2. Aprender es recordar, (Fedón, 72e-78b)

--También es así --dijo Cebes tomando la palabra--, de acuerdo con ese otro argumento, Sócrates, si es verdadero, que tú acostumbras a decirnos a menudo, de que el aprender no es realmente otra cosa sino recordar, y según éste es necesario que de algún modo nosotros hayamos aprendido en un tiempo anterior aquello de lo que ahora nos acordamos. Y eso es imposible, a menos que nuestra alma haya existido en algún lugar antes de llegar a existir en esta forma humana. De modo que también por ahí parece que el alma es algo inmortal.

--Pero, Cebes --dijo Simias interrumpiendo--, ¿cuáles son las pruebas de eso? Recuérdamelas. Porque en este momento no me acuerdo demasiado de ellas.

--Se fundan en un argumento espléndido --dijo Cebes--, según el cual al ser interrogados los individuos, si uno los interroga correctamente, ellos declaran todo de acuerdo a lo real. Y, ciertamente, si no se diera en ellos una ciencia existente y un entendimiento correcto, serían incapaces de hacerlo. Luego, si uno los pone frente a los dibujos geométricos o a alguna otra representación similar entonces se demuestra de manera clarísima que así es.

--Y si no te convences, Simmias, con esto --dijo Sócrates--, examínalo modo siguiente, y al examinarlo así vas a concordar con nosotros. Desconfías, pues de que en algún modo el llamado aprendizaje es una reminiscencia.

--No es que yo --dijo Simmias-- desconfíe, sino que solicito experimentar eso mismo de lo que ahora se trata: que se me haga recordar. Si bien con lo que Cebes intentó exponer casi ya lo tengo recordado y me convenzo, sin embargo en nada menos me gustaría ahora oírte de qué modo tú planteas la cuestión.

--Yo, del modo siguiente --repuso--. Reconocemos, sin duda, que siempre que uno recuerda algo es preciso que eso lo supiera ya antes.

-- Desde luego --dijo.

--¿Acaso reconocemos también esto, que cuando un conocimiento se presenta de un cierto modo es una reminiscencia? Me refiero a un caso como el siguiente. Si uno al ver algo determinado, o al oírlo o al captar alguna otra sensación, no sólo conoce aquello, sino, además, intuye otra cosa de la que no informa el mismo conocimiento, sino otro, ¿no diremos justamente que la ha recordado, a esa de la que ha tenido una intuición?

--¿Cómo dices?

--Por ejemplo, tomemos lo siguiente. Ciertamente es distinto el conocimiento de un ser humano y el de una lira.

--¿Cómo no?

--Desde luego sabes que los amantes, cuando ven una lira o un manto o cualquier otro objeto que acostumbra a utilizar su amado, tienen esa experiencia. Reconocen la lira y, al tiempo, captan en su imaginación la figura del muchacho al que pertenece la lira. Eso es una reminiscencia. De igual modo, al ver uno a Simmias a menudo se acuerda de Cebes, y podrían darse, sin duda, otros mil

ejemplos.

--Mil, desde luego, ¡por Zeus! --dijo Simmias.

--Por tanto, dijo él--, ¿no es algo semejante una reminiscencia? ¿Y en especial cuando uno lo experimenta con referencia a aquellos objetos que, por el paso del tiempo o al perderlos de vista, ya los había tenido en el olvido?

--Así es, desde luego --contestó.

--¿Y qué? --dijo él--. ¿Es posible al ver pintado un caballo o dibujada una lira rememorar a una persona, o al ver dibujado a Simmias acordarse de Cebes?

--Claro que sí.

--¿Por lo tanto, también viendo dibujado a Simmias acordarse del propio Simmias?

--Lo es, en efecto --respondió.

--¿Entonces no ocurre que, de acuerdo con todos esos casos, la reminiscencia se origina a partir de cosas semejantes, y en otros casos también de cosas diferentes?

--Ocurre.

--Así que, cuando uno recuerda algo a partir de objetos semejantes, ¿no es necesario que experimente, además, esto: que advierta si a tal objeto le falta algo o no en su parecido con aquello a lo que recuerda?

--Es necesario.

-- Examina ya --dijo él-- si esto es de este modo. Decimos que existe algo igual. No me refiero a un madero igual a otro madero ni a una piedra con otra piedra ni a ninguna cosa de esa clase, sino a algo distinto, que subsiste al margen de todos esos objetos, lo igual en si mismo. ¿Decimos que eso es algo, o nada?

