EURÍPIDES Las bacantes, 197-367

[Cadmo, miembro de la familia real de Tebas y anterior tirano, y Tiresias, adivino ciego, poseídos por el Dios recién aparecido, en-tusiasmados, vestidos con el hábito de celebración de Dioniso, siguen a las mujeres que ya se encuentran en las montañas celebrándole. Se encuentran con Penteo, el actual tirano, que persigue a los celebrantes.]

CADMO -- ¡Larga es la demora! ¡Cógete ya de mi mano!

TIRESIAS -- ¡Mira, agárrala y unce mi mano a la tuya!

CADMO -- No menosprecio a los dioses yo, que soy por nacimiento mortal.

TIRESIAS -- Tampoco nos hacemos los sabios ante las divinidades, criticando las tradiciones de nuestros padres, que hemos heredado desde tiempo inmemorial. Ningún argumento las derribará por los suelos, por más que lo sabio resulte invención de los ingenios más elevados. ¿Va a decir alguno que si no me avergüenzo de mi vejez, al ir a bailar con la cabeza coronada de yedra? Es que el dios no ha hecho distingos sobre si debe bailar el joven o el viejo; sino que quiere recibir sus honores de todos en común y desea que se le dé culto sin diferencia de clases.

CADMO -- Como tú, Tiresias, no ves esta luz del día, yo seré para ti un intérprete con mis palabras. Éste de ahí que ahora avanza con precipitación hacia el palacio es Penteo, el hijo de Equión, a quien he entregado el poder del país. ¡Qué sofocado está! ¿Qué novedad va a contar ahora?

PENTEO -- Me encontraba ausente de este país, y ahora me entero de los males recientes que agitan esta ciudad. De que nuestras mujeres han abandonado sus hogares por fingidas fiestas báquicas, y corretean por los bosques sombríos, glorificando con sus danzas a una divinidad de hace poco, a Dioniso, quienquiera que sea. ¡Llenas de vino están en medio de sus reuniones místicas las jarras; y cada una por su lado se desliza en la soledad para servir a sus amantes en el lecho, con el pretexto de que son, sí, ménades dedicadas a su culto! Pero anteponen Afrodita a Baco. A todas las que he logrado atrapar, con las manos atadas las custodian mis guardias en la cárcel pública. A las que faltan las cazaré por el monte; a Ino, a Agave, que me dio a luz de mi padre Equión, y a la madre de Acteón, es decir a Autónoe. Y aprisionándolas en mis férreas redes, concluiré con esta escandalosa bacanal en seguida. Dicen que ha venido un cierto extranjero, un mago, un encantador, del país de Lidia, que lleva una melena larga y perfumada de bucles rubios, de rostro lascivo, con los atractivos de Afrodita en sus ojos, ¡Y éste anda de día y de noche fascinando a nuestras jóvenes con los ritos mistéricos del evohé! Si logro prenderle bajo este techo, le haré cesar de golpear con el tirso y de sacudir su cabellera, ¡porque le separaré el cuello del cuerpo de un tajo! Ése afirma que es el dios Dioniso, ése que estuvo zurcido en un muslo de Zeus, que fue consumido en los fulgores del rayo, junto con su madre, por haber mentido unas bodas con Zeus. ¿Es que esto no es el colmo, y no merece la horca por propalar esas blasfemias, quienquiera que sea ese extranjero?

¡Pero esto es otro milagro! Veo al augur Tiresias con las moteadas pieles de corzo, y al padre de mi madre --¡qué gran ridículo!--, que van de bacantes con su tirso. Me resisto, abuelo, a contemplar vuestra vejez tan falta de sentido común ¿No vas a quitarte la yedra, no dejarás tu mano libre del tirso tú, padre de mi madre? ¡Tú le has convencido de esto, Tiresias! Sin duda pretendes introducir entre los hombres a este dios reciente para observar sus augurios y sacar de los sacrificios tus honorarios. Si no te protegiera tu canosa vejez, ya estarías echado en medio de las bacantes, encadenado, por introducir estos cultos perversos. Porque a las mujeres, en cuanto en un banquete festivo se les da el brillante fruto de la vid, ya no puedo pensar nada limpio de tales ceremonias.

