CATECUMENADO
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CATECUMENADO
DATOS DE LA HISTORIA Y ETAPAS DEL RITUAL DE LA INICIACIÓN CRISTIANA DE ADULTOS
El presente trabajo ha sido preparado para el Diccionario de Espiritualidad de
Ediciones Paulinas (Madrid. 1983). Por su interés (perspectiva histórica y
litúrgica del catecumenado), lo incluimos aquí.
A) CATECUMENADO. DATOS DE LA HISTORIA
CADO/HISTORIA Etimológicamente, la palabra catecumenado procede
del verbo griego kat-echeo, que significa resonar, hacer sonar en los
oídos, y, por extensión, catequizar, instruir. Así, catecúmeno es el que
está siendo instruido, catequizado; más en concreto, el que está siendo
iniciado en la escucha, no de una palabra cualquiera, sino de la Palabra
de Dios.
Realmente, el catecumenado conecta con esta experiencia bíblica
fundamental: Dios habla hoy. Y se pone al servicio de ella. Para el
hombre bíblico, el mayor problema religioso no está en si Dios existe o
no existe, sino en si Dios habla hoy o no. Así, el hombre puede escuchar
los pasos de Dios por el jardín de este mundo, pero también puede
ocultarse (Gn 3,8); el escuchar constituye a Israel como Pueblo de Dios
(Dt 6, 4). Dios revela a Israel la Palabra, lo que no hizo con ninguna otra
nación (Sal 147,19 s.); los profetas gritan con voz que nadie puede
acallar: escuchad la Palabra (Am 3,1; Jr 7,2).
ESCUCHA/PD: Se trata de escuchar no cualquier
palabra, sino la Palabra de Dios, una palabra que se cumple en la
historia (Ez 12, 28); la Palabra de Dios no se agota, como tampoco su
amor (Sal 77,9); el creyente necesita vivir conforme a la Palabra (Sal
119, 25), si no quiere endurecer su corazón (Sal 95, 7 s.).
Para Jesús de Nazaret, evangelizar es sembrar la Palabra (Mc 4,14); la
Palabra es algo necesario, como el aire o el pan (Mt 4, 4); en torno a
ella se constituye la verdadera comunión, la verdadera familia (Lc 8, 21);
quien fundamenta su vida en la Palabra, construye sobre roca (Mt 7, 24);
toda la Escritura se convierte en testimonio a favor de Jesús (Jn 5,39); El
es la Palabra de Dios hecha carne (Jn 1,14), palabra rechazada por los
suyos (1,11), Palabra que transforma en hijos de Dios (1,12), Palabra
crucificada, muerta y sepultada, Palabra resucitada.
Para la Iglesia naciente, evangelizar es anunciar la buena nueva de la
Palabra (Hch 8,4); cuando los gentiles la acogen, se hacen creyentes, lo
mismo que los judíos (Hch 10, 44; 11, 1): quien evangeliza, anuncia no
una palabra de hombre, sino la Palabra de Dios viva y operante (1 Ts
2,13), una palabra viva y eficaz (Hb 4, 12), Palabra no encadenada (2
Tm 2, 9), Palabra que compromete, aunque la mayoría negocie con ella
(2 Co 2,17). En fin, escuchar o no escuchar, acoger o rechazar la
Palabra, he ahí la frontera de la conversión al evangelio del Cristo que
vive.
El catecumenado, iniciando en la escucha de la Palabra de Dios, inicia
en una experiencia que atraviesa vitalmente toda la Escritura y que
afecta básicamente a la misión evangelizadora: «iban por todas partes
anunciando la Buena Nueva de la Palabra» (Hch 8, 4).
El catecumenado cristaliza como institución eclesial en la Iglesia del
siglo lll (catechumenoi en Oriente, audientes en Occidente), pero recoge
la herencia de un proceso de evangelización que se remonta a la misión
apostólica y, también, a la misión del mismo Jesús (Jn 20,21; 17,18). En
función de esta evangelización originaria ha de ser entendido el
catecumenado posterior y no al revés. Por ello, más que la institución
eclesial como tal interesa el proceso de evangelización que la institución
pretende desarrollar. Este proceso, que en el siglo lll viene a ser
catecumenal, está fundamentalmente en continuidad con la
evangelización apostólica y las constantes de su desarrollo.
I. CONSTANTES DE LA EVANGELIZACIÓN
En efecto, en la evangelización apostólica observamos unas
constantes, que se conjugan con la libertad de cada evangelizador. Así
sucede con Pablo, evangelizador de cuerpo entero. Pablo ha disfrutado
de una gran libertad a la hora de evangelizar; él ha tenido una fuerte
experiencia en el camino de Damasco y -desde entonces- en muchos
otros caminos; pues bien, desde esa experiencia (que es su propia
experiencia) evangeliza. Y así, durante muchos años. Pero «al cabo de
catorce años, dice Pablo, subí nuevamente a Jerusalén... Subí movido
por una revelación y les expuse el evangelio que proclamo entre los
gentiles -tomando aparte a los notables- para saber si corría o había
corrido en vano» (Ga 2, 1-2). Pablo, movido por una revelación, es decir,
por algo que considera Palabra viva del Señor dirigida a él, acude a
Jerusalén para confrontar su propio evangelio con el de aquellos que
«eran considerados como columnas» (Ga 2, 9) de la comunidad madre
de Jerusalén. Quiere saber si corría o había corrido en vano, es decir, si
transmite en su libertad el mismo evangelio que los demás, el único
evangelio común. Los «notables» de la Iglesia le «tendieron la mano en
señal de comunión» (Ga 2, 9): en la evangelización de Pablo se daban
las constantes fundamentales.
Plantearse en la segunda mitad del siglo xx qué significa
catecumenado o qué significa evangelizar conduce a entresacar del
amplio pluralismo de la Iglesia de los primeros siglos las constantes de
evangelización que sirvieron entonces de puntos comunes de referencia
y que pueden ser recuperadas hoy como líneas básicas del proceso
catecumenal, dentro de una pluralidad de circunstancias, métodos e
instrumentos. El catecumenado, antiguo o moderno, está
indisolublemente vinculado a unas constantes de evangelización
anteriores que lo fundamentan, constituyen y configuran.
Il. CATEQUESIS CRISTIANA PRIMITIVA
En los primeros tiempos, el proceso de evangelización se abre paso en
medio de circunstancias difíciles. Los cristianos se encuentran en
situación política y religiosa adversa, frecuentemente perseguidos y, por
tanto, en permanente estado de riesgo. San Pablo conoce perfectamente
esta situación, que afecta especialmente a aquellos que evangelizan:
«Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no
desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no
aniquilados» (2 Co 4, 8-9; cfr. 6, 4-10).
Algo semejante comenta el autor del Discurso a Diogneto (siglo
II). Los
cristianos son, como lo fue Jesús de Nazaret, señal de contradición:
«A todos aman y por todos son perseguidos. Se los desconoce y se
los condena. Se los mata y en ello se les da la vida. Son pobres y
enriquecen a muchos. Carecen de todo y abundan en todo. Son
deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. Se los maldice
y se los declara justos. Los vituperan y ellos bendicen. Se los injuria y
ellos dan honra. Hacen bien y se los castiga como malhechores;
castigados de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Por los
judíos se los combate como a extranjeros; por los griegos son
perseguidos y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben
decir el motivo de su odio» (V, 11-17).
Los cristianos son minoría dentro de la sociedad, pero son como una
ciudad levantada en lo alto de un monte (Mt 5,14); son numéricamente
pocos, pero actúan como levadura en medio de la masa (Lc 13, 21). En
ellos se da un fuerte proceso de evangelización de adultos (también de
niños), que se transmite en el clima favorable de una relación de
fraternidad. Se reúnen donde pueden, frecuentemente en las casas. El
individuo no está aislado, vive en comunidad. El número de miembros
que compone cada comunidad no es excesivamente grande: cada uno
es conocido y llamado por su nombre. El misterio de comunión que
constituye a la Iglesia se hace visible y significativo en una relación
fraterna y comunitaria. La Iglesia vive en estado de misión, como luz de
las gentes (Is 62).
