EL PENSAMIENTO

ÉTICO-POLÍTICO DE

JUAN PABLO II

(Selección de documentos extraídos de Internet)

El Buen Pastor
Juan 10, 11-18
Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre.

El Papa “el Vicecristo en la Tierra”, que vino del Este tuvo desde muy joven y durante toda su vida, experiencias que le ayudaron a formar un carácter fuerte, inasequible al desaliento y con un AMOR desbordante a Dios y a la Virgen a la vez que al prójimo y especialmente a todos los pobres del mundo. Su fe era la denuncia viviente  que acabó con el Comunismo y que denuncia al Capitalismo Salvaje que promueve –por intereses de Dinero y Poder- todos los desordenes sociales inimaginables: todo para destruir a LA FAMILIA, gran obstáculo para alcanzar sus planes elaborados diabólicamente junto al diablo: El Papa quiere a la FAMILIA y nosotros los cristianos, judíos y musulmanes también y no estamos dispuestos a que -“con la excusa de guerras de religión: que es mentira y nunca han existido”-, por intereses y Poder se nos enzarce entre nosotros, de cuyo conflictos promovidos los únicos beneficiarios son ellos: los archimultimillonarios del mundo: del petróleo, armamento, drogas, ABORTO, Eutanasia, Eugenesia, trata de blancas, homosexualidad, pederastia, y un largo etc. todo negocios fáciles que a través de sus sicarios hacen en contra de la humanidad a la que corrompen de una u otra manera.

 

 

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE

 

1. Juan Pablo II, un Papa que proviene de la sociedad civil bien entendida, no del grupúsculo que aspira al poder, dice Carlos Castillo Peraza. 3

2. EL AÑO JUBILAR 2000 COMO TIEMPO DE LIBERACIÓN PARA LA CREACIÓN: LA CONDONACIÓN DE LA DEUDA EXTERNA Y LA LUCHA CONTRA LA POBREZA. 8

3. El pensamiento ético-político de Juan Pablo II 24

3.1. El transito entre dos milenios. 36

3.2. Leonardo Mondadori, el "Polanco italiano", de ateo radical a católico. 94

3.3. Islam, islamismo, terrorismo islámico y manipulación de Dios. 96

3.4. Juan Pablo II, el gigante del siglo XX". 104

3.5. La Globalización y el terrorismo. 112

3.6. Participación en la vida pública. Honradez política. 115

3.7. Pensando claramente sobre el Islam.. 116

3.8. SALVAJISMO NATURAL O EL HOMBRE COMO DEPREDADOR SUPREMO. 119

3.9. Relativismo ético y moral, unidad de vida y libertad religiosa. 121

3.10. Aconfesionalidad, laicidad y laicismo. En qué sentido el estado español es un estado laico. A propósito de la declaración de la "Plataforma para una sociedad laica". 130

3.11. Amén y su leyenda negra. 134

4. Juan Pablo II y las ideologías contemporáneas. 136

 

 

 


 

 

1. Juan Pablo II, un Papa que proviene de la sociedad civil bien entendida, no del grupúsculo que aspira al poder, dice Carlos Castillo Peraza

Rigoberto Aranda*

Juan Pablo II es un hombre de fe. Viene de un pueblo que se construyó en torno a conceptos culturales y religiosos.
Es un Papa de la sociedad civil bien entendida. La que construyó una nación no contra un Estado, sino frente a él.
Un Papa que lucha contra el totalitarismo, pero también contra la injusticia social.
Es un hombre, un ciudadano, que está en contra de cualquier atentado contra la justicia o la libertad.
Es un hombre que pide no tener miedo.
Es un hombre que siembra.

Así define Carlos Castillo Peraza el intelectual, el político, el católico, a Karol Wojtyla el poeta, el filósofo, el obrero, el poeta.

En entrevista con Crónica, Castillo Peraza dice lo que, en su opinión, es lo importante, lo trascendente de la visita del Papa a nuestro país.

¿Quién es Juan Pablo II?, ¿cómo entenderlo?

Quien quiera entender a Karol Wojtyla tiene que pensar en él como un hombre de fe.

¿Cómo es la fe de los mexicanos? ¿No es excesivamente mariana?

Juan Pablo II es un Papa que, violando todas las leyes de la heráldica tradicional, puso en su escudo la "M" de María, lo que hace parecer a este personaje más mexicano que cualquiera. Es un Papa muy mariano. No hay viaje que no incluya el santuario mariano más importante del país al que va. Por eso no me extraña la insistencia de Juan Pablo II en el sentido de indicarnos a María como la mujer, la madre, en la teología. No se entiende al Papa si no es en términos de un hombre de Polonia, donde el santuario de Jasnagora, la virgen negra de los polacos, no solamente tiene la esencialidad de lo religioso, sino como Guadalupe en México, la dimensión de lo nacional, histórico. Las vírgenes que hacen patrias.

¿Cómo es la relación de los mexicanos con la Iglesia católica?

Hay un cambio, y consiste en una mayor libertad del feligrés en torno a la autoridad eclesiástica. El feligrés juzga las cosas ya con su propia cabeza. No sigue solamente y sin pensar, como una consigna, lo que se le dice en el púlpito; es más crítico. Pero hay un error histórico de comprensión del Papa y de los obispos en su relación con los fieles laicos. No aceptamos una Iglesia callada ni aceptamos una Iglesia tiránica. Aceptamos una Iglesia en la que se escucha con respeto, con apertura de espíritu, con ganas de entender lo que dicen los obispos y entonces actuar en consecuencia.

¿Qué es lo más importante en las ideas de Juan Pablo II?

Una de las grandes aportaciones de Juan Pablo II al pensamiento católico contemporáneo, es haber terminado la construcción de la fundamentación filosófica y teológica de la democracia, de la separación de la Iglesia y el Estado; y al mismo tiempo, haber evitado que en esta construcción democrática, el católico renuncie a decir su propia opinión en un mundo plural. El Papa ha sostenido que no es posible pensar que se puede entender la pluralidad sin la singularidad católica. Juan Pablo ha dicho a los católicos: "Ustedes, dentro de países cultural y políticamente plurales, son uno de los elementos que tienen que decir su propia voz racional y también razonablemente. No tengan miedo". Ese fue su primer mensaje. El mundo es plural, no todos son iguales; en su diversidad todos deben tener los mismos derechos. Pero construir el pluralismo no se identifica con renunciar a la propia singularidad.

¿Qué se espera de la visita del Papa y de él mismo?

El Papa no va a hacer nada espectacular. Va a correr el riesgo que corre siempre. El que corre cualquier autoridad religiosa o moral de ser manipulado. Juan Pablo viene a decir su convicción, sus puntos de vista. Los va a exponer en el doble sentido de la palabra. Los va a poner delante de la gente y los va a arriesgar. Vendrán los juicios, las críticas, lo que es normal. Juan Pablo viene a México siendo un líder, en un país carente de líderes. México no es la excepción.

Pero el de Juan Pablo es un liderazgo totalmente atípico, porque no es un liderazgo de cálculo, de popularidad. Está fundado en la expresión, sin concesiones, de las ideas propias. Por eso resulta un liderazgo muy atractivo.

Aún en países como Cuba...

En el viaje a Cuba, me dio la impresión de que el Papa anunciaba la revolución del futuro, y Castro, la Iglesia del pasado. Fidel Castro hizo una recopilación de lo inmutable. El Papa hablaba de los cambios hacia adelante. Hay que recordar que Juan Pablo viene de un país que tiene una característica casi única en la historia mundial. Es un país en el que la nación se hizo fuera o contra el Estado. No tuvo Estado nacional hasta muy recientemente. Polonia se fue constituyendo en torno a conceptos culturales y religiosos, más que a políticos o legales. Polonia tiene Estado impuesto por los alemanes, suecos, rusos. No tiene Estado propio. Polonia, refugiada en la latinidad

¿Dónde se refugia la nación polaca sin un Estado?

Primero, siendo un país eslavo, se refugia en la latinidad. No adopta el alfabeto cirílico. Es eslavo, pero latino, por opción.

En la catolicidad. Sus invasores son protestantes, nazis, comunistas. Entonces la Iglesia juega un papel enormemente importante en la lucha por preservar la lengua polaca. El teatro que se hace en Polonia bajo la dominación alemana, en la clandestinidad, en la cual participa el joven Wojtyla, es el teatro nacional polaco, que retoma los grandes temas del romanticismo polaco de Norwitz y de otros grandes poetas nacionales polacos y construye una "cultura nacional", distinta de la cultura "estatal". Por eso es un Papa muy notable. Es un Papa de la sociedad civil. Pero de la sociedad civil bien entendida, no del grupúsculo que aspira al poder, sino de la gran comunidad que defiende su propia cultura.

Esto es tan real en Polonia que en los últimos años del régimen socialista, los intelectuales judíos, que eran una parte muy importante de la lucha por la libertad en el país, algunos se convierten al catolicismo y otros, por simple acto político, asisten a las iglesias católicas. En esta construcción de la nación, no contra el Estado, sino enfrente de él, participó Wojtyla. Creo que es la idea más acertada de la sociedad civil. Este hombre, no me cabe duda, en unos años será un clásico.

Se dijo que la revolución polaca era la primera posmoderna.

La revolución polaca es posmoderna porque es la primera hecha por los obreros contra un Estado supuestamente de los obreros. Lo demuestra el hecho de que haya llegado al poder un electricista naval. Eso no se ha visto en ninguna revolución. Realmente es la burguesía la que las hace. Lenin es un burgués, Hitler es un burgués. Los revolucionarios franceses venían de la burguesía. En la nuestra, en la Revolución Mexicana, fue igual. Pero hacer una revolución y que deveras llegue un obrero al poder, es más bien raro. En Polonia se dio.

¿El conflicto en Chiapas, por su apoyo en la sociedad civil, es una revolución posmoderna?

Yo creo que hay muchas diferencias. En primer lugar, el movimiento en Polonia no era de una minoría que se considerara la vanguardia de la totalidad. En segundo lugar, no hubo ni ametralladoras ni capuchas. Todo el mundo dio la cara. Corrieron riesgos. El mismo Lech Walesa estuvo en la cárcel. No contó con un respaldo de las "élites bienpensantes del mundo", sino muy tardíamente. Ya en lo último. Pero además fue un largo camino de 40 años de construcción social masiva. No "vanguardias". Había una cultura común, que daba cohesión. Si tomamos en cuenta que el conflicto chiapaneco es una especie de epistolario entre el "señor Marcos" y algunas personas en torno a la moda, resulta grotesco compararlo con la revolución polaca.

¿Y el neoliberalismo?

El Papa ha sido muy claro respecto de las ideologías. Comenzó con una denuncia muy fuerte hacia los regímenes totalitarios, que además de ser totalitarios, profesaban convicciones de materialismo económico, o economicista. Juan Pablo se enfrentó de una manera muy clara con este materialismo, cuya característica política es que prometía la libertad para un futuro indefinido, a través de una justicia social impuesta desde el Estado. "Aplacemos la libertad hasta que haya justicia que imponga el Estado". Cuando esto se acabó, el Papa es el primero que da la voz de alerta contra las euforias del "fin de la historia", las del triunfo definitivo como sistema único del sistema capitalista. Alertó sobre que el capitalismo también es un materialismo economicista. Sólo que a la inversa. Este sistema promete la justicia para el futuro en nombre de la libertad en el presente. Libertad impuesta por el Mercado. Y tampoco es por ahí. Juan Pablo sale notoriamente al paso de esta euforia y afirma: "No, señores, la libertad ha florecido, pero no puede hacerlo a costa de la justicia. Tienen que ir juntas". Esta es una gran aportación del Papa. Cualquiera hubiera pensado que ya que logró su victoria contra el totalitarismo, de lo cual él mismo fue víctima, hubiera dado por terminada su lucha. Pero dijo "no, falta".

Entonces, ¿es un Papa de derecha o de izquierda?

Yo lo sitúo en el ámbito específico de la fe. Que siempre correrá el riesgo de la manipulación política y de la categorización política de izquierda o derecha, pero que siempre escapa a ellas. Escapa porque su horizonte de juicio es otro. No es el del cálculo del poder, de la ganancia, sino el de la afirmación de la dimensión religiosa del hombre, en primer término, de la centralidad de Jesús en la historia, y de los valores éticos.

Los preparativos para recibir al Papa ¿son exagerados?

El mexicano más pobre, si va a recibir a alguien en su casa, la barre. Esto es cortesía, magnanimidad, voluntad de agradar al huésped, y creo que sólo no lo entendería quien no actuara así en su propia casa. Todos los seres humanos, salvo en el caso de una degradación humana terrible, hacen lo mismo. Lo que conviene, en todo caso, es que suceda lo mismo que cuando uno se encuentra con otro ser humano: oír con apertura, intelectual y espiritual —lo que es difícil— y estar dispuesto a modificar los propios criterios si lo que escuchamos lo juzgamos mejor que los propios.

El Papa, en las papas

¿Y el Papa en las papas, en los refrescos...?

Esto pertenece a la dimensión que tiene el cristianismo de encarnación. Es angelista pensar que cualquier mensaje racional, religioso, ético, tendría que expresarse o llevarse por medios solamente espirituales o intelectuales a la gente.

Sería renunciar a la dimensión corporal del ser humano. Si los anuncios fueran gratuitos, los católicos mexicanos hubieran podido pintar en ellos lo que quisieran. El Papa acepta con humildad la materialidad de su tiempo, para que lo que en él, en su tiempo significa espiritualidad, llegue a los seres humanos, que son también materiales. Es por la materialidad que se llega a la espiritualidad, y no al revés.

Pero estas empresas ¿no lucran con la figura y con el mensaje?

Uno quisiera ver a las empresas que juegan el juego de dar a conocer esto en su propia utilidad, a las más apegadas a los criterios éticos que viene a pregonar el Papa. Yo quisiera que esas marcas de papas, los fabricantes de refrescos, que están brindando su materialidad para hacer llegar un mensaje espiritual, fueran las más congruentes con el mensaje espiritual, eso es lo que habría que exigir. Así no sería sólo una relación publicitaria, comercial.

¿Y los políticos?

Para Clinton, que llegue el Papa a Estados Unidos cuando está siendo acusado públicamente de pecador, sin duda será una ocasión para instrumentarlo. Pero curiosamente, en todos los viajes del Papa, su utilización ha resultado grotesca, burda, y han resultado "tiros por la culata" para quienes los han intentado, por una razón análoga a la de las empresas y la publicidad. Y la razón es que el Papa no viene a ganar popularidad, y por eso, para quien lo usa, hay una especie de heterogénesis de los fines. Cuando uno usa un medio contradictorio con el fin que busca, tarde o temprano eso sale al revés.

¿No hay riesgo de que la gente se "sature" o se desilusione de que no se cumplan milagros por la visita del Papa?

Es posible, seguramente en una u otra medida. Por otro lado, si analizamos las visitas anteriores del Papa, no podemos decir que haya sembrado milagros. Quizá, en todo caso, se pueda considerar milagroso que a estas alturas del siglo XX, en un Occidente materializado, en países asolados por problemas muy ajenos a lo que el Papa dice, la gente acuda a oír su palabra. Hay hambre de algo. Algo nos tiene que decir.

¿Pero... qué?

El Papa no va a venir a decir "coman papitas" o "tomen tal refresco", ni voten por fulano, o no voten por zutano. El no viene a buscar eso. Quienes aprovechan su venida para lograrlo, tarde o temprano la pagan. Por el contrario, el Papa ha dejado a su paso cambios. Cambios importantes en las almas y en las mentes de millones de seres humanos.

Eso sí es cierto. Eso es más políticamente peligroso que cualquier cosa. Este país no va a cambiar porque se tome una marca de refresco o se consuma más una marca de botanas. Va a cambiar si la gente empieza a tomar cierto tipo de criterios para afrontar la realidad económica y política. Criterios de veracidad, de congruencia, de justicia, de libertad, de democracia. Tampoco creo que el paso del Papa por cualquier país sea totalmente inocuo. Muchas veces, a pesar de las mismas iglesias locales, que no saben potenciar el resultado de una predicación extraordinaria. Pero ahí está, y ahí queda. Para un polaco no debe ser ni extraño ni raro sembrar una semilla para que florezca dentro de mil años.

Ellos así lo hicieron. Si uno quiere entender al Papa desde su dimensión esencial, que es la fe, debe entender que él no viene a dar certidumbres económicas o políticas. Viene a dar otro tipo de certidumbres. Cristo salva. Punto. Hay resurrección. No nos dirá "va a haber democracia". Dirá "ojalá". No va a depender de él. Es un momento de incertidumbres casi totales en el ámbito de la economía, de la política, de la educación, de la cultura, de la paz, de la libertad y de la justicia, pero la certidumbre radical que el Papa viene a decir es: Cristo salva. Quizá no sea suficiente, pero es la parte que le toca al Papa. Lo demás, nos toca a nosotros. (*Entrevista publicada en el periódico capitalino La Crónica, edición 19 de enero de 1999)

 

 

 

 

 

 

http://www.nodo50.org/juspax/cancela.htm

 

 

2. EL AÑO JUBILAR 2000 COMO TIEMPO DE LIBERACIÓN PARA LA CREACIÓN: LA CONDONACIÓN DE LA DEUDA EXTERNA Y LA LUCHA CONTRA LA POBREZA

 

LA CANCELACIÓN DE LA DEUDA EXTERNA
Y LA LUCHA CONTRA LA POBREZA,
EN EL AÑO JUBILAR 2000

Ponencia presentada por el Prof. Dr. Fr. Miguel Ángel Sánchez, O.P., Secretario General de la Comisión Justicia y Paz de España, a la Segunda consulta de los responsables de medio ambiente de las Conferencias Episcopales Europeas, que, con el título de "Espiritualidad de la creación y política ambiental" y organizada por el Consilium Conferentiarum Episcoporum Europae (CCEE), se celebra en Bad Honnef (Bonn), Alemania, del 4 al 7 de mayo de 2000.

INTRODUCCIÓN

Deseo agradecer, en primer lugar, a los organizadores de este Segundo encuentro de los respon-sables de medio ambiente de las Conferencias Episcopales Europeas su amable invitación a presentar esta ponencia, mediante la cual intentaré exponer las consecuencias de la celebración del año jubilar 2000 en el ámbito de la condonación de la deuda externa y la lucha contra la pobreza en el mundo. Co-mo Secretario General de Justicia y Paz de España, llevo trabajando en este asunto desde hace años, y de una manera particularmente intensa durante los dos últimos, en los que nuestra entidad, juntamente con Cáritas, la Conferencia de Religiosos y Religiosas, y Manos Unidas, y con el apoyo de más de cuatro-cientas organizaciones, grupos y comunidades, estamos desarrollando en España una campaña para intentar conseguir la cancelación de la deuda externa de los países más pobres de la tierra.

Como primer fruto visible de dicha campaña, que se titula: Deuda externa, ¿deuda eterna? Año 2000: libertad para mil millones de personas, hemos conseguido reunir un millón de firmas en apoyo de nuestra reclamación, que fueron entregadas recientemente al Presidente del Parlamento Español; asi-mismo, hemos logrado difundir ampliamente en la sociedad la idea de que es de todo punto necesario obtener la mencionada condonación, y que los políticos -ya sean gobernantes, parlamentarios o diri-gentes de los distintos partidos políticos- se vean en la necesidad de prestar atención a estas cuestiones y no puedan eludirlas fácilmente. Durante las elecciones generales recientemente celebradas en España, tuvo lugar también una llamada "consulta social sobre la cancelación de la deuda externa", impulsada por la Red Ciudadana para la Abolición de la Deuda Externa con la colaboración activa de Justicia y Paz, me-diante la cual se consiguió que los ciudadanos y ciudadanas votaran -paralelamente a como lo hacían para participar en las elecciones- para responder a tres preguntas que se dirigían a saber la voluntad del votante en relación con la mencionada cancelación; de entre las más de un millón de personas participantes, más del 98 % se manifestó a favor de ella.

1. SITUACIÓN ACTUAL

Tal vez conviene ofrecer una panorámica de la situación mundial en la cuestión que nos ocupa. Son datos de todos conocidos, pero que puede resultar útil recordar al comienzo de nuestra exposición.

Si nos atenemos a las informaciones que nos ofrecen los organismos especializados de las Nacio-nes Unidas (por ejemplo, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo [PNUD], la Comisión de Derechos Humanos, la FAO y otros), la situación actual de la humanidad pone de relieve el tremendo abismo existente entre el Norte y el Sur, utilizando estos términos geográficos con una extensión de su significado, para indicar a las naciones y pueblos más ricos y desarrollados, que mayoritariamente se encuentran en el hemisferio norte, y, por el contrario, a los más pobres y retrasados en su desarrollo, que quedan en el sur.

En efecto, el 20 % más rico, es decir, el Norte, consume el 86 % de cuanto se produce en el mundo; mientras el otro 80 % de la humanidad se ha de contentar con apenas el 14 % restante. Esos habitantes de la Tierra viven en países donde se concentra el 81 % del Producto Interior Bruto mundial, el 82 % de los mercados de exportación, el 74 % de las líneas telefónicas. Al mismo tiempo y en el mis-mo planeta, 800 millones de personas pasan hambre, de los cuales 204 millones están en la India y 164 millones en China; 849 millones padecen desnutrición; y más de 260 millones no pueden ir a la escuela.

América Latina tiene 500 millones de habitantes, y de ellos, 224 millones son pobres; de cada 10 empleos existentes, 7 son inestables, según datos facilitados por la Comisión Económica para América Latina. El 80 % de los nicaragüenses son pobres, y el 40 % son pobres de solemnidad o miserables.

La disponibilidad de recursos en el Sur es escasa, mientras diariamente se realizan en el mundo operaciones especulativas por una valor aproximado de 3 billones de dólares. La riqueza de las 3 perso-nas más ricas del mundo es superior al conjunto del Producto Interior Bruto de 48 naciones, que reúnen a más de 600 millones de personas.

Como es bien sabido, en Etiopía se atraviesa por una situación extremadamente dramática, pues millones de personas están en directo peligro de muerte a causa de los estragos producidos por la per-sistente sequía.

Todo ello se produce mientras los países ricos, que en los años 70 se habían comprometido a de-dicar el 0,7 % de su Producto Interior Bruto para ayudar al desarrollo de los países pobres, nunca han alcanzado ese porcentaje, salvo muy raras excepciones; en los años 80 se estaba alrededor del 0,34 %, y en la actualidad no se supera el 0,22 %: la cifra porcentual más baja de los últimos cincuenta años. El Grupo de los 77, reunido en La Habana hace pocas semanas, lo ha recordado, ante la próxima celebra-ción de la reunión del G-8 (es decir, los siete países más industrializados más Rusia), que ha de tener lugar en Okinawa del 21 al 23 de junio.

Muy recientemente ha tenido lugar en Washington la reunión del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y también del G-7, en medio de una situación de fuerte protesta pública por parte de numerosas personas ?más de diez mil? pertenecientes a diversos grupos y organizaciones. Algunos titulares de prensa de esos días ponen de manifiesto cuál ha sido la situación; por ejemplo: "La cumbre del FMI comienza bajo el «síndrome de Seattle»" (en referencia a lo que sucedió en esa ciudad hace pocos meses, cuando se produjo la reunión de la Organización Mundial de Comercio); "El FMI certifica el buen momento económico y augura un crecimiento del 4,25 % este año"; "El G-7 debatirá fórmulas para mantener el fuerte ritmo de crecimiento mundial"; "Miles de activistas piden en Washington el cierre del FMI y del Banco Mundial"; "Las bolsas y los manifestantes cercan al G-7"; "la cumbre del FMI se celebra en Washington en medio de una implacable represión policial. Los agentes emplearon la fuerza contra los 10.000 manifestantes, de los que 600 fueron detenidos"; "El Banco Mundial advierte de que el objetivo de reducir la pobreza a la mitad en 2015 puede fracasar". La ampliación de este último titular dice lo siguiente: "El objetivo de la comunidad internacional de reducir a la mitad la pobreza entre 1990 y el año 2015 lleva camino de convertirse en un fracaso, salvo que el crecimiento de la economía se mantenga, alcance a esos países y se detenga la creciente distancia entre ricos y pobres, según el estudio Indica-dores del crecimiento mundial 2000, presentado ayer, día 13 de abril, por el Banco Mundial. El Banco y el Fondo Monetario Internacional, criticados por sus políticas, se defendieron diciendo que son instituciones necesarias para ayudar a los países pobres". Según ese mismo informe, la sexta parte de la población mundial (menos del 20 %), es decir, unos mil millones de personas repartidas en América del Norte, Europa, Japón y Australia, acaparan el 80 % de la renta mundial, con unos ingresos promedio per capita de 70 dólares (73,20 euros) diarios. Al mismo tiempo, el 57 % de la población mundial, que está consti-tuida por los habitantes de los 63 países más pobres, solo tienen un 6 % de la renta, a razón de 2 esca-sos dólares (2,09 euros) al día. Y quedan 1.200 millones de personas que sobreviven con menos de 1 dólar (1,05 euros) diario.

Por lo que a Europa se refiere, otro titular señala que "La economía europea crecerá durante este año un 3,4 %, la mayor tasa desde 1989" .

Como dice un editorial de prensa de esos días:

"La mayor contradicción no se dio entre los enfrentamientos en la calle y las salas de reuniones, sino en la coincidencia entre las buenas perspectivas de crecimiento y la amenaza de una ham-bruna en el Cuerno de África. -La despreocupación por la distribución de la prosperidad, por la urgente reducción del foso de la pobreza, no sólo constituye una condición para neutralizar la cada día más explícita contestación en los países industrializados a las anomalías generadas por la globalización en curso, sino que es un elemento básico para la estabilidad mundial. Pero de eso, hasta ahora, se ha hablado poco en Washington. La obsesión está ahora en tranquilizar a los mercados [tras la caída de la Bolsa de Nueva York]" .

En ese contexto, las cifras globales de la deuda externa de los países pobres (también llamados países en desarrollo o países del Tercer Mundo o del Sur) clasificados como dentro de la categoría de "Países pobres muy endeudados" (PPME) según los criterios del Fondo Monetario Internacional y cuya cantidad se eleva a 41 países, son las siguientes: el total de la deuda es de 156.909 millones de dólares, que afecta a una población de 705.432.000 habitantes; esos países se encuentran entre los puestos 100 y 174 (de un total de 174 países) en el Índice de desarrollo humano . Si tomamos al conjunto de los países en desarrollo, la cifra total de la deuda se sitúa alrededor de los 200.000 millones de dólares. El servicio de la deuda -es decir, el importe hecho efectivo por los deudores por los conceptos de amorti-zación e intereses de los créditos-, por su parte, constituye un monto de 1,6 billones de dólares en el período de 1986 a 1995; esta cifra es equivalente al 85 % de al deuda total de 1995; en 1986 se pagaron como servicio de la deuda 131.000 millones de dólares, mientras en 1995 se pagaron 207.000 millones de dólares. Eso quiere decir que en el año 1995 el mundo en desarrollo transfirió a los países del Norte, con motivo del servicio de la deuda, 4,4 veces más de lo que recibió como ayuda oficial al desarrollo. En 1986, la composición del servicio de la deuda era la siguiente: amortizaciones, 52 % e intereses 48 %. Esta es una cifra reveladora, que nos ayuda a comprender uno de los hechos más paradójicos de la crisis de la deuda externa, y es que los pagos realizados por los países deudores no consiguen en modo alguno frenar la tendencia al crecimiento del total de la cifra adeudada. Así, a pesar de los esfuerzos que muchos países en desarrollo realizan para pagar lo que deben, el peso de los intereses, que se acumulan sin ce-sar, contrarresta el efecto de ese pago y hace que la deuda se siga acumulando y creciendo. El esfuerzo, pues, no tiene la recompensa de una reducción significativa .

Se puede decir, en definitiva, que "la deuda total acumulada sigue creciendo a pesar del constante aumento del servicio anual; aunque los países endeudados paguen parte de las deudas, los atrasos y los nuevos préstamos hacen que la cifra total se incremente. -La deuda es crecientemente impagable, pues, a pesar de que año tras año son más los países en desarrollo que consiguen pagar sus deudas, el monto total no decrece ni lo hacen las nuevas obligaciones de pago" .

2. EL DERECHO AL DESARROLLO

La cuestión de la deuda externa se ha de inscribir en el contexto del derecho al desarrollo que corresponde a todas las personas y a todos los pueblos. Nos referimos a un desarrollo que Pablo VI, de feliz memoria, describió así:
"El verdadero desarrollo es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas" .

En el pensamiento de Juan Pablo II, el desarrollo se sitúa en un mundo injusto, pues, en efecto, "una de las mayores injusticias del mundo contemporáneo consiste precisamente en esto: en que son relativamente pocos los que poseen mucho, y muchos los que no poseen casi nada. Es la injusticia de la mala distribución de los bienes y servicios destinados originariamente a to-dos" . En ese mundo, "no sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, in-cluidos los derechos de las Naciones y de los pueblos.

Hoy, quizá más que antes, se percibe con mayor claridad la contradicción intrínseca de un desarrollo que fuera solamente económico. Éste subordina fácilmente a la persona humana y sus necesidades más profundas a las exigencias de la planificación económica o de la ganancia exclusiva.

-El verdadero desarrollo, según las exigencias propias del ser humano, hombre o mujer, niño, adulto o anciano, implica sobre todo por parte de cuantos intervienen activamente en ese proceso y son sus responsables, una viva conciencia del valor de los derechos de todos y de cada uno, así como de la necesidad de respetar el derecho de cada uno a la utilización plena de los beneficios ofrecidos por la ciencia y la técnica" .

Por su parte, la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció solemnemente este derecho del modo siguiente:

"El derecho al desarrollo es un proceso global económico, social, cultural y político, que tiende al mejoramiento constante del bienestar de toda la población y de todos los individuos so-bre la base de su participación activa, libre y significativa en el desarrollo y en la distribución justa de los beneficios que de él se derivan. -

Art. 1 - 1. El derecho al desarrollo es un derecho humano inalienable en virtud del cual todo ser humano y todos los pueblos están facultados para participar en un desarrollo económi-co, social, cultural y político en el que puedan realizarse plenamente todos los derechos humanos y libertades fundamentales, a contribuir a ese desarrollo y a disfrutar de él. 2. El derecho humano al desarrollo implica también la plena realización del derecho de los pueblos a la libre determinación, que incluye, con sujeción a las disposiciones pertinentes de ambos Pactos internacionales de derechos humanos, el ejercicio de su derecho inalienable a la plena soberanía sobre todas sus riquezas y recursos naturales.

Art. 2 - 1. La persona humana es el sujeto central del desarrollo y debe ser el partici-pante activo y el beneficiario del derecho al desarrollo" .
Se debe poner de relieve la importancia de los derechos humanos de carácter económico, social y cultural, que tienen igual rango que los de carácter civil y político. En ese terreno se sitúa el derecho al desarrollo, y surgen obligaciones fundamentales para el Estado:

"Art. 6 - 1. Todos los Estados deben cooperar con miras a promover, fomentar y refor-zar el respeto universal y la observancia de todos los derechos humanos y las libertades funda-mentales de todos, sin ninguna distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión. 2. Todos los derechos humanos y las libertades fundamentales son indivisibles e inter-dependientes; debe darse igual atención y urgente consideración a la aplicación, promoción y protección de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales. 3. Los Estados deben adoptar medidas para eliminar los obstáculos al desarrollo resul-tantes de la inobservancia de los derechos civiles y políticos, así como de los derechos económi-cos, sociales y culturales" .

El derecho al desarrollo incluye diversas dimensiones de la vida personal y social, cuya realización es tarea principal del Estado:

"Art. 8 - 1. Los Estados deben adoptar, en el plano nacional, todas las medidas necesa-rias para la realización del derecho al desarrollo y garantizarán, entre otras cosas, la igualdad de oportunidades para todos en cuanto al acceso a los recursos básicos, la educación, los servicios de salud, los alimentos, la vivienda, el empleo y la justa distribución de los ingresos. Deben adoptarse medida eficaces para lograr que la mujer participe activamente en el proceso de desa-rrollo. Deben hacerse reformas económicas y sociales adecuadas con objeto de erradicar todas las injusticias sociales.
2. Los Estados deben alentar la participación popular en todas las esferas como factor importante para el desarrollo y para la plena realización de todos los derechos humanos" .

La Conferencia Mundial de Derechos Humanos, celebrada en Viena en 1993, puso de relieve la necesaria interdependencia de todos los derechos humanos y la obligación de respetarlos y cumplirlos todos, también los de carácter económico, social y cultural, incluyendo el derecho al desarrollo:

"- Todos los derechos humanos son universales, indivisibles e interdependientes y están relacionados entre sí. La comunidad internacional debe tratar los derechos humanos en forma global y de manera justa y equitativa, en pie de igualdad y dándoles a todos el mismo peso. De-be tenerse en cuenta la importancia de las particularidades nacionales y regionales, así como de los diversos patrimonios históricos, culturales y religiosos, pero los Estados tienen el deber, sean cuales fueren sus sistemas políticos, económicos y culturales, de promover y proteger todos los derechos humanos y las libertades fundamentales.
- La democracia, el desarrollo y el respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales son conceptos interdependientes que se refuerzan mutuamente. La democracia se basa en la voluntad del pueblo, libremente expresada, para determinar su propio régimen políti-co, económico, social y cultural, y en su plena participación en todos los aspectos de la vida. En este contexto, la promoción y protección de los derechos humanos y de las libertades funda-mentales en los planos nacional e internacional deben ser universales y llevarse a cabo de modo incondicional. La comunidad internacional debe apoyar el fortalecimiento y la promoción de la democracia, el desarrollo y el respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales en el mundo entero. - El derecho al desarrollo debe realizarse de manera que satisfaga equitativamente las necesidades en materia de desarrollo y medio ambiente de las generaciones actuales y futuras" .

Por eso, la mencionada Conferencia se preocupa especialmente por el problema de la deuda ex-terna, y dice:

"La Conferencia Mundial de Derechos Humanos exhorta a la comunidad internacional a que haga cuanto pueda por aliviar la carga de la deuda externa de los países en desarrollo a fin de complementar los esfuerzos que despliegan los gobiernos de esos países para realizar plena-mente los derechos económicos, sociales y culturales de sus pueblos" .

Por fin, la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, hace solo unos días, reafirmó la relevancia del derecho al desarrollo:

"- El derecho al desarrollo es un derecho universal e inalienable y una parte integrante de todos los derechos humanos fundamentales.
- Es preocupante que más de cincuenta años después de la aprobación de la Declaración Universal de Derechos Humanos exista una situación inaceptable de absoluta pobreza, hambruna y enfermedad, falta de vivienda adecuada, analfabetismo y desesperanza, que siguen padeciendo más de mil millones de personas en el mundo.
- La promoción, protección y realización del derecho al desarrollo forma parte integrante de la promoción y protección de todos los derechos humanos.
- Hay que reafirmar la importancia del derecho al desarrollo para todas las personas y todos los pueblos en todos los países, en particular en los países en desarrollo, como parte inte-grante de los derechos humanos fundamentales, así como la contribución que su realización po-dría aportar al pleno goce de los derechos humanos y las libertades fundamentales.
- Sigue siendo inaceptablemente grande la disparidad entre países desarrollados y en de-sarrollo, y éstos siguen teniendo dificultades para participar en el proceso de mundialización, y muchos de ellos corren el riesgo de quedar marginados y excluidos efectivamente de sus benefi-cios" .

3. RELACIÓN ENTRE LA DEUDA EXTERNA Y LA POBREZA

Sin duda, existe una estrecha relación entre la deuda externa y la pobreza, incluso la extrema pobreza, de una gran parte de la humanidad. A este respecto, la Conferencia Mundial de Derechos Hu-manos se pronunció del modo siguiente:

"La Conferencia Mundial de Derechos Humanos afirma que la pobreza extrema y la ex-clusión social constituyen un atentado contra la dignidad humana y que urge tomar medidas para comprender mejor la pobreza extrema y sus causas, en particular las relacionadas con el proble-ma del desarrollo, a fin de promover los derechos humanos de los más pobres, poner fin a la po-breza extrema y a la exclusión social y favorecer el goce de los frutos del progreso social. Es in-dispensable que los Estados favorezcan la participación de los más pobres en las decisiones adoptadas por la comunidad en que viven, la promoción de los derechos humanos y la lucha contra la pobreza extrema" .

Por su parte, la Comisión de Derechos Humanos tomó en 1998 una resolución sobre los derechos humanos y la extrema pobreza en la que se hacen las siguientes afirmaciones :
1. No puede realizarse el ideal del ser humano libre y liberado del temor y la miseria, a menos que se creen condiciones que permitan a cada persona disfrutar de sus derechos económicos, socia-les y culturales, así como de sus derechos civiles y políticos.
2. La erradicación de la pobreza generalizada, inclusive sus formas más persistentes, y el pleno dis-frute de los derechos económicos, sociales y culturales y de los derechos civiles y políticos siguen siendo objetivos relacionados entre sí.
3. Actualmente, la pobreza extrema continúa extendiéndose en todos los países del mundo, sea cu-al fuere su situación económica, social y cultural, y tiene una magnitud y unas manifestaciones particularmente graves en los países en desarrollo.
4. La extrema pobreza y la exclusión social constituyen una violación de la dignidad humana y, en consecuencia, se requiere la adopción de medidas urgentes en los planos nacional e internacional para eliminarlas".

4. CÓMO SE HA GESTIONADO LA CUESTIÓN DE LA DEUDA

El informe conjunto del Relator especial sobre las consecuencias de la deuda externa y el Experto independiente sobre programas de ajuste estructural presentado ante la Comisión de Derechos Huma-nos durante su 56º período de sesiones que acaba de terminar describe de este modo la gestión que se ha hecho de la cuestión de la deuda por los organismos internacionales y otros agentes sociales y eco-nómicos:

"Durante casi 20 años, las instituciones financieras internacionales y los gobiernos acree-dores han participado en el juego autoengañoso y destructivo de gestionar las economías del Tercer Mundo desde lejos, imponiendo políticas económicas impopulares a países tercermundis-tas indefensos, en la inteligencia de que con el tiempo la medicina amarga del ajuste macroeco-nómico llevaría a esos países a la prosperidad y a un a existencia libre de deudas. Dos decenios más tarde, muchos países están en peores condiciones que cuando comenzaron a aplicarse los programas de ajuste estructural del FMI y del Banco Mundial. Los costos sociales y ecológicos de estos duros programas de austeridad han sido sumamente elevados, y muchos países han expe-rimentado una disminución notable de sus índices de desarrollo humanos.

Dos decenios más tarde, y tras largos años de firme resistencia a las políticas del FMI y del Banco Mundial por parte de una coalición mundial de organizaciones no gubernamentales y organizaciones de la sociedad civil, las instituciones de Bretton Woods finalmente reconocieron la necesidad de abordar la cuestión de la deuda de los países pobres, y en el otoño de 1996 apro-baron la iniciativa a favor de los países pobres muy endeudados (PPME). el Banco Mundial y el FMI determinaron que 41 países reunían las condiciones para acogerse a esta iniciativa. Estos países debían 221.000 millones de dólares en 1998. De esa cifra, 61.000 millones se adeudaban a instituciones financieras multilaterales. Para reembolsar esta deuda, los gobiernos recurren a sus escasos recursos financieros, que deberían destina a las inversiones necesarias en infraes-tructura humana, social y física, en particular escuelas, servicios de salud, carreteras, el sector agrícola y otros sectores que constituyen la base del desarrollo sostenible. Los pagos excesiva-mente altos del servicio de la deuda impiden que estos países inicien un proceso de crecimiento económico sostenible y equitativo.

Con arreglo a la iniciativa original a favor de los PPME, los países no se benefician de las medidas de alivio de al deuda hasta que no han superado dos obstáculos. en primer lugar, deben haber aplicado durante seis años programas de ajuste estructural en el marco del Servicio Refor-zado de Ajuste Estructural (SRAE) del FMI. En segundo lugar, el alivio de la deuda propiamente dicho consta de dos etapas: se toma la decisión de conceder el alivio de la deuda, siempre y cuando se cumplan ciertas condiciones adicionales, y, una vez cumplidas éstas, se anula la deu-da. No es sorprendente que, casi tres años después de iniciado el programa, sólo tres países se hayan beneficiado del alivio de la deuda, a saber, Uganda y Bolivia en abril y septiembre de 1998 respectivamente, y Mozambique a mediados de 1999. -Las estrictas condiciones aplicadas ex-cluyeron pura y simplemente a muchos países pobres endeudados de la posibilidad de acogerse a este beneficio. Además, la decisión de cambiar el rumbo del FMI y del Banco Mundial surgió co-mo respuesta a la eficaz presión política ejercida por el movimiento internacional "Jubileo 2000", que reclamó la condonación de la deuda de los países más pobres.

Por último, -la inflexibilidad del FMI y el Banco Mundial con respecto a las condiciona-lidades macroeconómicas ejercen una presión injustificada e innecesaria, en particular sobre los países que están tratando de resolver crisis humanitarias en gran escala debidas a los efectos de la guerra y el genocidio (por ejemplo, Sierra Leona y Ruanda) y de desastres naturales (como el huracán Mitch en Honduras y Nicaragua), o sobre aquellos en los que la alta prevalencia del Sida está dando al traste con decenios de desarrollo (Zambia, por ejemplo). Para estos países sumidos en la crisis, las condicionalidades del SRAE no deberían seguir siendo los únicos factores determi-nantes de los requisitos para beneficiarse de medidas de alivio de la deuda. En realidad, el alivio de la deuda debería forma parte de una operación de asistencia humanitaria de más vasto alcan-ce.

-El alivio de la deuda de los PPME está atrapado en una compleja red de condiciones impuestas por el FMI y el Banco Mundial. Entre otros factores, las condiciones para beneficiarse del alivio de la deuda en el marco de la iniciativa ampliada a favor de los PPME dependen de los "buenos resultados" de programas de ajuste estructural con arreglo al servicio reforzado de ajuste estructural (SRAE) del FMI y del Banco Mundial (que pronto se denominará Servicio para el Crecimiento y la Lucha contra la Pobreza) durante un período de tres años, en lugar de los seis previstos en la iniciativa original. Alcanzado el "punto de decisión" después de los tres primeros años de buenos resultados económicos, el país debe demostrar que el servicio de la deuda es in-sostenible según valores umbrales designados para la relación entre la deuda y las exportaciones, y entre la deuda y los ingresos fiscales. -Si el país finalmente reúne las condiciones prescritas, el servicio de su deuda se reduce a valores que se estiman sostenibles con arreglo a la iniciativa, pero sólo después de alcanzado el punto de culminación, o sea otro período de espera de tres años. Este arreglo, que está lejos de ser generoso, no exime al país de seguir dedicando una considerable parte de sus escasos ingresos de divisas al servicio de la deuda por un período in-definido. En otras palabras, el SRAE/PPME es una maniobra solapada del FMI y el Banco Mundial para mantener el control sobre las políticas nacionales de desarrollo de los países pobres y en-deudados.
-Aunque todavía es demasiado pronto para emitir un juicio sobre la iniciativa a favor de los PPME, ésta podría ser una farsa si no liberase a los países pobres de la servidumbre de la deuda, ayudándoles a emprender el vasto proceso del desarrollo humano.

-Justo cuando parecía que el movimiento mundial Jubileo 2000 y sus partidarios es-taban por ganar finalmente la batalla del alivio de la deuda, la situación volvió a ser como hace 20 años debido a las persistentes maniobras de los principales países donantes y de las institu-ciones financieras internacionales. Si bien la iniciativa ampliada a favor de los PPME representa un adelanto en comparación con su versión antigua, su objetivo principal de reducir el monto de la deuda, pero no aliviar el pago de su servicio, la utilización del SRAE como único criterio para beneficiarse del alivio de la deuda y, por último, la insuficiencia del fondo fiduciario para los PPME hacen que esta iniciativa parezca más bien una parodia.

Aún así, pese a sus deficiencias, todavía es posible mejorar la iniciativa si se tienen en cuenta las principales cuestiones planteadas por el movimiento Jubileo 2000. Además, hemos tratado de indicar tres puntos de partida estratégicos para vincular el alivio de la deuda con la in-versión social: la prevención del Sida en África, la reconstrucción en América Central después del huracán Mitch, y el Convenio sobre prohibición de las peores formas de trabajo infantil".

Esta gestión ha merecido el siguiente juicio del cardenal Roger Etchegaray, Presidente de la Co-misión Pontificia Justicia y Paz:

"Los países deudores se encuentran en una especie de círculo vicioso: para poder reem-bolsar sus deudas, están condenados a transferir al exterior, en medida siempre creciente, los re-cursos que deberían ser disponibles para sus consumos y sus inversiones internas, y, por lo tan-to, para su desarrollo.

El fenómeno del endeudamiento pone de relieve la interdependencia creciente de las economías, cuyos mecanismos -flujo de capitales e intercambios comerciales- son sometidos a nuevas limitaciones. De este modo, factores externos pesan sobre la evolución de la deuda en los países en desarrollo. En particular, las tasas de cambio flotantes e inestables, las variaciones de las tasas de interés y la tentación de los países industrializados de mantener las medidas protec-cionistas crean para los países deudores un ambiente siempre más desfavorable en el que se en-cuentran cada vez más indefensos.

Los esfuerzos impuestos por los organismos de crédito a cambio de una mayor ayuda, cuando se limitan a considerar la situación bajo su aspecto monetario y económico, a menudo contribuyen a acarrear para los países endeudados, al menos a corto plazo, desocupación, rece-sión y drástica reducción del nivel de vida, cuyas víctimas son en primer lugar los más pobres y algunas clases medias. En una palabra, una situación intolerable y, a mediano plazo, desastrosa para los mismos acreedores" .

5. CONSECUENCIAS DE LA DEUDA

Con el prof. Arcadi Oliveres, Presidente de Justicia y Paz de España, podemos decir de modo sintético que las tres principales consecuencias de la deuda externa para los países del Tercer Mundo son que el servicio al que obliga la deuda impide la cobertura de las necesidades básicas de esos países; su-pone comportamientos sociales perversos; e hipoteca las posibilidades de un desarrollo económicamente viable, socialmente equitativo y ambientalmente sostenible .

La Conferencia Episcopal Española señala dichas consecuencias:

"Este problema, sumamente complejo, tiene muy graves consecuencias tanto económicas como sociales, jurídicas y políticas, además de ineludibles implicaciones éticas, que no se pueden ig-norar: en efecto, pone en entredicho la subsistencia misma de cientos de millones de personas, que ven herida su dignidad por condiciones de vida infrahumanas" .

Por su parte, la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en su 55º período de sesiones, celebrado en 1999, puso de relieve las graves consecuencias negativas de la pesada carga de la deuda externa en el desarrollo económico, social, científico y técnico de los países que la padecen, y en la disminución del nivel de vida de muchos de los millones de habitantes de los países en desarrollo; y denunció que las medidas de iniciativa privada y pública destinadas al alivio del problema de la deuda no han logrado una solución efectiva, equitativa y duradera para el desarrollo de esos países. La situación no ha mejorado en el año en que estamos.

El informe específico para el 56º período de sesiones de la misma Comisión, que ha tenido lugar en las últimas semanas, elaborado conjuntamente por el Relator especial sobre las consecuencias de la deuda externa y el Experto independiente sobre programas de ajuste estructural revela que las iniciati-vas llevadas a cabo desde 1996 por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial a favor de los países pobres muy endeudados, lejos de haber logrado un alivio de la pesada carga de la deuda en esos países, han impuesto soluciones macroeconómicas que no han conseguido resultados efectivos y han tenido gravísimos costes sociales.

El fenómeno de la deuda externa se ha convertido, al mismo tiempo, en una de las manifestacio-nes más dramáticas de la situación de permanente dependencia y subordinación que soportan los países del Sur, en el desigual e injusto contexto económico internacional actual.

Ya el Papa Juan Pablo II había afirmado, en 1998, que la deuda externa es un "pesado lastre -que compromete las economías de pueblos enteros, frenando su progreso social y político" .

Y la Comisión de Derechos Humanos acaba de poner de relieve lo siguiente :
1. El grave problema de la carga de la deuda externa sigue siendo uno de los factores más impor-tantes que repercuten negativamente en el desarrollo económico, social, científico y técnico y en el nivel de vida de los habitantes de muchos países en desarrollo, con graves consecuencias de tipo social.
2. La deuda externa constituye uno de los obstáculos principales que impiden a los países en desa-rrollo el goce efectivo de su derecho al desarrollo.
3. El proceso de mundialización económica plantea nuevos retos, riesgos e incertidumbres para la aplicación y la consolidación de las estrategias de desarrollo.
4. A pesar de la repetida reprogramación de la deuda, los países en desarrollo todos los años siguen pagando más de lo que reciben en realidad en asistencia oficial para el desarrollo.
5. A pesar de que los programas para reducir la deuda han contribuido a hacerlo, muchos países pobres fuertemente endeudados siguen teniendo que pagar la mayor parte de su deuda.
6. Las medidas destinadas a aliviar el problema de la deuda, tanto de origen oficial como privado, no han logrado una solución efectiva, equitativa, orientada al desarrollo y duradera para la deuda pendiente y el servicio de la deuda de un gran número de países en desarrollo, en particular los más pobres y fuertemente endeudados.
7. Existe una relación entre la pesada carga de la deuda externa y el considerable aumento de la pobreza que se observa en el ámbito mundial y adquiere especial magnitud en África.
8. Las políticas de ajuste estructural tienen graves repercusiones para la capacidad de los países en desarrollo de atenerse a la Declaración sobre el derecho al desarrollo y de formular políticas na-cionales de desarrollo que tengan por objeto mejorar los derechos económicos, sociales y cultu-rales de sus ciudadanos.
9. El ejercicio de los derechos básicos de la población de los países deudores a alimentos, vivienda, vestido, empleo, educación, servicios de salud y un medio ambiente saludable no puede subordi-narse a la aplicación de políticas de ajuste estructural y reformas económicas originadas por la deuda.
10. Hay que destacar la importancia de seguir aplicando medidas urgentes, efectivas y duraderas para aliviar la carga que representan la deuda y el servicio de la deuda de los países en desarro-llo que se enfrentan con problemas de deuda externa, en el marco de la realización de los dere-chos económicos, sociales y culturales.
11. La Comisión insta a los gobiernos, a las organizaciones internacionales, a las instituciones finan-cieras internacionales y al sector privado, a que examinen la posibilidad de cancelar o reducir considerablemente la deuda de los países pobres fuertemente endeudados, dando prioridad a los países que emergen de guerras civiles devastadores o que han sido asolados por desastres naturales.
12. La Comisión exhorta a los Estados, a las instituciones financieras internacionales y al sector pri-vado a que adopten mediadas urgentes para aliviar el problema de la deuda externa de los paí-ses en desarrollo especialmente afectados por el Sida, de manera que puedan librarse más recur-sos financieros y utilizarse para la atención de la salud, la investigación y el tratamiento de la po-blación en los países afectados.

6. LA DEUDA, VISTA DESDE EL SUR

A título de ejemplo, he aquí el modo de entender esta cuestión por parte de las organizaciones miembros de la Coalición Jubileo, de Nicaragua :

"La deuda externa de los países del Sur es ilegítima e inmoral. Ha sido pagada con cre-ces. De hecho, un examen cuidadoso de los orígenes, desarrollo, efectos y consecuencias de esta deuda no puede llevarnos a conclusión alguna distinta. Por ende, rechazamos el saqueo continuo del Sur perpetrado por medio del servicio de una supuesta deuda.

Los pueblos y los países del Sur somos en realidad acreedores de una enorme deuda histórica, social y ecológica. Esta deuda tiene que ser pagada para hacer posible un "nuevo co-mienzo". En el espíritu del Jubileo, exigimos la restitución de lo que nos ha sido quitado injusta-mente y la reparación del daño perpetrado.

La concentración creciente de riqueza, poder y recursos en la economía mundial es la causa esencial del incremento de la violencia, la pobreza y el «endeudamiento» del Sur. No pue-de eliminarse la extrema pobreza sin que se elimine la riqueza extrema. Por lo tanto, exigimos la erradicación de la riqueza extrema y del sistema vicioso que genera tales desigualdades. Por eso rechazamos la cobranza y el pago perpetuo de la deuda externa, por ser una cuestión de vida o muerte para los millones de personas que son explotadas o excluidas en nuestras sociedades.

La deuda externa es un problema de desobediencia a la voluntad de Dios, es un proble-ma ético, político, social, histórico y ecológico. Abarca responsabilidades a distintos niveles y exi-ge una acción imperativa y comprensiva con el fin de darle una solución permanente y definitiva. No puede haber soluciones parciales al «problema de la deuda».

La deuda es esencialmente un instrumento ideológico y político para la explotación y el control de nuestros pueblos, recursos y países por parte de aquellas corporaciones, países e ins-tituciones que concentran la riqueza y el poder en el sistema capitalista global. La acumulación de la deuda externa en los países del Sur es producto de la crisis de ese mismo sistema, y es uti-lizada para perpetuar el saqueo y la dominación de nuestras naciones, muchas veces con la aquiescencia, si no la colaboración activa, de nuestras elites locales".

7. DEUDA EXTERNA Y MEDIO AMBIENTE

En los países del Sur se habla de la "deuda ecológica". Vamos a presentar la descripción que de ella hace una de las campañas que promueven su reconocimiento desde Ecuador .

"¿Qué es la deuda ecológica?

La deuda ecológica es la responsabilidad que tienen los países industrializados por la destrucción paulatina del planeta como efecto de sus formas de producción y consumo, caracte-rísticas del modelo de desarrollo que se pretende globalizar y que amenaza a las economías lo-cales. Incluye la apropiación ilegítima de la atmósfera y de la capacidad de absorción de carbono del planeta.

La deuda ecológica es la obligación y responsabilidad que tienen los países industrializa-dos del Norte con los países del Tercer Mundo por el saqueo y usufructo de sus bienes naturales: petróleo, minerales, bosques, biodiversidad, bienes marinos…, a costa de la energía humana de sus pueblos y de la destrucción, devastación y contaminación de su patrimonio natural y fuentes de sustento.

La deuda ecológica se genera en la época colonial, y se sigue incrementando hasta nuestros días a través de: - La extracción de los bienes naturales, tales como petróleo, minerales, bienes marinos, fores-tales y genéticos, que está destruyendo la base de supervivencia de los pueblos. Y el inter-cambio ecológicamente desigual, pues estos bienes son exportados sin tener en cuenta los daños sociales y ambientales.
- La apropiación intelectual y el usufructo de los conocimientos ancestrales relacionados con las semillas, el uso de plantas medicinales y otros conocimientos sobre los que se sustenta la biotecnología y la agroindustria moderna, por las que, además, tenemos que pagar regalías.
- El uso y la degradación de las mejores tierras, del agua y del aire, y de la energía humana, para establecer cultivos de exportación, poniendo en riesgo la soberanía alimentaria y cultu-ral de las comunidades locales y nacionales.
- La contaminación de la atmósfera por parte de los países industrializados por sus despropor-cionadas emisiones de gases, principal causa del efecto invernadero y del deterioro de la ca-pa de ozono. Por la apropiación ilegítima de la atmósfera y de la capacidad de absorción de carbono de los océanos y de la vegetación.
- La producción de armas químicas y nucleares, substancias y residuos tóxicos que son depo-sitados en los países del Tercer Mundo.

¡No más saqueo! ¡Nos deben la deuda ecológica!

Esta destrucción social y ambiental local y global enriquece a pequeños grupos económi-cos poderosos y alimenta un modelo de desarrollo basado en el desequilibrio y el consumismo. Según datos de las Naciones Unidas, el 20 % de la población, cuya mayoría se encuentra en paí-ses del Norte, consume el 80 % de los bienes naturales del Planeta.

Efectivamente, el nivel de vida que ostentan los países industrializados del Norte se debe al inmenso flujo de bienes naturales, recursos financieros y trabajo esclavo y mal pagado de los países del Tercer Mundo, sin tener en cuenta los daños sociales y ambientales que la extracción de esos bienes generan. Es decir, que somos los países empobrecidos del Sur los que subsidia-mos a los países enriquecidos del Norte.

El actual saqueo utiliza formas más sutiles que las empleadas durante la conquista:

- la deuda externa promovida por los países del Norte;
- la promoción del mercado internacional en términos que les favorece;
- la inversión extranjera;
- la privatización de la energía, las comunicaciones, el agua, la tierra;
- la revolución verde;
- el «libre comercio»;
- la dependencia tecnológica;
- las leyes de propiedad intelectual, entre muchas otras.

Estos mecanismos son impulsados por los organismos internacionales como el FMI, el BM y la recientemente creada Organización Mundial de Comercia (OMC), que pretenden dictar las política económicas mundiales para mantener este sistema de dominación.

Sin embargo, la esperanza de una vida plena para todos se renueva cuando movimientos de resistencia interpelan al modelo dominante homogeneizador, desde sus propuestas diversas, que demuestran que sí hay alternativas: el movimiento zapatista, las reivindicaciones del movi-miento de los sin tierra, la fuerza del movimiento indígena en El Ecuador, la propuesta de intan-gibilidad de los territorios de los pueblos amazónicos -, la resistencia de los pueblos Uwa a la actividad petrolera en su tierra porque es sagrada¼" .

En este terreno, la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su decimonoveno período ex-traordinario de sesiones, que tuvo lugar en 1998, consideró temas de interés y preocupación común res-pecto de los derechos humanos, las cuestiones relacionadas con el medio ambiente y el desarrollo soste-nible los siguientes: el entorno económico internacional propicio; la erradicación de la pobreza; la pobla-ción: la salud; los asentamientos humanos sostenibles el agua dulce; los desechos peligrosos .

