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El poeta más grande de la literatura italiana.
1. Biografía. N. en Florencia a fines de mayo de 1265, hijo de
Alighiero y Bella y tataranieto de Cacciaguida, que murió durante la
segunda cruzada en Tierra Santa. La familia era noble por linaje, pero ya
muy decaída y, como la pequeña nobleza y el pueblo artesano, güelfa. La
biografía de D. adolece aún hoy de muchos periodos oscuros. Nada se sabe
de su adolescencia con precisión. Pudo haber estudiado filosofía con los
franciscanos de S. Croce, si bien la retórica parece haberla aprendido de
Brunetto Latini. Cierta es también su amistad con Guido Cavalcanti (v.).
En 1277 se acordó el matrimonio entre D. y Gemma Donati, celebrado no
sabemos cuándo, del que se conocen hasta cuatro hijos: Giovanni, Pietro,
Jacopo y Antonia. Tres años antes del acuerdo matrimonial, cuando el poeta
tenía nueve, vio por primera vez a Beatriz Portinari, que según parece fue
la esposa de Simone dei Bardi. Pero en 1290 murió Beatriz y D. quedó
sumido en el desconsuelo. Se sabe que un año antes había intervenido en la
batalla de Campaldino, entre florentinos y aretinos.
Tras la muerte de Beatriz la vida del poeta se caracterizará por un
doble aspecto: la dedicación a los estudios y la participación en la vida
política. La composición de la Vita nuova, historia poética de su amor por
Beatriz y exaltación de ésta debe de ocurrir en 1292-93, y por entonces e
inmediatamente después deben colocarse las rimas, que podrían acreditar,
por ciertas alusiones, alguna pasión violenta. La lectura de autores como
Boecio y Cicerón le ocupó por entonces y posiblemente estudió filosofía
con los dominicos de S. María Novella. Eran los años en que la sucesión de
los Papas romanos iba a ser decisiva en el futuro de Dante. En efecto, en
1292 muere Nicolás V y hasta dos años después no lograron ponerse de
acuerdo los cardenales, que eligieron a un ermitaño, Celestino V, que
abdicó a los cinco meses; del nuevo cónclave (1294) salió elegido
Bonifacio VIII, cuya política teocrática merecería la más fiera oposición
del poeta florentino. En 1294 tuvo D. ocasión de encontrarse en Florencia
con el príncipe Carlos Martel, primogénito de Carlos II de Anjou. A partir
del año siguiente pudo participar en la vida pública de su ciudad, gracias
a una disposición que anulaba la exclusión para dichos cargos de los
nobles de cierta condición, siempre que estuvieran inscritos en alguna de
las Artes.
En los años finales del siglo formó parte de distintos organismos
del gobierno de Florencia y en 1300 fue enviado como embajador a S.
Gimignano. En el mismo 1300, año del primer jubileo de la cristiandad,
tuvo que oponerse, durante los dos meses en que fue uno de los priores o
regidores de la ciudad, a la curia romana, que pretendía, en virtud de la
doctrina de la plenitudo potestatis, entrometerse en la jurisdicción
ciudadana. Parece ser que por entonces, y a causa de un tumulto, se
admitió la sugerencia de D. de mandar al confín a siete jefes del partido
blanco, entre los que se hallaba Guido Cavalcanti, y a otros siete del
negro, las dos facciones en que estaban escindidos, más por intereses que
por principios, los güelfos florentinos. Habiendo enviado Bonifacio VIII,
en 1301, a Carlos de Valois como pacificador a Florencia -aunque en
realidad se proponía, como lo logró, favorecer el triunfo de los negros,
magnates adictos a la política papal-, la ciudad mandó tres embajadores al
Papa, uno de los cuales era D., que pertenecía a la nueva burguesía
pacifista de los blancos. Mientras los otros dos fueron reenviados, D.
quedó retenido y quizá no volvió más a Florencia. La noticia de la
sentencia, por la que se condenaba a D. a una multa de 5.000 florines, a
estar confinado dos años y a una exclusión perpetua de los cargos
públicos, bajo la acusación de malversación de fondos, alcanzó al poeta en
Siena, de regreso de Roma, en enero de 1302. Dante ni pagó ni se
justificó, lo que ocasionó una segunda sentencia dos meses después, por la
que le hubieran quemado vivo caso de capturarle.
