MARTÍN LUTERO

 


CARTA A LOS GÁLATAS

 

 


Versículo 1. Pablo, apóstol -no de parte de hombres ni por medio de hombre, sino por medio de Jesucristo y de Dios Padre, quien lo resucitó de entre los muertos-

 

San Pablo escribió esta epístola porque después de que él había salido de las iglesias de Galacia, entraron fanáticos judío-cristianos que pervirtieron el evangelio de Pablo de la libre justificación del hombre mediante la fe en Cristo Jesús.

 

El mundo resiste el evangelio porque éste condena la sabiduría religiosa del mundo. Porque tiene celo de su propio punto de vista religioso, el mundo a la vez acusa al evangelio de ser una doctrina subversiva y libertina, una ofensa contra Dios y los hombres, una doctrina que debe ser perseguida como la peor plaga en la tierra.

 

Como resultado tenemos esta situación paradójica: el evangelio provee al mundo la salvación de Jesucristo, paz para la conciencia y toda bendición, y precisamente por eso el mundo aborrece el evangelio.

 

Estos fanáticos judío cristianos que se entrometieron en las iglesias de Galacia después de que Pablo salió, se jactaron de ser los descendientes de Abraham, los verdaderos ministros de Cristo, que habían sido preparados por los mismos apóstoles, que podían hacer milagros.

 

Buscaban por cualquier medio socavar la autoridad de San Pablo. Dijeron a los gálatas: “No tienen derecho a estimar altamente a Pablo, ya que fue el último en convertirse a Cristo. Nosotros, empero, hemos visto a Cristo; lo hemos oído predicar. Pablo llegó más tarde y es inferior a nosotros. ¿Es posible que nosotros estemos en el error, que hemos recibido el Espíritu Santo? Pablo está solo. No ha visto a Cristo ni ha tenido mucho contacto con los otros apóstoles. De hecho, por mucho tiempo perseguía la iglesia de Cristo.”

 

Cuando llegaron hombres que presentaban esas credenciales, no engañaron sólo a los ingenuos, sino también a los que parecían estar bien establecidos en la fe. El papado utiliza el mismo argumento. “¿Supones que por unos cuantos herejes luteranos Dios rechazaría toda su iglesia? ¿O supones que Dios haya dejado a su iglesia tambaleando en el error por tantos siglos?” A los gálatas los engañaron con esos argumentos, de modo que pusieron en duda la autoridad de Pablo y su doctrina.

 

Contra estos apóstoles falsos y jactanciosos, Pablo defiende con vigor su autoridad y ministerio apostólicos. Aunque era un hombre humilde, no ocuparía ahora el último asiento. Les recuerda el tiempo en que se opuso cara a cara a Pedro y reprendió al principal de los apóstoles.

 

Pablo dedica los primeros dos capítulos a una defensa de su oficio y su evangelio. Afirma que lo ha recibido, no de hombres, sino del Señor Jesucristo mediante una revelación especial, y que aunque él o un ángel del cielo predicara otro evangelio diferente del que él ha predicado, sería maldito.

 

La seguridad de nuestro llamamiento

 

Cada ministro debe apreciar altamente su vocación y debe enfatizar a los demás el hecho de que ha sido delegado por Dios para predicar el evangelio. Como recibe honra el embajador de un gobierno debido a su oficio y no a su persona individual, así el ministro de Cristo debe exaltar su oficio para obtener autoridad entre los hombres. Esto no es vanagloriarse, sino un glorificarse que es necesario.

 

Pablo se enorgullece de su ministerio, no para que él sea alabado, sino Dios. Al escribir a los romanos, declara: “Por cuanto yo soy apóstol de los gentiles, honro mi ministerio.” Es decir, quiero que me reciban no como Pablo de Tarso sino como Pablo el apóstol y embajador de Jesucristo, para que la gente tenga más ánimo para oír. Pablo exalta su ministerio debido al deseo de da a conocer el nombre, la gracia y la misericordia de Dios.

 

Versículo 1. Pablo, apóstol -no de parte de hombres …

 

Pablo no pierde tiempo para defenderse contra la acusación de que él se había metido a empujones al ministerio. Dice a los gálatas: “Mi vocación puede parecer a ustedes algo inferior, pero los que han llegado a ustedes o son llamados por los hombres o por un hombre. Mi vocación es la más alta que hay, porque he sido llamado por Jesucristo y Dios Padre.”

 

Cuando Pablo habla de los que son llamados “de parte de hombres”, considero que habla de aquéllos a quienes ni Dios ni los hombres enviaron, sino que van a donde quieren y hablan por autoridad propia.

 

Cuando Pablo habla de los que son llamados “por medio de hombre” considero que se refiere a los que tienen un llamamiento divino que les fue extendido a través de otras personas. Dios llama de dos maneras, o por medio de los hombres, o directamente como lo hizo a los profetas y apóstoles. Pablo declara que los falsos apóstoles no fueron llamados o enviados ni de parte de los hombres ni por ellos. Lo que más podían reclamar es que habían sido enviados por otros. “Pero en cuanto a mí, no fui llamado de parte de hombre ni por el hombre, sino directamente por Jesucristo. En todo respecto es como el llamamiento de los apóstoles; de hecho soy un apóstol.”

 

En otras partes Pablo hace una marcada distinción entre el apostolado y las funciones inferiores, como en 1 Cor. 12:28: “A unos puso Dios en la iglesia, primero apóstoles, en segundo lugar profetas, en tercer lugar maestros.” Menciona primero a los apóstoles porque fueron nombrados directamente por Dios.

 

A Matías lo llamaron de esta manera. Los apóstoles escogieron a dos candidatos y luego echaron suertes, pidiendo a Dios que él indicara cuál quería. Para ser un apóstol, tenía que ser nombrado por Dios. De igual manera, Pablo fue llamado para ser el apóstol de los gentiles.

 

No se debe considerar a la ligera el llamamiento. No es suficiente que la persona posea el conocimiento; debe estar seguro de que ha sido debidamente llamado. Los que trabajan sin el debido llamamiento no se proponen nada bueno. Dios no bendice sus labores. Pueden ser buenos predicadores, pero no edifican. Muchos de los fanáticos de nuestros días pronuncian palabras de fe, pero no llevan buen fruto, porque su propósito es hacer a los hombres volverse a sus opiniones perversas. Por otro lado, los que tienen un llamamiento divino deben de sufrir mucha oposición para que se fortifiquen contra los ataques constantes del diablo y el mundo.

 

Éste es el consuelo que tenemos en el ministerio, que el nuestro es un oficio divino en el que tenemos un llamamiento divino. Por el contrario, qué terrible ha de ser para la conciencia cuando uno no es debidamente llamado. Arruina su mejor trabajo. Cuando era joven pensaba que Pablo exageraba su llamamiento. No entendía por qué. En aquel tiempo no reconocía la importancia del ministerio. No sabía nada de la doctrina de la fe, porque se nos enseñaba el sofismo en vez de la seguridad, y nadie entendía qué era la jactancia espiritual. Exaltamos nuestra vocación, no para obtener gloria entre lo hombres, ni dinero, ni satisfacción ni favor, sino porque la gente tiene que tener seguridad de que las palabras que decimos son las palabras de Dios. Esto no es orgullo pecaminoso, sino orgullo santo.

 

 

 

Versículo 1. Y de Dios Padre, quien lo resucitó de entre los muertos.

 

Pablo está tan ansioso por llegar al tema de su epístola, que trata de la justicia de la fe en oposición a la justicia de las obras, que ya en el título tiene que expresar su pensamiento. No creía que bastaba decir que era un apóstol “por medio de Jesucristo”; dice además: “y de Dios Padre, quien lo resucitó de entre los muertos.”

 

A primera vista esta cláusula parece ser superflua. Sin embargo, Pablo tenía un buen motivo para agregarla. Tenía que tratar con Satanás y sus agentes que se esforzaban en privarlo de la justicia del Cristo que fue resucitado de los muertos por Dios Padre. Estos pervertidores de la justicia de Cristo resisten al Padre y al Hijo y a las obras de los dos.

 

En toda esta epístola Pablo trata de la resurrección de Cristo. Con ella Cristo ganó la victoria sobre la ley, el pecado, la carne, el mundo, el diablo, la muerte, el infierno y todo mal, y a nosotros nos regaló esta victoria suya. Los muchos tiranos pueden acusarnos y asustarnos, pero no pueden condenarnos, porque Cristo, a quien Dios Padre levantó de los muertos, es nuestra justicia y nuestra victoria.

 

¿Se fijan que lo que Pablo escribe es muy adecuado para su propósito? No dice: “por el Dios que hizo los cielos y la tierra, que es el Señor de los ángeles,” sino tiene en mente la justicia de Cristo, y habla con precisión, diciendo: “Soy un apóstol - no de parte de hombres ni por medio de hombre, sino por medio de Jesucristo y de Dios Padre, quien lo resucitó de entre los muertos.”

 

Versículo 2. Y todos los hermanos que están conmigo.

