AÑO LITÚRGICO

 El año litúrgico es el conjunto de las  celebraciones con que la 1glesia celebra anualmente el misterio de Cristo; es de la tradición hebrea de donde la  Iglesia primitiva heredó la idea de la celebración de una serie de fiestas litúrgicas a lo largo del año. Pero el año litúrgico no surgió siguiendo un plan concebido de forma orgánica y - sistemática. Es más bien el fruto de una reflexión teológica gradual sobre el tiempo: las celebraciones del año litúrgico hacen eficaz en el presente la realidad salvífica de los acontecimientos de la salvación.

Como enseña el concilio Vaticano  II. la Iglesia va distribuyendo a lo largo del año todo el misterio de Cristo y  «conmemorando así los misterios de la redención, abre las riquezas del poder santificador y de los méritos de su Señor, de tal manera que, en cierto modo, se hacen presentes en todo tiempo para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación» (SC 102).

Los primeros cristianos celebraron  ante todo el día después del sábado, llamado dies dominica, día del Señor, porque fue precisamente aquel día cuando resucitó Jesús. Es el día en que la comunidad se reúne semanalmente para recordar a su Señor La reflexión sobre Cristo muerto y resucitado y las sugerencias de la tradición hebrea llevaron muy pronto a la celebración . Pascua, centrada en la vigialia nocturna. Mientras que ya en el s. III se ponen las bases del culto a los mártires, en el s. 1V la vigilia pascual se convierte en la cima de un triduo sagrado: el viernes se conmemora la pasión y la  muerte del Señor, el sábado su sepultura y el domingo su resurrección. Este triduo va precedido de la Cuaresma y se prolonga durante cincuenta días hasta Pentecostés. Al mismo tiempo se empieza a celebrar la manifestación del Señor: en Oriente con la Epifanía, y en Occidente con la Navidad, Más tarde, la creación del Adviento corresponde a la necesidad de preparar la venida de Cristo «en la carne», pero también la segunda venida del Señor, Se amplía además el culto a los diversos santos y - especialmente a la virgen María.

Pero en el curso de los siglos la multiplicación de fiestas, de vigilias y de octavas, así como la complicación progresiva de las diversas partes del año litúrgico, orientaron frecuentemente a los fieles hacia devociones particulares, alejándolos a veces de los misterios fundamentales de la redención. El concilio Vaticano II (SC 102) pidió entonces que se restableciera el carácter central del domingo y que el año litúrgico se revistiera de tal forma que los fieles pudieran gozar de una participación más intensa de fe, esperanza y caridad en todo el misterio de Cristo distribuido a lo largo del año. El año litúrgico tiene realmente para la Iglesia la función de expresar una « cristología en oración».

El domingo es la fiesta primordial, día del Señor resucitado y día de la Iglesia, día primero y día octavo. No se le debe anteponer ninguna otra solemnidad que no sea de grandísima importancia, ya que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico. La serie de domingos, desde el primer domingo de Adviento hasta el último del tiempo ordinario, solemnidad de Cristo Rey, constituye el año litúrgico, que tiene su cima en el triduo pascual.

Éste comienza con la misa en la cena del Señor la tarde del Jueves Santo, donde se hace memoria de la institución de la eucaristía: tiene su centro en la vigilia pascual, «madre de todas las vigilias», en la noche del sábado al domingo: y termina con las vísperas del domingo de Resurrección. Los cincuenta días desde el domingo de Resurrección al domingo de Pentecostés deben celebrarse como « el gran domingo», como un solo gran día de fiesta: la Pascua. Los cuarenta días antes de Pascua constituyen el tiempo de Cuaresma, que tiene un doble carácter bautismal y penitencial. Después de la celebración anual del misterio pascual, la Iglesia no tiene nada más sagrado que la celebración de la Natividad del Señor (25 de diciembre) y de sus primeras manifestaciones. Su preparación se hace en las cuatro semanas de Adviento. Además de los tiempos litúrgicos, que tienen características propias (llamados tiempos fuertes), hay otras 33 ó 34 semanas a lo largo del año que constituyen el tiempo ordinario (desde que termina el tiempo de Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor hasta el miércoles de ceniza, comienzo de la Cuaresma: y desde Pentecostés hasta el comienzo del siguiente Adviento).

Pero a lo largo del año la Iglesia venera también con amor particular a la virgen María (Inmaculada, Madre de Dios, Asunción) y propone a la piedad de los fieles la memoria de los mártires y de los otros santos. Las celebraciones litúrgicas, según la importancia que se les atribuye, se denominan: solemnidades, fiestas, conmemoraciones. Pero para que las fiestas de los santos no tengan que prevalecer sobre las fiestas que conmemoran el misterio de la salvación, el concilio estableció (SC 111) que sólo se celebrasen en toda la Iglesia las de los santos de importancia realmente universal.

R. Gerardi

 

Bibl.: A. G. Martimort (ed.), La Iglesia en oración, 1V La liturgia y el tiempo, Herder Barcelona 1987, 889-1 173; P. Parsch. El año litúrgico, 4 vols., Herder, Barcelona 19601962; D. Barsotti, Misterio cristiano y año litúrgico, Sígueme, Salamanca 1965.