CLEMENTE DE ALEJANDRÍA
Clemente de Alejandría nació probablemente en Atenas hacia el año 150, de padres paganos. Recibió una buena educación literaria y filosófica al gusto de la época. No tenemos información alguna acerca de su conversión al cristianismo; sólo sabemos que su aceptación de la fe no disminuyó en nada su infatigable curiosidad intelectual, y que, siendo ya cristiano, viajó por Italia, Siria y Palestina, para instruirse de los maestros cristianos más renombrados. Finalmente pasó a Alejandría donde encontró al maestro que deseaba en la persona del filósofo cristiano Panteno, de quien dice Clemente que «como abeja recogía el néctar de las flores que esmaltan el campo de los profetas y los apóstoles, engendrando en el alma de sus oyentes una ciencia inmortal». De discípulo pasó pronto a ser asociado y colaborador de Panteno, a quien sucedió en su muerte como mentor intelectual de los círculos cristianos cultos de Alejandría.
De Clemente se han conservado tres obras principales, más alguna homilía y fragmentos. El Protréptico o Exhortación a los griegos está dirigida a la intelectualidad pagana y es una invitación a la conversión, que presenta al Logos cristiano como iluminador de las almas y dispensador de una sabiduría y una verdad muy superior a la que podía alcanzarse con la sabiduría y la religión de los paganos. El Pedagogo viene a ser una exposición razonada de los principios de la vida cristiana, para los que ya se han decidido abrazarla. Finalmente los Stromata («Tapices») es una especie de miscelánea teológica en ocho libros, en los que Clemente ha ido anotando sin mucho orden sus reflexiones sobre temas muy diversos.
Clemente insiste en que el cristianismo no puede ser simplemente ajeno a la filosofía y a la cultura. Por una parte la filosofía es preparación para la aceptación de las verdades de la fe, y por otra puede proporcionar una mejor intelección de las mismas una vez aceptadas. El ideal de Clemente es el del «gnóstico» o «sabio » cristiano, es decir, aquel que habiendo aceptado la fe y sin desviarse para nada de ella, procura llegar al máximo conocimiento intelectual posible de lo que en ella se contiene, ayudado por la reflexión y por todos los elementos que el hombre tenga a su alcance. Esta sabiduría cristiana es tanto más necesaria cuanto que las cosas de la fe son muy profundas y no se acaban de alcanzar en su plenitud con una lectura superficial de las Escrituras o una simple observa- ción de los acontecimientos mundanos. Hay que descubrir el misterio que está escondido bajo las apariencias triviales, con la ayuda del Logos iluminador y de la tradición viva de la fe de la Iglesia. Toda la teología de Clemente, muy influenciada por el platonismo, es de signo intelectualista: el sumo bien del hombre está en la contemplación de la verdad, y (Cristo, el Logos de Dios verdaderamente encarnado, viene más a iluminar que a salvar, o mejor, nos salva iluminando nuestras mentes con la verdad. Dios es en sí absolutamente incomprensible, pero, le conocemos por su Palabra, por la que primero hizo este mundo a través del cual llegamos a conocer a Dios, y por la que luego nos dio un más pleno testimonio de su amor en Cristo. Contra el dualismo gnóstico, insistirá Clemente en que el cuerpo y la materia no son en sí algo malo, sino creación buena de Dios; por otro lado, el alma no es parte de la misma divinidad, sino creatura suya. Siendo la verdad una, y fundada en la iluminación o revelación del Logos de Dios, hay que rechazar toda especulación intelectual que lleve a la dispersión e incoherencia doctrinal: aquí es donde funda Clemente su teología de la Iglesia única, guardadora de la verdad única, con la llave única de la tradición de Cristo fielmente transmitida por los apóstoles y sus sucesores. De esta forma, alrededor de la concepción platónica acerca de la verdad absoluta, traspuesta a la Verdad de Dios revelada por el Logos iluminador, Clemente logra, a pesar de su forma de exposición asistemática y como casual, una interpretación sintética del cristianismo de innegable vigor: gracias a este esfuerzo, la nueva religión ya no podía aparecer como una forma especial de superstición semítica, sino que se mostraba como una concepción capaz de integrar los mejores logros del espiritu humano en la interpretación del mundo y del mismo hombre, y quedaba el camino abierto para ese diálogo entre la fe y la razón, entre la revelación y la filosofía, que si ha pasado por momentos de crisis agudas y penosas, ha tenido como fruto fecundo la misma teología cristiana como esfuerzo por el que el hombre ha intentado conocerse mejor a sí mismo y al mundo a la luz de la revelación de Dios.
JOSEP VIVES-JOSEP
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Tito Flavio Clemente nació a mediados del siglo II en Atenas. De padres gentiles, recibió una esmerada educación pagana. Recorrió Italia, Grecia, Oriente, Palestina y Egipto, donde terminó por establecerse. Atraído por la pureza de la moral evangélica y por la armonía con que, a la luz de la fe, aparecían resueltos los problemas relativos al hombre y su destino, fue bautizado en Alejandría y entró en la célebre escuela catequética dirigida por Panteno. A la muerte de éste, asumió la dirección, cargo que ocupó hasta la persecución de Septimio Severo, ocurrida en el año 202. Falleció en Capadocia hacia el año 215, pasando a la posteridad como uno de los hombres más eruditos de los tres primeros siglos de la era cristiana. Se le considera el iniciador de la teología sistemática: es el primer escritor cristiano que recoge el saber filosófico profano—en este caso, el neoplatonismo—utilizándolo en la exposición científica de la fe.
Aunque la mayor parte de su producción literaria no ha llegado hasta nosotros, se conserva una trilogía de capital importancia, así como el texto íntegro de un opúsculo titulado ¿Quién es el rico que se salva.?, donde comenta el pasaje del evangelio de San Marcos sobre el joven rico. Clemente expone la doctrina cristiana sobre la pobreza, que consiste fundamentalmente en el desasimiento de los bienes de los bienes terrenos.
La última parte de la homilía relata una conmovedora historia que tiene como protagonista a San Juan Evangelista. Clemente deja en el ánimo del lector una importante enseñanza, refrendada por la autoridad del Apóstol: la seguridad de que Dios perdona siempre, hasta las culpas más graves, cuando hay arrepentimiento. Y por otro lado, muestra cuál es la misión de quien ha sido constituido en la Iglesia como pastor para sus hermanos: sanar y atraer al pecador con la misericordia, practicar una caridad vigilante con todos, estar dispuesto a dar la vida por los demás, para lograr su perseverancia.
LOARTE