Y así empezó el largo exilio de D. que abarcará el resto de su vida.
Pronto se separó también de sus compañeros de destierro formando, como él
mismo dice, «partido por sí mismo». Fue así aceptando o buscando la
hospitalidad de distintos señores: en primer lugar, en Verona (1304), con
Bartolomeo della Scala; después en la Lunigiana, al NO de la Toscana, con
los Malaspina (1306); en los años siguientes en Luca y, de ser cierto, lo
que dicen, el cronista G. Villani y Boccaccio, en París. En 1308 Enrique o
Arrigo VII de Luxemburgo hereda el trono de Alemania y se propone actuar
de pacificador en las luchas del Imperio. Va a Italia (1310), llamado por
el papa Clemente V, dispuesto a restablecer la paz por encima de las
distintas facciones. Fue el momento de la gran esperanza de D. que veía la
posibilidad de realizarse su sueño de los dos poderes, el Papa y el
Emperador, en buena convivencia, y, con ello, la superación de su propio
problema, con la posibilidad del retorno a Florencia.
Pronto se vinieron abajo sus ilusiones, pues Enrique VII, además de
verse envuelto en seguida en las luchas intestinas, se murió de repente
cerca de Siena (1313), y con él las últimas esperanzas del poeta. Llegó
incluso a rechazar una amnistía que le ofrecieron en 1315, porque quería
volver a su patria con todos los honores. El último lustro de la vida de
D. sigue envuelto en mucha oscuridad: continuó su peregrinar por tierras
de Italia, estuvo quizá en Asís, de nuevo en Luca y en Verona, aquí
acogido con todos los honores por Cangrande della Scala y, por fin, a
partir de 1318, en Rávena, con Guido Novello da Polenta, sobrino de la
famosa Francesca del inmortal episodio. Testimonio de la fama de que ya
gozaba es la invitación que le llegó de Bolonia para explicar una cátedra
de retórica o de poesía; y hasta se discute sobre su aceptación. En
cambio, es seguro que al regresar de Venecia, como embajador de Guido da
Polenta, m. en la noche del 13 sept. 1321 en Rávena, donde todavía yacen
los restos.
2. Obras menores. Para distinguirlas de la grandiosa Comedia, las
restantes producciones de D. se llaman obras menores. Y entre éstas, el
primer lugar, cronológicamente, corresponde a la Vita nuova, así llamada
porque coincide con la etapa de su vida renovada por el amor a Beatriz.
Fue compuesta muy probablemente entre 1292 y 1293 y se halla dividida en
42 capítulos, con mezcla de prosa y verso. Las composiciones poéticas
intercaladas son 31, pero la mayor novedad del libro está en la prosa, que
no contaba con una tradición literaria tan sólida. La autonomía de la
parte poética se salva sin perjuicio de la unidad del libro. En efecto, el
poeta nos cuenta, en forma autobiográfica la historia de su amor por
Beatriz, desde que la vio por primera vez, a los nueve años, y por
segunda, a los 18, hasta poco después de morir ella. De este modo D.
intercalará sus composiciones en verso en relación con los momentos o
situaciones que se las inspiraron. Si la prosa corresponde al momento
presente de la narración, las formas poéticas pertenecen a un pasado que
ahora se recoge y actualiza. En la prosa cabe distinguir una parte
expositivo-doctrinal, que corresponde al comentario conceptual de las
poesías, y el aspecto lírico-narrativo de lo que en esencia es un relato
amoroso idealizado, con predominio del estupor del poeta ante la
maravilla, pero que en ocasiones alcanza cierta gravedad religiosa o
bíblica. Al igual que en la prosa la tonalidad no es uniforme, tampoco lo
es en los versos: baste recordar aquellos en que predomina el tembloroso
sentir adolescente -el soneto Tanto gentile como culminación del stil
nuovo (v.)- o aquellas composiciones -dejando a un lado al experimentador
de formas métricas- en que se tocan temas elevados y solemnes, como la
canción central del libro, Donne che avete intelletto d'amore, máxima
expresión doctrinal del perfeccionamiento espiritual del alma enamorada.
