Gálatas 4  Comentario de Martín Lutero 1535

 

Versículos 1,2. Digo, además, que entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; más bien, está bajo guardianes y mayordomos hasta el tiempo señalado por su padre.

 

Parece que el apóstol había terminado su discurso sobre la justificación cuando se le ocurrió esta ilustración del heredero joven. La usa porque sabe que la gente sencilla se impresiona más con una ilustración apropiada que con una discusión docta.

 

“Les quiero dar otra ilustración de la vida diaria”, escribe a los gálatas. “Mientras el heredero es menor de edad se le trata de manera muy similar a un esclavo. No se le permite ordenar sus propios asuntos. Está bajo constante vigilancia. Esta disciplina le aprovecha, porque de otro modo de pronto malgastaría su herencia. Sin embargo, esta disciplina no debe durar para siempre, sino sólo hasta cuando el padre indique.”

 

Versículo 3. De igual modo nosotros también, cuando éramos niños, éramos esclavos sujetos a los principios elementales del mundo.

 

Como hijos de la ley se nos trató como siervos y prisioneros. Fuimos oprimidos y condenados por la ley. Pero la tiranía de la ley no debe durar siempre, sino sólo hasta “el tiempo señalado por el padre”, hasta que Cristo haya venido para redimirnos.

 

Versículo 3. A los principios elementales del mundo.

 

Con los principios elementales del mundo el apóstol no indica elementos físicos, como algunos han pensado. Cuando llama la ley “principios elementales del mundo”, Pablo quiere decir que la ley es algo material, mundano, terrenal. Tal vez refrene la maldad, pero no libra del pecado. La ley no justifica; no lleva a la persona al cielo. No obtengo la vida eterna porque no mato, cometo adulterio, robo, etc. El cristianismo no consiste de esta decencia externa. Loa paganos observan las mismas restricciones para evitar el castigo o para conseguir las ventajas de una buena reputación. Finalmente, tal restricción es sólo hipocresía. Cuando la ley ejerce su función superior, acusa y condena la conciencia. Todos estos efectos de la ley no se pueden llamar divinos o celestiales. Estos efectos son los principios elementales del mundo.

 

Al llamar la ley principios elementales del mundo, Pablo se refiere a toda la ley, principalmente a la ley ceremonial que trata de cosas externas, como comida, bebida, vestido, lugares, tiempos, fiestas, purificaciones, sacrificios, etc. Éstas son cosas mundanas que no pueden salvar al pecador. Las leyes ceremoniales son como los estatutos de los gobiernos que tratan de asuntos totalmente civiles, como el comercio, la herencia, y cosas semejantes. En cuanto a las leyes eclesiásticas del Papa que prohíben el matrimonio y la carne, Pablo en otra parte las llama doctrinas de demonios. A estas leyes no se llamarían elementos celestiales.

 

La ley de Moisés trata de asuntos mundanos. Pone un espejo ante la maldad que está en el mundo. Cuando revela el mal que está en nosotros crea un deseo por las cosas mejores de Dios. La ley nos obliga a entrar en los brazos de Cristo, quien es “el fin de la ley ... para justicia a todo aquel que cree.” (Romanos 10:4). Cristo alivia la conciencia de la ley. A medida que la ley nos impulsa a ir a Cristo nos hace un servicio excelente.

 

No quiero dar la impresión de que se debe menospreciar la ley. Tampoco Pablo quería dar esa impresión. Se debe honrar la ley. Pero cuando se trata de la justificación ante Dios, Dios tenía que hablar en forma despectiva de la ley, porque la ley nada tiene que ver con la justificación. Si se entromete en el asunto de la justificación, tenemos que hablar con dureza de ella para que se mantenga en su lugar. La conciencia no debe conversar con la ley. Es fácil decir esto, pero cuando la conciencia se retuerce ante Dios, no es tan fácil ponerlo en práctica. En esas ocasiones debemos creer en Cristo como si no hubiera ley ni pecado en ninguna parte, sino sólo Cristo. Debemos decir a la ley: “Oye ley, no te entiendo. Tartamudeas mucho. No creo que tengas nada que decirme.”

 

Cuando no se trata de la salvación o la justificación, debemos apreciar mucho a la ley y llamarla “santa, justa y buena”. (Romanos 7:12). La ley no tiene consuelo para la conciencia afligida. En consecuencia, no se le debe permitir gobernar en la conciencia, especialmente en vista de que Cristo ha pagado un precio tan alto para librar la conciencia de la tiranía de la ley. Entendamos que la ley y Cristo no pueden dormir juntos. La ley tiene que abandonar la cama de la conciencia, que es tan angosta que no puede albergar a dos, como dice Isaías, capítulo 28, versículo 20.

 

Sólo Pablo entre los apóstoles llama la ley “los principios elementales del mundo, débiles y pobres principios elementales, el poder del pecado, la letra que mata”, etc. Los otros apóstoles no hablan de manera tan despectiva de la ley. Los que quieren ser eruditos de primera clase en la escuela de Cristo querrán adoptar el lenguaje de Pablo. Cristo lo llamó una vasija escogida y lo preparó con una facilidad de expresión muy por encima de la de los demás apóstoles, para que como la vasija escogida estableciera la doctrina de la justificación con palabras claras.

 

Versículos 4,5. Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley.

 

“La plenitud del tiempo” significa cuando se cumplió el tiempo de la ley y Cristo fue revelado. Nota cómo Pablo explica a Cristo. “Cristo”, dice, “es el Hijo de Dios y el hijo de una mujer. Se sometió a la ley para redimir a los que estaban bajo la ley”. Con estas palabras el apóstol explica la persona y el oficio de Cristo. Su persona es divina y humana. “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer”. Por lo tanto Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. El apóstol describe el oficio de Cristo con las palabras: “nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley”.

 

Pablo llama a la Virgen María una mujer. Aun algunos de los padres antiguos deploraban esto, pensando que Pablo debería haber escrito “virgen” en vez de mujer. Pero Pablo ahora trata de la fe y la justicia cristiana, de la persona y el oficio de Cristo, no de la virginidad de María. Se presenta la indecible misericordia de Dios en forma adecuada con el hecho de que su Hijo nace de una mujer. El término más general, mujer, indica que Cristo nació como verdadero hombre. Pablo no dice que Cristo nació de hombre y mujer, sino sólo de la mujer. Es obvio que piensa en una virgen.

 

Este pasaje además declara que el propósito de Cristo en venir fue abolir la ley, no con la intención de establecer nuevas leyes, sino para “que redimiese a los que estaban bajo la ley”. Cristo mismo declaró: “Yo no juzgo a nadie”. (Juan 8:15). Otra vez: “Yo no vine para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo”. (Juan 12:47). En otras palabras: “No vine para traer más leyes, ni juzgar a los hombres según la ley existente. Tengo un oficio más elevado y mejor. Vine para juzgar y condenar la ley, para que ésta ya no pueda juzgar y condenar al mundo”.

 

¿Cómo logró Cristo redimirnos? “Fue hecho bajo la ley”. Cuando Cristo llegó halló a todos nosotros encarcelados. ¿Qué hizo al respecto? Aunque era el Señor de la ley, voluntariamente se sometió a ella y permitió que ejerciera dominio sobre él, de hecho acusarlo y condenarlo. Cuando la ley nos juzga está en su derecho. “Por naturaleza éramos hijos de ira, como los demás.” (Efesios 2:3). Sin embargo, Cristo “no cometió pecado, ni fue hallado engaño en su boca”. (1 Pedro 2:22). Por tanto, la ley no tuvo ninguna jurisdicción sobre él. Sin embargo a este Cordero de Dios inocente, justo y bienaventurado , la ley lo trató con tanta crueldad como a nosotros. Lo acusó de blasfemia y traición. Lo hizo culpable de los pecados del mundo entero. Lo abrumó con angustia del alma a tal grado que su sudor fue como sangre. La ley lo condenó a la vergonzosa muerte en la cruz.

 

Es una verdadera maravilla que la ley se atreviera a atacar a su autor divino, y eso sin ningún derecho. Por su insolencia, la ley a su vez fue acusada ante el tribunal de Dios y condenada. Cristo podría haber vencido la ley con un ejercicio de su autoridad omnipotente sobre ella, pero en lugar de esto se humilló bajo la ley a favor de y junto con los que estaban bajo la ley. Le dio licencia para acusarlo y condenarlo. Su dominio actual sobre la ley se obtuvo por virtud de ser el Hijo y por su victoria como nuestro sustituto.

 

Así Cristo eliminó la ley de la conciencia. Ya no puede exiliarnos de Dios. Es cierto, la ley todavía revela el pecado; todavía levanta su voz en condenación. Pero la conciencia halla rápido alivio en las palabras del apóstol: “Cristo nos redimió de la ley”. La conciencia ya puede mantener su cabeza en alto y decir a la ley: “Tú tampoco eres tan santa. Tú crucificaste al Hijo de Dios. Eso fue terrible; has perdido para siempre tu influencia”.

 

Las palabras: “Cristo fue puesto bajo la ley” merecen toda la atención que podamos darles. Declaran que el Hijo de Dios no cumplió sólo una o dos de las exigencias más leves de la ley, sino que soportó todas las torturas de la ley. La ley puso todo su terror sobre Cristo hasta que experimentó angustia y terror como nadie más jamás lo ha sentido. Su sudor de sangre, su necesidad del consuelo de los ángeles, su oración angustiada en el huerto, su lamentación en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”, todo esto da elocuente testimonio al aguijón de la ley. Sufrió “para que redimiese a los que estaban bajo la ley”.

 

La idea romana de que Cristo sea solamente un legislador más exigente que Moisés es muy contraria a la doctrina de Pablo. Cristo, según Pablo, no fue un agente de la ley, sino alguien que sufrió bajo la ley. No fue un legislador, sino alguien que recibió la ley.

 

Es cierto, Cristo también enseñaba y explicaba la ley. Sin embargo, esto fue algo periférico, algo secundario para él. No vino al mundo con el fin de enseñar la ley, como tampoco el propósito de su venida fue hacer milagros. Enseñar la ley y hacer milagros no constituyen su misión sin paralelo en el mundo. Los profetas también enseñaban la ley y hacían milagros. De hecho, conforme a la promesa de Cristo, los apóstoles hicieron milagros mayores que los de él (Juan 14:12). El verdadero propósito de la venida de Cristo fue abolir la ley, el pecado y la muerte.

