EL N. T. Y SU MENSAJE
EL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS
RUDOLF SCHNACKENBURG
Introducción
EL EVANGELIO DE LA FE DE LA IGLESIA PRIMITIVA
«El Evangelio de Jesucristo», el mensaje de la salvación que Jesucristo ha
traído a los
hombres de parte de Dios (1,1), el anuncio salvador que debe ser anunciado a
todos los
pueblos del mundo (13,10), y cuyo «comienzo» quiere presentar Marcos -es la
primera
exposición de que nosotros disponemos- ha encontrado también una forma literaria
especial; se ha convertido en el «Evangelio» escrito.
Es algo distinto de un relato histórico, del «así sucedió»; y no es tampoco una
descripción
exacta de cómo transcurrió la «historia» de Jesucristo. La Iglesia primitiva
sabe que en
aquello que sucedió una vez se contiene la revelación definitiva -escatológica-
de Dios, la
última palabra de Dios a la humanidad en su frescor y fuerza originales; y esta
convicción
configura ya la forma de la exposición. Lo que Dios habló entonces a la
humanidad por
medio de su último enviado, su propio Hijo, lo que Dios realizó en él y para
salvación
nuestra, tiene una importancia insoslayable para el futuro terrestre del mundo
hasta el fin de
los tiempos (cf. 13, 13). Este mensaje salvífico debe penetrar en el oído de
todos los
oyentes a lo largo de todos los siglos de la historia terrena. Sólo quien es
capaz de
escuchar, (cf. 4,9) con atención interna y creyente y con una comprensión que
Dios le
concede, como un mensaje de salvación presente y que le afecta a él mismo, el
anuncio de
lo que ocurrió una vez, experimenta la fuerza impulsora y salvadora de esa
palabra divina.
La Iglesia primitiva ha comprendido el secreto de aquel mensaje original y no lo
ha
desfigurado interpretándolo como un documento histórico ni tampoco como un mito
desligado de la historia. En el recuerdo de quienes fueron llamados a
proclamarlo la Iglesia
aprendió a conocerse a sí misma y su fundamento en la palabra y acción de
Jesucristo.
Para aquél que se incorporaba a esta comunidad creyente, las palabras y los
hechos de
Jesucristo se le convertían en promesas y consuelos de su propia vida; el camino
y destino
de Jesús, en luz y guía de su existencia personal; su muerte y resurrección, en
promesa de
salvación. Se sentía más profundamente incardinado en la comunión de aquéllos a
quienes
Jesús había llamado al principio, los había reunido en torno suyo y en la cena
de despedida
se los había unido indisolublemente. Con este sentido de fe leían los primeros
lectores
cristianos las tradiciones de este libro, que para ellos era más que un libro de
memorias: era
su catecismo, su libro de fe, la ley fundamental de su comunidad creyente y el
hilo conductor
de su vida cristiana en medio del mundo.
La Iglesia naciente, que penetraba en una nueva edad -la que hoy llamamos
nosotros
«Iglesia antigua»- reconocía en este libro -al igual que en los otros
«Evangelios» que se nos
han conservado- el precioso compendio de la proclamación apostólica, apoyo y
garantía de
toda la realidad cristiana. Veía el libro como inspirado, como dictado por el
Espíritu mismo de
Dios, como la firma que poseía el sello de la verdad, y lo aceptó para siempre
como
depósito de la revelación de Jesucristo y como alocución permanente de Dios. Con
ello lo
elevaba de documento de fe vinculado al tiempo a manifiesto de fe que
condicionaba su
propia comprensión y camino. Escrito originariamente por Marcos, acompañante y
discípulo
de Pablo y de Pedro, para las comunidades cristianas de origen pagano, y más en
concreto
para las de Roma y regiones vecinas -probablemente entre el año 65 y el 70
d.C.-, este
catecismo comunitario se convirtió en testimonio perenne de revelación, en norma
de
predicación y en preceptor de la Iglesia a través de los siglos. Con ello pasó a
ser también el
manual de fe y de vida para cada cristiano, cualquiera fuese el lugar histórico
en que se
encontrase.
