Nietzsche como artista, 1

por Lluís Pifarré



CAPITUL0 I.-


AMISTAD Y RUPTURA CON WAGNER.


1.- LOS INICIOS EN EL MUNDO DEL ARTE


A través de diversos apuntes autobiográficos que Nietzsche fue redactando a lo largo de su vida, se pone de manifiesto que ya desde su infancia y su adolescencia se sintió inclinado por la tendencia artística hacia la poesía y la música. En esta época de su vida transcurridos en el hogar familiar de Naumburg, Nietzsche encuentra la atmósfera adecuada para desarrollar su instinto musical, ya sea asistiendo a las clases de piano que recibe en la escuela del Sr.Weber, en la que muestra rápidos progresos, o bien en casa de su amigo Gustav, cuyo padre el Sr. Krug, era un ferviente amante de la música. Estas favorables circunstancias le permitieron que al cabo de poco tiempo ya pudiera componer una serie de sonatas para piano (1).

Sus aficiones por la poesía y la literatura, pudo desarrollarlas prontamente gracias a su amistad con W. Pinder, un joven y precoz poeta, y también a través de sus estudios de secundaria realizados en la Escuela de Pforta, de fuerte tradición clásica (2). En cartas dirigidas a su hermana, le escribe que en este internado de estilo gótico, tiene ocasión de leer en latín a Virgilio, Livio, Cicerón, Salustio... y en griego la Ilíada, Heredoto, Lysias. A más de conocer a estos autores de la antigüedad, también pudo acceder al conocimiento de autores de la literatura clásica, especialmente a través de las obras de Shakespeare y las poesías de Lord Byron (3).

Durante este período de sus estudios secundarios, ya da muestras de su carácter independiente, y de una actitud de ir a contracorriente en sus preferencias culturales, como se pone de manifiesto en un trabajo sobre Holderlin en el que muestra su estima por este original poeta, por entonces desconocido y poco valorado en Alemania (4). En la primavera de 1861, el joven Nietzsche, al escuchar al piano la interpretación que hace su amigo Gustav Krug de algunas escenas de Tristán e Isolda, tiene la oportunidad de conocer por primera vez la música de Wagner, produciéndole un saludable y fuerte impacto (5). Es interesante resaltar el trabajo que escribió, titulado Fatum e Historia, en el que ya aparecen prefiguradas las cuestiones fundamentales de su pensamiento: su incipiente ateísmo, la transvaloración de los valores, la relatividad de los sistemas morales, la inocencia del devenir, el concepto del “superhombre”, el rechazo de la igualdad humana, etc.

En estos años de su formación artística y literaria, aprovecha cualquier ocasión para escribir diversos poemas y variadas composiciones musicales (6). Algunos de ellos ya relevan una notable e incipiente escisión entre las enseñanzas religiosas de inspiración luterana recibida en su ambiente familiar, y su dificultad para admitir cualquier verdad absoluta o cualquier sentido trascendente de la vida. En este estado interior, su amor por la música cubre gran parte de sus intereses vitales y siente el vivo deseo de poder dedicarse enteramente a ella: “Cuando no oigo música -le escribe desde Pforta a su madre- todo me parece muerto” (7). En el verano transcurrido en Naumburg, ya finalizados sus estudios secundarios, escribe breves ensayos en los que ya se resaltan algunos rasgos fundamentales de su naturaleza, al destacar el poder de la voluntad como fuerza mediadora para luchar contra los obstáculos, y para entresacar de las propias energías interiores todo el sentido artístico que el espíritu germinalmente ya contiene: “la lucha es el alimento constante del alma que sabe sacar aun de sí suficiente belleza y dulzura” (8).

Dada su afición por los estudios humanísticos, era inevitable que su estancia en Pforta le despertara su interés por la antigüedad clásica, circunstancia que le influyó en su elección por la filología, aunque en el fondo no respondía a sus deseos más íntimos y elementales, pues le apartaba momentáneamente de su tendencia vital hacia las actividades artísticas: “en la última época de mi vida en Pforta, abandoné, conociéndome mas a mí mismo, todo plan vital centrado en el arte; el hueco así abierto fue ocupado por el estudio de la filología" (9). C.P. Janz dirá al respecto que ‘Nietzsche paso a ser un artista de la filología que nunca le llenó del todo, ni le satisfizo plenamente” (10).

Finalizado el verano se traslada a la Universidad de Bonn, para realizar estudios de teología, según los deseos de su madre. A pesar de ello, sus poemas y composiciones musicales no decayeron del todo, a despecho de las dificultades que tenía para su elaboración, aunque pronto abandonó la teología, con disgusto de su madre, para iniciar los estudios de filología. En su desplazamiento a Bonn, tiene la oportunidad de conocer junto con su compañero P. Deussen, las hermosas llanuras, llenas de colorido, de las comarcas del Rhin que en contraste con el ambiente cerrado y gris de Pforta, le produjeron unas fuertes impresiones que despertaron su natural instinto creativo, y le inspiraron la composición de varias canciones, de las que algunas las ofreció como regalo a la hermana de su compañero de viaje.


2.- ESTUDIOS DE FILOLOGÍA

A pesar de su pasión por la música, decide iniciar los estudios de filología en el curso académico de 1865. Ello le supuso renunciar a proseguir las clases iniciadas en su infancia, circunstancia que explicaría algunas de sus deficiencias técnico musicales (11). En el curso 1865-66, se desplaza a la Universidad de Leipzig, atraído por el prestigio del que gozaban sus profesores de filología. En este ambiente académico, tiene la oportunidad de conocer el pensamiento de Schopenhauer, que le reveló el contenido trágico de la vida y el sentido pesimista de su filosofía, revelación que le confirió a Nietzsche este “talante dolorido y sombrío” que le acompañó a lo largo de su vida.

Sus estudios filológicos le fueron más llevaderos al compartirlos con su afición por la filosofía que le servía de válvula de escape, y a pesar de que llegó a dominar la filología a gran altura, consideraba que esta disciplina le ofrecía imágenes de un mundo antiguo y grandioso, pero ya fenecido. Su instinto artístico que afloraba constantemente en su espíritu, hizo que muy pronto sintiera estos estudios como un peso opresor y entorpecedor de sus planes para un futuro que le desazonaba profundamente.

En sus años de estancia en Leipzig tuvo ocasión de alimentar su afán artístico, mediante la asistencia a conciertos y representaciones teatrales (12) Nietzsche todavía mantenía en Leipzig una cierta distancia y una actitud crítica respecto a la música de Wagner, aunque admiraba su energía y vitalidad, y le atraía la atmósfera sentimental de obras como Lohengrin, Tanhäuser y Tristán. Este recelo se desvaneció, cuando en Octubre del 68, tuvo la oportunidad de escuchar el prólogo del Tristán y la obertura de Los Maestos Cantores, y se sintió plenamente conquistado por la música de Wagner. A su amigo Rohde, que había conocido a primeros de año de 1867, le escribe para transmitirle su entusiasmo: “Frente a esta música me resulta imposible adoptar una posición distanciadamente crítica; toda fibra, todo nervio se estremece en mí y hace mucho tiempo que no tenía un sentimiento de éxtasis como el que se apoderó de mí al escuchar esta última obertura”(13). E. Windisch, que había invitado a Nietzsche para que colaborara en la revista Literarisches Centralblatt, y le alentó, entre otros, a ser catedrático en Basilea, le facilitó el conocimiento en persona de Wagner en la noche del 8 de Noviembre del 68. Nietzsche tenía entonces 24 años (14).

Respecto a esta incipiente amistad, J. Janz escribirá: “Wagner el gran mago también en el trato personal con los hombres, conquistó inmediatamente al joven Nktzsche. Los hombres valiosos e inteligentes que Nietzsche había conocido hasta el. momento eran eruditos y literatos. En Wagner encontró por primera vez un artista creador de gran estilo, que desveló todos los sueños y deseos que en él latían, amortiguados y secretos. Lo que en esta ocasión descubrió Nietzsche, no fue tanto la aureola de gloria que rodeaba a Wagner, cuanto el poder de una personalidad singular y realmente independiente, llena de vitalidad, que se le ofrecía en su libertad mas plena, un hombre cuya música y cuya naturaleza misma teman que conmocionar hasta lo mas profundo los nervios sensibles y los sentidos del joven filósofo que se había visto obligado a mantener en el letargo sus intensos instintos musicales. Junto al poder de su música tenía, además, un gran objetivo espiritual: la renovación de la cultura alemana, un objetivo que ardía asimismo en el alma de Nietzsche. ¿Y cómo supo el viejo cazador de hombres ganar un aliado para su causa en este joven lleno de entusiasmo! ¿Acaso no vino a encontrarse Nietzsche aquí con lo que había vivido en la lectura de Schopenhauer: el gran hombre? ¿Un nuevo guía?” (15).

Después de conocer personalmente a Wagner, Nietzsche leerá con interés y pasión sus poemas y sus escritos estéticos. Concretamente la obra de Wagner Ópera y Drama, despertó e intensifico en él, su deseo por una posible renovación de la cultura alemana tal como expondrá en el Origen de la Tragedia. A finales del 68 le escribe a Rhode: “Puedo decir que mi audición de la música wagneriana es una intuición jubilosa, incluso una experiencia por la que, con intensidad asombrosa me encuentro a mí mismo”(16).


3. LOS FELICES TIEMPOS DE TRIBSCHEN

En el mes de Abril del 69, Nietzsche llegaba a Basilea desde Leipzig, para hacerse cargo de la cátedra de filología clásica en la Universidad. Apenas transcurrido un mes de su labor docente, le faltó tiempo para aprovechar el fin de semana con la intención de visitar a Wagner en la villa que éste tema alquilada en la colina de Tribschen, en el lago de los Cuatro Cantones, cerca de Lucerna. Al llamar a la puerta de la casa, Nietzsche sintió una cierta zozobra, pues dudaba de que Wagner le reconocería medio año después de su primer encuentro. Su duda se desvaneció al atravesar el umbral de la casa y comprobar que era bien acogido. Después de este recibimiento, en el que también conoció a Cósima, el joven filólogo se incorporó plenamente en el dorado y artístico ambiente de Tribschen, durante las diversas visitas que les hizo en el período de tres años.

Durante sus estancias en Tribschen, Nietzsche tuvo la fortuna de observar en la intimidad y en directo, como Wagner pugnaba y elaboraba al piano alguna de sus composiciones y creaciones musicales, como fue el caso de Sigfrido y el Crepúsculo. Las personalidades de Wagner y su mujer Cósima ejercieron en él un fuerte magnetismo, y cuando tuvo ocasión de leerles algunos de sus escritos, especialmente el borrador de El Origen de la Tragedia, que fue ampliamente comentada, pudo comprobar la positiva impresión que les causó, tal como lo reconocía la misma Cósima al manifestar que Nietzsche era: “una persona agradable y muy culta”.

El lugar era tan maravilloso por su paisaje y su belleza natural, como por la atmósfera artística e intelectual que se respiraba. Nietzsche le comentará a C. von Gersdorff: “Como en otras ocasiones, he pasado unos días en su encantadora villa, junto al lago de los Cuatro Cantones, y siempre me encuentro con su maravillosa naturaleza, nueva e inagotable” (17), y llevado de su entusiasmo le escribirá, en aquel entonces, su todavía gran amigo Rohde: “Queridísimo amigo, todo lo que allí aprendo y veo, oigo y comprendo, es indescriptible. Créeme, Schopenhauer y Goethe, Esquilo y Píndaro viven todavía”(18). La admiración y el hechizo de Tribschen, la “isla de los bienaventurados”, como la llamaba Nietzsche, produjo en él una profunda conmoción anímica que le abrió nuevos horizontes artísticos, y le dejó para el resto de su vida una imborrable huella, incluso en la época que más distanciado estuvo de Wagner y más desprecio sintió por él (19). Pasados los años, recordará en Ecce Homo con triste y tierna nostalgia, aquellos tiempos inolvidables de Tribschen: “Por nada del mundo quisiera yo apartar de mi vida los días de Tribschen, días de confianza, de jovialidad, de azares sublimes, de instantes profundos” (20).

En los primeros meses en los que pudieron mejorar su mutuo conocimiento, Nietzsche llegó a sentir una gran admiración por la personalidad que iba descubriendo en Wagner, rayana en la idolatría: “Reina en él un idealismo tan grande e incondicional, una humanidad tan profunda y conmovedora, una gravedad vital tan elevada, que a su lado me siento como ante algo divino” (21). Eran los tiempos en los que impartía sus clases en la Universidad y en el Pedagogio de Basilea (22), una actividad docente que tuvo una duración de casi diez años, en los que tuvo ocasión de explicar a los clásicos griegos, lo que le permitió conocer a fondo la cultura helénica, aspecto que tanto le influyó en su concepción del arte y de la vida (23).

El ambiente de Tribschen y su proximidad con Wagner, despertó en él un renovado impulso creativo que se tradujo en el afán por volver a componer piezas para piano, actividad que había dejado de lado al iniciar sus estudios universitarios. Ello le llevó a revisar antiguas composiciones suyas, como su estimada Eco de una noche de San Silvestre o el manuscrito de su Meditación a Manfred lo que le produjo una fuerte excitación anímica, al revivir intensamente sus interrumpidas actividades musicales. A su amigo E. Rhode le dirá: “lo que no guarda relación alguna con la música, me produce autentica repugnancia y horror” (24).

Como manifestación de esta euforia artística, aparece en estos años su característica tendencia a utilizar una serie de apelativos con nombres de personajes mitológicos, y que aplicará a algunas de las personas a las que profesaba afecto y admiración. Así por ejemplo, el filósofo Empédocles, se convertirá en Dionisos, puesto que su doctrina de la “transmigración de las almas” de origen pitagórico, le sirvió a Nietzsche para elaborar su futura doctrina del “eterno retorno“, Corina, la poetisa de origen beocio y supuesta maestra de Píndaro, se tranformará en Ariadna, la hija del rey Minos (25), y Ariadna a su vez, se convertirá en Cósima, a partir del momento en que Nietzsche tuvo la oportunidad de acompañarla -Wagner les había precedido- al festival de música de Manheim a beneficio de Bayreuth, en diciembre de 1871. Allí pudieron compartir juntos unas inolvidables jornadas musicales, y Nietzsche quedó admirado por la elegancia espiritual y elevada cultura de Cósima. Después de escuchar la llamada Muerte de Amor de la escena final del , Nietzsche le comunica a Rohde, pletórico de entusiasmo: “Me siento maravillosamente confirmado en mis conocimientos musicales... por lo que esta semana he vivido en Manheim en compañía de Wagner. Me siento como alguien a quien finalmente se le cumple un presagio. Pues ¡exactamente esto es música y no otra cosa! ¡Y cuando hablo de lo dionisíaco es exactamente eso lo que entiendo por la palabra “música“ (26).

