CAPÍTULO 13


d) Exhortaciones y esperanzas (13/01-10).

1 Por tercera vez voy a ir a visitaros. «Por la palabra de dos o tres testigos se decidirá todo asunto» (Dt 19,15).

Pablo habla cordial y emotivamente. Sus palabras están cargadas de entrañable intimidad. Anuncia una vez más (véase 12,14) su tercera visita. Esta visita reviste una especial importancia y decidirá sus relaciones con la comunidad de Corinto. El apóstol encarece la importancia de esta tercera visita con una sentencia de la Escritura, lo cual le acredita de auténtico rabino. De acuerdo con la ley del Antiguo Testamento, para dirimir un juicio es decisiva, ante el tribunal, la deposición de tres testigos. Aquí los tres testigos son las tres visitas, que decidirán las relaciones entre Pablo y la Iglesia de Corinto. La tercera visita del apóstol debe amortiguar toda oposición, componer toda desavenencia y restablecer la paz definitiva.

2 Dije antes, y ahora lo repito en mi ausencia como cuando estuve presente la segunda vez, a los que antes pecaron y a todos los demás: que, de venir otra vez, ya no tendré miramientos.

Pablo llevará a cumplimiento en su tercera visita lo que anunció en la segunda. Se comportará sin miramientos contra los culpables. Acaso piensa especialmente en aquellos que provocan divisiones y discusiones (12,20) o en aquellos otros que se hicieron culpables de incontinencia sexual (12,21). Les exigirá cuentas, les obligará a tomar una decisión y expulsará de la comunidad a los que se obstinen en desobedecer.

3 Andáis buscando pruebas de que es Cristo quien habla por mí. Él no se muestra débil para con vosotros, sino que en vosotros ejerce su poder.

Pablo da la razón de su amenaza de comportarse sin miramientos: son los mismos corintios quienes lo quieren así, ya que piden pruebas de que es Cristo quien habla con poder en el apóstol. Pablo dará cumplida satisfacci6n a este deseo. Aportará la prueba de que es verdaderamente Cristo quien habla en el apóstol. Pablo está, como todo cristiano, «en Cristo» (13,4). Con esta breve fórmula designa Pablo la unión íntima del cristiano con Cristo. Cristo lo abraza y contiene todo y a todos, pues él es cabeza de la Iglesia (Ef 1,22; Col 1,18), principio y resumen de la nueva humanidad (Rom 5,15), prototipo y forma de la nueva creación (Col 1,16). Así puede decir Pablo: «Vivo, pero no yo; es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20). Y «siento por vosotros dolores de parto hasta que Cristo esté formado en vosotros» (Gál 4,19). Pablo puede decir lo mismo: nosotros en Cristo (2,12.17 y passim), que: Cristo en nosotros (13,3.5). Por tanto, así como el apóstol habla en Cristo, también Cristo habla en el apóstol.

Esta verdad se pondrá de manifiesto en la conducta enérgica de Pablo. Ciertamente el apóstol conoce su debilidad natural, a la que se ha referido con harta frecuencia. Pero sabe también que, a pesar de esta debilidad, e incluso a través de ella, habla y actúa Cristo. Por muy débil que pueda ser el hombre Pablo, se mostrará fuerte frente a los corintios. Se manifestará con las señales, prodigios y milagros (12,12) que acompañan y respaldan e] servicio del apóstol.

4 Es cierto que fue crucificado en razón de la debilidad; pero vive por el poder de Dios. Y así también nosotros participamos de su debilidad, pero viviremos con él por el poder de Dios para con vosotros.

El apóstol se configura, en poder y debilidad, de acuerdo con la imagen de su Señor Cristo. También Cristo fue débil, cuando fue crucificado. Pero después el poder de Dios la resucitó y glorificó, y ahora vive y domina con poder como el Señor ascendió al cielo. El Apóstol está en Cristo. Estar en Cristo significa ser débil con él y participar en su pasión y muerte. Pero significa también que, por concesión divina, el apóstol participa en la vida y el poder del Resucitado. Esta vida no es sólo ni primariamente la vida futura de la eternidad. Actúa ya ahora poderosamente en el momento presente del apóstol y actuará, también con poder cuando se presente en Corinto dentro de poco.