Nosotros, como miembros de esa Iglesia, debemos hoy leer y meditar así el
Evangelio de
Marcos en toda su múltiple importancia: como memorial siempre presente de cuanto
ocurrió
una vez en Jesús y por Jesús, como testimonio de sí mismo anunciado por la
Iglesia primitiva
en boca de su evangelista y como revelación divina que reclama nuestra fe y
obediencia y
que nos llega en nuestra propia situación histórica. A fin de valorar todos
estos aspectos, la
presente explicación del antiguo texto abandona un tanto la división y
presentación
tradicionales. Sin negar la relativa importancia del Evangelio de Marcos por lo
que hace a la
descripción de la vida y obra de Jesús de Nazaret, quisiera fijar la mirada con
más intensidad
de lo que suele ser habitual en la comprensión de la Iglesia primitiva, para la
cual las
perícopas aisladas y las grandes divisiones de la obra no sólo eran capítulos de
la historia
de Jesús, sino también y sobre todo enseñanzas para su fe y su vida. Para ello
quisiera esta
exposición traducir a la presente situación histórica y acercar a la comprensión
del lector de
hoy lo que se consignó por escrito para los lectores de entonces, aunque como
Escritura
revelada siempre válida y capaz de convencer. Todas estas funciones del
Evangelio escrito
se compenetran y destacan con fuerza cambiante. Será el lector reflexivo quien
dé el último
paso para aplicárselo a su situación personal. El comentario, en la medida que
le sea
posible dado lo limitado de su espacio, deberá descubrir la visión que la
Iglesia primitiva y el
evangelista tuvieron del gran acontecimiento de la salvación contenido en el
Evangelio de
Marcos, y ayudar al lector a salir al encuentro de Jesús, autor y objeto de este
anuncio, y a
escuchar la llamada de la Palabra divina.
INTRODUCCIÓN DE JESÚS A SU MINISTERIO DE SALVACIÓN (1,1-13)
1. EL TITULO (Mc/01/01).
1 Comienzo del Evangelio de Jesucristo.
La palabra «buena nueva» (BNU/EV) expresa adecuadamente el contenido y esencia
de
la predicación de Jesús. Es una «nueva» noticia o mensaje que Jesús presenta por
encargo
de Dios cuando «se ha cumplido d tiempo» (1,15), un mensaje «bueno» acerca de la
voluntad definitiva de Dios que quiere la salvación y redención. En este
sentido, Jesús es
personalmente el mensajero de Dios, como se dice en Is 52,7, bajo la imagen del
retorno de
Dios a su ciudad y pueblo: «¡Oh cuán hermosos son sobre los montes los pies del
mensajero de alegría, del que anuncia la paz, de aquél que predica la buena
nueva, de
aquél que pregona la salvación y dice a Sión: Tu Dios es rey!»
Con Jesús se acerca (1,15) la soberanía regia de Dios e irrumpe el tiempo de
salvación
que culminará en el reino cósmico de Dios. La «buena nueva», proclamada por
Jesús,
significa la paz y la salvación de Dios para los hombres, la liberación de la
esclavitud del
pecado y de sus tenebrosas consecuencias, la redención de la servidumbre más
profunda
que tiene su sede en la misma intimidad del hombre; pero significa también la
promesa de
una existencia que sobrepuja a la muerte y la promesa de una transformación del
mundo
presente en la plena gloria divina. Es Jesús quien introduce esta obra redentora
de Dios, en
cuanto que trae el perdón divino para los pecadores (2,5), vuelve a reunirlos
con Dios bajo
el hecho simbólico de sentarlos consigo a la mesa (2,16), expulsa la enfermedad
y la
posesión diabólica, el dolor y la muerte, mediante la fuerza salvadora de Dios
que se hace
presente en él (cap. 5) y anuncia la llegada del reino de Dios (9,1). Su persona
alcanza
además un significado directo para la salvación del mundo: es él, el único,
quien da la vida
por muchos (10,45; 14,24) y se convierte con su transfiguración y resurrección
en testigo y
fiador de la gloria futura (9,2-7; 16,6s).
