DEMÓSTENES


1. Vida. Fuentes: sus Discursos, las Vidas de los oradores, las biografías de Plutarco, Libanio, Zósimo y un autor anónimo; tres artículos de la Suda, el Sobre la dicción de Demóstenes y la Epístola a Ameo, de Dioniso de Halicarnaso. N. el 384 a. C., en Atenas. Hijo de Demóstenes, fabricante de armas, y de Cleóbula -medio griega, medio escita de Crimea, lo que le valió las befas de sus enemigos (Dinarco, Contra Demóstenes, 15; Esquines, Contra Ctesifónte, 172)-, quedó huérfano a los siete años. Sus tutores Áfobo, Demofonte y Terípides administraron deslealmente su herencia y apenas rebasada la pubertad, tuvo que litigar para reivindicar su patrimonio. Fue discípulo de Iseo, leyó sin duda las obras de Isócrates, y A. HUERGA TERUELO. ejerció en su primera juventud la profesión de logógrafo. Superó con enorme esfuerzo sus escasas aptitudes para la oratoria (dislexia, incapacidad de improvisación). La toma de Anfípolis por Filipo de Macedonia (357), su intervención en Tracia (352), la destrucción de Olinto (348), dieron lugar a famosas alocuciones públicas de D. cuyo resultado fue su elección (juntamente con Filócrates, Ctesifonte y Esquines, entre otros) como miembro de la embajada a Filipo del 346. Los años siguientes desplegó una gran actividad diplomática, y se enfrentó enérgicamente con el partido promacedonio. Fautor de la alianza con Tebas, combate en Queronea y asiste a la bancarrota total de su política (338). Por su celo en la reconstrucción de las defensas de Atenas y su importante contribución monetaria a las obras, Ctesifonte propuso que se le concediese una corona, lo que daría lugar años después al famoso proceso del 330. En los últimos años de su vida se vio complicado en el escándalo de Hárpalo, tesorero infiel que depositó en Atenas y repartió entre ciertos políticos dineros de Alejandro. Fue condenado (324) a 55 talentos de multa y huyó a Trezén. A la muerte de Alejandro (323), sublevadas Atenas, Argos y Corinto contra la hegemonía macedonia, D. regresó a su patria y fue acogido triunfalmente, pero la derrota naval en Amorgos y la terrestre de Cranón dieron al traste con los sueños de los sublevados. D. tuvo que huir y se suicidó el 322 en la isla de Calauria para no caer en manos de los agentes de Antípatro.
     
      2. Obra. a) discursos privados: se conserva un número considerable de ellos (n° XXVII-LIX), aunque por desgracia bastantes son espurios. Genuinos de D. son su acusación Contra Á f obo, su réplica al alegato de éste y un tercer discurso contra Áfobo para defender a Fano, de una acusación de falso testimonio. En relación también con el pleito de su herencia están las dos piezas Contra Onétor, hermano de la mujer de su tutor. Entre los discursos de encargo merecen destacarse el En defensa de Formión y el Contra Estéfano, íntimamente relacionados. En el primero D. asume la defensa de Formión; se pone a favor de la parte contraria, Apolodoro, en el Contra Estéfano. Un lugar especial ocupan los dos discursos Contra Androción, el Contra Timócrates y el Contra Leptines, que pertenecen al periodo siguiente a la terminación de la Guerra Social (357-355) y están estrechamente relacionados entre sí. Todos ellos atacan a personas allegadas a Aristofonte, el capitoste del momento, y deben considerarse como obras de agitación destinadas al descrédito del equipo gobernante. El primero, aunque impugnaba en apariencia una propuesta de coronar al Consejo, defectuosa de forma, era en realidad una requisitoria violenta contra la política financiera del gobierno. Grandes tiradas de este discurso (47-56, 65-78) se repiten textualmente en el Contra Timócrates, enérgica protesta contra una ley que daba crédito a los deudores del Estado, previo pago de fianza, cuando en su número se encontraban el propio Timócrates y Androción.
     
