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Cayo Julio César Octavio, n. en Roma en el 691 de la fundaci6n de Roma, 63
a. C. Su padre era el pretor Cayo Octavio y su madre Atia, hermana de
Julio César, junto con el cual A. pasó gran parte de su juventud, y por el
que fue educado. A los 15 años recibió la dignidad senatorial, y a los 19,
estando en Apolonia preparando una expedición contra los partos, recibió
la noticia de la muerte de César. A partir de este momento, A. empezaría a
mostrar el talento político extraordinario que, finalmente, habría de
conducirle al trono de Roma.
El camino hacia el poder. En su testamento, César hacía de A. su
hijo adoptivo y heredero; desde Apolonia, A. se levantó para reivindicar
su herencia y se dirigió hacia Roma, tomando el nombre de Cayo César
Octaviano en memoria de su padre adoptivo. A comienzos de mayo del 44 a.
C., A. desembarcó en Italia y tuvo lugar el primer enfrentamiento con
Marco Antonio, al que se apresuró a reclamar el dinero hallado en las
cajas del César y que, según su testamento, debía de legarse al pueblo.
Antonio, cuya intención era reemplazar a César en la jefatura de la
República, se negó a ello, y además reforzó su poder, haciéndose prorrogar
en cinco años el gobierno de Macedonia e intentando apoderarse de la
provincia más importante del Imperio: la Galia Cisalpina, cuyo gobernador
era Décimo Bruto, el asesino de César. A. protestó ante el pueblo en
contra de Antonio que, sin respetar el testamento de César, se había
apropiado de su fortuna. El partido senatorial que, viendo en A. un
heredero de César, debería de haberse dispuesto en contra suya, no lo
hizo; pues Cicerón, al ver su oposición con Antonio y considerándole un
instrumento fácil, prefirió aliarse con él para así empujarlos uno contra
el otro. Aparentemente se disociaba así el partido cesarista pero, de
hecho, Cicerón, con su apoyo, no hizo más que resucitar en A. al mismo
César. Unido de este modo al partido conservador, A. se ofreció para
defender la República en peligro, siendo aceptado por el partido
senatorial. Organizada la resistencia contra Antonio, A. reclutó en
Campania una guardia personal entre los veteranos de César, y se dirigió
hacia la Cisalpina para liberar a Décimo Bruto, sitiado en Módena por
Antonio. Vencido éste, se refugió en la Galia Narbonense con su gobernador
Marco Emilio Lépido, y juntos los dos, se alzaron en rebeldía contra la
República; sin embargo, Lépido prefirió aliarse a con A. y sirvió de
mediador entre éste y Antonio. A. entabló entonces conversaciones con sus
antiguos enemigos e hizo un acuerdo secreto con ellos. Después, y habiendo
muerto en las luchas del 43 los dos cónsules, Hirtio y Pansa, A. concibió
el proyecto de quedarse con dicha magistratura y la pidió al Senado; ante
la negativa de éste, marchó sobre Roma con su ejército, y después de
adueñarse de la ciudad, obtuvo el Consulado por la fuerza mediante la Lex
Pedía, en agosto del mismo año. Nada se oponía ya a la unión de A. con
Antonio y Lépido, que volvieron a Italia con sus ejércitos. En Bononía
(Bolonia) tuvo lugar una entrevista de la que saldría formado el segundo
triunvirato, que se diferenció del primero en que no era como aquél un
acuerdo privado, sino una magistratura oficial que pretendía tener todas
las formas de la ley y así fue confirmado legítimamente por el pueblo
mediante la Lex Títía, que les nombró por cinco años Tríum Vírí
Reípublícae Constítuendae precisándose sus poderes ejecutivo, legislativo
y proconsular. Una vez en el poder, los triunviros decretaron la
revocación de la amnistía del 44 y empezaron las proscripciones,
llevándose así a cabo la venganza de la muerte de César; en ellas,
efectuadas con gran dureza, murieron 300 senadores y 2.000 caballeros,
entre ellos el mismo Cicerón. En enero del 42, y como fin de la
rehabilitación de César, éste fue divinizado. Mientras tanto y en Oriente,
el partido republicano se había rehecho, y Bruto, Casio y Sexto Pompeyo,
el hijo del enemigo de César, habían reunido un fuerte contingente de
