que empieza, no podemos decir que será halagüeño. Muchedumbres arrancadas, desplazadas del lugar donde vivían, van por el mundo en busca de pan, de techo, de trabajo; niños, millones de niños, mueren de hambre, o a causa de enfermedades que podrían ser curadas: o malviven sin hogar, sin escuela, sin alegría. Cantidad de gente que sufre por fuera y por dentro: crucificados por la enfermedad, acorralados por los problemas, la soledad o el rechazo. Muchos -demasiados- puntos de guerra y de violencia en el mapa del mundo, fuentes permanentes de tragedia, generadores de espirales de odio...
¿No habrá quien acoja a toda esa gente desarraigada, quien diga alguna vez a esos niños ¡hijo mío!, quien encuentre una salida para tanto dolor y tanta muerte? ¡Hay camino! Es la alegre noticia que brota hoy de la Palabra hecha carne. Se ha encendido una luz en Belén, pequeña aldea de Judá. Un punto de luz, pequeño y casi escondido al principio, pero que está llamado a crecer, a derramarse por el mundo. Una luz que va a plantar batalla a todas las angustias del hombre, a todos sus males, hasta a la misma muerte.
¡Hay salida! Es el grito de nuestra fe, frente a tantas profecías de calamidades que ensombrecen la aurora de este Año Nuevo.
"Hemos visto salir su estrella, y venimos a adorarlo". Hemos prestado atención a su llamada y, dejando el calorcillo de nuestra cómoda pasividad, hemos andado un largo camino de preguntas, de cansancios, de ilusión también, de mucha ilusión. Una maravillosa aventura en la que no ha faltado el sabor triste de la traición, ni el espejismo de otros falsos caminos, ni la duda, ni el miedo; en la que muchos, rendidos, se han ido quedando en la cuneta. Unas veces, la estrella nos mantenía en alto la esperanza; otras, cuando la estrella se escondía, había que aguzar el ingenio, preguntar acá y allá, apretar los dientes y seguir caminando. Hemos tenido que vencer, todavía, una última tentación: la de sentirnos decepcionados ante el estilo sencillo y pobre de esa luz descubierta; pero hemos logrado abrir los ojos de dentro, y reconocer la inmensa fuerza, el todopoderoso amor que se ocultaba en aquel Niño que, en brazos de su Madre, se nos ofrecía. Y le hemos dado todo cuanto teníamos.
Más aún, nos hemos puesto a sus órdenes para una misión que ha de llenar el resto de nuestra vida: la de ser "estrellas", para que otros lo puedan encontrar. Porque esta luz que nace en Belén no es sólo para unos pocos privilegiados. Esta luz trae ya, desde su humilde principio, el talante inconfundible de la universalidad. "También los gentiles son coherederos".
Tardará más o menos: dependerá de la resistencia que encuentre en el corazón de los hombres, de que sean muchos o pocos los que respondan a esa llamada a ser "estrellas" -misioneros- para otros. Pero algún día, con toda certeza, todos los pueblos de la tierra levantarán la cabeza: verán, ellos también, que una estrella los llama. Y se pondrán en camino hacia la luz, hacia la libertad. Sabrán que ha sonado, por fin, la hora de la esperanza.
JORGE GUILLEN
GARCIA
AL HILO DE LA PALABRA
Comentario a las lecturas de domingos y fiestas
ciclo B. GRANADA 1993. pág. 33 s.
12. FE/LUZ/EPIFANIA
Quisiera invitaros a fijar vuestra atención en dos aspectos de esta maravillosa historia que nos acaba de narrar el evangelio de san Mateo. Uno es el hecho que estos misteriosos Magos de Oriente emprendieran un largo y aventurado camino movidos sólo por aquella íntima esperanza de que la nueva estrella que ellos -sabios que creían en la astrología- habían descubierto guiaría sus pasos por tierra extranjera. El otro aspecto que desearía proponer a vuestra atención es la "inmensa alegría" que nos dice el evangelio les llenó al llegar al final de su camino y hallar al niño.
-Un largo camino. Me parece que todos nosotros somos invitados -somos llamados- por Dios a recorrer un largo y diría que también aventurado camino. Nosotros no siguiendo la luz de una estrella sino una luz más firme y segura: la luz de nuestra fe. Pero aunque sea más firme y segura, sin embargo no nos resuelve todos nuestros problemas, no responde a todas nuestras preguntas, no nos suministra soluciones para todo.
Porque la fe es una luz que guía para caminar, no para quedarnos parados. Guía para aventurarnos -con plena confianza pero no con plena claridad- por este largo y a menudo difícil camino que es toda nuestra vida, día tras día, semana tras semana, año tras año. Un camino que es de continua búsqueda por conocer mejor a Dios y por amar más al hermano. Sabemos que nos engañamos si pensamos que conocemos lo bastante a Dios y que amamos suficientemente al hermano. Nos engañamos si nos detenemos en nuestro camino cristiano.
