La sexualidad es una fuerza positiva que Dios ha regalado a la persona humana. También el célibe tiene que aceptarla, permitir que sea y desarrollarla, si quiere llegar a la madurez humana. Por cierto, la aceptación de la sexualidad del célibe se distingue de la del casado, pero de ninguna manera podrá hacer caso omiso de ella. Sexualidad no significa lo mismo que sexo o genitalidad; más bien, es una condición global del ser humano, en cuanto a estar orientado a un tú. Antes de comenzar a hablar de cómo tratar correctamente la sexualidad basado en la tradición monástica, quisiera destacar el significado positivo de la sexualidad. La meta de la sexualidad es una mayor vitalidad. Ciertamente, muchos célibes que son rígidos y bloqueados, muestran que han reprimido o suprimido su sexualidad. Nuestros cohermanos jóvenes nos observan con exactitud en qué medida crecemos o no en vitalidad después de 10 0 20 0 30 años de vida religiosa. La vitalidad es lo que les convence, no el trabajo, ni la teología.
A través del contacto sexual con una mujer o con un varón, esperamos obtener una experiencia intensa, un sentirnos uno con nosotros mismos y con el otro, la posibilidad de salir de nosotros mismos y de abandonarnos totalmente. Pero al mismo tiempo, sabemos que nuestras expectativas siempre son mayores que la realidad. Es algo propio de la naturaleza humana: siempre esperamos y anhelamos más de lo que podemos recibir.' El permitir ser de su sexualidad implica para el célibe no "cortar", sino confirmar su sexualidad. Si hace esto, descubrirá el anhelo fundamental de vitalidad. Si orienta dicho anhelo hacia Dios, haciendo caso omiso de su sexualidad sino a través de ella, entonces no continúa sintiendo miedo al respecto, pues se sabe en ella y, a través de ella, totalmente orientado a Dios.
La sexualidad orienta al ser humano hacia un tú, le libera de su aislamiento y lo abre a un tú, para poder encontrarse consigo mismo en el tú. La aceptación, el permitir ser de la sexualidad significa, por lo tanto, cultivar buenas relaciones. Solamente cuando el célibe vive en buenas relaciones humanas, podrá vivir una vida espiritual sana. Por tanto, la práctica de relaciones personales y la capacidad de vivir en comunidad son necesarias para la integración de la sexualidad. Buenas relaciones humanas posibilitan también la intimidad, cordialidad y apertura. Sin embargo, la intimidad en la relación con una persona humana tiene que ser integrada en la intimidad con Dios en la oración, de lo contrario se hace autónoma.'
Sexualidad significa capacidad de entrega. Aceptar y permitir ser conscientemente a la sexualidad, por consiguiente, significa realizar esta capacidad de entrega en una donación al otro, de tal manera que la persona está dispuesta a acompañar al otro en sus necesidades, y a permanecer junto a él en todas las situaciones. Un signo de que acepto mi sexualidad es mi apertura al otro; no limitarme únicamente a un encuentro espiritual, evitando la responsabilidad, sino darme al otro, a la persona entera con sus sentimientos, intereses, preocupaciones y problemas. Por supuesto, ello incluye el riesgo de que mi responsabilidad por el otro llegue a ser una carga para mí, porque abrirse al otro y confiarse al otro implica responsabilidad. "Eres responsable para siempre de lo que has domesticado", dice el Principito. Aceptación de la sexualidad significa, asumir responsabilidad por una persona con un rostro concreto.
Es propio de la sexualidad el establecer vínculo. Solamente cuando dos personas están dispuestas a ligarse una a la otra, pueden entregarse mutuamente, sin miedos ni reservas. La aceptación de la sexualidad también exige el compromiso por parte del célibe. El célibe se liga a Dios en lo más profundo, pero por lo mismo, esta unión con Dios se muestra en su compromiso con las personas, en su compromiso con una comunidad concreta, en el compromiso con las personas con las cuales se encuentra. El compromiso evita que yo use al otro para mi propia autoafirmación, que sólo interactúe con él mientras resulte afirmativo y exitoso para mí. Quien se compromete, siempre se compromete para el servicio. Se deja ligar por Dios, acepta que Dios le elija al prójimo que debe amar con toda su fuerza. Hoy se observa con frecuencia miedo al compromiso, tanto antes del matrimonio como antes del ingreso a la vida religiosa, y ello tiene por causa, sin duda, la débil identidad de muchas personas.
Muchas veces también incluye el deseo de no ser vulnerable en profundidad. Se tiene miedo de comprometerse, porque se tiene miedo de perderse. Por consiguiente, uno se agarra de sí mismo, deja todas las puertas abiertas y termina con todas las puertas cerradas. Comprometerse es requisito esencial para la madurez humana; es, al mismo tiempo, la disposición de dejarse tocar en su corazón por Dios o por una persona humana. Además significa que el ser humano trasciende los cambios de su vida y es capaz de una existencia absoluta y eterna. Para el filósofo Friedrich Bollnow, la fidelidad en el compromiso concertado es la condición de llegar a ser persona humana.' En la fidelidad descubre el ser humano, que él es más que una sucesión de diferentes estados de ánimo, pues en él existe algo que perdura en el tiempo, algo eterno. Según Bullnow, recién por la fidelidad, esa conducta que sobrepasa el tiempo, el ser humano conquista su ser -él- mismo, su mismidad.