tropas; se hacía necesario combatirles y para ello A. y Antonio pasaron a
Oriente con un ejército considerable: en la llanura de Filipos, norte de
Grecia, tuvo lugar el combate, en el cual, A. se comportó débilmente,
hundiéndose su ala ante el empuje de la de Bruto. Marco Antonio por su
parte, derrotó a Casio, quien se dio muerte por no caer prisionero, al
igual que haría Bruto más tarde. Las únicas huestes republicanas que
quedaban ya eran las de Sexto Pompeyo que, bloqueando el estrecho de
Mesina, amenazaban sitiar por hambre a Italia. Conseguida esta victoria,
A. comenzó a apoderarse de todas las provincias occidentales, convirtiendo
a Occidente en la base de su poderío. Después de las proscripciones y de
las batallas de Filipos, la nobleza quedó diezmada y arruinada y en una
situación de la que no era fácil rehacerse, por lo que no suponía peligro
alguno; pero, de otro lado, los triunviros se encontraban ante unas
circunstancias llenas de dificultades: indemnizar a los soldados,
licenciar parte del ejército, restablecer la autoridad en Roma, en
Oriente, etc. En este momento se Ilevó a cabo el primer reparto de las
provincias: Lépido obtuvo la Narbonense y España, A. Africa y Sicilia y
Antonio la Galia y la Cisalpina. En otro reparto posterior se decidió que
la Cisalpina e Italia no pertenecerían a ninguno; A. se quedó también con
España, Antonio con la Narbonense, conservando Lépido sólo Africa. Marchó
después Antonio a Oriente y A. quedó en Italia para repartir tierras entre
los veteranos; para ello despojó a varios terratenientes romanos y las
reclamaciones de éstos fueron aprovechadas por los familiares y
partidarios de Antonio que se opusieron a A., teniendo lugar un encuentro
en Perusa, donde Lucio, cuñado de Antonio, acabó rindiéndose a Agripa,
general de A.; ante estas noticias Antonio desembarcó en Italia en actitud
hostil, pero por fin se firmó la paz de Brindisi ( 40) en la que una nueva
partición dividía el mundo en dos partes: Oriente para Antonio y Occidente
para A. El límite se hallaba en la Scodia Ilírica. Italia se consideraba
territorio neutral y Africa se conservaba para Lépido, que poco a poco iba
siendo postergado por los otros triunviros. Este tratado se ratificó por
el matrimonio de Octavia, hermana de A., con Antonio. Al año siguiente A.
se enfrentó a Sexto Pompeyo, antiguo aliado de Bruto y Casio, que después
de la batalla de Filipos había acogido en su ejército a toda la armada
republicana mandada por G. Domicio Ahenobarbo; por fin pactó con él, y por
el tratado de Miseno se concedieron a Sexto Pompeyo las islas de Sicilia,
Córcega y Cerdeña. Sin embargo, A. no descansaría hasta aniquilar todo
resto del partido republicano; un poco más tarde y en Tarento, A. y
Antonio se cedían mutuamente parte de sus ejércitos, que ambos necesitaban
para la consecución de sus fines antes de que su mandato expirase. En la
primavera del 37, Antonio daba a A. 130 naves que éste utilizaría en su
lucha contra Pompeyo y a cambio recibía 21.000 hombres para la lucha
contra los partos; el triunvirato se renovó por otros cinco años. En el 36
A. consiguió por fin vencer a Sexto Pompeyo en aguas de Naulocos gracias a
su general Agripa; esta victoria iba a tener además unas consecuencias
inesperadas: la transformación del triunvirato en duunvirato; Lépido, que
había intervenido en la guerra, intentó sublevarse contra A., con el deseo
de obtener en el reparto de tierras un lote igual al de sus colegas, pero
se vio abandonado por sus tropas y tuvo que rendirse renunciando a su
título triunviral y conservando sólo el Pontificado Máximo y el perdón de
su vida. A. se hallaba así repentinamente a la cabeza de 43 legiones, 600
navíos y un Imperio que comprendía España, Italia, las Galias, Iliria y
una gran parte de Africa del Norte. Sólo dos hombres quedaban ahora frente
al poder y esta dualidad les llevaría al enfrentamiento, al aniquilamiento
de uno de ellos y al poder absoluto del otro; la República romana
declinaba.