"Epifanía del Señor" -el título de la fiesta de hoy- significa, como sabéis, "manifestación del Señor". Celebramos que Dios se nos ha dado a conocer y se ha hecho presente en el hombre Jesús, nacido en Belén, hijo de María. Dios se nos ha manifestado, se nos ha dado a conocer, pero cada uno de nosotros está sólo a los inicios de nuestro camino personal por captar y vivir esta manifestación, esta presencia de Dios. Por ello es siempre necesario que progresemos en nuestro camino de conocimiento de esta manifestación de Dios en Jesús, progresemos en este conocimiento que cuanto más crezca más se traducirá en amor real hacia los demás.
-Una íntima alegría. Y este camino que debe hacer cada uno de nosotros -por esta tierra extranjera que es siempre nuestro mundo-, aunque esté guiado por la luz de la fe que el Padre sembró en nosotros como semilla destinada a crecer, sin embargo puede pasar por etapas de oscuridad, de duda, de tribulación, de problemas. La fe ni es un tranquilizante ni es un seguro contra todo accidente.
Pero, sea como sea, también es verdad que en este camino de fe podemos tener siempre en nosotros una profunda y radical alegría. Como aquella "inmensa alegría" que penetró a los Magos allí en Belén. Es la alegría de sabernos de algún modo -de un modo misterioso pero real e íntimo- en comunión con un Dios que nos ama y que, puesto que se encarnó, que se hizo uno de nosotros, comparte nuestro difícil y aventurado camino.
El hecho de que Dios se nos haya dada a conocer, se haya manifestado, el hecho que nosotros creamos en esta manifestación que es Jesucristo, el hecho que tengamos fe, decíamos que no da respuesta a todos nuestras preguntas ni resuelve todos nuestros problemas. Pero sí nos da -nos debería dar- la íntima seguridad de sabernos amados por Dios y de sabernos llamados a vivir en comunión de amor con los hermanos. Y pregunto: ¿puede existir mayor y mejor alegría que ésta? Los niños, hoy, en esta fiesta tan suya, nos dan un ejemplo: su alegría es contagiosa, es comunicativa. De ellos nosotros, los adultos, podríamos aprender esto: que también sepamos comunicar, contagiar, la alegría íntima y profunda que nos ha dado Dios al regalarnos a su Hijo Jesús. Que aquellos que conviven con nosotros, en los diversos ámbitos de nuestra vida de cada día, puedan captar de algún modo que en el corazón de cada cristiano hay una luz de alegría.
Una alegría que, como hemos dicho en la primera oración de la misa de hoy, esperamos que llegue a su plenitud cuando, al final del camino de nuestra vida, contemplemos "cara a cara, la hermosura infinita" de la gloria de Dios.
Cada vez que comulgamos con el cuerpo y la sangre de Jesús recibimos el alimento para nuestro camino de ahora, pero también la prenda -en anticipo- de la comunión plena en la tierra de Dios que es el cielo. Hermanas y hermanos: celebramos con fe y con alegría la Eucaristía del Señor.
JOAQUIM
GOMIS
MISA DOMINICAL 1990, 1
13.
-Contemplar la Gloria del Señor
En realidad, el centro de la lectura evangélica, determinada además por las dos primeras lecturas, es la revelación de la gloria del Señor a todos los pueblos. Por dos veces el pasaje escogido por la liturgia de la fiesta de la Epifanía como evangelio (Mt 2, 1-12) subraya la intención de los magos venidos de Oriente: prosternarse ante el Señor. El peligro del maravilloso relato de la Epifanía está en desviarnos en el estudio exegético de los hechos y de los signos: Los magos, su número y su nombre, la estrella, los dones y muchos otros problemas conexos tienen, sí, una importancia que no debería ignorarse. La elección de la liturgia, aun apoyándose en estas investigaciones, los sobrepasa dándoles un significado vital.
Se trata de la manifestación al mundo del Cristo Señor y de la adoración por el mundo entero de ese mismo Niño-Rey. Pero no es tanto el pasado lo puesto en cuestión, cuanto el presente para el futuro. Porque el relato es proclamado por la liturgia como actualización de un pasado, actualización dinámica que ha de impeler a todas las naciones a adorar al Señor y a reconocer su gloria. La liturgia tiene una visión escatológica de esta adoración de la gloria de Dios que se manifiesta, y en ella piensa al proclamar este evangelio: considera al actual pueblo de Dios, al mundo entero que camina hacia el momento en el que aparecerá definitivamente la gloria de Dios y en el que se realizará la adoración perfecta. El misterio pascual no tiene, en efecto, ningún otro objetivo: reunir y reconstruir el mundo para la adoración del Señor de gloria. Tal vez la proclamación de este evangelio nos pueda proporcionar un claro ejemplo de la función que tiene la celebración litúrgica de la Palabra en la cual el mismo Señor actualiza un pasado para conducirnos hacia lo definitivo.
