M A R Í A    R E I N A

El titulo de reina es atribuido a María por la tradición cristiana al menos desde comienzos del s. IV. Junto a otros apelativos reales aplicados a la Virgen, va ganando terreno progresivamente en el uso del pueblo de Dios, hasta llegar a ser de dominio común y pacífico en la iglesia, de modo que, en 1954 Pío Xll —declarando expresamente que "no se trata de una nueva verdad propuesta al pueblo cristiano"— instituye la fiesta litúrgica de María Reina y publica en aquella ocasión el principal documento del magisterio sobre la realeza mariana: la encíclica Ad coeli Reginam, del 11 de octubre de 19541

Hoy, después del periodo de la llamada crisis de la piedad mariana, se mira con cierta desconfianza la realeza de María y su fiesta respectiva. Y esto incluso en ambientes interesados por la figura de la Virgen de Nazaret y por su misión en la vida de Cristo y de la iglesia. Ante todo observan algunos que el término reina pertenece a una época histórica ya superada, y refleja concepciones políticas y culturales ya pasadas, y en todo caso extrañas a la sensibilidad del hombre contemporáneo o incluso capaces de suscitar en él una reacción negativa. Además, añaden otros, el fondo teológico de tal título parece favorecer un género de discurso mariológico y un tipo de piedad mariana que, poniendo el acento exclusivamente en la grandeza de la Virgen, puede terminar por borrar su perfil evangélico. En resumen: se tiene miedo de que con la doctrina de la realeza de María se permanezca anclados en la mariología de los privilegios, sin pasar decididamente a la mariología del servicio. De este modo se radicalizaría la oposición entre la tendencia a exaltar en la Virgen su singular dignidad de madre de Dios, contemplándola en la gloria celeste como mujer revestida de luz y cercana al trono del Altísimo, y la tendencia a comprender a la Virgen en su vida evangélica, considerando su camino de fe y el esfuerzo de su adhesión al querer de Dios como madre de Jesús y hermana nuestra.

Sabido es que la teología de hoy es consciente de los graves problemas que están sobre la mesa a propósito del lenguaje. Pero también sabe que su lenguaje es de matriz bíblica y que ciertos problemas no se resuelven con la eliminación sistemática de términos provenientes de un mundo político en parte sobrepasado (rey, corona, trono...). De hecho, términos que serían rechazados por anacrónicos en la esfera politico-social, están presentes sin embargo en el lenguaje cotidiano con preferencia a otros, por su fuerza evocadora de una realidad espiritual y de valores morales. La liturgia posconciliar, por su parte, inspirándose en las fuentes bíblicas y patrísticas usa con frecuencia el término rey aplicado a Cristo. Este uso, haciendo las debidas salvedades y teniendo presente la diversidad de contenido puede justificar el empleo en el lenguaje teológico-cultural del término reina aplicado a la mater et socia del Señor.

Por lo que respecta al fundamento teológico del título de reina dado a la madre del Señor y a su correcta interpretación en el ámbito del contexto teológico actual, las notas siguientes recordarán la antigua e incontrastada tradición eclesial a que apeló Pío Xll (I); presentarán las posteriores adquisiciones bíblicas Reina (ll); darán algunas indicaciones para una profundización teológica actualizada (III) e indicarán los datos que aparecen en la actual celebración litúrgica de la fiesta (IV).

D. SARTOR-D


 

I. La doctrina de la encíclica "Ad coeli Reginam"

1. LA TRADICIÓN COMENTA LA ESCRITURA. Como ya había ocurrido en la encíclica Ineffabilis Deus (1854) y en la Munificentissimus Deus (1950), también en el citado documento la prueba bíblica concerniente a la realeza de María se expone englobada en la tradición. Pío XII afirma que "el fundamento [de la realeza de María] y las razones de su dignidad real, expresadas abundantemente en toda edad, se encuentran en los más antiguos documentos de la iglesia y en los libros de la sagrada liturgia" (Prólogo). Y prosigue diciendo: "El pueblo cristiano ha creído siempre razonable, incluso en los siglos pasados, que aquella mujer de la que nació el Hijo del Altísimo que reinará eternamente en la casa de Jacob (Lc 1,32), (será) Príncipe de la paz (Is 9,6) y Rey de reyes y Señor de los señores (Ap 19,16), recibiese singularísimos privilegios de gracia por encima de todas las creaturas de Dios. Considerando, por otra parte, los íntimos lazos que unen la madre al Hijo, atribuyó fácilmente a la madre de Dios una real preeminencia sobre todas las cosas. Se comprende fácilmente que los antiguos escritores de la iglesia, apoyándose en las palabras del arcángel san Gabriel, que predijo el reino eterno del hijo de María (cf Lc 1,32.33) y de Isabel, que se inclinó ante ella llamándola madre de mi Señor (Lc 1,43), hayan denominado a María madre del Rey y madre del Señor, queriendo significar que de la realeza del Hijo debía derivar a la madre una cierta elevación y preeminencia" (par. I).

