Ser virtuoso
En el paso de la buena voluntad a la voluntad buena es necesaria la fuerza estaqble de la virtud. Pero no es fácil dilucidar el centro de donde surge la fuerza que distingue al hombre débil del fuerte, la del bienintencionado inoperante o la del hombre medio que sube con decisión. Edith Stein observa que “La conexión con el mundo espiritual y con sus fuentes de fuerza nos permite comprender cómo hombres débiles corporalmente pueden desarrollar una vida espiritual de gran intensidad: reciben del mundo espiritual una y otra vez la fuerza que precisan para su vida también espiritual. Es posible asimismo emplear en actividades corporales fuerza obtenida del mundo espiritual, sólo que cuando la constitución corporal sea débil ese empleo requerirá un especial consumo de fuerza”[1]. Las llamadas virtudes son la defensa de la libertad de la persona y su fruto natural. Sin virtudes la libertad queda en deseo, o ni siquiera llega a él. No puede amar. No puede superar las dificultades y las pruebas. Se hace insensible a la belleza. Sin virtud es imposible la felicidad; y el dolor, aún el pequeño, abruma. El corazón se endurece. La afectividad enloquece. Sin virtud aparecen los vicios, pues no cabe la neutralidad ante la llamada del placer, aunque no sea moral. Una persona sin ninguna virtud entra en la descripción que hace Aristóteles del degenerado.
Vale la pena mirar las virtudes en su raíz como medios par alcanzar la libertad. La libertad se conquista, dijimos al principio, el amor también; aunque se parta de ellos como núcleo de fuerza. Etimológicamente la palabra virtud viene del latín vis –fuerza- que en griego se expresa como excelencia. No se puede perder este sentido vigoroso y entendible en el mundo actual.
La persona humana necesita ser virtuosa –tener fuerza- para poder crecer como persona. La libertad sin virtud se queda en posibilidad o en deseo sin fruto. El amor es necesariamente virtuoso, fuerte, prudente, sobrio, efusivo, sagaz, circunspecto, paciente, templado, estable, fiel; o es desamor disfrazado. La palabra virtud, como ocurre en todas las grandes palabras ha perdido su fuerza, no sólo por llamar virtud a otras cosas, sino por utilizarla aplicándola a modos de vivir secos, técnicos, fríos, poco atrayentes y repele a muchos, como sería comprensible si fuese así el hombre virtuoso. Pero la virtud es, más bien, fruto del amor y causada por él. Los que intentan crear una moral de virtudes se ven en dificultades –aunque Santo Tomás lo hizo- y se conforman con la ética de leyes que describe con una mentalidad jurídica los mínimos de convivencia: Esta mentalidad jurídico moral no sirve para mostrar las cumbres del actuar humano. Tampoco es adecuada para describir los caminos de la experiencia mística, ni para encauzar la santidad como si estas acciones no fuesen parte de la moral. Se limitan así a una técnica, sin llegar a ser un arte como los es la prudencia humana. En música se llama virtuoso al que toca maravillosamente un instrumento –especialmente el violín, el piano, el arpa- que tienen tantos matices. El artista es un virtuoso. El virtuoso es un artista. Aquí está el tema: la virtud es un arte, no una técnica. Se puede tener mucha técnica y no ser un virtuoso. Arte es la prudencia. Arte es la templanza. Arte es la fortaleza. Arte es la justicia, lejos del positivismo jurídico y cerca de la jurisprudencia de los jueces. Y la raíz del arte es el amor, la verdad y la belleza. Aquí, vamos a ver, desde este punto de vista, el ser virtuoso de la persona humana.
Es sentencia común que sin advertencia, con incapacidad o con defectos en la voluntariedad el acto moral es inculpable. La ignorancia invencible hace inculpable el acto, no hay pecado desde el punto de vista moral. Pero, la persona no mejora, no adquiere virtudes, es menos humano, menos perfecto. Una persona que no ha aprendido a leer no tiene ninguna culpa, pero no sabe leer, y no alcanza muchas perfecciones humanas. Así ocurre en todo arte (pintar, cantar, recitar, etc.), y por supuesto en la moral (lealtad, simpatía, elegancia, cortesía, fortaleza, castidad, responsabilidad, sinceridad, sencillez, magnanimidad y todas las gracias humanas). La actividad intelectual requiere muchas virtudes: capacidad de estudio, cerebro no impedido, etc. Yen el caso supremo del acto libre es necesario ser virtuoso para superar miedos, coacciones totales, engaños, afectos desordenados etc. Veamos la virtudes gozne (cardinales) sobre las que gira el actuar humano.
Empecemos por la más necesaria de todas las virtudes, más necesaria que la misma fortaleza: la prudencia. Si la prudencia es un acto de la persona debe ser un acto de amor: “la prudencia es amor, pero no esencialmente, sino 'en cuanto el amor mueve el acto de la prudencia'“[2] dice Santo Tomás. Y añade que “es el amor que elige sagazmente lo que le ayuda, y se separa de lo que sería impedimento”[3]. El acto final que se realiza es un acto prudente o imprudente, mejora a la persona o la empeora. La verdadera prudencia no es apocamiento ni cálculo temeroso y egoísta. Más bien “es una locura, la enajenación del amor que se expropia en beneficio del amado. Así querer ser 'razonable' es una absoluta imprudencia”[4] dice Cardona con ímpetu poético rebelde ante la visión desalmada de la prudencia.
La prudencia es un acto necesario; si no se quiere actuar eso es ya es una decisión; aunque sea una indecisión o una omisión. Este acto es complejo en el interior del hombre. “Requiere memoria del pasado no innata -requiere tiempo y experiencia-. Inteligencia del presente, la sagacidad para encontrar lo deseado, la docilidad para pedir y recibir consejo; y facultad para discernir los consejos buenos y malos. Incluye la previsión, la circunspección o consideración de las circunstancias del acto en su singularidad real, y la precaución o evitación de posibles dificultades”[5]. Esto puede ser muy rápido, pero no deja de ser complejo y rico. “En su totalidad el acto de prudencia es insustituible, no se puede realizar desde fuera”[6].
