CATECUMENADO 076 

CATECUMENADO
DATOS DE LA HISTORIA Y ETAPAS DEL RITUAL DE LA INICIACIÓN CRISTIANA DE ADULTOS

El presente trabajo ha sido preparado para el Diccionario de Espiritualidad de 
Ediciones Paulinas (Madrid. 1983). Por su interés (perspectiva histórica y 
litúrgica del catecumenado), lo incluimos aquí.


A) CATECUMENADO. DATOS DE LA HISTORIA

CADO/HISTORIA Etimológicamente, la palabra catecumenado procede 
del verbo griego kat-echeo, que significa resonar, hacer sonar en los 
oídos, y, por extensión, catequizar, instruir. Así, catecúmeno es el que 
está siendo instruido, catequizado; más en concreto, el que está siendo 
iniciado en la escucha, no de una palabra cualquiera, sino de la Palabra 
de Dios.
Realmente, el catecumenado conecta con esta experiencia bíblica 
fundamental: Dios habla hoy. Y se pone al servicio de ella. Para el 
hombre bíblico, el mayor problema religioso no está en si Dios existe o 
no existe, sino en si Dios habla hoy o no. Así, el hombre puede escuchar 
los pasos de Dios por el jardín de este mundo, pero también puede 
ocultarse (Gn 3,8); el escuchar constituye a Israel como Pueblo de Dios 
(Dt 6, 4). Dios revela a Israel la Palabra, lo que no hizo con ninguna otra 
nación (Sal 147,19 s.); los profetas gritan con voz que nadie puede 
acallar: escuchad la Palabra (Am 3,1; Jr 7,2).
ESCUCHA/PD: Se trata de escuchar no cualquier 
palabra, sino la Palabra de Dios, una palabra que se cumple en la 
historia (Ez 12, 28); la Palabra de Dios no se agota, como tampoco su 
amor (Sal 77,9); el creyente necesita vivir conforme a la Palabra (Sal 
119, 25), si no quiere endurecer su corazón (Sal 95, 7 s.).
Para Jesús de Nazaret, evangelizar es sembrar la Palabra (Mc 4,14); la 
Palabra es algo necesario, como el aire o el pan (Mt 4, 4); en torno a 
ella se constituye la verdadera comunión, la verdadera familia (Lc 8, 21); 
quien fundamenta su vida en la Palabra, construye sobre roca (Mt 7, 24); 
toda la Escritura se convierte en testimonio a favor de Jesús (Jn 5,39); El 
es la Palabra de Dios hecha carne (Jn 1,14), palabra rechazada por los 
suyos (1,11), Palabra que transforma en hijos de Dios (1,12), Palabra 
crucificada, muerta y sepultada, Palabra resucitada.
Para la Iglesia naciente, evangelizar es anunciar la buena nueva de la 
Palabra (Hch 8,4); cuando los gentiles la acogen, se hacen creyentes, lo 
mismo que los judíos (Hch 10, 44; 11, 1): quien evangeliza, anuncia no 
una palabra de hombre, sino la Palabra de Dios viva y operante (1 Ts 
2,13), una palabra viva y eficaz (Hb 4, 12), Palabra no encadenada (2 
Tm 2, 9), Palabra que compromete, aunque la mayoría negocie con ella 
(2 Co 2,17). En fin, escuchar o no escuchar, acoger o rechazar la 
Palabra, he ahí la frontera de la conversión al evangelio del Cristo que 
vive.
El catecumenado, iniciando en la escucha de la Palabra de Dios, inicia 
en una experiencia que atraviesa vitalmente toda la Escritura y que 
afecta básicamente a la misión evangelizadora: «iban por todas partes 
anunciando la Buena Nueva de la Palabra» (Hch 8, 4).
El catecumenado cristaliza como institución eclesial en la Iglesia del 
siglo lll (catechumenoi en Oriente, audientes en Occidente), pero recoge 
la herencia de un proceso de evangelización que se remonta a la misión 
apostólica y, también, a la misión del mismo Jesús (Jn 20,21; 17,18). En 
función de esta evangelización originaria ha de ser entendido el 
catecumenado posterior y no al revés. Por ello, más que la institución 
eclesial como tal interesa el proceso de evangelización que la institución 
pretende desarrollar. Este proceso, que en el siglo lll viene a ser 
catecumenal, está fundamentalmente en continuidad con la 
evangelización apostólica y las constantes de su desarrollo.

I. CONSTANTES DE LA EVANGELIZACIÓN 
En efecto, en la evangelización apostólica observamos unas 
constantes, que se conjugan con la libertad de cada evangelizador. Así 
sucede con Pablo, evangelizador de cuerpo entero. Pablo ha disfrutado 
de una gran libertad a la hora de evangelizar; él ha tenido una fuerte 
experiencia en el camino de Damasco y -desde entonces- en muchos 
otros caminos; pues bien, desde esa experiencia (que es su propia 
experiencia) evangeliza. Y así, durante muchos años. Pero «al cabo de 
catorce años, dice Pablo, subí nuevamente a Jerusalén... Subí movido 
por una revelación y les expuse el evangelio que proclamo entre los 
gentiles -tomando aparte a los notables- para saber si corría o había 
corrido en vano» (Ga 2, 1-2). Pablo, movido por una revelación, es decir, 
por algo que considera Palabra viva del Señor dirigida a él, acude a 
Jerusalén para confrontar su propio evangelio con el de aquellos que 
«eran considerados como columnas» (Ga 2, 9) de la comunidad madre 
de Jerusalén. Quiere saber si corría o había corrido en vano, es decir, si 
transmite en su libertad el mismo evangelio que los demás, el único 
evangelio común. Los «notables» de la Iglesia le «tendieron la mano en 
señal de comunión» (Ga 2, 9): en la evangelización de Pablo se daban 
las constantes fundamentales. 
Plantearse en la segunda mitad del siglo xx qué significa 
catecumenado o qué significa evangelizar conduce a entresacar del 
amplio pluralismo de la Iglesia de los primeros siglos las constantes de 
evangelización que sirvieron entonces de puntos comunes de referencia 
y que pueden ser recuperadas hoy como líneas básicas del proceso 
catecumenal, dentro de una pluralidad de circunstancias, métodos e 
instrumentos. El catecumenado, antiguo o moderno, está 
indisolublemente vinculado a unas constantes de evangelización 
anteriores que lo fundamentan, constituyen y configuran. 

Il. CATEQUESIS CRISTIANA PRIMITIVA 
En los primeros tiempos, el proceso de evangelización se abre paso en 
medio de circunstancias difíciles. Los cristianos se encuentran en 
situación política y religiosa adversa, frecuentemente perseguidos y, por 
tanto, en permanente estado de riesgo. San Pablo conoce perfectamente 
esta situación, que afecta especialmente a aquellos que evangelizan: 
«Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no 
desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no 
aniquilados» (2 Co 4, 8-9; cfr. 6, 4-10). 
Algo semejante comenta el autor del Discurso a Diogneto (siglo II). Los 
cristianos son, como lo fue Jesús de Nazaret, señal de contradición: 
«A todos aman y por todos son perseguidos. Se los desconoce y se 
los condena. Se los mata y en ello se les da la vida. Son pobres y 
enriquecen a muchos. Carecen de todo y abundan en todo. Son 
deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. Se los maldice 
y se los declara justos. Los vituperan y ellos bendicen. Se los injuria y 
ellos dan honra. Hacen bien y se los castiga como malhechores; 
castigados de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Por los 
judíos se los combate como a extranjeros; por los griegos son 
perseguidos y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben 
decir el motivo de su odio» (V, 11-17). 
Los cristianos son minoría dentro de la sociedad, pero son como una 
ciudad levantada en lo alto de un monte (Mt 5,14); son numéricamente 
pocos, pero actúan como levadura en medio de la masa (Lc 13, 21). En 
ellos se da un fuerte proceso de evangelización de adultos (también de 
niños), que se transmite en el clima favorable de una relación de 
fraternidad. Se reúnen donde pueden, frecuentemente en las casas. El 
individuo no está aislado, vive en comunidad. El número de miembros 
que compone cada comunidad no es excesivamente grande: cada uno 
es conocido y llamado por su nombre. El misterio de comunión que 
constituye a la Iglesia se hace visible y significativo en una relación 
fraterna y comunitaria. La Iglesia vive en estado de misión, como luz de 
las gentes (Is 62). 