2. RAZONES TEOLÓGICAS QUE FUNDAMENTAN LA REALEZA DE MARÍA. Agotada la antología de textos tomados de los padres, de los teólogos, de los papas, de la liturgia de oriente y occidente, la encíclica enumera los motivos doctrinales subyacentes de este coro de testimonios. Sustancialmente se reducen a dos.

a) Madre de Dios. Escribe Pío Xll: "El argumento principal sobre el que se fundamenta la dignidad real de María, ya evidente en los textos de la tradición antigua y en la sagrada liturgia, es, sin duda alguna, su divina maternidad. En la sagrada Escritura, en efecto, se afirma del Hijo que parirá la Virgen: "Será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente y su reino no tendrá fin" (Lc 1,32-33); además, María es proclamada "madre del Señor" (Lc 1,43). De lo cual se sigue lógicamente que ella es reina, pues ha dado la vida a un hijo que en el instante de su concepción era Rey y Señor de todas las cosas, incluso como hombre por la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo" (par. lll).

b) Socia del Redentor. El papa añade después: "Además debemos proclamar reina a la beatísima virgen María no sólo ya por su maternidad divina, sino también por la parte singular que tuvo, por voluntad de Dios, en la obra de nuestra salvación eterna" (par. lll). En apoyo de esta segunda razón teológica se aducen otros testimonios de la tradición, pero no se cita formalmente ningún texto bíblico. Se concede gran importancia a la unión estrechísima de María, que, como nueva Eva, fue asociada al nuevo Adán (Cristo) en la redención del género humano, se acentúa, en particular, la presencia de María junto a la cruz y la ofrenda que hizo del Hijo al eterno Padre en la hora del Gólgota: "... sacrificando juntamente el amor y los derechos maternos, como nueva Eva, por toda la posteridad de Adán, manchada por la caída" (par. lll, que cita la encíclica Mystici corporis). En fin, como derivación consiguiente del hecho de ser María socia del Redentor, la encíclica habla también de "una participación de aquel influjo con que su Hijo y Redentor nuestro se dice que reina sobre la mente y la voluntad de los hombres. Si, de hecho, el Verbo opera los milagros e infunde la gracia por medio de la humanidad que ha asumido, si se sirve de los sacramentos o de sus santos como instrumentos para la salvación de las almas, ¿por qué no podrá servirse del oficio y de la obra de su Madre santísima para distribuirnos los frutos de la redención?" (par. lll). Pero aquí no se cita ningún pasaje de la Escritura, salvo una alusión probable y vaga al Sal 44,10: "... Exaltada sobre todos los grados de los santos en el cielo estando a la diestra de su Hijo unigénito... " (cita de la Ineffabilis Deus).

Conclusión. Como resultado de los testimonios de la tradición, Pío Xll destaca los siguientes pasos bíblicos que prueban la maternidad real de María: Is 9,6, Ap 19,16, y sobre todo Lc 1,32.33.43. De la asociación de María a la obra de la salvación espiritual por voluntad de Dios se invoca el paralelismo Eva-María, con referencia privilegiada al sacrificio del Calvario. Ninguna referencia bíblica, en cambio, en lo que concierne a la participación de María en la realeza de Cristo para distribuirnos los frutos de la redención con ánimo realmente materno.

