POLITICA
CATOLICA ESPAÑOLA
d)
Batalla de la opinión en España
e)
Respuesta de Roma a
g)
Conclusiones finales
¿Un
partido católico o católicos en los partidos? ¿Católicos políticos o políticos
católicos? ¿Quienes forman un partido que se defina como católico? ¿Cuál es
su programa? ¿Cuáles son sus características? Estas cuestiones fueron
fundamentales en la Iglesia española de finales
del s. XIX y principios del s. XX.
La
condena de las llamadas “libertades de perdición” que Pío IX había hecho
en el Syllabus puso a los católicos
en la difícil situación de aceptar una Constitución liberal o luchar contra
ella. Aceptar el orden establecido o cambiarlo. Si había que cambiarlo ¿cuál
era la forma más adecuada para ello?
Unos
pensaron que era integrando a los católicos en el sistema político vigente. En
España esto se concretaba en el partido conservador de Cánovas del Castillo. Otros
creyeron que había que unir a los católicos en un partido netamente católico.
Serían entonces los carlistas e integristas quienes podían liderar esta opción,
aunque más tarde, como veremos enseguida, tomó fuerza la idea de una coalición
antiliberal.
Estas
dos opciones, dos formas diversas de entender la presencia de los católicos en
la política española de la Restauración, daría lugar a un enfrentamiento que
fue más allá de los debates puramente políticos. Intervendrían los obispos y
la Santa Sede. Lo que se iba a dilucidar era la confesionalidad política, en
consecuencia la creación de un partido católico; o la libertad de opción política
de los católicos.
Cuando
José Canalejas
llegó al poder en 1910 intentó aplicar su propuesta regeneracionista que
pasaba por resolver la cuestión religiosa. Según el político liberal España
vivía en el atraso debido a la influencia que tenían las órdenes religiosas.
La
política anticlerical de Canalejas consiguió la reacción
de los católicos. Sin embargo, esto no impidió una mayor división
dentro del catolicismo español entre aquellos que propugnaban la integración
de los católicos en el partido conservador y los que intentaron la creación de
un partido católico.
El
proyecto cuajó con motivo de las elecciones provinciales del 12 de marzo de
1911. La idea era mantener vivo el espíritu que había movilizado a los católicos
en contra de la política liberal. Quería reunir a un grupo de electores en
torno a la bandera católica para defender los intereses de la Iglesia, al
margen de debates políticos. En este proyecto estaban carlistas, integristas y
los llamados católicos independientes, especialmente los propagandistas de Herrera
Oria. Todos ellos no sólo se definían “católicos”; eran también
“antiliberales”. ¿Por qué católico y antiliberal? El adjetivo pretendía
excluir a los conservadores. Muchos de estos se definían católicos; sin
embargo, defendían una política liberal, menos radical que los propiamente
liberales, pero no dejaba de ser una doctrina condenada en el Syllabus.
Un
mes antes de las elecciones apareció en la revista Lectura
Dominical un artículo sobre las normas y postura del cardenal Aguirre, primado
de Toledo, sobre la unión electoral de los católicos. Aquí se
recordaba que la opción política para los católicos españoles era votar al
menos malo y no formar un partido
propio[1].
Ante
esto, uno de los candidatos antiliberales, el marqués de Castellanos, pidió autorización
al obispo de Madrid, Salvador y Barrera, para presentarse en la coalición
antiliberal con el título “católico”. El obispo lo desautorizó y prohibió
la presentación de cualquier candidatura que se denominase “antiliberal”[2].
¿Cuál
fue el argumento empleado por Salvador y Barrera? Según el obispo, una coalición
de este tipo infringía las normas que el cardenal de Toledo había dado a los
católicos sobre uniones electorales y no seguía las indicaciones de la carta
de Pío X, Inter Catholicos Hispaniae
de 1906[3].
Sin embargo, esto no convenció a los miembros de la coalición. El obispo era
ambiguo en sus motivos. Aseguró que aprobaría la coalición si eliminaban el término
“antiliberal”[4].
Finalmente
se disolvió la coalición. Carlistas e integristas no quisieron retirar su
propuesta antiliberal. El jesuita Ángel
Ayala hizo balance de las consecuencias que todo esto tendría para
el catolicismo español. Creía que el obispo se había excedido. La coalición
entraba dentro de las normas a los católicos y si no se había aprobado era más
por enfrentamientos políticos entre conservadores y antiliberales, que por
motivos doctrinales como aseguraba Salvador y Barrera. Además, según el
jesuita, esto encerraría aún más a carlistas e integristas en sus posturas;
los obispos quedarían en evidencia y sería imposible volver a organizar otra
coalición similar[5].
El
Siglo Futuro anunció la disolución
de la coalición[6].
La prensa liberal aprovechó la ocasión para atacar a integristas y carlistas.
Los integristas
entendieron esto como una afrenta personal, a lo que se añadían las críticas
que el propio obispo de Madrid había hecho contra ellos y su fallecido jefe de
fila, Ramón Nocedal. Según estos, Salvador y Barrera dijo que había que
atacar menos a Canalejas y más a los integristas. Según noticias que llegaban
al nuncio, estos actos podían hacer inútiles todas las movilizaciones católicas.
Además, el obispo de Madrid había actuado sin tener en cuenta las indicaciones
de la Nunciatura, desde donde habían advertido a los obispos que se abstuvieran
de aprobar o prohibir candidaturas electorales[7].
Así
las cosas, los integristas decidieron acudir a Roma para que en la Santa Sede
aprobaran la coalición. Pidieron al cardenal Aguirre una carta de presentación.
El Arzobispo de Toledo no lo consideró oportuno. Estaba convencido que la
coalición no haría ningún bien. Es más, pensaba el primado, que restaría
votos al partido conservador y en algunas circunscripciones ganarían los
republicanos. Pidió al nuncio, Antonio Vico, que informara de esto en Roma[8].
El
nuncio
Vico informó al Secretario de Estado según las indicaciones del cardenal
Aguirre. Al mismo tiempo indicó cuales serían las consecuencias si en la Santa
Sede no se aprobaba la coalición: “getterebbe una funesta apatía nei
cattolici anche independenti”. Como remedio, proponía el nuncio que los
conservadores se unieran a la coalición[9].
Los
antiliberales
estaban empeñados en justificar su opción. Dadas las circunstancias sociales y
políticas del país, sólo era posible una unión entre “los elementos
decididamente católicos” y estos eran únicamente los antiliberales. En
consecuencia decidieron excluir a los conservadores. Estos tenían una posición
ambigua. No sólo se oponían a los “de los católicos francos”, sino que
además apoyan al gobierno en el Congreso. Se preguntaban si su actuación era
contraria a las normas que la Santa Sede había dado a los católicos españoles.
Si el obispo de Madrid tenía autoridad para prohibir a los católicos
independientes participar en la coalición. Y, si dadas las circunstancias políticas
del país, debían o no excluir a los conservadores[10].
Estaban
convencidos que Salvador y Barrera se había equivocado al prohibir la coalición.