 

Si pensamos de Cristo como Pablo aquí lo retrata, nunca caeremos en el error. Nunca estaremos en peligro de entender mal el significado de la ley. Entenderemos que la ley no justifica. Entenderemos por qué el cristiano obedece las leyes; para la paz del mundo, en gratitud a Dios, y para dar un buen ejemplo para que otros sean atraídos al evangelio.

 

Versículo 5: A fin de que recibiésemos la adopción de hijos.

 

Pablo todavía usa como texto Génesis 22:18: “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra”. En su epístola llama esta promesa de bendición justicia, vida, liberación de la ley, el testamento, etc. Ahora también llama la promesa de bendición “la adopción de hijos”, la herencia de la vida eterna.

 

¿Qué habría motivado a Dios adoptarnos como sus hijos y herederos? ¿Qué derecho tienen a ser hijos de Dios y a heredar la vida eterna los hombres que son esclavos del pecado que están sujetos a la maldición de la ley y dignos de la muerte eterna? Nuestra adopción de parte de Dios se debe al mérito de Jesucristo, el Hijo de Dios, quien se humilló bajo la ley y nos redimió a los pecadores cargados con el pecado.

 

Versículo 6. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo.

 

En la iglesia antigua el Espíritu Santo fue enviado en forma visible. Descendió sobre Cristo en forma de paloma (Mateo 3:16), y sobre los apóstoles y otros creyentes semejante al fuego (Hechos 2:3). Este derramamiento del Espíritu Santo fue necesario para establecer la primera iglesia, como lo fueron también los milagros que acompañaron al don del Espíritu Santo. Pablo explicó el propósito de estos dones milagrosos del Espíritu en 1 Corintios 14:22: “Las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos”. Una vez que se había establecido y anunciado la iglesia por estos milagros, cesó la manifestación visible del Espíritu Santo.

 

Luego, el Espíritu Santo es enviado al corazón de los creyentes, como se dice aquí: “Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo”. Este envío se logra por medio de la predicación del evangelio, mediante el cual el Espíritu Santo nos inspira con fervor y luz, con un juicio nuevo, deseos y motivos nuevos. Esta feliz innovación no se deriva de la razón ni del desarrollo personal, sino es sólo el don y la operación del Espíritu Santo.

 

Esta renovación del Espíritu Santo tal vez el mundo no puede verla, pero se nos revela en nuestro juicio y nuestra habla mejorados, en nuestra confesión valiente de Cristo. Antes no confesábamos que Cristo era nuestro único mérito, como lo hacemos ahora a la luz del evangelio. ¿Por qué, entonces, debemos estar tristes si el mundo nos considera destructores la religión e insurgentes contra la autoridad constituida? Confesamos a Cristo, y nuestra conciencia lo aprueba.

 

Luego, también vivimos en el temor de Dios. Si pecamos, no lo hacemos a propósito, sino sin intención, y lo lamentamos. El pecado se adhiere a nuestra carne y la carne nos mete en el pecado aun después que el Espíritu Santo nos habita. Externamente no hay una gran diferencia entre el cristiano y cualquier hombre honesto. Las actividades del cristiano no son llamativas. Cumple su deber conforme a su vocación; cuida a su familia y es bondadoso y servicial con los demás. Tales ejercicios humildes y cotidianos no se admiran mucho, pero los ejercicios inventados de los monjes reciben gran aplauso. Son obras santas, ¿no lo sabes? Sólo las acciones del cristiano son verdaderamente buenas y aceptables para Dios, porque se hacen con fe, con un corazón alegre, en gratitud a Cristo.

 

No debemos tener ninguna duda de que el Espíritu Santo mora en nosotros. Somos “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 3:16). Cuando amamos la palabra de Dios y con gusto escuchamos, hablamos, escribimos y pensamos de Cristo, debemos saber que esta inclinación hacia Cristo es don y obra del Espíritu Santo. En donde se halla el desprecio de la palabra de Dios, allí está el diablo. Encontramos este desprecio por la palabra de Dios especialmente entre la gente común. Se comportan como si la palabra de Dios no les importara. En donde se halla el amor por la palabra, den gracias a Dios por el Espíritu Santo que infunde este amor en el corazón de los hombres. Nunca recibimos este amor por naturaleza, tampoco se puede obligar a ello mediante leyes. Es un don del Espíritu Santo.

 

Los teólogos romanos enseñan que nadie puede saber por seguro si goza del favor de Dios o no. Esta doctrina forma uno de sus principales artículos de fe. Con esta doctrina atormentaban las conciencias de las personas, excomulgaron a Cristo de la iglesia, y limitaron las operaciones del Espíritu Santo.

 

San Agustín observó que “todo el que tiene la fe está seguro de su fe”. Los romanistas niegan esto. “Nunca tal acontezca”, exclaman con gran piedad, “que yo fuera tan arrogante como para pensar que estoy en la gracia, que soy santo o que tengo al Espíritu Santo”. Debemos estar seguros de que estamos en la gracia de Dios, no debido a nuestra propia dignidad, sino por los buenos oficios de Jesucristo. Así como estamos seguros de que Dios se agrada de Cristo, debemos igualmente estar seguros de que Dios se agrada de nosotros, porque Cristo está en nosotros. Y aunque diariamente ofendemos a Dios con nuestros pecados, todas las veces que pecamos, se inclina a nosotros la misericordia de Dios. Así el pecado no nos puede hacer que dudemos de la gracia de Dios. Nuestra seguridad está en Cristo, el héroe potente que derrotó la ley, el pecado, la muerte y todo mal. Mientras él está sentado a la diestra de Dios intercediendo por nosotros, no tenemos que temer la ira de Dios.

 

Esta seguridad interna de la gracia de Dios está acompañada por indicaciones externas como gustosamente escuchar, predicar, alabar y confesar a Cristo, cumplir el deber en la situación en la cual Dios nos ha puesto en la vida, ayudar a los necesitados y consolar a los tristes. Éstos son los sellos del Espíritu Santo que testifican nuestra situación favorable con Dios.

 

Si pudiéramos convencernos plenamente de que estamos en el favor de Dios, que nuestro pecado está perdonado, que tenemos el Espíritu de Cristo, que somos los amados hijos de Dios, estaríamos sumamente felices y agradecidos con Dios. Sin embargo, porque con frecuencia sentimos temor y duda no podemos llegar a esta feliz certidumbre.

 

Acostumbren a sus conciencias a creer que Dios los aprueba. Luchen contra la duda. Asegúrense por medio de la palabra de Dios. Digan: “Estoy bien con Dios. Tengo al Espíritu Santo. Cristo, en quien creo, me hace digno. Gustosamente oigo, leo, canto y escribo de él. No hay nada que me gustaría más que dar a conocer el evangelio de Cristo al mundo entero y que muchos más lleguen a tener fe en él”.

 

Versículo 6: el cual clama: ¡Abba, Padre!

 

Pablo podría haber escrito: “Dios envió al Espíritu de su Hijo en vuestro corazón, clamando Abba, Padre”. Más bien escribió “clamando, Abba, Padre”. En el capítulo 8 de la Epístola a los Romanos el apóstol describe este clamor del Espíritu como “gemidos indecibles”. Escribe en el versículo 26: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”.

 

 El hecho de que el Espíritu de Cristo en nuestro corazón clama a Dios e intercede por nosotros con gemidos debe darnos mucha seguridad. Sin embargo, hay muchos factores que impiden que tengamos esa plena seguridad. Nacemos en el pecado. Dudar de la buena voluntad de Dios es una sospecha innata en todos nosotros. Además, el diablo, nuestro adversario, anda alrededor buscando devorarnos con rugidos: “Dios está airado contigo y te destruirá para siempre”. En todas estas dificultades tenemos sólo un apoyo, el evangelio de Cristo. Aferrarnos a ello, allí está el problema. No se puede percibir a Cristo con los sentidos; no lo podemos ver. El corazón no siente su presencia auxiliadora. Especialmente en los tiempos de prueba el cristiano siente el poder del pecado, la debilidad de su carne, los dardos penetrantes del diablo, las plagas de la muerte, el fruncido y el juicio de Dios. Todas estas cosas claman contra nosotros. La ley nos reprende, el pecado nos grita, la muerte truena contra nosotros, el diablo nos ruge. En medio del clamor el Espíritu de Cristo clama en nuestro corazón: “Abba, Padre”. Y este pequeño clamor del Espíritu trasciende la confusión de la ley, el pecado, la muerte y el diablo, y Dios lo oye.

 

El Espíritu clama en nosotros a causa de nuestra debilidad. Debido a nuestra debilidad se envía al Espíritu Santo en nuestro corazón para orar por nosotros conforme a la voluntad divina y para asegurarnos la gracia de Dios.

 

Clamen contra nosotros todo que quieran la ley, el pecado y el diablo hasta que su clamor llene el cielo y la tierra. El Espíritu de Dios clama más fuerte que todos. Dios escuchará nuestros débiles gemidos: “Abba, Padre”, antes que todo el ruido combinado del infierno, el pecado y la ley.

 

No pensamos de nuestros gemidos como un clamor. Es tan débil que no sabemos que gemimos. “Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu”, dice Pablo (Romanos 8:27). Para éste que escudriña el corazón, nuestro débil gemir, tal como nos parece, es un clamor fuerte para el auxilio en comparación con lo cual los aullidos del infierno, el alboroto del diablo, los alaridos de la ley, los gritos del pecado son como suspiros.

 

En el capítulo catorce de Éxodo el Señor habla a Moisés por el mar Rojo: “¿Por qué clamas a mí?” Moisés no había clamado al Señor. Tembló tanto que apenas podía hablar. Su fe estaba muy débil. Vio al pueblo de Israel confinado entre el mar y los ejércitos del faraón que se acercaban. ¿Cómo podían escapar? Moisés no sabía qué decir. ¿Cómo, entonces, podía Dios decir que Moisés clamaba a él? Dios escuchó el corazón de Moisés que gemía y para él los gemidos le parecían un fuerte clamor por ayuda. Dios rápidamente capta el suspiro del corazón.

 

Algunos dicen que los santos no tienen debilidades. Sin embargo, Pablo dice: “el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad ... el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo porque somos débiles y endebles. Y el Espíritu Santo nunca nos desilusiona. Al verse confrontado por los ejércitos de Faraón, por el escape imposible por el mar Rojo, Moisés estaba en una situación desesperada. Se sentía culpable. El diablo lo acusó: “Toda esta gente perecerá, porque no puede escapar. Y tú tienes la culpa porque sacaste al pueblo de Egipto. Tú eres el responsable”. Y luego la gente comenzó a atacar a Moisés. “¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te dijimos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto” (Éxodo 14:11,12). Sin embargo el Espíritu Santo estaba en Moisés e intercedía por él con gemidos y suspiros indecibles al Señor: “Oh Señor, por tu mandato he sacado a este pueblo. Ahora ayúdame”.

