Mística
1. Etimología y significaciones. De las voces griegas mió, miéó, místés,
mistikós, mistérion: cierro la boca, estoy cerrado. De donde se derivó a
aplicarlo a los iniciados en las religiones «de misterios» (v.) tan florecientes
en los siglos que cabalgan en torno a nuestra Era. El sentido etimológico es,
pues, el de algo secreto y arcano. Y esa nota de ocultismo la conservará siempre
y en todas sus derivaciones. De las religiones mistéricas tomaron la palabra
mistikón los autores cristianos, aunque en el N. T. nunca aparece. El sentido
fue siempre religioso. La palabra mistérion recibió sentidos religiosos y
profanos. En sentido religioso la utilizó abundantemente S. Pablo. Y de ella se
derivaron en latín mysterio y sacramento, de tan larga historia.
Mística: algo secreto, «misterioso», religioso. Pero su aplicación y contenido
en el uso cristiano, y en el uso secularizado procedente del cristianismo, ha
recibido múltiples significaciones.
La primera se refiere a la exégesis (v.) espiritual de la Escritura. La escuela
de Alejandría (v.) gustó mucho de ella frente a la exégesis más literal de la
escuela antioquena (v. ANTIOQUÍA IV). Es ese aspecto que profundiza en el
sentido literal para descubrir allí el mensaje de salvación que se encierra. Por
eso sentido místico, sentido pleno (v. HERMENÉUTICA). Hay que saber leer en
aquellos textos semíticos, a través de sus géneros literarios (v.) peculiares y
su sensibilidad mental propia, la historia de salvación. Hace falta para ello la
iluminación del Espíritu Santo, que ha inspirado esos textos. Pero todo
bautizado es un iluminado por la fe, y puede llegar a ese conocimiento místico
de las enseñanzas contenidas en la S. E. (1 lo 2,20 y 27). La Iglesia,
depositaria e intérprete oficial de la misma, por medio de su magisterio
jerárquico, dará a veces la interpretación auténtica. Sentido que en definitiva
es Cristo, su misterio pascual. Todo el A. y el N. T. hablan de Él y convergen
en Él (Lc 24,45). Por eso «ignorar las Escrituras es ignorar a Jesucristo» (S.
jerónimo, In Is., prol., PL 24,17). Es la exégesis de tantos Padres griegos, y
hasta latinos, empezando por el gran Orígenes (v.). La exégesis del mismo S.
Juan de la Cruz (v.), el místico por antonomasia del cristianismo. «Si la
mística de S. Juan de la Cruz no fuese una mística de exégesis espiritual, ¿qué
sería su experiencia cristiana desde el momento que él parece ignorar los
sacramentos? ¿Cómo se diferenciaría de una mística natural? El valor de la
mística de S. Juan de la Cruz se apoya, al menos en gran parte, sobre la
legitimidad de su exégesis; es más, cuando es exegeta es cuando es
verdaderamente grande: su mística trinitaria reposa toda entera sobre su
exégesis» (D. Barsotti, Vie mystique et mystére liturgique, París 1954, 38). No
es verdad que S. Juan de la Cruz ignore los sacramentos, ignore la Eucaristía,
pero ciertamente es en la Biblia donde fundamenta principalmente su experiencia
y su doctrina sobre la vida m. cristiana. Pero anotemos que la S. E. no es sólo
signo o símbolo del misterio; la Palabra de Dios es ya el mismo misterio
desvelado como vida a los hombres.
El segundo sentido que los Padres han dado a la palabra mística, y a su derivado
misterio, ha sido para designar la Liturgia (v.), los «sagrados misterios». En
esto va a la cabeza, como en otros varios temas, más que como iniciador, como un
barroco epigono-resumen, el seudo-DioniSio (v. DIONISIO AREOPAGITA). Sus De
ecclesiatica hierarchia, y De coelesti hierarchia son significativos. Y no son
los misterios paganos los que inspiran los ritos litúrgicos cristianos ni a sus
intérpretes, sino el misterio de Cristo, presencializado y actualizado en los
signos sacramentales, en su aspecto formal tomados en parte de la liturgia
judía.
En el terreno de la teología estricta las palabras misterio y mística se manejan
frecuentemente y en sentido polivalente. Arranca el uso de S. Pablo (misterio de
Cristo), y pasa a la reflexión teológica según múltiples aplicaciones: la más
conocida es la de llamar místico al Cuerpo (v.) de Cristo (en sentido
sacramental: la Eucaristía; y en sentido eclesial: el símbolo paulino del Cuerpo
de Cristo). Siempre con un sabor de secreto, de misterioso en nuestro lenguaje
vulgar actual, como algo de difícil acuñación dialéctica y por ende de expresión
huidiza.