 

Esto debe valer mucho para callar a los falsos apóstoles. Pablo tiene la intención de exaltar su propio ministerio a la vez que desacredita el de ellos. Agrega por si acaso que no está solo, sino que todos los hermanos testifican con él el hecho de que su doctrina es divinamente cierta. “Aunque los hermanos que están conmigo no son apóstoles como yo, sin embargo tienen la misma actitud que yo, y piensan, escriben y enseñan como yo.”

 

Versículo 2. A las iglesias de Galacia.

 

Pablo había predicado el evangelio en toda Galacia y había fundado muchas iglesias que, después de que él había salido, fueron invadidas por los falsos apóstoles. No van adonde predominan los enemigos del evangelio, sino adonde están los cristianos. ¿Por qué no invaden las provincias católicas para enseñar su doctrina a los príncipes, obispos y doctores impíos, como nosotros con la ayuda de Dios hemos hecho? Estos mártires comodines no se arriesgan. Van adonde el evangelio ha hecho un impacto, para no poner en peligro sus vidas. Los falsos apóstoles no irían al Jerusalén de Caifás, ni a la Roma del emperador, ni a ningún otro lugar donde nadie había predicado antes como fue la práctica de Pablo y los apóstoles, sino llegaron a las iglesias de Galacia, porque sabían que en donde los hombres profesaban el nombre de Cristo podían sentirse seguros.

 

Los ministros de Dios no sólo tienen la suerte de sufrir oposición de parte de un mundo malvado, sino también tienen que ver que el trabajo paciente de tantos años de la enseñanza de la doctrina correcta sea deshecho con rapidez debido a tales fanáticos religiosos. Esto duele más que la persecución de los tiranos. En lo exterior somos tan maltratados por los tiranos, y en lo interior por aquellos a quienes hemos restaurado la libertad del evangelio, y también por los falsos hermanos. Sin embargo, nuestro consuelo y gloria es que siendo llamados por Dios tenemos la promesa de la vida eterna. Anhelamos aquel galardón que “ojo no vio ni oído oyó, que ni ha surgido en el corazón del hombre.”

 

Jerónimo hace la pregunta del porqué Pablo las llamó iglesias cuando no eran iglesias, ya que habían dejado la gracia de Cristo para adherirse a la ley de Moisés. La respuesta correcta es: Aunque los gálatas habían abandonado la doctrina de Pablo, el bautismo, el evangelio y el nombre de Cristo continuaban entre ellos. No todos los gálatas se habían pervertido. Algunos se adherían al concepto correcto de la palabra y de los sacramentos. Estos medios no pueden ser contaminados. Siguen siendo divinos sin importa la opinión de los hombres. En dondequiera que se encuentren los medios de gracia, allí está la santa iglesia, aunque domine allí el anticristo. Esto es suficiente acerca del título de la epístola. Ahora sigue el saludo del apóstol.

 

Versículo 3. Gracia a vosotros y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

 

Gracia y paz son términos comunes que usa Pablo y ahora se entienden más o menos bien.  Sin embargo, ya que estamos explicando esta epístola, no se ofenderán si repetimos lo que hemos explicado con tanta frecuencia en otras partes. El artículo de la justificación tiene que sonar incesantemente en nuestros oídos porque la fragilidad de nuestra carne no nos permitirá apropiarlo a la perfección y creerlo con todo nuestro corazón.

 

El saludo del apóstol es refrescante. La gracia remite el pecado y la paz tranquiliza la conciencia. El pecado y la conciencia nos atormentan, pero Cristo ha vencido a estos demonios ahora y para siempre. Solamente los cristianos poseen como un don de arriba este conocimiento victorioso. Estos dos términos, la gracia y la paz, constituyen el cristianismo. La gracia incluye la remisión de los pecados, la paz y una conciencia alegre. El pecado no se quita llevando una vida según la ley, porque nadie es capaz de vivir como la ley lo exige. La ley revela la culpa, llena la conciencia de terror, y lleva a los hombres a la desesperación. Mucho menos se quita el pecado con esfuerzos inventados por los hombres. El hecho es que una persona entre más que busque méritos por sus propios esfuerzos, más se hunde en la deuda. La gracia de Dios es la única que puede quitar el pecado. Sin embargo, en la vida diaria no es tan fácil convencernos que solamente por la gracia de Dios, en oposición a todos los otros medios, recibimos el perdón de los pecados y la paz con Dios.

 

El mundo a esta doctrina la llama perniciosa. El mundo alaba el libre albedrío, la idea racional y natural de las buenas obras, como el medio de obtener el perdón del pecado. No obstante, es imposible obtener la paz de la conciencia con los métodos y los medios del mundo, como lo prueba la experiencia. Se han fundado varias órdenes sagradas con el fin de conseguir la paz de la conciencia mediante ejercicios religiosos, pero han resultado un fracaso porque esas estratagemas sólo aumentan la duda y la desesperación. No encontraremos descanso para nuestros huesos fatigados hasta que nos adhiramos a la palabra de la gracia.

 

El apóstol no quiere que los gálatas reciban la gracia y la paz del emperador, ni de los reyes, ni de los gobernadores, sino de Dios Padre. Él les desea la paz celestial, de la cual habló Jesús cuando dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy.” La paz del mundo provee el goce tranquilo de la vida y las posesiones. Sin embargo, en la aflicción, especialmente en la hora de la muerte, la gracia y la paz del mundo no nos librarán. No obstante, la gracia y la paz de Dios sí lo harán, porque hacen a la persona fuerte y valiente para soportar y vencer todas las dificultades, aun la muerte misma, porque tenemos la victoria por la muerte de Cristo y la seguridad del perdón de nuestros pecados.

 

Los hombres no deben especular sobre la naturaleza de Dios

 

 

A la salutación el apóstol agrega las palabras: “y del Señor Jesucristo”. ¿No bastaba con decir: “de Dios Padre”?

 

Es un principio de la Biblia que no indaguemos con curiosidad la naturaleza de Dios. “Ningún hombre me verá y quedará vivo”, Ex. 33:20. Todos los que confían en sus propios méritos para salvarse pasan por alto este principio y pierden de vista al Mediador, Jesucristo.

 

La verdadera teología cristiana no investiga la naturaleza de Dios, sino el propósito y la voluntad de Dios en Cristo, a quien Dios incorporó en nuestra carne para vivir y morir por nuestros pecados. No hay nada más peligroso que especular acerca del poder, la  sabiduría y la majestad incomprensibles de Dios cuando la conciencia está atribulada a causa del pecado. Hacerlo es perder totalmente a Dios porque él es intolerable cuando tratamos de medir y comprender su majestad infinita.

 

Debemos buscar a Dios así como Pablo nos dirige en 1 Corintios 1: 23, 24: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado: para los judíos tropezadero, y para los gentiles locura. Sin embargo, para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios.” Comienza con Cristo. Él descendió a la tierra, vivió entre los hombres, sufrió, fue crucificado, y luego murió, presentándose con claridad ante nosotros para que nuestro corazón y nuestros ojos se fijen en él. Esto debe impedir que intentemos subir al cielo en una búsqueda curiosa y vana de la naturaleza de Dios.

 

Si preguntan ustedes cómo se puede encontrar al Dios que justifica a los pecadores, sepan que no hay otro Dios sino este hombre Cristo Jesús. Abrácenlo, y olviden la naturaleza de Dios. Sin embargo, estos fanáticos que excluyen a nuestro Mediador en su trato con Dios no me creen. ¿No dijo Cristo mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”? Sin Cristo no hay acceso al Padre, sino solamente un vano vagar, no hay verdad, sino hipocresía; no hay vida, sino muerte eterna.

 

Cuando se discute la naturaleza de Dios aparte de la cuestión de la justificación pueden profundizar cuanto quieran. No obstante, cuando se trata de la conciencia y de la justicia frente a la ley, el pecado, la muerte y el diablo, tienen que cerrar la mente a toda investigación de la naturaleza de Dios, y concentrarse en Jesucristo, que dice: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.” Si hacen esto, reconocerán el poder y la majestad que se dignan descender a su condición conforme a lo que dice Pablo a los colosenses: “En él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento,” y “en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”. Pablo, al desear que recibamos gracia y paz no solamente del Padre, sino también de Jesucristo, quiere advertirnos contra incursiones curiosas en la naturaleza de Dios. Debemos escuchar a Cristo, quien ha sido nombrado por el Padre como nuestro Maestro divino.

 

Cristo es Dios por naturaleza

 

Al mismo tiempo Pablo afirma nuestro credo, “que Cristo es verdadero Dios”. Necesitamos con frecuencia una confirmación de nuestra fe, porque Satanás no dejará de atacarla. Aborrece nuestra fe, porque sabe que es la victoria que lo vence a él y al mundo. Es evidente que Cristo es verdadero Dios porque Pablo le atribuye poderes divinos al igual que al Padre, como por ejemplo el poder de administrar la gracia y la paz. Jesús no podría hacerlo si no fuera Dios.

