EL CAMINO DE LA BELLEZA

PARA ACCEDER A MARÍA

 

I. El misterio de la belleza

BUENO-BELLO-VERO: La belleza se contempla, no se define. Más que la palabra, le conviene el silencio. Tan sólo nos podemos acercar a ella por aproximaciones. La belleza no soporta ni siquiera parangones. Hay una primacía de la belleza con la que se compagina también lo bueno y lo verdadero. Por eso, según la filosofía perenne, verum, bonum et pulchrum convertuntur.

No es casualidad que cuando una persona descubre una verdad, lleno de asombro exclame: "¡Qué hermoso!" Así ocurre cuando uno se encuentra ante una puesta de sol como ante una teofanía; así ocurre ante un gesto de perdón por obra del amor.

"¡El misterio de la belleza! Hasta que la verdad y el bien no se han convertido en belleza, la verdad y el bien parecen permanecer de alguna manera extraños al hombre, se le imponen desde fuera; el hombre se adhiere a ellos, pero no los posee; exigen de él una obediencia que en cierto modo lo mortifica. Cuando realmente ha conseguido la verdad y el bien en una posesión plena y pacífica, entonces toda mortificación y todo esfuerzo desaparecen; entonces todo su ser, toda su vida no son más que un testimonio, una revelación de la perfección alcanzada. Este testimonio y esta revelación es precisamente la belleza.

Perfección, plenitud, armonía; posesión del bien y de la gloria; participación y revelación del ser: todo esto son señales en el camino de lo bello, momentos a su vez de belleza. Más que el poder, más que la riqueza, más que el mismo amor.

El arte, finalmente, no es más que el gesto de captar el momento supremo de la belleza para exteriorizarlo en la forma: es ese instante deslumbrador, instante de eternidad captado a través de la figura y de la imagen. Como para Francisco herido por el serafín, que se pone a cantar; como para el éxtasis de Teresa. Es aquel infinito de Leopardi, alcanzado a través de la superación de la valla: poesía como exaltación de otro naufragio en otro Infinito: "¡Oh luz eterna que sola en ti moras, / sola te miras y te entiendes sola / y entendiéndote te amas y sonríes!" (D. Alighieri, La divina comedia, Paradiso XXXIII, 124-126)

Se trata siempre de un único naufragar. Como cuando la Virgen compuso su Magnificat, haciéndose voz de toda la creación y de la historia del hombre, poniéndose a danzar de gozo en "Dios su salvador".

"Ciertamente, mientras vivimos, la verdad y el bien no serán nunca para el hombre una posesión pacífica; él tenderá siempre hacia adelante, ya que la verdad y el bien seguirán siendo para él una norma que exigirá una continua obediencia, y una meta que exigirá un caminar continuo. De aquí se deriva, en el orden actual, la primacía de la moral y de la investigación filosófica por encima del arte. Esta primacía es propia de la condición presente del hombre peregrino. La primacía última y definitiva le corresponderá finalmente a la belleza.

Es decir, una vez más el viaje terminará en el puerto último de la visión beatifica. Porque Dios es la misma belleza. Y no sólo eso, sino que no existe nada bello que no venga de Dios y que no sea divino. Y si la estética, de suyo, indica experiencia de lo bello, hace pensar que Dios mismo es experimentable; y que también la sensibilidad está llamada, junto con el entendimiento, al mismo goce de lo bello. Esto es lo que puede significar el deseo paulino de tener "el sentido de Dios": sentido y apetito de la belleza; y por parte de Dios el sentido del hombre (Cristo, obra maestra de la creación, el más hermoso de los hijos de los hombres). De aquí es posible deducir los sentidos amorosos entre Dios y la criatura; nace aquí el misterio de la vida interior, la belleza de las relaciones íntimas. La vida espiritual no es más que un poema de belleza que hay que vivir con Dios: estado de gracia, estado de belleza.

"En esta belleza el hombre no rinde únicamente el testimonio puro de una perfección personal que él haya alcanzado ya, sino que naturalmente se ordena a los demás y al mismo tiempo los atrae, ya que la belleza es condición de amor; así, para la belleza, todo tiende a la unidad mediante el amor" (D. Barsotti).