Su intención era seguir las indicaciones sobre la unión de los católicos en
el terreno político. Así lo habían hecho cuando había sido oportuno. Habían
establecido alianzas puntuales con los conservadores. No negaban que la Inter
Catholicos Hispaniae estuviera en vigor. Cuando hubo peligro claro de una
victoria de los radicales se habían unido a los conservadores, sin que se
pusieran impedimentos, como había sucedido en Barcelona[11].
El
veto impuesto a la coalición antiliberal ¿Significaba que era imposible un
partido netamente católico? ¿Indicaba que defendían una doctrina distinta a
la de los obispos y a la del Papa? Eran cuestiones planteadas por los
antiliberales y que pedían una respuesta clara. La coalición quería defender
los intereses de la Iglesia, pero los acusaban de ser modernistas[12].
Ante
la polémica planteada, el obispo
de Madrid publicó dos pastorales en las que intentó explicar su
decisión. Pidió a los miembros de la coalición que retiraran el adjetivo
antiliberal, ya que no se ajustaba a las normas de la Santa Sede y pidió que se
unieran a los partidos de orden. Al mismo tiempo advirtió que la desobediencia
a las indicaciones de la jerarquía podía conllevar la herejía[13].
Salvador
y Barrera quiso que la Santa Sede confirmara su decisión. Detrás de la coalición
había un proyecto contra el poder constituido. Iban en contra de las
instrucciones dadas a los católicos y había consultado su decisión con el
nuncio[14].
Sin embargo, la respuesta del Secretario
de Estado Vaticano fue distinta a la esperada por el obispo.
En
las dos pastorales se hacían graves acusaciones contra “insignes católicos”.
Eran además ataques públicos, ya que el obispo había mandado leer estas
pastorales en las iglesias. Según la Secretaría de Estado todo esto era
consecuencias de las normas que los obispos impusieron a los católicos en el
Congreso de Zaragoza, cuando las divisiones políticas de los católicos
afectaron al clero y tuvo que intervenir la Santa Sede[15].
Esto había convertido a los obispos en agentes electorales y daba lugar a
interpretaciones que cada partido intentaba aprovechar en beneficio propio. El
episcopado debía mantenerse al margen de las cuestiones políticas y limitar su
actuación a la enseñanza doctrinal[16].
Por
otra parte, no se podía afirmar que los católicos que defendían a la Iglesia
estuvieran próximos a la herejía, mientras que se callaba ante aquellos que
eran los verdaderos enemigos del catolicismo. En la Santa Sede eran conscientes
del poco peso político que tenían los integristas y carlistas; además de su
tendencia antidinástica. Sin embargo, han sido los únicos que en muchas
ocasiones han defendido los intereses de la Iglesia. “La verdad no cesa de ser
verdad porque la proclaman labios integristas o carlistas, liberales o
conservadores”[17].
Desde
la Santa Sede
también respondieron a los antiliberales de forma oficiosa. Lo hicieron
mediante un artículo de La Correspondance
de Rome reproducido en el Diario de
Barcelona[18],
en el que se afirmaba que la Santa Sede no aprobaría un partido antiliberal en
España. Una noticia así hizo saltar las alarmas. Integristas y carlistas no
conseguirían el apoyo vaticano que buscaban.
Intervino
entonces el nuncio.
No se podía identificar el término antiliberal y antidinástico. Había muchos
monárquicos que se consideraban contrarios al liberalismo.
Por
otra parte, aseguraba Antonio Vico, no habían tenido tiempo de presentar su
programa político; pero era su intención unir a los católicos que quisieran
defender la patria y la religión. Están dispuestos a prescindir de los
intereses de partido para crear una organización contraria al liberalismo político.
Las
circunstancias políticas del país así lo exigían. El partido conservador se
estaba dividiendo. Era posible la llegada al poder de Eduardo Dato, considerado
por el nuncio como el ala izquierda de los conservadores. Si no se organizaban
las fuerzas católicas en torno al antiliberalismo, lo único que se conseguirá
será que los buenos se retraigan.
Los
antiliberales no quieren otra cosa que seguir las indicaciones del papa cuando
llamó a los católicos a unirse sin distinción de partido. Defienden la
aplicación de la tesis en España y la unidad católica, y combaten no sólo a
los liberales, también a los conservadores que “han permitido encajar en los
moldes de la realidad las leyes injustas que aquel promulga”[19].
La
respuesta al
nuncio llegó, de nuevo, por medio de otro artículo de La
Correspondance de Rome. En una entrevista a “un personaje español” se
afirmaba que era imposible la unión política de los católicos españoles
debido a las diferencias ideológicas. Esto hacía inviable buscar una fórmula
de unión al margen de los partidos políticos ya existentes, porque en el
proyecto presentado era excluyente. La única unión posible, según este
personaje, era para la defensa de “las corporaciones religiosas” de acuerdo
con los obispos[20].
Antonio
Vico envió a ferry del Val un análisis del artículo. Un católico tiene que
seguir las enseñanzas de la Iglesia. Su acción política debe partir de la
enseñanza político-religiosa de la Santa Sede. En consecuencia, si la Iglesia
había condenado el liberalismo, la única opción posible para un católico era
ser antiliberal.
Por
otra parte, aquellos católicos que militaban en los partidos del turno no tenían
libertad para defender sus ideas y los intereses de la religión dentro de sus
partidos. Conservadores y liberales se necesitaban mutuamente según el sistema
electoral español. Estos tenían principios “diametralmente opposti al
clericalismo, ossia al catolicismo”.
La
coalición al defender el antiliberalismo no excluía a nadie. El término
aglutinaba a todos aquellos que profesaban públicamente la doctrina de la
Iglesia y estaban dispuestos a defenderla.
El
nuncio terminó su análisis con una petición. Era la aspiración de los católicos
españoles organizarse al margen de los obispos, con libertad e independencia[21].
La
respuesta del Secretario
de Estado Vaticano llegó días más tarde. La unión entre los católicos
debía ser circunstancial, “por modum actus”. Nada de organización católica
libre e independiente. La cuestión no admitía réplica. La Correspondance
de Rome estaba considerada órgano oficioso de la Santa Sede. Vico, por tanto,
no ignoraba que el artículo publicado, confirmado por la respuesta de Merry del
Val, significaba
que sus superiores no compartían la línea seguida: apoyar la creación de un
partido católico antiliberal en España[22].
Algunos
entre los antiliberales
consideraron que detrás de este fracaso estaba el partido conservador. Así lo
pensaba José María Urquijo, fundador de La
Gaceta del Norte. La coalición había sido el fruto de las manifestaciones
contra la política anticlerical. Lo que no había conseguido la Santa Sede ni
los obispos en años, lo había logrado Canalejas en pocos meses. Esto exigía
una unión mayor de todos los católicos, especialmente del gran número de
independientes que no estaba afiliado al integrismo o al carlismo. Aquí se podían
unir muchas asociaciones católicas; seglares; sacerdotes; religiosos; y muchos
obispos. Sin embargo, se opuso el partido conservador. Algunos de sus hombres más
importantes, Pidal, el marqués de Vadillo o el marqués de Comillas, apoyaron
la iniciativa. No hizo lo mismo su jefe de filas, Antonio Maura. No sólo no está
dispuesto a poner en juego el turno de partido, sino que además había apoyado
a Canalejas en sus iniciativas políticas. Con esta actitud, el partido
conservador “se había divorciado de la opinión católica”.