Y llegamos a la acepción que más nos interesa en este artículo. M. se aplica al
plano del conocimiento de Dios y de su revelación a nosotros. En el ámbito de la
fe (v.) puede darse una gama extensa en el conocimiento de su objeto y de los
signos que lo envuelven, cuantitativa y cualitativamente. Respecto a este
segundo aspecto sobre todo surgió en seguida la distinción, en parte
neotestamentaria y judeo-cristiana y en parte helénica, entre un conocimiento de
fe elemental y común y un conocimiento más profundo y perfecto y por lo mismo
más esotérico y limitado: fe corriente y gnosis (v.). Los alejandrinos, y el
mismo S. Ireneo, lo subrayaron y pusieron en circulación. Y la palabra m. se
empleó en este concreto sentido. (Orígenes, In Joan., 1,30: PG 14,84; XIII,25:
PG 14, 400...). Los Padres griegos con matices distintos lo utilizaron. El
pseudo-Dionisio lo consagró con su De mystica theologia. Toda la literatura
espiritual de la Edad Media. más aún la latina que la griega, insistió en ello.
Y llega así hasta nosotros. Un conocimiento de Dios «teológico», en el sentido
primigenio de la palabra, que es intuitivo, amoroso, sabroso, experimental. Así,
en general. Luego volveremos sobre ello, pues es nuestro tema.
Como instrumento de trabajo, para entendernos provisionalmente al menos, podemos
llamar mística o mística teologal a la realidad misteriosa de la misma, sea la
que sea; mística teología a la conciencia que el «místico» tenga de aquélla. Y
teología de la mística a la reflexión teológica, científica, acerca de la misma.
(Irene Behn propone, mirando a los escritos espirituales, en Spanische Mystik,
Düsseldorf 1957, la siguiente denominación: mistográfico todo documento
espiritual en general, sobre todo si es confidencial de la vida espiritual del
que lo escribe; mistagógico si el escrito tiene una finalidad formadora para
otros, como las homilías, p. ej.; mistológico cuando se hace una valoración
teórica y científica de la vida espiritual). Ahora nos interesa precisar qué
pudiera entenderse por mística sin más.
2. Falsos conceptos de mística. Para muchos, antes y
todavía hoy, m. es todo ese conjunto de anormalidades que, bajo un signo más o
menos religioso, se pueden dar en el somasiquismo de algunos. Es una parcela del
fenómeno del maravillosismo, que tanto ha impresionado siempre, aun dentro del
cristianismo, a partir sobre todo de la Edad Media. Todo lo anormal se explica
por intervenciones extraordinarias de fuerzas superiores y trascendentes:
ángeles y demonios, santos o duendes, dioses o Dios. Cuando lo anormal se da en
el hombre también se explica «milagrosamente». Hasta tiempos relativamente
recientes no se sospecha (al menos por la mayoría) que mucho de ello pueda ser
algo natural, aunque anormal al mismo tiempo. Las ciencias experimentales y las
ciencias psicológicas modernas han hecho replantear el problema. Mucho de todo
ese conjunto de fenómenos puede ser algo natural, morboso casi siempre.
Incluyamos en ello muchas «visiones» (v.), «locuciones» (v.), «levitaciones»,
«estigmas», «éxtasis»... Su causa puede ser natural. La naturaleza en ciertas
condiciones especiales, extraordinarias, reacciona anormalmente, o por
constitución predispositiva, o por enfermedad y desequilibrio funcional (el
sistema nervioso juega aquí un papel de primer plano aliado más o menos con
otros sistemas), o por una preparación gimnástica, ascética, a la que puede
contribuir por contagio el ambiente externo. O la causa puede ser preternatural:
otros seres superiores, sin excluir al demonio. O puede ser totalmente
sobrenatural, Dios. Aquí no entramos en el estudio de los criterios que pudieran
emplearse para discernir en este vidrioso y difícil problema. Sólo indicamos que
a todo eso se ha llamado, por no pocos, mística (v. FENÓMENOS MÍSTICOS
EXTRAORDINARIOS).
