El Papa insiste en el deber de brindar acogida a inmigrantes no cristianos
Mensaje del pontífice para la Jornada Mundial de las Migraciones
«La pastoral de los emigrantes, camino para cumplir la misión de la
Iglesia, hoy» es el tema escogido por Juan Pablo II para la Jornada
Mundial de las Migraciones que se celebrará en las diferentes Iglesias locales
en la fecha establecida por las Conferencias Episcopales.
Publicamos, a continuación, el mensaje íntegro del Santo Padre.
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1. «Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre» (Hb 13,8). Estas palabras del
apóstol Pablo, elegidas como lema del Gran Jubileo que acaba de terminar,
llaman la atención sobre la misión de Cristo, Verbo encarnado para la salvación
del mundo. Fiel a su tarea al servicio del Evangelio, la Iglesia no deja de
dirigirse a los hombres de todas las nacionalidades para anunciarles la buena
noticia de la salvación.
Con el presente Mensaje para la Jornada Mundial de las Migraciones, quisiera
detenerme a reflexionar sobre la misión evangelizadora de la Iglesia respecto a
los fenómenos amplios y complejos de la emigración y de la movilidad. Este año
se ha elegido para tal celebración el siguiente tema: «La pastoral de los
emigrantes, camino para cumplir la misión de la Iglesia, hoy». Se trata de un
campo que interesa profundamente a los agentes de pastoral, pues ellos son
conscientes de los múltiples problemas que se deben afrontar en ese ámbito y
de las distintas situaciones que llevan a hombres y mujeres a dejar su propio país.
Una es la movilidad elegida libremente, y otra es la que nace de haber sido
forzados por motivos ideológicos, políticos o económicos. Esto no se puede
dejar de tener en cuenta en la elaboración y realización de una actividad
pastoral apropiada para las categorías de los emigrantes y de los itinerantes.
Con esta denominación, el organismo vaticano que tiene la tarea institucional
de expresar la solicitud de la Iglesia hacia las personas implicadas en tal fenómeno
resume toda la movilidad humana. Con el término de «emigrantes» se hace
referencia, en primer lugar, a los prófugos y exiliados en busca de libertad y
de seguridad fuera de las fronteras de la propia patria, pero igualmente a los jóvenes
que estudian en el exterior y a todos aquellos que dejan el propio país para
buscar en otro lugar mejores condiciones de vida. El fenómeno de las
migraciones está en continua expansión; esto plantea interrogantes y desafíos
para la acción pastoral de la comunidad eclesial. Ya el Concilio Ecuménico
Vaticano II, en el Decreto «Christus Dominus», invitaba a que se tuviera una
«solicitud particular por los fieles que, por la condición de su vida, no
pueden gozar suficientemente del cuidado pastoral, común y ordinario de los párrocos
o carecen totalmente de él, como son la mayor parte de los emigrantes, los
exiliados y prófugos» (n. 18).
En este fenómeno complejo intervienen múltiples elementos: la tendencia a
favorecer la unidad jurídica y política de la familia humana; el notable
incremento de los intercambios culturales; la interdependencia económica de los
Estados; la liberalización del comercio y sobre todo de los capitales; la
multiplicación de las empresas multinacionales; el desequilibrio entre países
ricos y países pobres; el desarrollo de los medios de comunicación y de
transporte.
2. El entramado de todos esos elementos produce un movimiento de masas de una
zona a otra del planeta. Aunque en distintos grados y formas, la movilidad ha
llegado a ser una característica general de la humanidad, que abarca
directamente a muchas personas y se refleja en otras. La amplitud y la
complejidad del fenómeno invitan a un profundo análisis de los cambios
estructurales que se han producido, como la globalización de la economía y de
la vida social. La convergencia de razas, civilizaciones y culturas, en los
mismos ordenamientos jurídicos y sociales, plantea un problema urgente de
convivencia. Las fronteras tienden a caer, las distancias se acortan, los
acontecimientos se repercuten aun en las zonas más lejanas.
Estamos asistiendo a un cambio profundo de la manera de pensar y de vivir, que
no deja de presentar, junto a elementos positivos, también aspectos ambiguos.