Hay que recordar que el acto prudente es libre y amoroso, o será imprudente. Es una acto personal no puede esconderse en consultorías, decisiones de psiquiatras o de directores espirituales. Todo esto son consejos, que pueden ser valiosísimos; pero el que decide es cada uno, y cada uno es responsable de sus decisiones. La prudencia es “la virtud propia de nuestra libertad en su quehacer temporal, y de su acto propio que es el amor electivo”[7]. La fuerza original está en la persona en su acto inaprensible y participante de la plenitud del Esse. De la intimidad personal la fuerza va a la inteligencia, a la voluntad, a la memoria y a todo el cuerpo. Cada potencia y sentido entiende lo real, recuerda la experiencia del pasado, ayuda a prever el futuro, o la misma eternidad. Pero el origen de la acción prudente es el acto amoroso y deseoso de amor que emerge de la intimidad personal
Todo este proceso es reflexivo, pero puede ser instantáneo, y así suelen ser la mayoría de las decisiones. En el origen la decisión siempre dirigido a lo mejor está lo más amoroso. Se busca conseguir mayor libertad, belleza, felicidad, plenitud. Y esta fuerza originaria influye en toda la vida de la persona y en la cultura. De ahí la importancia de recordar que se trata de un arte. El mejor prudente es un artista, más que un artesano, y, por supuesto, no es un robot que aplica un algoritmo y encuentra la solución. Aristóteles y Santo Tomás hablan una parte potencial de la prudencia que llaman gnome por la cual si se tienen los principios universales muy claros, de modo que cuando adviene una situación de la que no hay experiencia, ni consejo y es necesario actuar, lo hace, algo a ciegas, pero acertando. Este gnomo es más frecuente de lo que parece. “La prudencia no es una técnica (recta ratio factibilium) sino un arte (recta ratio agibilium). La verdad de los actos humanos como tales (Aristóteles, Ethica, VI, c. 1,5)”[8].
Conviene añadir los actos de la prudencia. El más importante es el llamado imperio, decisión. Es frecuente que todos los humanos tengan que tomar decisiones con falta de datos y con una cierta ambigüedad. La indecisión suele ser peor que una decisión con pocos datos. El acto llamado imperio es el más importante, conviene no olvidar que es un acto moral, que compromete a la persona, no técnico o condicionado, que sería irresponsable o amoral.
El segundo es el consejo, aquí viene todos los medios para aconsejarse, saber elegir los consultores, consejos en cascada (quién sabe, qué sabe, qué me dice, cómo me lo dice, qué a pasado a otros etc.). El solitario no puede elaborar toda la ciencia de la cultura o del mundo, es más, no puede ni acceder al lenguaje. En ésta podemos incluir la experiencia para poder decidir con una cierta autonomía
La tercera es la circunspección. Atender a la mayor cantidad de circunstancias que envuelven la decisión. Aristóteles hace un compendio de nueve, pero se pueden subdividir en muchísimas. Una misma decisión varía según algunas circunstancias. Los ejemplos son numerosos.
Elegir por elegir es una deficiencia de la libertad que puede originar verdaderos desastres. Decidir por decidir igual. La pretendida libertad de la espontaneidad en realidad es irresponsabilidad, aunque también lo puede ser pensar tanto y tan lentamente que se falle por no llegar a tiempo. Conviene que esté lo más claro posible lo que se quiere; a ser posible el fin último, pero al menos otros más cercanos. “la prudencia es virtud propia de una libertad fundada o finalizada que tiene que moverse a sí misma a un fin que no es ella misma, y tiene que hacerlo orientándose en circunstancias cambiantes”[9]
En el determinismo materialista o racionalista todo está programado, como en la vida animal, por eso lleva a la tiranía pues no se cree en la libertad y mucho menos en la prudencia. En realidad no existe libertad sino fatalidad. Pero la indiferencia también lleva a dejarse llevar por los fuertes que pueden ser desaprensivos. Este modo de vivir es claramente imprudente. Queda sólo el legalismo, fácilmente susceptible de engaños.
La justicia es una virtud que también brota del amor verdadero, no es sólo algo legal. Como dice Cardona: “todo este orden que la justicia establece presupone el acto primero de la libertad, que es amor electivo. ‘El propósito de mantener la paz y la concordia entre los hombres mediante los preceptos de la justicia será insuficiente, si por debajo de estos preceptos no echa raíces el amor’ (Santo Tomás. S.Th. C. G. III,130), el amor electivo, el amor de benevolencia, que consiste en querer el bien del otro, para Dios y para los demás por Dios, que es el presupuesto mismo de la justicia: es lo primero que hay que dar a cada uno, lo más suyo, lo que más necesita, y lo que hace mejor al que lo da”[10].
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, peor aún que la horrorosa Primera, todos se asustaron, se organiza La Organización de Naciones Unidas, se escribe en consenso la Declaración de los Derechos Humanos en 1948, pero con un aire individualista. Posteriormente se intenta llamar derecho a cualquier cosa: suicidarse, abortar y muchos abusos médicos. La declaración queda en papel mojado a pesar de las buenas intenciones por faltar fundamento ético, y por los abusos de los hombres. Convienen plantear las cosas en su raíz personal, o se hace imposible la justicia; y si no hay justicia, no habrá paz.
En todos los pueblos se han inventado formas de convivencia que permitan una convivencia en paz y justicia, pero se deterioran con facilidad. Por poner el ejemplo griego. Primero piensan como idóneo el gobierno de uno “la monarquía”, que si es injusto degenera en “tiranía”. Este abuso se supera con el gobierno de varios bien preparados: “aristocracia”, su deterioro se llama “oligarquía”, que se supera, con más o menos luchas, con el gobierno de todos: “democracia”; su deterioro es la “demagogia”o la “anarquía”. Y, ante el caos que impide la convivencia, vuelta a empezar con el gobierno de uno, de varios o de todos. En Occidente se sigue, en general, un sistema que mezcla el gobierno de uno (el presidente o rey), con el de varios (ministros, parlamentarios), con el de todos por la aceptación mayoritaria medida de diversas formas. A esto se añade la inteligente división de poderes: ejecutivo, legislativo, judicial, ayudados (no siempre con verdad, con la opinión general). Aún así, no es fácil que se pueda conseguir la justicia y el orden si no se tiene en cuenta que la raíz del derecho social es la persona, y que la comunidad es una comunidad de personas que pretende un bien común.