 

El Espíritu intercede por nosotros no diciendo muchas palabras u oraciones largas, sino con gemidos, con pequeños sonidos como “Abba”. Aunque es una palabra pequeña, dice mucho. Dice: “Padre mío, estoy en grandes problemas y pareces estar tan lejos. Pero sé que soy tu hijo, porque eres mi Padre por amor a Jesús. Tú me amas a causa del Amado”. Esta sola pequeña palabra, “Abba”, supera la elocuencia de un Demóstenes o un Cicerón.

 

He pasado mucho tiempo con este versículo para combatir la cruel doctrina de la iglesia romana de que se debe mantener a la persona en un estado de incertidumbre acerca de su condición ante Dios. Los monasterios reclutan a los jóvenes alegando que sus órdenes “santas” seguramente los reclutarán para el cielo. Pero una vez dentro del monasterio se dice a los que han sido reclutados que deben dudar de las promesas de Dios.

 

En apoyo de su error los papistas citan lo que dijo Salomón: “Ciertamente he dado mi corazón a todas estas cosas, para declarar todo esto: que los justos y los sabios, y sus obras, están en la mano de Dios; que sea amor o que sea odio, no lo saben los hombres; todo está delante de ellos”. Ellos interpretan este odio en el sentido de la ira venidera de Dios. Otros lo interpretan de la ira actual de Dios. Ninguno parece entender este pasaje de Salomón. En cada página las Escrituras nos exhortan a creer que Dios es misericordioso, amante y paciente; que él es fiel y verdadero, y que cumple sus promesas. Todas las promesas de Dios fueron cumplidas en el don de su Hijo unigénito, de modo que “todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. El evangelio da seguridad a los pecadores. Sin embargo, este único dicho de Salomón, y mal interpretado, debe ser más importante que todas las muchas promesas de las Escrituras.

 

Si nuestros adversarios están tan inseguros de su condición ante Dios, y hasta dicen que se debe mantener la conciencia en un estado de duda, ¿por qué nos persiguen como viles herejes? Cuando se trata de perseguirnos no parecen tener duda ni incertidumbre ni por un momento.

 

Demos gracias a Dios por librarnos de la doctrina de la duda. El evangelio nos manda alejar la vista de nuestras propias obras a las promesas de Dios en Cristo, el Mediador. El Papa nos manda quitar la vista de las promesas de Dios en Cristo y ponerla en nuestro propio mérito. No es de extrañarse de que siempre están presos de la duda y la desesperanza. Dependemos de Dios para nuestra salvación. Por supuesto nuestra doctrina está garantizada, porque no depende de nuestra propia fuerza, nuestra conciencia, nuestros sentimientos, de nuestra persona, de nuestras obras. Se edifica sobre un fundamento mejor, las promesas y la verdad de Dios.

 

Además, el pasaje de Salomón no trata del odio y el amor de Dios hacia los hombres; sólo reprende la ingratitud de los hombres. Entre más mérito tenga una persona, menos se le aprecia. Con frecuencia los que deben ser sus mejores amigos son sus peores enemigos. Los que menos merecen las alabanzas del mundo reciben más. David fue un hombre santo y un rey bueno. Sin embargo, tuvo que salir de su país por la persecución. A los profetas, a Cristo, a los apóstoles los mataron. Salomón en este pasaje no habla del amor y el odio de Dios, sino del amor y el odio entre los hombres. Como si Salomón quisiera decir: “Hay muchos hombres buenos y sabios que Dios usa para mejorar la situación de la humanidad. Sus esfuerzos casi nunca son reconocidos con gratitud, si acaso alguna vez. Usualmente son recompensados con odio e ingratitud”.

 

A nosotros nos tratan así. Pensamos que encontraríamos el favor de los hombres por traerles el evangelio de la paz, la vida y la eterna salvación. En lugar del favor, encontramos furia. Al comienzo, sí, muchos encontraron deleite en nuestra doctrina y la aceptaron con gusto. Los considerábamos nuestros amigos y hermanos, y nos contentamos con pensar que nos ayudarían a sembrar la semilla del evangelio. Sin embargo, se revelaron como falsos hermanos y enemigos mortales del evangelio. Si experimentan la ingratitud de los hombres, no dejen que esto los deprima. Digan con Cristo: “Me aborrecieron sin causa”, y “En pago de mi amor me han sido adversarios; mas yo oraba” (Salmo 109:4).

 

 Nunca dudemos de la misericordia de Dios en Cristo Jesús, sino decidamos que Dios se agrada de nosotros, que nos cuida, y que tenemos al Espíritu Santo que ora por nosotros.

 

 Versículo 7: Así que ya no eres esclavo, sino hijo,

 

Esta oración establece el argumento de Pablo. Dice: “Con el Espíritu Santo en nuestro corazón clamando: “Abba, Padre”, no puede haber duda de que Dios nos ha adoptado como sus hijos y que ha terminado nuestra esclavitud a la ley”. Ahora somos hijos libres de Dios. Ahora podemos decir a la ley: “Oye ley, Cristo te ganó el trono. Ahora estoy libre y soy hijo de Dios. Ya no me puedes maldecir”. No dejen que la ley esté en su conciencia. Su conciencia pertenece a Cristo. Dejen que Cristo esté en ella, y no la ley.

 

Como hijos de Dios, somos los herederos de su cielo eterno. El hombre no puede concebir, mucho menos describir, lo maravilloso del don del cielo. Hasta que entremos en nuestra herencia celestial sólo tenemos nuestra pequeña fe. Para la razón humana, nuestra fe nos parece algo triste. Sin embargo, porque nuestra fe descansa en las promesas del Dios infinito, sus promesas también son infinitas, tanto que nadie puede acusar ni condenarnos. 

 

Versículo 7: y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo

 

El hijo es heredero, no porque ha logrado hacer mucho, sino por nacimiento. Sólo recibe. Su nacimiento lo hace heredero, no su trabajo. De ese modo exactamente obtenemos los dones eternos de la justicia, la resurrección y la vida eterna. No los obtenemos como hacedores, sino como beneficiarios. Somos hijos y herederos de Dios por la fe en Cristo. Todo lo tenemos gracias a Cristo.

 

No somos los herederos de algún hombre rico y poderoso, sino de Dios, el Creador omnipotente de todas las cosas. Si se pudiera apreciar plenamente lo que significa ser un hijo y heredero de Dios, se consideraría el poder y la riqueza de las naciones como monedas sueltas en comparación con la herencia celestial. ¿Qué vale el mundo para el que tiene el cielo? No hay que extrañarse de que Pablo deseaba mucho partir y estar con Cristo. Nada recibiríamos mejor que una muerte repentina, sabiendo que sería el fin de todas nuestras miserias y el comienzo de toda nuestra felicidad. Sí, si alguien pudiera creer esto perfectamente, no estaría vivo mucho tiempo. La anticipación de su gozo lo mataría.

 

Pero la ley de los miembros lucha contra la ley de la mente y hace imposible el gozo y la fe perfecta. Necesitamos la ayuda y consuelo continuos del Espíritu Santo. Necesitamos sus oraciones. Pablo mismo clamó: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” Este cuerpo mortal arruinó el gozo de su espíritu. No siempre tenía la dulce y alegre esperanza de su herencia celestial. Con frecuencia se sentía miserable.

 

Esto muestra lo difícil que es creer. La fe es débil, porque la carne mantiene la lucha contra el espíritu. Si pudiéramos tener una fe perfecta, nuestro odio por esta vida en el mundo sería completo. No nos preocuparía tanto esta vida. No estaríamos tan ligados al mundo y las cosas del mundo. No nos sentiríamos tan bien cuando las tuviéramos; no nos sentiríamos tan mal cuando las perdiéramos. Seríamos mucho más humildes y pacientes y bondadosos. Pero nuestra fe es débil porque nuestro espíritu es débil. En esta vida sólo podemos tener las primicias del Espíritu, como dice Pablo.

 

Versículo 7: por medio de Cristo

 

El apóstol siempre tiene a Cristo en la punta de la lengua. Vio de antemano que algún día nada sería más desconocido en el mundo que el evangelio de Cristo. Por eso habla continuamente de Cristo. Siempre que habla de la justicia, la gracia, la promesa, la adopción y la herencia celestial, agrega las palabras “en Cristo”, o “por medio de Cristo”, para mostrar que estas bendiciones no se reciben por la ley o por las obras de la ley, mucho menos por nuestros propios esfuerzos, o por observar tradiciones humanas, sino sólo en Cristo y por medio de él.

 

 Versículos 8 y 9: Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses; mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar?

 

Esto concluye el discurso de Pablo sobre la justificación. Desde ahora hasta el fin de la epístola, el apóstol escribe principalmente de la conducta cristiana. Sin embargo, antes de continuar su discurso doctrinal con preceptos prácticos, una vez más reprende a los gálatas. Se desagrada mucho de ellos por abandonar su doctrina divina. Les dice: “Ustedes han aceptado a maestros que tienen la intención de ponerlos otra vez bajo la ley. Con mi doctrina los llamé de las tinieblas de la ignorancia a la luz maravillosa del conocimiento de Dios. Los saqué de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios, no prescribiendo leyes, sino con el don de las bendiciones celestiales y eternas por medio de Jesucristo. ¿Cómo podían tan pronto abandonar la luz y volver a las tinieblas? ¿Cómo podían desviarse tan rápidamente de la gracia para meterse en la ley, de la libertad para meterse en la esclavitud?”

 

El ejemplo de los gálatas, de los anabaptistas y de otros sectarios de nuestro día da testimonio a la facilidad con que se puede perder la fe. Ponemos gran empeño en exponer la doctrina de la fe predicando y escribiendo. Tenemos cuidado de aplicar el evangelio y la ley en su secuencia correcta. Sin embargo, progresamos poco porque el diablo seduce a la gente a creer falsamente, quitando de su vista a Cristo y enfocando sus ojos en la ley.

