Discurso
del Santo Padre a los alumnos del Centro cultural "Juan XXIII", sábado
7 de abril
El
Papa Juan Pablo II recibió en audiencia en la sala Clementina del palacio apostólico
vaticano, el sábado 7 de abril, a ciento sesenta alumnos del Centro cultural
"Juan XXIII", en el que estudian jóvenes de todo el mundo, en
particular de los países pobres de África, América Latina, Asia y el Este
europeo. El Santo Padre, después de escuchar las palabras que le dirigió mons.
Remigio Musaragno, director del centro, pronunció en italiano el siguiente
discurso.
Amadísimos estudiantes:
1. ¡Bienvenidos a este encuentro, que tanto habéis deseado! Os saludo con afecto y os agradezco esta visita, que me permite conocer mejor vuestras expectativas y esperanzas de jóvenes de diversos países del mundo, que habéis venido a Roma para estudiar. Saludo a mons. Remigio Musaragno, director del Centro cultural internacional "Juan XXIII", en el que trabaja desde hace cuarenta años. Al agradecerle las cordiales palabras que ha querido dirigirme, le expreso mis mejores deseos de que el jubileo sacerdotal, que ha celebrado recientemente, constituya una ocasión de renovada entrega a Cristo y de servicio cada vez más generoso a los hermanos.
Saludo
asimismo a quien se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos y a cuantos
colaboran generosamente en la vida de vuestra comunidad. Extiendo mi saludo a
todos los estudiantes de las naciones menos ricas del mundo y a los organismos
eclesiales que se ocupan de ellos. Además de vuestro benemérito Centro,
recuerdo en particular los que hoy están representados aquí: la Oficina
central de estudiantes extranjeros en Italia (UCSEI), de Roma y Perusa, y el
Centro internacional "La Pira", de Florencia.
Una
valiosa oportunidad de formación cultural
2. Procedéis de cincuenta países y pasáis en Roma un período
significativo de vuestra juventud. Se trata de
En vuestro Centro, donde conviven jóvenes de culturas, razas y naciones diversas, es posible realizar una singular y enriquecedora experiencia de comunión humana y espiritual. La multiforme proveniencia de los estudiantes residentes hace que el Centro sea una escuela de convivencia fraterna, donde resulta actual y fecunda la invitación al diálogo entre las culturas, que en el Mensaje para la Jornada mundial de la paz de este año propuse como camino privilegiado para la construcción de la civilización del amor y de la paz. En efecto, el diálogo lleva a reconocer la riqueza de la diversidad y dispone los corazones a la aceptación recíproca, con la perspectiva de una auténtica colaboración, que responde a la vocación originaria de toda la familia humana a la unidad.
3. Amadísimos estudiantes, a vosotros, que en el día de mañana, si Dios quiere, podréis ser protagonistas de la historia de vuestros países, desearía confiaros la tarea de aprovechar al máximo estos años de formación para crecer desde el punto de vista humano, cultural y espiritual. Sólo así podréis ser artífices de sociedades nuevas, donde cada uno se sienta acogido como miembro de la misma familia, llamada a vivir en un clima de solidaridad y de paz.
Para realizar esto, además de la indispensable preparación científica y
profesional, es preciso en primer lugar que fomentéis vuestra relación
personal con Dios. En un mundo donde los intereses dominantes parecen ser los
materiales, os exhorto a buscar "primero el reino de Dios y su
justicia", porque el resto, como asegura Jesús mismo, se os dará
"por añadidura" (cf. Mt 6, 33). Además, la experiencia de fe,
en un ambiente multicultural, os ayudará a no dejaros arrastrar por la
corriente y a no seguir modelos culturales inspirados en una concepción
laicista y prácticamente atea de la vida, así como formas de individualismo
radical. Más bien os impulsará a adquirir una relación más madura con los
valores de vuestra cultura, a enriquecerlos en la confrontación con las otras
tradiciones, y a verificarlos a través de la experiencia vivida del encuentro
con Cristo.
Un
gimnasio de la civilización del amor
4. Amadísimos jóvenes, estas son las condiciones que pueden hacer de
vuestro Centro un lugar de esperanza, una familia en la que os respetáis y os
amáis, y un gimnasio de la "civilización del amor". Al venir de
numerosos países, podéis reflexionar juntos en las causas que, por desgracia,
producen divisiones y odios en algunos de los pueblos a los que pertenecéis.
Juntos podéis madurar en el conocimiento recíproco, buscando lo que une y
superando los contrastes atávicos que degradan a veces la dignidad del hombre.
La experiencia de la acogida, de la comprensión mutua y, cuando sea necesario,
del perdón, constituye un entrenamiento diario a fin de prepararos para
vuestras futuras responsabilidades, cuando se os exija ser constructores de
solidaridad y de paz, sanando las heridas y restableciendo en las mentes y en
los corazones la positiva condición de la fraternidad.
5. Vuestro Centro está dedicado a mi venerado
predecesor, el beato Juan XXIII. Fue el Papa del diálogo y de la paz, de la
bondad y del cariño hacia todos. Durante su breve pero intenso pontificado,
puso en marcha un proceso de "actualización" capaz de imprimir en la
Iglesia una vasta y significativa renovación. Además, con el concilio Vaticano II
preparó a la Iglesia para los desafíos del tercer milenio. En los diversos
cargos a los que lo llamó la Providencia conservó su fe sencilla y un apego
constante a sus raíces populares.
Os encomiendo a cada uno a la intercesión de este beato, particularmente cercano a vosotros. Que él os ayude a conservar con fidelidad vuestra identidad humana y cristiana, y os disponga a abriros con audacia a las exigencias de vuestros hermanos.
Asimismo, invoco sobre vosotros la protección materna de
María, Madre del Señor, y os bendigo de todo corazón a vosotros, con vuestras
esperanzas, así como a vuestras familias, a vuestros seres queridos y a los países
de los que procedéis.