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Una de las verdades reveladas con más gozosa evidencia en el N. T. es la
relativa al Don del Espíritu. Gran regalo y gran misterio a la vez, los
teólogos coronan la arquitectura del organismo sobrenatural (v.) de la
vida cristiana con la trilogía clásica: dones, bienaventuranzas, frutos.
La explicación teológica de tan maravillosa realidad se eriza, con todo,
de graves problemas. Tenemos señaladas, en tan breve preámbulo, las dos
rutas o las dos etapas sucesivas del presente estudio: la bíblica,
primero; la teológica, después.
1. El don del Espíritu. El «don de Dios» es el E. S., promesa,
viento, amor, que se torna realidad en Pentecostés. «Si conocieras el don
de Dios»: sugerente incitación, completada con la descripción sin velo de
su efecto primordial: «no tendrá jamás sed... se hará en él una fuente que
salte hasta la vida eterna» (lo 4,10 y 14). La samaritana, intuitiva,
junto al brocal del pozo de Jacob, sintió que se le incendiaba el alma (cfr.
ib. 4,15) en oración, en petición. En otro diálogo recogido en el
Evangelio cambian los personajes, pero el mensaje es el mismo: «Lo que
nace del Espíritu, es espíritu... El viento sopla donde quiere, y oyes su
voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va: así es todo el nacido del
Espíritu» (ib. 3,7-8).
De la necesidad a la promesa inminente; de la promesa a la plenaria
realización; del don dado a los maravillosos efectos que produce. Es el
itinerario que, a propósito del don del Espíritu, sigue la revelación a
través de la documentación bíblica que tenemos. Si de los diálogos con
Nicodemo y con la samaritana pasamos al sermón eucarístico de Cafarnaún, a
orillas del mar de Tiberíades, el tema retorna, llenándose con un dolorido
reproche: «El Espíritu es el que da la vida... Las palabras que yo he
hablado son Espíritu y vida. Pero hay algunos de vosotros que no creen»
(lo 6,63-64).
La promesa del don del Espíritu va acentuándose con ritmo de
inminencia: «El último día, el día grande de la fiesta, se detuvo Jesús y
gritó: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, según
dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su seno». Y el
Evangelista apostilla: «Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los
que creyeran en él, pues aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús
no había sido glorificado» (lo 7,37-38). En la despedida o sermón de la
Cena, insiste: «...vendremos a él y en él haremos morada... El Espíritu
Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Ese os lo enseñará todo» (ib.
14,23 y 25). Agrupados los motivos o ideas dominantes -Bautismo, Espíritu,
agua y fuego, testimonio- aparecen en el adiós de la Ascensión: «dentro de
no muchos días, seréis bautizados en el Espíritu Santo... Recibiréis la
virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis
testigos...» (Act 1,5 y 8).
Efectivamente, la promesa se cumplió, de un modo visible en el día
de Pentecostés (v.): «Se produjo de repente un ruido del cielo, como el de
un viento impetuoso... Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que
se posaron sobre cada uno de ellos, quedando llenos del Espíritu Santo» (Act
2,2-3); después, se repite en los fieles. San Pedro, en su primer sermón,
dice: «Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de
vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para
vosotros es esta promesa y para vuestros hijos, y para todos los de lejos,
cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro» (Act 2,38-39). Los Hechos de
los Apóstoles narran varias «venidas» del E. S. a los fieles (cfr. Act
10,44; 19,6; 9,31; 10,45, etc.).
Promesa, realidad, continuidad. Un nuevo dato lo constituyen los
efectos que produce en el cristiano el don del Espíritu. S. Mateo los
insinúa (cfr. Mi 10,20). Pero es, sobre todo, S. Pablo el que los describe
con todo lujo de detalles. El cap. 8 de la Epístola a los Romanos es un
continuo latido, fuerte, sin interrupción, de la vida del Espíritu
(8,1-7); es el camino de vida que siguen los que de verdad recibieron «el
espíritu de Dios» (8,8-13); es el gozo de sentirse «hijos de Dios»:
«Porque los que son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de
Dios.
