ALGUNAS CUESTIONES ACTUALES DE ESCATOLOGÍA

 

Extracto prácticamente textual del documento con el mismo título aprobado "in forma specifica" por la Comisión Teológica Internacional en 1990

realizado por Rafael Sanz

con el fin de acercar su contenido a quienes no sean especialistas en Teología

El original se encuentra en el volumen Documentos 1969-1996. Comisión Teológica Internacional. BAC, Madrid 1998.

Introducción
1.
La perplejidad hoy frecuente ante la muerte y la existencia después de la muerte.

2. La parusía de Cristo, nuestra resurrección

3. La comunión con Cristo inmediatamente después de la muerte según el Nuevo Testamento

4. La realidad de la resurrección  en el contexto teológico actual

5. El hombre llamado a la resurrección

6. La muerte cristiana

7. El “consorcio” de todos los miembros de la Iglesia en Cristo.

8. Purificación del alma para el encuentro con Cristo glorioso

9. Irrepetibilidad y unicidad de la vida humana. Los problemas de la reencarnación

10. La grandeza del designio divino y la seriedad de la vida humana

11. La ley de la oración: la ley de la fe
Conclusión

Introducción

La perplejidad hoy frecuente ante la muerte y la existencia después de la muerte.

                                                                               

  1.  Sin la afirmación de la resurrección de Cristo la fe cristiana se hace vacía.

   Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe (1 Cor 15, 14).

 

  ‑ Pero al haber una conexión íntima entre el hecho de la resurrección de Cristo y la esperanza de nuestra futura resurrección (cf. 1 Cor 15, 12), Cristo resucitado constituye también el fundamento de nuestro esperanza, que se abre más allá de los límites de esta vida terrestre.

 

  ‑ Pues si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más dignos de compasión de todos los hombres (1 Cor 15, 19).

 

  ‑ Sin tal esperanza sería imposible llevar adelante una vida cristiana.

 

Esta conexión entre la firme esperanza de la vida futura y la posibilidad de responder a las exigencias de la vida cristiana se percibía con claridad ya en la Iglesia primitiva. Ya entonces se recordaba que los Apóstoles habían obtenido la gloria por los padecimientos; y también aquellos que eran conducidos al martirio, encontraban fortaleza en la esperanza de alcanzar a Cristo por la muerte, y en la esperanza de la propia resurrección futura. Los santos hasta nuestros tiempos, movidos por esta esperanza o apoyados en ella, dieron la vida por el martirio o la entregaron al servicio de Cristo y de los hermanos. Ellos ofrecen un testimonio, mirando al cual los demás cristianos en su camino hacia Cristo se hacen más fuertes. Tal esperanza levanta el corazón de los cristianos a las cosas celestes, sin separarlos de cumplir también las obligaciones de este mundo, porque la espera (...) de una nueva tierra no debe debilitar, sino más bien alentar, la solicitud por perfeccionar esta tierra  (GS 39).

 

   Sin embargo, el mundo actual pone múltiples insidias a esta esperanza cristiana. Pues el mundo actual está fuertemente afectado por el secularismo el cual consiste en una visión autonomista del hombre y del mundo, que prescinde de la dimensión del misterio, la descuida e incluso la niega. Este inmanentismo es una reducción de la visión integral del hombre.

  

   ‑ El secularismo constituye como la atmósfera en que viven muchísimos cristianos de nuestro tiempo. Sólo con dificultad pueden librarse de su influjo. Por ello, no es extraño que también entre algunos cristianos surjan perplejidades acerca de la esperanza escatológica. Frecuentemente miran con ansiedad la muerte futura; los atormenta no sólo el dolor y la progresiva disolución de su cuerpo, sino también, y mucho más, el temor de una perpetua desaparición (GS 18). Los cristianos en todos los tiempos de la historia han estado expuestos a tentaciones de duda. Pero, en nuestros días, las ansiedades de muchos cristianos parecen indicar una debilidad de la esperanza.

  

   ‑ Como  la fe es garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven (Heb 11, 1), convendrá tener más constantemente presentes las verdades de la fe católica sobre la propia suerte futura. Intentaremos reunirlas en una síntesis, subrayando, sobre todo, aquellos aspectos de ellas que pueden dar directamente una respuesta a las ansiedades actuales. La fe sostendrá a la esperanza.

  

   Pero antes de emprender esta tarea, hay que describir los principales elementos de los que parecen proceder las ansiedades actuales.