1. En la Iglesia naciente 
En la Iglesia naciente, se distingue entre el anuncio del evangelio a los 
no cristianos (kerygma) y la enseñanza dada a los nuevos convertidos en 
la que se explicaban las Escrituras a la luz de los hechos cristianos 
(didaché). «acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles» (Hch 
2, 42) aquellos que previamente habían acogido el anuncio del 
evangelio. Ciertamente, la iniciación cristiana (catequesis) es entonces 
algo más que «enseñanza de los apóstoles». Es también «comunión», 
«fracción del pan», «oración», «temor ante los prodigios y señales», 
«comunicación de bienes», «agregación a la comunidad» (2, 42-47): es 
decir, iniciación en la vida cristiana total. 
Desde los orígenes se distinguían dos clases de creyentes: los niños 
pequeños (nepioi; los que no hablan) y los adultos (teleioi, los cristianos 
maduros). Por ello puede decir Pedro: «Como niños recién nacidos, 
desead la leche espiritual pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la 
salvación» (1 Pe 2, 1). O como dice Pablo: «No seáis niños en juicio. Sed 
niños en malicia, pero hombres maduros en juicio» (1 Co 14, 20). Y 
también el autor de la Carta a los Hebreos: «debiendo ser ya maestros 
en razón del tiempo, volvéis a tener necesidad de ser instruidos en los 
primeros rudimentos» (Hb 5, 12). Todo ello nos manifiesta que en la 
Iglesia naciente hay clara conciencia de que la evangelización se 
transmite en un proceso de crecimiento. El «niño pequeño» sería, por 
tanto, el que se encuentra en proceso de maduración. Y esto, antes o 
después del bautismo.
Inicialmente, se bautiza precozmente. La experiencia de fe es rica y 
abundante. Los Hechos de los Apóstoles nos hablan de la celebración 
del bautismo, tras la primera experiencia del Espíritu: «Estaba Pedro 
diciendo estas cosas, cuando el Espíritu cayó sobre todos los que 
escuchaban la Palabra... Y mandó que fueran bautizados en el nombre 
de Jesucristo» (Hch 10, 44-48). No obstante, la situación política y 
religiosa adversa (y otros problemas) conducen a veces a la apostasía y 
deserción. Ello irá aconsejando prudencia y no bautizar a nadie, hasta 
que no haya señales suficientes de que ha madurado el proceso de 
conversión.

2. Testimonios más antiguos 
Entre los testimonios más antiguos de la catequesis cristiana primitiva 
(fuera del Nuevo Testamento) es preciso citar, sobre todo, la Didaché o 
Doctrina de los Apóstoles (siglo l): es un escrito judeocristiano, que 
presupone un cierto período de instrucción catequética, una especie de 
«manual del misionero» o apóstol. También habría que citar la Epístola 
de Bernabé (enseñanza elemental y completa dirigida a bautizados, a 
comienzos del siglo II), la Epístola de los Xl Apóstoles (escrito del siglo II, 
conservado en copto y en armenio).
Especial mención merece la Apología I de Justino, obra escrita en 
Roma a mediados del siglo II. Esta Apología, dirigida a los emperadores 
romanos, habla de la existencia de un breve período de preparación al 
bautismo, al parecer muy simple. En efecto, se trata de un tiempo 
«dedicado» a la instrucción, a los ayunos y a la oración, se requiere 
«creer que son verdaderas las cosas enseñadas y dichas», «la promesa 
de vivir de este modo» y «aprender a rezar y a pedir con ayunos el 
perdón de los pecados": «nosotros, después de haber bautizado al que 
ha creído y se ha unido a nosotros, lo llevamos a los llamados hermanos, 
allí donde están reunidos». Justino habla del bautismo como de una 
iluminación, «porque quienes han sido instruidos en todo esto tienen el 
espíritu como iluminado» (Apología I 61, 65 y 66).
Es preciso citar también la Demostración de la Predicación Apostólica 
de San Ireneo (hacia 115-203), la primera exposición catequética de la 
historia de la salvación y, finalmente, el Pastor de Hermas (hacia el 140, 
en Roma), que -no utilizando todavía la palabra catecumenado- 
manifiesta la existencia de un tiempo de preparación al bautismo: los 
candidatos son iniciados en la escucha de la Palabra y han de dar 
pruebas de conversión.

3. La institución del catecumenado 
El comienzo del siglo lll es un momento clave en la historia de la 
Iglesia: poco a poco, los cristianos se van extendiendo, dejan de vivir en 
pequeños grupos e invaden la sociedad. Se está configurando un nuevo 
modo de situarse la Iglesia en medio del mundo: el problema está en 
saber qué conservar y qué rechazar de las costumbres de aquella 
sociedad.
Según Eusebio de Cesárea, Panteno había fundado una «escuela de 
catequesis» en Alejandría. Aún no ha nacido la institución del 
catecumenado, pero las costumbres y el vocabulario manifiestan la 
existencia de una seria formación catecumenal. A Panteno le sucede 
Clemente, hacia el año 190.
Los trabajos de Clemente testimonian claramente el uso de la palabra 
catecúmeno y la práctica de una real disciplina catecumenal. La 
estructura es muy flexible, hay mezcla de paganos y neófitos. El proceso 
dura unos tres años. Se valora mucho el esfuerzo intelectual en los 
catequistas, así como los valores de la filosofía griega. En el Pedagogo 
de Clemente de Alejandría cada detalle concreto de la vida diaria es 
puesto en confrontación con el mensaje evangélico.
En el norte de África, Tertuliano (hacia 160-220) escribe su Tratado 
del Bautismo en torno a los años 205-206. Es la primera exposición 
completa sobre el sacramento (su necesidad, efectos, ritos y figuras del 
mismo en el Antiguo y Nuevo Testamento), de gran influjo en la tradición 
posterior. La iniciación bautismal es la única entrada en la única fe por 
sucesivas etapas: paganos, catecúmenos (audientes o auditores, 
ingressuri baptismum) y fieles. Se requiere, por tanto, un tiempo en que 
se consolide y verifique la conversión. 
La Tradición Apostólica de Hipólito de Roma, obra escrita hacia el 215, 
presenta una organización no frecuente del catecumenado, 
caracterizada por una fuerte estructura. Como es común ya en el siglo lll, 
se distinguen dos estadios dentro del catecumenado: la preparación 
remota al bautismo (entrada y permanencia en el catecumenado, durante 
unos tres años) y la preparación próxima (que se inaugura con la 
admisión al bautismo). Con dicha admisión, los candidatos al bautismo, 
hasta ahora oyentes (audientes) pasan a ser elegidos (electi). Hipólito 
fue un sacerdote romano que se opuso violentamente al Papa Calixto, a 
quien acusó de laxismo. La Tradición Apostólica presenta algunos rasgos 
rigoristas; es, sin embargo, fruto de un esfuerzo pastoral lentamente 
madurado a lo largo del siglo II y refleja fielmente el estado de la liturgia y 
disciplina romanas a principios del siglo lll. 
La Didascalia de los apóstoles, obra escrita en el norte de Siria en la 
primera mitad del siglo III habla indistintamente de etapas catecumenales 
(pre-bautismales) y de etapas penitenciales (postbautismales). Estas son 
las etapas catecumenales: la conversión (respuesta al anuncio del 
evangelio), la admisión progresiva en la Iglesia (se escucha la Palabra, 
sin participar en el culto) y la penitencia litúrgica (comienza con la 
elección y termina con el bautismo). 
San Cipriano (hacia 210-258), en su Testimonia ad Quirinum, nos 
aporta una colección de citas del Antiguo Testamento, clasificadas según 
el plan mismo de la catequesis (catequesis dogmática y catequesis 
moral). Aparecen aquí los mismos textos del Antiguo Testamento 
agrupados del mismo modo que en la primera carta de Pedro, en la 
Carta de Bernabé y en la Demostración de Ireneo. 
Orígenes (hacia 185-254) es el primer catequista que conocemos con 
precisión. Eusebio de Cesarea nos dice cómo llegó a tomar esa opción 
radical que le puso incondicionalmente al servicio de la catequesis: 
«No había nadie en Antioquía dispuesto para catequizar... A los 
dieciocho años, entró en la escuela de catequesis... Viendo que acudían 
a él numerosos discípulos, como estaba solo..., pensó que era 
incompatible la enseñanza de las ciencias gramaticales con la que tiene 
por objeto dar conocimientos divinos y, sin tardar, rompió con el primer 
trabajo. En adelante había de dedicar su vida exclusivamente al estudio 
de la Escritura y a la formación de catecúmenos, lo cual, en esta época 
de persecuciones, era muy peligroso» (Historia Eclesiástica 3, 3-7). 
Para Orígenes, la iniciación cristiana supone también un cambio real 
de vida: es preciso consolidar la conversión. Principalmente en su obra 
Contra Celso encontramos detalles sobre la estructura de la catequesis y 
la organización del catecumenado. Distingue claramente tres etapas 
catecumenales: la probación pre-catecumenal, la probación catecumenal 
y la probación penitencial postbautismal. Entre los catecúmenos 
distingue los oyentes o auditores (principiantes y convencidos) y los 
elegidos.