      Muy distinto es el tono del Contra Leptines, que pronunció D. en representación de Ctesipo, hijo de Cabrias, menor de edad. Se pensó (cfr. Plutarco, Demóstenes, 15) que el orador se encargó personalmente de este asunto porque quería casarse con la viuda de Cabrias, pero como Schaefer hizo notar, este extremo no lo hubieran silenciado sus enemigos. Más probablemente es que se trate de una nueva maniobra de la oposición. El discurso ataca una propuesta de ley que suprimía todas las exenciones tributarias salvo a los descendientes de los tiranicidas. W. Jaeger ha demostrado que el orador, en estas sus primeras armas políticas, si no compartía por entero los puntos de vista de Eubulo, se hallaba en su línea de oposición al equipo gobernante y defendía los intereses de las. clases adineradas a las que pertenecía. De carácter estrictamente personal, aunque con implicaciones políticas, al ser amigo de Eubulo el antagonista de D., es el discurso Contra Midias, compuesto en la época de las Olintíacas, que, tal vez por buenas componendas, no llegó a pronunciarse. Midias, hombre acaudalado y brutal, hacía objeto a D. de continuas vejaciones que llegaron al colmo cuando intentó sabotear su coregia. El discurso Contra Zenótemis pertenece al reinado de Alejandro y contiene en su parte final, mutilada, la observación de Demón, cliente y pariente de D., de que éste había resuelto no ocuparse de procesos privados desde su entrega a la política. Entre las piezas apócrifas privadas del Corpus Demosthenium merecen citarse el Contra Neera, vivo documento de la vida de la época, los dos discursos Contra Aristogitón y el Contra Teócrines.
     
      b) Discursos políticos: por las mismas épocas en que atacó la política fiscal de Aristofonte, hace D., ahora personalmente, sus primeras intervenciones en la Asamblea en asuntos de política exterior. Primero con su discurso Sobre las simmonías en el que muy hábilmente sale al paso de los partidarios de Cares y Aristofonte que especulaban con la inminencia de un ataque persa. Con táctica parecida a la de Nicias al pedir desmesuradas fuerzas para la expedición a Sicilia, aboga por un refuerzo de la marina mediante una reforma del sistema de asociaciones tributarias (symmoriai), elevando el número total de contribuyentes de 1.200 a 2.000. Con ello se frenaba el belicismo antipersa y se defendía la bolsa de los ricos. El discurso En favor de los megalopolitas (352) nos muestra a un político oportunista, partidario de una política de equilibrio del poder. Apoya la alianza con Megalópolis, aun a riesgo de enemistarse con Esparta y por encima del odio a Tebas. En su discurso En favor de la libertad de los rodios, pronunciado el mismo año (352), D. también defiende una causa impopular, abogando por prestar ayuda a los demócratas rodios, expulsados por el sátrapa Mausolo de Caria, a pesar de haber sido precisamente su partido el que promovió la defección de Atenas durante la Guerra Social.
     
      Un problema particular plantea el discurso Contra Aristócrates (352 ó 351) que impugna la propuesta de conceder a Caridemo, mercenario ateniense al servicio del rey tracio Cersobleptes, ministro y a la vez concuñado suyo, una protección especial. Aunque la propuesta había sido ya desestimada por el Consejo, el orador insiste en la falta de merecimientos de Caridemo y en el carácter antidemocrático de la propuesta, un tanto sorprendentemente, cuando la proximidad de Filipo y la importancia estratégica del Quersoneso tracio hacían de interés nacional una Tracia unida y poderosa, y en buenas relaciones con Atenas. A finales de ese mismo año se iba a demostrar su error. Filipo, que había ya ocupado Anfípolis (357), Pidna, Metona (354) y Tesalia (352) con motivo de su intervención en la guerra sagrada en contra de los focidenses, irrumpe en Tracia, le obliga a Cersobleptes a expulsar a Caridemo y a aliarse con él y pone sitio a Heraion Teichos. Ese mismo año pronuncia D. su Primera Filípica, bien percatado de la gravedad de la situación. Propugna tomar la iniciativa de las operaciones militares para lo cual deben crearse dos cuerpos del ejército, uno de ciudadanos, en reserva y listo para el embarque, y otro de mercenarios para hostigar el territorio enemigo.
     