Antonio con su actuación desde Oriente iba a dar motivo a A. para
llegar al poder único erigiéndose en defensor de la República y
prescindiendo de él. En primer lugar, su fracaso militar ante los partos,
empresa tan largamente acariciada por César; luego, su alejamiento del
espíritu romano, convirtiéndose en un monarca helenístico y necesitando
cada vez más de Egipto al que se había unido por medio de su matrimonio
con Cleopatra. A., temeroso del poder ilimitado que Antonio podía llegar a
tener decidió crear un conflicto entre éste y el Senado, para lo cual
aprovechó las donaciones de territorios romanos que en Alejandría Antonio
había hecho a Cleopatra y a sus hijos; poco a poco le fue presentando ante
el pueblo romano como enemigo público, como traidor a la causa imperial
romana y en definitiva como un juguete en manos de la reina de Egipto. La
oposición entre los dos triunviros, basada primero en una rivalidad
personal, llegó a convertirse así en una lucha de dos ideas históricas:
Oriente y Occidente, helenismo y romanismo, monarquía absoluta y monarquía
moderada.
La ruptura definitiva tuvo lugar en el 32, año en que expiraban los
poderes de los triunviros. A. decidió que él renunciaría al cargo si
también lo hacía Antonio, pero mientras para éste, como príncipe consorte
de Egipto. la renuncia no suponía nada, para él era la pérdida total del
poder. La lectura pública del testamento de Antonio en la que éste dejaba
como heredero a Cesarión, hijo de Cleopatra y César y pedía ser enterrado
en Alejandría, fue el arma utilizada por A., que soliviantó a la opinión
pública y la enfrentó a Antonio. Un decreto del Senado depuso a éste de su
cargo y declaró la guerra a Egipto poniendo a A. al mando del ejército.
Antonio, que disponía de 30 legiones, las colocó en el promontorio de
Actium bajo la protección de su flota, situada en el golfo de Ambracia; A.
estableció su campamento y su flota muy cerca de allí, pero la guerra sin
embargo no comenzaba; A. no se atrevía a atacar y Antonio tampoco lo
hacía. La reina, por causas desconocidas, huyó con sus buques y Antonio la
siguió. El resto de la flota presentó batalla; siendo vencida, y a los
pocos días, el ejército y la flota desconcertados y sin jefe se pasaron a
las filas de A. La República, sin embargo, no se conformó con esto; quería
rematar esta victoria con la conquista y el aniquilamiento de Egipto; en
el a. 30 Alejandría se rendía, Antonio y Cleopatra se suicidaban y Egipto
se anexionaba a Roma. Después de 13 años, A. había tomado posesión de la
herencia de César como único dueño. Comenzaba una nueva época.
Augusto Emperador: política interior. A. se había erigido ahora en
dueño y señor de la República; las legiones le reconocieron como jefe, el
Senado le había entregado los poderes y el pueblo le aclamaba; su
autoridad, por tanto, era enorme, pero él intentó siempre incluir sus
poderes en los cuadros constitucionales, ya que sabía perfectamente cuán
sagrados eran para su pueblo ciertos símbolos y convenciones; por ello
rehusó proclamarse rey, limitándose a ostentar títulos puramente
republicanos. Ya cuando la guerra contra Antonio había recibido poderes
extraordinarios y el título de princeps o primero de todos los ciudadanos,
y desde el 38 a. C. tenía el de imperator o jefe supremo del ejército. A
partir del 31 a. C. recibió todos los años hasta el 23 el título consular,
y en el 36 la potestad tribunicia, que renovaría en el 30. En el 27
renunció a los poderes extraordinarios y restableció la República, pero el
Senado le devolvió parte de esos poderes, que fueron: el mando supremo del
ejército, y el gobierno durante 10 años de las provincias que, por ser
fronterizas, necesitaban un régimen militar; además de esto, el Senado,
agradecido por la restauración de la República, le dio el título de
Augusto, que significa elegido de los dioses mediante los Augurios, y con
el cual se le conoce a partir de este momento.