-- Lo decimos, por Zeus! --dijo Simmias--, y de manera rotunda.

-- ¿Es que, ademas, sabemos lo que es?

-- Desde luego que sí --repuso él.

-- ¿De dónde, entonces, hemos obtenido ese conocimiento? No, por descontado, de las cosas que ahora mismo mencionábamos, de haber visto maderos o piedras o algunos otros objetos iguales, o a partir de esas cosas lo hemos intuido, siendo diferente a ellas? ¿O no te parece que es algo diferente? Examinalo con este enfoque. ¿Acaso piedras que son iguales y leños que son los mismos no le parecen algunas veces a uno iguales, y a otro no?

-- En efecto, así pasa.

-- ¿Qué? ¿Las cosas iguales en si mismas es posible que se te muestren como desiguales, o la igualdad aparecerá como desigualdad?

-- Nunca jamás, Sócrates.

-- Por lo tanto, no es lo mismo --dijo él-- esas cosas iguales y lo igual en si.

-- De ningún modo a mi me lo parece, Sócrates.

-- Con todo --dijo--, ¿a partir de esas cosas, las iguales, que son diferentes de lo igual en si, has intuido y captado, sin embargo, el conocimiento de eso?

-- Acertadísimamente lo dices --dijo.

-- ¿En consecuencia, tanto si es semejante a esas cosas como si es desemejante?

-- En efecto.

-- No hay diferencia ninguna --dijo él--. Siempre que al ver un objeto, a partir de su contemplación , intuyas otro, sea semejante o desemejante, es necesario --dijo-- que eso sea un proceso de reminiscencia.

-- Así es, desde luego.

-- ¿Y qué? --dijo él--. ¿Acaso experimentamos algo parecido con respecto a los maderos y a las cosas iguales de que hablábamos ahora? ¿Es que no parece que son iguales como lo que es igual por si, o carecen de algo para ser de igual clase que lo igual en si, o nada?

-- Carecen , y de mucho, para ello --respondió.

-- Por tanto, ¿reconocemos que, cuando uno al ver algo piensa: lo que ahora yo veo pretende ser como algún otro de los objetos reales, pero carece de algo y no consigue ser tal como aquél, sino que resulta inferior, necesariamente el que piensa esto tuvo que haber logrado ver antes aquello a lo que dice que esto se asemeja, y que le resulta inferior?

-- Necesariamente.

-- ¿Qué, pues? ¿Hemos experimentado también nosotros algo así, o no, con respecto a las cosas iguales y a lo igual en si?

-- Por completo.

-- Conque es necesario que nosotros previamente hayamos visto lo igual antes de aquel momento en el que al ver por primera vez las cosas iguales pensamos que todas ellas tienden a ser como lo igual pero que lo son insuficientemente.

-- Así es.

-- Pero, además, reconocemos esto: que si lo hemos pensado no es posible pensarlo, sino a partir del hecho de ver o de tocar o de alguna otra percepción de los sentidos. Lo mismo digo de todos ellos.

-- Porque lo mismo resulta, Sócrates, en relación con lo que quiere aclarar nuestro razonamiento.

-- Por lo demás, a partir de las percepciones sensibles hay que pensar que todos los datos en nuestros sentidos apuntan a lo que es lo igual, y que son inferiores a ello. ¿O cómo lo decimos?

-- De ese modo.

-- Por consiguiente, antes de que empezáramos a ver, oír, y percibir todo lo demás, era necesario que hubiéramos obtenido captándolo en algún lugar el conocimiento de qué es lo igual en si mismo, si es que a este punto ibamos a referir las igualdades aprehendidas por nuestros sentidos, y que todas ellas se esfuerzan por ser tales como aquello, pero le resultan inferiores.

-- Es necesario de acuerdo con lo que está dicho, Sócrates.

-- ¿Acaso desde que nacimos veíamos, oíamos, y teníamos los demás sentidos?

-- Desde luego que sí.

-- ¿Era preciso, entonces, decimos, que tengamos adquirido el conocimiento de lo igual antes que éstos?

-- Sí.

-- Por lo tanto, antes de nacer, según parece, nos es necesario haberlo adquirido.