1. En la Iglesia naciente
En la Iglesia naciente, se distingue entre el anuncio del evangelio a los
no cristianos (kerygma) y la enseñanza dada a los nuevos convertidos en
la que se explicaban las Escrituras a la luz de los hechos cristianos
(didaché). «acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles» (Hch
2, 42) aquellos que previamente habían acogido el anuncio del
evangelio. Ciertamente, la iniciación cristiana (catequesis) es entonces
algo más que «enseñanza de los apóstoles». Es también «comunión»,
«fracción del pan», «oración», «temor ante los prodigios y señales»,
«comunicación de bienes», «agregación a la comunidad» (2, 42-47): es
decir, iniciación en la vida cristiana total.
Desde los orígenes se distinguían dos clases de creyentes: los niños
pequeños (nepioi; los que no hablan) y los adultos (teleioi, los cristianos
maduros). Por ello puede decir Pedro: «Como niños recién nacidos,
desead la leche espiritual pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la
salvación» (1 Pe 2, 1). O como dice Pablo: «No seáis niños en juicio. Sed
niños en malicia, pero hombres maduros en juicio» (1 Co 14, 20). Y
también el autor de la Carta a los Hebreos: «debiendo ser ya maestros
en razón del tiempo, volvéis a tener necesidad de ser instruidos en los
primeros rudimentos» (Hb 5, 12). Todo ello nos manifiesta que en la
Iglesia naciente hay clara conciencia de que la evangelización se
transmite en un proceso de crecimiento. El «niño pequeño» sería, por
tanto, el que se encuentra en proceso de maduración. Y esto, antes o
después del bautismo.
Inicialmente, se bautiza precozmente. La experiencia de fe es rica y
abundante. Los Hechos de los Apóstoles nos hablan de la celebración
del bautismo, tras la primera experiencia del Espíritu: «Estaba Pedro
diciendo estas cosas, cuando el Espíritu cayó sobre todos los que
escuchaban la Palabra... Y mandó que fueran bautizados en el nombre
de Jesucristo» (Hch 10, 44-48). No obstante, la situación política y
religiosa adversa (y otros problemas) conducen a veces a la apostasía y
deserción. Ello irá aconsejando prudencia y no bautizar a nadie, hasta
que no haya señales suficientes de que ha madurado el proceso de
conversión.
2. Testimonios más antiguos
Entre los testimonios más antiguos de la catequesis cristiana primitiva
(fuera del Nuevo Testamento) es preciso citar, sobre todo, la Didaché o
Doctrina de los Apóstoles (siglo l): es un escrito judeocristiano, que
presupone un cierto período de instrucción catequética, una especie de
«manual del misionero» o apóstol. También habría que citar la Epístola
de Bernabé (enseñanza elemental y completa dirigida a bautizados, a
comienzos del siglo II), la Epístola de los Xl Apóstoles (escrito del siglo II,
conservado en copto y en armenio).
Especial mención merece la Apología I de Justino, obra escrita en
Roma a mediados del siglo II. Esta Apología, dirigida a los emperadores
romanos, habla de la existencia de un breve período de preparación al
bautismo, al parecer muy simple. En efecto, se trata de un tiempo
«dedicado» a la instrucción, a los ayunos y a la oración, se requiere
«creer que son verdaderas las cosas enseñadas y dichas», «la promesa
de vivir de este modo» y «aprender a rezar y a pedir con ayunos el
perdón de los pecados": «nosotros, después de haber bautizado al que
ha creído y se ha unido a nosotros, lo llevamos a los llamados hermanos,
allí donde están reunidos». Justino habla del bautismo como de una
iluminación, «porque quienes han sido instruidos en todo esto tienen el
espíritu como iluminado» (Apología I 61, 65 y 66).
Es preciso citar también la Demostración de la Predicación Apostólica
de San Ireneo (hacia 115-203), la primera exposición catequética de la
historia de la salvación y, finalmente, el Pastor de Hermas (hacia el 140,
en Roma), que -no utilizando todavía la palabra catecumenado-
manifiesta la existencia de un tiempo de preparación al bautismo: los
candidatos son iniciados en la escucha de la Palabra y han de dar
pruebas de conversión.
3. La institución del catecumenado
El comienzo del siglo lll es un momento clave en la historia de la
Iglesia: poco a poco, los cristianos se van extendiendo, dejan de vivir en
pequeños grupos e invaden la sociedad. Se está configurando un nuevo
modo de situarse la Iglesia en medio del mundo: el problema está en
saber qué conservar y qué rechazar de las costumbres de aquella
sociedad.
Según Eusebio de Cesárea, Panteno había fundado una «escuela de
catequesis» en Alejandría. Aún no ha nacido la institución del
catecumenado, pero las costumbres y el vocabulario manifiestan la
existencia de una seria formación catecumenal. A Panteno le sucede
Clemente, hacia el año 190.
Los trabajos de Clemente testimonian claramente el uso de la palabra
catecúmeno y la práctica de una real disciplina catecumenal. La
estructura es muy flexible, hay mezcla de paganos y neófitos. El proceso
dura unos tres años. Se valora mucho el esfuerzo intelectual en los
catequistas, así como los valores de la filosofía griega. En el Pedagogo
de Clemente de Alejandría cada detalle concreto de la vida diaria es
puesto en confrontación con el mensaje evangélico.
En el norte de África, Tertuliano (hacia 160-220) escribe su Tratado
del Bautismo en torno a los años 205-206. Es la primera exposición
completa sobre el sacramento (su necesidad, efectos, ritos y figuras del
mismo en el Antiguo y Nuevo Testamento), de gran influjo en la tradición
posterior. La iniciación bautismal es la única entrada en la única fe por
sucesivas etapas: paganos, catecúmenos (audientes o auditores,
ingressuri baptismum) y fieles. Se requiere, por tanto, un tiempo en que
se consolide y verifique la conversión.
La Tradición Apostólica de Hipólito de Roma, obra escrita hacia el 215,
presenta una organización no frecuente del catecumenado,
caracterizada por una fuerte estructura. Como es común ya en el siglo lll,
se distinguen dos estadios dentro del catecumenado: la preparación
remota al bautismo (entrada y permanencia en el catecumenado, durante
unos tres años) y la preparación próxima (que se inaugura con la
admisión al bautismo). Con dicha admisión, los candidatos al bautismo,
hasta ahora oyentes (audientes) pasan a ser elegidos (electi). Hipólito
fue un sacerdote romano que se opuso violentamente al Papa Calixto, a
quien acusó de laxismo. La Tradición Apostólica presenta algunos rasgos
rigoristas; es, sin embargo, fruto de un esfuerzo pastoral lentamente
madurado a lo largo del siglo II y refleja fielmente el estado de la liturgia y
disciplina romanas a principios del siglo lll.
La Didascalia de los apóstoles, obra escrita en el norte de Siria en la
primera mitad del siglo III habla indistintamente de etapas catecumenales
(pre-bautismales) y de etapas penitenciales (postbautismales). Estas son
las etapas catecumenales: la conversión (respuesta al anuncio del
evangelio), la admisión progresiva en la Iglesia (se escucha la Palabra,
sin participar en el culto) y la penitencia litúrgica (comienza con la
elección y termina con el bautismo).
San Cipriano (hacia 210-258), en su Testimonia ad Quirinum, nos
aporta una colección de citas del Antiguo Testamento, clasificadas según
el plan mismo de la catequesis (catequesis dogmática y catequesis
moral). Aparecen aquí los mismos textos del Antiguo Testamento
agrupados del mismo modo que en la primera carta de Pedro, en la
Carta de Bernabé y en la Demostración de Ireneo.
Orígenes (hacia 185-254) es el primer catequista que conocemos con
precisión. Eusebio de Cesarea nos dice cómo llegó a tomar esa opción
radical que le puso incondicionalmente al servicio de la catequesis:
«No había nadie en Antioquía dispuesto para catequizar... A los
dieciocho años, entró en la escuela de catequesis... Viendo que acudían
a él numerosos discípulos, como estaba solo..., pensó que era
incompatible la enseñanza de las ciencias gramaticales con la que tiene
por objeto dar conocimientos divinos y, sin tardar, rompió con el primer
trabajo. En adelante había de dedicar su vida exclusivamente al estudio
de la Escritura y a la formación de catecúmenos, lo cual, en esta época
de persecuciones, era muy peligroso» (Historia Eclesiástica 3, 3-7).