Por encima de todos los demás, destaca el derecho a la alimentación. En relación con él, la Comi-sión de Derechos Humanos, en su 56º período de sesiones, habido en las pasadas semanas, aprobó una resolución en la que declara que:

1. La Declaración Universal de Derechos humanos dispone que toda persona tiene derecho a un ni-vel de vida adecuado para su salud y bienestar, incluida la alimentación.
2. El hambre constituye un ultraje y una violación de la dignidad humana, y, en consecuencia, hace necesaria la adopción de medidas urgentes en el plano nacional, regional e internacional para eliminarla.
3. Toda persona tiene derecho a tener acceso a alimentos sanos y nutritivos, en consonancia con el derecho a una alimentación apropiada y con el derecho fundamental de toda persona a no pade-cer hambre, a fin de que pueda desarrollar y mantener plenamente su capacidad física y mental.
4. Es intolerable que 825 millones de personas en todos el mundo, en su mayoría mujeres y niño, y en particular de los países en desarrollo, no dispongan de alimentos suficientes para satisfacer sus necesidades nutricionales básicas, lo que constituye una violación de sus derechos humanos fundamentales y, al mismo tiempo, puede generar nuevas presiones sobre el medio ambiente en zonas ecológicamente frágiles.
5. El derecho a una alimentación adecuada está inseparablemente vinculado a la dignidad inherente a la persona humana y es indispensable para el disfrute de otros derechos humanos consagrados en la Carta Internacional de Derechos Humanos; y es también inseparable de la justicia social, pues requiere la adopción de políticas económicas, ambientales y sociales adecuadas, en los ám-bitos nacional e internacional, orientadas a la erradicación de la pobreza y el disfrute de todos los derechos humanos por todos.
6. Es necesario desplegar esfuerzos para movilizar y aprovechar al máximo la asignación y la utiliza-ción de los recursos técnicos y financieros de todas las fuentes, incluido el alivio de la deuda ex-terna de los países en desarrollo, con vistas a reforzar las actividades nacionales para aplicar po-líticas en pro de una seguridad alimentaria sostenible.
7. Los problemas del hambre y la inseguridad alimentaria tienen una dimensión mundial, y es pro-bable que persistan e incluso se agraven dramáticamente en algunas regiones si no se lleva a cabo con urgencia una acción decidida y concertada, dado el incremento de la población mundial previsto y la tensión a que están sometidos los recursos naturales. 8. Un entorno político, social y económico pacífico, estable y propicio, tanto en el plano nacional como en el internacional, constituye la base fundamental que permitirá a los Estados atribuir la debida prioridad a la seguridad alimentaria y a la erradicación de la pobreza.
9. Cada Estado debe adoptar una estrategia acorde con sus recursos y capacidades para lograr sus objetivos individuales al aplicar las recomendaciones contenidas en la Declaración y en el Plan de acción de Roma, y, al mismo tiempo, cooperar en los ámbitos regional e internacional para es-tructurar soluciones colectivas a los problemas mundiales de seguridad alimentaria en un mundo en que las instituciones, las sociedades y las economías cada vez están mas relacionadas entre sí, por lo que es esencial que se coordinen los esfuerzos y se compartan las responsabilidades.
10. Hay que destacar la importancia de corregir la constante tendencia a la disminución de la asis-tencia oficial para el desarrollo dedicada a la agricultura, en términos reales y como parte del to-tal de la asistencia oficial para el desarrollo.
11. Todos los Estados han de tomar las medidas necesarias para promover condiciones que permitan que nadie padezca hambre y todos disfruten cuanto antes del derecho a la alimentación.

8. JUICIO ÉTICO SOBRE LA DEUDA

Baste citar unas palabras del cardenal Roger Etchegaray:

"El servicio de la deuda no puede ser satisfecho sino al precio de una asfixia de la eco-nomía de un país. Ningún gobierno puede exigir moralmente de su pueblo que sufra privaciones incompatibles con la dignidad de las personas.

Puestos ante exigencias a menudo contradictorias, los países interesados no han tardado en reaccionar. Se han multiplicado las iniciativas en el ámbito regional e internacional. Algunos han preconizado soluciones unilaterales extremas. Pero la mayor parte ha tomado en cuenta el sentido global del problema y sus profunda implicaciones no sólo económicas y financieras, sino también sociales y humanas, que enfrentan a los responsables con opciones éticas" .

9. URGENCIA DE LA CONDONACIÓN

La Conferencia Episcopal Española ha señalado la urgencia de la cancelación de la deuda, diciendo:

"Es moralmente inaceptable la presente situación de desigualdad y sufrimiento de la ma-yor parte de la humanidad, mientras una minoría accede a condiciones de vida cada vez más confortable, incluso a costa de los mismos países pobres, y se aferra a ellas como a algo propio. Esta minoría es incapaz de compartir los bienes, que han sido creados por Dios para disfrute de toda la humanidad, con los que no pertenecen a su propio ámbito geopolítico.

Creemos que es urgente, por tanto, que se tomen medidas para eliminar la deuda, dado que la condonación de la misma es una condición previa para que los países más pobres puedan luchar eficazmente contra la miseria y la pobreza, como ponía de relieve el Santo Padre recien-temente (cf. Alocución del 23 de septiembre de 1999 a los promotores de la campaña "Jubileo 2000"). Medidas de ese tipo, no sólo practicables y éticamente exigibles, son totalmente necesa-rias y hasta imprescindibles en nombre de la justicia y de la solidaridad que une a todos los seres humanos y a todos los pueblos, creados por un mismo y único Dios, a su imagen y semejanza y con idéntica dignidad" .

A favor de la condonación se ha pronunciado el Papa Juan Pablo II en diversas ocasiones: Solli-citudo rei socialis (1988), Centesimus annus (1991), Tertio millennio adveniente (1994) y otros textos que podrían ser citados; también lo hizo la Segunda Asamblea Ecuménica Europea, que tuvo lugar en Graz en 1997; y la Segunda Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para Europa. El Consejo Pontifi-cio Justicia y Paz lo viene haciendo desde hace bastantes años, y de modo especial desde 1986, cuando publicó un documento específico sobre la cuestión; el cardenal Etchegaray, su Presidente, puso de relieve en 1997 que la condonación total o parcial de la deuda externa es un acto de justicia que es urgente realizar, puesto que son los más pobres los que más sufren a causa de la indeterminación y el retraso de las medidas que puedan liberarlos de esa carga , palabras que fueron tomadas por el Papa en su alocu-ción a los impulsores de la campaña "Jubileo 2000" .

La solución definitiva al problema de la deuda externa

"se encuentra en el establecimiento de un orden económico internacional justo y equitativo, que garantice a los países en desarrollo, entre otras cosas, unas mejores condiciones de mercado y mejores precios de los productos básicos, la estabilización de los tipos de cambio y de interés, una acceso más fácil a los mercados financieros y de capitales, corrientes apropiadas de nuevos recursos financieros y un acceso más fácil a la tecnología de los países desarrollados ".

Para concluir, hemos de decir que "el problema de la deuda es, sin duda, complejo, pero su solución, así como las de las cuestiones a ella vinculadas, existe. Sin embargo, para ponerla en práctica hará falta la reforma de los orga-nismos financieros internacionales, la voluntad política de los gobiernos, la actitud generosa de la banca, las acciones innovadoras de las Organizaciones No Gubernamentales y el comportamiento coherente de los individuos. Una combinación difícil, pero, al mismo tiempo, una mezcla verda-deramente transformadora. Nuestra esperanza deberá conducirnos a ella" .

Madrid, 18 abril 2000.

 

 

 

 

 

 

 

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3. El pensamiento ético-político de Juan Pablo II

 

 

José Ramón Garitagoitia Eguía

Licenciado en Derecho
Doctor en Ciencias Políticas


Con la perspectiva de los años transcurridos desde su elección, puede decirse que Juan Pablo II es uno de los protagonistas del siglo XX. El atractivo de su personalidad ha motivado la reflexión sobre su pensamiento ético-político. En el magisterio del Papa Wojtyla hay unas ideas-fuerza que contienen una toma de postura neta a favor del hombre, entendido de modo concreto, como persona, que no es algo sino alguien.
La opción consecuente por el hombre -que no es individuo aislado- implica la búsqueda del bien común, lo cual supone el apoyo a las comunidades naturales en las que -antes que en el Estado u otras sociedades de índole más bien jurídica- expresa libre y espontáneamente su ser personal y social. Las conclusiones son:
1º - La persona humana ocupa un lugar central en su pensamiento ético.
2º - En la comunicación con los demás el hombre se reconoce como sujeto de su acción, y a partir del acto de la persona se comprende la dinámica social, y no a la inversa.
3º - La persona existe dentro de un contexto social e histórico concreto, y son necesarios algunos principios que sirvan para orientar la acción en el respeto y promoción de la dignidad del hombre.
4º - El sentido de la sociedad política es el servicio a la persona.
5º - El Estado es un servicio de síntesis, de protección y de orientación de la sociedad civil.


EL PENSAMIENTO ÉTICO-POLÍTICO DE JUAN PABLO II*

José Ramón Garitagoitia Eguía

Una de las mayores paradojas de nuestro tiempo es que el hombre, que ha iniciado el período de la modernidad afirmando su propia madurez y autonomía, emprende la andadura del siglo XXI con miedo de sí mismo, asustado por lo que él mismo es capaz de hacer y asustado ante el futuro . En esta situación hemos llegado a un nuevo milenio en el que, favorecido por una auténtica cultura de la libertad, la humanidad debe aprender a vencer el miedo, y para ello recuperar un espíritu de esperanza y confianza. ¿De qué esperanza se trata? Como recordaba Juan Pablo II en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, en 1995, no es un vano optimismo dictado por la confianza ingenua de que el futuro es necesariamente mejor que el pasado, sino la premisa de una acción responsable que tiene su apoyo en lo más íntimo de la conciencia del hombre. En palabras del primer Papa eslavo de la historia, "todo lo que empequeñece al hombre daña la causa de la libertad" . Hoy urge recuperar la visión de una unidad orgánica que abarque al hombre y toda la sociedad humana.

En todo lo que Karol Wojtyla ha dicho y escrito encontramos datos suficientes para afirmar que en su pensamiento hay dos cuestiones claramente presentes, y ambas conectan con las grandes aportaciones del Concilio Vaticano II. Una de estas cuestiones es su continua atención por el hombre. La otra gran cuestión es la de la unidad que debe lograrse entre la fe y la experiencia diaria. Desde los tiempos de juventud es constante su preocupación por mostrar la gran riqueza y dignidad que encierra en sí la persona humana. Lo que ha llamado la dimensión fundamental del hombre se encuentra presente de modo continuo en su pensamiento: una visión integral, que considera tanto su dimensión material como la dimensión espiritual, en la que pone el acento . Su interés por destacar, en toda su identidad, la verdad de la persona surge del esfuerzo por fundamentar la ética en un mundo dominado por el relativismo moral .

1. La actividad política como servicio del hombre

El magisterio de Juan Pablo II presenta una toma de postura neta a favor del hombre, entendido no genéricamente, a modo de naturaleza humana, sino de modo concreto. El Papa se pronuncia en favor de cada hombre, que debe ser respetado, defendido de sí mismo y del ambiente que le rodea, y confrontado con su verdadera imagen.

El hombre, entendido como persona, no es algo, sino alguien. Es ser único y centro del mundo creado, y no una función variable y relativa de la sociedad, del Estado, de ideologías, o de intereses particulares de grupos o individuos. En el universo visible sólo el hombre y su destino tienen naturaleza de fin. Los demás seres y realidades son únicamente medios que deben servir al ser humano. Como explicó con claridad en su primera intervención ante la ONU, en 1979, este hecho debe constituir un punto de referencia, un estímulo y una llamada para todos los que por algún título tratan cuestiones de humanidad; entre ellos quienes se dedican a la actividad política. En su trabajo no tratan sobre la idea de hombre, sino del hombre mismo. "Todos ustedes -dijo el Papa- son representantes de los hombres, prácticamente de todos los hombres del globo: hombres concretos, comunidades y pueblos, que viven la fase actual de su historia, y al mismo tiempo están insertos en la historia de la humanidad" .

Cada hombre tiene, en efecto, su propia subjetividad y dignidad; vive en una cultura concreta, tiene sus experiencias y aspiraciones, tensiones y sufrimientos, así como sus legítimas esperanzas. Es en esta relación donde encuentra su razón de ser toda la actividad política, la cual -en última instancia- procede del hombre, se ejerce mediante el hombre y es para el hombre. Si la actividad política es separada de esta fundamental relación y finalidad se convierte, en cierto modo, en fin en sí misma, y pierde gran parte de su razón de ser. Más aún, puede incluso ser origen de una alienación específica; puede resultar extraña al hombre, caer en contradicción con la humanidad misma. Cuando Wojtyla habla del derecho a la vida, a la integridad física y moral, al alimento, a la vivienda, a la educación, a la salud, al trabajo, a la responsabilidad compartida en la vida de la nación, está hablando de la persona humana, y trata de dar respuesta a cuestiones planteadas en la sociedad contemporánea. Destaca que la opción consecuente por el hombre -que no es nunca individuo aislado- implica la búsqueda del bien común, algo esencial en la actividad política. Esto supone el apoyo a las comunidades naturales, en las que -antes que en el Estado u otras sociedades de índole más bien jurídica- expresa libre y espontáneamente su ser personal y social.
Todo ser humano que habita en nuestro planeta es miembro de una sociedad civil, de una nación.

El objetivo de la actividad política es, por tanto, el bien común de la comunidad humana, lo que implica el deber de adoptar las decisiones y medidas que sean necesarias para lograr las condiciones de paz y justicia, seguridad y orden, que resulten adecuadas para que cada persona pueda vivir de acuerdo con su propia dignidad . Entre esas condiciones que se deben lograr se encuentran también las referentes al desarrollo intelectual y material. En todo caso, es condición esencial de la actividad política el que la persona tenga la posibilidad de tomar decisiones con libertad.

El orden moral penetra, de este modo, en las estructuras y en los estratos de la existencia de una nación como Estado, y en las estructuras y en los estratos de la existencia política, puesto que está vinculado al reconocimiento universal de la autoridad de la ley moral, que obliga tanto a los súbditos como a los gobernantes. Sólo partiendo de esa ley moral puede ser respetada, y reconocida universalmente, la dignidad de la persona humana. Tanto la ley moral como la ley humana son, de este modo, condición fundamental para el orden social . Por tanto, es a los responsables de la administración pública a quienes compete la toma de "opciones valientes para construir una sociedad más libre, democrática y justa" , lo que debe afrontarse tanto a nivel nacional como a escala mundial :

2. El sentido del Estado

El hombre nace en una familia, y de la mezcla de distintas familias, y de su convivencia en un lugar determinado, surge al cabo del tiempo un pueblo que ha creado su propia lengua y se rige por sus propias costumbres, constituyendo la comunidad de cultura. De un modo diferente, es la defensa del territorio, ya sea contra la agresión exterior o contra la anarquía económica y política interior, lo que está en el inicio de otras formas de sociedad política que han ido surgiendo en el curso de la historia, entre las que se encuentra el Estado. En junio de 1999 Juan Pablo II tuvo la oportunidad de intervenir ante la asamblea conjunta de diputados y senadores en el Parlamento polaco. "Hoy, en este lugar -dijo el Papa-, somos conscientes del papel esencial que en un Estado democrático desempeña un justo orden jurídico, cuyo fundamento debería ser siempre y en todas partes el hombre, sus inalienables derechos y los derechos de toda la comunidad, que es la nación" .

Una concepción equilibrada de Estado debe considerarlo como un servicio de síntesis, de protección y de orientación de la sociedad civil, a la que debe respetar. El Estado debe ser de derecho y, al mismo tiempo, un Estado social, que ofrezca a todos las garantías de una convivencia ordenada y asegure a los más débiles el apoyo que necesitan para no sucumbir a la prepotencia o a la indiferencia de los fuertes . El Estado tiene originariamente un componente ético esencial porque es ante todo un servicio al hombre. La competencia y obligación del poder político debe ser, en consecuencia, crear y potenciar las condiciones sociales que favorezcan el bien auténtico y completo de la persona, esté sola o asociada con otras personas, así como evitar cuanto se oponga u obstaculice a la expresión de su auténtica dimensión humana. Debe respetar a los individuos, y también a las familias y los grupos intermedios, garantizando el ejercicio de sus derechos y las legítimas libertades .

Un concepto de Estado así dibujado resulta comprometedor. La responsabilidad primordial para conseguirlo corresponde a los agentes del bien común en la comunidad política. A sus representantes se dirigió el Papa polaco en aquella histórica visita a la sede de las Naciones Unidas, en 1979, cuando todavía no había cumplido su primer aniversario en la Sede de Pedro. Según dijo, había ido hasta el corazón de la ONU para hablar en favor del hombre: "Pido disculpas por hablar de temas que a ustedes son ciertamente evidentes -dijo- pero no parece inútil hablar de ellos, porque una insidia muy frecuente en las actividades humanas es la eventualidad de que, al realizarlas, se pueden perder de vista las verdades más evidentes y los principios más elementales" . El Papa es consciente de que su misión consiste en defender al hombre hablando ante el mundo.

Estaban todavía recientes los acontecimientos que en los meses últimos de 1989 habían transformado la zona de influencia soviética al este del telón de acero. Juan Pablo II aprovechó su intervención anual al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede para hacer balance de lo ocurrido. Aquellas naciones que acababan de recobrar su libertad se enfrentaban con el difícil reto de reconstruir una sociedad civil, que debe actuar en el marco de un Estado de derecho. En su intervención ante el Cuerpo Diplomático, el Papa dibujó las características que lo definen: "Es necesario -señaló- que estas aspiraciones expresadas por los pueblos sean satisfechas por el Estado de derecho en cada nación europea. La neutralidad ideológica, la dignidad de la persona humana, fuente de derechos, la anterioridad de la persona en relación con la sociedad, el respeto de las normas jurídicas, democráticamente consensuadas, el pluralismo en la organización de la sociedad, son valores insustituibles sin los cuales no se puede construir con carácter estable una casa común al Este y al Oeste, accesible a todos y abierta al mundo" .

El sentido esencial del Estado consiste, por tanto, en el hecho de que la sociedad -y el pueblo que la compone- es soberana de la propia suerte. Es particularmente importante en nuestra época, en la que ha crecido en importancia la conciencia social de los hombres y con ella una correcta participación de los ciudadanos en la vida política, que debe tener siempre en cuenta las condiciones de cada pueblo y el vigor de la autoridad pública . Son cuestiones de capital importancia, tanto desde el punto de vista del progreso del hombre mismo como del desarrollo global de su humanidad. De una manera viva y directa -en ocasiones con acentos no privados de una cierta emotividad- Juan Pablo II desarrolla en diversos momentos de su ya largo magisterio ideas sencillas y profundas sobre la importancia de los grupos humanos primigenios -familia, comunidad local, etnias- para el verdadero y completo desarrollo de la persona. "Nosotros polacos -decía, por ejemplo, en 1979- sentimos de modo particularmente profundo el hecho de que la razón de ser del Estado es la soberanía de la sociedad, de la nación, de la patria. Lo hemos aprendido a lo largo de todo el arco de nuestra historia, y especialmente a través de las duras pruebas de los últimos siglos" . Son las mismas ideas que veinte años después, en junio de 1999, señalaría en su importante discurso ante el Sejm (Parlamento polaco). En ese intervalo la situación social y política de las patria había experimentado un cambio radical, pero el mensaje del Papa Wojtyla seguía siendo el mismo.

A partir de las libertades y derechos fundamentales que la sociedad política debe respetar y promover, tienden a desarrollarse otros derechos del hombre, considerado en tanto que ciudadano, miembro de la sociedad y, más ampliamente, en tanto que parte integrante de un entorno a humanizar. En esta perspectiva contemplamos los derechos civiles, que garantizan a la persona sus libertades individuales y obligan al Estado a no inmiscuirse en el campo de la conciencia individual, y los derechos políticos, que facilitan al ciudadano la participación activa en los asuntos públicos. No cabe duda de que entre los derechos fundamentales y los derechos civiles y políticos existe una interacción; mutuamente se condicionan. Cuando los derechos de los ciudadanos no son respetados, es casi siempre en detrimento de los derechos fundamentales del hombre . Los derechos civiles y políticos son de tal importancia que un Estado no puede privar a sus ciudadanos de tales derechos, tampoco con el pretexto de conseguir su progreso económico o social. Se puede comprobar la fecundidad de la noción de derecho humano mediante el desarrollo y la formulación, cada vez más precisa, de los derechos sociales y culturales. Se habla también de un derecho al desarrollo y al entorno, como parte de una tercera generación de derechos humanos que con frecuencia trata de exigencias difíciles de traducir en términos jurídicos. En el fondo, la reivindicación de estos derechos pone de manifiesto la conciencia que tiene la humanidad de interdependencia con la naturaleza. Es algo cada vez más presente en la mentalidad contemporánea que los recursos naturales, creados para todos pero limitados, deben ser protegidos.

3. Educar para la libertad

Juan Pablo II insiste en reclamar la libertad para individuos y naciones, y darle su auténtico contenido. Al mismo tiempo recuerda que "no vivimos en un mundo irracional o sin sentido" . Hay una lógica moral que ilumina la existencia humana y hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos. Esta lógica tiene mucho que ver con la relación esencial entre la libertad y la verdad del hombre.

El sistema político no tiene en sí mismo los criterios que permiten distinguir correctamente cuáles sean las formas más adecuadas para la satisfacción de las necesidades humanas. Por tanto, teniendo en cuenta que no todos los medios son igualmente adecuados para la formación de la personalidad madura, se hace necesaria una gran obra educativa y cultural, orientada a enseñar a los hombres a hacer un uso responsable de su libertad. La primera y esencial tarea de la cultura en general, y también de toda cultura en concreto, es la educación . Esta, por lo demás, no consiste sólo en la transmisión a las futuras generaciones de una síntesis concisa de las conquistas científicas y técnicas conseguidas sino que, además, "se debe realizar un esfuerzo similar, e incluso mayor, en el campo de la formación educativa, promoviendo la maduración de la personalidad de los jóvenes en su visión del mundo, en su sistema de valores y en sus relaciones personales" . Para contribuir con eficacia a esta finalidad, esa labor educativa debe tener como punto de referencia la verdad sobre el hombre. Es otra de las referencias constantes de su magisterio.

Una concepción reductiva del hombre se refleja inevitablemente en el empeño formativo, como muestra la experiencia del pasado reciente en algunos países en los que el lento, pero necesario, proceso educativo no recibió la debida atención. No debemos olvidar que el cometido principal de la educación consiste en que el hombre llegue a ser cada vez más hombre -que pueda ser más y no sólo que llegue a tener más-, lo cual supone enseñar al hombre a que a través de lo que tiene -de todo lo que posee- sepa ser más plenamente hombre . Para ello resulta necesario que el hombre sepa ser más no sólo con otros, sino también para los otros. La educación, en consecuencia, tiene una importancia fundamental para la sociedad, en lo que se refiere a la formación de las relaciones inter-humanas y sociales. La institución universitaria tiene un indudable protagonismo en esta tarea, en cuanto lugar rico en formación y en humanitas, al servicio de la calidad de vida, conforme a la verdad .

La madurez del individuo supone, ciertamente, un itinerario de crecimiento personal que el sujeto no puede delegar en los demás. Pero en ese camino no se le puede dejar sólo; hay que prepararlo y guiarlo para que realice sus opciones de manera responsable . Para un camino tan complejo y delicado no pueden bastar algunas enseñanzas morales impartidas por maestros o por los mismos padres . Los jóvenes viven en una familia concreta y en un determinado ambiente social; todo lo que sucede en su entorno influye en su personalidad: o fomenta el crecimiento hacia una madurez más plena, o por el contrario estorba su expansión interior y destruye su deseo natural de plenitud y felicidad .

Tomar como punto de partida la verdad, considerándola como lugar central del misterio del hombre, implica que no se puede vivir una vida verdaderamente humana de espaldas a ella. Debe ser reconocida y manifestada abiertamente. Por tanto, siendo que el hombre es un ser que vive en sociedad, la verdad tiene una dimensión social y pública. Una sociedad en la que se debilite la conciencia de la verdad del hombre pierde también el motivo para respetarlo: queda reducido a un objeto, similar a los otros objetos naturales, sobre los que se puede ejercer el dominio. El objeto de esta premura es el hombre en su "única e irrepetible realidad humana" , en toda su irrepetible realidad del ser y del obrar, del entendimiento y de la voluntad, de la conciencia y del corazón .

Existen diversas maneras de atentar contra la verdad del hombre en lo más profundo de su ser, en el campo de su conciencia. Sucede, por ejemplo, cuando la verdad es discriminada de la vida social. El conflicto que puede darse entre el poder civil y el hombre creyente no se plantea tanto en el ámbito interior (de la fe) -en tanto que verdad escondida en la intimidad del espíritu- como en el de la manifestación externa de esa verdad reconocida: de su testimonio social. En 1976 Karol Wojtyla denunciaba la actitud de quienes "pretenden enterrar a toda costa la verdad en las catacumbas; quienes intentan arrebatarle su dimensión de testimonio en la vida pública, es decir, la plena dimensión debida al hombre" .

"El hombre es, ante todo, un ser que busca la verdad y se esfuerza por vivirla y profundizarla en un diálogo continuo que implica a las generaciones pasadas y futuras" . Por contraste, en el mundo contemporáneo hay situaciones en las que se niega al hombre el derecho de dar testimonio de la verdad, y al mismo tiempo se le obliga a profesar lo que no corresponde -o incluso contradice abiertamente- sus más profundas convicciones, viéndose obligado a vivir en la mentira. En la vida social y política no faltan ejemplos de esta alienación del hombre que consiste en la privación de lo que constituye su humanidad. "Nuestro tiempo tiene especial necesidad de la verdad" , afirma el Papa en referencia a esta dimensión pública de la verdad. Ser libre exige poder dar testimonio de la verdad, y a la vez no puede consistir en el uso desenfrenado de la propia libertad, "puesto que todo esto afecta a la verdad de la fe y de la vida moral; a cuanto constituye el fundamento de la dignidad humana, verdadera o falsa, concebida en sentido justo o injusto" . Wojtyla no permanece insensible a todo lo que sirve al verdadero bien del hombre, y de modo consecuente no le resulta indiferente lo que le amenaza, por lo que denuncia "el escepticismo relativo a la existencia misma de una verdad moral y de una ley moral objetiva" . Es una actitud que se da con frecuencia en las instituciones culturales, que influyen en la opinión pública, y se trata también de una realidad común en muchas instituciones académicas, políticas y legales. Quienes procuran vivir de acuerdo con la ley moral pueden sentirse presionados por fuerzas que contradicen lo que en conciencia saben que es verdad .

4. La democracia, una empresa moral

Por lo que se refiere a los sistemas de organización política, el pontífice polaco es rotundo al afirmar que la democracia es -entre los que se han conocido a lo largo de la historia- el que mejor ha logrado integrar la participación de los ciudadanos. Señala que es una empresa moral, una prueba continua de la capacidad de un pueblo de gobernarse a sí mismo, para servir al bien común y al bien de cada ciudadano. Por tanto, la supervivencia de una democracia concreta no depende sólo de sus instituciones. En mayor o menor medida depende también del espíritu que inspira e impregna sus procedimientos legislativos, administrativos y judiciales. "El futuro de la democracia depende de una cultura capaz de formar a hombres y mujeres preparados para defender ciertas verdades y valore"" , y corre peligro cuando la política y la ley rompen toda conexión con la ley inscrita en el corazón humano.

En efecto, si no hay un modelo objetivo que ayude a decidir entre las diferentes concepciones del bien personal y común, entonces la política democrática se reduce a una lucha por el poder. Si el derecho constitucional y el poder legislativo no tienen en cuenta la ley moral objetiva, las primeras víctimas serán la justicia y la equidad, y esto porque se convierten en cuestiones de opinión personal. La democracia es fundamentalmente un ordenamiento, señala el pontífice, y como tal un instrumento, y no un fin . Su carácter moral no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que debe someterse, como cualquier otro comportamiento humano; esto es, depende de la moralidad de los fines que persigue y de los medios que utiliza para alcanzarlos . Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una democracia saludable (entendida por tal aquella en la que se respete/promueva la dignidad del hombre), urge redescubrir la existencia de los valores humanos y morales esenciales y originarios, derivados de la verdad del ser humano, que son los que expresan y tutelan la dignidad de la persona. "Son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover" .

Más allá de sus reglas, la democracia debe tener sobre todo un alma, que consiste en aquellos valores fundamentales sin los cuales "se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto" . En esta perspectiva, los regímenes democráticos corren el riesgo de organizarse según un sistema de reglas no suficientemente enraizadas en esos valores irrenunciables, que son tales porque se fundamentan en la esencia del hombre y constituyen la base de toda convivencia . De la respuesta que se dé en cada caso dependerá también el compromiso personal y social ante los grandes desafíos como son la paz y la justicia .

5. Subsidiariedad y solidaridad

La libertad es un valor fundamental en la sociedad, y Juan Pablo II destaca que el principio de subsidiariedad es esencial para respetar su ejercicio. Responde a un modo de entender la sociedad política según el cual ésta no debe sustituir a otras sociedades menores -o a los individuos- en aquellas tareas que son actuación del principio personalista, cuando pueden y quieren realizarlas por sí mismos. No es propio de una sociedad política que pretenda ser respetuosa con la dignidad del hombre -esto es: con la capacidad de conocer (inteligencia) y querer el bien (voluntad)- actuar de un modo que se elimine la potencialidad de bien de uno sólo de los ciudadanos, o se le ponga en una situación en la que sólo podrá actualizar esta potencialidad comportándose con un esfuerzo ético que resulte extraordinario.

El principio de subsidiariedad es, por tanto, el que define el marco de actuación de los agentes en la sociedad política, estableciendo un orden ético según el cual "una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común" . La razón última es contribuir al bien común, que en éste caso coincide con el respeto y promoción del bien común de la libertad, puesto que sólo así se respeta -y en lo posible promueve- la dignidad de las personas, que tiene su expresión en la actuación libre. En esta cuestión encuentra su fundamento el juicio ético de algunas formas de la actuación social del Estado .

Además del principio general de respeto a la libertad, y todo lo que implica, también se debe contribuir de un modo positivo a la promoción del buen ejercicio de la libertad por parte de los demás (ya sean personas o naciones). El principio de la solidaridad, entendido como "determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común" , requiere llevarla a cabo mediante distintas formas de participación social y política. Todos los problemas que afectan al hombre están íntimamente relacionados. En la vida de las personas, igual que en la existencia de las naciones y en las relaciones internacionales, encontramos un vasto sistema de vasos comunicantes en el que los problemas de la cultura, de la ciencia y de la educación no se presentan desligados de otras cuestiones de la existencia humana.

Juan Pablo II no deja de insistir sobre lo que denomina principio elemental de sana organización política: "que los individuos, cuanto más indefensos están en una sociedad, tanto más necesitan el apoyo y el cuidado de los demás, y en particular la intervención de la autoridad pública" . Entre otros documentos, se ha referido al principio de solidaridad en la Encíclica Sollicitudo rei socialis . La validez de este principio, ya sea en el orden interno de cada nación, ya sea en el orden internacional, se demuestra como uno de los principios básicos de su concepción de la organización social y política.

Existe en el hombre lo que Juan Pablo II llama una dimensión fundamental , capaz de remover desde sus cimientos los sistemas que estructuran el conjunto de la humanidad y de liberar a la existencia humana, tanto individual como colectiva, de las amenazas que pesan sobre ella.

6. La ley civil y dignidad del hombre

Puesto que el protagonismo en el ejercicio de los derechos de la persona corresponde a la sociedad antes que al Estado, la actuación social del bien común de la libertad tiene prioridad desde el punto de vista ético. No obstante, el Estado también puede asumir directamente la responsabilidad de promover el bien común, con el fin de colmar las lagunas más importantes de la actividad privado-social y garantizar un funcionamiento ordenado. La ley es un instrumento del Estado para intervenir en el orden social. Su función consiste en "garantizar una ordenada convivencia social en la verdadera justicia para poder vivir una vida tranquila y apacible con dignidad" . Precisamente por esto, debe asegurar a todos los miembros de la sociedad el respeto de algunos derechos fundamentales que pertenecen originariamente a la persona, y que toda ley positiva debe reconocer y garantizar. Si a veces la autoridad pública puede renunciar a reprimir aquello que provocaría, de estar prohibido, un daño más grave, sin embargo, decíamos, nunca puede aceptar legitimar, como derecho de los individuos -aunque estos fueran la mayoría de los miembros de la sociedad-, la ofensa infligida a otras personas mediante la negación de un derecho suyo tan fundamental .

En la cultura democrática de nuestro tiempo se ha difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría, y basarse sólo sobre lo que la mayoría misma reconoce y vive como moral. Se considera incluso que una verdad común y objetiva es inaccesible de hecho, por lo que el respeto de la libertad de los ciudadanos -que en un régimen democrático son considerados como verdaderos soberanos- exigiría que, a nivel legislativo, se reconozca la autonomía de cada conciencia individual y que, por tanto, al establecer normas que en cada caso son necesarias para la convivencia social se adecuen exclusivamente a la voluntad de la mayoría, cualquiera que sea. De este modo, se argumenta, todo político debería distinguir en su actividad entre el ámbito de la conciencia privada y el del comportamiento público.

En relación con esta cuestión se perciben dos tendencias, diametralmente opuestas en apariencia. Por un lado, los individuos reivindican para sí la autonomía moral más completa de elección y piden que el Estado no asuma ni imponga ninguna concepción ética, sino que trate de garantizar el espacio más amplio posible para la libertad de cada uno, con el único límite externo de no restringir el espacio de autonomía al que los demás ciudadanos también tienen derecho. Por otro lado se considera que, en el ejercicio de las funciones públicas y profesionales, el respeto de la libertad de elección de los demás obliga a cada uno a prescindir de sus propias convicciones para ponerse al servicio de cualquier petición de los ciudadanos, que las leyes reconocen y tutelan, aceptando como único criterio moral para el ejercicio de las propias funciones lo establecido por las mismas leyes. De este modo, la responsabilidad de la persona se delega en la ley civil, abdicando de la propia conciencia moral al menos en el ámbito de la acción pública. La raíz común de ambas tendencias es el relativismo ético que caracteriza muchos aspectos de la cultura contemporánea .

Un problema concreto de conciencia puede darse en los casos en los que un voto parlamentario resulte determinante para favorecer una ley menos injusta que otra en cuanto a sus efectos contrarios a la dignidad del hombre. Es el caso, por ejemplo, del trámite de una reforma de ley dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. Juan Pablo II señala que, en este caso, cuando no sea posible evitar o abrograr completamente una ley abortista, un parlamentario cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria para todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley, y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. Obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien, se realiza un intento, legítimo por una parte y obligado por otra, de limitar los aspectos inicuos de la ley .

7. El bien común de la paz y las posibilidades del diálogo

El respeto de la libertad de los pueblos y naciones es condición necesaria para alcanzar el bien común de la paz. Las guerras surgen, y la destrucción golpea naciones y culturas enteras, cuando no se respeta la soberanía de un pueblo . El origen de toda guerra está en la injusticia que supone atentar contra los derechos del hombre, limitando la armonía del orden social. Después, una vez alterada esa armonía, su efecto repercute en todo el sistema de relaciones internacionales . Sin la voluntad de respetar la libertad de cada pueblo, de toda nación o cultura, y sin un consenso global a este respecto, resulta difícil crear condiciones de paz. Por parte de cada nación y de sus gobernantes esta voluntad de respeto a los demás supone un empeño consciente y público, que no pueda dar lugar a equívocos, a renunciar a las reivindicaciones que puedan causar daño a las demás naciones. Tal empeño supone rechazar toda doctrina que promueva cualquier tipo de supremacía nacional o cultural sobre las demás naciones. Junto a este empeño, y complementario a él, debe respetarse la marcha interna de las demás naciones, reconociendo la particular personalidad de cada uno de ellos en el seno de la familia humana, que se ve enriquecida con la aportación de cada pueblo.

La preparación de instrumentos jurídicos que garanticen este anhelo debe tener un lugar importante en el esfuerzo colectivo por mejorar las relaciones en el ámbito internacional. El respeto de la libertad de las naciones debe estar acompañado por la codificación progresiva de las aplicaciones que se derivan de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre (1948), que debe incluir el derecho de cada pueblo a ver respetadas sus tradiciones religiosas, tanto en el interior como por parte de las demás naciones . De igual modo, no puede dejarse de lado el derecho a tomar parte en el libre intercambio, ya sea en el ámbito religioso, cultural, científico o educativo .

En resumen, la mejor garantía del bien común de la libertad, y su realización efectiva en la comunidad internacional, descansa en la responsabilidad de las personas y de los pueblos, en los esfuerzos de cada uno, según su capacidad y dentro de su ambiente inmediato, por respetar/promover la dignidad de cada hombre; por garantizar su libertad . La libertad no es algo que se pueda regalar, sino que debe ser conquistada sin cesar, y este esfuerzo va unido al sentido de responsabilidad de cada uno . No es posible hacer libres a los hombres sin que, al mismo tiempo, se les haga más responsables y más conscientes de las exigencias del bien común. Por esto es necesario hacer surgir y reforzar un clima de confianza mutua entre los hombres y las naciones, sin el cual la libertad no puede desplegarse . A pesar de todo, en nuestro mundo es inevitable que existan conflictos, pero se deben afrontar mediante el diálogo. Es la única manera para resolver las diferencias entre las personas, y también entre grupos sociales, entre las fuerzas políticas dentro de una nación, y también entre los Estados, en seno la comunidad internacional.

La actitud de diálogo, y la necesidad de mantenerlo a costa de los esfuerzos que sean necesarios, es algo en lo que Juan Pablo II insiste como la única vía posible para mantener la paz, y esto a pesar de los posibles fracasos. Es necesario introducir pacientemente los mecanismos y las fases de diálogo donde quiera que la paz está amenazada -o comprometida- ya sea en las familias, en la sociedad, entre los países o entre los bloques de países . El Papa dedica el Mensaje para la jornada mundial de la paz de 1983 a desarrollar las condiciones del diálogo, así como su fundamento y las dificultades para su ejercicio. Hay quien pone en duda, no obstante, la misma posibilidad del diálogo, así como su eficacia, al menos cuando las posturas son tan tensas y en apariencia difícilmente conciliables que parece no dejan lugar a un acuerdo. Sin embargo, insiste Juan Pablo II, "el diálogo por la paz es posible, siempre es posible" . Es una convicción que no se basa en la fatalidad sino en la realidad; es fruto de considerar la naturaleza del hombre. "Todo hombre -creyente o no- (...) puede y debe mantener suficientemente la confianza en el hombre, en su capacidad de ser razonable, en su sentido del bien, de la justicia, de la equidad, en su posibilidad de amor fraterno y de esperanza, jamás pervertidos del todo, para apostar por el recurso del diálogo y de su reanudación posible" .

8. Los derechos de las naciones
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Toda nación está en su derecho de construir el propio futuro, proporcionando a las generaciones más jóvenes una educación adecuada. El derecho a la existencia del que son titulares todos los pueblos significa al mismo tiempo el derecho a la propia lengua y cultura, puesto que es a través de ambas como un pueblo expresa y promueve lo que podría llamarse su originaria soberanía espiritual. La historia se ha encargado de demostrar cómo, en circunstancias extremas, es precisamente el pertenecer a una misma cultura lo que permite a una nación sobrevivir a la pérdida de la propia independencia política y económica .

Al mismo tiempo que se afirma el derecho a la existencia, no debe olvidarse que aún cuando los derechos de la nación expresan las exigencias vitales de la particularidad, no es menos importante subrayar lo que constituye las exigencias propias de la universalidad, expresadas mediante la conciencia de los deberes que una naciones tienen con otras y con la humanidad entera . "El miedo a la diferencia, comenta Juan Pablo II, alimentado por resentimientos de carácter histórico y exacerbado por las manipulaciones de personajes sin escrúpulos, puede llevar a la negación de la humanidad misma del otro, con el resultado de que las personas entran en una espiral de violencia que nadie -ni siquiera los niños- se libra" .

Puesto que toda cultura es un esfuerzo de reflexión sobre el misterio del mundo, y en particular del hombre, de alguna manera es también el vehículo que expresa la dimensión trascendente de la vida humana. El respeto hacia la cultura de los otros pueblos y naciones se basa, por tanto, en el respeto por el esfuerzo que cada comunidad realiza para dar respuesta al problema de la vida humana. Querer ignorar la realidad de la diversidad -o, adoptando una postura más radical, tratar de anularla-, equivale a excluir la posibilidad de sondear las profundidades del misterio de la vida humana. Es así como la verdad sobre el hombre se constituye en el criterio válido para juzgar cualquier cultura, a la vez que cada cultura tiene algo que enseñar acerca de una u otra dimensión de aquella compleja verdad.

En definitiva, lejos de ser un impedimento para la armonía en la comunidad internacional la realidad de la diferencia entre las naciones, que algunos consideran tan amenazadora, puede llegar a ser, mediante el respetuoso diálogo, fuente de una comprensión más profunda del misterio de la existencia humana. Al mismo tiempo, en este horizonte de universalidad vemos surgir con fuerza ciertos particularismos étnico-culturales, que se presentan como una necesidad imperiosa de identidad y de supervivencia, como si de una especie de contrapeso a las tendencias homologadoras se tratase. Es éste un dato que no se debe pasar por alto, relegándolo a la categoría de simple residuo del pasado. En este punto, conviene señalar que hay una diferencia esencial entre lo que se entiende por nacionalismo y por sano patriotismo . Tanto los hombres -de modo especial los que ostentan alguna responsabilidad en la sociedad política- como los pueblos, deben poner los medios necesarios para evitar que algún nacionalismo exacerbado pueda llegar a proponer, con formas nuevas, las aberraciones del totalitarismo. Este compromiso es igualmente válido en el caso de que como fundamento del nacionalismo se asuma el mismo principio peligroso, como sucede en algunas manifestaciones del llamado fundamentalismo .

9. El nuevo orden internacional

De la misma manera que en el origen de una nación se encuentra la relación entre miembros de distintas familias y de profesiones diversas, que colaboran entre sí para la consecución de ciertos fines, la comunidad internacional surge de la relación entre distintas naciones . Un orden internacional basado en la promoción de la justicia y en la paz es hoy algo tan vitalmente necesario como claro imperativo moral. Debe ser válido para todos los pueblos y regímenes, más allá de ideologías y sistemas, de tal manera que junto al bien particular de una nación, y por encima de él, debe considerarse el bien común de la familia de naciones, por lo que toda contribución para alcanzarlo constituye un deber tanto ético como jurídico .

Al estudiar la evolución que ha experimentado en los últimos años la comunidad internacional se pueden apreciar algunas señales que ponen de manifiesto la determinación, tanto de las personas individuales como de los pueblos, para dar vida a un nuevo sistema de relaciones internacionales. Entre estas señales se encuentran, por una parte, una conciencia creciente de la necesidad de preservar la paz como valor universal; y por otra la creciente interdependencia entre los pueblos y las naciones del mundo . A medida que la civilización avanza se hace cada vez más evidente que los destinos de las naciones del mundo están relacionados entre si, y sólo pueden realizarse plenamente si todas las naciones persiguen la paz como valor universal . Esta forma de interrelación se expresa en una interdependencia que puede ser muy ventajosa, pero también destructiva. De ahí que la solidaridad y la cooperación a escala mundial deban ser consideradas como imperativos éticos que regulen las relaciones entre las naciones, y que llamen a la conciencia de los individuos y a la responsabilidad de todas las naciones. Todo esfuerzo por la paz a nivel internacional ha de recibir su eficacia de los principios de la convivencia pacífica .

Como una relación de causa-efecto, de unas relaciones internacionales teñidas de intereses particulares surge una paz precaria que presenta graves obstáculos al desarrollo . La paz que nace de esta concepción de las relaciones en la comunidad internacional sólo puede consistir en un arreglo, en un compromiso dictado por los principios de la Realpolitik. Y en cuanto arreglo tiende no tanto a resolver las tensiones mediante los principios de justicia y equidad, sino más bien "a arreglar las diferencias y los conflictos con objeto de mantener una especie de equilibrio que proteja todo aquello que redunde en interés de la parte dominante" .

Desde una perspectiva regional contemplamos como las naciones que forman Europa han ido comprendiendo que además del bien de los propios pueblos existe un bien común de la humanidad, que resulta violentamente pisoteado por la guerra. Esta reflexión sobre tan dramática experiencia les indujo a sostener que los intereses de una nación sólo podían ser alcanzados convenientemente en el contexto de la interdependencia solidaria con otros pueblos y a emprender el proceso de unidad en curso . "A quienes piensan que los bloques son algo inevitable nosotros les respondemos -afirma Juan Pablo II- que es posible, e incluso necesario, crear nuevos tipos de sociedad y de relaciones internacionales que aseguren la justicia y la paz sobre fundamentos estables y universales" . Pero hay una condición: "Ante todo, son los corazones y las actitudes de las personas los que tienen que cambiar, y esto exige una renovación" . La consecución y el mantenimiento de la paz incluye aspectos técnicos, pero exige actitudes personales. Una comunidad internacional entendida como fruto de las relaciones entre las naciones, que a su vez tienen a las relaciones entre los hombres como su elemento constitutivo, en el fondo debe estar construida sobre la verdad del hombre como su sólido fundamento.

El camino justo para forjar una sociedad internacional que esté al servicio de los hombres, en la que reinen una paz y una justicia sin fronteras entre todos los pueblos y continentes, no es otro que el camino de la solidaridad, del diálogo y de la fraternidad universal .

* * *
Los años no pasan en balde, y queda lejano aquel lunes de octubre de 1978 en el que Karol Wojtyla fue llamado a Roma, procedente de Cracovia. En el otoño de su vida, se hace quizá más grande la fuerza del testimonio de un hombre, siempre dispuesto a acudir allí donde su presencia es reclamada. "Existen varias estaciones en la vida -decía en Fátima el 13 de mayo del año 2000-; Si acaso sientes que llega el invierno -se dirigía a los enfermos-, quiero que sepas que esta no puede ser la última estación, porque la última será la primavera" .

Al escuchar estas palabras vinieron al recuerdo aquellas otras con las que cinco años antes había finalizado su discurso ante la ONU, en su 50º aniversario: "No debemos tener miedo al futuro -dijo entonces-. No debemos tener miedo al hombre (...). Tenemos en nosotros la capacidad de sabiduría y de virtud (...). Podemos construir en el siglo que está por venir y para el próximo milenio, una civilización digna de la persona humana, una verdadera cultura de la libertad" .

"¡Podemos y debemos hacerlo! -concluyó-. Y haciéndolo, podremos darnos cuenta de que las lágrimas de este siglo han preparado el terreno para una nueva primavera del espíritu humano" . Este es nuestro reto en los albores de un nuevo milenio.


José Ramón Garitagoitia Eguía
Licenciado en Derecho
Doctor en Ciencias Políticas

 

 

3.1. El transito entre dos milenios

 

 

Lecciones a cargo de Luis Suárez Fernández
Académico de la Historia
Curso 2000/200l



Prólogo

Muchos de estos textos responden a una mera improvisación, ya que están ordenados en un esfuerzo de meditar, en voz alta, sobre la coyuntura que se ofrece a nuestro tiempo, tránsito de un milenio a otro o, para decirlo con palabras de Juan Pablo II, del umbral de la esperanza. Ante todo ha habido que hacer una especie de comparación entre las dos fechas miliarias vividas por el Cristianismo: la primera significó ya un proceso de maduración que, aparte de culminar las secuelas que la caída del Imperio romano dejara tras de sí, permitió dar un impulso que colocó a Europa, entonces llamada Cristiandad, en la cumbre de todas las culturas existentes; la segunda parece haber llegado en una toma de conciencia acerca de los defectos y malversaciones que en varios siglos, se han desencadenado sobre esa misma sociedad, colocada a la cabeza. Pues el siglo XX ha sido el más cruel de la Historia. Habiendo abandonado la Verdad que Cristo mismo comunicara, los grandes avances científicos y tecnológicos, llegaron a ponerse al servicio del odio.

Finalmente se ha descubierto y aislado la clave: odio, en vez de amor, ha llegado a convertirse en sentimiento dominante. Sin embargo, precisamente a causa de las dimensiones negativas que el odio ha llegado a adquirir en tiempos cercanos a nosotros, un proceso de creación y restablecimiento se ha iniciado. La Iglesia cuenta ahora con una nueva dimensión, los movimientos laicales que permiten penetrar de santidad las estructuras sociales. Y el Papa, despojado de compromisos temporales, ha adquirido la gran voz que permite que se le escuche. Se ha descubierto el papel sustancial de la femineidad y, con ella, de la vida, que no es mero componente biológico sino mucho más, ya que en los seres humanos materia y espíritu forman unidad sustancial.

Es lo que intentamos repasar en estas páginas con un solo propósito: movernos a nosotros mismos a conversión, esto es, a volver al camino de la esperanza. No consiste ésta en asumir la actitud pasiva de quien confía en que alguien venga de fuera a moverle, sino en el dinamismo que conduce de nuevo a la Verdad. Ninguna acción es pequeña: de los grupos reducidos nacen los impulsos generosos que conducen a la afirmación positiva. Así, en ocho capítulos, hemos tratado de recorrer un camino. La ayuda de Dios, indefectible, hará el resto.

Í N D I C E


I. DECLARACION INFALIBLE SOBRE LA UNICIDAD DE LA IGLESIA 5
II. EN LOS UMBRALES DEL TERCER MILENIO 10
III. BALANCE DEL PRIMER MILENIO 15
IV. ERRORES Y FALLOS QUE DEBEN EVITARSE 23
V. JERUSALEM, ROMA Y SANTIAGO, CAMINOS PARA PEREGRINAR 33
VI. JUBILEO, ENLACE CON LA TRADICION REMOTA 51
VII. CONSECUENCIAS DE LA DESIDEOLOGIZACIÓN 58
VIII. GLOBALIZACIÓN: SUS CORRESPONDENCIAS ETICAS 63
B I B L I O G R A F Í A 69

I. DECLARACION INFALIBLE SOBRE LA UNICIDAD DE LA IGLESIA


1. Se trata de un documento redactado en la congregación para la doctrina de la fe que el Papa, al confirmarlo, advirtió que de acuerdo con el Concilio Vaticano I, se trata de una Verdad que la Iglesia considera infalible. Para nosotros, fieles cristianos, esto significa que no caben debates ni discusiones. Tenemos que recordar ante todo que, inmediatamente antes de la Ascensión, Cristo ordenó a los; apóstoles que predicasen a todas las gentes la doctrina que les había enseñado, añadien-do que aquel que la aceptara, sería salvo. De modo que la salvación se encuentra vinculada al mandato de Cristo, a su enseñanza y a su Redención. De ahí que la Iglesia haya enseña-do siempre que la mediación de Jesucristo es necesaria para la salvación. Lo que se ha de predicar está contenido en el Credo en cuya fórmula definitiva, que llamamos de Nicea aunque es la obra de dos Concilios iniciales, todos debemos coincidir.

Falta aun mucho para que la doctrina sea conocida en el mundo entero, aunque en cuanto a la extensión se haya avanzado prodigiosamente en los últimos tiempos; apenas quedan rincones en el globo donde no, se haya predicado. No sucede lo mismo en profundidad, lo que dificulta la adhesión que se espera. Por eso cada fiel cristiano tiene una misión continuada de comunicar la Verdad que él posee. Conviene llamar la atención sobre este punto pues la comunicación de la doctrina de la fe, nucleada en el Credo, no es cometido profesional de determinados cristianos; cada uno, desde el lugar en que se halla situado. es sujeto de dicha obligación.

Esta afirmación de Verdad absoluta y completa en el cristianismo - ya que Jesús completó la revelación que se había venido dispen-sando - no significa que dejemos de reconocer lo que hay de santo y verdadero en otras religiones: pues el Universo en su estructura y la Naturaleza en su existencia, constituyen una forma de revelación. El hombre ha sido dotado de condiciones y capacidad para descubrir parcelas de esa Verdad, ya que las criaturas son medio de acceso al Creador. De modo que las religiones, resultado de ese descubrimiento, poseen parte de verdad en la doctrina y de santidad en la conducta. De ahí la urgente necesidad de mantener el diálogo con otras confesiones, a fin de descubrir lo que hay de común en la enseñanza y de prestarse ayuda para una mejora en el comportamiento. La urgencia de es-te diálogo, desde una intención recta, ha sido destacada por el Concilio Vaticano II. Lo que, en modo alguno, significa colocar al cristianismo en el nivel de una doctrina producto del esfuerzo humano.

La Declaración quiere llamar especialmente la atención sobre este punto: la fe de la Iglesia es la revelación de Cristo, constituye una: unidad transmitida en el tiempo y enriquecida por el Magisterio sin que esto signifique innovación alguna. Cada tiempo requiere el empleo de, expresiones nuevas como son nuevos los medios de comunicación, pero esto no significa cambio alguno. Sin embargo, en los últimos se han producido corrientes de opinión, incluso en sectores que se consideran a si mismos católicos, que tratan de negar o poner en duda algunos aspectos de dicha doctri-na que constituye un valor permanente e inalterable de la Iglesia. La Declaración quiere llamar la atención especialmente sobre siete puntos:

- Se dice que no es necesario considerar que la revelación dis-pensada por Jesucristo es última y, definitiva; nuevas circunstancias pueden añadir otras verdades o sustituir las que se formulan por otras.
- También se apunta a que la fe fue elaborada por los discípulos años después de la muerte de Jesús, creándose de este modo un "Jesús de la fe", distinto del "Jesús histórico". Una doctrina que ciertas corrientes de la Teología liberal protestante habían formulado hace ya bastantes años.
- Es puesto en duda el carácter inspirado de la Escritura, aplicándose a ésta los criterios que ordinariamente se emplean con documentos históricos y tratándola como una obra humana, de gran importancia desde luego.
- Algunos autores llegan a negar la unidad en la Trinidad. reinsertándose en las corrientes doctrinales de los siglos antiguos, como fueron el arrianismo, el nestorianismo y desviaciones suficientemente aclaradas por los Concilios ecuménicos.
- En consecuencia se llega a poner en duda la divinidad de Jesús que sería únicamente una figura sublime dentro de las catego-rías humanas.
- Finalmente y, como resultado de estos planteamientos o de algunos de ellos, se rechaza la unicidad de la Iglesia ¡le Cristo. Caben, simultáneamente, diversas iglesias, cada una de las cuales tendría su parcela de verdad.

2. No cabe duda de que estas desviaciones en relación con la doctrina permanente de la Iglesia, que la Declaración quiere recordar. acudiendo para ello a los textos precisos del Nuevo Testamento. son una consecuencia de la influencia del pensamiento filosófico laico y de las nuevas metodologías históricas. Resulta imprescindible, para cualquier fiel, preocupado de comunicar a sus amigos o vecinos la doctrina sostenida por la Iglesia, acudir al documento a fin de proveerse de las citas textuales que son necesarias en cada caso. Aquí nos limitaremos a señalar los nueve puntos que en el mismo se exponen, sintetizándolos en una corta y expresiva llamada de atención.

Antes de entrar en esos puntos conviene hacer una disgresión aclaratoria. Ante un texto sagrado se piensa, correctamente, que ha de ser admitido como expresión de fe, sin descontar el aspecto parabólico de muchas descripciones a fin de que puedan ser accesibles a los hombres. Llamar días a las etapas de la Creación es sin duda, un resorte literario, como lo es el redondeo de las cifras u otras cosas semejantes. Pero la fe obliga a aceptar íntegramente el mensaje: sabemos que el buen samaritano es un personaje ficticio, pero la lección de caridad responde a un mandato preciso, del que es imposible desvincularse. Aplicando criterios del pensamiento filosófico laico se ha llegado en nuestros días a pretender sustituir la doctrina del autor inspirado por la que el exegeta o comentarista moderno le parece más conveniente.

Se llega más lejos en la aplicación del método histórico. El investigador de nuestros días toma un texto y emite un juicio previo: esto me parece razonable y esto no, en consecuencia mantengo lo primero pero niego lo segundo. Como automáticamente ha provocado un vacío trata de llenarlo colocando allí lo que, a su juicio, pudiera haber sucedido. Y de este modo lo que introduce es una modificación tan grave como la que resulta de sustituir lo que, de acuerdo con el texto, había ocurrido por aquello que él, investigador omnisciente, decretó que tuvo que ocurrir. El número de supuestas interpolaciones o falsificaciones que se descubren en nuestros días es asombroso. Pero, incluso desde la más elemental praxis metodológica, todo historiador sabe que, ante un texto, caben únicamente dos posiciones: admitirlo como suficientemente comprobado o rechazarlo por no disponer de elementos suficientes para su confirmación: pero no puede sustituirlo, porque esto último sería, apenas, una falsificación.

3. Examinemos ahora los nueve puntos de doctrina sobre los que el Documento que constituye una Declaración acerca de la unicidad de la Iglesia - sólo ella es verdadera en términos absolutos - quiere llamar especialmente la atención. Recordemos lo dicho al. principio: sobre todos y cada uno de ellos se alza el escudo protector de la infalibilidad. Esto, evidentemente, no impresiona a quienes no tienen la fe cristiana, pero es argumento esencial para los fieles. En otras palabras, no se puede negar esto y pretender que se sigue siendo católico.

A. La revelación dispensada por Jesucristo, la cual, como enseña Juan Pablo II. no se refiere sólo a la naturaleza de Dios sino que se extiende hasta descubrir la plena dignidad de la naturaleza humana. es plena y definitiva. Plena porque sólo Cristo ha visto al Padre y puede comunicarlo a los hombres. Definitiva porque no hay revelaciones subsiguientes. En conse-cuencia, el cristiano tiene que afirmar que el Evangelio contiene la plenitud de la Verdad. Constituye un error, radical, sostener que la revelación de Jesucristo es una más entre las que se han producido a través de distintas religiones. Siendo el Verbo encarnado - verdadero Dios y verdadero hombre - Jesús de Nazareth es la "Verdad completa". Dijo de si mismo: soy el camino, la ver-dad y la vida.

B. La fe es una donación, un regalo. Así estaba ya en la concien-cia judía cuando se afirmaba que la Torah, esto es, la Escritura, es el mayor regalo que Dios ha hecho a los hombres. Al recibirla, el ser humano realiza un acto doble de adhesión: a Jesucristo, que la imparte, y a la doctrina que por él ha sido revelada. Aquí es donde reside la diferencia esencial con las otras religiones que son el fruto de un trabajo humano, que debe ser apreciado ya que se dirige a la búsqueda de la Verdad que, en parte, puede ser percibida y descubierta ya que Dios se manifiesta a Si mismo por medio de la Creación. Así, aunque sólo los textos declarados canónicos pueden considerarse inspirados, la Iglesia reconoce que Dios se hace presente de muchos modos en los individuos v en los pueblos que, de este modo, llegan al conocimiento de la religión aunque con lagunas, insuficiencias y errores. De modo que puede decirse que los libros de otras religiones reciben del mismo Dios la parte de verdad que poseen. Esto explica que el agnosticismo o el ateismo deban considerarse simplemente como un vacío, una negación.

C. Jesucristo no puede ser tratado como un personaje histórico más, situado entre los fundadores de religiones. Se trata del Verbo encarnado. Cometen un error los cristianos que tratan de explicar la Historia "como si Dios no existiese" o como si Jesús estuviera dotado "de una sola dimensión". En este sentido la Declaración denuncia cómo se están formulando ahora doctrinas que insisten en formular teorías como si el Logos divino hubiera ido suscitando personajes diversos. Desde los primeros Concilios, Nicea y, Calcedonia especialmente, la Iglesia ha sostenido con claridad la afirmación recogida por el Concilio Vaticano II de forma contundente. Jesucristo es Dios y, al mismo tiempo, Hombre perfecto, igual a los demás seres humanos menos en el pecado. Por esta causa debe decirse que su revelación se refiere a ambas cosas: lo que es Dios y lo que es el hombre. En la fe cristiana, el Logos divino y el Verbo, segunda Persona de la Trinidad Santísima, son inseparables.