El sentido de lo provisional invita, por ejemplo, a preferir las novedades, a
veces en menoscabo de la estabilidad y de una clara jerarquía de valores; al
mismo tiempo, el espíritu se hace más curioso y disponible, más sensible y
listo al diálogo. En este clima, el hombre puede verse llevado a profundizar
las propias convicciones, pero también a caer en un fácil relativismo. La
movilidad implica siempre un desarraigo del ambiente originario, que se traduce
con frecuencia en una experiencia de gran soledad, con el peligro de perderse en
el anonimato. De estas situaciones se puede desprender el rechazo al nuevo
contexto, pero también una aceptación acrítica, en polémica con la
experiencia anterior. A veces incluso aflora la disponibilidad a actualizarse
pasivamente, lo que es una fácil fuente de alienación cultural y social. Los
movimientos humanos implican múltiples posibilidades de apertura, encuentro y
agregación, pero no se puede ignorar que también suscitan manifestaciones de
rechazo individual y colectivo, fruto de esas mentalidades cerradas que se
hallan en las sociedades afectadas por desequilibrios y temores.
3. La Iglesia, en su actividad pastoral, procura tener constantemente presentes
estos graves problemas. El anuncio del Evangelio se propone la salvación
integral del hombre y su auténtica y efectiva liberación, logrando condiciones
adecuadas a su dignidad. El conocimiento del hombre, que la Iglesia ha adquirido
en Cristo, la impulsa a anunciar los derechos humanos fundamentales y a hacer oír
su propia voz cuando éstos se ven atropellados. Por eso no se cansa de afirmar
y defender la dignidad de la persona, destacando los derechos irrenunciables que
de ella se desprenden. Éstos son, en particular, el derecho a tener una propia
patria; a vivir libremente en el propio país; a vivir con la propia familia; a
disponer de los bienes necesarios para llevar una vida digna; a conservar y
desarrollar el propio patrimonio étnico, cultural y lingüístico; a profesar
la propia religión, y a ser reconocido y tratado, en toda circunstancia,
conforme a la propia dignidad de ser humano.
Estos derechos encuentran una aplicación concreta en el concepto de bien común
universal. Éste abarca toda la familia de los pueblos, por encima de cualquier
egoísmo nacionalista. En este contexto, precisamente, se debe considerar el
derecho a emigrar. La Iglesia lo reconoce a todo hombre, en el doble aspecto de
la posibilidad de salir del propio país y la posibilidad de entrar en otro, en
busca de mejores condiciones de vida. Desde luego, el ejercicio de ese derecho
ha de ser reglamentado, porque una aplicación indiscriminada ocasionaría daño
y perjuicio al bien común de las comunidades que acogen al migrante. Ante la
afluencia de tantos intereses al lado de las leyes de los distintos países, es
preciso que existan normas internacionales capaces de establecer los derechos de
cada uno, para impedir decisiones unilaterales que podrían ser perjudiciales
para los más débiles.
A este respecto, en el Mensaje para la Jornada del Emigrante de 1993, recordé
que, si bien es cierto que los países altamente desarrollados no siempre pueden
absorber a todos los que emigran, hay que reconocer, sin embargo, que el
criterio para determinar el límite de soportabilidad no puede ser la simple
defensa del propio bienestar, descuidando las necesidades reales de quienes
tristemente se ven obligados a solicitar hospitalidad.
4. La Iglesia, a través de su actividad pastoral, se preocupa porque no falte a
los emigrantes la luz y el apoyo del Evangelio. Con el tiempo, ha ido aumentando
su atención por los católicos que dejan su propio país. De Europa salían,
sobre todo a fines del siglo XIX, masas enormes de emigrantes católicos que
atravesaban el océano, con el peligro de perder la propia fe por falta de
sacerdotes y de estructuras adecuadas. Al no conocer el idioma local, y sin
poder, por tanto, beneficiarse de la atención pastoral ordinaria, se veían
abandonados a sí mismos.