La sexualidad es fecunda y orientada a la procreación de un hijo. El permitir ser de la sexualidad significa, por ende, la aceptación del propio ser como fecundo y creativo. El célibe no debe dejar atrofiar sus facultades humanas. Para poder vivir equilibradamente, tiene que desarrollar su creatividad. Es necesario que crezca en conciencia y sensibilidad en su vida afectiva: en las diferentes maneras de sentir y de expresar los sentimientos. La fecundidad se expresará de manera diferente en cada persona. Se trata de cuidar conscientemente su peculiaridad. Mi manera de sentir es única. No necesito adaptar mis sentimientos a los de los demás, sino puedo permitirme percibirlos conscientemente. La fecundidad puede expresarse en la fantasía, con la cual alguien decora el ambiente de su habitación; puede expresarse en escribir, predicar, manifestar su propia opinión, trabajar con originalidad. La fecundidad que surge alrededor de uno es siempre el indicador de una sexualidad integrada. Cuando la vida burbujea alrededor de un sacerdote, cuando florecen vitalidad y fantasía, y crece el valor para hacer algo nuevo, entonces estamos frente a los frutos de una sexualidad integrada.
El célibe debe dar fruto, él puede y debe engendrar; será por medio de su obra, o también concretamente en aquellos niños para los cuales se hace padre o madre. Me puedo alegrar, cuando, en el acompañamiento espiritual, experimento algo de paternidad o me brotan sentimientos maternales. La maternidad del célibe se expresa mejor en la misericordia con la cual trata a las personas. Misericordia significa en hebreo: llevar al otro en el seno materno, dejarlo madurar hasta que él mismo pueda crecer y vivir. La maternidad, en cuanto misericordia, puede mostrarse justamente en el rol vicario que asumen las religiosas de clausura, y que para ellas muchas veces es la única posibilidad de hacer fecunda su sexualidad para otros. Mas en tal situación, la sexualidad ha sido integrada solamente si tengo empatía real con las personas humanas por las que oro, si realmente las dejo entrar en mi "seno materno".
Sería demasiado ingenuo, si para el célibe la integración de la sexualidad significara sólo aceptar espiritualmente el lado positivo de ella; con frecuencia la sexualidad es también sufrimiento, lucha. Se hace notar cuando uno no lo desea, y no hay trucos para reducirla fácilmente. Debido a nuestro ideal subconsciente, muchas veces manejamos la sexualidad espiritualmente de tal forma que no nos causa problemas. Pero con frecuencia la sexualidad se hace notar de otra manera. Surgen fantasías que provocan reacciones corporales. La masturbación es un conflicto para muchos célibes. Un buen manejo de la sexualidad incluye, también, encontrar un buen camino para habérselas con las reacciones de su sexualidad. Es decir, hay que evitar una fijación dañina en el 6° mandamiento, que tiene su causa en el Jansenismo. Al respecto, ciertamente, la Iglesia se ha hecho culpable frente a mucha gente, por haberle infundido demasiado culpabilidad. Por otra parte, tampoco ayuda una laxitud que presente a la masturbación como algo normal. Ya desde el punto de vista de la psicología, esto no es correcto. Los psicólogos concuerdan en que es una forma equivocada, o por lo menos inmadura de expresar la sexualidad. Nosotros queremos consultar a los monjes antiguos respecto de lo que nos dicen sobre el manejo de la sexualidad.
Muchos piensan que los monjes antiguos habrían "demonificado" la sexualidad, y habrían vivido en angustia continua ante la mujer. Pero una mirada en los escritos de los primeros monjes desmiente este prejuicio. La lucha de los monjes va ante todo contra las pasiones que le apartan a uno de Dios; entre ellas ocupan el espacio más amplio la ira y la pereza. El segundo vicio, la lujuria, es tratado considerablemente más corto. Lo cual ya es un indicador que el problema específico de los monjes no es la sexualidad. Esto podrán confirmarlo la mayoría de los célibes. La opinión de algunos huéspedes del convento, en el sentido que los monjes deberíamos emplear toda nuestra energía para dominar la sexualidad, es lisa y llanamente falsa. Por supuesto, tampoco podemos afirmar que no nos produce ningún tipo de problemas, que ya hace tiempo la tenemos espiritualmente sublimada. A pesar de un buen grado de integración, se hace notar de tiempo en tiempo; todo lo cual exige un trato cauteloso.
Los escritos de los primeros monjes hablan de modo muy concreto sobre el manejo de la sexualidad, pero no establecen reglas generales. Siempre sus respuestas están referidas a un monje determinado, enfocadas a su situación y para que le sirvan de ayuda. Tanto es así, que incluso encontramos consejos que se contradicen, porque lo que resulta bueno para uno, no necesariamente presta servicio al otro. Leemos en una cita:
Un hermano consultó al Padre Agathon respecto a la lujuria. El le respondió: "Bueno, echa tu incapacidad ante Dios y encontrarás la paz."