El profeta mismo, por otra parte, proponía ya una visión escatológica cuando describe a esas naciones marchando hacia la luz y los reyes caminando hacia la claridad de la aurora.
A la vez, la lectura nos hace sentir la presencia divina en esta Jerusalén en la que se reúnen por fin todos los hombres. Porque Jerusalén es la madre de los hijos dispersos a los que vemos aquí reunirse. Todas las naciones acuden a Jerusalén, también las paganas, todas quieren caminar hacia Jerusalén, hacia el Señor y su gloria. Este tema de la reunión final es, además, frecuente en el Antiguo Testamento, por ejemplo en Isaías 2, 1-4 y 66, 18-21, en Zacarías 14, 16 Y nosotros, cristianos, encontramos aquí nuestra Jerusalén celestial de la que habla san Pablo y a la que presenta como madre nuestra (Ga 4, 26). En este comienzo del misterio pascual, la Iglesia ve ya la visión apocalíptica de unos cielos nuevos y de una tierra nueva; la Ciudad santa, Jerusalén nueva desciende del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo (Apoc 21, 1-2). La gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero. Las naciones caminarán a su luz, y los reyes de la tierra irán a llevarle sus tesoros (Apoc 21, 24). Y el salmo 71, elegido como salmo responsorial, tiene por objetivo cantar esta realidad futura ya comenzada en el presente como actualización de un pasado:
Se
postrarán ante ti, Señor,
todos los reyes de la tierra
Que los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributos...
que se postren ante él todos los reyes
y que todos los pueblos le sirvan.
-El misterio revelado a todos
Se nos invita, pues, a conocer los misterios de Cristo. San Pablo nos confía que la gracia de Dios que le ha sido otorgada es ésta: "Se me dio a conocer por revelación el misterio... (de Cristo)" (Ef 3, 2 ... 6). Es la enseñanza que nos da el Apóstol en este día de la Epifanía. Esta vez es a nosotros a quienes el Señor ha dado a conocer los misterios de Cristo. Pero esta marcha se realiza en fe. La estrella es señal para los magos, y parten, sin buscar más, hacia el sitio donde desean prosternarse. El signo produce efectos diversos en este pasaje del Evangelio. Para los magos, la estrella es revelación y helos ahí en camino para dar gloria a Dios. A Herodes, el signo le lleva a la ceguera. La claridad de la estrella no consigue disipar las tinieblas de su pasión; en la estrella ve una amenaza para su reino, allí donde los magos, en fe, ven la guía hacia el objetivo de toda vida humana que quiere ser saciada. Los magos llevan al Señor el signo de su homenaje inscrito en los dones tradicionales.
Todas estas actitudes tienen mucho que ver con nosotros: ver la estrella, no rehuir su luz, creer en el signo enviado por Dios, ponerse en marcha para prosternarse y adorar y ofrecernos bajo el signo de los dones eucarísticos que representan nuestra donación para la gloria del Señor.
La Epifanía no es, pues, una celebración triunfalista de la Iglesia que piensa tener la suerte de apropiarse del Dios de gloria. La festividad es humilde, y la Iglesia ante la iluminación de la estrella se pregunta si cumple su función, si obedece al signo, si está siempre en camino para adorar al Señor, si es esa su función central y predominante, si es ese el desenvolvimiento esencial del cristiano: desligarse de todo, en la fe, para partir, adorar y ofrecerse al Señor. El examen de conciencia puede ir hasta un realismo extremo. Que cada uno de nosotros lo verifique por su cuenta. Va en ello el significado de la existencia cristiana.
-Las naciones caminan hacia Jerusalén
En el evangelio proclamado en la liturgia se trata de una visión escatológica, lo mismo que escatológica es la visión que nos presenta la 1ª. lectura (Is 60. 1-6). Jerusalén es la ciudad definitiva y la intención de la liturgia es tan claramente escatológica que ha añadido al texto la palabra misma de "Jerusalén". El texto original dice: '~Levántate, brilla". La adición del término "Jerusalén" orienta nuestra lectura lo mismo que orientó nuestra escucha del evangelio.