En el Nuevo Testamento se citan con frecuencia, una junta a otro, la debilidad y el poder de Cristo, como contrastes que se complementan. Se trata de una antigua fórmula, ya acuñada con anterioridad a Pablo. Es una antigua y breve confesión con la que la fe y la predicación superaban el escándalo de la cruz 103. Nunca podía anunciarse la cruz aislada y sola. Hubiera sido únicamente el anuncio de un final horrible. Por eso debía ir siempre unida al anuncio de la resurrección, por la cual la cruz se revelaba como tránsito a la vida.
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103. Véase 4,10; MC 16,6; Hch 2,23s; 3,15; Rm 8,34.
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5 Examinaos vosotros mismos a ver si estáis en la fe; poneos a prueba. ¿O acaso no os dais cuenta de que Jesucristo está entre vosotros? ¡A no ser que estéis desaprobados!

A lo largo de una serie de ideas coherentes y escalonadas (13,5-10) exhorta Pablo a la comunidad a que se examine a sí misma, para que su fe y su vida sean auténticas y el apóstol pueda ahorrarse, en su visita, la tarea de tener que montar un tribunal de castigo. En vez de querer comprobar si Cristo actúa en el apóstol (13,3), sería mejor que los corintios se probaran a sí mismos. La comunidad conoce la realidad de Cristo en la lglesia. Sabe que los cristianos están en Cristo y Cristo en los cristianos (13,3). Los corintios no pueden olvidar esta realidad, sino que la deben hacer efectiva en su vida de fe. Sólo la fe vivida y realizada es fe verdadera. Si no lo supieran y no actuaran en consecuencia, serían suspendidos y desaprobados. Y en tal caso, Pablo teme que tampoco podrían afrontar el juicio futuro.

6 Pero espero que reconozcáis que nosotros no estamos desaprobados.

En la preocupación de Pablo por la situación de la comunidad se abre paso, una vez más, la defensa que el apóstol debe hacer de su ministerio. Por eso intercala, de pasada, una pequeña observación. Al hablar de la comunidad, aprovecha la ocasión para expresar la confianza de que la comunidad debería conceder al apóstol que él al menos está aprobado y que acaso ella tenga que convencerse, por el contrario, de su propia desaprobación.

7 Y rogamos a Dios que no hagáis nada malo: no para que nosotros aparezcamos buenos, sino para que vosotros practiquéis el bien, aunque nosotros no fuéramos aprobados.

Pablo se corrige inmediatamente. Lo importante no es que él demuestre estar aprobado (13,6). Lo decisivo es que la comunidad, liberada del mal, se mantenga firme en el bien, es decir, que sea aprobada. Para esto ora el apóstol. Cierto que entonces el apóstol no tendrá ya ninguna posibilidad de demostrar su poder en Corinto y no podrá, por tanto, evidenciar que está aprobado. Pero renunciará con gusto a ello, por amor a los corintios.

8 Pues nada podemos contra la verdad, sino en favor de la verdad.

No importa absolutamente nada lo que Pablo pueda sentir personalmente, con tal de que la verdad salga triunfante. Aquí debe entenderse la palabra «verdad» en su significado bíblico. Para nosotros la verdad es una afirmación exacta, es decir, algo que una persona entienda. En la Biblia la verdad es una cosa, una realidad válida y justa, es decir, algo que existe en sí mismo y por sí mismo, no en la mente de una persona. En este sentido, Dios es la verdad, porque en él se encuentra encerrada la esencia exacta y verdadera de todas las cosas. Al revelarse Dios en el mundo se ha revelado y está presente la verdad en el mundo. Por eso puede decir Jesús en el Evangelio de Juan que él es «el camino, la verdad y la vida» (14,6). En esta perspectiva, la verdad es el recto orden de las cosas. Lo que a Pablo le importa es este recto orden de las cosas, es decir, la recta relación de Dios con el mundo y del mundo con Dios, el recto orden de la Iglesia con Dios y el recto orden dentro de la misma Iglesia: esto es, la fe, la paz, la preservación moral de la Iglesia. Todo su programa, todas sus inquietudes y trabajos se centran en hacer pública y mantener firme esta verdad en su predicación.

9 Nos alegramos cuando nosotros somos débiles y vosotros sois fuertes. Y esto es lo que pedimos: vuestra perfección completa.

