Humildad
EnciCato
La palabra humildad significa modestia o sumisión y deriva del latín humilitas
o, como dice Santo Tomás, de humus: la tierra debajo nuestro. Aplicada a
personas y cosas designa aquello despreciable, innoble o de condición pobre; en
lenguaje corriente, algo de poco valor. Así decimos que un hombre es de origen
humilde o que una casa es una vivienda humilde. Restringido a personas, se
entiende humildad en el sentido de aflicciones o padecimientos que pueden ser
causados por agentes externos, como cuando un hombre humilla a otro provocándole
pena o sufrimiento. Es en este sentido que los demás pueden infligirnos
humillaciones y someternos a ellas. Humildad, en un sentido más elevado y ético,
es aquello por lo que un hombre tiene una modesta apreciación de su propio valor
y se somete a otros por sí mismo. Conforme a este significado ningún hombre
puede humillar a otro sino sólo a sí mismo y a esto último sólo puede lograrlo
adecuadamente mediante la ayuda de la gracia divina. Tratamos aquí a la humildad
en este sentido, en el de la virtud de la humildad.
Puede definirse a la virtud de la humildad como: "Una cualidad por la que una
persona considerando sus defectos tiene una modesta opinión de sí misma, y se
somete voluntariamente a Dios y a los demás por Dios." San Bernardo la define
como: "Una virtud por la que un hombre, conociéndose a sí mismo como realmente
es, se rebaja". Estas definiciones coinciden con la de Santo Tomás: "La virtud
de la humildad", dice, "consiste en mantenerse dentro de los propios límites
sometiéndose a la autoridad superior sin intentar alcanzar aquello que está por
encima de uno" (Suma Contra Gentiles, lb. IV, cap. IV, tr. Rickaby)
Para evitar caer en una idea errónea de humildad, es necesario explicar cómo
debemos valorar nuestros dones en relación con los de los demás en caso de tener
que hacer una comparación. La humildad no exige que consideremos que los dones y
gracias que nos ha concedido Dios en el orden sobrenatural son de menor valor
que los dones y gracias similares que vemos en otros. Nadie debería dar a estos
dones de Dios un valor menor en sí mismo que en los demás ya que deben ser
valorados por sobre todas las cosas conforme a las palabras de San Pablo "Que
conozcamos los dones que Dios nos ha concedido" (I Cor., ii, 12). Tampoco exige
la humildad que en nuestra estimación demos un menor valor a los dones naturales
que tenemos que a aquellos similares o inferiores de nuestros prójimos; caso
contrario, como enseña Santo Tomás, esto haría que todos se consideraran más
pecadores o ignorantes que su prójimo. El Apóstol sin perjuicio a la humildad
dijo: "Somos judíos por naturaleza y no pecadores gentiles" (Gal., ii, 15). Sin
embargo, un hombre puede valorar un bien en su prójimo que no posee en sí mismo,
o reconocer un defecto o mal en sí mismo que no ve en su prójimo de forma que
cuando alguien se humilla a sí mismo ante un semejante o alguien inferior, lo
hace porque considera que esa persona es, de algún modo, su superior. Por eso,
podemos interpretar las expresiones de humildad de los santos como verdaderas y
sinceras. Además, su gran amor a Dios hizo que vieran la malicia de sus faltas y
pecados con una luz mucho mayor que la dada a personas que no son santas.
Las cuatro virtudes cardinales son prudencia, justicia, fortaleza y templanza, y
todas las demás virtudes están incluidas en ellas como partes intrínsecas,
potenciales o subjetivas. La humildad está incluida en la virtud de la templanza
como parte potencial, porque la templanza abarca aquellas virtudes que refrenan
los movimientos desordenados de nuestros deseos o apetitos. La humildad es una
virtud moderadora que se opone a la soberbia y la vanagloria o a ese impulso que
nos lleva a querer cosas que están más allá de nuestras fuerzas o capacidad, y
por lo tanto está incluida en la templanza de la misma forma que la mansedumbre,
que reprime la ira, es parte de la misma virtud. De lo dicho podemos concluir
que la humildad no es la principal ni la mayor de las virtudes. Las virtudes
teologales son las principales, seguidas de las intelectuales ya que éstas
dirigen inmediatamente la razón del hombre al bien. La justicia se ubica en el
orden de las virtudes antes que la humildad, y así debería ubicarse también la
obediencia por ser parte de la justicia. Sin embargo, es sabido que la humildad
es el cimiento del edificio espiritual aunque en un sentido inferior a aquel por
el que la fe es conocida como tal. La humildad es la virtud primera en cuanto
elimina los obstáculos a la fe -per modum removens prohibens, como expresa Santo
Tomás. Elimina la soberbia y hace que el hombre pueda ser objeto de la gracia y
un receptor apto de la misma conforme a las palabras de Santiago: "Dios resiste
al soberbio y da su gracia al humilde" (Santiago, iv, 6). La fe es la principal
y la virtud positiva fundamental de todas las virtudes infusas, porque es por
ella que podemos dar el primer paso en la vida sobrenatural y en nuestro
acercamiento a Dios: "Porque aquel que se acerca a Dios, debe creer que Él
existe y que recompensa a los que lo buscan" (Heb., xi, 6). La humildad, así
como parece mantener la mente y el corazón sometidos a la razón y a Dios, cumple
una función propia en relación con la fe y todas las demás virtudes, y puede ser
por lo tanto considerada como una virtud universal.