Aquí, Agathon no exige que se sepa manejar la sexualidad, más bien toma en cuenta que experimentamos nuestra incapacidad. No existen trucos espirituales para dominarla. Ella siempre de nuevo nos recuerda que somos varón o mujer, que tenemos necesidades existenciales y entre ellas el deseo del placer sexual. Pero cuando presentamos nuestra humanidad ante Dios, cuando somos suficientemente humildes para aceptar nuestra humanidad, entonces Dios nos podrá regalar una profunda paz. En este caso la sexualidad ya no nos domina. Cuando ponemos como nuestra meta absoluta no realizar la masturbación por ningún motivo y no enamorarnos en ningún caso, entonces quedamos fijos en nuestra propia perfección. Pero hay que preguntarse si esto sería la voluntad absoluta de Dios, o si no sería más bien nuestra propia voluntad, porque nos humilla el no saber manejar nuestra sexualidad. Vemos que Agathon es mucho más humano al respecto. El no exige una perfección moral, sino una confianza absoluta en Dios. Que miremos más a Dios que a nuestra propia pureza sexual. Entonces encontraremos la paz. Esta paz puede significar que ya no se hacen notar excitaciones sexuales, que estamos totalmente libres de la masturbación o del deseo de poseer una mujer o un varón, respectivamente. Pero la paz puede surgir en nosotros también en medio de la incapacidad. Esto significa que confiamos más en la misericordia de Dios que en nuestra propia aspiración a la perfección. Y es la misericordia de Dios, la que otorga paz. Nunca la perfección moral será propiedad incuestionable nuestra. Pero puede sernos regalada cuando no nos fijamos en nosotros mismos, más bien nos abandonamos enteramente en Dios.
Otra cita de los antiguos monjes dice:
Cuando la impureza lleve el combate contra tu cuerpo o contra tu corazón, busca la causa que originó esta guerra y corrígela. Podrá ser el exceso de comer o de dormir, o el orgullo, por considerarte mejor que otro o que hayas juzgado a un pecador. Porque el ser humano no es tentado por la impureza, excepto en estos casos.`
Este texto recomienda otro camino: él de la disciplina. Si comemos y bebemos alcohol en exceso, no necesitamos asombrarnos si la sexualidad se hace notar con fuerza: el ayuno sirve bastante para refrenarla. Esta experiencia, la practican hoy muchas personas. Pero, a la vez, sabemos que con el ayuno no puede "cortarse" la sexualidad. En la anorexia psicológica muchas personas buscan hoy renegar de la sexualidad, pero esto no conduce a una mayor plenitud de vida, sino a la enfermedad. Otros caminos de disciplina son: la renuncia a imágenes que incitan la fantasía sexual, un ritmo regular de vida, la ocupación con cosas espirituales, etc. De todos modos, cometeríamos una ligereza si afirmáramos que no se puede hacer nada contra la sexualidad. Tenemos que aceptarla como desafío y trabajarla; a la vez tenemos que reconocer que no se la puede avasallar totalmente o neutralizarla.
Muchas veces la excitación sexual indica que la persona no se enfrenta con la realidad de su vida. Se busca una compensación, algún contento en la masturbación, porque no se está contento consigo mismo. Pero eso no resulta, por el contrario, la masturbación produce mayor descontento. Entonces se desencadena un círculo vicioso, porque muchas veces la masturbación no es un problema sexual, sino una manera equivocada de compensar las frustraciones de la vida. La cita antes mencionada, invita a buscar las causas de la guerra; Una es el orgullo, en cuanto resistencia a aceptarse y aceptar su vida con las desilusiones inherentes. El orgulloso vive en un pseudomundo, y usa la sexualidad para mantener en pie este pseudomundo, pero fracasa. El único camino a la paz interior es la aceptación reconciliadora de sí mismo, y de su situación e historia concretas.
Como otra causa, la cita indica el hecho de juzgar al prójimo. Por tanto la excitación sexual me interroga en qué medida juzgo a los demás. Entonces es un recuerdo saludable de mi propia debilidad humana, permite que sea más misericordioso. En el sacramento de la penitencia, muchas veces se encuentra personas conmovidas por sus deslices en materia sexual. A menudo, ellos mismos habían defendido exigencias estrictas de la moral sexual cristiana y habían echado pestes sobre aquellos que no se atienen a ellas. Ahora, como ellos mismos cayeron en uno de tales pecados, están desilusionados de sí mismos. Este tropiezo sexual puede llegar a ser una "culpa feliz", porque me libera de mi engreimiento y vanidad y me hace ser más misericordioso con los demás. Pero muchos reaccionan culpándose a sí mismos; se paralizan y se apegan a su desilusion. Permitir ser mi sexualidad significa aceptar mi fragilidad humana y tener misericordia conmigo y con otros. La cita del antiguo monje concluye con el fallo asombroso que fuera de estos casos (gula, orgullo, juicio) no se es tentado contra la pureza. En consecuencia la sexualidad se ubica dentro del sistema de la ascesis, nos lleva al conocimiento propio, exige que reaccionemos con disciplina y nos examinemos por las causas de la impureza. La cita mencionada nos obliga a un minucioso examen de nuestra situación, sin embargo, no establece una norma general. Constituye un desafío para quien pregunta y quiere prevenirse ante soluciones fáciles.
Tanto en las citas de los antiguos monjes como también en otros escritos monásticos, nuevamente se nombran estas tres razones para una sexualidad desordenada: melindrería y exceso de comida, soberbia y condena de otros. Al respecto dice Juan Clímaco:
"A veces tenemos eyaculación nocturna a causa de comer y dormir mucho. Otra vez nos sobreviene esto por soberbia, porque nos ensalzamos y nos complacemos por no haberla tenido mucho tiempo. A veces también nos manchamos cuando juzgamos arrogantemente y condenamos el hacer y vivir de otro.