 

está En los fueros de Dios está el dar la paz y la gracia; él es el único que puede crear estas bendiciones. Los ángeles no pueden hacerlo. Lo único que los apóstoles pudieron hacer es distribuir estas bendiciones con la predicación del evangelio. Al atribuir a Cristo el poder divino de crear y dar la gracia, la paz, vida eterna, la justicia y el perdón de los pecados, es inevitable la conclusión de que Cristo es verdadero Dios. De manera semejante, San Juan saca la conclusión de las obras atribuidas al Padre y el Hijo que son uno en divinidad. Así, los dones que recibimos del Padre y del Hijo son los mismos. De otro modo Pablo debería haber escrito: “Gracia de Dios Padre, y paz del Señor Jesucristo.” Al combinarlos, los atribuye tanto al Padre como al Hijo. Subrayo esto a causa de los muchos errores que salen de las sectas.

 

Los arrianos eran muy astutos. Admitían que Cristo tenía dos naturalezas, y que es llamado “verdadero Dios de verdadero Dios”, y de todos modos negaban su divinidad. Los arrianos consideraban a Cristo una criatura noble y perfecta, superior aun a los ángeles, porque por medio de él Dios creó el cielo y la tierra. Mahoma también alaba a Cristo. No obstante, toda su alabanza es pura palabrería para engañar a los hombres.  El lenguaje de Pablo es diferente. Dicho de otra manera: “Ustedes están establecidos en esta fe de que Cristo es verdadero Dios porque él da gracia y paz, que son dones que solamente Dios puede crear y otorgar.”

 

Versículo 4. Quien se dio a sí mismo por nuestros pecados.

 

Pablo sigue con su tema. Nunca pierde de vista el propósito de su epístola. No dice: “quien recibió nuestras obras”, sino “quien se dio”. ¿Qué es lo que dio? No fue oro, ni plata, ni corderos de la Pascua, ni un ángel, sino a sí mismo. ¿Para qué? No por una corona, ni un reino, ni nuestra bondad, sino por nuestros pecados. Estas palabras son como tantos truenos de protesta desde el cielo contra toda clase e índole de mérito propio. Subraye estas palabras, porque están llenas de consuelo para las conciencias heridas.

 

¿Cómo podemos obtener la remisión de nuestros pecados? Pablo responde: “El hombre que se llama Jesucristo y el Hijo de Dios se dio por nuestros pecados.”  La artillería pesada de estas palabras destruye el papado, las obras, los méritos y las supersticiones, porque si nuestros pecados se pudieran quitar con nuestros propios esfuerzos, ¿qué necesidad había de que el Hijo de Dios se diera por ellos? Si se considera que Cristo se dio por nuestros pecados, resulta lógico que no se pueden quitar con nuestro propio esfuerzo.

 

Esta oración también define nuestros pecados como grandes, de hecho, tan inmensos que el mundo entero no podría reparar el daño de un solo pecado. Esto lo indica la grandeza del rescate que se pagó, que es Cristo, el Hijo de Dios. Se recalca el carácter atroz del pecado con las palabras: “quien se dio por nuestros pecados”. El pecado es tan atroz que solamente el sacrificio de Cristo pudo expiar el pecado. Cuando pensamos en el hecho de que aquella palabrita “pecado” abarca todo el reino de Satanás, todo lo que es horrible, tenemos por qué temblar. Sin embargo, no nos preocupamos y tratamos al pecado como algo leve. Creemos que con alguna pequeña obra o mérito podemos eliminar el pecado.

 

Este pasaje, entonces, establece el hecho de que todos los hombres están vendidos bajo pecado. El pecado es un déspota que ningún poder creado puede vencer, sino solamente el poder soberano de Jesucristo lo puede hacer.

 

Todo esto es de consuelo maravilloso para una conciencia que se aflige por lo enorme de su pecado. El pecado no puede hacer daño a los que creen en Cristo, porque él ha vencido el pecado con su muerte. Con esta convicción como arma, estamos iluminados y podemos juzgar a los papistas, monjes, monjas, sacerdotes, mahometanos, anabaptistas y todos los que confían en sus propios méritos, que son sectas malvadas y destructivas que roban el honor que les pertenece a Dios y a Cristo solamente.

 

Noten especialmente el pronombre “nuestro” y su significado. Reconocerán sin dificultad que Cristo se ha dado por los pecados de Pedro, Pablo y otros que eran dignos de tal gracia. No obstante, cuando se sienten deprimidos, se les hace difícil creer que Cristo se haya dado por sus pecados. Nuestros sentimientos rehuyen hacer una aplicación personal del pronombre “nuestros”, y rehusamos tratar con Dios hasta que nos hayamos hechos dignos con las buenas obras.

 

Esta actitud procede de un concepto falso del pecado, la idea de que el pecado es algo pequeño, que fácilmente se puede tratar mediante las buenas obras; que debemos presentarnos ante Dios con una buena conciencia, que debemos llegar a vencer el sentimiento del pecado antes de poder pensar que Cristo se dio por nuestros pecados.

 

Esta actitud es universal y se desarrolla especialmente en los que se consideran superiores a otros. Esas personas confiesan con facilidad que pecan con frecuencia, pero no consideran que sus pecados sean tan importantes que no puedan fácilmente disolverse con alguna acción buena, o que no puedan comparecer ante el tribunal de Cristo y exigir el premio de la vida eterna debido a su justicia. Al mismo, tiempo fingen gran humildad y reconocen cierto grado de pecado debido a lo cual se unen conmovidos en la oración del publicano: “Dios, se propicio a mí, que soy pecador.” Sin embargo, se les escapa el verdadero significado y consuelo de las palabras “por nuestros pecados”.

 

El genio del cristianismo acepta como veraces y eficaces las palabras de Pablo: “quien se dio a sí mismo por nuestros pecados”. No debemos considerar nuestros pecados como pequeñeces insignificantes. Por otro lado, tampoco debemos considerarlos tan grandes que tengamos que desesperarnos. Aprendan a creer que Cristo se dio, no por transgresiones pequeñas e imaginarias, sino por pecados tan grandes como los montes; no por uno o dos pecados, sino por todos; no por pecados que se pueden dejar, sino por los que están profundamente arraigados.

 

Practiquen este conocimiento y fortalézcanse contra la desesperación, especialmente a la hora final, cuando los recuerdos de los pecados pasados ataquen la conciencia. Digan con confianza: “Cristo, el Hijo de Dios, no se dio por los justos, sino por los pecadores. Si no tuviera pecado, no necesitaría a Cristo. No, Satanás, no puedes engañarme para que imagine que soy santo. La verdad es que soy nada más un pecador. Mis pecados no son transgresiones imaginarias, sino pecados contra la primera tabla, la incredulidad, la duda, la desesperación, el desprecio, el odio, ignorancia de Dios, falta de gratitud hacia él, abuso de su nombre, negligencia de su palabra, etc.; y pecados contra la segunda tabla, falta de respeto a los padres, desobediencia hacia el gobierno, codicia de las posesiones de otro, etc. Es cierto que no he cometido asesinato, adulterio, robo ni pecados semejantes en obras, pero los he cometido en el corazón, y por eso soy transgresor de todos los mandamientos de Dios.

 

“Porque mis transgresiones se multiplican y mis propios esfuerzos por justificarme son un impedimento más bien que una ayuda, por eso Cristo el Hijo de Dios se dio a la muerte por mis pecados.” Creer esto es tener la vida eterna.

 

Armémonos contra las acusaciones de Satanás con este pasaje de la Sagrada Escritura y otros similares. Si el diablo dice: “Serás condenado”, díganle: “No, porque huyo a Cristo quien se dio por mis pecados. Al acusarme de ser un pecador que merece condenación, te estás cortando tu propio cuello, Satanás. Me estás recordando de la misericordia paternal de Dios hacia mí, que de tal manera amó al mundo que dio a su Hijo unigénito para que todo el que en él creyere, no se pierda, mas tenga vida eterna. Al llamarme un pecador, Satanás, realmente me consuelas sobremanera.” Con semejante astucia celestial debemos enfrentar las estratagemas de Satanás y apartar de nosotros el recuerdo del pecado.

 

San Pablo también presenta un retrato fiel de Cristo como el Hijo de Dios nacido de una virgen y entregado a la muerte por nuestros pecados. Es importante mantener un concepto correcto de Cristo, porque el diablo describe a Cristo como a un juez exigente y cruel que condena y castiga a los hombres. Díganle que su definición de Cristo está equivocada, que Cristo se dio por nuestros pecados, que por su sacrificio quitó los pecados del mundo entero.

 

Utilicen ampliamente este pronombre “nuestro”, y estén seguros que Cristo ha borrado los pecados no sólo de ciertas personas, sino los de ustedes. No permitan que les roben este hermoso concepto de Cristo. Él no es Moisés, un legislador, ni un tirano, sino el Mediador por los pecados, el que da la gracia y la vida.

 

Esto lo sabemos, pero en el conflicto real con el diablo, cuando nos asusta con la ley y nos aterra con la misma persona del Mediador, cuando cita mal las palabras de Cristo y distorsiona para nosotros nuestro Salvador, perdemos de vista tan fácilmente nuestro dulce Sumo-Sacerdote.