II. Ulteriores elaboraciones bíblicas sobre la realeza de María

Después de haber sintetizado la doctrina de la encíclica Ad caeli Reginam, veamos ahora otros posibles desarrollos en torno al mismo tema a partir de la Escritura. Indicaré las siguientes pistas de reflexión:

1. MATERNIDAD REAL DE MARÍA. Agrupamos en este apartado los textos de la biblia que remiten a María como madre del rey-mesías (Cristo).

a) La reina madre ("guebirâh") en el AT. Se ha observado justamente que en la tradición de la dinastía davídica solamente la reina-madre tiene un papel oficial, que comporta dignidad y poderes especiales. No así, en cambio, la reina-esposa, aunque fuese la preferida entre las mujeres y las concubinas del rey. Por otra parte, como ha demostrado Cazelles (cf Bibl.), el mismo fenómeno se encuentra en las culturas extrabíblicas del medio oriente.

La reina-madre es llamada guebirâh, término que significa dueña; en antítesis con sierva; y es paralelo a adôn (señor), que no tiene femenino en hebreo (cf 2Re 5,3; Is 24,2; Sal 123,2; Prov 30,23). Ella es mencionada casi regularmente en las listas de los reyes de Judá (constituyen excepción sólo Jorán, Acaz y Asá). Al contrario, en las del reino del norte (Israel) su nombre no es recordado, quizá por falta de una cierta estabilidad dinástica. En 2Re 10,13, Jezabel, reina del norte, es indicada como guebirâh: pero quienes hablan son los hijos de Ocozias, rey de Jada.

Para hacerse una idea del ascendiente de que gozaba la reina-madre se suele citar el caso de Betsabé. Cuando es la esposa predilecta de David, entra en la cámara del rey, arrodillándose y postrándose delante de él, llamándolo "rey, mi señor" (IRe I,15-21). Pero cuando se presenta a Salomón, su hijo, ya rey, para hablar a favor de Adonías, es Salomón quien se levanta para ir a su encuentro, se postra delante de ella y la hace sentarse en un trono a su diestra. Betsabé dice: "Tengo que pedirte una gracia; espero que no me la negarás". El rey responde: "Pide, madre mía, que no te rechazaré" (IRe 2,12-20). De un episodio como éste se deduce que la guebirah, con sensibilidad materna, presenta al rey las necesidades del pueblo.

De acuerdo con Jer 13,18, parece que también la reina-madre, como el rey, llevaba la diadema real. Durante las fiestas nupciales del hijo, parece que era ella la que le ponía sobre la cabeza la corona. Quizá a esta praxis hace alusión la oscura expresión del Cant 3,ll: "Salid, hijas de Sión, a contemplar al rey Salomón con la diadema con que le coronó su madre el día de sus bodas, el día de las delicias de su corazón". Y en el Sal 44,10 (que celebra las bodas de un rey) se lee: "A tu diestra está la reina (heb., segal) con oro de Ofir". ¿De quién se trata, de la reina-madre o de la reina-esposa? La interpretación es incierta. Hay quien entiende la voz sêgal como equivalente a guebirâh

b) Mt 1,22-23 (relectura de Is 7,14). En biblia hemos estudiado la reinterpretación mesiánica y mariológica que Mateo hace de Is 7,14. Aquí recuerdo simplemente el carácter real del pasaje de Mateo. Por una parte tenemos la almah, la joven esposa de Acaz, madre del Emmanuel, el rey Ezequías, cuyos nacimiento y reino aseguran la supervivencia de la dinastía davídica, entonces gravemente amenazada. Por otra parte tenemos a María, "la virgen", que, sin conocer varón, se convierte en madre de Cristo, rey mesías. El es el perfecto Emmanuel, el "Dios con nosotros" (Mt 1,23, cf 28,20), que garantiza la continuidad perenne de la nueva casa de David, la iglesia, contra toda potencia adversa (cf Mt 16,18).

c) Mt 2,11. "Entraron en la casa (los magos) y vieron al niño con María, su madre, y postrándose lo adoraron". La adoración de los magos, en el relato de Mateo, tiene sin lugar a dudas un carácter regio. En efecto, los magos fueron a Jerusalén preguntando: "¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?" (2,2). Tampoco desde este punto de vista carece de significado el hecho de que en el momento de la postración de aquellos personajes se recuerde al niño con su madre (v. 11). José, que también ocupa un papel de primer plano en Mt 1-2, casi desaparece. Quizá reaparezca aquí la tradición veterotestamentaria sobre la guebirah: ahora es María la reina-madre del recién nacido rey-mesías; sus rodillas son el trono natural donde se sienta la majestad real del niño.