 

¿Pero por qué acusa Pablo a los gálatas de volver a los débiles y pobres rudimentos de la ley cuando nunca tenían la ley? ¿Por qué no les dice: “En un tiempo ustedes en Galacia no conocían a Dios. Entonces servían a ídolos que no fueron dioses. Pero ahora que han llegado a conocer al verdadero Dios, ¿por qué vuelven a ofrecer culto a los ídolos?” Pablo parece identificar su abandono del evangelio para acudir a la ley con su anterior idolatría. De hecho, eso es lo que hace. Todo el que abandona el artículo de la justificación no conoce al verdadero Dios. Da igual que una persona vuelva a la ley o al culto de los ídolos. Siempre que se pierde el artículo de la justificación, no queda más que error, hipocresía, impiedad e idolatría.

 

A Dios no se le puede conocer y no se conocerá de ninguna otra forma que por medio de Cristo conforme a lo dicho en Juan 1:18: “el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”. Cristo es el único medio por el cual podemos conocer a Dios y su voluntad. En Cristo percibimos que Dios no es un juez cruel, sino un Padre muy amante y misericordioso que para bendecir y salvarnos “no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”. Esto es conocer realmente a Dios.

 

Los que no conocen a Dios en Cristo llegan a esta conclusión errónea: “serviré a Dios de esta u otra manera. Me uniré a este o aquel orden. Estaré activo en este o aquel esfuerzo caritativo. Dios aprobará mis buenas intenciones y me pagará con la vida eterna. Porque ¿no es él un Dios misericordioso y generoso que da cosas buenas aun a los indignos y desagradecidos? Cuánto más me dará la vida eterna como un pago a cambio de mis muchas buenas obras y méritos” Ésta es la religión de la razón. Ésta es la religión natural del mundo. “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios” (1 Corintios 2:14). “No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios” (Romanos 3:11). Por tanto, realmente no hay ninguna diferencia entre el judío, el musulmán y cualquier otro hereje antiguo o nuevo. Puede haber una diferencia de personas, lugares, rituales, religiones, ceremonias, pero en cuanto a sus creencias fundamentales, todos son iguales.

 

¿No es una necedad total entonces que Roma y los musulmanes se peleen sobre la religión? ¿Qué tal los monjes? ¿Por qué debe un monje ser contado más santo que otro debido a alguna ceremonia trivial cuando todo el tiempo sus creencias fundamentales son tan iguales como un huevo es igual a otro? Todos se imaginan que si hacemos esta o aquella obra Dios tendrá misericordia de nosotros; si no, él estará enojado.

 

Dios nunca prometió salvar a nadie por guardar las ceremonias religiosas y las ordenanzas. Los que dependen de estas cosas sirven a un dios, pero es alguien a quien ellos mismos han inventado, y no al Dios verdadero. El Dios verdadero tiene esto para decir: Ninguna religión me agrada si no glorifica al Padre por medio de su Hijo Jesucristo. Para todos los que tienen fe en este Hijo mío, yo soy su Dios y Padre. Los acepto, justifico y salvo. Todos los demás quedan bajo mi maldición porque adoran a la criatura en lugar de adorarme.

 

Sin la doctrina de la justificación sólo puede haber ignorancia de Dios. Los que rehúsan ser justificados por Cristo son idólatras. Quedan bajo la ley, el pecado, la muerte y el poder del diablo. Todo lo que hacen es malo.

 

Ahora hay tantos idólatras de esta clase que quieren ser contados entre los verdaderos confesores del evangelio. Tal vez inclusive enseñan que los hombres son librados de sus pecados por la muerte de Cristo. Sin embargo, porque ponen más importancia en el amor que en la fe en Cristo lo deshonran y pervierten su palabra. No sirven al Dios verdadero, sino a un ídolo que ellos mismos han inventado. El verdadero Dios nunca ha sonreído a la persona por su caridad o virtudes, sino sólo por causa de los méritos de Cristo.

 

Con frecuencia se objeta que la Biblia manda que amemos a Dios con todo el corazón. Es cierto. Sin embargo, no se puede concluir que porque Dios lo manda, nosotros lo cumplimos. Si pudiéramos amar a Dios con todo el corazón sin duda seríamos justificados por nuestra obediencia, porque está escrito: “los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos” (Levítico 18:5). Pero ahora viene el evangelio y dice: “Porque no has hecho estas cosas, no puedes vivir en ellas”. Las palabras “Amarás al Señor tu Dios” exigen una obediencia perfecta, temor perfecto, confianza perfecta y amor perfecto. ¿Pero en dónde hay gente que puede producir la perfección? Así este mandamiento, en vez de justificar al hombre, sólo lo acusa y condena. “porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (Romanos 10:1).

 

¿Cómo se pueden reconciliar estas dos afirmaciones contradictorias del apóstol: “no conociendo a Dios” y “servían a Dios”? Respondo: Por naturaleza todos los hombres saben que hay un Dios, “porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo” (Romanos 1:19,20). Además, las diferentes religiones que se encuentran entre todas las naciones de todos los tiempos dan testimonio al hecho de que todos los hombres tienen cierto conocimiento intuitivo de Dios.

 

Si todos los hombres conocen a Dios, ¿cómo puede Pablo decir que los gálatas no conocían a Dios hasta que oyeron el evangelio? Contesto: Hay un conocimiento doble de Dios, general y particular. Todos los hombres tienen el reconocimiento general y por instinto de que hay un Dios que creó el cielo y la tierra, que es justo y santo, y que castiga a los malos. Cómo Dios se siente hacia nosotros, cuáles son sus intenciones, qué hará por nosotros o cómo nos salvará, eso el hombre no puede saber por instinto. Se le tiene que revelar. Puedo conocer a alguien de vista, y aun así no conocerlo, porque no sé qué piensa de mí. Los hombres saben por instinto que hay un Dios, pero cuál es su voluntad hacia ellos, eso no lo saben. Está escrito: “No hay quien entienda” (Romanos 3:11), y “a Dios nadie le vio jamás” (Juan 1:18). Ahora bien, ¿qué le ayuda si sabe que hay un Dios, pero no sabe cómo se siente acerca de usted o qué quiere de usted? La gente se ha hecho muchas conjeturas. El judío se imagina que hace la voluntad de Dios si se concentra en la ley de Moisés. El musulmán piensa que su Corán es la voluntad de Dios. El monje se imagina que hace la voluntad de  Dios si cumple sus votos. Sin embargo, se engañan y se “envanecen en sus razonamientos”, como dice Pablo en Romanos 1:21. En lugar de adorar al Dios verdadero, adoran las vanas imaginaciones de su propio corazón necio. 

 

Lo que Pablo quiere dar a entender cuando dice a los gálatas “no conociendo a Dios” es sencillamente esto: “Hubo un tiempo en que no conocían la voluntad de Dios en Cristo, pero adoraron a dioses que ustedes mismos inventaron, pensando que tenían que cumplir esta o aquella obra”.

 

Si se entiende “los rudimentos del mundo” en el sentido de la ley de Moisés o las religiones de las naciones paganas, no importa. Quienes abandonan el evangelio por la ley no están en mejor condición que los que cambian la gracia por la idolatría. Sin Cristo toda religión es idolatría. Sin Cristo los hombres tendrán ideas falsas acerca de Dios, llámense como se quiera a esas ideas, las leyes de Moisés, las ordenanzas del Papa, el Corán de los mahometanos, o lo que sea.

 

 Versículo 9: mas ahora, conociendo a Dios

 

“¿No es sorprendente”, clama Pablo, “que ustedes los gálatas que conocían íntimamente a Dios por oír el evangelio, ahora repentinamente se apartan del conocimiento verdadero de su voluntad en que yo pensaba que estaban firmes para volver a los rudimentos débiles y pobres de la ley que sólo pueden volver a esclavizarlos?”

 

Versículo 9: o más bien, siendo conocidos por Dios

 

El apóstol pone al revés la oración anterior. Teme que los gálatas hayan perdido totalmente a Dios. “Ay”, clama, “¿han llegado a este extremo, que ya no conocen a Dios? ¿Qué más puedo pensar? Sin embargo, Dios les conoce”. Nuestro conocimiento de Dios es más bien pasivo que activo. Él nos conoce mejor que nosotros a él. “Son conocidos por Dios” significa que Dios trae a nuestra atención el evangelio, y nos da la fe y el Espíritu Santo. Aun con estas palabras el apóstol niega la posibilidad de que conozcamos a Dios por cumplir la ley. “Nadie conoce ... quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Lucas 10:22). “Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos” (Isaías 53:11).

 

El apóstol expresa francamente su extrañeza de que los falsos profetas tan fácilmente habían persuadido a los gálatas que habían conocido íntimamente a Dios por medio del evangelio a volver a los rudimentos débiles y pobres de la ley. No me sorprendería que algún fanático pervirtiera mi iglesia con uno o dos sermones. No somos mejores que los apóstoles que tuvieron que ver la subversión de las iglesias que ellos habían plantado con sus propias manos. Sin embargo, Cristo reinará hasta el fin del mundo, y lo hará en forma milagrosa, como lo hizo durantes la época de las tinieblas.

 

Pablo parece pensar mal de la ley. La llama los rudimentos del mundo, los rudimentos débiles y pobres del mundo. ¿No fue falta de reverencia que hablara así de la santa ley de Dios? La ley debe preparar el camino de Cristo en el corazón de los hombres. Ése es el verdadero propósito y función de la ley. Pero si la ley se atreve a usurpar el lugar y la función del evangelio, ya no es la santa ley de Dios, sino un seudo evangelio.

 

Si quiere ampliar el asunto se puede agregar la observación de que la ley es un elemento débil y pobre porque hace a las gentes débiles y pobres. La ley no tiene poder ni riqueza para hacer que los hombres sean fuertes y ricos ante Dios. Tratar de ser justificados por la ley equivale a que una persona ya débil y enferma tratara de encontrar fortaleza en la debilidad, y como si una persona con hidropesía buscara una cura exponiéndose a la pestilencia, o si un leproso fuera a otro leproso, y un limosnero a otro limosnero para hallar salud y riqueza.

 

Quienes buscan ser justificados por la ley se hacen más débiles y más pobres todo el tiempo. Son débiles y están en bancarrota antes de comenzar. Por naturaleza son hijos de la ira. Sin embargo, para la salvación extienden la mano a la paja de la ley. La ley sólo puede agravar su debilidad y pobreza. La ley las hace diez veces más débiles y pobres que antes.

