Reafirmamos nuestro compromiso de fidelidad
Palabras del cardenal Giovanni Battista Re
Beatísimo Padre:
El primer sentimiento que brota del corazón de todos los que esta mañana somos llamados a formar parte del Colegio cardenalicio es una profunda gratitud hacia Vuestra Santidad, y es para mí un elevado honor hacerme su intérprete en nombre de los nuevos cardenales. Entre los consistorios de la historia de la Iglesia, este registra el número más elevado de nuevos cardenales, también porque tiene lugar al poco tiempo de concluir el Año santo en el que celebramos el bimilenario del nacimiento de Cristo, que suscitó en el mundo un interés mayor que otros jubileos.
Venimos de experiencias eclesiales diversas, y de culturas y naciones diferentes: hay entre nosotros prelados que trabajan en el ministerio pastoral directo en diócesis antiguas y recientes, y teólogos famosos; prelados que sirven a la Iglesia ayudando diariamente a Vuestra Santidad en la Curia romana; prelados que han padecido la persecución e incluso la cárcel, pagando por la fe un elevado precio de sufrimiento. Tenemos historias personales diversas, pero a todos nos impulsa la misma gratitud por el gesto de confianza de Vuestra Santidad. Todos percibimos la bondad de Vuestra Santidad con respecto a nosotros.
Nuestra inclusión en el Colegio cardenalicio nos une más íntimamente a la Iglesia de Roma que, según la conocida expresión de san Ignacio de Antioquía, «preside en la caridad», y nos une con vínculos más profundos a Vuestra Santidad, Sucesor del apóstol san Pedro y, por consiguiente, «principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión» (Lumen gentium, 18).
Conscientes de los deberes y de las responsabilidades que implica este nombramiento, expresamos nuestro compromiso de fidelidad total a aquel que Cristo ha elegido como la roca sobre la cual sigue manteniendo sólidamente asentada y unida a su Iglesia; plena fidelidad a aquel a quien Cristo ha encomendado las llaves del reino de los cielos y la tarea de confirmar en la fe a los hermanos. La fidelidad al Papa significa para nosotros también un compromiso especial de promoción de la unidad en el seno del pueblo de Dios; es decir, no sólo quiere ser adhesión al magisterio pontificio y obediencia leal a las directrices del Sucesor de Pedro; también desea traducirse en un esfuerzo generoso y constante para lograr que todo el pueblo de Dios viva en comunión cada vez más estrecha con el Vicario de Cristo, reconociendo en él la guía segura de las conciencias y la piedra fundamental de toda construcción espiritual.
Padre Santo, a la vez que sentimos en nosotros un vivo sentido de temor ante la creciente responsabilidad al colaborar de cerca con Vuestra Santidad para el bien de la Iglesia y de la humanidad, reconocemos con alegría cuánta luz, cuánto consuelo y cuánto apoyo nos han venido y nos vienen a nosotros, los obispos, en las diócesis o en la Curia romana, del magisterio y del ejemplo de amor y entrega a Cristo y a la Iglesia que nos brinda Vuestra Santidad.
En el mundo miran a Vuestra Santidad con creciente atención, y cada vez con mayor admiración, no sólo los católicos, sino también los que, aun sin compartir la fe cristiana, están abiertos a los valores del espíritu y a los ideales atractivos para todo corazón humano.
En los numerosos viajes pastorales en que he tenido personalmente la alegría de acompañar a Vuestra Santidad, en países cercanos y lejanos, he podido constatar cuánto afecto se siente en el mundo por Vuestra Santidad y cuánto respeto tienen también hacia usted los que pertenecen a otras religiones o se declaran parte del así llamado «mundo laico».
La voz de Vuestra Santidad resuena en el mundo entero como un punto de referencia y de estímulo, prestando un valioso servicio no sólo a los católicos sino también a la humanidad entera, que tiene sed de luz y de verdad.
Nadie en el mundo se ha encontrado con tantas personas como Vuestra Santidad. Son innumerables los hombres y mujeres de toda condición a quienes usted ha estrechado la mano, con quienes ha hablado, con quienes ha orado y a quienes ha bendecido.
La sorprendente capacidad de comunicar con las personas y las multitudes, las certezas que transmite, la valentía que muestra cada día y, más aún, la intensidad de la oración de Vuestra Santidad, son una luz que ilumina el camino de la Iglesia y de la humanidad.
Además, el testimonio que Vuestra Santidad ha dado a lo largo del Año jubilar, recién concluido, permite esperar que el Señor quiera conservarlo aún por mucho tiempo al frente de la Iglesia.
El pueblo de Dios necesita aún el ejemplo de entrega de Vuestra Santidad, incluso cuando las fuerzas físicas disminuyen, porque al mismo tiempo crecen el signo de la paternidad y el testimonio de la oración y del sufrimiento en beneficio de la Iglesia, poniendo de relieve que, aunque es importante el hacer, mucho más lo es el ser, y que, en el fondo, es Cristo quien guía a su Iglesia.
Bendiga, Santo Padre, a nuestras personas; bendiga a nuestros colaboradores; bendiga a nuestros familiares y amigos, y a cuantos nos acompañan con su simpatía y con sus buenos deseos.
Extienda su bendición a los dicasterios de la Santa Sede, a las diócesis y a las naciones que hoy tenemos la suerte de representar aquí.
En nombre de todos, ¡gracias de corazón, Padre Santo!