4. Expansión y decadencia 
«Desde comienzos del siglo II, dice Danielou, la estructura de la 
preparación al bautismo ya está determinada en sus líneas esenciales. El 
siglo IV, fecundo en obras catequéticas de gran envergadura, no hará 
más que llevarlas a su plena expansión. La abundancia de fuentes que 
poseemos nos permite conocerlas de modo muy preciso y completo.» 
En Oriente contamos con Cirilo de Jerusalén (18 Catequesis 
pronunciadas a lo largo de la Cuaresma y de la semana de Pascua del 
año 348); Teodoro de Mopsuestia (16 Homilías Catequéticas 
pronunciadas en Antioquía hacia el 392), San Juan Crisóstomo (ocho 
catequesis, escritas probablemente alrededor del año 390), el Itinerario 
de Egeria (una información preciosa y completa sobre la preparación al 
bautismo en Jerusalén, a finales del siglo IV). En Occidente contamos 
con Ambrosio (De Mysteriis, catequesis sobre los sacramentos en 
función de una tipología bíblica, escritas en Milán hacia el año 390-391; 
también el tratado De Sacramentis, escrito con notas tomadas de 
catequesis habladas) y con Agustín (algunos sermones pre-bautismales 
y, sobre todo, el De Catechizandis Rudibus (hacia el 400), librito capital 
sobre el método catequético, enviado al diácono Deogracias, que lleva la 
catequesis en Cartago y se encuentra muy desalentado: sigue la historia 
de la salvación y se ocupa también de la preparación remota al bautismo 
y no sólo de la preparación inmediata, como las demás obras). 
«La historia del catecumenado, dice Dujarier, se ha desarrollado en 
tres etapas. A fin del siglo lll, las exigencias de una Iglesia misionera 
mantienen en serio la preparación bautismal : examen de entrada, largo 
periodo de formación, nuevo examen antes de ser admitido al bautismo. 
Durante los siglos IV y V las circunstancias cambian por la conversión de 
los emperadores. Se constituye una cristiandad. Se desarrolla el período 
cuaresmal en detrimento del catecumenado propiamente dicho. 
Finalmente, el siglo Vl sólo conserva ritos más o menos condensados, y 
el bautismo de niños se impone sobre el catecumenado.» 
En efecto, las circunstancias cambian. En el año 313, en tiempos de 
Constantino, el edicto de Milán decreta la tolerancia del culto cristiano. 
En el 380, con Teodosio, el edicto de Tesalónica proclama al cristianismo 
como religión oficial del Estado. Con ello se establece una nueva 
situación religiosa y política: la Iglesia pasa de la persecución a la 
protección oficial; los paganos y herejes son ahora perseguidos; el 
catecumenado se difunde primero para ir desapareciendo, poco a poco, 
después; las masas entran en la Iglesia sin catequizar, y el emperador, a 
la vez cristiano y depositario de la más alta autoridad temporal, interviene 
e interfiere en los asuntos de Iglesia.
PERSECUCION/I PODER/I I/PODER-POLITICO: «Combatimos contra 
un perseguidor insidioso -escribe San ·Hilario-SAN de Poitiers en el siglo 
IV-, un enemigo que ciertamente halaga..., no nos azota, sino que 
acaricia nuestro estómago; no confisca los bienes para darnos la vida, 
sino que nos enriquece para darnos la muerte; no nos empuja hacia la 
libertad encarcelándonos, sino hacia la esclavitud ofreciéndonos honores 
en su palacio; no hiere nuestros flancos, pero secuestra nuestro 
corazón; no corta la cabeza con espada, pero mata el alma con oro; no 
amenaza oficialmente con la hoguera, pero enciende secretamente el 
fuego del infierno... Adula para dominar; confiesa a Cristo para negarlo; 
busca la unidad para impedir la paz; oprime a los herejes para que no 
haya cristianos; construye iglesias para destruir la fe» (Contra el 
emperador Constancio, 5). 
San Juan Crisóstomo (hacia 349-407) es el tipo de hombre de Iglesia, 
fiel hasta el extremo, a quien toda forma de tomar en consideración las 
circunstancias políticas y el poder de los grandes de este mundo le 
parecen una traición al evangelio. Su fidelidad la pagó con el precio de la 
persecución y el destierro . 
En el siglo Vl, el catecumenado queda reducido a la cuaresma y, 
además, queda situado en la primera parte de la misa. Con ello la Iglesia 
ya no tiene otro espacio de acogida que la misa misma y los 
catecúmenos deberán adaptarse al sistema de una comunidad 
pre-establecida. Posteriormente, hasta se perderá la conciencia de que 
la cuaresma tuvo algo que ver con el catecumenado. Con la situación de 
cristiandad, se pierde -a gran escala- no sólo el catecumenado como 
institución, sino -lo que es más importante- el proceso de evangelización 
y catequización de los adultos, predominando decisivamente la 
masificación, el cultualismo y la fijación infantil de la catequesis. 

III. VIEJA CRISTIANDAD Y TIERRAS DE MISIÓN 
Con los condicionamientos propios de la época, el descubrimiento del 
Nuevo Mundo y las expansiones coloniales de los siglos XVI y XVIl 
provocaron nuevamente la cuestión de la preparación bautismal. Dicha 
preparación fue aconsejada por los teólogos de Salamanca (1541) y 
declarada obligatoria por los concilios de Méjico (1555) y de Lima (1552), 
que señalan un tiempo mínimo de treinta días para la instrucción 
catecumenal. El sínodo de Quito (1570) no fija la duración mínima, sino 
que había «de un tiempo conveniente». 

1. Por la vía rápida 
De hecho, el tiempo de preparación resulta excesivamente corto. La 
sacramentalización masiva es arrolladora y la catequesis bautismal dura, 
como mucho, cinco días. Sólo en un mes (diciembre de 1543) San 
Francisco Javier administra 10.000 bautizos. Con objeto de promover 
una preparación más seria, San Ignacio sugiere la creación de «casas de 
catecumenado». Pero los vientos no iban por ahí: el concilio de Trento 
(1545-1563) calla sobre la cuestión; y hacen lo mismo los concilios de 
Lima (1584) y de Méjico (1585), que habían de influir decisivamente 
hasta el siglo XIX en la Iglesia latinoamericana. Las decisiones 
conciliares de Indias se limitan a sugerir que a nadie se le bautice contra 
su voluntad. 
En la vieja cristiandad, las cosas no iban mucho mejor. Bartolomé 
·Carranza-B (hacia 1503-1576), arzobispo de Toledo, denuncia la 
situación religiosa de su tiempo en su famoso Catecismo, por el cual fue 
procesado: 
«Sabemos que hay millares de hombres en la Iglesia que, preguntados 
de su religión, ni saben la razón del nombre ni la profesión que hicieron 
en el baptismo, sino, como nacieron en casa de sus padres, así se 
hallaron nacidos en la Iglesia; a los cuales nunca les pasó por 
pensamiento saber los artículos de la fe, qué quiere decir el Decálogo, 
qué cosas son los sacramentos. Hombres cristianos de título y de 
cerimonias y cristianos de costumbre, pero no de juicio y de ánimo; 
porque, quitado el título y algunas cerimonias de cristianos, de la 
substancia de su religión no tienen más que los nacidos y criados en las 
Indias» (Catechismo Christiano, 1558, BAC, Madrid, 1972, 119). 
El arzobispo procesado por la Inquisición piensa que la Iglesia necesita 
una reacción profunda, volviendo a las fuentes de la iglesia primitiva y, 
en concreto, a la tradición catecumenal de la misma, que incluía un serio 
discernimiento antes de la celebración del bautismo o de la confirmación: 