Para Orígenes, la iniciación cristiana supone también un cambio real
de vida: es preciso consolidar la conversión. Principalmente en su obra
Contra Celso encontramos detalles sobre la estructura de la catequesis y
la organización del catecumenado. Distingue claramente tres etapas
catecumenales: la probación pre-catecumenal, la probación catecumenal
y la probación penitencial postbautismal. Entre los catecúmenos
distingue los oyentes o auditores (principiantes y convencidos) y los
elegidos.
4. Expansión y decadencia
«Desde comienzos del siglo II, dice Danielou, la estructura de la
preparación al bautismo ya está determinada en sus líneas esenciales. El
siglo IV, fecundo en obras catequéticas de gran envergadura, no hará
más que llevarlas a su plena expansión. La abundancia de fuentes que
poseemos nos permite conocerlas de modo muy preciso y completo.»
En Oriente contamos con Cirilo de Jerusalén (18 Catequesis
pronunciadas a lo largo de la Cuaresma y de la semana de Pascua del
año 348); Teodoro de Mopsuestia (16 Homilías Catequéticas
pronunciadas en Antioquía hacia el 392), San Juan Crisóstomo (ocho
catequesis, escritas probablemente alrededor del año 390), el Itinerario
de Egeria (una información preciosa y completa sobre la preparación al
bautismo en Jerusalén, a finales del siglo IV). En Occidente contamos
con Ambrosio (De Mysteriis, catequesis sobre los sacramentos en
función de una tipología bíblica, escritas en Milán hacia el año 390-391;
también el tratado De Sacramentis, escrito con notas tomadas de
catequesis habladas) y con Agustín (algunos sermones pre-bautismales
y, sobre todo, el De Catechizandis Rudibus (hacia el 400), librito capital
sobre el método catequético, enviado al diácono Deogracias, que lleva la
catequesis en Cartago y se encuentra muy desalentado: sigue la historia
de la salvación y se ocupa también de la preparación remota al bautismo
y no sólo de la preparación inmediata, como las demás obras).
«La historia del catecumenado, dice Dujarier, se ha desarrollado en
tres etapas. A fin del siglo lll, las exigencias de una Iglesia misionera
mantienen en serio la preparación bautismal : examen de entrada, largo
periodo de formación, nuevo examen antes de ser admitido al bautismo.
Durante los siglos IV y V las circunstancias cambian por la conversión de
los emperadores. Se constituye una cristiandad. Se desarrolla el período
cuaresmal en detrimento del catecumenado propiamente dicho.
Finalmente, el siglo Vl sólo conserva ritos más o menos condensados, y
el bautismo de niños se impone sobre el catecumenado.»
En efecto, las circunstancias cambian. En el año 313, en tiempos de
Constantino, el edicto de Milán decreta la tolerancia del culto cristiano.
En el 380, con Teodosio, el edicto de Tesalónica proclama al cristianismo
como religión oficial del Estado. Con ello se establece una nueva
situación religiosa y política: la Iglesia pasa de la persecución a la
protección oficial; los paganos y herejes son ahora perseguidos; el
catecumenado se difunde primero para ir desapareciendo, poco a poco,
después; las masas entran en la Iglesia sin catequizar, y el emperador, a
la vez cristiano y depositario de la más alta autoridad temporal, interviene
e interfiere en los asuntos de Iglesia.
PERSECUCION/I PODER/I I/PODER-POLITICO: «Combatimos contra
un perseguidor insidioso -escribe San ·Hilario-SAN de Poitiers en el siglo
IV-, un enemigo que ciertamente halaga..., no nos azota, sino que
acaricia nuestro estómago; no confisca los bienes para darnos la vida,
sino que nos enriquece para darnos la muerte; no nos empuja hacia la
libertad encarcelándonos, sino hacia la esclavitud ofreciéndonos honores
en su palacio; no hiere nuestros flancos, pero secuestra nuestro
corazón; no corta la cabeza con espada, pero mata el alma con oro; no
amenaza oficialmente con la hoguera, pero enciende secretamente el
fuego del infierno... Adula para dominar; confiesa a Cristo para negarlo;
busca la unidad para impedir la paz; oprime a los herejes para que no
haya cristianos; construye iglesias para destruir la fe» (Contra el
emperador Constancio, 5).
San Juan Crisóstomo (hacia 349-407) es el tipo de hombre de Iglesia,
fiel hasta el extremo, a quien toda forma de tomar en consideración las
circunstancias políticas y el poder de los grandes de este mundo le
parecen una traición al evangelio. Su fidelidad la pagó con el precio de la
persecución y el destierro .
En el siglo Vl, el catecumenado queda reducido a la cuaresma y,
además, queda situado en la primera parte de la misa. Con ello la Iglesia
ya no tiene otro espacio de acogida que la misa misma y los
catecúmenos deberán adaptarse al sistema de una comunidad
pre-establecida. Posteriormente, hasta se perderá la conciencia de que
la cuaresma tuvo algo que ver con el catecumenado. Con la situación de
cristiandad, se pierde -a gran escala- no sólo el catecumenado como
institución, sino -lo que es más importante- el proceso de evangelización
y catequización de los adultos, predominando decisivamente la
masificación, el cultualismo y la fijación infantil de la catequesis.
III. VIEJA CRISTIANDAD Y TIERRAS DE MISIÓN
Con los condicionamientos propios de la época, el descubrimiento del
Nuevo Mundo y las expansiones coloniales de los siglos XVI y XVIl
provocaron nuevamente la cuestión de la preparación bautismal. Dicha
preparación fue aconsejada por los teólogos de Salamanca (1541) y
declarada obligatoria por los concilios de Méjico (1555) y de Lima (1552),
que señalan un tiempo mínimo de treinta días para la instrucción
catecumenal. El sínodo de Quito (1570) no fija la duración mínima, sino
que había «de un tiempo conveniente».
1. Por la vía rápida
De hecho, el tiempo de preparación resulta excesivamente corto. La
sacramentalización masiva es arrolladora y la catequesis bautismal dura,
como mucho, cinco días. Sólo en un mes (diciembre de 1543) San
Francisco Javier administra 10.000 bautizos. Con objeto de promover
una preparación más seria, San Ignacio sugiere la creación de «casas de
catecumenado». Pero los vientos no iban por ahí: el concilio de Trento
(1545-1563) calla sobre la cuestión; y hacen lo mismo los concilios de
Lima (1584) y de Méjico (1585), que habían de influir decisivamente
hasta el siglo XIX en la Iglesia latinoamericana. Las decisiones
conciliares de Indias se limitan a sugerir que a nadie se le bautice contra
su voluntad.
En la vieja cristiandad, las cosas no iban mucho mejor. Bartolomé
·Carranza-B (hacia 1503-1576), arzobispo de Toledo, denuncia la
situación religiosa de su tiempo en su famoso Catecismo, por el cual fue
procesado:
«Sabemos que hay millares de hombres en la Iglesia que, preguntados
de su religión, ni saben la razón del nombre ni la profesión que hicieron
en el baptismo, sino, como nacieron en casa de sus padres, así se
hallaron nacidos en la Iglesia; a los cuales nunca les pasó por
pensamiento saber los artículos de la fe, qué quiere decir el Decálogo,
qué cosas son los sacramentos. Hombres cristianos de título y de
cerimonias y cristianos de costumbre, pero no de juicio y de ánimo;
porque, quitado el título y algunas cerimonias de cristianos, de la
substancia de su religión no tienen más que los nacidos y criados en las
Indias» (Catechismo Christiano, 1558, BAC, Madrid, 1972, 119).
El arzobispo procesado por la Inquisición piensa que la Iglesia necesita
una reacción profunda, volviendo a las fuentes de la iglesia primitiva y,
en concreto, a la tradición catecumenal de la misma, que incluía un serio
discernimiento antes de la celebración del bautismo o de la confirmación:
«En la Iglesia primitiva acostumbraron los Padres de ella que, los que
venían a tomar el baptismo con edad y uso de razón, que llamamos
adultos, antes que se baptizasen fuesen enseñados en las cosas
generales y substanciales de la religión, y no les permitían tomar el
baptismo hasta que estuviesen bien instructos en ellas; y por el tiempo
que estaban en esta instrucción antes del baptismo, se llamaban
catecúmenos...
... Pero en los que se baptizaban niños sin uso de razón (porque
desde el tiempo de los Apóstoles los hijos de los cristianos se baptizan
en esta edad, y de ellos tiene la Iglesia esta tradición y uso), a éstos,
después que llegaban a edad, los catequizaban; y si sabían bien la
doctrina (3v) cristiana, los confirmaban sus obispos y les ponían la señal
y la banda de cristianos. Y los unos y los otros eran examinados; los
grandes, antes del baptismo, y los pequeños, antes de la confirmación.
