DOXOLOGÍA


Del griego doxa, gloria y logos, palabra, discurso, la d. es una fórmula litúrgica de alabanza y glorificación a Dios en la unidad de su esencia y preferentemente en la Trinidad de Personas divinas.
      La gloria designa en la Biblia un valor real, objetivo del dominio sensible más que la fama o estimación subjetiva. Referida a la divinidad designa a Dios mismo en cuanto se revela en su majestad y poder, por el resplandor de su santidad, por la irradiación fulgurante de su ser en las manifestaciones o teofanías (v.) y por sus portentosas intervenciones salvíficas (v. GLORIA DE DIOS). La d. es la formulación litúrgica de esa gloria, no sólo como expresión de un deseo subjetivo de que a Dios sea dada la glorificación, sino más bien como proclamación explícita de la realidad objetiva de la gloria divina. Toda la Biblia rezuma esta alabanza o glorificación de Dios, que generalmente en el A. T. toma la forma de bendición (v.), mientras que en el N. T. abunda más en la doxológica, formas ambas muy similares y sólo diferenciadas por la terminología (eulogia-doxa). Casi una veintena de d. encontramos en el N. T., ocho de ellas dirigidas al Padre, ya en general como Dios, ya personalmente como Padre nuestro (Rom 11,36; GaU 1,5; Philp 4,20; 1 Tim 1,17; 6,16; 1 Pet 5,11; Apc 4,11; 7,12); tres van dirigidas al Padre por Cristo (Rom 16,27; 1 Pet 4,11; Ids 25); cuatro solamente a Cristo (2 Tim 4,18; Heb 13,21; 2 Pet 3,18; Apc 1,6); una a Dios y a Cristo (Apc 7,10), y otra al Padre en la Iglesia y en Cristo (Eph 3,21). Con todo, estas asignaciones son, a veces, dudosas, porque prevalece la norma de que la d. se dirija siempre a Dios Padre, como la oración.
      De este fondo bíblico nacen las d. litúrgicas muy generalizadas en todas las liturgias, particularmente las orientales, y entre ellas las de tradición griega, que las emplean no sólo como conclusión de la anáfora (v.) u oración eucarística, sino para terminar cualquier oración litúrgica, y aún componen d. separadas como piezas de canto autónomas. La tradición litúrgica romana admitió la costumbre universal de la d. como conclusión del canon o anáfora de la Misa y adoptó un cierto número de d. de la tradición griega (como el Gloria Patri, Gloria in excelsis, Te decet laus), compuso nuevas piezas, como el Te Deum (v.), e insertó una d. como conclusión de sus himnos; pero no siguió el uso griego de finalizar todas las oraciones con ella.
      Fundamentalmente la d. es de carácter litúrgico, aun las del N. T.; las insertas en el Apocalipsis son un traslado al cielo de la liturgia terrestre, y el mismo S. Pablo las recoge en sus epístolas tomándolas de la liturgia; esta procedencia lo acusa el amén (v.) con que invariablemente terminan, eco de la aclamación (v.) del pueblo con que ratificaba y se adhería a la glorificación de la divinidad. De la liturgia, expresión de la piedad genuina de la Iglesia primitiva, la d. pasó sin dificultad a la oración privada de los cristianos, de forma que puede ser considerada como la gran devoción católica, universal, de aquel tiempo. De la variedad original de contenido y expresión que se aprecia en los textos citados del N. T., la d. fue derivando a fórmulas más precisas y estereotipadas de glorificación de la Santísima Trinidad con especificación de cada una de sus tres divinas Personas; y el modo gramatical en que éstas fueran enumeradas (particularmente el Hijo y el Espíritu Santo) tuvieron honda repercusión y experimentaron alguna variación en las discusiones dogmáticas del s. IV contra los arrianos.
      Podemos clasificar las d. en tres grupos:a) Doxologías menores: así llamadas por la brevedad de su texto; la más generalizada es el Gloria Patri, usada tanto en la liturgia como en la oración privada con la denominación corta de Gloria. Está compuesta de dos hemistiquios: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo», y «Como era en el principio es ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén». La primera parte no tuvo siempre la misma redacción; antes del s. iv, como lo testifica S. Basilio (De Spiritu Sancto, pássim), la fórmula más difundida era: «Gloria al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo», fórmula correcta en la que la relación de las divinas Personas se expresa más por la función peculiar que cada una de ellas desempeña en la economía de la salvación y por la que se nos han revelado distintamente, que por la identidad de su esencia divina: así, la preposición por marca la cualidad de Mediador del Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo; la preposición en señala que el Espíritu