“Sólo la noción del acto personal de ser puede fundar una verdadera justicia”[11]. Esta idea, que podía parecer algo teórica, se ha visto tristemente confirmada con la crueldad de los sistemas del siglo XX (barbarie nazi y comunista), unida a otras barbaries semiocultas como el desprecio del débil, del más inocente que es el no nacido, de los ancianos y los discapacitados, con equilibrios técnicos inhumanos, cada vez más inhumanos. “el colectivismo y el individualismo son dos formas emparentadas en negar la persona”[12].
Para alcanzar la justicia entre los hombres es necesario mirar el acto de ser de la persona. En cada persona existe una capacidad de donación al otro con la intención de alcanzar una unión perfecta. A todos se les debe amor justo, y a los que hacen mal amor con perdón, aunque se les aplique el derecho vigente sin venganza en el corazón. La justicia que no nace del amor, no puede ser verdadera justicia, aunque pretenda ser muy jurídica y estricta.
Veamos el origen siguiendo a Cardona: “El derecho presupone la propiedad que es anterior a la justicia”[13]. Por propiedad no se entiende el derecho sobre unos bienes materiales, sino lo que se tiene como más propio, y eso es el acto de ser, el ser persona, el ser inteligente, el ser capaz de derechos, el ser libre etc. “Este acto tiene que ser un acto gratuito, un acto liberal, un acto de amor”[14]. Nadie puede exigir que le den la vida, ni una determinada capacidad, ni nada injusto etc. La raíz es dada por el Creador, es un don gratuito, no exigido, pero una vez recibido es inalienable, pues “su acto de ser es dado, nuevo, irreductible”[15]
Esa novedad de ser llega al cuerpo y a las cosas, que más que adquisiciones son en cierta manera dadas. En el caso de los bienes materiales la riqueza depende mucho de la fortuna, del azar, del don, de la herencia, de la coyuntura, el clima, las estructuras sociales, el trabajo, la educación, paz o guerra. De esta novedad surgen los derechos humanos y las leyes, no de los caprichos más o menos voluntaristas, de algunos hombres que se atribuyen la capacidad de decir lo que corresponde a los demás.
Con la visión metafísica y teológica de la persona adquiere nueva luz la clásica definición de justicia: “ad alium suum reddere”, (dar a cada uno lo suyo)[16], pues ya sabemos que dar es amor. El hecho de ser regido por el derecho es para evitar los abusos. La civilización está lejana tanto el individualismo como del colectivismo, que son debilidad para la convivencia social. También se sabe que el “otro” no es un opuesto, sino “otro yo”, incluso en los casos de enemistad en el que debe imperar el perdón con justicia, y no la venganza. “Es la función de la justicia: establecer el orden del amor en las relaciones entre el hombre y Dios y entre los hombres”[17]. En términos más experimentales y realistas, con experiencia de jurista y de sacerdote dice San Josemaría: “Justicia es dar a cada uno lo suyo; pero yo añadiría que esto no basta. Por mucho que cada uno merezca, hay que darle más, porque cada alma es una obra maestra de Dios. La mejor caridad está en excederse generosamente en la justicia; caridad que suele pasar inadvertida, pero que es fecunda en el Cielo y en la tierra. Es una equivocación pensar que las expresiones término medio o justo medio, como algo característico de las virtudes morales, significan mediocridad: algo así como la mitad de lo que es posible realizar. Ese medio entre el exceso y el defecto es una cumbre, un punto álgido: lo mejor que la prudencia indica. Por otra parte, para las virtudes teologales no se admiten equilibrios: no se puede creer, esperar o amar demasiado. Y ese amor sin límites a Dios revierte sobre quienes nos rodean, en abundancia de generosidad, de comprensión, de caridad”[18]. Ya el derecho clásico dice que summum ius, summa iniuria, es decir la rigidez de lo estrictamente justo puede ser una clara injusticia. El cristianismo añade la noción de misericordia a la justicia, “la justicia y la misericordia están tan unidas, que mutuamente deben templarse: la justicia sin misericordia es crueldad; y la misericordia sin justicia, disgregación”[19]. No es la debilidad de ánimo que lleva a renunciar a la justicia; al contrario, es fuerza para instaurarla y custodiarla. “La misericordia se identifica con la superabundancia de la caridad que, al mismo tiempo, trae consigo la superabundancia de la justicia”[20]. Por eso afirma Santo Tomás que “entre todas las virtudes que se refieren al prójimo, la principal es la misericordia”[21]
El ser relacional del hombre queda dignificado, también cuando hay errores y problemas y se restablece el orden lejos de conflictos guerreros. “Este orden divino del derecho lo hace ontológico e irrevocable”[22], de manera que "el cometer una injusticia sobre mi persona le reporta más perjuicio al responsable del acto que a mí mismo, a pesar de ser yo su víctima"[23]. Es preferible sufrir una injusticia que cometerla decían los griegos. Al sufrirla te hacen un mal, al hacerla te haces mala persona (ladrón, homicida blasfemo) y esto es claramente peor.
Con esta perspectiva “Aún el acto más íntimo y privado compromete por eso el bien común”[24]. Bien común es más que utilidad general, es más que lo legal, es parte del bien de justicia”
¿Hasta dónde se puede soportar la dificultad y el dolor? Hasta dónde llegue la fuerza del amor personal. El amor a un universal abstracto, como la Humanidad o el Progreso, difícilmente moverá al esfuerzo-. Suelen existir motivos personales escondidos tras las grandes palabras, o será una bandera para arrastrar ingenuos, que tarde o temprano se darán cuenta que son palabras vacías e impersonales. El amor a la patria mueve a muchos. El amor a la familia mueve a la mayoría. El amor al hijo que se está ahogando mueve a casi todos hasta dar la propia vida, cosa vista muchas veces.
Es frecuente ver grandes esfuerzos, que parecen fortaleza, por motivos débiles. Por ejemplo, el deporte se hacen esfuerzos hasta la extenuación poniendo en peligro la vida. Es frecuente, que estos mismos, tan entrenados físicamente, ante una dificultad real sean flojos. El fair play, descrito de manera magistral por Huizinga en su libro homo ludens, es casi inexistente en una sociedad superficial. En cambio, se ve muchas veces en acciones con poca resonancia mediática amores, que revelan a personas con una motivación “más fuertes que la muerte”[25]. Sin esa motivación el ser humano se torna débil, delicuescente, o violento en su debilidad.