La restauración de la República no era más que superficial, puesto
que la evolución hacia el nuevo régimen seguía de un modo casi insensible.
En el 23, A. renunció al Consulado, que sólo ejercería ya de tarde en
tarde y de forma excepcional, pero recibió el Imperium Proconsulare en
toda la extensión del orbe romano, y conservó la potestad tribunicia, que
le confería todo el poder civil y la inviolabilidad, siendo a partir de
este momento un elemento integrante de la dignidad imperial. En el 18
renovó los poderes proconsulares por cinco años y en el 12, se le agregó
la dignidad de Pontífice Máximo, es decir, de jefe supremo de la religión
romana, título que también quedará vinculado al Emperador. En Roma nada
había cambiado, y sin embargo, desde el punto de vista de los pueblos
extranjeros, el Estado romano se había convertido en una monarquía
absoluta. Su condición de primer ciudadano la entendía A. no como un
concepto de Derecho político, sino como una misión que se le había
confiado: la de actuar en pro del bien común. El Principado de A. fue una
monarquía moderada, aunque llevaba en sí el germen del absolutismo;
realmente fue una diarquía o dualidad de poderes entre él y el Senado, que
continuó siendo, al menos en apariencia, el órgano esencial del gobierno,
a pesar de que A. procuró limitar en gran parte sus funciones. Estableció
la periodicidad de sus sesiones en dos por mes y cortó sus atribuciones al
dejarle únicamente reducido a la política interior en la administración
italiana; en cuanto a las provincias, las dividió en dos grupos;
senatoriales (Asia, Africa, Bitinia, Ponto, Creta, Cirenaica, Macedonia,
Acaya, Ilírica, Sicilia, Cerdeña, Córcega, la Bética, Chipre y la Galia
Narbonense), bajo la autoridad del Senado y gobernadas por procónsules, y
las provincias imperiales, bajo la autoridad del Emperador y el ejército,
y en las que entraron aquellas que por su inseguridad política exigían
fuerzas de ocupación (Siria, Gallaecia, España citerior y Lusitania).
Egipto quedó para A., que la administró como bien propio considerándose
heredero de los Ptolomeos, ya que el trigo egipcio era especialmente
importante para Roma. Con las finanzas ocurrió lo mismo; el Senado
conservó su tesoro o aerarium republicano, pero A. constituyó una caja y
una administración imperiales. La acuñación de moneda quedó también
repartida entre el Senado y el Emperador; a éste incumbían las acuñaciones
de oro y plata y a aquél las de bronce. A. hizo también una revisión entre
los componentes del Senado a los que redujo, de más de 1.000, a 600;
favoreció a los Senadores y a los caballeros, estableciendo su censo en
1.000.000 y 400.000 sestercios respectivamente. Otra de las reformas de A.
fue la de considerar a las provincias en igualdad de condiciones con Roma,
como ya había deseado Julio César; a partir de este momento, los
provinciales empezarían a participar activamente en la vida de la
República hasta ser, con el tiempo, asimilados a los ciudadanos romanos.
En cuanto a la Hacienda, ante la necesidad imperiosa de aumentar los
ingresos del erario, se crearon nuevos impuestos y se aumentaron los ya
existentes.