      Aunque la cronología de la Primera Filípica, por mencionar una expedición de Filipo a Olinto (lo que nos llevaría al 349), no es segura y se haya dudado de la autenticidad del Sobre el nuevo ordenamiento, por coincidir muchos de sus pasajes con otros demosténicos, el contexto general de ambos discursos -las propuestas militares del primero y financieras del segundo, que se hubieron hecho en referencia directa al problema de Olinto en otro caso- permite situarlos antes del 350. El 349 Filipo inicia el cerco de las ciudades de la confederación de Olinto, y D. pronuncia sus tres Olintíacas. En la primera repite los argumentos y las propuestas de la primera Filípica, insistiendo en que la tyche (fortuna) le ha deparado a Atenas el kairos, es decir, la oportunidad única e irrepetible de actuación. No aprovecharla significa la ruina. En la segunda, trata de reducir a sus justos límites el poderío de Filipo: cualquier hombre sensato preferiría la tyche de la gloriosa Atenas a la de un advenedizo. Se impone, pues, la acción enérgica y atraerse a los demócratas de Tesalia en contra del enemigo común. En la tercera Olintíaca, D. rompe definitivamente con Eubulo al proponer destinar los fondos de la caja de espectáculos (theorikón) a fines militares sin temor a incurrir en la impopularidad. Desde este momento su figura se yergue por encima de las luchas de partido, en todo su excelso patriotismo. Por desgracia ninguna de sus propuestas prosperó.
     
      Caído Olinto (348), D. participó en la embajada a Filipo que abocaría a la llamada paz de Filócrates. En ella tuvo lugar el penoso incidente referido por Esquines (11,34 ss.) de su azoramiento en presencia del rey. A su regreso, sin embargo, se negó a aceptar un tratado que permitía a Filipo intervenir a su guisa en la Grecia central. No obstante, la paz era una necesidad general y abogó por mantenerla en un discurso Sobre la paz. Su precariedad, empero, obligó a una nueva actividad diplomática. D. toma parte en una embajada a Argos y Mesenia que fracasa por la política filoespartana de Atenas. De su gestión informa en la Segunda Filípica (344), donde de nuevo pone en guardia a sus conciudadanos contra Filipo. Del año 342 es el discurso Sobre Haloneso con el que defiende los derechos de Atenas a esta pequeña isla situada al sur de Lemnos, y al 341 corresponden tres de sus piezas más apasionadas. El peligro de una invasión macedonia al Quersoneso aconsejó el envío de un grupo de colonos y un contingente militar al mando de Diopites, que aprovechando una ausencia de Filipo, realizó una incursión a territorio macedonio. Filipo protestó enérgicamente y exigió su relevo, a lo que se opuso D. haciendo ver el peligro que supondría esto para el Quersoneso y Bizancio. En la Tercera Filípica, la más vibrante pieza oratoria de Demóstenes, se esfuerza por demostrar que la guerra de Filipo es una realidad, cerniéndose por igual la amenaza de la servidumbre sobre todos los griegos. Al panhelenismo artificial y visionario de un Isócrates, basado de hecho en la sumisión a un poder extranjero, D. opone su ideal de acción mancomunada panhelénica frente al enemigo común. Que en la Cuarta Filípica D., en abierta oposición al romanticismo antipersa de Isócrates, expresara su confianza en la ayuda del Gran Rey, tan pronto se sintiera amenazado por Filipo, no indica traición alguna a los sentimientos del discurso anterior. Como lo demostró Alejandro pocos años después, Persia no constituía ya un verdadero peligro para los griegos: Macedonia, en cambio, sí.
     
      En el 340 el prestigio de D. llega a su apogeo. Su actividad diplomática ha coaligado con Atenas gran número de estados griegos. Sólo queda al margen Tebas y sólo falta un pretexto para la ruptura de las hostilidades. Lo deparó una intervención desdichada de Esquines en la asamblea de la Anfictionía délfica. Los desmanes de los locrios, irritados por sus palabras, obligaron a la aprobación de medidas militares contra ellos, siendo Filipo llamado a ejecutarlas. Su rápida ocupación de Elatea con la amenaza de sus tropas sobre Tebas y Atenas, condujo al entendimiento de ambas ciudades y a su derrota frente al macedonio el 338 en Queronea. D., que allí luchó como un hoplita más, no buscó, sin embargo, la muerte en el campo del honor. Se sentía necesario todavía para su patria y se ocupó, con sacrificio de su hacienda, al apresto de la defensa. Todo hacía pensar que Atenas correría el mismo sino que Tebas, destruida brutalmente por Filipo, pero éste ofreció un tratado de paz magnánimo. Los atenienses, sin el menor resentimiento al líder que les empujó a la guerra, le encargaron de pronunciar el Discurso Fúnebre de los caídos, que se conserva, aunque por su frío academicismo se ha prestado a dudas sobre su autenticidad. Abrumado por el peso de los acontecimientos, quizá D. no estuviera en esa su vena oratoria, que fluyó desbordada años después (330) en el discurso Sobre la corona, que contiene la justificación retrospectiva de su actuación política. Sobre sus circunstancias y las del discurso Sobre la embajada infiel, v. ESQUINES.
     
