Palabras de saludo del señor embajador Alberto Montagne Vidal a Su Santidad
El señor ALBERTO MONTAGNE VIDAL, nuevo embajador del Perú ante la Santa Sede, nació el 30 de agosto de 1939. Está casado y tiene tres hijos. Cursó los estudios humanísticos y jurídicos en la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde obtuvo la licenciatura en relaciones internacionales. Diplomático de carrera, ha desempeñado los siguientes cargos: secretario de embajada en el ministerio de Asuntos exteriores y en las embajadas de Perú en Londres y en Roma; consejero de embajada en Colombia y ministro consejero en Chile; pasó luego al ministerio de Asuntos exteriores, donde fue embajador y director del personal; después desempeñó, sucesivamente, los cargos de cónsul general en Nueva York, embajador en El Salvador y en Finlandia, subsecretario de política especial y bilateral, director del Instituto peruano de relaciones internacionales, embajador en Colombia y en Ecuador, y subsecretario para Europa, Asia, África y Oceanía en el ministerio de Asuntos exteriores.
Beatísimo Padre:
El Gobierno del Perú me ha honrado con la misión de representarlo antela Santa Sede, responsabilidad que asumo en un momento especial en que la Iglesia, bajo su guía y con el impulso del gran jubileo, inicia el nuevo milenio con renovada esperanza.
La esperanza marca también el espíritu de los peruanos en este período. Luego de los difíciles tiempos recientes, el pueblo peruano se orienta hacia el futuro con el deseo de construir una sociedad más justa y digna, inspirado en los valores cristianos que forman parte de su legado histórico, cultural y moral.
El Perú es una tierra cristiana no sólo por su historia de santos y mártires y por su patrimonio arquitectónico, pictórico y musical, sino en particular por la vitalidad de su religiosidad y por el fervor actual de sus devociones populares, que están entre las más importantes del mundo católico. Por eso es natural constatar el persistente prestigio del magisterio de la Iglesia en la vida social peruana, así como el afecta efusivo del pueblo por la persona de Su Santidad, como pudo comprobar durante las dos visitas que realizó a mi país. La posición central de la religión católica en la identidad peruana está reconocida en la Constitución, que inicia invocando a «Dios todopoderoso» y reconoce el estrecho vínculo de colaboración que une al Estado y a la Iglesia en el Perú.
La defensa de la justicia, de la igualdad y de la dignidad son valores cristianos especialmente importantes en un período de transición como el que vive el Perú actualmente. El Gobierno presidido por el dr. Valentín Paniagua Corazao conduce un arduo proceso hacia la normalización democrática y la plena restauración del estado de derecho. Durante los meses que ha ejercido el poder, el Gobierno ha adoptado importantes medidas para asegurar el respeto de la Constitución, garantizar la libertad de prensa, afirmar la defensa de los derechos humanos, fortalecer la administración de justicia y combatir la impunidad.
Al mismo tiempo, el Estado peruano tiene el encargo de llevar adelante el proceso de elección democrática de un nuevo presidente y de un nuevo Congreso el 8 de abril próximo, a fin de que se ejerza lo que la Iglesia ha definido como «el derecho y el deber de utilizar (el) sufragio libre para promover el bien común» (conc. ecum. Vat. II, const, past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 75).
La culminación exitosa de esta transición permitirá a los peruanos afrontar, con renovado entusiasmo, los desafíos sociales y económicos que condicionan su progreso humano. En ese empeño, la contribución de la Iglesia católica es crucial, como lo ha sido en el pasado. Es invalorable el esfuerzo de las diócesis, institutos religiosos y Cáritas en innumerables proyectos de educación, asistencia humanitaria y desarrollo social en todas la regiones del Perú. Asimismo, es cada vez más urgente insistir, con la Iglesia, en que la lucha contra la pobreza no es sólo un desafío político y económico, sino sobre todo un compromiso moral que apela a la solidaridad.