BELLEZA/FIN-DE-TODO: La verdad y el bien no bastan para crear una cultura, ya que no parecen suficientes por sí solos para crear una comunión, una unidad de vida entre los hombres. Y puesto que la cultura es expresión misma de un desarrollo individual, de una cierta perfección ya alcanzada, se deduce que la cultura parece expresarse en su grado más alto en la belleza. La belleza es el fin de todas las cosas.

Es un mal muy serio separar la realidad del bien de la realidad de la belleza; sería como exponerse por un lado a las degeneraciones de un moralismo y, por tanto, a la falsedad, y por otro a la tentación de formulismos vacíos, al hechizo de la nada (la affascinatio nugocitatis de las sagradas Escrituras). Podríamos decir que de aquí parten las dos laderas opuestas entre si: la de lo religioso y la de lo ateo. Por el contrario, incluso en la biblia, las obras buenas se designan como kalá érga y toda criatura es llamada kalón; y también las perlas preciosas del evangelio son llamadas margarítai kaloí.

Kalós es aquel que es hermoso de aspecto, de forma y, por tanto, de esencia. De ahí la identidad entre forma y contenido. Para Platón lo bello es la idea central del mundo y de la vida; idea que es una sola cosa con lo divino. No es únicamente una emanación del bien, sino la otra forma del bien: todo bien es belleza. Bajo este aspecto nadie podría comprender mejor que un griego a la Virgen-madre. Lo bello representa siempre la idea ejemplar. Sócrates decía: `'Concededme el llegar a ser bello por dentro". Para el griego el fundamento de la paideía consiste en "el hambre del alma por la belleza".

"¡Animo! ¡Que cada uno se haga deiforme y bello, si intenta contemplar a Dios y la belleza!" EI mundo tiene que hacerse según la idea eterna del kalón; esto es, forma en continuo devenir del ser eterno, creación como expresión continua de la infinita belleza de Dios. El término original bíblico para indicar el estado de perfección de las cosas es kalós. Es lo que indica la expresión: "Dios vio que todas las cosas eran bellas".

Ahora se comprende cómo la Virgen puede representar verdaderamente el camino de la belleza, el camino más seguro para llegar a Dios y al misterio de las cosas: ella, la madre de la belleza, la que dio cuerpo al esplendor de la luz eterna, al candor sin mancha, a la imagen substancial del Dios invisible. María es verdaderamente la creación que "irradia la luz del Espíritu Santo" y con su belleza aúna y expresa todos los bienes verdaderos del alma humana. ·Turoldo-D-M

II. El camino de la belleza para acceder a María

El camino de la belleza fue indicado por Pablo Vl (16 mayo 1975) a los participantes en el Congreso mariológico-mariano internacional como un modo adecuado para presentar a María al pueblo de Dios. "En este sentido se pueden seguir dos caminos. En primer lugar, el camino de la verdad, es decir, el de la especulación biblico-histórico-teológica, que concierne a la colocación exacta de María en el misterio de Cristo y de la iglesia: es el camino de los doctos, el que seguís vosotros, ciertamente necesario y del que saca provecho la doctrina mariológica. Pero además de éste hay otro camino accesible a todos, incluso a las almas sencillas: es el camino de la belleza, al que nos conduce finalmente la doctrina misteriosa, maravillosa y estupenda que constituye el tema del congreso mariano: María y el Espíritu Santo. Efectivamente, María es la criatura tota pulchra; es el speculum sine macula; es el ideal supremo de perfección que en todo momento han intentado reproducir los artistas en sus obras; es "la mujer vestida de sol" (Ap/12/01), en la que los rayos purísimos de la belleza humana se encuentran con los sobrehumanos, pero accesibles, de la belleza sobrenatural".

En estas palabras de Pablo Vl distinguimos un triple problema que tiene que arrostrar el camino de la belleza en lo que concierne a María: el metodológico, relativo a la investigación en el terreno de la mariología, el de contenido, que tiene la tarea de precisar el sentido de la belleza de María; el cibernético, con vistas a una comunicación artística del mensaje mariano.