Esa gracia de luz concedida a san Pablo, la ha recibido para comunicárnosla y constituye su misión esencial. Es la misión de todo bautizado. Bautizados en Cristo Jesús, entramos en el conocimiento de sus misterios. Todo sacramento es además una Epifanía, una estrella, signo de un misterio. La luz de la revelación de los misterios de Cristo debe ser transmitida y los paganos están asociados a la misma herencia que los judíos. Todos nosotros podemos participar la misma promesa de la reunión definitiva en la Jerusalén celestial para adorar la gloria del Señor.
Lo hacemos ya al celebrar la Eucaristía y la antífona de comunión nos hace cantar "Hemos visto salir la estrella del Señor y venimos con regalos a adorarlo". Las oraciones de la misa se dirigen al Padre en este sentido "...concede a los que ya te conocemos por la fe poder gozar un día, cara a cara, de la hermosura infinita de tu gloria (Oración). Que tu luz nos disponga y nos guíe siempre, Señor, para que aceptemos con fe pura y vivamos con amor sincero el misterio del que hemos participado" (Oración después de la comunión).
-Cristo, luz de las naciones
El prefacio del día de la Epifanía canta la iluminación de los pueblos. Es una plegaria de inspiración romana, en la que hallamos el aspecto principal bajo el que la liturgia considera la Epifanía, demostración de Cristo, revelación de su misterio a todos los pueblos. Pero el prefacio insiste en la manera de manifestarse Cristo; lo hace de una forma que será decisiva para la Iglesia y para todos los que le buscan: se ha manifestado en nuestra naturaleza mortal. A partir de ahí, empieza la vida sacramental de la Iglesia y Cristo es verdaderamente "sacramento del encuentro de Dios". Esa luz de la Epifanía se continúa, pues, en la Iglesia. Y quiere también decir que Cristo, al revelarse a nosotros tomando nuestra carne mortal, nos ha recreado. Esa es la justificación de la celebración de la Epifanía, no como simple recuerdo, sino como "sacramento", como actualización de un misterio que podemos ahora vivir intensamente, porque va íntimamente ligado al misterio pascual de reconstrucción del mundo. A veces las traducciones debilitan el significado del texto original; preferimos por eso dar aquí el texto original: "et, cum substantia nostrae mortalitatis apparuit, nova nos immortalitatis eius gloria reparasti": "pues, al manifestarse Cristo en nuestra carne mortal, nos recreaste por la gloria nueva de su inmortalidad"; la frase tiene así el mérito de conservar las oposiciones que proceden del significado realista del misterio pascual. Ya el canto de entrada proclama la manifestación de la gloria en este día: "Mirad que llega el Señor del señorío: en la mano tiene el reino, y la potestad y el imperio". Esta visión de la gloria es la que ha dado la luz a las naciones que "han visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único".
ADRIEN
NOCENT
EL AÑO LITURGICO: CELEBRAR A JC 2
NAVIDAD Y EPIFANIA
SAL TERRAE SANTANDER 19792.Pág.121-124
14. HA VENIDO PARA TODOS
¿Para quién ha venido Cristo Jesús? Para todos los pueblos de la tierra. Esta es la respuesta de las lecturas que acabamos de escuchar. No sólo para Israel: también para los paganos. No sólo para los cristianos: también para los demás pueblos y religiones. Para los hombres de toda raza y condición.
Lo que hoy celebramos en la fiesta de la Epifanía, es la MANIFESTACIÓN DE JESÚS a los pueblos de la tierra, representados en los magos de Oriente.
Con un lenguaje poético y entusiasta lo había anunciado ya ISAIAS y lo hemos escuchado en la primera lectura: "levántate, Jerusalén, que llega tu luz, y todos los pueblos caminarán a tu luz: todos esos se han reunido y vienen a ti".
Ahora no es Jerusalén, la capital de Israel, la que atrae a los paganos. Es Cristo Jesús, el Salvador, el que se ha convertido en el centro de la humanidad. Precisamente los que venían del Oriente en su busca no han encontrado acogida en Jerusalén. Ha sido cuando han visto al Niño en brazos de su Madre cuando se ha alegrado su corazón y se han postrado a adorarlo.
-TODOS FORMAMOS EL MISMO CUERPO. Todo eso, como nos ha dicho SAN PABLO, responde al plan de Dios: el "misterio", como lo llama él, que estaba escondido durante siglos y que ahora se ha manifestado en Cristo Jesús: "que también los paganos son miembros del mismo cuerpo: son coherederos, copartícipes de la promesa en Jesucristo." Es una de las ideas de las que Pablo está más convencido. Todos formamos el mismo cuerpo de Cristo. Todos somos coherederos con él de las promesas de Dios. Todos somos hermanos en la única familia de Dios, porque ha aparecido entre nosotros el Hijo de Dios, hecho hermano nuestro.
