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l. Nociones bíblicas. Cuando el Catecismo de la doctrina cristiana enseña
que los frutos del E. S. son doce no hace más que redondear la enumeración
de S. Pablo cuando escribe: «Los frutos del Espíritu son: caridad, gozo,
paz, longanimidad, afabilidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gal
5,22). Este texto, base de la teología de los frutos del E. S. no
pretende, en modo alguno, la exhaustividad enumerativa. El Apóstol,
escribiendo a los Romanos, les habla sencillamente y les pregunta por los
«frutos de la carne» (cfr. Rom 6,19-21), a los que contrapone los «frutos»
del espíritu cristiano: «Ahora, libres del pecado y siervos de Dios,
tenéis por fruto la santificación y por fin la vida eterna. Pues la
soldada del pecado es la muerte; pero el don de Dios es la vida eterna en
nuestro Señor Jesucristo» (Rom 6,22-23).
La noción genérica de fruto es familiar a las primitivas comunidades
cristianas: en su sentido obvio, como realidad agrícola; y en su sentido
metafórico, aplicado ya al orden de la vida interior: frutos del E. S. El
Evangelio, con su vocabulario intuitivo, usa incesantemente la metáfora.
Por los frutos se conoce el árbol; por los frutos se conoce el cristiano (cfr.
Mt 7,16.20; 10,19; 12,33; Lc 3,9, etc.). La catequesis de los Apóstoles
insiste en la imagen. Pero es S. Pablo quien desarrolla con más amplitud
la metáfora, aplicándola al hombre cristiano -un árbol frugífero- y
distinguiendo el «fruto del Espíritu» del «fruto de la carne» (opera
carnis). La carne (v.), en la típica acepción paulina, se refiere no al
cuerpo físico, sino a la naturaleza caída, vulnerada, con su tendencia
natural (fecundidad natural, diríamos mejor) a producir sus frutos
amargos. También los «frutos de la carne» se enumeran, concluyendo: «y
otras (obras) como éstas», índice claro de que, tanto el catálogo de
frutos del Espíritu como el de fruto de la carne, no pretenden ser
completos (cfr. Gal 5,19-21). El «fruto» del Espíritu (el texto griego usa
la expresión en singular: karpos tou pneumatos) se entiende como una gama
feracísima de «obras» espirituales (v. Espíritu y carne, en ESPÍRITU II1).
2. Los conceptos teológicos. Sobre los cimientos bíblicos,
especialmente sobre la base de los textos de S. Pablo, la teología ha
montado la arquitectura de los frutos del E. S. La reflexión teológica de
S. Tomás sitúa el pequeño tratado de los frutos del E. S. en la parte alta
del edificio del organismo sobrenatural (v.) de la vida cristiana: gracia,
virtudes infusas, dones, bienaventuranzas, frutos. En sustancia, los
frutos son los actos virtuosos, maduros, del hombre espiritual y, por
tanto, entrañan una razón de último y de sabroso o deleitable.
S. Tomás distingue, con sumo cuidado, en la esfera de los actos
virtuosos, entre frutos y bienaventuranzas. Ninguno de los dos son
hábitos, sino actos segundos: esto tienen de común y por este título se
incorporan a la dinámica de la vida sobrenatural. Pero las
bienaventuranzas son actos ligados a los dones y los frutos son actos
deleitables de las virtudes sencillamente. La resolución definitiva
establece una jerarquía escalonada, que Juan de S. Tomás fijó así: 1°) los
actos virtuosos sin más; 2°) los frutos del E. S., que son los actos
virtuosos que producen las virtudes cuando están consolidadas; 3°) las
bienaventuranzas, que son actos producidos por las virtudes perfeccionadas
por el modo deiforme de los dones, o sea, actos más maduros, más heroicos,
más «divinos».
Tenemos, pues, que el nombre de fruto se traslada de lo corporal a
lo espiritual; fruto es lo que da el frutal cuando llega a plenitud y
madurez. No es fruto el campo y el árbol, sino el resultado, es decir, lo
que implica maduración, sabor, cosecha de deleite. «Llamando fruto del
hombre lo que éste produce, los mismos actos humanos son frutos... Fruto
de la razón. Mas si procede del hombre movido por una fuerza divina, que
es la acción del Espíritu Santo, entonces tal acto se llama fruto del
Espíritu Santo, que es el germen divino del hombre espiritual» (S. Tomás,
Sum. Th. 1-2 q70 al). Nueva precisión conceptual: «Para ser fruto basta
que algo tenga condición de último y deleitable; mas para ser
bienaventuranza se requiere, además, que sea algo perfecto y exquisito.