Como ama la verdad, Pablo no puede sentir más que alegría cuando la iglesia de Corinto es fuerte, aunque él aparezca como débil. Las cosas deben ser tales como el mismo Pablo ha dicho: «Así la muerte opera en nosotros, y en vosotros la vida» (4,12). Pablo ruega para que así sea. Él quiere entregarse como sacrificio por la comunidad (12,15). Todo debe servir para edificación y perfeccionamiento de la Iglesia.

10 Por eso escribo estas cosas estando ausente, para que, cuando me presente, no tenga que usar con rigor de la autoridad que el Señor me dio para edificar, y no para destruir.

Con este fin y para esta meta, la edificación de la Iglesia, ha escrito Pablo la presente carta. Espera que con ella no será ya necesario que en su próxima visita a Corinto tenga que portarse con rigor. Insiste, desde luego, en que, junto con la autoridad apostólica, ha recibido también del Señor la capacidad de mostrarse riguroso, si es necesario. Pero la finalidad última no es nunca la destrucción por el castigo, sino la edificación de la Iglesia.

CONCLUSIÓN DE LA CARTA: SALUDOS Y DESEOS 13/11-13

11 Por lo demás, hermanos, alegraos. Procurad vuestra perfección, daos ánimos, tened mi mismo sentir, vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros.

El saludo final contiene palabras y fórmulas usuales en la conclusión de la carta. Pero, tanto en los detalles concretos corno en su conjunto, este saludo dice referencia a las especiales circunstancias de la Iglesia de Corinto. ¡Alegraos! Esto podría ser, sin más, un deseo normal al concluir la carta. Pero Pablo da, con frecuencia, a esta palabra un significado más profundo. Al principio (1,24) ha dicho de los apóstoles que «colaboramos con vuestra alegría» (causada por Dios). La alegría es alegría en Cristo (Flp 3,1), dimanante del ser en Cristo. Es, por lo mismo, algo esencial al ser cristiano. Es expresión y efecto de la salvación que le ha sido dada a la Iglesia. Así pues, junto con la alegría, Pablo les desea el don de la salvación.

Entre los saludos finales de costumbre se encuentra el saludo y el deseo de la paz. Pero en esta carta este deseo tiene una intención y un significado especial. El deseo de paz se diversifica en un buen número de vocablos de significado similar; aquí va referido a las luchas y divisiones de partidos de la comunidad corintia. El saludo se ratifica con la promesa de que el Dios de la paz habitará entre los hombres pacíficos.

12 Saludaos unos a otros con ósculo santo. Os saludan todos los fieles.

La armonía de la comunidad debe sellarse con el ósculo santo 104. Esto no era una mera fórmula: los fieles se besaban fraternalmente. En las asambleas de la comunidad fue norma y práctica demostrar, con este beso, la comunión mutua. Acaso la predicación -que formaba parte del primitivo servido litúrgico- concluyera con la exhortación al ósculo santo. Es indudable que cuando se recibía una carta apostólica, se leía ante la comunidad, en lugar de la predicación. Por eso la carta concluye, lo mismo que la predicación, con la exhortación al ósculo. Este beso significa la comunión y la paz tanto de los oyentes entre sí como con el apóstol, que se encuentra lejos. Así como el predicador presente era el que, acabada la exhortación, daba el primer ósculo, que, a partir de él, se iba extendiendo por toda la asamblea, así Pablo, por medio de la carta, da y recibe el ósculo fraterno de la Iglesia. También por este medio se restablece la unión entre el apóstol y la comunidad.
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104. Las cartas del Nuevo Testamento concluyen, frecuentemente, con la exhortación a que los destinatarios se besen mutuamente con el ósculo santo y fraterno: Rom 16,16; ICor 16,20; ITes 5,26; IPe 5,14.
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13 La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.

Este deseo de bendición del apóstol, tan rico de contenido, menciona, en íntima unión, y distingue entre sí, a Cristo, a Dios y al Espíritu, atribuyendo a cada uno de ellos, respectivamente, los bienes salvíficos de la gracia, el amor y la comunión. El eco solemne de esta fórmula suscita inmediatamente el recuerdo de las oraciones actuales con las que se venera la Santísima Trinidad.