Toda la fuerza política del Principado radicaba en el ejército, ya
que se trataba en realidad de una monarquía militar; por ello A. introdujo
la modificación de convertirlo en permanente, como pilar sustentador del
Imperio; otra creación fue la guardia pretoriana, protección personal del
Emperador, que en el futuro desempeñaría un papel importante. Otra novedad
fue el Concilium Principis, organismo que englobaba a representantes de
todas las ideologías políticas, incluso a sus antiguos enemigos, dando así
a su gobierno el carácter de una agrupación de todos los partidos; A. tuvo
un gran interés en satisfacer, al partido puritano, que pretendía
restaurar la antigua moral romana; para ello, en el 18 a. C. dio una serie
de leyes como la Lex Julia de Maritandis Ordinibus, en la que se fomentaba
el matrimonio por medio de recompensas a los senadores casados y padres de
familia y limitaciones de orden social a los solteros, se precisaban
también las uniones que se tenían como ilegítimas, etc. A ésta siguieron
otras leyes complementarias y también de tipo moral, como la Lex
Sumptuaria y la Lex Julia de Pudicitia et de Coercendis Adulteriis; en la
primera se limitaba el lujo y en la segunda se castigaba el adulterio.
Como contraste, A., que había protegido la moral pública, se vio obligado
casi al final de su vida a desterrar a su hija Julia, por los vicios que
él mismo había condenado.
Política exterior. En su política exterior A. se vio obligado a
efectuar una serie de operaciones militares, algunas de ellas de tipo
preventivo, para intentar redondear y asegurar las fronteras del Imperio,
que en algunas zonas no estaban bien determinadas e incluso peligraban por
la cercanía de pueblos bárbaros. En el sur de la provincia africana
estaban los nómadas del desierto, en el este los árabes. En el Próximo
Oriente, el reino de los partos, más allá del Eufrates, seguía siendo una
herida para Roma que recordaba el último fracaso de Marco Antonio. En
otros pequeños reinos como Judea, Palmira, Abila, Emesa y Comagene la
política de A. se limitó a mantener en el trono a dinastías indígenas,
sometidas a vasallaje romano. Armenia, conquistada en otro tiempo por
Marco Antonio, se hallaba entre dos fuegos: los partos y los romanos;
muerto su rey en una revolución, A. puso en el trono al hermano del rey
muerto y entabló negociaciones con Fraates, rey de los partos; como
consecuencia, éste devolvía a Roma los trofeos y prisioneros capturados en
la expedición de Craso, y renunciaba además a inmiscuirse en la política
mediterránea, dejando a Roma Siria y Anatolia. Por su parte, A., a cambio
de esto, que le aseguraba la paz en Oriente, renunciaba a la expansión por
Asia Central, pudiendo así dedicarse a Europa. Este cambio de dirección en
la política expansionista de Roma iba a tener unas enormes consecuencias;
hasta entonces, la República había mirado siempre hacia Oriente como única
fuente de riqueza y cultura; desde este momento estarán más equiparadas
las provincias orientales y las occidentales; de esta nueva atención a
Occidente y de su romanización surgirá la civilización europea. En la
península Ibérica faltaban, para completar su conquista, la sumisión de la
parte norte, donde las tribus de cántabros y astures obligaron al mismo A.
a pasar dos años en España (27-25 a. C.). La guerra comenzó en el 29,
cuando aquellos pueblos y los vacceos se sublevaron contra Roma. A.,
resuelto a terminar con esta situación, se trasladó a España,
estableciéndose en Tarragona desde donde preparó y dirigió la campaña. A
principios del 26 fue al escenario de la lucha, dirigiendo personalmente
uno de los tres cuerpos en que se dividió el ejército; al mismo tiempo,
una armada vigilaba la costa. La guerra alcanzó una dureza increíble, ya
que los cántabros, rehusando las batallas campales, se acogían al sistema
de guerrillas, que fatigaba a los romanos y les impedía obtener grandes
ventajas. A., cansado, se retiró a Tarragona y no volvió a Cantabria hasta
el invierno del 25 a recibir las sumisiones de las tribus vencidas. A
partir de este momento España se consideró ya como pacificada y A. volvió
a Roma en el 24; sin embargo, la guerra resurgió en el 19, siendo Agripa
esta vez el enviado por A. para zanjarla. De los a. 7 al 2 a. C., A.
reestructuró la división de la Península en provincias, dando nuevos
límites a la Bética y a la Lusitania.