Sin examinación y aprobación ninguno era recibido al baptismo.
... Esta costumbre se guardó muchos años, y era una de las más
santas, y más útiles que nos dejaron los Apóstoles.
De este ejercicio hicieron muchos decretos los antiguos, como refiere
Rábano, y en los concilios hay cánones muchos que mandan guardar
esta santa costumbre..., agora hallamos en esta ignorancia, no
solamente a los mancebos de quince o viente años, pero a los hombres
de cuarenta y cincuenta años"... (O.C., 1 21 - 122).
Intentando dar una respuesta a esta situación, agravada por la división
de la cristiandad, florecen muchos catecismos: unos son amplios (para
sacerdotes y personas cultas) y otros breves (para el pueblo y,
especialmente, para los niños). Los Papas insisten en la implantación del
Catecismo Romano (síntesis bíblica, doctrinal y espiritual para uso de
párrocos) y en el Catecismo de Belarmino (para niños). En España
destacan, junto al de Carranza, los catecismos de Talavera, Juan de
Valdés, Nemeses, Constantino, Diego Ximénez, Domingo y Pedro de
Soto, Juan de Ávila y Martín Pérez de Ayala, predecesores de los
catecismos de Astete y Ripalda. Con perspectiva histórica y ante
situaciones semejantes en muchos aspectos, podemos hoy constatar
que el catecismo -aun siendo un instrumento utilísimo- no resuelve todos
los problemas.
A finales del siglo XVI, el cardenal Sanctorio investiga en las fuentes de
la antigua liturgia romana. Su renovación litúrgica y pastoral es divulgada
por el carmelita Tomás de Jesús (1564-1627) y, luego, por la nueva
Congregación de Propaganda Fide (1622); esta Congregación, a
comienzos del XIX, determinará que la duración y forma del
catecumenado sea decidida por los obispos misioneros.
2. Restauración en marcha
En 1778, el cardenal Lavigerie, fundador de los Padres Blancos, dirige
una carta al cardenal Franchi, Prefecto de Propaganda Fide,
exponiéndole su proyecto de restaurar el catecumenado estricto. Dicho
proyecto es aprobado. Ese mismo año dirige sus primeras instrucciones
a diez misioneros de Tanzania, en el reino de Buganda. En 1789 el
proyecto es puesto en marcha; cuatro años de duración y tres grados
escalonados: postulantes (reciben una instrucción elemental durante dos
años), catecúmenos (son instruidos en la totalidad del mensaje, durante
otros dos años) y candidatos al bautismo (quienes superan la prueba y
son admitidos). Los Padres Blancos difundirán el catecumenado en
muchas misiones africanas. Junto al cardenal Lavigerie, es preciso citar
también al Padre Libermann, fundador de los Padres del Espíritu Santo,
que ha contribuido también decisivamente a la restauración del
catecumenado en tierras de misión.
En la segunda mitad del siglo XX, al final del Concilio Vaticano II, el
catecumenado parece estar establecido en las parroquias y sucursales
de toda el África subsahariana (Camerún, Ghana, Malí, Nigeria, Burundi,
Congo, Ruanda, Tanzania, Uganda, Zambia, Rodesia, Unión
Sudafricana). En su mayor parte, está llevado por catequistas. Su
duración es variable: cuatro años, dos, uno, seis meses, dos o tres
meses; a veces, se deja a la discreción del párroco. En general, lo que
mueve a los paganos a inscribirse en el catecumenado es «servir a
Dios», «seguir el camino de los padres»; también la promoción humana o
consideraciones familiares. El catecumenado suele organizarse con
estos objetivos: aprender la doctrina cristiana y las oraciones usuales. Se
echa de menos una auténtica iniciación, una verdadera evangelización
que culmine en la conversión al Dios vivo y a Jesucristo. En relación con
la parroquia, el catecumenado ha ido quedando como una actividad
marginal. Asimismo, salvo algunas excepciones, el catecumenado no
guarda relación con el tiempo litúrgico.
En medio de una cultura autosuficiente como la del Japón, el misionero
siente especialmente la tentación de disimular la novedad radical del
evangelio, el poder que tiene la Palabra de Dios de mover a los hombres
de hoy. Entonces, la gente no es situada ante el dilema y la opción de la
conversión. Hacia 1965, los misioneros no están de acuerdo sobre
cuáles deben ser las condiciones de entrada en el catecumenado; lo
mismo sucede con la duración. No obstante, es frecuente la instrucción
semanal que puede durar cerca de un año.
En Vietnam es particularmente interesante la experiencia catecumenal
del misionero J. Dournes, que convirtió su misión en centro de
catecumenado: se trata de insertar al hombre en ese misterio de la
Palabra personal que es Cristo, Palabra que es pan de vida y, también,
verdad que libera. Primero solo, luego con los catecúmenos que van
acudiendo, da testimonio de su fe. Desde el principio, todo catecúmeno
es un signo para el conjunto de sus hermanos paganos. Cualquiera
puede acudir como oyente a las reuniones y celebraciones, excepto a la
eucaristía. El oyente se convierte en catecúmeno, cuando comienza a
creer y supera las mayores dificultades para su conversión. El postulante
entrega personalmente los objetos sagrados paganos. Los catecúmenos
son formados individualmente por el padrino y colectivamente por la
asamblea litúrgica. Las etapas no tienen duración fija: dependen de las
señales que cada uno da de su conversión; los primeros bautizados
tuvieron no menos de cinco años de catecumenado, un catecumenado
que se desarrolla en conexión con la liturgia. En la práctica, los obispos
del país mantienen la costumbre de bautizar sin etapas y sin preparación
seria, aunque la inmensa mayoría de los así bautizados abandona la
Iglesia poco después.
En Formosa la organización del catecumenado varía según los
lugares. La instrucción religiosa, generalmente sobre la base de
catecismos tradicionales, se hace en grupos o individualmente. La
duración, en principio, es de un mínimo de seis meses, con dos o tres
instrucciones por semana. En ciertas parroquias, se comienza un
«curso» cuando hay un grupo de interesados; en otras, cabe la
incorporación a un grupo en marcha, recuperando lo perdido después.
Para la admisión al bautismo es preciso superar un examen: preguntas
del catecismo, recitación de oraciones y algunas cuestiones sobre la vida
cristiana en el mundo de hoy. Se detectan problemas: una fe sociológica
o utilitaria, el sincretismo y la descristianización.
La renovación bíblica, catequética y litúrgica llega también a las
misiones africanas y asiáticas. Poco a poco, se irán planteando cada vez
más claramente algunas grandes cuestiones: la diversidad de los
catecumenados existentes, la interacción entre evangelio y cultura, la
reacción frente al centralismo romano, la excesiva institucionalización del
catecumenado y el problema de unas líneas esenciales válidas para todo
proceso catecumenal.
IV. RESTAURACIÓN DEL CATECUMENADO
La restauración del catecumenado ha ido madurando lentamente en la
Iglesia universal, tanto en tierras de misión como en países de vieja
cristiandad; su necesidad se ha ido haciendo sentir en el contexto de una
progresiva secularización del mundo contemporáneo.
Ya en 1906, un monje francés, Dom Cabrol, ante la apostasía tan
frecuente de los cristianos de nuestro tiempo, propone reservar el
bautismo de niños para el caso de familias verdaderamente cristianas,
adoptando de nuevo, para los demás, el bautismo de adultos, que
recuperaría así su plena significación.
A partir de 1930 se observa una gran corriente misionera en toda
Francia; no se trata ya de «pescar con caña», sino que el problema es
más profundo: «hay que hacer de nuevo cristianos a nuestros
hermanos». No se trata de la conversión aislada de un adulto, sino de
poner en marcha todo un ambiente a partir de un adulto que toma
conciencia de su fe. El problema es conflictivo. Francia es país de misión
dirán en su impresionante libro H. Godin y Y. Daniel (Lyón, 1943); en él
aparece varias veces la idea e incluso la palabra catecumenado.
«Las primeras experiencias europeas de tipo catecumenal, afirma C.
