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Problemas críticos. Tal vez ninguna otra obra importante de la literatura
española haya suscitado tantos y tan grandes problemas críticos como los
que han ocupado y ocupan la atención de los investigadores en torno a La
Celestina. Problemas de género literario, de autor, de fecha y, asimismo,
problemas de contenido, es decir, de interpretación.
Se escribió probablemente hacia 1490, pero la primera ed. que se
conoce es posterior a esa fecha. Si la ed. de Burgos que hoy se conserva
en la Hispanic Society de Nueva York data realmente de 1499, según reza el
colofón del impresor, Fadrique de Basilea-ésta sería la ed. princeps.
Existen serias dudas, sin embargo, sobre la autenticidad de esa fecha,
estampada en la última hoja del libro. Esta hoja es apócrifa: «Más
exactamente, ha sido añadida en una época posterior, incierta», (D. Poyán
Díaz, intr. a la ed. facsímil de la Comedia de Calisto y Melibea impresa
en Toledo en 1500, Ginebra 1961). El bibliófilo Martín Bodmer cree que
esta ed. de Toledo de 1500, salida de las prensas de Pedro Hagenbach (?),
es la ed. princeps. Hoy se conserva en la Bibl. Bodmeriana de Ginebra. En
1501 sale otra ed. en Sevilla, de la imprenta de Stanislao Polono, cuyo
único ejemplar conservado se encuentra en la Bibl. Nac. de París. En estas
tres ed. consta de 16 actos, falta el título en la primera y en las otras
dos aparece como Comedia de Calisto y Melibea. Volvió a imprimirse de
nuevo en varias ciudades en 1502. Pero en las ed. de ese año y, a partir
de entonces, en todas las que continuaron apareciendo, el título es el de
Tragicomedia de Calisto y Melibea y consta de 21 actos, por adición de lo
que se ha venido llamando generalmente «Tratado de Centurio», personaje
rufianesco que no aparece en los 16 actos de la Comedia.
Existen varias ed. críticas de La Celestina. De éstas las más
importantes han sido las siguientes: la de Fritz Holle (Estrasburgo, s.
a.); las de Foulché-Delbosc (Madrid, 1900 y 1902) que reproducen,
respectivamente, la ed. de Sevilla de 1501 y la de Burgos de 1499 (?); la
de Julio Cejador y Frauca, Clásicos castellanos (Madrid 1913) y la más
moderna y esmerada de M. Criado del Val y G. D. Trotter (Madrid 1958).
Estas dos últimas reproducen los 21 actos de la Tragicomedia.
En la ed. de Sevilla de 1502, que puede considerarse como la
definitiva, a continuación del título aparece una carta de «El auctor a un
su amigo»; siguen varias estrofas en versos acrósticos que revelan el
nombre y lugar de nacimiento del autor. Es decir, uniendo las primeras
letras de cada verso puede leerse lo siguiente: EL BACHILLER FERNANDO DE
ROJAS ACABE LA COMEDIA DE CALISTO Y MELIBEA Y FUE NASCIDO EN LA PUEBLA DE
MONTALVAN. Viene después un «Prólogo», donde, al final, explica el autor
el por qué del cambio de título, de Comedia a Tragicomedia: «Otros han
litigado sobre el nombre, diziendo que no se avia de llamar comedia, pues
acabava en tristeza, sino que se llamasse tragedia... Yo, viendo estas
discordias, entre estos estremos parti agora por medio la porfia, y
llamela tragicomedia». A continuación de este prólogo aparece de nuevo el
título con el siguiente incipit: «compuesta en reprehension de los locos
enamorados, que, vencidos en su desordenado apetito, a sus amigas llaman y
dizen ser su Dios. Assimismo fecha en aviso de los engaños de las
alcahuetas y malos y lisongeros sirvientes».
Argumento. Al principio de cada uno de los 21 actos se presenta un
argumento o resumen de dicho acto. Antes del argumento del acto primero,
aparece el siguiente argumento general de la obra: «Calisto fue de noble
linaje, de claro ingenio, de gentil disposicion, de linda crian~,a, dotado
de muchas gracias, de estado mediano. Fue preso en el amor de Melibea,
muger mona, muy generosa, de alta y serenissima sangre, sublimada en
prospero estado, una sola eredera a su padre Pleberio, y de su madre Alisa
muy amada. Por solicitud del pungido Calisto, vencido el casto proposito
della -enterveniendo Celestina, mala y astuta muger, con dos sirvientes
del vencido Calisto, engañados y por esta tornados desleales, presa su
fidelidad con anzuelo de codicia y de deleyte- vinieron los amantes, y los
que les ministraron en amargo y desastrado fin. Para comienQo de lo cual
dispuso el adversa fortuna lugar oportuno, donde a la presencia de Calisto
se presento la desseada Melibea». Como se sabe, Celestina muere a manos de
los dos sirvientes desleales, Sempronio y Pármeno. La justicia prende a
estos últimos, que son decapitados en la plaza pública. Calisto se despeña
al caer de la escala que ha utilizado para entrar en el jardín de Melibea
y ésta se suicida arrojándose de una torre.