Los
conservadores
sabían cubrir las apariencias gracias al apoyo que recibían de algunos
jesuitas y obispos, principalmente del obispo de Madrid. Afirman que en la
Constitución no hay nada reprobable; y presentan a Maura como el mal menor.
Esperan que éste regrese al poder, pero mientras y con intención de frenar a
los más radicales, apoyan a Canalejas y “su política sectaria, que ellos la
interpretan benignamente suponiéndola tan solo simples fuegos artificiales”.
Siempre
habían actuado de acuerdo a las indicaciones de la Santa Sede y por eso
acudieron al cardenal Vives y Tutó, al nuncio y al primado. Así consiguieron
organizar a los católicos y formar juntas
conservadoras en toda España para que la opinión católica fuera
escuchada. Fueron necesarios muchos esfuerzos y sufrir acusaciones. Después de
todas las manifestaciones celebradas, esperaban que en el senado los obispos
reaccionaran con una fuerte oposición a Canalejas. Sin embargo, no lo hicieron.
Unos
pensaron que el gobierno actuaría endureciendo su política anticlerical; otros
porque consideraban que Canalejas estaba frenando el avance de la revolución,
creían que era el mal menor y veían necesario apoyarlo. Esta actitud ambigua
de los obispos provocó desilusión. Los obispos “seguían un rumbo
completamente distinto”, actuando al margen de la sociedad católica.
Todo
esto estaba creando confusión. Por una parte desde la Santa Sede y la
Nunciatura los animaba a seguir con las movilizaciones y la organización política
de los católicos; por otra, los obispos ponían impedimentos para esto mismo.
El
capuchino Joaquín Llevaneras, hermano del cardenal Vives, había escrito a
Urquijo para que constituyeran un centro
católico dispuesto a “defender la Religión y la Patria”, sin
pretensiones antidinásticas, pero con el objetivo de “poner fin a todas las
demasías, así de liberales como de conservadores”. Esto evidenciaba cuál
era el deseo del Vaticano. Sin embargo, se opusieron algunos obispos,
principalmente el de Madrid, ayudado
por los jesuitas y los conservadores que se presentan como verdaderos intérpretes
de las indicaciones de Roma[23].
¿Qué
dividía a los católicos españoles en este momento? ¿Por qué una unión
electoral era inviable? Ángel Ayala envió a Antonio Vico un análisis de la
situación. La organización de los católicos tenía, según el jesuita, dos
caminos:
1º
al margen de la política.
Era difícil, pero posible, debido a la ambigüedad política de los católicos
que militaban en el partido conservador. Ayala ponía el ejemplo de lo sucedido
con las escuelas libres. Cuando los conservadores estuvieron en el poder no
hicieron nada para suprimirlas. Sin embargo, protestan y se manifiestan contra
ellas cuando gobiernan los liberales. “¿Qué sinceridad podía haber en
semejantes actos contra el partido liberal?”. Su actuación era más de
oposición que defensa de los intereses religiosos.
2º
dentro de la política.
Algo imposible para Ayala. Es cierto que podría ser viable una unión entre
integristas, carlistas e independientes, pero está la disputa por la jefatura
del partido. Sin embargo, estos han establecido alianzas puntuales en algunas
ciudades. También sería posible una unión circunstancial entre los católicos
independientes de estos partidos con los dos partidos del turno, como también
se ha hecho en algunos sitios.
Ahora
bien, una unión de todos los católicos independientemente del partido al que
pertenezcan es, según el jesuita, absolutamente imposible. ¿El motivo? La
disciplina de partido. Si los conservadores se unen a otros católicos fuera del
propio partido rompen con la disciplina del grupo; si no lo hacen, no siguen las
normas para la unión electoral de los católicos dadas por la Santa Sede.
¿Cuál
sería entonces la solución? Ayala cree que, para la organización política de
los católicos sea una realidad, la Santa Sede debía dar su aprobación explícita
a esta organización. Es decir, que dé permiso para la creación en España de
un partido católico. Además es necesario que los obispos se mantengan al
margen y no interpretar las normas a los católicos según sus criterios
personales. Y, por último, terminar con las mutuas acusaciones entre católicos
de distintos partidos[24].
Una
vez más lo que estaba en juego era determinar si en España había que había
que aplicar la tesis,
en consecuencia la condena de toda forma de liberalismo; o bien, la hipótesis,
entonces se permitía cierta flexibilidad para aceptar las leyes basadas en
principios liberales. Lo primero exigía “la aplicación íntegra del dogma y
de las prácticas católicas a la gobernación del Estado”; lo segundo admitía
“al pueblo determinadas libertades opuestas al catolicismo”.
Había
otras opciones: la antítesis.
Era el gobierno de las mayorías que prescindía de la Iglesia. En consecuencia,
se admitía la soberanía del poder civil. Y “la persecución” cuando se
gobernaba en contra de las enseñanzas de la Iglesia.
¿Quiénes
representaban en España cada una de estas opciones? La tesis católica no la
defendía ningún partido concreto. Por una parte estaban los carlistas que quería
la monarquía con D. Jaime, quien ostentaba la jefatura del partido; otros
pretendía la defensa de la tesis católica con Alfonso XIII; y un tercero,
integristas, eran indiferentes a la forma de gobierno.
La
hipótesis era defendida por los católicos pertenecientes al partido
conservador. La antítesis por el partido liberal democrático. Y la persecución
era promovida por los republicanos.
Teniendo
en cuenta esto, ¿cómo debían organizarse los católicos? Las opciones eran
dos. La unión en un partido “con la bandera católica desplegada”; o bien,
apoyar al partido conservador.
Según
las normas que el cardenal Aguirre había dado al respecto a principios de 1910[25],
había que aplicar la teoría
del mal menor y garantizar que el candidato defendiera los intereses
de la Iglesia. Esto exigía, para algunos, la vinculación de los católicos
al partido conservador, de esta forma se conseguiría que hubiera “más bien
católicos diputados, que diputados católicos”.
Sin
embargo, otros consideraban que la única opción era defender la tesis católica
y formar un partido católico. Esto se apoyaba también en las indicaciones
dadas por el arzobispo de Toledo, según el cual había que presentar candidatos
propios siempre que fuera posible; y las instrucciones que había dado el papa a
los integristas: “defender la tesis católica en España”[26].
Esto
se había intentado en las elecciones provinciales de 1911 en varias ciudades
para evitar la victoria de los republicanos. Los conservadores, en cambio, no
quisieron colaborar. Estos se unieron a los liberales. Consiguieron que muchos
católicos se retrajeran y el avance de los republicanos[27].
Así
las cosas, desde la Santa Sede quisieron que la organización católica
estuviera en
manos de los obispos. Tenía que ser el arzobispo de Toledo como
primado quien se pusiera a la cabeza del movimiento católico. Era la forma de
evitar que los partidos políticos se apropiasen de la defensa de la Iglesia,
excluyendo a los demás[28].
