Ser amistoso

La persona humana pide y debe vivir y convivir con amigos. La relación primera es la relación con Dios –ser alguien ante Dios y para siempre- que se concreta en amor filial, y se explica con los muy diversos modos de relacionarse los hombres: desposorio, filiación, amistad. No todas las relaciones son iguales, y cada una requiere un tratamiento específico. De la relación primera surgen las relaciones con los otros seres humanos, en diversos grados. Se pueden hacer muchísimos círculos: familia, amigos, conciudadanos, compatriotas, compañeros, colaboradores, incluso, enemigos. La relación llega con necesidad a todos, pero ¿de qué modo? Cristo enseña a los cristianos  un modo especial de amar, por eso dice: “ si amáis a los que os aman ..., ¿acaso no hacen otro tanto los gentiles”[1]. Luego debe ser un amor más amplio, y eso que los gentiles llegaron a explicar de un modo muy brillante la amistad.

La amistad es la relación entre dos o más personas que produce felicidad, compañía, ayuda. La amistad lleva a la superación de la soledad, porque si hay una amistad auténtica hay una comunicación de intimidades. Entre amigos se pueden decir las cosas con franqueza, incluso las cosas desagradables, que nunca se escucharían de un adulador o de un extraño. En la amistad se da una comprensión mutua que permite abrir el corazón con confianza.

La verdadera amistad no atiende sólo a las ventajas que uno encuentra, sino que busca también proporcionar alegrías a los amigos,  amar es gozar con la felicidad del otro. La amistad, como amor desinteresado, produce una paz profunda y, además, los amigos se enriquecen con la personalidad de los demás. El ambiente de confianza que se crea en la amistad permite hablar y ser escuchado, desaparece el temor aunque haya exigencia mutua. Ante los amigos es posible dar lo mejor de uno mismo, que un extraño o un indiferente no valoraría. La amistad se forja lentamente. En un principio surge como una simpatía espontánea basada en datos leves y cambiantes: un saludo, una conversación amable. Esta simpatía primera es muy superficial y puede cambiar. El siguiente paso reside en la voluntad: se elige o se quiere al amigo. La voluntad elegirá según sean las propias virtudes y su escala de valores. Después vendrá la aceptación mutua, y así se inicia el ambiente de la amistad. Este ambiente amistoso debe cuidarse para que no se pierda. La amistad es la mayor de las riquezas. Shakespeare decía: "en mis amigos están mis riquezas"

La amistad es un fenómeno natural propio de la persona humana libre. Los amigos se escogen o nos escogen, los hermanos nos son dados. Un paso que puede parecer imposible, pero que no lo es, será tender a que todos los hombre vivan como hermanos. Superando los vínculos iniciales que llevan a la amistad  como afinidad, simpatía, afecto.

Los gentiles y los pecadores amaban solamente a sus amigos. El estudio de la amistad en la Antigüedad nos puede ayudar a conocer la diferencia y superioridad de la amistad cristiana.

La amistad en la Antigüedad clásica

Pitágoras. De los antiguos el que más trató del tema de la amistad fue Pitágoras. Incluso llegó a fundar unas fraternidades o asociaciones en que se procuraba vivir la amistad del modo más perfecto. Estas comunidades desaparecieron quizá por constituirse en grupo aparte y separado de los demás ante los que se mostraban con indiferencia y un cierto aire de superioridad.

Sócrates. Platón describe en sus Diálogos el pensamiento de Sócrates sobre la amistad: se basa en el amor y se regula por la virtud. La amistad surge de la necesidad de algo que no se posee y se necesita. En el diálogo Lisis da unas ideas muy valiosas. Por ejemplo que “si dos personas no se valoran una a otra en mucho no podrán ser amigos”. También añade la idea de complemento y mutua ayuda, así como la compenetración entre amigos.