 

Por esta razón ansío tanto que ustedes obtengan una imagen verdadera de Cristo basándose en las palabras de Pablo “quien se dio a sí mismo por nuestros pecados”. Él no pisotea a los caídos sino los levanta, y consuela a los quebrantados de corazón. De otro modo Pablo estaría mintiendo al escribir “quien se dio por nuestros pecados”.

 

No me preocupo de especulaciones acerca de la naturaleza de Dios. Solamente me adhiero al Cristo humano, y encuentro gozo y paz y la sabiduría de Dios en él. Estas no son verdades nuevas; estoy repitiendo lo que los apóstoles y todos los maestros de Dios han enseñado desde tiempos antiguos.  Dios quisiera que nuestros corazones se impregnaran de estas verdades.

 

Versículo 4. De este modo nos libró de la presente época malvada.

 

Pablo llama malvado a este mundo porque todo lo que está en él está sujeto a la maldad del diablo, quien gobierna al mundo entero como su reino y llena el ambiente con la ignorancia, el desprecio, el odio y la desobediencia de Dios. Vivimos en este reino del diablo.

 

Mientras la persona esté en el mundo no podrá librarse del pecado por sus propios esfuerzos, porque el  mundo está empeñado en hacer mal. La gente del mundo es esclava del diablo. Si no estamos en el reino de Cristo, de seguro pertenecemos al reino de Satanás y estamos obligados a servirlo con todos nuestros talentos.

 

Consideren los talentos de la sabiduría y la integridad. Sin Cristo, la sabiduría es doble necedad y la integridad doble pecado, porque no sólo no perciben la sabiduría y la justicia de Cristo, sino que impiden y blasfeman la salvación de Cristo. Con toda razón Pablo llama malvado al mundo porque cuando el mundo está mejor está peor. Los vicios más repugnantes son faltas leves en comparación con la sabiduría y la justicia del mundo. Éstas impiden que el hombre acepte el evangelio de la justicia de Cristo. El diablo blanco del pecado espiritual es mucho más peligroso que el diablo negro del pecado carnal porque entre más sabios y mejores que sean los hombres sin Cristo, es más probable que ignoren el evangelio y que se opongan a él.

 

Con las palabras “nos libró” Pablo sostiene que necesitamos a Cristo. No hay otro que tenga la menor posibilidad de librarnos de este siglo malo. Qué no les perturbe el hecho de que mucha gente goza de grandes reputaciones sin Cristo. Recuerden lo que dice Pablo, que el mundo con toda su sabiduría, poder y justicia pertenece al diablo mismo. Sólo Dios puede librarnos del mundo.

 

Alabemos y agradezcamos a Dios su misericordia al librarnos del cautiverio de Satanás, cuando éramos incapaces de hacerlo con nuestra fuerza. Confesemos con Pablo que toda nuestra justicia por las obras es pérdida y estiércol. Condenemos como trapos de inmundicia todo parloteo de libre albedrío, órdenes de religiosos, misas, ceremonias, votos, ayunos y todo por el estilo.

 

Cuando llama al mundo el reino del diablo que consta de iniquidad, ignorancia, error, pecado, muerte y eterna desesperación, Pablo al mismo tiempo declara que el reino de Cristo es uno de equidad, luz, gracia, remisión del pecado, paz, salud y vida eterna, al cual nuestro Señor Jesucristo nos traslada. A él sea la gloria siempre.

 

En este pasaje Pablo combate a los falsos apóstoles en favor del artículo de la justificación. Cristo, dice Pablo, nos libró de este reino malo del diablo y el mundo conforme al beneplácito, al agrado y al mandato del Padre, de modo que no nos libera nuestra propia voluntad ni astucia ni sabiduría, sino la misericordia y amor de Dios, como está escrito, 1 Juan 4:10: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en expiación por nuestros pecados.”

 

Otra razón por la cual Pablo, como también Juan, pone énfasis en la voluntad del Padre es la costumbre de Cristo de dirigir la atención hacia el Padre. Porque Cristo entró en el mundo para reconciliar a Dios con nosotros y atraernos al Padre.

 

No conoceremos a Dios ni su propósito de salvarnos mediante investigaciones curiosas de la naturaleza de Dios, sino aferrándonos a Cristo, quien se ha entregado a la muerte por nuestros pecados conforme a la voluntad del Padre. Cuando comprendamos que ésta es la voluntad del Padre en Cristo, sabremos que Dios es misericordioso, no iracundo. Comprenderemos que nos amó tanto a nosotros miserables pecadores que entregó a su Hijo unigénito a la muerte por nosotros.

 

El pronombre “nuestro” se refiere a los dos nombres Dios y Padre; es nuestro Dios y nuestro Padre. El Padre de Cristo y nuestro Padre son el mismo. Por esto Cristo dijo a María Magdalena: “Yo subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.” Dios es nuestro Padre y nuestro Dios, pero solamente en Cristo Jesús.

 

Versículo 5. A quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

La escritura hebrea está intercalada con expresiones de alabanza y gratitud. Se puede observar esta peculiaridad en los escritos apostólicos, particularmente en los de Pablo. Se debe mencionar el nombre del Señor con gran reverencia y acciones de gracias.

 

Versículo 6. Estoy asombrado.

 

¡Con cuánta paciencia trata Pablo a sus gálatas que han sido seducidos! No se lanza sobre ellos, sino, como un padre, casi disculpa su error. Les habla con cariño maternal, pero de tal modo que a la vez los reprende. Por otro lado, está indignado en extremo con los seductores a quienes culpa por la apostasía de los gálatas. Al comienzo de su epístola su ira brota furiosamente: “Si alguien os está anunciando un evangelio contrario al que recibisteis, sea anatema.” Más tarde, en el capítulo cinco, amenaza a los falsos apóstoles con la condenación. “El que os inquieta llevará su castigo, sea quien sea.” Pronuncia sobre ellos una maldición: “¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!.”

 

Podría haberse dirigido a los gálatas de este modo: “Estoy avergonzado de ustedes; me duele su falta de gratitud. Estoy airado contra ustedes.” Sin embargo su propósito fue llamarlos a volver al evangelio. Con este propósito les habla con mucha gentileza. No podría haber escogido una expresión más tierna que ésta: “estoy asombrado”; indica su pena y desagrado.

 

Pablo hace caso a la regla que él mismo expresa en un capítulo más adelante al decir: “Hermanos, en caso de que alguien se encuentre enredado en alguna transgresión, vosotros que sois espirituales, restaurad al tal con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.” Debemos demostrar cariño paternal hacia los que se les ha engañado, para que se den cuenta que no buscamos su destrucción sino su salvación. Frente al diablo y sus misioneros, los autores de falsas doctrinas y las sectas, debemos comportarnos como el apóstol, con impaciencia y con rigurosas condenaciones, como lo hacen los padres con un perro que muerde a su pequeño, a la vez que consuelan al niño que llora.

 

La actitud correcta que tiene Pablo le da una extraordinaria facilidad para tratar a las conciencias afligidas de los que se han caído. El Papa y sus obispos, que están inspirados con el deseo de señorearse de las almas de los hombres, emiten truenos y maldiciones sobre las conciencias miserables. No les importa salvar las almas de los hombres, sino solamente mantener su posición.

 

Versículo 6. De que tan pronto.

 

Pablo lamenta el hecho de que es difícil que la mente retenga una fe sana y firme. Un hombre trabaja por una década antes de lograr que su iglesia se capacite con una religión ordenada, luego llega algún farsante ignorante y despiadado y en un momento echa a perder la obra paciente que duró años. Por la gracia de Dios hemos logrado aquí en Wittenberg el modelo de una verdadera iglesia cristiana. Se enseña debidamente la palabra de Dios, se administran los sacramentos y todo prospera. En un momento algún lunático podría arruinar esta feliz condición, que ha sido fruto de años de arduo trabajo. Esto sucedió en las iglesias de Galacia a las cuales Pablo había dado a luz con dolores de parto espiritual, pero que pronto después de la salida de Pablo los falsos apóstoles las echaron a un estado de confusión.

 

La iglesia es como una planta tierna, que se tiene que cuidar. La gente oye un par de sermones, lee unas páginas de la Sagrada Escritura, y cree que lo sabe todo. Son atrevidos porque nunca han pasado por ninguna prueba de la fe. Carentes del Espíritu Santo, enseñan lo que les da la gana con que suene bien a la gente sencilla que siempre está lista a unirse a las novedades.

 

Tenemos que vigilar para que el diablo no siembre cizaña mientras durmamos. Tan pronto como Pablo había dejado las iglesias de Galacia, comenzaron a trabajar los falsos apóstoles. Así que, vigilemos a nosotros mismos y a toda la iglesia.

 

Versículo 6. Estoy asombrado de que tan pronto os estéis apartando.