¿Cómo
veían desde el partido conservador la coalición antiliberal?
Antonio
Maura
estaba convencido que la solución pasaba por mantener el turno de partidos.
Esto exigía a los conservadores mantenerse dentro de la legalidad y no hacer
experimentos. Romper “la armonía constitucional”, como pretendían los
antiliberales, era peligroso no sólo para la nación, también para la Iglesia.
Y por esto, por mantener esta armonía, Maura había dejado el poder tras la
Semana Trágica de 1909. Los radicales estaban esperando que el jefe conservador
extremara su postura para tener argumentos con los que atacar. Además, se
preguntaba Maura, de haber actuado así, ¿cuántos de su propio partido lo
hubieran seguido? Se hubieran producido disidencias y se hubiese debilitado la
monarquía.
Si
tuviese la conciencia clara de que por el camino emprendido por la “extrema
derecha” se salvasen los intereses de la patria y de la religión, lo seguiría
de manera incondicional. Pero sabía que no sería así. Era necesario unir a
las fuerzas de la derecha para hacer frente a la revolución, pero había que
poner condiciones. El único camino que estaba dispuesto a seguir era “dentro
de la constitución y por los medios legales”.
La
extrema izquierda era audaz y violenta. Ahora bien, estaba seguro que no se
conseguiría nada respondiendo del mismo modo. España ya había pasado por eso
y los resultados no conducían a ningún sitio. “La paz verdadera únicamente
se impondrá por la purificación lenta del ambiente social, de la opinión, con
una acertada graduación moral legislativa dentro de la constitución. Con
calma, con constancia y por el camino de la legalidad, no improvisada, sino bien
cimentada en la opinión, mucho se llegará a hacer por la patria y por esos
intereses que a todos nos son tan queridos”[29].
España
era un país de mayoría católica. Ahora bien, no se podía identificarlos con
carlistas e integristas. Es más, la gran mayoría o estaban afiliados a los
partidos dinásticos o eran independientes, pero todos apoyaban la monarquía de
Alfonso XIII.
Antonio
Maura había dado al partido conservador una orientación social. Había
restablecido el principio de autoridad y propugnado leyes inspiradas en el
cristianismo. Esto hizo que muchos católicos vieran en el partido conservador
el mejor modo de participar en política. Eran conscientes de que
las soluciones propuestas por el partido integrista y carlista no sólo
no eran viables, sino que además no gozarían del consenso de la mayoría y serían
mal vistas por los gobiernos europeos.
La
radicalidad
anticlerical de la prensa liberal y la influencia, cada vez mayor, de
la masonería convenció a muchos católicos de que era el partido conservador
quien mejor defendía los intereses de la Iglesia y de la nación.
Sin
embargo, a pesar del empeño de muchos de estos católicos en seguir las
indicaciones de los obispos, han sido atacados y difamados por carlistas e
integristas. Estos presentan a los conservadores como liberales enemigos de la
Iglesia y condenados por el Papa. Aseguran que Antonio Maura es católico
practicante “para, llevando a
Cristo dentro de su pecho, poder mejor venderle”. Se le compara con Lerroux,
asegurando que aquel es más peligroso para la Iglesia que éste.
Había
grandes diferencias
entre conservadores y carlistas-integristas. Mientras aquellos
respetaban y seguían las normas dadas por el Primado, estos las obviaban y
aplicaban las propias; y tachaban a los obispos de “liberales”. Aseguraban
que un católico no podía ser en conciencia conservador.
Cuando
los conservadores acudieron a los obispos para resolver los conflictos, estos se
mantuvieron al margen. En secreto aprobaban su actuación, pero públicamente no
se atrevían a hablar porque, reconocían, no estaban apoyados por la Santa
Sede.
Esta
ambigüedad de posturas exigía, según los conservadores, que en el Vaticano
resolvieran el conflicto y carlistas e integristas no sigan provocando
enfrentamientos y los católicos puedan actuar libremente en política[30].
Los
conservadores, en su recurso a Roma, querían saber si era posible ser católico
y liberal; si pertenecer al partido conservador era compatible con la doctrina
de la Iglesia; si la condena del liberalismo incluía a aquellos que defendían
el mal menor y acataban el poder constituido[31].
Ante
la falta de orientación, algunos del partido conservador comenzaron a
plantearse la necesidad de prescindir de las indicaciones vaticanas en materia
política. El propio Maura no volvería al gobierno con la oposición de
radicales y reaccionarios, si desde Roma no daban criterios claros a integristas
y carlistas.
Toda
esta polémica saltó a la prensa. La comenzó el magistral de Sevilla, Roca
Ponsa, con un artículo en El Correo Español,
órgano propagandístico de los carlistas.
Aquí acusó de “liberalizantes” a los católicos que defendían la
Constitución de 1876[32].
Respondió
El Universo, periódico vinculado a
los conservadores
y órgano del Centro de Defensa Social, formado por católicos conservadores.
Consideraban que la Carta Magna no defendía el liberalismo tal y como había
sido condenado por el Syllabus de Pío
IX.
Al
día siguiente, El Correo Español
publicaba una carta del cardenal Moreno a Pío IX, fechada el 19 de marzo de
1876, en la que atacaba la Constitución de 1876. El director del periódico
carlistas añadió algunos comentarios, asegurando que El Universo era un “ángel de las tinieblas, y órgano de Satanás”[33].
El
periódico conservador defendió la Constitución. En ella se establecía la
religión católica como religión oficial, aunque no estaba de acuerdo con que
se hubiera aprobado la tolerancia religiosa[34].
El
Universo, según los tradicionalistas,
era antes maurista y dinástico que católico. Así lo demostró cuando no quiso
apoyar a carlistas e integristas en su oposición a la ley del candado de
Canalejas y aceptando la política liberal. Comenzaron aceptando el poder
constituido; después aprobaron las alianzas con los liberales; a continuación
quiso meter a todos los católicos en el partido conservador. En conclusión,
“El Universo va por la
pendiente y no se podrá detener”[35].
Los
conservadores rechazaron la acusación. En las circunstancias políticas del
momento, la monarquía era la mejor opción para España y sólo Maura podía
defender los intereses de la Iglesia y de la nación[36].
Con
motivo de las elecciones de marzo de 1911 y con la formación de la coalición
antiliberal, el Correo Español y el
Universo tomaron partido. El primero, como no podía ser de otra forma, a
favor de la coalición. Ante la política anticlerical del gobierno había que
unir a los católicos. Sin embargo, otros tenían miedo; “se empeñan en
adormecer las conciencias de los demás pintando a Canalejas como un buen
gobernante, apoyándose en la teoría del mal menor”[37].
El
periódico conservador se querelló contra los tradicionalistas en el tribunal
eclesiástico de Madrid. Intervino entonces Antonio Vico. Quería evitar que la
polémica fuese juzgada por Salvador y Barrera, al que pidió que se eximiera y
remitir el caso a Roma[38].