Aristóteles. Trata magistralmente de ese tema en la Ética a Nícómaco. El núcleo de su pensamiento es que la amistad es una actividad por la que dos o más se asocian para alcanzar la felicidad. "Es preciso compartir la existencia del amigo, cosa que se logra por la convivencia y conversando y compenetrando entre sí los pensamientos" La unión a la que tiende la amistad lleva a la consideración del otro como otro yo. Para Aristóteles la amistad está marcada por el fin a que se dirige. No basta con la semejanza o con la compenetración para que la amistad sea buena, tiene que buscar fines buenos, sólo así es verdadera y crece. La amistad mala más bien es complicidad. La amistad, en Aristóteles, es una emulación en la virtud. El modo óptimo de alcanzar la felicidad es la amistad. Podría parecer algo egoísta, y desde luego no llega a lo propuesto por el Cristianismo, pero muestra ideas muy valiosas. La amistad da sentido a la vida humana. Lo característico de la amistad es que no es algo de uno sólo sino que es una coordinación de movimientos en orden a conseguir un fin. En palabras actuales lo expresa de modo admirable Saint Exupery al decir que amar no es dos que se miran, sino dos que miran en la misma dirección. Hay un fin común, un proyecto común  Hay estímulo mutuo, se amplía el ser de cada uno y sus posibilidades. La amistad es casi siempre fuente y medio de felicidad, sin ella se da la soledad, y es segura la infelicidad. Puede ser la amistad muy amplia o de pocos, raramente de uno solo, y si no se tiene ningún amigo es una desdicha, si no se quiere tener amigos es una monstruosidad.  “Es preciso compartir la existencia del amigo. Cosa que se logra por la convivencia y conversando y compenetrando ente sí los pensamientos. La amistad puede acabar en éxito o en fracaso, eso depende del grado de ética entre los amigos: lealtad, sinceridad, etc. Las malas amistades hacen a los hombres malos, pero, incluso esas, requieren un mínimo de virtud, o desaparecen inmediatamente. La amistad entre los buenos crece continuamente al estrecharse los lazos y la mutua admiración, aunque dice que es rara de encontrar pues hay pocos hombres buenos. Cuando se llega a un nivel de intimidad es lo que se llama amistad verdadera y se puede decir del amigo que es “otro yo”.

Cicerón. También dice que el amigo es "otro yo", es más, "la mitad de nuestro ser". Sólo se alcanza la amistad cuando hay virtud: sinceridad, constancia, etcétera. Por eso hay que excluir "la mayor peste de la amistad, que es la adulación, la zalamería y el servilismo porque, désele el nombre que se quiera, hay que delatarlo como vicio de hombres ligeros y falsos que dicen todo por agradar y nada por amor a la verdad"

En el Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento se respira el mismo ambiente a que llegaron los pensadores grecolatinos, pero con un fuerte componente religioso que fortalece y eleva la amistad. Por una parte, la amistad requiere virtudes: "el hombre amable en el trato será más estimado que el hermano" (Prov. 18, 24), y añadirá: "los buenos consejos del amigo son dulzura del alma" (Prov. 27, 9)

Los libros sapienciales contienen muchas sentencias sobre la amistad. El Eclesiástico distingue el verdadero del falso amigo; sobre el buen amigo dice: "Un amigo fiel es poderoso protector, el que le encuentra halla un tesoro. Nada vale tanto como un amigo fiel, su precio es incalculable. Un amigo fiel es remedio saludable: los que temen al Señor lo encontrarán. El que teme al Señor es fiel a la amistad, y como fiel es él, así lo será su amigo" (Eclo. 6, 14-17)

El motivo fundamental de la amistad lo pone sobre todo en el amor a Dios sobre toda otra consideración humana. Por eso dirá el Levítico: "Ama a tu amigo como a ti mismo" (Lev. 19, 18) A este precepto hace referencia Nuestro Señor Jesucristo haciendo ver que todo hombre tiene razón de amigo superando las distinciones de raza, país, nivel social, etcétera

Jesucristo y la amistad

Ya hemos visto que Jesús enseña un amor que va más allá de la amistad como es considerada por los gentiles (amar a los que te aman). Lo cual llevaba de la mano a no amar a los que no te aman, o los que son  distintos, o incluso odiarlos, o a vengarse cuando se convierten en enemigos. El amor predicado por Jesucristo tiene la ayuda de la gracia para poder realizarlo: perdonar, y amar a todos como hermanos, aunque no se lo merezcan y cuando se tiene que acudir a la legítima defensa, quitar el odio del corazón.

La caridad es ordenada. Querer a todos, también a los que están lejos o son enemigos, pero más a los amigos. Así lo hace Cristo. Sería un error tener una imagen del Señor lejana y fría. Jesucristo habló con solemnidad cuando las circunstancias lo requerían pero trató a todos de un modo entrañable y lleno de amor, incluso a los que no querían ser amigos suyos sino que le perseguían como enemigos. Con los que se consideraban amigos suyos tuvo el Señor una amistad que adquiere unos tonos llenos de cariño y amor. Precisamente el modo cómo le avisan de la enfermedad de Lázaro es diciéndole: "el que amas está enfermo[2], y los judíos al verle llorar ante el sepulcro del amigo decían: "¡Cómo le amaba!"[3]

El trato con los Apóstoles está lleno de cordialidad y delicadeza, como se evidencia a lo largo de la Ultima Cena. El máximo nivel de amistad se manifiesta cuando dice: "Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos sí hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca, para que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros"[4] En estas palabras se advierte una amistad llena de cordialidad. La relación entre Jesús y los suyos no es la de un señor con sus siervos. Hay una elección mutua, aunque es Jesús quien toma la iniciativa. Serán amigos de Jesús cuando cumplan su voluntad, pero precisamente su voluntad es que se quieran unos a otros. El grado culminante de la amistad llega en Jesús cuando les dice que va a dar su vida para salvarlos, cosa que hará al poco tiempo. La amistad que Jesús enseña recoge todos los valores humanos nobles, los eleva a un orden superior y los purifica de las miserias humanas y los prolonga en un amor eterno.