1. APROXIMACIÓN ESTÉTICA AL MISTERIO DE MARÍA.

La reflexión lógico-racional (la vía veritatis) constituye un medio indispensable para profundizar en los misterios de la salvación y captar su vinculación orgánica (OT 16). La comprensión de la revelación —recuerda el Vat II— crece también "con la reflexión y el estudio de los creyentes" (DV 8). Aplicada al misterio de María, la especulación ha logrado aclarar muchos aspectos, haciendo que progrese la doctrina mariológica. Sobre todo a partir de la época tridentina se han sistematizado científicamente los datos bíblicos y tradicionales relativos a María en un todo orgánico: el tratado de mariología. La prevalencia del método deductivo, basado en el silogismo, si es verdad que ha conferido al estudio de María un carácter de lógica interna, ha hecho también que la mariología hablase casi solamente a la inteligencia, sin interpelar a las otras facultades humanas.

Consecuencia de la primacía y hasta del monopolio de la razón es la represión y la devaluación del proceso intuitivo, artístico y simbólico en la teología y en la mariología. La actitud admirativa quedó relegada todo lo más a la devoción; la expresión artística se valoró en algunas ocasiones, pero sólo como acto de culto o como testimonio en favor de una verdad; el lenguaje simbólico fue considerado como un juego fantástico, capaz únicamente de ofrecer una imagen deformada de la realidad. Ha llegado la hora de superar los excesos del racionalismo, aunque asumiendo la racionalidad critica, y de emprender el camino de la belleza, o sea, de recurrir a la aproximación estética para acceder a las realidades teológicas, entre las que se coloca la virgen María.

Desde el punto de vista metodológico, el camino de la belleza aplicado a la mariología implica el uso de procedimientos de diversos tipos, concordes todos ellos en la valoración de unas estructuras no argumentativas, aunque ligadas a la belleza y al arte.

a) La estética teológica. Le corresponde a H. Urs von Balthasar el mérito de haber replanteado y valorado la categoría de lo bello en la interpretación del mensaje cristiano. La estética teológica desarrolla un doble papel: descubrir a Dios que se revela a través de la experiencia sensible (aísthesis = sensación) y dejarse atraer por el esplendor de su gloria en una admiración no utilitarista. Convencido de la importancia de la mariología en una estética teológica, Von Balthasar subraya la experiencia materno-espiritual realizada por María en relación con Jesús cuando lo tuvo en su seno; aquel contacto corporal, que se dilatará luego en visión y en acogida de su palabra, tiene para la iglesia un valor de arquetipo, ya que también ella tiene que llevar a cabo una experiencia maternal, misteriosa y comprometedora, antes de ver y de oir a Cristo su esposo. El procedimiento estético se aplica en María, persona concreta que cierra el camino a la atracción raciocinante, siempre que ésta pierde el contacto con la individualidad histórica de ella.

El esplendor y la belleza intangible, realizada por el artífice divino en María, se intuyen como en una obra de arte, es decir, en la forma sensible. Lo que en ella resplandece es la disponibilidad activa, que pronuncia el sí perfecto de la fe, ofreciendo un paradigma ideal a la iglesia cristiforme: María es el esplendor de la iglesia.

Las indicaciones de Von Balthasar invitan al teólogo a hacer mariología valorando la percepción sensible (estética), bien como experiencia de Dios a la luz de María o bien como referencia vibrante de admiración a la figura de la Virgen madre, en la que brilla la gloria de Dios sin anular su consistencia histórica.