      3. Valoración histórica. Con D., el más brillante de los oradores griegos, la oratoria rompe los moldes estrechos de las reglas retóricas. Si en sus primeros discursos respeta todavía el periodo de Isócrates, en los de madurez logra crear un estilo totalmente personal en el que la pasión se pone al servicio de la idea. Colorista y dramático en las descripciones, hábil en el razonamiento, brutal en la invectiva, domina egregiamente, aunque los dosifique con discreción, todos los artificios retóricos y todos los recursos de la lengua. Quizá, salvo Cicerón, no hay en la historia otro orador que haya hecho vibrar en la posteridad sentimientos tan parecidos a los suyos, cuando los pueblos atravesaron por circunstancias análogas a las de Atenas, desde las guerras contra el turco a las napoleónicas. Pocas figuras también habrá tan discutidas. Admirado unánimemente por la antigüedad, desde que Droysen descubrió la función histórica del helenismo se puso de moda el menospreciarla injustamente o el defenderle con ardor. Para los aficionados a las predicciones ex eventu, a los superficiales paralelismos y a la valoración pragmática de los protagonistas de la historia, D. habría sido un retrógrado, un antipatriota, un defensor de particularismos miopes cuando había sonado la hora de la nación griega, la del estado territorial frente al esquema estrecho e inservible de la polis, cual uno de aquellos príncipes egoístas del s. xix que se oponían al movimiento unificador de Prusia o de Saboya. A esta imagen se enfrentaba la del adalid de las libertades democráticas contra el tirano opresor, sin reparar en el hecho de que propugnaba un imperialismo, no menos abusivo, por ser ateniense, que el macedonio. Ambas apreciaciones de D., la de Drerup y Clemenceau, basadas en prejuicios políticos circunstanciales, han cedido el paso, por obra en especial de Jaeger, a una mejor comprensión psicológica del personaje y a un conocimiento más profundo de su época. Gracias a él y a trabajos como el de Luccioni hoy captamos toda la grandeza trágica del personaje, y nos consta que desde la óptica ateniense contemporánea era su política la única lógica y patriótica.
     
      V. t.: GRECIA XII, 3; ESQUINES.
     
     

BIBL.: Ediciones: F. BLAss, Leipzig-Stuttgart 1888-92; S. H. BUTCHER-RENNIE, Oxford 1903-1931; J. H. VINCE-A. T. MURRAY, Londres 1930 ss.-Estudios : L. BRÉDIF, Demóstenes y la elocuencia griega en Grecia, Buenos Aires 1943; A. SCHAEFER, Demosthenes und seine Zeit, I-III, Leipzig 1885-87; F. BLAss, Die attische Beredsamkeit, Leipzig 1893, III,1; E. DRERUP, Aus einer alten Advokaten-republik, Paderborn 1916; G. CLEMENCEAU, Demóstenes, Barcelona 1939; P. TREVES, Demostene e la libertó greca, Bar¡ 1933; W. JAEGER, Demóstenes, México 1945; M. FERNÁNDEZ-GALIANO, Demóstenes, Barcelona 1947; A. H. M. JONES, The Atenns of Demosthenes, Cambridge 1952; J. LUCCIONI, Démosthéne et le panhellenisme, París 1961. Traducciones: M. COROMINAs-E. MOLIST, Discursos completos, Barcelona 1961; J. PALLí, Las Filípicas, Madrid 1963; M. BALAGUÉ, Las Filípicas, Barcelona 1964.

 

L. GIL FERNÁNDEZ.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991