La compleja realidad social peruana plantea la necesidad de continuar recibiendo la contribución de la Iglesia en la promoción del multiculturalismo; del diálogo ecuménico y de ta promoción de los derechos humanos. Al mismo tiempo, es valioso para el Perú el magisterio de la Iglesia en la respuesta política y legal a los desafíos éticos contemporáneos, a aquellos que se derivan de la evolución de la sociedad, como a los que plantea el progreso científico.
Deseo resaltar ante Su Santidad algunas decisiones recientes del Gobierno del Perú que demuestran su apego al principio universal de la dignidad personal, como son el retorno a la competencia contenciosa de la Corte interamericana de derechos humanos y la suscripción de la Convención interamericana sobre desaparición forzada, del Estatuto de Roma de la Corte penal internacional y del Protocolo facultativo contra todas las formas de discriminación contra la mujer.
La política exterior del Perú continúa estando marcada por su confianza en los principios internacionales de la convivencia, del respeto del derecho y de la cooperación, en especial en las relaciones con sus vecinos. Deseo resaltar particularmente la participación de la Iglesia en el proceso de paz con el Ecuador, donde me hallaba como embajador, en el cual las Conferencias episcopales de ambos países han contribuido de manera tan importante a crear el ambiente propicio para la comprensión y aceptación de los acuerdos de octubre de 1998.
Es por ello que el Perú se mantiene atento a las invocaciones de la Iglesia en favor de la paz, la justicia y la libertad en el mundo, y comparte su reprobación de la guerra y el terrorismo, su rechazo de la pobreza y la marginación, su denuncia de las desigualdades sociales y su defensa de la libertad de conciencia y de religión. Ante el fenómeno de la globalización, ¡cuán importante es reclamar, como hizo Su Santidad ante el Cuerpo diplomático a inicios de año, que «las leyes no estén jamás condicionadas por el mercantilismo o las reivindicaciones egoístas de grupos minoritarios»!
¡Cómo no apreciar, asimismo, el liderazgo moral de la Iglesia en temas internacionales como la reducción de la deuda de los países más pobres, la búsqueda de condiciones justas en el comercio internacional, el desarrollo de una cultura de paz y tolerancia y la promoción del desarrollo sostenible y del desarme!
Por ello, en el mundo de hoy, un pueblo cristiano como el peruano no puede sino valorar la determinación de la Iglesia católica en defender al hombre, su dignidad, sus derechos y su dimensión trascendente.
Quiero terminar estas palabras expresándole, Santo Padre, el reconocimiento del Perú por haberlo honrado nuevamente con la nominación de un cardenal, en la persona de monseñor Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima y primado del Perú. Permítame también, Beatísimo Padre, añadir un par de notas personales en esta ocasión tan significativa para mí y para mi familia, y decirle que tengo especial orgullo de que, desde que llegó al Perú mi primer antepasado, don Diego de Peralta, en 1536, setenta y cinco de sus descendientes abrazaron el servicio de Dios cómo sacerdotes o monjas, incluido entre ellos el fallecido cardenal Juan Landázuri Ricketts, de quien hago una remembranza muy cariñosa en esta fecha. La otra mención que deseo hacer está referida a un tío mío que, siendo médico en Nueva York a fines del siglo XIX, contribuyó significativamente a la obra de la madre Cabrini, hoy santa Francisca Xaviera, quien por ello le entregó, en señal de reconocimiento, la medalla que Su Santidad León XIII le diera a ella. Deseo transmitirle los respetuosos saludos del señor presidente de la República, dr. Valentín Paniagua Corazao, así como los fervientes votos del pueblo peruano, en particular de los jóvenes, a quienes dijo en Lima en 1988: «En vosotros pongo mi confianza». Invoco al Todopoderoso para que siga iluminando vuestro camino en la gran responsabilidad de guiar a la santa Iglesia católica.