El
obispo de
Madrid recurrió al Secretario de Estado. Llevar este asunto a la
Santa Sede crearía malestar y aumentarían los enfrentamientos. El problema,
según el obispo de Madrid, estaba en el nuncio que estaba influido por el
sacerdote integrista Fernández Montaña. Salvador y Barrera propuso que una
comisión de cinco teólogos dictaminara los problemas doctrinales de los artículos
de El Universo y según el resultado
actuaría[39].
Merry
del Val recordó al obispo de Madrid cuál fue la valoración doctrinal que Pío
IX había hecho de la Constitución. No había que volver sobre la misma cuestión
y ambos periódicos debían guardar silencio[40].
Por
su parte, el nuncio
Antonio Vico también envió a Roma sus impresiones sobre la polémica. El
obispo de Madrid se había puesto al lado de los conservadores y se preocupaba más
por los intereses de partido. Pero se equivocaba pensando que los católicos debían
vincularse al partido de Maura para defender la monarquía[41].
Había datos más que suficientes, en la vida y obra del líder de los
conservadores, que demostraban que los verdaderos católicos no podían unirse
al partido conservador[42].
Las
declaraciones de El Universo a favor de la Constitución hicieron que
algunas asociaciones católicas pusieran en cuestión la catolicidad del periódico.
A pesar de esto, el obispo de Madrid seguía sin llamar la atención del diario.
El nuncio creía que detrás de esto estaba el jesuita Pablo Villada
, confesor y
amigo personal de Maura
. Vico
le
llamó la atención y le exigió que se mantuviera al margen de cuestiones políticas
y dejara actuar al nuncio en la cuestión de
El Universo[43].
No
sirvieron las advertencias del nuncio. El Universo volvió sobre los
mismos argumentos. Publicó la carta de un sacerdote, antiguo carlista y persona
cercana al duque de Madrid
. El clérigo
afirmaba que la situación política de España no permitía la defensa de la
tesis católica, sino una acción que impidiera la llegada de la antítesis, la
política radical al estilo francés. La carta terminaba con una defensa de la
Constitución[44].
Vico
pidió
a Salvador y Barrera
que
amonestara al director del periódico por sus ataques a carlistas e integristas;
y por poner en cuestión las condenas de la Santa Sede a la tolerancia religiosa
admitida por la Constitución. Pensaba el nuncio que no podía esperar nada del
obispo. Desoyendo sus indicaciones sobre la denuncia puesta contra El Correo
Español, Vico recordó que Salvador y Barrera la había admitido[45].
En
un nuevo artículo sobre la Constitución, El Universo reconocía que no
era admisible la tolerancia religiosa; pero en el artículo 11 se reconocía
también oficialmente la religión católica[46].
Una
vez más, Vico
pidió
a Salvador y Barrera
que
frenara la publicación de estos artículos. Un católico estaba obligado a
defender la doctrina del Papa y el Papa había condenado la tolerancia religiosa[47].
El obispo se desentendió. No había intervenido y se limitó a rogar al
director del periódico que escribiera al nuncio[48].
Éste, en cambio, le exigió que, como obispo, censurase esos artículos[49].
El
director de El Universo justificó ante Vico
la
postura de su periódico. Aseguró que alguien cercano al Secretario de Estado
le había sugerido la necesidad de aclarar el sentido del artículo 11 de la
Constitución sobre la tolerancia religiosa. Había tenido en cuenta la carta de
Pío IX
al
cardenal Moreno, entonces arzobispo de Toledo. En ella se condenaba sólo la
parte referida a la tolerancia religiosa. Sin embargo, el director del periódico
atendió la demanda del nuncio y prometió no publicar más comentarios[50].
Vico tomó nota. El periódico había suscitado una polémica innecesaria. Sus
comentarios eran contrarios a las indicaciones que la Secretaria de Estado había
dado al obispo de Madrid[51].
Además desde la Santa Sede nunca habían dado esas indicaciones a El
Universo[52].
Eran
las posturas
irreconciliables, y las acusaciones mutuas cada vez mayores. Los
conservadores aseguraban seguir las normas de actuación dadas por el cardenal
Aguirre. Los antiliberales, considerados antidinásticos, estaban aprovechando
la abundancia de mal para alzarse como defensores auténticos de la España católica
y derribar la monarquía de Alfonso XIII.
Es
cierto que los antiliberales movilizaron a los católicos en contra de la política
anticlerical, pero lo único que consiguieron fue radicalizar la postura del
gobierno y marginar a las fuerzas de la derecha, donde había católicos
dispuestos a defender a la Iglesia. Así se restaban fuerzas y la monarquía
estaba perdiendo base política. Si se quería evitar una persecución religiosa
había que sostener al Rey desde los partidos dinásticos.
La
única solución para evitar los conflictos entre católicos era, según los
conservadores, seguir las indicaciones de los obispos; permitir la filiación a
los partidos del turno sin ser acusados de malos católicos; y unir a los católicos
al margen de los partidos políticos[53].
¿Por
qué la Santa Sede prohibió la Coalición antiliberal? La creación de un
partido católico en España ya fue vetada en tiempos de León XIII[54].
Cuando Pío X publicó su primera encíclica, E
supremi apostolatus, hizo un llamamiento a los católicos para “restaurar
todas las cosas en Cristo”, formando un partido de orden, el partido de Dios,
“el que nosotros debemos fomentar y al que debemos llevar el mayor número
posible de adhesiones”[55].
Cuando
en España, Canalejas comenzó su política anticlerical, algunos entendieron
que estas palabras del Papa eran una llamada a formar un partido, sostenido en
principios católicos y antiliberal. Estaría formado por todos aquellos que
quisieran defender a la Iglesia e implantar “el reino de Dios y su justicia”[56].
El objetivo de esta formación era la destrucción del liberalismo, siguiendo
las enseñanzas de la Iglesia: condena de las libertades de perdición, del
derecho nuevo y de la neutralidad de las leyes[57].
El
proyecto parecía responder a las indicaciones del Papa. Sin embargo, desde el
Vaticano, una vez más lo vetaron. ¿Qué había sucedido?
En
abril de 1907, Pío
X pronunció un discurso a los nuevos cardenales, donde aseguró que
unos rebeldes, bajo formas engañosas, profesaban y difundían graves errores.
Defendían la autonomía de los católicos dentro de la Iglesia y hablaban de
una caridad sin fe[58].A finales de ese mismo año publicaba la Pascendi
Domini grecis. La condena del modernismo no sólo afectó al estudio de la
teología, sino también a las organizaciones católicas. Esto tuvo
consecuencias, principalmente en Italia y Francia.
En
Italia,
Romulo Murri, director de la Cultura
Sociale, lideraba el grupo de la Lega
Democrática Nazionale, enfrentado a los que propugnaban una política
clerical dentro de la Obra de los
Congresos. El grupo de Murri defendía el derecho de cada católico a
conocer y profundizar la verdad cristiana de forma libre y personal[59].
El
enfrentamiento estalló en el Congreso de Bolonia en noviembre de 1903. Un mes más
tarde, Pío X publicaba unas normas dirigidas especialmente al grupo de Murri.