Es, en consecuencia, una virtud necesaria para la salvación y como tal impuesta
por Nuestro Divino Salvador, especialmente cuando dijo a sus discípulos:
"Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón: y encontraréis descanso para
vuestras almas" (Mt. xi, 29) También enseña sobre esta virtud mediante estas
palabras: "Bienaventurados seréis cuando os insulten, persigan y calumnien por
mi causa: Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será muy grande en el
cielo" (Mt., v, 11-12). Del ejemplo de Cristo y Sus Santos podemos aprender la
práctica de la humildad que Santo Tomás explica (Contra Gentiles, lb. III, 135):
"La aceptación voluntaria de humillaciones es una práctica de humildad no en
cada uno y en todos los casos sino cuando se realiza con un fin necesario: ya
que siendo la humildad una virtud, no hace nada en forma indiscreta. Por lo
tanto no es humildad sino un absurdo aceptar todas y cada humillación: pero
cuando la virtud exige realizar algo corresponde a la humildad no dejar de
realizarlo, por ejemplo no rehusar prestar un servicio inferior cuando la
caridad exige ayudar al prójimo... Incluso, a veces, aunque no sea obligatorio
aceptar humillaciones, es un acto de virtud hacerlo con el fin de alentar a
otros a través del ejemplo para que puedan soportar más fácilmente lo que se les
impone: un general a veces deberá ocupar el puesto de soldado raso para alentar
al resto. A veces podemos hacer un uso virtuoso de la humildad como remedio. Si
la mente de alguien se inclinara a la vanagloria indebida, puede
beneficiosamente usar en forma moderada las humillaciones, ya sea impuestas por
sí mismo o por otro, para medir la exaltación de su alma colocándose al mismo
nivel que la clase más baja de la comunidad en la realización de las peores
tareas"
El Doctor Angélico asimismo explica la humildad de Cristo con las siguientes
palabras: "La humildad no es propia de Dios por no tener superior, al estar por
encima de todo... Pero aunque la virtud de la humildad no pueda aplicarse a
Cristo en Su naturaleza divina, sí puede aplicársele en Su naturaleza humana y
Su divinidad hace que su humildad sea más digna de alabanza porque la dignidad
de la persona se suma al mérito de la humildad. Y no puede haber una dignidad
más grande para un hombre que ser Dios. Por lo tanto la mayor de las alabanzas
le corresponde a la humildad del Dios Hombre, quien para rescatar los corazones
de los hombres de la gloria del mundo al amor de la gloria divina, eligió
aceptar no una muerte común sino la muerte más ignominiosa" (Suma Contra Gent.
tr. Rickaby, lb. IV, cap. iv; cf. lb. III, cap. cxxxvi). San Benito establece en
su regla doce grados de humildad. San Anselmo, citado por Santo Tomás menciona
siete. Estos grados están aprobados y explicados por Santo Tomás en su "Suma
Teológica" (II-II:161:6). Los vicios que se oponen a la humildad son soberbia:
como defecto, y una exagerada complacencia o desprecio de sí mismo lo que
constituiría un exceso de humildad. Esto podría considerarse despectivo para una
persona con un cargo o naturaleza sagrada; o podría servir sólo para fomentar el
orgullo en otras personas mediante adulaciones indebidas que ocasionarían
pecados de tiranía, arbitrariedad y arrogancia.
La virtud de la humildad no puede practicarse en una forma externa que ocasione
dichos vicios o actos en los demás.
ARTHUR DEVINE.
Transcripto por Love.
Dedicado a Thomas Mohan Barrett
Traducido por Felicitas María Costa