4.- LAS ÓPERAS WAGNERIANAS

La ópera del Tristán e Isolda fue una de las creaciones de Wagner que más le seducían a Nietzsche, tanto fue así, que tuvo ocasión de verla en varias ocasiones, para experimentar como el decía, su “fuerza salutífera”. En esta ópera, Wagner se inspira con los motivos de la literatura trovadoresca de la Edad Media, y su tormentoso y trágico desarrollo reproduce los terribles acontecimientos determinados por el impacable destino de la tragedia griega. De ahí, la especial atracción que tenía para Nietzsche el destino trágico del héroe Tristán, sobrino del rey de Cornualles, marcado desde su nacimiento por grandes desgracias, y que posteriormente destaca por su fuerza y su orgullo, por su indomable valentía, en la que su anhelo mas esencial es descubrir su verdadera identidad y esclarecer su destino, en el marco de una sociedad fuertemente jerarquizada y guerrera. Para reconocer su identidad, Tristán necesita que se desvanezca la luz del día, pues bajo su luz es un simple vasallo del rey, y anhela ocultarse en el dominio del “reino de la noche”, hogar y patria de los héroes románticos, cuya dulce tenebrosidad ampara y aísla su amor por Isolda. Ésta, no consigue disolver en el ánimo de Tristán, el mundo que le oprime y le humilla. Desesperado Tristán, bebe el veneno que espera le conduzca a la muerte liberadora, e Isolda decide seguirle en un supremo acto de amor y de correspondencia.

En esta muerte liberadora, el engaño y los fútiles delirios de la luz diurna se han esfumado, frente al contrapunto de la verdad luminosa de la oscuridad nocturna. Son los sagrados instantes de la fusión de los dos seres en uno sólo, como expresión del gozo dionisíaco, de su ser universal que recupera su dispersa unidad. La terrible muerte del héroe cede su importancia ante la posibilidad de transfigurarse en una nueva unidad que lleva a los amantes a la consagración de la eterna noche.

Para Nietzsche, la muerte física de los dos amantes, que no soportan vivir en el engaño de la aparente luz diurna, es una viva y clara representación de la disolución de las individualidades, según la concibe la voluntad de negación de la metafísica de Schopenhauer, en la nueva unidad ahistórica y acrónica de la eterna embriaguez dionisíaca. Tanto el texto, como la bellísima y sensual música de la escena de la Muerte de amor, trascienden los limites del yo y del tú, del mundo de la apariencia apolínea. La transfiguración de quienes no quisieron seguir siendo Tristán e Isolda en un mundo de crueles y objetivas realidades singulares, produce la música espacial de las esferas pitagóricas, el puro sonido del universo. La disolución de la conciencia individual, como supremo deleite, expresa el triunfo de la naturaleza irracional, el sentido último de la voluntad de poder cósmica que arrastra el destino trágico de los amantes. Se cumple la jubilosa victoria del sentimiento y del instinto sobre la luz de la razón diurna, asomando en nuestros espíritus el insondable abismo de la gozosa noche, el profundo misterio de nuestra intima y oculta naturaleza. Nietzsche, refiriéndose al sentido trágico de los dos héroes wagnerianos que les arrastra a su decidido rompimiento contra los convencionalismos sociales, dirá: “Se nos aparece como la lucha de los individuos contra todo lo que les enfrenta como necesidad aparentemente invencible: contra el Poder, la Ley, la Tradición, los convencionalismos y ordenes enteros de las cosas. No cabe para los individuos vida mas hermosa que prepararse para la muerte e inmolarse en la lucha por la justicia y el amor” (27).

Nietzsche también sintió una gran predilección por varias óperas wagnerianas, atraído por la poderosa vitalidad y la sublime grandeza de sus héroes(28). En El Holandés Errante, el triste y desolado héroe destinado eternamente a navegar por el mar sin poder morir, lo interpretará como el símbolo de la soledad del ser humano, enfrentado a su destino individual, en la que germinará su concepción de la eternidad cíclica del universo, que del algún modo preanuncia su futura doctrina sobre el eterno retorno de lo mismo. El sombrío navegante holandés, siente un profundo cansancio vital de su eterno naufragar, que le lleva al deseo infinito de su aniquilación, de no volver a ser jamás, de su anhelo por la nada. Así exclamará: ¡Día del Juicio! ¡Día primero y nuevo! ¿Cuándo resonará el golpe exterminador que aniquile el mundo todo? Cuando todos los muertos resuciten entonces me sumiré yo en la nada, ¡Eterna aniquilación, acójeme en tu seno!(29).

En Lohengrin, Nietzsche sentirá realzado su instinto aristocrático, al escuchar en un alemán culto, la narración que le transporta a contemplar en una atmósfera de romántica ensoñación, al resplandeciente y aristocrático caballero Lohengrin, que procedente de las tierras del mítico Grial, se hace misteriosamente visible a través de su poético y musical viaje, remontando las plateadas aguas del río Escalda, montado en una barca tirada por un majestuoso cisne. Nietzsche verá en esta tierna y refinada obra de Wagner, la romántica contraposición entre el mundo de la mezquina realidad que representa Telramund, y el mundo de la anhelada idealidad representado por Lohengrin, el misterioso y sublime caballero que se ofrece a ser el esposo de la dulce Elsa, hija del duque de Brabante, a condición de que no trate de indagar su origen. Cuando años mas tarde, Parsifal el padre de Lohengrin, disparando su flecha abatió al cisne que volaba sobre el lago, y fue retirado en los brazos de los caballeros del Grial, Wagner quiso plasmar con esta escena del Parsifal, la inevitable muerte del Romanticismo cultural, que en Lohengrin se mostraba en todo su apogeo.

Con la obra de Los Maestros Cantores, en la que no aparecen ni dioses ni héroes mitológicos, Nietzsche evocará su anhelo por el advenimiento del nuevo arte alemán, sumergido en el clima de exaltación nacional en la que se desenvuelve esta ópera. En este patriótica atmósfera, Wagner enfrenta el arte nuevo y jubiloso representado por el atractivo Walther, y el arte viejo y caduco representado por Berckmesser. En un ambiente festivo y primaveral, el melódico zapatero y poeta “meister" Hans Sachs, anuncia ante las diferentes corporaciones gremiales que enarbolan sus estandartes, el torneo de canto que se va a celebrar en la verde pradera de Nuremberg. El pueblo formado por alegres coros polifónicos proclamarán vencedor del torneo a Walther, por su imaginativa y fresca improvisación y por el renovado lirismo de sus cantos. Los “Meistersinger” ratificarán el veredicto, y le ceñirán a Walther la corona de laurel y mirto. Nietzsche pudo revivir con esta obra, su ansiado sueño por un arte alemán nuevo, inspirado en el espíritu dionisíaco, tal como proclama en su obra de juventud El Origen de la Tragedia, y cuando la muchedumbre de las voces corales, en la solemne escena final, proclaman con sus maravillosos cantos: “Aunque se desvaneciera en la niebla el Sacro Imperio Romano, siempre nos quedaría el Sacro arte alemán”, sentiría sus sentimientos enaltecidos y sus ilusiones renovadas de esperanza, ante la gozosa promesa de un nuevo y jubiloso despertar del espíritu germánico.


5.- EL FRACASO COMO COMPOSITOR

A pesar de las supuestas inspiraciones y arrebatos creativos que Nietzsche sentía en ésta época, y que tenazmente intentaba plasmarlos en forma de composiciones musicales, la dura realidad de las cosas se impuso por sí misma. Cuando Wagner tuvo la oportunidad de oír la pieza al piano de la Noche de San Silvestre -en ausencia de Nietzsche-, no pudo reprimir una expresión de desagrado y una reacción de burlona comicidad, actitud que contrastaba con la entusiasta acogida que había mostrado con El Origen de la Tragedia. Cuando informaron a Nietzsche de esta reacción negativa de Wagner respecto de su composición musical, quiso reivindicarse ante sí mismo para desquitarse de esta mala acogida. Para ello, no se le ocurrió otra cosa que mandar a Hans von Bülow, antiguo esposo de Cósima, el manuscrito de su Meditación de Manfred. Después de escuchar esta pieza, von Bülow le escribió a Nietzche con una dura y demoledora crítica, quizá inmoderada y poco justa, rayana en lo ofensivo, y entre otras cosas le dice que abandone sus escarceos musicales y se dedique sólo a escribir: Su Meditación a Manfred es antimusical... Varias veces tuve que preguntarme ¿se trata de un chiste? ¿quizá pretendió hacer una parodia de la llamada música del futuro?’ (30).

En esta carta de respuesta, von Bülow percibe las posibilidades y limitaciones musicales de Nietzsche, reconociendo su aptitud lírica y las tendencias impresionistas que denotan (tendencias que mas adelante se pondrán de manifiesto en sus descripciones que hace en el Zaratustra), a pesar de su falta de disciplina y estelización formal, deficiencias que de alguna manera Nietzsche era ya consciente (31). Sea lo que fuere, Nietzsche asume con amargura esta sensación de fracaso como compositor musical, a partir de los desfavorables y duros juicios que habían efectuado sus autores musicales más cercanos y admirados. Esta circunstancia fue uno de los acontecimientos mas tristes y dolorosos de su vida, que le hirieron profundamente, y determinaron en gran parte, el nuevo rumbo que quiso dar a su existencia. Hondamente afectado, se refugia de forma provisional, en las montañas de los Alpes suizos, iniciando con ello su andadura de “solitario y errante fugitivo" como el mismo se autodenominó, una solitaria andadura que llevará a su plena realización una vez haya abandonado definitivamente su cátedra de filología de la Universidad de Basilea, en el verano de 1879.

En la primavera de 1872, Wagner pone término a su idílica estancia en Tribschen, reclamado por las exigencias de la futura y ambiciosa empresa musical de Bayreuth. Esta despedida de Wagner significó para Nietzsche la disolución de una época en su itinerario artístico, que siempre recordará como uno de los momentos mas felices de su vida y que marcará un punto de inflexión en sus relaciones(32), puesto que de forma lenta y progresiva, se irán produciendo una serie de conflictivos avatares que irán abriendo pequeñas hendiduras y recelos que con el tiempo desembocarán en inevitables distanciamientos y penosas rupturas que ya no podrán ser restañadas. Así, en las Navidades del 1872, es invitado a pasar unos días en Bayreyuth por el mismo Wagner, y Nietzsche declina esta invitación, alegando unos motivos poco convincentes, lo que provocó que Wagner reaccionara con gran disgusto. Tanto él como Cósima iban observando con preocupación, que Nietzsche escribía sus obras de forma cada vez más polémica y agresiva, y que sus planteamientos filosóficos iban tomando extraños derroteros.

En el verano de 1873, Nietzsche, a pesar de sus negativas experiencias anteriores, envía a Bayreuth el bosquejo de la que sería su última composición, el Himno de la Amistad, cuyo jugueteo melodico de poca consistencia musical, no agradó en casa de los Wagner. En Junio del 74, Nietzsche asiste en la catedral de Basilea a un concierto sobre Brahms, quedando subyugado por la música de ese compositor, que en aquellos momentos era el más acérrimo opositor de la música de Wagner (33). Tal fue su entusiasmo, que aprovechando su estancia en Bayreuth en agosto de este mismo año, con motivo de su inauguración oficial, intenta ingenuamente acercar la música de Brahms a Wagner, y para hacer realidad su propósito, se atreve a tocar al piano ante la presencia del maestro, la versión de la Canción Triunfal de Brahms. Wagner, no soporta esta notoria provocación y reacciona de forma inusitada contra Nietzsche, por su imprudente acercamiento de su más fuerte y oponente rival. La oportuna intervención de Cósima, evita la posible ruptura debido a la agria y desagradable disputa que se originó entre los dos (34). Sólo cuando unos meses después, Nietzsche vuelva a utilizar su pluma para salir en defensa de Wagner y de los proyectos de Bayreuth, Cósima intentará tranquilizar y apaciguar al maestro de su grave enfado con Nietzsche.


6.- LA GRAN EMPRESA MUSICAL

Efectivamente, en su cuarta Intempestiva Richard Wagner en Bayreuth, escrita en 1874, Nietzsche se enfrenta con los enemigos y opositores de la obra wagneriana, dedicándose a ensalzar, sin esconder sus germinales desavenencias con respecto al maestro, la trascendencia para el futuro de un nuevo arte musical y para la elevación de la cultura alemana, los ambiciosos objetivos de la empresa de Bayreuth: “Bayreuth es la primera circunnavegación del mundo del arte, la cual entiendo que llevó el descubrimiento, no ya de un arte nuevo, sino del arte mismo” (35). Nietzsche considera que Wagner es el verdadero “genio” de los tiempos modernos, escogido por el destino, para volver a revitalizar, como ya lo había manifestado en El Origen de la Tragedia, el sentido autentico del drama musical, y recuperar de nuevo, en estos últimos siglos de decadencia artística, el espíritu y la cultura de los antiguos helenos: “La tierra que hasta ahora ha sido orientalizada anhela de nuevo la helenización... no cortar el nudo gordiano de la cultura griega, así que sus cabos quedaban flotando en todas direcciones, sino rehacer el nudo deshecho: tal es ahora la tarea“ (36).

El pensador alemán quiere resaltar la importancia y la trascendencia del singular “fenómeno Wagner”, de su inagotable fecundidad, que solo se valora cuando uno es consciente de que ha abierto nuevos derroteros que antes de su irrupción estaban vedados para el arte musical. Es un “fenómeno” social y artístico, que ha conseguido revitalizar los antiguos mitos griegos, las ancestrales leyendas nórdicas, y las gestas de los héroes caballerescos, tan llenos de misterioso significado, y lo ha hecho con tal potencia y esplendor, que ha logrado iluminar el presente artístico con la fuerza trágica de la música dionisíaca: “Wagner ha situado la vida actual y el pasado bajo el rayo de luz de un conocimiento lo bastante intenso para permitir ver hasta una distancia extraordinaria” (37). Nietzsche describe en esta obra, una serie de facetas que iluminan “la persona de Wagner” y la fuerza creativa de su espíritu, pero también hace referencias sobre su turbulento temperamento, inquieto, inestable y ambivalente, de este histriónico y apasionado genio de la música, en la que reconociendo su grandeza y su relevancia en el mundo del arte, expone veladamente toda una serie de rasgos de su personalidad que en su momento los utilizará como factores negativos en contra del maestro: “Wagner se revela como un conjunto de rasgos susceptibles, más que de infundir esperanzas, de provocar recelos; inquietud, irritabilidad, una precipitación nerviosa en la captación de cien cosas distintas, un apasionado deleite de estados de ánimo morbosos, exaltados, un brusco transitar de la más entrañable paz del alma a lo violento y estridente” (38).