• Que no habéis recibido el espíritu de siervos para recaer en el
temor, antes habéis recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos:
¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que
somos hijos de Dios; y si hijos, también herederos, herederos de Dios,
coherederos de Cristo, supuesto que padezcamos con él, para ser con él
glorificados» (8,14-17); es, en fin, efecto del E. el que cumple el plan
de Dios sobre los elegidos (8,28-39), aun en medio de los sufrimientos
(8,18-25), y el que ora por ellos: «El mismo Espíritu viene en ayuda de
nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene;
mas el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inenarrables» (8,26).
Por dos veces repite que el cristiano es morada del E. S. (8,9 y 11). Será
una de las verdades que recuerde a los Corintios: «¿No sabéis que sois
templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno
profana el templo de Dios, Dios le destruirá. Porque el templo de Dios es
santo, y ese templo sois vosotros» (1 Cor 3,16-17). La Epístola a los
Hebreos completa el cuadro doctrinal de los efectos, de un modo muy denso:
«Lo que toca a la perfección, eso es lo que me propongo exponer con la
ayuda de Dios. Porque quienes, una vez iluminados, gustaron el don
celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, gustaron de la
dulzura de la palabra de Dios...» (Heb 6,3-5). La conclusión a que se
puede y se debe llegar después de la lectura de los textos
neotestamentarios no deja resquicio a la menor duda: la misión del
Espíritu Santo es una verdad de fe (v. 11, 4). El E. S. es Alma de la
Iglesia, Divinizador del alma, Don de Cristo: «A cada uno de nosotros ha
sido dada la gracia en la medida del don de Cristo... Repartió sus dones a
los hombres» (Eph 4,7).
2. Existencia de los dones. Si la documentación que nos brinda la S.
E. a propósito del don del Espíritu es tan clara y abundante, la reflexión
teológica, en cambio, se eriza de problemas a poco que trate de penetrar
en el mundo misterioso de los dones del Espíritu Santo. Tres son los
problemas mayores en que tropieza la actual teología al tratar de este
tema. Uno, un cierto maximalismo consistente en exagerar el papel de los
dones en el desarrollo de la vida mística, con -la consecuencia de relegar
a segundo puesto las virtudes teologales que, sin embargo, constituyen el
eje de la misma; otro, un minimalismo que llega a suprimir o a negar, casi
como un elemento superfluo, los dones; tercero, un dualismo que establece
un doble orden de vías (la ascética y la mística) en el' proceso de
santificación del cristiano y, por tanto, un doble modo de actuación de
los dones. La diversidad de pareceres procede de distintos modos de
valorar y de interpretar la doctrina de S. Tomás, que es el «Doctor de los
dones» por antonomasia. Los partidarios de una o de otra opinión, sin
embargo, suscriben la sentencia de M. Llamera: «Muchos Padres y doctores
trataron de los Dones del Espíritu Santo antes y después de S. Tomás; pero
ninguno antes de él logró descubrir su condición peculiar y ninguno
después de él halló mejor explicación ni mejoró sustancialmente la que él
propuso. Puede afirmarse en verdad que la Iglesia no posee otra teología
de los Dones que la suya» (o. c. en bibl. 3).
Sobre la existencia de los d. del E. S., el parecer de los teólogos
recorre una -línea oscilante que va desde considerarla como dogma de fe
hasta negarla de raíz. Sin adoptar una posición radical, el teólogo
católico no puede menos de partir de la existencia como dato firme y
seguro aceptado como opinión común. Es una verdad teológica que tiene su
punto de apoyo en la S. E., en la Patrística, en la Liturgia; y, además,
lo respalda el Magisterio ordinario de la Iglesia. Los testimonios de la
S. E., en su conjunto, son muy fuertes; y, en concreto, destaca el texto
de Isaías que enumera las cualidades que brillarán en el Mesías como rey:
«Reposará el Espíritu de Yahwéh, espíritu de sabiduría y de inteligencia,
espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor
de Dios» (Is 11,2). La tradición, basándose en el uso que de él hace S.