TIRESIAS -- Cuando un hombre sabio encuentra un buen asidero a su discurso, no es muy difícil que hable bien. Pero tú tienes una lengua de rápido rodaje y en tus palabras no tienes ninguna sensatez. Un hombre audaz, con fuerza y capacidad de palabra resulta un ciudadano funesto, cuando le falta la razón. Ese dios, ese «reciente», del que tú haces burla, no podría yo definir bien su grandeza, cuán grande será por toda Grecia. Porque --¿sabes, joven?-- dos son los principios fundamentales para la humanidad: la diosa Deméter --que es la Tierra, llámala con el nombre que quieras de los dos--, ella sustenta a los mortales con los alimentos secos; y el que luego viene, con equilibrado poder, el hijo de Sémele. Inventó la bebida fluyente del racimo y se la aportó a los humanos. Ésta calma el pesar de los apurados mortales, apenas se sacian del zumo de la vid, y les ofrece el sueño y el olvido de los males cotidianos. ¡No hay otra medicina para las penas! Él, que ha nacido para ser dios, se ofrece a los dioses en las libaciones, de modo que por su mediación obtienen los hombres los bienes. ¿Y te burlas de él, de que estuvo zurcido en el muslo de Zeus? Te enseñaré cómo eso puede explicarse. Después de arrebatarlo del fuego del rayo fulminante, Zeus llevó al alto Olimpo al dios niño, recién nacido. Pero Hera quería arrojarlo fuera del cielo, y Zeus maquinó en contra un plan digno de un dios. Rasgando un trozo del éter que rodea la tierra, forjó un Dioniso y lo entregó como rehén a los enojos de Hera. Con el tiempo los hombres dijeron que había estado cosido en un muslo de Zeus, al alterar el nombre, porque el dios fue una vez rehén de la diosa Hera, y así compusieron la leyenda. Adivino es también este dios. Pues lo báquico y lo delirante tiene gran virtud de profecía, Cuando el dios penetra con plenitud en el cuerpo, hace a los poseídos por el delirio predecir el futuro. Y tiene una cierta participación en el dominio de Ares. A veces el pánico recorre como un soplo a un ejército sobre las armas y en orden de batalla antes de que se hayan trabado las lanzas. También esto es delirio que procede de Dioniso. Más aún, a él en persona lo verás sobre las rocas de Delfos, dando saltos entre las antorchas sobre la meseta de noble cresta, blandiendo y agitando su ramo báquico, ensalzado por toda Grecia. Así que ¡hazme caso, Penteo! No te ufanes de que tu autoridad te da poder sobre los hombres; ni porque te has forjado una creencia, pero una creencia tuya enfermiza, creas que tienes razón. ¡Acoge al dios en el país, haz libaciones, sirve a Baco y corónate de yedra la cabeza! No será Dioniso quien obligue a las mujeres a la continencia en el amor; pero la cordura depende, en todas las cosas siempre, de la propia naturaleza. Hay que advertirlo. Tampoco, pues, la que es casta se pervertirá en las fiestas báquicas. Ves, tú te alegras cuando a las puertas de tu palacio acude la muchedumbre y la ciudad ensalza el nombre de Penteo. También él, creo, se regocija de que le honren. De modo que Cadmo, de quien haces burla, y yo nos cubriremos con yedra e iremos a bailar. Que no voy a combatir contra un dios por hacer caso de tus palabras. Estás loco de la peor manera y no encontrarás más remedio en las drogas, ni te hacen falta para enfermar.

CADMO -- ¡Hijo, Tiresias te ha aconsejado bien!¡Vente con nosotros y no te quedes en contra de las normas tradicionales! Ahora desvarías y en tu seriedad no piensas nada sensato. Aunque ése no sea un dios, como tú afirmas, que por ti se nombre así. Di incluso una mentira honorable: que es hijo de Sémele, para que parezca que dio a luz a un dios, y a toda la familia nos alcance el honor. ¿Ves el infeliz destino de Acteón, al que despedazaron los carnívoros lebreles que él había criado, por haberse jactado de ser superior a Artemis en las cacerías, por los bosques de la montaña? ¡Que no te pase a ti! ¡Ven acá y corona tu cabeza con yedra! ¡Ven con nosotros a honrar al dios!

PENTEO -- ¡No vayas a ponerme la mano encima! ¡Vete a bailar! ¡No vayas a contagiarme a mí tu locura! De tu demencia a este tu maestro le haré pagar la pena. Que vaya alguno a toda prisa, a visitar la garita esa donde acostumbra a observar los augurios! ¡Con los palos de un horcajo derríbaselo todo! ¡Revuelve a barullo, de arriba abajo, todos sus chismes! ¡Y echa sus ínfulas a los vientos y a las tormentas! Hacerle esto será mi mejor manera de lastimarle. Los demás marchad por la ciudad en pos del rastro del extranjero de figura afeminada, el que ha introducido esa nueva epidemia entre las mujeres, y que mancilla sus lechos. Si lo capturáis, traedlo aquí bien atado, para que reciba la pena de lapidación, y que muera, viendo en Tebas una amarga fiesta báquica.

TIRESIAS -- ¡Desgraciado, no sabes adónde vas con tus palabras! Ya estás loco del todo, si bien hace tiempo que comenzaste a desvariar. Vayámonos nosotros, Cadmo, y roguemos por él, por muy salvaje que sea, y por la ciudad, para que el dios no cause una catástrofe, ¡venga, acompáñame con tu bastón cubierto de yedra! Intenta sostener mi cuerpo, y yo el tuyo. Sería un feo espectáculo que cayeran dos viejos. Vayamos sin embargo, puesto que hay que servir a Baco el hijo de Zeus. ¡Temo que Penteo cause una pena tremenda en tu casa, Cadmo! No hablo por don profético, sino por los hechos, porque locuras dice, como un loco.