Floristán, tienen origen en Francia hacia 1950. Nacen como respuesta a
una necesidad evidente: la preparación de adultos que solicitan el
bautismo cristiano. En realidad, el bautismo de adultos era una praxis
excepcional hasta 1945. Precisamente, la generalización del bautismo de
niños, ocurrida hacia los siglos IV y V, hizo que decayese paulatinamente
el catecumenado de adultos, basta desaparecer en Europa
prácticamente desde el siglo XVI.»
En efecto, hacia 1950, la misión obrera francesa comienza a dar sus
frutos entre trabajadores (muchos de ellos emigrantes) que o no son
católicos o no son cristianos o, simplemente, no están bautizados (en
ciertas zonas industriales o urbanas francesas, un tercio de los niños no
lo están).
El primer catecumenado francés nace en Lyón, en 1950: con la ayuda
de un sacerdote, las Auxiliadoras del Purgatorio organizan la iniciación
sacramental. Entre 1950 y 1953 se realizan las primeras experiencias,
que son apoyadas por profesores de la Facultad de Teología de Lyón.
En 1955, F. Coudreau se encarga de la coordinación de experiencias
catecumenales a nivel nacional. En 1956, la Sesión de Estudios de
Bagneux (3-5 diciembre) cuenta con los datos de una encuesta nacional
sobre la institución catecumenal, así como con la importante aportación
de Danielou, Noirot, Rétif, Liégé, Chavasse, Colomb, Coudreau, Cellier y
Arnold.
«El nacimiento de la institución del catecumenado, dice B. Guillard, se
debió a la convergencia de varios factores: los estudios históricos sobre
el catecumenado, el redescubrimiento de la conversión en los adultos, la
voluntad de diálogo con los no cristianos, la preocupación misionera de
encontrar a los hombres en su propia vida y, por último, el deseo de ligar
el bautismo personal con la promoción colectiva.»
En 1962, la Sagrada Congregación de Ritos, promulga el nuevo Ritual
del Bautismo de Adultos, dividido en diversas etapas, dentro de las
cuales los catecúmenos, según el progreso de su formación, son
conducidos al bautismo.
El Concilio Vaticano II (1962-1965) ordena la restauración del
catecumenado, con el consiguiente espaciamiento de las diferentes
etapas del bautismo del adulto:
«Restáurese el catecumenado de adultos, dividido en distintas etapas,
cuya práctica dependerá del juicio del ordinario del lugar; de esa
manera, el tiempo de catecumenado, establecido para la conveniente
instrucción, podrá ser santificado con los sagrados ritos que se
celebrarán en tiempos sucesivos» (SC 63).
El catecumenado «no es una mera exposición de dogmas y preceptos,
sino una formación y noviciado convenientemente prolongado de la vida
cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo, su Maestro. Iníciense,
pues, los catecúmenos convenientemente en el misterio de la salvación,
en el ejercicio de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados que
han de celebrarse en los tiempos sucesivos; introdúzcanse en la vida de
la fe, de la liturgia y de la caridad del Pueblo de Dios» (AG 14).
Cinco Semanas Internacionales de Catequesis (Eichstat, 1960;
Bangkok, 1962; Katigondo, 1964; Manila, 1967; Medellín, 1968) marcan
un decenio decisivo en la renovación catequética contemporánea. En
Bangkok, Katigondo y Medellín preocupa especialmente la catequesis de
adultos y el catecumenado.
A partir de 1965, las experiencias catecumenales comienzan en
España, como catecumenado postbautismal, es decir, como proceso de
evangelización de los bautizados. Por tanto, como catecumenado en
sentido amplio, ya que, en sentido estricto, la palabra catecumenado se
aplica al proceso de evangelización de quienes se preparan para el
bautismo.
En la década de los sesenta, el Instituto de Pastoral de Madrid inspira
la implantación del catecumenado en España. Hay que destacar aquí la
función del profesor Casiano Floristán, así como la influencia alentadora
del catecumenado francés. El Concilio Vaticano II abre, por su parte, una
época de renovación y de esperanza. Al final del mismo, sacerdotes,
religiosos y seglares, con el espíritu de los primeros tiempos de la
Iglesia, se lanzan a la búsqueda del catecumenado y de la «comunidad
perdida» de los Hechos de los Apóstoles.
De forma germinal, están presentes ya en las primeras experiencias
las tres grandes orientaciones del catecumenado postbautismal en
España; la orientación (pluralista) de las comunidades populares, que
insisten en la dimensión social y política del evangelio; la orientación
(rígida) de las comunidades neocatecumenales, que destacan más bien
la dimensión personal del proceso de evangelización; y la orientación
(pluralista) del catecumenado diocesano, que -vinculado habitualmente a
los Secretariados Diocesanos de Catequesis- aspiran a la integración de
las distintas dimensiones (personal, social y eclesial) y abren un espacio
eclesial de encuentro de distintas experiencias, métodos e
instrumentos.
A partir del Concilio, también en Latinoamérica florece el
catecumenado postbautismal. La II Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, celebrada en Medellín (1968), poco después de la
Semana Internacional de Catequesis, recoge la aportación de la misma,
opta por una catequesis de adultos evangelizadora y liberadora, y
propone nuevas formas de catecumenado para una eficaz
evangelización de los bautizados (Medellín 7, 9 y 17).
El problema eclesial de la evangelización de los bautizados es
recogido posteriormente (1971) por el Directorio General de Pastoral
Catequética: "muchísimas veces la situación real en que se encuentra
un gran número de fieles pide necesariamente una cierta forma de
evangelización de los bautizados, que precede a la catequesis» (DCG
19). Esta forma de evangelización halla su concreción práctica en las
«organizaciones catecumenales» para quienes, estando bautizados,
carecen, sin embargo, de la debida iniciación cristiana (ibídem).
El Concilio Vaticano II prescribió la revisión del Ritual del Bautismo de
Adultos, teniendo en cuenta la restauración del catecumenado. En
cumplimiento de esta orientación conciliar, la Sagrada Congregación
para el Culto Divino publica en 1972 el nuevo Ritual de la Iniciación
Cristiana de Adultos (RICA). Este nuevo Ritual, dada la profunda
relación entre catequesis y liturgia, es una aportación decisiva a la
restauración actual del catecumenado, aunque no todo en él sea
igualmente importante.
El problema actual de la evangelización de los bautizados y su
tratamiento catecumenal es recogido con carácter de urgencia en la
Evangelii Nuntiandi (EN) de Pablo Vl (1975):
CADO/NECESIDAD:«Sin necesidad de descuidar de ninguna manera
la formación de los niños, se viene observando que las condiciones
actuales hacen cada día más urgente la enseñanza catequética bajo la
modalidad de un catecumenado para un gran número de jóvenes y
adultos, que tocados por la gracia, descubren poco a poco la figura de
Cristo y sienten la necesidad de entregarse a El» (EN 44). De hecho,
cada vez más muchos bautizados necesitan de una primera
evangelización (primer anuncio), semejante a la destinada a aquellos
que nunca oyeron hablar de Cristo: «Aunque este primer anuncio va
dirigido de modo específico a quienes nunca han escuchado la Buena
Nueva de Jesús o a los niños, se está volviendo cada vez más
necesario, a causa de las situaciones de descristianización frecuentes en
nuestros días, para un gran número de personas que recibieron el
bautismo, pero que viven al margen de toda vida cristiana, para las
gentes sencillas que tienen una cierta fe, pero conocen poco los
fundamentos de la misma; para los intelectuales que sienten la
necesidad de conocer a Jesucristo bajo una luz distinta de la enseñanza
que recibieron en su infancia y para otros muchos» (EN 52).
El Sínodo de la Catequesis (1977) ha confirmado unánimemente la
conveniencia de los procesos catecumenales (diversos métodos de
iniciación a la vida cristiana), no sólo para aquellos que no están
bautizados, sino también para aquellos que aún no han recibido una
adecuada educación en La fe cristiana .
Los obispos del Sínodo valoraron como cuestiones de máxima
importancia la introducción en las iglesias locales de catecumenados
para bautizados. Ciertamente, no pretendieron presentar la institución
catecumenal como único proceso catequético, pero sí se tomó
conciencia de la necesidad, para nuestro tiempo, de que todo proceso
catequético tenga una inspiración catecumenal: «el modelo de toda
catequesis es el catecumenado bautismal» (MPD 8). Como cuestión de
máxima importancia, el catecumenado prebautismal requiere en muchas
regiones experiencias y estudios más amplios. Al fin y al cabo, no se trata
de una fórmula mágica hecha de una vez por todas, sino de una
maduración progresiva de lo que significa evangelizar.