Diferencias entre la Comedia y la Tragicomedia. El paso de la
Comedia a la Tragicomedia no sólo supuso la adición de cinco actos con la
intervención del rufián Centurio, a quien acuden Areusa y Elicia para
vengar la muerte de Celestina, sino además una revisión importante por
parte del autor de lo publicado hasta entonces: cambio o eliminación de
frases o palabras e interpolaciones, a veces, de considerable extensión.
Revisión que contribuyó a perfilar el estilo de la obra y, en ocasiones, a
cambiar de manera sutil las motivaciones psicológicas de los personajes.
(Véase a este respecto el excelente trabajo de Stephen Gilman, The Art of
La Celestina, Madison, Wisconsin, 1956). Tal vez uno de los cambios más
interesantes y significativos sea el diferente tratamiento que recibe, en
una y otra versión, ese «amargo y desastrado fin» de Calisto. En la
Comedia Calisto muere al finalizar su primera entrevista con Melibea, es
decir, inmediatamente después de haber gozado de la posesión carnal de
ésta. Su muerte está vista sólo y exclusivamente como castigo providencial
por su pecado. Desaparece el personaje y sólo queda la lección moral,
drástica, contundente. Ni siquiera presenciamos el dolor humano del
moribundo. Nos enteramos de su muerte de manera indirecta, a través de las
palabras de su criado Tristán. Al autor sólo le interesa realzar el
aspecto ignominioso de este final del «loco Calisto», cuando éste se
separa de su amada porque «ya quiere amanecer» y ha de marcharse para que
no los sorprendan.
Eh la Tragicomedia, por el contrario, al prolongarse hasta tres las
entrevistas de los dos jóvenes, la muerte de Calisto no surge con la
drástica inmediatez de la Comedia. Es más, ahora Calisto se separa de
Melibea porque cree que sus criados están en peligro y se apresta a acudir
en su defensa. Al caer de la escala oímos su grito de angustia: «¡0,
válame Sancta María! ¡Muerto soy! ¡Confesión! ». Como puede apreciarse, en
la Tragicomedia, esta escena tiene mayor carácter de verosimilitud y añade
un toque tanto de humanidad como de dignidad que no se encuentra en la
Comedia.
Problema de autoría. ¿Fue uno o fueron dos los los autores de esta
obra extraordinaria? Un hecho parece hoy por completo fuera de duda:
Fernando de Rojas escribió los 15 últimos actos de la Comedia original y,
asimismo, añadió más tarde 5 actos, hasta los 21 de que se compone la
Tragicomedia. El problema es el siguiente: ¿escribió Rojas también el acto
primero, el más largo de toda la obra? Dice Fernando de Rojas en su
cartaprólogo «a un su amigo», que encontró la obra incompleta en unos
«papeles»: «Vi que no tenía su firma del auctor, el qual, según algunos
dizen, fue Juan de Mena y según otros, Rodrigo Cota; pero quienquier que
fuesse, es digno de recordable memoria, por la sotil invención, por la
gran copia de sentencias enxeridas, que so color de donayre tiene».
Declara después que dedicó 15 días de unas vacaciones a terminar la obra,
«y, porque conozcays donde comiengan mis mal doladas razones, acordé que
todo lo del antiguo auctor fuesse sin división en un acto o cena incluso».
La crítica del s. XII y con ella el polígrafo santanderino Marcelino
Menéndez Pelayo estimó, basándose en la indudable unidad de sentido de
toda la obra, que la existencia de ese presunto autor de que habla Rojas
era un mero artificio de forma por parte de este último (para salvarse,
según algunos, de una posible condena de la Inquisición). Menéndez Pelayo
afirmó de manera rotunda: «A mi juicio... el bachiller Fernando de Rojas
es único autor y creador de La Celestina, la cual él compuso íntegramente,
no en quince días, sino en muchos días y meses» (M. Menéndez Pelayo, La
Celestina, Col. Austral, n° 691, p. 42. Esta ed. reproduce el trabajo de
dicho autor en Orígenes de la novela, 111, Santander 1943, 219-457). Hoy
la actitud de la crítica más autorizada ha cambiado bastante a este
respecto. Suele admitirse que la afirmación de Rojas sobre haber acabado
la obra en los 15 días de unas vacaciones es una pura fórmula, «un tipo
muy practicado de la captado benevolentiae» (M. R. Lida de Malkiel, La
originalidad artística de La Celestina, Buenos Aires 1962).