 

Otra vez el apóstol usa un tono suave. No regaña a los gálatas: “Estoy asombrado de que son tan inconstantes, infieles”, sino dice más bien: “Estoy asombrado de que tan pronto os estéis apartando.” No los trata como a malhechores, sino como personas que han sufrido una gran pérdida. Condena más bien a los que los hicieron apartarse que a los gálatas. Al mismo tiempo, les reprende usando un tono suave porque se dejaron apartar. La crítica es implícita que deben haber estado un poco más establecidos en su creencias, porque si se hubieran acogido con más fuerza a la palabra no podrían haberse apartado tan fácilmente.

 

Jerónimo cree que Pablo está empleando un juego de palabras sobre el nombre gálatas, que él deriva de la palabra hebrea galath, que quiere decir caído o arrastrado, como si Pablo quisiera decir: “Ustedes son verdaderos gálatas, es decir, personas que han caído en palabra y en realidad.” Algunos creen que los alemanes son descendientes de los gálatas, y tal vez tengan algo de razón. Porque los alemanes no son muy diferentes de los gálatas con su falta de constancia. Al principio los alemanes tenemos mucho entusiasmo, pero al rato se enfrían nuestras emociones y nos aflojamos. Cuando la luz del evangelio primero llegó a nosotros muchos estaban llenos de celo, oyeron con avidez los sermones y tenían en alta estima el ministerio de la palabra de Dios. Sin embargo, ahora que ha sido reformada la religión, muchos de los que antes eran discípulos tan fervorosos han dejado de lado la palabra de Dios, se han convertido en barrigas de cerdo como los gálatas necios e inconstantes.

 

Versículo 6.  Del que os llamó por la gracia de Cristo.

 

Hay dudas acerca de la lectura correcta. Se puede traducir: “De aquel Cristo que os llamó a la gracia”; o también: “De Dios quien os llamó a la gracia de Cristo”. Prefiero lo primero, porque me parece que el propósito de Pablo es recalcarnos los beneficios de Cristo. Esta lectura también preserva la crítica implícita de que los gálatas se habían retirado de aquel Cristo que les había llamado no a la ley, sino a la gracia. Nos unimos a Pablo en censurar la ceguera y la perversidad de los hombres de no recibir el mensaje de la gracia y la salvación, o si lo recibieron, pronto lo abandonaron, a pesar de que el evangelio otorga todos los beneficios espirituales: el perdón de los pecados, la verdadera justicia, la paz de la conciencia, la vida eterna; y además, todos los beneficios temporales: el buen juicio, el buen gobierno y la paz.

 

¿Por qué aborrece el mundo las buenas nuevas del evangelio y las bendiciones que lo acompañan? Porque el mundo pertenece al diablo. Bajo su dirección el mundo persigue al evangelio y si lo pudiera hacer, volvería a clavar a Cristo, el Hijo de Dios, en la cruz aunque él se entregó a la muerte por los pecados del  mundo. El mundo está en las tinieblas. Es tinieblas.

 

Pablo acentúa el punto de que los gálatas fueron llamados por Cristo a la gracia. “Les enseñé la doctrina de la gracia y de la libertad de la ley, del pecado y la ira, para que estuvieran libres en Cristo, y no esclavos a la dura ley de Moisés. ¿Tan fácilmente se dejarán arrastrar de la fuente viva de la gracia y la vida?”

 

Versículo 6.  Para ir tras un evangelio diferente.

 

Note Ud. la astucia del diablo. Los herejes no anuncian que enseñan errores. Los asesinos, adúlteros y ladrones se disfrazan. De igual manera, el diablo enmascara todos sus trucos y actividades. Se viste de blanco para hacerse pasar por un ángel de luz. Impresiona su astucia para vender su veneno como si fuera el evangelio de Cristo. Debido a que conoce el engaño de Satanás, Pablo con sarcasmo llama la doctrina de los falsos apóstoles “otro evangelio”, como si dijera: “Ustedes los gálatas ahora tienen un evangelio diferente, a la vez que a mi evangelio ya no lo estiman.”

 

Por esto sacamos la conclusión de que los falsos apóstoles habían despreciado el evangelio de Pablo entre los gálatas alegando que fuera incompleto. Su objeción al evangelio de Pablo es idéntico con el que está escrito en el capítulo 15 del Libro de los Hechos, diciendo que no era suficiente que los gálatas creyeran en Cristo, o fueran bautizados, sino que era necesario circuncidarlos, y mandarlos a guardar la ley de Moisés, porque “si no os circuncidáis de acuerdo con el rito de Moisés, no podéis ser salvos.” Como si Cristo fuera un obrero que había comenzado un edificio, pero lo había dejado para que Moisés lo terminara.

 

Hoy los anabaptistas y otros, como encuentran difícil condenarnos, nos acusan a los luteranos de ser tímidos en confesar toda la verdad. Conceden que hemos puesto el fundamento en Cristo, pero insisten en que no hemos terminado el edificio. De esta manera estos fanáticos perversos desfilan su maldita doctrina como si fuera la palabra de Cristo, y flameando la bandera del nombre de Dios engañan a muchos. El diablo es demasiado inteligente como para aparecer feo y vestido de negro. Le gusta más conducir sus actividades malignas en el nombre de Dios. Por eso el proverbio alemán: “Todo daño comienza en el nombre de Cristo.”

 

Cuando el diablo ve que no puede dañar la causa del evangelio con métodos destructivos, lo hace bajo la pretensión de corregir y promover la causa del evangelio. Le gustaría más perseguirnos con el fuego y la espada, pero este método no le ha servido muy bien porque la iglesia ha sido regada con la sangre de los mártires. Como no puede prevalece con la fuerza, utiliza a maestros malvados e impíos que en el principio se unen a nuestra causa, pero luego insisten en que ellos particularmente están llamados a enseñar los misterios ocultos de las Escrituras, para ponerlos por encima de los rudimentos de la doctrina cristiana que nosotros enseñamos. Esta clase de cosas pone en peligro al evangelio. Aferrémonos todos a la palabra de Cristo contra los engaños del diablo, “ porque nuestra lucha no es contra sangre ni carne, sino contra principados, contra autoridades, contra los gobernantes de estas tinieblas, contra espíritus de maldad en los lugares celestiales.” (Efe. 6:12).

 

Versículo 7. No es que haya otro evangelio, sino que hay algunos que os perturban.

 

Aquí otra vez el apóstol disculpa a los gálatas, a la vez que culpa a los falsos apóstoles de perturbar sus conciencias y robarlos de su mano. ¡Cómo se enoja con estos engañadores! Les llama perturbadores, gente que seduce las pobres conciencias.

 

Este pasaje muestra además que los apóstoles falsos difamaron a Pablo aduciendo que fuera un apóstol imperfecto y un predicado débil y errado. Condenan a Pablo, y Pablo les condena a ellos. Siempre ha existido esa guerra de condenaciones en la iglesia. Los papistas y fanáticos nos aborrecen, condenan nuestra doctrina y quieren matarnos. Nosotros a la vez aborrecemos y condenamos su maldita doctrina. Mientras tanto, la gente no sabe a quien seguir ni qué rumbo tomar, porque no todo el mundo tiene el don de juzgar en estos asuntos. No obstante, la verdad ganará. Eso sí, nosotros no perseguimos a nadie, ni perturba nuestra doctrina a los hombres. Al contrario, tenemos el testimonio de muchos hombres buenos que se arrodillan y dan gracias a Dios por el consuelo que nuestra doctrina les ha traído. Como Pablo, no es por culpa de nosotros que las iglesias tienen problemas. La culpa está con los anabaptistas y otros fanáticos.

 

El maestro que enseña la justicia por las obras es un perturbador. Nunca se les ha ocurrido que el Papa, los cardenales, los obispos, los monjes y toda la sinagoga de Satanás son los perturbadores? A la verdad, son peores que los falsos apóstoles. Los falsos apóstoles enseñaron que además de la fe en Cristo se necesitaban las obras de la ley de Dios para la salvación. Sin embargo, los papistas omiten totalmente la fe y enseñan tradiciones inventadas por ellos y obras que Dios no ordenó, que de hecho son contrarias a la palabra de Dios, y exigen para estas tradiciones atención y obediencia preferencial.

 

Pablo llama a los falsos apóstoles perturbadores de la iglesia porque enseñaron que la circuncisión y el guardar la ley eran necesarios para la salvación. Insistían en que se tenía que guardar la ley en todo detalle. Los judíos los apoyaron en esta afirmación, con el resultado de que los que no estaban establecidos con firmeza en la fe fácilmente fueron persuadidos de que Pablo no era un maestro sincero de Dios porque pasaba por alto la ley. A los judíos les ofendió la idea de que Pablo completamente pasara por alto la ley de Dios, y que los gentiles, que habían sido idólatras, alcanzaran el estado de pueblo de Dios gratuitamente, sin la circuncisión, sin hacer la ley en penitencia, sólo por la gracia mediante la fe en Cristo Jesús.