Por ello, todas las bienaventuranzas se pueden llamar frutos, mas no
viceversa. Frutos, en efecto, son cualesquiera obras virtuosas, en las que
el hombre se deleita; bienaventuranzas, sólo las obras perfectas. Por eso,
en razón de su perfección, se atribuyen más a los dones que a las
virtudes» (ib. a2).
El dinámico y múltiple proceso de perfección de la vida
sobrenatural, bajo el impulso del E. S., explica la diversidad de frutos.
S. Pablo enumeró una docena. S. Tomás, refiriéndose al número paulino, los
agrupa en tres haces, según los diversos objetivos a que apunta la
actividad del E. S. en el alma. Tal proceso se verifica en tres
direcciones: la) En cuanto al hombre mismo: caridad, paz, gozo, paciencia,
longanimidad); 2a) en cuanto al que está vecino, próximo: bondad,
benignidad, mansedumbre, fe o fidelidad; 3a) en cuanto al resto, que son
las circunstancias y los seres inferiores: modestia, continencia y
castidad, que dominan las «pasiones inferiores» (cfr. ib. a3). Por lo que
a la enumeración paulina se refiere, el Doctor Angélico acepta la
explicación de S. Agustín de que no se trata de una enumeración completa,
sino de una enumeración indicativa (Quaestiones evangelistarum, 1,4: PL
35,1325); pero, aun concediendo la posibilidad de enumerar más o menos
frutos, sostiene que todos los actos virtuosos pueden reducirse al esquema
de los doce (cfr. Sum. Th. 1-2 q70 a3 ad4). Un aspecto, sin embargo, en
que afina su penetrante análisis teológico es el de la correspondencia de
cada uno de los doce frutos con las virtudes y los dones en particular (cfr.
Sum. Th. 2-2 q8 a8; q29 a4; q30 a4; q52 a4; g121 a2; y g136 a4 ad3).
3. Los datos de la Mística. Si la elaboración teológica de los datos
bíblicos aparece tan objetiva, los místicos extreman su lúcido fervor al
describir experimentalmente la dinámica de la psicología cristiana. La
acción del E. S., a través de sus dones, es impetuosa, viento de fuego,
que va sazonando y llenando de dulzuras celestiales el duro esfuerzo
ascendente del alma. El tema de los «consuelos» o «delicias» que entraña
la vida espiritual por dentro, no obstante las asperezas ascéticas,
constituye uno de los puntos centrales en que insisten los maestros de
espíritu. No los consuelos tomados o buscados; sino los que se dan por
añadidura, y después de practicar la penitencia. La fruición de los bienes
que implica la vida cristiana radica en la estructura gozosa de la
caridad. Fray Luis de Granada, p. ej., espolea a las almas por el camino
de la virtud, proponiéndoles precisamente el tesoro del bien, de paz y de
gozo que encierra el amor de Dios y que nace, florece y fructifica en el
celeste rosal de la caridad: «Un suavísimo deleite, dice, que es aquel
maná que nadie conoce sino el que lo ha probado». Pero exige apartarse de
los bienes terrenos y, sobre todo, impone una ley de lucha ascética que es
fundamental: «Este bien se alcanza con el trabajo de las virtudes y
aspereza de vida y con la imitación de aquel Señor que dijo: Yo soy el
camino... Los pasos son humildad, paciencia, obediencia, pobreza..., y
otros tales». Un místico moderno, J. G. Arintero (v.), insistía en que los
frutos del E. S. son signos patentes de la caridad, y que, a medida que
ésta crece, «crecerán también de un modo o de otro... las finezas
(comunicaciones, regalos divinos) del Señor para con sus siervos» (Escalas
de amor, Salamanca 1927, 58).
El Conc. Vaticano 11 refrenda, en sustancia, el anterior esquema
doctrinal, en lo que a los frutos del E. S. atañe. Basta indicar tres
textos: a) «la caridad es buena semilla que debe crecer y dar fruto»
(Const. Lumen gentium, 42); b) los cristianos que «produzcan los frutos
del Espíritu» (ib. 49); c) «La santidad de la Iglesia se manifiesta
incesantemente y se debe manifestar en los frutos de la gracia que el
Espíritu produce en los fieles» (ib. 39).
V. t.: CARISMA II.
BIBL.: S. AMBROSIO, in Epistola
ad Galatas, 5: PL 17,368; S. AGUSrfN, In Epistola ad Galatas, 5: PL
35,2140; S. TOMÁS,
A.HUERGA TERUELO.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp,
1991
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