Santo es el medio ambiente y como la atmósfera sobrenatural en la que pueda y deba darse la glorificación divina. Pero el abuso que de esta fórmula hicieron los herejes arrianos para cohonestar su errónea doctrina de que el Hijo era inferior en naturaleza al Padre, determinó el empleo de la fórmula actual en la que la partícula copulativa y pone al mismo nivel, de naturaleza y glorificación, a las tres divinas Personas; fórmula, por otra parte, no inventada en el s. Iv, sino de origen muy anterior y que se emparenta a la fórmula trinitaria del Bautismo transcrita en el Evangelio (Mt 28,19). El segundo hemistiquio experimentó, también, variaciones por la misma causa; al «Por los siglos de los siglos. Amén» con el que terminaba invariablemente la d. judía y del N. T., se añadió en las iglesias occidentales el «Como era en el principio...», para recalcar contra los arrianos la existencia del Verbo junto al Padre desde «el principio», es decir, desde toda la eternidad. El «Gloria» es la d. más usada litúrgicamente y más popular: con ella se terminan los salmos, los misterios del Rosario, el Padre nuestro y Ave María; forma parte del Trisagio y constituye un acto de fe y glorificación a la Santísima Trinidad. A esta d. se equipara el Te decet laus, antiquísima d. que ha perdurado en la liturgia a través del Breviario Benedictino hasta nuestros días.
      b) Doxologías mayores: son composiciones poéticas de mayor extensión en las que la glorificación trinitaria se parafrasea por los diversos atributos de las Personas divinas. Se han conservado hasta hoy en la Iglesia, el Gloria in excelsis y el Te Deum (v.). El primero es el Gloria de la Misa, o himno angélico, porque su primera estrofa repite las mismas palabras que los ángeles cantaran en la noche de Belén. Forma parte de una corta serie de himnos muy venerables que se remontan a la Iglesia primitiva, compuestos a la manera de los salmos y que continúan la tradición de los himnos (v.) del N. T. Su texto original, en griego, se ha conservado en dos formas diversas: una, la del códice Alexandrinus de la Biblia (s. v), de forma y contenido muy similar al Gloria actual, con referencia expresa a la divinidad del Hijo y mención del Espíritu Santo, y otra en la obra titulada Constituciones Apostólicas (V11,47), de un siglo anterior, pero de autor sospechoso de arrianismo, en la que no se menciona al Espíritu Santo y toda ella va dirigida en alabanza al Padre aunque por la mediación de Jesucristo. El Gloria fue usado en la antigüedad como himno de la oración matinal, como aún se conserva entre los griegos; la liturgia romana lo incorporó a la Misa, de forma restringida a Navidad, Pascua, y domingos y fiestas, norma que se ha vuelto a poner en vigor en la reforma litúrgica posconciliar.
      c) Doxologías conclusivas: no son, como las anteriores, piezas independientes, sino que forman parte de dos géneros de composiciones litúrgicas: los himnos (v.) y las anáforas (v.). Como conclusión de los himnos la d. va dirigida, o a la Trinidad en conjunto, o a las tres divinas Personas en relación copulativa empezando por el Padre, o a Jesucristo (en las más modernas) en unión con el Padre y el Espíritu Santo; a veces a la mención del Hijo, o de Jesús, se añaden referencias a su vida y misterios salvíficos: «que resucitó de entre los muertos», «que nació de la Virgen», etc. No todas las conclusiones de himnos son d., pues hay otras de estilo deprecativo, a las que sólo por extensión se pueden llamar d., pues no mencionan la palabra característica «gloria». La conclusión de las anáforas, sin embargo, es siempre verdadera d. y además se ha conservado en el correr de los siglos en la forma originaria de la primitiva Iglesia: de glorificación al Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo (p. ej., el Per ipsum... con que termina el canon romano).
     
      V. t.: GLORIA DE DIOS; TE DEUM.
     
     

BIBL.: P. FRANQUESA, Doxología, en Enc. Bibl. 11,1014-1016; F. CABROL, La doxologie dans la priére chrétienne des premiers siécles, «Recherches de sciences religieuses» (1928) 9-30; M. RiGHETTI, Historia de la Liturgia, I, Madrid 1955, 219-228; C. VAGAGGINT, El sentido teológico de la Liturgia, 2 ed. Madrid 1965, 212219; B. CAPELLE, Le texte du «Gloria in excelsis», «Rev. d'histoire ecclésiastique» 44 (1949) 439-457; M. DEL ÁLAMO, La conclusión actual del canon de la Misa, en Miscellanea liturgica in honorem L. C. Mohlberg, II, Roma 1948, 107-113; M. STEINHEIMER, Die Dó`,a tou Heou in der rómischen Liturgie, Munich 1951.

 

J. M. SUSTAETA ELUSTIZA.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991