-- Eso parece.

-- Así que si, habiéndolo adquirido antes de nacer, nacimos teniéndolo, sabíamos ya antes de nacer y apenas nacidos no sólo lo igual, lo mayor y lo menor, y todo lo de esa clase? Pues el razonamiento nuestro de ahora no es en algo más sobre lo igual en sí que sobre lo bello en sí, y lo bueno en sí, y lo justo y lo santo, y, a lo que precisamente me refiero, sobre todo aquello que etiquetamos con «eso lo que es», tanto al preguntar en nuestras preguntas como al responder en nuestras respuestas. De modo que nos es necesario haber adquirido los conocimientos de todo eso antes de nacer

-- Así es.

--Y si después de haberlos adquirido en cada ocasión no los olvidáramos, naceríamos siempre sabiéndolos y siempre los sabríamos a lo largo de nuestra vida. Porque el saber consiste en esto: conservar el conocimiento que se ha adquirido y no perderlo. ¿O no es eso lo que llamamos olvido, Simmias, la pérdida de un conocimiento?

--Totalmente de acuerdo, Sócrates --dijo.

--Y si es que después de haberlos adquirido antes de nacer, pienso, al nacer los perdimos, y luego al utilizar nuestros sentidos respecto a esas mismas cosas recuperamos los conocimientos que en un tiempo anterior ya teníamos, ¿acaso lo que llamamos aprender no sería recuperar un conocimiento ya familiar? ¿Llamándolo recordar lo llamaríamos correctamente?

--Desde luego.

--Entonces ya se nos mostró posible eso, que al percibir algo, o viéndolo u oyéndolo o recibiendo alguna otra sensación, pensemos a partir de eso en algo distinto que se nos había olvidado, en algo a lo que se aproximaba eso, siendo ya semejante o desemejante a él. De manera que esto es lo que digo, que una de dos, o nacemos con ese saber y lo sabemos todos a lo largo de nuestras vidas,

o que luego, quienes decimos que aprenden no hacen nada más que acordarse, y el aprender sería reminiscencia.

--Y en efecto que es así, Sócrates.

--¿Cuál de las dos explicaciones prefieres, Simmias? ¿Que hemos nacido sabiéndolo o que luego recordamos aquello de que antes hemos adquirido un conocimiento?

--No sé, Sócrates, qué elegir en este momento.

--¿Qué? ¿Puedes elegir lo siguiente y cómo te parece bien al respecto de esto? ¿Un hombre que tiene un saber podría dar razón de aquello que sabe o no?

--Es de todo rigor, Sócrates --dijo.

--Entonces, ¿te parece a ti que todos pueden dar razón de las cosas de que hablábamos ahora mismo?

--Bien me gustaría --dijo Simmias--. Pero mucho más me temo que mañana a estas horas ya no quede ningún hombre capaz de hacerlo dignamente.

--¿Por tanto, no te parece --dijo--, Simmias, que todos lo sepan?

--De ningún modo.

--¿Entonces es que recuerdan lo que habían aprendido?

--Necesariamente.

--¿Cuándo han adquirido nuestras almas el conocimiento de esas mismas cosas? Porque no es a partir de cuando hemos nacido como hombres.

--No, desde luego.

--Antes, por tanto.

--Sí.

--Por tanto existían, Simmias, las almas incluso anteriormente, antes de existir en forma humana, aparte de los cuerpos, y tenían entendimiento.

--A no ser que al mismo tiempo de nacer, Sócrates, adquiramos esos saberes, pues aún nos queda ese espacio de tiempo.

--Puede ser, compañero. ¿Pero en qué otro tiempo los perdemos? Puesto que no nacemos conservándolos, según hace poco hemos reconocido. ¿0 es que los perdemos en ese mismo en que los adquirimos? ¿Acaso puedes decirme algún otro tiempo?

--De ningún modo, Sócrates; es que no me di cuenta de que decía un sin sentido.

--¿Entonces queda nuestro asunto así, Simmias? --dijo él--. Si existen las cosas de que siempre hablamos, lo bello y lo bueno y toda la realidad de esa clase y a ella referimos todos los datos de nuestros sentidos, y hallamos que es una realidad nuestra subsistente de antes, y estas cosas las imaginamos de acuerdo con ella, es necesario que, así como esas cosas existen, también exista nuestra alma antes de que nosotros estemos en vida. Pero si no existen, este razonamiento que hemos dicho sería en vano. ¿Acaso es así, y hay una idéntica necesidad de que existan esas cosas y nuestras almas antes de que nosotros hayamos nacido, y si no existen las unas, tampoco las otras?