Hacer personal la experiencia cristiana como acogida plena de Dios por parte del ser humano en sus elementos espiritual y corporal, captar la belleza de María y dejarse interpelar por su atractivo de forma gratuita y desinteresada: éstas son sustancialmente las interpelaciones de la teología estética. Sobre esta base el mariólogo no es solamente la persona que reflexiona sistemáticamente sobre los datos marianos y ofrece una síntesis orgánica racional de los mismos, sino ante todo el mistagogo que sintoniza con la experiencia religiosa de María y transmite el esplendor y el significado de su persona a todos los que son capaces de asombro y de contemplación. La teología estética aplicada a la mariología desaconseja toda construcción abstracta y puramente silogística, recordando que María no es un principio metafísico, ni una pura función o una simple idea, es una persona humana, densa en significado propio en y a través de su dimensión histórica, biológica, existencial.

b) El pensamiento simbólico. SIMBOLO/CON-REALIDAD: Como reacción contra el ciencismo positivista y el racionalismo descubrimos que "el pensar simbólico no es haber exclusivo del niño, del poeta o del desequilibrado. Es consustancial al ser humano; precede al lenguaje y a la razón discursiva. El símbolo revela ciertos aspectos de la realidad —los más profundos— que se niegan a cualquier otro medio de conocimiento". La actividad simbolo-genética surge de la exigencia de expresar un conocimiento intuitivo y emocional, es decir, una experiencia interior, de realidades que no pueden alcanzarse con la razón únicamente. Más aún, el símbolo nace de la necesidad del hombre de recuperar su origen y de integrarse con el todo. Une (sym-bállo) lo visible y lo invisible, remitiendo a lo que no se conoce y al misterio del ser intuido; es la epifanía del significado inaccesible. Si por símbolo entendemos, por consiguiente, "cualquier signo concreto que evoque por medio de una relación natural algo ausente o imposible de percibir" (Lalande), entonces se comprende cómo constituye "una manera legitima de expresar el significado trascendente de María...

Es otro camino de aproximación a la realidad y al misterio de María... El concepto es insuficiente, el protocolo es frío; se necesita el colorido, la imagen y los símbolos. Sólo ellos expresan adecuadamente y de forma definitivamente importante lo que tanto interesa al hombre. Lo mismo ocurre con la mariología simbólica. Constituye el corazón de la teología mariana, ya que allí aparece lo teológico de la teología. Está claro que la vía simbólica, dominio privilegiado de la poesía y del arte, confiere a la mariología un calor y una concreción que le faltan a la construcción meramente racional. Al mariólogo le incumbe la tarea de valorar la inmensa tradición simbólica de la teología mariana, desde las primeras intuiciones de María como nueva Eva hasta la tipología adoptada por el Vat II, que ve en ella la imagen escatológica de la iglesia. Se trata de clasificar los símbolos marianos, de decodificarlos en su significado original sobre la base de principios hermenéuticos, de captarlos en su carácter intencional de apertura a la realidad del misterio de María. Pero puesto que el simbolismo surge de una experiencia interior y constituye una vía de acceso a los aspectos más profundos del ser, el mariólogo no puede dispensarse de formarse una conciencia poética y orante, que sepa captar en el símbolo mariano el misterio de la Virgen de forma que pueda presentarlo en su propio tiempo. La ciencia mariológica deja la construcción de despacho y biblioteca para transformarse ante todo en testimonio de todo lo que se vive y se siente con una vibración interior sobre la persona de María en su esplendor y en su significado.

c) La tradición artística. Si se ha puesto de relieve la aportación de María al mundo de lo bello, hay que valorar igualmente la aportación de lo bello con vistas a una síntesis mariológica. Pues bien, las expresiones artísticas sienten una clara preferencia por María, que "inspiró las formas arquitectónicas más altas, los versos más conmovedores y las obras pictóricas más bellas del mundo". La tradición artística mariana aparece a menudo como acto de culto o como un homenaje hacia aquella a la que han de llamar dichosa todas las generaciones (cf Lc 1,48); pero tiene que analizarse como expresión de fe y como simbolismo cultural de un periodo determinado o de un autor particular. De este modo tendríamos el rostro de María en la interpretación de los artistas de todos los siglos con sus múltiples variaciones, involuciones y profundizamientos. Hay quienes prevén en ese estudio la aparición de auténticos valores, así como de "formidables desviaciones o herejías", que han atravesado el arte cristiano a través de los siglos, por ejemplo la invasión del paganismo en el renacimiento. Nosotros creemos que la función principal de las expresiones artísticas marianas es hacer más plausible la imagen de la Virgen que nos ha transmitido la reflexión mariológica en las diversas épocas culturales, añadiéndole los datos intuidos por los poetas, los literatos, los pintores, los escultores, los arquitectos y los músicos. Es un terreno muy amplio que está esperando una hermenéutica en función teológica.

