JOSEFO, FLAVIO


La favorable situación de las letras en tiempos de la dinastía Flavia (v.) y los acontecimientos que condujeron a la destrucción de Jerusalén (v.) pusieron en primer plano la historia judía, que J. describió. Es cierto que Palestina había entrado hacía varios siglos en la esfera de influencia griega; pero, aunque la historia de los judíos era conocida de griegos y romanos, nadie había osado considerarla al margen de los libros sagrados. Por eso, sólo una circunstancia como la destrucción de Jerusalén en el 70 pudo alentar a uno de ellos a escribir una Historia profana.
      Vida. Josefo n. en Jerusalén ca. el 37 y m. ca. el 100; pertenecía a una familia aristocrática sacerdotal y fue educado desde su infancia en el estudio de las ciencias religiosas; militó en diversos partidos dominantes en Jerusalén. -Poseía un gran talento y se sintió atraído hacia la vida ascética, cuando sólo tenía 16 años; se incorporó a la comunidad de esenios (v.) caracterizada por su vida cenobítica. Tres años más tarde, volvió a Jerusalén y se unió a la secta de los fariseos (v.). Entró al servicio del Templo, en el que debió de gozar de gran autoridad. En el 64, se trasladó a Roma para pedir la libertad de algunos sacerdotes arrestados por el procurador romano. En Roma, fue presentado a Popea, esposa de Nerón, y por medio de ella consiguió que les liberaran.
      Cumplida su misión, regresó a su patria para disuadir a sus compatriotas de hacer la guerra a Roma. Los acontecimientos desbordaron toda prudencia, y J. se vio implicado, quizá a su pesar, en la sublevación. Fue elegido general, pero las cosas no salieron bien para lis galileos; J., derrotado y perseguido, se refugió en la fortaleza de Jotapata, donde permaneció 47 días asediado. Tomada la fortaleza, J. y sus 40 compañeros se ocultaron en una cisterna hasta que, viéndose perdidos, decidieron darse muerte mutuamente. J. quedó en el último lugar y persuadió a su compañero para entregarse. Llevado ante Vespasiano, consiguió atraer su interés fingiéndose profeta. Vaticinó, en efecto, su elevación al Imperio, lo cual, habiéndose cumplido, le valió la libertad. Prosiguió en su intento de convencer a sus compatriotas para que desis, tieran de esta lucha desigual que sólo podía conducirles a una segura aniquilación. Todo fue en vano y, en el campamento de Tito, asistió al sitio y destrucción de Jerusalén. Después fue a Roma, donde Vespasiano le concedió el derecho de ciudadanía.
      Producción histórica. F. J. hizo una obra' muy útil como historiador del pasado judío; en esta tarea fue protegido por los Flavios. Él inició el resurgimiento de la historiografía griega, que en el s. I había decaído. Durante su permanencia en Roma, escribió cuatro obras. La más importante, la Guerra de los judíos en siete libros, se publicó entre los a. 75 y 79 en arameo y se tradujo al griego. Comienza con el levantamiento de los Macabeos y termina con la guerra contra los romanos. Como actor y testigo presencial de estos últimos hechos los refiere con sorprendente dramatismo. A veces imita a Tucídides, pero no es, como éste, objetivo, aunque su relato es veraz y su estilo conciso.
      Más tarde recopiló toda la Historia nacional en Las Antigüedades judaicas, pero esta obra no alcanzó el mérito de la primera. Comprende 20 libros, desde la Creación hasta el 66, en el reinado de Nerón. Los 10 primeros desarrollan los hechos del pueblo hebreo hasta la cautividad de Babilonia y es una síntesis de los libros del A. T., aunque utiliza, a veces, tradiciones judías y escritores antiguos.
      Buen narrador, describe bien los caracteres y psicología de sus personajes. Conoce las intimidades, las pasiones, las intrigas y pone bien de relieve los motivos de su proceder. Ordena en progresión los episodios y no se olvida de informar ampliamente sobre la moral, la religión y la esencia íntima del pueblo hebreo. Realiza una historia al margen de los valores religiosos, aunque insiste en la grandeza y singularidad del hebraísmo. Sin grandes defectos ni grandes cualidades de historiador, contribuye a completar el cuadro de la vida humana con el relato de las costumbres de uno de los pueblos más característicos del mundo antiguo. La objetividad y justicia de sus descripciones le convierten en un excelente modelo de la historia monográfica y nacional. Esto lo logró con tanto mayor éxito cuanto que no se propuso una sistemática exaltación de las glorias judías, defecto tan frecuente en las historias nacionales. No siempre es imparcial y se inclina a alabar a sus compatriotas, pero esta tendencia a defender a su pueblo no le pone en trance de falsear los hechos. A menudo expresa su deseo de mostrar la verdad escueta, sin detenerse ni derivar a las narraciones y modos que sirven exclusivamente para deleitar al lector: «La verdad -declara expresamente- ha sido mi única aspiración en todo este trabajo». Cierto que hubo de descargar a Vespasiano y Tito de toda culpabilidad en la destrucción de Jerusalén, cuando Tácito les acusa del incendio; y cierto que, pese a su protesta de desprecio por el estilo y la retórica, inventa discursos y busca el efectismo de la descripción. Pero en conjunto su obra reviste cierta grandeza y equilibrio.
      Una autobiografía añadida a las Antigüedades judaicas tenía por objeto defenderse contra las acusaciones que justo de Tiberiades había vertido contra él en otra Historia de las Guerras de los judíos. Es un relato detallado sobre su actividad en Galilea.
      Y, finalmente, quizá la obra más bella de J. es su tratado Contra Apión, cuyo título original fue Acerca de la antigüedad de los judíos y su finalidad defender y exaltar a su pueblo. Está dividido en dos libros. En el primero presenta la antigüedad del pueblo hebreo, sus costumbres, su culto, sus relaciones con los egipcios, apoyándose «en los escritos de los fenicios, los caldeos y los egipcios, y citando como testigos numerosos historiadores griegos», según él mismo dice. En el libro segundo de esta obra, refuta las calumnias contra los hebreos y ataca al gramático Apión por sus injurias y manifestaciones antisemíticas. Es un documento importante por el gran número de citas de autores antiguos, cuyas obras se han perdido. En ésta, como en todas sus obras, aunque se dedica a defender al pueblo judío, no se muestra como historiador heredero del mundo judío ni menos del egipcio, sino como heredero del mundo grecorromano, al que minimiza frente a la magnitud hebrea.
     
      V. t.: CELOTES; BIBLIA 11, Al.
     
     

BIBL.: J. M. CORDERO, Guerra de los judíos, Barcelona 1962; M. RICCIOTTI, La guerra judaica, Barcelona 1960; S. RAPPAPORT, Agada und exegese bei Flavius Josephus, Viena 1930; J. A. G. LARRAYA, Flavio Joselo. Las guerras de los judíos, Barcelona 1952; W. R. MACABEES, Zealots and Josephus, Nueva York 1957; M. GELZER, Die vita des Josephus, «Hermes» (1952); F. SCHWEIDLER, Sind die interpolationen im altrussichen Josephus Wertlos?, «Zeitschrift für die Neutestarnentliche Wisenschaft» (1950-51); R. LAQUEUR, Der jüdische Historiker Flavius Josephus, Giessen 1920; SHOLOMO PINÉS, La version arabe du Testimonium Flavianum et ses implications, Jerusalén 1971.

 

A. MONTENEGRO DUQUE.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991