D. Es imprescindible creer en la unicidad de la salvación. Esta entra dentro de los planes de la Creación: el destino del hombre es salvarse, en definitiva llegar a Dios. Dios mismo nos ha escogido de antemano - el Concilio recuerda que la llamada a la santidad es universal - pero a esa elección cada hombre debe responder. De que la respuesta sea correcta depende la meta final. Ahora bien, Cristo que se encarnó para redimir al hombre del pecado y de la muerte, es mediador único en esta elección.

E. Es así mismo contrario a la fe católica afirmar que existe una economía de salvación en el Espíritu Santo que es más universal que la del Verbo encarnado, concluyendo con ello que el cristia-nismo es tan solo una de las varias formas de acceso a la Verdad. Es válida la afirmación, que forma parte de la fe de la Iglesia, de que Cristo murió por todos los hombres, no solamente por los cristianos. El Espíritu Santo actúa sobre todos los hombres invitándolos a hallar ese vehículo de salvación. Se recomienda insistir sobre este punto: el Espíritu Santo no actúa únicamente sobre los individuos; también sobre los pueblos. Esta actuación comporta una verdadera preparación evangélica pues la simiente de la Verdad también necesita de una tierra abonada. Por consiguiente - insiste la Declaración - la acción del Espíritu Santo no permanece fuera o al margen de la Redención sino que se produce conjuntamente con ella.

F. No se ha dado a los hombres otro nombre en el que podamos salvarnos que el de Jesús. Así lo certifican la doctrina de los apóstoles y el Evangelio. Contundentemente la fe enseña que no hay otro salvador ni mediador. Por esta razón los Primeros apóstoles y discípulos, como el mismo Jesús, se dirigieron con su doctrina primero a Israel, ya que a él correspondía la primacía por una larga preparación; más tarde también al mundo pagano obedeciendo las órdenes de Cristo: "a todas las gentes". Pero en la primera etapa los cristianos procedían casi exclusivamente de Israel. Fue mucho más tarde cuando se produjo la inversión cuantitativa, pues los israelitas eran número limitado - una parte de ellos rechazó la llamada - mientras que los gentiles eran abrumadoramente numerosos. Por eso, "aunque la salvación viene de los judíos" el cristiano tiene que afirmar que es ofrecida, únicamente, en el misterio de Cristo. La teología cristiana tiene que investigar en este sentido otras religiones hasta descubrir lo que en ellas puede haber en relación con esta verdad, pero bien entendido, que no puede apartarse un ápice de la afirmación de que la Salvación es ofrecida, únicamente, en la mediación de Cristo. Están por consiguiente en el error, fuera de la fe de la Iglesia, los teólogos que proponen se suprima el carácter absoluto que tiene esta doctrina como parte de la fe.

G. La Iglesia, fundada directamente por Jesucristo, es el miste-rio salvífico, no una simple comunidad de fieles. Es incorrecto referirse con exceso a la asamblea. Cristo sigue estando presente en medio de ella y el sacerdote es "alter Christus, ipse Christus" y, no un mero presidente en una reunión. No se puede identificar a Cristo con la Iglesia, que tiene dimensiones humanas, pero tampoco puede separarse de ella: he ahí el misterio de la salvación. En consecuencia no hay - no puede haber, en términos absolutos - más que una Iglesia, que es la esposa de Jesucristo, unida a él en esa inseparable unicidad. Los fieles, miembros de la misma, están obligados a sostener que la Iglesia católica, y sólo ella, es la fundada por Jesucristo. Esta afirmación contundente no constituye una negación respecto a que en las comunidades separadas pueden hallarse muchos elementos de santidad y de verdad, aunque no sean verdaderamente Iglesia, ya que se hallan separadas del tronco. La separación implica en si misma una carencia: conformarse con una parte de la verdad y no con toda ella.

El documento no menciona expresamente a las iglesias orientales pero alude de manera directa a ella cuando dice que aquellas comunidades que mantienen la sucesión apostólica y la Eucaristía, aunque no se encuentren en perfecta comunión con la Iglesia romana, pueden considerarse como iglesias particulares, ya que la disensión afecta a la disciplina y no a la doctrina. Se muestra en cambio muy contundente en la condena de doctrinas que hoy circulan y que pretenden decir que la Iglesia fundada por Cristo no es otra cosa que una suma de iglesias particulares y comunidades, que la Iglesia única hoy no existe, y que su identidad debe buscarse precisamente a través de las comunidades plurales.

H. La misión de la Iglesia es proclamar el Reino de Cristo. Por eso debe ser definida como sacramento, que se dirige a todos los hombres. Pues el Reino de Dios, aunque tiene una dimensión escatológica "mi reino no es de este mundo", explico Jesús a Poncio Pilato está ya presente, incoado, entre nosotros. Ahora bien ese reino de Cristo no se identifica con la estructura real concreta y visible que llamamos Iglesia; va más allá, es un reino espiritual. Resulta muy conveniente en nuestros días recordar que San Agustín ya lo explicó al hablar de la Ciudad de Dios: es la conducta, no las estructuras, lo que convierte al hombre en ciudadano de Dios. Estar en el Reino de Dios significa trabajar por ese plan salvífico de Dios.

I. La Iglesia, "Cuerpo místico de Cristo", revestida de una estructura temporal, es necesaria para la salvación; incluso aquellos que la alcanzan fuera de ella lo consiguen por su mediación ya que es el sacramento universal de salvación, íntimamente unida a Cristo que es Salvador único. Los cristianos debemos estar seguros de que Dios se vale de medios misteriosos para atraer a los hombres a ese camino de salvación. Partiendo de la firme y segura convicción de que Cristo ha redimido a todos los hombres, dentro y fuera de la Iglesia, ésta trata con respeto a todas las creencias en la medida en que éstas pueden ayudar a conseguir dicha salvación. Pero esto obliga a prestar atención y vigilancia para lo caer en el indiferentismo que en nuestros días llega a sostener que todas las religiones son, en este sentido, igualmente buenas.

Cerremos este resumen recordando que el documento es uno de los pocos sobre lo que los Pontífices, tras la constitución del Concilio Vaticano I, han creído conveniente ejercer esa función que confiere la infalibilidad.

II. EN LOS UMBRALES DEL TERCER MILENIO


1. Los cristianos tenemos el deber de recordar, para nosotros y para los demás, que esta fecha del año 2.000, tan exaltada en los medios de comunicación, hace referencia a un acontecimien-to muy singular que es como el núcleo sustancial para nuestra fe: el nacimiento de Cristo que significa la incardinación de la Trascendencia, Dios, en la inmanencia de la naturaleza hu-mana. Las otras dos religiones ofrecen cálculos distintos, como el que supone la creación del Mundo o la huida de Muhammad desde La Meka a Yatrib (Medina), que fijan en el l6 de julio del 622, aunque haya en esto un ligero error, ya que parece que tal acontecimiento tuvo lugar en septiembre del mencionado año. Más importante resulta el decalage sufrido por los cálculos cristianos: es bien sabido que Dionisio el Exiguo que propuso la fecha de que ahora nos servimos, cometió un error entre cuatro y siete años. Históricamente estamos seguros de que el nacimiento del Salvador se produjo en vida de Herodes el Grande, fallecido el -4, y en relación con la vasta operación de juramento de fidelidad por parte de todos los habitantes del Imperio y sus dominios. Eso que conocemos con el nombre de censo, aunque estuviese desprovisto de propósitos fiscales.

Esta diferencia entre fecha real y data calculada ha sido muy oportuna para los cristianos, pues en la conmemoración a que el Milenio ha dado lugar, se ha introducido un lapso de tiempo, liberador respecto al punto de una efeméride. Oportunidad, en consecuencia, para una profunda reflexión interior, muy adecuada puesto que el acontecimiento hace referencia a un movimiento personal para el encuentro con ese mismo Cristo. Jubileo e indulgencia aparecen ligados a una conversión, tomando la palabra en su sentido más exacto, como retorno al camino. Se trata, pues, de hacer un alto en la marcha, suspendiendo la relación cotidiana con los problemas del mundo entorno, para reiniciarla después, siendo hombres nuevos en el propósito, aunque no en la doctrina de la Fe.

Llama, indudablemente, la atención, la universalidad que ha adquirido la fecha: es una consecuencia del grado de penetración globalizadora que ha llegado a adquirir el cristianismo. Todas las demás Eras, o tuvieron un valor limitado al ceñirse a una estructura política - como la de la Fundación de Roma o la alejandrina - o permanecen circunscritas a los términos precisos de sus comunidades religiosas. La Era cristiana tiene un alcance universal. Seguramente una de las razones más poderosas en apoyo de esta circunstancia, radica en que el mundo ha sido educado por Europa, la cual durante siglos se llamó a si misma Cristiandad (Universitas christiana. Respublica cristiana) presentándose a si misma bajo este signo de identidad. No me parece ocioso recordar que esa superioridad de lo "europeo" le viene dada precisamente a través del Cristianismo que, sin renunciar a la herencia recibida desde el helenismo y la romanidad - antes bien haciéndolos suyos - proporcionó a las demás culturas su confianza en la dignidad de la naturaleza humana, dotada de libre albedrío y capacidad racional, su aprecio esencial por el trabajo, su apertura a la ciencia y también a la técnica, y su afirmación de que Dios ha puesto en esa misma naturaleza los derechos humanos, que compor-tan deberes igualmente significativos. La supresión de la esclavitud en siglos tempranos y de la servidumbre con posterioridad fueron el resultado de la lenta cristianización de la sociedad. Muchos siglos han sido precisos para una tarea tan ardua.

2. El acontecimiento que especialmente conmemoramos, desde nuestra Fe, es la asunción de la naturaleza humana por el Verbo divino, segunda persona de la Santísima Trinidad. Jesús de Nazareth, según esta fe, es verdaderamente Dios y verdade-ramente hombre. No se puede negar esto sin perder automáticamente la condición de cristiano. Ningún suceso, dentro del proceso histórico universal, puede compararse a éste. De ahi que el Concilio Vaticano II, que constituye, en si mismo, un esfuerzo radical en la contemplación de la Fe, haya querido recordarnos, no sólo a los bautizados sino también a todos los hombres que, en la doctrina de la Iglesia, Cristo es a la vez Señor y Centro de la Historia. La gobierna desde su Providencia y aparece instalado en ese punto que fue llamado por El mismo plenitud de los tiempos.

Tenemos que llegar a la conclusión de que si todas las naciones del mundo han coincidido en conmemorar, de distintas maneras, esa fecha que constituye el gozne entre dos Milenios, se está manifestando una realidad de la que no siempre nos apercibimos: ese mundo, a pesar de que con frecuencia experimenta las tentaciones de recusarlo, está impregnado de valores cristianos. Aun aquellos que se declaran enemigos de Dios y de su Nombre, cuando presentan proyectos para mejorar las condiciones humanas, recurren a argumentos que, sin darse cuenta, nacieron en la entraña misma del cristianismo. Europa es como un árbol de frutos variados pero cuyas raíces resultan invariablemente cristianas.

En más de una ocasión el Papa Juan Pablo II, que se distingue entre otras cosas por su sólida formación de humanista y filósofo - en él se hacen visibles las huellas de Santo Tomás, San Juan de la Cruz y Hartmann - ha puesto especial énfasis en recordarnos que Jesús no vino únicamente a completar y hacer definitiva la revelación acerca de Dios sino que, con su figura y con su palabra, mostró cuáles son las verdaderas dimensiones de la naturaleza humana. Perfecto hombre, viene a presentarse como modelo al que deben tender todos aquellos que quieren llegar a convertirse en hijos de Dios, esto es, los que escuchan la Palabra, la reciben y la ponen en práctica; que en estas tres cosas consiste el ser cristiano.

Señor de la Historia. El propio Jesús, en la sinagoga de Nazareth, se refirió a esta circunstancia al comentar el texto de Isaías. Probablemente es este el punto de partida más adecuado para una meditación acerca de este "umbral de la esperanza" en que, desde hace algunos años nos encontramos: cuatro han sido ,recomendados con precisión por la propia Iglesia. Todo el acontecer histórico (cuando se contempla a la luz de la Fe) se encuentra relacionado de alguna manera con el plan salvífico de Dios acerca del hombre. Recordemos lo que San Agustín explicaba con palabras muy precisas: "Dios, que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti". El Concilio ha insistido en este punto partiendo de la llamada universal a la santidad que reclama y precisa de una respuesta. Cada uno de los hombres, nosotros, llega al mundo como consecuencia de un acto que es absolutamente ajeno a su voluntad, pero, a lo largo de su existencia, es dueño y responsable de sus acciones. La Iglesia insiste (veamos sobre este punto la Tertio millennio adveniente) en que el hombre no está sometido, como pretendía la cultura helenística, a un destino ciego e ineludible. Uno de los instrumentos de que Dios se vale en su plan de salvación, es precisamente la libertad humana.

Ahora bien, importa mucho no confundir libertad con independencia irresponsable, un defecto que es frecuente en nuestros días. Desde el punto de vista cristiano la responsabilidad es un componente esencial de la libertad, que es libre albedrío. Para decirlo con otras palabras la libertad no es una condición que el hombre construya por si mismo sino una donación que el Creador ha insertado en la naturaleza de los seres humanos racionales, haciéndolos así singularmente distintos de todos los demás vivientes. Abusando un poco del término podemos decir que, para el hombre, la libertad es un medio y no un fin. Constituye, sin duda, un gran don: permite abrirse a la verdad, desearla, escucharla y adherirse a ella empeñándose en la realización de aquello que constituye el bien. En ella, y en la capacidad racional para el conocimiento, que no se limita a la observación y experimentación, sino que permite alcanzar lo bello, lo bueno, lo justo, radica el secreto de ese futuro que las generaciones actuales deben construir. Por otra parte el hombre tiene capacidad para discernir el bien - ¡qué formidable ayuda proporciona en este aspecto la fe! - mientras que, por otra, está dotado de voluntad libre para elegirlo; cuando así lo hace, se produce el progreso.

3. Entramos ahora en relación con una palabra capital, frecuentemente tergiversada en nuestros días. No faltan pensadores que han llamado, desde fuera del ámbito de la Igle-sia, la atención también sobre este punto y sus consecuencias negativas. Pero aquí, en la reflexión en voz alta que intentamos, hemos de poner particular atención en la doctrina que la Iglesia enseña y que aparece expuesta en muy recientes documentos pontificios: progresar no consiste en acumular bienes materiales y, en definitiva, "tener más" sino en "ser más" es decir, en crecer, aproximándose al modelo de perfección de la naturaleza humana. Los bienes materiales pueden ser poderosos instrumentos que ayuden a ese crecimiento pero son incapaces de producirlo por si mismas. En definitiva de lo que se trata es de lograr incremento en la dignidad de que se halla revestida la naturaleza humana. El cristianismo insiste en recordarnos que en Cristo reside ya la perfección de la humanidad.

La Antropología cultural ha descubierto que, en todas las culturas primitivas, se conserva el recuerdo de que, en el prin-cipio de los tiempos, la naturaleza humana, creada por Dios, experimentó un deterioro de grandes proporciones. Es lo que la Biblia nos explica recurriendo a la conciencia del pecado original que, más allá de las formas literarias, aparece como un acto de soberbia: revuelta y desobediencia a Dios. Desde la simple experiencia humana somos conscientes de la inclinación al mal que se da en los seres humanos, oponiéndose a las ansias de bien, de justicia, en el sentido más religioso que podemos otorgar a esta palabra, y de vida. "Veo lo bueno y lo apruebo, pero sigo lo malo" es un adagio antiguo. Cristo - Jesús para los cristianos, un nombre que constituye una demanda de amor hacia su Persona -- al asumir la naturaleza humana, restableció en el mundo su forma más perfecta. No se trata, para nosotros, de tomar nota de sus enseñanzas, beneficiándonos de ellas, lo que ya seria mucho, sino de contemplarlo como modelo. La vida del cristiano cobra sentido precisamente en los esfuerzos que hace para aproximarse a ese modelo; no importa que partamos del convencimiento de que, incluso en aquellos ejemplos de mayor y más reconocida santidad, sólo nos es posible lograr una aproximación. La imposibilidad de alcanzar la meta es un consuelo para los que nos descubrimos débiles y demasiado proclives a la respuesta inadecuada.

La Fe nos ayuda a comprender mejor uno de los efectos de la Re-dención. La naturaleza humana, que no está definitivamente dañada y es susceptible de recuperación, tiene capacidad de progreso. La ciencia, en sus diversos sectores, presta ayuda inestimable a este progreso, a condición de que tenga presentes todos los aspectos de la naturaleza creada y no se limite a ser únicamente productora de técnicas. Pues lo verdaderamente importante no es el descubrimiento y empleo de la energía atómica, sino la formación sólida que permite al hombre saber cuando y como debe ser utilizada. A lo largo de veinte siglos, el cristianismo ha insistido una y otra vez en este punto, aunque no faltaron quienes, llamándose cristianos, no acomodaron su vida a tal advertencia. Muchos se han revuelto contra ella, considerándola incluso como signo de limitación y retroceso. Conviene insistir una y otra vez: no es licito invertir los, términos poniendo al hombre al servicio de la ciencia cuando debe suceder exactamente lo contrario

4. Recuerdo el Papa Juan Pablo II, en su documento Incarnationis Mysterium dos aspectos, que en esta reflexión que aquí intentamos, deben presentarse como fundamentales: a) que "la historia de la salvación tiene en Cristo su punto culminante y su significado supremo y, b) que esa "verdadera novedad" permanece para siempre "a través de la sucesión de las diversas épocas históricas". Los grandes pensadores, aquellos precisamente que fundaron la europeidad cristiana, lo explicaron ya de otra manera, con palabras adecuadas a su propio tiempo: el devenir histórico se desarrolla en dos planos superpuestos, aunque estén estrechamente relacionados. En el superior se está cumpliendo el plan salvífico de Dios - de la Humanidad caída, por un proceso de concentración a través de Israel, se llega a ese punto central que es Cristo, y desde Él se parte para una comunicación de los; bienes de la Redención a la Humanidad entera - mientras que en el inferior se producen las acciones de los hombres, afectadas siempre por la libre naturaleza que Dios les ha otorgado. Dios se vale también de esas acciones aunque muchas veces no lo entendamos, porque la Providencia vela sobre la Naturaleza, también la humana. A guisa de ejemplo puede valernos el caso de Roma, cuya unidad espacial e interior fueron adecuada preparación para el asiento y la expansión del cristianismo.

Se insiste muchas veces, y no es incorrecto, en declarar que el cristianismo es una religión "histórica" aludiendo al hecho de que hace constante referencia a personas reales, que vivieron en un tiempo concreto, relacionando además los grandes acontecimien-tos coetáneos. El Nuevo Testamento, aparte de su mensaje doctrinal, proporciona a los historiadores noticias muy valiosas acerca del desarrollo de una sociedad en un tiempo concreto. Sus autores lo hacen utilizando expresiones que son concretas, reales y precisas. Todo esto es verdad generalmente admitida. Pero debemos ir todavía un poco más lejos: ese cristianismo ha sido capaz de encarnarse en la sociedad humana, haciéndose cultura, con lo que presta su servicio también a los no cristianos, demostrando de manera indirecta la plenitud de Verdad.

También las comunidades humanas en cuanto tales, son susceptibles de recibir la fe: Juan Pablo II hace frecuente referencia al "bautismo de las naciones". A lo largo de veinte siglos el cristianismo ha crecido en extensión pero también en profundidad, dando múltiples respuestas a los problemas que asaltan a esa misma sociedad. En estas postrimerías del segundo Milenio podemos decir con exactitud que la doctrina de Cristo se ha hecho presente en el mundo entero.

Esto no obsta para que debamos admitir que, estando confiada al esfuerzo de los hombres, la expansión de esa doctrina, en sus aspectos externos, y tanto en sus dimensiones como en su profundidad, ha experimentado altos y bajos. Muchas cosas deben reconocerse en demanda de rectificación: por eso el Papa siente necesidad de pedir perdón por las veces en que los cristianos dejaron de ser fieles a sus enseñanzas. Sin embargo resulta evidente cómo crece sin descanso: al responder a la Verdad absoluta, revelada por Dios, no ofrece cambios ni variaciones, pero si desarrollo, capacidad para dar respuesta a los problemas a medida que estos se van
planteando. El Concilio Vaticano II lo ha recordado con énfasis al poner el acento en la actitud de servicio que para la Iglesia reclama: custodia de esa Verdad que ha recibido, ella tiene respuestas, y las ofrece, no sólo a los cristianos, sino a todos los hombres. Puede abrigarse una considerable dosis de confianza: así como el tránsito del primero al segundo Milenio significó un decisivo paso adelante para la Cristiandad europea, debemos pensar que ese tránsito por el "umbral de la esperanza" signifique también un nuevo empuje. Cierto que todo depende del uso correcto de la libertad.

III. BALANCE DEL PRIMER MILENIO


1. No es ocioso detenerse un tanto para madurar algunas reflexiones acerca de lo que fue el primer tránsito de uno a otro Milenio en la Cristiandad. Señalemos, ante todo, que el Cristianismo -- nuevo y definitivo Israel - nació en lo que entonces no pasaba de ser un rincón del vasto oecumene romano, respondiendo a la promesa que, insistentemente, Dios había hecho a aquella pequeña parcela de la Humanidad que Él mismo, Yahvé - el que es - "se había escogido como heredad". A este acontecimiento que significa "plenitud de los tiempos", las crónicas del mundo helenístico hicieron apenas una referencia breve e imprecisa bastantes años después. Hay, en todo ello, una profunda lección: Dios no escogió, para manifestarse, las formidables dimensiones del poder, la ciencia o la política, como hubiera sido el criterio de los hombres, sino la sencillez y la humildad. Acaso para que de este modo la Humanidad juzgara más correctamente la prodigiosa naturaleza del fenómeno que iba a cubrir el mundo y renovarlo. Lo cual no significa que también se valiera de ellas como instrumentos de preparación: el pensamiento helenístico proporcionará el juego de conceptos mediante los cuales se realizó la propagación de la fe; y a veces se tiene la impresión de que la creación del Imperio romano y la diáspora judía no fueron otra cosa que plataformas para cimentar el Cristianismo.

Profunda es la lección, que tampoco es exclusiva. Una doctrina es fecunda precisamente cuando se introduce en las venas de la sociedad de manera callada, simple, natural. La que corresponde al Cristianismo fue ganando a la sociedad romana desde dentro, creando un modelo de hombre que San Pablo no duda en llamar "nuevo". Entiéndase bien que esto no significaba que rechazara lo que otros hombres lograran antes, en el camino del bien y de la utilidad. Al contrario, mostró voluntad de asimilación y de transformación. No deja de proclamarse fariseo, educado a los pies de Gamaliel, recordando el tiempo en que perseguía a los cristianos, como no olvida comenzar sus enseñanzas en la sinagoga ni acudir al areópago de Atenas para invitarles a llenar ese hueco que se esconde tras la invocación al "Dios desconocido".

La fe comunicada por Jesús y transmitida después por sus discípulos, no hacia referencia a un determinado pueblo ni a un sector preciso: ser griego o romano, rico o pobre, libre o esclavo carecía ya de significación, pues el objetivo final y único era la salud del alma, el ingreso en el Reino de Dios. La igualdad se señalaba en la meta, término de llegada, pues, como en el tópico posterior se diría, "aquel que se salva sabe, y el que no, no sabe nada". Las diferencias entre los seres humanos, intrínsecas o extrínsecas, pasaban a ser coyunturales. La fuerza de la doctrina era, sin embargo, tan grande, que el resultado final, en un trabajo de siglos, seria de avance decidido hacia la igualdad, la justicia social, la paz. Luchando permanentemente con las deficiencias del pecado.

De la triple herencia patrimonial - filantropía griega, ius romano, trascendencia judía -. el Cristianismo supo hacer una síntesis que procuraba nuevos modos: de pensar y nuevas formas de sociedad: necesidad de que las comunidades humanas sometieran sus leyes al imperativo de la moral; desgaste paulatino de los vínculos de dependencia que hacían del hombre una cosa; reconocimiento de que todos los seres humanos, aun aquellos que estaban fuera de la Iglesia, eran susceptibles de convertirse en hijos de Dios escuchando la Palabra y poniéndola en práctica. No olvidemos algunos de los grandes descubrimientos que se produjeron en los primeros siglos de ese primer Milenio. San Agustín, adelantándose en este punto a los científicos de nues-tros días, explicó ya que el tiempo es una criatura y tiene su historia, quedando así al cuidado de los hombres. Viviendo en circunstancias políticas extraordinariamente difíciles añadió que la Ciudad de Dios no coincide con ninguna de las estructuras temporales, pues el secreto de ella reside en el interior de cada ser humano: de modo que son ciudadanos de Dios aquellos que, por amor a Dios, son capaces de llegar al desprecio de si mismos, mientras que son ciudadanos del diablo los que, por amor a si mismos, llegan, como en nuestros días, al desprecio de Dios.

Pongamos también la atención en San Benito y en su capacidad para hacer abstención absoluta (que es lo que significa "contemptus") del mundo; la perfección en la vida cristiana, nos dijo. consiste precisamente en el amor al prójimo cuando éste es el reflejo del amor de Dios. Por eso el benedictismo invitaba al monje y, con su ejemplo, a todos los demás, a manifestarse en su actividad mediante tres dimensiones jerárquicamente dispuestas, de abajo a arriba- como trabajo (opus manuum), estudio (lectio divina) y oración contemplativa (opus Dei) en la que todo culmina. San Gregorio y San Bonifacio, que con aquel forman la trilogía de fundadores de Europa, moviéndose también en esta línea, añadieron que la verdad cristiana - tesoro inestimable que a ningún otro puede compararse - tiene que ser transmitido a los demás seres humanos; sería absurdo y contrario a la ley del amor poseer una riqueza absoluta y negarse a compartirla. Para San Isidoro de Sevilla el fin primordial del saber no es su utilidad práctica sino el conoci-miento correcto de lo que, en si, significa la Naturaleza creada.

Sobre estas bases, conservadoras del saber antiguo, platónico y aristotélico, y reconstructoras también del objeto del conocimiento, y sobre un salto en calidad. que podríamos simbolizar en el número cero, la gran aportación de Gerberto de Aurillac, que sería Papa Silvestre II para ese año l000 de nuestra Era la primera Escolástica logró poner unos firmes sillares para la europeidad. La Naturaleza creada se mostraba ante sus ojos como un cosmos ordenado y armónico, que Dios puso en marcha creando, al principio de todo, la Luz, forma esencial de la energía, y rematándolo con el hombre en quien se dan, al culminar la cadena de los seres vivos, las dos circunstancias esenciales de una capacidad racional para el conocimiento especulativo y de libre albedrío, para operar la adhesión a la verdad. Las modernas hipótesis acerca del origen del Universo en nada estorban a esta comprensión.

Ese crecimiento de "europeidad", cuyas raíces son absolutamente cristianas, no se produjo sin traumas, en ocasiones especialmente dolorosos. Ya en los siglos IV al VI de nuestra Era se habían conseguido los avances decisivos para, sobre el solar devastado del Imperio romano, constituir una comunidad humana que, tras ciertas vacilaciones en cuanto al nombre, se acabarla definiendo como Cristiandad ya que aceptaba que la Fe de Cristo era criterio absoluto de verdad y norma de conducta. A, esto es a lo que se refería Juan Pablo II cuando, bajo las bóvedas de la catedral de Compostela, invitaba a retornar a las "raíces" para que Europa pudiera ser "ella misma" invocando los tres nombres de Benito, Gregorio y Bonifacio a que nos hemos referido. No cabe duda: fueron cimientos de europeidad, la cual consiste en un modo de ser, aceptación de determinados valores en que no hay error.

Pero en los años siguientes, al deshacerse el Imperio de Carlomagno que, por unos años pareció hallarse en el umbral de una nueva construcción, aprovechando la memoria de la romanidad y la fuerza creadora del cristianismo, Europa se vio acometida por tremendas convulsiones sociales y por los asaltos de nuevas y terribles invasiones que nada tenían que ver con la herencia recibida: magyares de la estepa, vikingos depredadores del mar, y sarracenos que contaban con el gran respaldo del Islam, que la redujeron a extrema pobreza, división y violencia. Puede aplicarse a esos siglos previos al año Mil la definición de pecado que la Tertio Millenio caracteriza como haberse "alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio". De nombre, Europa seguía siendo cristiana, pero en su conducta. . . muchas regiones, sectores muy amplios de aquella sociedad parecían haber vuelto al paganismo. Los apodos con que se distinguen algunos de los personajes más sobresalientes resultan suficientemente gráficos. Hay una profunda lección para nosotros: la. incidencia en el materialismo y en la dura crueldad, que ha caracterizado a nues-tro siglo XX, no carece de precedentes. Sin embargo, y a pesar de todo, de aquella situación dramática la Cristiandad emergió. Los efectos de la disolución habían llegado a la misma Roma: basta decir que en los libros de texto el siglo X es mencionado como una "edad de hierro del Pontificado".

Pese a las deficiencias que entonces se registraron - a fin de cuentas los miembros de la Cristiandad se ven afectados por las debilidades humanas - y a que la jerarquía eclesiástica se vio sometida a los poderes laicos - no hay que olvidar que no faltaban entre éstos personas dotadas de buena voluntad de servicio a. la Iglesia - la difusión y enriquecimiento de la fe había continuado. Quiere decirse con esto que habla reservas suficientes para que, en torno al año l000 se produjera una inversión en el sentido de la marcha. Es ridículo hablar de terror milenario, fantasía para novelistas muy posteriores, entre otras razones porque pocas personas tenían entonces conciencia del valor que debe darse a las fechas, como momento de cambio -el año último del siglo se escribía entonces con M y no con ceros y, en todo caso, éstas se inclinaban más a la interpretación jubilar que a otra cosa. Ello no obstante los historiadores se ven obligados a reconocer en el siglo XI una especie de refuerzo hacia la reconstrucción verdadero desarrollo de la Humanidad que iba a proporcionar a Europa la primacía y una especial capacidad para dirigir los avances del mundo.

2. El creciente laicismo, que ha desembocado finalmente en un materialismo agnóstico que pone su confianza tan solo en una técnica muy avanzada, ha tratado de educar a las últimas gene-raciones de europeos en el olvido y, a ser posible, la negación del papel decisivo que la doctrina cristiana ha desempeñado en la conquista de eso que puede llamarse, con razón, Humanismo, sujeto, desde luego, a vicisitudes. No vale la pena entrar en debates ni discusiones estériles. Detengamos, pues, por un momento, nuestra meditación en estos dos puntos recordados directa o indirectamente por el Concilio Vaticano II: el mensaje que Cristo ha confiado a los hombres es una llamada universal a la santidad, que no puede implantarse de golpe sino que debe construirse lentamente, superando muchas deficiencias y obstáculos; por otra parte, si establecemos una comparación, en esa misma coyuntura del año l000, entre esa comunidad humana que hemos llamado Cristiandad y las otras sociedades entonces existentes, descubrimos que aquella poseía ya un núcleo de valores esenciales, que a otras faltaba, y que venía a anunciar las ricas posibilidades de futuro.

El Cristianismo ha aportado, entre otras muchas - necesitaríamos de un amplio espacio para enumerarlas - tres ideas germinales sobre las que es preciso detenernos, convirtiéndolas en punto de meditación. La libertad es un don de Dios, dimensión incorporada a la naturaleza humana y no una cantidad que, en forma de independencia irresponsable, se suma o resta al derecho que corresponde a la persona; su misión consiste en adherirse a la verdad y al bien y cualquier impedimento que se ponga a su recto ejercicio tiene que ser corregido. Entre los impedimentos es probablemente
el primero la desinformación, propaganda de la mentira, la calumnia o la difamación. Afirma nuestra Fe que todos los seres humanos son iguales ante Dios, que Cristo les ha redimido a todos y que todos, finalmente, pueden llegar a convertirse en hijos de Dios si escuchan su Palabra, la aceptan y la ponen en práctica. En consecuencia entre los bienes que deben comunicarse al prójimo ninguno puede compararse con éste de comunicar la doctrina. La tercera dimensión que parece oportuno destacar - fue un gran descubrimiento en el siglo XII y cambió muchas cosas - es la que atribuye a la condición de la mujer - femineidad - un valor indiscutible ya que el propio Jesús, al nacer de María, había colocado a ésta, una mujer, en la posición de la más excelsa de las criaturas.

No hace falta echar mano de muchas disquisiciones para comprender las trascendentales consecuencias que, incluso en el orden de las cosas temporales, se han derivado de estos axiomas. Basta tomar en consideración que la proyección de la mujer al primer plano se ha dado solamente al partir de aquellas sociedades que eran el resultado de unas profundas raíces cristianas. Como en otros muchos aspectos la sociedad que llamamos, occidental ha actuado como educadora. l7

3. Decíamos con anterioridad que sólo un reducido número de lo que significaba esa llegada del año l000 desde el nacimiento de Cristo: entre ellas tenemos que situar al abad Oliba de Ripoll, empeñado en construir una biblioteca y en fomentar los movimientos de paz, y al Papa Silvestre II, aquel Gerberto de Aurillac, que también había pasado por Ripoll y era tenido por uno de los hombres más sabios de su tiempo. Añadiremos un tercero, el. emperador Otón, tercero de este nombre,. que viajó a Aquisgrán para abrir la tumba de Carlomagno. Los tres tuvieron una visión optimista del evento, como debe ser ahora para nosotros: se remonta la etapa de un tiempo largo, construyendo cristiandad. El balance de aquel primer tramo debla servir como impulso para la construcción de paz y concordia entre los cristianos. Ya no había amenazas de bárbaros. Superadas muchas dificultades, las Escuelas anunciaban el desarrollo del saber.

Fue por estos años cuando la Iglesia decidió impulsar aquellos dos movimientos que llamaba de la paz y de la tregua de Dios. Dijo a los soberbios guerreros que aun rendían culto a la espada y le ponían nombre, como si de personas se tratase: si queréis ser cristianos tenéis que poner a salvo de sus golpes a las personas y bienes sagrados, a los inocentes, a las mujeres, a los pobres y también a las cosechas del campo. Luego trató de convencerles de la inmoralidad que significaba combatir un jueves, institución de la Eucaristía, viernes en que se conmemora la Pasión, sábado dedicado a la Virgen Maria o en domingo que es día por antonomasia dedicado al Señor. Convengamos en que una guerra, de espada contra espada únicamente, reducida a tres días por semana, no era cosa muy seria. Pero dejando aparte bromas, que pueden ayudarnos a comprender cómo es preciso emplear vías indirectas, en tales principios se hallaba el germen de una conducta exigible y que ahora llamamos derecho de guerra: el adversario es eso, no un enemigo, y debe ser tratado con el mismo respeto que uno quisiera para si. El prisionero tenia derecho a un rescate. Las escasez de bajas es una de las características de las guerras internas medievales, una norma que no se hacia extensiva a las luchas contra los infieles.

De estos movimientos para la paz de Dios salieron luego instituciones como las Asambleas, que otorgaban a los reinos una representación. Es, por consiguiente, a la Iglesia, que tenía el precedente de sus Concilios, a la que corresponde protagonismo en la invención de esas grandes reuniones en las que se tomaban acuerdos que se convertían en leyes. Tuvieron su origen en Espa5a y esto no debe extrañarnos ya que aquí se contaba con el precedente de Toledo. Con el tiempo las Asambleas cuajaron en la formación de esos parlamentos que adoptan nombres diferentes, según los países, como Cortes, Comunes y Lores, Estados Generales o Dietas.

La Iglesia trató de hacer llegar a quienes ejercían poderes públicos un mensaje doctrinal que invertía los antiguos términos de relación entre soberanos y súbditos, olvidando el "ius vitae necisque" de los antiguos magistrados romanos: los reyes, y cuantos en su nombre actúan - a este respecto la conversación de Jesús con Pilato era decisiva -- son suscitados por Dios a fin de que sobre sus hombros recaiga el pesado deber de ejercicio de una potestad encaminada al bien común. Gobernar dejaba, por tanto, de ser un derecho o, simplemente, un arbitrio, para convertirse en una misión de cuyo cumplimiento Dios mismo habrá de pedir cuentas y muy estrechas. Son palabras, éstas, que encontramos en cartas de Isabel la Católica a su marido. Responsables ante Dios: todos los gobernantes lo son, les guste o no, según esta doctrina cristiana. Y. cuando los reyes medievales reclamaban para si un poder absoluto, no querían decir que fuese arbitrario o despótico - esta deformación vendría después - sino independiente de cualquier instancia superior que no fuese la ley de Dios. Son doctrinas e ideas que, desde los esquemas de un radical laicismo, como es el de nuestros días, se tornan incomprensibles pero sobre las que se fundamentan todas las exigencias de un gobierno justo, obediente a las leyes.

En el siglo XII la Iglesia había conseguido que, al menos, una cosa quedara clara: entre monarca y súbditos existe un deber con-tractual - "Dios, qué buen vasallo si hubiera buen señor", dirá el poeta anónimo del páramo castellano - que pone su referencia en la ley de Dios y los usos y costumbres del pueblo que a ambos obligan. Algunos obispos, profundos teólogos, como John de Salisbury, completarían esta argumentación diciendo que el monarca que incumpliendo su deber, prescinde de esa obediencia debida al orden moral, pierde su legitimidad de ejercicio, se convierte en tirano y "tyrannum occidere non modo licitum est sed aequum et iustum". Estamos, indudablemente, ante un extremo límite para esa doctrina; pero cuando se la reduce a sus justos límites, se descubre la gran dimensión que se otorga a la libertad, pues no es suficiente que una potestad sea legitima por su origen, ya que las órdenes del superior sólo obligan si son conformes a derecho. Antes de iniciar su reinado los monarcas españoles estaban obligados a jurar, delante de Dios y de su Cruz, acatamientos a las "leyes, fueros, privilegios, buenos usos y buenas costumbres" que constituían en esencia las libertades del reino.

Probablemente el paso más decisivo, despegue hacia un futuro que fuese más respetuoso con la persona humana en si misma, se dio en el siglo XI, con ocasión de la que llamamos "reforma gregoriana" la cual constituye un fenómeno complejo. De él forma parte el enfrentamiento entre Papa y emperador, que discutían a quien debía corresponder la iniciativa en la dirección de esa Cristiandad que era considerada comunidad (Universitas christia-nafadna), dotada también de una res publica, un bien común que había que atender con preferencia. Esta batalla, en parte política, que ocupa mucho espacio en nuestros libros de texto, era meramente coyuntural. Lo importante en aquel momento era la floración de unos pragmáticos hallazgos realizados por los monjes: con independencia del status profesional de los hombres y de sus gustos y aficiones, existen en ellos dos dimensiones una espiritual y otra material, que se reflejan bien en el orden social.

La primera es superior a la segunda y de esto no puede dudarse,. pues la doctrina cristiana enseña que el hombre ha sido creado para que busque y encuentre a Dios, alcanzando, como resultado de dicho encuentro, la salvación eterna. Todos los bienes de este mundo - y nadie debe dudar a la hora de calificarlos de bienes, pues lo son - resultan en cualquier caso, muy inferiores a ese supremo que radica en la salvación eterna, fin verdadero y último de la naturaleza humana. La existencia es un plazo de duración incierta, pues no es dado al hombre elegir el momento de su naci-miento ni conoce la hora de su muerte; sin embargo, tratándose de un don de Dios, debe ser aprovechado para contraer los méritos que cumplen para conquistar la vida eterna.

Muchas más cosas podrían decirse. Basta con las que aquí hemos memorizado para hacer comprender que el giro experimentado por la Cristiandad, a la que ahora llamamos Europa, alcanzó en ese segundo milenio cotas decisivas. Tampoco puede olvidarse cuanto de mal estaba adherido a ese bien. La Iglesia da una explicación ya que el" fomes peccati" se encuentra indisolublemente unido al hombre. La posibilidad de rechazar a Dios es algo que se encuentra dentro de las dimensiones de la libertad humana. El trigo y la cizaña crecen juntos. Por eso los historiadores pueden manipular a su antojo la realidad, destacando únicamente aquellos aspectos que más convienen su propósito. Sucede abundantemente en nuestros días que se olvidan de una de las dos caras de la moneda. Vale la pena destacar los aspectos positivos, pero sin olvidar nunca los negativos

4. Los efectos de esta doctrina fueron tan grandes que Europa comenzó a despegarse de todos los demás ámbitos culturales, que permanecieron anclados en valores que, aun siendo positivos, tenían demasiada tendencia a detenerse: la diferen-cia esencial probablemente radicaba en que estos otros tenían de la libertad ese viejo concepto que la convierte en valor añadido y cuantitativo por lo que la esclavitud era dimensión esencial en su estructura económica - durante los siglos primeros de la modernidad los europeos, instalados en espacios lejanos volverían a ella con cierta intensidad - mientras que la Cristiandad, habiendo descubierto su naturaleza de cualidad ínsita en el hombre mismo (libre albedrío) se preparaba, mediante esfuerzo prolongado y titánico, aunque al fin exitoso a declararlo bien común universal. No siempre hubo avances. También fueron notorios los retrocesos: el codicilo del Testamento de Isabel, que declaraba la libertad de los indígenas americanos, fue abundantemente quebrantado.

La Cristiandad partía ya entonces de que el vinculo de unidad entre sus miembros no es otro que el reconocimiento de valores éticos que la Iglesia custodia y defiende con su autoridad. La sociedad contemporánea, que ha descubierto las malas consecuencias que se han derivado de su rechazo, pugna en nues-tros días por encontrar algún organismo que pueda sustituir a la Iglesia en esa tarea de servir de custodia de unos principios que deben colocarse por encima de los poderes de los políticos. Pero fía todo ello a acuerdos y consentimiento, lo que significa some-terse al criterio de los poderosos. La Iglesia no se atribuía a si misma la invención de la norma moral; ésta responde a la ley que Dios ha establecido en el universo.

Por otra parte la Iglesia enseñaba que la autoridad, en cuanto que reconoce y señala qué cosas son buenas y deben por consiguiente procurarse (bien común de la república) debe reputarse como buena en si misma. El poder (potestas) que coercitivamente corrige a quienes no cumplen con su deber, no pasa de ser un mal menor necesario. Desde este punto de vista una sociedad cuyos miembros sean capaces de cumplir su deber sin necesidad de coerción, es en si misma perfecta. Felices los pueblos que no necesitan del poder. Claro es que tal condición sólo puede darse en Utopía, nombre que inventó Tomás Moro, una de las víctimas más notorias del abuso de poder. Utopía significa, precisamente, en ninguna parte. La autoridad, de acuerdo con la doctrina cristiana, se encuentra sometida de tal modo al orden moral que puede considerarse como una proyección de éste.

Esta Cristiandad, que había renunciado al viejo nombre de Europa, tuvo que volver a él en el siglo XV cuando, a consecuencia de su propio desarrollo, hubo de admitir que existían otras Cristiandades no europeas. Para entonces se había dado un proceso de maduración que hizo del siglo XIII uno de los más fecundos creadores de patrimonio para el futuro. Se habla de la "gran paz'' entre l2l5 y l282, refiriéndose a un tiempo en que los reinos europeos anteponían la negociación a los conflictos y es sintomático que en l2l5, siguiendo una trayectoria iniciada en Espa5a, Inglaterra consiguió establecer en un documento feudal colectivo, relaciones de vasallaje entre monarca y súbditos que garantizaban a éstos su libertad. Fue llamado Carta Magna. Es significativo que cuando los políticos actuales tratan de hacer el elogio de las Constituciones por ellos consensuadas, las llaman precisamente Carta Magna aunque quizá desconocen lo que en principio fue.

Como una consecuencia de nuevas relaciones se organizaron entonces Monarquías, algunos de cuyos titulares fueron canonizados; estamos en el tiempo de San Luis, de San Fernando, de Jaime I, de Eduardo I, de Alfonso X, de Rodolfo de Habsburgo. Pero sobre todo fue el siglo de Santo Tomás de Aquino que fue capaz de explicar en términos filosóficos el misterio de la transustanciación que se da en la Eucaristía, haciendo presente la Trascendencia en la inmanencia; dio perfecta cuenta de como en el hombre se dan las dos condiciones de libre albedrío y capacidad racional para el conocimiento especulativo; y definió el ius de una manera tan sencilla y clara como "dar a cada uno lo suyo" (suum uniquique tribuere). La ley, producto del ius, debía regular las relaciones entre los hombres precisamente para evitar el crecimiento excesivo del poder.

IV. ERRORES Y FALLOS QUE DEBEN EVITARSE


1 . La doctrina, pese a los errores que pudieran cometer los cristianos, conservaba siempre una plataforma que permitía el retorno, la rectificación. Fijémonos en las Cruzadas, sobre cuyos excesos la Iglesia se ha visto movida a una demanda de perdón. Desde muy pronto ella había reconocido a la Tierra (Eretz Yisrael) un carácter "santo" y no sólo porque fuera el escenario de la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo sino de una manera especial porque Jerusalem era lugar en don-de se producía el encuentro del hombre con Dios, imagen y anuncio de esa otra "Jerusalem celestial" en el final de los tiempos. Atribuyó a este viaje - terrible peripecia hasta un tiempo cercano a nosotros - un valor absoluto en cuanto a la limpieza que podía otorgar al pecador haciendo de él un"hombre nuevo". Después del año l000, y dentro del. gran movimiento que tendía a la restauración de la dignidad moral en los seres humanos, se fue perfilando la aplicación pragmática de esa indulgencia que otorga, una vez que los pecados hubiesen sido disueltos sacramentalmente, una limpieza completa de las reliquias y suciedades que éstos provocan. Otorgó, además, a Roma y Compostela, comprobadas tumbas de apóstoles, una condición semejante. Dante aplicó a este hecho algunas bellas palabras: Sólo es peregrino el que camina hacia la tumba de Jacobo, romero el qué va a Roma, palmero el que se encamina a Jerusalem». Una idea que Shakespeare completaría explicando que "palma con palma, ese es el beso de los palmeros".

Se trataba de una de las más esperanzadoras consecuencias de la doctrina cristiana. Ningún hombre, cualesquiera que sean sus pecados, puede darse absolutamente por perdido. Siempre es posible alcanzar el perdón mediante "verdadera y fructuosa penitencia". De éstas era la peregrinación el vehículo más adecuado. Pero la Tierra Santa estaba ahora en poder de infieles, que dificultaban el acceso, y habían fracasado los esfuerzos bizantinos para recobrarla. Los guerreros de Occidente, apenas rescatados de su violencia original, decidieron restablecer el dominio cristiano sobre la Tierra, olvidando tal vez la lección evangélica de que quien recurre a la espada por ella perecerá. Entraron en Jerusalem, pero en medio de un baño de sangre, y tomaron del Islam el precepto de la guerra santa. Durante un siglo, aproximadamente los cristianos pudieron permanecer allí, sosteniendo una guerra continua que concluyó, como era de esperar, con la retirada. Decepción sentimientos contradictorios fueron el resultado.

Un día pasó por Jerusalem aquel extraordinario santo de Asís, a quien llamaban Francisco porque de su madre tomara un acento francés para sus palabras. Había completado las tres peregrinaciones y, traía una experiencia directa y personal acerca del amor. No era la espada - no podía ser, en absoluto, la espada - el vehículo que guiara a los palmeros sino el beso humilde que nace del amor a todas las criaturas y de una manera especial a aquel escenario donde tuviera lugar el nacimiento - había que llenar las casas de "belenes" para la Navidad - y la vida entera de Jesucristo. Sin más arma que su hábito, sus oraciones, su radical demanda de amor, los franciscanos se instalaron en los lugares de Palestina. Y allí siguen sobreviviendo a regímenes mamelucos y turcos y de otras variadas especies.

2. Parece que estamos lejos de aquellos umbrales del segundo Milenio que ahora ha terminado, que fueron cumplidamente aprovechados para el crecimiento, aunque la opinión general en nuestros días, tan ignorante o malaventurada cuando se trata del conocimiento de los tiempos pasados, se haya vuelto en contra de ellos. Un tiempo en que Europa se llamaba Cristiandad pues tal era el orden de valores en que se movía. Ahora casi todo el mundo prefiere utilizar el neologismo inventado por los humanistas, calificándolo de "medieval" en un tono de menosprecio que tuerce la comisura de los labios. Incluso muchos cristianos, en nuestros días, invocan la necesidad de renunciar a ese rico patrimonio, como si sólo tuvieran que acordarse de él para pedir perdón. Debemos poner el mayor cuidado en este aspecto: errores en la conducta de algunos o de muchos cristianos, no equivalen a negar la rectitud en los planteamientos. Al cristianismo, que fue capaz de incorporar lo que había de valioso en el antropocentrismo helénico y, en la jurisprudencia romana, debe Europa - y no solo ella - cuanto tiene hoy de valioso.

Europa a su vez, ha educado al mundo. Durante siglos el acceso a la modernidad y al desarrollo ha dependido de la asunción y aprovechamiento de los valores que desde aquí se proponían. Pero esos valores eran, en su origen, cristianos. Una muestra de tal influencia la tenemos en que la conmemoración del año 2000 ha tenido carácter universal, sin referirse únicamente a esa tercera parte de la Humanidad que invoca el nombre de Cristo. Un acontecimiento, tan desconocido en su momento como fue el Nacimiento del Salvador - ni siquiera conocemos su fecha exacta - ha servido como consigna a la Humanidad entera. Tras este hecho subyace sin duda un misterio profundo. Convertido en "católico", que significa universal, el mensaje cristiano, abierto a todos los hombres, incluso a los no creyentes, se ha convertido en viento misionero, haciéndose oir prácticamente en todas partes. De este modo y a pesar de los errores y debilidades de aquellos seres humanos que constituyen la Cristiandad, ha tenido lugar un prodigioso crecimiento proporcionando a todos los seres humanos valores éticos que, especialmente ahora, descubren su gran importancia.

Pertenece a la esencialidad de la fe católica, que nadie más comparte con ella, esa certeza en que Jesucristo se hace real y verdaderamente presente entre los hombres mediante la Eucaristía; esa presencia, desde el momento mismo en que por primera vez se produjo, no se ha interrumpido nunca. Puede replicarse que dicha convicción afecta únicamente a los cristianos. Sin embargo presenta derivaciones y consecuencias que afectan a todos los hombres: trascendencia e inmanencia no pueden definirse como encerradas en si mismas sino que son susceptibles de comunica-ción. El hombre, de hecho, se torna incomprensible cuando se le despoja de la dimensión de su propia trascendencia que le permite - en la práctica le obliga - a dirigirse al mundo, a los demás hombres y, en definitiva, a Dios. Añade la doctrina católica que la dirección es correcta cuando se busca, mediante ella el conocimiento y la entrega, que es lo que nuestros pensadores definieron como amor de dilección, muy distinto de la errónea concupiscencia, que pretende tan solo la posesión. Una de las tergiversaciones más preocupantes entre las producidas en nuestro tiempo radica precisamente ahí: se han puesto limites egoístas al amor y se le ha convertido en una búsqueda de placer. La mujer tiene derecho a tener hijos y, a la inversa, a deshacerse de ellos en la medida de sus deseos.

Explica la doctrina cristiana que la incardinación de la Trascendencia en la naturaleza humana se produjo por medio de una doncella de Israel, Maria, que ha sido reconocida, con toda propiedad como Madre de Dios («Theotokos») en el Concilio de Efeso. Los cristianos de la Iglesia oriental, mejor preparados teológicamente, extrajeron de esta doctrina consecuencias importantes, mucho antes de que lo hicieran los occidentales. En ambos casos, sin embargo, se trataba de una posición dogmática inaccesible a los no cristianos. Pero las consecuencias en el orden social han sido de grandes dimensiones. En el siglo XII, partiendo del reconocimiento de la inmarcesible misión de Maria, se afirmó que siendo ella la primera entre las criaturas se llegó a la conclusión de que la femineidad llevaba en si misma cualida-des excepcionales. Tal fue el comienzo de una revolución de lo femenino que, con altibajos, no dejarla de progresar: basta comparar el papel que se reserva a la mujer en las sociedades de raíz no cristiana para apreciar la naturaleza del fenómeno. En algunos de los textos evangélicos más significativos, Jesús se dirige a su madre llamándola simplemente Mujer.

En María se reúnen la Maternidad y la Virginidad en un mismo acto y ello debería hacernos reflexionar profundamente pues se trata de aportaciones a la dignidad de la naturaleza humana de las que no es posible prescindir sin que esa misma dignidad quede destruida. En nuestros días, e invocando una curiosa "liberación" que intenta conseguir para la mujer muchos de los defectos de que hace mucho tiempo los varones hubieran debido ser corregidos, se impone una tendencia muy desviada en esta línea. Conviene mucho clarificar las ideas. La Iglesia, en su doctrina, no ha tratado de marginar sino de enaltecer a la mujer, invitándola precisamente a emplear los recursos y las cualidades de que dispone.

3. De este modo la Cristiandad medieval abría un horizonte de insospechadas dimensiones, reflejando uno de los aspectos de la Revelación, aquel que se refiere a la dignidad de la naturaleza humana, tan elevada en si misma que Dios la escogió para encarnarse. Todo esto sucedió cuando Europa daba algunos pasos de suma importancia, como establecer las nuevas comuni-dades del saber que se llamaron universidades del Estudio General, redescubría que la Tierra era una esfera girando en el espacio, y enviaba a sus navegantes a perforar las rutas de los mares en busca de mundos nuevos. Ese inmenso patrimonio, trabajosamente adquirido, pero muy fecundo a pesar de la torpeza de quienes lo manejaban pudo ser transmitido a América dando origen a ese hecho, recordado por Juan Pablo II en el primero de sus viajes a aquel Continente, de que la parcela más considerable de la Iglesia cuando reza a Jesucristo lo hace en español. Desde el siglo XV y, precisamente por los cuidados de un Papa, Pío II, gran humanista, Europa recuperó su viejo nombre porque la Cristiandad había dejado de coincidir con sus limites: estaba cruzando los umbrales de la universalidad.

Aparecía, sin embargo, como una Cristiandad dividida. Desde el siglo XI la Iglesia oriental, que prefería expresarse en griego, reclamó su autocefalia y retiró su comunión con Roma, aunque sin modificar, por ello, la fe expresada en los primeros Concilios ecuménicos. Mediante un proceso iniciado en el siglo XIV, ciertos teólogos reformadores, sin dejar de llamarse cristianos, se apartaron de la autoridad de la Iglesia y rechazaron aspectos sustanciales de su doctrina. Vinieron primero dudas en torno al ejercicio de la virtud de la pobreza, como si en vez de desprendimiento, exigiera el despojo de todos los bienes materiales. Embrollos también en torno a la femineidad, pues no faltaron maestros, procedentes sobre todo de las filas del nominalismo que, presentando el ejemplo de Eva, por quien penetró el pecado en el mundo, recomendaban considerarla como un mal genérico del que Maria sería la excepción. Negativa en relación con las acciones humanas como si éstas, encerradas en la pura inmanencia, no pudieran alcanzar méritos en orden a la santidad. Item más, dudas acerca del valor de la razón y de la experiencia humanas que consideraban circunscrita al conocimiento de los individuales concretos, aquellos que pueden ser medidos e instalados en ejes de coordenadas. Las más peligrosas fueron las dudas en torno al libre arbitrio, dañado, según algunos maestros, de manera sustancial e irreparable, por el pecado original. Tal fue la doctrina brillantemente expuesta por Martín Lutero en torno al "servo arbitrio", partiendo de una exagerada interpretación de la doctrina agustiniana acerca de la "massa damnata".

Todo esto Se apoyaba en las corrientes del nominalismo, que rechazaba que los conceptos universales fuesen "complejos significables" como decía Santo Tomás, para reducirlos a meros nombres. La ciencia, según ellas, debía limitarse a la observa-ción y experimentación de los individuales concretos. Esta concepción afectaba a la política pues reducía las comunidades a simples agregados de individuos, y a la misma Iglesia, que dejaba de ser considerada como Cuerpo místico de Cristo para ser la suma de los cristianos. Grupos numerosos, sostenidos por interesados príncipes que veían en ello un incremento de su poder, invirtiendo los términos - "cuius regio eius religio" - para declararse como Enrique VIII cabezas de la Iglesia, se separaban de la Iglesia para declararse a si mismos como iglesias propias, negando la totalidad de la doctrina y sustituyéndola por otra. Desbordados los límites de lo religioso, no hubo diálogo o debate que pudiera permitir algún remedio en el acercamiento, sino ruptura y negación. Las consecuencias fueron muy radicales. Como reyes y príncipes se erigieron en protagonistas del debate, recurrieron a esa "ultima ratio" que es en política la guerra, que fue larga, enconada, y dejó tras de si una estela de creciente violencia que se arrastró en Europa hasta el siglo XX. También las Monarquías católicas se contagiaron de esa tentación que consiste en considerar la religión como una de las actividades humanas que debe someterse a las directrices del Estado.

La autoridad moral de la Iglesia fue rechazada y, desde el Congreso que en l648 puso fin, en Westfalia, a las guerras de religión, se decidió reconocer a los Estados una soberanía total y completa: el término "absoluto", como explicaba Hobbes por aquellos días, despojado de su referencia al orden moral objetivo custodiado por la autoridad espiritual independiente, cobraba las dimensiones radicales que se expresan con la frase de "la voluntad del rey, es ley". Absoluto significaba, pues, autosuficiente: la voluntad del Estado, esa es la ley. Lo que Luis XIV aclaró fue únicamente que "el Estado soy yo". La única atenuación posible de ese despotismo del Estado era hacerlo, ilustradamente, servidor paternalista de la comunidad que forman los súbditos. Como nuestro Carlos III a quien estorbaban mucho los jesuitas porque se empeñaban en seguir sosteniendo que la moral estaba por encima de la voluntad. Tampoco las revoluciones, que liquidaron ese despotismo considerándolo arcaico - "ancien regime" - se mostraron dispuestas a renunciar al absolutismo del Estado: cambian las formas de gobierno pero no se modifica el principio de que la ley, emana de la voluntad de quienes los administran.

Sobre la marcha, el Papa había denunciado los errores que se estaban cometiendo y predijo algunos; de los males que de los mismos se derivarían, pues ni pueden someterse los principios morales, que son objetivos, a la voluntad cambiante del soberano ni reducirse el conocimiento científico a la observación y experimentación. La ciencia tiene que estar enteramente al servicio del hombre, considerado en su totalidad; en eso consiste su verdadera grandeza. Aunque algunos eclesiásticos hubieran incurrido en la debilidad de mostrarse desconfiados ante los avances científicos, la Iglesia no: siempre ha entendido que ese penetrar en la Naturaleza creada mediante el saber, es una de las misiones que Dios ha confiado al hombre. Llama constantemente la atención sobre que el empleo práctico de sus resultados debe acomodarse a los principios morales que ella misma custodia, enseña y defiende pero que no emanan de ninguna arbitraria voluntad.