Él amor lleva a ser verdaderamente fuerte, pase lo que pase, sin cobardía, sin temor, con valentía, con paciencia, con arrojo. Es cierto que los niños son débiles de voluntad, y que hay enfermedades que llevan a eso. La fuerza de voluntad viene de la fuerza del amor personal. El paso a la corporalidad puede necesitar de adiestramiento, pero es frecuente que hombres hercúleos se deshagan cuando no ven salida, o si son flojos de mente; y que otros normales o débiles se crezcan no sólo con el ánimo sino también con el aguante, que puede parecer sobrehumano, porque tiene motivos que les dan fuerzas interiores quizá ocultas.
Veamos algunas expresiones de lo que es verdadera fortaleza humana de una persona que sabe que su interior es amoroso:
“-la fortaleza asume la muerte, y aún la infelicidad definitiva, sin romanticismo, sin sentimiento deleitable alguno. Está sostenida por el amor electivo, por la voluntad de una integridad más profunda -la unión de amistad con Dios, origen amoroso de mi ser- y de que nadie -sólo yo mismo y libremente- me puede arrebatar el amor.
-El fuerte no sufre por sufrir, no es masoquista.
-El fuerte ama la vida, la integridad, la salud, el éxito, la felicidad, pero no como bienes absolutos, y además sabe que el que de ese modo "ama su vida, la perderá" (Mt 10,39)
-El fuerte es magnánimo, pero no presuntuoso ni ambicioso; no trata propiamente de ser fuerte, sino de ser bueno, de amar, y la prudencia le obliga a ser fuerte....es amor lúcido
-Es fuerte no es temerario, tiene miedo, pero no se deja vencer por él, cuando el amor le impone arrostrarlo
-El fuerte no es tímido ni pusilánime, porque le sostiene la justicia y la verdadera prudencia
-El fuerte ataca, pero sobre todo resiste activamente; no es resignada y malhumorada pasividad, ni insensibilidad.
-El fuerte es paciente: sabe sufrir, sin capitular hasta la muerte
-El fuerte ataca, pero sobre todo resiste activamente; no es resignada y malhumorada pasividad, ni insensibilidad.
-El fuerte es paciente: sabe sufrir, sin capitular hasta la muerte
-La paciencia es virtud cuando supera la tristeza de manera que no decaiga el amor electivo por la presencia de la pena
-La fortaleza se hace oración, diálogo suplicante de amor”[26].
La fortaleza supone que existen dificultades. Ya vimos que la pasión de la ira lleva a afrontar las contrariedades, aunque es fácil que se exceda. Si queremos que la lucha contra el adversario sea proporcionada se debe seguir el orden de dentro a afuera. Primero el núcleo de la personalidad. En este acto de ser la participación en el amor trinitario, creador y fiel, a pesar de los desprecios de los hombres. La fuerza del amor marcará la medida de la fortaleza. Después las pasiones entran todas en juego: alegría, esperanza, temor, gozo, ira y se da un color al amor poniendo en juego el alma y el cuerpo. La inteligencia calibra el valor de la prueba: el enemigo, la atracción del pecado, el engaño del seductor, las astucias de los malos, el atractivo de lo mundano que pretende ser absoluto en su ser efímero. Luego el querer de la voluntad se mueve y mueve todas las potencias a la acción, a gusto o a disgusto. La prudencia empuja a la valentía o a la paciencia, al atacar o defender. La decisión es básica. Y luego cuando la prueba es difícil: querer querer[27]. En el doble sentido de fuerza de voluntad que se redobla y amor sin gratificación inmediata, sino futura, quizá con dolor intenso presente y temores reales. “el fuerte no obra propiamente por ser fuerte sino por amor a Dios y a los demás por Dios”[28] . Por otra parte conviene señalar que “la fortaleza es menos noble que la prudencia y la justicia, pero lo es más que la templanza, en cuanto que el miedo grave aparta más del bien que el deseo de placer”[29]
El contraste con la fortaleza propia de la ilustración es notable, pues “la ilustración lleva a una fortaleza sin aceptación del dolor y como simple arrogancia y voluntad de poder”[30]. Nietzsche llega a proponer la crueldad como modo de vida del que aspira a la voluntad de poder y no quiere debilitarse por la compasión. Se llega a algo inhumano por el rechazo del amor y de Dios en el centro de la persona que hace ser amoroso[31].
La conciencia de la propia fragilidad, también en los más fuertes, lleva de la mano a recurrir a la ayuda divina, como ya veremos. “la paciencia es virtud cuando supera la tristeza de manera que no decaiga el amor electivo por la presencia de la pena. La fortaleza se hace oración, diálogo suplicante de amor”[32]
El ser humano es corporal, se relaciona con el mundo, y, en parte, también con Dios, a través del cuerpo. Necesita comer y beber, o muere. Se reproduce con actos vitales del cuerpo. No es un ángel. El cuerpo no es un añadido maquinista o animal e irresponsable con vida propia distinta del espíritu, como decía Descartes. Toda acción corporal influye, en diversos grados, hasta lo más espiritual. Aunque surja de lo más íntimo usar bien o mal el cuerpo. De eso trata la templanza, que como indica su nombre, templa, modera el placer propio de toda acción natural. Sin este placer la vida se haría durísima, comer o beber un áspero quehacer; procrear un acto heroico. Dios es sabio al crear, pero el ser humano está herido, es bueno el placer unido a la acción natural, pero debe moderarse y ahí viene la templanza unida a la justicia, la fortaleza y la prudencia.
Pero mirando al centro de la templanza y la castidad encontramos la humildad: “la parte más importante de la virtud cardinal de la templanza la cumple esa parte potencial suya que es la humildad, que no tanto modera los actos externos, sino principalmente 'la elección interior del alma'[33] , por eso modera el amor de sí, impidiendo la soberbia, que es el pecado más grave”[34]. En muchos ambientes se quiere alcanzar la moderación –sin la cual hay muchos dolores como indigestiones, borracheras, angustias etc.- al no pensar en el centro se convierte la ética en dietética. Con grandes esfuerzos para metas con valores ínfimos o alterados claramente. La raíz es superar el egoísmo personal, el desamor que se convierte en egoísmo de cuerpo y puede llegar a convertir la conducta corporal en la propia de un animal. Por ejemplo, los abusos en el comer están en la cantidad, pero también en la avidez y en la exquisitez de la que no se puede, o no se quiere, prescindir. Esto lleva a un descontrol de los sentidos, de los instintos que hacen ciega el alma por gulas, bebidas, drogas o impurezas. Así es la realidad: egoísmos corporales que convierten el cuerpo espiritual en cuerpo animal como dice San Pablo[35].