Los obispos del Sínodo reconocen en la pastoral catecumenal (tan
necesaria como difícil) un gran servicio a la fe del Pueblo de Dios; por
ello, perciben como responsabilidad propia de los pastores de la Iglesia
suscitar las experiencias catecumenales, animarlas, promover la
coordinación y diálogo entre ellas, ejercer un necesario discernimiento,
establecer los necesarios servicios de índole diocesana y nacional,
facilitar una general toma de conciencia del valor eclesial de estas
instituciones (Cfr. Proposición 30).
Juan Pablo ll. en su Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae (CT,
1979), no aborda directamente el problema del catecumenado
pre-bautismal; sólo hace algunas alusiones al mismo (cfr. CT 23 y 28); sí
aborda, en cambio, bajo el título de "cuasicatecúmenos" el problema del
catecumenado postbautismal: «Entre estos adultos que tienen necesidad
de catequesis, nuestra preocupación pastoral y misionera se dirige a los
que, nacidos y educados en regiones todavía no cristianizadas, no han
podido profundizar la doctrina cristiana que un día las circunstancias de
la vida les hicieron encontrar; a los que en su infancia recibieron una
catequesis proporcionada a esa edad, pero que luego se alejaron de
toda práctica religiosa y se encuentran en la edad madura con
conocimientos religiosos más bien infantiles; a los que se resienten de
una catequesis sin duda precoz, pero mal orientada o mal asimilada; a
los que, aun habiendo nacido en países cristianos, incluso dentro de un
cuadro sociológicamente cristiano, nunca fueron educados en su fe y, en
cuanto adultos, son verdaderamente catecúmenos» (CT 44).
La Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, en su documento
titulado La catequesis de la comunidad. Orientaciones pastorales para la
catequesis en España, hoy (Edice, 1983), recuerda las raíces
evangelizadoras de toda catequesis, las constantes de la evangelización
que configuran toda la misión de la Iglesia (n.° 21); constata un hecho
importante: la mayoría de nuestros cristianos está necesitando el
anuncio misionero del evangelio, antes que una catequesis propiamente
dicha (n.9 48); subraya la necesidad de actualizar la conciencia
misionera en nuestra Iglesia para desarrollar también entre nosotros un
eficaz trabajo evangelizador (n.° 51 ); impulsa a «reimplantar la Iglesia»
en aquellos ámbitos que están totalmente desvinculados de la misma
«mediante la creación de comunidades cristianas vivas que broten de
esos mismos ambientes» (n.9 53); proclama la necesidad de que toda
catequesis tenga inspiración catecumenal, haciendo de ella un proceso
de iniciación cristiana integral (n.° 83), recogiendo del modelo
catecumenal las dimensiones que la catequesis debe cultivar, las
disposiciones necesarias del catequizando, la meta del proceso
catequético y el carácter fundamentador y temporal del mismo (n.9 94);
define la catequesis como un proceso de fundamentación en la fe,
cuando falte; de reactualización y consolidación de la misma, siempre
que sea necesario hacerlo (n.° 97); reconoce que, en nuestro contexto
pastoral, nos encontramos hoy en día con muchos adultos necesitados
de una fundamentación básica de su fe (n.° 98); finalmente, señala los
limites de la inspiración catecumenal de la catequesis, que ha de tener
presente la «peculiar condición» de los bautizados (nn. 101-105).
B) ETAPAS DEL RITUAL DE LA INICIACION CRISTIANA DE
ADULTOS
ADULTOS/CATECUMENADO INICIACIÓN-CRISTIANA
Recogiendo la tradición viva de la Iglesia, el Ritual de la Iniciación
Cristiana de Adultos señala (en las observaciones previas) las distintas
etapas de instrucción y maduración que se suceden en el proceso
catecumenal: a) La evangelización y el precatecumenado; b) El
catecumenado, propiamente dicho; c) La purificación e iluminación; d) La
mystagogía (Cfr. RICA 7).
a) La evangelización y el precatecumenado
La primera etapa por parte del futuro catecúmeno, exige búsqueda y,
por parte de la Iglesia, se dedica a la evangelización y
«precatecumenado»:
* «En ese período se hace la evangelización, o sea, se anuncia
abiertamente y con decisión al Dios vivo y a Jesucristo, enviado por él
para salvar a todos los hombres, a fin de que los no cristianos, al
disponerles el corazón el Espíritu Santo, crean, se conviertan libremente
al Señor y se unan con sinceridad a él, quien, por ser el camino, la
verdad y la vida, satisface todas sus exigencias espirituales; más aún, las
supera infinitamente» (RICA 9).
* «De la evangelización, llevada a cabo con el auxilio de Dios, brotan la
fe y la conversión inicial con las que cada uno se siente arrancar del
pecado e inclinado al misterio del amor divino. A esta evangelización se
dedica íntegramente el tiempo del precatecumenado, para que madure la
verdadera voluntad de seguir a Cristo y de pedir el bautismo» (RICA 10).
* «En este tiempo se ha de hacer por los catequistas, diáconos y
sacerdotes, y aun por los seglares, una explanación del Evangelio
adecuada a los candidatos; ha de prestárseles una ayuda atenta para
que con más clara pureza de intención cooperen con la divina gracia y,
por último, para que resulten más fáciles las reuniones de los candidatos
con las familias y con los grupos de los cristianos» (RICA 11).
* «El rito por el que se agrega entre los catecúmenos a los que desean
hacerse cristianos se celebra cuando, recibido el primer conocimiento del
Dios vivo, tienen ya la fe inicial en Cristo salvador. Desde entonces, se
presupone acabada la primera «evangelización», el comienzo de la
conversión y de la fe, y cierta idea de la Iglesia, y algún contacto previo
con un sacerdote u otro miembro de la comunidad, y hasta alguna
preparación para este orden litúrgico» (RICA 68).
La fase precatecumenal concluye con la entrada en el catecumenado.
La primera evangelización, acogida por el futuro catecúmeno en
situación de búsqueda, da como fruto la incorporación voluntaria del
mismo al catecumenado. La Iglesia celebra con gozo este
acontecimiento, y así da su acogida al nuevo catecúmeno. Desde ese
momento, el que se prepara al bautismo no es un individuo aislado, vive
en comunidad; esta comunidad -la Iglesia- lo acoge en su seno. El rito de
entrada en el catecumenado se desarrolla fuera, a la puerta de la Iglesia.
Es todo un símbolo.
* La celebración de la acogida comienza con este diálogo: «¿Qué
pides a la Iglesia de Dios? -La fe- ¿Qué te da la fe? -La vida eterna.»
Con estas o parecidas palabras, se actualiza lo que fundamentalmente
se ha vivido en la fase precatecumenal. El que preside, en nombre de
toda la comunidad, muestra el gozo y satisfacción de la Iglesia y evoca, si
lo juzga oportuno, las circunstancias concretas, las dificultades
superadas y los sentimientos religiosos con que el nuevo catecúmeno se
enfrentó al comenzar el itinerario que le ha conducido a dar el paso
actual.
* Concluido el diálogo, el que preside la celebración, acomodando de
nuevo sus palabras a las respuestas recibidas, proclama el cumplimiento
de la historia de la salvación en el itinerario del nuevo catecúmeno, con
estas o parecidas palabras: «Dios ilumina a todo hombre que viene a
este mundo y le manifiesta lo que permaneció invisible desde la creación
del mundo para que aprenda a dar gracias a su Creador. A vosotros,
pues, que habéis seguido su luz, he aquí que ahora se os abre el camino
del Evangelio, para que sobre el fundamento de la fe, conozcáis al Dios
vivo, que habla en verdad a los hombres; y para que caminéis en la luz
de Cristo; confiéis en su sabiduría y pongáis vuestra vida en sus manos
cada día, y podáis creer de todo corazón en él. Este es el camino de la
fe, por el cual Cristo os conducirá en la caridad, para que tengáis la vida
eterna». Los nuevos catecúmenos se encuentran ya situados en la
historia de la salvación, pues -así se les dice- «habéis seguido su luz».
Pero, al propio tiempo, se encuentran ante ella: «se os abre el camino
del Evangelio». Y surge la pregunta: «¿Estáis, pues, preparados para
empezar hoy, guiados por El, ese camino?» (Cfr. RICA 76).