Rechazado el orden moral objetivo, la paz entre los Estados hubo de ser confiada desde l648, a un "equilibrio" de poderes que impidiera a uno de ellos ser más fuerte que los demás e imponer su dominio. Lo cual significaba una terrible tentación, precisamente para conseguir esa fuerza. Para comprender los resultados debemos hacer un breve repaso a lo acontecido en Europa después de aquella fecha: tenemos las guerras de Luis XIV, la del Báltico y la de la Sucesión de España, la de la Pragmática, la de los Siete Años, las de la Revolución y las de Napoleón, la de Crimea, la del 70, la del l4 y la del 39 para no referirnos más que a las que absorbieron recursos colectivos. Cada una de ellas significaba un hermoso progreso respecto a la anterior en el número de victimas que causaba. Y así hemos podido llegar al terrible holocausto del siglo XX en donde el desorden moral, en diversos países, ha permitido el aniquilamiento sistemático de personas que no habían cometido otra falta que ser lo que eran. Los movimientos revolucionarios de todo signo han erigido sus frágiles conquistas sobre plataforma de cadáveres y sufrimiento. Voces se han alzado desde l945: ha llegado el momento, si queremos evitar que la Humanidad perezca, de construir algún género de autoridad moral a la que los Estados deban obedecer. Es como un rebrotar de conciencia cristiana, aunque muchos se empeñen en no reconocerlo.

4. No puede decirse que los católicos no cometieran errores. Dejar de reconocerlo así no es tan solo faltar a la verdad sino también cerrarse el camino que ilumina la experiencia. Pues del pecado surge la voluntad de rectificar. Muchos -dice la Tertio Millenio adveniente - "se han alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de actuar y de pensar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo". Para decirlo en términos más crudos no han faltado quienes, llamándose cristianos y pretendiendo defender este nombre, obraron de un modo que contradice el ser cristiano. De muchas de estas faltas se siente la necesidad de presentar una demanda de perdón por no haber sabido responder en la forma adecuada, como reclama el comportamiento cristiano. Pero conviene, al mismo tiempo, puntualizar tales extremos ya que quienes combaten a la Iglesia cometen muchas exageraciones y deformaciones. Vamos a ocuparnos a continuación de tres cuestiones que constituyen el espejo en donde tales exageraciones se reflejan.

La Inquisición. Cuando surgieron en Europa los primeros grandes movimientos heréticos, no se limitaron al terreno teológico sino que actuaron como proyectos radicalmente subversivos contra el orden social y político entonces existente, reclamando su destrucción. En casos tales todas las sociedades reaccionan de la misma manera, buscando procedimientos represivos que les permitan ejercer la que consideran legitima defensa. Y en esto, antes como ahora, nadie alberga dudas. Los reyes y príncipes reclamaron para si, en el siglo XII, el cometido de descubrir, juzgar y castigar los delitos declarados como "haeretica pravedad", como hoy se sienten impulsados por el mismo deber hacia los que quebrantan el orden constitucional establecido. Los Papas vieron en esto una invasión del ámbito de la autoridad espiritual y posible fuente de abusos: si una potestad laica, especialmente la del emperador se irroga la función de reprimir desviaciones doctrina-les, no solo esta penetrando en un espacio que no le pertenece sino que puede servirse de ella para desembarazarse de sus enemigos políticos. Ya había empezado a hacerse al equiparar el delito de herejía con el de lesa majestad.

Federico II, emperador que no se distinguía especialmente por su preocupación religiosa, intentó convertir el delito y su castigo en "constitución", es decir, ley fundamental obligatoria para todos. Gregorio IX, uno de los mejores juristas medievales, respondió en l232 a esta iniciativa recordando que, aunque los poderes temporales podían asumir la responsabilidad de castigar a los herejes, sólo la Iglesia estaba en condiciones de decir cuando una doctrina es "herética" y una persona se halla incursa en tal delito. La palabra "inquisición", que no significa más que averiguación, no señalaba en principio una Institución sino el procedimiento judicial- que debía seguirse en tales casos. Para corregir abusos, que comenzaron pronto a producirse, se encomendó a ciertos maestros de la Orden de Predicadores, especialmente preparados, esta tarea. Y San Raimundo de Penyafort redactó las primeras instrucciones que se caracterizaban por ser menos duras que las de la justicia ordinaria otorgando algunas garantías supletorias a los reos.

Esta es la que llamamos Inquisición antigua. Hubo excesos desde el primer momento en los jueces inquisidores, porque la debilidad humana suele prender con mas ahínco en personas investidas de autoridad en orden a la justicia, pues se creen llamados a lograr la depuración completa de sus semejantes, pero en todo caso la Iglesia reaccionó contra tales abusos y logró alcanzar el objetivo que se propusiera de atajar males que sin duda hubieran sido más graves. En el estatuto de san Raimundo sólo los acusados que se negaban al arrepentimiento podían ser "relajados al brazo secular" como impenitentes. Pero conviene advertir aquí que, para la Iglesia, la fórmula buscada del procedimiento inquisitorial significaba, en si misma, un daño: escoger un mal menor equivale siempre a prescindir del bien, y asumir tareas represivas iba en contra de lo que para ella misma resulta esencial, quiere decirse perdonar, atraer y no perseguir. Los reyes se desinteresaron pronto de esta Inquisición antigua porque era un procedimiento que frenaba su poder en lugar de incrementarlo; muy pronto redujo sus funciones, salvo en algunos casos concretos, a una vigilancia sobre la disciplina de los clérigos.

Pero la Iglesia mantuvo el principio y en esto hemos de decir que tenía toda la razón: sólo ella podía decir cuando un fiel cristiano - sobre los no cristianos carecía absolutamente de potestad - se hallaba incurso en delito de herejía. En l46l, reinando en Castilla Enrique IV, el Papa extendió a Castilla este procedimiento porque había surgido el problema concreto de algunos conversos del judaísmo que introducían doctrinas erróneas procedentes de su antigua religión. Y en l480, cediendo a las presiones de los Reyes Católicos, Sixto IV otorgó a éstos facultades para escoger y, sostener jueces inquisidores, considerados necesarios desde el punto de vista de la Monarquía. La nueva Inquisición española se organizó con entidad completa y pudo vincularse al Estado aun conservando siempre una parte de su autonomía. Cuando el mismo Papa Sixto IV intentó rectificar era demasiado tarde: sin embargo es preciso anotar que los esfuerzos de la Sede romana consiguieron al menos limitar algunos excesos. Ni Felipe II ni el inquisidor Valdés lograrán una sentencia condenatoria contra el arzobispo Carranza.

Los historiadores especializados en el tema, cuando analizan los datos objetivos y fehacientes, nos hacen notar que en aquellos países en donde el castigo de la herejía - ninguno dejó de perseguirla desde la religión del propio Estado - se confiaba a tribunales ordinarios, las víctimas y los abusos fueron incomparablemente mayores. Lo que no obsta para ese acto de reflexión que antes apuntábamos: los profundos beneficios que se logran con el perdón de los pecados, se disipan cuando se entra por la vía de la represión. La fórmula inquisitorial no fue buena para la Iglesia. Pero la petición de perdón formulada por el Papa se refiere a determinados métodos y a ciertos episodios coyunturales y no al deber inexcusable y perentorio de defensa de la verdad. Algunos excesos han tenido lugar en los últimos tiempos como si el error hubiera estado precisamente en la doctrina y no en los medios inadecuados para defenderla.

El "caso Galileo", al que expresamente se ha referido la Iglesia, es típico en este desmesuramiento; se le ha convertido en una especie de modelo de abusos e intolerancia, cuando fue más bien una extremosidad producto de la difícil coyuntura. Hoy estamos en condiciones de poner las cosas en su punto, comenzando por reconocer los errores que en efecto existieron y el abuso que, partiendo de ellos, se cometió. Ante todo no podemos olvidar que el episodio transcurre en las especiales circunstancias que se dieron en el Pontificado de Urbano VIII, en un momento en que las guerras de religión estaban en su última y más aguda fase. La Comisión especial designada por la Santa Sede en l98l para examinar los hechos ha insistido sobre todo en un aspecto: los teólogos que intervinieron en el juicio se excedieron en sus funciones, tratando de decidir en cuestiones científicas que, desde luego, escapaban a su competencia. Pero, como el cardenal Ratzinger recordaba a un grupo de científicos españoles en la Universidad de Madrid, también Galileo se había excedido presentando como verdad absoluta una observación científica que, como sucede con todas las semejantes, podría ser revisada por su confirmación, cambio o ampliación más adelante, cuando la ciencia se hallara en posesión de nuevos datos. Hubo un abuso al no respetar la libertad que asiste al hombre de ciencia en su trabajo y esto condujo a algo tan grave como una sentencia condenatoria. Lo que la Iglesia exige de sus fieles que se mueven en el campo de la ciencia, es hallarse dotados de suficiente humildad para admitir que conclusiones suficientes en un momento dado para seguir adelante, deben estar preparadas para que sobre ellas se operen, desde nuevas experiencias, rectificaciones incluso sustanciales. Al mismo tiempo que no reclamen que la fe se someta a esas mismas conclusiones. De esta humildad no estuvo provisto Galileo cuando se vio obligado a una retractación.

Estamos, evidentemente - sin que esto signifique retirar ni un ápice de la demanda de perdón en el caso Galileo - ante uno de los más fecundos aspectos de la doctrina cristiana. El hombre tiene el deber, impulsado por Dios, de investigar y trabajar ampliando el conocimiento científico de la Naturaleza, pero sin dejarse cegar por la soberbia. Cuantas cosas que parecían firmes y absolutamente comprobadas se rechazan ahora. Todo avance debe considerarse siempre revisable, sin que ello suponga menosprecio: son los pasos que conducen a ese crecimiento en el saber qué significa progreso. Si en un tiempo no se hubiera supuesto que la tierra era plana, como aparece en la primera visión, tal vez no hubiéramos avanzado tanto en la redacción de los mapas. La soberbia del científico, tan abundante en los siglos XIX y XX no es nada recomendable. Afortunadamente la ciencia de nuestros días ha abandonado algunos excesos en este sentido.

5. En los últimos tiempos se ha puesto también de moda, especialmente en determinados sectores de clérigos, hacer la critica del sistema de concordatos, presentándolos como índice del sometimiento de la Iglesia a los poderes temporales. Las acusaciones se tornan especialmente agrias cuando se recuerda el que se firmara con Alemania estando ya Hitler en el poder, como si hubiera sido preferible que los fieles católicos alemanes hubiesen permanecido en el vacío jurídico absoluto. Se descubre en estas criticas una dimensión política por parte de quienes, especialmente los que se encuentran fuera de la Iglesia, consideran que ella debía haberse alineado con ellos en una batalla contra determinado sistema político. Nada más incorrecto que presentar las cosas de este modo. La Iglesia debe acudir a todos los medios jurídicos legítimos para asegurar la relación espiritual íntima con sus fieles en los distintos países.

Hagamos un poco de Historia. Los primeros acuerdos - esto es lo que significa exactamente concordatos - fueron una consecuencia del Cisma de Occidente en el tránsito de los siglos XIV al XV. A causa de existir dos, y en ocasiones tres Papas, sin que pudiera percibirse con claridad la legitimidad de cada uno, los reyes pudieron ejecutar una sustracción de obediencia, asumiendo facultades que competían únicamente a la autoridad eclesiástica; en otras palabras como si a ellos correspondiese también el gobierno de la religión de sus súbditos. Al restablecerse la unidad fue necesario reconstruir la dependencia de los fieles respecto a la jerarquía y especialmente a su cabeza, el Papa, reivindicando sus propias facultades. Pero la Iglesia no podía ignorar el hecho de que sus fieles son, al mismo tiempo, súbditos del Estado respectivo, obligado a cumplir sus leyes. Necesitaba, en consecuencia, fijar el marco jurídico que garantizase la libertad religiosa y el funcionamiento de sus propias estructuras y estableciese también las relaciones y competencias de ambas autoridades, espiritual y civil, en el marco de cada reino. Se firmaron, en consecuencia, acuerdos. Sin negar los defectos que pudieran tener, fueron una garantía para la Iglesia, entendiendo por tal a los fieles católicos.

La prueba está en que en aquellos principados en que triunfó la Reforma protestante y los concordatos desaparecieron, también se disolvió la Iglesia. Los soberanos asumieron las funciones religiosas. El rey de Inglaterra Enrique VIII se proclamó a si mismo cabeza de la Iglesia de Inglaterra y el mismo titulo siguen ostentando sus lejanos sucesores de hoy. Es bien cierto que un mundo en el que todos fuésemos exactos cumplidores del deber no necesitaría de leyes, pero mientras esto se quede en los terrenos de la Utopía, los esquemas jurídicos son mejores para la conservación de la libertad.

Después de Westfalia - Francia, cuyo rey se titulaba Cristianísimo, se alineaba junto a las potencias protestantes, siendo gobernada sucesivamente por dos cardenales - esta necesidad de contar con documentos firmados se hizo más aguda, al declararse la autosuficiencia del Estado en todos los órdenes. La Sede romana, rechazada ahora en su papel de autoridad espiritual, pero conservando siempre la superioridad jerárquica que corresponde al Vicario de Cristo en la tierra, necesitaba defender el ámbito de su competencia. Dadas las circunstancias era el recurso preferible. Afirmado el poder absoluto del Estado, y con más razón cuando éste se declara agnóstico o laico, la Iglesia necesitaba, y sigue necesitando, marcos jurídicos firmados por ambas partes, equivalentes a leyes concordadas, para asegurar su propia libertad y la de sus fieles. No puede resignarse a ser una mera organización no gubernamental admitien-do aquello que el Estado, siempre atento a sus propios y peculiares intereses, quiera otorgarle. Es imprescindible negociar, aunque esto no sirve, como en el caso alemán antes mencionado, para otra cosa que para presentar la denuncia por incumplimiento.

Los nombres han variado y ya no se habla de concordatos sino de acuerdos, como si esta disminución en el rango limitara también el nivel de los compromisos. En todo caso no debemos confundir los defectos que en casos concretos pueden surgir con el principio general: siendo los fieles de la Iglesia súbditos tam-bién de un Estado, es peligroso dejar a las autoridades que lo representan sin la contrapartida de compromisos firmados. La experiencia de las persecuciones religiosas del siglo XX - y no me refiero a las cruentas que sobrevienen en tiempo de ruptura, sino a las larvadas que se producen al socaire de la "tolerancia" - resulta aleccionadora.

Ninguno de los errores cometidos por sus miembros ha podido impedir la marcha decisiva de la Iglesia, que se presenta en estos umbrales del siglo XXI con signos cualitativos de extraordinaria madurez - nunca los Pontífices han desempeñado un papel de tanto relieve en sus relaciones con comunidades ajenas al cristianismo - aunque en ciertos países tengamos la impresión de un retroceso de orden cuantitativo. Regiones que hace apenas doscientos años se caracterizaban por la ausencia o minusvalía del catolicismo cuentan ahora con muy fuertes comunidades de este signo. Ningún otro periodo de la Historia registra tanta coheren-cia de alto nivel como la que significan los Papas de los siglos XIX y XX, desde Pío VII.

Pero tampoco podemos perder de vista que la sociedad temporal está experimentando los resultados negativos de la que llamamos "Crisis de modernidad". Esta se caracterizaba por la primacía absoluta que llegó a otorgar a las ciencias de la observación y experimentación, en cuanto que son capaces de producir el avance técnico, dedicando escasa atención a las que se refieren al hombre mismo y a su espíritu. Se ha producido un desequilibrio: estamos en condiciones de despertar las fuerzas de la Naturaleza pero no de ponerlas al servicio del hombre. Una de las grandes tareas para el Milenio que se anuncia, es precisamente esta, lograr una profunda reconversión moral que restablezca el equilibrio: antes de desencadenar las fuerzas tenemos que saber qué vamos a hacer con ellas. Siendo el hombre unión sustancial de cuerpo y espíritu, ninguno de ambos elementos puede ser descuidado.

V. JERUSALEM, ROMA Y SANTIAGO, CAMINOS PARA PEREGRINAR


l. Con mucha frecuencia pasamos superficialmente por encima del hecho de la peregrinación, como si ésta fuese tan solo un modo peculiar de conocer viajando. Las enormes facilidades de comunicación en nuestros días, que han convertido el turismo, incluso el piadoso, en una especie de diversión o de placer, nos impide penetrar hasta las últimas raíces de un fenómeno cuyas consecuencias sobre la cultura europea son bien visibles. En la Edad Media la peregrinación era una terrible penitencia en la que no era difícil perder la vida; por ello se asociaba, inevitablemente, a una profunda y radical transformación interior. La curiosidad, que todo viaje lleva consigo - conocer nuevas gentes y nuevas tierras - se relegaba a un segundo plano porque el sufrimiento era verdadero protagonista. El tiempo "existencia" empleado en la peregrinación, adquiría. nuevas y, profundas resonancias; durante él, la persona perdía su identidad para convertirse sencillamente en un "peregrino", condición que se manifestaba incluso por medio de un vestido especial. Esta palabra, que procede del latín, tiene una significación semejante a esta: viajero que viene de lejos pero convive con nosotros siendo huésped.

Caminos de Tierra Santa, caminos de Roma, sendas estrechas de los valles verdes de Galicia - "camino de estrelas todo o longo do ceu" - enseguida se conocía al peregrino por su atuendo. Entre nosotros los que iban o venían de la tumba del Apóstol, portaban la esclavina para la lluvia, la calabaza para la sed y la venera para la nostalgia del mar allá donde acaba la tierra (Finisterre). Pero en torno al peregrino hallamos la fantasía de la leyenda ilustre, que no por inventada deja de ser profundamente vital. Los peregrinos la enriquecen con sus cuentos, muchos de los cuales nos recuerdan probablemente sucesos reales desorbitados por el tiempo. Quien viaja, tiende a enaltecer con su imaginación lo que puede parecer tibio.

No se practicaba la gran peregrinación como algo transitorio o ajeno: el ser humano, mediante ella, se convertía en sujeto y objeto de cierta veneración religiosa. Quien, a la vuelta de un camino, se encontraba con uno de esos personajes a quien su atuendo identificaba, sabía muy bien que se hallaba ante un secreto, envuelto en misterio. ¿Qué terribles pecados habían quedado allá, en la tierra de origen, para que aquel hombre hubiese decidido emprender la terrible penitencia?. 0, por el contrario, ¿qué luminosa esperanza le sostiene para moverle a un desprecio completo de si mismo por el amor a Dios?. En cualquier caso, algo hay de especial en su figura. Al final del camino sólo tres metas aparecían como dignas del estupendo sacrificio: Jerusalem, donde el propio Cristo usó el grial para la última Cena; Roma. donde permanecen las columnas de la fe, Pedro y Pablo; y Compostela, que abriga los restos del primer apóstol que sufriera martirio, prodigiosamente desvelados por medio de la estrella. Dante lo dice en la Vita Nuova: "sólo es peregrino el que camina hacia la tumba de Jacobo; romero el que va a Roma; palmero si va a Jerusalem".

2. "Palma con palma, ese es el beso de los palmeros"; la frase es de Shakespeare en Romeo y Julieta y aparece asociada a la búsqueda de santidad. Para los cristianos es Jerusalem la ciudad santa por excelencia, aunque no la identifiquen con estructuras políticas, ni con el rey David o la explanada del Templo aunque si reconocen que allí estaba el Pueblo de Israel de "donde vino la salvación". Invocan, en relación con ella, una memoria anterior, la de Melquisedec, que estaba allí cuando pasó Abraham. Jerusalem, monte de Dios, era ya santa desde el principio: santifica y, por tanto, no necesita ser santificada. El propio Jesucristo lo había dicho: era "preciso" que subiera allí pues un profeta debe morir en Jerusalem. Entre sus muros se consumó "la plenitud de los tiempos" el Mesías instituyó la Eucaristía, murió, resucitó y vino al encuentro de sus discípulos. Sin tener en cuenta estos hechos el Cristianismo se torna incomprensible. Existe, a pesar de todo, una específica singularidad pues no es Jerusalem sino Roma, antigua capital del Imperio, la que alberga su Cabeza visible, Vicario de Cristo, pues en ella murió Pedro.

Esta disyunción no parece haber planteado nunca problemas doctrinales aunque en determinados momentos, posteriores al siglo VIII, se expresara fuerte voluntad entre los cristianos de que Jerusalem tuviera que hallarse dentro y no fuera del ámbito de la Cristiandad. Roma es indudable cabeza y a ella corresponde el papel material, intensificado precisamente después de que el espacio de soberanía se redujera a los patios y jardines que forman el Vaticano: desde allí - encima de la tumba de Pedro o en el palacio que cedieran los emperadores - se gobierna espiritualmente el mundo. Es la ciudad santificada por la presencia de los sucesores de Pedro. Jerusalem es, en cambio, la santidad misma, aquella que aparece como desprendida de sus aspectos materiales. En la apocalíptica cristiana la ciudad que al final de los tiempos se imagina descendiendo del cielo, no es Roma, sino Jerusalem, con sus doce puertas como doce son los apóstoles y también las tribus de Israel. Todo esto debe coincidir con la segunda venida del Mesías.

Es preciso retener esta idea matriz que más tarde se comunicará a Santiago: la santidad es algo que impregna la atmósfera que envuelve las piedras y logra la renovación del hombre. Un bien espiritual: sería un contrasentido inaceptable que los dueños materiales de ella impidiesen a los seres humanos acceder a ese supremo bien. Cuando Almanzor saquea Santiago (997) y los selyúquies ocupan Jerusalem, se producen tremendas sacudidas en la Cristiandad. Debe entenderse bien: fuentes de donde mana la santidad le habían sido arrebatadas.

3. Tenemos que remontarnos mucho en el tiempo para comprender el gran fenómeno. Judíos y cristianos compartieron el llanto por Jerusalem, cuando ésta fue destruida, aunque desde opuestas perspectivas. Estamos hablando de los terribles acontecimientos del año 70. Hasta este momento y durante un período de más de treinta años, el cristianismo naciente, guiado por ese "hermano en el abuelo común", para decirlo en términos judíos, que es Jacobo (Santiago "el menor" para nosotros) había permanecido como rama de acebuche, asido al tronco de Israel. Pero el brote nacionalista que se venía incubando, llegó al extremo desembocando en la revuelta militar. Los cristianos dijeron que Jesús ya había anunciado la destrucción del Templo y les había ordenado huir: "cuando viereis la abominable desolación instalada donde no debe - el que lee, entienda - entonces los que están en Judea huyan a los montes" (Mc. l3, l4).

De este modo, cuando el Templo desapareció, los cristianos consideraron el episodio como una señal definitiva: el tiempo viejo concluía definitivamente dejando expedito el camino para la nueva alianza. Así durante doscientos años o más, pues la Iglesia estaba librando una batalla a vida o muerte que no dejaba espacio para otra cosa. Para ella Jerusalem, Nazareth o Betlehem eran sencillas rememoraciones, aunque estaba muy claro en las enseñanzas por ella impartidas que allí estaban las huellas de Jesús en su vida terrena. Los cristianos que allí vivían, de los que hay muy escasa noticia en este tiempo de persecuciones, conservaban cuidadosamente su experiencia: suelo santo, tierra santa, aquella precisamente que procura la santidad. Una experiencia que todavía hoy se advierte con claridad. Hay, allí, algo distinto.

Concluyó la lucha y se produjo el encuentro entre las dos grandes conciencias: Cristianismo y Romanidad, que también incluía el helenismo. Dos grandes personalidades buscaron protagonismo en este encuentro. Helena, madre de Constantino, cristiana desde antes de la paz, emprendió el largo viaje. San Jerónimo, armado de la Biblia griega que llamamos de los Setenta, fue a instalarse en aquellas cuevas en donde tuviera lugar el nacimiento del Salvador. Es precisamente Jerónimo el que se declarará "ciceroniano" invocando la herencia de ese helenismo que debe servir también como instrumento valioso impregnándose de santidad. En ninguno de ambos casos a se estaba buscando la reanudación de una trayectoria histórica. Betlehem parecía a veces gozar de más atención que Jerusalem, pues en ella se había consumado el gran misterio: "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros".

Se buscaban las reliquias evangélicas, los lugares del Nacimiento y las aldeas en que se produjeran predicación y milagros, la Roca que corona Jerusalem, la localización precisa de la muerte y el árbol de la Cruz. Se estaba tratando de construir algo más importante que una estructura humana, más allá del Pueblo elegido por Dios. La Iglesia, que podía proclamar en voz alta que "Christus vincit", estaba procurando una especie de contacto físico con aquella naturaleza que rodeara a Jesús durante su vida terrena: porque ese contacto podía proporcionar a las almas algo que era importante en orden a la salvación. Pues el contacto con el leño de la Cruz, la palma puesta sobre lo santo, santifica. Nació así la primera de las ideas decisivas. Viajar a Jerusalem es ir en busca de santidad.

Manteniendo, durante muchos siglos, la unidad de la fe, la Igle-sia, siguiendo una pauta que le ofrecía también el Imperio, tendía a dividirse en dos sectores distintos con lenguas predomi-nantes, el latín que daba signo a occidente, y el griego oriental que habían conseguido arrinconar a los idiomas anteriores, como el copto o el arameo, entre otras razones por la enorme ventaja que a aquellas proporcionaba su gran riqueza conceptual. La fe iba a mantenerse incólume, hasta nosotros, enriquecida y explicada, pero se iban acentuando las diferencias disciplinares, de liturgia e incluso de expresión en la doctrina pues hay matices que sólo expresados en griego cobran sentido. Excepto en el caso de la ciudad de Roma, donde residía Pedro y en donde era aun posible comunicarse en griego, las iglesias establecidas en occidente, que poco a poco caían en poder de los bárbaros perdiendo incluso su plataforma urbana, aparecían a los ojos de los orientales como meros reductos, obligados al retraso y a la rusticidad.

En el Concilio de Nicea, primero de los ecuménicos, a principios del siglo IV, cuando todavía el Imperio formaba unidad, se había reconocido el carácter apostólico, junto con Roma, a Antioquia, Alejandría y Jerusalem. Ellas eran verdaderas columnas de la fe. No tardaría en incorporarse a ellas Constantinopla, por una simple razón política pues se trataba de la nueva capital para ese Imperio también nuevo al declararse cristiano. Occidente, que contaba con una sola sede apostólica, tendería a cerrar filas en torno a Roma, el sepulcro de Pedro, la tumba de Pablo. Oriente defendía una especie de tetrarquía, definida a veces como "autocefalia" para las sedes patriarcales.

Aunque Jerusalem fuese reconocida como sede patriarcal - no podía dudarse de esta condición, ya que era el centro y cuna de todo - nunca desempeñó papel de protagonista en las grandes querellas teológicas que rompieron aquella unidad que Nicea consiguiera establecer y en las que debemos contemplar, entre otras, influencias culturales del mundo en torno: mientras Constantino-pla defendía la unidad de la persona de Cristo en dos naturalezas y Alejandría trataba de sostener la única (monofisismo), Antioquia se inclinaba por la división, tanto en naturalezas como en personas, que llamamos nestorianismo. Estas desviaciones debilitaron a la Iglesia aunque nunca consiguieron prosperar. Y en medio de todo esto se hallaba Jerusalem porque era otra cosa: a Jerusalem todos dirigían sus pasos porque en su suelo se hacia tangible la santidad.

Muy lentamente, en aquellos siglos de amanecer medieval que conducen a la culminación del primer Milenio, se iba desarrollan-do la idea, cara a los judíos, de que el viaje era una "aliyah", un ascenso que tenía valor lustral, como nuevo bautismo. El culto a las reliquias que se extendía por toda la Cristiandad, dando origen a numerosas falsificaciones, alcanzaba su punto culminante y su valor real cuando al peregrino le era dado "estar" en e Cenáculo, "subir" al Gólgota, "contemplar" la verdadera Cruz. Entonces, y ahora, ese sentimiento real se hace verdadero. Una sociedad que estaba siendo penetrada por el deseo de santidad - Suma Santidad era el Papa convertido en cabeza de toda la comunidad - se veía conducida a afirmar ese reconocimiento. Desde la distancia los latinos contribuyeron poderosamente. Su apocalíptica, tal y como aparece en los Comentarios de Beato de Liébana, hizo de la ciudad una realidad celestial: pues existe una Jerusalem en el firmamento de la que la terrena es apenas un reflejo. Descenderá al fin de los tiempos. se trata, pues, del centro en torno al cual gira todo.

4. La peregrinación contiene uno de los mensajes más llenos de esperanza, pues viene a decir al alma pecadora: por graves y terribles que sean tus delitos, nunca el ser humano puede considerarse irremisiblemente perdido. La santidad del lugar, que hace reales los bienes del alma y renueva la misericordia de Cristo que murió por todos, permite afirmar que siempre hay un puesto para el arrepentimiento, una capacidad, en definitiva, para hacer que el hombre "viejo" se convierta en el "nuevo" a que aludía San Pablo. Es indudable que el pecado, un mal, reclama compensación adecuada al grado de su perversidad. La peregrinación era retributiva. Una vez que el precio ha sido exactamente pagado, mediante esa "vera et fructuosa penitentia", como dice el ritual romano, a veces con riesgo de la propia vida, el peregrino puede reinstararse en la existencia como si hubiera nacido de nuevo.

En unos tiempos difíciles, de construcción de Europa, ese mensaje esperanzador llevaba consigo grandes posibilidades: la recupera-ción de hombres y pueblos se logra no por medio del olvido y la ignorancia, sino del arrepentimiento y la penitencia. Por estos años, posteriores * al siglo IV, comenzaba a dibujarse con lentitud, como un perfume costoso, la conciencia o noticia de que, en un lugar remoto de Occidente, habla otra tumba apostólica que podía completar la de Roma.

Ese perfume medieval ha sobrevivido, en la conciencia española, hasta épocas muy recientes. Jacobo, hermano de Juan (entre nosotros Santiago el Mayor) aparece, asociado en su leyenda a la de la aparición de la Virgen sobre la pequeña columna de Zaragoza como si hubiera sido el apóstol que inició en España la predica-ción de la fe, ayudando después a la recuperación de ésta, cuando estuvo perdida. Tal es el mensaje práctico al que sirven de vehículo leyendas referidas al blanco jinete que cabalga en los cielos. Los historiadores se han preguntado, desde muy pronto, por el qué y el cómo de dicha tradición. Conviene, pues, que, sin renunciar por ello a la belleza de la fantasía, nos centremos en los resultados de una investigación histórica, como aquella tan importante, que emprendieron Uria, Lacarra y Vazquez de Parga hace más de medio siglo. ¿Cómo y cuando se forjó la noticia de que el. hijo de Zebedeo vino a España para predicar, con muy escaso éxito, la noticia de la salvación operada por Jesucristo?.

Precisemos: desde el siglo IV - tiempo que hemos señalado como del retorno a Jerusalem, donde indudablemente Santiago sufriera el martirio - la tradición piadosa de su venida aparece, al menos, en tres autores, Dídimo el Ciego, Teodoreto de Ciro, y San Jerónimo, cuya importancia no puede descuidarse. La noticia aparece completa cuando se dice que los apóstoles habían decidido repartirse los espacios de predicación y que uno de ellos, distinto de San Pablo, había sido asignado a Hispania. A mediados del siglo VI algunos textos bizantinos nos informan taxativamente que dicho apóstol es Santiago y, en la lápida sepulcral del abad Adhelmo de Malmesbury, datada tal 709, se dice expresamente de Jacobo que fue quien "primero convirtió a las gentes de España a la fe". No se dice en ninguno de ellos que la tumba del mártir pueda hallarse en España.

Hasta ese momento la noticia se mueve dentro de los límites de lo verosímil, aunque los historiadores deben constatar que no existen pruebas de que dicha tradición se apoye en noticias verdaderas. Quiero decir que puede ser perfectamente errónea. Los autores eclesiásticos se dieron cuenta muy pronto de la dificultad cronológica que entraña el hecho de que medie apenas un decenio entre la crucifixión de Cristo y el martirio de San-tiago: se trata de - un tiempo demasiado corto para que, en la primera mitad del siglo I alguien pudiera hacer el largo viaje al extremo occidente y regresar después a Jerusalem. Se obviaba esta dificultad diciendo que la brevedad del viaje estaba asociada al fracaso de la primera misión.

Todavía en el siglo VI en la "Historia certaminis apostoli", atribuida a Julio Africano, se enriquece esa tradición jacobea añadiendo detalles que son abiertamente legendarios, aunque tienden a envolver en poesía esa conciencia. Vuelto a Jerusalem, el apóstol, a quien Dios había dotado de poderes sobre los demonios, convierte a dos magos, Hermógenes y Fileto, y esta es precisamente la causa de que sea condenado a muerte por Herodes. Camino del patíbulo cura a un paralítico, estableciéndose de este modo un paralelismo con Jesús. Luego sus discípulos deciden traer el cuerpo a Hispania, ya que ésta era reconocida como el lote de su heredad.

5. Vemos de qué modo la leyenda trataba en todos los casos, el de Santiago, el de Roma o el de Jerusalem, de enriquecer una realidad que se presentaba demasiado escueta en las fuentes escritas. En Tierra Santa la tarea primordial consistía en identificar aquellos lugares asociados a los episodios de la vida de Jesús; no era demasiado difícil especialmente si no se daba excesiva importancia a la precisión en las localizaciones. Los peregrinos, recorriendo dichos lugares, podían ahora impregnarse de espíritu, como si hiciesen una relectura del Evangelio desde su propio escenario natural. En España, en un momento que resulta extraordinariamente difícil de precisar, se incorporó a la leyenda jacobea el episodio decisivo del consuelo de la Virgen, milagrosamente transportada en carne mortal, al apóstol cariacontecido y fracasado. Todo ello sirviendo de soporte gráfico a una profunda doctrina teológica: Maria es corredentora, autora de los milagros que recogen las Cantigas en el siglo XIII, auxilio indefectible para el apóstol y para todos los cristianos.

Surge, en la España del siglo VII, la gran explicación doctrinal de San Ildefonso de Toledo: María, la más excelsa de las criatura, pues ha llevado a Dios en su seno, aparece como punto de unión en ese encuentro entre divinidad y humanidad que Cristo significa. A lo largo de la Edad Media, Santiago y la Virgen aparecen relacionados en una serie larga de milagros que rompen los límites del espacio y del tiempo. Todo esto se encuentra instalado en el ámbito de lo sobrenatural. Canta el gallo en La Calzada, después de muerto. En el cuento de las tres manzanas Santiago resucita al peregrino: a fin de cuentas es una especie de retorno a la vida y al propio ser, lo que el jacobeo espera alcanzar al término de su viaje. Con frecuencia, el peregrino, al postrarse sobre la losa de la tumba hallará junto a él al compañero muerto. Maria arrebata a un monje al cielo convirtiendo un instante en muchos años o sustituirá en el espacio a una monja que ha huido del convento arrebatada por una tentación de concupiscencia. Santiago sostiene por los pies al muchacho injustamente ahorcado, para que pudiera probarse de este modo su inocencia.

Antes de que Muhammad predicara la absoluta sumisión a Dios único, el Islam, y lanzara a sus soldados a la conquista del mundo, la conciencia en cuanto a la significación apostólica de Jerusalem, Roma e Hispania, estaba firmemente arraigada. Ni Constantinopla ni Antioquia contaban con tumbas de apóstoles; tampoco Alejandría, aunque se gloriase de custodiar los restos de San Marcos el Evangelista. De modo que, aparte Éfeso, que guardaba memoria de San Juan, aunque no fuera él su fundador, los tres puntos en donde la tradición apostólica se identificaba con la tierra estaban en aquellas tres ciudades. En pocos años iban a encontrarse en el frente de guerra entre Cristiandad e Islam con peligro de pérdida definitiva.

6. Él año 618, en el curso de una gran ofensiva, Cosroes II Anushirvan, rey de los persas, se adueñó de Jerusalem. Era mazdeo, no cristiano, pero entendía muy bien el significado que tenia la ciudad santa; la pieza más importante del botín que entonces consiguió estuvo constituida por la reliquia de la Vera Cruz. Pasaron diez años antes de que el emperador bizantino Heraclio lograra recobrarla. Fue entonces cuando organizó la más solemne de las fiestas, que aun repetimos, exaltando el retorno a su sede de la más valiosa de las reliquias. Pero apenas habían transcurrido otros ocho años cuando una nueva oleada, musulmana, subía a la colina del Templo sumergiendo la ciudad. El khalifa 'Umar hizo que las pezuñas de su caballo mancillasen los lugares santos que adoraban los cristianos. En aqueos momentos, en torno al 640, no pasaba siquiera por la imaginación de los árabes considerar a Jerusalem como uno de sus lugares santos. Muhammad, el 624, había advertido muy seriamente a sus fieles: ningún buen musulman puede orar con el rostro vuelto hacia Jerusalem; sólo la Meca y su Kaaba gozaban de la condición de la santidad. Hacia ella se dirigen las peregrinaciones.

En julio del 660 Mo'awiyya, primero de los Omeyas, que no dominaba la Peninsula arábiga, se hizo proclamar khalifa en la explanada del Templo de Jerusalem e invitó a sus seguidores a contemplar en adelante la santidad de esta ciudad. Muy pronto un santuario o edículo, luego una mezquita y la curiosa leyenda del caballo del Profeta transformarían también a Jerusalem en ciudad santa para los musulmanes. Los emperadores bizantinos estaban convencidos de que entre sus misiones esenciales figuraba la de recuperar la ciudad santa. Nunca lo consiguieron pero durante más de doscientos años el impulso fue conservado: un día del 975 Juan Tzimiscés consiguió alcanzar Nazareth, pero no pudo ir más lejos. En el horizonte, hacia el mediodía, se vislumbraban los soñados perfiles de la ciudad santa; soñados, en efecto, porque nunca se convertirían en posesión real.

Judíos y cristianos compartían ahora el llanto por Jerusalem, enmarcada en un sentimiento de nostalgia. Un buen tema para las canciones y para las leyendas. Beato de Liébana la insertaba en sus meditaciones sobre el Apocalipsis y los miniaturistas que adornaban sus obras la dibujaban; esto no era óbice a una atención preferente hacia Santiago, más próximo. Desde la misma España el judío Yehudá ha-Levi, entonaba las endechas melancólicas mediante las cuales expresaba un sentimiento; durante siglos estos versos, que forman la Gran Siónida, estarán golpeando en la conciencia judía, y aun hoy pueden escucharse entre los muros de las sinagogas sefardíes del propio Jerusalem: "cuando lloro tu desdicha, soy semejante al chacal, pero cuando sueño el retorno de tu cautividad soy como una lira para tus cantares". Pronto, muy pronto, los caballeros de Occidente, comenzarían a afilar las espadas. Para ello recibieron un impulso que venía también de España. Y de Santiago.

7. Aquella Hispania, que se representaba jacobea en sus orígenes, isidoriana en el saber e ildefonsina en el culto a la Virgen, también había sucumbido el año 7ll. El anónimo autor de la "Continuatio hispana" o "Crónica mozárabe" llamó a este dramático acontecimiento la "pérdida de España". Es evidente que no se refería al derrumbamiento de las estructuras políticas sino a algo más profundo, aquella síntesis de romanidad, cristianismo y germanismo, que permitiera a Juan de Bíclara recordar que España y Bizancio eran como las cumbres paralelas de la Cristiandad. El paralelismo entre Jerusalem y España se acentuaba: en ambos extremos del Mediterráneo el Islam pretendía edificar su casa. Es una leyenda de nuestros días, asentada en términos de propaganda, y que conviene disipar para no encastillarnos en el error, aquella que presenta a los musulmanes como tolerantes, lo que se contradice con la conducta que se aprecia en nuestros días.

Con mayor energía que en otras religiones, el Islam reclama una conducta radical de exclusión: un solo Dios, un solo Profeta, un solo Libro. Los conquistadores, siendo una minoría, tuvieron que otorgar tolerancia religiosa a la población sometida. Pero la tolerancia se ejerce sobre aquello que se considera como un mal y éste debe ser extinguido. Cuando la proporción de musulmanes pudo crecer mediante conversiones que se conseguían apelando a toda clase de procedimientos - los martirios cordobeses no deben ser desechados - los espacios de esa tolerancia se restringieron; al final se exigiría en España de los cristianos y de los judíos, una elección simple entre conversión o destierro. Por otra parte la influencia doctrinal musulmana provocaba desvíos en la fe.

Frente a ambas cosas, la pérdida de España y la amenaza de disolución de la Cristiandad, reacciona la santidad de Compostela. Jacobo, fundamento de la primera fe, debía ser restaurador. Es significativo que el estupendo episodio de la "invención" (hallazgo) de la tumba del Apóstol, tenga lugar en las postrimerías del siglo VIII, cuando se denuncia en la Iglesia sometida al poder del Islam la peligrosa desviación del adopcionismo, en el momento en que Alfonso II busca la integración en Europa por medio de Carlomagno, y Beato de Liébana introduce la tradición jacobea en la entraña misma de la Cristiandad hispana. Imaginemos que una voz corriera por valles y caminos de un cristiano a otro: ha sido hallada la Tumba de Jacobo; es como si se dijera que el cristianismo hispánico ha descubierto sus raíces en el suelo que pisa. La tradición jacobea es suficiente para demostrar que los que combaten al Islam se encuentran en el lado correcto. Si alguna duda pudiese haber allí estaba Santiago para respaldar a los cristianos del norte.

La piedad popular se encargaría de explicar con riqueza de deta-lles el traslado de las reliquias de mártir a Compostela. Así se forma la copiosa leyenda que no necesita siquiera preocuparse por los visos de realidad. Cuando Herodes ordenó la degollación del apóstol, dispuso, para más ignominia, que la cabeza y el cuerpo no fuesen enterrados sino arrojados como comida a los perros. Los discípulos se encargaron de recogerlos depositándolos en un barco que, milagrosamente, en sólo siete días, atravesó el Mediterráneo y, bordeando la Península, llegó a la ría gallega de Iría. Iría - única concesión a la realidad - había sido una de las sedes episcopales de Galicia.

El Liber Sancti Jacobi, cuya redacción actual corresponde al último cuarto del siglo XII, cuenta con serena seguridad los detalles destinados a satisfacer la curiosidad de los peregrinos. He ahí que los discípulos se dirigieran a la matrona Lupa, poderosa en la tierra, solicitando que les donara un suelo en donde dar descanso a los restos del apóstol. Ella, traidoramente, los encaminó al rey Duyo, que odiaba a los cristianos y dispuso para aquellos recién venidos rigurosa prisión. Los ángeles, como hicieran con Pedro en Jerusalem, allanaron las puertas y les devolvieron la libertad. Se repite la historia del éxodo judío: Duyo envía a sus soldados en persecu-ción de los fugitivos pero perecen todos prodigiosamente como ya sucediera con los carros y caballos del faraón. Lupa, entonces los encamina a un monte donde pastan los toros salvajes, confiando en que estos les den muerte, pero lo que encuentran es un dragón - la leyenda adquiere aquí perfiles germánicos -- -que revienta cuando sobre él se hace la señal de la cruz. Superadas las pruebas, Lupa acabará sometiéndose y recibiendo el bautismo. De este modo los fieles jacobeos encontraron la tierra que necesitaban para la tumba.

Sigamos el relato legendario, sobre el que se forma la conciencia final. Muchos años pasaron encima del sepulcro ignorado que guardaba en su seno caudales de santidad. Hasta que vino el tiempo glorioso en que fue "hallada" bajo el signo de la estrella como la que guiara a los magos. Alfonso II, que había recibido de los ángeles también ese signo de predilección que custodia la catedral de Oviedo, ordenó levantar la primera iglesia. Estamos; pues, en posesión del "campo de la estrella", esto es, Compostela. Si dejamos ahora a un lado las leyendas populares, buenas para alimentar perfumes románticos, descubrimos que cosas muy importantes nacieron para Europa con el hallazgo de la reliquia jacobea. En primer término que este rincón de Galicia otorgaba garantía absoluta de un origen apostólico también para la Iglesia en España, poniéndola a cubierto del error. Además, que en ese suelo ha brotado una fuente de santidad como las que manan en Jerusalem y en Roma. Santiago había vuelto para ayudar a los españoles en la defensa de su fe y los fuertes guerreros le verán cabalgar como ellos, siendo blanco el caballo como corresponde a una criatura celestial.

Ahora hay dos Santiagos: aquel que se rememoraba en la tumba del abad de Malmesbury al decir que el hijo del Trueno había traído a España la fe; y aquel otro, vinculado para siempre a Compostela, que se la devolvía. Algunas veces ese Santiago segundo se identi-ficaba con el espíritu mismo de la reconquista que proporciona a España un destino mejor que el de Jerusalem, ya que la "pérdida" del 711 fue finalmente remediada. La principal Orden de caballería fue puesta bajo la advocación de Santiago, cuyo nombre se reproduce en numerosas e importantes ciudades de América. En un gesto deliberado los reyes Fernando e Isabel dispondrían, en la amanecida del 2 de enero de 1492 que fueran caballeros santiaguistas los primeros que entraron en la Alhambra de Granada dando fin al largo proceso.

8. Entró en juego, muy pronto, el nuevo factor de la peregrina-ción. Se trata de una práctica piadosa que aparece en las tres religiones que invocan el nombre de Abraham como una especie de padre común. Sin embargo, no deben confundirse pues cada una asume distinta significación. Para un musulmán el viaje a la Meca es una obligación impuesta, sin cuyo cumplimiento algo queda incompleto en su persona. Para un judío la vuelta a Jerusalem, invocada en la oración durante siglos - "el año que viene" - es un anhelo del alma, una alliyah o ascenso a la vez interno y externo, que permite el crecimiento del hombre. Para un cristiano es la búsqueda de la santidad. Por eso no hay un lugar: único: peregrinaciones menudas a lugares cercanos son perfectamente compatibles con las tres grandes que hemos señalado.

Esto no quiere decir, en modo alguno, que no haya en la peregrinación cristiana un "ascenso" y una meta que permite cre-cer y que completa el filo de la existencia. Un curioso sentimiento se esconde tras el cuento del príncipe peregrino a quien su caballo desbocado arrojó al mar para que el Apóstol le sacara de allí cubierto de conchas. Porque, si no, ¿a qué ese afán de proveerse de una venera que es como la señal de que Jacobo también nos acompaña en el viaje?. Insistamos en lo antes mencionado: tal viaje es una parcela de la existencia, una profesión, que sirve para convertirse en otra cosa. Era algo muy distinto de la conducta de los que iban a Paris para que el rey, tocándolos, les curara de la escrafulosis: no eran peregrinos que transformaban su vida interior sino pacientes que buscaban los servicios médicos de un taumaturgo.

Descubrimos la diferencia entre el punto de vista judío y el cristiano en ese encuentro entre el rey Jaime I - que llevaba ese nombre de Jacobo por una muy singular decisión de su madre - y el, famoso rabino Moshe Nahmánides, intercambiando sus propias experiencias. Pues el judío dijo entonces que no estaba seguro de que cualquier miembro de la Casa de Israel que no deseara vivir en Jerusalem estuviera libre de pecado. Para los judíos la ciudad santa pertenece al ser - las cenizas de un muerto sólo pueden ser levantadas para llevarlas a Jerusalem - mientras que para un cristiano esto se relaciona con el estar. No se trata de vivir en Jerusalem, pero si de beneficiarse con la "verdadera y fructuosa penitencia" que el viaje produce. En cambio, desde el punto de vista religioso, el destino de Israel sólo puede cumplirse en Jerusalem. Sería conveniente que los grandes políticos actuales estuviesen informados.

Apenas unos años antes un hombre absolutamente desprendido del mundo, Pietro Bernardone, a quien llamaron "francesco" porque hablaba el italiano con acento francés, tras haber realizado las tres peregrinaciones, supo explicarlo, recogiendo la dolorosa y fallida experiencia de las cruzadas. No se trataba de ejercer un "dominio sobre Jerusalem" sino de beber en ella el agua que salta hasta la vida eterna; esa "agua viva" que procede de Jesús y constituye la santidad. Roma y, Santiago le habían permitido experimentar la misma alegría. Es aquella que los peregrinos, al remontar la última cuesta y contemplar la panorámica de las torres de Compostela, expresaban mediante un grito de júbilo, "mon joie" que ha dado origen al nombre de Manjoya. Hay, cerca de Oviedo, otra Manjoya que responde a sentimientos semejantes relacionados con las reliquias de la catedral.

Insistamos en este punto. Posee dimensiones excelentes para el empeño en que se encuentran las generaciones actuales pretendiendo construir "europeidad". En la raíz misma de la cultura cristiana la peregrinación ha puesto ese principio que arriba hemos enunciado; todo hombre, cualesquiera que sean sus pecados, se encuentra en condiciones de obtener el perdón, si se arrepiente, retornando a una vida nueva. De este modo se introdujo una nueva conciencia, de que la pena impuesta para corrección de los delitos debe ser sanadora y no simplemente vindicativa. Muchos siglos han sido necesarios para que esta idea fuese aceptada, al menos desde el punto de vista teórico. Cuando el palmero, romero o peregrino volvía a la tierra de donde saliera era ya un hombre nuevo, renacido. Es preciso tener en cuenta las duras condiciones del viaje para comprender el valor "purificador" - como el metal que pasa por el fuego - que la empresa tenía. Tampoco debe descuidarse el hecho de que las grandes peregrinaciones provocaban ausencias prolongadas, muy convenientes para el olvido.

9. Por encima de todos, Jerusalem ofrecía mayores garantías; a la enorme dificultad del trayecto se sumaba el hecho de que fuera escenario de la Pasión. En toda la redondez de la tierra ningún otro lugar podía emularle. En la primera etapa del desarrollo político del Islam, con los Khalifatos Omeya y Abbasida , sobrevivieron allí comunidades cristianas y posible el acceso con ciertas condiciones. Escasas son sin duda las noticias que tenemos de los peregrinos, pero es indudable que en los siglos IX y X, su número fue creciendo. Progresos en la marina de las primeras repúblicas italianas e iniciales contactos mercantiles se asocian a este hecho. Desde Venecia era posible alcanzar las costas de Tierra Santa.

Pero en el siglo XI se produjo un relevo dentro del Islam: berberiscos, salidos del interior de África, de los valles del Atlas y del desierto, en occidente, y turcos venidos de las estepas de Asia central en oriente, tomaron el relevo de los regímenes árabes estableciendo sistemas militares más rigurosos y también más exigentes en cuanto a la fe. Los recién alzados al poder, que se definían a si mismos como estrictamente musulmanes, suprimían con toda lógica las matizaciones tolerantes que los árabes mantuvieran. Sabemos que, al menos desde 1065, los peregrinos, para llegar desde la costa a Jerusalem, tenían que agruparse y disponer de armas en su defensa; en ciertas ocasiones se produjeron luchas en el camino. La noción del empleo de la fuerza tiene, pues, orígenes remotos.

Coincidía este cambio con otro, muy profundo, experimentado por la sociedad europea. Un vasto proceso de reforma que, durante los siglos X y XI, sacudió las estructuras de la Iglesia, acostumbró finalmente a dicha sociedad a considerarse como una comunidad en la fe ("universitas cristiana") antes que ninguna otra cosa. Podían discutir el Papa y el emperador acerca de a quien correspondía guiarla, pero no había la menor duda en cuanto al signo de identidad: Cristo, Dios y hombre, era su fundamento. Los no bautizados podían ser tolerados como huéspedes, no formaban parte de la comunidad. Los teólogos comenzaban a poner el acento sobre el hecho de que la Iglesia es Cuerpo místico de Cristo, de modo que las gracias espirituales de éste y las acumuladas en el tiempo por aquella, podían comunicarse a todos sus miembros.

Todos los pecados podían ser perdonados siempre que hubiera arrepentimiento, confesión sacramental y "verdadera y fructuosa penitencia". Ninguna podía equipararse a la de las tres grandes peregrinaciones. Podía suceder, como fue el caso de uno de los condes de Barcelona, que fuera impuesta para la eficacia del perdón. Había en ello una verdadera justicia retributiva: crímenes tan horribles como el fratricidio o aquellos que obligaran a calificar de "Cabreta" al conde 0liva, reclamaban el agua que bautizara a Cristo, los caminos que Él recorriera, la atmósfera impregnada de la Pasión y, la Resurrección. No era frecuente que el pecado se presentara bajo características tan terribles.

El cristianismo así conformado, había convertido los lugares de alta peregrinación en un producto de primera necesidad. Después del año 1000 ni Compostela ni Roma corrían peligro de perderse; pero esto mismo hacía que se contemplaran las circunstancias de Jerusalem como lamentables. Tras la derrota de Manzikert (1071), Bizancio, a la defensiva, había renunciado a sus aspiraciones de reconquista de los santos lugares: podía temerse incluso que los turcos llegaran a apoderarse de Constantinopla. Al socaire de estos graves acontecimientos militares se produjo una novedad muy importante en la Iglesia: aceptar que el uso de la espada, teniendo en cuenta los fines con ella perseguidos, pudiera integrarse también en esa "verdadera y fructuosa penitencia". La primera vez que tenemos constancia de este hecho - guerra al servicio de la cruz - es en 1063 cuando una expedición se pone en marcha desde Francia para la conquista y socorro de Barbastro. En 1087 se otorga similar reconocimiento a los caballeros borgoñones que, después de Sagrajas, acudieron en socorro de Alfonso VI: uno de ellos, Raimundo, será señor de Galicia y decidido impulsor de Compostela. En un documento de Urbano II, del año 1089, se induce a los caballeros peregrinantes a cambiar el viaje a Tierra Santa por el socorro a Tarragona.

Nació así la idea de la "indulgencia": no sustituye al arrepentimiento ni a la confesión sacramental, imprescindibles, pero se inserta en el espacio de la penitencia que se necesita después del perdón. Ninguna tan completa como la que ofrecía Jerusalem y, a imitación de ésta, Santiago y Roma. No tengamos en cuenta ahora los defectos ni las críticas, a veces farisaicas, y pensemos en los grandes aspectos positivos de esperanza, alegría, reconstrucción interior, limpieza del alma, pues sólo entonces nos daremos cuenta de la enorme importancia que, más allá de la intención de sus contemporáneos, esta práctica llegaría a revestir.

l0. ¿Que pasó en Clermont Ferrand en noviembre de 1095?. Con la experiencia española, bastante positiva, el Papa Urbano pretendía responder a la demanda de auxilio formulada por el emperador de Bizancio enviando un ejército de socorro que permitiera rechazar las acometidas turcas y preparando así el acercamiento entre las dos Iglesias, latina y griega. Se introdujo en la convocatoria una referencia a los Santos Lugares que ahora se hallaban en manos del enemigo secular. Pero los caballeros francos entendieron que se les invitaba a recobrar Jerusalem, limpiando con ello todas sus culpas, y así partieron con la señal de la cruz sobre el pecho, esperando, al retorno, llevarla sobre sus espaldas. Peregrinación armada, a fin de cuentas, y al más alto nivel.

Fueron en dos grandes oleadas. La primera en desorden, causando mil tropelías por el camino, apenas si consiguió otra cosa que blanquear con sus huesos las zonas litorales de Asia Menor, próximas a Bizancio. la segunda, compuesta por la caballería feudal, dotada de gran experiencia en estas lides, pudo abrirse camino, con gran esfuerzo y terribles pérdidas, hasta alcanzar el 15 de junio de 1099 la propia ciudad de Jerusalem. Fue aquel un día de luto, para la ciudad y para la Cristiandad entera: el sepulcro y la iglesia levantada sobre él, tuvieron que ser limpiados de sangre y de cadáveres, antes de que pudiera celebrarse de nuevo el santo sacrificio de la Misa. Los términos parecían momentáneamente invertidos pues en lugar de arrepentimiento, penitencia y santificación, triunfaban la violencia con exaltación de victoria. Era como si el mandato de la guerra santa, propio del Islam, se hubiese transferido a la Cristiandad.

Durante noventa años, poco más o menos, los tres lugares santos por excelencia, estuvieron en manos cristianas. La peregrinación se intensificó. Paralelamente se había aceptado también que la espada, en determinadas circunstancias, podía ser vehículo de santificación. Nació, con las ordenes militares, una nueva forma de vida religiosa, en la caballería. En Palestina se hizo el ensayo de crear un reino sacralizado aplicando a sus instituciones los principios feudo-vasalláticos de una forma que podríamos calificar químicamente pura. La población árabe cristiana o sirio-palestina, que había sobrevivido bajo el dominio musulmán, fue colocada en ese rango inferior que denotaba su nombre, "poulains", que no era servidumbre pero si alienación del poder y del rango que procura la espada. Esta era monopolio de una minoría militar dominante, los "francos", organizada en estricta jerarquía. Se trataba de un reino cristiano incrustado en tierra musulmana, obligado a defenderse como si fuera una fortaleza permanentemente asediada.

En ese territorio se prohibió la existencia de judíos. A pesar de todo algunos siguieron allí, aunque siendo minoría rigurosamente marginada. Estaban de hecho, aunque no de derecho. Recordemos la significativa leyenda que se refiere al poeta sefardí, Yehudá ha-Levi, el autor de la "Gran Siónida" antes mencionada. Arrastrado por la nostalgia de Jersulem, emprendió el viaje en torno al 1140: un jinete árabe, que le confundió con un cruzado, le dio muerte con su lanza, mientras contemplaba las murallas de la ciudad soñada.

Las bases de partida para aquella cabeza de puente en el Oriente Próximo estaban repartidas por la Cristiandad entera: de ella venían las reclutas que aseguraban el poder militar para la defensa. Las Ordenes militares se dividieron en tres sectores, Temple, Hospital de San Juan y Santa Maria de los teutones, de los que los dos primeros eran multinacionales: teóricamente su papel primordial absoluto se ligaba a los peregrinos, asegurando el acceso a los lugares santos. España quedaba un tanto al margen de modo que no tardó en organizar sus propias Ordenes, Santiago, Alcántara, Calatrava y Montesa, sin que dejaran de estar fuertemente presentes Temple y San Juan.

Haz y envés: la vida religiosa de la caballería ennobleció el servicio de las armas, creando eso que más tarde se llamaría espíritu militar. Es espíritu porque pretende manifestar determi-nadas virtudes muy específicas: la hermandad convertida en camaradería, el culto al honor y a la palabra dada, el respeto al adversario y la exigencia del valor. Todo aquello que, enraizado en signos de europeidad, ha llegado hasta tiempos muy próximos a nosotros, justificando el establecimiento de unas normas de derecho aplicadas a la guerra. Había, seguramente, en todo esto, un peligro de identificación del cristianismo con el espíritu mismo de la caballería. Puede añadirse que, a través de las Ordenes, en los siglos XII y XIII, el hermanamiento entre las dos fronteras y, entre los dos lugares santos, Santiago y Jerusalem, se hizo más estrecho.