Sobre todo el éxtasis (v.) ha acaparado mucho la atención de los estudiosos, y
ha venido a ser para muchos como el signo de la m. sin más. Véase la importancia
que adquiere en el chamanismo (v.), en el hinduismo (v.) y budismo (v.; V. ZEN),
en las religiones platonizantes, sobre todo en Plotino, en las religiones «de
misterios», en el mismo judaísmo, después en el cristianismo, y en el Islam (v.
SUFIES). Y esto tanto en la práctica como en la teoría. Porque hay una
metafísica del éxtasis que quiere explicar el contenido objetivo del mismo como
causa radical del fenómeno psicológico interno y hasta externo que es en sí
mismo. Y hay después unas técnicas más o menos artificiales que pueden acompañar
al mismo o a los remedos contrahechos del mismo (v. YOGA). Ese «ensimismamiento»
puede ser un en-tasis, concentración de vida interior provocada por Dios, por el
mismo sujeto, por quien sea. Pero que es un repliegue, un entrar más en sí, un
encontrarse más con su centro profundo. O puede ser un éx-tasis salir fuera de
sí, abstraerse ante la fuerte llamada de algo exterior a él, que absorbe la
atención del espíritu. Y una u otra forma puede comportar una suspensión de la
actividad sensorial, una paralización de la vida en varios de sus estratos.
Puede ser, por tanto, producto de la atención deseosa del sujeto, de su siquismo
exaltado, de sus nervios impresionables, o puede ser por causas distintas al
mismo, desde las drogas hasta la presencia y actuación fuerte del Espíritu
divino. Puede por lo mismo ser un enriquecimiento precioso, un superar
psíquicamente sus límites, o puede ser un empobrecimiento degenerante. Puede ser
una conciencia potenciada, siquiera sea en una dirección determinada, sobre un
objeto iluminante, vivificante, o puede ser una pérdida de conciencia, una
ensoñación evanescente.
Que en la vida de algunos místicos esos fenómenos, el éxtasis externo en
especial, se encuentran con frecuencia, es evidente. (El éxtasis interno en
cuanto intensa atención amorosa a la presencia y llamada de Dios, dejémoslo
ahora aparte). Pero hay que afirmar a la vez que ellos, aun en el mejor de los
casos, en el supuesto de que fuesen auténticos en el sentido de queridos por
Dios, no constituyen la m. esencial. Pueden ser -y son en la mayoría de los
casos- fenómenos naturales, anormales y casi siempre morbosos. Y cuando no lo
son, particularmente el éxtasis externo, es un tributo de la debilidad somática
del que los padece. Cuando el cuerpo se va «acostumbrando» a las fuertes gracias
espirituales suelen desaparecer, como ocurrió en el caso típico de S. Teresa de
Jesús (v.).
Sin embargo, se les ha dado demasiada importancia y se puso mucho el acento en
ellos al hablar de la m. Al menos se les involucró excesivamente con ella. Y,
por tanto, se fue haciendo de la misma algo puramente psicológico, experimental
y sensible. Lo peor fue que los sicólogos de profesión y los historiadores de
las religiones polarizaron su interés en ellos, vieron en ellos el objeto de la
m., y se pusieron por su cuenta y según sus propios métodos a disertar sobre «el
hecho místico». El resultado ha sido desolador. La m. cristiana quedó malparada,
casi en ridículo. Su contenido parecía así pobre y despreciable, y se confundía
con tantos fenómenos humanos sin importancia, a veces hasta inconfesables.
Para muchos de esos psicólogos y psiquiatras los fenómenos llamados místicos
quedan reducidos al mundo de lo morboso. Al menos universalizaron demasiado. Es
célebre el estudio de P. Janet (v.) sobre la pobre «Madaleine» (De l'angoisse á
Pextase, 2 vol., París 1926-28). La m. rondaría o estaría dentro del terreno de
la neurosis (v.) en varias de sus formas. Y hay que conceder que en bastantes
casos pseudomísticos ha sido así, y hasta que pueda darse auténtica vida
espiritual y m. en sujetos afectados de neurastenia o histeria, etc. Pero en
otros muchos casos no es así, o sencillamente se ha dado m. espléndida sin
ninguno de los fenómenos concomitantes, totalmente accidentales y hasta extraños
a ella.
Para otros psicólogos «lo místico» es algo profundamente biológico, la expresión
culminante de ese «sentimiento religioso», que satisface la necesidad de
existir, de expansión vital, de superar la finitud angustiante; así J. H. Leuba
(Psychologie du mysticisme religieux, París 1925). Para algunos, en la línea de
Freud (v.), la m. no es más que la sublimación religiosa del erotismo (M. de
Montmorand, Psychologie des mystiques catholiques orthodoxes, París 1920; R.