  

   ‑ Hay que reconocer que en nuestros días, la fe de los cristianos se ve sacudida no sólo por influjos que deban ser considerados externos a la Iglesia. Hoy puede descubrirse la existencia de una cierta penumbra teológica. No faltan algunas nuevas interpretaciones de los dogmas que los fieles perciben como si en ellas se pusieran en duda la misma divinidad de Cristo o la realidad de su resurrección. Los fieles no reciben de ellas apoyo alguno para la fe, sino más bien ocasión para dudar de otras muchas verdades de la fe. La imagen de Cristo que deducen de tales reinterpretaciones, no puede proteger su esperanza. En el campo directamente escatológico deben recordarse las controversias teológicas largamente difundidas en la opinión pública, y de las que la mayor parte de los fieles no está en condiciones de discernir ni el objeto ni el alcance. Se oye discutir sobre la existencia del alma, sobre el significado de la supervivencia; asimismo, se pregunta qué relación hay entre la muerte del cristiano y la resurrección universal. Todo ello desorienta al pueblo cristiano, al no reconocer ya su vocabulario y sus nociones familiares».

  

   ‑ Tales dudas teológicas ejercen frecuentemente un influjo no pequeño en la catequesis y en la predicación; pues cuando se imparte la doctrina, o se manifiestan de nuevo o llevan al silencio acerca de las verdades escatológicas.

  

   ‑ Con el fenómeno del secularismo está inmediatamente unida la persuasión ampliamente difundida, y por cierto no sin la ayuda de los medios de comunicación, de que el hombre, como las demás cosas que están en el espacio y el tiempo, sería completamente material y con la muerte se desharía totalmente. Además la cultura actual que se desarrolla en este contexto histórico, procura por todos los medios dejar en el olvido a la muerte y los interrogantes que están inevitablemente unidos a ella.

  

   ‑ Por otra parte, la esperanza se ve sacudida por el pesimismo acerca de la bondad misma de la naturaleza humana, el cual nace del aumento de angustias y aflicciones. Después de la crueldad inmensa que los hombres de nuestro siglo mostraron en la segunda guerra mundial, se esperaba bastante generalmente que los hombres enseñados por la acerba experiencia instaurarían un orden mejor de libertad y justicia. Sin embargo, en un breve espacio de tiempo, siguió una amarga decepción: pues hoy crecen por todas partes el hambre, la opresión, la injusticia y la guerra, las torturas y el terrorismo y otras formas de violencia de cualquier clase. En las naciones ricas, muchísimos se ven atraídos a la idolatría de la comodidad material (al llamado consumismo), y se despreocupan de todos los prójimos. Es fácil pensar que el hombre actual, esclavo, en tal grado, de los instintos y concupiscencias y sediento exclusivamente de los bienes terrenos, no está destinado a un fin superior.

  

   ‑ De este modo, muchos hombres dudan si la muerte conduce a la nada o a una nueva vida. Entre los que piensan que hay una vida después de la muerte, muchos la imaginan de nuevo en la tierra por la reencarnación, de modo que el curso de nuestra vida terrestre no sería único. El indiferentismo religioso duda del fundamento de la esperanza de una vida eterna, es decir, si se apoya en la promesa de Dios por Jesucristo o hay que ponerlo en otro salvador que hay que esperar. La penumbra teológica favorece ulteriormente este indiferentismo, al suscitar dudas sobre la verdadera imagen de Cristo, las cuales hacen difícil a muchos cristianos esperar en El.

  

   2. También se silencia hoy la escatología por otros motivos, de los que indicamos al menos uno: el renacimiento de la tendencia a establecer una escatología intramundana. Se trata de una tendencia bien conocida en la historia de la teología y que desde la Edad Media constituye lo que se suele llamar la posteridad espiritual de Joaquín de Fiore.

  

   ‑ Esta tendencia se da en ciertos teólogos de la liberación que insisten de tal manera en la importancia de construir el reino de Dios ya dentro de nuestra historia, que la salvación que transciende la historia, parece pasar a un segundo plano de atención. Ciertamente tales teólogos, de ninguna manera, niegan la verdad de las realidades posteriores a la vida humana y a la historia. Pero cuando se coloca el reino de Dios en una sociedad sin clases, la tercera edad, en la que estarían vigentes el Evangelio eterno (Apoc 14, 6‑7) y el reino del Espíritu, se introduce en una forma nueva a través de una versión secularizada de ella. De este modo, se traslada un cierto eschaton dentro del tiempo histórico.