Esto es lo que hoy celebramos: que Cristo se ha manifestado como salvador de todos. -NO SOMOS UNIVERSALES DE CORAZÓN. Nos conviene esta fiesta de la Epifanía, porque no nos resulta fácil ser universales en nuestra conducta con los demás. No lo somos A NIVEL ECLESIAL. Encerrados en nuestro grupo, apenas nos damos cuenta de que Dios ha llamado a la fe de Cristo a hombres de todos los colores, pertenecientes a naciones que apenas conocemos, de culturas que nos resultan misteriosas: países del este de Europa, del África, del Asia, de América... La Iglesia de Dios es universal. No es patrimonio de ninguna cultura. También en el tercer Mundo está viva la comunidad cristiana, y muchos de sus habitantes creen en el mismo Jesús en quien creemos nosotros.
También otros de nuestra parroquia que no pertenecen a nuestro grupo tienen fe y siguen a Cristo Jesús. Nadie tiene la exclusiva. Además, esta actitud de apertura nos viene muy bien en NUESTRO PEQUEÑO MUNDO DE CADA DÍA. Porque no somos pluralistas y abiertos. Nos cerramos en nuestras ideas, en nuestros gustos, y a los que no coinciden con nosotros los excluimos o los ignoramos. No será tal vez por el color de la piel, pero la discriminación la ejercemos muchas veces por las opciones políticas, las ideologías religiosas, la cultura, el grado de simpatía, la situación económica... No somos universales en nuestro corazón.
Pues bien: la fiesta de hoy es la fiesta de un Dios que se ha mostrado radicalmente universal, enviando a su Hijo también para "los otros", los que no conocemos ni apreciamos nosotros en nuestra estrechez de miras. Es una fiesta que nos alegra pero que también nos educa y nos corrige. Hay un proverbio chino que dice: "si quieres amar a otro, has de comenzar por perdonarle que sea otro". Y el que nos ha dado una lección soberana de esta apertura "al otro" es Cristo Jesús, como estamos celebrando en estas fiestas de la Navidad.
-LA EUCARISTÍA. Cada vez que nos congregamos, como ahora, para LA EUCARISTÍA, que es un momento privilegiado de la vida cristiana, sí que se puede decir que somos "oficialmente" abiertos y universales: acuden a la celebración personas de edades distintas, de cultura y situación social muy diferentes, de opciones sociales también dispares. Y sin embargo celebramos juntos la Eucaristía. Y EL GESTO DE PAZ, antes de acudir a la comunión, nos lo damos sin mirar mucho si el de al lado es conocido o desconocido.
Queremos expresar que es Cristo Jesús, con quien unos y otros vamos a comulgar, el que nos une. Por eso hacemos este pequeño gesto simbólico de que queremos acoger a todos, como Dios nos ha acogido a nosotros.
Que la manifestación de Jesús como Salvador haga de nosotros personas abiertas, universales. Como lo es Dios, Padre de todos; como lo es Cristo, que nos ha salvado a todos y que se nos da indistintamente a todos en su Eucaristía.
J.
ALDAZABAL
MISA DOMINICAL 1986, 1
15.
No puede faltar una reflexión sobre estos grandes protagonistas de la narración evangélica. Ya hemos considerado otras veces su comportamiento ejemplar, paradigma de todos los hombres que, siguiendo la estrella, encuentran a Dios y quedan por El transformados. Son hombres de fe, la primicia de los pueblos gentiles. Todo un ejemplo de apertura, de búsqueda, de encuentro y de conversión.
«Sólo hay dos clases de hombres razonables, decía ·Pascal-B: los que sirven a Dios, porque le conocen, y los que buscan a Dios, porque no le conocen». Si esto es verdad, hoy tendríamos que reconocer que la mayoría de la gente no es razonable, porque ni sirve a Dios ni lo busca. Muchos dicen, o decimos, que conocemos a Dios, pero no le sirven o no le servimos. ¿Servimos a Dios todos los creyentes? ¿Servimos a los pobres de Dios todos los creyentes? ¿Cómo y cuándo le servimos?
Después están los otros muchos, verdadera mayoría mayoritaria, que ni le conocen ni le buscan. ¿Para qué? Ya están de vuelta. Diríamos que precisamente porque no le conocen no lo buscan. No sienten necesidad de El. No tienen hambre y sed de El, o de justicia y amor, que es lo mismo. Están, si no satisfechos -nunca satisfechos-, sí entretenidos, siempre con algo para divertirse o llevarse a la boca. ¿Por qué tener que esforzarse en la búsqueda? ¿Por qué tener que dejar tantas comodidades? ¿Por qué exponerse a los riesgos del camino? ¿Por qué vivir con esa angustia unamuniana?