ICONO/FINALIDAD: El tema de los iconos asume un tono distinto ya que en la concepción oriental tienen una originalidad que trasciende el nivel artístico; son espacio en donde se manifiesta el Infinito, reconstrucción de la verdad del hombre, imágenes que llevan al reconocimiento de la presencia de lo divino, lugar de encuentro entre la experiencia estética y la religiosa. Más aún, los iconos cumplen un ministerio de protección, de curación de elevación y de transformación moral. La tradición iconográfica mariana, tan rica en su tipología y en sus coloridos y elementos simbólicos, representa un anuncio teológico sobre la realidad de la madre de Dios en su santidad y en su función en la historia de la salvación. Se trata de un camino artistico-visivo, paralelo a la palabra, el icono muestra lo que la palabra demuestra, pero lo hace de forma más concreta, más adecuada al pueblo y también más envolvente, ya que su finalidad es la de transformar al hombre en doxología, en imagen viva de la gloria divina.

2. UNA BELLEZA LLAMADA MARÍA. La biblia reconoce a Dios como "autor de la belleza"

(/Sb/13/03) y describe la "hermosura de las criaturas" (13,5). En particular el salmo 45 canta al rey como "el más bello de los hombres" y a la reina "llena de esplendor", en versículos que serán aplicados por los padres a Cristo y a María (/SAL/044/03/15). El tema de la belleza es predominante en el Cantar de los cantares, que elogia no solamente al amado, sino a la esposa, de la que se dice: "Toda hermosa eres... en ti no hay mancha alguna" (Ct/04/07), versículo que será utilizado para la liturgia de la Inmaculada. El AT reconoce la belleza de David (I Re 16,12) y de algunas mujeres: Noemí (Rut 1,20), Susana (Dan 13,2), Judit (Jdt 16,1 1), Ester (Est 2,15); no así el NT, que guarda más bien silencio sobre la belleza de Jesús y de su madre. En conclusión, para la biblia la belleza "es la característica de lo que está en su lugar debido y realiza su función; es el efecto constatable de una riqueza interior de poder de vida". Los valores humanos y religiosos tienen por tanto la primacía ya que sin ellos "vana es la sabiduría" (Prov 31,30).

Frente al silencio bíblico sobre la belleza física de la madre de Jesús algunos, con san Agustín, han afirmado sin reparos: "No conocemos el rostro de la virgen María". Otros, por el contrario, han querido colmar la laguna bíblica afirmando en general que la belleza convenía a María en cuanto que "la misma belleza del cuerpo —decía san Ambrosio— fue una imagen del alma, una figura de su probidad". Más aún posteriormente, Venancio Fortunato (+ h. 601), Andrés de Creta (+ h 740) y el monje Epifanio (+ comienzos del s. IX) llegaron a una descripción detallada de las facciones de María, totalmente similares a las de Cristo. En el s. XI escribirá Cedreno: "María era de estatura media, morena, con los cabellos rubios, ojos castaños de tamaño mediano, nariz mediana, manos y dedos largos".

Toda la tradición iconográfica occidental ha expresado con ricas variantes la belleza física de María, mientras que la oriental ha ofrecido en sus iconos más bien su belleza mística. Más aún, mientras que el arte mariano occidental se ha visto amenazado por el naturalismo, el arrianismo y el nestorianismo, en cuanto que prevalece en él el aspecto humano, el arte oriental acentúa la gracia y la santidad de María, a veces en detrimento de su belleza física.