En ellas estableció la obligación que todo escritor católico tenía de
someterse a la autoridad del Papa y de los obispos; de someterse a la previa
censura eclesiástica. Al mismo tiempo debían “hacer todo esfuerzo y todo
sacrificio para que reinen entre sí caridad y concordia, evitando todo género
de injurias y reproches”. Debían aceptar el recurso al obispo en caso de
enfrentamiento entre periodistas católicos[60].
A
la vista de lo sucedido en Bolonia Pío X disolvió en 1904 la Obra
de los Congresos y llamó a los disidentes a que obedecieran a la Jerarquía,
identificada con la Iglesia, para construir la civilización cristiana[61].
En
Francia,
después de la ley de separación de 1905, la actuación del grupo católico Le
Sillon se puso en cuestión. Se consideraban un grupo laico que no
necesitaba el permiso de cardenales y obispos para ser republicano y demócrata[62].
Fue condenado por la Santa Sede en 1910 por medio de una carta al cardenal
Andrieu, arzobispo de París. La carta Nostre
Charge Apostolique denunciaba, en primer lugar, “la pretensión de Le
Sillon de substraerse a la autoridad
eclesiástica. Los jefes de Le Sillon,
en efecto, alegan que se desenvuelven sobre un terreno que no es el de la
Iglesia; que no persiguen más que intereses del orden temporal y no del
espiritual”[63].
El
movimiento de Marc Sangnier se dividió. Por una parte los grupos juveniles bajo
la autoridad de los obispos; por otra, el grupo político, al margen de la
autoridad episcopal[64].
La
coalición antiliberal había pedido libertad respecto al episcopado. Esto no se
conciliaba bien con lo que, desde la Santa Sede, entendían como identidad católica.
Ésta no podía estar al margen de la Iglesia identificada con Jerarquía. Los
seglares, acudiendo en auxilio de la Iglesia, estaban sometidos a los obispos y
estos, al Papa. Por eso el Secretario de Estado vetó una coalición antiliberal
que pretendía ser autónoma[65].
En
el caso español,
además, la división entre los católicos exigió a la Santa Sede dar unas
nuevas normas de actuación. Estas llegaron en abril de 1911, precedidas de una
carta de Pío X al cardenal Aguirre, encargado de la organización católica. El
Papa pedía a los obispos españoles que se mantuvieran al margen de las
cuestiones políticas. No podían aprobar o desaprobar un candidato; ni
intervenir en la formación de coaliciones; o establecer censuras previas a los
periódicos políticos, sino que tenían que seguir las indicaciones de la Pascendi[66].
Las
normas de Roma
hablaban de:
-la
aplicación de la tesis frente a la hipótesis,
-la
defensa de la unidad católica de España,
-la
libertad de opción política por parte de los católicos,
-la
no existencia de un partido exclusivamente católico,
-votar
a los candidatos que ofrecieran “garantías para el bien de la religión y de
la patria, a fin de que salga elegido el mayor número posible de personas
dignas”
Las
nuevas normas no consiguieron acallar la polémica. Una vez más la prensa
tradicionalista, integrista y conservadora las interpretó de acuerdo a sus
intereses. Hubo nuevas consultas a Roma. Desde la Secretaría de Estado
respondieron que todo estaba dicho y que se atuvieran a lo indicado[68].
La
solución llegaría, en parte, con la dimisión
de los partidos dinásticos de 1914. La división de los partidos del
turno llegó con la dimisión
de Antonio Maura como jefe de los conservadores. Decidió retirarse
de la vida política porque no estaba dispuesto a condescender con los errores
de los gobiernos anteriores[69].
El Rey llamó a Eduardo Dato para que formara
nuevo gobierno. La división
del partido conservador entre datistas y mauristas favorecio una
tendencia de los católicos independientes hacia estos últimos, especialmente
cuando las diferencias entre integristas y carlistas eran mayores.
El
enfrentamiento
entre liberales, por su parte, se palpaba en el conde de Romanones y
García Prieto, disputandose el apoyo de los más radicales. La división
entre republicanos, finalmente, en reformistas (dispuestos a aceptar
la monarquía), y republicanos puros (dispuestos a no ceder en nada[70]),
roturaba un nuevo escenario político.
Estos
datos ¿indicaban que se produciría en breve una trasformación de los partidos
del turno? En todos ellos se estaba configurando una fuerza centrista. Desde la
izquierda se podrían incorporar los reformistas al partido liberal. Y desde la
derecha se podrían unir los más liberales del partido conservador. Esto
indicaría que desde la derecha habría una tendencia hacia los mauristas[71].
Todo
esto hizo que volviera a plantearse la formación de un partido católico. La
noticia salió en la prensa a propósito de un viaje del pretendiente
legitimista a Roma. Según esto, Pío X
habría
pedido la creación en España de un partido conservador-católico dirigido por
Maura
, Vázquez de
Mella
y
Azcárraga
. El mapa político
tendría tres fuerzas. Un partido conservador, en el que se unirían todas las
derechas; el partido demócrata, con Melquiades Álvarez
, García
Prieto
y
Azcárate
; y el
partido liberal, encabezado por Eduardo Dato
y
el conde de Romanones
[72].
La
noticia fue desmentida pocos días después. El jefe político de los
tradicionalistas, Vázquez de Mella,
lo
negó. Habían hablado Maura y él sobre la situación política y la crisis del
régimen, pero sin llegar a un acuerdo[73].
Las
elecciones siguientes, sin embargo, abrieron nuevas posibilidades de unión
entre católicos. El modelo propuesto por el Centro de Defensa Social
fue el italiano. Los resultados que allí habían obtenido los católicos
demostraban que era posible la unión. Estos no se habían limitado a aplicar la
teoría del mal menor y evitar el enfrentamiento entre candidaturas católicas,
sino que los candidatos habían firmado una declaración por la que se comprometían
a defender las creencias católicas frente a cualquier legislación hostil a la
Iglesia.
La
Junta Central
de Acción Católica, siguiendo ese ejemplo, propuso votar a aquellos
candidatos que apoyaran un programa de cuatro puntos donde se defendía el
derecho de los padres a la educación religiosa de los hijos; luchar contra toda
política hostil a los religiosos; defender los derechos que la Constitución
reconoce a la religión católica; y defender la unidad de la familia[74].
La
propuesta de la Junta adquirió vigencia a partir del anuncio de las elecciones
legislativas para el 8 de marzo. La posibilidad de una organización electoral
católica, que no anulase a los propios partidos políticos, sería una solución
adecuada para unir al gran número de fuerzas católicas existente en España.
Se formaría un Comité central con conservadores, jaimistas e integristas, a
cuyos candidatos sólo se les exigiría la defensa de los intereses religiosos
en el Congreso. Era la forma de hacer frente al caciquismo y sacar del
retraimiento a muchos católicos cansados de los manejos electorales del
gobierno. La propuesta había conseguido unir a periódicos como El Debate,
La Gaceta del Norte y El Universo hasta entonces enfrentados[75].
Pocos
días antes de las elecciones, los mauristas presentaron sus candidatos con un programa
católico-conservador. Enarbolaron la bandera católica en defensa de
la religión, la dinastía y la patria contra las amenazas de la revolución[76].