Por lo mismo, Clímaco recomienda sobriedad y humildad para alcanzar la castidad. Casiano trata ampliamente el tema de la castidad y sexualidad en la 12. conversación con el Padre Chaeremon:
"A pesar de que vivamos de manera austera y sobria, con hambre y sed, vigilias nocturnas, trabajo constante y asidua lectura bíblica, sin embargo no por razón de estos esfuerzos podremos alcanzar la castidad .... Con todos nuestros esfuerzos, tal integridad es un don gratuito de la gracia de Dios".
Es decir, debemos esforzarnos mediante la disciplina y, a la vez, reconocer que sólo Dios ‑ por su gracia ‑ puede liberarnos de la impureza. Según Casiano, las condiciones para la vida en castidad son sobre todo el arrepentimiento y la humildad de corazón. Él piensa que las personas que por su constitución natural no conocen el apetito sexual, son muchas veces tibios y faltos de energía, se sienten demasiado seguros. Casiano también considera, por lo tanto, las tentaciones de la sexualidad como un estímulo para buscar más intensamente a Dios en la vida espiritual. La fuerza que está en la sexualidad tenemos que aprovecharla, orientándola hacia Dios. Eso nos llenará de vida. Como vemos, Casiano no tiene miedo a las excitaciones de la sexualidad; más bien son requisito para que la vida espiritual no sea exangüe e insípida, sino vigorosa y fascinante. Algunas expectativas eclesiásticas para con los candidatos al sacerdocio conducen a que aquellos, que experimentan pocas excitaciones sexuales y apenas tienen problemas con la sexualidad, se sientan llama dos al celibato. Este tipo de varones no responden a la imagen del monje a que Casiano postula. El monje vigoroso, que también experimenta su sexualidad, será, según Casiano, un ardiente adorador de Dios. Un joven, sin vitalidad y sexualidad, será también en su piedad lacio y vacío, y difícilmente entusiasmará a alguien por el Dios vivo.
Casiano cuenta con el hecho que también, después de una larga lucha, la sexualidad puede hacerse notar nuevamente, en especial cuando uno supone haberla superado. Señala como razón, que con facilidad nos ponemos engreídos en esos períodos en que nos sentimos libres de tentaciones sexuales, pero no podemos dar garantía por nosotros mismos. Tal reconocimiento resulta decisivo en el trato con la sexualidad. Tenemos que ser disciplinados, tenemos que buscar las causas del por qué la sexualidad se hace notar frecuentemente en nosotros, tenemos que reflexionar y asumirla, mas no poseemos una garantía total. Y es bueno que así sea, porque esto nos obliga a considerarnos seres humanos, siempre dependientes de la misericordia de Dios. Casiano expresa esta experiencia:
Hasta llegar a la condición de la pureza perfecta , es necesario perder a veces el equilibrio. Es la escuela que hay que pasar, hasta que la gracia de Dios nos fortifica y podemos decir: "Yo esperé, sí, esperé en el Señor, y Él se inclinó hacia mí y escuchó mis gritos". (144f)
Valoramos que Casiano no tiene miedo ante tentaciones sexuales, porque no piensa en las categorías del esquema pagano de perfección. En el manejo de la sexualidad no se trata de que la dominemos y así nos liberemos de ella; sino que, por su intermedio, nos dejemos guiar cada vez más cerca de Dios y dejemos abrir nuestro corazón más y más al amor de Dios. La sexualidad quiere dar vivacidad, fuerza, amor y vitalidad no sólo a nuestras relaciones humanas, sino también a nuestra relación con Dios. Nos quiere conducir desde nuestra voluntad, que pretende la perfección pura, a nuestro corazón; para abrir nuestro corazón a Dios y hacer lugar para Dios, especialmente en nuestro corazón herido. "Si tienes un corazón, puedes ser salvado", dice Abba Pambo. Nuestra vida espiritual depende de que tengamos un corazón capaz de amar, dispuesto a ser vulnerable, lleno de anhelo y bondad, lleno de ternura y entrega. Ofrecer a Dios un corazón contrito, le es más agradable que exhibir logros ascéticos y una moral intachable.
La meta del manejo correcto de la sexualidad no es el dominio, sino el mayor amor. De similar manera lo expresa Casiano, al final de sus reflexiones:
No se puede guardar el celibato solamente por medio de una vida ascética, más bien tiene su consistencia en el amor y la alegría que le son inherentes. Donde la lucha contra la concupiscencia está todavía ala orden del día, se habla de continencia, no de castidad consagrada. Quien ama la castidad desde su interior, también desde su afectividad, es agraciado por Dios. Porque lo que es dominado afanosamente, no ofrece tranquilidad ,segura y constante después de la lucha. Pero lo que es vencido por la virtud probada, garantiza al ,ser humano una paz segura. (118f)
La finalidad de la castidad consagrada es, para Casiano, la paz del corazón. Y ésta a su vez, es la condición para la contemplación.