 

Yo y muchos más hemos experimentado la verdad de esto. He conocido a monjes que han trabajado con celo para agradar a Dios para su salvación, pero entre más trabajaban, se hicieron más impacientes, miserables, inseguros y temerosos. ¿Qué más se puede esperar? No se puede fortalecer lo suficiente por medio de la debilidad ni enriquecerse por medio de la pobreza. Los que prefieren la ley al evangelio son como el perro de Esopo que soltó la carne para morder el reflejo en el agua. No hay satisfacción en el ley. ¿Qué satisfacción puede haber en recolectar leyes con que atormentar a uno mismo y a otros? Una ley cría diez más hasta que su número sea una multitud.

 

¿Quién hubiera pensado que los gálatas, que recibieron instrucción de Pablo, ese apóstol y maestro eficiente, fueran llevados tan pronto al error por los falsos apóstoles? Apostatarse del evangelio es fácil porque pocos aprecian la excelencia del tesoro de el conocer a Cristo. La gente no recibe suficiente ejercicio en su fe con las aflicciones. No lucha contra el pecado. Vive segura sin conflicto. Puesto que nunca ha sido probada en el horno de la aflicción no tiene el equipo necesario de la armadura de Dios ni sabe usar la espada del Espíritu. Mientras los cuidan pastores fieles, todo está bien. Pero cuando se han ido los pastores fieles y entran en el redil lobos disfrazados como ovejas, vuelven a los rudimentos débiles o pobres de la ley. 

 

Todo el que vuelve a la ley pierde el conocimiento de la verdad, no reconoce su pecado, no conoce ni a Dios, ni al diablo ni a sí mismo, y no entiende el significado y el propósito de la ley. Sin el conocimiento de Cristo el hombre siempre argüirá que la ley es necesaria para la salvación, que fortalecerá a los débiles y dará riqueza a los pobres. En dondequiera que predomina esta opinión se niegan las promesas de Dios, Cristo se depone, y se establecen la hipocresía y la idolatría.

 

Versículo 9: a los cuales os queréis volver a esclavizar

 

El apóstol pregunta con mordacidad si los gálatas desean estar esclavizados a la ley. La ley es débil y pobre; el pecador es débil y pobre — dos débiles limosneros tratando de ayudarse. No lo pueden hacer. Sólo se fatigarán uno al otro. Pero por medio de Cristo el pecador débil y pobre se revive y se enriquece para la vida eterna.

 

Versículo 10: Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años.

 

El apóstol Pablo sabía lo que enseñaban los falsos apóstoles a los gálatas: observar los días, meses, tiempos y años. Los judíos habían sido obligados a santificar el día del sábado, las lunas nuevas, la fiesta de la Pascua, la fiesta de Tabernáculos y otras fiestas. Los falsos apóstoles obligaban a los gálatas a observar estas fiestas judías bajo pena de condenación. Pablo se apresura a decir a los gálatas que cambiaban su libertad cristiana por los rudimentos débiles y pobres del mundo.

 

Versículo 11: Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros.

 

Al apóstol le da pena apóstol pensar que tal vez haya predicado en vano el evangelio a los gálatas. Sin embargo, esta afirmación expresa más que dolor. Detrás de su aparente desilusión por su fracaso esta la fuerte reprimenda porque habían abandonado a Cristo y que se revelaban como incrédulos obstinados. Pero no los condena abiertamente por el temor a que una crítica demasiado fuerte pueda alejarlos totalmente. Por eso cambia el tono de su voz y les habla en forma bondadosa.

 

Versículo 12: Os ruego, hermanos, que os hagáis como yo

 

 

Hasta este punto Pablo se ha ocupado con el aspecto doctrinal de la apostasía de los gálatas. No ocultó su desilusión por su falta de estabilidad. Les había reprendido; les había llamado necios, los que crucificaron a Cristo, etc. Ahora que ha terminado la parte más importante de su carta, reconoce que ha tratado muy duramente a los gálatas. Siente ansiedad de que podría hacer más daño que bien, así que tiene cuidado de que vean que su crítica procede de su cariño y de una preocupación verdaderamente apostólica por su bienestar. Está ansioso por mitigar sus palabras fuertes con sentimientos tiernos para ganarlos otra vez.

 

 Como Pablo, todos los pastores y ministros deben sentir mucha simpatía por sus pobres ovejas erradas, e instruirlas con el espíritu de mansedumbre. No hay otra manera de corregirlas. Una crítica demasiado fuerte provoca enojo y desesperanza, pero no el arrepentimiento. Cuando los hombres abrazan los errores, se rompe el vínculo del amor cristiano.

 

Al comienzo de la Reforma fuimos honrados como verdaderos ministros de Cristo. Pronto ciertos falsos hermanos comenzaron a odiarnos. No los habíamos ofendido en absoluto, no les habíamos dado motivos para odiarnos. Sabían entonces como lo saben ahora, que nuestro único deseo es proclamar en todas partes el evangelio de Cristo. ¿Qué es lo que cambió su actitud hacia nosotros? La falsa doctrina. Como fueron seducidos al error por los falsos apóstoles, los gálatas rehusaron reconocer a San Pablo como su pastor. El nombre y la doctrina de Pablo llegaron a ser odiosos para ellos. Temo que esta epístola no recuperó a muchos de su error.

 

Pablo sabía que los falsos profetas entenderían mal la censura que él hacía a los gálatas y sacarían  provecho diciendo: “Así que éste es el Pablo que tanto alaban. Qué cariñosos términos usa para ustedes en su carta. Cuando estaba con ustedes se portó como un padre, pero ahora actúa como un dictador”. Pablo sabía qué esperar de los falsos apóstoles y por eso se preocupa. No sabe qué decir. Es difícil para alguien defender su causa desde lejos, especialmente cuando piensa que personalmente ya no goza del favor de la gente.

 

Versículo 12: que os hagáis como yo, porque yo también me hice como vosotros.

 

Cuando ruega a los gálatas ser como él, Pablo expresa la esperanza de que puedan tener el mismo cariño para él como él tiene para ellos. “Tal vez les haya tratado con un poco de dureza. Perdónenme. No juzguen mi corazón de acuerdo a mis palabras”.

 

Pedimos la misma consideración para nosotros. Nuestra manera de escribir es incisiva y franca. Pero no hay amargura en nuestro corazón. Buscamos el honor de Cristo y el bienestar de los hombres. No odiamos al Papa ni le deseamos el mal. No buscamos la muerte de nuestros falsos hermanos. Deseamos que vuelvan de su mal camino a Cristo y se salven junto con nosotros. Un maestro disciplina al alumno para reformarlo. La vara duele, pero la corrección es necesaria. El padre castiga a su hijo porque lo ama. Si no amara al joven no lo castigaría sino que lo dejaría hacer lo que le diera la gana hasta que sufriera daño. Pablo ruega a los gálatas considerar su corrección como una señal de que realmente los amaba. “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:11).

 

Aunque Pablo parece suavizar el efecto de sus palabras de reprensión, no las retira. Cuando el médico administra al paciente una medicina amarga, lo hace para curar al paciente. El hecho de que la medicina sea amarga no es culpa del médico. El mal requiere una medicina amarga. Pablo quiere que los gálatas juzguen sus palabras en conformidad con la situación que las hizo necesarias.

 

Versículo 12: Os ruego, hermanos ... Ningún agravio me habéis hecho.

 

¿Les parece que llamar a los gálatas “embrujados”, “desobedientes”, “los que han crucificado a Cristo” es rogar? El apóstol lo llama un rogar urgente. Y así es. Cuando un padre corrige a su hijo es como si dijera: “Hijo mío, que seas un buen muchacho”.

 

Versículo 12: Ningún agravio me habéis hecho

 

“No estoy enojado con ustedes”, dice Pablo. “¿Por qué debo estar enojado con ustedes, puesto que no me han hecho ningún agravio”?

 

Los gálatas responden a esto: “¿Entonces por qué nos dices que somos pervertidos, que hemos abandonado la verdadera doctrina, que somos necios, embrujados, etc., si no estás enojado? Debemos haberte ofendido de alguna forma”.

 

Pablo responde: “Ustedes los gálatas no me han agraviado. Se han agraviado ustedes mismos. No los reprendo porque quiero que sufran el mal. No tengo por qué desearles mal. Dios es mi testigo, no me han agraviado. Al contrario, me han tratado muy bien. La razón por la que les escribo es que los amo”.

 

La medicina amarga se tiene que endulzar con miel y azúcar para que sea agradable. Cuando los padres han castigado a sus hijos, les dan manzanas, peras y otras cosas buenas para mostrarles que sus intenciones han sido buenas.

 

Versículos 13,14: Pues vosotros sabéis que a causa de una enfermedad del cuerpo os anuncié el evangelio al principio; y no me despreciasteis ni desechasteis por la prueba que tenía en mi cuerpo, antes bien me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús.

 

“Ustedes los gálatas me trataron muy bien. Cuando les comencé a predicar el evangelio con debilidad de mi cuerpo y con gran tentación, ustedes no se ofendieron. Al contrario, fueron tan cariñosos, tan bondadosos, tan amistosos hacia mi que me recibieron como a un ángel, como a Jesús mismo”.

 

 De hecho, los gálatas deben ser encomendados por recibir el evangelio de un hombre tan humilde y afligido en todas formas como Pablo. En dondequiera que predicó el evangelio tanto los judíos y los gentiles lo atacaron. Toda la gente de influencia religiosa de su día lo denunció. Pero los gálatas no prestaron atención. Esto era muy favorable para ellos, y Pablo no deja de alabarlos por ello. Esta alabanza Pablo no la da a ninguna otra iglesia a la que escribe.

 

San Jerónimo y otros de los antiguos padres alegan que esta debilidad de Pablo fue algún defecto físico o la concupiscencia. Jerónimo y otros que lo diagnosticaron vivieron en un tiempo cuando la iglesia gozaba de paz y prosperidad, cuando los obispos aumentaron su riqueza y posición social, cuando los pastores y obispos ya no se sentaron a meditar en la palabra de Dios. No extraña que no hayan entendido a Pablo.

 

Cuando Pablo habla de la debilidad de su carne no quiere decir algún defecto físico ni deseo carnal, sino los sufrimientos y aflicciones que soportó en su cuerpo. En qué consistían estas enfermedades, él mismo lo explica en 2 Corintios 12:9,10: “Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Y en el capítulo 11 de la misma epístola el apóstol escribe: “en trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces. De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar” (2 Corintios 11:23-25). Con la enfermedad de su carne Pablo se refería a estas aflicciones y no a alguna enfermedad crónica. Recuerda a los gentiles cómo siempre estaba en peligro a manos de los judíos, los gentiles y los falsos hermanos, de cómo sufría hambre y carestía.

