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N. en Fregenal de la Sierra (Badajoz) en 1527, y m. en Sevilla el 6 jul.
1598. Orientalista, capellán de Felipe 11, bibliotecario de El Escorial,
consejero secreto del rey en los asuntos de Flandes y Portugal; director
de la Biblia Políglota de Amberes, escribió, normalmente en latín, sobre
asuntos bíblicos.
Vida. Desde muy niño dio muestras de claro ingenio y devoción
religiosa. Su primer maestro fue el sacerdote Vázquez Matamoros, que había
viajado a Tierra Santa; en su padrino, el oidor de la Audiencia de Sevilla
Gaspar de Alcocer, encontró un protector, que, tras presentarle a Pedro
Mexía, cronista de Carlos V, en Aracena, le llevó a su casa de Sevilla
para que estudiara (1539). Desgraciadamente, Gaspar de Alcocer murió
pronto, y A. M. hubo de volver a Fregenal. Este peligro de que los niños
pobres inteligentes se encuentren en desamparo intelectual llevó a A. M.,
ya en su vejez, a fundar una cátedra gratuita en Aracena, que con varia
fortuna sobrevivió hasta el siglo pasado. El previsor de la diócesis de
Badajoz, Cristóbal Valdotano, decidió proteger al muchacho, y así le envió
primero a Sevilla y luego a la Univ. de Alcalá, donde estudió teología con
Andrés de la Cuesta, medicina con Pedro de Mena y filología con Fernando
Díaz. Aprendió latín, griego, árabe, hebreo y siriaco, lenguas a las que
añadió el flamenco, el alemán, francés, italiano y portugués.
Para su perfeccionamiento espiritual decidió retirarse a la Peña de
Alájar (Huelva), en cuya ermita se veneraba la aparición de la Virgen
María; allí se dedicó al estudio de las S. E., en las que veía la suma de
todas las ciencias y el camino para la purificación del hombre, y tomó la
decisión de ingresar en la Orden religiosa de Santiago de los Caballeros,
lo que hizo en mayo de 1560 en el convento de S. Marcos de León, donde
tomó los hábitos de sacerdote. Volvió a la Peña y en Llerena (Bada,joz),
se detuvo en casa del cirujano Francisco de Arce, con quien estudió y al
que animó a que escribiera un libro sobre cirugía, al cual puso prólogo A.
M. Vuelto al convento de S. Marcos, acompañó a fray Martín Pérez de Ayala,
obispo de Segovia, a la tercera tanda de sesiones del conc. de Trento
(enero 1562-diciembre 1563). La erudición bíblica, y teológico, así como
lo equilibrado de sus juicios, hicieron de A. M. uno de los consultores
más destacados del concilio.
En 1566 Felipe II le nombra su capellán y confesor y cuando en 1568
el impresor Plantín pide autorización para editar una biblia políglota, el
rey designa a A. M. director de la misma, encargándole al mismo tiempo que
le envíe desde Amberes cuantos libros de interés encuentre para la
biblioteca de El Escorial. En 1571 tiene prácticamente terminado su
trabajo y se dedica a editar obras ajenas.
Obra. Como hombre del Renacimiento, A. M. dirigió su curiosidad
intelectual a muy diversas ramas del saber: arqueología, lenguas
orientales, medicina, ciencias naturales, teología y filosofía, sin que
faltara la poesía. La mayor parte de su obra está escrita en latín y gira
en torno de la Biblia. Tiene Comentarios a Josué, jueces, Salmos, Isaías,
los Doce Profetas Menores, los Cuatro Evangelios, las Epístolas y el
Apocalipsis; escribió sobre numismática, geografía histórica de Palestina,
cronología bíblica, temas teológicos, como el del pecado original, y
trabajo del hebreo al latín el Itinerario del judío Benjamín de Tudela, y
al latín y al castellano los Comentarios a Isaías, Malaquías y jeremías
del célebre gramático judío David Qimhí; tradujo al latín el 'Cantar de
los Cantares y tanto en latín como en castellano compuso poesías
originales. Siendo estudiante en Alcalá, compuso en versos latinos una
Retórica que le valió una corona de laurel, la primera que, siguiendo la
moda italiana, se concedía en España a un poeta. Además de su intervención
en la Biblia Políglota de Amberes, fue cuidadoso editor de obras ajenas:
las obras de Fray Luis de Granada, el Comentario a Platón del alcalaíno
Pedro Serrano, el Tratado de Medicina de su amigo Francisco de Arce, las
Oraciones latinas de Pedro de Fontidueñas, un Libro de Horas para la
duquesa de Alba y breviarios y misales por encargo del rey. A todo ello se
añadió su intervención en el índice Expurgatorio de libros suspectos de
herejía, de los que procuraba salvar todo lo posible. Es indudable su
admiración por Erasmo de Rotterdam, pero carece de base firme la hipótesis
de que descendiera de una familia de judíos conversos al cristianismo. Sus
ascendientes eran modestos labradores de la sierra de Aracena; su padre
fue escribano de la Audiencia de Sevilla.