De este modo para la Iglesia primitiva Jesús se convierte del anunciador en el
anunciado,
del mensajero de la buena nueva en su objeto y contenido esencial. Jesucristo,
el Hijo de
Dios -como añaden algunos manuscritos- es el centro de la buena nueva o
Evangelio tal
como lo entendió la Iglesia primitiva en su fe pascual. En Jesús tiene el
Evangelio su
«comienzo» y ya no cesará de ser anunciado en todo el mundo (14,9), tan cierto
como que
Jesús vive y que vendrá algún día como «el Hijo del hombre» en la gloria de su
Padre y
acompañado de los santos ángeles (8,38). A la luz de esta realidad sus palabras
y obras
salvíficas sobre la tierra cobran el valor de una revelación perenne y de una
promesa
escatológica. El Evangelio nos exhorta a convertirnos y a creer (1,15), a
decidirnos por la
doctrina de Jesús (8,38), a entender sus obras como signo de la gloria futura y
a
considerarle a él mismo como la epifanía de Dios en este mundo
2. JUAN EL BAUTISTA PREPARA EL CAMINO DEL MESÍAS (Mc/01/02-08).
2 Conforme está escrito en el profeta Isaias: «He aquí que yo
envío ante ti mi mensajero, el cual preparará tu camino; 3 voz
del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor,
haced rectas sus sendas», 4 se presentó Juan el Bautista en el
desierto proclamando un bautismo de conversión para perdón
de los pecados. 5 Y acudían a él de toda la región de Judea y
todos los de Jerusalén, y él los bautizaba en el río Jordán, al
confesar ellos sus pecados. 6 Llevaba Juan un vestido de pelo
de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y se
sustentaba de langostas y de miel silvestre. 7 Y predicaba así:
«Tras de mí viene el que es más poderoso que yo, ante quien
ni siquiera soy digno de postrarme para desatarle la correa de
las sandalias. 8 Yo os he bautizado con agua, pero él os
bautizará con Espíritu Santo».
JBTA: El tiempo de salvación que alumbra con Jesús empieza ya con la aparición
de Juan
el Bautista. Este gran predicador penitencial y preparador de caminos pertenece
para
Marcos al Evangelio y no se encuentra como el último de los profetas antes de
iniciarse la
nueva era, dado que en él se cumplen ya las promesas proféticas. La doble cita
escriturística (Mal 3,1; Is 40,3) de los v. 2-3, aducida bajo el único nombre
del profeta Isaías,
contiene las funciones esenciales de Juan tal como las entendieron los primeros
cristianos y
tal como se destacan en el relato narrativo de los v. 4-8. El Bautista está
visto con ojos
enteramente cristianos y al servicio de Jesús, el Mesías que bautiza en el
Espíritu, al tiempo
que constituye un capítulo instructivo acerca de cómo la comunidad cristiana
primitiva
utilizaba la Escritura e interpretaba la historia. El «Señor» que en Isaías -y
originariamente
también en Juan, sin duda- se refería directamente a Dios, el cual vendrá a su
pueblo como
soberano y libertador definitivo por un camino real espacioso y llano, ese
«Señor» es ahora
Jesús, a quien el predicador Juan prepara el camino en el desierto. La salvación
de Dios,
Dios mismo, nos ha llegado con Jesús.
De acuerdo con la palabra divina relativa a la época final, Juan el Bautista
aparece en el
desierto. Geográficamente se trata del valle inferior del Jordán, no lejos de
Jericó y de la
desembocadura del río en el mar Muerto; pero aquí la expresión tiene un sentido
religioso.