Sin embargo, un buen número de eminentes tratadistas se inclina hoy,
por la opinión de que Fernando de Rojas (de cuya existencia se llegó a
dudar hasta que fue definitivamente probada por un hallazgo bibliográfico
de Manuel Serrano y Sanz, en 1902) dice la verdad cuando confiesa que
encontró la obra ya comenzada. En gran parte responsables de esta nueva
actitud, que coincide con la de los contemporáneos de Rojas y de épocas
posteriores hasta llegar al s. XII (M. Bataillon, La Célestine selon
Fernando de Rojas, París 1961), han sido los estudios del lenguaje y
estilo de las diferentes partes de la obra, entre los cuales destaca el de
M. Criado del Val (Índice verbal de La Celestina, Madrid 1955), quien
afirma: «Queda de esta manera resuelto el problema de acuerdo con las
propias afirmaciones de Rojas, que rechazaba la propiedad del acto 1° y
afirmaba la de los cinco añadidos posteriormente» (o. c., 213). De
parecida opinión es Menéndez Pidal (La lengua en tiempo de los Reyes
Católicos, «Cuadernos Hispanoamericanos», 13, 1950, 9-24). Mucho más
cauteloso con respecto a la validez del método lingüístico se muestra F.
González Ollé (El problema de la autoría de «La Celestina», «Rev. de
Filología Española», XLIII, 1962, 439-45), quien mantiene, sin embargo,
«la hipótesis de que el primer acto es realmente de distinto autor que los
siguientes, pero que fue reelaborado por el mismo que compuso éstos».
Otros críticos como P. Bohigas, Otis H. Green, J. Homer Herriott y algunos
otros siguen inclinándose por la unidad de autor. Por último, hay quienes,
aun inclinándose por tal unidad, consideran este problema como algo
secundario en el análisis de La Celestina como obra de arte (Américo
Castro, Stephen Gilman). En el fondo, tal vez sea ésta la única manera de
superar el problema, ya que la estructura interna de la obra y su
valoración estética pueden estudiarse perfectamente con independencia del
problema de autoría.
Valoración artística. Se ha dicho con frecuencia que en La Celestina
se conjugan de manera admirable el idealismo más sublime, de una parte y,
por otra, el realismo más crudo y descarnado. En cierto sentido es esto
verdad, porque, en el fondo, se trata de un juicio que pudiera aplicarse a
cualquier obra cumbre de la literatura universal. Pero ni la retórica
refinada que encontramos en los monólogos de los amantes, ni las
exquisitas frases de amor entre ellos son motivo suficiente para calificar
de idealista esta obra, ni, por otra parte, radica su realismo en la
presentación de unas cuantas escenas eróticas o en la descripción de los
«oficios» de Celestina («labrandera, perfumera, maestra de hazer afeytes y
de hazer virgos, alcahueta y un poquito hechizera»). Consiste más bien su
realismo en un desnudar a las almas de toda cobertura hipócrita, en
penetrar por ellas hasta mostrarnos, no cómo son, sino cómo existen, cual
sea el secreto descarnado y doloroso de una existencia abandonada a sus
propias fuerzas,, a sus propias pasiones, a sus propios deseos. Una
existencia, unas vidas humanas, que necesitan engañarse a sí mismas,
fingiendo ideales, fingiendo razones, para poder vivir dentro de sí mismas
sin más trascendencia que la falsa trascendencia del deseo egoísta. El
idealismo de La Celestina es algo más íntimo, algo que nos toca de
rechazo, algo que brilla, es decir, que se ilumina, en su misma ausencia.
El idealismo de La Celestina no es lo que está «ahí», en la vida de esos
personajes, sino lo que está «más allá», fuera de esas vidas atormentadas:
la absoluta necesidad en que se encuentran esas vidas de hacer verdad lo
que en ellas sólo es ficción.
V..t.: ROJAS, FERNANDO DE.
BIBL.: Aparte de las obras ya
citadas en el texto, F. CAsTRo GUISASOLA, Observaciones sobre las fuentes
literarias de La Celestina, Madrid 1924; R. MAEZTU, Don Quijote, Don Juan
y La Celestina, Madrid 1926; 1. M. AGUIRRE, Calisto y Melibea, amantes
cortesanos, Zaragoza 1962; A. CASTRO, La Celestina como contienda
literaria, Madrid 1965.
C. BANDERA GÓMEZ.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp,
1991
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