Afrontemos los desafíos del nuevo milenio

Palabras del Santo Padre en la medianoche del domingo 31 de diciembre

Durante todos los días de las fiestas de Navidad, Juan Pablo II ha mantenido el contacto directo con los peregrinos, que han venido en gran número con motivo del jubileo. Al mediodía, se asomaba a la ventana de su estudio privado -como hace los domingos y días festivos- y rezaba la oración mariana del Ángelus con los fieles que se hallaban en la plaza de San Pedro para pasar por la Puerta santa de la basílica vaticana.

El día 31, la oración vespertina de los peregrinos, que durante el Año santo se ha hecho poco después del cierre del templo vaticano, se pospuso a las diez y media de la noche. La presidió el cardenal Camillo Ruini, vicario del Papa para la diócesis de Roma y presidente de la Conferencia episcopal italiana. Participaron también en ella el cardenal Darío Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación para el clero; los arzobispos mons. Crescenzio Sepe, secretario del Comité para el gran jubileo, y Francesco Pio Tamburrino, secretario de la Congregación para el culto divino, junto con los obispos mons. Piero Marini, maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias, y mons. Bruno Bertagna, secretario del Consejo pontificio para la interpretación de los textos legislativos. Asistió una asamblea de cincuenta mil personas, de todas las edades (diez mil pertenecían al movimiento "Regnum Christi"). Amenizó la oración un coro y la orquestina de los Legionarios de Cristo, junto con el coro guía "Mater Ecclesiae", dirigido por sor Cecilia Stiz.

A las doce de la noche, como final de la oración, el Vicario de Cristo desde la ventana de su despacho pronunció el discurso que publicamos e impartió la bendición apostólica. El espectáculo de fuegos artificiales en los alrededores señaló el inicio del nuevo año.

Amadísimos hermanos y hermanas; queridos jóvenes: 

1. En este momento cruzamos el umbral del año 2001, y nos adentramos en el tercer milenio cristiano. Al llegar la medianoche, que marca este histórico paso, nos detenemos, con el corazón rebosante de gratitud, a considerar las vicisitudes alternas del siglo y del milenio pasados. Dramas y esperanzas, alegrías y sufrimientos, victorias y derrotas:  sobre todo ello domina la convicción de que Dios guía los acontecimientos de la humanidad. Él camina con los hombres y no cesa de realizar maravillas. ¡Cómo no darle gracias en esta noche! ¡Cómo no repetirle:  In te Domine speravi, non confundar in aeternum! Sí, "En ti, Señor, he puesto mi esperanza; no me veré defraudado para siempre".

2. Al final del acostumbrado encuentro de oración que marca cada día del Año jubilar, y que hoy se realiza en la noche al clausurarse el año 2000, nuestra mirada se dirige a Cristo, Salvador del hombre. Sin él la vida no alcanza su último destino. Es él quien con su sabiduría y con la fuerza de su Espíritu nos ayuda a afrontar los desafíos del nuevo milenio. Es él quien nos hace capaces de gastar nuestra vida para la gloria de Dios y para el bien de la humanidad. Debemos partir nuevamente de él y ser sus testigos en el futuro que nos espera.

Dejémonos atraer por su amor y en el camino de la vida experimentaremos la alegría que brota de servirlo fielmente cada día. Este es mi deseo cordial, que formulo para todos los creyentes y para todos los hombres y mujeres de buena voluntad. En este momento quiero tener un recuerdo especial, acompañado de mi oración, para los que sufren, para los que pasan dificultades y para quienes viven momentos de pena. Para cada uno invoco la ayuda providente del Señor.

Mi mirada se ensancha ahora al mundo entero. Deseo que el nuevo milenio traiga a todas las naciones paz, justicia, hermandad y prosperidad. En particular, pienso en los jóvenes, esperanza del futuro:  que la luz de Cristo Salvador dé sentido a su vida, los guíe en el camino de la vida y los haga fuertes en el testimonio de la verdad y al servicio del bien.

Encomiendo estos deseos a la intercesión de María: 

Virgen santísima,
Alba de los tiempos nuevos,
ayúdanos
a mirar con fe
la historia pasada
y el año que comienza.
Estrella del tercer milenio,
guía nuestros pasos
hacia Cristo,
que vive
"ayer, hoy y siempre",
y haz a nuestra humanidad,
que avanza desconcertada
en el nuevo milenio,
más fraterna
y solidaria.

¡Feliz año a todos!