Al perder el sentido de la humildad y del amor personal, se pierde el sentido del cuerpo y de sus actividades. “En la modernidad , templanza ha venido a ser simple equilibrio, evitación de excesos, y además frecuentemente reducido a los excesos del comer y el beber: es decir, ha acabado siendo un concepto sanitario”[36].
La moderación en estos temas tiene unos efectos enormemente agradables y satisfactorios: “En la ética clásica, templar es moderar, en el sentido de dar modo, orden, proporción, armonía y así belleza. Es una ordenación al amor libre. Por eso su primer efecto es la paz, la quies animi, el aquietamiento y la paz del alma, consiguiente al orden del buen amor”[37].
La paz interior es compatible con tormentas exteriores; mientras que los destemplados que abusan del cuerpo es fácil que incurran en inquietudes, malhumor cuando las cosas no salen a su gusto, cosa que suele ser frecuente; o cuando las enfermedades del cuerpo y del alma acechan junto a la muerte –herida en el pensamiento- se desesperan. En el caso sexual, “sin procreación no habría sexo, ni apetencia sexual, y la vehemencia del placer ha llevado a formas ingeniosas de procurarse el placer evitando el fin”[38].
Conviene ir a la raíz de la sobriedad y la castidad. “El principio ordenador radical es el amor electivo a Dios sobre todas las cosas y con todo el corazón. Y ese amor está como herido: es la experiencia íntima y universal de la presencia del pecado original en nosotros. Por eso en la condición presente, la templanza es una virtud que hay que adquirir con esfuerzo, y no algo dado con la naturaleza”[39]. De ahí la ingenuidad de pensar que la educación lo soluciona todo, pues si se entiende por ella mera instrucción intelectual, o, peor aún, extraer la espontaneidad de lo que lleva dentro el educando.
La gula afecta a uno mismo y ocasionalmente a otros, pero la castidad suele afectar a otros:”la castidad no se puede recluir en ámbito individual, hace referencia a otros y debe ser regida también por la justicia”[40]. El acto amoroso personal hace referencia al tú con el que relaciona, a darse y dar ser siempre, si no tiene carencias personales; pero en caso sexual este dar ser es físico hay un tercero en el amor, una nueva vida, un hijo, si no hay trampas en la relación. “la castidad se ordena a dar vida y darla bien. Contra todo maniqueísmo hay que decir que el sexo es bueno...pero dentro de un orden”[41]. Y este orden es la donación de vida en la procreación, es decir, una participación corporal en el poder creador del Esse, de Dios Uno y Trino en el hombre. “el lujurioso no se da; al contrario absorbe, es radicalmente egoísta (el adulterio más aún que en el pecado solitario) Un corazón impuro es un corazón desamorado, enamorado de sí mismo”[42].
La necesidad de recordar la unidad de las virtudes en este campo es grande, pues con frecuencia se dice que una persona puede ser honrada en lo público aunque sea un desarreglado en lo privado. Pero la realidad no es así, todo comunica en el hombre. El desamor, el orgullo y los vicios ciegan la inteligencia y debilitan la voluntad. Las pasiones se revuelven hasta llegar a tener horror y asco a lo honrado y a lo honesto. La ira se exalta cuando le quieren ayudar a salir de su situación. El amor a cosas degradadas se hace vicio. En definitiva, “El amor no es primariamente una forma de relacionarse con los demás, sino una forma de relacionarnos con Dios. Y lo mismo sucede con la humildad, que es como su reverso, y que ha de ser la actitud profunda y radical del espíritu. La falta de templanza en esa zona, el apetito desordenado de sí, lleva a la desesperación, al vacío total de la creatura sin Dios, y a la frustración definitiva. La templanza es así pureza de corazón, transparencia, plena capacidad para el amor electivo, y es libertad”[43].
Es imposible que el hombre abarque todos los conocimientos y todas las habilidades sólo, sin ayuda de otros. Más aún, si comienza desde el principio. La base cultural está ahí para el niño y para la persona madura. La educación se basa en una transmisión de saberes en el sentido amplio de sabiduría. “El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no sólo el lenguaje y la formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos el crecimiento y la maduración personal implican que estas mismas verdades puedan ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad crítica del pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades sean «recuperadas» sobre la base de la experiencia llevada que se ha tenido o en virtud de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal. En efecto, ¿quién sería capaz de discutir críticamente los innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa la vida moderna? ¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de informaciones que día a día se reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan en línea de máxima como verdaderas? Finalmente, ¿quién podría reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han acumulado los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la humanidad? El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquél que vive de creencias.
Cada uno, al creer, confía en los conocimientos adquiridos por otras personas. En ello se puede percibir una tensión significativa: por una parte el conocimiento a través de una creencia parece una forma imperfecta de conocimiento, que debe perfeccionarse progresivamente mediante la evidencia lograda personalmente; por otra, la creencia con frecuencia resulta más rica desde el punto de vista humano que la simple evidencia, porque incluye una relación interpersonal y pone en juego no sólo las posibilidades cognoscitivas, sino también la capacidad más radical de confiar en otras personas, entrando así en una relación más estable e íntima con ellas.
Se ha de destacar que las verdades buscadas en esta relación interpersonal no pertenecen primariamente al orden fáctico o filosófico. Lo que se pretende, más que nada, es la verdad misma de la persona: lo que ella es y lo que manifiesta de su propio interior. En efecto, la perfección del hombre no está en la mera adquisición del conocimiento abstracto de la verdad, sino que consiste también en una relación viva de entrega y fidelidad hacia el otro. En esta fidelidad que sabe darse, el hombre encuentra plena certeza y seguridad. Al mismo tiempo, el conocimiento por creencia, que se funda sobre la confianza interpersonal, está en relación con la verdad: el hombre, creyendo, confía en la verdad que el otro le manifiesta.