La emigración constituía, pues, de hecho, un peligro para la fe; esta era una
grave preocupación para muchos Pastores, que llegaban, en algunos casos,
incluso a poner trabas para su desarrollo. Más adelante, se vio claramente que
el fenómeno no se podía detener. La Iglesia trató, entonces, de poner en
marcha formas adecuadas de intervención pastoral, intuyendo que las migraciones
podían ser un medio eficaz para la difusión de la fe en otros países. Sobre
la base de la experiencia madurada en el transcurso de los años, la Iglesia
elaboró una pastoral orgánica para asistir a los emigrantes y emanó la
Constitución apostólica Exsul Familia Nazarethana. En ella se afirmaba que se
debe tratar de garantizar a los emigrantes la misma atención y asistencia
pastoral de la que gozan los cristianos del lugar, adaptando a la situación del
emigrante católico la estructura de la pastoral ordinaria prevista para la
preservación y desarrollo de la fe de los bautizados.
Sucesivamente, el Concilio Vaticano II afronta el fenómeno de las migraciones
en sus distintas articulaciones: inmigrados, emigrados, prófugos, exiliados,
estudiantes extranjeros, reuniéndolos, desde un punto de vista pastoral, en la
categoría de aquellos que, al residir fuera de su propia patria, no pueden
gozar del cuidado pastoral común y ordinario. Y los describe como fieles que,
por vivir fuera de su propia patria o nación, necesitan la asistencia específica
de un sacerdote del mismo idioma.
Se pasa de la consideración sobre la fe que está en peligro, a aquella más
apropiada del derecho del emigrante al respeto, también en la atención
pastoral, de su propio patrimonio cultural. Con esta perspectiva queda eliminado
el límite, puesto por la Exsul Familia, de la asistencia pastoral hasta la
tercera generación, y se afirma el derecho a la asistencia a los emigrantes
hasta que tengan una necesidad real.
Los emigrantes no representan, en efecto, una categoría comparable a aquellas
en las que está articulada la población parroquial - niños, jóvenes,
personas casadas, obreros, empleados, etc. - que presentan una homogeneidad
cultural y lingüística. Ellos forman parte de otra comunidad, a la que se
aplica una pastoral con elementos semejantes a los del país de origen por lo
que se refiere al respeto del patrimonio cultural, a la necesidad de un
sacerdote del mismo idioma y a la exigencia de estructuras específicas
permanentes. Se precisa una cura de almas estable, personalizada y comunitaria,
capaz de ayudar a los fieles católicos en tiempo de emergencia, hasta su
inserción en la Iglesia local, cuando serán capaces de valerse del ministerio
ordinario de los sacerdotes en las parroquias territoriales.
5. Estos principios han sido acogidos en el ordenamiento canónico vigente, que
ha introducido la pastoral de los emigrantes en la pastoral ordinaria. Más allá
de las normas individuales, lo que caracteriza al nuevo Código, también en lo
que respecta a la movilidad humana, es la inspiración eclesiológica del
Concilio Vaticano II.
La atención pastoral a los emigrantes ha llegado a ser, pues, un actividad
institucionalizada, que se dirige al fiel, considerado no tanto como individuo,
sino como miembro de una comunidad particular para la cual la Iglesia organiza
un servicio pastoral específico; éste, sin embargo, es, por su misma
naturaleza, provisional y transitorio, aunque la ley no establezca de modo
perentorio ningún término para que cese. La estructura organizativa de ese
servicio no es sustitutiva, sino cumulativa respecto a la cura parroquial
territorial, en la cual, según se prevé, tarde o temprano puede confluir. En
efecto, la pastoral de los emigrantes, aunque tenga en cuenta que una
determinada comunidad posee su propia lengua y cultura, que no han de ser
ignoradas en el trabajo apostólico diario, no se propone, sin embargo, como
propio objetivo específico, su conservación y desarrollo.
6. La historia enseña que cuando los fieles católicos han tenido un acompañamiento
en su trasplante a otros países, no sólo han conservado la fe, sino que han
encontrado un terreno fértil para profundizarla, personalizarla y dar
testimonio de ella con su vida. En el transcurso de los siglos, las migraciones
han representado un instrumento constante de anuncio del mensaje cristiano en
enteras regiones. Hoy, el panorama de las migraciones va cambiando radicalmente:
por un lado, disminuyen los flujos de emigrantes católicos; por el otro,
aumentan los de emigrantes no cristianos que se van a establecer en países con
mayoría católica.
