San
Luis Mª de Montfort y la Virgen
Hay
un libro muy interesante titulado Tratado
de la verdadera devoción a la Virgen María. Este precioso libro lo escribió
San Luis María Grignion de Montfort, misionero francés del siglo XVIII.
Recuerdo que el Papa Juan Pablo II lo recomendó varias veces, comentando que le había
influido mucho desde su juventud.
Fíjate lo que este autor afirma ya desde el principio de su famoso
libro: “Jesucristo
vino al mundo por medio de la Virgen María y por medio de Ella quiere también
reinar en el mundo”[1].
Habla después de la profunda humildad y sencillez de María, pues la
Virgen vivió siempre pobre, humilde y sencilla en la tierra.
Es impresionante descubrir cuánto te ama la Virgen María, como escribe
con toda firmeza y seguridad este genial escritor. Y pone el siguiente ejemplo
muy evidente y cierto:
“María te ama tiernamente, y más
tiernamente que todas las madres juntas. Reúne, si te fuese posible, todo el
amor natural que a sus hijos tienen todas las madres del mundo, y deposítalo en
el corazón de una sola madre para con su hijo único. Ciertamente, esta madre
amaría mucho a su hijo. Pero la verdad es que María te ama a ti más que esa
madre amaría al suyo. Su gran amor de Madre es afectivo y efectivo. Te ama con
afecto y eficacia”[2].
Al leer todo esto, siempre tengo presente la Palabra de Dios, la Palabra
que Cristo le dijo a María en la Cruz, pensando precisamente en ti: “Mujer,
ahí tienes a tu hijo”[3].
Es decir, mis discípulos son también tus hijos, María. Ámalos como me has
amado a Mí, con todo el cariño de tu buen Corazón.
Ya sabes, querid@
herman@, que amor con amor se paga. Pues bien, ante
este regalo de Dios para ti, tú puedes responder confiándote a María, consagrándote al Corazón de María.
San Luis María propone este camino concreto, camino de gran eficacia
para tu vida espiritual: “Todo se
resume en cuatro palabras: hacer todas tus acciones por
María, con María, en María y para María, con el fin de hacerlas más perfectamente por Jesucristo, con
Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo”[4].
Qué feliz es una persona cuando está
del todo guiada y conducida por el espíritu de María, que es un espíritu
suave y fuerte, celoso y prudente, humilde y valiente, puro y fecundo.
Recuerda que el mismo Hijo de Dios quiso vivir 9 meses dentro del seno de
la Virgen. Así, el seno de María es verdaderamente el templo del Dios vivo, la
ciudad de Dios, el trono de su
gloria, el nuevo paraíso del Altísimo… usando las imágenes bíblicas. ¡Qué
alegría permanecer junto a la Madre de Dios! Como dice la Escritura, “Yo soy
la Madre del Amor hermoso. Venid a mí los que me amáis y saciaos de mis
frutos. El que me obedece no quedará confundido, y los que por mí se dejen
guiar no pecarán”[5].
Finalmente, anima San Luis a confiar plenamente en María. Así,
descubrirás en el Corazón de María “praderas
verdes de esperanza, torres de fortaleza, moradas llenas de encanto y de
seguridad. Pues María es como un aire limpio sin impurezas, como un día
hermoso sin noche, un sol hermoso sin sombras, un fuego de caridad que no quema,
un río de humildad que te llena de alegría”[6].
Y, puesto que Jesucristo es el único fin último de nuestras acciones,
-termina así el autor su libro-, demos siempre “gloria
a Jesús en María, gloria a Dios con María”.
Seguramente que ya comprendes que tu consagración al Corazón Inmaculado
de María, igual que la consagración de tu vida al Corazón de Jesús, tienen
su fundamento, raíz y origen en el
Bautismo. Así, de la fuente bautismal nace una vida cristiana que después
va creciendo y desarrollándose con la gracia de otros sacramentos (porque el
Bautismo es el primer sacramento y la puerta de entrada a la Iglesia de Cristo,
para formar parte del Pueblo de Dios).
Por
eso, tu principal vocación es la santidad. Estás llamad@ a ser
sant@. Todo
cristiano está llamado a la santidad, como enseña el Concilio
Vaticano II. Por tanto, tú también
puedes ser santo, con la ayuda de Dios y de la Virgen
Santísima. En efecto, con María todo es más fácil. Por eso, renueva
con fervor tu consagración al Corazón de María:
¡Oh
Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me
ofrezco del todo a ti.
Y,
en prueba de mi filial afecto, te consagro en este día mis ojos,
mis
oídos, mi lengua, mi corazón: en una palabra todo mi ser.
Ya
que soy todo tuyo, Madre de bondad,
guárdame
y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén.
O bien, más breve:
María,
Madre mía, yo me consagro para siempre
a
tu Corazón Inmaculado, unido a toda la Iglesia,
por
la salvación del mundo entero.
O como el Papa Juan Pablo II le decía cada día a la Virgen: totus tuus, soy todo tuyo, María, y todo cuanto tengo tuyo es.
Gustavo
Johansson
sacerdote diocesano
Director espiritual de Mercabá
__________