ALGUNAS CUESTIONES ACTUALES DE ESCATOLOGÍA
Extracto prácticamente textual del documento con el mismo título aprobado "in forma specifica" por la Comisión Teológica Internacional en 1990
realizado por Rafael Sanz
con el fin de acercar su contenido a quienes no sean especialistas en Teología
El original se encuentra en el volumen Documentos 1969-1996. Comisión Teológica Internacional. BAC, Madrid 1998.
1. Sin la afirmación de
la resurrección de Cristo la fe
cristiana se hace vacía.
Y si no resucitó Cristo,
vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe (1
Cor 15, 14).
‑ Pero al haber una conexión íntima entre el hecho de la
resurrección de Cristo y la esperanza de nuestra futura resurrección (cf. 1
Cor 15, 12), Cristo resucitado constituye también el fundamento de nuestro esperanza,
que se abre más allá de los límites de esta vida terrestre.
‑ Pues si solamente
para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más
dignos de compasión de todos los hombres (1 Cor 15, 19).
‑ Sin tal esperanza sería imposible llevar adelante una vida
cristiana.
Esta
conexión entre la firme esperanza de la vida futura y la posibilidad de
responder a las exigencias de la vida cristiana se percibía con claridad ya
en la Iglesia primitiva. Ya entonces se recordaba que los Apóstoles habían
obtenido la gloria por los padecimientos; y también aquellos que eran
conducidos al martirio, encontraban fortaleza en la esperanza de alcanzar a
Cristo por la muerte, y en la esperanza de la propia resurrección futura. Los
santos hasta nuestros tiempos, movidos por esta esperanza o apoyados en ella,
dieron la vida por el martirio o la entregaron al servicio de Cristo y de los
hermanos. Ellos ofrecen un testimonio, mirando al cual los demás cristianos
en su camino hacia Cristo se hacen más fuertes. Tal esperanza levanta el
corazón de los cristianos a las cosas celestes, sin separarlos de cumplir
también las obligaciones de este mundo, porque la
espera (...) de una nueva tierra no debe debilitar, sino más bien alentar, la
solicitud por perfeccionar esta tierra (GS
39).
Sin embargo, el mundo actual pone múltiples insidias a esta esperanza
cristiana. Pues el mundo actual está fuertemente afectado por el secularismo
el cual consiste en una visión
autonomista del hombre y del mundo, que prescinde de la dimensión del
misterio, la descuida e incluso la niega. Este inmanentismo es una reducción
de la visión integral del hombre.
‑ El secularismo
constituye como la atmósfera en que viven muchísimos cristianos de nuestro
tiempo. Sólo con dificultad pueden librarse de su influjo. Por ello, no es
extraño que también entre algunos cristianos surjan perplejidades acerca de
la esperanza escatológica. Frecuentemente miran con ansiedad la muerte
futura; los atormenta no sólo el dolor
y la progresiva disolución de su cuerpo, sino también, y mucho más, el
temor de una perpetua desaparición (GS 18). Los cristianos en todos los
tiempos de la historia han estado expuestos a tentaciones de duda. Pero, en
nuestros días, las ansiedades de
muchos cristianos parecen indicar una debilidad de la esperanza.
‑ Como la
fe es garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven
(Heb 11, 1), convendrá tener más constantemente presentes las verdades
de la fe católica sobre la propia suerte futura. Intentaremos reunirlas en
una síntesis, subrayando, sobre todo, aquellos aspectos de ellas que pueden
dar directamente una respuesta a
las ansiedades actuales. La fe sostendrá a la esperanza.
Pero antes de emprender esta tarea, hay que describir los principales
elementos de los que parecen proceder
las ansiedades actuales.
‑ Hay que reconocer que en nuestros días, la fe de los
cristianos se ve sacudida no sólo por influjos que deban ser considerados externos
a la Iglesia. Hoy puede descubrirse la existencia de una cierta penumbra
teológica. No faltan algunas
nuevas interpretaciones de los dogmas que los fieles perciben como si en
ellas se pusieran en duda la misma divinidad de Cristo o la realidad de su
resurrección. Los fieles no reciben de ellas apoyo alguno para la fe, sino más
bien ocasión para dudar de otras muchas verdades de la fe. La imagen de
Cristo que deducen de tales reinterpretaciones, no puede proteger su
esperanza. En el campo directamente escatológico deben recordarse las
controversias teológicas largamente difundidas en la opinión pública, y
de las que la mayor parte de los fieles no está en condiciones de discernir
ni el objeto ni el alcance. Se oye discutir sobre la existencia del alma,
sobre el significado de la supervivencia; asimismo, se pregunta qué relación
hay entre la muerte del cristiano y la resurrección universal. Todo ello
desorienta al pueblo cristiano, al no reconocer ya su vocabulario y sus
nociones familiares».