El
gobierno, como era habitual, consiguió la mayoría. Sin embargo, la sorpresa
fueron los mauristas. Salieron convertidos en una fuerza capaz de reunir a las
derechas. Habían conseguido despertar a una masa de votantes, hasta entonces
pasivos, con un programa
monárquico-católico y unir a carlistas, integristas, independientes
y algunos liberales.
Estos
resultados podían ser el principio de una unión electoral católica. Además
indicaban que se consolidaba la tendencia de los católicos hacia la derecha. En
Madrid venció la candidatura
del Centro de Defensa Social, que consiguió los votos de mauristas,
integristas, jaimistas y de los propagandistas. Lo mismo sucedió en Zaragoza
donde venció un católico independiente. Estos ejemplos comenzaban a seguirse
en otras provincias españolas.
Los
comentarios sobre una posible disolución del partido jaimista confirmarían
esta tendencia. Sus resultados donde había presentado candidatura propia no
fueron buenos. Algunos diputados pidieron al nuncio que el Papa interviniera
para que D. Jaime renunciase a sus derechos legitimistas. Entre los integristas
se producía un movimiento similar. Todo apuntaba a que, en poco tiempo, se
lograría la unión de todos los católicos[77].
Las
elecciones de marzo marcaron la tendencia del movimiento católico español en
el primer cuarto del siglo XX. Quienes se habían caracterizado por la lucha
antiliberal bascularon hacia posiciones más moderadas. Se había logrado la
adhesión de las fuerzas católicas al proyecto político maurista, donde
descubrían una posible conciliación entre catolicismo y partidos dinásticos.
El nuncio, al informar sobre estos hechos, aseguraba: “Il Maurismo si presenta
come una grande speranza”[78].
El
22 de diciembre el nuevo Secretario de Estado, cardenal Pietro Gasparri
, escribió
al nuncio en España para que informara sobre el movimiento católico español,
su relación con los obispos y, especialmente “cio che riguarda la scelta dei
candidati e la tattica da adottarsi nei singoli casi”[79].
En
España no existía una organización electoral católica. Las opiniones políticas
de los católicos eran diversas y cada uno miraba por el interés de su propio
partido. Se habían conseguido acuerdos puntuales entre carlistas, integristas y
conservadores para hacer frente a liberales y republicanos.
Desde
el Congreso de Burgos en 1899 hasta las últimas instrucciones dadas por la
Santa Sede, los obispos habían intentado la unión de los católicos en el
terreno electoral sin conseguirlo. Se crearon, en cambio, el Centro de Defensa
Social de Madrid y otras organizaciones parecidas de Barcelona, Burgos, Sevilla,
Valencia o Jerez, que podrían ser en un futuro el germen de una organización
electoral católica permanente.
Había
que tener en cuenta además el sistema electoral español. Se basaba en el
caciquismo y la compra de votos. Esto influía en los partidos no
gubernamentales y también en los obispos. En unas Cámaras de mayoría católica,
el episcopado debería tener una mayor influencia. Sin embargo, a partir de las
normas dadas por Merry del Val
para
que los obispos no intervinieran en la elección de los candidatos, estos se
mantenían al margen de las cuestiones políticas.
¿Qué
dirección debían tomar los católicos españoles? La solución no era fácil.
El nuncio propuso potenciar los Centros de Defensa Social formado por católicos
independientes. Las derechas se podían unir en una Confederación con un
programa mínimo y constituir un organismo central con un número proporcionado
de políticos de los llamados católicos[80].
Había
un hecho claro, los católicos respondieron cuando habían visto peligrar sus
intereses. Cuando la lucha social los obligó a salir a la calle se convirtieron
en una fuerza que había hecho temblar a los gobiernos. Era necesario despertar
de nuevo a la España católica y conseguir la organización que todos deseaban
pero nunca llegaba[81].
Las
elecciones de
marzo de 1915 confirmaron la tendencia del voto católico hacia la
derecha[82].
Los resultados en Madrid gracias a la unión de mauristas, integristas,
carlistas e independientes lo estaban demostrando. Lo mismo sucedió en
Valencia, donde se unieron los partidos de orden y venció la lista completa de
candidatos. Todo
esto “dimostra chiaramente la forza reale delle destre e la necessitá dell’unione,
come saggiamente stabiliscono le ultime Norme della Santa Sede”[83].
No
fue hasta febrero de 1919 cuando se planteó, de nuevo, la necesidad de crear un partido católico
español. Fue El Debate quien lanzó
la idea. Había que seguir el ejemplo de otros países europeos. El Zentrun,
partido católico alemán; en Holanda o en Bélgica, los católicos habían
unido fuerzas. Se habían constituido en un partido independiente que buscaba
alianzas, no sólo con los afines, sino con todos aquellos que buscasen la paz y
estabilidad de la nación. España necesitaba un partido que despertase a la
sociedad y que resolviera los graves problemas del país[84].
En
Italia el sacerdote Luigi Sturzo había fundado en enero de este mismo año el
Partido Popular Italiano[85].
No había que crear una copia española de este proyecto, sino seguir “el espíritu,
la orientación, la contextura y los procedimientos” de un partido que fuera
capaz de contener el avance de la revolución y dar salida a los problemas
sociales. En España esto era más necesario que nunca. Los partidos dinásticos
se estaban desintegrando, era por tanto un nuevo partido que naciera, según la
propuesta de El Debate, de la derecha.
Había gente y programa. “¿Qué resta? Que unas cuantas personalidades, que
ocho o diez figuras de relieve en la política de derechas se pongan de acuerdo
para armonizar actuaciones”[86].
Este
nuevo partido “católico-social” debe ser fruto de una unión
circunstancial; organizado y unido, pero al mismo tiempo con la flexibilidad
suficiente para que quepan distintas opiniones; y con la fuerza necesaria para
hacer cumplir un programa mínimo[87].
¿Cuál
sería, según El Debate, este
programa? En primer lugar la defensa de leyes favorables a la Iglesia; enseñanza
católica en las cátedras universitarias; libertad de enseñanza, “para que
las Órdenes religiosas […] implanten los propios métodos y tradicionales
maneras”; “la representación proporcional” en las Cámaras; autonomía
municipal y regional; “defensa de la instituciones sociales”[88].
Además
debe ser confesional “en su doctrina y en su conducta”. Esto no significa
resucitar las divisiones y polémicas entre católicos, sino garantizar “la
ortodoxia de las soluciones que se den a los problemas sociales” y la sumisión
a la Santa Sede y a los obispos[89].
¿Quiénes
formaría este partido? Podrían entrar mauristas, jaimistas, e independientes
como base social. A estos se podrían unir gente del grupo de la Democracia
Cristiana; de los Propagandistas; la Confederación Nacional Católica Agraria,
asociaciones obreras católicas; los regionalistas catalanes; y personajes como
Ossorio Gallardo y Goicoechea[90].
El
Partido Social
Popular se presentó en sociedad en diciembre de 1922. Quería reunir
en una formación política a los católicos independientes mediante una
organización de derechas. Con una organización asamblearia, defendían la
autonomía política de los seglares, pero siguiendo la doctrina de la Iglesia y
defendiendo la religión por encima de la política. Y en materia de educación,
política interior recoge las aspiraciones de los conservadores[91].