Pedro («El Espíritu mora en nosotros»: 1 Pet 4,14), extendió este texto a
todos los fieles, de modo que en el alma en gracia habita el E. S. con sus
dones. Las otras pruebas son: a) la tradición constante de los teólogos,
que enlazan con los Santos Padres (cfr. Gardeil, o. c. en bibl., 1760 ss.);
b) la enumeración explícita del Sínodo Romano del año 382 (Denz.Sch. 178);
c) el indiscutible y radiante testimonio de la Liturgia en la fiesta de
Pentecostés («Veni, Creator Spiritus / Mentes tuorum visita / /mple
superna gratia... / Tu septiformis munere...») d) la enc. Divinum illud
munus (9 mayo 1897), de León XIII, carta magna consagradora de la teología
tomista de los dones (cfr. ASS 29,1896-97, 644 ss.). Se trata, por
consiguiente, de una verdad fundamental.
3. Concepto de don. a) Sentido genérico. La palabra don posee en
Teología, una rica carga de resonancias y de sentidos; su anchura
conceptual es enorme. Prescindiendo de la definición filosófico-ética
(acto de benevolencia, regalo, donación sin restitución, etc.), la S. E.
nos presenta todo el maravilloso mundo de la gracia cristiana como un «don
de amor»; Santiago advierte: «Todo buen don y toda dádiva perfecta viene
de arriba, desciende del Padre de las luces» (lac 1,17); y S. Pablo,
refiriéndose al ser cristiano por la fe y el bautismo, precisa: «y esto no
os viene de vosotros: es don de Dios» (Eph 2,8). El mismo E. S., como
enseña la teología trinitaria, es el don de Dios, fuente causal de todos
los dones divinos al hombre. El E. S. es ya don formalmente en sí mismo (cfr.
Sum. Th. 1 q37 a2). Es, además, el primer don dado: «Pues ha sido dado al
justo por la misión de las divinas Personas, y reside en él por
inhabitación. Entonces se entiende como amor esencial, ya que esta primera
donación para la santificación del alma es común a las tres divinas
Personas y sólo apropiada al Espíritu Santo». De este primer don de Dios
proceden todos los demás dones divinos, dados por amor y que participan
algo del amor divino (cfr. S. Tomás, In I Senl. d18 ql a2). Estos dones se
clasifican ordinariamente en dos grupos: 1) dones en sentido amplio
(creación, cte.); 2) dones en sentido estricto, que implican la donación
del E. S. (gracia habitual, virtudes infusas, los mismos dones). Pero el
término clon se aplica, por antonomasia, a los siete dones del E. S.
b) Sentido específico. En este sentido restringido, los dones del E.
S. se expresan con una preciosa metáfora: son como siete velas desplegadas
para recibir el soplo del E. Teológicamente se definen como «perfecciones
del hombre por las cuales se dispone a seguir dócilmente la moción del
Espíritu Santo» (quaedam perfectiones hominis, quibus disponitur ad hoc
quod bene sequatur instinctum Spiritus Sancti: Sum. Th. 1-2 q68 al y a3).
La gama de precisiones en torno a esta definición abarca una serie ancha:
su condición de hábitos o principios sobrenaturales de acción, distintos
de las virtudes infusas (cuestión capital), su necesidad, su número, sus
propiedades, su jerarquía, su dinámica, etc. Algunos de estos temas se
verán a continuación.
V. t.: CARISMA 1.
BIBL.: F. CEUPPENS, De Donis S.
S. apud Isaiarn, «Angelicum), 5 (1928) 525-538; 1. M. NICOLAs, Le don de
1'Esprit, «Revue Thomiste» 66 (1966) 529-574; M. LLAMERA, Unidad de la
teología de los Dones según S. Tomás, «Revista Española de Teología), 15
(1955) 3-66 y 217-270. V. t. la bibl. al final del artículo.
A. HUERGA TERUELO.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp,
1991
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