‑ Tales dudas teológicas ejercen frecuentemente un influjo no
pequeño en la catequesis y en la predicación;
pues cuando se imparte la doctrina, o se manifiestan de nuevo o llevan al
silencio acerca de las verdades escatológicas.
‑ Con el fenómeno del secularismo está inmediatamente unida la
persuasión ampliamente difundida, y por cierto no sin la ayuda de los medios
de comunicación, de que el hombre,
como las demás cosas que están en el espacio y el tiempo, sería
completamente material y con la muerte se desharía totalmente. Además la
cultura actual que se desarrolla en este contexto histórico, procura por
todos los medios dejar en el olvido a la muerte
y los interrogantes que están inevitablemente unidos a ella.
‑ Por otra parte, la esperanza se ve sacudida por el pesimismo
acerca de la bondad misma de la naturaleza humana, el cual nace del aumento de
angustias y aflicciones. Después de la crueldad inmensa que los hombres de
nuestro siglo mostraron en la segunda guerra mundial, se esperaba bastante
generalmente que los hombres enseñados por la acerba experiencia instaurarían
un orden mejor de libertad y justicia. Sin embargo, en un breve espacio de
tiempo, siguió una amarga decepción: pues
hoy crecen por todas partes el hambre, la opresión, la injusticia y la
guerra, las torturas y el terrorismo y otras formas de violencia de cualquier
clase. En las naciones ricas, muchísimos se ven atraídos a
la idolatría de la comodidad material (al
llamado consumismo),
y se despreocupan de todos los prójimos. Es fácil pensar que el hombre
actual, esclavo, en tal grado, de los instintos y concupiscencias y sediento
exclusivamente de los bienes terrenos, no está destinado a un fin superior.
‑ De este modo, muchos hombres dudan
si la muerte conduce a la nada o a una nueva vida. Entre los que piensan que
hay una vida después de la muerte, muchos la imaginan de nuevo en la tierra
por la reencarnación, de modo que
el curso de nuestra vida terrestre no sería único. El indiferentismo
religioso duda del fundamento de la esperanza de una vida eterna, es
decir, si se apoya en la promesa de Dios por Jesucristo o hay que ponerlo en
otro salvador que hay que esperar. La penumbra
teológica favorece
ulteriormente este indiferentismo, al suscitar dudas
sobre la verdadera imagen de Cristo, las cuales hacen difícil a muchos
cristianos esperar en El.
2. También se silencia hoy
la escatología por otros motivos, de los que indicamos al menos uno: el
renacimiento de la tendencia a establecer una escatología intramundana.
Se trata de una tendencia bien
conocida en la historia de la teología y que desde la Edad Media constituye
lo que se suele llamar la posteridad
espiritual de Joaquín de Fiore.
‑ Esta tendencia se da en ciertos teólogos
de la liberación que insisten de tal manera en la importancia de
construir el reino de Dios ya dentro de nuestra historia, que la salvación
que transciende la historia, parece pasar a un segundo plano de atención.
Ciertamente tales teólogos, de ninguna manera, niegan la verdad de las
realidades posteriores a la vida humana y a la historia. Pero cuando se coloca
el reino de Dios en una sociedad sin clases, la tercera
edad, en la que estarían vigentes el Evangelio
eterno (Apoc 14, 6‑7) y
el reino del Espíritu, se introduce en una forma nueva a través de una versión
secularizada de ella. De este modo, se traslada un cierto eschaton dentro
del tiempo histórico.