Toda la historia de la creación poética juvenil queda así encuadrada en
las circunstancias vitales y psicológicas que la condicionaron, en una
maravillosa fusión de vida y poesía, de experiencia real y sueños
portentosos.
No todas las composiciones juveniles de D. fueron recogidas por su
autor en la Vita nuova. A las restantes, de temas variados y
pertenecientes a momentos distintos, se las agrupa con el nombre de Rime y
componen su Cancionero. Por razones de orden conceptual y estilístico se
pueden distinguir entre ellas varias fases: las primeras, coetáneas a las
acogidas en su libro, se hallan en la línea de la inmediata tradición:
algunas responden a la artificiosidad que había caracterizado a Guittone
d'Arezzo y otras están en la corriente stilnovista, bajo el influjo de su
amigo Guido Cavalcanti. En esta atmósfera encaja perfectamente el tema de
la amistad, mientras que otras poesías caracterizadas por su frescura
musical,y por su gracia forman serie aparte. Entre las debidas a motivos
ocasionales destaca la tenzone (tensó) con Forese Donati, formada por seis
sonetos, tres de D. y los otros tres del amigo poeta; aunque en ellos se
prodigan fuertes injurias, hay que interpretarlo como un mero juego
poético o acomodación a una moda literaria. Grupo significativo lo forman
las cuatro que se conocen con el nombre de petrose, denominación
alegórica, ya que en ellas se canta el amor sensual por una mujer dura
como la piedra; dos tienen la forma de canción y las otras dos, la de la
artificiosísima sextina provenzal; la búsqueda de un estilo nuevo,
obtenido con un lenguaje conscientemente áspero, con metáforas audaces y
artificios retóricos, señala un paso adelante en relación con la esfumada
forma de la Vita nuova. Otras rimas de carácter alegórico o didáctico,
como las que exaltan grandes ideales o virtudes morales, pertenecen ya a
la época del exilio.
El Convivio es la expresión más definida y compleja de la prosa de
D. en italiano, superada ya la vibración emocional y formal de la obra
juvenil. Concebido como un tratado enciclopédico de alta divulgación de
ciencia medieval, para sostén de la humanidad extraviada, tenía que
constar de 15 libros, el primero de introducción y los 14 restantes de
comentario a otras tantas canciones alegóricas. Pero el autor llegó a
escribir solamente los cuatro primeros. Se trata de invitar a un convite
de ciencia -de ahí el nombre- a los amigos del saber, a base de 14 platos
o canciones ayudados por el pan de la exposición doctrinal. En el primer
tratado, de introducción, expone el mencionado plan de la obra, se
justifica por haberla escrito en italiano y hace una defensa de la lengua
vulgar., En el segundo, donde comenta Voi che intendendo, explica los
cuatro sentidos necesarios para entender las escrituras (literal,
alegórico, moral y anagógico) y habla del número y orden de los cielos, de
las inteligencias angélicas y de la inmortalidad del alma. En el tercero,
comentario a Amor che ne la mente mi ragiona, se hace un elogio de la
sabiduría y resuelve el problema entre la filosofía y la religión,
exaltando la razón humana, pero admitiendo verdades de fe. Y en el cuarto,
como exposición a la canción Le dolci rime, se abordan dos puntos
importantes de su ideario: el de la nobleza, que no depende ni de la
riqueza ni de la antigüedad, sino que es fundamento de virtudes, y el de
la autoridad imperial, ordenada a la felicidad terrena del hombre, con un
solo príncipe. La redacción de la obra cabe fecharla en los años
comprendidos entre 1304 y 1308, y es coetánea del De vulgar¡ eloquentia y
del Infierno.
3. Obras en latín. A diferencia del Convivio, el De vulgar¡
eloquentia está en latín, pero le acerca a él la fecha de composición, el
hecho de estar incompleto y el profundizar en el tema, allí apuntado, de
la dignidad de la lengua vulgar. Iba a constar de cuatro libros, pero sólo
llegó a redactar el primero y gran parte del segundo. Empieza con el
origen y la historia del lenguaje, sigue con las lenguas de España,
Francia e Italia e intenta una clasificación de los dialectos italianos en
busca de una lengua literaria común, que no reside en ninguna región o
ciudad; distingue al italiano como lengua del sí frente a las de oc y de
oil. En el libro II, considera que el «vulgar ilustre» debe aplicarse a
las formas y materias más altas, y habla del estilo que llama «trágico»,
es decir, el más elevado, sólo apropiado a tres temas, salus (salvación),
venus (amor) y virtus, que requieren la forma métrica más elevada, la
canción, de la que queda interrumpido el análisis de su estructura.