11. A principios del siglo XII la influencia borgoñona colaboró en una nueva promoción jacobea. Apoyado por el Papa Calixto II, que era tío del rey Alfonso VII, futuro emperador, consiguió Diego Gelmírez convertir en metropolitana su sede de Santiago, alzándola así hasta el nivel más alto de la jerarquía. Ahora podía decir que Compostela estaba en ese mismo grado que ostentaban las iglesias madres de la Cristiandad. Simultáneamente se destacaba el papel decisivo que aquel lugar de peregrinación desempeñaba en ]la vida de Europa. Comenzó la transformación arquitectónica de su catedral; se comprueba, dentro del mismo siglo, el trabajo en ella del maestro Mateo. El monumento, con sus esculturas y pinturas, era un libro de doctrina para uso de iletrados.

En aquellas piedras los que no sabían leer y escribir, aprendían una historia que los clérigos, en sus sermones y discursos, les explicaban. Cobraba dimensiones especificas el Reino de Dios, del que los peregrinos formaban parte. Este Reino, incoado en este mundo, constaba con dos etapas: en la primera entraban los reyes y profetas del Antiguo Testamento; en la segunda los apóstoles, santos y, nuevos reyes. Cristo es el centro y señor de toda esa Historia, pues los acontecimientos conducen a El o proceden de Él; exactamente como procuraban hacer los peregrinos yendo y tornando de Santiago, ya que eran conscientes de que allí se comunicaban el cielo y la tierra. El pórtico de la Gloria se encargaba de explicar la verdadera doctrina: los pecadores no arrepentidos eran precipitados en el infierno por bestias andróginas inmundas; los purificados llevados ante el trono de Dios por coros angélicos.

Tumbas de Jacobo en Compostela, de Pedro en Roma, de Cristo en Jerusalem, tal es el paralelismo. Aunque también existen diferen-cias. La convivencia con el Apóstol en Galicia es más próxima: se pasa junto a él para entrar en el templo; se besa la piedra que acusa pronto el desgaste; se le da un abrazo antes de marchar. El "señor Santiago" es compañero, amigo, intercesor del peregrino. Durante el reinado de Alfonso VII, que inaugura la dinastía de Borgoña, se consolida una conciencia de que España, "tota Hispania" se define como espacio específico dentro de la Cristiandad europea. Regido solidariamente por: cinco reyes - más tarde solo cuatro - es una obra de servicio a Dios ya consumado bajo el patrocinio de Santiago. Es el apóstol quien arma caballero a los reyes, por medio de ese artilugio que aun custodian las Huelgas de Burgos. "Santiago y cierra España" es algo más que un grito de batalla; comporta una definición.

Peregrinos, pues, y caballeros: ambas vertientes se encuentran en los caminos de Compostela y de Jerusalem, distinguiéndolos de los otros lugares de devoción, próximos o lejanos. Junto al viaje que busca lucrar el beneficio de la indulgencia, ha surgido un modo de vida. A través de ella, como a través de la prueba de fuego, el alma se transforma, incluso exteriormente. Los años de "gran perdonanza" - que como todo el mundo sabe son aquellos en que coincide en domingo la fiesta del Apóstol - muchedumbres de viajeros acudían a Santiago desde lugares a veces muy lejanos, confesaban sus pecados, incluso aquellos que se "reservaban" al Papa y tras lograr tal baño de la santificación, mostraban en bailes y canciones la alegría de verdaderos neófitos.

Volvamos la página, pues la peregrinación, como forma de vida, ha creado también sus aspectos negativos. Podríamos extendernos largamente sobre la picaresca del camino o sobre las reyertas entre los propios viajeros que pretendían asegurarse un lugar próximo al amado sepulcro o sobre las estafas que se cometían contra los ingenuos. Uno de los más frecuentes timos en Santiago era el cometido por aquellos clérigos, verdaderos o falsos, que se hacían pasar por confesores autorizados imponiendo como penitencia el estipendio de cierto número de misas a cargo de un "sacerdote sin pecado". El penitente quedaba perplejo: ¿dónde hallar una cosa tan rara?. Era entonces cuando el falsario se brindaba a actuar como mediador ya que él conocía alguno de esta condición, recibiendo el dinero correspondiente. Es humanamente inevitable que la picaresca florezca al lado mismo de la abnegación.

El camino era vida, con altibajos. Posaderos generosos y caritativos al lado de otros astutos e infieles. Almas misericordiosas al tiempo que ladrones. Penitentes profundos en contraste con falsarios que buscaban la limosna. Y hasta un oficio que permitiera pasar la vida sin tener que ganar el sustento de cada día. Algunas veces surgía la confusión a causa de las dificultades para distinguir el verdadero del falso. Hasta la picaresca afecta al corazón humano.

l2. A finales del siglo XII el Islam encontró un rayo de la guerra que tomó para si el significativo nombre de Salah ed -Din. Unió en una sola mano Egipto y Siria, destruyó la caba-llería del Temple en Hattin (1187) y recobró Jerusalem. Trataba de expulsar a los cristianos de Tierra Santa. Provocó una fuerte reacción, pero abrió también caminos. A su lado aparece como médico y pensador, uno de los judíos expulsados de España por los almohades, Maimónides, que trabajó para restablecer la comunidad judía en aquellas tierras. Es una especie de coincidencia significativa que la tumba de Maimónides se encuentre a corta distancia del campo de batalla de Hattin. "De Moshe a Moshe no hay más que Moshe", dice el proverbio judío.

Parecía cerrarse de nuevo el camino de Jerusalem, lo que significaba beneficio indirecto para Compostela. Los cristianos de Palestina, arrinconados contra la costa, trataron de resistir y en su ayuda acudieron los grandes reyes, Federico Barbarroja, el alemán, Felipe Augusto, el francés, y Ricardo de Inglaterra a quien llamaron Corazón de León. Ni los cruzados consiguieron recobrar la ciudad santa, ni Saladino logró expugnar las fortalezas de la costa. Por eso el emir propuso, el 3 de septiembre de 1192, una fórmula de compromiso: separar el hecho religioso de una tierra que mana santidad del dominio político de la propia ciudad. Estaba dispuesto a garantizar a los peregrinos que viajasen sin armas si se establecía el cese de las hostilidades. Para los "francos" era una especie de renuncia al verdadero espíritu de la cruzada. Ricardo, que aceptó el trato, fue acusado de "traición". Pero el acuerdo seria confirmado en mejores condiciones todavía por el emperador Federico II en 1229. Se trataba de un proceso irreversible: la reconquista de los Santos Lugares debía considerarse como capitulo cerrado. El calificativo de "cruzada" pasó a emplearse para cualquier guerra en que estuviesen en juego los intereses de la Cristiandad o de la Iglesia, dando lugar, desde luego, a muchos abusos. Pero se estaba desarrollando, con nuevo vigor, el espíritu de la peregrinación

Entre los años 1219 y 1220 un hombre singular pisó las estrechas calles de Jerusalem: San Francisco de Asís. Completaba el ciclo de las tres peregrinaciones. Con alma sencilla, como la de los niños, le gustaba reconstruir con figuras la escena inicial del Nacimiento. De ahí tiene su origen esta costumbre. De su peregri-nar extrajo, por otra parte, San Francisco, algunas consecuen-cias. Seguro en su fe que le orientaba en el amor a Cristo y a todas las criaturas, antiguo cruzado repleto de decepciones, despojado de todo menos de su propia persona, entendió muy bien la distancia que separa el sentido espiritual que envuelve los cielos y las piedras de Jerusalem, de las formas del poder político o militar. Con independencia de quien fuese su dueño aquellos eran los lugares santos. Tras él vendrían los franciscanos; para no desertar jamás. Con paciencia reiterada, arrostrando sufrimientos que sería imposible recordar, los frailes han ido creando, en cada uno de los puntos señalados, una casa para la oración. Resistieron los sucesivos poderes de mamelucos y otomanos, y aun los difíciles de nuestros días. Pero salvaron lo que era importante. Ese Jerusalem cristiano, sustancialmente árabe, guiado por los mendicantes y nutrido por viajeros que vienen de todas partes, ha conseguido sobrevivir.

l3. Desde el siglo XIII, cuando menos, al madurar en Europa la conciencia cristiana que alcanzaba a todos los rincones, la peregrinación entró de lleno en el sistema penal. Era una vía sustancial para la reconciliación. Desde 1300 los Papas toma-ron la decisión de proclamar en Roma un Año Santo que venía a ser como la oportunidad a todos y cada uno de los cristianos, para hacer una limpieza general de sus espíritus acometiendo la conversión, esto es, la rectificación de la trayectoria de la existencia. Constituyó un enorme progreso, dentro del orden de valores que comporta la "europeidad", admitir que la pena impuesta por un delito no era sólo retribución inserta en el espíritu de venganza -- como en las viejas costumbres germánicas - sino vehículo para recuperar al delincuente. La peregrinación ha ayudado a los europeos a liberarse de la "composición" que era una especie de ley del Talion.

En muchas ciudades el viaje a Santiago vino a ser alternativa de la pena de muerte impuesta en ciertos casos como el homicidio sin alevosía. Reunía tres condiciones que le prestaban su idoneidad: dureza terrible en un castigo que exigía años, gasto, esfuerzo físico - el peregrino en estos casos viajaba a pie y encadenado - y, sobre todo, arrepentimiento volcado en la confesión sacramental; alejamiento prolongado del delincuente de aquellos lugares en donde hubiera tenido que convivir con los parientes de la víctima; confianza en que la Iglesia garantizaba la sinceridad del arrepentimiento. A principios del siglo XVI eran 25 las ciudades de Flandes que habían incluido en sus códigos la peregrinación alternativa.

Al fin de la Edad Media la invocación al Apóstol se refundió con el espíritu de la caballería, hasta producir importantes consecuencias sociales. Es un tiempo dominado por sentimientos que hacen de la vida una verdadera peregrinación - "partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos y llegamos al tiempo que fenecemos", dice Jorge Manrique - hacia esa meta del encuen-tro con Jesús y Maria en que se resume toda la existencia. Bajo esta perspectiva "ser caballero" era mucho más que poseer la destreza necesaria para combatir a caballo; reclamaba una línea de conducta acorde con las virtudes que las Ordenes militares presentaban como suyas. Por eso, cuando ya no se reclamaba la vida comunitaria, el hábito de Santiago era el mayor honor. De ahí han salido después las condecoraciones.

Con la conducta la "fama" que perdura tras la muerte. Cuando los caballeros llevan a América los nombres jacobeos, Santiago del Estero, Santiago de Chile, Santiago de los Caballeros, Santiago de Cuba y otros más, saben muy bien lo que quieren: convencer al mundo de que están allí llevando la herencia de lo que, un día, fuera regalo del Apóstol. Y con la fe, el código de honor que la sangre vieja trata de inculcar en la nueva: el valor físico, la nobleza en el comportamiento, la protección a los débiles y la lucha por lo que se entiende como justicia. En el lenguaje coloquial ser "todo un caballero" resume la estimación de la conducta.

l4. También los monarcas españoles reconocían el alto patronazgo de Santiago. Fernando II, llamado el Católico, que fue V en Castilla, pudo titularse rey de Santiago y de Jerusalem. Sucedió del modo siguiente: los descendientes de Federico II, el gran emperador gibelino, apoyándose en el acuerdo de 1229 que así lo reconocía, ceñían la corona de Jerusalem. Titulo que había llegado a convertirse en nominal, pues las circunstancias reinantes impedían que pudiera ejercerse. Cuando, en las postrimerías del siglo XIV, Sicilia se integra en la Corona de Aragón, el titulo viene con ella. Nunca se borró del todo la aspiración a ese retorno que se asocia a la leyenda del Murciélago. Es un hecho que, con el establecimiento de un consulado catalán en Alejandría - Fernando el Católico pondría mucho cuidado en restablecerlo - los viajes desde la Península se facilitaron. Son constantes las noticias de peregrinos a Jerusalem.

En 1486 Fernando e Isabel viajaron a Santiago. Hacia más de un siglo desde la última visita de un monarca castellano a Composte-la. Utilizaron comodidades y escolta, desde luego, pero desde Ponferrada (8 de septiembre) se atuvieron a las etapas que marcaban la trayectoria de los peregrinos; uno de los objetivos que buscaban era precisamente poner orden en las peregrinaciones. Por Villafranca del Bierzo subieron hasta el puerto de Piedrafita del Cebrero donde se veneraba una estupenda reliquia, una Forma consagrada mudada en carne y no en sangre como era el caso de Orvieto y Daroca. Luego, rindiendo etapas en Triacastela, Sarria, Portomarin y Mellid, cruzando la tierra de Samos, pudieron el 24 de septiembre manifestar su júbilo al contemplar los perfiles de la ciudad. Una leyenda posterior, desde luego falsa, pretende que don Fernando, curioso buscador de novedades, pudo ver el cuerpo de Santiago a través de una grieta del sepulcro.

Leyendas aparte, muchas cosas fueron comprobadas a lo largo del camino, que se reflejan luego en los relatos de los cronistas y en decisiones que se tornan fehacientes por los documentos. Mucha miseria, fraude e inseguridad, al lado de la piedad sincera, la caridad excelsa, la penitencia dura. Los Reyes Católicos encomendaron a las autoridades de ellos dependientes una protección eficaz de los peregrinos, colocando toda la ruta jacobea dentro del seguro real; de este modo pasaba a ser vía regia. Una parte de las rentas del reino de Granada, cuya conquista estaba a punto de culminar, fue asignada a la construcción y mantenimiento del gran hospital para enfermos en las inmediaciones de la catedral. Un testimonio vivo que aun permanece y que, entre otras cosas, fue la primera escuela de médicos que poseyera Galicia.

Dos años más tarde, en 1488, el Soldán de Babilonia, es decir, el jefe de los mamelucos que entonces dominaban en Egipto y Palestina, pidió a los franciscanos de Jerusalem que le sirvieran como embajadores ante Fernando; oficialmente se trataba de elevar una protesta por la guerra que se hacía a los musulmanes en Granada, si bien en el fondo había el propósito de establecer alguna clase de relaciones diplomáticas entre países que poseían ya estrechos contactos mercantiles. Fernando explicó que no hacia la guerra a los granadinos por ser musulmanes sino porque, como súbditos rebeldes, habían roto los vínculos de dependencia que les unían, desde su origen, a la Corona de Castilla.

El resultado de esta embajada, y de otras que siguieron, fue un acuerdo muy singular. España y Egipto se prestarían ayuda contra ese enemigo común, los turcos otomanos. A cambio de ella el Soldan, Kait bey, aceptaba que Fernando, que era rey de Sicilia desde 1469, ejerciera algunas de las funciones que podían corresponderle en Jerusalem y los santos Lugares: la protección que incluía a los franciscanos y a los peregrinos. Nos llevaría muy lejos explicar las vicisitudes por las que atravesó este protectorado hasta nuestros días. Debemos detenernos.

Hemos tratado de explicar donde están las raíces y hasta donde se extienden las relaciones y paralelismos entre Jerusalem, cuna de la fe cristiana, santo entre los santos, suelo privilegiado que habla a los espíritus, Roma, que de acuerdo con la doctrina católica es escenario para el cumplimiento de la palabra de Jesús - "tu es Petrus" - y Santiago, tumba del primero de los apóstoles que hubo de "beber el cáliz" del martirio. De todas ellas, en los siglos medievales, fluía la misma riqueza en forma de santidad que los peregrinos venían a buscar expresando su "alegría al pisar sus umbrales".

VI. JUBILEO, ENLACE CON LA TRADICION REMOTA


1. Al concluir el Jubileo del año 2.000, último acaecido, el Papa ha firmado y hecho público un documento de gran relieve, mediante el cual trata de estimular en los fieles cristianos la conciencia de esa renovación interior que, con aquel, se había tratado de conseguir. Pues en el jubileo la peregrina-ción era un medio - como siempre ha sido doctrina de la Iglesia - y no un fin. Ahora, insiste Juan Pablo II, desde las circunstancias que la sociedad está viviendo, un empujón hacia el futuro. Duc in altum, mar adentro, es la frase evangélica de que ha querido servirse para definir la nueva, etapa. Y añade que, treinta y cinco años después del Concilio, la Iglesia, esto es, los fieles, disponen de los medios que necesitan, en una pluridad de vocaciones, para esa "misión evangelizadora" que implica el nuevo milenio.

Se trataba, en definitiva, de un profundo acto de reflexión, verdadera conversión, que permitiera contemplar con nuevo vigor, nueva riqueza y mayor claridad, el Rostro de Cristo. Pues lo que hemos conmemorado no es otra cosa que el momento en que Cristo ha entrado en la Historia, aquel que, según la Epístola a los Hebreos, nos indica cómo "últimamente, en estos días, Dios nos ha hablado por medio de su Hijo". Cristo es la plenitud de la Revelación, término de llegada de un proceso que, en cuanto al espacio, se vincula a esa Tierra Santa que es también Ertz Yisrael. Y el Papa nos recuerda cómo en su peregrinación, encuentro personal hubo un vacío, Ur de los caldeos, donde todo empezó, pero también una coincidencia entre el origen de la Eucaristía en el Cenáculo y la memoria del horror del holocausto en Yad- yashim. Nunca mas; ese es el propósito que debe mover a los cristianos. Pues Dios "es Amor" y ahí está el camino.

En la confesión de Pedro encuentra el Papa, mediante su nueva experiencia peregrina y Al comenzar el nuevo milenio que es precisamente el título que ha buscado para su documento, la razón esencial de la fe cristiana: no procede ésta del trabajo de los hombres ni es el resultado de una reflexión estudiosa y atenta - sin que deban descuidarse ambas cosas - sino de "mi Padre que está en los cielos". Esa es la fe de Pedro que la Iglesia custodia celosamente como ha venido haciendo en estos dos Milenios ya agotados. Y, contemplando el rostro doliente de Cristo, como Pedro le viera en la Pasión y en la Resurrección, emprender de nuevo el camino. El Concilio ha recordado que la llamada a la santidad es universal. Pero el Papa quiere ahora recordarnos, mediante esta palabra escrita, que santidad consiste en caminar- desde Cristo y hacia Cristo. Cristo es, pues, el modelo y la meta, principio y fin, alfa y omega.

Una lectura atenta del documento, que no vamos a efectuar aquí porque es muy necesario que cada uno de nosotros se enfrente con él extrayendo consecuencias personales, nos conduce desde luego a ciertos puntos que hemos destacado y sobre los que conviene insistir. Se trata de las armas que la Iglesia pone al servicio de los cristianos a fin de que todos, y no solamente los que han sido llamados a una vía de perfección, puedan alcanzar la santidad. El Papa se ha servido del ejemplo de tantos laicos canonizados últimamente, para llevar a los fieles la convicción de que la santidad es un "alto grado de la vida cristiana ordinaria"; puede ser alcanzada por medio de esta. Insiste en algo que deberíamos llevar al ánimo nuestro y de los que nos rodean: oración, eucaristía, sacramento de la reconciliación son los , tres elementos indispensables pero, también, las guías que garantizan en ese caminar.

2. De nuevo un documento pontificio de gran importancia nos invita a poner la atención sobre los acontecimientos del pasado. Si pudiéramos hacer un repaso más completo del que estas pocas páginas nos permiten, acerca de lo que la presen-cia de la Iglesia ha significado en el devenir histórico de la Humanidad, sin duda comprenderíamos un aspecto esencial. Conservando, explicando y comunicando una fe que invita al hombre a concentrar su atención en la búsqueda de la santidad no existe tarea alguna que pueda compararse a esta - se ha conseguido dar pasos de gigante en favor de la dignificación de la persona humana. Tropiezos muy serios en el camino han afectado a la velocidad de la marcha, pero nunca la han impedido. La santidad, esto es, ponerse del lado de la Voluntad de Dios, vivir en su presencia, en lugar de alejarse de ella como produce el pecado, nos permite descubrir precisamente cuánto de bueno hay en la naturaleza humana. Sobre todo esto nos ha invitado el Papa a meditar en un esfuerzo de conversión que no significa otra cosa que volver al camino.

En 1300, año último del siglo XIII, cuando se vislumbraban las primeras sombras de división en la sociedad cristiana y la tendencia al crecimiento de los poderes temporales, el Papa Bonifacio VIII (Benito Gaetani) instituyó el primer año jubilar para la Iglesia católica. Al recurrir a ese nombre, jubileo, invocaba la tradición bíblica que establece, cada cierto número de años, dependiendo de las dimensiones, magna o menor, que se quería otorgar al acontecimiento, una especie de suspensión de todas las deudas y contratos, siendo un retorno al punto de partida, también en los aspectos morales de odios y rencillas, permitiendo a los hombres recomenzar. Nueva era la extensión que quería darse al gran perdón, no, en cambio, las consecuencias que del mismo iban a derivarse. Las deudas morales pendientes debían cesar, las servidumbres ser sustituidas, los odios reconciliados a fin de que las personas alcanzasen la limpieza espiritual que necesitaban. La respuesta de los cristianos a este llamamiento superó, y mucho, todos los cálculos que se hicieran. Conviene insistir en que el nuevo año jubilar iba mucho más lejos de lo que fuera la costumbre hebrea y afectaba muy directamente a la salud del alma.

El Papa Bonifacio, entre otras cosas un gran canonista, efectuaba una conjunción entre la fecha consuntiva de un siglo y el sentido que tenían de antiguo las grandes peregrinaciones: se trataba de lograr, además del perdón sacramental, una remisión de las tristes secuelas del pecado. El viaje, fatigoso y extraordinaria-mente duro en aquellos tiempos, no proporcionaba por si mismo el perdón, pero constituía en si mismo una verdadera y fructuosa penitencia. Además, como sucedía ya en el largo caminar compostelano, permitía operar una especie de ruptura temporal entre el pecador y aquella comunidad humana de la que formaba parte, reintegrándose a ella como un individuo nuevo y limpio. El Jubileo daba además la oportunidad de alcanzar, por medio de la reconciliación sacramental, y mediando esa misma verdadera y fructuosa penitencia, absolución incluso de aquellos pecados que, por su especial malicia, estaban "reservados" al Papa.

Se repitieron los jubileos en una cadencia de cincuenta años. La Iglesia añadía, en estas especiales ocasiones de lugar y de tiempo la eliminación del "reato de pena que deja la culpa después de perdonada". La llamaba indulgencia. Se había otorgado anteriormente a los que, con riesgo de su vida, caminaban a Jerusalem. Espacio y tiempo quedaron equiparados en una sola operación. como en todas las acciones en que intervienen los hombres, hubo después abusos: si la limosna aparece como penitencia espiritual, se corre el peligro de que alguien presente las cosas como si se tratara de adquirir bienes para el alma mediante dinero, y también de que ese alguien se beneficie del fraude. Tales abusos no deben apartarnos de la profunda y gratificante calidad que conllevan las indulgencias, fuente de esperanza. Se estaba transmitiendo a los hombres ese mensaje cuya importancia ya hemos destacado: por graves que sean las faltas, nunca es demasiado tarde; hasta el último minuto, el arrepentimiento con los requisitos debidos permite la renovación salvadora de los seres humanos.

Este mensaje es una de las más fructuosas aportaciones de la doctrina cristiana a la creación de la cultura europea en su empeño en progresar. Encontramos en él un germen de muchas doctrinas de las que ahora nos gloriamos considerándolas avances espectaculares en la contemplación de la dignidad humana.

3. El Papa Juan Pablo II nos recuerda ahora que un tiempo jubilar es precisamente aquel que permite al hombre, mediante profunda introspección, entrar en el camino de la conversión y de la penitencia, recuperando aquello que, por sus solos medios, no le sería posible alcanzar: la amistad con Dios. Contemplando el rostro de Cristo. Podríamos añadir que, por el hecho mismo del jubileo, que es una especie de refundición entre romería y penitencia, se comunica a la entera sociedad humana, incluyendo a los no católicos, un mensaje radical de esperanza que se ha filtrado en muchos programas televisivos que no se proponían, desde luego, hacer propaganda católica, pero no podían tampoco impedir que las imágenes transmitieran la luz. Pues mediante el jubileo la Iglesia anuncia que todo hombre es digno de amor y que hay esperanza, cimentada en profundas razones, para todos los que estén decididos a rectificar en el camino emprendido, deponiendo los odios.

No se trata de ninguna novedad sino de afirmar, con mayor empeño, una vieja doctrina. Dante, cuyos versos hemos recordado en varios momentos, estuvo entre los peregrinos que viajaron a Roma durante el primer Año Santo. Recordemos cómo la peregrinación a Santiago redimía condena de algunos delitos en muchas ciudades europeas. La Iglesia se ha visto en la necesidad de proclamar jubileos con mayor frecuencia de la en un primer momento establecida a fin de que cada generación tenga al menos una oportunidad en este camino de conversión. Ya no se trata de imponer como inexcusable el viaje a Roma - aunque éste forma parte de la conducta que enriquece las buenas disposiciones que incrementan el fruto de la conversión interior - pero si de recordar la necesidad de un gran esfuerzo para la rectificación que tanto necesita el mundo actual. El mundo, que atraviesa una gran crisis moral - ciego será quien no lo vea - necesita, para la construcción de ese nuevo Milenio, de hombres y mujeres "con renovada fidelidad a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que ha dado nueva luz a la tarea misionera de la Iglesia" (carta Incarnationis Mysterium).

Probablemente ningún otro acontecimiento del siglo XX ha revestido la importancia de este Concilio. No fue convocado, como sucediera en las veinte ocasiones anteriores, para examen y juicio sobre determinadas doctrinas que se oponen a la de la Iglesia, sino para hacer una profunda reflexión sobre el depósito de fe que ella custodia, empleando el lenguaje que corresponde a nuestro tiempo. A la vez, en actitud de servicio, se trataba de decir al mundo que, para los problemas que le aquejan - en ningún momento se trató de restarles importancia - la Iglesia tiene respuestas válidas para todos los hombres, en una visión ecuménica. De una manera absoluta dejó establecido que a nadie puede impedirse el ejercicio de su religión. Lo cual no significaba que renunciara, en lo más mínimo, a la seguridad que le asiste de poseer y transmitir la Verdad. De este modo se volvían a hacer patentes todos los aspectos de la doctrina que había sido enseñada durante siglos. Yerran quienes creen que el Concilio hizo exposición de nuevas enseñanzas; la novedad estaba en los términos empleados, acordes con el lenguaje de la contemporaneidad y en los problemas que plantea el mundo actual y para los que se ofrecían soluciones.

La Iglesia no está constituida únicamente por la Jerarquía, de modo que a todos los fieles, clérigos, religiosos y laicos, cada uno desde su puesto, incumbe la misión de evangelizar. Vivir como cristianos, con naturalidad, sabiendo que han de ser "fermento y alma de la sociedad humana" es lo que recomienda la Iglesia en esta coyuntura presente. Recordemos que "instaurare omnia in Christum" fue el lema del Papa San Pio X. Y que el beato Escrivá de Balaguer, cuando se hallaba en la primera etapa de su tarea, escribió que era preciso "poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas". Un mensaje que el Concilio ha recogido recordando que existe una llamada universal a la santidad y que a ella deben responder los cristianos; esa respuesta, que es personal, individual y concreta - cada uno hemos de responder ante Dios de nuestros actos - tiene sin embargo efectos sociales.

4. Haciendo un repaso a la trayectoria de la Iglesia en el tiempo se descubre que no está sujeta a velocidad uniforme, sin variaciones. Algunas veces, como si Dios interviniera para dar un impulso, se produce una especie de salto cuántico, cuyos efectos resultan luego permanentes, enriqueciendo a la propia Iglesia con una nueva dimensión. Sucedió a principios del siglo VI cuando San Benito organizó la "vida de perfección" creando el monacato y descubriendo para la vida cristiana esas tres dimensiones de trabajo, estudio y oración tan recordadas. A principios del siglo XIII San Francisco y Santo Domingo crearon, desde el desprendimiento absoluto, caminos de ejemplo y de predicación para penetrar en la vida urbana. En el siglo XVI San Ignacio puso en marcha el gran ejército de la educa-ción, el saber y la misión que es la Compañía de Jesús. Y en el siglo XX ha surgido el Opus Dei que pone en marcha los movimientos laicales enseñando a ser contemplativos en medio del mundo.

Ninguno de estos saltos es transitorio: la dimensión que crea se torna permanente y, a la vez, es plataforma para que se produzcan versiones distintas. De modo que puede contemplarse como, a través del tiempo, el gran edificio de la Iglesia se va proveyendo de nuevas mansiones. Crece, sin la menor duda. Constituye un error la actitud de quienes creen que la aparición de nuevas formas torna obsoletas las anteriores. No es esta, precisamente, la razón íntima de la Iglesia: aquel camino que San Benito, fundador de europeidad, abrió con su esfuerzo sigue siendo tan necesario, o más, que en sus inicios, pues la oración contemplativa sigue siendo cimiento de cristiandad.

En 1928 el Beato Escrivá de Balaguer comenzó su tarea. Muchos no le comprendieron y, como sucediera en otras coyunturas semejantes algunos pensaron que había venido "demasiado pronto", sin embargo, en aquella empresa, formada al principio por un puñado de jóvenes, a la que tuvo que incorporar también mujeres sin que transcurriera mucho tiempo, estaba ya implícito el salto que significaba el Concilio Vaticano II en sus dos afirmaciones más trascendentales: es llegado el momento en que se haga efectiva la convocatoria universal a la santidad; y los laicos deben abandonar actitudes pasivas para entrar en línea de actividad. Los movimientos laicales, ahora bastante numerosos, constituyen la que podríamos llamar quinta dimensión de la Iglesia, característica del próximo Milenio. Pero no debemos cansarnos de recordar que esto no significa disminución en la importancia de las otras cuatro sino al contrario; los nuevos impulsos se comunican a la estructura total de la Iglesia.

El año 2000 se inscribe en una perspectiva histórica que es término de etapa en el proceso que comenzó cuando Cristo irrumpió en la Historia. Por razones que no son del caso se ha puesto interés en hacerle servir - cambian necesariamente los sistemas informáticos - de punto de partida para una nueva Edad. Para los cristianos se trata de un punto de vista completamente diferente; en todo caso, un pequeño alto en el camino para reflexionar. Sabemos que hace más de dos mil años tuvo lugar el acontecimiento que marca la plenitud de los tiempos, la natividad de Jesús, el Cristo; los que ahora estamos viviendo, en la contemplación gozosa, son los que corresponden precisamente a la vida oculta que transcurrían en Nazareth para aquel Niño que iba creciendo a los ojos de los hombres. Por delante nos quedan dos decenios antes de que hayamos de conmemorar el comienzo de la vida pública: tiempo, pues, para crecer hacia dentro, para trabajar en el propio medio ambiente, sin ruido, sirviendo de instrumento. El fracaso para toda la Humanidad sería que el tercer Milenio no contemplara la renovación que el mundo necesita y que depende de lo que los hombres sean y quieran.

Las palabras jubileo y jubilar hunden sus raíces en el concepto de la alegría. De modo que todo cuanto gira en torno a la fecha del 2.000 no puede ser para los cristianos ocasión de tristeza o de nostalgia. Recordemos también como el Beato Escrivá, pionero en muchas cosas, invitaba a mostrar "la alegría del que se sabe hijo de Dios". Pero no olvidemos que tras esta expresión hay un acto de voluntad; todos los hombres están llamados a la santidad pero de ellos, de cada uno de nosotros, depende dar la respuesta. Dos mil años han transcurrido ya desde que se produjera el nacimiento de Cristo; algunos menos desde que Jesús fundara su Iglesia con un puñado de hombres que no pertenecían precisamente a relevantes sectores sociales. Tiempo largo de trabajo para los cristianos, de logros y de incontables dificultades. El Papa recuerda el elevado numero de mártires y la copiosa fuente de gracia que los santos proporcionan, como un tesoro que la Iglesia custodia y administra, pasándolo de una generación a otra con la esperanza puesta en que siga enriqueciendo.

Como sucede con todo patrimonio que se recibe en herencia, los seres humanos pueden adoptar ante él tres actitudes distintas: aferrarse a la herencia, inmovilizándose, como si nada pudiera o debiera ser cambiado; rechazarlo, para lanzarse a un proyecto de radical innovación; o emplearlo, como sensatamente hace el que, en la parábola recibe cinco talentos, a fin de construir desde él nuevas empresas. Las dos primeras son erróneas y sólo la tercera resulta correcta. A, ella nos invita el Papa Juan Pablo II: anunciar a Jesús, Dios y perfecto Hombre, desde la entrega (Totus tuus), sin miedo, en el mundo de hoy, con sus problemas y necesidades, bien abiertos los ojos, como aquel prudente padre de familia al que alude el Evangelio, que sabe sacar de su experiencia fórmulas nuevas y viejas para resolverlos.

5. Los extraordinarios progresos que la ciencia ha alcanzado en las dos últimas generaciones, han sido para los cristianos motivo de solaz y descanso, sin que esto signifique la ausencia de importantes problemas que nacen de un acto moral: el empleo que el hombre vaya a hacer de sus descubrimientos. Pues la ciencia marca, siempre, posibilidades e progreso, pero el que esto se logre - es decir, que el hombre crezca - depende dela respuesta al desafío moral. Ha terminado el tiempo en que los investigadores creían encontrarse con una Naturaleza autosuficiente, un Universo en equilibrio que se basta a si mismo y que, como afirmaron los doctrinarios del marxismo, es eterno. Cada vez más se abre a la conciencia de los hombres la imagen de un Universo inmenso, como corresponde a la inconmensurable grandeza de Dios, pero que tuvo un comienzo y se desarrolla de acuerdo con un esquema inteligente. Los científicos católicos ya no tienen necesidad de defender la racionalidad de sus creencias: al contrario, éstas constituyen plataforma de apoyo para una doctrina acerca del ser creado que resulta más satisfactoria que si prescindimos de ella. En las nuevas descripciones del tiempo y del espacio descubrimos un Universo que canta la gloria de Dios. Los Salmos cobran nuevos acentos, nuevas y expresivas dimensiones.

Es imposible, en el momento en que, sobre la conciencia de los cristianos, se refleja la noticia de que ha comenzado para ellos el tercer Milenio contando desde la plenitud de los tiempos que significa la Redención, olvidarse del hecho de que la Cristiandad sigue escindida entre dos Iglesias y otras muchas variadas corrientes de interpretación doctrinal, y que las otras dos religiones que invocan la herencia de Abraham y la fe en un mismo Dios inefable, permanecen lejanas. Aunque la Humanidad, salvo una minoría, acepta la existencia de un principio de Trascendencia, las diferencias entre distintos sectores y grupos resultan abismales. Posiblemente no hay tarea que revista tanta importancia para el tercer Milenio como la de establecer un diálogo que nos permita descubrir hasta dónde llegan las partes comunes, sobre las que debemos levantar las nuevas dimensiones del hombre. Pues los enfrentamientos e incomprensiones se alinean entre las causas que han permitido el avance del materialismo hedonista que tanto daño causa a la Humanidad. Cualquier creencia en el sentido trascendente de la existencia, significa una posesión, aunque sea parcial o escasa. El ateismo y el agnosticismo son posturas negativas, carencias, y por consiguiente estériles: ningún sentido tiene hablar de amor al prójimo si contemplamos la existencia como una simple angustia entre dos nadas. Cuando falta el amor, insiste el Papa, el hombre se torna incomprensible.

Muy recientemente la Santa Sede ha recordado a los cristianos que la doctrina de la Iglesia, invariada desde el principio, obliga a reconocer que existe una sola Verdad, cuya certeza absoluta procede de la revelación de Jesucristo. Por esta misma razón se debe admitir que las otras creencias, producto del esfuerzo humano, puede hallarse en un grado variable de aproximación a esa Verdad y por ello deben ser tratadas como valores positivos. Ningún fruto puede obtenerse del diálogo con el ateísmo, porque se trata de una simple negación. El comienzo del Milenio urge a los cristianos a seguir en la vía recomendada fuertemente por el Concilio y que se conoce como ecumenismo: escuchar y hacerse oír son dos dimensiones prácticas de ese diálogo. No se trata de ceder parcelas de la Verdad ni de alcanzar acuerdos como si fueran parte de una negociación, dando para recibir a cambio. Con la Verdad no es posible transigir.

En esta conducta dialogante existe una dimensión que no conviene olvidar, en manera alguna. Los cristianos tenemos el deber de reconocer el error en nuestra conducta y de cuantas veces hemos actuado de manera distinta a como nos exige la doctrina de Jesús: de esto se debe pedir perdón. El "otro" es y debe ser tratado siempre como prójimo, semejante, en esa hermandad sustancial que procede del hecho de que los seres humanos son criaturas de Dios y están llamadas a la salvación. El mandamiento de amor que se encarna en el cristianismo, no se limita a quienes comparten con nosotros ideas y creencias. La discriminación es siempre negativa. El acercamiento al prójimo comporta siempre valores positivos.

VII. CONSECUENCIAS DE LA DESIDEOLOGIZACIÓN


1. Hemos dejado atrás ese siglo XX que, algunos historiadores, con abundancia de argumentos, no dudan en calificar como el más cruel de la Historia, arrebatando incluso el protagonismo que hasta entonces correspondiera a los asirios. Al despedir-lo, abriendo la Puerta Santa para el jubileo de la reconciliación, el Papa Juan Pablo II se ha sentido impulsado a dar gracias a Dios por haber preservado a los hombres de dicha Centuria de la tercera guerra mundial que, en ocasiones, pareció inminente. El mensaje de Fátima, por él solemnemente proclamado, dejaba el postigo abierto para la esperanza: si los hombres fueran capaces de recoger la lección y efectuar la profunda reconversión que precisan, muchas cosas sin duda cambiarían. Pues la dura experiencia permite comprender que en el fondo de todos los conflictos alienta siempre una cuestión moral. Esa es la que debe ser rectificada.

Naturalmente, al lado de las experiencias negativas, debemos re-cordar también los esfuerzos creadores. En un proceso de secularización (de la existencia que se iniciara en torno a 1648, que llevaba consigo el rechazo de la autoridad moral que la Iglesia había venido ejerciendo - autoridad no significa poder, sino guía en la norma - en cuanto depositaria de la Verdad, los hombres sintieron la necesidad de acogerse a sistemas salvíficos cerrados en torno a una doctrina. Tales fueron las ideologías. Esencialmente fueron tres: nacionalismo, liberalismo y marxismo. La Iglesia tuvo que hacer advertencias muy serias respecto a los errores que en ellas se contenían; y el tiempo le dio la razón: un liberalismo económico y de pensamiento demasiado radicales conducen a tensiones sociales muy fuertes de ricos contra pobres, tanto entre los individuos como entre los pueblos, y acaba rechazando la existencia de una Verdad objetiva que todo lo reduce al nivel de opinión. El marxismo, en cuanto materialismo dialéctico actúa como factor reduccionista haciendo del hombre tan solo un elemento en la producción. Y los nacionalismos sustituyeron el espíritu de la caridad cristiana por el odio hacia el "otro" que solo puede ser considerado como peligroso enemigo.

De este modo entre 1648 y 1945, aprovechando el desarrollo en los conocimientos y técnicas que la ciencia moderna proporcionaba, las guerras fueron creciendo en importancia: no hubo la paz que el Congreso de Münster anunciara como consecuencia del equilibrio entre los Estados dotados ya de poder absoluto incluso en el orden moral. Guerras de Luis XIV, Sucesión española, Pragmática y báltica, de los Siete años, de Napoleón, de Crimea, del 70, del l4 y del 39. Se trata ciertamente de un panorama estremecedor porque las víctimas que iban causando aumentaban en cada episodio en proporciones geométricas. Hasta que, después de 1945 algunas mentes clarividentes lanzaron la idea de que era necesario construir una nueva autoridad moral de dimensiones supraestatales construyendo además esquemas de unidad superior que arrebatasen a los Estados nacionales el poder absoluto que se irrogaban. El fracaso de las ideologías se hizo evidente.

No deja de ser significativo que los padres de Europa, De Gasperi, Adenauer, Schuman, que se propusieron como primero y principal objetivo borrar los odios que separaban a sus respecti-vas naciones, procedieran todos del catolicismo militante, como lo es también que, por una vía indirecta desconocida, la bandera de la Comunidad, con sus estrellas sobre el cielo azul sean, según la confesión de su autor, memoria de la Virgen. Pues se trataba, ni más ni menos, de introducir los valores cristianos en el terreno de la política para borrar los odios del nacionalismo y permitir la contemplación del "otro", alemán o francés o italiano o de cualquier otra estirpe, como prójimo a quien es me-nester amar. No podemos perder de vista que, pese a todo, las guerras siguen presentes, el terrorismo y la violencia causan estragos, muchos seres humanos viven en condiciones inaceptables y extensas regiones del globo padecen hambre y depauperación. Otros tantos motivos para el pesimismo. La Humanidad dispone de resortes que pueden permitirle crecer. ¿Lo hará?.

2. La Iglesia católica, en diversos países, ha tenido que pagar un tributo de sangre superior al que significaran las persecu-ciones del Imperio romano. Es lo que el Papa actual trata de hacer presente en la conciencia de los fieles y del mundo con las beatificaciones, tan numerosas, recordando también que el martirio es una plataforma para el desarrollo de la Iglesia. No es esto solo. Desde principios del siglo XIX se han puesto en marcha programas tendentes a erradicar a la Iglesia del contexto social. Otra forma de persecución, como denunciaba Robert Schuman insistentemente, es la que se reviste del nombre de laicismo: un proyecto para organizar la educación y centrar el comportamiento social en el rechazo de todos los valores religiosos, invocando una tolerancia que permita arrinconarlos en un rincón de la vida privada, demostrando así que esa nueva sociedad, agnóstica y radicalmente materialista permite subsistir a aquellas extrañas y reducidas minorías que se empeñan en permanecen dentro de la superstición.

Laicismo, propio de sociedades opulentas y tecnificadas, y persecución violenta en aquellos medios que no alcanzan suficiente grado de desarrollo, forman los dos términos de una disyuntiva. Todavía en l999 muchos misioneros han pagado con la vida o la denuncia la enemistad con que se les distingue desde sectores políticos concretos. Pese a todo esto la Iglesia, que ha querido hacer de la doctrina del Concilio una propuesta de servicio para toda la Humanidad, alza su voz con un llamamiento hacia la esperanza. No se trata de un gesto gratuito ni simplemente de un esfuerzo para consolar, sostener y dar aliento a los que sufren. Lo que hace es, lo mismo que en las etapas an-teriores señalaba los defectos que se descubrían en el plantea-miento de las ideologías, descubrir y señalar con precisión donde están los resortes que hagan posible emprender una tarea que, sin ser repetición de aquella que se inició en los albores del segundo milenio, alcanzar una eficacia pareja de la misma. No está diciendo, como fue tentación de los grandes ideólogos, que las cosas "tienen" que suceder así, sino únicamente que "pueden" ser así si los hombres trabajan rectamente, ya que los medios no les faltan. Tremenda responsabilidad la que incumbe a los cristianos si se equivocan en el camino.

El Concilio Vaticano II, que se inscribe en ese proceso de recuperación moral, consecuencia de la guerra y sus desastres, presentó una eficaz alternativa al laicismo que tan profundamente dominara las conciencias europeas en los siglos XIX y XX hasta desembocar en la incomprensión de lo que verdaderamente es el cristianismo, y en las opresiones. Esta alternativa se expresa muy bien mediante la conocida frase que el Papa ha puesto como lema de su Pontificado: "no tengáis miedo, abrid las puertas a
Cristo". Consiste en colocarse en el lado de Dios - recibir la palabra y ponerla en práctica - y eso es lo que, strictu sensu, significa santidad, tratando con ella de cristianizar el mundo, transformándolo desde dentro. En Compostela, en aquella jornada que constituye un recuerdo imborrable, Juan Pablo II hizo una invitación a Europa para que volviera a sus raíces a fin de ser ella misma. Ya que antes de emplear este nombre se llamaba Cristiandad y, todos los valores positivos que la permitieran alzarse hasta la cumbre de las sociedades humanas, le han sido proporcionados por el Cristianismo.

No se trataba de recomendar el retorno al tiempo o las estructuras del pasado sino de descubrir, en esas mismas raíces, el valor auténtico de la libertad, un concepto tergiversado en muchas ocasiones por las ideologías en declive. Pues únicamente en la Verdad, adhiriéndose a ella, puede el hombre considerarse libre. La reconquista de la libertad personal, esto es, del ius que se enmarca en la razón moral, es, sin duda, el gran reto del siglo XXI.

3. La doctrina formulada por el Concilio Vaticano II tiende a un punto argumental: el desorden moral se encuentra en la raíz misma de las injusticias que padece la sociedad actual. Esto explica el fracaso final de todas las revoluciones, hecho his-tóricamente comprobado, ya que éstas piensan que la solución de los problemas se encuentra en el cambio de las estructuras, haciendo caso omiso o negando de modo radical del comportamiento ético y de los valores morales, que guardan intima relación con el orden de la Naturaleza. Por eso, muy a menudo, han conducido a situaciones mucho peores que aquellas mismas que intentaban remediar. Es, en consecuencia, urgente, en este tercer Milenio que comienza - ineunte es la palabra escogida por el Papa - realizar un esfuerzo en orden a la profunda reconversión moral, sin perder nunca de vista que la ética, dimanando del plan de Dios, se encuentra íntimamente vinculada a la conservación y desarrollo de la Naturaleza. Ut operaretur es la misión encomendada al hombre por su Creador.

Un mundo que estuviese penetrado de valores morales vería desapa-recer muchos de los problemas que en estos momentos le aquejan. Importa mucho por ejemplo señalar que la virtud de la pobreza y el vicio de la riqueza, contemplados dentro de esta perspectiva, no coinciden en la carencia o abundancia de bienes materiales, los cuales son en si mismos buenos, como su nombre indica, y sólo se tornan perversos por su utilización. Pobreza es desprendimiento o, en otras palabras, reduccionismo de ellos al papel de instrumentos que es el que éticamente les corresponde. Riqueza es el apego a los mismos, sustituyendo los valores mora-les por la concupiscencia material, muy extendida en nuestros días. No es deseable el retorno de la sociedad a carencias radicales. El progreso no consiste en la simple acumulación de bienes sino en procurarlos desde un crecimiento de la perspectiva humana. Servir a los demás, es lo que importa.

Esta actitud de servicio es la que el Concilio Vaticano II recla-ma para la misma iglesia, fundando de este modo libertad. Pues en este siglo XXI ella misma pretende presentarse ante el mundo con las manos abiertas diciendo: para esos problemas que os aquejan yo tengo soluciones y las brindo, con toda el alma, invitándoos a "abrir las puertas a Cristo" y a los cristianos a enfrentarse con el rostro de su Salvador. Empezando por la libertad, tan necesaria, que no consiste en que cada uno haga lo que le de la gana, ni tampoco en considerar lícito lo que no está expresamente prohibido, sino en mover la voluntad hacia el bien, identificándose con él, obrando rectamente, creativamente. El mal, que no es otra cosa que la ausencia de bien, no puede causar otra cosa que daño, y, el primero de todos, esa esclavitud del ánimo que acompaña a los vicios. Dios ha otorgado al hombre una capacidad para percibir el bien y, en consecuencia, para adherirse a él. Este es el eje esencial de la existencia humana, que se ajusta a las dimensiones de un tiempo. Dicha capacidad es, precisamente, una de las razones fundamentales de la esperanza.

4. Importa mucho que no confundamos la esperanza, a que tan insistentemente invita Juan Pablo II, con la simple espera: esta es tan solo una actitud pasiva: la ejercemos cuando viajeros en cualquier aeropuerto, aguardamos con paciencia la llamada que nos indica el momento de subir al avión. La esperanza es activa y nos convoca siempre para entrar en la tensión anímica que permite trabajar, construir el futuro. De este dinamismo se encuentra bien repleta la virtud cardinal cristiana de la esperanza: nos dice con meridiana claridad que los seres humanos, criaturas de Dios, se hallan provistos de medios que, bien empleados, permiten alcanzar metas que marcan la trayectoria del progreso; entre estos medios se encuentra, por encima de todo, la ayuda del mismo Dios, la cual se manifiesta no sólo de un modo actual y, por decirlo así, singular y extraordinario - los santos tienen vivas experien-cias - sino también del modo habitual como procede el orden de la Providencia. Por eso a las acciones humanas hay que añadir este factor de corrección. Hay respuestas a las acciones humanas que son perfectamente previsibles pues forman parte de los esquemas que la experiencia conoce. Pero importa, sobre todo, no errar en el momento de elegir el camino, pues Dios escribe muy derecho aun con renglones torcidos.

En todos sus documentos, y de una maneca especial en su conocido libro acerca del umbral de la esperanza donde ahora nos hallamos, Juan Pablo Il insiste repetidas veces en las ideas que aquí hemos intentado recoger. No puede decirse que sea absolutamente original: sigue una trayectoria que pertenece a la Tradición de la Iglesia, y en la que insistieron de una manera especial sus antecesores, desde la primera mitad del siglo XIX, cuando la Iglesia experimentó un salto hacia adelante, al verse libre de compromisos que eran verdaderos obstáculos en su camino de renovación de los espíritus. Pío XI, en años cruciales del siglo XX, había insistido en la necesidad de que los laicos supiesen asumir una actitud tensa y activa; por eso se escogió el término Acción Católica para señalar las primeras organizaciones orienta-das a promover la participación laical dentro de la Iglesia, sin modificar en modo alguno la estructura jerárquica esencial. El Opus Dei significó, en esta dinámica, un salto de naturaleza cuántica que desbordó incluso las perspectivas iniciales de su Fundador. Otros movimientos han venido a ampliar y reforzar el dinamismo de esta primera etapa, cubriendo campos muy diversificados. Conservando sus estructuras jerárquicas de clérigos y religiosos, más necesarias que nunca, la Iglesia ha ampliado sus cuadros de actividad.

La fórmula favorita del beato Escrivá de Balaguer, que intentaba convencer a los laicos de que también ellos estaban llamados a ser "contemplativos en medio del mundo", fue después destacada por el Concilio Vaticano !I cuando recordó la llamada universal a la santidad. La recomendación se cifraba en seguida en esa exigencia de "santificar el trabajo, santificarse con el trabajo, santificar a los demás por medio del trabajo". Importa mucho, sin embargo, hacer una advertencia: no se debe confundir trabajo con salario, pues la labor de quien por espíritu de caridad cuida de un enfermo o educa a un niño es más noble trabajo que aquel que alcanza remuneraciones muy elevadas. Entiéndase bien que estamos siempre refiriéndonos a un trabajo honesto.

Antes de pretender enseñar a los demás en que consiste ser un buen cristiano es imprescindible que cada uno, desde sus propias fuerzas, se empeñe en vivir plenamente esta profunda identidad. Constante y continuadamente se debe rectificar en la conducta; en esto consiste precisamente la conversión, que no significa obra cosa que enderezar la ruta, volver al camino.

Muchas veces se nos pregunta a quienes hacemos oficio de historiadores, si existen motivos para la esperanza en este tránsito que señala el año 2000. La primera respuesta parece fácil: tras los dolorosos fracasos experimentados por las ideologías con sus propuestas salvíficas demasiado radicales, que confluyeron en lo que Pío XI, ya en 1937, llamó neopaganismo, asoma por el horizonte lo que podemos llamar nuevo Humanismo. Es bueno recordar que el Humanismo clásico del siglo XV tuvo su origen y obtuvo sus recursos precisamente en la Iglesia, y fue la primera reacción positiva contra los excesos del nominalismo. Petrarca vivió identificado con la Corte de Avignon - una etapa de reconstrucción muy distinta de lo que los nostálgicos cronistas italianos nos hicieron creer - y Erasmo escribió su De libero arbitrio a requerimiento de la Sede romana y como una afirmación de las condiciones que Dios ha establecido en la naturaleza humana. Hay que insistir, una y otra vez, en que Cristo aparece como el modelo perfecto de humanidad.

VIII. GLOBALIZACIÓN: SUS CORRESPONDENCIAS ETICAS


1. Aunque el término globalización tiene su empleo preferente en la Economía, tendencia a considerar el globo terráqueo como un solo mercado, es indudable que puede aplicarse también a las otras actividades humanas. En el siglo XX todos los hechos políticos y culturales se han globalizado. Ya no es posible, como en tiempo pasado, exponer los acontecimientos que forman el decurso histórico en capítulos separados, uno para cada una de las culturas que formaban campos históricos inteligibles. Ahora la Humanidad entera constituye un único campo. De modo que el suceder se ha globalizado. Por eso el planteamiento del ecumenismo - ¿qué son y tienen en común las religiones? - se ha convertido para la Iglesia en un imperativo. Pues en el siglo XX no hay región alguna en el mundo en donde no se haya predicado la Palabra de Dios. El Evangelio está presente en todos los rincones. Ha llegado el momento de comunicar esa fe no sólo a las personas individuales concretas sino también a las culturas.

Durante el siglo XIX, prácticamente desde que el impacto postrevolucionario de Napoleón, con sus demandas en pro del laicismo, se dejó sentir en Italia, la figura del Papa en cuanto soberano temporal, establecida en tiempos de Carlomagno, y que provocaba tantos compromisos, comenzó a disolverse hasta desaparecer por completo en torno a 1870. Los temores que esta trayectoria despertara en torno a la libertad de acción de los soberanos Pontífices, no se cumplieron. Apareció a la luz otro aspecto. No se trataba tan sólo de que le fueran arrebatados por la fuerza determinados territorios en que ejercía su potestad, sino de algo más profundo: aquellas funciones políticas - y así lo había percibido ya Pío VI - eran un verdadero impedimento en el ejercicio de la Vicaría de Cristo que es lo que significa el poder de las llaves. Dejó de ser posible que, como sucediera en tiempos pasados, determinados personajes fueran elevados a la Sede de San Pedro precisamente porque estaban dotados de conocimientos o habilidades puramente temporales.

El hecho es que, durante dos siglos, el Pontificado, en la continuidad de sus titulares, ha vivido una experiencia que no tiene par en la Historia. Para decirlo de otro modo. No encontramos, en la Historia de la Iglesia, un tiempo como éste en que se han sucedido, desde Pío VII a Juan Pablo II, Papas de tanta altura moral y capacidad evangélica. Cualquier comparación que establezcamos nos revelará los huecos y las contradicciones. La condición de pastores y guías espirituales coloca a estos Papas a un nivel inmarcesible, que la propia Iglesia refleja en procesos de beatificación o canonización. Usando términos más llanos podríamos decir que la Iglesia, en su cabeza, ha reunido poderosas reservas de santidad.

Esa función de guía espiritual que al Vicario de Cristo corresponde, se ha ejercido, además, a través de documentos dirigidos a todos los hombres - es decir, globales - no siempre promulgados en forma solemne y que constituyen homogéneo cuerpo de doctrina. Estudiándolos con detenimiento. sería posible construir una síntesis llena de riqueza, y que consiste en aplicar la Verdad, que la Iglesia custodia, a las circunstancias concretas del mundo contemporáneo, aclarando la doctrina y llamando la atención sobre los errores que se deslizan en determinadas ideologías o propuestas. Así, cuando se dice que Pío IX o Pío X condenaron el liberalismo, se esta cometiendo un abuso de lenguaje pues lo que estos Pontífices, en sus respectivos documentos, trataban de explicar era el peligro grave que significaban errores concretos que al amparo de esta determinada ideología, se estaban difundiendo.

Las globalizaciones, salvo cuando se dirigen a una acción positiva de caridad que respeta la naturaleza humana, son de escasa utilidad para la Iglesia. Esta trata siempre de promover las respuestas positivas, reduciendo al mínimo indispensable las advertencias negativas. La Iglesia no condena, aplaude, las ansias de libertad; simplemente advierte a los que están en el camino, de los peligros de despeñamiento que acechan en esa ruta, siempre estrecha y difícil. Así es el nuevo Humanismo que presenta la Iglesia: antes de decir "no peques" propone a los hombres la otra fórmula, "adquiere la virtud". Habiendo crecido su prestigio en el mundo en los últimos decenios, hasta conver-tirse en una autoridad global, precisamente por carecer de poder, el Pontificado está proponiendo, no un modelo de sociedad, de economía o de política, sino de hombre, en la imitación de Cristo y en el acercamiento a ese modelo, perfecta naturaleza humana, que permite abrigar mucha seguridad en el acierto.

El Humanismo cristiano de hoy, como el que significara Tomás Moro en el siglo XVI, no debe reclamar una autonomía absoluta para el hombre, sino la integración de éste en el orden de las cosas creadas. Exige que se siga trabajando en la procura de un progreso material, pero colocándolo cuidadosamente al servicio de ese crecimiento que va aproximando a su
modelo inmarcesible que es Cristo. No renuncia a ninguna de las posibilidades que se ofrecen, pero reclama que se haga un uso de las funciones humanas de acuerdo con el fin para el que fueron creadas. Considera, por ejemplo, que la sexualidad es un gran regalo hecho por Dios al hombre y a la mujer haciéndoles parte en la transmisión de la vida en un acto de amor y mutua integración, y pone en guardia contra los posibles desvíos que la rebajan. Sostiene, en definitiva que toda la existencia humana se apoya en esos dos mandamientos que son amar a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, pero no mas ni menos tampoco.

Recordando la frase puntual de San Juan de la Cruz, tendríamos que hacernos conscientes de la verdad que entraña: "desengáñate que a la tarde te examinarán en el amor".

2. Muchas veces, contemplando la sociedad y, por encima de ello, a nosotros mismos, podemos comprobar como nos estamos moviendo lejos de estas ideas y de sus principios; es fácil, en consecuencia, que nos dejemos ganar por ese pesimismo o pérdida de esperanza que es una de las derivaciones del desánimo. No está justificado: el bien, aunque no ocupe lugar en los medios de comunicación, se abre siempre camino. Porque el hombre, como nos recuerda el versículo del Génesis que he-mos mencionado en la charla anterior, ha sido creado para operar sobre ese mundo al cual pertenece constituyendo un extremo del mismo, ya que en él se reúnen materia y espíritu. Hace años un gran maestro de juristas e historiadores me hizo notar la diferencia esencial que existe entre dos palabras latinas que, por hallarse próximas, a veces confundimos: "operare" y "laborare". Se trata de actividades muy distintas pues la primera indica un esfuerzo de creación y no esa simple aplicación mecánica que puede realizar el borrico atado a su noria. El trabajo del asno posee extraordinaria utilidad pero nunca podría calificarse de creador.

Es propio de los seres humanos operar sobre la Naturaleza, hacia el crecimiento. En cierto sentido su trabajo puede considerarse como cooperación en el orden de la Creación. También en esto entra en juego el misterio de la libertad. El esfuerzo creador humano, persistente durante milenios y con un ritmo cada vez más rápido, ha puesto a disposición de las generaciones presentes, como ya sucedió con las inmediatamente pasadas, medios sumamente eficaces que las sitúa ante una disyuntiva. Pues el uso correcto de los mismos acarrea sin duda, un incremento de bienes, pero ¡el incorrecto... !. Un bárbaro armado simplemente de un garrote es, con toda seguridad, menos peligroso que si se le provee de ingenios atómicos. Por eso las guerras se hacen colosalmente destructivas. Cuando nos estremecemos con el recuerdo del holocausto, no podemos olvidar que el progreso científico hizo posible la ejecución de un hecho de semejantes dimensiones. Hoy sería suficiente pulsar un botón rojo para conducir partes de la Humanidad a su entera destrucción.