Landau, Sexe, vie moderne et spiritualité, París 1948). Los éxtasis, visiones y
alocuciones, alucinaciones, aideísmo, consolaciones y desolaciones..., todo se
explicaría así, y a eso se reduciría lo místico. Habría que examinar despacio y
documentalmente cada caso concreto. Es posible que algo de ello se haya podido
dar. Pero la explicación como tesis general es demasiado simplista, y responde a
una concepción semimetafísica acerca de la psicología humana que cada día se
demuestra más falsa.
W. James (The Varieties of Religious Experience, Londres 1902), y luego H.
Delacroix (Les grandes mystiques chrétiens, París 1938) y otros, sostienen que
los fenómenos místicos, que son la m. para ellos en general, no son
anormalidades ni sacudidas más o menos intensas de una vida espiritual. Son
sencillamente «genialidades» de signo religioso. Se trata de una actividad
psíquica natural y fuerte, como en el caso del genio filosófico, o matemático, o
artístico. Según ellos esa actividad, que viene cultivada sobre la base de una
grande atracción y afición, se remansa inadvertidamente en el subconsciente y
allítrabaja en silencio. Después, en un momento dado de saturación, por una
sacudida emocional, p. ej., cristaliza, e irrumpe en la conciencia, y puede
repercutir hasta en diversas zonas psicosomáticas de muchas maneras. Una
psicología profunda rica o complicada o defectuosa puede dar un gran juego para
todo esto. Delacroix no excluye en los que él llama «místicos mayores» que pueda
darse una dirección de la razón a lo largo de ese proceso subconsciente, ya sea
a través del cultivo de la vida religiosa normal, de la formación religiosa, del
control de sus manifestaciones, hecho por el mismo sujeto, o a través de una
dirección o influencias exteriores, que se aceptan o se padecen: una fe
religiosa formulada, culto institucionalizado, normas jurídicas, dirección
privada... Con esta explicación, que ofrece la psicología de lo profundo, todos
los aspectos del fenómeno quedarían suficientemente justificados: su aparente
genialidad, la sensación de algo nuevo que aparece pasivamente en la conciencia,
sin antecedentes positivos inmediatos que lo expliquen. La impresión es de que
algo heterogéneo a los procesos psíquicos propios, algo como llovido del cielo,
supraconsc¡ente, se mete en el alma, cuando en realidad es algo que surge desde
abajo, desde el sótano del sujeto mismo... Se explicaría también cómodamente el
parentesco que se da muchas veces entre la fenomenología m. de distintas
personas, pero cuyo archivo psíquico es parecido por ser de psicologías afines,
o estar afectadas por la misma tradición religiosa o el mismo ambiente cultural,
que, sin darse ellos cuenta, les presionan y estandarizan. Su vuelo religioso
queda por ello limitado, habiendo podido ser más audaz, como parece haber
ocurrido en algunos místicos más libres aunque heterodoxos (Cfr. también Í.
Baruzi, Saint lean de la Croix et le problérne de l'expérience mystique, 2 ed.,
París 1931; F. Von Hugel, The Mystical Element of Religion..., 2 vol., Londres
1908). No puede negarse que mucho de todo esto es verdad, y que hay que tenerlo
muy en cuenta al discurrir sobre m. Que por eso es extraordinariamente delicado
plantear el problema místico desde un ángulo experimental de visión. Fácilmente
se incide en un callejón sin salida. Y sobre todo, lo que hay que afirmar sin
ambages es que, por lo que a los fenómenos externos se refiere, ellos no son la
m., es más, en sana teología católica de la gracia hay que sostener que pueden
darse, aun siendo en algunos casos no ilusiones sino gracias actuales de Dios,
en hombres que ni vivan en gracia habitual, es decir, sin vida sobrenatural, en
ruptura pecadora con Dios. Por consiguiente en vidas que no tienen ni
inicialmente vida m. Así como puede darse vida m. altísima sin sombra de esos
fenómenos.
Recordemos también ese sentido desacralizado que hoy se da frecuentemente a las
palabras mística, místico. Es sencillamente el entusiasmo al vivir un ideal. Y
que le hace, por consiguiente, comunicativo, dinámico, contagioso. Ese ideal
puede ser el que sea: artístico, deportivo, político, religioso... Así se habla
de m. comunista, m. de matrimonio, etc.
B. JIMÉNEZ DUQUE.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia
Rialp, 1991