D. utilizó el latín para la exposición teórica de su doctrina
lingüística y para la exposición de sus ideas políticas, en la A4onarchia.
Su fecha de redacción es difícil de precisar, pero parece indudablemente
posterior a las obras ya citadas, sea entre 1307 y 1308, sea entre 1312 y
1313, cuando la ida de Arrigo VII a Italia, o incluso posterior a la
muerte de éste. Dividido en tres libros, estudia en el 1 qué es la
Monarquía temporal o Imperio, y si es necesaria, para llegar a una
conclusión afirmativa, ya que la felicidad terrena se apoya en la paz
universal y sólo el Emperador carece de codicia, por tener más que todos.
Afirma en el II que el pueblo romano ha fundado el Imperio no por
violencia, sino por derecho, para llegar en el III a la conclusión de que
la autoridad imperial depende directamente de Dios y de que nadie ha dado
a la Iglesia el poder de conferir autoridad al Imperio; la filosofía y la
Revelación son medios para conseguir las dos felicidades, la terrena y la
celeste, para lo cual son necesarios los dos guías concordes, si bien el
Emperador debe al Papa reverencia filial. Lo que considera usurpación
papal es para D. la causa principal de los males, por lo que la obra fue
pronto acusada de herejía y quemada públicamente en 1329.
El resto de la producción latina de D. está formado por 13
epístolas, dos églogas y el tratadillo científico Questio de aqua et terra.
Entre las Epistolae, dirigidas a distintos destinatarios, destacan las
escritas a los señores y a los pueblos de Italia (V), a los florentinos (VI)
y a Enrique VII (VII), con motivo del paso de éste a Italia. Quizá la de
mayor interés es la XIII a Cangrande della Scala, enviada con algunos
cantos del Paradiso y explicándole la materia y fines del poema entero.
Muestra del espíritu profético del autor es la dirigida a los cardenales
italianos (XI), tras la muerte de Clemente V, para exhortarles a ser
responsables de la altura de su misión. Las Eglogae fueron escritas en
Rávena, como respuesta a una invitación para celebrar en latín algún hecho
importante de su tiempo, que le dirigió desde Bolonia Giovanni del
Virgilio. En la primera, D. manifiesta su deseo de ser poeta laureado,
pero confía en serlo por su Comedia; en la segunda agradece la insistencia
y rechaza el ofrecimiento. La Questio acredita un nuevo aspecto de la
actividad del poeta, que intervino en 1320 en Verona, con esta
disertación, en una discusión anterior sobre si el agua puede estar en
algún punto más alta que la tierra que de ella emerge. Rechaza los
argumentos contrarios y demuestra que está siempre más baja.
4. Obras atribuidas. Es oportuno mencionar además otras dos obras en
italiano, sólo atribuidas a D. y muy discutidas durante mucho tiempo, ya
que las tesis favorables a la paternidad dantesca son cada vez más
convincentes: el Fiore, poema alegórico formado por 232 sonetos,
refundición más o menos fiel del Roman de la Rose, descubierto en un
manuscrito de una biblioteca de Montpellier y publicado en 1881, donde el
poeta se llama a sí mismo en dos ocasiones Durante; y el Detto d'Amore,
del que se conservan dos fragmentos en heptasílabos pareados, encontrados
en la Biblioteca Laurenziana de Florencia y publicados en 1888; argumentos
paleográficos, lingüísticos y estilísticos llevan a atribuirlo al mismo
autor del Fiore, casi indiscutiblemente.