«En la Iglesia primitiva acostumbraron los Padres de ella que, los que 
venían a tomar el baptismo con edad y uso de razón, que llamamos 
adultos, antes que se baptizasen fuesen enseñados en las cosas 
generales y substanciales de la religión, y no les permitían tomar el 
baptismo hasta que estuviesen bien instructos en ellas; y por el tiempo 
que estaban en esta instrucción antes del baptismo, se llamaban 
catecúmenos... 
... Pero en los que se baptizaban niños sin uso de razón (porque 
desde el tiempo de los Apóstoles los hijos de los cristianos se baptizan 
en esta edad, y de ellos tiene la Iglesia esta tradición y uso), a éstos, 
después que llegaban a edad, los catequizaban; y si sabían bien la 
doctrina (3v) cristiana, los confirmaban sus obispos y les ponían la señal 
y la banda de cristianos. Y los unos y los otros eran examinados; los 
grandes, antes del baptismo, y los pequeños, antes de la confirmación. 
Sin examinación y aprobación ninguno era recibido al baptismo. 
... Esta costumbre se guardó muchos años, y era una de las más 
santas, y más útiles que nos dejaron los Apóstoles. 
De este ejercicio hicieron muchos decretos los antiguos, como refiere 
Rábano, y en los concilios hay cánones muchos que mandan guardar 
esta santa costumbre..., agora hallamos en esta ignorancia, no 
solamente a los mancebos de quince o viente años, pero a los hombres 
de cuarenta y cincuenta años"... (O.C., 1 21 - 122). 
Intentando dar una respuesta a esta situación, agravada por la división 
de la cristiandad, florecen muchos catecismos: unos son amplios (para 
sacerdotes y personas cultas) y otros breves (para el pueblo y, 
especialmente, para los niños). Los Papas insisten en la implantación del 
Catecismo Romano (síntesis bíblica, doctrinal y espiritual para uso de 
párrocos) y en el Catecismo de Belarmino (para niños). En España 
destacan, junto al de Carranza, los catecismos de Talavera, Juan de 
Valdés, Nemeses, Constantino, Diego Ximénez, Domingo y Pedro de 
Soto, Juan de Ávila y Martín Pérez de Ayala, predecesores de los 
catecismos de Astete y Ripalda. Con perspectiva histórica y ante 
situaciones semejantes en muchos aspectos, podemos hoy constatar 
que el catecismo -aun siendo un instrumento utilísimo- no resuelve todos 
los problemas. 
A finales del siglo XVI, el cardenal Sanctorio investiga en las fuentes de 
la antigua liturgia romana. Su renovación litúrgica y pastoral es divulgada 
por el carmelita Tomás de Jesús (1564-1627) y, luego, por la nueva 
Congregación de Propaganda Fide (1622); esta Congregación, a 
comienzos del XIX, determinará que la duración y forma del 
catecumenado sea decidida por los obispos misioneros. 

2. Restauración en marcha 
En 1778, el cardenal Lavigerie, fundador de los Padres Blancos, dirige 
una carta al cardenal Franchi, Prefecto de Propaganda Fide, 
exponiéndole su proyecto de restaurar el catecumenado estricto. Dicho 
proyecto es aprobado. Ese mismo año dirige sus primeras instrucciones 
a diez misioneros de Tanzania, en el reino de Buganda. En 1789 el 
proyecto es puesto en marcha; cuatro años de duración y tres grados 
escalonados: postulantes (reciben una instrucción elemental durante dos 
años), catecúmenos (son instruidos en la totalidad del mensaje, durante 
otros dos años) y candidatos al bautismo (quienes superan la prueba y 
son admitidos). Los Padres Blancos difundirán el catecumenado en 
muchas misiones africanas. Junto al cardenal Lavigerie, es preciso citar 
también al Padre Libermann, fundador de los Padres del Espíritu Santo, 
que ha contribuido también decisivamente a la restauración del 
catecumenado en tierras de misión. 
En la segunda mitad del siglo XX, al final del Concilio Vaticano II, el 
catecumenado parece estar establecido en las parroquias y sucursales 
de toda el África subsahariana (Camerún, Ghana, Malí, Nigeria, Burundi, 
Congo, Ruanda, Tanzania, Uganda, Zambia, Rodesia, Unión 
Sudafricana). En su mayor parte, está llevado por catequistas. Su 
duración es variable: cuatro años, dos, uno, seis meses, dos o tres 
meses; a veces, se deja a la discreción del párroco. En general, lo que 
mueve a los paganos a inscribirse en el catecumenado es «servir a 
Dios», «seguir el camino de los padres»; también la promoción humana o 
consideraciones familiares. El catecumenado suele organizarse con 
estos objetivos: aprender la doctrina cristiana y las oraciones usuales. Se 
echa de menos una auténtica iniciación, una verdadera evangelización 
que culmine en la conversión al Dios vivo y a Jesucristo. En relación con 
la parroquia, el catecumenado ha ido quedando como una actividad 
marginal. Asimismo, salvo algunas excepciones, el catecumenado no 
guarda relación con el tiempo litúrgico. 
En medio de una cultura autosuficiente como la del Japón, el misionero 
siente especialmente la tentación de disimular la novedad radical del 
evangelio, el poder que tiene la Palabra de Dios de mover a los hombres 
de hoy. Entonces, la gente no es situada ante el dilema y la opción de la 
conversión. Hacia 1965, los misioneros no están de acuerdo sobre 
cuáles deben ser las condiciones de entrada en el catecumenado; lo 
mismo sucede con la duración. No obstante, es frecuente la instrucción 
semanal que puede durar cerca de un año. 
En Vietnam es particularmente interesante la experiencia catecumenal 
del misionero J. Dournes, que convirtió su misión en centro de 
catecumenado: se trata de insertar al hombre en ese misterio de la 
Palabra personal que es Cristo, Palabra que es pan de vida y, también, 
verdad que libera. Primero solo, luego con los catecúmenos que van 
acudiendo, da testimonio de su fe. Desde el principio, todo catecúmeno 
es un signo para el conjunto de sus hermanos paganos. Cualquiera 
puede acudir como oyente a las reuniones y celebraciones, excepto a la 
eucaristía. El oyente se convierte en catecúmeno, cuando comienza a 
creer y supera las mayores dificultades para su conversión. El postulante 
entrega personalmente los objetos sagrados paganos. Los catecúmenos 
son formados individualmente por el padrino y colectivamente por la 
asamblea litúrgica. Las etapas no tienen duración fija: dependen de las 
señales que cada uno da de su conversión; los primeros bautizados 
tuvieron no menos de cinco años de catecumenado, un catecumenado 
que se desarrolla en conexión con la liturgia. En la práctica, los obispos 
del país mantienen la costumbre de bautizar sin etapas y sin preparación 
seria, aunque la inmensa mayoría de los así bautizados abandona la 
Iglesia poco después. 
En Formosa la organización del catecumenado varía según los 
lugares. La instrucción religiosa, generalmente sobre la base de 
catecismos tradicionales, se hace en grupos o individualmente. La 
duración, en principio, es de un mínimo de seis meses, con dos o tres 
instrucciones por semana. En ciertas parroquias, se comienza un 
«curso» cuando hay un grupo de interesados; en otras, cabe la 
incorporación a un grupo en marcha, recuperando lo perdido después. 
Para la admisión al bautismo es preciso superar un examen: preguntas 
del catecismo, recitación de oraciones y algunas cuestiones sobre la vida 
cristiana en el mundo de hoy. Se detectan problemas: una fe sociológica 
o utilitaria, el sincretismo y la descristianización. 
La renovación bíblica, catequética y litúrgica llega también a las 
misiones africanas y asiáticas. Poco a poco, se irán planteando cada vez 
más claramente algunas grandes cuestiones: la diversidad de los 
catecumenados existentes, la interacción entre evangelio y cultura, la 
reacción frente al centralismo romano, la excesiva institucionalización del 
catecumenado y el problema de unas líneas esenciales válidas para todo 
proceso catecumenal. 