En la Encíclica «Redemptoris missio» he recordado la tarea de la Iglesia
hacia los emigrantes no cristianos, poniendo de relieve cómo ellos crean, con
su instalación, nuevas ocasiones de contactos e intercambios culturales que
impulsan a la comunidad cristiana que los acoge al diálogo, a la ayuda y a la
fraternidad. Esto supone una toma de conciencia más viva de la importancia de
la doctrina católica respecto a las religiones no cristianas (cf. «Nostra
Aetate») para mantener un atento, constante y respetuoso diálogo
interreligioso que ayude a un conocimiento y a un enriquecimiento recíprocos.
«A la luz de la economía de la salvación, la Iglesia no ve un contraste entre
el anuncio de Cristo y el diálogo interreligioso; sin embargo, siente la
necesidad de compaginarlos en el ámbito de su misión ad gentes. En efecto,
conviene que estos dos elementos mantengan su vinculación íntima y, al mismo
tiempo, su distinción, por lo cual no deben ser confundidos, ni
instrumentalizados, ni tampoco considerados equivalentes, como si fueran
intercambiables» (n. 55).
7. La presencia de inmigrantes no cristianos en los países de antigua tradición
cristiana representa un desafío para las comunidades eclesiales. Es un fenómeno
que fomenta en la Iglesia la caridad, por lo que se refiere a la acogida y ayuda
a estos hermanos y hermanas en la búsqueda de trabajo y de vivienda. Se trata,
en cierto modo, de una acción bastante semejante a la que muchos misioneros
realizan en tierra de misiones, atendiendo a los enfermos, a los pobres y a los
analfabetas. He aquí el estilo del discípulo: va al encuentro de las
expectativas y exigencias del prójimo necesitado. Objetivo fundamental de su
misión es, de todos modos, el anuncio de Cristo y de su Evangelio. Él sabe que
el anuncio de Jesucristo es el primer acto de caridad hacia el hombre, más allá
de cualquier gesto de generosa solidaridad. No existe una verdadera evangelización,
en efecto, «mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las
promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios» (Exhortación
apostólica «Evangelii nuntiandi», 22).
A veces, debido a un ambiente dominado por un indiferentismo y relativismo
religioso siempre más difundido, la dimensión espiritual del compromiso
caritativo se manifiesta con dificultad. Surge, además, en algunos, el temor de
que el ejercicio de la caridad, con miras a la evangelización, pueda estar
expuesto a la acusa de proselitismo. Anunciar y testimoniar el evangelio de la
caridad constituye el tejido conectivo de la misión con los emigrantes (cfr.
Carta apostólica «Novo millennio ineunte», 56).
Quisiera, aquí, rendir homenaje a los muchos apóstoles que han dedicado su
existencia a esta tarea misionera y recordar también los esfuerzos de la
Iglesia para satisfacer las expectativas de los emigrantes. Entre ellos, deseo
mencionar la Comisión Católica Internacional para las Migraciones, de cuya
fundación se celebra el cincuentenario en el 2001. La Comisión nació en 1951
por iniciativa del entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, monseñor
Giovanni Battista Montini. Se proponía ofrecer una respuesta a las exigencias
de los movimientos migratorios ante el reto de la necesidad de un nuevo
lanzamiento del aparato productivo, puesto en peligro por la guerra y por la
situación dramática en que se encontraban enteras poblaciones, obligadas a
desplazarse debido al nuevo orden geopolítico impuesto por los vencedores. Los
cincuenta años de historia de esta asociación, con las adaptaciones que se
realizaron para hacer frente a los cambios de las situaciones, dan testimonio de
su multiforme, atenta y substancial actividad. El futuro Pontífice Pablo VI, en
su intervención con motivo de la sesión de inauguración, el 5 de junio, 1951,
contemplaba la necesidad de derribar los obstáculos que impedían las
migraciones para dar posibilidad de trabajo a los desocupados y un refugio a los
sin techo, agregando que la causa de la recién nacida Comisión Internacional
para las Migraciones era la misma causa de Cristo. Son palabras que mantienen
toda su actualidad.