En la paz de la castidad está la habitación del Señor; en la contemplación, posibilitada por las virtudes, se ve a Dios. (120
Solamente si damos a Dios cada vez más lugar en nuestra vida y nos dedicamos totalmente a la contemplación, a la vida en la presencia de Dios, nuestra sexualidad puede ser transformada y plenificada. Solamente así la vida célibe tiene sentido. No la pureza moral, sí el mayor amor a Dios es la meta de la vida célibe. En un modelo de vida en el cual la perfección humana es el bien máximo, todo está orientado a la pureza moral, pero ahí todo se mueve alrededor del ser humano. Dios es usado para alcanzar la perfección moral. En la espiritualidad de los monjes, no se trata de esta perfección, sino del amor a Dios. Todas las virtudes son únicamente la condición para orientarnos a Dios con todas nuestras facultades. El trato correcto de la sexualidad quiere liberarnos con el fin que experimentemos a Dios en la profundidad de nuestro corazón y apeguemos nuestro corazón a Él. Cuando nos fijamos en nuestra perfección, entonces la sexualidad acaparará toda nuestra energía, y jugará un rol demasiado importante, pero cuando la permitimos ser, cuando contamos con sus reacciones, y cuando nos dejamos orientar siempre de nuevo desde ella hacia Dios, en tal proceso adquiere un significado positivo. Entonces aportará a nuestra vida espiritual calidez y alegría, amor y paz, vitalidad y amplitud. Entonces ella no nos dará miedo. Más bien nos recuerda nuevamente, que no la satisfacción de los deseos sexuales, sino sólo la entrega al Dios vivo es la meta de nuestra vida, y que nuestros deseos se satisfacen en el amor de Dios. Sin embargo, nuestro anhelo se dejará satisfacer por Dios, no sólo porque no accedemos simplemente a nuestros deseos sexuales y los presentamos como necesidades fisiológicas naturales, sino cuando entregamos nuestro corazón herido a Dios para que El lo sane y lo llene con su amor.
Evagrio Póntico trata del manejo de la sexualidad en su libro Praktikos" en conjunto con la doctrina de "Los ocho vicios". La lujuria es uno de éstos, que hay que superar para lograr la "apatheia", es decir el desapasionarse, y alcanzar aquel amor que nos llena totalmente de Dios. Evagrio se refiere a la lujuria muy sobriamente y en medida mucho más breve que sobre el vicio de la ira o de la "acedía" (= pereza). El diablo de la lujuria es muy rápido y sin motivo puede, o entrar en el cuerpo como excitación sexual o provocar imágenes en la fantasía. (Pr.51) La transformación de la sexualidad, según Evagrio, se logra por la continencia del cuerpo. Esta sin embargo, no conduce por sí sola a la castidad, especialmente si uno lucha contra su cuerpo.
"Aquellos que dan escasa alimentación a su cuerpo, sin embargo no logran liberarse de sus deseos (sexuales), tienen que buscar la razón en sí mismos. No deben responsabilizar por eso al cuerpo." (Pr.53)
El monje debe luchar contra la lujuria, porque ofusca la claridad de su espíritu (Pr. 74) y por tanto, lo incapacita para orar. Un pecado de debilidad puede hacer que el monje se apegue más a Dios, pero un hábito, ‑ como por ejemplo la masturbación, ‑ daña su vida espiritual y empaña la transparencia hacia Dios.
Otra acotación, respecto a la sexualidad, se encuentra en el capítulo 55 del Praktikos:
"Sucesos naturales durante el sueño que no van acompañados por imágenes convulsionantes, no indicarían que el alma estuviera enferma. Pero cuando aparecen imágenes ,esto es un indicio que el alma no está sana."
Eyaculación nocturna sin imágenes turbulentas en el sueño es considerada por Evagrio como normal. Pero hace hincapié que el demonio de la lujuria aguijonea muchas veces en el sueño nuestra fantasía y la convulsiona. En consecuencia, por el sueño podemos conocer hasta dónde hemos llegado con la integración de la sexualidad. Cuando es realmente integrada, se manifiesta un profundo anhelo del Dios infinito y una energía casi inacabable. (cfr. Pr. 57) Cuando los demonios solamente se repliegan, entonces surge muchas veces el orgullo. Hay que superar a los demonios, entonces para el monje, la sexualidad se transforma en fuerza y celo en la búsqueda de Dios.
Evagrio, en su libro Antirrhetikon", enumera varios pensamientos típicos por medio de los cuales la sexualidad se puede expresar, e indica cómo debemos reaccionar. A veces se repite el pensamiento que no vale la pena luchar contra la lujuria, porque sería más fuerte e invencible. Contra estas ideas Evagrio recomienda el Salmo 18, verso 43: "Los desmenuzo como el polvo de la tierra y los piso como el barro del camino." Evagrio nos anima a luchar en su contra, y nos da la esperanza que venceremos. Dice en el N° 31:
"Contra el alma, que está triste a causa de los pensamientos impuros que la persiguen y que no espera vencerlos, porque experimenta cómo una de estas imágenes impuras le atormenta en sus pensamientos ‑ Sal. 37,10: `Aguarda un momento: Ya no se ve al impío. Si te fijas donde se encontraba, ya no está'."
Evagrio aconseja desarrollar el thymos, es decir la parte afectiva del ser humano, en contraposición a la sexualidad que pertenece a la parte instintiva, y aduce que lo afectivo es como el fuego, mientras los pensamientos impuros son como el agua.(cfr. N° 22) Es decir, él postula por una cultura del eros, contra el poder del sexo.