Para los “ilustrados” personajes que se han constituído en enemigos de esta ambiciosa empresa, la realidad es que Bayreuth, se ha convertido en el gran templo de la nueva música, y ha significado el mejor baluarte de sus mezquinas insidias: “Para esos “ilustrados”, la palabra Bayreuth, dirá Nietzsche, ha significado una de sus mas aplastantes derrotas, pues no colaboraron, se opusieron totalmente, por esto sabemos que no pudieron destruir la esencia de Wagner, impedir su obra, por su hostilidad y perfidia" (39).

Pero a pesar de las fuertes oposiciones que surgieron en Alemania para llevar a cabo tan costosa construcción, Nietzsche considera que Bayreuth no es más que la lógica consecuencia de la impetuosa irrupción de esas nuevas y prodigiosas fuerzas artísticas que han aparecido en la Alemania del siglo XIX, y que en cierto modo recuerda la añorada época de los griegos. Nietzsche cree que la empresa de Bayreuth, no ha sido sólo la tarea de un genial artista aislado y ambicioso, ni fruto de una transitoria y afortunada casualidad, sino que al fenómeno Wagner habría que añadirle la acumulación de una pléyade de grandes artistas, poetas y músicos que han brotado en Alemania, como Mozart, Beethoven Goethe, Schiller, Hölderlin...“Un gran artista aislado podría ser una casualidad, pero la aparición de una serie de grandes artistas, como la exhibe la historia moderna de la música, y que tiene un solo precedente en los tiempos de los griegos, sugiere que en eso no rige el azar, sino la forzosidad, a la que Wagner da una respuesta” (40).

En esta Intempestiva sobre Bayreuth, Nietzsche considera que la música de Wagner nos aleja de toda artificiosidad y de cualquier ingenuidad optimista propia de la cultura socrática, de toda convencionalidad enajenadora del espíritu, al retornar con nuevos bríos a las fuentes auténticas del lenguaje de la naturaleza, y recuperar el arrebatador hechizo de los símbolos míticos que a través de sus misteriosas y ocultas fuerzas, rigen el acontecer aparente de los fenómenos: “Esta música, dice el pensador alemán, es retorno a la naturaleza, a la vez que purificación y transmutación de la naturaleza, pues en las almas de los hombres más henchidos de amor ha surgido el impulso contenible a este retorno y en su arte suena la naturaleza transmutada de amor” (41).

A través de los sonidos apasionados, tiernos y delicados de su música, de la grandiosidad tonal de sus instrumentos orquestales, de la magnificencia inconmensurable de sus escenografías, Wagner pretende iluminar y desentrañar las inefables profundidades, los maravillosos tesoros y los enigmáticos misterios que en su seno oculta la naturaleza. Nietzche considera a Wagner como el nuevo oráculo del arte moderno, que no ha regateado esfuerzos ni sacrificios para ser el más grande y renovador intérprete del arte de la tragedia y el mayor iluminador de los arcanos secretos de la naturaleza. Con estilo encomiástico afirmará: “Wagner les dice: la Naturaleza es por dentro mucho mas pletórica, portentosa, inefable, pavorosa, no la conocéis en vuestra existencia habitual; aprended a ser vosotros mismos otra vez Naturaleza y dejaros transmutar por mi hechizo de amor y fuego. Es la voz del “arte de Wagner” la que así les habla a los hombres... Su arte, es el más estupendo espectáculo, por muy doloroso que haya sido ese proceso de gestación”(42).

7.- EL ARTE COMO TOTALIDAD.

Lo que mas le atraía y le seducia de Wagner, era su concepción “total” del arte, el dominio y el amplio conocimiento de sus diversas facetas: poeta, músico, actor, escenógrafo.., y ante su mirada lo percibía como el modelo y el paradigma que ha logrado hacer realidad su ideal del arte como “totalidad”, un arte que abarca todas las dimensiones de la vida humana y que es la mejor expresión del poder de la voluntad creadora: Nietzsche escribe con admiración: “A ninguna actividad artística le ponía límites; tan cerca de él asomaban la pintura la poesía, el arte dramático y la música como la educación erudita y el porvenir del hombre docto. Ante la mirada superficial aparecía como un hombre nacido para dilettante” Cuando algunos años después, Nietzsche acuse agriamente a Wagner de personaje “dilettante” (43), dará la impresión de que ha olvidado de que esta adjetivación se hacía desde el prisma de una “mirada superficial”, acusación, que por otra parte, será una más, de las múltiples que le echará en cara.

Pero estamos todavía en los momentos en que Nietzsche no se ha enfrentado en contra de Wagner. Es así, que cuando tiene la oportunidad de volver a comentar el sentido de “totalidad” que tiene el arte wagneriano, y que sin duda constituye una de sus cuestiones preferidas, Nietzsche, insista en las singulares cualidades del maestro, pues a través de la fuerza audible de su música y de su gran sentido de la representación escénica, ha sido capaz de plasmar en plenitud, todo el orbe de los valores estéticos, pensar en termino de todas las artes a un tiempo y de forma simultánea: “Cabe suponerle un primario talento de actor que al no poder satisfacerse del modo más inmediato, halló su expediente y salvación en la movilización de todas las artes” (44). Y es que la ambición de Wagner para alcanzar las mas elevadas cimas del arte no tiene límites, pues pocos artistas han poseído como él, la pretensión de perdurabilidad, el anhelo de que su arte domine sin rivalidad en el orbe entero y se proyecte más allá de sí mismo. Nietzsche nos dice al respecto que “Ansiaba el vencer y conquistar como jamas artista alguno y alcanzar en lo posible de un golpe, esa tiránica omnipotencia que anhelaba empujado por su sordo afán" (45).

La tetralogía wagneriana de El Anillo de los Nibelungos, supone para Nietzsche, uno de los mayores intentos para retornar al trágico sentido del mito griego, y descubrir la originaria pureza de las arcanas leyendas nórdicas, con el objeto de devolverlas al excelso lugar que les corresponden en la esfera de las artes, pues consideraba que por culpa del arte “ilustrado” y clasicista, la fuerza simbólica de los mitos y las leyendas habían decaído en el plano de las representaciones populares, generando una situación de penosa decadencia, tanto por la ausencia de gravedad en los personajes, como por la debilitación de su tensión dramática y la pobreza de sus contenidos. Esta posibilidad de recuperar el auténtico y originario significado del mito, era lo que -según Nietzsche- más reconfortaba a Wagner, era lo que le daba alas a su inagotable imaginación, y lo que alentaba a su estado de ánimo para seguir en el difícil empeño de su inmensa tarea artística.

Impulsado por su mentalidad elitista y su talante aristocrático, que en estos tiempos ya afloraba en su espíritu, Nietzsche se referirá a la atrofia de la música existente y a la ausencia del sentido trágico del mito en la sociedad de su tiempo. Una situación que podía justificar su presencia y el cumplimiento de su gratificación en los niveles inferiores del pueblo, pero que era inaceptable en las lujosas y altas esferas de las artes y de la sociedad: “Lo que en medio de su apremio más le reconfortaba y alentaba, lo que más intensamente hacía vibrar las fibras íntimas de su ser eran el mito y la música... En estos dos elementos bañaba y curaba Wagner su alma, pues el mito en la moderna sociedad, estaba muy degradado, transformado en cuento de hadas, en venturosa posesión de los niños y las mujeres del pueblo, despojado de su maravillosa virilidad grave y santa, la música subsistía entre los pobres y los humildes, entre los solitarios, el músico alemán no había logrado integrarse con fortuna en el régimen de lujo de las artes”(46).

A través del genio y de la grandeza de alma de los distintos héroes y heroinas, dioses y gigantes de sus obras operísticas, Wagner encontró su fama universal, y tuvo la posibilidad de comunicar a todos los que fueron capaces de conectar con sus mensajes musicales, sus profundos deseos por transmitirles la honda gravedad y la riqueza poética del sentido trágico del mito, con el objeto de elevar el gusto estético de los contempladores de sus espectáculos: “Con Tannhauser y Lohengrin así preguntó, así miró en busca de almas afines; el solitario ansiaba la multitud”. Y a través de grandes obras como el Tristán o Los Maestros Cantores, Nietzsche dirá que Wagner se ha sumergido en las inalcanzables alturas de los genios, y sus pensamientos y palabras sólo pueden ser comprendidas por estos mismos espíritus afines: “Ya no habla más que consigo mismo, ya no para un “público” o “pueblo”, y a este se esfuerza por comunicarle la máxima distintión y aptitud para un grandioso diálogo” (47).

A pesar de estos excelsos ideales, del “gran deber” con el que estaba comprometido y de la “gran tarea” que el destino le trazaba, Wagner tuvo que sufrir debido a la pobreza espiritual de gran parte de las multitudes que escuchaban sus composiciones, la agria ingratitud y la dura incomprensión de su tarea artística, incluyendo a los directores de orquesta y los músicos del momento, que se mostraban incapaces de penetrar en lo más genuino de sus contenidos musicales. Nietzsche señalará la paradójica situación de un autor que a pesar de conseguir los mas resonantes éxitos, era simultáneamente al que más torpemente se le comprendía: “Wagner desechaba cada vez más la idea de lograr éxito entre sus contemporáneos, renunciando a su anhelo de poder, conquistaba éxito y poder” (47b) Por ello, ya no le interesaba ni el reconocimiento de las masas exaltadas, puesto que contemplaba con desagrado como su arte era tragado sin discriminación. Todo efecto escénico era superficial, su arte se tomaba como una música cualquiera, con arreglo al repugnante canon del estilo de ópera que predominaba, mas aún; mediante arteras modificaciones, algunos habilidosos directores de orquesta, acondicionaban las obras wagnerianas a este tipo de óperas, en las que los cantantes creían dominarlas previa extracción de su contenido espiritual. Nietzsche reproduce unas palabras del maestro al respecto: “Sufro terriblemente”, decía Wagner, “cuando tengo que pelear con esos fantasmas que no aparecen tal como debían aparecer”(48).

Por ello, los “hombres teóricos", los ingenuos optimistas, es decir, los defensores de la música formal y superficial de estos últimos siglos, que nada entienden de lo propiamente poético, ni poseen la suficiente profundidad para comprender los contenidos esenciales de sus símbolos míticos, han sido los principales causantes de la caprichosa deformación de la obra wagneriana, de sus equívocos y de sus agravios. Son aspectos, cada uno de ellos, que por sí solos justificarían la necesidad del “acontecimiento Bayreuth”, que con fulgurante brillo esta dorando los últimos años creativos de Wagner, y sellando su futura inmortalidad. Este acontecimiento permitirá posiblemente, salvar la autenticidad de las creaciones wagnerianas, garantizando su veracidad representativa, tanto para el presente como para las venideras generaciones: “Cuando durante la guerra alemana, parecía apoderarse de las almas un movimiento mas grande, más libre, Wagner recordó su deber de lealtad, que le ordenaba salvar su obra cumbre de estos éxitos y agravios y establecerla en su entrañable ritmo, como paradigma para todos los tiempos por venir. Así ideó la “concepción Bayreuth”” (49).

Pese a los prontos éxitos obtenidos, que mas bien responden a un fácil y superficial entusiasmo colectivo, la gran genialidad de Wagner, su talento de artista, no ha sido esquiva al sufrimiento que demandaban los duros y heroicos renunciamientos para apuntar a objetivos tan ambiciosos y elevados: “Lo que nos muestra Wagner en la obra de arte, afirma Nietzsche, no puede por menos intuir una evocación ensoñada de la propia existencia heroica del gran hombre. Sentiremos un poco como si Sigfrido estuviese hablando de sus azañas” (50).

En este contexto, Nietzsche no podía dejar de evocar a su admirado filósofo Heráclito, al observar ciertos paralelismos entre el pensamiento de este autor griego y la música wagneriana. Así como el pensador de Efeso, sustancia su filosofia en la contrariedad y el eterno fluir de las cosas sensibles, enmarcadas en un logos que siendo la regla de la justicia cósmica, armoniza y unifica los conflictos y oposiciones originadas por estos elementos contrarios, también la música wagneriana tomada en su conjunto, como nos dice Nietzsche: “es una imagen del Universo tal como lo entendió el gran filósofo de Efeso, a saber, como armonía que la discordia genera de su propio seno, como unidad de justicia y antagonismo” (51).

En momentos determinados de esta Intempestiva, Nietzsche, llevado de sus habituales arrebatos prosísticos, no puede evitar pronunciarse con desmesurados y sublimes elogios dirigidos a Wagner, considerándolo como el último gran genio que ha brotado de las semillas fecundas del arte. Estos elogios contrastarán brutalmente con los agravios y desprecios que muy pronto tendrán lugar a consecuencia de sus conflictivas y enfrentadas relaciones: “Wagner es el último y supremo de toda una serie de portentosos genios del arte, un arte que obra como Naturaleza restaurada, rescatada” (52).

La sublimidad y magnificencia de su música nos arrebata y subyuga de tal manera, que nos lleva a prescindir de todo aquello que no sea esencial al núcleo mismo de su significación representativa, cuya fibra sentimental nos hace retrotraernos hacia las profundidades últimas de nuestro inapelable destino, cuya voz escuchamos a través de la expresividad tonal de su incomparable música: “Ante la obra de arte wagneriana no se piensa ni en lo deleitoso, ni tampoco en Wagner mismo; no se piensa en el arte, siéntese única y exclusivamente lo “forzoso” que es inexorable como el destino” (53). Tanta es su fuerza y genialidad, tanta su poder e influencia en la sociedad de su tiempo, que absorbe y resume en su obra toda la potencialidad creativa y generadora del arte musical, desalojando al resto de los músicos contemporáneos: “Un artista que tiene tal poder sobre sí mismo, domina aún sin proponérselo a todos los demás artistas” (54).