IV. RESTAURACIÓN DEL CATECUMENADO 
La restauración del catecumenado ha ido madurando lentamente en la 
Iglesia universal, tanto en tierras de misión como en países de vieja 
cristiandad; su necesidad se ha ido haciendo sentir en el contexto de una 
progresiva secularización del mundo contemporáneo. 
Ya en 1906, un monje francés, Dom Cabrol, ante la apostasía tan 
frecuente de los cristianos de nuestro tiempo, propone reservar el 
bautismo de niños para el caso de familias verdaderamente cristianas, 
adoptando de nuevo, para los demás, el bautismo de adultos, que 
recuperaría así su plena significación. 
A partir de 1930 se observa una gran corriente misionera en toda 
Francia; no se trata ya de «pescar con caña», sino que el problema es 
más profundo: «hay que hacer de nuevo cristianos a nuestros 
hermanos». No se trata de la conversión aislada de un adulto, sino de 
poner en marcha todo un ambiente a partir de un adulto que toma 
conciencia de su fe. El problema es conflictivo. Francia es país de misión 
dirán en su impresionante libro H. Godin y Y. Daniel (Lyón, 1943); en él 
aparece varias veces la idea e incluso la palabra catecumenado. 
«Las primeras experiencias europeas de tipo catecumenal, afirma C. 
Floristán, tienen origen en Francia hacia 1950. Nacen como respuesta a 
una necesidad evidente: la preparación de adultos que solicitan el 
bautismo cristiano. En realidad, el bautismo de adultos era una praxis 
excepcional hasta 1945. Precisamente, la generalización del bautismo de 
niños, ocurrida hacia los siglos IV y V, hizo que decayese paulatinamente 
el catecumenado de adultos, basta desaparecer en Europa 
prácticamente desde el siglo XVI.» 
En efecto, hacia 1950, la misión obrera francesa comienza a dar sus 
frutos entre trabajadores (muchos de ellos emigrantes) que o no son 
católicos o no son cristianos o, simplemente, no están bautizados (en 
ciertas zonas industriales o urbanas francesas, un tercio de los niños no 
lo están). 
El primer catecumenado francés nace en Lyón, en 1950: con la ayuda 
de un sacerdote, las Auxiliadoras del Purgatorio organizan la iniciación 
sacramental. Entre 1950 y 1953 se realizan las primeras experiencias, 
que son apoyadas por profesores de la Facultad de Teología de Lyón. 
En 1955, F. Coudreau se encarga de la coordinación de experiencias 
catecumenales a nivel nacional. En 1956, la Sesión de Estudios de 
Bagneux (3-5 diciembre) cuenta con los datos de una encuesta nacional 
sobre la institución catecumenal, así como con la importante aportación 
de Danielou, Noirot, Rétif, Liégé, Chavasse, Colomb, Coudreau, Cellier y 
Arnold. 
«El nacimiento de la institución del catecumenado, dice B. Guillard, se 
debió a la convergencia de varios factores: los estudios históricos sobre 
el catecumenado, el redescubrimiento de la conversión en los adultos, la 
voluntad de diálogo con los no cristianos, la preocupación misionera de 
encontrar a los hombres en su propia vida y, por último, el deseo de ligar 
el bautismo personal con la promoción colectiva.» 
En 1962, la Sagrada Congregación de Ritos, promulga el nuevo Ritual 
del Bautismo de Adultos, dividido en diversas etapas, dentro de las 
cuales los catecúmenos, según el progreso de su formación, son 
conducidos al bautismo. 
El Concilio Vaticano II (1962-1965) ordena la restauración del 
catecumenado, con el consiguiente espaciamiento de las diferentes 
etapas del bautismo del adulto: 
«Restáurese el catecumenado de adultos, dividido en distintas etapas, 
cuya práctica dependerá del juicio del ordinario del lugar; de esa 
manera, el tiempo de catecumenado, establecido para la conveniente 
instrucción, podrá ser santificado con los sagrados ritos que se 
celebrarán en tiempos sucesivos» (SC 63). 
El catecumenado «no es una mera exposición de dogmas y preceptos, 
sino una formación y noviciado convenientemente prolongado de la vida 
cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo, su Maestro. Iníciense, 
pues, los catecúmenos convenientemente en el misterio de la salvación, 
en el ejercicio de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados que 
han de celebrarse en los tiempos sucesivos; introdúzcanse en la vida de 
la fe, de la liturgia y de la caridad del Pueblo de Dios» (AG 14). 
Cinco Semanas Internacionales de Catequesis (Eichstat, 1960; 
Bangkok, 1962; Katigondo, 1964; Manila, 1967; Medellín, 1968) marcan 
un decenio decisivo en la renovación catequética contemporánea. En 
Bangkok, Katigondo y Medellín preocupa especialmente la catequesis de 
adultos y el catecumenado. 
A partir de 1965, las experiencias catecumenales comienzan en 
España, como catecumenado postbautismal, es decir, como proceso de 
evangelización de los bautizados. Por tanto, como catecumenado en 
sentido amplio, ya que, en sentido estricto, la palabra catecumenado se 
aplica al proceso de evangelización de quienes se preparan para el 
bautismo. 
En la década de los sesenta, el Instituto de Pastoral de Madrid inspira 
la implantación del catecumenado en España. Hay que destacar aquí la 
función del profesor Casiano Floristán, así como la influencia alentadora 
del catecumenado francés. El Concilio Vaticano II abre, por su parte, una 
época de renovación y de esperanza. Al final del mismo, sacerdotes, 
religiosos y seglares, con el espíritu de los primeros tiempos de la 
Iglesia, se lanzan a la búsqueda del catecumenado y de la «comunidad 
perdida» de los Hechos de los Apóstoles.
De forma germinal, están presentes ya en las primeras experiencias 
las tres grandes orientaciones del catecumenado postbautismal en 
España; la orientación (pluralista) de las comunidades populares, que 
insisten en la dimensión social y política del evangelio; la orientación 
(rígida) de las comunidades neocatecumenales, que destacan más bien 
la dimensión personal del proceso de evangelización; y la orientación 
(pluralista) del catecumenado diocesano, que -vinculado habitualmente a 
los Secretariados Diocesanos de Catequesis- aspiran a la integración de 
las distintas dimensiones (personal, social y eclesial) y abren un espacio 
eclesial de encuentro de distintas experiencias, métodos e 
instrumentos.
A partir del Concilio, también en Latinoamérica florece el 
catecumenado postbautismal. La II Conferencia General del Episcopado 
Latinoamericano, celebrada en Medellín (1968), poco después de la 
Semana Internacional de Catequesis, recoge la aportación de la misma, 
opta por una catequesis de adultos evangelizadora y liberadora, y 
propone nuevas formas de catecumenado para una eficaz 
evangelización de los bautizados (Medellín 7, 9 y 17).
El problema eclesial de la evangelización de los bautizados es 
recogido posteriormente (1971) por el Directorio General de Pastoral 
Catequética: "muchísimas veces la situación real en que se encuentra 
un gran número de fieles pide necesariamente una cierta forma de 
evangelización de los bautizados, que precede a la catequesis» (DCG 
19). Esta forma de evangelización halla su concreción práctica en las 
«organizaciones catecumenales» para quienes, estando bautizados, 
carecen, sin embargo, de la debida iniciación cristiana (ibídem).
El Concilio Vaticano II prescribió la revisión del Ritual del Bautismo de 
Adultos, teniendo en cuenta la restauración del catecumenado. En 
cumplimiento de esta orientación conciliar, la Sagrada Congregación 
para el Culto Divino publica en 1972 el nuevo Ritual de la Iniciación 
Cristiana de Adultos (RICA). Este nuevo Ritual, dada la profunda 
relación entre catequesis y liturgia, es una aportación decisiva a la 
restauración actual del catecumenado, aunque no todo en él sea 
igualmente importante.
El problema actual de la evangelización de los bautizados y su 
tratamiento catecumenal es recogido con carácter de urgencia en la 
Evangelii Nuntiandi (EN) de Pablo Vl (1975):
CADO/NECESIDAD:«Sin necesidad de descuidar de ninguna manera 
la formación de los niños, se viene observando que las condiciones 
actuales hacen cada día más urgente la enseñanza catequética bajo la 
modalidad de un catecumenado para un gran número de jóvenes y 
adultos, que tocados por la gracia, descubren poco a poco la figura de 
Cristo y sienten la necesidad de entregarse a El» (EN 44). De hecho, 
cada vez más muchos bautizados necesitan de una primera 
evangelización (primer anuncio), semejante a la destinada a aquellos 
que nunca oyeron hablar de Cristo: «Aunque este primer anuncio va 
dirigido de modo específico a quienes nunca han escuchado la Buena 
Nueva de Jesús o a los niños, se está volviendo cada vez más 
necesario, a causa de las situaciones de descristianización frecuentes en 
nuestros días, para un gran número de personas que recibieron el 
bautismo, pero que viven al margen de toda vida cristiana, para las 
gentes sencillas que tienen una cierta fe, pero conocen poco los 
fundamentos de la misma; para los intelectuales que sienten la 
necesidad de conocer a Jesucristo bajo una luz distinta de la enseñanza 
que recibieron en su infancia y para otros muchos» (EN 52).
El Sínodo de la Catequesis (1977) ha confirmado unánimemente la 
conveniencia de los procesos catecumenales (diversos métodos de 
iniciación a la vida cristiana), no sólo para aquellos que no están 
bautizados, sino también para aquellos que aún no han recibido una 
adecuada educación en La fe cristiana .
Los obispos del Sínodo valoraron como cuestiones de máxima 
importancia la introducción en las iglesias locales de catecumenados 
para bautizados. Ciertamente, no pretendieron presentar la institución 
catecumenal como único proceso catequético, pero sí se tomó 
conciencia de la necesidad, para nuestro tiempo, de que todo proceso 
catequético tenga una inspiración catecumenal: «el modelo de toda 
catequesis es el catecumenado bautismal» (MPD 8). Como cuestión de 
máxima importancia, el catecumenado prebautismal requiere en muchas 
regiones experiencias y estudios más amplios. Al fin y al cabo, no se trata 
de una fórmula mágica hecha de una vez por todas, sino de una 
maduración progresiva de lo que significa evangelizar.
Los obispos del Sínodo reconocen en la pastoral catecumenal (tan 
necesaria como difícil) un gran servicio a la fe del Pueblo de Dios; por 
ello, perciben como responsabilidad propia de los pastores de la Iglesia 
suscitar las experiencias catecumenales, animarlas, promover la 
coordinación y diálogo entre ellas, ejercer un necesario discernimiento, 
establecer los necesarios servicios de índole diocesana y nacional, 
facilitar una general toma de conciencia del valor eclesial de estas 
instituciones (Cfr. Proposición 30). 
Juan Pablo ll. en su Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae (CT, 
1979), no aborda directamente el problema del catecumenado 
pre-bautismal; sólo hace algunas alusiones al mismo (cfr. CT 23 y 28); sí 
aborda, en cambio, bajo el título de "cuasicatecúmenos" el problema del 
catecumenado postbautismal: «Entre estos adultos que tienen necesidad 
de catequesis, nuestra preocupación pastoral y misionera se dirige a los 
que, nacidos y educados en regiones todavía no cristianizadas, no han 
podido profundizar la doctrina cristiana que un día las circunstancias de 
la vida les hicieron encontrar; a los que en su infancia recibieron una 
catequesis proporcionada a esa edad, pero que luego se alejaron de 
toda práctica religiosa y se encuentran en la edad madura con 
conocimientos religiosos más bien infantiles; a los que se resienten de 
una catequesis sin duda precoz, pero mal orientada o mal asimilada; a 
los que, aun habiendo nacido en países cristianos, incluso dentro de un 
cuadro sociológicamente cristiano, nunca fueron educados en su fe y, en 
cuanto adultos, son verdaderamente catecúmenos» (CT 44). 
La Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, en su documento 
titulado La catequesis de la comunidad. Orientaciones pastorales para la 
catequesis en España, hoy (Edice, 1983), recuerda las raíces 
evangelizadoras de toda catequesis, las constantes de la evangelización 
que configuran toda la misión de la Iglesia (n.° 21); constata un hecho 
importante: la mayoría de nuestros cristianos está necesitando el 
anuncio misionero del evangelio, antes que una catequesis propiamente 
dicha (n.9 48); subraya la necesidad de actualizar la conciencia 
misionera en nuestra Iglesia para desarrollar también entre nosotros un 
eficaz trabajo evangelizador (n.° 51 ); impulsa a «reimplantar la Iglesia» 
en aquellos ámbitos que están totalmente desvinculados de la misma 
«mediante la creación de comunidades cristianas vivas que broten de 
esos mismos ambientes» (n.9 53); proclama la necesidad de que toda 
catequesis tenga inspiración catecumenal, haciendo de ella un proceso 
de iniciación cristiana integral (n.° 83), recogiendo del modelo 
catecumenal las dimensiones que la catequesis debe cultivar, las 
disposiciones necesarias del catequizando, la meta del proceso 
catequético y el carácter fundamentador y temporal del mismo (n.9 94); 
define la catequesis como un proceso de fundamentación en la fe, 
cuando falte; de reactualización y consolidación de la misma, siempre 
que sea necesario hacerlo (n.° 97); reconoce que, en nuestro contexto 
pastoral, nos encontramos hoy en día con muchos adultos necesitados 
de una fundamentación básica de su fe (n.° 98); finalmente, señala los 
limites de la inspiración catecumenal de la catequesis, que ha de tener 
presente la «peculiar condición» de los bautizados (nn. 101-105). 