 

Las aflicciones de los creyentes siempre ofenden a la gente. Pablo lo sabía, y por esto alaba mucho a los gálatas porque no hicieron caso a sus aflicciones y lo recibieron como a un ángel. Cristo advirtió de antemano a los fieles contra la ofensa de la cruz diciendo: “Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí” (Mateo 11:6). Seguramente no es nada fácil confesar como Señor de todo y Salvador del mundo al que era un reproche de los hombres, despreciado por la gente y el hazmerreír del mundo (Salmo 22:7). Digo, valorar a este pobre Cristo, tan burlado, escupido, azotado y crucificado más que las riquezas de los más ricos, la fortaleza de los más fuertes, la sabiduría de los más sabios es notable. Es apropiado llamarlo bienaventurado.

 

Pablo no sólo tenía aflicciones externas sino también aflicciones internas espirituales. Se refiere a éstas en 2 Corintios 7:6: “de fuera, conflictos; de dentro, temores”. En su carta a los filipenses Pablo menciona la restauración de Epafrodito como un acto especial de misericordia de parte de Dios. “para que yo no tuviese tristeza sobre tristeza”.

 

Cuando se consideran las muchas aflicciones de Pablo, no nos sorprende escucharlo alabar con voz fuerte a los gálatas por no haberse ofendido por su condición como otros. El mundo piensa que estamos locos porque salimos para consolar, ayudar y salvar a otros cuando nosotros mismos sufrimos la angustia. La gente nos dice: “Médico, cúrate a ti mismo” (Lucas 4:23).

 

El apóstol dice a los gálatas que él siempre recordará su bondad. Indirectamente, también les recuerda cuánto lo habían amado antes de la invasión de los falsos profetas, y les sugiere que deben volver a su primer amor hacia él.

 

Versículo 15: ¿Dónde, pues, está esa satisfacción que experimentabais?

 

 “Cuánto más felices estaban antes. Y cómo ustedes los gálatas me decían antes que eran bienaventurados. Y cuánto les alababa y recomendaba antes”. Pablo les recuerda de tiempos pasados y mejores en el esfuerzo de mitigar sus duros reproches, no sea que los falsos apóstoles lo calumnien y malinterpreten su carta para desventaja de él y para ventaja de ellos. Tales traidores son capaces de todo. Pervertirán palabras que se hablan desde un corazón sincero y las distorsionarán para significar lo opuesto de lo que era su intención comunicar. Son como arañas que chupan veneno de flores dulces y fragantes. El veneno no está en las flores, sino es la naturaleza de la araña convertir lo que es bueno y saludable en veneno.

 

Versículo 15: Porque os doy testimonio de que si hubieseis podido, os hubierais sacado vuestros propios ojos para dármelos.

 

El apóstol sigue alabando a los gálatas. “No sólo me trataron muy cortésmente. Si hubiera sido necesario habrían sacado sus ojos y sacrificado sus vidas por mí”. Y de hecho los gálatas sacrificaron sus vidas por Pablo. Al recibir y sostener a Pablo se acarrearon el odio y la malicia de todos los judíos y gentiles.

 

Ahora el nombre de Lutero lleva el mismo estigma. Todo el que alaba a Lutero es un pecador peor que un idólatra, perjuro o ladrón.

 

Versículo 16: ¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo, por deciros la verdad?

 

La razón por la que Pablo alaba a los gálatas es para evitar darles la impresión de que era su enemigo porque los reprendía.

 

El verdadero amigo amonestará a su hermano que está en el error, y si el hermano equivocado tiene algo de sentido común dará las gracias a su amigo. En el mundo la verdad produce odio. Todo el que dice la verdad se cuenta como un enemigo. Pero entre amigos no es así, mucho menos entre los cristianos. El apóstol quería que los gálatas supieran que sólo porque les decía la verdad no debían pensar que no los quería. “Les he dicho la verdad porque los amo”.

 

Versículo 17: Tienen celo por vosotros, pero no para bien.

 

Pablo critica a los falsos apóstoles por sus lisonjas. Los satélites de Satanás engatusan a la gente. Pablo lo describe: “con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos” (Romanos 16:18).

 

Me dicen que debido a mi terquedad en esta doctrina del Sacramento estoy destruyendo la armonía de la iglesia. Dicen que sería mejor que cediera en este punto menor más bien que causar tanta conmoción y controversia en la iglesia acerca de un artículo que ni siquiera es una de las doctrinas fundamentales. Mi respuesta es: ¡Maldito sea todo amor o armonía que para poder preservarlos tengamos que poner en peligro la palabra de Dios!

 

Versículo 17: sino que quieren apartaros de nosotros para que vosotros tengáis celo por ellos.

 

“¿Saben por qué los falsos apóstoles sienten tanto celo por ustedes? Esperan reciprocidad. Y eso me eliminaría a mí. Si su celo fuera justo no les molestaría que ustedes me amaran. Pero aborrecen mi doctrina y quieren eliminarla. Para que esto suceda hacen todo lo que pueden para apartar sus corazones de mí y hacerme odioso para ustedes”. De este modo Pablo hace que sospechen de los falsos apóstoles. Cuestiona sus motivos. Mantiene que su celo es fingido con el propósito de engañar a los gálatas. Nuestro Salvador Cristo también nos advirtió diciendo: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas” (Mateo 7:15).

 

Pablo se perturbó considerablemente por tantas conmociones y cambios que seguían después de su predicación. Se le acusó de ser “una plaga, y promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo” (Hechos 24:5). En Filipos los de la ciudad dijeron que perturbaba su ciudad y enseñaba costumbres que no eran lícitas para que ellos las recibieran (Hechos 16:20,21).

 

Atribuyeron todos los problemas, calamidades, hambrunas y guerras al evangelio que los apóstoles predicaron. Sin embargo, los apóstoles no dejaron que estas calumnias les impidieran predicar el evangelio. Sabían que debían “obedecer a Dios antes que a los hombres”, y que era mejor que el mundo se molestara que no llegar a conocer a Cristo.

 

¿Piensan por un momento que estas reacciones no preocupaban a los apóstoles? No estaban hechos de hierro. Previeron el carácter revolucionario del evangelio. Anticiparon las disensiones que entrarían en la iglesia. Fueron malas noticias para Pablo cuando oyó que los corintios negaban la resurrección de los muertos, que las iglesias que él había fundado experimentaban toda clase de dificultad y que el evangelio era suplantado con falsas doctrinas.

 

Sin embargo, Pablo sabía que el evangelio no tenía la culpa. No renunció a su oficio porque sabía que el evangelio que predicaba era poder de Dios para salvación para todo el que cree.

 

La misma crítica que se hizo contra los apóstoles se hace contra nosotros. Se nos dice que la doctrina del evangelio es la causa de todos los disturbios actuales en el mundo. No hay mal de que no nos acusen. ¿Pero por qué? No promulgamos mentiras maliciosas. Predicamos las buenas nuevas de Cristo. Nuestros adversarios tendrán que admitirlo cuando decimos que nunca dejamos de infundir respeto hacia las autoridades debidamente constituidas, porque es la voluntad de Dios. 

 

Todo este desprecio no nos puede desanimar. Sabemos que no hay nada que el diablo odie más que el evangelio. Uno de sus pequeños trucos es culpar al evangelio de todo el mal en el mundo. Antes cuando se enseñaron las tradiciones de los padres en el iglesia el diablo no estaba tan agitado como ahora. Demuestra que nuestra doctrina es de Dios, de otro modo “behemot se acostaría bajo árboles que dan su sombra, en un lugar oculto de carrizos y en los pantanos”. El hecho de que otra vez anda rondando como un rugiente para incitar a motines y desórdenes es una señal segura de que ha comenzado a sentir el efecto de nuestra predicación.

 

Versículo 18: Bueno es mostrar celo en lo bueno siempre, y no solamente cuando estoy presente con vosotros.

 

“Cuando estaba con ustedes me amaban, aunque les predicaba el evangelio en la debilidad de mi carne. El hecho de que ahora estoy ausente de ustedes no debe cambiar su actitud hacia mí. Aunque estoy ausente corporalmente, estoy con ustedes espiritualmente y en mi doctrina que deben retener con seguridad porque por medio de ella recibieron al Espíritu Santo”.

 

Versículo 19: Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros,

 

Con cada palabra el apóstol busca recobrar la confianza de los gálatas. Ahora con cariño los llama hijitos. Agrega el símil: “por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto”. Así como los padres reproducen sus características físicas en sus hijos, los apóstoles reprodujeron su fe en el corazón de los oyentes, hasta que Cristo fuera formado en ellos. La persona tiene la forma de Cristo cuando cree en Cristo excluyendo todo lo demás. Esta fe en Cristo es engendrada por el evangelio como declara el apóstol en 1 Corintios 4:15: “en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio”; y en 2 Corintios 3:3: “sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo”. La palabra de Dios que sale de los labios del apóstol o del ministro entra en el corazón del oyente. El Espíritu Santo impregna la palabra para que produzca el fruto de la fe. De este modo todo pastor cristiano es un padre espiritual que forma a Cristo en el corazón de sus oyentes.

 

Al mismo tiempo Pablo condena a los falsos apóstoles. Dice: “Yo he engendrado a ustedes los gálatas por medio del evangelio, dándoles la forma de Cristo. Pero estos falsos apóstoles les están dando una forma nueva, la forma de Moisés”. Noten que el apóstol no dice: “por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que yo sea formado en vosotros” sino “hasta que Cristo sea formado en vosotros”. Los falsos apóstoles habían arrancado a Cristo del corazón de los gálatas y sustituyeron su propia forma. Pablo trata de volver a formarlos, y más bien volver a formar a Cristo en ellos.

 

Versículo 20: quisiera estar con vosotros ahora mismo y cambiar de tono,

 

Un dicho común dice que una carta es un mensajero muerto. Algo falta en todo lo escrito. Nunca se puede estar seguro del efecto que una página escrita producirá en el lector, porque su estado de ánimo, las circunstancias y los afectos pueden cambiar. Con la palabra oral es diferente. Si es dura o inoportuna, se puede remodelar. No es extraño que el apóstol exprese el deseo de que quisiera poder hablar en persona a los gálatas. Podría cambiar su voz de acuerdo a su actitud. Si veía que estaban arrepentidos podría suavizar su tono. Si veía que eran tercos, les podría hablar con más seriedad. Así no sabía cómo tratarlos en una carta. Si su carta era demasiado severa haría más daño que bien. Si era demasiado suave, no corregiría las condiciones. Pero si pudiera estar con ellos en persona podría modificar su voz según lo exigiera la situación.