En estas Consideraciones Intempestivas sobre Bayreuth, Nietzsche todavía no tiene inconvenientes ni recelos para mostrar su veneración por Wagner, de modo semejante a como lo había hecho algunos años antes, en su primeriza obra El Origen de la Tragedia, considerándolo como el heraldo y renovador de la nueva cultura y el arte del futuro, tal como presagian los nuevos tiempos, en las que la emoción profunda que transmite el arte musical de carácter trágico, debilitado por la cultura del “hombre teórico” de raíces socráticas, recobrará toda su potencialidad vital, no de modo inmediato, sino en un proceso itinerante de sostenida progresión: De modo solemne Nietzsche dirá que “Wagner es el heraldo de una época por venir, pero no es un utopista, ya que guarda el buen tino de la creencia de que la humanidad encontrará un día órdenes ideales definitivos”(55).

Las obras de Wagner, con sus jugosos frutos conseguidos y sus tesoros artísticos conquistados, se deben conservar y guardar celosamente como un “depósito sagrado”, para poder transmitirlos con toda su pureza originaria, pues para Nietzsche, estas obras se constituyen como la más potente expresión musical del lenguaje de la Naturaleza, capaz de superar la artificiosidad antinatural que ha dominado en el jardín de las artes. Frente a todo ello, la empresa musical de Bayreuth se alza como la mejor muestra de este nuevo amanecer artístico. Ante ello, Nietzsche no puede evitar utilizar sus conocidos tonos proféticos, al anunciar venideros y prometedores acontecimientos para el arte y la música de Wagner, en la que ensalzando su amor por los misterios de la Naturaleza, cumplirá la trascendental tarea de señalar nuevos caminos, de saciar de la necesidad imperiosa de nuevos valores estéticos que demandarán los futuros hombres del porvenir: “Este mundo venidero tendrá “verdadera necesidad” del arte y podrá esperar de él verdaderas satisfacciones; es el lenguaje de la Naturaleza. A la antinaturalidad no le queda sino anhelar la nada, en cambio la Naturaleza ansía transformación por obra del amor” (56). Es la misma admiración que sentía Goethe, ante el espectáculo artístico de la naturaleza: “En adelante no quiero atenerme mas que a la naturaleza. Sólo ella posee una riqueza inagotable; sólo ella forma a los grandes artistas”(57).


8.- LOS FESTIVALES DE BAYREUTH

Wagner se sintió muy satisfecho por esta IV Intempestiva escrita por Nietzsche en defensa de su arte y de la empresa de Bayreuth, y como muestra de ello, envió un ejemplar del libro al rey Luis de Baviera que era su mejor mecenas y protector. Al mismo tiempo, y como señal de agradecimiento, invitó expresamente a Nietzsche, para que asistiera como uno de los pocos privilegiados, a los ensayos del gran festival de Bayreuth, que en el verano de 1876, inauguraban de forma oficial los grandes conciertos wagnerianos, y que desde entonces se celebran de forma ininterrumpida hasta los tiempos actuales.

Fueron estos los últimos testimonios de gratitud que llegaron de la villa Wanhfried, la residencia que Wagner se hizo construir en Bayreuth. Nietzsche a pesar de encontrarse delicado de salud, acude a los ensayos con cierta desazón y recelo, aunque tiene la oportunidad de oír algunas partes del Crepúsculo de los Dioses y de las Walkirias. Por su parte, Wagner, a consecuencia de los insolubles problemas escenográficos con los que tropezó, y que no supo resolver de forma satisfactoria, especialmente con la puesta en escena del Oro del Rhin, estaba nervioso y francamente desanimado. A ello, se le añadió, el protocolario recibimiento que tuvo que rendir a la numerosa y variada concurrencia de relevancia social y política que aquellos días asistía al festival. Por esta circunstancia, no pudo atender debidamente a Nietzsche, ni estar por él como ocurría en los tiempos de Tribschen (58).

Nietzsche no comprende ni acepta esta falta clara de desatención que le dieron en el círculo de Wagner. El imaginaba, que después de los méritos conseguidos en su IV Intempestiva a favor de Bayreuth, encontraría una acogida mas favorable. Profundamente decepcionado por el trato recibido, verterá su amargura y resentimiento años después, al recordar injustamente el tedio que le produjeron los ensayos a los que asistió: “La representación como tal no tema demasiado valor; me aburrí de un modo miserable con esa música, que le llegaba a uno a la conciencia como mera niebla, como una niebla en ocasiones armoniosa, en otras ni eso” (59).

Ante el ambiente de indiferencia general que encontró en Bayreuth, Nietzsche se marchó sin despedirse, tres días antes de finalizar el festival, para reanudar sus clases en la Universidad. Esta decepción sufrida, aceleró su crisis interior en la que ya estaban trazadas las disposiciones de su alejamiento y todo lo que ello significaba. Un alejamiento que lo recordará con triste nostalgia: “Ya en el verano de 1876, en plena época de los primeros festivales, le dije adiós a Wagner en mi fuero interno” (60).

Efectivamente, a raíz de la puesta en marcha de la empresa de Bayreuth, se produce otra grave fisura de sus relaciones. Nietzsche siente el despecho y la amargura al comprobar que Wagner, reclamado por el gran público y por los círculos de los admiradores enfervorizados, le da las espaldas y se distancia de él, olvidándose del trato de franca intimidad que hasta entonces habían compartido. Ahora el Wagner de Bayreuth se ha transformado en un artista ávido de fama y ansioso por ofrecer espectáculo a las multitudes de sus seguidores. Una nueva situación, que contrastará con el Wagner amistoso y entrañable que conoció en Tribschen, el Wagner cercano y confidencial con el que se intercambiaban los borradores de sus más preciadas creaciones artísticas, y que junto con Cósima, tenían ingeniosas y animadas conversaciones sobre las cuestiones más sublimes y los acontecimientos más cotidianos: “Fue una gran fortuna, le escribirá a G. Brandes, poder cultivar desde el primer momento de mis años de Basilea una intimidad indescriptiblemente entrañable con Richard y Cósima Wagner que entonces vivían en su finca de Tribschen... Durante algunos años vivimos al unísono las cosas grandes y pequeñas, con una confianza que no tema límites” (61).

En otro de sus escritos, volverá a recordar el estado de angustia interior que le embargaba en esa época de 1876, cuando atenazado por la fuerza magnética que emanaba de la personalidad de Wagner y de su entorno, Nietzsche veía disiparse el norte de su propia obra, la llamada de su singular destino. Ante ello, no le quedaba otra opción que reaccionar y dar un viraje a estas relaciones, para evitar ser apresado en las sutiles y doradas redes de la peligrosa y narcotizante atmósfera wagneriana, despertando del “sueño wagneriano” en el que estaba sumido, y que le hubiera conducido a un total vacío de sí: “Hacia el año 1876 -dirá en La Voluntad de Poder, “padecí la angustia de ver comprometida toda la voluntad de que hasta, entonces era dueño; fue entonces cuando comprendí a dónde quería llegar Wagner, a quien me sentía sólidamente ligado, por todos los mejores vínculos de la amistad, del reconocimiento, de la imposibilidad de sustituirlo y del vacío absoluto que advertía como horizonte” (62).

Todas las ilusiones despertadas, todos los ideales soñados de un renovado porvenir artístico, se estaban diluyendo irremisiblemente ante los imparables acontecimientos que se habían desencadenado en la vida de Wagner, y que empujaron a Nietzsche a alejarse decepcionado de su esfera de influencia, y a emprender a solas su propio camino: “En lo que respecta a Wagner, -le dice a la wagneriana Mathilde Maier- yo había mirado hacia lo más alto, a su ideal, así fuí a Bayreuth, de ahí mi decepción” (63).


9.- LA INEVITABLE SEPARACIÓN


Estos enfrentamientos entre Nietzsche y Wagner se fueron incrementando paulatinamente y algunos de ellos, por sus consecuencias, fueron determinantes en su definitiva separación. Así, cuando Nietzsche escribe unos comentarios acerca del Parsifal, en los Bayreuther Blatter, una revista impulsada por Wagner, señala, entre otras cosas, el “insoportable cristianismo”, que según él, respiraba esta última ópera wagneriana, comparándola con los Autos Sacramentales de Calderón, era de suponer que a Wagner, por su talante agnóstico, no le gustarían nada esta clase de comentarios y comparaciones (64). En la primavera de 1878, Nietzche publica una de sus mas importantes obras: Humano, demasiado Humano, dedicada a la memoria de Voltaire, en la que aparecen una serie de acervos y cínicos aforismos que causan, tanto a Wagner como a Cósima, una desagradable sensación y un profundo malestar. Al leer la parte final del apartado de El Viajero y su sombra, Wagner expresará su desacuerdo afirmando que era “un repugnante nihilismo”(65). Cuando Nietzsche le envía el libro a Wagner, éste le devuelve el “cumplido” enviándole el denostado Parsifal, una circunstancia, que años después en Ecce Homo, Nietzsche lo recordará con agudo laconismo, diciendo que “En este cruce de los dos libros, a mí me pareció haber oído en ello un ruido ominoso ¿No sonaba como si se cruzasen espadas? (66).

La decepción continúa aumentando, cuando Wagner comprueba que Nietzsche rechaza cada vez más, el sentido metafísico y mitológico de su música y se aparta de la filosofía de Schopenhauer, a la que tanto debía. Tanto él como Cósima están de acuerdo que el camino que ha emprendido es el de un total extravío. Nietzsche, por su parte, percibe claramente el inevitable y abismal distanciamiento que se esta fraguando entre ellos, pero no está dispuesto, a pesar del sacrificio y renuncia que esto le supone, a retroceder por coherencia consigo mismo en su postura intelectual: “Las aspiraciones de Wagner y las mias -dirá en Junio de este año- corren por sendas dispares. Esto me resulta suficientemente doloroso, pero cuando se rinde servicio a la verdad uno debe disponerse a toda clase de sacrificios”(67). Este conjunto de circunstancias desembocarán en la inevitable ruptura entre estos dos personajes, y Cósima, sintiéndose dolorida por esta separación, acusará ácidamente a Nietzsche de haber traicionado a su esposo, acusación que también compartirán otras personas cercanas a los círculos wagnerianos.

Cuando en el mes de mayo de 1879, Nietzsche toma la decisión de dejar su actividad docente y renunciar a su cátedra de filología, el Ayuntamiento le conferirá la baja como ciudadano de Basilea. Al abandonar su ultimo lugar de residencia estable, iniciaba una forma de existencia apátrida y transhumante que le llevaría, en una andadura de caminante solitario, por diversos parajes de los Alpes suizos y del litoral mediterráneo.

Por entonces, su apartamiento de Wagner era ya definitivo y comenzaba su visceral contraataque respecto de la obra del gran compositor. A finales de 1980, cuando el pianista wagneriano; J. Rubinstein, saca a colación en la villa Wanhfried la cuestión de Nietzsche, Wagner entra en un estado de nerviosismo y gran excitación, y rechaza con indignación hablar de esta cuestión. Un mes más tarde, leyendo junto con Cósima, un escrito de C. von Hagen, vieron una cita de Nietzsche de El Origen de la Tragedia, y Cósima con lágrimas en los ojos, reconocía “lo mucho que hemos perdido con él” (68).

Con motivo del estreno del Parsifal en el verano del 82 en Bayreuth, se intentó lograr, a través de unos amigos cercanos a Wagner, una posible reconciliación, pero el intento se desvaneció, al no acudir Nietzsche a la cortés solicitud que se le hizo. Ante esta desconsideración, Wagner profundamente irritado, prohibió que ante su presencia se volviera nunca más a pronunciar el nombre de Nietzsche (69). Medio años después, a consecuencia del fallecimiento de Wagner en febrero de 1883, en el Palacio Vendramin de Venecia, Nietzsche, escribe a su amigo Overbech, poniendo de relieve el doble sentimiento de amor-odio que tuvo a lo largo de su vida por Wagner: “Wagner fue, con mucho, el hombre “mas lleno” que conocí, y en ese sentido, desde hace seis años, he padecido una gran carencia. Pero entre nosotros dos hay algo así como una ofensa mortal, y hubiera podido llegar a ser terrible si él hubiera vivido más” (70).

10.- LOS ATAQUES A WAGNER


Cinco años después de su fallecimiento, Nietzsche concentró sus agresivos e insidiosos ataques en contra de Wagner, en dos suscintas obras: El Caso Wagner, y Nietzsche contra Wagner, escritos ambos en 1888, es decir, en el ultimo año de su producción creativa. Ambos libros fueron el resultado de una serie de reflexiones que Nietzsche fue incubando a partir de su inicial distanciamiento de Bayreuth (71). En su escrito El Caso Wagner, Nietzsche quiere dejar claro desde las primeras paginas, la engañosa y extraña situación en la que vivía, cuando arrastrado por el magnetismo que emanaba la mágica personalidad de Wagner, estaba cegado por su admiración hacia él: “Y pensar que yo fui uno de los wagnerianos más corruptos...Yo fui capaz de tomar en serio a Wagner. ¡Vaya con el mago! (72).

En el prefacio de Nietzsche contra Wagner, escrito en los patéticos días de la Navidad de 1888, poco antes de su definitivo hundimiento, nos anuncia de antemano la radical actitud beligerante que adopta en esta obra: “es una declaración de guerra sin perdón a todo ese movimiento”, le dice a P. Deussen (73). En este escrito, debido al total viraje que da, en contraste con el laudable escrito de su Intempestiva en defensa de Bayreuth”, se hace patente que la mutua separación, la inevitable ruptura se había consumado irremisiblemente: “No habrá que dejar lugar a dudas ni sobre Richard Wagner ni sobre mí: somos antípodas” (74).

En la anterior defensa que había realizado de la empresa de Bayreuth, frente a sus opositores, Nietzsche había valorado la elevación y el “gran estilo“ del arte de Wagner, que se manifestaba en el saber estar por encima de sus resonantes éxitos sin buscar fáciles complacencias, considerando que esta actitud era fiel reflejo de su genio creativo, de su conciencia de hombre superior que sabe valorar lo esencial. Y es que a Nietzsche, le desagradaba por naturaleza, la disposición y actitud de determinados autores que, sin recato, codiciaban el halago popular, con el mezquino pretexto de buscar su aplauso y reconocimiento. Con ello, rebajaban la calidad y el nivel de exigencia de sus obras, para acomodarlas a los gustos de las masas pseudoculturales, aún a costa de traicionar las convicciones artísticas mas auténticamente genuinas: “Cuando el autor reniega de sus mejores talentos, escribirá en Humano, demasiado Humano, únicamente para ponerse al nivel del público, comete el único pecado que éste no le perdonará jamas; suponiendo, claro está, que éste se dé cuenta de ello” (75).