B) ETAPAS DEL RITUAL DE LA INICIACION CRISTIANA DE 
ADULTOS 

ADULTOS/CATECUMENADO INICIACIÓN-CRISTIANA
Recogiendo la tradición viva de la Iglesia, el Ritual de la Iniciación 
Cristiana de Adultos señala (en las observaciones previas) las distintas 
etapas de instrucción y maduración que se suceden en el proceso 
catecumenal: a) La evangelización y el precatecumenado; b) El 
catecumenado, propiamente dicho; c) La purificación e iluminación; d) La 
mystagogía (Cfr. RICA 7). 

a) La evangelización y el precatecumenado 
La primera etapa por parte del futuro catecúmeno, exige búsqueda y, 
por parte de la Iglesia, se dedica a la evangelización y 
«precatecumenado»: 
* «En ese período se hace la evangelización, o sea, se anuncia 
abiertamente y con decisión al Dios vivo y a Jesucristo, enviado por él 
para salvar a todos los hombres, a fin de que los no cristianos, al 
disponerles el corazón el Espíritu Santo, crean, se conviertan libremente 
al Señor y se unan con sinceridad a él, quien, por ser el camino, la 
verdad y la vida, satisface todas sus exigencias espirituales; más aún, las 
supera infinitamente» (RICA 9). 

* «De la evangelización, llevada a cabo con el auxilio de Dios, brotan la 
fe y la conversión inicial con las que cada uno se siente arrancar del 
pecado e inclinado al misterio del amor divino. A esta evangelización se 
dedica íntegramente el tiempo del precatecumenado, para que madure la 
verdadera voluntad de seguir a Cristo y de pedir el bautismo» (RICA 10). 


* «En este tiempo se ha de hacer por los catequistas, diáconos y 
sacerdotes, y aun por los seglares, una explanación del Evangelio 
adecuada a los candidatos; ha de prestárseles una ayuda atenta para 
que con más clara pureza de intención cooperen con la divina gracia y, 
por último, para que resulten más fáciles las reuniones de los candidatos 
con las familias y con los grupos de los cristianos» (RICA 11). 

* «El rito por el que se agrega entre los catecúmenos a los que desean 
hacerse cristianos se celebra cuando, recibido el primer conocimiento del 
Dios vivo, tienen ya la fe inicial en Cristo salvador. Desde entonces, se 
presupone acabada la primera «evangelización», el comienzo de la 
conversión y de la fe, y cierta idea de la Iglesia, y algún contacto previo 
con un sacerdote u otro miembro de la comunidad, y hasta alguna 
preparación para este orden litúrgico» (RICA 68). 
La fase precatecumenal concluye con la entrada en el catecumenado. 
La primera evangelización, acogida por el futuro catecúmeno en 
situación de búsqueda, da como fruto la incorporación voluntaria del 
mismo al catecumenado. La Iglesia celebra con gozo este 
acontecimiento, y así da su acogida al nuevo catecúmeno. Desde ese 
momento, el que se prepara al bautismo no es un individuo aislado, vive 
en comunidad; esta comunidad -la Iglesia- lo acoge en su seno. El rito de 
entrada en el catecumenado se desarrolla fuera, a la puerta de la Iglesia. 
Es todo un símbolo. 

* La celebración de la acogida comienza con este diálogo: «¿Qué 
pides a la Iglesia de Dios? -La fe- ¿Qué te da la fe? -La vida eterna.» 
Con estas o parecidas palabras, se actualiza lo que fundamentalmente 
se ha vivido en la fase precatecumenal. El que preside, en nombre de 
toda la comunidad, muestra el gozo y satisfacción de la Iglesia y evoca, si 
lo juzga oportuno, las circunstancias concretas, las dificultades 
superadas y los sentimientos religiosos con que el nuevo catecúmeno se 
enfrentó al comenzar el itinerario que le ha conducido a dar el paso 
actual. 

* Concluido el diálogo, el que preside la celebración, acomodando de 
nuevo sus palabras a las respuestas recibidas, proclama el cumplimiento 
de la historia de la salvación en el itinerario del nuevo catecúmeno, con 
estas o parecidas palabras: «Dios ilumina a todo hombre que viene a 
este mundo y le manifiesta lo que permaneció invisible desde la creación 
del mundo para que aprenda a dar gracias a su Creador. A vosotros, 
pues, que habéis seguido su luz, he aquí que ahora se os abre el camino 
del Evangelio, para que sobre el fundamento de la fe, conozcáis al Dios 
vivo, que habla en verdad a los hombres; y para que caminéis en la luz 
de Cristo; confiéis en su sabiduría y pongáis vuestra vida en sus manos 
cada día, y podáis creer de todo corazón en él. Este es el camino de la 
fe, por el cual Cristo os conducirá en la caridad, para que tengáis la vida 
eterna». Los nuevos catecúmenos se encuentran ya situados en la 
historia de la salvación, pues -así se les dice- «habéis seguido su luz». 
Pero, al propio tiempo, se encuentran ante ella: «se os abre el camino 
del Evangelio». Y surge la pregunta: «¿Estáis, pues, preparados para 
empezar hoy, guiados por El, ese camino?» (Cfr. RICA 76).

* «Estamos preparados», responden los nuevos catecúmenos y 
manifiestan así su primera adhesión. Tal adhesión es expresión y 
resultado de la conversión inicial. «Esta conversión, dice el Concilio 
Vaticano II, hay que considerarla ciertamente inicial, pero suficiente para 
que el hombre perciba que, arrancado del pecado, es introducido en el 
misterio del amor de Dios, quien lo llama a iniciar una comunicación 
personal con El en Cristo. Puesto que, por la acción de la gracia de Dios, 
el nuevo convertido emprende un camino espiritual por el que, 
participando ya por la fe del misterio de la muerte y de la resurrección, 
pasa del hombre viejo al nuevo hombre, perfecto en Cristo. Trayendo 
consigo este tránsito un cambio progresivo de sentimientos y de 
costumbres, debe manifestarse con sus consecuencias sociales y 
desarrollarse paulatinamente durante el catecumenado» (AG 13). 

