DEMONIO. POSESIÓN DIABÓLICA.


Endemoniados, posesos, energúmenos. Con esta trilogía de epítetos se circunscribe el «dominio despótico» que ejerce el d. en el cuerpo de una persona, alterando su comportamiento en el orden físico, e influyendo en su conducta en el orden moral. El endemoniado es una víctima; está poseído, agitado por una extraña fuerza animadora. Los tratadistas clásicos (como M. del Río) señalan las dos componentes fundamentales de la p.: a) la presencia del d. en el cuerpo del poseso; y b) el ejercicio de la presencia, que se traduce en actos de inhibición psíquica y de agitación física (energúmeno es palabra que expresa gráficamente una terrible y horrible capacidad de acción).
     
      La p. d. es uno de los temas más arduos y complejos con que puede topar el teólogo. Convendrá, por tanto, distinguir con cuidado algunos principios de base: a) La existencia del d. es verdad de fe (v. II); b) Tentador y seductor, enemigo del alma, su poder de acción, aun dentro de límites determinados, es grande, y se expresa con táctica que los autores espirituales caracterizan de mil maneras: el engaño y la astucia son sus armas principales. Dios le permite, por ley de inescrutable Providencia (v.), tentar ad nostrum exercitium: para ejercitarnos en la lucha ascética, dice Santo Tomás (cfr. Sum. Th. 1 q64 a4). c) Si bien puede tentar y tienta a todo cristiano, lo hace especialmente con quienes se esfuerzan por alcanzar la perfección (v.), revistiendo a veces su acción una modalidad sutil, bien analizada por San Juan de la Cruz: «El demonio y la propia fantasía muy ordinariamente hacen trampantojos al alma, y como con tanto gusto suele imprimir y sugerir el demonio al alma las aprehensiones dichas y sentimientos, con grande facilidad la embelesa y engaña, no teniendo ella cautela para resignarse y defenderse fuertemente en fe de estas visiones y sentimientos. Porque aquí hace el demonio a muchos creer visiones vanas y profecías falsas; aquí en este puesto les procura hacer presumir que habla Dios y los santos con ellos...; aquí los suele llenar el demonio de presunción y soberbia y, atraídos de la vanidad y arrogancia, se dejan ser vistos en actos exteriores que parezcan de santidad, como son arrobamientos y otras apariencias. Hácense así atrevidos a Dios, perdiendo el santo temor, que es llave y custodia de todas las virtudes. Y tantas falsedades y engaños suelen multiplicarse en algunos de éstos, y tanto se envejecen en ellas, que es muy dudosa la vuelta de ellos al camino puro de la virtud y verdadero espíritu; en las cuales miserias vienen a dar comenzando a darse con demasiada seguridad a las aprehensiones y sentimientos espirituales, cuando comenzaban a aprovechar en el camino» (Noche, 11,2,3). d) La p. d. sobrepasa las tentaciones cotidianas y las sugerencias que enturbian, con sus desviaciones de falsa mística, la luz ascensional del alma a las cumbres del amor de Dios (V. FENóMENOS MÍSTICOS EXTRAORDINARIOS). La p. d. es el summum del poder satánico en el hombre.
     
      Los endemoniados del Evangelio. Explicada sumariamente, en línea teológica, la definición de la p. d., ¿qué decir de su existencia? G. van de Noort afirma que no se puede negar, sin comprometer la fe, su posibilidad y, en casos concretos, su realidad. El hecho lo atestiguan algunos pasajes del Evangelio, aparte de una fértil tradición judía y de una historia religioso-cultural europea y de una práctica cristiana exorcista (V. EXORCISMOS).
     
      En los Evangelios hallamos dos frondosas series de pasajes al propósito: la) los descriptivos, o sea, los que delatan casos de p. d. (cfr. Mc 1,26; 7,29-30; Mt 15,21 ss.; Lc 13,10-17, etc.); 2a) los taumatúrgicos, es decir, los que narran cómo Jesús echa los d., de poder a poder (cfr. Mc 1,30; 16,9; Mt 4,24; 10,8; 9,39; Lc 6,18; 7,21; 9,49; 10,17-20; 13,32, etc.). Jesús habla del poder de echar los d. (distinto del poder de curar) y transmite este poder, signo de su mesianidad, a sus discípulos. En algún caso, el endemoniado evangélico presenta síntomas clínicos de epilepsia (cfr. Mc 9,14-29). Pero p. y enfermedad son cosas distintas, aunque se verifiquen en un mismo sujeto.
     