Esta es una consecuencia de nuestra sociedad científico-consumista. Ya sabemos y tenemos bastante. Sabemos incluso que nuestros vacíos nunca se pueden llenar. Nos instalamos en nuestra finitud. Ya no vemos las estrellas, y las que vemos ya no nos dicen nada. Son como aquellos sabios de Israel, que lo sabían todo y no necesitaban salir a buscar al Mesías; bien estaban en Jerusalén.
Los Magos representarían a aquellos que buscan a Dios porque aún no lo conocen. También existe hoy esta clase de gente, los que desean conocer a Dios, los que desean conocerle más, los que lo buscan ansiosamente. Se dan aquí y allá, hombres sencillos y humildes, de todas las religiones y todas las razas, de todas las culturas y todas las edades. Dichosos ellos. Dichosos todos los que buscan a Dios, porque terminarán encontrándole.
Incluso podemos afirmar, como ya lo hicimos al tratar del Adviento: dichosos todos los que buscan a Dios, porque ya lo han encontrado. Los Magos, si buscaban al niño, es porque ya había nacido en su corazón.
La división que estamos comentando no responde del todo a la realidad. No existe esa separación entre los que ya encontraron a Dios y los que aún lo están buscando, porque todo el que ha encontrado a Dios lo seguirá buscando, y todo el que busca a Dios ya lo ha encontrado. «Encontrar a Dios es buscarlo sin cesar», afirma limpiamente San Gregorio de Nisa (·GREGORIO-NISENO-SAN).
Por eso, podemos afirmar que el que busca a Dios ya lo ha encontrado, y el que con más fuerza y dolor busca a Dios es porque más hondamente lo posee. El deseo de Dios ya es un don, que significa que algo de El se ha gustado. Cuando nada se ha gustado de Dios, se buscan otras cosas. Toda búsqueda de Dios supone que El está actuando interiormente en ese corazón.
CARITAS
VEN...
ADVIENTO Y NAVIDAD
1993/93-2.Págs. 215 s.
16.
TRES ACTITUDES ANTE UNA ESTRELLA
Como telón de fondo, un paisaje con palmeras y camellos. Unos "magos" buscan, alertados por una estrella, al "Rey de los judíos que ha nacido".
Y la Iglesia se siente misionera, al pensar que ese Niño viene para salvar también a los que estaban lejos: "Tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos". "También los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo~.
Se dan tres actitudes ante esa estrella que anuncia:
- Herodes: se sobresalta. Ese Niño es un peligro. Es demasiado libre ante el dinero, ante el poder. Puede socavar los cimientos del orden establecido. Hay que acabar con él. Y sigue resonando, hoy, en el mundo el llanto de los inocentes. Tanta libertad y tanta limpieza siguen, hoy, chocando con demasiados intereses creados. No se puede consentir que alguien busque otro orden de cosas, que se salga de la zona controlada. Es peligroso.
- Los entendidos: "Convocó a los sumos sacerdotes y a los letrados del país y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías". Ellos lo saben, y lo dicen: pero se quedan en casa. Una llamada aquí a los "profesionales" de la palabra y del consejo: sacerdotes, educadores, religiosos, padres de familia, catequistas... No todo consiste en saber. Dar un buen consejo nunca fue difícil: lo difícil es ir delante. ¡Qué triste orientar a otros y quedarse en tierra!
- Los magos: se dejan cuestionar por la estrella. Dejan su rincón confortable y se ponen en camino. Buscan, preguntan, no se desaniman. Finalmente, son capaces de saltar las apariencias y reconocerlo: "Vieron al Niño con María, su Madre, y cayendo de rodillas lo adoraron". La fe como aventura maravillosa; como llamamiento a salir de nuestro rinconcito caliente; como invitación a buscar, a aceptar los trocitos de verdad que nos van dando los otros, a no desalentarnos cuando la estrella se esconde cuando Dios guarda silencio. La fe como un abrir los ojos de dentro y ver las cosas de otra manera, con una profundidad distinta: a la manera de Dios. La fe como un aprender a descifrar su Palabra, que nos llega en otra clave; a descubrir su rostro en el otro, su huella en la vida, su amor en el sufrimiento
* *
¿Dejaremos que este mensaje, destinado al mundo entero se ahogue entre las cuatro paredes de los de siempre»?
¿Nos dejaremos intimidar por las amenazas de tantos tiranos, desanimar por esos eternos espectadores de la vida que, ante alguien que se sale de lo corriente, sólo saben mofarse?
¿Permitiremos que falte «estrella» a tanta gente que busca a Jesús, a veces hasta sin saberlo, por los más diversos caminos? ¿O nos contentaremos con decirles: ¡por ahí!, en lugar de: ¡vente conmigo!?