El nuevo Milenio lleva, en consecuencia, implícito un gran desafío, ya que de la respuesta que se de a los problemas planteados depende el futuro de la Humanidad. Nada está predeterminado pues entra en juego siempre la libertad. De modo que cuando se afirma, y no solamente por el Papa actual, con absoluto fundamento, que son muy sólidas las razones de la esperanza, no se está pretendiendo que su curso ha de ser inexorable, como la marcha del tiempo: cada coyuntura obliga a elegir, a tomar decisiones, y éstas pueden ser acertadas o erróneas. Penetramos de este modo en el gran secreto de la Historia, (que no puede ser sustituido por encuestas, cuadros estadísticos o leyes matemáticas inexorables, como se ha pretendido: Blaise Pascal advirtió hace siglos, que detrás de cada encrucijada puede aparecer la nariz de Cleopatra. Son muchos los ejemplos que podríamos aducir: si Alejandro no hubiera muerto a edad muy temprana, la lluvia no cayera en la mañana de Waterloo o Colón no obtuviese la ayuda sustancial de las Azores muchas cosas habrían cambiado, aunque no sabemos ni cuantas ni como. La Historia virtual no es lícita.

El mundo contemporáneo ha podido ampliar con nuevas dimensiones el ejercicio de la libertad: entre otras cosas se propugna la plena equiparación entre varón y mujer. Este avance entraña, sin embargo, un peligro pues a veces parece implicar que la mujer abandone sus valores, desarrollados desde esa rica forma de naturaleza que llamamos femineidad para adoptar los que corresponden al varón, como si hubieran de concederse a las dimensiones de éste una preferencia absoluta. Tal vez sería preciso recordar que los valores femeninos son, no solo esencia-les en la plenitud del ser humano, sino superiores: abnegación, intuición, afecto y, en definitiva, como recuerda Ratzinger, ese binomio profundo que desempeñan virginidad y maternidad, constituyen núcleos esenciales para la Humanidad. Los efectos de la plena igualdad de derechos y funciones en el seno de la fami-lia son importantes y, sobre todo, muy beneficiosos ya que apuntan a una cooperación más estrecha en esa función esencial de transmisión de la vida. Pues no existe otra de tanta importancia.

Ahora bien, en el caso de los seres humanos, esa transmisión no se reduce a los aspectos biológicos pues entra en ella el espíritu, y todo lo que este comporta y la diversidad y riqueza de la dualidad - "hombre y mujer los creó" recuerda con insistencia el Génesis - son absolutamente imprescindibles. El ejercicio de la progenitura por uno solo de los elementos o la desaparición frágil de la familia causan terribles daños precisa-mente a - los destinatarios. Gracias a los cambios consecuentes a la equiparación, se están corrigiendo posturas erróneas. No del todo, desde luego, ni de una manera universal. En sentido contrario, siendo la familia célula elemental, sociedad natural por excelencia, sufre y se agrieta con demasiada frecuencia. En algunos países puede considerarse definitivamente quebrantada.

Nos encontramos ante una coyuntura que presenta dos vertientes: progreso en libertad puede significar la desaparición de muchos defectos que separaban a marido y mujer y a padres e hijos en torno a una línea demasiado rigurosa en la diferenciación de las funciones; pero puede significar también el abandono de los deberes recíprocos. Y sin el cumplimiento de deber no hay ejercicio de la libertad, ya que de nada sirve que se me reconozcan derechos si no está ahí el otro dispuesto a procurar
que se me reconozcan. Podemos progresar si se logra el acercamiento entre los distintos miembros de una familia, hacien-do que el amor sea dimensión primordial para sus relaciones. 0 retroceder, considerando que el matrimonio debe convertirse en simple contrato temporal y revisable. Se pueden invertir térmi-nos muy radicales olvidando que los padres tienen deberes hacia los hijos que Dios les ha confiado y afirmando en cambio que tienen derecho sobre ellos, incluyendo la eliminación en el comienzo de su trayectoria cuando no son deseados.

Tal es la incógnita para un tiempo inmediato. ¿Seremos capaces de construir con los medios admirables de que ahora disponemos o nos dejaremos arrastrar por el espejismo de una búsqueda del placer?. ¿Limitaremos los procesos educativos a la adquisición de técnicas cada, vez más avanzadas o los reorientaremos para obtener una mejor formación?. En el mismo sentido, ¿estarán las generaciones futuras dispuestas a anteponer deberes a derechos, convencidas de que en esto radica el incremento en el ejercicio de la libertad?. Henri Bergson, judío que estaba tan próximo al cristianismo que sólo la persecución contra el Pueblo de Israel le detenía en sus consideraciones, advirtió que en la fuente misma de la Moral se encuentra un gesto positivo, de modo que aunque los mandamientos referidos al hombre se expresen mediante fórmulas prohibitivas -"no mentirás", etc. - lo que están proponiendo es una afirmación: "dirás la verdad". Cuando se prohíbe el odio al prójimo lo que se está reclamando es que se le ame.

3. Se atribuye a los siglos XIX y XX el descubrimiento y afirma-ción de los derechos del hombre. Confundimos muchas veces la manifestación o proclamación de un principio con el naci-miento del mismo, que la precede en el tiempo. Fue la Iglesia, por voz de sus Papas y tras un largo trabajo del pensamiento acerca del ius, la que en fecha tan lejana como la segunda mitad del siglo XIV, los definió. Para comprender bien la naturaleza del problema debemos comenzar recordando una diferencia de matiz que no es baladí: aunque la expresión nos parezca equivalente, no es lo mismo referirnos a derechos humanos que a derechos del hombre, pues en la primera de ambas definiciones, que es la sostenida por la Iglesia, se quiere decir que tales derechos se encuentran en la propia naturaleza del hombre, como ha sido creado, mientras que en el segundo se les presenta como resultado de un consenso o contrato social, que los hombres establecen por si mismos. Se advierte esta diferencia cuando se compara la formula norteamericana con la de la Convención francesa.

Si los derechos son establecidos por los hombres éstos pueden modificarlos. Por eso es conveniente aplaudir y apoyar con calor cualquier clase de establecimiento de derechos generales humanos pero sin perder de vista este matiz. Los cristianos estamos obligados a luchar para conseguir que tales derechos inherentes no se reduzcan ni alteren en su esencialidad. Por eso aborto, eutanasia y manipulaciones genéticas se denuncian como desviaciones peligrosas.

La Iglesia parte de un punto doctrinal que resulta, por otra parte, indudable: todos los hombres, siendo criaturas de Dios a quien deben la vida, son, en su naturaleza, iguales. Las diferencias raciales son meramente aleatorias: el color de la piel se coloca en la misma línea que la diferencia de estatura, el tinte de los ojos o la forma de la nariz. Tales diferencias resultan convenientes porque revelan que cada uno de los seres humanos, hombre o mujer, responde a características concretas que no se repiten: nada tienen que ver con la capacidad para el desarrollo de la existencia que está señalada por ese destino último de encuentro con Dios en la vida eterna. Esto es lo que verdaderamente importa. Cada persona debe aprovechar las circunstancias incluso aquellas que le parecen más adversas, para alcanzar este fin. Solo él puede colmar el ansia de felicidad que cada hombre lleva dentro. Como una especie de signo externo de tal igualdad, es preciso reconocer en todos los hombres, en cada hombre - Clemente VI y Eugenio IV lo explicaron en documentos que sorprenden por su claridad - tres derechos que son inalienables a su naturaleza: a la vida; a la libertad personal; y a la propiedad de aquellos bienes que ha producido. Se conculcan con harta frecuencia, pero eso sucede a causa de la injusticia y del pecado.

4. No puede decirse que las situaciones de injusticia estén corregidas, ni tampoco que los derechos humanos sean afirmados por todos de manera absoluta y certera. Algunos aspectos, desde luego que si, demostrando lo que decíamos al principio, que el bien acaba por abrirse camino. Pero, en cambio, se han introducido algunas incertidumbres y abusos nuevos. Por ejemplo se niega el derecho a la vida de los seres humanos concebidos pero aun no nacidos, y se trata de hacer extensiva la norma a los ancianos irrecuperables. A veces se ponen los derechos del hombre en relación con su ciudadanía. Se trata de prácticas, en el aborto y en la eutanasia, que al principio se presentan como practicables dentro de ciertos límites, pero la experiencia nos demuestra que tales limites no suelen durar mucho. También se declara legítimo el uso del cuerpo en contra de las leyes de la naturaleza. Y se pretende manipular la propia vida humana. Los cristianos tienen deber perentorio de combatir tales tendencias, no sólo porque van en contra de su propia doctrina, sino porque de ello depende el futuro de la Humanidad, también de los no cristianos.

Volviendo sobre un punto anteriormente tratado un curioso abuso de lenguaje atribuye a nuestros días una "liberación" de la mujer tratando de indicar con ello que las mujeres han estado siempre sometidas a condiciones de inferioridad y casi de esclavitud. Conviene evitar errores que pueden tener consecuencias serias. Algunos de los límites establecidos en la vida y conducta femeninas - lo mismo sucedía en otro sentido con los varones - no obedecían a criterios de inferioridad sino de dignidad, como era el caso de eximirlas de funciones militares: me asaltan dudas acerca de si matar a un semejante, aunque sea en guerra justa, es una condición de superioridad. Por ejemplo, cuando los Papas de los primeros tiempos reconocen el uso del velo en la cabeza a todas las mujeres lo que se está es otorgando una calidad de nobleza pues dicho uso se reservaba a las señoras de alta calidad. Los nobles debían abstenerse de trabajos asalariados y durante mucho tiempo se consideró como causa de indignidad para la mujer pobre, como para el noble, la necesidad de recurrir a ellos. Ahora sucede lo contrario pero esto afecta a varones y a hembras de modo semejante.

La igualdad entre hombre y mujer es una característica esencial de la doctrina cristiana, que se fundamenta en la doctrina de la salvación. En la práctica ha habido siempre inclinación a considerar, en la sociedad cristiana, que la vida virtuosa era mucho más abundante entre las mujeres que entre los varones, aunque éstos se hayan defendido con frecuencia denostándolas. Tampoco faltaron los predicadores que recordaban como por una mujer, Eva, había llegado el pecado al mundo. Todo esto no venía sin embargo a producir otra cosa que destacar las debilidades del varón. No hay diferencia en cuanto a los modelos de santidad.

Es importante, sobre todo, recordar, como recientemente ha hecho Juan Pablo II, que la Virgen Maria explica, con su presencia de Madre de Cristo, de que modo la más excelsa de las criaturas no es un varón sino una mujer. Profundo misterio que garantiza a la Iglesia contra cualquier posible equivocación en este terreno. Esta doctrina nos ayudará a hacer frente a una posible desviación que puede producirse en medios no cristianos: los valores masculinos y los femeninos no son alternativos sino complementarios; es importante que no se pierda ninguno de ellos en el terreno pantanoso de la promiscuidad.

Concluyamos, pues. Se hace evidente que en muchos terrenos tiene el cristiano una misión importante que cumplir en este umbral que acaba de trasponer en el camino de la esperanza. Tiene que contribuir, con la doctrina que abraza, con el ejemplo de su vida y con la comunicación abierta hacia los demás, en actitud de servicio, a que el futuro se construya rectamente. Ninguna piedra puede considerarse pequeña para la construcción del edificio.

B I B L I O G R A F Í A

La obra fundamentalmente seguida es la de Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, que es la entrevista de Vittorio Messori al Papa.

Yo mismo he recogido por escrito parte de esto en 2000. Razones profundas de la esperanza (ediciones Palabra).

Imprescindibles las encíclicas de Juan Pablo II, y especialmente las cartas apostólicas Tertio millennio adveniente y Novo millennio ineunte.

Alfonso López Quintás, El espíritu de Europa. Claves para una reevangelización.

Rafael Gómez Pérez, El Opus Dei. Una explicación.

 

 

     

 

 

3.2. Leonardo Mondadori, el "Polanco italiano", de ateo radical a católico

 

Michelle Brambila - Milán.-(Razón y Fe 3.IV.02) - Selección de Almudena Ortiz - piensaunpoco.com

 

El presidente del principal grupo editorial italiano, Leonardo Mondadori, apodado el "Polanco italiano", desvela en un libro titulado "Conversione. Una storia personale", publicado por su propia editorial, la famosa "editrice Mondadori", su extraordinaria experiencia religiosa: de ateo sin remedio a creyente que ha decidido vivir en castidad. Su testimonio público de fe católica ha revolucionado el ambiente laico de la cultura italiana. Otro converso, Vittorio Messori, ha sido su interlocutor en este libroentrevista que lleva vendidos 30.000 ejemplares en pocos días.

Leonardo Mondadori, presidente de la laica Mondadori, la casa editorial más grande de Italia, se ha convertido. Ha abrazado la mayor de las ortodoxias católicas, es decir, va a misa todos los domingos, tiene un director espiritual, frecuenta habitualmente los sacramentos y en particular la confesión, y por último, ha decidido -él, divorciado dos veces, hombre con fama de donjuán-, vivir soltero en castidad. Por si esto fuera poco, lejos de guardarse para sí este cambio de vida, ha decidido salir a la plaza pública contándoselo todo a Vittorio Messori.

"Temo la incomprensión"

P- ¿Por qué ha decidido hacer pública su experiencia?

R - Lo que me da miedo no es el riesgo de que me consideren pasado de moda. Lo que temo es que no me comprendan. Habrá alguno que dirá: míralo, tiene un tumor, se va a morir, y entonces se arroja en brazos de la religión.

P- Vittorio Messori, otro converso, dice en el libro que su vida cambió tras una experiencia parecida a una experiencia mística. ¿También a usted le ha sucedido algo semejante?

R- No, ninguna experiencia mística. Para mí ha sido un trabajo progresivo. Una sensibilidad que ha ido creciendo. Entendámonos, con muchas caídas, pero siempre con la voluntad de levantarme de nuevo.

P- Sí, pero habrá un día, una cara, un lugar, en definitiva, un hecho con el que comenzara todo, ¿o no?

R- Sí, recuerdo una comida con Pippo Corigliano, el responsable de las relaciones públicas del Opus Dei. Era en 1992, y en aquel tiempo, la religión no me interesa lo más mínimo, y menos aún la Iglesia. Pero sentía que mi vida estaba, ¿cómo decirlo?, llena de errores. Cargaba ya sobre mis espaldas dos divorcios, tres hijos de dos mujeres distintas. Corigliano me impresionó mucho. Decidí tener otros encuentros con él. Incluso empecé a pedirle consejo. Él fue muy discreto. Me dijo: si estás abierto a estas cosas, te presentaré a un sacerdote.

P- ¿Y acudió a él?

R- Fui, naturalmente. Un cura excepcional. Me respetó muchísimo. Me empecé a fiar de él, a seguir sus sugerencias. Y poco a poco, siguiendo lo que me

 

 

 

 

     

decía, me di cuenta de que encontraba las respuestas que buscaba. Me invadió un gran entusiasmo, quería cambiar toda mi vida de golpe. Y él, el sacerdote, con gran realismo, me frenaba: no tengas prisa, me decía, Dios no te pide imposibles, ve con calma.

P- ¿Qué le ha convencido de que el cristianismo es verdad?

R- Lo he respondido en parte: la constatación de que el Evangelio es realmente el manual de instrucciones para el uso del hombre. Que Jesucristo es realmente la respuesta a todos nuestros interrogantes. Que sólo quien sigue a Cristo se realiza plenamente. Ésta ha sido la primera "prueba" con la que me he encontrado. Además se añadió otra: la oración. He experimentado que cuando se pide algo a Dios con sinceridad y con recta intención, siempre nos escucha.

P- Cuenta en el libro, con emoción, el regreso a la confesión.

R- Sería más preciso decir el "descubrimiento" de la confesión. Sí, fue un gozo inmenso. Me acordé de cosas que había olvidado. Y luego me sentí en paz con Dios. Feliz.

P- Hoy muchos regresan a la religión pero eligiendo una especie de relación privada con Dios. Usted, en cambio, ha elegido la mediación de la Iglesia. ¿Por qué?

R- La Iglesia ha quedado como el último baluarte contra las locuras de nuestro tiempo. También aquí la vida me ha demostrado que quien sigue esa ortodoxia católica que funciona desde hace dos mil años, nunca queda defraudado.

 

3.3. Islam, islamismo, terrorismo islámico y manipulación de Dios

 

Manuel CRUZ.- GEA-MADRID

 

Afirma el historiador británico Paul Johnson ("Tiempos modernos. La historia del siglo XX desde 1917 hasta nuestros días ". Ediciones Vergara) que la historia de los tiempos modernos es, en gran parte, la historia del modo en que se colmó el derrumbe del impulso religioso que había configurado el viejo orden basado en el derecho y en la moral tradicional Esta percepción de vacío, consecuencia de la "muerte de Dios" decretada por los ilustrados, movió a uno de los principales "deicidas", Federico Nietszche, a profetizar que ese vacío sería ocupado por la "voluntad de poder" que abriría las puertas de par en par a los políticos totalitarios, un nuevo mesianismo ideológico con un apetito ingobernable de controlar a una humanidad sin guía ya la deriva. Lenin, Hitler y Stalin y su cortejo de millones de víctimas, serían los ejemplos más llamativos del triunfo del relativismo moral en que se instaló el mundo.

El acertado pronóstico de Nietszche, que trataba de explicar las nuevas tendencias de la conducta humana a partir del siglo XIX, podría tener validez al menos hasta la desintegración de la Unión Soviética y la aparición de un nuevo "orden" mundial basado en la hegemonía de Estados Unidos como única potencia. Ahora bien, el fenómeno terrorista internacional que conmocionó al mundo el11 de septiembre, ha significado, entre otras cosas, la estrepitosa caída de ese orden, tan solemnemente proclamado por George Bush padre a raíz de la guerra del Golfo en 1991 y que explica solo en parte el odio que en amplios sectores islámicos suscita Estados Unidos.

Como consecuencia, se hacen necesarias nuevas explicaciones que nos hagan entender hacia donde va el mundo a partir de un hecho que sorprendería al propio Nietszche: el aparente "renacimiento" de Dios decrecido por los ideólogos islamistas que quieren someter el mundo a Alá y, curiosamente, por el propio George Bush hijo que, como presidente de Estados Unidos casi se proclamó un nuevo mesías en los primeros momentos emocionales de la tragedia al hablar de "cruzada" contra los terroristas musulmanes, de guerra entre el Bien y el Mal, y de justicia infinita sin dudar siquiera en apropiarse del "copyright" evangélico de "quien no está conmigo está contra mi"...

 

Pero no nos equivoquemos: el Dios que "reaparece" en la historia es un Dios desfigurado y manipulado por estos dos frentes visibles, el de un mundo occidental secularizado y materialista que se sirve una religión "a la carta" para lavar su conciencia y que ha elevado a valores absolutos la libertad sin el límite moral de la responsabilidad y el de un mundo islámico que interpreta la voluntad divina a capricho de quien se erige en autoridad religiosa, sin que exista una autoridad única que pueda ofrecer una exégesis aceptada por la "umma".

Hay un tercer "frente" pseudorreligioso que participa de lleno en esta asombrosa e incongruente guerra en la que se convierte a Dios en beligerante de sí mismo: el "frente judío" que se ha dejado intencionadamente fuera del conflicto siendo como es el más comprometido y generador de la violencia islamista. La violenta ocupación de Palestina a raíz del final de la II Guerra Mundial por el movimiento sionista y la llegada masiva de supervivientes del holocausto, es el principal factor de todos los desequilibrios que vive el Cercano Oriente. Esa ocupación, no puede olvidarse, se basa en un principio teológico: la tierra prometida al pueblo de Israel que, desde el siglo VII, estaba habitada, en buena parte, por los descendientes de Ismael, el hijo de la esclava Agar y que la legítima mujer de Abraham, Sara, rechazó una vez que engendra a Isaac. Lo más llamativo de esta "reconquista" tardía de la tierra de la promesa es que, en su mayoría, los judíos que retornan son agnósticos que no dudan en actualizar derechos divinos de propiedad que la minoría integrista judía se encarga de recordar en un permanente ejercicio de coacción - recuérdese el asesinato de Isaac Rabin - cada vez que ven amenazadas sus colonias.

Puede que sea tarea fácil entender las primeras reacciones de Bush como creyente de una de las centenares de "iglesias" protestantes que proliferan en Estados Unidos y como líder humillado del primer mundo, aunque resulte escasamente cristiana la idea de venganza. Al fin y al cabo, parte de la cultura norteamericana, tan difundida por su industria cinematográfica, se alimenta con la legendaria idea del "far-west" en el que eran lícitos los linchamientos y la voluntad justiciera incansable de vengar a las víctimas inocentes de los pistoleros. Bush la recordó complacido con el lema del cartel más divulgado en las legendarias películas del Oeste: "Se busca a Ben Laden, vivo o muerto".

Otra cosa es entender el fenómeno del islamismo que, como ideología política de fundamento religioso, había iniciado ya su declive en el propio mundo islámico después de tantos años de violencia extrema, pero que ha derivado en la organización de grupos incontrolados que reclaman el restablecimiento de la "ley de Dios" (la "charía") y de la "umma" (la comunidad islámica) no solo en los países musulmanes sino en el mundo entero. Un error que puede observarse entre nuestros políticos es el intento de definir el terrorismo en su conjunto como un fenómeno de violencia que no tiene la menor justificación y que, por lo tanto, no merece la pena el esfuerzo de intentar entenderlo. Sin embargo, mal haríamos, como potenciales víctimas del terrorismo islamista, si no tratásemos de conocer al enemigo, al menos para defendemos mejor.

En este sentido, otro historiador británico, Timothy Garton, se preguntaba días pasados en Madrid, qué pasaba por la mente de un terrorista musulmán que después de una esmerada formación de corte occidental, es capaz de asaltar un avión y morir al estrellarlo contra las Torres Gemelas. Entender esto exige un esfuerzo intelectual que, a juicio de Garton, todavía no se había emprendido. En realidad, Garton se equivocaba porque, al menos en los últimos veinte años, han aparecido centenares de ensayos y estudios de reconocidos arabistas que han explicado con profundidad un fenómeno que ahora parece sorprender y que no tiene nada de nuevo en la historia del Islam. El fenómeno terrorista, concretamente, dura ya más de treinta años y en este tiempo han sido numerosos los aviones secuestrados o derribados, los atentados, los asesinatos, etc.

Bien distinto es que, desde la perspectiva de la cultura occidental, se tenga capacidad intelectual suficiente para introducirse en la cultura islámica y entender las mil y una sutilezas de este mundo que, pese a la unicidad aparente de su religión, es tan plural y contradictorio como pueda ser el nuestro. Sobre todo si el esfuerzo intelectual necesario no va acompañado de otro espiritual. Si a la sociedad occidental secularizada le cuesta ya entender la moral católica, mucho más difícil resultará comprender a esa otra sociedad que hace de Dios la razón única de su existencia.

En todo caso, el horror y la conmoción suscitados por los atentados terroristas contra los grandes símbolos del poder occidental, empieza a tener como consecuencia un interés renovado por el mundo islámico, ese magma impresionante que va desde Marruecos en el Atlántico a Indonesia en el Pacífico y que ocupan más de mil millones de musulmanes. Hasta ahora podía decirse que ese interés era cosa de unos pocos intelectuales, arabistas o islamólogos, que ofrecían sus saberes a grupos reducidos de estudiosos mientras el gran público, pasada la curiosidad por la revolución de Jomeini en Irán, asistía más menos indiferente a las luchas internas que se desarrollan al otro lado del Mediterráneo con su sangriento cortejo atentados y de víctimas.

En realidad, el integrismo islámico o, mejor dicho, los movimientos ideológicos islamistas que ahora se han manifestado de manera tan feroz en Estados Unidos, están golpeando al mundo desde hace más de treinta y cinco años y los intereses norteamericanos han sido sus blancos preferidos, en Beirut, en Arabia Saudita, en Somalia, en Adén, en Tanzania, en Kenia. Ahora bien, donde más se ha concentrado ha sido en los propios países islámicos, sobre todo a partir de la primera "yihad" de los tiempos modernos, la de Afganistán contra el invasor soviético y que se convirtió en el vivero de los más sangrientos activistas de la "renovación" islámica que llegaron a contar, como es bien sabido, con la simpatía de la propia Norteamérica. De alguna forma podría afirmarse que los atentados de Nueva York y Washington han sido los coletazos póstumos de la "guerra fría", en la medida que Afganistán fue el último escenario del enfrentamiento ideológico de las dos potencias con el efecto impensado del "despertar" belicista de las corrientes más extremistas del Islam.

Puede que todavía no se haya estudiado en profundidad el tremendo cambio psicológico que se produjo entre los "muyahidines" afganos una vez derrotado el Ejército soviético. Como explicación no basta el hecho de que Estados Unidos retirase su ayuda militar y económica a los triunfadores, envueltos inmediatamente después en una virulenta guerra civil que ha costado ya más de un millón de muertos y lo que aún queda por venir. En realidad, los "talibán" de origen "pashtum", etnia mayoritaria en el país aunque divididos en diversas tribus, se alzaron con la victoria provisional sobre las demás etnias enfrentadas gracias al apoyo decisivo de la vecina Pakistán, a su vez aliada de Arabia Saudita y Estados Unidos y que estaba -y está- interesada en contar con un aliado seguro en Afganistán para asegurar una futura explotación de los recursos energéticos de Asia Central cuya evacuación se haría por territorio pakistaní. Obviamente, esta estrategia, que forma parte del "Gran Juego" petrolífero, cuenta con el respaldo de Estados Unidos, hasta ahora interesado en evitar el paso de los futuros gaseoductos y oleoductos por territorio iraní.

Esto quiere decir que Estados Unidos no ha dejado de mantener su atención en la estabilidad que podía ofrecer un Afganistán pacificado y con un régimen aliado de Pakistán. Sin embargo, la guerra del Golfo vino a introducir una variable significativa en el "despertar" islamista, al aparecer Usama Ben Laden como financiero de los "talibán" y declararse enemigo de Arabia Saudita por su alianza con la coalición occidental, materializada en la instalación de bases norteamericanas en los Santos Lugares, todo un sacrilegio que se ha convertido en un auténtico quebradero de cabeza para la familia real saudita. El caso es que, a partir de ese momento, una vez despojado de su nacionalidad saudita, Ben Laden activa la organización " Al Qaaida" y emprende la guerra contra su antigua patria y los Estados Unidos al tiempo que se desencadena una gran ofensiva ideológica de los islamistas, fogueados en Afganistán, para ocupar el poder en sus países, a imagen de la revolución iraní. El caso más emblemático y que en un principio no utilizó la violencia sino la vía democrática de las urnas, es el de Argelia donde ya se han registrado más de cien mil muertos desde que el Ejército impidió la victoria del FIS en las primeras elecciones libres del país. Pero no puede olvidarse la violencia desencadenada en Egipto, patria de los "Hermanos Musulmanes" y el "golpe" islamista en Sudán, único que ha triunfado fuera de Irán.

El único país que ha sabido combatir con éxito el terrorismo islámico ha sido Túnez, que, en 1991, puso fuera de la ley, con centenares de penas de muerte, al movimiento de "renovación" "En Nahda", alentado desde Arabia Saudita, Egipto y Argelia. A este respecto, el presidente Ben A1í puso ya en guardia al mundo occidental sobre los riesgos que corría al dar cobijo como refugiados políticos a numerosos dirigentes islamistas. Y afirmaba que el terrorismo se engendraba en el oscurantismo religioso como un virus opuesto a todos los valores democráticos. "El integrismo islámico -decía- es la negación de la democracia, de la libertad y del progreso. Nosotros lo hemos liquidado ya. Pero el problema está en París, en Londres, en Washington. Francia, el Reino Unido y Estados Unidos se han convertido en el cobijo de los terroristas integristas".

Un salto ideológico de siete siglos

A lo largo de la historia islámica han sido frecuentes los movimientos de "renovación" del espíritu religioso de la "Umma", amenazada de desvío por el "descuido" de los califas, más ocupados en los asuntos temporales que en su función principal de velar por el Islam. La inmensa mayoría de los movimientos modernos que han elegido la vía de la violencia para imponer la "sharía" o ley coránica, están inspirados en el pensamiento de un eminente seguidor del rito "hanbal1"' del siglo XIII: Sus escritos fueron recuperados por los primeros resistentes al imperio británico en la ciudad india de Deoband. Allí surgieron, a mediados del siglo XIX, las primeras "madrasas" que enseñaban a sus discípulos una estricta interpretación del Corán para no perderlas señas de identidad religiosa de la comunidad musulmana y que en Arabia Saudita prendió con el nombre de "wahabismo" por su fundador Abdel Wahab, a mediados del siglo XIX. En estas enseñanzas se alimentó Al Maududi, un jeque indo-pakistaní que, sin pasar ala acción política, destacó como el más carismático de los renovadores del pensamiento islámico, entendiendo "renovación" como la vuelta a los orígenes. De ahí parten los millares de escuelas coránicas que se multiplicaron en Pakistán con la ayuda económica de Arabia Saudita y de las que, pasados los años, se formaron los "talibán", (de "talib, estudiante).

En ese caldo de cultivo, sobresale la escuela "salafista-yihadista" (de "salar', adepto al Islam de los primeros tiempos del Corán y "yihad", guerra santa) acaudillado por Ben Laden que, primero con los "muyahidines" afganos y, desde 1996 con los "talibán" ha impulsado el sueño de liberar no solo Afganistán sino a todos los países islámicos de sus sistemas corruptos, empezando por su patria adoptiva, Arabia Saudita, a la que acusó de "desviacionismo" por su alianza con Estados Unidos. Bueno es recordar en este contexto que el rey Fahd tomó a Ben Laden por un idiota que no merecía siquiera tener en cuenta aunque luego decidiera tomárselo más en serio hasta desposeerlo de la nacionalidad saudí. Un dato menos conocido de la actividad de Ben Laden es la fundación, en 1998, de un "Frente Islámico Internacional contra los Judíos y los Cruzados" que suscribió el movimiento egipcio " Al Yihad" del doctor Zauahiri, adepto del omnipresente Ibn Taymiia, inspirador también del otro gran ideólogo de la renovación, Hasan Al Bana, fundador en 1928 de la cofradía de "Los Hermanos Musulmanes" en Egipto y que fue condenado a muerte por el rey Faruk. Entre sus discípulos sobresale el antes citado Said Qobt que, a su vez, fue condenado a muerte por Gamal Abdel Naser.

Nos encontramos así con el principal trío de pensadores islamistas modernos que, muertos de manera violenta, tienen seguidores en todo el mundo islámico, entre otras razones porque la monarquía saudita se ha ocupado, a lo largo de los últimos decenios, de subvencionar sus petrodólares las escuelas coránicas y las mezquitas donde se imparte una enseñanza estricta del Corán. Obviamente, uno de los discípulos más aventajados, fue el propio Ben Laden, doctorado en derecho coránico en Yedda junto a otros príncipes de la familia real que tuvieron por maestro a Mohamed Qobt, hermano de Said. Por cierto, nadie se ha preguntado todavía qué se predica en las mezquitas españolas construidas con los donativos saudíes y dirigidas por "imanes" adictos al wahabismo. Una pista nos la pueden dar las redes desmanteladas en España de presuntos terroristas relacionadas con Ben Laden entre los cuales figura un español converso llamado Yusuf Galán, que dirigía en Asturias una supuesta asociación cultural islámica cuyo nombre no es ninguna casualidad: el del piadoso pensador islámico del siglo XIII Ibn Taimíia.

A este mundo del integrismo ideológico se inscriben prácticamente todos los movimientos que, financiados por Arabia Saudita en su momento o por Irán a partir de la revolución jomeinista, llevan el apelativo inequívoco de "Yemaa", (asamblea o agrupación), "Islami" "Hamas", "partidos de Dios" (hezbolah), incluido el FIS y el GIA argelino con sus múltiples escisiones y que tienen en el punto de mira la "purificación" de sus países además de la guerra a Israel y sus protectores. Curiosamente, la OLP de Yaser Arafat, que antaño se benefició de la ayuda económica saudita hasta que la perdió por su apoyo a Saddam Husein, no ha contado nunca con la simpatía de Ben Laden que ve en esta organización laica una copia de los demás regímenes árabes que considera corruptos. ..

No puede perderse de vista en este contexto un dato fundamental: una vez que la "umma" perdió su carácter unitario y las potencias europeas se repartieron los despojos del califato otomano, fue el nacionalismo árabe, más pasional que racional, el que abanderó la lucha contra los colonizadores si bien contó pronto con el respaldo de las corrientes islamistas. El gran pretexto de esta unión estratégica entre las "elites" de formación occidental y las hermandades musulmanas fue la lucha contra Israel desde el momento mismo de su fundación en 1948. Tras el estrepitoso fracaso del nacionalismo, cuyo caudillo indiscutible fue Gamal Abdel Naser, los movimientos islámicos, impulsados por la inevitable Arabia Saudita y por los menos inevitables Estados Unidos, pretendieron asumir el relevo de las clases dirigentes. Fue el momento de la división del mundo árabe en "progresistas" y "moderados" en uno de los escenarios más calientes de la "guerra fría".

La reacción de los dirigentes políticos en Egipto fue rápida, brutal y significó el rápido declive de los Hermanos Musulmanes como hipotética alternativa de poder. Por una parte, Egipto, que había jugado a aprendiz de brujo en sus coquetos con la URSS, cambió el signo de sus alianzas exteriores y, por otra, se fortalecieron los regímenes socialistas de Siria e Irak, inspirados en un partido, el "Baas", cuyo principal ideólogo fue, curiosamente, un cristiano llamado Michel Aflak. En este contexto se inscribe también el nacimiento de la Organización para la Liberación de Palestina, de corte laico y los demás grupos de liberación de Palestina de tendencia comunista, enfrentados por tanto a las corrientes islamistas. Sin embargo, a medida que el islamismo como corriente ideológica era arrinconado por las clases dirigentes en Egipto, Argelia o Túnez, en Afganistán se consolidaba el poder "talibán" y se extremaba la violencia de la organización de Ben Laden " Al Qaaida" junto a otros grupos centrados en el terrorismo contra Israel que tanto ha perjudicado los acuerdos de Oslo. Pero este epílogo está aún por escribir.

Preguntas y miedos

Pero todo esto es historia y lo que ahora nos preocupa es profundizar en lo que pronto será historia, es decir, responder a la gran pregunta del por qué de la tragedia del 11 de septiembre y qué repercusiones tendrá en un futuro inmediato. A este respecto, un profesor de la Universidad de Wisconsin, Daniel Maguire, se hacía días pasados en un artículo de amplia repercusión dentro y fuera de Estados Unidos la pregunta que más lacera a la opinión norteamericana: " ¿Por qué los pobres del mundo nos odian tanto a nosotros, los americanos?"

Él mismo se contestaba sin pelos en la lengua: Estados Unidos es, a los ojos de esos desheredados, una especie de gorila arrogante y por todos halagado que se ha construido sobre los cimientos de la esclavitud y el racismo y que, sin embargo, cierra la puerta en las narices de todos en la cumbre de Durban sobre el racismo. Un país que se encoge de hombros ante los genocidios de Ruanda y Burundi. Un país incapaz de tener una política equilibrada en el cercano Oriente y que sepa defender con la misma fuerza y la misma ayuda financiera la existencia de un Estado palestino cuya integridad territorial sea tan garantizada como la de Israel. Un país que no comprende la comunidad islámica, capaz de unirse por encima de fronteras, de razas y de naciones. Un país que ha dejado morir medio millón de niños en Irak como consecuencia de las sanciones económicas. Un país que se gasta 30 millones de dólares a la hora en garantizar inútilmente su propia seguridad mientras más de 1.200 millones de seres humanos viven en la pobreza absoluta y de los cuales más de cuarenta millones mueren cada año de hambre. Un país, en suma, que se ha erigido en el protagonista de la escena mundial pero que mira con frialdad y sin compasión a esos pobres, que, añade el profesor Maguire, no son idiotas y saben que el 83 por ciento de la riqueza del mundo está en las manos del 20 por ciento de la humanidad...

La conclusión es bien sencilla para el citado profesor norteamericano: es urgente y necesario atacar el mal en sus raíces y ese mal es la injusticia en el Cercano Oriente, el desastroso reparto de riqueza en el mundo y la proliferación del hambre. En definitiva, para que Estados Unidos dejen de ser odiados hace falta una voluntad política y moral para remediar la situación y la gran esperanza para el futuro reside, paradójicamente, en el hecho de que el miedo suele abrir los ojos de la sabiduría.

A este respecto, bien puede afirmarse que la guerra iniciada por Ben Laden y continuada por Estados Unidos con el bombardeo de Afganistán es la guerra de los miedos. Por un lado está el miedo de los islamistas a perder sus señas de identidad y su seguridad religiosa basada en la convicción de que Alá es la única superpotencia amenazada por Occidente. Por otro lado está el miedo de Occidente a perder sus niveles de consumo y de bienestar así como su seguridad, basada en el dominio del más fuerte que, hasta ahora, le ha permitido garantizar los recursos energéticos. Ese miedo occidental se ve incrementado por el temor a profundizar en las causas de todo lo ocurrido... y descubrirse culpable. A todos estos miedos podríamos añadir otro que nos afecta a todos: el miedo a la ausencia de líderes políticos capaces de gestionar la paz después de haber gestionado la guerra.

En estos momentos es evidente que, dentro del mundo islámico, cada vez más fragmentado y caótico, los miedos se reparten por igual entre los islamistas que ven en peligro sus ideales religiosos y los regímenes más o menos despóticos y corruptos que temen ser desbordados por los islamistas. Como consecuencia, el miedo se expande por una sociedad carente de liderazgo intelectual y político así como de expectativas de futuro. A la precariedad económica de estos países se han añadido ahora las dramáticas consecuencias del descenso drástico del turismo y de las inversiones extranjeras.

Como reflexión final y volviendo a las ideas iniciales, resulta evidente que estamos asistiendo a un descubrimiento asombroso, el retorno de Dios a la Historia, aunque sea un Dios desfigurado y caricaturizado. Lo cual no deja de suscitar también miedo en los ambientes más secularizados. No han faltado, en efecto, intelectuales que han aprovechado el desafío islámico para hacer propaganda de su ateísmo y culpar a todas las religiones de todos los males que ha sufrido la Humanidad. Es el caso del premio Nobel de Literatura, José Saramago, bien conocido por su militancia marxista. Por supuesto, no han faltado quienes han recordado a Saramago todo lo contrario: que los males le han venido a la Humanidad por los intentos de eliminar la religión, sobre todo a partir de la Revolución Francesa y de la Revolución Soviética. Otros pensadores, como Habermans, más frío en su análisis de la tragedia del 11 S, afirma que de seguir Occidente con su proceso de secularización sin valores, no logrará resolver sus conflictos internos y externos. Otros como Enrico Fenzi, que fue uno de los ideólogos de las Brigadas Rojas italianas y conoce bien lo que es el terrorismo, detecta en la juventud una nostalgia por valores no materiales y que una visión totalmente secularizada carece de atractivo. Y en este debate estamos ya inmersos...

" Al Qaaída", algo más que una lista de terroristas suicidas

El origen inmediato de "Al Qaaída" es la base de datos elaborada por Ben Laden en 1986 para recopilar la identidad de sus millares de seguidores en la guerra de Afganistán. De ahí que se haya traducido como "La lista" o "La red". Pero su significado arroja mucha luz sobre el comportamiento de los terroristas que se estrellaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono. "Qaaída" significa, efectivamente, el conjunto de normas de conducta no escritas de los miembros de un grupo en relación con su jefe. Es decir, es "la costumbre", la cultura que está arraigada en una tribu, una aldea y, por extensión en todo un país, por encima incluso de las leyes.

Los miembros de ese grupo más o menos extenso, deben una fidelidad absoluta al jefe, en este caso al jeque, imán, cherif (descendiente del Profeta) o quien se haya investido de autoridad por su piedad y fervor religioso. En Marruecos, por citar un ejemplo que nos cae muy cerca, la expresión más visible de la "qaaída" era -y es- el acto de sumisión de las tribus o grupos sociales al sultán -al rey- mediante el juramento de la "bella", sometimiento religioso, político y social al" Amin al muminín" o comendador de los creyentes como descendiente del Profeta. Esto explica, sin acudir a otros razonamientos políticos, que Hasán II organizara la "marcha verde" para ocupar el Sahara español una vez que el Tribunal de La Haya reconociese la existencia de viejos lazos de "sumisión" al sultán por parte de las tribus saharianas, único documento de "propiedad" o soberanía que el sultán de Marruecos podía exhibir sobre esos territorios. El profesor Mohamed Tozy lo explica con varios ejemplos referidos al mundo rural en su interesante obra "Monarquía e Islam político en Marruecos" cuya lectura recomiendo vivamente.

El hecho es que Ben Laden consiguió en Afganistán un "status" de líder religioso con el' pleno respaldado del dirigente de la teocracia afgana: el "mulá" Mohamed Omar Ajunzada, que fue proclamado por los talibán, hace tan solo cinco años, " Amin al muminin" o jalifa del Profeta, lo que le confería una autoridad religiosa y política de carácter absoluto. Pues bien, los miembros de la "lista" de " Al Qaaída", están obligados a una obediencia ciega a su jefe, al extremo de no importarles su vida propia con tal de ejecutar las órdenes recibidas. Como es natural, esto sólo se explica en el ámbito islámico teniendo en cuenta que la palabra Islam significa, a su vez, sometimiento a la voluntad divina que, en este caso, está "encarnada" por el "mulá" Ornar que, a su vez, es el gran protector de Ben Laden. Esto significa que Ben Laden ha podido disponer de la vida de sus millares de seguidores, plenamente convencidos de que su terrorismo es una faceta más de la lucha del Bien contra el Mal, exactamente el mismo plano religioso que ha utilizado George Bush como réplica al terrorismo.

La "Yihad "

El origen de la yihad en su máxima expresión de guerra santa, según la interpretación que le da el ideólogo Said Qobt, está en el mandato que recibió el profeta Mahoma de extender la revelación recibida a su familia, a su tribu, a los árabes de su entorno, a los demás árabes y, por último, a toda la humanidad. Mahoma se encontró con tres tipos de impíos: a los que se puede conceder una tregua, a los que se debe luchar sin contemplaciones y los que deben pagar el impuesto (es decir, judíos y cristianos) a menos que se conviertan. El objetivo último, según esta interpretación, es someter el mundo entero al Islam, Una voluntad que, dicho sea de paso para no olvidar el origen histórico de todos los movimientos islamistas, puede interpretar cada musulmán libremente según su cultura, su fanatismo y, sobre todo, su ignorancia.

Lo que dice el Corán (Azora 2, aleyas 190 a 195, que llevan por título "En defensa propia") es lo siguiente: "Combatid por Dios contra quienes combatan contra vosotros, pero no seáis vosotros los agresores. Dios no ama a los agresores. Matadles donde los halléis y expulsadles de donde os hayan expulsado. La tentación es peor que el homicidio. No combatáis contra ellos junto a la Mezquita Sagrada, a no ser que os ataquen allí. Así que, si combaten contra vosotros, matadles: esa es la retribución de los infieles. Pero si cesan, Dios es indulgente, misericordioso. Combatid contra ellos hasta que dejen de induciros a apostatar y se rinda culto a Dios. Si cesan, no haya más hostilidades contra los impíos. "El mes sagrado es para el mes sagrado. Las cosas sagradas caen bajo la ley del talión. Si alguien os agrediera, agredídle en la medida que os agredió. Temed a Dios y sabed que Él está con lo que le temen. En la Azora 9, aleya 121 se dice: "iCreyentes! Combatid contra los infieles que tengáis cerca! iQue os encuentren duros! iSabed que Dios está con los que le temen!"

     

 

 

3.4. Juan Pablo II, el gigante del siglo XX"

 

 

Javier Paredes
Profesor Titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá.