* Ante la conversión inicial y la primera adhesión, la comunidad eclesial 
da gracias al Padre, porque, al fin y al cabo, la fe es algo que se recibe y 
no algo que viene por obra nuestra (cfr. Jn 5,65). 

A continuación, el nuevo catecúmeno recibe la señal de su nueva 
condición, la señal de la cruz, la señal del cristiano. El catecúmeno es 
acogido como miembro de la Iglesia: «los catecúmenos que, movidos por 
el Espíritu Santo, solicitan con voluntad expresa ser incorporados a la 
Iglesia, por este mismo deseo ya están vinculados a ella, y la madre 
Iglesia los abraza en amor y solicitud como suyos» (LG 14). 

Incorporados a la Iglesia, los nuevos catecúmenos son introducidos en 
el templo con éstas o parecidas palabras: «Entrad en el templo, para que 
tengáis parte con nosotros en la mesa de la Palabra de Dios». Comienza 
la fase propiamente catecumenal, la fase de la escucha de la Palabra de 
Dios. Por ello, quienes se encontraban en esta fase se llamaban 
catechumenoi (Oriente) y audientes (Occidente). 

b) El catecumenado, propiamente dicho 
Durante el tiempo del catecumenado, los catecúmenos, acogidos en el 
seno de la comunidad eclesial, van siendo engendrados a la vida de fe, 
es decir, por la gracia del Espíritu, van reconociendo que Jesucristo está 
con ellos (2 Co 13,5; cfr.1 Co 12,3; Hch 2,36) y van convirtiendo su 
corazón al Padre y a Jesucristo, el Señor (Hch 2,37 s.; Lc 10,27). La 
comunidad les transmite lo que ella a su vez ha recibido (cfr.1 Co 15, 3). 
Con la experiencia de fe, les va transmitiendo también todo el mensaje 
cristiano. Es la actividad catequética de la Iglesia (cfr. Hch 2,42) no sólo 
como catequesis dogmática, sino también e inseparablemente como 
catequesis moral. Asimismo, les va introduciendo gradualmente en las 
celebraciones, símbolos, gestos y tiempos de la actividad litúrgica de la 
comunidad total (cfr.Hch 2, 42). Igualmente, va suscitando su actividad 
evangelizadora que consiste en anunciar aquello que se cree y se vive 
(cfr. Hch 4,31). Cuando la experiencia comunitaria de fe ha madurado en 
ellos, los catecúmenos son, por lo mismo, iluminados (photizomenoi, 
Oriente; cfr. Hb 6,4; 10,32; Ef 5, 8; Mt 5,14; Jn 8,12; 12,36) o elegidos 
(electi, Occidente; cfr. Mt 22,14; Mc 13,20; 13,22; 13,27; Lc 18,7; Rm 
8,33; Col 3,12). La celebración de este acontecimiento (iluminación, 
elección) señala el fin del catecumenado propiamente dicho y abre el 
tiempo de preparación inmediata al bautismo, tiempo que 
tradicionalmente coincide con la Cuaresma (cfr. RICA 99 y 106). 

* El nacimiento a la fe (y la necesaria conversión) supone un 
acontecimiento tan trascendental en la vida de una persona y un cambio 
tan profundo que no puede ser aceptado sin experimentar dificultades, 
luchas, resistencias. Estar en situación de éxodo no es posible sin cruzar, 
al propio tiempo, el desierto y sin experimentar la tentación. 
El catecúmeno, miembro en parte de la humanidad irredenta, debe ser 
arrancado del poder de Satán, príncipe de este mundo (cfr. Jn 12,31; 
16,11). El catecúmeno debe ser liberado de todo género de mal: la 
influencia de los pecados de otros, las malas inclinaciones del propio 
corazón y los errores anteriores acerca de Dios, del hombre y del mundo. 

La lucha, la conversión del catecúmeno, adquiere dimensión y 
profundidad bíblicas: los momentos de tentación, de indecisión, de 
tinieblas, de desesperación que un día se presentaron y que vuelven a 
aparecer (cfr. Mt 12,43-45). Frente a todo eso, una y otra vez, la paz, la 
bondad, la alegría, la acción de Dios. En una palabra: expulsión del 
espíritu malo (cfr. Mc 9,25), acogida del Espíritu bueno (cfr. Jn 20, 22), 
lucha de la luz contra las tinieblas (cfr. Jn 1, 5; 3, 19), exorcismo. 
Los exorcismos (primeros o menores en la fase propiamente 
catecumenal) pueden repetirse en diversas circunstancias; normalmente 
se hacen durante la celebración de la Palabra. Muestran ante los ojos de 
los catecúmenos la verdadera condición de la vida cristiana, la lucha 
entre la carne y el espíritu, entre la luz y las tinieblas, la importancia de la 
renuncia para conseguir las bienaventuranzas del Reino de Dios, y la 
necesidad constante de su gracia. En la oración de exorcismo, la Iglesia 
pide que se retire el mal que amenaza al hombre, un mal que está por 
encima del hombre, pero por debajo de Dios (cfr. RICA 101, 109, 118). 

* Las bendiciones normalmente se dan al finalizar la celebración de la 
Palabra de Dios (también en otras circunstancias). Manifiestan el amor 
de Dios y la solicitud de la Iglesia. Así, de ella, los catecúmenos reciben 
ánimo, gozo y paz en la continuación de su esfuerzo y de su camino. 
Extendiendo las manos sobre los catecúmenos, se pronuncia una 
oración semejante a ésta: «Que el Señor te bendiga y te guarde; que el 
Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio; que el Señor te 
muestre su rostro y te conceda la paz» (Núm 6, 24-26). 

* La fase catecumenal se prolonga cuanto sea necesario para que 
madure la conversión y la fe de los catecúmenos; si fuere preciso, por 
varios años. En casos peculiares, puede abreviarse (cfr. RICA 98). 

* La fase catecumenal concluye con la celebración de la elección. Esta 
celebración tradicionalmente tuvo lugar al comienzo de la Cuaresma (el 
primer domingo). La elección es como el centro de la atenta solicitud de 
la Iglesia hacia los catecúmenos, como el eje de todo el catecumenado. 
Ese día se realiza la admisión de los catecúmenos que, por su 
disposición personal, sean considerados maduros para acercarse a los 
sacramentos de la iniciación en la próxima Pascua. Se llama «elección», 
porque la admisión, hecha por la Iglesia, se funda en la elección de Dios, 
en cuyo nombre actúa ella; se llama también «inscripción de los 
nombres», porque los nombres de los futuros bautizados se inscriben en 
el libro de los elegidos. Dice San Gregorio de Nisa:
«Dadme vuestros nombres para que yo los escriba con tinta. El Señor 
los grabará en tablas imperecederas, inscribiéndolos con su propia 
mano» (Adversus procrastinantes, PG 46, 417 B). Para ser elegidos se 
requiere de ellos la fe iluminada y la voluntad deliberada de recibir los 
sacramentos de la Iglesia (cfr. RICA 21-24 y 133-142). 
Ser inscrito en el libro de los elegidos, en el libro de la Iglesia, es 
quedar inscrito entre los ciudadanos de la Jerusalén celeste: «Desde 
ahora ya estás inscrito en el cielo» (Teodoro de Mopsuestia). Esto es lo 
que dice Jesús a sus discípulos cuando vuelven alegres, asombrados, 
por haber anunciado con poder el Reino de Dios: «no os alegréis de que 
los espíritus se os sometan, alegraos de que vuestros nombres estén 
escritos en los cielos» (Lc 10, 20; cfr. Ap 20, 12; 3, 1.5). En la elección, 
centro y eje de todo el catecumenado, la iniciativa corresponde, por 
encima de todo, a Dios: «nos ha elegido en él antes de la creación del 
mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 
1, 4; cfr. Col 3, 12; Rm 8, 33; 11, 5; St 2, 5; 1 Pe 2, 9). Tal elección, como 
todo el plan de Dios, se realiza en Cristo: «yo conozco a los que he 
elegido» (Jn 13, 18). Y también: «no me habéis elegido vosotros a mí, 
sino que yo os he elegido a vosotros» (15, 16; cfr. 6, 70). 

c) La purificación o iluminación 
Con la fiesta de la elección, comienza la fase de la purificación o 
iluminación; tradicionalmente coincide con el tiempo de Cuaresma y es 
dedicada a la preparación próxima de los sacramentos de iniciación 
(bautismo, confirmación, eucaristía). Esta fase es inaugurada en un clima 
de hondo lirismo y gozo eclesial: «Ya os llega un perfume de felicidad, 
iluminados. Ya estáis recogiendo las flores místicas para tejer con ellas 
coronas celestes. Ya el Espíritu Santo ha inspirado el dulce olor» (San 
Cirilo de Jerusalén, Procatequesis, 1). «Tiempo de gozo y alegría 
espiritual es éste en que nos encontramos. Han llegado los días de las 
bodas espirituales, objeto de nuestro anhelo y de nuestro amor, (San 
Juan Crisóstomo, Ocho catequesis 1, 1). Los elegidos (o iluminados) son 
invitados a permanecer vigilantes, a orar, a purificar y renovar sus 
corazones por la conversión y a asistir asiduamente a la catequesis, 
camino que lleva a la plenitud de la Pascua. Este camino va a ir jalonado 
durante la cuaresma por reuniones casi diarias. Es una fase breve, pero 
muy intensa. En ella se celebran los escrutinios, los exorcismos y las 
entregas (traditiones). 