El monje no puede excusarse, diciendo que la lujuria simplemente pertenece a su ser; al mismo tiempo, no debe entristecerse cuando experimenta la tentación. La tentación por el demonio de la lujuria, sí que pertenece, según Evagrio, a la vida del monje. Se lee en el N° 44:
"Contra el alma, que es tentada fuerte e indeciblemente, y en su tentación queda perpleja y se asombra cómo este demonio no tiene vergüenza y temor ‑ Job 7,1: `No más que un servicio militar es la vida del hombre sobre la tierra, y sus días son los de un jornalero."'
En otro momento, cuando el monje sufre los efectos del fuego de la sexualidad que le traspasa y no lo puede soportar, se dirá 1.Pe.4,12s:
"Queridos Hermanos, no se extrañen de este fuego que prendió entre Uds. para ponerlos a prueba. No es algo insólito lo que les sucede. Más bien alégrense de participar en los sufrimientos de Cristo; de este modo, el día en que Él venga glorioso, Uds. estarán también en la alegría y el gozo. "(N" 64)
Por consiguiente, tenemos que contar con el hecho que la sexualidad siempre de nuevo nos puede tentar, al mismo tiempo que no le tengamos miedo, ni pensemos que estamos indefensos contra ella. Nuestra defensa es, orientar el deseo y la fuerza inherentes a la sexualidad hacia Dios. De este modo, la sexualidad se convierte en una fuente de fuerza para nuestra vida espiritual. Y conjuntamente con Evagrio podemos decir:
"Alabado sea nuestro Señor Jesucristo, quien nos ha regalado la victoria sobre el demonio de la lujuria. "(Ant. Fin.)
En las múltiples enseñanzas de Evagrio sobre el modo de tratar al demonio de la lujuria, sentimos que comprendió el misterio de la sexualidad humana, y que se le acercaba sin miedo, más bien confiada que la lucha con ella profundizaría nuestra oración y nuestro amor a Dios y los llenaría con energía y vitalidad.
Si buscamos consejos para tratar la sexualidad en los dichos de los Padres, podemos destacar los siguientes:
El primer consejo apunta a la aceptación, el permitir ser de la propia sexualidad. Tengo que aceptar que soy varón o que soy mujer y no un ser asexuado; aceptar que tengo necesidades propias de un varón o de una mujer. Es preciso buscar cómo puedo vivir mi ser varón o mi ser mujer. Cuánto más me acepto como varón o como mujer, tanto menos la sexualidad me asaltará desprevenidamente. A la vez tengo que reconciliarme con el hecho que la sexualidad no se deja controlar con trucos, sino que se hará notar de nuevo, y muchas veces justamente cuando menos se desee. Cuando se presentan las excitaciones de mi sexualidad, también he de preguntarme, en qué medida acepto la realidad de mi vida diaria. Existe la posibilidad de refugiarse en la sexualidad ante las frustraciones de la vida diaria, entonces hay que tratar de aceptar las banalidades de la vida, aceptar las frustraciones y desilusiones y buscar en ellas a Dios, al Dios de mi vida.
Otro consejo es reflexionar y sentir la sexualidad hasta el final. No hay que cortarla en seguida, como si fuera un peligro y nada más. Los cortes solamente garantizan que la concupiscencia despierte nuevamente. Reflexionar y sentir la sexualidad hasta el final significa, preguntarse ¿Qué es lo que deseo en el fondo? Y no hay que suprimir inmediatamente las fantasías, hay que dejarles cauce, pero en forma activa. No hay que dejar desbocarse a la fantasía; yo la dirijo, preguntándome: ¿Qué es lo que busco de verdad cuando deseo contacto sexual con una pareja, cuando en mi fantasía me siento urgido a ello? ¿No es acaso una imagen para otra cosa? Es real este impulso o más bien no sería nimbar la sexualidad? ¿Es factible lo que me estoy imaginando? ¿Qué compensación busco con estas fantasías, de una vida no vivida, de una rígida relación con Dios, de aislamiento frente a los demás, de mi incapacidad de forjar buenas relaciones humanas? En un proceso como éste, "pensar hasta el final la sexualidad", libera de la sobrecarga de expectativas demasiado altas que se dan con mucha frecuencia, especialmente en personas célibes. Un ejemplo de este "pensar hasta el final" lo encontramos con Abba Olympios. En una ocasión, cuando se sintió urgido de casarse y de abandonar su Kellion,
"se levantó, preparó barro, formó una mujer y se dijo a sí mismo: Mira ahí tu mujer; ahora tienes que trabajar mucho para alimentarla. Y trabajaba con gran esfuerzo. "(Apo527)
El admite realmente el deseo de tener una mujer y no se limita a pensarlo solamente con la cabeza, lo realiza plásticamente. Puede ser que nos parezca demasiado ingenuo el hecho que el exceso de trabajo le retenga del casamiento. Lo importante es que Olympios no suprime los deseos de tener una mujer, lo reflexiona con detenimiento y se da cuenta que no es lo suyo. Para mí, este dicho de los Padres ha sido una ayuda. Las veces que me sobrevenía el deseo de tener una mujer, lo admitía y me imaginaba estar casado y con hijos; Al admitir esta fantasía, pronto me subía la angustia de aburguesarme, y sentía que para mí el convento era el lugar que me permitía estar vivo y despierto.
También tuve un período donde yo dibujaba lo que deseaba. El dibujar era una forma de permitir ser a los deseos, a la vez de moldearlos; una forma de tratar con ellos, en vez de dejarse dominar por ellos.