Suponiendo que no se quiera pensar en otra hipótesis de investigación, sugerida por la liturgia. En efecto, la primera lectura de la fiesta de la Epifanía, que prepara el trozo evangélico de Mt 2,1-12, es la de Is 60,1-6. El texto de Isaías celebra la gloria de Jerusalén, reedificada sobre sus ruinas después del exilio en Babilonia. Con el retorno de sus hijos dentro de sus muros y con la peregrinación de los pueblos a su templo, Jerusalén se convierte en madre universal. Más aún, como la gloria de Yavé resplandece sobre ella, reyes y princesas —dice el profeta— "rostro en tierra se postrarán delante de ti y lamerán el polvo de tus pies" (Is 49,23), "inclinados vendrán hacia ti los hijos de tus opresores, a tus pies se postrarán todos los que te ultrajaban" (Is 60,14). Al mismo tiempo que el tema de Jerusalén, madre universal, los textos del judaísmo desarrollan el tema del mesías que reina en ella y al cual las naciones vendrán con dones desde los confines de la tierra para contemplar su gloria (Sal 44,13 en la versión griega de los Setenta, Salmos de Salomón 17,31; Targum, Sal 44,14...).

Mateo (aquí converge la hipótesis que sugerimos) es probable que transcriba en clave cristológica los dos motivos mencionados. En lugar de Jerusalén-madre, entra ahora María-madre, mientras el niño, su hijo, desempeña el oficio de rey mesiánico que recibe el homenaje de todas las gentes. Pero ya no es la vieja Jerusalén la que cuenta; ella, con sus jefes, ha rechazado al mesías (Mt 2,3; 23,37-38). El encuentro de los magos con Cristo acaece fuera de sus muros, tiene lugar en la casa de Belén, que podría figurar la iglesia. Cada vez que los pueblos, a semejanza de los magos, acuden a Cristo, encontrarán "al niño con María, su madre" (Mt 2,11). ¡María es indisociable de su Hijo!

d) Lc 1,32b-33. El ángel Gabriel revela a María la misión real del niño que ella va a concebir: "El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará por siempre sobre la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin" (ib). Hay concordancia en escuchar en estos versículos el eco de la célebre profecía de Natán a David, verdadera piedra angular del mesianismo davídico: "Yo [Yavé] haré surgir a tu linaje, después de ti, que saldrá de tus entrañas y afirmaré su reino... Yo afirmaré para siempre su trono real... Yo seré para él un padre y él será para mi un hijo... Tu casa y tu reino subsistirán por siempre ante mí, y tu trono se afirmará para siempre" (2Sam 7,12.13.14.16; cf ICrón 17,1 1-14)

En la misma longitud de onda hay que escuchar los oráculos mesiánicos de Is 9,6 ("... sobre el trono de David y sobre el reino que él viene a consolidar y reforzar... ahora y por siempre...") y Dan 7,14 ("Su poder es un poder eterno..., su reino no será jamás destruido").

e) Lc 1,43. Isabel exclama: "¿De dónde a mí que venga la madre de mi Señor a visitarme?" Se hace notar comúnmente que el título mi Señor es de naturaleza regia. Con mucha verosimilitud deriva del Sal 110, donde David (autor del salmo) llama justamente al rey "mi Señor". Y es bien sabido que el Sal 110 tuvo relecturas escatológico-mesiánicas, con una referencia privilegiada a la espera del rey-mesías (cf Mc 12,3537 Mt 22,41-46, Lc 20,41-44). Isabel, pues, saluda en María a la madre del rey-mesías, el rey que nacerá, y del que habló el ángel a María.

2. ASUNCIÓN Y REALEZA. Así como Jesús, con su resurrección, es entronizado a la diestra del Padre como rey mesiánico, así María, asunta al cielo, se sienta como reina al lado de su Hijo.

a) La resurrección de Cristo es también un acontecimiento real. Desatando las ataduras de la muerte, el Padre ha hecho sentar a Jesús a su derecha (He 2,33) y le ha constituido Señor-mesías (He 2,36).