Muchísimas gracias a todos Vds. por vuestras asistencia, muchísimas gracias por la presentación tan bondadosa que me acaban de hacer, a la que sólo quiero rectificar en un punto. Quizá porque las informaciones son las del Registro Civil, se dice que yo tengo seis hijos, cuando en realidad tengo siete. Tengo seis aquí abajo y una en el Cielo que es la que me saca de los apuros.
Voy a hablarles a Vds. de Juan Pablo II. Comparto su criterio al elegirle la figura principal del siglo XX. Yo mismo, al redactar su biografía en el Diccionario de los Papas y Concilios, recientemente publicado por la editorial Ariel, he escrito que, sin duda, Juan Pablo II es el personaje más importante de la historia contemporánea; y esto sin que haya acabado todavía sus realizaciones como Pontífice... ¡Dios quiera conservarle todavía mucho tiempo en esta Tierra!
Ni siquiera los peores tiranos, en los que ha abundado el siglo XX, han llegado tan bajo como él tan alto. Basta con poner en comparación, nombres de personajes históricos de los dos últimos siglos para ver la diferencia. Dicho esto, debo afirmar a la vez que como historiador no puedo hacer un juicio definitivo todavía. Su pontificado está desarrollando su historia, no es un ciclo cerrado y, por tanto, no lo podemos juzgar, no podemos decir cuál es la influencia, - sabemos que existe- pero no podemos decir cuál es la influencia exacta de Juan Pablo II -por ejemplo- en la quiebra del comunismo, porque todavía se están produciendo acontecimientos.
Fijar los criterios y la interpretación del Concilio Vaticano II
Pero cuando digo que Juan Pablo es el personaje más importante de la Historia Contemporánea, no estoy haciendo una afirmación gratuita. Por lo demás, los méritos por las que yo sostengo que Juan Pablo II es el personaje más importante de la Historia Contemporánea, son generalmente aceptadas por casi todos mis colegas. A mi juicio, el actual Romano Pontífice, pasará a la historia, sin duda, por una de sus realizaciones más importantes, como ha sido fijar los criterios y la interpretación del Concilio Vaticano II. Un Concilio que él conocía perfectamente y en el que tuvo una intervención, unas intervenciones, destacadísimas. Sorprendió a todos los padres sinodales en su primera intervención. Entonces era un obispo poco conocido, y fue a partir del Concilio cuando despuntó como personalidad de gran categoría. Su primera intervención, hecha en un latín perfecto, sorprendió porque, como se sabía, él no había sido seminarista de pequeño, sino que había entrado en el Seminario mucho más tarde. Según sus biografías, cuando él estudió en el Instituto, para ganar la matrícula en latín, tuvo que someterse a un examen oral de una hora, sobre preguntas improvisadas que le hacía un tribunal, a las que el joven Wojtyla tenía que responder -naturalmente- en latín. Así es que años después no tuvo ninguna dificultad para hacer su discurso en la lengua oficial de la Iglesia ante las padres sinodales. Por otra parte, su dominio de lenguas es de sobra conocido. Siendo todavía estudiante universitario, ya era reconocido en su Polonia natal como uno de los grandes valores por sus aportaciones a la Lingüística.
Y digo que este Concilio que él conoce perfectamente, en mi opinión, ha quedado interpretado y aplicado en la Iglesia, en estas tres realizaciones:
En primer lugar, en la reforma del Código de Derecho Canónico
En segundo lugar, en el Catecismo de la Iglesia. No hay duda que, quien quiera saber lo que dice el Concilio Vaticano II, lo tiene a su alcance perfectamente claro en ese Catecismo.
Y, por supuesto y de manera más amplia, la interpretación del Concilio Vaticano II, está en todo el cuerpo doctrinal de las Encíclicas y discursos , inmensos, ingentes, que ha publicado durante estos años. Sin duda, el Concilio Vaticano II es uno de los grandes acontecimientos de la Iglesia, que Juan Pablo II ha sabido desarrollar.
No voy a hacer, en esta conferencia, una biografía cronológica del personaje. Esta lo tienen Vds. en el diccionario que les citaba al principio, junto con las biografía de los 262 antecesores suyos. Por lo tanto, me voy a fijar algunas facetas del Romano Pontífice actual que a mí me parecen que son las más interesantes.
La primera es su faceta intelectual, que se caracteriza por la pérdida del miedo. Recordarán Vds., cuando se asomó al balcón, recién elegido, aquellas palabras: "no tengáis miedo, abrid aún de par en par las puertas a Cristo " que nos dejó a todos sorprendidos e infundió un aliento de optimismo. Pues bien, poco después de ser sacerdote, escribió una obra de teatro que se titula "Hermano de Nuestro Dios". Es la obra de un personaje polaco que perdió una pierna, que después fundó una orden para atender a los pobres, conocido como el hermano Alberto y que, como saben, fue beatificado en 1983.
Hablando a los desheredados en esa obra, - ¡hay varias obras de teatro de Juan Pablo II que todavía ni siquiera están traducidas y además muy importantes! - en un momento del diálogo de esos personajes, dice: "¡Ajá, misericordia, una moneda aquí, una moneda allá, por el derecho de poseer tranquilamente millones en bancos, bosques, granjas, títulos, acciones, y con ello, trabajo arduo, propio de animales, durante 10 o 12 o 16 horas" Y hablando a esos desheredados para que exigieran sus derechos, los dice: tenéis derecho a tener derechos humanos. He venido a despertar lo que duerme dentro de vosotros No tengáis miedo. " No era nuevo; cuando se asomó al balcón, hacía ya mucho tiempo que le había perdido el miedo al miedo, para recobrar esos derechos humanos, manifestación de la dignidad de la persona. Esta es una constante en su enseñanza y una constante también en la tradición filosófica por la interpretación de esos derechos humanos.
Los Derechos Humanos de los que habla Juan Pablo II, son unos derechos humanos fundados en la naturaleza humana, de manera que, siguiendo la tradición filosófica de Aristóteles en esa tercera definición que el filósofo griego tiene del hombre y que no es muy conocida. De todos es sabido su definición: el hombre es un animal racional. También es conocida su definición del hombre como animal político. Pero creo que es en La Política, donde Aristóteles llega a afirmar que también el hombre es un animal ético, de manera que la eticidad, forma parte de su ser. Quiere esto decir, que, los derechos humanos están en nuestra naturaleza sin necesidad de que nos los conceda nadie, absolutamente nadie en esta Tierra.
Ni los organismos internacionales, ni los Parlamentos nacionales, nos pueden conceder lo que ya tenemos. ¡No tengáis miedo a reclamarlos! Ningún Parlamento puede conceder cuarto y mitad de derecho a la vida, es nuestro derecho, no nos pueden conceder tener dos brazos, los tenemos; lo que nos tienen es que "reconocer" los derechos, en modo alguno concederlos y... ¡sin supuestos! ¡sin supuestos! Los famosos "supuestos" de nuestra legislación española están cortando miles de vidas inocentes. Quienes defienden tales supuestos hoy se guarecen bajo la legislación, que ellos mismos dictan para protegerse, pero no me cabe la menor duda que la Historia les reserva un juicio terrible, al igual que a todos aquellos que por cobardía o comodidad no levantan su voz a favor de la vida en los ámbitos científicos, intelectuales o políticos ...
Unidad de vida
La segunda característica de Juan Pablo II es su unidad de vida. Tanto en su forma personal, como en sus enseñanzas. Hay un personaje en la vida de Juan Pablo II, que va a pasar a la historia, a pesar de su poca relevancia social. Me estoy refiriendo a un sastre de Cracovia que se llama Tyranowski, Jan Tyranowski Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Juan Pablo II frecuenta la parroquia de los Salesianos y tienen que abandonar los frailes aquella parroquia, un sastre, Tyranowski, taciturno, poca cosa, calladito, es el que recibe el encargo de los religiosos salesianos de. atender a los jóvenes que van por esa parroquia.
Gracias a Tyranowski, mejor, gracias a la intervención de Dios, que quiere contar con las decisiones humanas, podemos decir que gracias a Tyranowski, si se tiene en cuenta lo que acabo de decir, Juan Pablo II llega a ser sacerdote. Piensen Vds. que cuando hace el examen de grado de bachiller y el Obispo de Cracovia va al Instituto de Wadowice, el encargado de pronunciar la lección inaugural es Wojtyla, que entonces es estudiante. Tan sorprendido se queda el Cardenal, que dice al director del Instituto: "y este chico ¿no podría venir al Seminario?" Y él, que oye esa intervención al Cardenal, haciendo uso de su libertad y de su derecho, dice 'Esas cosas se me preguntan a mí, y no voy a ir al Seminario" Pues eso que no pudo conseguir todo un Cardenal de Cracovia, lo va a conseguir un modesto sastre, Tyranowski.
Tyranowski le descubre su vocación sacerdotal y Tyranowski le descubre otra cosa muy importante: los escritos de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz, hasta el punto que hay un momento en que Juan Pablo II, duda o piensa, ingresar en el Carmelo. Pero lo que le enseña Tyranowski es esa unidad de vida que destaca un biógrafo suyo como Tad Szulc - esa biografía que Vds. habrán conocido y que es una de las más difundidas, bastante buena-. Sin embargo, Szulc no sabe interpretar muchas de las cosas que ha tenido el privilegio de ver, porque el propio Juan Pablo II le ha concedido estar muchas horas con él... Pues bien, Szulc dice que el Papa Juan Pablo II, tiene un gran poder de concentración. ¿Cómo que un gran poder de concentración?
Cuando Szulc dice que se concentra y recapacita en los viajes, porque él ha viajado con el Papa en avión, y le he acompañado en los encuentros, en las audiencias oficiales y hasta por las dependencias del Vaticano, lo que está haciendo Juan Pablo II, no es concentrarse- lo que está haciendo es aplicar esa doctrina que él ha aprendido en los escritos de Santa Teresa de que entre los pucheros anda Dios. Y si Dios anda entre los pucheros, cómo no va a andar en la Plaza del Vaticano entre tantos peregrinos. Lo que está haciendo Juan Pablo II es rezar. Tiene esa unidad contemplativa enseñada por la propia Santa Teresa de manera que, cuando viaja, cuando pronuncia un discurso, cuando recibe a cardenales, lo que está haciendo es rezar. El propio Szulc, nos da también la clave para conseguir esa continua presencia de Dios; pues aparte de esas "concentraciones" de las que habla, llega a afirmar que Juan Pablo II, reza ante el Sagrario, entre cinco y siete horas diarias.
El acto europeísta de Santiago
Bien. Hecho este perfil de intelectual y de unidad de vida, quiero pasar a otro tema. Vamos a dejar al personaje para comentar, en lo que queda de mi intervención, dos acontecimientos del pontificado que he elegido para esta ocasión. Y Vds. reconocerán que, estando en Santiago, quiera analizar un acontecimiento de su pontificado, decisivo, importante y significativo como fue el acto europeísta que tuvo Juan Pablo II en la Catedral de Santiago. Creo que el marco es propio y que la intervención aquella, merece un comentario. El segundo, lo reservo y lo dejo en la incógnita para crear un poco de emoción; será más breve que éste, pero les adelanto que les va a sorprender.
Cuando yo analizo la figura de Juan Pablo II, y su intervención en el acto europeísta de la catedral de Santiago, les pongo en guardia de que lo hago como historiador. Y para entendemos, necesito referirme a dos concepciones que tengo sobre el acontecer histórico, que aprendí de ese gran historiador que es Gonzalo Redondo, cuyas enseñanzas se reflejan en esta conferencia. Primera: la Historia es la historia de la libertad. No hay leyes en la Historia, por eso no hay que tenerle miedo al futuro. El futuro está abierto y lo hacemos a golpes de libertad. El fin de la Historia no es el engrandecimiento de los imperios, ni el engrandecimiento de los Estados, ni el engrandecimiento de la raza. La historia es el estudio de los actos humanos, y, como no hay acto humano sin libertad, la historia es la historia de la libertad. El fin la Historia consiste en que los hombres alcancen su plenitud, es decir que sean plenamente hombres, naturalmente siendo libres. Y esto para los que por suerte tenemos fe significa tratar de alcanzar -con la ayuda de la Gracia de Dios- nuestro destino como criaturas de Dios; es decir ser plenamente santos. Ese es el sentido de la historia, con el que yo juzgo este acontecimiento.
Segunda clave como yo entiendo la historia y que algo ha apuntado la persona que me ha presentado. No hay más historia que la historia universal en el tiempo y en el espacio. Propiamente, no hay historia de España. Existirán características específicas respecto a otros países, pero en lo fundamental no hay más historia que la historia universal, en el tiempo y en el espacio. Otra cosa es, que la parcelemos para entenderla. Por eso, la enseñanza de Juan Pablo II desde la Catedral me parece significativa porque cuadra con estos dos planteamientos que yo hago. Así pues, sobre este discurso que pronunció el Papa pronunció el 9 de noviembre de 1982, voy a hacer cinco preguntas y tres indicaciones al respecto.
Cinco preguntas y tres indicaciones
Primera: ¿Cuando y cómo se ha manifestado la crisis europea?. Ese fue uno de los primeros mensajes pronunciados en este discurso. Él denunció esa crisis europea, recordarán Vds., para reclamar y para exigir después, aquella frase que resonó en el templo, "Europa, sé tú misma", es decir, has dejado de ser tú misma, por lo tanto, sé tú misma. ¿Cuándo se produce esa crisis?. Entre historiadores suele hablarse de un primer momento, o de detectar la crisis en un primer momento, tras la primera Guerra Mundial.
Que se detectara no quiere decir que se resolviera, porque hay que reconocer que nuestras tatarabuelas eran unas irresponsables de muchísimo cuidado. Ríanse Vds. de nuestras jovencitas de ahora, si las comparan con las de los años veinte: dando vueltas al collar, bailando el charlestón enfurecían... ¡aquello sí que era un baile disparatado y no lo de las discotecas de ahora! ¿Por qué se bailaba el charlestón con ese desenfreno?: Para evadirse de haber detectado la gran crisis, la crisis de las conciencias, que se había producido en la Primera Guerra Mundial.
Después, en la década de los 70, hay un florecimiento de manifestaciones, como puede ser el movimiento hippy, la revolución de Mao, los movimientos feministas, etc, que ponen al descubierto la misma crisis y que se manifiesta sobre todo de manera trágica actualmente. Y, este es el debate, queramos o no queramos hablar de ello, éste es el debate: el miedo a la vida. Este será el gran debate del siglo XXI, no lo olviden Vds., y precisamente este miedo a la vida, surge de la pérdida del sentido de la vida.
Cuando la vida no tiene sentido para uno, la vida no se transmite a unos posibles descendientes. Cuando la vida no tiene sentido y ya se han vivido muchos años, no se quiere ni siquiera para uno mismo; los debates de la eutanasia, están en Europa y volverán. Ese es, si quieren Vds., el punto culminante de la pérdida del sentido de la vida; por lo tanto, si la vida no merece la pena vivirse, si la vida no tiene sentido, lo que hay que hacer es, no prolongarla, no transmitirla, o eliminarla. ¿Conocen ustedes a muchos estadistas europeos, que se hayan atrevido a seguir el ejemplo de Balduino, a la hora de defender la vida?
¿Cómo se ha producido esta crisis?. Segunda pregunta. El Papa en este discurso, habla de una escisión en el mismo ser de Europa, tanto en la vida civil como en la vida social. "La crisis alcanza -decía el Papa- a la vida civil como a la religiosa. En el plano civil, Europa se encuentra dividida. Unas fracturas innaturales privan a sus pueblos del derecho a encontrarse todos recíprocamente en un clima de amistad (. .) La vida civil se encuentra marcada por las consecuencias de ideologías secularizadas, que van, desde la negación de Dios o la limitación de libertad religiosa, a la preponderante importancia atribuida al éxito económico respecto a los valores humanos del trabajo y de la producción; desde el materialismo y el hedonismo, que atacan los valores de la familia prolífica y unida, los de la vida recién concebida y la tutela moral de la juventud, a un nihilismo que desarma la voluntad de afrontar problemas cruciales como los de los nuevos pobres, emigrantes, minorías étnicas y religiosas, recto uso de los medios de información, mientras arma las manos del terrorismo". Parece que se hubiera escrito esta mañana. Está plenamente de actualidad y, como les digo, este párrafo que les acabo de leer tiene muchos años, es de 1982.
Eso en cuanto a la crisis de la sociedad civil. Pero también el Papa se refirió en su discurso de la catedral de Santiago a la crisis en la vida religiosa con estas palabras: Esta crisis religiosa, se debe no tanto ni principalmente por razón de las divisiones sugeridas a través de los siglos, cuanto por la defección de los bautizados y creyentes, de las razones profundas de la fe y del vigor doctrinal y moral de esa visión cristiana de la vida que garantiza equilibrio a las personas y comunidades.
¿Qué es la Iglesia?
Recientemente, Julián Marías en su último libro, La perspectiva cristiana, expone una idea semejante. Por tanto urge -desde mi punto de vista-, enseñar con profundidad qué es la Iglesia, para restañar esta crisis en la vida religiosa. Pienso que este es el punto clave. La Iglesia no es una ONG, la Iglesia no es una asociación humana y por eso Julián Marías, dice que la gran defección de los bautizados, ha sido precisamente, la negación de la vida perdurable. Urge saber qué sentido tiene la Iglesia, qué sentido de salvación tiene la Iglesia y, por lo tanto, fíjense cómo comunica todo, qué sentido tiene la vida. Ayer mismo, en uno de los periódicos que recogí en el tren, aparecía a doble página un anuncio: en una página aparecía una foto de un cementerio con cruces en tonos oscuros y, con letras grandes, escrito lo siguiente: "sobrecogedor". En la página siguiente, la misma empresa funeraria que se anunciaba, reproducía un césped con florecitas, luz, y ponía "acogedor".
Esa sí que es una manipulación de la realidad, sobrecogerá y, por cierto muy antigua, la de quienes después de negar a Dios y el valor redentor de la Cruz, no tienen más remedio que escamotearnos la muerte. Durante la Revolución Francesa, cuando Danton está a punto de ser ajusticiado, se dirigió a sus compañeros con esta frase: "Vamos a dormir". Y los propios revolucionarios cambiaron el nombre de "cementerio", por el de "campo del suelo". En semejantes actitudes quien de verdad duerme es la inteligencia, y por eso no estará de más recordar el lema de aquel dibujo negro de nuestro genial pintor: "El sueño de la razón produce monstruos".
Tercera pregunta ¿Y cuál es el origen de la crisis? ¿Cuál es la raíz de todos estos problemas?. Desde mi punto de vista, el origen de la crisis se produce cuando se niega la realidad profunda de lo que sea el hombre, esto es la unidad que existe entre todos los hombres por su naturaleza, en tanto que somos criaturas de Dios, o dicho en términos filosóficos, en cuanto se niega la condición de persona humana. Y esto se puede negar de dos maneras,, concibiendo al hombre como parte de un colectivo o concibiendo al hombre como un individuo cerrado, como un ser autónomo que se puede dar a sí mismo sus propias leyes. Cuando uno no reconoce una naturaleza común en todos los hombres y cree que somos como bolas de billar arrojadas en este mundo, la convivencia social no es nada más que puro enfrentamiento, un choque inevitable de unas bolas impenetrables y macizas.
Cuarta pregunta: Y... ¿Cómo se puede remediar esta crisis?. Un grito responde el Santo Padre lleno de amor. Vuelve a encontrarte, sé tú misma, descubre tus orígenes. Aviva tus raíces (..) Tú puedes ser todavía, faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo". Es decir, el Papa no es defensor de ningún retroceso. Está proponiendo una vuelta a las raíces, para dar un paso adelante, un progresar desde la historia, porque evidentemente, no se trata de restablecer formas sociales de la Edad Media, organizaciones e instituciones desfasadas; pero sí ese origen, ese alma de Europa, que lo unifica durante siglos.
Quinta pregunta: ¿Por dónde, por lo tanto, atacar esta crisis?. Si Europa abre nuevamente las puertas a Cristo -dice el Papa- y no tiene miedo de abrir a su ser salvífico los confines de los Estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo, su futuro no estará dominado por la incertidumbre ni el temor.
Esa es la solución, no desechar los elementos aprovechables de nuestra cultura, pero abriéndolos a Cristo, tanto en las instituciones, como en las vidas personales, porque - quiero hacer una advertencia-, a lo largo de todo este discurso, cuando el Papa está hablando de Europa, sencillamente está utilizando una figura literaria, una sinécdoque con la que se designa al todo por la parte o viceversa, como cuando hablamos de¡ "pan de cada día", para referirnos a todos los alimentos. Porque conviene recordar que Europa no existe, si no es como una categoría mental. Los que existimos de verdad, somos los europeos, cada uno de nosotros con nuestros nombres y apellidos concretos. Insisto, por la importancia de esta idea. Lo mismo que cuando hablamos de Cuarenta velas en la mar", queremos decir que hay cuarenta buques, cuando el Papa está hablando de Europa, está utilizando una sinécdoque, está tomando el todo por la parte; él no está diciendo Europa, sé tú misma", demasiado sabe él que Europa es un ente de razón, lo que está diciendo es "europeo - Pepito, o Juanita, con nombres y apellidos- sé tú mismo, 'fulanito" descubre tus orígenes. 'Menganita" Aviva tus raíces (..) Tú puedes ser todavía, faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo
Esa es la clave del discurso de Europa, es decir, no hay ningún sitio que sea Europa, no hay ninguna entidad que sea Europa... Las instituciones, sus propios Geas, los Geas no funcionan, funcionan los directivos, los profesores... Por eso, todo este discurso y todo lo que estoy diciendo y lo que me falta por decir, hay que entenderlo en este sentido. El Papa está utilizando una figura literaria, a veces no la utiliza y lo dice tan claro, "todo hombre", "cada hombre", su mensaje va dirigido a cada hombre; pues si Europa abre nuevamente... Así es que no tengan a miedo a traducir: si cada uno de nosotros abrimos nuevamente las puertas a Cristo... Si dejamos que su poder salvífico penetre en los confines del Estado, en las Cámaras Legislativas, en las redacciones de los periódicos, en la Universidad, en los Bancos, en las fábricas ¿Qué clase de ética es esa que permite colgar la conciencia cuando uno entra al Congreso de los Diputados, o a la Universidad, o a la fábrica? ¿Qué es eso de que la moral privada y la pública no tienen ninguna relación? ¿Qué es eso de que los cristianos tenemos una conciencia para actuar en la vida profesional y otra para la vida privada? Quienes así piensan y actúan, en el fondo, tienen que desautorizar a todos nuestros mártires para justificar su propia incoherencia.
Si Europa abre nuevamente las puertas a Cristo y no tiene miedo ni vergüenza para abrir las puertas del quehacer político, de los sistemas económicos, culturales etc, se regenerarán. Y buena falta que nos hace, por una razón de carácter histórico. Prácticamente todas las experiencias, todas las posibilidades y todas las reformas posibles anticristianas, ya se han dado en nuestro mundo contemporáneo. Falta por tanto la cristiana. No la vamos a imponer a nadie. Pero ¿por qué la economía, la política, la cultura y el arte, no pueden estar inspirados de la doctrina cristiana?.
El futuro no está escrito
Tres indicaciones a esta pregunta. Primero: Hay que reconstruir esa unidad europea, hay que hacer esa unidad europea, por una razón, porque existe esa posibilidad, porque, como en ese mismo discurso dice el Papa, "Jesucristo, el Señor de la Historia, tiene abierto el futuro a las decisiones generosas y libres de todos aquellos que, acogiendo la gracia de las buenas inspiraciones se comprometen a una acción decidida por la justicia y la caridad en el marco del pleno respeto a la verdad y a la libertad ". El futuro no está escrito, por más que se empeñen los reduccionistas... ¡El futuro no está escrito! ¡No hay un destino marcado!. ¿Cómo se puede sostener con seriedad que en la historia hay leyes?, Pero... ¿Qué rigor histórico puede tener la afirmación de que después de una guerra civil, tiene que venir "necesariamente" una dictadura?. ¿Qué ley es esa?. Después de una guerra civil, se impone el régimen que quieran los que hayan ganado. 0 aquello que se nos dijo con acento andaluz, al principio de los ochenta, y que tantos creyeron y aceptaron por temor a salirse de la historia: "caminamos necesariamente hacia el socialismo" Caminamos, hacia donde queramos caminar. No se crean Vds. nunca los mensajes fáciles, propalados por los interesados.
Fíjense que normalmente las tesis de este tipo que se proponen, coinciden con el pensamiento de los interesados. Caminamos hacia una sociedad secularizada -ha dicho nuestro Presidente de Gobierno -donde el Cristianismo ya no tiene nada que hacer"- ¡Pero hombre! ¿qué altura científica tiene eso?. En cualquier caso no me digan que no es admirable, no tanto el repudio de¡ Cristianismo, como el candor fideísta con el que se propone el advenimiento del "centro reformista", que a lo mejor algún día nos explican lo que es. Pero mientras llega, habrá que insistir: ¡El futuro no está escrito! El futuro es de las decisiones libres de los hombres, porque Jesucristo, es el Señor de la Historia, que quiere nuestra libertad.
Segunda indicación, que ya se la he adelantado. Europa no es realmente Europa, cuando habla el Papa se refiere a cada uno de nosotros. Así pues, tercera indicación: la crisis de la que está hablando el Papa en este discurso, no es una crisis de estructuras. Evidentemente, se pueden crear como él mismo también dice, esas estructuras de pecado, pero, la crisis, o si quieren Vds., la solución a la crisis, es decir, la reforma a esas crisis, se realiza a partir de cada uno. No nos engañemos, lo que hay que reformar es nuestra conducta, nuestra vida personal. Superando cada uno esa escisión, es cuando seremos capaces de construir una vida estructurada a partir de los principios cristianos.
Santos de pantalón corto
Tercera parte de la conferencia, muy breve. Veamos si les sorprende, como les comenté al principio. Se trata de una de las preocupaciones que a mí más me ha llamado la atención en el pontificado de Juan Pablo II, y a lo cual le estoy dedicando el esfuerzo para escribir uno de mis próximos libros, con el que estoy gozando de verdad. Se va a titular, "Santos de pantalón corto". E incido en un punto de vital importancia para el futuro, como son los niños.
Su Santidad Juan Pablo II, está seriamente empeñado en canonizar niños. Así de claro. Vds. saben que se puede llegar a ser santo, o que los santos que están en los altares, (dirigiéndose al Sr. Obispo, sentado a su lado) -Vd. me corregirá si me equivoco, porque ya entro en un terreno que no es el mío- , pero me parece que se puede llegar a ser santo de dos maneras: por el martirio, son los mártires, o los confesores. Los confesores no son los que confiesan, sino los que se mueren en la cama y han confesado a Dios con su fe, con la vida.
Pues si entendernos por niños a los menores de 15 años, en toda la historia de la Iglesia, niños santos, confesores, de momento sólo hay uno. Todos los demás niños que son santos, han sido mártires. El único, por ahora, es Santo Domingo Savio, canonizado en 1954. ¿Qué importancia tiene esto?. Capital. Además es nuestro futuro, los niños, y ahí es donde empieza la verdadera corrupción. La corrupción, de la que tanto se habla ahora, no consiste en meter la mano en la caja, no, no. La corrupción empieza por plantear a los niños un mundo sin Dios. Detrás de ésa, viene la del dinero, la de la pornografía, etc.
Bueno. Pues cuando se canoniza a Santo Domingo Savio en 1954, se organiza un pequeño revuelo, porque se discute si a los niños se les puede canonizar o no se les puede canonizar; revuelo que ha sido afortunadamente resuelto por la Congregación para la Causa de los Santos. Por iniciativa de Juan Pablo II, los miembros de esta Congregación pontificia han estudiado este tema. Reunidos cardenales, psicólogos, psiquiatras, pedagogos y, naturalmente, teólogos, estudiando esto, se dan cuenta de la siguiente cuestión: la discusión se plantea sobre si los niños pueden o no pueden ser declarados santos, - fíjense entonces como cambia esto en la visión de la educación y de la formación de los hijos. ¿Pero porqué los niños solo pueden ser educados para ir al parque de atracciones, llevar ropa de marca., o recibir una formación profesional para ganar mucho dinero ... ? ¿Sólo para conseguir bienes materiales? Esa sí que es una gran mentira intelectual porque parte del prejuicio de que sólo existe la realidad material.
Tan cierto como que esta una de las mentalidades dominantes, debo decir que es radicalmente falsa. Les puedo asegurar que ocultarles a Dios es una gran mentira y una tremenda corrupción infantil... He tenido la suerte de estudiar los procesos de algunas de estas criaturas, la corta vida de los niños que están ahora mismo en proceso de canonización... Es impresionante, corno impresionantes son las sinfonías que hace Mozart siendo un niño. Mozart no hace una cancioncita infantil, lo que nos sorprende del genio de Mozart es que siendo niño, fuese capaz de hacer una sinfonía como si tuviera 60 años. Esto es exactamente lo que sucede en la vida de estos niños que he estudiado. Su santidad no la tienen devaluada, sus virtudes son tan heroicas como las de un adulto.
Bien, pues a la conclusión a la que llega la Congregación para afirmar que a los niños se les puede proclamar santos, naturalmente es teológica. Por supuesto, que como dije, los miembros de la Congregación Pontificia escucharon a pedagogos, psiquiatras etc.. pero como no podía ser de otro modo, su razonamiento definitivo es teológico. Y la razón que dan es ésta: los niños pueden ser proclamados santos debido a la llamada universal a la santidad. Si a los niños no les podemos proclamar santos, la llamada universal a la santidad, reconocida por el Concilio Vaticano II, no es tal. Por lo tanto habrá que modificar ciertas disposiciones canónicas, porque, claro, si a un niño que muere con 9 años le exigen que viva las virtudes heroicas durante 10 años, no puede ser proclamado santo habrá que modificar esas disposiciones canónicas generales. Es decir, una de las grandes preocupaciones del Sumo Pontífice, es, como saben Vds., los jóvenes y los niños para restaurar esa unidad de vida, para conseguir la finalidad de la Historia, que como les decía al principio, no consiste en ser libres, porque esa condición sólo es un medio para llegar a ser plenamente hombres y, para los que tenemos la fortuna de tener la gracia, la fe y vivimos de la esperanza , ser plenamente santos con la ayuda de la Gracia de Dios.

 

3.5. La Globalización y el terrorismo

 

En búsqueda de una solución satisfactoria.

Pablo Bofia

La globalización es un fenómeno natural, fruto de la mayor libertad de los mercados y las mejoras de los distintos sistemas de comunicación. Las actuaciones violentas en contra de ella deben ser separadas del gran número de manifestaciones pacifistas que tienen unos precedentes ya centenarios. La protesta no busca una revolución, pero sí pretende una drástica evolución hacia algo que no saben definir.
Cuando tantas personas y de orígenes tan diversos expresan unos argumentos basados en hechos reales como la diferencia cada vez mayor entre países ricos y países pobres, la acumulación escandalosa de riqueza en poquísimas personas que tienen rentas superiores a las de países enteros, los daños quizá irreparables a la ecología para hacer más rentables las grandes empresas, etc. es evidente que sus razones deben ser escuchadas. No saben dar una explicación, pero saben que tienen razón.
Muchas veces esta protesta si dirige a los organismos de poder, como ha ocurrido últimamente con la reunión del G8. Protestan precisamente por aquellos temas que las organizaciones internacionales están intentando resolver. Parece una incongruencia, pero es una intuición de una verdad evidente: Los organismos internacionales pretender solucionar los problemas sin aceptar el sacrificio que una verdadera solución conllevaría, dan soluciones mínimas a problemas máximos. O sea que no arreglan el problema ni, en su conjunto, pretenden arreglarlo.
La tragedia de la Torres Gemelas de Nueva York, y la declaración de guerra de Estados Unidos a los grupos terroristas de todos los países, que pretende coordinar con todas las naciones que sea posible, tendrá unas repercusiones que es difícil predecir. Una guerra declarada, que durará años, contra los grupos fanáticos y los países que les den acogida.
No podemos saber cual será el futuro de estas acciones, pero supondrán una ayuda muy grande para aquellos países que sufren el azote del terrorismo y no han logrado erradicarlo.
Desde este punto de vista, y siempre que se tomen todas las precauciones para evitar castigos inmerecidos a los ciudadanos de los países a los que se considere culpables, la actuación será un paso hacia el proceso de una paz mundial.
Sin embargo, bajo los fanatismos late otro problemas que si no es solucionado es muy difícil crear un consenso de paz universal, y se trata de la absoluta desigualdad del reparto de la riqueza, en un mundo que nada en la abundancia. Hay que facilitar a todos los hombres la posibilidad de vivir y trabajar en su propio país, haciendo que la emigración no sea una cuestión de vida o muerte.
Antes los pobres callaban en un mundo pobre, incluso muchos pueblos aceptaban la riqueza de unos pocos y se enorgullecían de ella, pues estaba claro que los bienes de los pocos ricos no iban a solucionar ningún problema.
Era la época de los Maharajaes de la India, de algunos palacios en países africanos, de los primeros millonarios americanos. La escasez se vivía, los medios de comunicación no explicaban lo que ocurría en cada país, pero hoy día el despilfarro de los países ricos es una evidencia proclamada a los cuatro vientos, la publicidad de lo inútil y caro es insultante y los pobres ya no están dispuestos a seguir aguantando porque no hace falta.
Por mucho que se erradique el terrorismo, existirá una situación de injusticia que clama al cielo. Buscar un remedio real favorecería a todos, pues lo ricos, incluso antes de los sucesos de Nueva York, no podían disfrutar de sus riquezas con tranquilidad.
Si se hiciese un cálculo de lo que se gasta en protección a las personas, en controles de entrada y salida de unos países a otros, en sofisticados medios de seguridad, en seguros para toda clase de bienes, en guerras irracionales en países depauperados etc. se podría ver lo barato que sería erradicar la pobreza, el hambre, las enfermedades fácilmente curables
Esto ocurre porque los países pobres no tienen ni los medios ni la educación necesaria para recibir y repartir los bienes sobrantes que con los actuales logros científicos nadie duda que son fáciles de producir. El problema de las sociedades desarrolladas es evitar el exceso de producción y se establecen cuotas y subvenciones para evitas caídas de los precios.
Comprobado este hecho, se buscan causas imaginarias, para no ayudar a los pobres, limitando en muchos casos su actuación a facilitar el control de la natalidad o a enviar ayudas cuando ocurre una catástrofe de la naturaleza.
Los más atrevidos luchan por conseguir que las ayudas de los ricos lleguen al 0,7 del presupuesto de cada país, y por supuesto no lo ha alcanzado nadie. La ridiculez de esa ayuda se hace evidente pensando que ocurriría en una gran familia donde los que tienen ingresos destinasen el 0,7% de lo que reciben a los demás miembros que no tienen ingresos, porque son jóvenes, porque se dedican a cuidar de la familia, porque son perezosos, etc. Se morirían de hambre casi todos. No es serio pensar que con esos porcentajes de ayuda el mundo sea minimamente justo.
¿Cuánto costaría una redistribución de riqueza que permitiese que nadie muera de hambre y que los ricos sigan prosperando? No el 0.7%, se acercaría al ocho o al diez por ciento del presupuesto de los países ricos. Es una barbaridad y es una pequeñez. Cualquiera pagaría el 10% de sus ingresos para poder vivir totalmente tranquilo, ir a donde quisiera sin ningún control ni revisión, reducir el índice de delincuencia, etc. Y además las empresas de los países ricos empezarían a tener más clientes, los mercados se ensancharían y se produciría una creación de riqueza increíble,
Sé que este tipo de solución puede parecer una locura, pero es la única solución real, atajar los problemas en la raíz, consiguiendo que se pueda vivir en los países pobres sin necesidad de emigrar. No es suficiente un poco más de lo mismo, es necesario un cambio de escenario, en el que sin limitar las libertades se compartan los bienes más equitativamente. Un cambio de escenario hasta hace poco impensable, pero en un momento de reflexión, en el que todo el mundo busca soluciones, empieza a ser posible Hay muy pocos países en que se viva tranquilo, Estados Unidos está sufriendo una situación de amenaza, en Israel, el país mas defendido del mundo, se vive en medio del pánico, los movimientos de millones de personas muertas de hambre deambulando de un país a otro son un problema mundial.
Supongo que el lector no tendrá la ingenuidad de decir que los gobernantes de los países pobres roban los dineros de las ayudas, que gastan en armas lo que deberían invertir en bienes de producción, que se limita la soberanía de un país si las ayudas son
tan grandes que pasan a depender de la ayuda exterior, etc. Claro que son problemas. Son los problemas que los países ricos tienen que estudiar para elaborar soluciones, pues lo pobres no lo harán nunca.
Y soluciones que tengan la grandeza de ánimo de no buscar compensaciones de poder ni de gobierno para diseñar los instrumentos necesarios. El mundo no cambiará sin ese cambio radical en el reparto de los bienes, sin un concepto operativo de la justicia, quizá la creación de un órgano mundial de toma de decisiones, pero no se puede mantener engañado a todo el mundo durante muchos años. Al final el mundo cambiará forzosamente, pero sin una solución programada este cambio será mucho más doloroso, con guerras e injusticias que no terminan nunca.
Debe ser un proceso progresivo, creando primero los equipos de expertos que diseñen las soluciones, para irlas aplicando país por país. También habrá resistencia en los países pobres, pero si se encuentran soluciones para los que acepten, los gobernantes de los demás países que ahora se opongan tendrán que ceder ante la evidencia.
Y los países ricos irán aumentando su nivel de ayuda a lo largo de los años, para conseguir el fin propuesto. Es claro que se notará en los presupuestos esta inversión humanitaria, pero de un modo paulatino, que vendrá atemperado por las novedades tecnológicas y el aumento de la productividad. Incluso hoy, si se hiciese una campaña explicando los problemas y soluciones que se encuentren, en muchos países se podría ganar por referéndum la aplicación de ésta política.
Sería un objetivo más generoso y asumible por todos, erradicar a la vez el terrorismo y la pobreza extrema.

 

     

 

 

 

3.6. Participación en la vida pública. Honradez política

 

Lourdes Álvarez de Mon Soto. GEA Palencia

 

La política es una actividad comprometida, una acción complicada en la que inciden muy diversas y muy diferentes circunstancias. Las decisiones de los políticos tienen en ocasiones consecuencias imprevisibles. Inciden directamente en las personas y la sociedad, su carácter público amplifica la incidencia y repercusión en los medios de comunicación.

Por su naturaleza la política se realiza mediante acuerdos y desacuerdos, apoyos y concesiones, a veces de conveniencia, compromisos y presiones.

La palabra del político se pone en juego día a día. Intereses diversos desafian su lealtad al compromiso personal. En los medios políticos se ve como fenómeno normal la incoherencia, los apoyos interesados y los favores pactados en connivencia. No sorprenden las componendas, las arbitrariedades y las pérdidas de dignidad.

Me pregunto si el político actúa para el partido o es, más bien, el partido quién actúa a través del político. Posiblemente esta interacción varia en los dos sentidos en función de circunstancias diversas.

Existen políticos que buscan por encima de todo lograr y mantener cargos. Personas que quieren vivir de la política y a cualquier precio se mantienen ahí. Con este fin van tejiendo una red de colaboradores y favorecidos amparados por su poder. Sus leales a la vez que les mantienen aseguran su pequeña o grande cota de poder.

Existen también políticos que quieren contribuir al bien de la sociedad. Utilizan el poder para servir a sus conciudadanos y están desprendidos de los cargos. Consiguen algo y trabajan hasta que llega el conflicto entre los intereses del partido y lo que ellos consideran interés de la sociedad de acuerdo a su conciencia. Es el caso del responsable de urbanismo que se ve presionado para conceder licencias ilegales, el de bienestar social obligado a negar unas ayudas que considera necesarias, el parlamentario defendiendo leyes que sabe injustas y perjudiciales para el bien común. El concejal que se muestra contrario a tratos de favor.

Otros son políticos anónimos. Precisamente por eso les dejan trabajar. Están a la sombra escribiendo y preparando documentos que otros presentan en los foros públicos y en los medios de comunicación. Esas personas anónimas no se ven y sin embargo están ahí.

La disciplina de partido y la conciencia entran fácilmente en conflicto. Algunos son capaces de sortearlo sin traicionar su conciencia. Su prestigio personal y político, su valía profesional les permite actuar libremente porque el partido los necesita. Los que están en condiciones menos significativas son fácilmente sustituidos por otros.

Los políticos que se ven en situación de traicionar su conciencia abandonan sus cargos o ceden apartándose de sus principios. Se suman así a la larga lista de los corruptos y de los que les apoyan .

La vida política necesita el trabajo de mujeres y hombres honrados. Los cristianos que se dedican a la política están en condiciones de aportar valores humanos y sociales. Dar ejemplo de trabajo abnegado y generoso, sentido de justicia y equidad, cordialidad y respeto en las relaciones humanas. Defensa de la libertad y respeto a las opiniones de los demás. Demostrarán que el cristiano, si es político, es un político honrado. Demuestra que el poder y la oposición son instrumentos para el bien.

Los políticos necesitan prestigio profesional, han de vivir de su trabajo para que la política no mediatice su independencia económica. Es un estar sin estar. Un modo de estar comprometido y apasionado y en la misma manera desprendido.

Toda persona honrada puede participar políticamente desde la sociedad civil a través de asociaciones y otras iniciativas ciudadanas, a través de la colaboración activa en medios de comunicación, a través del apoyo a personas honradas que son fieles a su conciencia contra presiones de dentro y fuera de sus ámbitos políticos.

Hay que estar en la política para hacer política humanista. Arriba, en el filo, en la inadvertida sombra. Más o menos tiempo. Hay que estar ahí para decidir.

 

 

 

 

 

3.7. Pensando claramente sobre el Islam

 

Una dura visión, desde Estados Unidos, políticamente incorrecta, que no desacredita al Islam sino su realización temporal. Afirmaciones que son responsabilidad de su autor, Francis X. Maier

En un reciente artículo titulado "Thinking clearly about Islam" (Pensando claramente sobre el Islam), Francis X. Maier, el laico con más responsabilidad en la Arquidiócesis de Denver y ex editor del National Catholic Register, explica a partir de sus vivencias como periodista en África que la realidad sobre el Islam, incluso no extremista, dista mucho de la búsqueda de la paz.

Maier inicia su artículo afirmando que "hace veinte años conocí a un sacerdote en Ghana del Norte. Él me contó una historia que permanece conmigo hasta ahora.
"Este sacerdote era un misionero blanco y vicario general de la Arquidiócesis de Tamale. Ghana tiene una gran población cristiana, y como autoridad eclesial él era muy conocido y respetado en el distrito. Una tarde, conduciendo solo, de regreso desde los límites del país, un neumático de su coche reventó. Se salió del camino y cayó en una zanja. Como consecuencia del accidente se rompió varias de costillas y un brazo, e hizo sangrar mucho su rostro ", cuenta el artículo.

"Ghana del Norte tiene también una significativa población musulmana -agrega Maier-. Actualmente, los musulmanes tienen el monopolio de los autobuses que ofrecen transporte público. Más de una docena de musulmanes que conducen esos autobuses vieron al sacerdote herido y pasaron de largo. Finalmente él mismo pudo salir del vehículo, caminar hasta la carretera y forzar a un autobuse a que se detuviera.
El conductor, un musulmán, lo obligó a quedarse de pié, al final de los pasajeros, sin importarle sus heridas, hasta que llegando a la ciudad, el sacerdote perdió el conocimiento".

Al preguntarle "por qué los conductores musulmanes lo ignoraron" -comenta Maier- el presbítero respondió que "frente a sus ojos, yo soy un infiel. Simplemente no cuento".

"He escuchado diversas historias en las misiones situadas en Ghana del Norte, donde los cristianizados y animistas del sur colindan con el norte islámico. La mayoría de los misioneros eran sacerdotes holandeses blancos. Muchos eran críticos de las estructuras de la iglesia europea y hablaban el lenguaje de una africanizada teología de la liberación. Pero una cosa compartían unánimemente: una intensa y privada crítica al Islam, proveniente de su experiencia directa", agrega el autor.

"Cuando el Islam llega a una aldea, remueve todo lo demás. Progreso, cambio, desarrollo social, olvídenlo. La moneda árabe compra a la mayoría y todo se congela en su lugar. Para las mujeres, es muy malo", añade el artículo.

"Por supuesto que las fricciones religiosas en Ghana hace 20 años eran excepción. Las cosas son muy diferentes ahora. Quizás el Islam es verdaderamente la religión de paz que sus portavoces proclaman en Norteamérica. Sin embargo, el récord de masacres sectarias de cristianos por parte de los musulmanes en Nigeria, Sudán, Egipto, Indonesia y Filipinas sugieren lo contrario", afirma Maier.

"De hecho -continúa el artículo- las noticias muestran que, en sociedades predominantemente musulmanas, una y otra vez, los cristianos se enfrentan desde toda clase de discriminación económica, política y religiosa hasta la intimidación, secuestro, conversiones forzosas y asesinato. Las excepciones, obviamente, existen y las circunstancias varían, pero la norma coránica de marginar a los cristianos siempre se reafirma a sí misma. Y esto no es nuevo. Se ha dado a lo largo de los siglos "Casi todo el norte de Africa y el Medio Oriente tuvieron alguna vez un florecimiento de alguna comunidad cristiana. Los musulmanes armaron una invasión, la sometieron y la eliminaron. Durante el tiempo de la primera cruzada, el (Cristiano) Imperio Bizantino había venido defendiéndose contra la expansión musulmana durante 400 años", agrega el texto.

Aún hay más "Turquía, con un estado musulmán superficialmente secular, ha suprimido sus minorías cristianas armenias y griegas antiguas, que están al borde de la extinción. Apenas quedan dos mil almas ortodoxas griegas en la jurisdicción del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla (actualmente Estambul), una de las sedes más venerables de la historia cristiana", explica el artículo y agrega que, además, "las autoridades turcas están gradualmente eliminando las iglesias e instituciones armenio-cristianas de los campos, a tal punto que podemos hablar de genocidio cultural".

Asimismo, "en Egipto Superior, en Enero del 2000, extremistas musulmanes asesinaron a 21 cristianos coptos con impunidad. En Argelia, militantes musulmanes cortaron las gargantas de siete monjes católicos inofensivos y desarmados. En Sudán, un régimen musulmán radical lleva a cabo una guerra de esclavitud y genocidio en contra de los cristianos y animistas del sur, provocando la muerte de 2 millones de personas hasta ahora".

"En Arabia Saudita, todos los símbolos cristianos y de veneración pública están prohibidos. Y en Pakistán, otro aliado de Norteamérica, las leyes represivas de la "blasfemia" y los extremistas musulmanes empezaron a perseguir a la minoría cristiana mucho antes que los terroristas islámicos tirotearan una iglesia católica a fines de octubre, matando por lo menos a 16 personas", añade el artículo.

Tras preguntarse "¿cuál es el propósito de mencionar estos detalles?", Maier explica que "en su libro The Culture of Narcissism (La Cultura del Narcisismo), Christopher Lasch señaló que a los norteamericanos no les gusta el pasado porque no quieren sentirse obligados o agobiados por él, lo que explica el tradicional pobre conocimiento de historia por los norteamericanos. Sin embargo, pensando claramente acerca del Islam ignoramos lecciones de historia a nuestro propio perjuicio".

"La cultura islámica ha aportado, obviamente, bastante hermosura y grandeza a la experiencia humana. En la visión cristiana, los musulmanes, los judíos, los cristianos, y todos los seres humanos, son hijos de Dios, con los mismos derechos y la misma dignidad inherente. Los musulmanes americanos tienen el mismo derecho a seguridad personal y libertad que todos buscamos", agregó el autor.

"Pero necesitamos recordar que el Islam no significa "paz" realmente. Su traducción correcta es "sujeto de conflicto", pero a lo largo de los siglos ha sido comúnmente asumida como sumisión, voluntaria o forzada, a la voluntad de Alá (Allah). La fraternidad, los derechos y el respeto que gobiernan las relaciones entre los musulmanes no son extensivas a los no creyentes. Los que no pertenecen al Islam, los que no se someten a Alá, nunca son sujetos de confianza y a lo largo de la historia, han sido sometidos a la conversión por la fuerza, la humillación o la destrucción", añade el texto.

Maier afirma que "el gran escritor, crítico social y teólogo francés, Jacques Ellul, observó hace una década que 'se dice tanto actualmente de la tolerancia y el pacifismo fundamental del Islam, que es necesario recordar su naturaleza, que es fundamentalmente bélica'".

Según Maier, Ellul "continua indicando que en el pensamiento musulmán 'el mundo se encuentra aún dividido entre el mundo del Islam y el mundo de la guerra. Y dentro de la umma (las tierras dominadas por el Islam), la única existencia posible para los infieles es la dhimmitude, un estado de inferioridad y humillación".

"Por supuesto, el Islam en EE.UU. puede tomar un camino diferente, un camino de integración y diversidad de culturas, pluralismo en sus políticas y apoyo mutuo entre creencias. Si esto puede suceder en algún lugar, ocurrirá aquí. Debemos hacer todo lo posible por alentar este espíritu de buena voluntad. El honesto diálogo interreligioso, deben tomar parte en este esfuerzo", afirmó el autor.

"Mientras debemos ser conscientes de que el Evangelio nos obliga a los cristianos a amar y a perdonar, pero no nos obliga a ser ingenuos", concluye Maier.

 

 

3.8. SALVAJISMO NATURAL O EL HOMBRE COMO DEPREDADOR SUPREMO

 

Pedro López García.- Grupo de Estudios de Actualidad de Madrid

 


"Si Darwin levantara la cabeza", así decía el estribillo de una canción que hace años cantaba un grupo secundario, para ridiculizar algunos aspectos marginales de nuestros engreídos científicos. La explicación sobre el origen del hombre de Darwin, que era el fruto del racionalismo de su época, ha derivado hacia un irracionalismo que ve la madre-tierra como nueva y vieja divinidad exaltada hasta extremos propios de las corrientes jinistas más exageradas del budismo.

Pues bien, esa es la impresión que tengo después de ver últimamente algunos episodios y programas sobre la amazonía, la montaña y otros documentales medio-ambientales-estrella de la televisión. No sé quiénes constituirán el comité científico asesor de semejantes engendros. Ahí se nos muestra la visión radical y pesimista de nuestra civilización que destruye sistemáticamente lo que toca o lo corrompe, como si el hombre fuera un continuo devastador, hasta llegar al paroxismo que el otro día contemplé: un reportaje sobre el mar del coral, con sus pececillos de colores, todo tan bonito..., pero de pronto aparece el gran depredador. Imaginé un gran barco ballenero japonés; pero no: apareció en la pantalla la figura de un buzo, inocente de él, con sus gafas y tubo respirador, que justamente pasaba por el paraje con su patoso y alelado aleteo. ¡Cómo estamos de rabiosos!.

No cabe duda de que el afán de lucro fruto del neoliberalismo que nos inunda -consecuencia tardía de la Ilustración- puede, y de hecho sucede así, seducir vastos estratos de la sociedad, aunque sólo sea por el consumismo que desata. Pero es también nuestra civilización la que más profundamente está haciendo una reflexión de tipo humanista en relación a los problemas ecológicos y medioambientales, quizá porque nunca se habían dado en tan vasta magnitud.

Pero esa visión, opuesta, o supuestamente enfrentada, en la que prima el comportamiento inhumano y denigrante respecto al medio natural es propia de ociosos intelectuales, y produce grima. Responde a una exaltación bárbara de la Naturaleza Salvaje, entronizada como diosa suprema de una Nueva Era, con olvido de la Naturaleza cultivada amorosamente por el hombre, fruto de una civilización humana. Salen a escena unos cuantos "nativos", desarropados ellos, de la selva amazónica: una tribu "incontaminada" que el hombre-blanco no debe pisotear.

Bien, volvamos las tornas. Vamos a considerar -eso es la justicia: no quieras para otros lo que no desees para ti- que el salvaje de turno es el hombre blanco. Supongamos que los que llegan son los de pigmentación olivácea, con su monumental equipo electrónico, cámaras de televisión y sonido último modelo. Hay un "choque brutal de civilizaciones". Encuentran al nativo wasp en estado lamentable de incivilización.

Ejerzamos la imaginación que resuelve muchas paradojas. ¿Qué sucedería?. Naturalmente que al wasp de turno no le atrae -ni mucho ni poco- tener que comer lombrices, gusanos, hormigas selváticas, raíces... con una expectativa de vida de 30 años, habitar en una choza, andar por la selva con el barro hasta las cejas, y, sobre todo, no poder ver películas de "Jolivud" comiendo palomitas en un sofá de su casa... ellos que para llegar a ese lugar inexplorado han viajado con el confort propio de nuestra civilización, en una avioneta último modelo; y que, después de unas jornadas de rodaje y filmación, regresarán, también en unas pocas horas, y cómodamente, a su ciudad, para contar su "gran aventura de vida salvaje"... y convencernos de que, pobrecitos, hemos de dejarles así, en su civilización incontaminada... y calamitosa.

Lo dialogaba con unos amigos. Uno de ellos, doctor en Biología y experto botánico, que ha permanecido cuatro años en Perú -enseñando letras a los indígenas: ¡cómo se lo han agradecido!-, y ha visitado zonas selváticas amazónicas, me indicaba que, en algunos lugares, los nativos han constituido agencias de excursiones, desplazando a los limeños que tenían el monopolio.

Ahora, por ejemplo, los habitantes del lago Titicaca han organizado una cooperativa local para la explotación del negocio del turismo de la zona; y entonces, se ponen las plumas de sus antepasados y saltan y brincan sus danzas ancestrales, delante de los turistas. Y me parece normal: conservan su cultura. Pero una vez han pasado los guiris de turno, vuelven a sus menesteres habituales y civilizados: ya no comen carne humana sacrificada.

Claro que recientemente hemos logrado descifrar el genoma humano, y hemos sabido que el hombre tiene 30.000 genes, poco más que un ratón: y probablemente menos que algún simio. Todo se andará. Los ignorantes de turno, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, quieren vendernos la burra y sentenciar que el hombre no es más que eso. Claro que siempre habrá quien tenga los genes más iguales que otros, pues invariablemente el destino ha deparado algunas pequeñas diferencias. No se sabe por qué extraña fatalidad, hay quién pretendiendo estar a la última, se queda a la penúltima y termina haciendo el ridículo.

Qué actual -siempre estará vigente- aquella verdad secular de Terencio: "Soy hombre y nada de lo que es humano me es indiferente". Hay tiempo para la esperanza.

     

 

 

 

3.9. Relativismo ético y moral, unidad de vida y libertad religiosa

 

Por su especial interés, reproducimos este documento referente a algunos aspectos sobre el relativismo ético y moral, la unidad de vida de los cristianos y la libertad religiosa, que ha hecho público la Congregación para la Doctrina de la Fe el día 16 de enero de 2003, con el aliento y aprobación del Papa Juan Pablo II.

 


Algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política

La Congregación para la Doctrina de la Fe, oído el parecer del Pontificio Consejo para los Laicos, ha estimado oportuno publicar la presente Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política. La Nota se dirige a los Obispos de la Iglesia Católica y, de especial modo, a los políticos católicos y a todos los fieles laicos llamados a la participación en la vida pública y política en las sociedades democráticas.


I. Una enseñanza constante

1. El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de historia, se ha expresado en diferentes modos. Uno de ellos ha sido el de la participación en la acción política: Los cristianos, afirmaba un escritor eclesiástico de los primeros siglos, "cumplen todos sus deberes de ciudadanos".[1] La Iglesia venera entre sus Santos a numerosos hombres y mujeres que han servido a Dios a través de su generoso compromiso en las actividades políticas y de gobierno. Entre ellos, Santo Tomás Moro, proclamado Patrón de los Gobernantes y Políticos, que supo testimoniar hasta el martirio la "inalienable dignidad de la conciencia"[2]. Aunque sometido a diversas formas de presión psicológica, rechazó toda componenda, y sin abandonar "la constante fidelidad a la autoridad y a las instituciones"que lo distinguía, afirmó con su vida y su muerte que"el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral"[3].

Las actuales sociedades democráticas, en las que loablemente[4] todos son hechos partícipes de la gestión de la cosa pública en un clima de verdadera libertad, exigen nuevas y más amplias formas de participación en la vida pública por parte de los ciudadanos, cristianos y no cristianos. En efecto, todos pueden contribuir por medio del voto a la elección de los legisladores y gobernantes y, a través de varios modos, a la formación de las orientaciones políticas y las opciones legislativas que, según ellos, favorecen mayormente el bien común.[5] La vida en un sistema político democrático no podría desarrollarse provechosamente sin la activa, responsable y generosa participación de todos, "si bien con diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas yresponsabilidades"[6].

Mediante el cumplimiento de los deberes civiles comunes, "de acuerdo con su conciencia cristiana",[7] en conformidad con los valores que son congruentes con ella, los fieles laicos desarrollan también sus tareas propias de animar cristianamente el orden temporal, respetando su naturaleza y legítima autonomía,[8] y cooperando con los demás, ciudadanos según la competencia específica y bajo la propia responsabilidad.[9] Consecuencia de esta fundamental enseñanza del Concilio Vaticano II es que "los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la "política"; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común",[10] que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc.

La presente Nota no pretende reproponer la entera enseñanza de la Iglesia en esta materia, resumida por otra parte, en sus líneas esenciales, en el Catecismo de la Iglesia Católica, sino solamente recordar algunos principios propios de la conciencia cristiana, que inspiran el compromiso social y político de los católicos en las sociedades democráticas.[11] Y ello porque, en estos últimos tiempos, a menudo por la urgencia de los acontecimientos, han aparecido orientaciones ambiguas y posiciones discutibles, que hacen oportuna la clarificación de aspectos y dimensiones importantes de la cuestión.

 

II. Algunos puntos críticos en el actual debate cultural y político

2. La sociedad civil se encuentra hoy dentro de un complejo proceso cultural que marca el fin de una época y la incertidumbre por la nueva que emerge al horizonte. Las grandes conquistas de las que somos espectadores nos impulsan a comprobar el camino positivo que la humanidad ha realizado en el progreso y la adquisición de condiciones de vida más humanas. La mayor responsabilidad hacia Países en vías de desarrollo es ciertamente una señal de gran relieve, que muestra la creciente sensibilidad por el bien común. Junto a ello, no es posible callar, por otra parte, sobre los graves peligros hacia los que algunas tendencias culturales tratan de orientar las legislaciones y, por consiguiente, los comportamientos de las futuras generaciones.

Se puede verificar hoy un cierto relativismo cultural, que se hace evidente en la teorización y defensa del pluralismo ético, que determina la decadencia y disolución de la razón y los principios de la ley moral natural. Desafortunadamente, como consecuencia de esta tendencia, no es extraño hallar en declaraciones públicas afirmaciones según las cuales tal pluralismo ético es la condición de posibilidad de la democracia[12]. Ocurre así que, por una parte, los ciudadanos reivindican la más completa autonomía para sus propias preferencias morales, mientras que, por otra parte, los legisladores creen que respetan esa libertad formulando leyes que prescinden de los principios de la ética natural, limitándose a la condescendencia con ciertas orientaciones culturales o morales transitorias,[13] como si todas las posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor. Al mismo tiempo, invocando engañosamente la tolerancia, se pide a una buena parte de los ciudadanos - incluidos los católicos - que renuncien a contribuir a la vida social y política de sus propios Países, según la concepción de la persona y del bien común que consideran humanamente verdadera y justa, a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de todos los miembros de la comunidad política. La historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de la parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral, arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado.

3. Esta concepción relativista del pluralismo no tiene nada que ver con la legítima libertad de los ciudadanos católicos de elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la ley moral natural, aquella que, según el propio criterio, se conforma mejor a las exigencias del bien común. La libertad política no está ni puede estar basada en la idea relativista según la cual todas las concepciones sobre el bien del hombre son igualmente verdaderas y tienen el mismo valor, sino sobre el hecho de que las actividades políticas apuntan caso por caso hacia la realización extremadamente concreta del verdadero bien humano y social en un contexto histórico, geográfico, económico, tecnológico y cultural bien determinado. La pluralidad de las orientaciones y soluciones, que deben ser en todo caso moralmente aceptables, surge precisamente de la concreción de los hechos particulares y de la diversidad de las circunstancias. No es tarea de la Iglesia formular soluciones concretas - y menos todavía soluciones únicas - para cuestiones temporales, que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de cada uno. Sin embargo, la Iglesia tiene el derecho y el deber de pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe o la ley moral.[14] Si el cristiano debe "reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales",[15] también está llamado a disentir de una concepción del pluralismo en clave de relativismo moral, nociva para la misma vida democrática, pues ésta tiene necesidad de fundamentos verdaderos y sólidos, esto es, de principios éticos que, por su naturaleza y papel fundacional de la vida social, no son "negociables".

En el plano de la militancia política concreta, es importante hacer notar que el carácter contingente de algunas opciones en materia social, el hecho de que a menudo sean moralmente posibles diversas estrategias para realizar o garantizar un mismo valor sustancial de fondo, la posibilidad de interpretar de manera diferente algunos principios básicos de la teoría política, y la complejidad técnica de buena parte de los problemas políticos, explican el hecho de que generalmente pueda darse una pluralidad de partidos en los cuales puedan militar los católicos para ejercitar - particularmente por la representación parlamentaria - su derecho-deber de participar en la construcción de la vida civil de su País.[16] Esta obvia constatación no puede ser confundida, sin embargo, con un indistinto pluralismo en la elección de los principios morales y los valores sustanciales a los cuales se hace referencia. La legítima pluralidad de opciones temporales mantiene íntegra la matriz de la que proviene el compromiso de los católicos en la política, que hace referencia directa a la doctrina moral y social cristiana. Sobre esta enseñanza los laicos católicos están obligados a confrontarse siempre para tener la certeza de que la propia participación en la vida política esté caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las realidades temporales.

La Iglesia es consciente de que la vía de la democracia, aunque sin duda expresa mejor la participación directa de los ciudadanos en las opciones políticas, sólo se hace posible en la medida en que se funda sobre una recta concepción de la persona.[17] Se trata de un principio sobre el que los católicos no pueden admitir componendas, pues de lo contrario se menoscabaría el testimonio de la fe cristiana en el mundo y la unidad y coherencia interior de los mismos fieles. La estructura democrática sobre la cual un Estado moderno pretende construirse sería sumamente frágil si no pusiera como fundamento propio la centralidad de la persona. El respeto de la persona es, por lo demás, lo que hace posible la participación democrática. Como enseña el Concilio Vaticano II, la tutela "de los derechos de la persona es condición necesaria para que los ciudadanos, como individuos o como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en el gobierno de la cosa pública"[18].

4. A partir de aquí se extiende la compleja red de problemáticas actuales, que no pueden compararse con las temáticas tratadas en siglos pasados. La conquista científica, en efecto, ha permitido alcanzar objetivos que sacuden la conciencia e imponen la necesidad de encontrar soluciones capaces de respetar, de manera coherente y sólida, los principios éticos. Se asiste, en cambio, a tentativos legislativos que, sin preocuparse de las consecuencias que se derivan para la existencia y el futuro de los pueblos en la formación de la cultura y los comportamientos sociales, se proponen destruir el principio de la intangibilidad de la vida humana. Los católicos, en esta grave circunstancia, tienen el derecho y el deber de intervenir para recordar el sentido más profundo de la vida y la responsabilidad que todos tienen ante ella. Juan Pablo II, en línea con la enseñanza constante de la Iglesia, ha reiterado muchas veces que quienes se comprometen directamente en la acción legislativa tienen la "precisa obligación de oponerse" a toda ley que atente contra la vida humana. Para ellos, como para todo católico, vale la imposibilidad de participar en campañas de opinión a favor de semejantes leyes, y a ninguno de ellos les está permitido apoyarlas con el propio voto.[19] Esto no impide, como enseña Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium vitae a propósito del caso en que no fuera posible evitar o abrogar completamente una ley abortista en vigor o que está por ser sometida a votación, que "un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, pueda lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública".[20]

En tal contexto, hay que añadir que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la totalidad de la doctrina católica. El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad. Ni tampoco el católico puede delegar en otros el compromiso cristiano que proviene del evangelio de Jesucristo, para que la verdad sobre el hombre y el mundo pueda ser anunciada y realizada.

Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuánto tales, reconocimiento legal. Así también, la libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos. Del mismo modo, se debe pensar en la tutela social de los menores y en la liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud (piénsese, por ejemplo, en la droga y la explotación de la prostitución). No puede quedar fuera de este elenco el derecho a la libertad religiosa y el desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, en el respeto de la justicia social, del principio de solidaridad humana y de subsidiariedad, según el cual deben ser reconocidos, respetados y promovidos "los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio".[21] Finalmente, cómo no contemplar entre los citados ejemplos el gran tema de la paz. Una visión irenista e ideológica tiende a veces a secularizar el valor de la paz mientras, en otros casos, se cede a un juicio ético sumario, olvidando la complejidad de las razones en cuestión. La paz es siempre "obra de la justicia y efecto de la caridad";[22] exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política.

 

III. Principios de la doctrina católica acerca del laicismo y el pluralismo

5. Ante estas problemáticas, si bien es lícito pensar en la utilización de una pluralidad de metodologías que reflejen sensibilidades y culturas diferentes, ningún fiel puede, sin embargo, apelar al principio del pluralismo y autonomía de los laicos en política, para favorecer soluciones que comprometan o menoscaben la salvaguardia de las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad. No se trata en sí de "valores confesionales", pues tales exigencias éticas están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural. Éstas no exigen de suyo en quien las defiende una profesión de fe cristiana, si bien la doctrina de la Iglesia las confirma y tutela siempre y en todas partes, como servicio desinteresado a la verdad sobre el hombre y el bien común de la sociedad civil. Por lo demás, no se puede negar que la política debe hacer también referencia a principios dotados de valor absoluto, precisamente porque están al servicio de la dignidad de la persona y del verdadero progreso humano.

6. La frecuentemente referencia a la "laicidad", que debería guiar el compromiso de los católicos, requiere una clarificación no solamente terminológica. La promoción en conciencia del bien común de la sociedad política no tiene nada qué ver con la "confesionalidad" o la intolerancia religiosa. Para la doctrina moral católica, la laicidad, entendida como autonomía de la esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica - nunca de la esfera moral -, es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado.[23] Juan Pablo II ha puesto varias veces en guardia contra los peligros derivados de cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política. "Son particularmente delicadas las situaciones en las que una norma específicamente religiosa se convierte o tiende a convertirse en ley del Estado, sin que se tenga en debida cuenta la distinción entre las competencias de la religión y las de la sociedad política. Identificar la ley religiosa con la civil puede, de hecho, sofocar la libertad religiosa e incluso limitar o negar otros derechos humanos inalienables".[24] Todos los fieles son bien conscientes de que los actos específicamente religiosos (profesión de fe, cumplimiento de actos de culto y sacramentos, doctrinas teológicas, comunicación recíproca entre las autoridades religiosas y los fieles, etc.) quedan fuera de la competencia del Estado, el cual no debe entrometerse ni para exigirlos o para impedirlos, salvo por razones de orden público. El reconocimiento de los derechos civiles y políticos, y la administración de servicios públicos no pueden ser condicionados por convicciones o prestaciones de naturaleza religiosa por parte de los ciudadanos.

Una cuestión completamente diferente es el derecho-deber que tienen los ciudadanos católicos, como todos los demás, de buscar sinceramente la verdad y promover y defender, con medios lícitos, las verdades morales sobre la vida social, la justicia, la libertad, el respeto a la vida y todos los demás derechos de la persona. El hecho de que algunas de estas verdades también sean enseñadas por la Iglesia, no disminuye la legitimidad civil y la "laicidad" del compromiso de quienes se identifican con ellas, independientemente del papel que la búsqueda racional y la confirmación procedente de la fe hayan desarrollado en la adquisición de tales convicciones. En efecto, la "laicidad" indica en primer lugar la actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión específica, pues la verdad es una. Sería un error confundir la justa autonomía que los católicos deben asumir en política, con la reivindicación de un principio que prescinda de la enseñanza moral y social de la Iglesia.

Con su intervención en este ámbito, el Magisterio de la Iglesia no quiere ejercer un poder político ni eliminar la libertad de opinión de los católicos sobre cuestiones contingentes. Busca, en cambio -en cumplimiento de su deber- instruir e iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo de los que están comprometidos en la vida política, para que su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común. La enseñanza social de la Iglesia no es una intromisión en el gobierno de los diferentes Países. Plantea ciertamente, en la conciencia única y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia. "En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida "espiritual", con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida "secular", esto es, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento, arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de la acción y de la existencia. En efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el "lugar histórico" de la manifestación y realización de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, situación, esfuerzo concreto -como por ejemplo la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura- constituye una ocasión providencial para un "continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad"".[25] Vivir y actuar políticamente en conformidad con la propia conciencia no es un acomodarse en posiciones extrañas al compromiso político o en una forma de confesionalidad, sino expresión de la aportación de los cristianos para que, a través de la política, se instaure un ordenamiento social más justo y coherente con la dignidad de la persona humana.

En las sociedades democráticas todas las propuestas son discutidas y examinadas libremente. Aquellos que, en nombre del respeto de la conciencia individual, pretendieran ver en el deber moral de los cristianos de ser coherentes con la propia conciencia un motivo para descalificarlos políticamente, negándoles la legitimidad de actuar en política de acuerdo con las propias convicciones acerca del bien común, incurrirían en una forma de laicismo intolerante. En esta perspectiva, en efecto, se quiere negar no sólo la relevancia política y cultural de la fe cristiana, sino hasta la misma posibilidad de una ética natural. Si así fuera, se abriría el camino a una anarquía moral, que no podría identificarse nunca con forma alguna de legítimo pluralismo. El abuso del más fuerte sobre el débil sería la consecuencia obvia de esta actitud. La marginalización del Cristianismo, por otra parte, no favorecería ciertamente el futuro de proyecto alguno de sociedad ni la concordia entre los pueblos, sino que pondría más bien en peligro los mismos fundamentos espirituales y culturales de la civilización.[26]

 

IV. Consideraciones sobre aspectos particulares

7. En circunstancias recientes ha ocurrido que, incluso en el seno de algunas asociaciones u organizaciones de inspiración católica, han surgido orientaciones de apoyo a fuerzas y movimientos políticos que han expresado posiciones contrarias a la enseñanza moral y social de la Iglesia en cuestiones éticas fundamentales. Tales opciones y posiciones, siendo contradictorios con los principios básicos de la conciencia cristiana, son incompatibles con la pertenencia a asociaciones u organizaciones que se definen católicas. Análogamente, hay que hacer notar que en ciertos países algunas revistas y periódicos católicos, en ocasión de toma de decisiones políticas, han orientado a los lectores de manera ambigua e incoherente, induciendo a error acerca del sentido de la autonomía de los católicos en política y sin tener en consideración los principios a los que se ha hecho referencia.

La fe en Jesucristo, que se ha definido a sí mismo "camino, verdad y vida" (Jn 14,6), exige a los cristianos el esfuerzo de entregarse con mayor diligencia en la construcción de una cultura que, inspirada en el Evangelio, reproponga el patrimonio de valores y contenidos de la Tradición católica. La necesidad de presentar en términos culturales modernos el fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo se presenta hoy con urgencia impostergable, para evitar además, entre otras cosas, una diáspora cultural de los católicos. Por otra parte, el espesor cultural alcanzado y la madura experiencia de compromiso político que los católicos han sabido desarrollar en distintos países, especialmente en los decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial, no deben provocar complejo alguno de inferioridad frente a otras propuestas que la historia reciente ha demostrado débiles o radicalmente fallidas. Es insuficiente y reductivo pensar que el compromiso social de los católicos se deba limitar a una simple transformación de las estructuras, pues si en la base no hay una cultura capaz de acoger, justificar y proyectar las instancias que derivan de la fe y la moral, las transformaciones se apoyarán siempre sobre fundamentos frágiles.

La fe nunca ha pretendido encerrar los contenidos socio-políticos en un esquema rígido, conciente de que la dimensión histórica en la que el hombre vive impone verificar la presencia de situaciones imperfectas y a menudo rápidamente mutables. Bajo este aspecto deben ser rechazadas las posiciones políticas y los comportamientos que se inspiran en una visión utópica, la cual, cambiando la tradición de la fe bíblica en una especie de profetismo sin Dios, instrumentaliza el mensaje religioso, dirigiendo la conciencia hacia una esperanza solamente terrena, que anula o redimensiona la tensión cristiana hacia la vida eterna.

Al mismo tiempo, la Iglesia enseña que la auténtica libertad no existe sin la verdad. "Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente", ha escrito Juan Pablo II.[27] En una sociedad donde no se llama la atención sobre la verdad ni se la trata de alcanzar, se debilita toda forma de ejercicio auténtico de la libertad, abriendo el camino al libertinaje y al individualismo, perjudiciales para la tutela del bien de la persona y de la entera sociedad.

8. En tal sentido, es bueno recordar una verdad que hoy la opinión pública corriente no siempre percibe o formula con exactitud: El derecho a la libertad de conciencia, y en especial a la libertad religiosa, proclamada por la Declaración Dignitatis humanæ del Concilio Vaticano II, se basa en la dignidad ontológica de la persona humana, y de ningún modo en una inexistente igualdad entre las religiones y los sistemas culturales.[28] En esta línea, el Papa Pablo VI ha afirmado que "el Concilio de ningún modo funda este derecho a la libertad religiosa sobre el supuesto hecho de que todas las religiones y todas las doctrinas, incluso erróneas, tendrían un valor más o menos igual; lo funda en cambio sobre la dignidad de la persona humana, la cual exige no ser sometida a contradicciones externas, que tienden a oprimir la conciencia en la búsqueda de la verdadera religión y en la adhesión a ella".[29] La afirmación de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa, por lo tanto, no contradice en nada la condena del indiferentísimo y del relativismo religioso por parte de la doctrina católica,[30] sino que le es plenamente coherente.