A las personas que frecuentemente sufren de masturbación, les suelo preguntar, dónde se sienten vivos, qué es lo que realmente les gusta y qué esperan con alegría. Y muchas veces me siento sobrecogido al constatar que muchos no saben con qué se sienten bien y vivos ni qué les causa verdadera alegría. Las excitaciones sexuales son entonces estímulos para tratar con la vida de otra manera. Cristo no quiere nuestra intachabilidad moral, sino más bien nuestra vitalidad. Él se alegra por nuestra vida, pero nosotros muchas veces no nos alegramos de ella. Para nosotros, frecuentemente prevalece la imagen que nos hemos hecho de nosotros mismos ante la vida misma, pero Cristo ha venido, para que tengamos la vida, y la tengamos en plenitud (cfr.Jn.10,10;). San Benito invita a la vida célibe en el convento con la pregunta: "¿Quién tiene ganas de vivir?" Por tanto, las ganas de vivir deberían ser la motivación auténtica para el celibato. Algunas personas fueron echadas a perder de tal manera por un falso ascetismo, que tan sólo la pregunta por sus deseos ya les parece algo prohibido. Pero esto sería entender mal a Jesús. En tales casos, yo siempre los animo a que se den el gusto en aquello que les hace sentirse verdaderamente vivos. Para uno es la música donde puede sentirse pleno, otro se siente vivo a plenitud si practica natación, recordándole el líquido intrauterino durante su gestación en el seno materno. Para otro puede ser una maratón por el bosque, que le hace transpirar profusamente; para otro, pintar o moldear en greda; una conversación enriquecedora o incluso una comida rica. Cuando no nos damos ningún gusto, cuando ya no podemos disfrutar de la vida que Dios nos regala constantemente, entonces se hará sentir nuevamente la sexualidad como "admonitor", con el fin que tratemos los dones de Dios de otra manera. Sin embargo, podemos gozar sólo si al mismo tiempo sabemos renunciar; si no queremos tenerlo todo de una vez, y nos dedicamos por entero a una cosa, por ejemplo a la música o a una caminata, o a una conversación, o al silencio.
Otro consejo sería, poner término a la lucha inútil contra la propia sexualidad. Esto no significa tirar por la borda todas las prescripciones morales y simplemente permitirse una vida sexual activa. Más bien, es un consejo para los que emplean toda su energía en liberarse de la masturbación, aquellos que toda su vida religiosa se quedan enredados en la temática "masturbación", y, a pesar de tantas luchas, terminan desilusionados de sí mismos. Cuanto más alguien queda fijo en la masturbación, tanto más ésta se hace notar y le hace sufrir. ¿Es de verdad la voluntad de Dios que quede libre de ella, o es mi propia voluntad, porque me da vergüenza tanta inmadurez de mi parte o porque contradice mi ideal de ascesis? Con todo, no se trata de afirmar sin más: la masturbación es algo normal y por lo tanto no es pecado. No debemos acomodarnos; de tal manera marcaríamos el paso tanto en lo humano como en lo espiritual. De lo que se trata, más bien, es renunciar a la fijación en su conducta moral intachable, y clavar su mirada en el Dios de toda misericordia. En el caso que una persona tenga que luchar noches enteras contra la masturbación, entonces puede ser mejor para ella acceder una vez a experimentarla, porque no es el ser intachable lo que constituye el bien máximo, sino la entrega a Dios. Por ende, tendrá que reflexionar en qué punto quedó vacía su relación con Dios, y cómo la podrá revivificar. En su vida diaria tendrá que llegar a ser más vigoroso y más entregado a Dios, entonces la sexualidad ya no le dominará. Quizás también puede ser que la sexualidad sea para él el aguijón en la carne, del cual ya San Pablo quiso que Dios le liberara. Pero Dios le creyó capaz, porque la gracia de Dios se revela mejor en la debilidad. Quizás para esta persona, la sexualidad es la herida que llegará a ser bendición para él y para la humanidad, pues la herida de Jesús ha llegado a ser la fuente de vida para todos nosotros. Cuando me rindo en la lucha estéril contra mi debilidad y la acepto como herida y la asumo plenamente, justo entonces mi herida podrá llegar a ser el lugar del encuentro con Dios, el lugar donde Dios me toca siempre de nuevo, donde El me abre en mi impotencia en bien mío y de la humanidad. Mas ¿dónde podemos ser realmente una ayuda para los otros? ¿Allí, donde somos fuertes o no más bien allí donde somos débiles, donde dejamos entrar a los demás por nuestra herida? Cuando nos reconciliamos con nuestra herida, y ‑como dice Agathon ‑ entregamos nuestra impotencia a Dios, entonces podrá transformarse justamente nuestra sexualidad en puerta de acceso para la gracia de Dios y en fuente de vida para otros. Una religiosa me contó que, en el tiempo que tuvo que luchar contra la masturbación, podía orar más intensamente y sentía su relación con Dios más viva que ahora que se siente libre de tentaciones sexuales, pero también sin gusto y con sequedad en la vida espiritual, sin entusiasmo y fuerza. Esto no quiere decir que hay que dejar que las cosas simplemente tomen su curso; por el contrario, quiere decir que nos dejemos orientar hacia Dios desde nuestra sexualidad y permitamos vitalizar nuestra relación con Él. No podemos elegir las manifestaciones de nuestra sexualidad; unos sufren de masturbación, otros no, algunos sueñan constantemente con una vida de pareja, para otros esto no es ningún problema. No tenemos derecho de juzgar qué es mejor o peor. Lo que sí tenemos que hacer, es poner todas nuestras posibilidades al servicio de Dios, dejar transformar por El tanto nuestras flaquezas como nuestras fuerzas: tan sólo de este modo, todo puede llegar a ser fuente de vida.