Según el empleo habitual de Marcos, el «desierto» no designa tanto un lugar de
retiro y
penitencia cuanto la proximidad de Dios (cf. el comentario a 1,13), al que desde
luego tiene
que «retirarse» quien busca a Dios, saliendo del tumulto de las ciudades y
lugares
frecuentados por los hombres. Allí aparece Juan como heraldo que «proclama»,
palabra que
también se aplica a la actividad de Jesús (1,14.38, etc.), y cuya clara
resonancia no se
debería empañar con la expresión de «bautismo de penitencia». Pues, lo que se
suele
traducir por «penitencia» es más bien vuelta a Dios (conversión), retorno a la
fuente de la
vida y marcha hacia la verdadera alegría, todo lo cual constituye la primera
respuesta al
mensaje divino de salvación (1,13). No obstante, el «perdón de los pecados» es
el comienzo
de la salvación, la paz y la comunión con Dios.
El clamor del Bautista encuentra amplio eco. Que toda la región de Judea acuda a
él y
que lleguen todos los habitantes de Jerusalén es un signo prometedor. Por boca
del
predicador del desierto convoca Dios a los hombres a los que Jesús podrá
anunciar
después el mensaje de salvación y con los que formará la comunidad de los
salvados. Los
que acuden a la llamada se dejan bautizar, es decir, se sumergen en el Jordán de
la mano
del Bautista y se someten al juicio benevolente de Dios en cuanto que confiesan
sus
pecados; era éste un rito especial y que practicaba una sola vez para escapar al
juicio
airado de Dios y pertenecer a la comunidad escatológica convocada por Dios. El
bautismo
de Juan no es más que una preparación, aunque al mismo tiempo constituye una
imagen
anticipada del bautismo cristiano, al que también hay que someterse con voluntad
obediente
para obtener el perdón y redención, y formar parte de la comunidad salvífica de
Cristo. Con
su bautismo Juan sigue preparando caminos y cumpliendo un encargo divino, que
personalmente todavía no comprende en su sentido más profundo. Su llamada a la
conversión, cuyo signo es el bautismo, sigue resonando y pasa a ser una
exhortación a
volverse en la fe, a seguir a Jesús y a incardinarse en su comunidad.
La transcendencia de esta hora en la historia de la salvación queda subrayada
por el
porte y forma de vida proféticos de Juan. Su alimento y vestido son los de un
habitante del
desierto, sobrio y severo, invitando así a la renuncia a los bienes terrenos a
fin de estar libre
para Dios. Pero este rasgo ascético no es el más importante, sino que, a los
ojos de Marcos,
Juan encarna el Elías prometido al que se refiere la cita de Mal 3,1 (véase v.
2), según la
misma interpretación judía (cf. Eclo 48,10; Mal 3,23). En Mt 11,10 aquel
precursor se
interpreta expresamente como Juan el Bautista, y en Mc 9,12s es el que lo ha de
«restablecer» todo, según expresión de Mal 3,23, cuya venida se cumple con Juan
Bautista;
incluso con su destino de padecimientos y muerte el Bautista es el precursor del
Hijo del
hombre. Para el evangelista, pues, también su porte profético es un signo divino
de que el
Mesías está para llegar.
El vestido del Bautista se describe con expresiones parecidas al de Elías.
También el
antiguo hombre de Dios llevaba un «manto de crines» y un «ceñidor de cuero» (2Re
1,8);
Juan se cubre con un áspero vestido de pelos de camello, no como los hombres de
mundo
que llevan ropajes suaves y suntuosos (cf. Mt 11,8), y sólo posee un «ceñidor de
cuero», sin
ningún adorno como los solían tener los cinturones de los ricos, que les servían
para llevar
la bolsa del dinero. Su comida sencilla completa la imagen de la ausencia de
necesidades
que Juan brinda a los que se ponen en camino, a los mercaderes y soldados, a los
ciudadanos ricos de Jerusalén y a los pobres campesinos. Dios es su parte, y la
misión de
Dios su única fuerza. La Iglesia antigua destacó aún más la tradición de Elías
vinculando el
lugar del bautismo de Juan -en la ribera oriental del Jordán- con el lugar del
retiro de Elías
construyendo una iglesia en honor del profeta sobre la colina a cuyo pie se
veneraba la
cueva del Bautista (*)3. Elías, a quien recuerdan otros relatos del ministerio
de Jesús, y Juan
que asume y completa su imagen coinciden en una serie de cosas: ambos
son hombres de Dios de una piedad ruda, figuras de la historia de la salvación
llamadas por
Dios, testigos de Cristo desde la lejanía del Antiguo Testamento y desde la
proximidad
inmediata a su llegada a este mundo.