--Me parece a mí, Sócrates, que en modo superlativo --dijo Simmias-- la necesidad es la misma de que existan, y que el razonamiento llega a buen puerto en cuanto a lo de existir de igual modo nuestra alma antes de que nazcamos y la realidad de la que tú hablas. No tengo yo, pues, nada que me sea tan claro como eso: el que tales cosas existen al máximo: lo bello, lo bueno, y todo lo de--

más que tú mencionabas hace un momento. Y a mí me parece que queda suficientemente demostrado.

--Y para Cebes, ¿qué? --repuso Sócrates--. Porque también hay que convencer a Cebes.

--Satisfactoriamente --dijo Simmias--, al menos según supongo. Aunque es el más resistente de los humanos en el prestar fe a los argumentos. Pero pienso que está bien persuadido de eso, de que antes de nacer nosotros existía nuestra alma. No obstante, en cuanto a que después de que hayamos muerto aún existirá, no me parece a mí, Sócrates, que esté demostrado; sino que todavía está en pie la objeción que Cebes exponía hace unos momentos, esa de la gente, temerosa de que, al tiempo que el ser humano perezca, se disperse su alma y esto sea para ella el fin de su existencia. Porque, ¿qué impide que ella nazca y se constituya de cualquier origen y que exista aun antes de llegar a un cuerpo humano, y que luego de llegar y separarse de éste, entonces también ella alcance su fin y perezca?

--Dices bien, Simmias --dijo Cebes--. Está claro, pues, que queda demostrado algo así como la mitad de lo que es preciso: que antes de nacer nosotros ya existía nuestra alma. Pero es preciso demostrar, además, que también después de que hayamos muerto existirá no en menor grado que antes de que naciéramos, si es que la demostración ha de alcanzar su final.

--Ya está demostrado, Simmias y Cebes --dijo Sócrates--, incluso en este momento, si queréis ensamblar en uno solo este argumento y el que hemos acordado antes de éste: el de que todo lo que vive nace de lo que ha muerto. Pues si nuestra alma existe antes ya, y le es necesario a ella, al ir a la vida y nacer, no nacer de ningún otro origen sino de la muerte y del estar muerto, ¿cómo no será necesario que ella exista también tras haber muerto, ya que le es forzoso nacer de nuevo? Conque lo que decís ya está demostrado incluso ahora. Sin embargo, me parece que tanto tú como Simmias tenéis ganas de que tratemos en detalle, aún más, este argumento, y que estáis atemorizados como los niños de que en realidad el viento, al salir ella del cuerpo, la disperse y la disuelva, sobre todo cuando en el momento de la muerte uno se encuentre no con la calma sino en medio de un fuerte ventarrón.

Entonces Cebes, sonriendo, le contestó:

--Como si estuviéramos atemorizados, Sócrates, intenta convencernos. 0 mejor, no es que estemos temerosos, sino que probablemente hay en nosotros un niño que se atemoriza ante esas cosas. Intenta, pues, persuadirlo de que no tema a la muerte como al coco.

--En tal caso --dijo Sócrates-- es preciso entonar conjuros cada día, hasta que lo hayáis conjurado

--¿Pero de dónde, Sócrates --replicó él--, vamos a sacar un buen conjurador de tales temores, una vez que tú --dijo-- nos dejas?

--¡Amplia es Grecia, Cebes! --respondió él--. Y en ella hay hombres de valer, y son muchos los pueblos de los bárbaros, que debéis escrutar todos en busca de un conjurador semejante, sin escatimar dineros ni fatigas, en la convicción de que no hay cosa en que podáis gastar más oportunamente vuestros haberes. Debéis buscarlo vosotros mismos y unos con otros. Porque tal vez no encontréis fácilmente quienes sean capaces de hacerlo más que vosotros.

--Bien, así se hará --dijo Cebes--. Pero regresemos al punto donde lo dejamos, si es --que es de tu gusto.

--Claro que es de mi gusto. ¿Cómo, pues, no iba a serlo? (Fedón, 72e-78b)

 

Ejercicios