 

V. Conclusión

9. Las orientaciones contenidas en la presente Nota quieren iluminar uno de los aspectos más importantes de la unidad de vida que caracteriza al cristiano: La coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II. Éste exhorta a los fieles a "cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno". Alégrense los fieles cristianos"de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios".[31]

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia del 21 de noviembre de 2002, ha aprobado la presente Nota, decidida en la Sesión Ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado que sea publicada.

Dado en Roma, en la sede de la Congregación por la Doctrina de la Fe, el 24 de noviembre de 2002, Solemnidad de N. S Jesús Cristo, Rey del universo.

+JOSEPH CARD. RATZINGER
Prefecto

+TARCISIO BERTONE, S.D.B.
Arzobispo emérito de Vercelli Secretario

 

Notas [

1]CARTA A DIOGNETO, 5, 5, Cfr. Ver también Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2240.

[2]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 1, AAS 93 (2001) 76-80.

[3]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Motu Proprio dada para la proclamación de Santo Tomás Moro Patrón de los Gobernantes y Políticos, n. 4.

[4]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 31; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1915.

[5]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75.

[6]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42, AAS 81 (1989) 393-521. Esta nota doctrinal se refiere obviamente al compromiso político de los fieles laicos. Los Pastores tienen el derecho y el deber de proponer los principios morales también en el orden social; "sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está reservada a los laicos" (JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 69). Cfr. Ver también CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 31-I-1994, n. 33.

[7]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76.

[8]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 36.

[9]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam actuositatem, 7; Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 36 y Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 31 y 43.

[10]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42.

[11]En los últimos dos siglos, muchas veces el Magisterio Pontificio se ha ocupado de las cuestiones principales acerca del orden social y político. Cfr. LEÓN XIII, Carta Encíclica Diuturnum illud, ASS 20 (1881/82) 4ss; Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885/86) 162ss, Carta Encíclica Libertas præstantissimum, ASS 20 (1887/88) 593ss; Carta Encíclica Rerum novarum, ASS 23 (1890/91) 643ss; BENEDICTO XV, Carta Encíclica Pacem Dei munus pulcherrimum, AAS 12 (1920) 209ss; PÍO XI, Carta Encíclica Quadragesimo anno, AAS 23 (1931) 190ss; Carta Encíclica Mit brennender Sorge, AAS 29 (1937) 145-167; Carta Encíclica Divini Redemptoris, AAS 29 (1937) 78ss; PÍO XII, Carta Encíclica Summi Pontificatus, AAS 31 (1939) 423ss; Radiomessaggi natalizi 1941-1944; JUAN XXIII, Carta Encíclica Mater et magistra, AAS 53 (1961) 401-464; Carta Encíclica Pacem in terris AAS 55 (1963) 257-304; PABLO VI, Carta Encíclica Populorum progressio, AAS 59 (1967) 257-299; Carta Apostólica Octogesima adveniens, AAS 63 (1971) 401-441.

[12]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Centesimus annus, n. 46, AAS 83 (1991) 793-867; Carta Encíclica Veritatis splendor, n. 101, AAS 85 (1993) 1133-1228; Discurso al Parlamento Italiano en sesión pública conjunta, en L'Osservatore Romano, n. 5, 14-XI-2002.

[13]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 22, AAS 87 (1995) 401-522.

[14]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76.

[15]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75.

[16]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, nn. 43 y 75.

[17]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 25.

[18]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 73.

[19]Cfr. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73.

[20]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, n. 73.

[21]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 75.

[22]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2304

[23]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 76.

[24]JUAN PABLO II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1991: "Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre", IV, AAS 83 (1991) 410-421.

[25]JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59. La citación interna proviene del Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 4

[26]Cfr. JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, en L'Osservatore Romano, 11 de enero de 2002. [

27]JUAN PABLO II, Carta Encíclica Fides et ratio, n. 90, AAS 91 (1999) 5-88.

[28]Cfr. CONCILIO VATICANO II, Declaración Dignitatis humanae, n. 1: "En primer lugar, profesa el sagrado Concilio que Dios manifestó al género humano el camino por el que, sirviéndole, pueden los hombres salvarse y ser felices en Cristo. Creemos que esta única y verdadera religión subsiste en la Iglesia Católica". Eso no quita que la Iglesia considere con sincero respeto las varias tradiciones religiosas, más bien reconoce "todo lo bueno y verdadero" presentes en ellas. Cfr. CONCILIO VATICANO II,Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 16; Decreto Ad gentes, n. 11; Declaración Nostra ætate, n. 2; JUAN PABLOII, Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 55, AAS 83 (1991) 249-340; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, DeclaraciónDominus Iesus, nn. 2; 8; 21, AAS 92 (2000) 742-765.

[29]PABLO VI, Discurso al Sacro Colegio y a la Prelatura Romana, en "Insegnamenti di Paolo VI" 14 (1976), 1088-1089).

[30]Cfr. PÍO IX, Carta Encíclica Quanta cura, ASS 3 (1867) 162; LEÓN XIII, Carta Encíclica Immortale Dei, ASS 18 (1885) 170-171; PÍO XI, Carta Encíclica Quas primas, AAS 17 (1925) 604-605; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2108; CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dominus Iesus, n. 22.

[31]CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n 43. Cfr. también JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 59.

     

 

 

3.10. Aconfesionalidad, laicidad y laicismo. En qué sentido el estado español es un estado laico. A propósito de la declaración de la "Plataforma para una sociedad laica".

 

José Ignacio Peláez Albendea (Publicado en Alfa y Omega el 13-03-2003)

 


Recientemente se ha presentado la "Plataforma para una sociedad laica" que propone que la religión quede relegada al ámbito de la conciencia de cada uno y no tenga relevancia pública (artículo de Rosa Regás en El Mundo, titulado "España sigue sin ser un Estado laico"). Esta plataforma la integran la Federación de Mujeres Progresistas, la Confederación de Asociaciones de padres y madres de alumnos (CEAPA), la Federación de Gays y Lesbianas, la Federación de Mujeres Separadas y Divorciadas, la Fundación Cives, el Movimiento para la Paz, el Desarme y la Libertad, la Unión de Asociaciones Familiares, la Fundación Fernando de los Ríos, el Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza, las Federaciones de Enseñanza de CCOO y UGT y algunas más.

El argumento fundamental sobre el que basa su propuesta es el art. 16 de la Constitución Española sobre la libertad religiosa. Su planteamiento incluye, entre otras cosas, la supresión de la enseñanza de la religión en los colegios.

Cabe preguntarse qué dice realmente el texto constitucional sobre la religión y cuál es la interpretación que ha dado el Tribunal Costitucional a esos artículos. Veámoslo. El Artículo 16 de la Constitución inscribe la libertad ideológica y religiosa entre los Derechos Fundamentales que "vinculan a todos los poderes públicos" que deberán respetar su contenido esencial (art. 53.1); cualquier ciudadano podrá recabar la tutela de estos derechos mediante recurso ante los tribunales ordinarios y ante el Tribunal Constitucional mediante el recurso de amparo (art 53.2).

¿Y qué dice exactamente el artículo 16?: "1. Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y de las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley. 2. Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencia. 3. Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones".

De la lectura del texto no parece que se deduzca que la religión -la católica o cualquier otra- haya de ser relegada a la conciencia de los ciudadanos sin ninguna relevancia pública, como sostiene esa Plataforma apoyándose precisamente en este artículo 16. Lo que establece el texto es que el Estado es aconfesional, no tiene una religión como propia. Reconoce lo que hay en la sociedad y se propone mantener relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones.

Entonces, ¿cuál es el error de la lectura que propone esta Plataforma para una sociedad laica? En mi opinión, incurre en tres reducionismos: confunde el Estado con la sociedad; confunde aconfesionalidad y laicidad con laicismo; y, por fin, plantea su propuesta como la neutral, la que todo el mundo debe aceptar obligatoriamente como única solución posible para la convivencia, secuestrando su debate a la sociedad, como si no fuera una propuesta ideológica más entre otras posibles. Voy a tratar de exponer brevemente estos tres reduccionismos.

Confunde el Estado con la sociedad. Lo que nuestra Constitución establece como aconfesional es el Estado (art 16.3, primer inciso), no la sociedad. La sociedad es lo que es y ahí está; y la Costitución reconoce lo que hay en ella y dice: "los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española (art.16.3)". La sociedad española no es aconfesional. Es, según la encuesta de diciembre de 2002 del CIS, católica en un 80,3%, atea en un 5,2%, creyente de otras religiones en un 1,9%, no creyente en un 10,6% y no sabe no contesta en un 2,1%. Y el Estado, ante esto, no tiene más que respetar lo que existe en la sociedad. Pero no sólo eso, también "establecer relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones". En el Preámbulo de la Constitución se proclama la voluntad de la nación española de: "proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones". Por último, en repetidas sentencias del Tribunal Constitucional reconoce que "el Estado mira con simpatía el hecho religioso" y considera que la libertad religiosa "faculta a los ciudadanos para actuar con arreglo a sus propias convicciones y mantenerlas frente a terceros (SSTC 19/1985, FJ 2; 120/1990, FJ 10, y 137/1990, FJ 8)". Este reconocimiento de un ámbito de libertad y de una esfera de agere licere lo es "con plena inmunidad de coacción del Estado o de cualesquiera grupos sociales" (STC 46/2001, FJ 4, y, en el mismo sentido, las SSTC 24/1982, de 13 de mayo, y 166/1996, de 28 de octubre)".

Y aquí podemos pasar al segundo reduccionismo de la Plataforma: Confunde aconfesionalidad y laicidad con laicismo. Que el Estado es aconfesional o laico quiere decir que no recomienda ni promueve ni persigue ni ataca ninguna religión en particular y que los servidores del Estado, los funcionarios y políticos no están obligados ni a seguir ni a no seguir una confesión religiosa y los ciudadanos no serán discriminados por razón de su religión o creencias, ni a favor ni en contra.

Por el contrario, un Estado laicista, sí es beligerante con la religión y promueve una ideología concreta que es esta: que la religión no aparezca en la vida pública y, si pudiera, en la vida privada de sus ciudadanos. No parece que esta sea la idea sobre el Estado y la religión que establece la Constitución. La Plataforma para una sociedad laica también es beligerante con la religión, al querer arrinconarla a la conciencia de los ciudadanos y que no tenga relevancia pública. Pero es que una religión y particularmente la católica afecta a la integridad de la vida de sus seguidores: su vida privada y su vida pública. Cuando Cristo habla de dad al César lo que es del César, como cita retorciendo su sentido Rosa Regás, completa su frase añadiendo: y dad a Dios lo que es de Dios. Esta es la clave para conocer el significado del texto. Se refiere a que las realidades humanas, políticas, sociales gozan de una relativa autonomía propia y de leyes propias. Y, entre esas realidades políticas, el Estado goza de competencia propia para promulgar leyes y disposiciones. Cristo manda cumplir esas leyes, siempre que sean justas; esta es la parte del César.

Esa interpretación laicista de la Constitución, beligerante con la religión, no es la que sostiene la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, intérprete auténtico de la Constitución. Afirma el Tribunal: "La dimensión externa de la libertad religiosa se traduce además "en la posibilidad de ejercicio, inmune a toda coacción de los poderes públicos, de aquellas actividades que constituyen manifestaciones o expresiones del fenómeno religioso" (STC 46/2001) (...) relativas, entre otros particulares, a los actos de culto, enseñanza religiosa, reunión o manifestación pública con fines religiosos, y asociación para el desarrollo comunitario de este tipo de actividades". "Como ya dijimos en la STC 141/2000, de 29 de mayo, FJ 4, continua diciendo el TC: "el derecho que asiste al creyente de creer y conducirse personalmente conforme a sus convicciones no está sometido a más límites que los que le imponen el respeto a los derechos fundamentales ajenos y otros bienes jurídicos protegidos constitucionalmente".

Y concluye el Alto Tribunal: "Es esta única limitación la que, además, resulta de los textos correspondientes a tratados y acuerdos internacionales que, según lo dispuesto en el art. 10.2 Constitución Española, este Tribunal debe considerar cuando se trata de precisar el sentido y alcance de los derechos fundamentales. Así, el art. 9.2 del Convenio europeo para la protección de los derechos humanos y las libertades fundamentales (CEDH), de 4 de noviembre de 1950, prescribe que "la libertad de manifestar su religión o sus convicciones no puede ser objeto de más restricciones que las que, previstas por la ley, constituyen medidas necesarias, en una sociedad democrática, para la seguridad pública, la protección del orden, de la salud o de la moral públicas, o la protección de los derechos o las libertades de los demás". Por su parte, el art. 18.3 del Pacto internacional de derechos civiles y políticos (PIDCP), de 19 de diciembre de 1966, dispone que "la libertad de manifestar la propia religión o las propias creencias estará sujeta únicamente a las limitaciones prescritas por la ley que sean necesarias para proteger la seguridad, el orden, la salud o la moral públicos, o los derechos y libertades fundamentales de los demás".

No hay más límites que esos para la libertad religiosa. Y no se entiende porqué, por tanto, ha de tener otros y ser relegada a la esfera privada de las personas, sin ninguna relevancia pública, como sostiene la Plataforma.

La religión Católica, afortunadamente para la sociedad en que vivimos, goza de una gran relevancia pública y las cifras están ahí, por ejemplo, en sus obras de caridad: los casi tres millones de euros que destinó la Iglesia para atender a enfermos de SIDA en el año 2000, o los más de 11.300 drogodependientes de los que se ocupó entre 1999 y 2000. Además, la Iglesia Católica en España dirigía en el año dos mil 876 casas para ancianos y minusválidos. Ella también es la responsable directa de 900 orfanatos y de 800 asilos en España y ha atendido, entre los años 1999 y 2000, a 114.000 inmigrantes, 1.300 enfermos de sida, 11.300 drogodependientes y a 300.000 sin techo. Y en la enseñanza, más del 30% de total de alumnos, estudian en los colegios de la Iglesia Católica. Y los padres, en ejercicio de su derecho fundamental que les asiste a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones (art 27,3 de la Constitución) eligieron en casi un 80% la enseñanza de la religión para sus hijos. ¿Desea la Plataforma para una sociedad laica que esta relevancia pública de la Iglesia desaparezca?

La Constitución "mira con simpatía el hecho religiosos". Reconoce y protege lo bueno que hay en la sociedad. ¿Y qué hay en nuestra sociedad sobre la religión y en particular sobre la Iglesia Católica? Que el 80% de los españoles se reconocen católicos, según la última encuesta del CIS, como citábamos más arriba. Y que En España se produjeron en el año dos mil: 283.226 bautizos de los trescientos cincuenta mil nacimientos, casi 4.000 más que en 1996; 265.000 primeras comuniones; y 150.000 parejas se casaron por la Iglesia en el año 2000, 10.000 más que en 1996. Por regiones, más del 80% de extremeños, andaluces, castellano-manchegos y murcianos se casan por el rito de la Iglesia Católica; y la media en España es que de cada cien matrimonios, 76 se casan por el rito de la Iglesia Católica y el resto por otros ritos o por el procedimiento civil (Anuario Social de España de la Fundación La Caixa).

No hay que olvidar tampoco que en España, según la encuesta del CIS de diciembre 2002, acuden a la Santa Misa del rito católico, sin contar las ocasiones relacionadas con ceremonias que también tienen una relevancia pública como bodas, comuniones o funerales, un 2,4% casi todos los días, o sea un millón de españoles acuden a diario a la Santa Misa; casi todos los domingos y festivos, un 18,1%; alguna vez al mes, un 11,1%, 17,4% varias veces al año y un 48,6% casi nunca; o sea, sumando todos los que acuden a la Santa Misa -el rito público de la Iglesia Católica- con más o menos frecuencia, suman el 49%, o sea, 20 millones de españoles. ¿No pretenderá la Plataforma para una sociedad laica que la relevancia pública de estas decisiones libres de los españoles les sea negada?

Y vamos al tercer reduccionismo de la Plataforma para una sociedad laica: Plantea su propuesta como la neutral, la que todo el mundo debe aceptar obligatoriamente como única solución posible para la convivencia, secuestrando su debate a la sociedad, como si no fuera una propuesta ideológica más entre otras posibles. Cito a Jesús Sanz Rioja: "La experiencia histórica demuestra que allí donde se ha intentado organizar la sociedad al margen de los religioso, se ha desembocado en la opresión, la segregación y la injusticia. Pensemos en la Revolución francesa y su corolario, el terror de la guillotina; o en la otra revolución propiamente dicha, la rusa, y su universo concentracionario. En cambio, cuando el cristianismo ha inspirado las leyes, como en la Constitución norteamericana ("in God we trust", rezan aún los billetes de dólar), ha producido lo mejor de las sociedades democráticas: las libertades civiles, los límites al poder del Estado...".

No tengo nada que decir a la propuesta laicista de la Plataforma, salvo que no estoy de acuerdo con ella. Y que desde luego, es contraria a los valores constitucionales, como he intentado demostrar más arriba. Y a la vez, decir también que defiendo absolutamente su libertad de plantear esa propuesta. Tienen todo su derecho a hacerla, pero... no imponiéndola como la que establece el artículo 16 de la Constitución Española. Y como la neutral que todos debemos aceptar obligatoriamente. Deben plantearla al debate público y discutirla como cualquier otra e intentar convencernos de que es la mejor para la convivencia en nuestra sociedad. Y, si nos convence, habrá que reformar la Constitución.

Para concluir, me permito ofrecer a la Plataforma para una sociedad laica una oferta a su libertad. En vez de ver a la religión como el adversario a abatir y una enemiga de la convivencia y causa de todos los males y atacar a la Iglesia Católica, ¿por qué no intentamos arreglar entre todos tantos problemas que tenemos planteados de justicia social, de erradicación del terrorismo, de consecución de la paz aquí y en todo el mundo, de mejora de la enseñanza, de la vivienda, de trabajo digno para todos, de acogida a los inmigrantes y tantas cosas más? Para afrontar esos y muchos otros problemas a cualquier católico no le importa ir codo con codo con los demás ciudadanos, sus iguales, que buscan el bien de la persona y de la sociedad -no dudo de que los integrantes de la Plataforma para una sociedad laica intentan esos bienes también- sea ateo, agnóstico o cualquiera que sea su religión.

     

 

 

 

 

3.11. Amén y su leyenda negra

 

Juan Orellana. Director en España de SIGNIS (Organización Católica Mundial de la Comunicación) y de la Revista "Pantalla" de crítica cinematográfica. Artículo publicado en Alfa y Omega el 2-1-2003

 

 La sumisión ideológica de Costa Gavras

Costa-Gavras, famoso por sus muchas películas políticas, levantó una gran polémica en el pasado Festival de Berlín por su última película, Amén, que acusa a la Iglesia de haber sido indiferente al exterminio de los judíos durante la segunda guerra mundial; indiferencia que la haría cómplice silenciosa del Holocausto.

Amén está basada en una obra de teatro titulada El Vicario, escrita en los anos 60 por Hochhuth, y que, aunque desestimada por los historiadores y desmentida por los hechos, supuso el origen de una leyenda negra sobre Pío XII y su relación con el nazismo.

El argumento cuenta la historia del químico Kurtz Gerstein, oficial alemán de las SS encargado de fabricar el gas Ziklon B para los campos de concentración. En un principio Kurtz piensa que el gas se utiliza para desinfectar barracones, hasta que un día ve con sus propios ojos el uso que se le da. Horrorizado, y animado por su honda conciencia cristiana, comunica su descubrimiento a sus más íntimos amigos de su comunidad religiosa protestante. Algunos le sugieren que dimita, pero él decide seguir y así poder ofrecer pruebas documentales del exterminio.
Cuando fracasa en su intento de que los dirigentes protestantes denuncien públicamente la situación, lo intenta con la Iglesia católica a través del padre Fontana, un joven sacerdote diplomático de la Nunciatura en Berlín. Pero sólo recibirá negativas, cuando no burlas, del nuncio, del Secretario de Estado Vaticano, y del propio Pío XII; Tampoco sus conversaciones con miembros de las cancillerías aliadas dan ningún resultado. Entre tanto, la guerra va llegando a su fin y unos seis millones de judíos han sido exterminados.

La película contiene dentro de sí tres columnas vertebrales o categorías tan diversas, e incluso contradictorias, que son la causa de su radical desequilibrio: una categoría que podríamos denominar verídica o auténtica, y que encarna a la perfección el personaje de Gerstein, interpretado impecablemente por Ulrich Tukur. Es un personaje consistente, de carne y hueso, rico en matices, conmovedor, y cuyo proceso interno sobrecoge al espectador de cabo a rabo. Un hombre cristiano, cuya vida se resquebraja cuando entra en su alma la imagen de las cámaras de gas en funcionamiento. Sufrirá un daño moral irreparable. Nunca saldrá de él odio o rencor a la Iglesia. Gerstein es el centro y la grandiosa aportación del film.

Una segunda veta es la ideológica, que ya no parte de personajes creíbles, sino que los convierte en esquemas puramente ideológicos, sin vida propia, diseñados de antemano en el laboratorio del prejuicio. En esa categoría Gavras sitúa al nuncio en Berlín, al cardenal Secretario de Estado y a Pío XII. Patético el primero, histérico e intolerante el segundo, y angelístamente bobalicón el tercero. No hay en ellos asomo de matices, ni de verosimilitud, y, sobre todo, se pone de manifiesto un grave desconocimiento de cómo son y actúan los altos representantes de la Iglesia.
Ya el arranque de la película, en el que vemos a unas monjas colaborando en el envío de deficientes a cremaciones masivas para depurar la raza, se deja clara cuál va a ser la intención ideológica de Amén. La razón de esta ridícula simplificación está en el rechazo por parte del cineasta de la figura de Pío XII, un Papa que luchó tremendamente contra el comunismo, religión intelectual de Costa Gavras. Ahí está la clave para comprender la forma tan nerviosa y precipitada con que dibuja los personajes, en una motivación puramente ideológica.

Por último, existe una tercera línea demagógica, que toma vida en el personaje del padre Fontana, interpretado por Mathieu Kassovitz. Este sacerdote encarnaría la propuesta demagógica del propio Gavras y que, a su juicio, representa lo que la Iglesia Católica y el Papa deberían haber hecho: ofrecerse a sí mismos como víctimas voluntarias del holocausto nazi. Las decisiones de Fontana son impensables en un hombre formado en el realismo más absoluto; por el contrario, manifiestan un utopismo demagógico de lo más absurdo. De una forma muy fugaz, aparecen en la película franciscanos refugiando a judíos, lo cual es cierto, pero en el contexto del film parece plantearse en términos de una Iglesia de base solidaria, frente a la Iglesia de los poderosos, preocupada de no poner en peligro sus propios privilegios.

Queda por afrontar la gran cuestión: ¿cuál es la verdad de los sucesos que Costa Gavras denuncia? ¿Cómo se concilian esas acusaciones con el hecho de que el Congreso Mundial Judío donase a Pío XII unos 40 millones de dólares al cambio actual "para demostrar la gratitud del pueblo judío por todo lo que la Iglesia Católica que había hecho en su favor"? ¿ Cómo se explica que el rabino de Nueva York, David Dalin, declare que, "durante el siglo XX, el pueblo judío no tuvo un amigo más grande que Pío XII"? Para iluminar estas apasionantes cuestiones, que tiran por tierra la leyenda negra de la que Costa-Gavras se hace portavoz, invitamos a leer la abundantísima bibliografía que hay sobre el tema.

     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4. Juan Pablo II y las ideologías contemporáneas

Por Mariano Fazio Fernández

 

Karol Wojtyla es en un cierto sentido un símbolo del siglo XX: hijo de Polonia, ha sido víctima como su patria de los totalitarismos de derecha y de izquierda. Su formación filosófica,

bebe de las fuentes de la philosophia perennis, pero también de la Modernidad, alcanzando una síntesis personalista que incidirá profundamente en el pensamiento filosófico del siglo apenas terminado. Transformado por la Providencia en Juan Pablo II, el último Papa del segundo milenio desarrolla una acción magisterial y pastoral que llega a lo más profundo de la

cultura contemporánea. Juan Pablo II, en total sintonía con el Concilio Vaticano II, presenta la verdad sobre el hombre, que ha sido revelada en Cristo. Desde esta perspectiva cristocéntrica,

que implica además una visión personalista del hombre, el Papa analiza la problemática completa del mundo actual. Los procesos culturales contemporáneos encuentran en Juan Pablo II un eco inmediato, dado que tales procesos no son para él algo teórico y abstracto, sino los ámbitos en donde se juega el destino de la Humanidad y de cada persona en particular.

Sería imposible analizar todo el magisterio de este largo pontificado, que se ha ocupado, de problemas que van desde el feminismo al colonialismo, pasando por la relación ciencia-fe y

la ecología. Es necesario elegir. Hemos decidido tratar sobre dos cuestiones claves, que permiten vislumbrar algunos aspectos importantes del diálogo entre la Iglesia y el mundo contemporáneo. Iniciaremos con un estudio de la posición que adopta Juan Pablo II frente al liberalismo –consideramos conveniente privilegiar esta ideología después de la caída del muro de Berlín–, para posteriormente abocarnos al análisis papal del mundo después de 1989, tal como se contiene en el discurso pronunciado delante de la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1995.

 

1. Juan Pablo II y la ética social liberal

a) La doctrina social de la Iglesia frente a la ética liberal La Doctrina Social de la Iglesia, presente ya en el Evangelio, aunque sistematizada sólo a partir del pontificado de León XIII

con la célebre encíclica Rerum Novarum, y que se enriquecerá con las aportaciones de los papas sucesivos, no consiste en una actitud de autodefensa frente a ideologías consideradas equivocadas o heterodoxas. El mensaje social cristiano contiene sobre todo propuestas positivas, que encuentran su fuerza en las enseñanzas de Cristo, en la verdad sobre el hombre que nos

ha dado el Hijo de Dios hecho hombre. Esta premisa –prioridad de las propuestas positivas sobre el contenido critico-, es importante, ya que de otra forma podríamos correr el riesgo de enfrentar la presente temática desde un punto de vista defensivo, que la mayor parte de las veces es el punto de vista de la inferioridad.

Según Juan Pablo II, una diferencia primaria entre la ética social liberal y la ética social cristiana que se encuentra en la doctrina social de la Iglesia es que la primera pertenece a un

modo de pensar ideológico, mientras que “la doctrina social de la Iglesia no es una “tercera vía” entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto

internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en

consecuencia, la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral”.

 

El hecho de que la doctrina social sea un saber teológico no impide –es más, lo hace necesario– que en el interior de este pensamiento haya una racionalidad filosófica. La teología

no aplica directamente el dato revelado sobre la realidad, sino que tiene necesidad de la

mediación de una reflexión de carácter racional. Cuando hablamos de ética social cristiana que se encuentra en el interior de la doctrina social de la Iglesia nos estamos refiriendo a la racionalidad filosófica que necesita toda reflexión teológica.

Dicho esto, vamos a tratar de presentar las enseñanzas de Juan Pablo II sobre las llamadas instituciones liberales, para después llegar al punto más profundo de inconmensurabilidad

entre la ética social liberal y la ética social cristiana, inconmensurabilidad que pensamos se encuentra en las antropologías que sirven de base a las dos éticas. Vamos a empezar con el análisis de las instituciones capitalistas, haremos después referencia a la democracia liberal, y terminaremos esta primera parte con un análisis de sus presupuestos

antropológicos.

 

“Juan Pablo II habla de justa autonomía de la razón práctica, entendiendo

por tal el hecho de que el hombre posee en si mismo su propia ley”

 

b) Los juicios magisteriales sobre el capitalismo liberal

 

Si analizamos los distintos juicios que la Iglesia ha pronunciado sobre las instituciones características del capitalismo liberal, encontraremos las siguientes clases: rechazo, rechazo

condicional, aprobación condicional, aprobación. Esta diversidad de apreciaciones es consecuencia de la esencia misma del capitalismo, es decir el ser un sistema económico insertado en las estructuras históricas, y en cuanto históricas necesariamente

mudables.

 

En las encíclicas sociales de Juan Pablo II el juzgar a las instituciones capitalistas es un tema frecuente. La Laborem exercens analiza el origen conceptual del capitalismo: algunos

de sus autores consideran que en la práctica el trabajo humano es “como una especie de “mercancía” que el trabajador -especialmente el obrero de la industria- vende al empresario,

que es a la vez poseedor del capital, o sea del conjunto de los instrumentos de trabajo y de los medios que hacen posible la producción”. El Papa sostiene que la esencia teórica del

capitalismo consiste en una inversión del orden establecido en el libro del Génesis, en el que Dios ordena al hombre dominar la tierra. Para Juan Pablo II hay capitalismo cuando “el

hombre es considerado como un instrumento de producción, mientras él, -él solo, independientemente del trabajo que realiza- debería ser tratado como sujeto eficiente y su verdadero artífice y creador”.

La Laborem exercens vuelve a insistir en el firme rechazo del magisterio social precedente del capitalismo de los orígenes del proceso de industrialización, y agrega que aunque cambiaron las

circunstancias, los nuevos sistemas económicos -entre los que elenca los neocapitalismos- “han dejado perdurar injusticias flagrantes o han provocado otras nuevas”

 

La citada encíclica individúa en el sistema capitalista una tensión teórico-práctica entre capital y trabajo: “Tal conflicto ha surgido por el hecho de que los trabajadores, ofreciendo sus fuerzas

para el trabajo, las ponían a disposición del grupo de los empresarios, y que éste, guiado por el principio del máximo rendimiento, trataba de establecer el salario más bajo posible para

el trabajo realizado por los obreros”. La Doctrina Social de la Iglesia propone y enseña un principio fundamental: el de la prioridad del trabajo respecto al capital. “Este principio se refiere directamente al proceso mismo de producción, respecto al cual el trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras el “capital”, siendo el conjunto de los medios de producción, es sólo un instrumento o la causa instrumental. Este principio es una verdad

evidente, que se lo deduce de toda la experiencia histórica del hombre”.

 

Poner al capital por encima del trabajo -sin tener en cuenta que el capital mismo es un fruto del trabajo y, en definitiva, consiste solo en un conjunto de cosas- es una consecuencia

de la perspectiva reduccionista del economismo: “En tal planteamiento del problema había un error fundamental, que se puede llamar el error del economismo, si se considera el trabajo

humano exclusivamente según su finalidad económica. Se puede también y se debe llamar ese error fundamental del pensamiento un error del materialismo, en cuanto que el economismo incluye, directa o indirectamente, la convicción de la primacía y de la superioridad de lo que es material, mientras por otra parte el economismo sitúa lo que es espiritual y personal (la acción del hombre, los valores morales y similares) directa o indirectamente, en una posición subordinada a la realidad material. Esto no es todavía el materialismo teórico en el pleno sentido de la palabra; pero es ya ciertamente materialismo práctico, el cual, no tanto por las premisas derivadas de la teoría materialista, cuanto por un determinado modo de valorar, es decir, de una cierta jerarquía de bienes, basada sobre la inmediata y mayor atracción

de lo que es material, es considerado capaz de apagar las necesidades del hombre”.

 

La Laborem exercens se detiene en otro aspecto de la economía liberal, relacionado con la concepción del capital: la consideración de la propiedad privada como algo absoluto.

La encíclica reafirma la licitud de la propiedad privada, inclusive de los medios de producción. De tal manera, la doctrina social cristiana se distancia radicalmente del colectivismo, pero al mismo tiempo “se diferencia del programa del capitalismo, practicado por el liberalismo y por los sistemas políticos, que se refieren a él. En este segundo caso, la diferencia consiste en el modo de entender el derecho mismo de propiedad. La tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes”.

 

En la Sollicitudo rei socialis el Papa repropone la doctrina acerca de la propiedad privada, y añade la ya clásica expresión de la hipoteca social que grava sobre ella. Al mismo tiempo,

se defiende con claridad el derecho a la iniciativa económica, que está unido íntimamente a la subjetividad creadora del ciudadano.

 

En la última encíclica social, la Centesimus annus, se subraya la centralidad del principio de la destinación común de los bienes, y se confirma el papel central del hombre como causa

eficiente de todo el proceso productivo. En los números 34 y 35 se juzgan algunas instituciones económicas. El libre mercado parece que es “el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades”. No obstante, el Papa señala que hay muchas necesidades humanas que no se satisfacen con el mercado: el mercado sólo no basta. Además, la Centesimus annus “reconoce la justa función de los beneficios, como índice de la buena marcha de la empresa. Cuando una empresa da beneficios significa que los factores productivos han sido utilizados adecuadamente y que las correspondientes necesidades humanas han sido satisfechas debidamente. Sin embargo, los beneficios no son el único índice de las condiciones de la empresa. Es posible que los balances económicos sean correctos y que al mismo tiempo los hombres, que constituyen el patrimonio más valioso de la empresa,

sean humillados y ofendidos en su dignidad”.

 

En definitiva, en la última encíclica social encontramos algunas aprobaciones condicionales respecto a algunas instituciones del sistema capitalista. En el número 42 Juan Pablo II

ofrecerá ulteriores aclaraciones. Si se pregunta si el sistema social que debe ocupar el puesto del comunismo ha de ser el capitalismo, el Papa responde: “Si por “capitalismo” se entiende

un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta

ciertamente es positiva, aunque quizá seria más apropiado hablar de “economía de empresa”, “economía libre de mercado”, o simplemente de “economía libre”. Pero si por “capitalismo”

se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere

como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa”.

Hemos indicado suscintamente algunos juicios del magisterio social más reciente sobre las instituciones capitalistas. Ahora afrontaremos los juicios sobre la democracia liberal, para

después llegar al fundamento antropológico-teológico de unas y otra.

 

c) La democracia liberal en la Centesimus annus

 

Al momento de referirnos a los juicios expresados por el magisterio acerca de la democracia es muy importante aclarar los diversos sentidos que tiene dicho término. Si obráramos diversamente caeríamos en ambigüedades que no ayudarían a comprender el significado de los textos pontificios.

 

A lo largo de la historia del pensamiento occidental, el término democracia encontró fundamentalmente tres significados: democracia como participación del pueblo a la gestión

pública; democracia como una de las tres formas clásicas de gobierno (junto con la monarquía y la aristocracia); y, finalmente, democracia como la “ideología de la soberanía popular”.

 

La tradición magisterial considera como moralmente necesaria la primera acepción -es un derecho del hombre la participación a la cosa pública, aunque esta participación puede

revestir diversas formas dependiendo de las circunstancias históricas-; en cuanto forma de gobierno es opinable -es una forma posible pero no obligatoria-; como ideología, en cambio,

es rechazada si se entiende por soberanía popular un poder absoluto que no guarda ninguna relación con la instancia trascendente.

 

Cuando añadimos a la palabra democracia el sustantivo liberal, nos estamos refiriendo a un sistema político que adopta algunas formas jurídicas típicas: separación de poderes, ordenamiento legislativo de tipo constitucional, representación política de los ciudadanos, elecciones periódicas, etc. En este sentido podríamos intercambiar los términos democracia liberal y democracia constitucional.

 

La encíclica hace una referencia explícita a la novedad que aportó en la época de la Rerum Novarum la actitud positiva de León XIII respecto a la organización de la sociedad basada en la

separación de los tres poderes del Estado. Juan Pablo II comparte la apreciación positiva de esta institución liberal –que tiene una primera sistematización teórica con Locke y posteriormente

con Montesquieu- y considera que “tal ordenamiento refleja una visión realista de la naturaleza social del hombre, la cual exige una legislación adecuada para proteger la libertad de todos”.


El Papa identifica la recíproca imitación de los poderes con el Estado de derecho, “en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres”.

 

La aprobación de la organización liberal clásica de los poderes del Estado está exenta de ambigüedad, como sin ambigüedad es la condena de todo tipo de totalitarismo en el que el

hombre es instrumentalizado y se niegan las libertades de la Iglesia y de las organizaciones intermedias de la nación.

 

En el número 46 la encíclica reitera el aprecio por el sistema democrático entendido como la participación de los ciudadanos en la decisiones políticas -es decir, en el primer sentido al que

nos referimos antes-. Esta valoración positiva se extiende también a otras instituciones propias de la democracia liberal: elecciones de los gobernantes por parte de los ciudadanos, control

al gobierno por parte del pueblo. En la misma línea se condena “la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado”.

 

Después de este elogio al sistema democrático en cuanto forma de gobierno, Juan Pablo II se explaya sobre el peligro que corre el mismo sistema democrático si no se basa en una concepción recta de la persona humana que favorezca la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad. En el texto que citaré ahora se evidencia la longitud de miras del Romano Pontífice al advertir la tentación de una alianza entre el agnosticismo moral y la democracia: “Hoy se tiende a pensar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas,

y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde un punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada

por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”. Para evitar este posible fracaso de la democracia, el Papa exhorta a respetar todos los derechos humanos, que surgen de una visión integral del hombre.

 

Esta visión integral, entre otras cosas, tiene como consecuencia una redimensión del papel del Estado en el ámbito económico: el Estado debe favorecer “una seguridad que garantiza

la libertad individual y la propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes”. Además, el Estado debe velar por y guiar el ejercicio de los derechos

humanos en el sector económico; debe intervenir contra las situaciones particulares de monopolio que obstaculicen el desarrollo; y debe suplir en situaciones excepcionales, “cuando

sectores sociales o sistemas de empresas, demasiado débiles o en vías de formación, sean inadecuados para su cometido”. El Papa insiste en el carácter excepcional de estas situaciones,

ya que un Estado asistencial “provoca la pérdida de energías humanas”.

 

Las valoraciones hechas por Juan Pablo II de las instituciones políticas liberales son de aprobación y de aprobación condicional.

 

Pero hasta este momento hemos solo presentado algunos textos pontificios que juzgan las distintas instituciones político-económicas unidas a la ideología liberal sin explicar

la razón última que motiva estos mismos juicios. ¿Por qué el Papa defiende la prioridad del trabajo humano sobre el capital, la destinación común de los bienes sobre la propiedad

privada, una democracia con valores últimos sobre una democracia agnóstica en el campo moral, un Estado con funciones económicas sobre un estado mínimo? Trataremos de ofrecer

una respuesta.

 

d) La antropología cristiana

 

La respuesta a la pregunta precedente se inserta en lo que el Papa llama “la verdad sobre el hombre”, y que responde a la concepción antropológica cristiana. Podríamos citar muchos escritos de Juan Pablo II, pero hemos decidido exponer la antropología cristiana basándonos en la encíclica Centesimus annus, por tratarse de un texto eminentemente social. Es necesario

también recordar que la antropología cristiana pertenece en cierto sentido a la teología moral y, al mismo tiempo, necesita de la mediación racional de una antropología filosófica, que llamaremos en este contexto, y en sentido amplio, personalismo.

 

Juan Pablo II considera que “lo que constituye la trama (...) de toda la doctrina social de la Iglesia, es la correcta concepción de la persona humana y de su valor único, porque “el hombre... en la tierra es la sola criatura que Dios ha querido por sí misma . En él ha impreso su imagen y semejanza, confiriéndole una dignidad incomparable”.

 

Entonces podemos decir que el punto fundamental de la antropología cristiana es el hecho de que el hombre es persona -es decir imago Dei-, y por esta razón goza de una altísima dignidad.

 

De ahí que la encíclica afirme “con sencillez y energía que todo hombre -sean cuales sean sus convicciones personales- lleva dentro de sí la imagen de Dios y, por tanto, merece respeto”.

La antropología cristiana, que reconoce en el hombre -en todo hombre- una dignidad tan alta, tiene en cuenta una realidad de significado opuesto: frecuentemente el hombre traiciona esta

dignidad con el pecado. “El hombre creado para la libertad lleva dentro de si la herida del pecado original que lo empuja continuamente hacia el mal y hace que necesite la redención.

 

Esta doctrinano sólo es parte integrante de la revelación cristiana, sino que tiene también un gran valor hermenéutico en cuanto ayuda a comprender la realidad humana. El hombre tiende hacia el bien, pero es también capaz del mal; puede trascender su interés inmediato y,

sin embargo, permanecer vinculado a él”.

 

Este realismo sobrenatural que no cierra los ojos frente al problema del mal, lleva también a la toma de conciencia que el hombre, a pesar de sus miserias y debilidades, es un ser llamado

a una existencia plena. En otras palabras, esta llamada se traduce en una vocación. Crecer en la dignidad personal significa crecer en la “capacidad de responder a la propia vocación y, por

tanto, a la llamada de Dios. El punto culminante del desarrollo conlleva al ejercicio del derecho-deber de buscar a Dios, conocerlo y vivir según tal conocimiento”.

 

Juan Pablo II insiste en una visión de la persona humana cuya estructura óntica es de apertura hacia Dios y hacia los demás. En la realización de la trascendencia metafísica de la persona -es decir, en el real trascenderse a si mismo- se cumple la vocación del hombre: “el hombre, cuando no reconoce el valor y la grandeza de la persona en sí mismo y en el otro. se priva de hecho de la posibilidad de gozar de la propia humanidad y de establecer una relación de solidaridad y comunión con los demás hombres, para lo cual fue creado por Dios.

 

En efecto, es mediante la propia donación libre como el hombre se realiza auténticamente a sí mismo, y esta donación es posible gracias a la esencial “capacidad de trascendencia” de

la persona humana. El hombre no puede darse a un proyecto solamente humano de la realidad, a un ideal abstracto, ni a falsas utopías. En cuanto persona, puede darse a otra persona o a otras personas y, por último, a Dios, que es el autor de su ser y el único que puede acoger plenamente su donación. Se aliena el hombre que rechaza trascenderse a sí mismo y vivir

la experiencia de la autodonación y de la formación de una

auténtica comunidad humana, orientada a su destino último

que es Dios”.

 

Si el hombre es apertura hacia los otros y se realiza solo dándose, esta entrega ha de ser libre. En la libertad el hombre se realiza a si mismo, y por eso la Iglesia “al ratificar constantemente

la trascendente dignidad de la persona, utiliza como método propio el respeto de la libertad. La libertad, no obstante, es valorizada en pleno solamente por la aceptación de la verdad. En un mundo sin verdad la libertad pierde su consistencia y el hombre queda expuesto a la violencia de las pasiones y a condicionamientos patentes o encubiertos”.

 

Quizá la relación libertad-verdad sea una de las claves para entender la inconmensurabilidad entre la ética social liberal y la ética social cristiana. La encíclica Veritatis splendor, particularmente en el segundo capitulo, afronta el problema de la relación entre libertad y verdad. Allí el Papa sostiene la capacidad de la razón natural para conocer la verdad moral. Para ser libre el hombre debe saber distinguir entre el bien y el mal, distinción que realiza con la luz de la razón natural, reflejo en el hombre del esplendor de rostro de Dios.

 

Santo Tomás identifica esta luz de la razón natural, a través de la cual podemos discernir entre el bien y el mal, con la misma ley natural. Ley natural que, en cuanto participación de la ley eterna en la criatura racional, tiene su origen en Dios, pero al mismo tiempo es ley propia del hombre.

 

Juan Pablo II habla de una “justa autonomía de la razón práctica”, entendiendo por tal el hecho de que el hombre posee en si mismo su propia ley, recibida de Dios. Autonomía moral relativa,

que hay que distinguir de una autonomía concebida como que se autofundamenta -negando una participación de la razón práctica en la Sabiduría del Creador- o como “libertad creadora de las normas morales, según las contingencias históricas o las diversas sociedades y culturas”. Según el Papa, esta concepción absoluta de la autonomía moral “seria la muerte de la verdadera libertad”.

 

La concepción de la persona como autotrascendencia, que se realiza sólo a través del don de sí, provee los elementos definitivos para superar la dialéctica individuo-sociedad propia de

la ideología liberal. En realidad, la persona no es nunca solamente individuo: ser persona es ser-con y ser-para los demás. Al mismo tiempo, la apertura hacia la Trascendencia hace que el

sentido último del hombre se realice sólo en la Verdad y en el Amor: la vocación del hombre es un camino en libertad hacia el Absoluto. Con palabras de la Centesimus annus, “la Iglesia

conoce el “sentido del hombre” gracias a la Revelación divina.

 

“Para conocer al hombre, el hombre verdadero, el hombre integral, hay que conocer a Dios”, decía Pablo VI, citando a continuación a santa Catalina de Siena, que en una oración expresaba la misma idea: “En la naturaleza divina, Deidad eterna, conoceré la naturaleza

mía””.

 

La autonomía del hombre es la propia de su libertad: una libertad creada, guiada por la ley moral que tiene a Dios por autor; por lo tanto es una autonomía relativa. La visión liberal del

hombre, que presenta a un individuo independiente, autónomo, escéptico respecto a los valores últimos, se manifiesta como un vano tentativo de absolutizar lo relativo.

 

Autonomía relativa y autonomía absoluta son inconmensurables.

 

No obstante, hemos visto que el Papa daba aprobaciones claras y a veces condicionales a algunas instituciones liberales. ¿Por qué? Vayamos por orden. Las aprobaciones tout

court se referían al ámbito de las instituciones políticas, y en particular a la separación de poderes del Estado y a la creación de un Estado de derecho. El hecho de limitar el poder político

pone en evidencia un principio teórico que se encuentra en la base de la democracia constitucional moderna: la persona tiene derechos inviolables. “La tradición constitucional parte de la idea básica que es necesario garantizar los derechos fundamentales de

los ciudadanos, y para lograrlo hay que poner al poder político y social en condiciones jurídicas tales que resulte imposible violar- los. El poder -todo poder- tiene que ser por lo tanto un poder limitado, sometido a restricciones constitucionales. La democracia no significa “el poder absoluto del pueblo” (esto sería un absolutismo demagógico), sino más bien: “nadie puede tener un poder absoluto””.

 

Según Rodríguez Luño, pertenece a la esencia del régimen democrático la persuasión de que hay cosas que no se pueden hacer nunca, que tienen un papel análogo al de los actos intrínsecamente malos de la moral. La separación y la limitación de los poderes del Estado y la creación de un sistema de garantías jurídicas son instituciones aptas para salvaguardar el

valor-persona.

 

Cuando en una sociedad esta persuasión se debilita y se pierde el sentido de la verdad, es fuerte la tentación de establecer una relación entre democracia y agnosticismo moral. Pero las instituciones políticas liberales en cuanto tales no tienen necesariamente un lazo con tal agnosticismo. Por eso el Papa simplementeaprueba, al tiempo que advierte sobre el peligro de

vaciar la democracia de los puntos de referencia fijos que ofrece el concepto de dignidad de la persona.

 

Respecto al capitalismo, el Papa daba algunas aprobaciones condicionales. Si la economía de mercado pone en el centro a la persona, si se aleja de una actitud economicista, si se valoriza

el trabajo en cuanto obrar humano libre y responsable, etc., entonces se dan las condiciones para una aprobación tout court.

 

Queda la pregunta: estas instituciones capitalistas, si logran modificarse, ¿continuarán siendo liberales? Si consideramos que la esencia del liberalismo es una libertad entendida como autonomía absoluta del hombre, la respuesta sería negativa. La pareja conceptual individuo-libertad del pensamiento liberal es muy distinta de la tríada persona-libertad-verdad.

 

Como escribe Juan Pablo II en la Carta a las familias, “el individualismo supone un uso de la libertad por el cual el sujeto hace lo que quiere, “estableciendo” él mismo “la verdad” de lo que le gusta o le resulta útil. No admite que otro “quiera” o exija algo de él en nombre de una verdad objetiva. No quiere “dar” a otro sobre la base de la verdad; no quiere convertirse en una “entrega sincera”. El individualismo es, por tanto, egocéntrico y egoísta.

 

La antítesis con el personalismo nace no solamente en el terreno de la teoría, sino aún más en el del “ethos”. El “ethos” del personalismo es altruista: mueve a la persona a entregarse a los demás y a encontrar gozo en ello”.

 

2. La propuesta de Juan Pablo II de nuevo orden mundial

 

El discurso pronunciado por Juan Pablo II en la sede de las Naciones Unidas en 1995 se debe colocar en el nuevo contexto mundial surgido después de los acontecimientos de 1989, con la caída del bloque soviético de Europa central y oriental, y el final de la Guerra fría. El Papa deseaba considerar “las consecuencias que los cambios extraordinarios acaecidos en los años

recientes tienen para el presente y el futuro de toda la humanidad” (n. 1).

 

Una de las características que distinguen a nuestro tiempo es la búsqueda de la libertad. En los últimos tiempos, muchos hombres y mujeres han aceptado el riesgo de la libertad, reclamando

un espacio político, social y económico al que tenían derecho, basándose en su cualidad de seres libres. La búsqueda de la libertad tiene como fundamento los derechos universales que todos los hombres poseen por el mismo hecho de ser personas.

 

Juan Pablo II afirma que el movimiento mundial de búsqueda de la libertad tiene una estructura interior. La clave para entender dicha estructura es su carácter planetario. Este hecho confirma “que existen realmente unos derechos humanos universales, enraizados en la naturaleza de la persona, en los cuales se reflejan las exigencias objetivas e imprescindibles de una ley moral

universal (n. 3).

 

JUAN PABLO II Y LAS IDEOLOGÍAS CONTEMPORÁNEAS

 

Según el pontífice polaco, los derechos del hombre recuerdan que este mundo no es irracional o sin sentido: se puede hablar de una lógica moral “que ilumina la existencia humana y

hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos”. Esta lógica hace posible también un lenguaje comprensible y común, una “especie de “gramática” que sirve al mundo para afrontar esta discusión sobre su mismo futuro”, y que puede abrir la posibilidad

de transformar un siglo de constricción en un siglo de persuasión.

 

Por eso el Pontífice se preocupa por el hecho de que algunos niegan la universalidad de los derechos de los hombres, o la misma universalidad de la naturaleza humana. Es verdad -

afirma el Papa- que no existe una forma única, política o económica, de organizar la libertad humana, porque la diversidad cultural fundamenta la diversidad institucional; “pero una cosa

es afirmar un legítimo pluralismo de “formas de libertad”, y otra cosa es negar el carácter universal o inteligible de la naturaleza del hombre o de la experiencia humana” (Ibid.).

En 1989 han acaecido una serie de revoluciones, que demuestran que la búsqueda de la libertad es una exigencia ineludible que surge del reconocimiento de la inestimable dignidad y valor de la persona humana. Han sido revoluciones hechas en nombre de la solidaridad y que indican el camino a recorrer. Pero la búsqueda de la libertad en el siglo XX compromete no solo a los individuos, sino también a las naciones.

 

La Segunda Guerra Mundial tiene como origen la violación de los derechos de las naciones, condenadas por el hecho de ser “otras” por parte de las doctrinas nefastas que predicaban

la inferioridad de algunas naciones o culturas. La violación de los derechos de las naciones ha continuado sobre todo en las llamadas “democracias populares”. Por estos motivos se

hace necesaria una seria reflexión sobre los derechos de las naciones, similar a la realizada por la Academia de Cracovia durante el Concilio de Constanza, y a la de la Escuela de

Salamanca en el Siglo XVI con ocasión del descubrimiento de América.

 

Junto a las tendencias actuales hacia la homologización del mundo, a causa del desarrollo de las relaciones económicas y de los medios de comunicación, existe un resurgir de particularismos étnico-culturales. “Esta tensión entre particular y universal se puede considerar inmanente al ser humano. La naturaleza común mueve a los hombres a sentirse, tal como son,

miembros de una única familia. Pero por la concreta historicidad de esta misma naturaleza, están necesariamente ligados de un modo más intenso a grupos humanos concretos; ante todo la familia, después los varios grupos de pertenencia, hasta el conjunto del respectivo grupo étnico-cultural, que, no por casualidad, indicado con el término “nación” evoca el “nacer”, mientras que indicado con el término “patria” (“fatherland”), evoca la realidad de la misma familia. La condición humana se sitúa así entre estos dos polos -la universalidad y la particularidad- en tensión vital entre ellos; tensión inevitable, pero especialmente fecunda si

se vive con sereno equilibrio” (n. 7).

 

Los derechos de las naciones se basan sobre este fundamento antropológico. En primer lugar el derecho a existir, que no exige de suyo una soberanía estatal, existiendo diversas formas posibles de agregación jurídica. El derecho a la existencia implica el derecho a la propia lengua y a la propia cultura, mediante las cuales se expresa un pueblo y promueve su originaria

soberanía espiritual. Cada nación tiene también el derecho de modelar la propia vida de acuerdo con sus tradiciones, siempre en el respeto de los derechos humanos fundamentales y

evitando cualquier tipo de opresión contra las minorías.

 

Contemporáneamente, toda nación debe vivir en paz, respeto y solidaridad con las demás naciones.

 

El mundo -decía Juan Pablo II-, debe aprender a convivir con la diversidad. “La realidad de la “diferencia” y la peculiaridad del “otro” pueden sentirse a veces como un peso, o incluso como una amenaza. El miedo a la “diferencia”, alimentado por resentimientos de carácter histórico y exacerbado por las manipulaciones de personajes sin escrúpulos, puede llevar a la negación de la humanidad misma del “otro”, con el resultado de que las personas entran en una espiral de violencia de la que nadie –ni siquiera los niños- se libra”. Sin embargo, más allá de las diferencias, existe una dimensión común fundamental, ya que las diversas culturas son en realidad modos distintos de afrontar la cuestión del sentido último de la existencia personal.

Precisamente es aquí en donde se puede encontrar la fuente del respeto debido a toda cultura y a toda nación: “toda cultura es un esfuerzo de reflexión sobre el misterio del mundo y, en particular, del hombre: es un modo de expresar la dimensión trascendente de la vida humana.

El corazón de cada cultura está constituido por su acercamiento al más grande de los misterios: el misterio de Dios” (n. 9).

 

El Papa, que ha hablado de la necesidad del respeto de las diferencias, insiste ahora en uno de los temas mas presentes de su pontificado, recogiendo la herencia del Concilio: la libertad

religiosa. Cada comunidad se esfuerza por dar una respuesta al problema de la existencia humana. De ahí que uno de los pilares esenciales de la estructura de los derechos humanos y el

fundamento de toda sociedad realmente libre sean el derecho fundamental de la libertad religiosa. No se puede imponer una respuesta al misterio del hombre: la verdad sobre el hombre es el criterio inmutable mediante el cual toda cultura debe ser juzgada, a la vez que toda cultura tiene algo que aportar a las distintas dimensiones de la verdad compleja sobre el hombre (cfr.

n. 10). Las respuestas propias de cada cultura están enraizadas en la tradición nacional. En este contexto es necesario distinguir entre el patriotismo -justo amor por el país de origen-, que

en nada se opone a la verdad sobre el hombre y que aporta luces para aclarar el misterio de a existencia humana, y el nacionalismo, que desprecia otras naciones o culturas, y que en

cuanto ideología se erige en una auténtica religión sustitutiva.

 

Cuando el nacionalismo se basa en el principio religioso, nos encontramos con el fundamentalismo, que niega la libertad religiosa (cfr. n. 11).

 

La libertad es la medida de la dignidad y de la grandeza del hombre. Hay que utilizar la libertad en forma responsable, tanto en el ámbito personal como en el social. La estructura moral de la libertad es la arquitectura interior de la cultura de la libertad.

 

Esta lógica interna o estructura moral se identifica con su ordenación a la verdad -verdad que puede ser conocida universalmente gracias a la ley moral inscrita en el corazón del hombre.

Frente a esta concepción de la moralidad, el Papa subraya que existen otras corrientes morales, como el utilitarismo, que define la moralidad no en base al bien sino a lo ventajoso y útil.

 

El utilitarismo es una amenaza contra la libertad: el utilitarismo político comete injusticias porque está inspirado por un nacionalismo agresivo; el utilitarismo económico somete los

pobres a los ricos, sin darles la posibilidad de desarrollarse.

 

El Papa espera que las Naciones Unidas puedan constituir una familia de naciones, una comunidad basada en la confianza recíproca, en el apoyo mutuo y en el respeto sincero. Juan

Pablo II habla de una nueva esperanza: hay que rechazar la tentación del cinismo, y arriesgar por la solidaridad y la paz, como en 1989 muchas personas han corrido el riesgo de la libertad.

El hombre moderno, que inicia la Modernidad lleno de “madurez” y de “autonomía”, llega al fin del siglo XX con miedo. Hay que superar el miedo, siendo concientes que el hombre no está

solo: Dios está con él.

 

El Papa se presentó en la Asamblea General de las Naciones Unidas como testigo de Jesucristo, testigo de la dignidad humana, testigo de la esperanza y de la providencia misericordiosa.

 

Y concluía este magnífico discurso con las siguientes palabras, con las que podemos terminar esta exposición: “Debemos vencer nuestro miedo del futuro. Pero no podremos vencerlo del todo si no es juntos. La “respuesta” a aquel miedo no es la coacción, ni la represión o la imposición de un único “modelo” social al mundo entero. La respuesta al miedo que ofusca la existencia humana al final del siglo es el esfuerzo común por construir la civilización del

amor, fundada en los valores universales de la paz, de la solidaridad, de la justicia y de la libertad. Y el “alma” de la civilización del amor es la cultura de la libertad: la libertad de los individuos y de las naciones, vivida en una solidaridad y responsabilidad oblativas.

 

No debemos tener miedo del futuro. No debemos tener miedo del hombre. No es casualidad que nos encontremos aquí. Cada persona ha sido creada a imagen y semejanza’’ de Aquél que es el

origen de todo lo que existe. Tenemos en nosotros la capacidad de sabiduría y de virtud. Con estos dones, y con la ayuda de la gracia de Dios, podemos construir en el siglo que está por llegar y para el próximo milenio una civilización digna de la persona humana, una verdadera cultura de la libertad, ¡Podemos y debemos hacerlo! Y haciéndolo, podremos damos cuenta de que las lágrimas de este siglo han preparado el terreno para una nueva

primavera del espíritu humano” (n. 18).

 

Juan Pablo II ha manifestado alguna vez que sus palabras preferidas de la Sagrada Escritura son las siguientes: “La verdad os hará libres”. Frente al liberalismo y al nacionalismo, el Romano Pontífice ofrece una reflexión acerca de la verdad sobre el hombre, ya sea en su dimensión personal como social. Y esta verdad sobre el hombre implica la apertura metafísica de las personas y de las culturas hacia las demás personas y tradiciones culturales. El egoísmo de la concepción antropológica del liberalismo y la cerrazón cultural del nacionalismo, terminan por

empobrecer al hombre. Sólo la verdad podrá poner sólidas bases para una vida en sociedad digna de la persona humana. Toda la doctrina social y política de Juan Pablo II tiende hacia esa

verdad.