Pero su vocación especifica la realiza Juan anunciando al que es más poderoso,
que
llega después que él. No hay duda de que se refiere al Mesías. A juzgar por lo
que
sabemos gracias a los otros dos sinópticos, Juan se lo representaba sobre todo
como el
ejecutor del juicio divino (cf. Mt 3,7-10). Marcos, sin embargo, entiende a ese
«más
poderoso» como al portador de la salvación que realiza aquello que el Bautista
no podía
hacer sino preparar a orillas del Jordán: el bautismo «con Espíritu Santo». Para
Marcos,
pues, Juan es el heraldo del Mesías; el evangelista emplea de nuevo la palabra
clara de
que «proclamaba». La grandeza de aquél, que viene después que él con los dones y
fuerzas de la salvación, la expresa do modo gráfico el precursor subrayando su
propia
indignidad y pequeñez: ni siquiera se considera digno de desatarle la correa de
los zapatos,
un servicio de esclavo para el que había que inclinarse profundamente; no es una
expresión servil, sino muy de varón que expresa el respeto profundo frente al
que es mayor.
La norma por la que se mide a sí mismo y al que viene después de él es la obra
que Dios
les ha encargado y asignado a uno y a otro. Juan sólo ha bautizado con agua, su
bautismo
no era más que una preparación al acontecimiento mesiánico, un disponer al
pueblo de
Dios; el «más poderoso» bautizará con Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es el don de los últimos tiempos que purificará a los hombres,
los
santificará y unirá con Dios en una comunión permanente de modo muy distinto a
como lo
hacía el agua del Jordán; así lo había prometido el profeta Ezequiel: «Y
derramaré sobre
vosotros agua pura, y quedaréis purificados... Y os daré un corazón nuevo y
pondré en
medio de vosotros un espíritu nuevo... Pondré mi espíritu en vuestro interior y
haré que
guardéis mis preceptos... Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Ez
3ó,25-29).
Tales ideas, que también se vivían en la comunidad de Qumrán, han debido
impulsar al
Bautista en su espera de la salvación. Juan cree que aquél a quien él anuncia
poseerá,
administrará y comunicará esa fuerza del Espíritu divino. El evangelista y los
lectores
cristianos tal vez hayan pensado ya en el bautismo que ellos mismos habían
recibido y en
el que habían experimentado al Espíritu de Dios.
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(*) El lugar en que Juan moraba y bautizaba estaba probablemente al este del
Jordán en Wadi el Harrar; es el lugar que en Jn 1,28 e designa como «Betania»,
al otro lado del Jordán».
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3. BAUTISMO DE JESÚS (Mc/01/09-11).
9 Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y
fue bautizado por Juan en el Jordán. 10 Y en el momento de
salir del agua, vio los cielos abiertos y al Espíritu que, como
una paloma, descendía sobre él. Y [vino] una voz de los
cielos: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me he complacido.»
J/BAU Todavía pende el velo del misterio sobre la persona de aquel a quien Juan
anuncia; se pronuncia el nombre de Jesús de Nazaret e inmediatamente desaparecen
todas las dudas: es él. Dios mismo se declara en favor suyo. El sentido del
sobrio relato no
es describir la consagración de Jesús como Mesías o explicar la formación de su
conciencia mesiánica, sino el de proclamarle como el Mesías prometido que ha de
bautizar
con Espíritu al tiempo que mostrar el comienzo de su actividad a impulsos del
mismo
Espíritu. Para ello no tiene importancia alguna saber quién escuchó la voz de
Dios -por
primera vez en el Evangelio de Juan aparece el Bautista como «testigo» frente al
pueblo, Jn
1,32ss-; basta con que el lector sepa que Dios proclama a este Jesús como su
ungido.