 

Versículo 20: pues estoy perplejo en cuanto a vosotros.

 

“No sé cómo interpretarlos. No sé como tratarlos en una carta”. Para estar seguro de que no deja ninguna piedra en el camino en su esfuerzo para reclamarlos para el evangelio de Cristo, reprende, ruega, alaba y culpa a los gálatas, tratando en toda forma de encontrar la nota y el tono de voz correcto.

 

Versículo 21: Decidme, los que queréis estar bajo la ley: ¿no habéis oído la ley?

 

Aquí Pablo podría haber concluido su epístola porque no sabía qué más decir. Quisiera ver en persona a los gálatas y resolver sus dificultades. Pero no está seguro de que los gálatas han entendido completamente la diferencia entre el evangelio y la ley. Para estar seguro, introduce otra ilustración. Sabe que a las gentes les gustan las ilustraciones y las historias. Sabe que Cristo mismo usó ampliamente las parábolas.

 

Pablo es un experto en el uso de alegorías. Son peligrosas. A menos que la persona tenga un conocimiento penetrante de la doctrina cristiana más le valdría dejar de lado las alegorías.

 

La alegoría que Pablo va a presentar es del libro de Génesis a que él llama la Ley. Es cierto, ese libro no menciona la ley. Pablo sencillamente sigue la costumbre de los judíos que incluyeron el primer libro de Moisés en el término colectivo “Ley”. Jesús hasta incluyó el libro de los Salmos.

 

Versículos 22,23: Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa.

 

Ésta es la alegoría de Pablo. Abraham tuvo dos hijos. Ismael de Agar, e Isaac, de Sara. Los dos fueron verdaderos hijos de Abraham, con esta diferencia, que Ismael nació según la carne, es decir, sin el mandamiento y la promesa de Dios, mientras Isaac nació según la promesa.

 

Con el permiso de Sara, Abrahám tomó a Agar, la esclava de Sara, como una esposa. Sara sabía que Dios había prometido hacer que su esposo Abraham fuera el padre de una nación, y esperaba ser la madre de esta nación prometida. Pero con el paso de los años la esperanza desvanecía. Para que no se anulara la promesa de Dios a causa de su infertilidad, esta mujer santa cedió su derecho y honor a su esclava. No fue fácil que lo hiciera. Se humilló. Pensó: “Dios no es mentiroso. Lo que prometió, lo hará. Pero tal vez Dios no quiere que yo sea la madre de la simiente de Abraham. Tal vez prefiere a Agar para esta honra”.

 

Así Ismael nació sin una palabra o promesa especial de Dios, sólo porque Sara lo pidió. Dios no mandó a Abraham que tomara a Agar, ni tampoco prometió Dios bendecir esa unión. Es evidente que Ismael fue hijo de Abraham según la carne, no según la promesa.

 

En el capítulo nueve de la Epístola a los Romanos San Pablo presenta el mismo argumento que amplía para formar una alegoría en Gálatas. Allí argumenta que todos los hijos de Abraham no son hijos de Dios, porque Abraham tiene dos clases de hijos: los que nacen de la promesa, como Isaac, y otros que nacen sin la promesa, como Ismael. Con este argumento Pablo chapoteó a los judíos orgullosos que se gloriaban de ser los hijos de Abraham. Pablo aclara que se necesita algo más que ser descendiente físico de Abraham para ser hijo de Dios. Para ser un hijo de Dios se necesita la fe en Cristo.

 

Versículo 24: Lo cual es una alegoría,

 

Las alegorías no son muy convincentes, pero como las pinturas hacen visual un asunto. Si Pablo no hubiera presentado primero argumentos indisputables para la justicia de la fe frente a la justicia de las obras, esta alegoría no hubiera servido de mucho. Puesto que primero fortificó su caso con argumentos invencibles, puede darse el lujo de insertar esta alegoría para hacer más impresionante y hermosa su presentación.

 

Versículos 24,25: pues estas mujeres son los dos pactos; el uno proviene del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud; éste es Agar. Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues ésta, junto con sus hijos, está en esclavitud.

 

En esta alegoría Abraham representa a Dios. Él tuvo a dos hijos, que nacieron respectivamente de Agar y de Sara. Las dos mujeres representan los dos testamentos. El antiguo testamento es el monte Sinaí, la esclava, Agar. Los árabes llama al monte Sinaí Agar. Esta similitud de los dos nombres puede haberle dado a Pablo la idea para esta alegoría. Así como Agar dio a luz a Abraham un hijo que no fue un heredero sino un esclavo, así Sinaí, la ley, la Agar alegórica, engendró para Dios un pueblo carnal y servil de la ley sin la promesa. La ley tiene una promesa, pero es condicional, depende si la gente cumple la ley.

 

Los judíos consideraron las promesas condicionales de la ley como si fueran incondicionales. Cuando los profetas predijeron la destrucción de Jerusalén, los judíos los apedrearon como a los que blasfemaban contra Dios. Jamás consideraron que había una condición ligada a la ley que dice: “Si guardan los mandamientos les irá bien”.

 

Versículo 25: y corresponde a la Jerusalén actual, pues ésta, junto con sus hijos, está en esclavitud.

 

Hace poco Pablo llamó al monte Sinaí Agar. Ahora gustosamente quisiera hacer de Jerusalén la Sara del nuevo testamento, pero no lo puede hacer. La Jerusalén terrenal no es Sara, sino una parte de Agar. Ella vive allí en el hogar de la ley, el templo, el sacerdocio, las ceremonias y todo lo demás que fue ordenado en la ley en el monte Sinaí.

 

Yo habría estado tentado a llamar a Jerusalén Sara, o el nuevo testamento. Me habría gustado esta alegoría. Esto demuestra que no todos tienen el don de la alegoría. ¿No creerían que sería perfectamente apropiado llamar a Sinaí Agar y a Jerusalén Sara? En verdad, Pablo llama a Jerusalén Sara. Sin embargo, piensa en la Jerusalén espiritual y celestial, no en la Jerusalén terrenal. Sara representa esa Jerusalén espiritual en donde no hay ley sino sólo promesa, y en donde los habitantes están libres.

 

Para mostrar que la ley ha sido completamente abolida, la Jerusalén terrenal fue completamente destruida con todos sus adornos, templos y ceremonias.

 

Versículo 26: Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre.

 

La Jerusalén terrenal con sus ordenanzas y leyes representa a Agar y su descendencia. Son esclavos de la ley, el pecado y la muerte. Pero la Jerusalén celestial es Sara, la libre. Esta Jerusalén celestial es la iglesia, es decir, todos los creyentes en todo el mundo, que tienen el mismo evangelio, la misma fe en Cristo, el mismo Espíritu Santo y los mismos sacramentos.

 

No cometan el error de pensar que la expresión “de arriba” se refiere a la iglesia triunfante en el cielo, más bien es la iglesia militante en la tierra. En Filipenses 3:20 el apóstol usa la frase: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos”, no localmente sino en espíritu. Cuando el creyente acepta los dones celestiales del evangelio está en el cielo. Así también en Efesios 1:3: “nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”. Jerusalén aquí significa la iglesia cristiana universal en la tierra.

 

Sara, la iglesia, como la novia de Cristo engendra hijos libres que no están sujetos a la ley.

 

Versículo 27: Porque está escrito: Regocíjate, oh estéril, tú que no das a luz; Prorrumpe en júbilo y clama, tú que no tienes dolores de parto; Porque más son los hijos de la desolada, que de la que tiene marido.

 

Pablo cita la profecía alegórica de Isaías que dice que la madre que tiene muchos hijos tiene que morir desolada, mientras que la estéril tendrá muchos hijos (Isaías 54:1). Aplica esta profecía a Agar y Sara, a la ley y el evangelio. La ley como el esposo de la mujer fructífera procrea muchos hijos. Porque los hombres de todas las épocas tienen la idea de que son justos cuando siguen la ley y cumplen externamente lo que exige.

 

Aunque la ley tiene muchos hijos, no son libres, sino esclavos. Como esclavos no pueden participar en la herencia, sino son expulsados de la casa como Ismael fue echado de la casa de Abraham. De hecho, los siervos de la ley aun ahora están excluidos del reino de luz y libertad, porque “el que no cree, ya ha sido condenado” (Juan 3:18). Como esclavos de la ley, siguen bajo la maldición de la ley, bajo el pecado y la muerte, bajo el poder del diablo y bajo la ira y el juicio de Dios.

 

Por otro lado, Sara, la iglesia libre, parece estéril. El evangelio y la cruz que la iglesia proclama no tiene la atracción de la ley para los hombres, de modo que no encuentra a muchos adherentes. La iglesia no parece prosperar. Los judíos estaba muy seguros de que la iglesia no duraría mucho. Dijeron a Pablo: “de esta secta nos es notorio que en todas partes se habla contra ella” (Hechos 28:22). No importa lo estéril y abandonada, lo débil y desolada que parezca la iglesia, sólo ella realmente es fructífera ante Dios. Por el evangelio procrea un número infinito de hijos que son los herederos libres de la vida eterna.

 

La ley, “el esposo antiguo”, realmente está muerta. Pero no todos lo saben ni quieren saberlo. Trabajan y soportan la carga y el calor del día y tienen muchos hijos, hijos bastardos igual que ellos, hijos que serán expulsados de la casa como Ismael para perecer eternamente. Maldita la doctrina, la vida y la religión que trata de obtener la justicia ante Dios mediante la ley y sus credos.

 

Los escolásticos piensan que las leyes ceremoniales y judiciales de Moisés fueron abolidas por la venida de Cristo, pero no la ley moral. Están ciegos. Cuando Pablo declara que somos librados de la maldición de la ley, quiere decir toda la ley, particularmente la ley moral que más que otras leyes acusa, maldice y condena la conciencia. Los Diez Mandamientos no tienen derecho a condenar aquella conciencia en la cual mora Jesús, porque él ha quitado de los Diez Mandamientos el derecho y el poder para maldecirnos.

 

No es como si la conciencia ahora fuera insensible a los terrores de la ley, pero la ley no puede llevar a la conciencia a la desesperación. “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1). “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36).