      Diagnóstico. La mayor dificultad es la del diagnóstico. La mentalidad popular, en algunas épocas pasadas, ha estado invadida por el «problema de Satán». Una selva de literatura, de procesos a «endemoniados», etc., dan testimonio harto fehaciente de la vivencia del problema, que además es común a todas las religiones antiguas. En la época moderna el desarrollo de la psicología (v.), de la medicina (v.), etc., han cambiado esa mentalidad, haciendo no sólo más cautos y más inclinados a buscar primero explicaciones naturales antes de recurrir a causas de orden superior, sino creando en ocasiones una actitud escéptica. Ambas posiciones son erróneas. Lo que en realidad se requiere es una actitud de discernimiento, como lo hace el Ritual de los exorcismos, que se inclina por unos criterios sumamente prudentes: «In primis non facile credat aliquem a daemonis obsessum esse», «nota habeat signa» (no se toma a nadie con facilidad por poseso, examínense con diligencia los síntomas... ).
     
      En resumen, podemos decir que ante los casos que se presenten como de eventual p. d. debe procederse sin excluir en principio su posibilidad, pero sin afirmar fácilmente su existencia en ese caso concreto. Se deben, por tanto, en principio, buscar explicaciones naturales y afrontar la situación con la aplicación de remedios naturales, tanto de orden médico como psicológico, así como con el recurso a los medios ascéticos ordinarios (oración, docilidad en la dirección espiritual, lucha ascética, confesión y vida sacramental, etc.). Sólo cuando, después de un juicio prudente, se vea que las explicaciones naturales y el recurso a los medios ordinarios es insuficiente, será legítimo recurrir a pensar en una eventual posesión diabólica, aplicando los remedios extraordinarios que el caso aconseje. Por su brevedad y enjundia (el episodio revela la creencia en la p. d. e indica el tacto con que se debe proceder), recogemos un suceso de la vida de S. Teresa. Escribía la Santa a la madre Inés de Jesús: «Mi hija: Me pesa de la enfermedad que tiene la Hermana Isabel... Ahí las envío al santo fr. Juan de la Cruz, que le ha hecho Dios merced de darle la gracia de echar los demonios de las personas que los tienen. Ahora acaba de sacar aquí en Ávila de una persona tres legiones de demonios» (Obras, ed. P. Silverio, vol. VII, Burgos 1922, 102-103). S. Juan de la Cruz que tanta cabida da al d. en su sistema místico, examinó a la paciente, dic. taminando que «no tenía demonio sino sobra de melancolía».
     
      Terapéutica. Ha de ser de dos tipos: médica y espiritual. La terapia espiritual sólo se debe emplear cuando se han agotado los recursos de la medicina y de la psiquiatría. Todo depende del diagnóstico. Y el diagnóstico resulta muy problemático, por la conexión íntima de estados morbosos y estados de posesión. Neurosis y posesión coinciden a veces; pero otras, no: hay neurosis simples, y a veces las hay acompañadas de p. d. Médicos y Pastores han de trabajar en equipo, aun cuando no lleguen a un diagnóstico claro.
     
      Un estudio clínico y teológico de los famosos casos históricos de p. d. (Illfurt, Piacenza, etc.) obligaría quizá a una revisión de los diagnósticos y, en consecuencia, de la terapia espiritual. Con todo, no se puede negar la posibilidad, ni la existencia, de tan conturbador fenómeno. V. t.: POSESOS; EXORCISMOS.
     
     

BIBL.: D. GÓMEZ, lugum ferreum Lucifer¡, Valencia 1676; M. DEL Río, Disquisitionum magicarum libri sex, Colonia 1720; VARIOS, Satan, «t;tudes Carmelitaines» 27 (1948); J. DE TONQULDEC, Les maladies nerveuses ou mentales et les manifestations diaboliques, París 1938; G. DUMAs, Le surnaturel et les dieux d'aprés les maladies mentales. Essai de théogénie pathologique, París 1946; T. K. OSTERREICH, Les possédés, París 1927; W. FARREL-B. LEEMING, The Devil, Londres 1957; C. BALDUCCI, Gli Indemoniati, Roma 1959; NILO DI S. BROCARDO, Demonio e vita spirituale, en «Sanjuanistica», Roma 1943, 135-224; A. TANQUEREY, Compendio de Teología Ascética y Mística, Madrid 1930, 154-159 y 976-987; J. INCLÁN, La posesión diabólica en los Evangelios, «Cultura Bíblica» 5 (1948) 281-284.

 

A.HUERGA TERUELO.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991