En otros lugares emplea Pablo fórmulas de un solo miembro (Rom 16,20: «La gracia de nuestro Señor Jesús esté con vosotros») o de dos (lCor 8,6: «Un solo Dios, el Padre de quien todo procede... y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas»). La expresión puede tener también forma trinitaria como ésta de 13,13. Ya en 1,21s y en 3,3 advertimos la serie de nombres: Padre, Hijo y Espíritu. En Rom 15,30 estructura Pablo otra fórmula de tres miembros: «Pero os ruego, hermanos, por Jesucristo nuestro Señor y por amor del Espíritu, que luchéis juntamente conmigo, dirigiendo a Dios oraciones por mí.» El Nuevo Testamento menciona fórmulas trinitarias plenas en Mt 3,16s; 28,19; lCor 12,4-6; Ef 4,4-6; lPe 1,2.

Las fórmulas trinitarias más ricas del Nuevo Testamento nacieron poco a poco, a partir de las más sencillas. Este proceso necesitó bastante tiempo para llegar a la actual serie fija de Padre, Hijo y Espíritu; al principio la fórmula variaba de acuerdo con el contexto. Aquí la secuencia Cristo, Dios y Espíritu se explica de esta forma: lo que se le ha dado primero e inmediatamente al cristiano es la gracia de Jesucristo, que es perdón de los pecados y apertura del camino hacia el Padre (Rom 5,1). La comunión del Espíritu, es decir, la comunidad creada por el Espíritu y sustentada por él, lo abarca y lo llena todo (ICor 12,11). Con todo, el orden a que nosotros estamos acostumbrados aparece ya en el mandato bautismal: «...bautizándolos en el nombre del Padre. y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). En estas frases del Nuevo Testamento se funda la posterior y ampliamente evolucionada doctrina de la Iglesia sobre la Santísima Trinidad.

MIRADA RETROSPECTlVA Y PANORÁMICA. La segunda carta a los Corintios es una epístola de lucha y controversia. Pablo lucha por su comunidad. ¿Consiguió la carta su meta y objetivo? ¿Restableció Pablo de nuevo la unidad y la paz con la Iglesia de Corinto?

En 10,15s dice Pablo que quiere llevar adelante la obra misional a partir de Corinto, si esta Iglesia queda fortalecida. En la carta a los Romanos, escrita un año después, desde Corinto, expone Pablo sus proyectos, según los cuales desea ir a Roma y, tras una corta estancia, partir hacia España, para predicar allí el Evangelio. Según una antigua tradición de la Iglesia romana, que se remonta hasta el siglo I, Pablo pudo realizar estos proyectos. Por tanto, debió cumplirse la condición que él mismo se había fijado en 10,15s. Consiguió, pues, reanudar las relaciones de confianza con Corinto, de modo que le fue posible continuar y completar sus planes misionales.

Pablo combate en la segunda a los Corintios con extremada violencia a ciertos misioneros a los que califica de falsos apóstoles y de intrusos en su campo misional. ¿Era necesaria esta batalla? Al comenzar la carta el apóstol desea siempre a sus lectores, en primer término, gracia y paz (1,2). Su más profundo anhelo es que el Dios de la paz prevalezca sobre el espíritu de división en la Iglesia (Rom 16, 20). Uno de los más hermosos pasajes de las cartas paulinas es el himno a la caridad de lCor 13. Y justamente en la segunda a los Corintios trabaja Pablo en pro de la comunión y la paz con la comunidad de Corinto. Con todo, el mismo Pablo juzgó necesaria aquella batalla dura y agotadora en torno a la verdad del Evangelio y la pureza y autenticidad de la doctrina y de la fe (11,4). En los siglos siguientes la Iglesia ha batallado con frecuencia en defensa de la fe recta. Se la ha acusado muchas veces de intransigencia. Pero ella tenía y sigue teniendo la convicción de que debía y debe entablar esta batalla para defensa de la verdad del Evangelio.

Además de esto, existían y siguen existiendo otras tensas realidades, de las que también nos informa el Nuevo Testamento. En todas las cartas de Pablo y en las siete cartas católicas que integran el Nuevo Testamento leemos discusiones y controversias. También los otros escritos neotestamentarios aluden a ellas. Se refieren, con frecuencia, a la pureza de la doctrina y al orden de la vida, pero también se apoyan, muchas veces, en antagonismos personales dentro de las comunidades. Aquellas comunidades apenas tenían unos decenios de vida, y ya está la Iglesia desunida y dividida por corrientes opuestas. ¿Era una realidad, siquiera entonces, la unidad de la Iglesia? ¿O ha sido siempre sólo el ideal supremo por el que suspiraban y suspiran la nostalgia y la fe?