 

Te quejarás: “Pero yo no hago nada”. Tienes razón. No puedes hacer nada para ser librado de la tiranía de la ley. Pero escucha las buenas nuevas que el Espíritu Santo te trae en las palabras del profeta: “Regocíjate, oh estéril”. Como Cristo es mayor que la ley, así es mucho más excelente la justicia de Cristo que la de la ley.

 

En un respecto más se ha abolido la ley. Las leyes civiles de Moisés no nos conciernen, y no deben volverse a imponer. Esto no quiere decir que estamos exonerados de obedecer las leyes civiles bajo las cuales vivimos. Al contrario, el evangelio manda a los cristianos obedecer al gobierno “no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia” (Romanos 13:5).

 

Tampoco nos conciernen las ordenanzas de Moisés o del Papa. Sin embargo, puesto que la vida no puede continuar sin algunas ordenanzas, el evangelio permite que se hagan reglamentos en la iglesia en cuanto a días, tiempos, lugares especiales, etc., para que la gente pueda saber el día, la hora y el lugar donde debe reunirse para escuchar la palabra de Dios. Tales direcciones son deseables para que se haga “todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40). Estas reglas se pueden cambiar u omitir por completo siempre y cuando no se ofenda a los débiles.

 

Sin embargo, Pablo se refiere particularmente a la abolición de la ley moral. Si sólo la fe en Cristo justifica, entonces toda la ley sin excepción queda abolida. Y el apóstol prueba esto con el testimonio de Isaías, que manda a la estéril regocijarse porque tendrá muchos hijos, mientras quien tiene esposo y muchos hijos será abandonada.

 

Isaías llama la iglesia estéril porque sus hijos nacen sin esfuerzo por la palabra de fe mediante el Espíritu de Dios. Se trata de nacimiento, no de esfuerzo. El creyente también obra, pero no para convertirse en hijo y heredero de Dios. Goza de ese estado antes de comenzar a trabajar. Nace hijo y heredero. Trabaja para la gloria de Dios y el bienestar de su prójimo.

 

Versículo 28: Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa.

 

Los judíos insistían en que eran hijos de Dios porque eran hijos de Abraham. Jesús les respondió en Juan 8:39,40: “Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios”. Y en el versículo 42: “Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais”. En otras palabras: “Ustedes no son los hijos de Dios. Si lo fueran, me conocerían y me amarían. Los hermanos que nacieron y viven juntos en la misma casa se reconocen. Ustedes no me reconocen. Son de su padre, el diablo”.

 

No somos como esos judíos, hijos de la esclava, la ley, que fuimos expulsados de la casa por Jesús. Somos hijos de la promesa como Isaac, nacidos por gracia y la fe para una herencia eterna.

 

Versículo 29: Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora.

 

Qué pensamiento tan alegre. Nosotros que hemos nacido del evangelio, y vivimos en Cristo, y nos regocijamos en nuestra herencia tenemos a Ismael como nuestro enemigo. Los hijos de la ley siempre perseguirán a los hijos del evangelio. Ésta es nuestra experiencia diaria. Nuestros opositores nos dicen que todo estaba tranquilo antes que nosotros reviviéramos el evangelio. Desde entonces el mundo entero está trastornado. La gente nos culpa a nosotros y al evangelio por todo, por la desobediencia de los súbditos a sus gobernantes, por las guerras, las plagas y las hambrunas, por las revoluciones y cualquier otro mal que se pueda imaginar. No es de extrañarse que nuestros adversarios piensen que le hacen un favor a Dios odiando y persiguiéndonos. Ismael siempre perseguirá a Isaac. 

 

Invitamos a nuestros adversarios a contarnos qué cosas buenas siguieron a la predicación del evangelio por los apóstoles. ¿No siguió la destrucción de Jerusalén después del evangelio? ¿Y qué tal el imperio romano? ¿No hervía el mundo entero con malestar cuando el evangelio fue predicado en todo el mundo? No decimos que el evangelio instigó esta agitación. La iniquidad humana lo hizo.

 

Nuestros opositores culpan nuestra doctrina por la agitación actual. Pero la nuestra es una doctrina de gracia y de paz. No fomenta los problemas. Los problemas comienzan cuando la gente, las naciones y sus gobernantes de la tierra rugen y consultan juntos contra el Señor y contra su Ungido (Salmo 2). Sin embargo, todos sus consejos fracasarán. “El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos” (Salmo 2:4). Griten contra nosotros todo lo que quieran, sabemos que ellos son la causa de todos sus problemas.

 

Mientras predicamos a Cristo y lo confesamos como nuestro Salvador, tenemos que aceptar ser llamados agitadores malvados. “Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá; ... y todos éstos contravienen los decretos de César”, así dijeron los judíos de Pablo y Silas (Hechos 17:6,7). De Pablo dijeron: “hemos hallado que este hombre es una plaga, y promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo, y cabecilla de la secta de los nazarenos”. Los gentiles se quejaron de manera similar: “Estos hombres ... alborotan nuestra ciudad”.

 

A este hombre Lutero también se me acusa de ser un hombre molesto que trastorna al papado y al imperio romano. Si guardara silencio todo estaría bien, y el Papa ya no me perseguiría. Tan pronto que abro la boca el Papa comienza a llenarse de humo y furia. Parece que tenemos que escoger entre Cristo y el Papa. Que el Papa perezca.

 

Cristo previó la reacción del mundo al evangelio. Dijo: “Fuego vine a echar en la tierra; ¿y qué quiero, si ya se ha encendido?” (Lucas 12:49).

 

No tomen en serio lo que dicen nuestros adversarios, que no puede resultar ningún bien de la predicación del evangelio. ¿Qué saben ellos? No reconocerían los frutos del evangelio aunque los vieran.

 

En todo caso, nuestros adversarios no pueden acusarnos de adulterio, asesinato, robo y otros crímenes por el estilo. Lo peor que pueden decir de nosotros es que tenemos el evangelio. ¿Qué hay de malo en ello? Enseñamos que Cristo, el Hijo de Dios, nos ha redimido del pecado y de la muerte eterna. Ésta no es nuestra doctrina; es de Cristo. Si hay algo mal en ella, no es culpa nuestra. Si quieren condenar a Cristo por ser nuestro Salvador y Redentor, veremos si lo pueden hacer. Nosotros sólo somos espectadores, esperando ver quién ganará la victoria, Cristo o sus adversarios.

 

En cierta ocasión Jesús dijo: “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Juan 15:19). En otras palabras: “yo soy la causa de todos sus problemas. Es a causa mía que los matan. Si no confesaran mi nombre, el mundo no los aborrecería. El siervo no es mayor que su amo. Si me han perseguido a mí, también los perseguirán a ustedes”.

 

Cristo acepta toda la culpa. Dice: “Ustedes no han ocasionado el odio y las persecuciones del mundo. Yo lo he hecho. Pero alégrense; yo he vencido al mundo”.

 

Versículo 30: Mas ¿qué dice la Escritura? Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre.

 

La exigencia de Sara de que se echara a la esclava y su hijo de la casa sin duda fue un golpe para Abraham. Sentía lástima por su hijo Ismael. La Escritura explícitamente expresa la pena de Abraham en las palabras: “Este dicho pareció grave en gran manera a Abraham a causa de su hijo” (Génesis 21:11). Sin embargo, Dios aprobó la acción de Sara y dijo a Abraham: “No te parezca grave a causa del muchacho y de tu sierva; en todo lo que te dijere Sara, oye su voz, porque en Isaac te será llamada descendencia” (Génesis 21:12)

 

El Espíritu Santo llama despectivamente a los admiradores de la ley hijos de la esclava. “Si no conocen a su madre, les diré qué clase de mujer es. Es una esclava, y ustedes son esclavos. Son esclavos de la ley y por tanto del pecado, de la muerte y la eterna condenación. No son dignos de ser herederos. Son expulsados de la casa.

 

Ésta es la oración que Dios pronuncia sobre los ismaelitas, los papistas, y todos los demás que confían en sus propios méritos y persiguen a la iglesia de Cristo. Puesto que son esclavos y perseguidores de los hijos de la libre, serán expulsados para siempre de la casa de Dios. No tendrán herencia con los hijos de la promesa. Esta afirmación queda firme para siempre.

 

Esta sentencia no afecta sólo a aquellos Papas, cardenales, obispos y monjes que fueron notoriamente malvados y que hicieron su vientre su dios. Afecta también a los que viven con toda sinceridad para agradar a Dios y merecer el perdón de sus pecados por una vida negándose a sí mismos. Aun estos serán echados fuera porque son los hijos de la esclava.

 

Nuestros adversarios no defienden su propia delincuencia moral. Los mejores entre ellos la deploran y la aborrecen. Pero defienden y sostienen la doctrina de las obras que es del diablo. Nuestra controversia no está con los que viven en pecado manifiesto. Nuestra controversia está con aquellos que entre ellos piensan que viven como ángeles, insistiendo que no sólo cumplen los Diez Mandamientos de Dios, sino también los dichos de Cristo y muchas buenas obras que Dios no exige de ellos. Discutimos con ellos porque rehúsan admitir que sólo el mérito de Cristo cuenta como justicia. 

 

San Bernardo fue uno de los mejores santos medievales. Llevó una vida casta y santa. Pero cuando le llegó la muerte no confió en que su vida casta lo salvara. Oró: “He llevado una vida mala. Pero tú, Señor Jesús, tienes un cielo para darme. Primero porque eres el Hijo de Dios. Segundo, porque has comprado el cielo para mí con tu sufrimiento y muerte. Me das el cielo, no porque lo gané, sino porque tú lo has ganado  para mí”. Si alguien de entre los romanistas se salva es porque olvida sus buenas obras y méritos y se siente como Pablo: “no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo” (Filipenses 3:9).

 

Versículo 31: De manera, hermanos, que no somos hijos de la esclava, sino de la libre.

 

Con esta oración el apóstol Pablo termina su alegoría de la iglesia estéril. Esta oración forma un rechazo claro de la justicia de la ley y una confirmación de la doctrina de la justificación. En el capítulo siguiente Pablo pone énfasis especial en la libertad que gozan los hijos de la libre. La libertad que Cristo compró para nosotros es una defensa para nosotros en la batalla contra la tiranía espiritual. Por tanto tenemos que estudiar con cuidado la doctrina de la libertad cristiana, no sólo para confirmar la doctrina de la justificación, sino también para consolar y animar a los que son débiles en la fe.