En este sentido es significativa la doble experiencia que tuvo Bulgakov en Dresde ante la Madonna Sixtina, de Rafael, antes y después de su conversión. En 1898, cuando se encontró por primera vez delante de aquel cuadro, tuvo una impresión desconcertante que él mismo describe con estas palabras: "Allí; los ojos de la reina de los cielos, que sube al cielo con su divino Hijo, me estaban mirando. Había en aquellos ojos una fuerza infinita de pureza y de inmolación voluntaria... Perdí los sentidos, me giraba la cabeza; de mis ojos brotaban lágrimas dulces y amargas al mismo tiempo, que hicieron licuarse el hielo de mi corazón; era como si se me desatara de pronto un nudo vital. No se trataba de una turbación estética; no, era un encuentro, un nuevo conocimiento, un milagro. Llamaba a esta contemplación una plegaria (era entonces marxista)..." Más tarde, en 1923, después de su conversión y de su visión teológica sofiánica, contemplando una vez más en Dresde la Madonna de Rafael, su corazón permaneció insensible: "Una cosa quedó clara para mi desde la primera mirada que le dirigí: aquélla no era una imagen de la madre de Dios, de la purísima siempre Virgen; no era un icono. Era una pintura, obra de un genio sobrehumano, pero de un significado y de un contenido muy distinto del icono. Era la suprema revelación del carácter femenino del don de si, pero humano, solamente humano... Precisamente por eso todo naturalismo en la representación de María carecerá de fuerza, será engañador y mentiroso, por muy alto y perfecto que pueda ser. A la luz de esta relación aparece la deslumbradora sabiduría del icono ortodoxo. Sentí y comprendí con claridad que fueron precisamente esos iconos los que me habían hecho perder el gusto de Rafael y de toda la pintura naturalista".

La experiencia de Bulgakov nos mueve a preguntarnos en qué consiste la verdadera belleza de María. Su indicación nos orienta hacia la coexistencia entre la humanidad y el misterio, entre la expresión artística y el contenido histórico-salvifico, entre la inmanencia en el espacio material y la trascendencia de significado. La ruptura de este equilibrio lleva a un chato naturalismo o a la kénosis del signo, que teológicamente se traducen en monofisismo con acentuación nestoriana o docetista.

La misma exigencia de superación del plano meramente físico determina el concepto de belleza. Entre el dogmatismo, que llega a especificar los cánones de la belleza objetiva, y el subjetivismo, para el que lo bello se reduce a la percepción feliz, la posición media asegura que hay que conjugar el placer estético con la calidad del objeto. Desde el punto de vista objetivo, es potencialmente bello y capaz de suscitar un placer desinteresado el ser rico en valor y en significado. Por tanto, "la belleza es la virtud del objeto sensible y significante, en que el ser se identifica con el valor... Es la perfección de una existencia sensible y significativa"'.

En esta perspectiva la belleza de María es evidente, en cuanto que su ser es sumamente rico en valores y está abierto a un ancho horizonte de significados. Como afirma H.U. von Balthasar, también en el plano natural "la imagen de María es inatacable; para los mismos incrédulos tiene el valor de una belleza intangible, incluso cuando se la comprende no como una imagen de fe, sino sólo como un símbolo augusto y de un alcance simplemente humano". La concentración en María de la virginidad y de la maternidad, de la gracia y de la gloria, aun en la concreción histórica de su vida sencilla y pobre, hacen de ella una síntesis sublime de todos los ideales más puros de la creación. En ella se apagan los deseos de un mundo más bello y utópico, de un retorno al paraíso primordial, así como los anhelos por una mística armonía con el cosmos simbolizada por la condición del niño en el seno materno.

La belleza de María se niega a una reducción naturalista, ya que implica siempre el dato de fe que le confiere significado, incluso en el plano cultural. En esta línea se movieron los padres de la iglesia desde san Ambrosio, que alaba el esplendor moral de "aquella que fue elegida por el mismo Esplendor"' hasta san Juan Damasceno, que llama a María "toda hermosa, totalmente cercana a Dios"; así como los escritores eclesiásticos que a lo largo de los siglos cristianos han escrito sobre las excelencias de María. La búsqueda de una síntesis se encuentra en Pablo Vl, que describe a María como "la mujer vestida de sol, en la que los rayos purísimos de la belleza humana se encuentran con los sobrehumanos, pero accesibles, de la belleza sobrenatural"; más aún, el mismo Pablo Vl descubre el secreto de la belleza intacta de la Virgen en la presencia operante en ella del Espíritu Santo: "María es la llena de gracia, rodeada por el Espíritu Santo... Es realmente un gozo para el mundo, una obra maestra divina de la antropología humana". También para Juan Pablo II "esa belleza insólita que lleva por nombre María..." es densa de misterio, ya que "es plenamente conocida tan sólo por Dios pero... al mismo tiempo le dice mucho al hombre".