 

Estas críticas las amplificaron los falsos apóstoles. Acusaron a Pablo de tener la intención de abolir la ley de Dios y la dispensación judía, contrario a la ley de Dios, a su herencia judía, al ejemplo de los apóstoles, y al de Pablo mismo. Exigieron que evitaran a Pablo por ser blasfemo y rebelde, a la vez que a ellos se les debería escuchar como a verdaderos maestros del evangelio y discípulos auténticos de los apóstoles. Así calumniaron a Pablo entre los gálatas. Estuvo obligado a atacar a los falsos apóstoles, y lo hizo sin reparos.

 

Versículo 7. Y quieren pervertir el evangelio de Cristo.

 

Para decir esta oración con otras palabras: “Estos falsos apóstoles no sólo los perturban, eliminan el evangelio de Cristo. Actúan como si fueran los únicos verdaderos predicadores del evangelio, pero aun así, confunden la ley y el evangelio. Como resultado, pervierten el evangelio. O Cristo tiene que vivir y la ley tiene que perecer, o la ley permanece y Cristo tiene que perecer; Cristo y la ley no pueden convivir in la conciencia. Hay o gracia o ley; confundir las dos es eliminar totalmente el evangelio de Cristo..

 

Perece un asunto sin importancia mezclar la ley y el evangelio, la fe y las obras, pero hace más daño de lo que la mente humana puede concebir. Confundir la ley y el evangelio no solamente enturbia el conocimiento de la gracia, elimina totalmente a Cristo.

 

Las palabras de Pablo, “y quieren pervertir el evangelio de Cristo”, también indican la arrogancia de estos falsos apóstoles. Se jactaban desvergonzadamente. Pablo estuvo obligado a exaltar su propio ministerio y evangelio.

 

Versículo 8. Pero aun si nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.

 

El celo de Pablo por el evangelio llega a tanto fervor que casi lo lleva a maldecir a los ángeles. “Quisiera más bien que yo, mis hermanos, sí, aun los ángeles del cielo estuvieran malditos antes que se derroque mi evangelio.”

 

La palabra griega anatema, hebreo jerem, significa maldecir, execrar, condenar. Pablo primero (como un caso hipotético) se maldice a sí mismo. Las personas con entendimiento primero culpan a sí mismos para que puedan con tanta más seriedad reprender a otros.

 

Pablo insiste en que no hay otro evangelio aparte del que había predicado a los gálatas. No predicó un evangelio que él haya inventado, sino el mismo evangelio que Dios hacía tiempo había prescrito en la Sagrada Escritura. Con razón Pablo pronuncia sobre sí mismo y sobre otros, sobre los ángeles del cielo una maldición si se atrevieran a predicar otro evangelio aparte del que es de Cristo mismo.

 

Versículo 9. Como ya lo hemos dicho, ahora mismo vuelvo a decir: Si alguien os está anunciando un evangelio contrario al que recibisteis, sea anatema.

 

Pablo repite la maldición, ahora dirigiéndola contra otras personas. Antes se maldijo a sí mismo, a sus hermanos y a un ángel del cielo. “Ahora”, dice, “si hay alguien más que predica un evangleio diferente del que han recibido de nosotros, sea también anatema.” Con esto Pablo maldice y excomulga a todos los falsos maestros inclusive a sus opositores. Está tan agitado que se atreve a maldecir a todos los que pervierten su evangelio. ¡Quisiera Dios que este terrible dictamen del apóstol infundiera miedo en los corazones de todos los que pervierten el evangelio de Pablo.

 

Los gálatas tal vez digan: “Pablo, no pervertimos el evangelio que nos has traído. No lo entendemos muy bien. Eso es todo. Ahora han llegado estos maestros que vinieron después de ti explicando todo tan bonito.”

 

El apóstol rehúsa aceptar esta explicación. No pueden agregar nada; no pueden corregir nada. “Lo que han recibido de mí es el evangelio genuino de Dios. ¡Que permanezca! Si alguien les trae otro evangelio diferente del que les llevé, y promete dar cosas mejores de las que recibieron de mí, sea maldito.”

 

A pesar de esta denuncia tan enfática, mucha gente acepa al Papa como el juez supremo de la Escritura. “La iglesia,” dicen, “solamente escogió cuatro Evangelios. La iglesia podría haber escogido más. Por lo tanto, la iglesia está por encima del evangelio.” Con igual razón alguien podría argumentar: “Apruebo las Escrituras. Por tanto estoy por encima de las Escrituras. Juan el Bautista confesó a Cristo, por tanto está por encima de Cristo.” Pablo se subordina a sí mismo, a todos los predicadores, a todos los ángeles del cielo, a todo el mundo a la Sagrada Escritura. No somos los señores, jueces o árbitros, sino testigos, discípulos y confesores de la Escritura, seamos Papa, Lutero, Agustín, Pablo o un ángel del cielo.

 

Versículo 10. ¿Busco ahora convencer a los hombres, o a Dios?

 

Pablo sigue con la misma vehemencia: “Ustedes los gálatas deben poder darse cuenta de mi predicación y de las muchas aflicciones que he soportado, si estoy sirviendo a los hombres o a Dios. Todo el mundo puede ver que mi predicación ha provocado que me persigan en todas partes, y me ha ganado el odio cruel de mi propio pueblo, por no decir de todos los hombres. Esto debe convencerte que no busco el favor y la alabanza de los hombres con mi predicación, sino la gloria de Dios.”

 

Nadie puede decir que buscamos el favor y la alabanza de los hombres con nuestra doctrina. Enseñamos que todos los hombres por naturaleza son depravados. Condenamos el libre albedrío, la fortaleza, la sabiduría y la justicia de los hombres. Decimos que obtenemos la gracia por la libre misericordia de Dios solamente por causa de Cristo. Ésta no es una predicación hecha para agradar a los hombres, sino más bien una predicación que procura para nosotros el odio y el desagrado del mundo, persecuciones, excomuniones, asesinatos y maldiciones.

 

“¿No pueden ver que no busco el favor de nadie con mi doctrina?” pregunta Pablo. “Si deseara el favor de los hombres les lisonjearía. ¿Pero qué es lo que hago? Condeno sus obras. Enseño solamente aquello que he recibido desde arribo con el mandato de enseñarlo. Por esta causa atraigo sobre mí cabeza la ira de judíos y de gentiles. Mi doctrina tiene que ser la correcta; tiene que ser divina. No puede haber otra doctrina mejor que la mía, sino cualquier otra doctrina tiene que ser falsa y malvada.”

 

Junto con Pablo pronunciamos sin temor una maldición contra toda doctrina que no esté de acuerdo con la nuestra. No predicamos para obtener la alabanza de los hombres, o el favor de los príncipes. Predicamos solamente para tener el favor del Dios cuya gracia y misericordia proclamamos. Todo el que enseña una doctrina contraria a la nuestra, o diferente de la nuestra, digamos sin temor que él es enviado por el diablo.

 

Versículo 10. ¿Será que busco agradar a los hombres?

 

“¿Sirvo a los hombres o a Dios?” Pablo sigue mirando a los falsos apóstoles, los que lisonjean a los hombres. Enseñaban la circuncisión para evitar el odio y la persecución de parte de los hombres.

 

Hasta hoy día encontrarás a muchos que buscarán agradar a los hombres para que puedan vivir en paz y seguridad. Enseñan todo lo que sea agradable a los hombres, sin importarles que sea contrario a la palabra de Dios o a su propia conciencia. Sin embargo, nosotros que buscamos agradar a Dios y no a los hombres provocamos al infierno mismo. Tenemos que sufrir reprensión, calumnias, la muerte.

 

Tenemos una palabra de Cristo escrita en el capítulo 5 de San Juan para los que andan tratando a agradar a los hombres: “¿Cómo podéis vosotros creer? Pues recibiendo la gloria los unos de los otros, no buscáis la gloria que viene de parte del único Dios.” (Juan 5:44).

 

Versículo 10. Si yo todavía tratara de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.

 

Noten la suma astucia con la cual los falsos apóstoles se esforzaban por destruir la reputación de Pablo. Leyeron detalladamente los escritos de Pablo buscando contradicciones (lo mismo que hacen nuestros opositores) para poder acusarlo de enseñar doctrinas contradictorias. Se dieron cuenta de que Pablo había circuncidado a Timoteo conforme a la ley, que Pablo junto con otros cuatro hombres se había purificado en el templo en Jerusalén, que Pablo se había rapado la cabeza en Cencrea. Con astucia los falsos profetas insinuaron que Pablo había sido obligado por los otros apóstoles a guardar estas leyes ceremoniales. Sabemos que Pablo observó estas decora por consideración caritativa a los hermanos más débiles, a los cuales no quiso poner tropiezo. No obstante, los falsos apóstoles convirtieron la consideración caritativa de Pablo en algo que le perjudicara. Si Pablo hubiera predicado la ley y la circuncisión, si hubiera alabado la fortaleza y el libre albedrío de los hombres, no hubiera sido tan repugnante a los judíos, sino por el contrario, lo hubieran alabado en todas sus acciones.