En cuanto vital y esencial para su existencia, esta verdad se logra no sólo por vía racional, sino también mediante el abandono confiado en otras personas, que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad misma. La capacidad y la opción de confiarse uno mismo y la propia vida a otra persona constituyen ciertamente uno de los actos antropológicamente más significativos y expresivos”[44].
A esta actitud necesaria la llamamos fe y necesita convertirse en virtud lo que consigue, sobre todo con el ejercicio de la prudencia (dejarse enseñar), de la justicia (fiarse de los amigos) de la fortaleza (voluntad de usar la recta razón) templanza (que el espíritu guíe al cuerpo y no al revés).
Ahora bien, en Occidente se ha dado un paréntesis de unos dos siglos (llamado modernidad) en que se creía que era el tiempo de la luz de la ilustración, de la razón que todo lo puede. Y algo sí pudo, pero sus desastres fueron notorios desde el alejamiento de Dios, o la muerte de Dios, hasta la muerte del hombre que dejan de ser hermanos. En este momento histórico en esta parte de la cultura emerge la posmodernidad o tardomodernidad que critica el racionalismo con un cierto escepticismo de su orgulloso y fracasado avance. Es el momento de aprovechar lo válido de esa etapa y aprovechar lo que se había despreciado. Entre ello la fe humana y la fe divina.
Ante la creencia modernista en la identidad, se puede avanzar en la línea de la alteridad. Existen otros, y, sobre todo, Otro, que me puede hacer avanzar por caminos mejores y menos perdedores. Superados los filósofos de la sospecha y los autosuficientes que decían que sabían todo y sólo daban sistemas e ideologías, es el momento de situarse ante el misterio que supera al hombre, ante la Verdad que se oculta y se revela para escuchar con confianza, sin prejuicios culturales, y abrirse a la Palabra que habla desde el Misterio. Este Misterio habla y se oculta, da luz y deja puertas abiertas a saber más. Nunca se acaba y permite un progreso humilde y verdadero. La actitud mental de fe es humana y necesita virtud. Primero estar abierto al amor al Otro. Después humildad para vivir en verdad. También confianza, entrega, saber laborioso y orante son las nuevas reglas del saber sabio, no perezoso que vive el sapere aude en un sentido nuevo mucho más audaz que el de la modernidad, pues acepta las heridas y la infinitud de lo real, y no se conforma con reduccionismos que muestran mala voluntad, o ingenuidad.
La esperanza nace del ser personal que se sabe amante, pensante, libre, y aspira a la plenitud del amor con el Amado, a la Belleza perfecta, a la Verdad que sacia, al Bien que premia con felicidad, a la libertad como descanso en la paz de dar ser eternamente. Sin esperanza, el ser humano no puede vivir pues incurre en la negra desesperanza, que es muerte anticipada, si no cercana. El desánimo entristece, quita vitalidad, energía, aspiraciones, languidece.
La esperanza es certeza, alegría en el camino, fuerza para seguir hasta la muerte, alegría que espera aún más gozo, optimismo real, no de rebajas, lazarillo de la fe, anhelo enamorado. Es tener ya, aunque no todo, es mirar todo de otro modo, es calor en el alma, es fuerza en los pies, es vivir anhelante y encendido, es algo de cielo aquí en la tierra.
En la esperanza radica el verdadero progreso del hombre, que no se rinde. El optimismo no es dulzón y políticamente vendible, sino enraizado en el acto de ser de la persona que se sabe llamada por Alguien que la ama y la ayuda en los retos del vivir.
La esperanza es distinta de la espera, porque la espera es pasiva. La esperanza es activa y esta actividad se manifiesta en el deseo. El deseo es llamado de muchas maneras en las religiones, las filosofías y la sabiduría popular: nostalgia, memoria del ser, paraíso perdido. En definitiva, se trata de la acción del acto personal que es activo y tiende con fuerza real al Acto puro. La persona humana desea a las personas divinas de las que naturalmente ya tiene algo de su vida, y de modos conscientes o inconscientes, como expresaba Blondel en la volonté volue et la volonté voulant, lo que se quiere en la práctica y lo que se quiere de verdad, aunque no se sepa muy conscientemente, suele haber una diferencia. Ya veremos como las Tres Personas divinas actúan con el don de gracia en esta ascensión del deseo hasta la posesión. Ahora lo observamos como una realidad ineludible, que puede falsearse en el triste “comamos y bebamos que mañana moriremos”, o en el escéptico carpe diem que es burlado por lo efímero que dice cada día: ya ha pasado, y ¿ahora qué? ¿la muerte? La ontología de la persona no permite este desespero nihilista, clama con optimismo: podemos vivir en la esperanza. Bien distinto es este planteamiento del heideggeriano que tanto ha influido en nuestro tiempo al de cir que “en la angustia se le manifiesta al hombre lo que es su existencia Tan pronto se plantea la pregunta se le ofrece la respuesta, pues el ser resulta patente para quien se decide a querer verlo. El hecho al que el hombre trata de hurtarse es que está "arrojado" a la existencia para vivir su vida. A su existencia pertenecen posibilidades que tiene que aceptar libremente, entre las que se tiene que decidir. El punto más extremo al que se encamina, y que pertenece irremisiblemente a la existencia humana, es la muerte: su vida está signada con la muerte. El hombre viene de la nada ya ella se dirige, sin poder detenerse. Quien quiera vivir en la verdad, debe soportar mirar cara a cara a la nada, sin huir de ella hacia el autoolvido u otras formas de engañosa seguridad. La vida profunda es para Heidegger una vida según el espíritu. El hombre es libre, en el sentido de que puede y debe decidirse por un verdadero ser. Pero no le ha sido señalado ningún otro fin que ser él mismo y perseverar en la nada de su ser”[45]. Realmente se diga lo que se diga es la desesperanza más o menos disfrazada
Hemos visto el amor en el origen y en el término, sus grados humanos, también el sentimiento amoroso y el amor del cuerpo; veremos sus grados místicos. Ahora corresponde observar el amor como virtud, como fuerza estable. Amor que se aprende, y se aprende a amar amando. El modo de amar es la fidelidad constante a la verdad, a la belleza, al bien, al otro, hasta que se haga realidad que se alcance que “el yo y el tú se funden, sin dejar de ser yo y tú”. Ya veremos como se produce en las distintas formas de amistad, pero es necesario no confundir el amor como sentimiento, como querer, como querer querer, como comunión, como admiración, como dar, como darse, como dar ser. Para aprender es necesario matar el egoísmo, descubrir el tú.