En el AT el rey era ungido con aceite de fiesta y alegría, y de este rito tomaba el nombre de mesías, que significa "ungido de óleo". El aceite, que según los antiguos robustecía el organismo (de los atletas, p. ej.), era símbolo de la energía del Espíritu divino, que tomaba posesión del soberano neoelecto (ISam 10,1.6; y sobre todo 16,12-13). En el misterio pascual, el Padre transformó la humanidad de Jesús con la fuerza de aquel místico aceite de exultación que es el Espíritu Santo (Heb 1,9, que cita el Sal 44,8). Lo reveló como igual a sí en la gloria divina.

Si también el Hijo es Dios, consecuentemente también es creador del mundo; y por eso Dios-Padre puede decir a Dios-Hijo: "Desde antiguo tú fundaste la tierra, y los cielos son la obra de tus manos. Ellos perecen pero tú quedarás; todos como la ropa se desgastan..., pero tú siempre el mismo, no tienen fin tus años" (Sal 102,26-28, citado por Heb 1,10-12). En otras palabras: el dominio soberano del Resucitado dura siempre; su trono es estable por toda la eternidad (Sal 44,7, citado por Heb 1,8).

b) También la asunción inaugura para María el ejercicio pleno y efectivo de su función real. A partir de aquel día, la humanidad de la santísima Virgen está plenamente invadida por la gloria del Hijo resucitado. Ella se sienta a su diestra como reina (cf Sal 44,10) que ha llevado en su corazón y en su seno al rey de reyes.

3. REINA CON CRISTO. El Señor Jesús ha prometido asociar a su realeza a sus discípulos. Esto deberá entenderse a titulo especial de su madre.

a) Cristo comparte con nosotros su poder real. El hecho es cierto, como resulta de muchos lugares de la Escritura: "Si morimos con él, viviremos también con él; si con él sufrimos, con él también reinaremos" (2Tim 2,11-12). Éste es un grito de fe que Pablo, prisionero en Roma el año 67, lanza cuando ya la espada pende sobre su cabeza. ¡Es el testamento de un condenado a muerte! Pero la promesa arranca del mismo Jesús. Y de ella tenemos dos versiones. Ante todo la de Mateo y Lucas: "Vosotros, los que me habéis seguido, en la nueva creación, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, os sentaréis también sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel" (Mt 19,28); "Vosotros habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os voy a dar el reino como mi Padre me lo dio a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel" (Lc 22,28-30). Después está el testimonio del Apocalipsis (3,20-21), donde es Cristo resucitado el que habla así al ángel de la iglesia de Laodicea: "He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo. Al vencedor le daré que se siente conmigo en mi trono, como yo también he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono" (cf asimismo 2,26-28 y 19,1 1-16).

Dos clases de motivos se articulan en estas declaraciones promisorias. Primero: el seguimiento de Jesús (Mateo), la escucha de su voz, la victoria (Apocalipsis), la perseverancia en las pruebas (Lucas), hasta la muerte (Pablo). Segundo: la participación en el poder real de Cristo (Pablo); poder que él ha recibido de su Padre (Lucas y Apocalipsis) y que se extiende al nuevo Israel (Mateo y Lucas), al tiempo de la nueva creación (Mateo), la cual empezará con la pascua. De estas afirmaciones, tomadas conjuntamente, resulta evidente que el resucitado —siendo Dios, "no de los muertos, sino de los vivos" (cf Lc 20,38; Mc 12,27; Mt 22,32)— intenta unir a sí a la iglesia en el ejercicio de aquel dominio soberano que ha adquirido sobre toda la creación: hombres y cosmos.

b) En la santísima Virgen se cumplen a maravilla las condiciones para tener parte activa en la realeza de Cristo. Desde la anunciación a pentecostés abrazó el designio divino sobre su propia existencia, prestó oídos a la palabra de Dios, le siguió en las pruebas incluso hasta en la hora suprema de la inmolación. Ahora, por tanto, en comunión con toda la iglesia, consigue el premio de tanta fidelidad. Recurriendo a la imagen del Apocalipsis, diremos que Cristo hace sentar a su madre junto a sí, sobre su trono (Ap 3,21), haciéndola copartícipe de aquel divino poder que él tiene de someter a sí todas las cosas (cf Flp 3,21).

4. REALEZA EN EL ESPÍRITU. La realeza en Cristo se ejerce mediante el Espíritu Santo. Así en María.

a) Cristo exaltado a la derecha del Padre recibe del Padre el Espíritu que había prometido y lo derrama sobre todos (He 2,33.17). Después de pascua —atestigua la teología paulina— él ha sido "constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santificación" (Rm 1,4). Es decir: en el corazón de cada hombre obra ahora la fuerza divina del Espíritu enviado por Jesús como don pascual (cf Lc 24,49).