5. La `Divina Comedia'. Todas las experiencias literarias
mencionadas demuestran la sucesiva maduración de D. y su multiplicidad de
intereses culturales. Pero al lado del gran poema quedan realmente
disminuidas. No se sabe con exactitud la fecha de composición de la Divina
Comedia, pero muy verosímilmente ocupó al poeta desde 1307,
aproximadamente, hasta el final de su vida. El autor la nombra un par de
veces, como la Comedia -así se decía entonces- en contraposición al alto
estilo de la tragedia, ya que la obra estaba en lengua vulgar y mezclaba
tonalidades estilísticas diversas, además de tener el final más venturoso
que se pueda imaginar. El adjetivo divina es adición posterior; aparece
por primera vez en una edición veneciana de 1515, y ya no fue suprimido.
El poeta adquiere ahora, tras el personal-amoroso de la Vita nuova y
el social-cultural del Convivio, un compromiso con toda la humanidad, no
sólo la pasada y la presente, sino en su proyección ultraterrena y
definitiva. Para lograrlo, el poeta tiene que hacer un viaje, tras haberse
extraviado en una selva oscura. Dante no nos aclara en qué ha consistido
el extravío, ni sabemos si debe ser considerado en el orden afectivo y
sensual o en el filosófico y teológico. Lo importante es que se parte de
una situación personal, biográfica, que se erige en símbolo de la
humanidad pecadora. Virgilio (v.), el cantor de la fundación del Imperio
Romano, maestro de poesía y también de sabiduría para la Edad Media guiará
al autor en su salida de la tenebrosa selva. Desde el cielo, Beatriz ha
intercedido para que Virgilio abandone el limbo, donde definitivamente se
encuentra. Y Virgilio acompañará a D. a través de las simas del Infierno y
después en la subida de la colina del Purgatorio. En lo alto de éste se
halla el Paraíso terrenal; aquí desaparece Virgilio y hará su aparición
Beatriz, la guía celestial, que conducirá a D. a través de los cielos
hasta el Empíreo. Virgilio, que representa la ciencia y el saber humanos,
suficiente para enfrentarse con las penas infernales e incluso para la
consideración de los tormentos de las ánimas purgantes, nada podrá hacer'
en el cielo, lugar que realmente no conoce y que simbólicamente no es
accesible, por grande que ésta sea, a la ciencia humana. Por eso
interviene Beatriz, que al estar en el Paraíso tiene saber de Dios y
representa la ciencia divina, la Teología. Literalmente, pues, la Divina
Comedia es un viaje a base de encuentros con muy variados personajes con
los que el poeta habla o se entretiene. Alegóricamente, es un
enfrentamiento del hombre con todos los pecados y sus consecuencias, un
asistir a la paulatina purificación de todas las tendencias pecaminosas
para llegar, en plena liberación espiritual, a la contemplación del origen
y fuente de todo saber y toda perfección.
La Divina Comedia está dividida en tres partes o cánticas,
subdivididas a su vez en 33 cantos cada una, más uno general de
introducción. En total, 100 cantos, número que no es arbitrario porque es
perfecto y concluso, como son perfectos el tres, símbolo de la Trinidad, y
el nueve, perfecto múltiplo del tres. En torno al nueve gira el mundo
mágico-simbólico de la Vita nuova, y en torno al tres y al 10 el de la
Comedia. Tres son las cánticas y los versos de cada estrofa y las rimas
del terceto encadenado, ese terceto inventado por el poeta para expresión
de su nuevo mundo. Y cada cántica termina con la misma palabra, stelle
(estrellas), reforzando el esquema conclusivo y simétrico. Si una
experiencia real, transfigurada literariamente, había originado la
retórica elusiva y la prosa esfumada de la Vita nuova, la sobrehumana
fantasía que da vida a la Comedia se presenta como realidad vivida y
expresada con un estilo incisivo, con una fuerza de lenguaje tal que
abraza todas las gradaciones vitales y sentimentales de centenares de
seres diversos.