Por ejemplo, en la vida económica el liberalismo ideológico pretende que la mano invisible de los intereses particulares consigue bienestar para todos. Pero si se aplicase sin las correcciones del derecho, de las instituciones, de los controles legales, de la experiencia de los contratos etc. se acabaría la fuerza de la competencia que genera progreso pues, como ya ha sucedido bastantes veces, el fuerte aplasta al débil; surgen monopolios encubiertos, o no; aranceles que empobrecen a los débiles en el comercio, precios abusivos para los que no tienen quién les defienda; apropiación de cerebros a los países pobres, etc. El Estado sin justicia es un gran latrocinio decía San Agustín. En lenguaje de hoy podemos decir que el liberalismo económico sin un estado de derecho y una sanidad moral en la sociedad civil es una mafia en el peor de los sentidos. La civilización del amor no es un sentimiento bondadoso y utópico, es una cultura del hombre como persona, no sólo como individuo, y mucho menos como unidad del colectivo donde aún se aísla más al hombre como individuo indefenso totalmente, ante los que dicen que le representan, y, en realidad le aplastan y le roban, sino le matan.
Otro ejemplo es la familia, dificilísima empresa económica, educativa, sanitaria, lúdica, afectiva etc. Sin aprender a amar en el descubrimiento del otro como ser sexuado distinto, como niño, como hermano, como padre, madre y otros familiares no se crece en el amor. Las mayores satisfacciones se dan en la familia, y también los dolores son intensos y las heridas más profundas. De ahí la importancia de aprender a querer no sólo por la propia satisfacción, que se da, sino por los otros en amor abierto, donde cada uno es querido por estar ahí, más que por sus méritos. La experiencia de la mejora de todos los miembros de la familia cuando se da alguien con discapacidad mental o física, y lo aceptan, superando comodidades egoístas es gratificante y puede sorprender a los poco avisados; pero el amor sincero tiene estas sorpresas.
“Ni el hombre ni su alma son un mero haz de potencias separadas. Todas ellas tienen su raíz en el alma, son ramificaciones en la que ésta se despliega. Es más, precisamente en las relaciones existentes entre las potencias, los hábitos y los actos es donde mejor se patentiza la unidad del alma. Al hombre no le es posible desarrollar todas sus potencias simultáneamente y en igual medida, al igual que tampoco puede actualizarlas todas a la vez. Cuando su entendimiento trabaja intensamente, apenas oye o ve lo que sucede a su alrededor. Cuando está muy afectado emocionalmente, no puede valerse de su entendimiento. El alma parece disponer de una cantidad concreta de fuerza, que puede ciertamente ser empleada en diversas direcciones, pero con la limitación de que su empleo en una de ellas priva de fuerza a las direcciones restantes (en los organismos se aprecian fenómenos enteramente análogos). A ello se debe que en cada momento concreto el hombre sólo pueda actualizar muy poco de lo que él es potencialmente, y que no todas sus potencias, ni mucho menos, puedan llegar a convertirse en hábitos. Muchas de las capacidades del hombre quedarán sin realizar a lo largo de toda su vida.
Así contemplado, el hombre se revela como un organismo de estructura muy compleja: como un todo vital unitario en continuo proceso de hacerse y deshacerse. La del hombre es una unidad corporal-anímica que va tomando una figura corporal cada vez más diferenciada y de funciones cada vez más variadas, a la par que simultáneamente se expresa en un carácter anímico más rico y firmemente establecido. Tanto la conformación anímica como la corporal se desarrollan en continua actividad, que es el resultado de la actualización de ciertas capacidades, y a la vez decide cuáles de las diferentes posibilidades prefiguradas en el ser del hombre se harán realidad”[46]
.Hemos visto cómo la vida del hombre se hace humana al desarrollarse las virtudes. Conviene destacar que estas virtudes ya mencionadas, y otras subdivisiones que podríamos hacer (lealtad, sinceridad, sencillez, veracidad, eutrapelia etc) están unidas en la unidad de la persona. Es más, si una falla repercute en todas. Esto es muy notorio en la prudencia, también en la justicia y la fortaleza de un modo que podríamos decir obvio. Pero a algunos no parece que sea así en la templanza. Comer y beber en exceso, así como las drogas es evidente que afectan al juicio, y puede causar graves daños a los que conviven con el que abusa. Pero cuando llega el terreno sexual se apela a la privacidad, declarando contra toda evidencia que no afecta la vida privada a la vida pública, y eso es claramente incorrecto. En el adulterio, la infidelidad o el abandono con respecto al cónyuge hay consecuencias en lo dinerario, pero más aún en lo afectivo y educativo, se acepte o no, se finja o no, pues se ha herido el amor, y mucho más afecta a los hijos. En los casos de hijos de múltiples parejas llega la situación a ser una tragicomedia de resultados amargos. Pero también en la vida profesional o política, que parecen más lejanas, por ejemplo ¿cómo va a ser fiel a la empresa el que es infiel a su esposa? Pero, sobre todo, hay que atender a la herida íntima personal en el ser necesariamente amoroso que queda vulnerado afectando a la inteligencia y a la voluntad, como al mundo afectivo que se nublan con nubes egoístas más o menos justificadas. Así la prudencia se hace difícil aunque se intente reducirla de arte a técnica, pero no lo es. La experiencia histórica es elocuente, y no lo sabemos todo.