Y ¿qué es lo que obra el Espíritu? Su misión es abrir nuestro corazón a la verdad que el Padre nos ha revelado en Cristo (cf Jn 4,23: ¡adorar al Padre en Espíritu y en verdad!); hacérnosla recordar, para que aprendamos a entenderla y gustarla en todas sus implicaciones, presentes y futuras (Jn 14,26, 16,13). Tomado como de la mano por el Espíritu, el creyente es introducido en el nuevo orden de cosas, que brota de la muerte y resurrección del Señor 4. Escuchando la voz de Cristo, acogiendo la verdad que él ha venido a anunciar al mundo, el hombre entra a formar parte de su reino. Éste es el titulo de realeza que Jesús reconoció como suyo delante de Pilato: "Tú lo dices: yo soy rey; yo para eso nací y para eso vine al mundo: para dar testimonio de la verdad, todo el que es de la verdad escucha mi voz" (Jn 18,37).

Dando su vida con la muerte de cruz (aquí es donde está la cumbre de la verdad por él predicada), Cristo ofrece tal prueba de amor que hará brecha en cualquier persona de buen corazón: "Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mi. Decía esto indicando de qué muerte iba a morir" (Jn 12,32-33). Escribe Carlo M. Martini: "La salvación primera y fundamental que Cristo ofrece desde la diestra de Dios es la de nuestros pecados (He 2,38; 3,26; 5,31) y el don de un Espíritu (He 2,33), que vivifica desde dentro la iglesia, no regalando soluciones fáciles, sino empujándola al compromiso total y sacrificado según el ejemplo del Señor".

b) La realeza de María, por analogía con la de Cristo, se verifica también en el Espíritu Santo. Ahora que ella ha ingresado en la "nueva creación" (Mt 19,28), el Espíritu desarrolla al máximo la potencialidad unitiva que empuja a la madre hacia el Hijo. La Virgen no tiene otra voluntad que la de Cristo (cf Flp 2,5). En virtud, pues, de aquel mismo Espíritu que la hizo perfectamente conforme con Cristo su Señor, se convierte a su vez en canal de gracia. También ella —inmersa como está en Cristo— desea ardientemente que el fuego del divino amor (tal es el Espíritu de Dios) cree en todos un corazón nuevo (cf Ez 36,26-27; Sal 50,12; Lc 12,49). Y esto sucede cuando el hombre, bajo el impulso del Espíritu, hace espacio a la palabra de verdad que nos viene del Padre por medio de Jesús (Jn 4,23; 17,14.17).

5. REINA POR SER ESCLAVA. En el plan de Dios, que incluye de manera eminente a Cristo y a la Virgen hay una paradoja: reinar quiere decir servir y servir significa reinar.

a) Cristo se convierte en rey del hombre sirviendo al hombre hasta derramar por él su propia sangre (Flp 2,6-11). Tal es, y no otro, su derecho de conquista. Es un rey obrero (Mc 6,3; Mt 13,55); un rey que lava los pies (Jn 13,4-5), un soberano que rehúsa utilizar la violencia (Lc 9,51-55; Mt 26,52; 27,39-44...); es un maestro de justicia que (sobre todo en la pasión) odia la iniquidad, pero no a los inicuos (Sal 44,8, citado por Heb 1,8-9). De este tipo es la verdad predicada por él y vivida ejemplarmente en su propia vida.

El Padre responde a este rebajamiento del hijo y lo glorifica con la resurrección (Flp 2,8-9; Heb 1,9, que cita el Sal 44,7), lo entroniza a su derecha y somete a él a todos sus enemigos (Heb 1,13, que relee el Sal 110,1). Pero ¿qué enemigos puede tener Cristo sino los planes contrarios al amor y las consecuencias funestas que de ahí se derivan? La Escritura los identifica así: "todo principado, y toda potestad y fuerza" (ICor 15,24), el pecado (Heb 1,3; 9,13); el diablo (Heb 2,14), y la muerte (ICor 15,26). La victoria de Cristo sobre las fuerzas hostiles a su reino no tiene ningún aparato de prepotencia o militarismo. Está toda entera en esto: mediante la energía suave del Espíritu, que es Espíritu de libertad (2Cor 3,17), el Señor glorificado continúa despertando en el mundo la pasión por una vida informada por el don de sí, mientras disuelve los proyectos tenebrosos tramados por los egoísmos brutales de los individuos y de los grupos (cf Lc 1,5153: el Magnificat).