En algunos escritos expresó su desagrado por estas demagógicas actitudes que iban en detrimento de las exigencias de la propia vocación, tal como se lo echó en cara a Dürhing, a David Strauss, y a otros autores alemanes(76). Ahora, el hará lo propio con Wagner, acusándolo de parecidos estigmas, tal como escribe en el Post-Scriptum de El caso Wagner: “Su teatro es un plebiscito contra el buen gusto. Esto precisamente, es lo que prueba el caso Wagner: éste conquistó a las masas; ¡arruinó el gusto hasta para la ópera!” (77).

En El Origen de la Tragedia, Nietzsche había lanzado agrias y duras invectivas en contra del teatro formalista de estilo clásico y también, en contra de la alegre superficialidad de la ópera italiana de gran aceptación en su época. Algunos de sus autores más representativos, como Rossini, Donizetti y Bellini, etc., daban mas importancia, según Nietzsche, al recitado y a las florituras y virtuosismos de los cantantes, que al contenido y a la calidad de la obra, con el objeto de agradar al vulgo y obtener su beneplácito. Este tipo de críticas, también las lanzará contra Wagner, al que en frecuentes ocasiones acusará de “histriónico”, de grandilocuente, de artista proteico y vanidoso ególatra, de propagandista e intérprete de si mismo, que ha renunciando a sus mejores talentos naturales, para desprenderse de su señorío y del talante aristocrático propio del genio. Ha sabido utilizar sus seductoras cualidades de actor, sus estudiados y teatrales gestos, su afición por los disfraces y la ampulosa suntuosidad de las lujosas sedas, con objeto de buscar el fácil “efectismo” (el efecto sin causa), propio del gran divo, y provocar el entusiasmo de las masas. Son diversas acusaciones que de forma despectiva, Nietzsche irá desgranando en contra del “gran genio”: “La conciencia más personal sucumbe al hechizo de la cantidad. ¿Sobre quién se logra así, efecto? ¡Sobre la masa! que es algo sobre lo que el artista aristocrático jamas debe lograr efecto ¡sobre los inmaduros! ¡sobre los hastiados! ¡sobre los morbosos! ¡sobre los idiotas! i sobre los wagnerianos! (78).

Nietzsche quiere destacar el hecho de que Wagner utiliza su talante innato de hombre histriónico, sus grandes montajes coreográficos, las ostentosas escenificaciones de sus tramoyas, y toda la inacabable parafernalia de sus trucos y excentricidades, con el único objeto de lograr el efecto teatral que arrebate y subyugue -como serpiente de cascabel- según su expresión, a las masas, a todos los individuos sin discriminación. Manifestando su poco aprecio por esas masas, por lo que llama “el gran público”, identificará el arte de Wagner con las especies más depauperadas: “¿Qué me importa todo el barroquismo teatral del histrión? En el teatro se es vulgo, rebaño, masa, vil, idiota, wagneriano” (79). En este tipo de teatro importan mas los efectos externos fáciles de impresionar, el “gran espectáculo”, las colosales y barrocas escenografías, los decorados alambicados de cartón piedra, aunque vaya en detrimento de la esencia de lo bello, que debe ser el objetivo del gran artista: “¿Para qué pues, lo bello?- se pregunta irónicamente Nietzsche- ¿Porqué no lo grande, lo sublime, lo colosal, lo que impresiona a las masas? Y como dije, es más fácil ser colosal que bello” (80).

Wagner en su itinerario de artista, ha descendido por el plano inclinado de la decadencia, pues ha conseguido ser un mejor comediante que un verdadero músico, convirtiéndose en un autor del arte del espejismo, de la magia y la seducción. “Wagner en cuanto músico, escribe en Más allá del Bien y del Mal, es un pintor, en cuanto poeta un músico y en cuanto artista, sin mas, un comediante”(81). Mediante sus efectistas y mágicos trucos, y sus “disfraces” de actor ha logrado seducir a una amplia mayoría de heterogéneos y rebañescos seguidores de su música: “También en esto de trazar el argumento Wagner es, ante todo, un actor... y lo que hace falta mas o menos tal como cualquier actor de hoy: una serie de escenas efectistas, cada vez mas efectistas” (82). Por eso no es extraño que lo denomine como el “Cagliostro” del mundo moderno (83), y lo considere como “el campeón de trucos de hinoptización” (84) puesto que las hechicerías artísticas y los virtuosismos que emplea, son parecidos a las que utilizaba Cagliostro, este “gran comediante”, aventurero y conspirador de la Edad Media, que recorrió medía Europa practicando sus actividades de alquimista, de mago y de hipnotizador.

No le importa a Nietzsche relacionar a Wagner con el escritor francés Víctor Hugo, que para el pensador alemán constituye el “paradigma” mas acabado del artista que produce sus obras mirando solamente el gusto del vulgo y los intereses de las masas fáciles de contentar: “Victor Hugo y Richard Wagner significan una y la misma cosa: el hecho de que en las culturas decadentes dondequiera que la decisión caiga en manos de las masas, la autenticidad se torna superficial”(85). Por ello, considera que un rasgo destacado de la personalidad de Wagner es su “dilettante” vanidad y su arrogante histrionismo, aspectos que se ponen de relieve en sus sofisticadas y aparatosas escenas operísticas envueltas en la hechizería poética y la magica fascinación de su poesía musical.

El amplio conocimiento que posee Wagner de las diferentes artes, ya no lo valorará en esta obra, como expresión de su dominio y sentido del “arte total”, sino simplemente como manifestación de su imperativo temperamento y de su talante histriónico: “De todos modos fue en mayor grado otra cosa: un histrio incomparable, el más grande mimo, el más prodigioso genio escénico… se hizo músico, se hizo poeta porque así se lo mandó el tirano que llevaba dentro, su genio de histrión”(86). Esta imputación de artista histriónico que aparece en El Caso Wagner, que volverá a utilizarla en el Post-Scriptum, la extenderá también a Victor Hugo, el típico escritor que por su excesiva egolatría solamente encontraba su complacencia “agradando” y acomodándose al gusto del vulgo: “Al igual que Victor Hugo, tampoco en materia biográfica abdicó de su yo; siempre fue un histrión”(87). Un año antes había escrito: “Wagner, Victor Hugo, Zola, Taine, la victoria obtenida por medio de las masas (87b).

A finales de 1881, Nietzsche durante su estancia invernal en la lluviosa Génova, tiene la oportunidad de escuchar en el teatro Politeama la ópera Carmen de Bizet, a la que asistió en diversas representaciones. Este hecho significó un inesperado descubrimiento que le llevó a modificar su recelo con la que despectivamente llamaba en El Origen de la Tragedia “música mediterránea” o “música latina”. Ahora, esta música la siente llena de luz y alegría, frente a la música wagneriana, a la que moteja de música de las brumas y de las tenebrosas nieblas, procedente del norte, una música de “claroscuros siniestros” de la que quiere alejarse: “Con la obra de Bizet, uno dice adiós al Norte húmedo, a toda bruma del ideal wagneriano ” (88). “Estoy por pensar -le escribe a Köselitz- que Carmen es la mejor ópera que hay; y mientras vivamos formará parte de todos los repertorios de Europa” (89).

En El Caso Wagner, vuelve a hablar de esta ópera de forma entusiasta: “Ayer escuché -no sé si lo creerá- por vigésima vez la obra maestra de Bizet” (90). Y es que para Nietzsche, era ahora una música llena de vida y colorido, diseñada para los espíritus mediterráneos que pertenecen a las regiones cálidas y soleadas del sur, para los “buenos europeos”, que como dice en Más allá del Bien y del Mal: “periódicamente se vuelven del sur y se alejan de él, que se preservan del horrible claroscuro del norte y de los espectros conceptuales y la anemia debidos a la falta de sol, nuestra enfermedad alemana del gusto. Para ellos -continua diciendo Nietzsche- ha escrito su música Bizet, ese último genio que ha visto una belleza y seducción nuevas, que ha descubierto un fragmento del sur de la música” (91).


11.- EL ARTE COMO REDENCIÓN


La pretensión wagneriana de lograr por sí misma “la redención salvadora”, la “purificación redentora” de sus espectadores -a imitación de la “catarsis” griega- a través de los héroes y heroínas de sus obras, es el aspecto que más produce el rechazo de Nietzsche. Así en el Post-Scriptum aprovecha la ocasión para lanzar sus puyas irónicas en contra de los integrantes de la “Asociación wagneriana”, los impregnados de “wagneromanía”, según la expresión que utiliza en La Gaya Ciencia, que pusieron sobre la tumba de Wagner, detrás de la villa “Manhfried“, una hermosa corona de flores que decía “redención al redentor”(92), no siendo conscientes que con este reconocimiento le rendían el mas ajustado de sus atributos. Nietzsche considera que la “quintaesencia de las necesidades cristianas” es el afán de proyectar a través del arte su anhelo redentor, pretensión que se constituye como la forma más sincera de “decadence”, de degradación del sentido y los fines propios de la tragedia.

En estos escritos contra Wagner, el pensador alemán considera que la música de las óperas wagnerianas, apropiándose de antiguos mitos y leyendas nórdicas, sólo han servido para resucitar los dragones, gigantes, y enanos que forman una galería de ridículos monstruos luchando en contra de sus héroes, con el único propósito de excitar los sentimientos morales de un público que así se siente falsamente redimido. Nietzsche nos dirá a propósito de ello, que “la ópera de Wagner es la ópera de la redención. En todas sus obras sea un hombre, sea una doncella, anhela ser redimido, he aquí su problema” (93).

Si años atrás había reiterado sus alabanzas y su admiración por la rica vitalidad, el hondo sentido metafísico y las fuertes y nobles cualidades de los personajes de las obras wagnerianas, ahora, por el contrario, las encontrará llenas de valores decadentes, de morales negadoras, de redenciones cristianas. Así por ejemplo; el anterior y refinado romanticismo del Lohengrin, con su misteriosa procedencia, y su poético viaje teñido de fascinantes ensueños de promesas de amor, Nietzsche lo concebirá desde la óptica de una supuesta exigencia cristiana de que se debe creer “a pesar de todo”, según el “debes y tienes que creer” que se le impone contra toda razón a la heroína Elsa” (94). El Tristán, ja dejado de ser aquella obra tan excelsa y preferida que resaltaba la esencia eterna de la música, la fusión de la dualidad transida de amor como signo de la unidad universal, para convertirse en un jocoso argumento según la opinión de Nietzsche, puesto que: “que no hay nada más hilarante que la trama del Tristán”. El Holandés Errante, como símbolo de la eterna soledad que expresaba el canto de la entrega por la libertad y la emancipación absoluta, invierte ahora su mensaje cuando sostiene que “la doctrina sublime de que la mujer ata, o dicho en terminología wagneriana: “redime”, incluso hasta al hombre más errabundo” (95). Esta apreciación sobre las estrategias redentoras de la mujer respecto al hombre, la extenderá a Ariadna, es decir, a su siempre apreciada y admirada Cósima, la mujer de Wagner, que como Senta, la heroína de El Holandés Errante, ha conseguido atar al maestro y encadenarlo con las mallas fascinadoras de sus encantos, de sus rendidas “adoraciones”. Níetzsche, con su habitual acritud respecto de la influencia de las mujeres en el trabajo de los artistas, afirmará que “en realidad, el peligro que acecha a los artistas, a los genios reside en la mujer; las mujeres adoradoras los pierden” (96).

En este plano de acusaciones, a Nietzsche ya nada le parece correcto de la producción de Wagner, todas sus óperas merecen sus improperios: La Walkiria es un entretenimiento, la marcha del Tannhäuser una cursilería, la obertura de El Holandés Errante, una clara ilustración del dicho “mucho ruido y pocas nueces”, Lohengrin una falsa hipnotización”, etc.(97). La mayoría de los personajes escénicos están dominados por sus crispadas patologías, sus gritos histéricos y su emotividad desaforada, con lo que sus interpretes deben ajustar la tonalidad de sus cantos a una forma de aullidos y de griterío de lo más extravagante: “El arte de Wagner es un arte enfermo. Los problemas que lleva a la escena, exclusivamente problemas histéricos, lo crispado de su afecto, su sensibilidad sobreexcitada, su gusto tendiente a condimentos cada vez mas fuertes, su elección de personajes una galería de enfermos, ha hecho adeptos a su magia" (98).

Pero la obra que mejor sintetiza y ejemplifica todas estas disposiciones de salvaciones redentoras con objeto de exaltar los sentimientos del vulgo, y cuya mixtura entre la sublime belleza y los valores de la decadencia ha supuesto el más genial golpe en el arte de la seducción de gran estilo, ha sido la obra del Parsifal, que para Nietzsche es el modelo de la sofisticación, de la trascendencia y del mas allá, que de forma sugestiva magnifíca todo lo cansado, lo decrépito, lo antivital y antimundano: “En el Parsifal” el refinamiento en el maridaje entre belleza y enfermedad, ha sido el mejor modo de enervar nuestro espiritu” (99). Nietzsche comenta en diversas ocasiones, que la aproximación cada vez más acentuada de Wagner al espíritu cristiano y a los valores redentores de la cruz, se debía en gran parte a la influencia de su admirada Cósima, esa única mujer de gran estilo que ha conocido: “A la Sra. Cósima Wagner, yo le achaco que estropeó a Wagner... El Parsifal fue principalmente una condescendencia de gusto de Wagner a los instintos católicos de su mujer Cósima la hija de Liszt” (100).

Debido a ello, era lógica la consecuencia, de que en este escrito dijera con expresión amarga: “Richard Wagner, aparentemente el hombre mas triunfante, en realidad un “decadent” carcomido y desesperado, de pronto se postró impotente y quebrado ante la cruz cristiana” (l01).