M/OBRA-DE-ARTE: Por consiguiente, un discurso teológico o una obra de arte que intenten captar la belleza de María tienen que expresar el misterio de su ser y de su misión, recibir intuitivamente su luminosidad y su significado. María se presentará como "el esplendor de la iglesia", el reflejo de la gloria de Dios en una criatura, "el prototipo de lo que el Ars Dei puede hacer con el barro humano que no se opone a sus proyectos". El camino de la belleza desemboca en la ontología del valor y del significado de María para los hombres y los creyentes de las diversas generaciones. Efectivamente, la Virgen "posee una identidad estético-teológica que nunca se había conocido anteriormente: una mujer cuyo esplendor humanamente radiante es instituido como fundador de una humanidad a la que se le ha prometido el esplendor de una irradiación mesiánica... María, al mismo tiempo obra y artista, invita a partir de ella misma como sujeto y no ya como objeto".

3. BELLEZA DE MARÍA Y SALVACIÓN DEL MUNDO. Si vale la pena insistir en la belleza de María en el anuncio de su misterio, ¿se infiere que hay que seguir el camino de la belleza, incluso en los medios expresivos de comunicación? En otras palabras, ¿es oportuno recurrir a las diversas formas del arte (pintura, música, teatro, cine, etc.) para transmitir los contenidos marianos en su dinamismo salvífico? ¿Conviene transmitir la belleza de María a través de instrumentos artísticos, es decir, bellos?

ARTE/FUNCION: La respuesta depende de la solución del viejo problema sobre la función del arte. Platón se mostró vacilante, condenando unas veces el arte como copia de lo visible y anclado al mundo material, y haciendo otras veces su elogio en cuanto que es acogida de las musas y capacidad de hacer vislumbrar el verdadero mundo de los valores. A lo largo de los siglos, incluso dentro del cristianismo después de la dramática lucha iconoclasta (s. VIII), ha prevalecido la visión positiva de las expresiones artísticas en su función catártica, didascálica y mistagógica. Hoy, en nuestra sociedad de consumo, nos damos cuenta de que "tanto la belleza de la naturaleza como la del ambiente cultural creado por el hombre son manifiestamente necesarias para mantener al hombre psíquica y espiritualmente sano. La total ceguera psíquica frente a la belleza en todas sus formas, que hoy se extiende tan rápidamente por todas partes, constituye una enfermedad mental que no hemos de infravalorar...". Más aún, con una frase célebre ha afirmado Dostoyevski que "la belleza salvará al mundo"; pero lo dijo en un contexto problemático, en donde admitía que "la belleza es un enigma" y que por tanto hay que plantearse antes el problema de cuál es la belleza que salvará al mundo.

Soltzenitzyn es del parecer que "toda obra maestra auténtica tiene una fuerza de convicción absolutamente irresistible y acaba subyugando a los corazones más rebeldes". El arte es un persuasor oculto, capaz de sacudir las conciencias amodorradas y de suscitar el gozo y el heroísmo; por eso, cuando transporta consigo contenidos marianos, posee la eficacia de despertar los corazones al reconocimiento de los valores encarnados en María. La función crítica, anamnésica y proléptica del arte encuentra su campo de aplicación en todo lo que afecta a María; las expresiones artísticas marianas, cuando alcanzan cierto nivel de calidad, sirven de crítica a la vivencia eclesial, recuerdan los aspectos olvidados y anticipan las verdades que serán luego universalmente reconocidas.