En este sentido debemos entender el veredicto que Cristo pronuncia sobre el maligno: "Ahora es cuando será juzgado este mundo, ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera" (Jn 12,31). "El cetro de tu reino es un cetro justo" (Heb 1,8, que aplica el Sal 44,7). De este juicio real aquí anunciado da testimonio también el Apocalipsis (19,11.12.15): "Aparece un caballo blanco. El jinete (Cristo resucitado) es llamado el Fiel, el Veraz, y juzga y combate con justicia... Sobre su cabeza lleva muchas diademas... De su boca sale una espada afilada [símbolo de la palabra de Dios] para herir a las naciones; él las regirá con vara de hierro..." Si esta imagen puede chocar por el tono belicoso, será preciso decodificarla pensando en el modo con que Jesús de hecho quitó el pecado del mundo: no con la fuerza salvaje del león, sino con la mansedumbre del Cordero de Dios (Jn 1,29.35-36).

En el hoy de la iglesia y del mundo, el Resucitado continúa viviendo en medio de nosotros "como aquel que sirve" (Lc 22,27). Sigue siendo el amo que a su regreso hace sentar con él a la mesa a los siervos vigilantes, se ciñe los vestidos y pasa a servirles (Lc 12,37).

b) María se convierte en madre del rey mesiánico porque se declara sierva del Señor (Lc 1,38). Y como Cristo resucitado es exaltado por haberse humillado como siervo paciente del Padre, así María es puesta en la parte del triunfo regio de su Hijo por haberle servido generosamente en la obra de la salvación.

Aunque reina en la gloria celeste la madre de Jesús no deja de servir al Hijo en los hijos. Persevera en el papel que ya desempeñó en Caná, en aquel "tercer día" (Jn 2,1) que preludiaba el "día tercero" de la resurrección. En la era de la nueva y eterna alianza, abierta con la pascua, la santísima Virgen es siempre la que da a cada uno la saludable recomendación: "Haced lo que él os diga" (Jn 2,5). Obedeciendo a esa invitación, podremos sentarnos a la mesa del reino con el vestido nupcial (Mt 22,2.11-12) de lino esplendente, que simboliza las obras de los santos (Ap 19,8).

El Vat II actualiza esta doctrina escribiendo: "Asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada" (LG 62).

Conclusión. La iglesia está conmovida por el ejemplo de María: reina gloriosa que reina con Cristo, en virtud del Espíritu, en premio de su servicio y como continuación del mismo "hasta la consumación perpetua de todos los elegidos" (LC 62).

Nos complace transcribir aquí la exhortación que Juan Pablo II hacía en CastelGandolfo, el 23 de agosto de 1981, en la oración del Angelus: "Fijando la mirada en el misterio de la asunción de María, de su coronación en la gloria, aprendemos cotidianamente a servir. Servir a Dios en nuestros hermanos. Expresar en actitud de servicio la "realeza" de nuestra vocación cristiana, en cada estado o profesión, en todo lugar y en todo tiempo. Traducir en la realidad cotidiana mediante tal actitud de servicio la petición venga tu reino que elevamos todos los días en la oración del Señor al Padre".

Justamente aquí está el sentido de nuestra realeza como pueblo de Dios: dominar a las criaturas y gobernar el mundo, pero con "santidad y justicia" (Sab 9,2; cf Gén 1,28). Somos empujados una vez más a la sabiduría inaudita del misterio pascual: Cristo llega a ser rey del universo perdiendo su propia vida. ¿Qué decir entonces de nuestra técnica, de la cultura, de los afectos y del dinero? Serán nuestros en la medida en que —en nombre del Señor Jesús y a imitación de su madre— sepamos convertirlos en instrumentos de donación, de comunión...

Adquiere plena actualidad la advertencia de Pablo, exhortando a que nadie se gloríe en los hombres: "Todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es vuestro; vosotros sois de Cristo, y Cristo, de Dios"(lCor 3,21-23). 

A. SERRA

continúa MARÍA REINA


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