* «Estamos preparados», responden los nuevos catecúmenos y
manifiestan así su primera adhesión. Tal adhesión es expresión y
resultado de la conversión inicial. «Esta conversión, dice el Concilio
Vaticano II, hay que considerarla ciertamente inicial, pero suficiente para
que el hombre perciba que, arrancado del pecado, es introducido en el
misterio del amor de Dios, quien lo llama a iniciar una comunicación
personal con El en Cristo. Puesto que, por la acción de la gracia de Dios,
el nuevo convertido emprende un camino espiritual por el que,
participando ya por la fe del misterio de la muerte y de la resurrección,
pasa del hombre viejo al nuevo hombre, perfecto en Cristo. Trayendo
consigo este tránsito un cambio progresivo de sentimientos y de
costumbres, debe manifestarse con sus consecuencias sociales y
desarrollarse paulatinamente durante el catecumenado» (AG 13).
* Ante la conversión inicial y la primera adhesión, la comunidad eclesial
da gracias al Padre, porque, al fin y al cabo, la fe es algo que se recibe y
no algo que viene por obra nuestra (cfr. Jn 5,65).
A continuación, el nuevo catecúmeno recibe la señal de su nueva
condición, la señal de la cruz, la señal del cristiano. El catecúmeno es
acogido como miembro de la Iglesia: «los catecúmenos que, movidos por
el Espíritu Santo, solicitan con voluntad expresa ser incorporados a la
Iglesia, por este mismo deseo ya están vinculados a ella, y la madre
Iglesia los abraza en amor y solicitud como suyos» (LG 14).
Incorporados a la Iglesia, los nuevos catecúmenos son introducidos en
el templo con éstas o parecidas palabras: «Entrad en el templo, para que
tengáis parte con nosotros en la mesa de la Palabra de Dios». Comienza
la fase propiamente catecumenal, la fase de la escucha de la Palabra de
Dios. Por ello, quienes se encontraban en esta fase se llamaban
catechumenoi (Oriente) y audientes (Occidente).
b) El catecumenado, propiamente dicho
Durante el tiempo del catecumenado, los catecúmenos, acogidos en el
seno de la comunidad eclesial, van siendo engendrados a la vida de fe,
es decir, por la gracia del Espíritu, van reconociendo que Jesucristo está
con ellos (2 Co 13,5; cfr.1 Co 12,3; Hch 2,36) y van convirtiendo su
corazón al Padre y a Jesucristo, el Señor (Hch 2,37 s.; Lc 10,27). La
comunidad les transmite lo que ella a su vez ha recibido (cfr.1 Co 15, 3).
Con la experiencia de fe, les va transmitiendo también todo el mensaje
cristiano. Es la actividad catequética de la Iglesia (cfr. Hch 2,42) no sólo
como catequesis dogmática, sino también e inseparablemente como
catequesis moral. Asimismo, les va introduciendo gradualmente en las
celebraciones, símbolos, gestos y tiempos de la actividad litúrgica de la
comunidad total (cfr.Hch 2, 42). Igualmente, va suscitando su actividad
evangelizadora que consiste en anunciar aquello que se cree y se vive
(cfr. Hch 4,31). Cuando la experiencia comunitaria de fe ha madurado en
ellos, los catecúmenos son, por lo mismo, iluminados (photizomenoi,
Oriente; cfr. Hb 6,4; 10,32; Ef 5, 8; Mt 5,14; Jn 8,12; 12,36) o elegidos
(electi, Occidente; cfr. Mt 22,14; Mc 13,20; 13,22; 13,27; Lc 18,7; Rm
8,33; Col 3,12). La celebración de este acontecimiento (iluminación,
elección) señala el fin del catecumenado propiamente dicho y abre el
tiempo de preparación inmediata al bautismo, tiempo que
tradicionalmente coincide con la Cuaresma (cfr. RICA 99 y 106).
* El nacimiento a la fe (y la necesaria conversión) supone un
acontecimiento tan trascendental en la vida de una persona y un cambio
tan profundo que no puede ser aceptado sin experimentar dificultades,
luchas, resistencias. Estar en situación de éxodo no es posible sin cruzar,
al propio tiempo, el desierto y sin experimentar la tentación.
El catecúmeno, miembro en parte de la humanidad irredenta, debe ser
arrancado del poder de Satán, príncipe de este mundo (cfr. Jn 12,31;
16,11). El catecúmeno debe ser liberado de todo género de mal: la
influencia de los pecados de otros, las malas inclinaciones del propio
corazón y los errores anteriores acerca de Dios, del hombre y del mundo.
La lucha, la conversión del catecúmeno, adquiere dimensión y
profundidad bíblicas: los momentos de tentación, de indecisión, de
tinieblas, de desesperación que un día se presentaron y que vuelven a
aparecer (cfr. Mt 12,43-45). Frente a todo eso, una y otra vez, la paz, la
bondad, la alegría, la acción de Dios. En una palabra: expulsión del
espíritu malo (cfr. Mc 9,25), acogida del Espíritu bueno (cfr. Jn 20, 22),
lucha de la luz contra las tinieblas (cfr. Jn 1, 5; 3, 19), exorcismo.
Los exorcismos (primeros o menores en la fase propiamente
catecumenal) pueden repetirse en diversas circunstancias; normalmente
se hacen durante la celebración de la Palabra. Muestran ante los ojos de
los catecúmenos la verdadera condición de la vida cristiana, la lucha
entre la carne y el espíritu, entre la luz y las tinieblas, la importancia de la
renuncia para conseguir las bienaventuranzas del Reino de Dios, y la
necesidad constante de su gracia. En la oración de exorcismo, la Iglesia
pide que se retire el mal que amenaza al hombre, un mal que está por
encima del hombre, pero por debajo de Dios (cfr. RICA 101, 109, 118).
* Las bendiciones normalmente se dan al finalizar la celebración de la
Palabra de Dios (también en otras circunstancias). Manifiestan el amor
de Dios y la solicitud de la Iglesia. Así, de ella, los catecúmenos reciben
ánimo, gozo y paz en la continuación de su esfuerzo y de su camino.
Extendiendo las manos sobre los catecúmenos, se pronuncia una
oración semejante a ésta: «Que el Señor te bendiga y te guarde; que el
Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio; que el Señor te
muestre su rostro y te conceda la paz» (Núm 6, 24-26).
* La fase catecumenal se prolonga cuanto sea necesario para que
madure la conversión y la fe de los catecúmenos; si fuere preciso, por
varios años. En casos peculiares, puede abreviarse (cfr. RICA 98).
* La fase catecumenal concluye con la celebración de la elección. Esta
celebración tradicionalmente tuvo lugar al comienzo de la Cuaresma (el
primer domingo). La elección es como el centro de la atenta solicitud de
la Iglesia hacia los catecúmenos, como el eje de todo el catecumenado.
Ese día se realiza la admisión de los catecúmenos que, por su
disposición personal, sean considerados maduros para acercarse a los
sacramentos de la iniciación en la próxima Pascua. Se llama «elección»,
porque la admisión, hecha por la Iglesia, se funda en la elección de Dios,
en cuyo nombre actúa ella; se llama también «inscripción de los
nombres», porque los nombres de los futuros bautizados se inscriben en
el libro de los elegidos. Dice San Gregorio de Nisa:
«Dadme vuestros nombres para que yo los escriba con tinta. El Señor
los grabará en tablas imperecederas, inscribiéndolos con su propia
mano» (Adversus procrastinantes, PG 46, 417 B). Para ser elegidos se
requiere de ellos la fe iluminada y la voluntad deliberada de recibir los
sacramentos de la Iglesia (cfr. RICA 21-24 y 133-142).