* Los «escrutinios» (son tres) se celebran tradicionalmente los 
domingos tercero, cuarto y quinto de Cuaresma y tienen esta finalidad: 
descubrir en los corazones de los elegidos lo que es débil, morboso o 
perverso para sanarlo y lo que es fuerte, sano y bueno para reforzarlo y 
confirmarlo. Los escrutinios conducen al reconocimiento de sí mismo y de 
la propia situación. Son como un diagnóstico. Corresponden a la función 
pastoral del discernimiento. En los escrutinios, los catecúmenos conocen 
gradualmente el misterio del pecado, del cual todo el universo, y cada 
hombre en particular, anhela redimirse para verse libre de sus 
consecuencias actuales y futuras; además, sus corazones se impregnan 
progresivamente del misterio de Cristo y se convierten de la sed al agua 
viva, como la samaritana (Jn 4, 5-42); de la ceguera a la luz, como el 
ciego de nacimiento (Jn 9,1 -41); de la muerte a la vida, como Lázaro (Jn 
11, 1-45). 

* Los «exorcismos» ocupaban un lugar de preferencia en la liturgia 
bautismal antigua. La Traditio Apostólica de Hipólito dice que son diarios: 
«A partir del día que son elegidos, que se les imponga cada día las 
manos exorzándoles» (Traditio, 20). No obstante, los exorcismos se 
celebran de un modo especial los domingos tercero, cuarto y quinto de 
Cuaresma, junto a los escrutinios. La función pastoral del exorcismo 
pretende principalmente arrancar poco a poco al futuro bautizado de las 
fuerzas del mal y adherirlo a Cristo. Si el escrutinio es un diagnóstico, un 
discernimiento, el exorcismo es una cura. El tiempo de preparación al 
bautismo es un tiempo de lucha, de tentación. Por ello, el relato de la 
tentación de Jesús abre la liturgia de cuaresma. 
El exorcismo se funda en la certeza de que Dios continúa comunicando 
al hombre en situación desesperada de esclavitud e impotencia una 
salvación que jamás podría darle ninguna liberación humana 
(psicológica, sociológica, económica...). Es Cristo mismo quien combate 
para separar al futuro bautizado del Príncipe de las Tinieblas. 
Abandonado a sus fuerzas, el hombre no puede despegarse de ese 
poder del mal que le cautiva. 

* Desde la antigüedad, las entregas (tradiciones:TRADITIO) del 
Símbolo (Credo) y de la Oración dominical (Padrenuestro) pertenecen a 
la fase de la purificación; tradicionalmente, el Símbolo se entrega dentro 
de la semana del primer escrutinio; la Oración dominical, después del 
tercero (cfr. RICA 53). «Con las ''entregas'', una vez completada la 
preparación doctrinal de los catecúmenos, o al menos, comenzada en 
tiempo oportuno, la Iglesia les entrega con amor los documentos que 
desde la antigÜedad constituyen un compendio de su fe y de su oración» 
(RICA 181). 
La entrega del Símbolo es un acto fundamental, que contiene todo el 
significado de la catequesis. Al entregar el Símbolo, la iglesia transmite a 
los que van a ser bautizados la fe; por eso lo convierte en un acto 
litúrgico: se celebra la transmisión de la fe (cfr.1 Co 15, 3; Dt 6,1-7; Sal 
18; Rm 10, 8-13; 1 Cor 15, 1-8; Jn 3, 16; Mt 16, 13-18; Jn 12, 44-50). La 
tradición de la Iglesia está ahí presente y operante en toda la plenitud de 
su sentido. La catequesis se manifiesta entonces en toda su dimensión, 
como realización actual y viva de la tradición oral de la Iglesia. La misión 
del Símbolo es expresar resumidamente el contenido de la tradición; su 
origen es esencialmente catequético. Su formulación puede variar, pero 
el Símbolo constituye siempre un conjunto elemental y completo del 
mensaje cristiano de la salvación. 
Transmitir la fe es también iniciar en la oración, enseñar a orar. El que 
va a ser bautizado pide a la Iglesia lo que los discípulos pidieron a Jesús: 
«Maestro, enséñanos a orar» (Lc 11,1; cfr.11,1 -13). Al entregar la 
Oración del Señor (Padrenuestro), la Iglesia celebra la iniciación a la 
oración de los nuevos creyentes. El Padrenuestro es la oración 
específica de los creyentes, es decir, de los que ponen su confianza en 
el Padre, porque son hijos (cfr.1 Jn 3,1; cfr. Os 11,1-9; Sal 22; Rm 
8,14-27; Ga 4,4-7). Durante los quince días que siguen a la entrega del 
Padrenuestro, se hace una catequesis intensiva sobre la oración 
cristiana. 

* De ordinario, la iniciación cristiana de los adultos, su nacimiento a la 
fe, se celebra en la santa noche de la Vigilia Pascual. Es la celebración 
del bautismo. Nada resalta mejor el carácter de muerte al pecado y de 
conversión a Dios, que señala toda la preparación al bautismo, como el 
rito final de la renuncia a Satanás y de la adhesión a Cristo. Es el último 
antes del bautismo. La adhesión a Cristo constituirá el acto de fe que se 
requiere para el bautismo (cfr RICA 208, 217, 219; cfr. Hch 20,21). 
Según el antiguo uso, con el bautismo, se celebra la confirmación y la 
eucaristía (Cfr. RICA 34-36). 

e) La mystagogía 
La última etapa, tradicionalmente realizada en el tiempo pascual, se 
dedica a la catequesis mystagógica, es decir, a la profundización en la 
nueva experiencia de los sacramentos y de la comunidad. Es la etapa de 
los neófitos. 

* «Concluida la etapa precedente, la comunidad, juntamente con los 
neófitos, progresa, ya con la meditación del Evangelio, ya con la 
participación de la Eucaristía, ya con el ejercicio de la caridad, en la 
percepción más profunda del misterio pascual y en la manifestación cada 
vez más perfecta del mismo en su vida» (RICA 37). 

* «La posterior frecuencia de sacramentos, así como ilumina la 
inteligencia de las sagradas Escrituras, hasta tal punto acrecienta la 
ciencia de los hombres y redunda en la experiencia de la comunidad, que 
hace más fácil y provechoso a los neófitos el trato de los demás fieles. 
Por esto, la etapa de la "Mystagogía" tiene una gran importancia para 
que los neófitos, ayudados por los padrinos, traben relaciones más 
íntimas con los fieles y les enriquezcan con la renovada visión de las 
cosas y con un nuevo impulso» (RICA 39). 
(·López-J. _DICC-ESPIRITUALIDAD.Págs 150-151. 155-167) 
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BIBLIOGRAFÍA 

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Studium, Madrid, 1975. 

DIRECTORIO GENERAL DE PASTORAL CATEQUETICA, Sagrada 
Congregación del Clero, Roma, 1971. Traducción española: 
Secretariado Nacional de Catequesis, Madrid, 1973. 

DODD, C. H.: La predicación apostólica y sus desarrollos. Ed. Fax, 
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DUJARIER, M.: L 'evolution de la pastoral catéchumenal aux premiers 
siécles. En «La Maison Dieu» 71 (1962), 46-61. 

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GONZALEZ RUIZ, J. M.: El evangelio de Pablo. Ed. Marova, Madrid, 
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perspectives nouvelles. Centurion, París, 1969. 

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--, Catequesis de adultos y «Catechesi Tradendae». En «Actualidad 
Catequética» 96 (1980), 159-173. 

MOVILLA, S.: Del catecumenado a la comunidad. Ed. Paulinas, Madrid, 
1982. 

PIGNATIELLO, L. M.: Obiettivi pastorali di una iniziazione cristiana degli 
adulti in Italia. en «Via, veritá e vita» 41 (1973), 47-59. 

RITUAL DE LA INICIACION CRISTIANA DE ADULTOS, Sagrada 
Congregación para el Culto Divino. Roma, 1972. Traducción española: 
Comisión Episcopal de Liturgia, Madrid, 1976. 

También, los números especiales de las siguientes revistas, dedicados 
monográficamente al catecumenado: 
CONCILIUM 22 (1967), 
LA MAISON DIEU 71 (1962), 
PHASE 64 (1971) y 
ACTUALIDAD CATEQUETICA 74-75 (1975).