VIERNES SANTO Palabras de Juan Pablo II al final del vía crucis en el Coliseo

En la cruz de Cristo está la salvación del mundo

 

El Viernes santo, día 13 de abril, Juan Pablo II, siguiendo la tradición que ha establecido en su pontificado, a las doce de la mañana, acudió a la basílica de San Pedro para administrar el sacramento de la penitencia en uno de los confesonarios situados en la parte derecha del crucero. Confesó, durante más de una hora (hasta la una y cuarto), a doce personas de diversa nacionalidad y lengua:  italiano, polaco, inglés, español y portugués.

Por la tarde, a las cinco, presidió en el templo vaticano la celebración de la Pasión (actuaron de ministros once seminaristas polacos):  liturgia de la Palabra, adoración de la cruz y rito de comunión. Pronunció la homilía el p. Raniero Cantalamessa, o.f.m.cap., predicador de la Casa pontificia. Junto al Papa se hallaban los cardenales diáconos Sergio Sebastiani, presidente de la Prefectura para los asuntos económicos de la Santa Sede, y Zenon Grocholewski, prefecto de la Congregación para la educación católica; asistieron, además, otros veinticinco cardenales y veintiún arzobispos y obispos, así como una gran asamblea de fieles.

Después de la homilía, el Santo Padre subió al presbiterio, desde donde leyó en latín la oración universal, cuyas introducciones se hicieron en francés, inglés, polaco, ruso, alemán, portugués, tagalo, suahili, árabe y español. Los cardenales, arzobispos y obispos; el decano del Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, Giovanni Galassi, embajador de la República de San Marino, con una representación de embajadores; los canónigos de la basílica vaticana; algunos superiores generales de órdenes y congregaciones religiosas; y algunos fieles laicos, en representación de la asamblea, se acercaron, después del Romano Pontífice, a adorar la cruz. Ochenta y cinco sacerdotes distribuyeron la comunión a los fieles.

Por la noche, Juan Pablo II fue al Coliseo, para presidir el vía crucis. Llegó a las nueve y cuarto de la noche y se asomó un momento a la terraza del Palatino para saludar a los miles de fieles presentes; varios millones, en numerosos países, siguieron el rito por mundovisión. El cardenal Camillo Ruini, vicario del Papa para la diócesis de Roma, llevó la cruz durante la primera y la segunda estación; en las restantes se sucedieron una familia romana, una muchacha ruandesa, una señora de Bangkok, la dominicana Lisette Genao y frailes franciscanos de Tierra Santa. El Papa, este año, llevó la cruz en las dos últimas estaciones; en la decimocuarta, la mostró a la multitud desde la terraza del Palatino. Los textos de las meditaciones de las 14 estaciones estaban tomados del libro "Meditaciones y devociones" del cardenal John Henry Newman, ilustre predicador, teólogo y escritor inglés, de cuyo nacimiento se celebra este año el segundo centenario. El Santo Padre, al final del vía crucis, prescindiendo del discurso ya preparado, improvisó la breve meditación que publicamos.


Ecce lignum crucis, in quo salus mundi pependit! Venite, adoremus!

Hoy, por primera vez en este tercer milenio, se ha proclamado esta confesión en la basílica de San Pedro. En este mismo día, Viernes santo, esa misma verdad, desconcertante, ha sido proclamada en todos los continentes, en todos los países del mundo:  Ecce lignum crucis!

La Iglesia de Cristo confiesa esta realidad divina y humana:  Crux, ave crux! Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi, quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Esto ha confesado la Iglesia durante dos mil años, los dos milenios pasados. Hoy, por primera vez, lo confesamos en todo el mundo y aquí en Roma con este vía crucis en torno al Coliseo. Queremos transmitir, difundir esta verdad divina y humana en el tercer milenio. Queremos profesar que, por su cruz, el Hijo de Dios, aceptando esta humillación, una condena destinada a los esclavos, abrió a la humanidad el camino hacia la glorificación. Por esto, hoy oramos de rodillas, con espíritu de adoración.

Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi, quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Que esta verdad, confesada hoy en la basílica de San Pedro y aquí, junto al Coliseo romano, sea para nosotros la luz y la fuerza de este tiempo que inauguramos hace pocos meses.

Ave crux! ¡Ave crux del Coliseo romano! ¡Ave en el umbral del tercer milenio! ¡Ave a través de todos los años y los siglos de este nuevo tiempo que se abre ante nosotros!

¡Alabado sea Jesucristo!