Marcos refiere el suceso que tuvo lugar al concluir el bautismo de Jesús y como
una
experiencia de éste: fue él quien vio rasgarse los cielos y descender sobre él
al Espíritu;
Dios le habla a él. «Tú eres mi Hijo...» Mas esto no puede ser una «vivencia» de
Jesús; es
una revelación divina. Al igual que el relato sobre Juan Bautista, es un informe
sobre la
acción salvadora de Dios y se convierte en el anuncio de la Iglesia primitiva
sobre el
misterio de Jesús: él es el ungido con el Espíritu, el Hijo amado de Dios.
La primera frase sirve únicamente de introducción, y sólo lo que sigue, la
escena
después del bautismo de Jesús, constituye el núcleo de la proclamación de este
relato. No
se mencionan las circunstancias exactas por ser de interés secundario. Lo único
importante
es que Jesús desde Nazaret, en Galilea -desde lejos, pues antes sólo se había
hablado de
Judea y Jerusalén- «vino... y fue bautizado». Indicando su lugar de origen,
Jesús viene
presentado como un hombre concreto e histórico; no se trata de una figura
mítica. Y es
sobre este Jesús -«histórico»- sobre el que la voz de Dios pronuncia unas
afirmaciones
jamás oídas. Es la clara profesión de fe de la Iglesia primitiva: este Jesús
histórico es el
Hijo amado, el Hijo único de Dios. Todas las demás consideraciones de por qué se
sometió al «bautismo de conversión para remisión de los pecados», quedan al
margen, a
diferencia de lo que ocurre en Mt 3,14s. Tal vez sólo en la inmersión en el
Jordán y en la
salida del agua late la indicación de un sentido más profundo: Quien se puso,
humilde y
obediente, a disposición del Bautista y se sometió al bautismo que recibía todo
el pueblo,
experimenta la confirmación divina. Indiscutiblemente es sirviendo, aunque
estaba llamado
a reinar, como recibe de Dios el sello de su ministerio mesiánico.
La escena de la revelación propiamente dicha está presentada en el lenguaje
simbólico
del Antiguo Testamento. La apertura del cielo puede expresar la presencia de
Dios
trascendente en la acogida de la revelación por parte de los profetas (Ez 1,1);
más aún,
puede indicar la condescendencia misericordiosa de Dios para volver a anunciar a
los
hombres la paz y la salvación (cf. Lc 2,13ss). Pero la expresión «los cielos
abiertos» alude
más directamente a los suspiros y anhelos por la venida de Dios, consignados en
Is 64,1:
«¡Ah si rasgaras los cielos y descendieras...!» Este descenso de Dios se realiza
ahora por
cuanto el Espíritu desciende sobre Jesús. Al mismo tiempo es el signo del Ungido
por
excelencia, del Mesías, que poseerá en plenitud el Espíritu de Dios (Is 11,2;
61,1) También
en el cántico del «Siervo de Yahveh» (Is 42,1) pone Dios su Espíritu sobre el
Elegido, y
esto tiene gran importancia para entender «la voz de los cielos». El símbolo de
la paloma
recuerda a Gén 1,2, en que el Espíritu de Dios «se cernía» sobre las aguas
primitivas; pero
recuerda también la shekhinah, la presencia divina gratificante, que se
representaba en
figura de paloma (*)4. De este modo se describe gráficamente el descenso del
Espíritu a la
par que la fuerza vivificante y salvadora de Dios, aunque también la protección
divina.