Nietzsche muestra su desacuerdo de que Wagner con el Parsifal se haya apartado de su camino al encallarse en la moral y la estética cristiana de la Edad Media. Esto ha supuesto que la belleza de los símbolos de la mitología griega y las primitivas leyendas de los dioses nórdicos hayan quedado oscurecidos y desalojados de la escena, y los valores de la fuerza, la soberbia, el dominio y el orgullo de sí, han sido sustituidos por la hechicera seducción redentora de los valores de la debilidad, el candor y la dulzona e inocente bondad. Así es como el teatro de Wagner, con sus recursos redentores ha desplazado los antiguos valores del arte griego, que invitaban a pensar en su posible regeneración: “¿Qué le importó a Wagner ese inocentón tan poco viril, ese infeliz todo candor de nombre Parsifal al que por medio harto dudosos terminó por convertir al cristianismo?” (101b).

Por ello considerará al Parsifal como “un asunto de opereta por excelencia”, y se preguntará si esta ópera no pretende ser más que un juego de burla y de artera seducción que ha entrecruzado lo patólogico y decadente con lo bello y lo genial, para burlarse de sí y de los demás: “¿Es el Parsifal ,se pregunta Nietzsche, la superior burla secreta de Wagner... del Wagner que sabe reirse de sí mismo?”(102).

El arte de Wagner en sus ultimas obras, del “ultimo Wagner” como sarcásticamente le denomina Nietzsche, se ha dejado seducir y arrebatar por la mística y la moral cristiana, con lo que sus obras han perdido la lozanía y la primitiva expresión de fuerza y colorido de los dioses griegos y las antiguas leyendas nórdicas. En La Voluntad de Poder anota esta circunstancia: “La cristiandad astuta: tipo de la música del último Wagner"(103). Una astuta mística de la que también ha sido seducido Schopenhauer, a consecuencia de su concepción negativa del mundo: “Schopenhauer aparece como hombre moral, que para conservar su tesoro moral pide la negación del mundo. Por último se hace místico”(104). Es en este período de su pensamiento, es cuando acusa simultáneamente a Wagner y a Schopenhauer, sus antiguos y admirados maestros, de hombres decadentes, negadores de la vida: “Se habría llegado a un análisis más claro y esencial de haber precisado científicamente el tipo de decadencia que Wagner y Schopenhauer representan”(105). En el significativo apartado denominado Nosotros los Antípodas dirá que: “Tanto Wagner como Schopenhauer dicen no a la vida y la difaman, siendo así antípodas míos” (106).

En los últimos párrafos de El Caso Wagner, Nietzsche vuelve a insistir, para despejar cualquier duda, en los motivos de su apartamiento de Wagner. En el apartado “En donde pongo reparos”, comenta con resentida nostalgia, que el entorno que rodea a Wagner le produce un inevitable hastío y malestar: “Wagner me enferma”, dirá refiriéndose a la asfixiante atmósfera y a la hipócrita adulación que, según él, emana del cretinismo de Bayreuth y por extensión del círculo wagneriano. Un enrarecido ambiente, que conduce a la enajenación y al falseamiento de uno mismo, y del que no es consciente, embebido por el colectivo entusiasmo y el fervor de las multitudes que provoca su equívoca y ambigua música: “En Bayreuth, solo como masa se es sincero, como individuo se miente a si mismo. Quien va a Bayreuth deja en casa su propio ser y renuncia al derecho de hablar y elegir por su cuenta” (107).

El otrora “gran maestro”, se ha convertido en el típico representante del arte de la “decadence”, debido a que las raíces que han cultivado esta decadencia en el arte de Wagner, ya estaban contaminadas por una anterior y oculta enfermedad estética y moral. Esta es la opinión de Nietzsche, que con acerada e injusta acritud, dirá que es una enfermedad que contagia a todo lo que hay a su alrededor: “Wagner ¿es un hombre? ¿No es mas bien una enfermedad?. Enferma todo lo que toca; ha enfermado la música (108).

Nietzche no puede silenciar su desencanto, ni consolar su ánimo, ante lo que considera como la gran pérdida de un genio de la música, de lo que podía haber sido y no fue, de las esperanzas que despertaba y de las ilusiones que ha desvanecido, al desviarse del camino que le marcaba el destino y no ser fiel a las altas exigencias de recuperar la fuerza creativa del antiguo arte pagano. Ante ello, no le queda más que constatar el triste y desgraciado hecho de que semejante pérdida se ha reproducido en tantos seres de potenciales dotes superiores: “La perdición, el malogro de los hombres superiores es la regla, y es terrible tener ante nosotros regla semejante”(109). Pero a pesar de su inconsolable decepción, Nietzsche no puede dejar de reconocer, que tras las bambalinas y los trucos de sus tramoyas, los efectismos y las farsas grotescas de sus histriónicas actitudes, no pueden borrarse del todo las profundas huellas de su incomparable arte, en el que se esconden las ocultas virtudes del genio: “Wagner es divino", escribirá en Nietzsche contra Wagner(110), y estas dotes del divino genio han quedado diluidas y ahogadas por la máscara de actor en la que ha inspirado sus relaciones, junto con la ficción de un teatro cuyos mentirosos espectáculos han llevado a desperdiciar sus ingentes posibilidades: “El compositor se ha convertido ahora en comediante, su arte evoluciona cada vez más en el sentido del talento para mentir” (111).

Al final de esta obra, el pensador alemán, desplegará su más extrenduosas acusaciones ante lo que considera un tamaño fraude por parte del llamado “actor de actores”, ante tal contranatural desvirtuación como posiblemente nunca se ha dado en el mundo del arte: “Wagner constituye tal vez el más grande ejemplo de autoviolación en la historia de las artes. Mi amor al arte me ha impulsado a formular: Que el teatro no llegue a dominar las artes. Que el actor no se convierta en seductor de los auténticos. Que la música no se convierta en un arte de mentir” (112).

Es muy posible que algunas de estas acusaciones en contra de Wagner, Nietzsche las extrajera de las destilería de sus rencores, al recordar que cuando publicó El Origen de la Tragedia, prestigiosos filólogos como Wilamovitz, Ritchls y otros profesores de Leipzig y de Berlín, le acusaron de desvirtuar la historia mitológica de la antigua cultura griega a través de sus ensueños metafísicos y filosóficos, y que esta deformación histórica, influiría negativamente en el rigor y la seriedad metodológica que precisan los jóvenes estudiantes de filología. Parecidos argumentos los extenderá en contra de Wagner, cuando en el Post-Scriptum, sustenta la acusación de que los jóvenes músicos al dejarse cautivar por los mágicos encantos de Wagner, se arriesgan a que se les pueda corromper y estragar el verdadero gusto musical. Este peligro se pone especialmente de manifiesto cuando intentan reproducir e imitar con la inexperiencia de sus noveles instrumentos orquestales, sus tremendamente ruidosos y desaforados tonos musicales: “Observo a los jóvenes expuestos a su infección. En su culto a la música de Wagner hasta consigen martirizar los instrumentos musicales con una furia solemne que además acompañan de aullidos desaforados. Por todo ello Wagner es una calamidad para los jóvenes, como el Minotauro que devora a las mas bellas muchachas”(113).


(1).- En el año 1854. a los 14 años, el adolescente Nietzsche, ya escribe un pequeño tratado titulado Sobre la música, en el que manifiesta su preferencia por los autores clásicos: Beethoven, Mozart, Schubert, Bach, Haydn, Mendelshon, y muestra su rechazo por la que se consideraba como música del futuro de autores modernos como Berlioz o Litz. Elabora pequeños ensayos de composición, y en 1856 ya tocaba las sonatas de Beethoven y su segunda sinfonía. También compone alguna obertura, una sencilla sinfonía para piano y violines, y algunas sonatas, una de ellas dedicada en febrero del 57 a su madre con motivo de su cumpleaños. Son todavía piezas bastante defectuosas tanto formalmente como desde el punto de vista técnico-compositivo.

(2).- Nietzsche ingreso en la Escuela de Pforta, para realizar sus estudios de secundaria como alumno interno, en el curso académico 1858-59.

(3).- Las obras de Nietzsche que aparecen citadas en este libro, pertenecen a las OC. de la Edición de G. Colli y M. Montinari, Berlín-New York. Publicadas por Walter de Gruyter, 1967-1978. Las cartas escritas por Nietzsche corresponden al libro: Friedrich Nietzsche: Correspondencia, 6ª Edición de Karl Schlechta, Edt. Labor, Barcelona, 1974. Las citas de las obras correspondientes a La Voluntad de Poder y Nosotros los Filólogos, que fueron publicadas a título póstumo, pertenecen a las O.C. de Ed. Prestigio, Buenos Aires, 1970.

4) Es importante la influencia de Holderlin en el pensamiento de Nietzsche, pues este místico y panteísta poeta fue un apasionado admirador de Grecia y un inmortal cantor de los clásicos, y a través de la esencia de su poesía, ajena a cualquier moral, intenta expresar la sublimidad de la naturaleza a través de la fuerza exaltadora de su entusiasmo cósmico y dionisíaco. Es relevante anotar que en este período de su juventud, Nietzsche ya empieza a mostrar su temperamento taciturno y su tendencia a aislarse de los demás, como se puso de manifiesto en la excursión que hizo con sus compañeros de Pforta, pues mientras ellos se fueron a la bodega del pueblo, Nietzsche, que tenía entonces 16 años, subió sólo a la torre de Schönburg, y la momentánea soledad que sintió en su interior le impulso a escribir un poema muy propio de su temperamento: “sin otra compañía que la mía/ que ellos se entreguen en los sótanos a sus libaciones/ hasta caer en el suelo/ yo practico mi oficio de señor”. En cuanto a las composiciones musicales de este período, se puede señalar el motete que compuso para su madre en las Navidades del 1858: Jesús sustento mío, y la fantasía para piano que interpretó con su hermana en Navidad del 59. También trabaja en un Oratorio para Navidad que deja inconcluso, pues en el año 1861 abandona las composiciones de tema religioso. En la escuela de Pforta formaba parte del coro musical.

(5).- G. Krug, el amigo de la infancia, era, al igual que su padre, un entusiasta wagneriano. En abril del 62, dio unas conferencias a sus amigos sobre la obertura del Fausto de Wagner, y también de diversas escenas del Oro del Rhin.

(6).- En este periodo, escribe un poema basado en la leyenda nórdica de Ermanarich, y dos poemas para su amigo Granier. Siendo todavía un adolescente, ya causaba bastante impresión improvisando al piano, y también en esta temprana época de su vida ya empieza a sentir los fuertes dolores de cabeza que tanta influencia tuvieron en sus estados anímicos y en su producción creativa.

(7).- Carta del 27 de Abril 1863. En la primavera de este mismo año, escribe unos versos que ya expresan un estado interior de desconfianza acerca de la verdad de Dios, o de cualquier otra posible verdad. Así escribe: “Y poco mas quedó en las hojas que la escritura en caracteres sangrientos/ la escritura que a un sueño blanco atrajo a un Dios/ ese Dios era yo y ese sueño se engañaba a sí y a mi mismo me engañaba/”. Este vacío que sentía dentro de sí, le llevaba a sentir una cierta nostalgia sobre la realidad de la muerte: “Ay si en mi cansancio del mundo pudiera volar lejos/ y como la golondrina hacia el sur caminar hasta mi tumba”.

(8).- Ensayo escrito en Naumburg en junio de 1864.

(9).- F. Nietzsche, Correspondencia, carta a E. Rohde, primavera 1869, p 15.

(10).- C.P. Janz, F.Nietzsche, Vol. I, p. 107. En la citada autobiografía comenta algunas impresiones poéticas que tuvo en este verano del 64: “recuerdo del modo más grato las primeras impresiones que causaron en mi Sófocles, Esquilo, Platón..., sobre todo en aquella de sus piezas que aun es mi preferida, el Banquete y después los líricos griegos”

(11).- Al iniciar la secundaria, Nietzsche interrumpió los estudios musicales iniciados en su infancia, lo que le obligó a realizarlos por su cuenta, de forma “autodidacta”. Esto explicaría que Wagner, Von Lübow y otros autores, encontraran muchos defectos técnicos en sus composiciones, En este periodo de sus estudios en Bonn, compone una serie de canciones según textos de Puschkin, Petöfi, Chamiso, etc., y se puede decir que son sus mejores composiciones líricas. Acude a escuchar bastantes conciertos, y con su amigo Gasmamm interpretan el Manfred de Schumann. En verano asiste durante tres días al festival musical de Colonia. El mismo formo parte del coro gigantesco de 600 cantores, que interpretaron el Israel en Egipto de Haendel, el Fausto de Schumann y la sinfonía en la mayor de Beethoven. En el mes de Julio compone la desgarrada canción Joven Pesacora, que dedicó a su hermana Elisabeth. Fue su última composición durante mucho tiempo.

(12).- En esta hermosa ciudad, Nietzsche participó en algunas ocasiones con el coro de Riedel, y tuvo ocasión de escuchar a Offenbach, Rossini y posiblemente la representación del Tanhauser. Colabora en el Allgemeine Zeitung con críticas musicales.

(13).- F. Nietzsche, Correspondencia, carta abril de 1967

(14).- Nietzsche, preso todavía por la excitación, le informa a Rohde, al día siguiente de este encuentro que tuvo lugar en casa del Prof. Brockhaus, casado con una hermana de Wagner. Entre otras cosas le dice: “Llegamos al agradable salón de los Brockhaus, en la que habían los familiares cercanos, Richard y nosotros dos. Soy presentado a Richard y le expreso brevemente mi respeto: se informa con detalle sobre mi grado de conocimiento de su música, censura agriamente las representaciones de sus óperas y se burla de los directores que gritan a su orquesta en tono afable: ¡Señores míos, ahora pasión!.., Antes y después de la mesa Wagner interpretó todas las partes importantes de los Maestros Cantores, imitando las diferentes voces con gran desenvoltura. Es sin duda un hombre muy vivo y ardiente, que habla de prisa, lleno de ingenio y que sabe alegrar una reunión íntima. Entretanto mantuve con él una larga charla sobre Schopenhauer y no sabes que placer fue para mí oírle hablar de él con gran entusiasmo, de lo que le debe, de como le considera el único filósofo que ha comprendido la esencia de la música”. Correspondencia, carta del 9 de noviembre.

(15).- C.P. Janz, op.c. Vol I. p 216-217. Thomas Mann se pregunta con admiración en su ensayo R. Wagner y la Música: ¡Qué simpatía vital debía desprender este hombre cuyo trato personal Nietzsche nunca dejó de calificar de la circunstancia más feliz de su existencia!” Ed. Plaza Janés, Barna 1986, p 9.

