Ser cristiano en la era neopagana

Jaime Septién Crespo

La exigencia de conversión del corazón que nos dejó como tarea el Año Santo que recién termina es irreversible: no tiene vuelta de hoja. Como se desprendería del título de este artículo —que me robé de la serie de entrevistas al cardenal Ratzinger editadas por Encuentro—, ser cristiano en el tiempo en el que el nuevo paganismo se enseñorea del mundo, no es, desde luego, tarea sencilla. Pero sí debe ser para cada uno de nosotros tarea urgente.

La cantidad de retos que nos plantea el presente, los que se nos dibujan en el porvenir, podrían hacernos palidecer, más a muchos de los que nos llamamos cristianos pero que, en el fondo, somos de una debilidad indigna de ese nombre. O, al menos, es mi caso. ¿Cómo voy a conciliar mi fe con un mundo cada día más lleno de promesas tecnológicas para una vida confortable, sin necesidad de Dios?

Ser cristiano en la era neopagana —dice el cardenal Ratzinger— es tanto como ser un «sujeto vivo o activo de la fe, así como heraldo de su mensaje en el mundo». No cualquier cosa, sino un decidido evangelizador de tiempo completo. Desde la conversión, hacia el corazón del tiempo. Ése es, también, el llamado insistente de Juan Pablo II, de quien podemos extraer la esencia misma de ser cristiano hoy: primero que nada, serlo; en segundo lugar, mostrarlo, y en último lugar, decirlo.

El intenso llamado a la conversión con el que se cierra la Puerta Santa es para todos. De aquí en adelante, iniciar una vida de piedad y bondad, que esas dos son —según el libro de los Proverbios— las dos columnas de la sabiduría. Ser sabios nada tiene que ver con acumular conocimiento y mucho, muchísimo, por dejarnos penetrar por la gracia y vivirla a plenitud en el lugar que nos tocó de la creación.

La Iglesia no nos pide que todos nos convirtamos en sacerdotes. Nos exige que todos los cristianos nos alegremos de serlo. Dominus Iesus, por ejemplo, nos hablaba del privilegio (casi me atrevería a decir la suerte, pero la suerte no existe) de ser católicos, miembros del mismo Cuerpo Místico de Cristo. También la carta apostólica con la que hoy el Papa inaugura el nuevo milenio. Tenemos de dos sopas: hacer caso y experimentar la alegría de ser cristianos, o quedarnos en la condición de espectadores, mirando pasar el tren de la historia.