La voz de los cielos es la voz del mismo Dios y, por consiguiente, no se trata
sólo de
una bathqol -«hija de la voz»- como entendían los intérpretes judíos de la
Biblia un dato
revelado en su temor profundo ante la transcendencia divina. Dios se dirige
directamente a
quien está marcado y repleto de su Espíritu. «Tú eres mi Hijo»: así habla Dios
en el Sal 2,7
al rey de Israel tomándole por hijo. Pero la referencia a esta «fórmula
adopcionista» resulta
problemática cuando se compara con las palabras siguientes: «amado; en ti me he
complacido», pues recuerdan las palabras que Dios dirige al «Siervo de Yahveh»:
«He aquí
mi Siervo, mi escogido, en quien se complace mi alma» (Is 42,1), sobre todo
cuando al final
se dice: «En él he puesto mi Espíritu» Y siendo esto así, ¿por qué «mi Hijo» en
lugar de
«mi siervo»? ¿Subyace aquí una traducción distinta de la palabra griega país,
que puede
significar tanto «niño» como «siervo»? Pero difícilmente puede tratarse de un
cambio
casual; más bien tenemos aquí una interpretación cristiana consciente. Jesús es
ambas
cosas: el «siervo elegido» que cumple obediente el encargo de Dios desde el
bautismo
hasta su muerte expiatoria «por muchos» (d 10,45), y es al mismo tiempo el Hijo
único y
amado (cf. 12,6), en favor del cual Dios da también testimonio en la
transfiguración sobre el
monte (9,7). Así se dice intencionadamente «amado» en lugar de «elegido». Ni
siquiera la
figura admirable del «siervo de Yahveh» en los cantos del libro de Isaías era
suficiente para
comprender la esencia profunda del Mesías del Nuevo Testamento. Ese Mesías está
en
una relación inmediata y única con Dios, siendo a la vez el «siervo» obediente y
el «Hijo»
querido. Dios confirma al hombre Jesús como Mesías lleno del Espíritu; pero lo
hace de un
modo que deja entrever su misterio profundo, la hondura metafísica de su
persona. Con
este conocimiento debe el lector creyente escuchar y meditar el relato que sigue
sobre la
actividad de Jesús Sólo a la luz de esta revelación divina que aparece al
comienzo se
puede comprender el camino del Mesías Jesús, obediente aunque repleto de una
gloria y
fuerza íntimas.
Aquí no se dice ni sugiere todavía nada acerca del camino doloroso y de la
muerte
expiatoria del «siervo de Yahveh». El bautismo de Jesús en el Jordán no apunta
todavía al
«bautismo de muerte» con el que Jesús había de ser «bautizado» al final (10,38).
Pero
como Siervo obediente y como Hijo amado deberá recorrer el camino que le
conduzca hasta
Dios. En esta hora histórica sólo se dice que está preparado para la llamada de
Dios, para
dejarse llevar por el Espíritu (1,12) y obedecer a lo que Dios disponga (8,31).
En las palabras que dirige a su Hijo, Dios no habla directamente a la comunidad
de
salvación; será el ungido con el Espíritu y preparado para la obra mesiánica
quien la reúna y
forme por medio de la llamada a la fe y a su seguimiento. Mas por el hecho de
que no
recibió el Espíritu sólo para sí sino para bautizar consigo a los hombres (1,8),
la comunidad
queda ya incluida. La dotación del Espíritu de su Mesías se convierte en una
llamada a
prepararse para la acogida personal del Espíritu. La experiencia bautismal de
Jesús
continúa siendo algo especial y único; pero puede inducir a reflexionar acerca
de lo que
significa la recepción ulterior del bautismo en la Iglesia y la recepción del
Espíritu que Cristo
elevado al cielo ha hecho posible para los cristianos.
..............
(*) A la paloma van vinculadas numerosas representaciones en el Oriente antiguo,
en el Antiguo Testamento y en la tradición judía. Por ejemplo, la paloma es la
imagen de Israel como esposa, del propio Yahvhe o de su presencia benevolente,
la shekhinah.
(MENSAJE/02-1.Págs. 5-24)
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CITA-BIBLICA= /Mc/01/01 /Mc/01/02-08 /Mc/01/09-11