La «Biblia Políglota de Amberes». En la Biblia Políglota de Amberes
o Biblia regia realizó una meritísima labor sobre el texto hebreo, las
paráfrasis caldeas (Targum arameo), la versión siriaca del N. T. y las
versiones griega y latina; pero su trabajo más personal e innovador está
en los dos últimos tomos, llamados Aparato; en el t. VII junto al texto
hebreo, da, palabra por palabra, la traducción latina de Santos Pagnino,
aunque corrigiéndola cuando lo creía oportuno; en el t. VIII incluye un
tratado gramatical sobre Idiotismos de la lengua hebrea y además los de
Josef, o interpretación del lenguaje arcano (lo que le valió la acusación
de cabalista), jeremías, o de las misteriosas acciones divinas; Tubal Cain,
o de los sistemas de medida bíblicos; Phalec o de la diversidad de las
naciones; Canaán, o de las Doce Tribus; Caleb, o del repartimiento de la
Tierra Prometida; Nohab o de las fábricas sagradas. Estos trabajos,
colmados de erudición y amor a las S. E., fueron causas de grandes
sinsabores para A.M., pues el envidioso helenista León de Castro,
catedrático de Salamanca, le acusó de preferir la Sinagoga hebrea a la
Iglesia católica. A. M. hubo de acudir a Roma para conseguir del papa
Gregorio XIII el nihil obstat.
Actividad político-diplomática y últimos tiempos. Quiso entonces
quedarse en Italia, pero Felipe II le ordenó volver a Flandes, pues
insensiblemente se había convertido en el informador y consejero secreto
de los asuntos flamencos; desacorde con la política sanguinaria del duque
de Alba, logró que fuera sustituido por Zúfíiga Requesens y que se diera a
la cuestión flamenca una orientación conciliadora, de respeto a la gente
del país y de justicia sin soborno, tributos equitativos y mejoría
económica; desgraciadamente, esta política, inspirada por A. M., llegaba
ya muy tarde y cuando las cosas no tenían remedio.
En 1575 abandona Flandes y pasando por Alemania y Austria, embarca
en Génova para Barcelona; en España comprueba que la atmósfera de recelo
contra él aún perdura y sólo por la protección del rey se libra de la
Inquisición. En 1576 vuelve a la Peña, donde le visita Felipe II con el
secreto encargo de que esté al tanto de los asuntos de Portugal, pues el
rey don Sebastián quiere organizar una descabellada expedición a
Marruecos. En 1578 pasa a Lisboa y al tiempo que intenta disuadir a don
Sebastián, difunde el consejo, contrario a la expedición, que tiene Felipe
11, para atraerse así las simpatías del pueblo portugués hacia el rey de
Castilla. Muertos don Sebastián y su sucesor don Enrique, Felipe II se
compromete, por el tratado de Thomar (1581), a respetar la personalidad
portuguesa de sus nuevos súbditos y en ello hay una influencia indudable
de A. M., amante de la concordia y del respeto a las costumbres de los
naturales del país.
Vuelto a España, A. M. se dedica á ordenar la Biblioteca de El
Escorial, pero a partir de una escapada a la Peña, pierde el favor real,
sin que se sepan los motivos; A. M. renuncia a sus cargos y en 1584 vuelve
a Sevilla, donde rige el convento de Santiago de los Caballeros o de la
Espada y donde se hace una figura popular, querida y admirada por todos;
como no sabe negarse a nadie, decide ingresar en la Cartuja de S. María
del Campo, pero m. en casa de un amigo el médico Diego Núñez; en 1809 sus
restos fueron trasladados a la catedral, donde ahora reposan. El ambiente
enrarecido creado por la envidia de León de Castro le siguió hasta su
muerte; la actitud ambigua del P. Mariana, jesuita, llevó a Diego de
Estrada a zanjar la cuestión con su Aprobación de la Biblia regia, en la
que disipaba todas las dudas sobre la ortodoxia de A. M. También el suegro
del pintor Velázquez, Francisco Pacheco, escribió un Elogio de A. M. 1599.
A A. M. se le atribuyeron dos obras falsas: una contra los jesuitas, que
es en realidad obra de un apóstata polaco (Mónita secreta de los
jesuitas); la otra, defendiendo las doctrinas políticas de Maquiavelo,
obra de un catalán en 1640 (Aforismos sacados de la historia...).
BIBL.: l. ANDRÉS VÁZQUEZ, Arias
Montano, rey de nuestros escriturarios, Madrid 1943; L. MORALES OLIVER, La
política de Arias Montano y Felipe II en Flandes, Madrid 1927; T. GONZÁLEZ
DE CARVAJAL, Elogio histórico del Doctor Benito Arias Montano, «Memorias
de la Real Acad. de la Historia», t. VII, Madrid 1832, 1-199; Colección de
documentos inéditos para la Historia de España, XLI, Madrid 1862, 127-418;
M. BATAILLON, Erasmo y España. Estudios sobre la vida espiritual del siglo
XVI, 2 ed. española corregida y aumentada, México 1966, 738 ss.; B. REKERS,
Benito Arias Montano (1527-1598), Groninga 1961; Homenaje a Benito Arias
Montano, en «Rev. del Centro de Estudios Extremeños», II (1928); J. LÓPEZ
DE TORO, Fray Luis de León y Benito Arias Montano, «Rev. de Archivos
Bibliotecas y Museos» 61 (1955) 531-548; A. CASTRO, De la Edad
Conflictiva, Madrid 1961. 61-62.
F. DÍAZ ESTEBAN.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp,
1991
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