Mientras doy gracias al Señor por el servicio prestado, quiero expresar el
deseo de que dicha Comisión pueda seguir en su empeño de prestar atención y
ayuda a los refugiados y a los emigrantes, con un vigor tanto más solícito, en
cuanto más difíciles e inciertas se muestran las condiciones de esas categorías
de personas.
8. El anuncio del evangelio de la caridad al amplio y diversificado mundo de los
emigrantes comporta, hoy, una atención especial al ámbito de la cultura. Para
muchos de ellos, viajar a países extranjeros significa encontrar modos de vivir
y de pensar que les son ajenos, que producen distintas reacciones. Las ciudades
y las naciones presentan siempre más comunidades multiétnicas y
multiculturales. Es éste un gran desafío para los cristianos. Una lectura
serena de esta nueva situación pone de relieve muchos valores que merecen gran
aprecio. El Espíritu Santo no está condicionado por las etnias o las culturas,
e ilumina e inspira a los hombres por muchos caminos misteriosos. Él, por
distintas vías, acerca a todos a la salvación, a Cristo, Verbo encarnado, que
es «el cumplimiento del anhelo de todas las religiones del mundo y, por ello
mismo, es su única y definitiva culminación» (Carta apostólica «Tertio
millennio adveniente», 6).
Esta lectura ayudará, desde luego, al emigrante no cristiano, a ver en la
propia religiosidad un fuerte elemento de identidad cultural y, al mismo tiempo,
podrá darle la capacidad de descubrir los valores de la fe cristiana. Con ese
objeto, es de gran utilidad la colaboración de las Iglesias locales y de los
misioneros que conocen la cultura de los inmigrados. Se trata de establecer una
comunicación entre las comunidades de emigrantes y las de los países de
origen, informando, al mismo tiempo, a las comunidades receptoras acerca de las
culturas y las religiones de los inmigrados, y los motivos que los han impulsado
a emigrar.
Es importante ayudar a las comunidades receptoras, no sólo a abrirse a una
hospitalidad caritativa, sino también al encuentro, a la colaboración y al
intercambio de ideas; es oportuno, además, preparar el camino a agentes de
pastoral que lleguen de los países de origen a los países de inmigración a
trabajar entre sus compatriotas. Sería muy útil establecer para ellos centros
de acogida que los preparen a sus nuevas tareas.
9. Este diálogo intercultural e interreligioso tan enriquecedor supone un clima
de confianza mutua y de respeto por la libertad religiosa. Entre los sectores
que se han de iluminar con la luz de Cristo está, por consiguiente, el de la
libertad, en particular de la libertad religiosa - algunas veces todavía
limitada o coartada - que es premisa y garantía de toda otra forma auténtica
de libertad. «La libertad religiosa... --escribía en la «Redemptoris missio»--
no es un problema de la religión de mayoría o de minoría, sino más bien un
derecho inalienable de toda persona humana» (n. 39).
La libertad es una dimensión constitutiva de la misma fe cristiana, ya que ésta
no es la transmisión de tradiciones humanas o el punto de llegada de
argumentaciones filosóficas, sino un don gratuito de Dios, que se comunica en
el respeto de la conciencia humana. El Señor es quien actúa eficazmente con su
Espíritu; Él es el verdadero protagonista. Los hombres son instrumentos de los
que Él se sirve, asignando a cada uno su propio papel.
El Evangelio es para todos: nadie queda excluido de la posibilidad de participar
en la gloria del Reino divino. La misión de la Iglesia, hoy, consiste
precisamente en hacer posible, de modo concreto, a todo ser humano, sin
diferencias de cultura o de raza, el encuentro con Cristo. Deseo de todo corazón
que sea ofrecida esta posibilidad a todos los emigrantes y me comprometo a orar
por esto.
Confío el compromiso y los propósitos generosos de todos los que atienden a
los emigrantes a María, Madre de Jesús, la humilde esclava del Señor que
experimentó las penas de la emigración y del exilio. Ella guíe a los
emigrantes del nuevo milenio hacia Aquél que es «la luz verdadera que ilumina
a todo hombre» (Jn 1,9).
Con esos votos, imparto una especial Bendición Apostólica a todos los que
trabajan en este importante campo de actividad pastoral.
IOANNES PAULUS II