 

   Ese eschaton no se presenta como último absoluta, sino relativamente. Sin embargo, la praxis cristiana se dirige con tal exclusividad a establecerlo, que surge una lectura reductiva del Evangelio en la que lo que pertenece a las realidades absolutamente últimas, se silencia en gran parte. En este sentido, en tal sistema teológico, el hombre  se sitúa en la perspectiva de un mesianismo temporal, el cual es una de las expresiones más radicales de la secularización del Reino de Dios y de su absorción en la inmanencia de la historia humana (Libertatis nuntius 10,6)

 

   ‑ La esperanza teologal pierde su plena fuerza siempre que se la sustituye por un dinamismo político. Esto sucede, cuando de la dimensión política se hace la dimensión principal y exclusiva, que conduce a una lectura reductora de la Escritura (LC 10,5).

  

   Es necesario advertir que un modo de proponer la escatología que introduzca una lectura reductiva del Evangelio, no se puede admitir, aunque no se asumieran elementos del sistema marxista que dificílmente fueran conciliables con el cristianismo.

Es conocido que el marxismo clásico consideró a la religión como el  del pueblo; pues la religión orientando la esperanza del hombre hacia una vida futura ilusoria, lo apartaría de la construcción de la ciudad terrestre (GS 20). Tal acusación carece de fundamento objetivo. Es más bien el materialismo el que priva al hombre, de verdaderos motivos para edificar el mundo. ¿Por qué habrían que luchar, si no hay nada que nos espere después de la vida terrena? comamos y bebamos, que mañana moriremos (Lc 22, 13). Por el contrario, es cierto que la imprtancia de los deberes terrenos no se disminuye por la esperanza del más allá, sino que más bien su cumplimiento se apoya en nuevos motivos (GS 21).

 

   ‑ No podemos, sin embargo, excluir que hayan existido no pocos cristianos que pensando mucho en el mundo futuro, hayan elegido un camino pietístico abandonando las obligaciones sociales. Hay que rechazar tal modo de proceder. Por el contrario, tampoco es lícito por un olvido del mundo futuro hacer una versión meramente “temporalista” del cristianismo en la vida personal o en el ejercicio pastoral.

  

   La noción de liberación “integral” propuesta por el magisterio de la Iglesia (Evangelii nuntiandi 34) conserva, a la vez, el equilibrio y las riquezas de los diversos elementos del mensaje evangélico. Por ello, esta noción nos enseña la verdadera actitud del cristianismo y el modo correcto de la acción pastoral, en cuanto que indica que hay que apartar y superar las oposiciones falsas e inútiles entre la misión espiritual y la diaconía a favor del mundo. Finalmente esta noción es la verdadera expresión de la caridad hacia los hermanos, ya que intenta liberarlos absolutamente de toda esclavitud y, en primer lugar, de la esclavitud del corazón. Si el cristiano se preocupa de liberar íntegramente a los otros, no se cerrará en modo alguno dentro de sí mismo.

 

   3. La respuesta cristiana a las perplejidades del hombre actual, como también del hombre de cualquier tiempo, tiene a Cristo resucitado como fundamento y se contiene en la esperanza de la gloriosa resurrección futura de todos los que sean de Cristo (cf. LG 15s) la cual se hará a imagen de la resurrección del mismo Cristo: como hemos llevado la imagen del (Adán) terreno, llevaremos la imagen del (Adán) celeste (1 Cor 15, 49), es decir, del mismo Cristo resucitado.

  

   ‑ Nuestra resurrección será un acontecimiento eclesial en conexión con la parusía del Señor, cuando se haya completado el número de los hermanos (cf. Apoc 6, 11). Mientras tanto hay, inmediatamente después de la muerte, una comunión de los bienaventurados con Cristo resucitado que, si es necesario, presupone una purificación escatológica.

  

   ‑ La comunión con Cristo resucitado, previa a nuestra resurrección final, implica una determinada concepción antropológica y una visión de la muerte, que son específicamente cristianas. En Cristo que resucitó y por El se entiende la comunión de bienes (LG 49) que existe entre todos los miembros de la Iglesia, de la que el Señor resucitado es la cabeza.

  

   ‑ Cristo es el fin y la meta de nuestra existencia; a Él debemos encaminarnos con el auxilio de su gracia en esta breve vida terrestre. La seria responsabilidad de este camino puede verse por la infinita grandeza de Aquel hacia el que nos dirigimos. Esperamos a Cristo, y no otra existencia terrena semejante a ésta, como supremo cumplimiento de todos nuestros deseos.



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