(16).-Correspondencia, carta diciembre de 1968, p 14. En Enero del 69, en la ciudad de Dresden, puede escuchar la representación de los Maestros Cantores, y que vuelve a oír en Karlsruhe, durante la primavera. En este mismo mes, Wagner le envía un saludo epistolar desde la ciudad suiza de Lucerna.

(17).- Ibidem, carta a Carl von Gersdorff, 4 agosto 1969, p 18.

(l8).- Ibidem, carta diciembre, 1878, p 28.

(19).- “Con Wagner he sellado una alianza, le comunica a Rohde, no puedes imaginarte cuán cercanos estamos ahora, ni hasta que punto convergen nuestros diversos proyectos”, Correspondencia,carta 28 enero 1872, p 39. En otra carta que le escribe en octubre de este mismo año, le comenta: “Yo, por mi parte, doy por un espectador como Wagner todas las coronas de laurel que el presente pudiera concederme; y satisfacerle a él tiene para mi un encanto mayor y mas elevado que cualquier otra cosa”. Ibidem, p 45.

(20).- F. Nietzsche, Ecce Homo. del aptdo: Porque soy tan inteligente, a 5. El viajero que visita estos lugares, puede hacer comódamente la distancia de 3 Km. que separan Lucerna del pueblecito de Tribschen, aunque en la actualidad ya no se pueden admirar los prados. de cañaverales que acompañaron a Nietzsche en el recorrido que hizo a pie en su primera visita, puesto que se han construido grandes y modernas naves industriales. No obstante, al divisar la suave y verde colina en cuya cima esta la mansión de Tribschen (actualmente convertida en museo Wagner), el viajero comprueba con emoción que tanto la finca como sus alrededores, están casi iguales, según muestran los testimonios gráficos, tomados en aquellos seis años en los que habitó Wagner junto con Cósima y sus hijos. Indiscutiblemente el marco es bello y encantador, tal como ya había relatado Nietzsche, pues enfrente de la finca se abre la superficie del lago de los Cuatro Cantones. Y en el cercano horizonte se divisan las imponentes formaciones de los alpes Berneses, y por detrás de la casa, el espacio aparece protegido por el soberbio macizo del Pilatos que cierra este maravilloso y romántico lugar. En 1866 Wagner le escribe a un amigo, refiriéndole algunos aspectos de este rincon de Tribschen: “Esto es hermoso y sagrado por encima de cualquier representación”, y a su protector el rey Luis II de Baviera le dice: “A donde quiera que dirija la mirada desde mi casa me encuentro rodeado por un auténtico mundo encantado; no conozco ningún lugar mas hermoso en este mundo ni mas acogedor”. Max Fehr: R Wagner Scweizer Zeit, vol. II, Arau, 1953, p 227.

(21).- Correspondencia, carta a Carl von Gersdorff, 4 agosto 1869, p 19.

(22).- En la actualidad todavía se utiliza la vieja Universidad en la que Nietzsche ejerció su docencia. En cuanto al Pedagogio ubicado en la gran plaza de Basel, frente a la catedral de la Iglesia Reformada, el viajero puede visitar las aulas donde Nietzsche impartía sus clases.

(23).- En el informe del Pedagogio del curso 1869-70, sobre los temas que impartió el Prof. Nietzsche, se dice: “En la primera mitad del semestre se leyeron los Trabajos y los días de Hesíodo, la Apología de Platón, el libro XII y XIII de la Ilíada. En la segunda mitad se leyeron la Electra de Sófocles, el Protágoras de Platón y las Coéforas de Esquilo. En el semestre de verano los Erga de Hesíodo, Académica de Cicerón, Edipo Rey de Sófocles, el Agamenón y las Coéforas de Esquilo, la Medea y las Bacantes de Euripedes. De esta ultima los alumnos hicieron un trabajo describiendo lo esencial del culto de Dioniso. En los cursos siguientes, hasta el de 1878-79 que fue el ultimo, Nietzsche siguió explicando a varios de estos autores, a los que hay que añadir a otros muchos más: los libros IX y X de la Ilíada, las Euménides de Esquilo, las Filípicas de Demóstenes, la Apología, el Fedón, el Banquete, la República y el Georgias de Platón, el Prometeo de Esquilo, las Alcestes de Eurípides, la Retórica de Aristóteles. También comentó a Empédocles y Diógenes Laercio, y se leyeron a Homero, Anacreonte, Herodoto, Isócrates, Tucídides, Jenofonte, Plutarco, Lísias, Esquines, Luciano, Píndaro, etc.

(24).- F. Nietzsche, Correspondencia, carta diciembre 1870, p. 28.

(25).- Ariadna enamorada de Teseo, hijo de Egeo rey de Atenas, le entregó el ovillo de hilo para que pudiera sacarla del laberinto construido por Dédalo. El laberinto estaba vigilado por el Minotauro. Teseo logra rescatar a Ariadna y consigue matar al Minotauro.

(26).- La asociación wagneriana de Manheim organizó este festival musical, en el que Wagner actuó como director de orquesta. El programa constaba de La Marcha del Emperador, la obertura de La Flauta Mágica de Mozart, la Séptima Sinfonía de Beethoven, el preludio del Lohengrin y el de los Maestros Cantores. Como clausura se tocó la escena final de la llamada Muerte de Amor, cuyas tonalidades musicales son de una belleza misteriosa y sensual indescriptibles.

(27).- F. Nietzsche, Correspondencia, carta a E. Rohde, julio 1872, p 42. Según el boceto de Wagner, al héroe Tristán, sobrino de Marke, rey de Cornualles, le acompañó la tragedia desde los inicios de su vida, pues su padre murió antes de nacer Tristán, y su madre falleció en el momento de dar a luz al héroe

(28).- En Richard Wagner en Bayreuth, p 17, Nietzsche escribirá: “Considerando a Rienzi, al Holandés Errante y a Senta, A Tanhauser y a Elisabeth, a Lohengrin y a Elsa, a Tristán y a Marke, a Hans Sachs, a Wotan ya Brunildha, se les descubre a todos ellos una corriente soterrada de ennoblecimiento y grandeza moral que fluye cada vez mas pura y acrisolada ".

(29).- En la composición de esta ópera, Wagner se inspiró en el angustioso recuerdo de la travesía que realizó en barco, cuando se dirigía de Dinamarca a Londres en la que sufrieron una fuerte y peligrosa tempestad. En esta obra ya se pone de manifiesto la gran capacidad dramática del entonces joven compositor, tanto para aprovechar las experiencias vividas, como para extraer de los mitos y leyendas nórdicas su esencia arquetípica y hacerla presente en sus creaciones.

(30).- Hans von Bülow era entonces director de orquesta y ferviente wagneriano. Fue el marido de Cósima antes de que ésta se uniera con Wagner. En esta carta de respuesta a Nietzsche, sigue diciendo con el típico estilo retórico propio de su época “¿Es a conciencia que escarnece Vd. las reglas de la armonía desde la alta sintaxis hasta la ortografía corriente?... Desde el punto de vista musical, su meditación sólo tiene el valor que en el mundo moral tiene un crimen.. . si de verdad su aberración en el campo de la composición no es una broma, entonces al menos componga sólo música vocal, y deje sea la palabra quien tome el timón del bote que le hace andar vagando por el proceloso mar de los tonos. Vd. mismo por lo demás, califica su música de “horrible”, y de hecho lo es”. F. Nietzsche: Cartas reunidas, Insel Verlag, Leipzig, vol. Iº. No obstante, cuando Nietzsche publicó El Origen de la Tragedia, von Bülow acogió con entusiasmo esta obra, según le dice Nietzsche a C. von Gersdorff: “¿Te he dicho ya algo sobre el entusiasmo de Bülow? ¿Y que me ha anunciado la dedicatoria de un libro suyo? Correspondencia, carta 1 mayo de 1872, p. 40.

(31).- A pesar de todo ello, Thomas Mann dirá: “Nietzsche amó la música como nadie. Nietzsche fué un músico. Ningún otro arte estuvo tan cercano a su corazón, y cualquier otro arte quedó lejano de éste”. Introducción de una fiesta musical dedicada a Nietzsche, Ed. Terra Nova, Barcelona, 1986, p. 136. A menudo se ha señalado el estilo impresionista de las composiciones al piano de Nietzsche (recientemente Philips en CD, ha grabado18 de estas composiciones, a cargo de A. Reimann), sobre todo por el descuido formal y la anarquía estructural que imperaba en aquel momento en aquella corriente musical, disolviendo la línea melódica en pequeños fragmentos cuyos diferentes acordes se yuxtaponen entre sí, sin una tonalidad definida.

(32).- Nietzsche le explica con detalle a Carl von Gersdorff, esta despedida: “El pasado sábado tuvo lugar la triste y conmovedora despedida de Tribschen. Tribschen ha terminado: vagábamos por él como entre ruinas, la emoción se expandía por doquier, en el aire, en las nubes, el perro dejó de comer, la familia de los sirvientes sollozaban en cuanto se les decía algo. Empaquetamos los manuscritos, las cartas, los libros, ¡qué desconsolador fue! ¡Cuánto significan para mí esos tres años en que he vivido cerca de Tribschen, y durante los que hice allí 23 visitas! ¡Qué sería de mí sin ellos! Sin embargo me siento feliz por haber petrificado aquel mundo de Tribschen en mi libro”. Correspondencia, carta 1 mayo 1872, p. 41.

(33).- Johanes Brahms (1833-1897). Era un personaje de carácter abierto y sencillo, que rehuía la celebridad. Se consagró a su obra musical, que sin llegar a cotas geniales fue de gran calidad y extensión. Se valora en su música su gran emotividad producto de su rica interioridad que algunos la han comparado a la del genio Beethoven, y también por la movilidad y dinamismo de sus ritmos. Sus sinfonías destacan por la grandiosidad de su concepción, por el dominio de las masas vocales y orquestales. Recibió el honor de ser enterrado junto a las tumbas de Beethoven y Schubert en Viena.

(34).- Ante ese desagradable suceso, Nietzsche sintió una profunda decepción respecto de la categoría y la talla personal de Wagner, pues, de pronto, el sublime ‘maestro“ aparece despojado de toda majestad y grandeza, para comportarse como un pequeño déspota celoso, lleno de mísera debilidad para apreciar las cualidades de otro músico, sin tener que temer por la propia valía. T. Mann, escribe al respecto en su obra R. Wagner y la Música: “Cuando Wagner en un arranque de puerilidad tiró al suelo con rabia la partitura de Brahms, aquella prueba de celos artísticos y absolutismo causó en Nietzsche un vivo dolor”. Ed. Plaza y Janés, p. 94.

(35).- F. Nietzsche, Consideraciones Intempestivas: Richard Wagner en Bayreuth, p 5.

(36).- Ibidem, p. 20.

(37).- Ibidem, p. 25. En la segunda parte de Humano, demasiado Humano, dice al respecto: “La apropiación de las antiguas leyendas indígenas por parte de Wagner, el libre uso que se permitió de las divinidades y de los héroes extranjeros que son en el fondo, soberanas y auténticas fieras con profundidad, grandeza de alma y saciedad de vivir, todo este procedimiento de Wagner en lo que tomaba prestado, en lo que añadía con relación a las figuras y a las palabras, expresa también claramente el espíritu de su música”. af. 171.

(38).- Ibidem, p 8

(39).- lbidem, p 22

(40).- Ibidem, p 26.

(41).- Ibidem, p 27

(42).- Ibidem, p 37

(43).- Ibidem, p 8

(44).- Ibidem, p 39.

(45).- Ibidem, p 44.

(46).- Ibidem, p 48.

(47).- Ibidem, p 49

47b)- Ibidem, p 52

(48).- Ibidem p 53

(49).- Ibidem, p 55

(50).- Ibidem, p 55

(51).- lbidem, p 66

(52).- Ibidem, p 67

(53).- Ibidem, p 68

(54).- Ibidem. En el af 158 de Humano, demasiado Humano, Nietzsche dirá al respecto: “La fatalidad de los grandes talentos artísticos es que ahogan muchos gérmenes y fuerzas más débiles y hacen el vacío alrededor de ellos”.

(55).- Ibidem, p 77

(56).- Ibidem, p 78

(57).- W. Goethe, Werther, Alianza Edit., Madrid, 1969, p 31

(58).- En estos festivales acudieron entre otros, el "Kaiser” Guillermo I, que presenció algunas representaciones, el rey Luis de Baviera que se constituyó en el mecenas y protector de esta empresa, el sultán de Turquía, embajadores, duques y barones, junto con otras gentes llegadas de distintas comarcas y ciudades.

(59).- F. Nietzsche, Ecce Horno, del aptdo: Humano, demasiado Humano.

(60).- Id., Nietzsche contra Wagner, p 430,

(61).- Correspondencia, carta del 4 de enero 1878, p 134. Diez años después, le dirá algo similar a K. Knortz: "Durante algunos años, que fueron. los más valiosos de mi vida, estuve unido a Richard Wagner y a la sra. Cósima Wagner con la mayor confianza y la comprensión intima”. Ibidem, carta 21 Junio 1888, p 143.

(62).- F. Nietzsche, La Voluntad de Poder, af 990.

(63).- Id, Correspondencia, carta agosto 1878

(64).- El Parsifal fue oficialmente estrenado el 26 Julio 1882, y en relación a Humano, demasiado Humano, Nietzsche, se refiere en el af. 141, al “insoportable cristianismo superlativo de Calderón”.

(65).- Cósima le escribe a Elisabeth, hermana de Nietzsche, manifestándole sus sentimientos:: “El libro de tu hermano me ha llenado de preocupación: ya sé que estaba enfermo cuando escribió todas esas frases intelectualmente tan irrelevantes, moralmente tan deplorables, cuando él, el pensador profundo, trata con superficialidad de todo lo serio y habla sobre cosas que no conoce... el lenguaje me ha parecido pretencioso y descuidado, casi en cada frase se aprecia superficialidad y sofística infame”. E. Forster Nietzsche: La vida de F. Nietzsche, una biografía vol. I., C.G. Naumann Leipzig 1895.