El Infierno es un profundo abismo en forma de embudo, debajo del
hemisferio septentrional, único habitado, de la esfera terrestre. En 1300,
a los 35 años, en la mitad de su vida, D. imagina su extravío y viaje
excepcional en coincidencia con el primer jubileo convocado por Bonifacio
VIII. Tres fieras le impiden el paso en la falda de una colina, a la
salida de la selva oscura, por lo que es necesario seguir otro camino, que
le enseñará Virgilio aparecido de improviso. Ya desde el principio, en ese
mundo de fuerzas primitivas y oscuras, se hará una primera profecía, la
del Veltro o galgo, que vencerá a la loba, es decir, la codicia, aunque
sigue sin saberse a quién se refiere el autor. Atravesando un vestíbulo,
donde están los indiferentes o neutrales que no han hecho ni mal ni bien,
y hacia quienes manifiesta el poeta su máximo desprecio, D. y Virgilio
llegan, pasado el Aqueronte, al primer círculo del Infierno, el limbo,
lugar de serena y melancólica meditación, antes de los tormentos
infernales, donde se encuentran los grandes poetas y personajes de la
Antigüedad. Son nueve los círculos del abismo dispuestos gradualmente,
donde los pecados, desde la lujuria hasta la traición van en aumento en
gravedad y en pena hacia el centro de la tierra, donde está Satanás. Hasta
el círculo V son pecados de incontinencia; después, atravesada la laguna
Estigia, se encuentran las murallas de la ciudad de Dite, que abarca al
resto de los pecados más negros que son los de malicia. Es natural que, en
una interpretación romántica del poema, los personajes y episodios del
Infierno hayan sido los más famosos, independientemente de su valor
poético, por ser lugar de las grandes pasiones y de las potentes
individualidades.
Es natural que las medidas físicas y morales del ser humano se
pierdan o deformen a menudo en el Infierno. Por eso aparece la
infrahumanidad asquerosa y nauseabunda, la monstruosidad, la bestialidad y
la hibridez. En estos casos el lector siente la tremenda eficacia de las
palabras dantescas, sin pudores ni velos intermedios. En cambio, la
categoría de lo humano encuentra su ámbito propio en el Purgatorio, lugar
de nostalgia terrena y anhelo paradisiaco, de los afectos normales sin
estridencias, como lo son la exaltación de la poesía y el placer de la
amistad; entre las ánimas purgantes encontrará el poeta a sus mejores
amigos. El Purgatorio se sitúa en una isla en medio del mar del hemisferio
austral, en forma de colina troncocónica. Entre la montaña y el mar hay
una playa y ésta y la base del monte constituyen el Antipurgatorio,
dividido a su vez en dos rellanos: el primero para los excomulgados, que
permanecerán ahí 30 veces el tiempo que estuvieron fuera de la Iglesia, y
el segundo para los negligentes o tardos en arrepentirse, que se quedarán
en él el tiempo que vivieron. El Purgatorio propiamente dicho se halla
dividido en siete giros o girom, con arreglo a los pecados capitales,
disminuyendo la gravedad, desde la soberbia a la lujuria, hacia lo alto.
Al predominar en esta cántica lo coral sobre lo individual, los personajes
resultan menos identificados, sin perjuicio del interés de algunos
episodios. Los últimos cantos, dedicados al Paraíso terrenal, se hallan
destinados casi por entero a describir una procesión simbólica que
representa la historia de la Iglesia; pero hay trozos de gran valor
poético y emocional, como los dedicados a la aparición de Beatriz y a la
maravillosa selva que sirve de escenario. De este modo las dos primeras
cánticas se encuadran entre dos selvas, aunque muy distintas, y entre dos
profecías: a la inicial del Veltro se añade aquí la del cinquecento dieci
e tinque, es decir, D X V, anagrama de DVX, un caudillo por tanto (¿quizá
Enrique VII?), que restituirá a la Iglesia su primitiva pureza.