Vamos a buscar, a encontrar, a reconocer a ese recién nacido. Y a ponerlo a mandar en nuestra vida. Y luego, al volver de Belén, vamos a ser "estrella" para otros: testigos del amor y de la esperanza. Hay mucha gente esperando.
JORGE GUILLEN
GARCIA
AL HILO DE LA PALABRA
Comentario a las lecturas de domingos y fiestas
ciclo B. GRANADA 1993. Pág. 32 s.
17.
Frase evangélica: «Venimos a adorarlo»
Tema de predicación: LA MANIFESTACIÓN DE DIOS
1. «Epifanía» significa revelación, manifestación. De hecho, en la vida se dan muchas revelaciones superficiales, como son ciertas «apariciones», cábalas, horóscopos, etc. La manifestación de Dios es revelación a través de cosas sencillas, en consonancia con el evangelio, dentro de un clima de confianza y esperanza, para que la vida sea más humana y más cristiana.
2. La fiesta de Reyes es epifanía de un niño adorado por los magos, que representan al mundo pagano, a los extranjeros (universalismo de la salvación). Los magos se ponen en camino y retornan por otra senda (conversión como giro de conducta). Son guiados por una estrella (luz que proviene de Dios). Dan lo mejor de sí mismos.
3. Pero también es epifanía de un niño temido por los poderosos, a saber, los que ocupan los centros del poder y del dinero y se dicen «salvadores», cuando en realidad son dominadores y no se arrodillan ante Dios, porque se idolatran a sí mismos. Utilizan los saberes para matar. A veces si bien a pequeña escala, así somos también nosotros.
4. El centro de la Epifanía es la revelación de Jesús como Salvador, que está en la periferia, en el exilio, en el mundo ignorado, en los pobres y marginados. Para descubrirlo y adorarlo se nos exige una toma de decisión, ponernos en camino y llegar hasta el Señor. El niño es presentado por María, con la presencia de José, indispensable a pesar de no pronunciar palabra. Dios se hace presente en el mundo a través de quienes lo muestran con sus actitudes, más que con sus palabras.
REFLEXIÓN CRISTIANA:
¿Cómo hemos vivido las Navidades que han pasado?
CASIANO
FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág. 179 s.
18.
Mensaje actual
Viejas historias de tradición mosaica, elementos de antiguas ideologías reales, fantasías de cabalgatas, ropajes de leyenda y contenido de historia confluyen en este relato para regocijo de pequeños y de adultos. Todo lo que en Mateo es impreciso, se ha hecho número en la imaginación popular. ¿O es una imperiosa necesidad de incontenible alegría ante el verificado mensaje de la universalidad de la salvación?
Se ha fijado en tres el número de magos en occidente, mientras en oriente se habla de doce. Se les ha puesto un nombre y se les ha asignado un color de piel: tres colores correspondientes a los tres continentes entonces conocidos. La catedral de Colonia se levantó para dar regio cobijo a sus restos arrebatados a Milán por Federico Barbarroja, y ante la urna que guarda sus cenizas arden ininterrumpidamente cirios de devoción y plegarias de confianza. La inscripción latina de la urna lo explica:
Corpora
sanctorum recubant hic terna Magorum,
ex his sublatum nihil est alibive locatum.
Para mayor alegría, se veneran también sus reliquias en Turquía: las de unos hombres que no sabemos de dónde venían, cuántos eran, y que regresaron a su país sin que se diga cuándo ni cómo.
Tanto mejor para saltar por encima del folklore y aterrizar certeros en la tierra firme del mensaje.
«Mago» significa hombre culto perteneciente a la clase sacerdotal. Un horóscopo del rey mesiánico hallado entre los descubrimientos de Qumrán da fe de la existencia en medios judíos de especulaciones para precisar la fecha del nacimiento del mesías. Según estos cálculos, debería aparecer un fenómeno astronómico cuando él naciera. Ya Balaán habla de la aparición de una estrella milagrosa. Todo son "elementos".
"Epifanía" significa manifestación. Desde el paraíso hasta Belén se manifestó Dios de muchas maneras. En navidad se manifestó a unos pocos hombres sencillos de corazón pertenecientes al pueblo escogido. En epifanía se manifiesta a todos, porque es Dios de todos y salvador de todos. Tres (?) intelectuales de buena voluntad, atentos y fieles a los signos de Dios, representan a todos los que en la docilidad de su conciencia aceptan ser salvados y aportan los propios medios para ello. Navidad y epifanía son alegría. Pastores y magos se regocijan en extremo, encuentran al niño en condición de pobre y junto a María. Hay luz celestial para los pastores y una estrella para los magos, porque en lenguaje bíblico la luz significa siempre la gracia, y las tinieblas el pecado. Dios es luz y gracia.