 

Amistad en un mundo individualista     

 

La amistad es algo más que relación entre iguales, muchas veces se da la desigualdad, como en el matrimonio, maestro-discípulo, rico-pobre, y muchas más. Tampoco es una relación de utilidad, aunque muchas amistades sí la proporcionen, como una empresa que hace lo que no podría nunca uno solo. La amistad en muchas ocasiones se produce ante la posibilidad de dar sin recibir nada a cambio más que agradecimiento, o, incluso, ni eso. La novena sinfonía de Beethoven canta como gran aspiración romántica: “¡Cuando los hombres volverán a ser hermanos!”; pero en realidad nunca parece que lo hayan sido demasiado, al menos como amistad, o amor que lleva a dar. Pero si queremos hacer extensiva la amistad a los enemigos, entonces la cosa se hace realmente difícil. Unos la centran sólo en los amigos de familia, de gustos, de fraternidad, de patria, de raza. Y a lo más tolerancia con aquellos de los cuales se desconoce su dignidad personal y se les niega la igualdad por encima de diferencias superficiales. Es más, algunos como Lutero cuando lee las seis antítesis en que Cristo muestra el modo de cumplir la Ley de Dios, dice que es imposible. En concreto en este punto dice así: Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también la capa. A quien te fuerce a andar una milla, ve con él dos. A quien te pida, dale; y no rehuyas al que quiera de ti algo prestado. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿Acaso no hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿Acaso no hacen eso también los paganos? Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto”[5].

 

Concretemos la amistad como la explica Cristo:

Se trata de superar la ley del talión y eso sólo es posible con el perdón, esta forma tan especial de amor y de amistad que cierra la espiral de violencia en una civilización nueva, que bien se puede llamarse del amor. De hecho la justicia durísima es sumamente injusta y rompe o corrompe a los castigadores y a los castigados, así como la cohesión social.

 Se trata de ir más allá del puro préstamo a interés, que por otra parte es lo que se hace cuando se ve imposible cobrar y se renegocia la deuda, o se la perdona  poniendo los medios para que los desaprensivos no se aprovechen del despilfarro, y se rehaga en lo posible lo mal hecho. Es más, si no hay una justicia redistributiva que se puede llamar Estado del Bienestar o como se quiera, bien pensado, es fácil que surjan resentimientos entre pueblos o personas; también cuando hay abuso de posición superior. No se puede tratar a las personas como mercancías o números de un balance.  Se trata de amar al enemigo, se supone que uno mismo no quiere ser enemigo, cosa que haría imposible el amor; si no cuando otro u otros te odian o te hacen mal, quizá grave. Es claro que la justicia no puede permitir que el malhechor quede libre, pero nunca se le debe odiar, amar aquí es más que convivir en alegría y gozo, es perdonar en el corazón, borrar el rencor y el resentimiento, aunque no se olvide, que quizá es imposible. Es un amor doloroso, no gustoso, pero que puede dulcificar y dar paz al alma que perdona –o al pueblo, o la familia- dando paz interior, que puede ser compatible con el dolor interior. Mientras que la venganza siempre deja amargura y nunca bienestar interior.

  ¿Utopías? Si se tomasen en serio, otras cosas pasarían en este mundo nuestro en que se enseña a los niños a odiar a otros porque hace siglos sucedió esto o lo otro. Este tipo de amor ya no es una suave fragancia que brota en las primaveras de levante, sino amor fuerte, laborioso. Si el otro llega a apreciar ese grado de amor –ha sucedido muchas veces y no sólo en la literatura- se originan unos lazos mucho más fuertes que el dolce far niente a la luz de la luna. Eso se ha hecho, y se sigue haciendo. Pero casi sólo en ámbito cristiano en el cual sólo el rezo del Padre nuestro ya enseña este modo de actuar, y más, si se medita a Cristo crucificado que llama amigo al traidor Judas, y perdona desde de la cruz 

Amistad con Dios

Amistades desiguales son todas. Una igualdad perfecta es imposible, entre otras cosas porque cada uno es único e irrepetible y tiene un pasado distinto. Hasta los gemelos univitelinos son distintos en sus vidas. Los que iguala a los amigos es abrir el corazón y la intimidad, no tener reservas y querer según las propias posibilidades.