Como dice Senovilla, “Aristóteles hereda de Platón la unidad esencial entre todas las virtudes en el hombre bueno. “Todas las virtudes están en armonía con cada una de las demás y la armonía del carácter individual se reproduce en la del Estado. La guerra civil es el peor de los males. Para Aristóteles, como para Platón, la vida buena para el hombre es en sí misma simple y unitaria, por integración de una jerarquía de bienes”[47]. Esto lo ha explicado recientemente Alejandro Llano: “La virtud aislada sólo puede ser aparente, porque su real ejercicio implica la puesta en práctica de las restantes virtudes. La persona que no es sobria tendría grandes dificultades para ser valiente. Porque el ejercicio de la fortaleza implica afrontar la dificultad y renunciar al placer. Y eso sólo lo puede hacer alguien que sea templado. Por otra parte, el que no es valiente difícilmente será justo, pues la promoción de la justicia suele llevar consigo enfrentarse a otras personas que defienden sus propios intereses, ante las que el cobarde retrocede y acaba por preferir la injusticia al conflicto (...). Tal conexión de las excelencias se establece sobre todo a través de la prudencia. Aquí la retroalimentación es evidente. Para ejercer cualquier otra virtud, necesito ser prudente, porque –de lo contrario- puedo hacer cosas en sí mismas excelentes, pero fuera de lugar y de hora, inoportunas, con lo cual dejan ya de ser excelentes. Pero la fórmula simétrica también es cierta. Para ser prudente, me resulta imprescindible ser justo, templado, valiente”[48].
Por otra parte, el modo en que Aristóteles trata las virtudes recoge también el influjo de la actitud estética del griego al considerar la conducta humana, manifiesta en el propio concepto de virtud como areté. Esto aparece con gran claridad al tratar de diversas virtudes, como por ejemplo la magnanimidad. Como ya avanzamos, Aristóteles supone un enorme adelanto en el tratamiento de las virtudes: sus planteamientos son expresiones de buen sentido y moderación. Pero era también un hombre de su tiempo: como diría MacIntyre, él también era heredero y expresión de una tradición. Su concepción de las virtudes está, hasta cierto punto, determinada por el gusto griego contemporáneo: la idea de un hombre que exija de los demás que le honren en razón de su virtud es algo que nos repugna, pero en el contexto se deduce del héroe homérico que anhela los honores debidos a su areté. Su opinión de que el hombre magnánimo se avergonzará de recibir beneficios y de ponerse de este modo en la posición de un inferior, mientras que procurará pagar los beneficios recibidos con otros mayores a fin de hacer de su amigo su deudor, podrá estar de acuerdo con la mentalidad griega, pero difícilmente será aceptable por todos. También las descripciones que hace Aristóteles del hombre magnánimo como de lento andar, de hablar con voz grave y de conversación parsimoniosa, nos parece ahora más bien una cuestión de gusto estético”[49].
[1] Edith Stein La estructura de la persona humana. p. 100
[2] Sto Tomás S. Th II-II, q. 47, a.1 ad 1
[3] San Agustín De moribus Ecclesiae, c 15
[4]Cardona Metafísica del bien y del mal Ed Eunsa 1987
[5] Cardona, o.c.
[6] Cardona o.c.
[7] Cardona o.c.
[8] Cardona o.c.
[9] Cardona Metafísica del bien y del mal Ed Eunsa 1987 p. 211
[10] Cardona o.c. p. 221
[11] Cardona Metafísica del bien y del mal Ed Eunsa 1987. p.219
[12] ibid. p. 219
[13] ibid. p. 219
[14] ibid. p.219
[15] ibid. p. 219
[16] Santo Tomás S.Th. II-II,q. 47, a.9
[17] Cardona Metafísica del bien y del mal Ed Eunsa 1987. p. 213
[18] San Josemaría Escrivá. Amigos de Dios. Ed Rialp. N 83
[19] Santo Tomás. Catena aurea in Mathaeum V,5
[20] San Josemaría Escrivá. Amigos de Dios. Ed Rialp. n. 232
[21] Santo Tomás. S. Th. II-II, q. 30, a.4,c
[22] Carlos Cardona. Metafísica del bien y del mal. Ed. Eunsa. 1987, p.214
[23] Platón, Gorgias, 508
[24] Cardona Metafísica del bien y del mal Ed Eunsa 1987. p. 216
[25] Cantar de los cantares
[26] Carlos Cardona. Metafísica del bien y del mal. Ed Eunsa. Pamplona1997. pp. 224-225
[27] San Josemaría. Amigos de Dios Ed Rialp. Madrid n. 68
[28] Carlos Cardona. Metafísica del bien y del mal. Ed Eunsa. 1997. p. 226
[29] ibid.. p.222
[30] ibid. p. 223
[31] San
Josemaría Escrivá. Amigos de Dios Ed Rialp.nn 77-79 “El camino del
cristiano, el de cualquier hombre, no es fácil. Ciertamente, en determinadas
épocas, parece que todo se cumple según nuestras previsiones; pero esto
habitualmente dura poco. Vivir es enfrentarse con dificultades, sentir en el
corazón alegrías y sinsabores; y en esta fragua el hombre puede adquirir
fortaleza, paciencia, magnanimidad, serenidad.
Es fuerte el que persevera en el cumplimiento de lo que entiende que debe
hacer, según su conciencia; el que no mide el valor de una tarea
exclusivamente por los beneficios que recibe, sino por el servicio que
presta a los demás. El fuerte, a veces, sufre, pero resiste; llora quizá,
pero se bebe sus lágrimas. Cuando la contradicción arrecia, no se dobla.
(…) Y es esta paciencia la que nos impulsa a ser comprensivos con los demás,
persuadidos de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo..
Fuertes y pacientes: serenos. Pero no con la serenidad del que compra la
propia tranquilidad a costa de desinteresarse de sus hermanos o de la gran
tarea, que a todos corresponde, de difundir sin tasa el bien por el mundo
entero”.
[32] Cardona. Metafísica del bien y del mal. Pamplona Ed. Eunsa. 1987. p. 225
[33] Santo Tomás, S. Th. II-II, q. 141
[34] Cardona Metafísica del bien y del mal Ed Eunsa 1987. 226
[35] 1 Co 15,52
[36] Cardona Metafísica del bien y del mal. Pamplona Ed Eunsa 1987. p.227
[37] ibid. p.229
[38] Cardona o.c. p. 229
[39] ibid p. 229
[40] ibid. p. 228
[41] ibid. p.229
[42] ibid. p. 229
[43] ibid.. p. 230
[44] Fides et ratio 32-33
[45] Edith Stein La estructura de la persona humana. p. 7
[46] Edith Stein. La estructura de la persona humana. p. 67
[47] MACINTYRE, A., Tras la virtud, p. 198.
[48] LLANO, A., La vida lograda, p. 131.
[49] Cfr Jose Antonio Senovilla. La piedad Tesis doctoral 2002