Ese eschaton no
se presenta como último absoluta, sino relativamente. Sin embargo, la praxis
cristiana se dirige con tal exclusividad a establecerlo, que surge una lectura
reductiva del Evangelio en la que lo que pertenece a las realidades
absolutamente últimas, se silencia en gran parte. En este sentido, en tal
sistema teológico, el hombre se
sitúa en la perspectiva de un mesianismo temporal, el cual es una de las
expresiones más radicales de la secularización del Reino de Dios y de su
absorción en la inmanencia de la historia humana (Libertatis
nuntius 10,6)
‑ La esperanza teologal pierde su plena fuerza siempre que se la
sustituye por un dinamismo político.
Esto sucede, cuando de la dimensión política se hace la
dimensión principal y exclusiva, que conduce a una lectura reductora de la
Escritura (LC
10,5).
Es necesario advertir que un modo de proponer la escatología que
introduzca una lectura reductiva del Evangelio, no se puede admitir, aunque no
se asumieran elementos del sistema marxista que dificílmente fueran
conciliables con el cristianismo.
Es conocido que el marxismo clásico consideró a la religión como el del pueblo; pues la religión orientando la esperanza del hombre hacia una vida futura ilusoria, lo apartaría de la construcción de la ciudad terrestre (GS 20). Tal acusación carece de fundamento objetivo. Es más bien el materialismo el que priva al hombre, de verdaderos motivos para edificar el mundo. ¿Por qué habrían que luchar, si no hay nada que nos espere después de la vida terrena? comamos y bebamos, que mañana moriremos (Lc 22, 13). Por el contrario, es cierto que la imprtancia de los deberes terrenos no se disminuye por la esperanza del más allá, sino que más bien su cumplimiento se apoya en nuevos motivos (GS 21).
‑ No podemos, sin embargo, excluir que hayan existido no pocos
cristianos que pensando mucho en el mundo futuro, hayan elegido un camino pietístico
abandonando las obligaciones sociales. Hay que rechazar tal modo de proceder.
Por el contrario, tampoco es lícito por un olvido del mundo futuro hacer una versión
meramente “temporalista” del
cristianismo
en la vida personal o en el ejercicio pastoral.
La noción de liberación
“integral” propuesta por
el magisterio de la Iglesia (Evangelii
nuntiandi 34) conserva, a la vez, el equilibrio y las riquezas de los
diversos elementos del mensaje evangélico. Por ello, esta noción nos enseña
la verdadera actitud del cristianismo y el modo correcto de la acción
pastoral, en cuanto que indica que hay que apartar y superar las oposiciones
falsas e inútiles entre la misión espiritual y la diaconía a favor del
mundo. Finalmente esta noción es la verdadera expresión de la caridad hacia
los hermanos, ya que intenta liberarlos absolutamente de toda esclavitud y, en
primer lugar, de la esclavitud del
corazón. Si el cristiano se preocupa de liberar íntegramente a los
otros, no se cerrará en modo alguno dentro de sí mismo.
3. La respuesta cristiana a
las perplejidades del hombre actual, como también del hombre de cualquier
tiempo, tiene a Cristo resucitado como fundamento y se contiene en la
esperanza de la gloriosa resurrección futura de todos los que sean de Cristo
(cf. LG 15s) la cual se hará a
imagen de la resurrección del mismo Cristo: como
hemos llevado la imagen del (Adán) terreno, llevaremos la imagen del (Adán)
celeste (1 Cor 15, 49), es
decir, del mismo Cristo resucitado.
‑ Nuestra resurrección será un acontecimiento eclesial en
conexión con la parusía del Señor,
cuando se haya completado el número de los hermanos (cf. Apoc 6, 11).
Mientras tanto hay, inmediatamente después de la muerte, una comunión
de los bienaventurados con Cristo resucitado que, si es necesario, presupone
una purificación escatológica.
‑ La comunión con Cristo resucitado, previa a nuestra resurrección
final, implica una determinada concepción antropológica
y una visión de la muerte, que son
específicamente cristianas. En Cristo que resucitó y por El se entiende la comunión
de bienes (LG
49) que existe entre todos los miembros de la Iglesia, de la que el Señor
resucitado es la cabeza.
‑ Cristo es el fin y la meta de nuestra existencia; a Él debemos
encaminarnos con el auxilio de su gracia en esta breve vida terrestre. La
seria responsabilidad de este camino puede verse por la infinita grandeza de
Aquel hacia el que nos dirigimos. Esperamos a Cristo, y no otra existencia
terrena semejante a ésta, como supremo cumplimiento de todos nuestros deseos.