Sin embargo, la situación era seguramente más peligrosa en las
fronteras del norte del Imperio, debido a las tribus que se hallaban a las
orillas de los ríos Danubio y Rin; en el 29 sometió a los mesios y a parte
de los getas, creándose la provincia de Mesia (Bulgaria); siguieron la de
Iliria (Yugoslavia) y la de Panonia (Hungría) hasta llevar la frontera al
Danubio; Las tierras de más acá del Rin formaban la provincia de las
Galias, cuyo enriquecimiento obligó a Roma a defenderla de los germanos
que, inquietos y belicosos, se encontraban al otro lado de dicho río y
amenazaban con atacarla; poco a poco los germanos iban siendo un peligro,
ya no solamente para la Galia, sino para todo el Imperio. Por ello se
decidió conquistar Germania, tomando como base de operaciones el país
galo. El plan de ataque fue elaborado por Agripa, que trataba de invadirla
por medio de un ejército y de dos flotas que avanzarían por los ríos Ems y
Weser. Muerto Agripa poco antes de empezar la campaña, A. la encargó a
Druso, el hijo menor de su esposa Livia, En el a. 12 se ocupó la costa de
Frisia entre el Rin y el Weser; en el II, Druso se internó hacia el centro
del país y en el 9 llegó hasta el EIba, muriendo al regresar. Le sucedió
en el mando su hermano Tiberio, que en el 5 consumó la conquista del país.
Falta de consolidación, hubo un movimiento rebelde de los marcomanos en
Bohemia, y en el año 9 d: C., un hecho que desbarató toda la labor
realizada en Germania durante 20 años: la sublevación de los queruscos
que, dirigidos por Arminio, sorprendieron y aniquilaron a tres legiones
romanas dirigidas por Ouintilio Varo. Este desastre decidió a Roma a
abandonar las tierras de más allá del Rin, quedando las fronteras
definitivamente establecidas en este río y en el Danubio.
Ante la avanzada edad de A., se planteaba en Roma el problema de la
sucesión. Ya en el 18, A. había dado a su general y yerno Agripa la
potestad tribunicia y el poder proconsular, estableciendo con él una
especie de dualidad de poderes y adoptando además a sus dos hijos: Cayo y
Lucio César. La muerte de Agripa en el 12 impidió el desenvolvimiento de
este doble principado. Dio entonces a los hijos de su esposa Livia, Druso
y Tiberio, el gobierno proconsular, y después de la muerte del primero,
dio a Tiberio, a quien casó con su hija Julia, la potestad tribunicia. Se
formaron entonces en Roma dos partidos: uno conservador, encabezado por
Livia, que apoyaba a Tiberio y otro presidido por Julia, que le era hostil
y seguía en cambio a Cayo y Julio César. Ante este estado de cosas,
Tiberio prefirió retirarse a la isla de Rodas, y sólo después de muertos
Cayo y Lucio César volvió, llamado por A., que le adoptó en junio del a. 4
d. C., haciendo a su vez éste lo mismo con Germánico, el hijo de Druso,
para prever así la sucesión al trono. La última renovación de poderes que
hicieron A. y Tiberio conjuntamente, fue en el a. 13. El 19 ag. 14, A.
moría en Nola (Campania), a los 77 años, dejando como sucesor a Tiberio.
BIBL.: A. PIGANIOL, Histoire de
Rome, (Clio), París 1949; G. FERRERO, Historia de Roma, Barcelona 1943; L.
PERICOT y R. BALLESTER, Historia de Roma, en Historia General de la
Humanidad, Barcelona 1963; F. ALTHEIM, Niedergang der antiken Welt, eine
Untersuchung der Ursachen, Francfort 1952; L. Homo, Auguste, París 1935;
K. R5NN, Augustus, Viena 1937; R. PA- RIBENI, Augustus, Roma 1938; A.
BRANCATI, Augusto e la guerra di Spagna, Urbino 1963.
M. SOLEDAD AMBLÉS.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp,
1991
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