Ser inscrito en el libro de los elegidos, en el libro de la Iglesia, es
quedar inscrito entre los ciudadanos de la Jerusalén celeste: «Desde
ahora ya estás inscrito en el cielo» (Teodoro de Mopsuestia). Esto es lo
que dice Jesús a sus discípulos cuando vuelven alegres, asombrados,
por haber anunciado con poder el Reino de Dios: «no os alegréis de que
los espíritus se os sometan, alegraos de que vuestros nombres estén
escritos en los cielos» (Lc 10, 20; cfr. Ap 20, 12; 3, 1.5). En la elección,
centro y eje de todo el catecumenado, la iniciativa corresponde, por
encima de todo, a Dios: «nos ha elegido en él antes de la creación del
mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef
1, 4; cfr. Col 3, 12; Rm 8, 33; 11, 5; St 2, 5; 1 Pe 2, 9). Tal elección, como
todo el plan de Dios, se realiza en Cristo: «yo conozco a los que he
elegido» (Jn 13, 18). Y también: «no me habéis elegido vosotros a mí,
sino que yo os he elegido a vosotros» (15, 16; cfr. 6, 70).
c) La purificación o iluminación
Con la fiesta de la elección, comienza la fase de la purificación o
iluminación; tradicionalmente coincide con el tiempo de Cuaresma y es
dedicada a la preparación próxima de los sacramentos de iniciación
(bautismo, confirmación, eucaristía). Esta fase es inaugurada en un clima
de hondo lirismo y gozo eclesial: «Ya os llega un perfume de felicidad,
iluminados. Ya estáis recogiendo las flores místicas para tejer con ellas
coronas celestes. Ya el Espíritu Santo ha inspirado el dulce olor» (San
Cirilo de Jerusalén, Procatequesis, 1). «Tiempo de gozo y alegría
espiritual es éste en que nos encontramos. Han llegado los días de las
bodas espirituales, objeto de nuestro anhelo y de nuestro amor, (San
Juan Crisóstomo, Ocho catequesis 1, 1). Los elegidos (o iluminados) son
invitados a permanecer vigilantes, a orar, a purificar y renovar sus
corazones por la conversión y a asistir asiduamente a la catequesis,
camino que lleva a la plenitud de la Pascua. Este camino va a ir jalonado
durante la cuaresma por reuniones casi diarias. Es una fase breve, pero
muy intensa. En ella se celebran los escrutinios, los exorcismos y las
entregas (traditiones).
* Los «escrutinios» (son tres) se celebran tradicionalmente los
domingos tercero, cuarto y quinto de Cuaresma y tienen esta finalidad:
descubrir en los corazones de los elegidos lo que es débil, morboso o
perverso para sanarlo y lo que es fuerte, sano y bueno para reforzarlo y
confirmarlo. Los escrutinios conducen al reconocimiento de sí mismo y de
la propia situación. Son como un diagnóstico. Corresponden a la función
pastoral del discernimiento. En los escrutinios, los catecúmenos conocen
gradualmente el misterio del pecado, del cual todo el universo, y cada
hombre en particular, anhela redimirse para verse libre de sus
consecuencias actuales y futuras; además, sus corazones se impregnan
progresivamente del misterio de Cristo y se convierten de la sed al agua
viva, como la samaritana (Jn 4, 5-42); de la ceguera a la luz, como el
ciego de nacimiento (Jn 9,1 -41); de la muerte a la vida, como Lázaro (Jn
11, 1-45).
* Los «exorcismos» ocupaban un lugar de preferencia en la liturgia
bautismal antigua. La Traditio Apostólica de Hipólito dice que son diarios:
«A partir del día que son elegidos, que se les imponga cada día las
manos exorzándoles» (Traditio, 20). No obstante, los exorcismos se
celebran de un modo especial los domingos tercero, cuarto y quinto de
Cuaresma, junto a los escrutinios. La función pastoral del exorcismo
pretende principalmente arrancar poco a poco al futuro bautizado de las
fuerzas del mal y adherirlo a Cristo. Si el escrutinio es un diagnóstico, un
discernimiento, el exorcismo es una cura. El tiempo de preparación al
bautismo es un tiempo de lucha, de tentación. Por ello, el relato de la
tentación de Jesús abre la liturgia de cuaresma.
El exorcismo se funda en la certeza de que Dios continúa comunicando
al hombre en situación desesperada de esclavitud e impotencia una
salvación que jamás podría darle ninguna liberación humana
(psicológica, sociológica, económica...). Es Cristo mismo quien combate
para separar al futuro bautizado del Príncipe de las Tinieblas.
Abandonado a sus fuerzas, el hombre no puede despegarse de ese
poder del mal que le cautiva.
* Desde la antigüedad, las entregas (tradiciones:TRADITIO) del
Símbolo (Credo) y de la Oración dominical (Padrenuestro) pertenecen a
la fase de la purificación; tradicionalmente, el Símbolo se entrega dentro
de la semana del primer escrutinio; la Oración dominical, después del
tercero (cfr. RICA 53). «Con las ''entregas'', una vez completada la
preparación doctrinal de los catecúmenos, o al menos, comenzada en
tiempo oportuno, la Iglesia les entrega con amor los documentos que
desde la antigÜedad constituyen un compendio de su fe y de su oración»
(RICA 181).
La entrega del Símbolo es un acto fundamental, que contiene todo el
significado de la catequesis. Al entregar el Símbolo, la iglesia transmite a
los que van a ser bautizados la fe; por eso lo convierte en un acto
litúrgico: se celebra la transmisión de la fe (cfr.1 Co 15, 3; Dt 6,1-7; Sal
18; Rm 10, 8-13; 1 Cor 15, 1-8; Jn 3, 16; Mt 16, 13-18; Jn 12, 44-50). La
tradición de la Iglesia está ahí presente y operante en toda la plenitud de
su sentido. La catequesis se manifiesta entonces en toda su dimensión,
como realización actual y viva de la tradición oral de la Iglesia. La misión
del Símbolo es expresar resumidamente el contenido de la tradición; su
origen es esencialmente catequético. Su formulación puede variar, pero
el Símbolo constituye siempre un conjunto elemental y completo del
mensaje cristiano de la salvación.
Transmitir la fe es también iniciar en la oración, enseñar a orar. El que
va a ser bautizado pide a la Iglesia lo que los discípulos pidieron a Jesús:
«Maestro, enséñanos a orar» (Lc 11,1; cfr.11,1 -13). Al entregar la
Oración del Señor (Padrenuestro), la Iglesia celebra la iniciación a la
oración de los nuevos creyentes. El Padrenuestro es la oración
específica de los creyentes, es decir, de los que ponen su confianza en
el Padre, porque son hijos (cfr.1 Jn 3,1; cfr. Os 11,1-9; Sal 22; Rm
8,14-27; Ga 4,4-7). Durante los quince días que siguen a la entrega del
Padrenuestro, se hace una catequesis intensiva sobre la oración
cristiana.
* De ordinario, la iniciación cristiana de los adultos, su nacimiento a la
fe, se celebra en la santa noche de la Vigilia Pascual. Es la celebración
del bautismo. Nada resalta mejor el carácter de muerte al pecado y de
conversión a Dios, que señala toda la preparación al bautismo, como el
rito final de la renuncia a Satanás y de la adhesión a Cristo. Es el último
antes del bautismo. La adhesión a Cristo constituirá el acto de fe que se
requiere para el bautismo (cfr RICA 208, 217, 219; cfr. Hch 20,21).
Según el antiguo uso, con el bautismo, se celebra la confirmación y la
eucaristía (Cfr. RICA 34-36).
e) La mystagogía
La última etapa, tradicionalmente realizada en el tiempo pascual, se
dedica a la catequesis mystagógica, es decir, a la profundización en la
nueva experiencia de los sacramentos y de la comunidad. Es la etapa de
los neófitos.
* «Concluida la etapa precedente, la comunidad, juntamente con los
neófitos, progresa, ya con la meditación del Evangelio, ya con la
participación de la Eucaristía, ya con el ejercicio de la caridad, en la
percepción más profunda del misterio pascual y en la manifestación cada
vez más perfecta del mismo en su vida» (RICA 37).
* «La posterior frecuencia de sacramentos, así como ilumina la
inteligencia de las sagradas Escrituras, hasta tal punto acrecienta la
ciencia de los hombres y redunda en la experiencia de la comunidad, que
hace más fácil y provechoso a los neófitos el trato de los demás fieles.
Por esto, la etapa de la "Mystagogía" tiene una gran importancia para
que los neófitos, ayudados por los padrinos, traben relaciones más
íntimas con los fieles y les enriquezcan con la renovada visión de las
cosas y con un nuevo impulso» (RICA 39).
(·López-J. _DICC-ESPIRITUALIDAD.Págs 150-151. 155-167)
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BIBLIOGRAFÍA
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También, los números especiales de las siguientes revistas, dedicados
monográficamente al catecumenado:
CONCILIUM 22 (1967),
LA MAISON DIEU 71 (1962),
PHASE 64 (1971) y
ACTUALIDAD CATEQUETICA 74-75 (1975).