Se impone, lo primero, un sentimiento de admiración ante la audacia de estos hombres que lo dejan todo para ponerse en marcha, rumbo a lo ignoto, sin más garantías que la temblorosa luz de una estrella. Con pluma y papel y haciendo un balance según la discreción humana con los pros y contras de la aventura, la decisión de estos hombres es una temeridad. Una estrella es un bonito tema de inspiración para poetas en un mundo de irrealidad, pero una brújula, cartas geográficas, equipo de provisiones y servicio de interpretación de idiomas era mucho más tranquilizador para aquel viaje al extranjero. Si se creara un Premio Nobel de la fe, los magos serían universal y objetivamente los más idóneos candidatos. La fe necesita también sus poetas: hombres que, estimulados por la esperanza, orientados por la fe e impulsados por el amor, se lanzan a la busca del mundo de Dios. Los realistas a lo humano preconizan fracasos. Los poetas de lo divino se ponen en marcha y encuentran. Esto demuestra varias verdades importantes para todos y en todos los tiempos:
-Los que creen poseer el sentido de lo real y pisar tierra firme, a veces pisan en realidad en el fango movedizo y carecen del sentido de las realidades divinas.
-Todos los que buscan a Dios con sinceridad de corazón terminan por encontrarlo para alegría de sus vidas.
-Quien se deja guiar por Dios nunca se equivoca. La alegría final del hallazgo compensa las fatigas del camino. El camino puede ser laborioso, pero nadie se extravía por el camino recto.
Los niños escriben sus cartas a los Reyes Magos pidiendo con ilusión sus juguetes preferidos. Los adultos pedimos a veces a Dios cabalmente aquello de que se despojaron los magos para ponerse en marcha.
Buscaron, encontraron, adoraron y regresaron a su país. Quien ha encontrado a Dios debe comunicar la alegría del hallazgo.
GUILLERMO
GUTIERREZ
PALABRAS PARA EL CAMINO
NUEVAS HOMILIAS/B
EDIT. VERBO DIVIN0 ESTELLA 1987.págs.
36 s.
19.
RESPONDER A LA LUZ
La estrella comenzó a guiarlos.
Según el gran teólogo P. Tillich, la gran tragedia del hombre moderno es el haber perdido la dimensión de profundidad. Ya no es capaz de preguntar de dónde viene y a dónde va. No sabe interrogarse por lo que hace y debe hacer de sí mismo en este breve lapso de tiempo entre su nacimiento y su muerte.
Estas preguntas no encuentran ya respuesta alguna en muchos hombres y mujeres de hoy. Más aún, ni siquiera son planteadas cuando se ha perdido esa «dimensión de profundidad».
Las generaciones actuales no tiene ya el coraje de plantearse estas cuestiones con la seriedad y hondura con que lo han hecho las generaciones pasadas. Prefieren seguir caminando en tinieblas.
Por eso, en estos tiempos, hemos de volver a recordar que ser creyente es, antes que nada, preguntar apasionadamente por el sentido de nuestra vida y estar abiertos a una respuesta, aun cuando la veamos de manera vacilante y oscura.
El relato de los magos ha sido visto por los Padres de la Iglesia como ejemplo de unos hombres que, aun viviendo en las tinieblas del paganismo, han sido capaces de responder fielmente a la luz que los llamaba a la fe.
Son hombres que, con su actuación, nos invitan a secundar toda gracia y toda llamada que nos urge a caminar de manera fiel hacia Cristo.
Nuestro ser mismo de hombres está en juego en esta capacidad de escuchar la llamada de la gracia. Esta capacidad de ser aprehendidos por una aspiración última e incondicional.
Nuestra vida transcurre con frecuencia en la corteza de la existencia. Trabajos, reuniones, encuentros, ocupaciones diversas nos llevan y traen, y la vida se nos va pasando llenando cada instante con algo que hemos de hacer, decir, ver o planear. Corremos el riesgo de perder nuestra propia identidad, convertirnos en una cosa más entre otras y no saber ya en qué dirección caminar.
¿Hay una luz capaz de orientar nuestra existencia? ¿Hay una respuesta a nuestros anhelos y aspiraciones más íntimas y profundas? Ciertamente esa respuesta existe. Esa luz brilla ya en ese Niño nacido en Belén.
Lo importante es descubrir que vivimos en tinieblas. Que hemos perdido el sentido fundamental de la vida. Quien descubre esto se encuentra ya muy cerca del verdadero camino.
Ojalá en medio de nuestro vivir diario, no perdamos nunca la capacidad de estar abiertos a toda luz que pueda iluminar nuestra existencia, a toda llamada que pueda dar profundidad a nuestra vida.
JOSE ANTONIO
PAGOLA
BUENAS NOTICIAS
NAVARRA 1985.Pág. 267 s.