 

Versículos 11, 12. Pero os hago saber, hermanos, que el evangelio que fue anunciado por mí no es según hombre; porque yo no lo recibí, ni me fue enseñado de parte de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.

 

Este pasaje constituye la defensa principal de Pablo contra las acusaciones de los que se opusieron a él. Bajo juramento sostiene que recibió su evangelio no de los hombres, sino por la revelación de Jesucristo.

 

Cuando Pablo declara que su evangelio no es según hombre, no sólo quiere afirmar que su evangelio no es mundano. Los falsos apóstoles hicieron el mismo reclamo acerca de su evangelio. Pablo quiere decir que no aprendió su evangelio en la manera usual y aceptada por medio de otros hombres, por oír, leer o escribir. Ha recibido el evangelio por revelación especial directamente de Jesucristo.

 

Pablo recibió su evangelio en el camino a Damasco cuando Cristo se le apareció. San Lucas nos da una historia del incidente en el capítulo nuevo del Libro de Hechos. Cristo dijo a Pablo: “ Pero levántate, entra en la ciudad, y se te dirá lo que te es preciso hacer.” Cristo no envió a Pablo a la ciudad para aprender el evangelio de Ananías, sino Ananías sólo debería bautizar a Pablo, imponer sus manos sobre Pablo, encomendar a Pablo el ministerio de la palabra y recomendarlo a la iglesia. Ananías reconoció los límites de su tarea al decir a Pablo: “Saulo, hermano, el Señor Jesús, que te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recuperes la vista y seas lleno del Espíritu Santo.” Pablo no recibió instrucción de Ananías. Ya había sido llamado, iluminado y enseñado por Cristo en el camino. Su contacto con Ananías fue sólo un testimonio del hecho de que Cristo le había llamado para predicar el evangelio.

 

Pablo tuvo que hablar de su conversión para combatir la calumnia de los falsos apóstoles que alegaban que este apostolado era inferior al de los demás apóstoles.

 

Si no fuera por el ejemplo de las iglesias de Galacia, jamás hubiera pensado que fuera posible que alguien que hubiera recibido la palabra de Dios con tanto entusiasmo como ellos la abandonaran tan pronto. ¡Buen Señor, cuánto daño puede hacer una sola mentira!

 

El artículo de la justificación es algo frágil. No en sí, por supuesto, sino en nosotros. Sé que una persona con facilidad pierde el gozo del evangelio. Sé lo resbaladizo que son los lugares en que están aun los que parecen estar bien parados en los asuntos de la fe. En medio del conflicto, cuando debemos consolarnos con el evangelio, le ley se alza y comienza a bramar sobre nuestra conciencia. Digo que el evangelio es débil porque nosotros estamos débiles.

 

Lo que hace peor el asunto es que una parte de nosotros, nuestra propia razón, se nos opone. La carne resiste al Espíritu, o como lo dice Pablo: “ la carne desea lo que es contrario al Espíritu”. Por eso enseñamos que conocer a Cristo y creer en él no es ningún logro del hombre, sino don de Dios. Sólo él puede crear y preservar la fe en nosotros, cosa que hace mediante la palabra, cuando aumenta, fortalece y confirma en nosotros la fe por medio de ella. Así el mejor servicio que alguien puede dar a Dios es escuchar y leer con diligencia la palabra de Dios, a la vez que no hay nada más peligroso que cansarse de ella. Porque piensa que sabe lo suficiente, la persona poco a poco comienza a menospreciar la palabra hasta perder por completo a Cristo y el evangelio.

 

Todo creyente aprenda con cuidado el evangelio. Siga orando humildemente. No nos molestan enemigos insignificantes, sino poderosísimos, los cuales nunca se cansan de hacernos la guerra. Estos enemigos que tenemos son muchos: nuestra carne, el mundo, la ley, el pecado, la muerte, la ira y juicio de Dios y el mismo diablo.

 

Los argumentos que presentaron los falsos apóstoles impresionan a la gente hasta hoy. “¿Quién eres tú para estar en desacuerdo con los padres y toda la iglesia y traer una doctrina contraria? ¿Eres más sabio que tantos santos, más sabio que toda la iglesia?” Cuando Satanás, con el apoyo de nuestra razón, alega estos argumentos contra nosotros, perdemos el ánimo, a menos que constantemente repitamos: “No me importa si Cipriano, Ambrosio, Agustín, Pedro, Pablo, Juan o un ángel del cielo enseña tal o cual cosa. Sé que estoy enseñando la verdad de Dios en Cristo Jesús.”

 

Cuando primero emprendí la defensa del evangelio, recordé lo que me dijo el Dr. Staupitz: “Me gusta mucho que la doctrina que proclamas da toda la gloria solamente a Dios, y nada al hombre, porque nunca se puede atribuir demasiada gloria, bondad y misericordia a Dios.” Estas palabras del digno doctor me consolaron y me dieron firmeza. El evangelio es la verdad porque priva al hombre de toda gloria, sabiduría y justicia y entrega todo honor sólo al Creador. Es más seguro atribuir demasiada gloria a Dios que al hombre.

 

Puedes sostener que la iglesia y los padres son santos. Sin embargo, la iglesia tiene que orar: “Perdónanos nuestras ofensas”. No se debe creer a mí, ni a la iglesia, ni a los padres, ni a los apóstoles ni a un ángel del cielo si enseñan algo contrario a la palabra de Dios. ¡Qué la palabra de Dios permanezca para siempre!

 

Pedro erró en la vida y en la doctrina. Pablo podría haber desestimado el error de éste como algo sin importancia. Sin embargo, Pablo vio que si no corregía el error de éste haría daño a la iglesia entera, por lo cual lo resistió cara a cara. A la iglesia, a Pedro, a los apóstoles, a los ángeles del cielo no se les debe escuchar a menos que enseñen la palabra genuina de Dios.

 

Este argumento no siempre es ventajoso para nosotros. La gente pregunta: “Luego a quién debemos creer?” Nuestros opositores sostienen que ellos enseñan la palabra pura de Dios. Nosotros no les creemos. Ellos a la vez nos aborrecen y nos persiguen como viles herejes. ¿Qué podemos hacer? Junto con Pablo nos gloriamos en el evangelio de Jesucristo. ¿Qué ganamos? Se nos dice que el gloriarnos es vanidad y pura blasfemia. Al momento de humillarnos, los papistas y anabaptistas se ponen arrogantes. Los anabaptistas inventan alguna nueva monstruosidad y los papistas reviven sus antiguas abominaciones. ¿Qué hacer? Cada uno esté seguro de su vocación y doctrina, para que con Pablo pueda decir con confianza: “Si nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio diferente del que recibisteis, sea anatema.”

 

Versículos 13,14.  Ya oísteis acerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo: que yo perseguía ferozmente a la iglesia de Dios y la estaba asolando. Me destacaba en el judaísmo sobre muchos de mis contemporáneos en mi nación.

 

Este pasaje no contiene doctrina. Pablo presenta su caso como un ejemplo. Dice: “En un tiempo defendía las tradiciones de los fariseos con más celo que cualquiera de sus falsos apóstoles. Ahora bien, si la justicia de la ley hubiera valido algo, jamás la habría abandonado. Con tanto cuidado viví conforme a la ley que sobrepasé a muchos de mis compañeros. Estaba tan celoso en la ley que asolaba la iglesia de Dios.”

Versículo 14.  Siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres.

Al hablar ahora de la ley de Moisés, Pablo declara que estaba empapado en ella. Escribió a los filipenses: “En cuanto a la ley, fariseo;  en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, irreprensible.” Quiere decir: “me puedo comparar con los mejores y más santos de todos los que son de la circuncisión. Muéstrenme si pueden, a un defensor más celoso de la ley de Moisés de lo que era yo en un tiempo. Este hecho, oh gálatas, debe haberles hecho guardarse contra estos engañadores que ensalzan tanto la ley. Si alguien jamás tendría por qué gloriarse en la justicia de la ley, fui yo.” 

Yo también puedo decir que antes de ser iluminado por el evangelio, estaba tan celoso por las leyes papistas y las tradiciones de los padres como el más celoso de ellos. Me esforzaba en cumplir cada ley lo mejor posible. Me castigaba con ayunos, vigilias, oraciones, y otros ejercicios más que todos los que hoy me aborrecen y me persiguen. Estaba tan en serio que cargaba mi cuerpo con más de lo que podía soportar. Honraba al Papa por cuestión de conciencia. Todo lo que hice, lo hice con sencillez de corazón para la gloria de Dios. No obstante, nuestros opositores, como los flojos bien alimentados que son, no quieren creer lo que yo y muchos otros han soportado.

Versículos 15,16,17.  Pero cuando Dios - quien me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia - tuvo a bien  revelar a su Hijo en mí para que yo lo anunciase entre los gentiles, no consulté de inmediato con ningún hombre ni subí a Jerusalén a los que fueron apóstoles antes que yo, sino que partí para Arabia y volví de nuevo a Damasco.