El Paraíso, poéticamente hablando, ha sido un descubrimiento de la
crítica del s. xx. La creación lingüística y metafórica alcanza en esta
parte su culminación de lo sobrehumano, ya que a la tensión poética e
intelectual encaminada a la posesión del misterio divino tiene que
corresponder una adecuada tensión estilística. En la concepción dantesca,
el Paraíso se halla fuera de la esfera terrestre, en torno a la cual,
según la doctrina ptolemaica, giran nueve cielos concéntricos, los siete
primeros regidos por los planetas, desde la Luna a Saturno, el octavo con
las estrellas fijas y el noveno el del primer móvil. Pero, además, D. pone
otro que abraza a los anteriores y que es la morada de Dios y de los
bienaventurados, es decir, el Empíreo. A medida que, acompañado de su
amada, D. asciende por los distintos cielos, va encontrando diversos
personajes, no porque ésa sea su sede habitual, sino para situarlos bajo
el planeta que pudo haber condicionado su tendencia más acusada en la vida
terrenal. De esta forma establece también una gradación de
bienaventuranza. En el Paraíso se hace muy difícil distinguir a los
personajes, porque es la cántica de la luz, de la música, del movimiento,
de las formas geométricas perfectas. Una serie de conceptos, pues, más
abstractos, más puros e inaferrables. Sólo la mayor luminosidad,
transparencia y belleza de Beatriz indicarán al poeta que ha subido de un
cielo a otro. Los bienaventurados no tienen rostro que les defina, pero
también dan lugar a episodios y situaciones famosos. La más alta expresión
poética corresponde al Empíreo, en el que, tras una anticipada visión de
un río de luz, con chispas y fulgores, entre orillas con flores de oro y
rubíes, se llega a la inmensa rosa blanca de los bienaventurados; y será
ahora S. Bernardo, que antepuso el amor de Dios a la misma ciencia
teológica, quien en una excelsa plegaria pedirá a la Virgen que D. pueda
contemplar a Dios: y el poeta se esfuerza en transmitirnos sus tres
intuiciones de la esencia divina, la unidad, la Trinidad y la Encarnación.
Su voluntad podrá ya girar al unísono de la de Dios, del Amor que todo lo
mueve.
6. Fortuna de Dante. La devoción por D., aunque con altibajos, se
percibe en los países europeos desde fines del s. xiv, como en el caso del
inglés Chaucer (v.) o desde principios del xv, como ocurre en Castilla,
Cataluña y Francia, donde dos mujeres, Cristina de Pisán (1363-ca. 1430) y
Margarita de Navarra (1492-1549), representan el dantismo inicial. En
general, D. fue más citado que entendido, más admirado que interpretado,
hasta el punto de que, salvo la excepción de Milton (v.), no fue motivo
inspirador de ningún gran poema antes de la época romántica. Desde el
Renacimiento hasta la Ilustración (es sintomática en este siglo la condena
de Voltaire), la Divina Comedia es más bien recordada indirectamente y si
la Monarquía llegó a divulgarse entre los contrarios al Papa, fue por su
inclusión en el índice. Con el Romanticismo se asiste al redescubrimiento
del profundo significado de la poesía dantesca en distintos países:
continúa el culto de los ingleses (Coleridge, Wordsworth, Byron, Shelley),
da comienzo la atención filosófica y filológica de los alemanes (A. W.
Schlegel, Herder, Goethe, Schelling) y la devoción de los poetas
franceses, más sensibles a su sentido poético y religioso (Chateaubriand,
Ozanam, Lamartine, V. Hugo) que al significado político que le dieron los
románticos italianos. A partir de la segunda mitad del siglo pasado se
organizan los estudios en torno a la figura y a la obra de D. y su nombre
se hace imprescindible en la cultura literaria moderna. Las fechas más
importantes, que agrupan nuevas actitudes críticas, son las de los últimos
centenarios: 1865, 1921 y 1965. Precisamente a la primera corresponde la
traducción del poeta norteamericano H. W. Longfellow. Y para dar un nombre
de un poeta contemporáneo que ha sentido muy de cerca a D., baste recordar
a T. S. Eliot (v.).
Por lo que se refiere a España, el primer italianismo del s. xv se
distingue precisamente del de la época de Boscán y Garcilaso en que fue
fundamentalmente dantesco, además de desarrollarse en dos ambientes
lingüísticos diversos: Cataluña y Castilla. Por eso, en la historia del
dantismo español los primeros nombres corresponden, respectivamente, a
Bernat Metge (v.), que mezcla esta influencia con otras, y a Micer
Francisco Imperial (s. xv), que en sus decires copia léxico, alusiones y
comparaciones de la Comedia. También desde el principio hay traducciones
de esta obra en ambas lenguas: la castellana en prosa, de 1428, todavía
inédita, atribuida a Enrique de Villena (1394-1434) y la catalana, en
tercetos, de Andreu Febrer, terminada en 1429. Con Febrer pertenecen a la
corte de Alfonso V los valencianos Jordi de Sant Jordi (v.) y Ausias March
(v.), en quienes predomina el influjo petrarquista, más vivo en Cataluña
que el dantesco, a excepción de Hug Bernat de Rocabertí (ca. 1423ca.