Un camino hacia la integración de la sexualidad, es adquirir una intensa conciencia del cuerpo. Cuando me siento plenamente vivo en mi cuerpo, entonces mi sexualidad empapa mis sentidos y todo mi cuerpo, y no necesito desear la genitalidad. El caso es que, en algunos célibes, el deseo de relaciones sexuales es muchas veces un sustituto de vida no vivida, del cuerpo no vivido. Desarrollar la conciencia del cuerpo significa sentirse en su cuerpo, percibir su piel, sus sentidos, sus vísceras. Ejercicios eutónicos pueden ser una ayuda para lograrlo. Estos ejercicios hacen tomar conciencia en forma metódica de las percepciones de cada parte del cuerpo, para sentir el fluir de la vida la tensión o la muerte. En un segundo momento, se trata de experimentar su cuerpo renovado, a través de imágenes positivas. Una de estas imágenes es, por ejemplo, la de ser Templo de Dios. Contemplándome bajo tal imagen, todo en mí se hace amplio y hermoso, o también, imaginándome que el Espíritu de Dios me penetra en la respiración, puedo experimentar mi cuerpo como transparente para la vida de Dios. La sexualidad es una fuerza positiva, que mantiene vivo todo el cuerpo y orientado a una persona. Las imágenes del cuerpo en la Biblia orientan nuestro cuerpo a Dios y de esta manera lo transforman.
Al revés, una insuficiente conciencia del cuerpo, especialmente en personas jóvenes, es un indicador que aún no se han encontrado con su sexualidad y que, sin saberlo, están sentadas sobre una suerte de volcán próximo a la erupción. La aceptación de la sexualidad no se logra en primer lugar por llamadas a la moral, sino por la reconciliación con su cuerpo, un sentir hacia dentro del cuerpo. El lenguaje corporal de algunos célibes indica, que sus afirmaciones sobre castidad consagrada y vida célibe en plenitud está erigido sobre "pies de barro". Su cuerpo contradice sus palabras. Sexualidad reprimida muchas veces se exterioriza en caderas tiesas, las que posibilitan cortar el tronco del "peligroso" bajo vientre por miedo a que desde allá pudiera penetrarnos algo incontrolable. Dolores de espalda muchas veces son una señal de sentimientos reprimidos. Estos sentimientos abortados se fijan entonces en la espalda. La sexualidad reprimida puede expresarse también a través de dolores de cabeza. No es el caso, ahora, de analizarse ansiosamente, dónde podría hacerse notar mi sexualidad reprimida; se trata que hay que esforzarse por percibir con cariño nuestro cuerpo desde dentro, y aceptarlo con benevolencia. Entonces se logra la meta de la sexualidad: una vida más vigorosa y una mayor apertura en la acogida del otro, un estar presente en el cuerpo frente a todo aquel que nos quiere encontrar.
La sexualidad no debe ser solamente sublimada, es decir: puesta al servicio de valores superiores, como por ejemplo, la oración o el servicio a los demás, sino más bien se trata de una integración.
"Esta disposición dice que sí desde dentro ala propia condición sexual en todas sus dimensiones, y la ordena de tal manera que recibe la importancia adecuada a la propia elección de vida."
Dicha integración puede expresarse a través del cuerpo, por ejemplo en el cariño para hacia los demás, en la manera como uno se entrega en la liturgia, en la naturaleza, en el trabajo. Pero lo decisivo es que la sexualidad llegue a ser una certeza interior de buenas relaciones humanas.
Lo que aquí se ha dicho de la integración de la sexualidad en el célibe vale, igualmente, para los homosexuales. También ellos quedan colocados ante el desafío de integrarla, transformando tal energía en cordialidad en el trato con las personas y en el deseo de Dios. Muchas veces, los homosexuales tienen gran calidez y sentido maternal. Si logran la integración, su relación con Dios y con las personas humanas será caracterizada por la vitalidad y cordialidad. Falta de integración, sin embargo, lleva a blandura y sentimentalismo, desprecio de la mujer y una continua búsqueda de ser atendido y confirmado. También, la incapacidad de afrontar conflictos y luchar con lealtad tiene su origen allí. Pareciera que hoy en día la disposición a la homosexualidad va en aumento. El peligro del célibe homosexual radica, sin duda, en que una inconsciente expectativa y licencia para ejercer su sexualidad pueda motivar su vocación al celibato. Si no se llega a clarificar esta motivación inconsciente, la cosa no llegará a un buen fin. A esto se agrega que una comunidad religiosa da una cierta protección de relaciones heterosexuales, pero a la vez posibilidad para conductas homosexuales. Por tanto un célibe con tendencia homosexual u homofilica debe tener absolutamente claro que para él no puede haber contacto sexual, que tiene que hacerse consciente de sus deseos inconscientes, y que ha de movillizar su energía para la transformación e integración de su sexualidad, hacia relaciones cordiales con las personas y un amor a Dios vivo y marcado por el eros.