Aquí Pablo relata que inmediatamente después de que Dios lo había llamado para predicar el evangelio a los gentiles, fue a Arabia sin consultar a nadie. Escribe: “Cuando agradó a Dios, no lo merecía. Había sido un enemigo de Cristo, que había blasfemado su evangelio y derramado sangre inocente. Fui llamado en medio de mi furia. ¿Por qué? ¿A causa de mi horrenda crueldad? Claro que no. Mi Dios misericordioso que muestra misericordia a quien quiere, perdonó todas mis iniquidades. Me otorgó su gracia, y me llamó para ser su apóstol.”

Nosotros también hemos llegado al conocimiento de la verdad por la misma bondad de Dios. A diario crucificaba a Cristo en mi vida en el monasterio y blasfemaba a Dios con mi fe errada. En lo externo me guardaba casto, pobre y obediente. Estaba muy entregado a ayunar, guardar vigilia, orar, decir misas, y otras cosas semejantes. Sin embargo, bajo cubierta de mi respetabilidad externa, continuamente desconfiaba, dudaba, temía, aborrecía y blasfemaba a Dios. Mi justicia fue un charco sucio. Satanás ama a semejantes santos; porque destruyen rápidamente su cuerpo y alma privándolos de las bendiciones de los dones generosos de Dios. 

Les digo que la autoridad del Papa me dejaba asombrado. Consideraba un crimen digno de la muerte eterna el estar en desacuerdo con él. Pensaba que Juan Huss era un maldito hereje, de modo que lo consideraba un pecado siquiera pensar en él. Con gusto habría provisto la leña para quemarlo. Habría pensado que había hecho un verdadero servicio a Dios. 

Los publicanos y las prostitutas no son tan malos como estos hipócritas santurrones del papado, porque  al menos ellos sienten remordimiento y no tratan de justificar sus obras malas. Sin embargo, estos santos fingidos, lejos de reconocer sus errores, los justifican y los consideran sacrificios aceptables a Dios.

Versículo 15.  Pero cuando Dios … tuvo a bien.

“Con el favor de Dios yo, un miserable malvado y maldito, un blasfemo, perseguidor y rebelde fui perdonado. Como si no fuera suficiente perdonarme, Dios me concedió el conocimiento de su salvación, su Espíritu, su Hijo, el oficio del apostolado, la vida eterna”, dice Pablo. 

Dios no solamente perdonó nuestras iniquidades, sino además nos colmó de bendiciones y dones espirituales. No obstante, muchos son ingratos, y abriendo otra vez una ventana al diablo muchos comienzan a fastidiarse con la palabra de Dios, y terminan pervirtiendo el evangelio. 

Versículo 15.  Quien me apartó desde el vientre de mi madre.

Esta es una expresión hebrea, que significa santificar, ordenar, preparar. Pablo está diciendo: “antes de nacer Dios me ordenó para ser un apóstol, y a su debido tiempo confirmó mi apostolado ante el mundo. Cuando todavía estaba en el vientre de mi madre en donde no podía pensar ni hacer ninguna cosa buena, Dios había ordenado cada don, sea pequeño o grande, espiritual o temporal, y cada cosa buena que yo jamás haría. Después de nacer Dios me sostuvo. Amontonó misericordia sobre misericordia, libremente perdonó mis pecados, supliéndome con su gracia para permitirme aprender la grandeza de las cosas que son nuestras en Cristo. Como corona de todo, me llamó a predicar el evangelio a otros.” 

Versículo 15.  Y me llamó por su gracia.

“¿Me llamó Dios a causa de mi vida santa, o de mi religión farisaica, o de mis oraciones, ayunos y obras? Jamás. Bueno, es seguro que Dios no me llamó debido a mis blasfemias, persecuciones y opresiones. ¿Qué es lo que lo motivó para llamarme? Solamente su gracia.” 

Versículo 16  Revelar a su Hijo en mí.

Ahora oímos qué clase de doctrina se le encomendó a Pablo: La doctrina del evangelio, la doctrina de la revelación del Hijo de Dios. Esta doctrina es muy diferente de la ley. La ley aterra a la conciencia, porque revela la ira y el juicio de Dios. El evangelio no amenaza, sino anuncia que Cristo ha venido para perdonar los pecados del mundo.   El evangelio nos comunica los inestimables tesoros de Dios. 

Versículo 16.  Para que yo lo anunciase entre los gentiles.

El apóstol dice: “Dios tuvo a bien revelarse en mí”. ¿Por qué? Por dos razones, para que yo personalmente crea en el Hijo de Dios, y para que lo revele a los gentiles.” 

Pablo no menciona a los judíos por la sencilla razón de que él fue el apóstol llamado  y reconocido para los gentiles, aunque también predicó a Cristo a los judíos. 

Podemos escuchar al apóstol decir para sí: “no agobiaré a los gentiles con la ley, porque soy su apóstol y no su legislador. Ustedes los gálatas no me oyeron hablar una sola vez de la justicia de la ley o de las obras. Mi tarea fue llevarles el evangelio. Por eso ustedes deben escuchar el evangelio, no a los maestros de la ley; al Hijo de Dios, no a Moisés; no se debe proclamar a los gentiles la justicia de las obras, sino la justicia por la fe. Esta es la predicación correcta para los gentiles.”

Versículo 16.  No consulté de inmediato con ningún hombre.

Una vez que Pablo había recibido de Cristo el evangelio, no consultó con nadie en Damasco. No pidió que nadie lo enseñara, ni fue a Jerusalén para sentarse a los pies de Pedro y los demás apóstoles, sino predicó inmediatamente a Jesucristo en Damasco. 

Versículo 17.  Ni subí a Jerusalén a los que fueron apóstoles antes que yo, sino que partí para Arabia y volví de nuevo a Damasco.

“Fui a Arabia antes de ver a ninguno de los apóstoles. Emprendí la predicación del evangelio a los gentiles sin dilatarme, porque Cristo me había llamado con ese propósito.” Esta afirmación niega la afirmación de los falsos apóstoles de que Pablo había sido un alumno de los apóstoles, de lo cual los falsos apóstoles habían sacado la conclusión de que Pablo había sido instruido en la obediencia a la ley, y que por tanto los gentiles también deben guardar la ley y someterse a la circuncisión. 

Versículos 18,19.  Luego, después de tres años, subí a Jerusalén para entrevistarme con Pedro y permanecí con él quince días. No vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo, el hermano del Señor;

Pablo cuenta minuciosamente su historia personal para detener los ataques de los falsos apóstoles. Pablo no niega que había estado con algunos de los apóstoles. Fue a Jerusalén sin invitación, no para ser instruido, sino para visitar a Pedro. Lucas informa de la ocasión en el capítulo nueve del libro de Hechos. Bernabé presentó a Pablo a los apóstoles y les relató la manera en que Pablo se había encontrado con el Señor Jesús en el camino a Damasco, y también cómo Pablo había predicado con valentía en Damasco en el nombre de Jesús. Pablo dice que vio a Pedro y a Jacobo, pero niega que haya aprendido algo de ellos. 

¿Por qué insiste Pablo en este hecho que al parecer no tiene importancia? Con el fin de convencer a las iglesias de Galacia de que su evangelio era la verdadera palabra de Cristo que él había aprendido de Cristo mismo y no de ningún hombre. Pablo tuvo que afirmar este hecho una y otra vez, porque estaba en juego su utilidad para todas las iglesias que lo habían tenido como su pastor y maestro. 

Versículo 20.  Y en cuanto a lo que os escribo, he aquí delante de Dios, que no miento.

¿Fue necesario que Pablo se pusiera bajo juramento? Sí. Pablo está narrando una historia personal. ¿De qué otra manera le creerían las iglesias? Los falsos apóstoles podrían decir: “¿Quién sabe si Pablo está diciendo la verdad?” a Pablo, el instrumento escogido de Dios, los gálatas lo estimaron tan poco, a pesar de que les había predicado a Cristo, que fue necesario que él jurara que decía la verdad. Si esto ha sucedido con Pablo, ¿qué derecho tenemos nosotros de quejarnos cuando la gente dude de nuestras palabras, o nos tengan en baja estima, cuando nosotros no podemos comenzar a compararnos con el apóstol? 

Versículo 21.  Después fui a las regiones de Siria y de Cilicia.

Siria y Cilicia son países vecinos. Pablo describe con cuidado sus movimientos para convencer a los gálatas de que nunca había sido discípulo de ningún apóstol. 

Versículos 22,23,24.  Y yo no era conocido de vista por las iglesias de Judea, las que están en Cristo. Solamente oían decir: “El que antes nos perseguía ahora proclama como buena nueva la fe que antes asolaba.” Y daban gloria a Dios por causa de mí.

En Siria y Cilicia Pablo obtuvo el respaldo de todas las iglesias de Judea, mediante su predicación. Las iglesias de todas partes, incluidas las de Judea, podrían dar testimonio de que él había predicado en dondequiera la misma fe. Pablo agrega: “Y estas iglesias glorificaron a Dios en mí, no porque enseñaba que se debería observar la circuncisión y la ley de Moisés, sino porque había animado a todos a tener fe en el Señor Jesucristo.”