1488-90), por el título y la estrofa de su Comédia de la gldria d'amor.
En el Marqués de Santillana (v.), amigo de Villena, es perceptible
la huella de D. en muchos de sus decires narrativos y, principalmente, por
sus pretensiones y vinculación reflejada en sus nombres, en El infierno de
los enamorados y en la Comedieta de Ponza. El prestigio cultural del
Marqués de Santillana hace que a su muerte le dediquen poemas Gómez
Manrique (v.) y Diego de Burgos, con evidente imitación del florentino. En
cambio Juan de Mena (v.), pese al carácter alegórico de su Laberinto de
Fortuna, tiene poco que ver con D. en cuanto a la lengua y estilo. En el
periodo de transición al Renacimiento, cuando se prefiere Petrarca (v.),
tres nombres representan el culto dantesco en la literatura castellana: D.
Guillén de Ávila, autor del poema En loor de D. Alonso Carrillo, que
utiliza a D. como guía en un viaje ultramundano; Juan de Padilla
(1468-1522?), cuyas obras Retablo de la vida de Cristo y Los doce triunfos
de los doce apóstoles, sobre todo esta última, representan la culminación
de la imitación de la Divina Comedia en situaciones y lengua; y Pedro
Fernández de Villegas, traductor del Infierno en estrofas de arte mayor
(1515), que es la única versión castellana impresa antes de fines del s.
xlx. En catalán merecen mención las Senténcies ca1óliques del diví poeta
Dan Florentí, publicaciones póstumas (1545), de Mossén Jaume Ferrer de
Blanes (ca. 1445-ca.1526). Pese a las huellas o paralelos aislados
señalados en la literatura del Siglo de Oro en relación con D., no fue
éste, aun sin desaparecer de la cultura literaria, un modelo que haya
condicionado nuevas corrientes. Tampoco en el s. xvlii se le tiene en
cuenta, a no ser en las últimas décadas, gracias a los jesuitas expulsados
en Italia. Durante el Romanticismo, D. se convierte en uno de los ídolos
de la nueva sensibilidad, pero su conocimiento es superficial hasta la
segunda mitad del siglo, época de las presuntuosas y mediocres
traducciones y cuando algunos poetas parecen haberle interpretado más a
fondo: G. Núñez de Arce (v.), imitándole en su poema alegórico La selva
oscura, y G. A. Bécquer (v.), recreando algún motivo de la Comedia, con lo
que abre un camino que seguirán los grandes poetas de nuestro siglo, Rubén
Darío (v.), M. de Unamuno (v.) y A. Machado (v.). La contribución
hispánica más importante a los estudios dantescos es la tesis de Asín
Palacios (v.) sobre las fuentes musulmanas de la Comedia, muy discutida al
principio, pero confirmada en parte con hallazgos recientes.
V. t.: STIL NUOVO; DOMINICOS 111.
BIBL.: U. Cosmo, Guida a Dante, 2
ed. Florencia 1962; Opere di Dante, 2 ed. Florencia 1960; DANTE ALIGHIERI,
La Divina Comedia, Milán-Nápoles 1957; Obras completas de Dante Alighieri,
Madrid 1956; M. BARBI, Vita di Dante, Florencia 1961; S. A. CHIMENZ,
Dante, en Letteratura italiana. I maggiori, I, Milán 1956; N. SAPEGNO, Il
trecento, Milán-Nápoles 1963; 1. ARCE, La bibliografía hispánica sobre
Dante y España entre dos centenarios (19211965), Florencia 1965; C.
CONSIGLIO, Dante, Barcelona 1949; D. DE ROBERTIS, 11 libro della Vita
Nuova, Florencia 1961; J. ARCE, Estilo y estructura de la «Vita Nuova»,
«Atlántida» 18 (1965) 961-969; G. CONTINI, Introduzione a Rime, Turín
1965; H. RHEINFELDER, Lo efímero y lo imperecedero en «De vulgar¡
eloquentia», «Atlántida» 18 (1965) 700-716; A. TRUYOL Y SERRA, La
monarquía universal de Dante y las tradiciones políticas de Occidente,
«Rev.
J. ARCE FERNÁNDEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp,
1991
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