Para Evdokimov salvará al mundo aquella belleza redimida que surge del Espíritu y que está emparentada con las realidades últimas; esa belleza lleva a cabo una coincidencia entre la experiencia estética y la religiosa: "La belleza que salva al mundo se sitúa en la realidad de que nos habla la oración que Dionisio el pseudo-Areopagita dirige a la Theotókos: 'Deseo que tu imagen se refleje en el espejo de las almas y las conserve puras hasta el final de los siglos, que levante a los que están inclinados hacia la tierra y que dé esperanza a los que consideran e imitan el modelo eterno de la belleza...' Es aquí donde la fórmula la belleza salvará al mundo recibe su verdadera significación. Es la fuerza de curación que emana de Cristo, el gran sanador; 'habiendo restablecido la imagen contaminada en su dignidad original, la une con la belleza divina'; esa fuerza emana igualmente de todo icono que el ritual llama milagroso en su ministerio de proyección y de curación".

La ruptura entre la cultura actual y el evangelio es quizá la causa principal de la ausencia de auténticas representaciones u obras de arte marianas en nuestro tiempo. Al faltar una experiencia profundamente religiosa, muchas de las expresiones artísticas que tienen un tema mariano se parecen mucho a estudios o ejercicios motivados por la referencia a María, más bien que a creaciones inspiradas, capaces de captar las profundidades de su misterio y al mismo tiempo las pulsaciones de la vida contemporánea. De manera semejante, cuando falta el acuerdo con la profundidad y la totalidad del ser, a través de la genialidad profética y de la fantasía creadora, el arte religioso mariano cae en el Kitsch o en la oleografía devocional, a menudo lánguida y sentimental.

Por tanto, es preciso invocar y promover dentro de la iglesia una seria iniciación cristiana de los artistas, de tal manera que puedan asimilar y vivir todo el misterio salvífico, que comprende también a la persona de María con su función única y determinante. De esta experiencia cristiana y mariana surgirán los nuevos artistas que, como en otros tiempos Dante o Jacopone da Todi, interpretarán con el hechizo de la poesía (o de las demás artes) la vida siempre significativa de María, la madre de Jesús.

Después de Péguy y de Claudel ha dado también una buena prueba de ello Giovanni Testori con su obra de teatro Interrogatorio a María representada en iglesias llenas de jóvenes. En el diálogo entre el coro y María, el autor, reconquistado para la fe, "desarrolla en un plan armonioso una mariología existencial sintética y sustanciosa, iluminada por la biblia y llevada a cabo con una aguda reflexión... Toda esta riqueza mariológica no se presenta como una letanía de títulos laudatorios sino que brota de la figura de María, que actúa y habla en la acción escénica... No estamos ante una teología de lo abstracto, ni ante una mariología entusiasta y desencarnada. Aquí está Dios-con-nosotros, como uno de nosotros, en medio de nosotros con su madre, siempre unida al HiJo, nuestra hermana hecha de carne, pobre y terrenal, cargada de experiencia dolorosa y temblando de amor desbordante".

Por boca de María el dramaturgo se transforma en poeta, que denuncia injusticias y delitos de la humanidad, ya "en el limite de su destrucción total", y enciende la llama de la esperanza señalando la última playa de salvación en la entrega total a Cristo ("... ¡pero hay que darse a él!; / ¡vivir en él y de él, fiarse de él!"). Con este ejemplo de teatro de contenido mariano Testori muestra la eficacia de la "vía pulchritudinis" para representar la figura de María de tal forma que se sienta afectado el oyente y se transforme en actor del drama vital del cristianismo, que se actualiza en todo tiempo.

La comunicación del mensaje cristiano sobre María de forma artística es un camino privilegiado y eficaz; servirá para hacer resaltar la belleza del plan divino de salvación en la figura de María, microcosmos de la iglesia, y la imprimirá no ya en el hábil raciocinio, sino en todas las facultades del hombre, provocando una experiencia vital, transformadora e imborrable. De la belleza de María, siguiendo la linea sapiencial (Sab 13,5), nos elevaremos al reconocimiento del autor mismo de la belleza.

S. DE FIORES
DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 290-299