En el caso de la amistad con Dios es patente la infinita distancia. Sin embargo, la Sagrada Escritura señala su amistad diciendo que “mi delicia es estar con los hijos de los hombres”[6], en general; y como individuos se dice con claridad “yo te he engendrado por tu nombre, tú eres mío”[7], que es más bien filiación, pero no excluye la amistad. Jesús es constante en distinguir a los que le rodean como amigos. Luego la amistad se basa en amar con un amor purificado, un amor nuevo, un amor que es dilección, nada habitual en cuanto el círculo está más lejos del centro personal y se producen agravios. Sin embargo la diferencia queda salvada por la calidad del amor superior. Dios me ama no por la belleza de mi cuerpo, o por la calidad de inteligencia, o por mis hazañas heroicas, sino por mí mismo. La amistad por parte de la persona humana es corresponder no a la misma altura sino con la humildad sin la cual ninguna amistad progresa, purificar el amor, y según el grado actual –infantil, más o menos egoísta, total- dar todo lo que esté en su mano. Así se hace realidad lo que decía el viejo Aristóteles que sin virtudes no es posible la amistad; ahora se añade que la gracia perfecciona el ser natural del hombre, le hace virtuoso, más perfecto, menos egoísta, más amoroso, y por tanto más amistoso y fiel, con la seguridad de que Dios nunca le fallará pues su amistad es de plena fidelidad-.

Vae soli¡[8] ¡Ay del que está solo! Dice la Escritura. La soledad es peligrosa. El individualismo ha llevado a un mundo de muchedumbres de solitarios. Curiosamente tanto el individualismo, de una manera declarada, como el colectivismo, con engaño, llevan a aislar al individuo en una sociedad más o menos masificada. Se pueden hacer descripciones y encuestas sobre el número de individuos que viven solos, de los padres o madres solos con sus hijos, de una forma de trabajar que no favorece el contacto humano, de las prisas, de las formas masificadas de descansar, del uso aislante de los medios de comunicación que dan la impresión que se sabe mucho, pero se pierde la conversación con la familia o con las vecinos. Del paso de la música al ruido como diversión que hace imposible la conversación y el pensamiento. Y, sobre todo, el aislamiento interior, muchos no tiene con quien confiar, otros quieren y no encuentran más que individuos que los usan. Los efectos del individualismo son perniciosos para el espíritu, para la psique y para el mismo cuerpo. La raíz está en la pérdida del sentido de persona del que hemos hablado. Todo ser humano necesita cariño, comprensión, sentirse escuchado, valorado, asistido cuando es débil. Una sociedad es sana cuando se atiende a las marginados y los discapacitados de una forma u otra. El fin de la sociedad es que los hombres sean amigos, sin ello el bien común se reduce a cosas importantes, como la economía, pero se pierde la humanidad. Buena cosa es plantearse los Estados los bienes intangibles y los proyectos comunes, pues lo fines materiales son necesarios pero insuficientes para las personas.

Falseamiento de la amistad

Como todo bien preciado, se debe proteger la amistad de los peligros que pueden destruirla. Los peligros menores son los que vienen de fuera. La murmuración, por ejemplo, puede hacer daño, pero es rechazada por el amigo fiel. Los peligros mayores para la amistad vienen del interior mismo de las personas que se dejan llevar por diversas formas de egoísmo. Veamos algunos:

Exclusivismos. Cuando un grupo se cierra, de entrada se hace imposible la amistad con otros que podrían enriquecer el ambiente de dicho grupo. La amistad debe estar abierta a todos.

Amistad de interés. Las dificultades purifican la amistad de los falsos motivos. Los amigos se divierten estando juntos, pero no se utilizan para divertirse, y de modo que cuando surja algo menos grato se rompa la amistad.

Sexualización de la amistad. La amistad atiende ante todo al espíritu. Es cierto que el cuerpo es un componente importante en algunas formas de amistad entre personas de distinto sexo, como el noviazgo y el matrimonio. Pero la falta de castidad lleva usar del otro y a perder la verdadera amistad. También es un peligro creciente ya anunciado por San Pablo, el de la homosexualidad al alejarse de la fuente de la amistad que es el amor de Dios.


[1] Mt 5,46

[2] Jn. 11, 3

[3] Jn. 11, 36 

[4] Jn. 15, 15-17

[5] Mt 5,38-48

[6]

[7]

[8] Eclesiastico