(66).-En el aptdo. de Humano, demasiado Humano, dice Nietzsche: “Cuando por fin tuve en mis manos el libro acabado, mandé, entre otros, dos ejemplares también a Bayreuth. Por un milagro del azar me llegó al mismo tiempo un hermoso ejemplar del texto de Parsifal con una dedicatoria de Wagner a mí, “a su querido amigo F. Nietzche, R Wagner, consejero eclesiástico”. Debido a su escaso sentido del humor, Nietzche no capta la intencionada ironía de Wagner al autodenominarse “consejero eclesiástico” y con su característica seriedad, termina diciendo: “En este cruce de los dos libros -a mí me pareció haber oído en ello un ruido ominoso-. ¿No sonaba como si se cruzasen espadas”?. Al recibir el texto del Parsifal, Nietzsche le comenta a R von Seydlitz: “Ayer recibí en casa el Parsifal que me mandó Wagner. Impresión de la primera lectura: más Litz que Wagner, espíritu de la Contrarreforma A mi que estoy demasiado familiarizado con lo griego, con lo humano-general, me resulta demasiado cristiano, temporal, limitado”. Correspondencia, carta desde Basilea, 4 enero 1878.

(67).- En esta misma carta le continúa diciendo: “Si Wagner supiera todo lo que alberga mi corazón contra su arte y sus objetivos me tendrían por el peor de los enemigos” Correspondencia carta a R von Seydlitz 11 junio 1878, p 67. A su amiga Malwida von Meysenbug le confiará su temida premonición ‘Yo ya sabía desde hace mucho tiempo que en el instante en que se percatara del abismo que existía entre nuestros anhelos, Wagner se separaría de mí”. Ibidem, carta 14 enero 1880, p 80.

(68).- Cósima le escribe a Overbeck y le dice con la sensación de impotencia para poder enderezar la situación: “¿Como sería posible olvidar a ese amigo tan grande separado de mi? ¡y no solo no poder hacer nada, sino no deber tampoco!”. Cósima Wagner: Diarios, cartas del 1 y 19 octubre 1979. Piper Verlag, Munich, 1976

(69).- Fue Malwida von Meysenbug, amiga de Wagner y de Nietzsche, la que hizo de mediadora para intentar reconciliar a estos dos personajes. Lou Salomé relata en su libro Nietzsche, Viena, 1896, p 78, la irritación de Wagner al conocer que Nietzsche rechazaba la invitación que le hizo para asistir al estreno del Parsifal. En junio de 1878, Nietzsche le escribe a Matilde Maier: “de la grandeza de Wagner pocos pueden estar tan firmemente convencidos como yo, pocos saben tanto al respecto. A pesar de ello, de partidario incondicional suyo que era, me he convertido en condicional”. En enero del 80, le escribe a Malwida, para decirle que ya no es posible recuperar las relaciones con Wagner: "Han pasado tres años sin recibir la menor noticia de él... Pienso en él con perseverante agradecimiento, pues le debo uno de los mas enérgicos impulsos de mi independencia espiritual. En cuanto a la Sra Wagner, es la mujer más adorable que he encontrado en mi vida Pero soy incapaz para todo tipo de trato y, sobre todo, para reanudar las relaciones. Es demasiado tarde. Correspondencia, carta 14 enero 1880, p 79. Medio año mas tarde, le dice a Köselitz, lleno de dolor, por tantos excelentes recuerdos que le sobrevienen ante la perdida amistad con Wagner: “Sufro mucho cuando me veo privado de simpatías; y nada puede compensarme de haber perdido, por ejemplo, las simpatías de Wagner ¡Cuántas veces no sueño con él y siempre rodeado de la atmósfera de nuestra antigua unión!. Nunca pronunciamos una mala palabra entre nosotros y sí en cambio, muchas que fueron alentadoras y serenas, y con nadie he reído tanto como con él. Pero todo ha pasado ¡y de que sirve tener razón contra él! ¡Cómo si eso pudiera borrar de mi memoria aquella simpatía perdida! Ibidem, carta desde Marienbad, 20 agosto 1880, p 83.

(70).- F. Nietzsche, Correspondencia, carta a Overbeck, 22 febrero 1883. Tres días antes había escrito a Köselitz, sobre este acontecimiento: “La muerte de Wagner ha sido el alivio más esencial que se me pudiera proporcionar. Ha sido muy duro tener que ser durante seis años adversario de aquel a quien más se ha venerado, y yo no tenía una constitución lo suficientemente grosera para ello”. lbidem, carta 19 febrero 1883, p 99.

(71).- En el Prefacio de Nietzche contra Wagner, dirá refiriéndose a esta obra: “Los siguientes capítulos han sido seleccionados en su totalidad, no sin cautela entre mis escritos anteriores, algunos datan de 1877; acaso aclarados aquí y allá, sobre todo abreviados"

(72).- F. Nietzsche, El Caso Wagner, p 13.

(73).- En el párrafo donde utiliza esta expresión escribe concretamente: “Este mes recibirás un nuevo envío: una pequeña obra estética en la que por primera vez expongo a la luz con entera libertad, el problema psicológico de Wagner. Es una declaración de guerra sin perdón a todo ese movimiento: en última instancia soy el único que posee un conocimiento y una profundidad suficientes para no andar a tientas en este terreno. Correspondencia, carta 14 septiembre 1888, p 148. Pocos días después le escribe lo mismo a Malwida: ‘El libro de ‘El Caso Wagner” es una declaración de guerra “in aestheticis”, de una radicalidad que no puede ser mayor, parece haber provocado un considerable revuelo”. Ibidem, carta 4 octubre 1888, p 152.

(74).- F. Nietzsche, Nietzsche contra Wagner, Prefacio.

(75).- Id., 1ª parte de Humano, demasiado Humano, af 190. M. de Montaigne, escribe en sus Ensayos, uno de los libros preferidos por Nietzsche: ‘Es suprema torpeza que determinados autores se contentan con la aprobación del vulgo y se desacreditan ante las gentes de entendimiento”. p 63. Y más adelante dice Montaigne: “Corresponde a las almas grandes y los espíritus elevados el ir en contra de la corriente general”. p 71. Colecc. Nuevos Clásicos, Barcelona, 1978.

(76).- En el af 204 de Más allá del Bien y del Mal, dice respecto al afán por valorar a los escritores según la moda imperante en Alemania: “A la vista de los representantes de la filosofía que hoy, gracias a la moda están por encima como por debajo en Alemania, por ejemplo el anarquista E. Düring”. Con motivo de su Intempestiva dedicada a Strauss, le escribe a Wagner el 20 mayo 1873: “He leído el “viejo y nuevo credo” de D. Strauss, admirándome de la obtusidad y vulgaridad, tanto del pensador como del escritor”, p 46. Quince años más tarde en Ecce Homo, af 7, en el aptdo: “Por que soy tan sabio”, recordará el malestar que le causó la amplia aceptación que tuvo el libro de D. Strauss: “Así es como ataqué a D. Strauss, el éxito en la cultura alemana de un libro de debilidad senil”, En el aptdo: “Las Intempestivas”, de esta misma obra continúa expresando sus acerbas críticas en contra de este escritor: “A David Strauss, a quien yo había puesto en ridículo presentándolo como el tipo de filisteo alemán de la cultura y como un "satisfait" en suma, como el autor de su evangelio de cervecería"

(77).- F. Nietzsche, El Caso Wagner, del Post-Scriptum.

(78).- Id., Nietzsche contra Wagner, p 421.

(79).- lbidem, p 417.

(80).- Id., El Caso Wagner, p 18.

(81).- Id., Más allá del Bien y del Mal, af 256. En el af 97 de la misma obra, se pregunta: “¿Como? ¿Un gran hombre? Yo veo siempre tan sólo al comediante de su propio ideal”.

(82).- F. Nietzsche, El Caso Wagner, p 27.

(83).- Id, 2º Post-Scriptum. También en Ecce Horno, del aptdo: El Caso Wagner, af 1, lo acusa como el “Cagliostro” de la música: "Yo tengo que desenmascarar a otros desconocidos completamente distintos y no aun Cagliostro de la música”. En Más allá del Bien y del Mal, af 205, refiriéndose a los peligros que amenazan al filósofo, escribe: “Quien se haya perdido el respeto a si mismo no es ya en cuanto hombre de conocimiento, el que manda, el que guía, tendría, pues, que querer convertirse en el gran comediante, en el Cagliostro y cazarratas filosófico de los espíritus, en suma, en seductor”, denominación que también aparece en La Gaya Ciencia. En el af 422 de La Voluntad de Poder, aplicará esta denominación, nada menos que a Platón: “Platón un gran Cagliostro. Recordemos la manera como le juzgaba Epicuro y Timón el amigo de Pirrón”.

(84).- Id, El Caso Wagner, p 17.

(85).- Id, Ibidem, 2º Post-Scriptum, p 37.

(86).- Id, El Caso Wagner, p 26.

(87).- Id, Post-Scriptum,

(87b)- La Voluntad de Poder, af 844.

(88).- Id, El Caso Wagner, p 10.

(89).- Id, Correspondencia, carta a H. Köselitz, 8 diciembre 1881.

(90).- Id., El Caso Wagner, p 8.

(91).- Id, Más allá del Bien y del Mal, del aptdo: Pueblos y patrias, af 254.

(92).- Id, El Caso Wagner, Post-Scriptum.

(93).- Id, El Caso Wagner, p 11.

(94).- Ibidem, p 12.

(95).- Ibidem, p 12

(96).- lbidem, p 13. Nietzsche siempre profesó una gran estima y admiración por Cósima. Es quizá la mujer que más apreció, y la denominó “Ariadna”, ya que él se consideraba su “Teseo”. Nunca le manifestó -cosa difícil en Nietzsche- el más mínimo reproche. En carta que escribe a Malwida, le dice entre otras cosas: “La Sra. Wagner es la mujer más adorable que he encontrado en mi vida” (ver nota 69). C. P. Janz, dice que: "Cósima fue para Nietzsche la mujer más admirable, la mujer más sublime y para él inalcanzable”. op. c. Vol. III., p 121.

(97).- Id. El Caso Wagner, p 29.

(98).- Ibidem p 17.

(99).- Id, Nietzsche contra Wagner, p 428. En La Genealogía de la Moral, escribirá: “En el poeta creador del Parsifal había una identificación en el alma de la Edad Media, un aislamiento hostil, lejano de todo lo que se parezca a altura, a severidad y a disciplina de espíritu, una especie de perversidad intelectual”, af 4. Disertación 3ª: “Cual es el fin de todo ideal ascético”.

(100).- Diario de Nietzsche, 25 noviembre 1887. El gran compositor Franz Liszt (1811-1886) padre de Cósima, fué siempre un ferviente católico. De ahí procede el que Nietzsche considerara que Wagner, por medio de Cósima, estuviera sometido a la influencia de la fe católica.

(101).- Id, Nietzsche contra Wagner, p 430. En el af 3 de la 2ª parte de Humano demasiado Humano, escribe algo muy similar: “R. Wagner un romántico caduco y desesperado, se hundió de pronto, irremediablemente anonadado ante la santa cruz. ¿Ningún alemán tenía ojos para ver, para lamentar ese horrible espectáculo?. Thomas Mann, comenta al respecto: “Nietzsche insinúa que Wagner al final de su vida se vió vencido y roto por la cruz, pero pasa por alto que el mundo anímico del Tannhauser anuncia ya el del Parsifal, obra impregnada de profundo romanticismo cristiano”. Op. c. p 70. No obstante, consideramos que el juicio que emite Mann sobre el supuesto y profundo “romanticismo cristiano” de Wagner, no se ajusta del todo a sus sentimientos, pues en el fondo tenía una concepción agnóstica y pagana de la vida. En un articulo que decía que el Parsifal era una obra inspirada en el cristianismo, el mismo Wagner aclara este supuesto: “Se ha ido demasiado lejos haciendo del Parsifal una figura del Salvador. Yo no pensé en absoluto en el Salvador”, Diario de Cósima Wagner Piper Verlag, Munich, 1976. Pensamos que Nietzsche es, en este caso, más clarividente que Mann, cuando en La Gaya Ciencia, af 99, comenta la confusa claridad de Wagner respecto del cristianismo, al considerar que es una derivación del budismo: “Schopenhaueriano es el intento de Wagner de considerar al cristianismo como una semilla extraviada del budismo”.

(102).- Ibidem, p 424. A pesar, de estas duras críticas en contra del Parsifal, cuando Nietzsche tuvo la oportunidad de oir por primera vez el preludio de esta obra en Montecarlo, le manifiesta a Köselitz su entusiasmo por la que consideraba la mayor gloria de las obras wagnerianas: "Recientemente oí por primera vez el preludio del Parsifal. ¿Ha hecho Wagner nada mejor?... una transparencia de la música como arte descriptivo que hace pensar en un escudo perfectamente trabajado, y una sublime y extraordinaria sensibilidad, vivencia, experiencia del alma de la música que pone a Wagner en la mayor de las glorias... una altura en el sentido más terrible de la palabra, una profundidad y una penetración capaz de cortar un alma con el filo de una navaja. Algo parecido sólo se ve en Dante, y en ninguna otra parte”. Correspondencia carta 21 enero 1887, pp 113-114. Thomas Mann, que considera que en el fondo nunca hubo una verdadera ruptura entre Wagner y Nietzsche, también dirige grandes alabanzas al Parsifal: "Ciertas cosas, la magia del viernes Santo, el bautismo, la grandiosa música de la transubstanciación del tercer acto y el inolvidable cuadro final, ese sublime triunfo del romanticismo, son sencillamente irresistibles La música, lo más moderno y lo ultimo. Nadie ha podido superarla. Del Parsifal viven y se nutren todos. ¡Qué tremenda fuerza expresiva!“. R. Wagner y la Música, carta a Walter Opitz, p 26.

(103).- Id., La Voluntad de Poder, af 835. Esta consideración de que Wagner es el “ultimo”, aparece en el af 835 de La Voluntad de Poder, y volverá a utilizarla en el af 837 de la misma obra al considerarle el “ultimo gran romántico”, y en Richard Wagner en Bayreuth, al decir que fue “el último y supremo genio” (ver nota 52).

(104).- Ibidem af 410.

(105).- Ibidem, af 85.

(106).- Id, Nietzsche contra Wagner, p 423.

(107).- Id, El Caso Wagner, Prefacio.

(108).- lbidem, p 16.

(109).- Id, Nietzche contra Wagner, p 431.

(110).- Ibidem, p 29.

(111).- Ibidem, p 22.

(112).- p 33.

(113).- El Caso Wagner, Post-Scriptum. Nietzsche acusa a Wagner como el modelo del virtuosismo para el resto de los artistas, utilizando la misma acusación que en El Origen Tragedia había aplicado a los que motejaba como artistas decadentes” de la música italiana: “Wagner marcha a tambor batiente al frente de todos los artistas en la exposición de la representación del virtuosismo" lbidem.

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