El
nuevo partido católico PSP nació para dar respuesta a la crisis de los
partidos de turno y al bipartidismo de la cámara legislativa. Su vida fue efímera[92],
pero de su modelo tomaran ejemplo numerosos partidos futuros con ideales
cristianos (sobre todo la CEDA católica de la II República, arrasadora en
todas las elecciones republicanas). Había nacido con vocación social.
Desde
el comienzo de la Restauración alfonsina hubo quien identificó religión y política,
convirtiendo a la Iglesia en un partido político. Otros buscaron medios para
integrar a los católicos en el sistema, seguros que el camino marcado por León
XIII era la aceptación del poder constituido y la colaboración leal con todos
los hombres honestos. El Papa había denunciado a aquellos que pretendían
apropiarse de su magisterio, utilizarlo con fines políticos, y prescindir de
todas aquellas indicaciones doctrinales que no estaban de acuerdo con su ideología[93].
Los
distintos intentos de unión y sus fracasos marcarían la tendencia política
del catolicismo español al llegar la II República, decantándose por:
-el
posibilismo, o luchar por el mayor bien posible,
-el
mal menor, o defender aquello que conlleve un mal menor,
-la
unión circunstancial, al margen del régimen político.
En
esta dirección fueron orientando los obispos españoles a sus fieles a partir
del 14 de abril de 1931[94].
Al final logro primar la legítima autonomía y la libertad política de los católicos. La Iglesia no se hacía solidaria con ninguna forma de gobierno. Todas eran legítimas, siempre y cuando respetaran los derechos y libertades de los ciudadanos. Nadie podía identificar la postura católica con una determinada ideología política; y nadie podía hacer un uso fraudulento del magisterio pontificio, apropiándose el título de católico[95].
Manuel
Arnaldos
![]()
Mercaba,
diócesis de Cartagena-Murcia
versión
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Indice
general: www.mercaba.org/GradodeHistoria/1.htm
________________________________________
[1]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
611
de Vico a Merry del Val (26
febrero 1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1913,
leg. 12, ff. 37r-41v.
[2] cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta de Ayala a Vico (21 febrero 1911), sec. Nunciatura de Madrid, caja 696/1, tit. VI, rub. III, sez. III-9A, ff. 574rv.
[3] cf. CARCEL ORTI, V; “San Pío X, los jesuitas y los integristas españoles”, en Archivum Historiae Pontificiae, XXVII, Roma 1989, pp. 249-355; cf. MARTINEZ ESTEBAN, A; Aceptar el poder constituido. Los católicos españoles y la Santa Sede en la Restauración (1890-1914), Madrid 2006, pp. 358-373.
[4]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta
de Ayala a Vico (22 febrero
1911), sec. Nunciatura de Madrid, caja 696/1, tit. VI, rub. III, sez. III-9A, ff. 578r-579v.
[5]
cf.
ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta de Ayala a Vico
(23 febrero 1911), sec. Nunciatura de
Madrid,
caja
696/1, tit. VI, rub. III, sez. III-9A, ff. 580r-581v
[6]
AA.VV; “Coalición católica antiliberal”, en El
Siglo Futuro (24 febrero 1911), p. 1.
[7]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
611 de
Vico a Merry del Val (26
febrero 1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1913, leg. 12, ff. 37r-41v.
[8]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta
de Aguirre a Vico (22 febrero
1911), sec. Nunciatura Madrid, caja 696/1, tit. VI, rub. III, sez. III-9A, f. 401rv.
[9] cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta de Vico a Merry del Val (23 febrero 1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1913, leg. 12, f. 58.
[10] Relación de los trabajos realizados por los elementos católicos de Madrid como preparación para elecciones de diputados provinciales y consulta elevada a Roma, con motivo de las complicaciones surgidas, por el Delegado del Señor Duque de Madrid, Don Bartolomé FELIU PEREZ, (27 febrero 1911), sec. Nunciatura de Madrid, caja 696 (1), tit. VI, rub. III, sez. III-9A, ff. 585r-598r.
[11] cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta de Ayala a Vico (27 febrero 1911), sec. Nunciatura de Madrid, caja 696/1, tit. VI, rub. III, sez. III-9A, ff. 422-427.
[12] Eran algunas reflexiones que un párroco de Murcia hacía al obispo de Madrid (cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta de Diego Alpañés a Salvador y Barrera (8 marzo 1911), sección ASV Secretaría de Estado, caja 249/1911, leg. 1, f. 103.
[13] Carta Pastoral que dirige el Excmo. y Rvmo. Sr. Obispo de Madrid-Alcalá a los fieles de su Diócesis explicando y comentando las normas dadas por el cardenal AGUIRRE acerca de la acción católica-política y social de España (cf. “Carta Pastoral del Obispo de Madrid-Alcalá sobre la Coalición Antiliberal”, en Boletín Oficial del Obispado de Madrid-Alcalá, III, Madrid 1911, pp. 109-119).
[14] cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta de Salvador y Barrera a Merry del Val (4 marzo 1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1913, leg. 12, ff. 115-116. 140.
[15] cf. MARTINEZ ESTEBAN, A; “Al César lo que es del César: los primeros Congresos Católicos y la unión de los Católicos españoles”, en Revista Española de Teología LV, Madrid 2005, pp. 211-250.
[16] Estas eran las impresiones que el Cardenal VIVES TUTO enviaba al Secretario de Estado como puntos a tener en cuenta en la respuesta al obispo de Madrid (cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta de Vives y Tutó a Merry del Val (9 marzo 1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1913, leg. 12, ff. 138.
[17]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
49478 de
Merry del Val a Salvador y
Barrera (10 marzo 1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1913, leg.
12, ff. 117-118.
[18] La Correspondance de Rome era el diario de Sodalitium Pianum, la organización de UMBERTO BENIGNA fundada para hacer frente al modernismo. El periódico se publicaba con la aprobación de la Secretaría de Estado, lo que daba a sus artículos un carácter oficioso (cf. POULAT, E; Intégrisme et catholicisme intégral. Un réseau International anti-moderniste: la “Sapinière” (1909-1921), Tournai 1969, pp. 105-106).
[19] cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota 651 de Vico a Merry del Val (4 abril 1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1911, leg. 2, ff. 209-212.
[20] cf. VV.AA; “El momento político-religioso en España. Para la defensa católica”, en La Correspondance de Rome (8 abril 1911) p. 1.
[21]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
659 de
Vico a
Merry del Val (15 abril 1911), sec.
Secretaría de Estado, caja 249/1911, leg. 2.
[22]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
50320 de
Merry del Val
a
Vico (26 abril 1911), sec. Nunciatura de Madrid,
caja 696/2, tit. VI, rub. III, sez. III-9B.
[23]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
de Urquijo a Rafael Santa María (25
febrero 1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1913, leg. 12, ff. 47-54.
[24]
cf. ARCHIVO
SECRETO VATICANO; Carta
de Ayala a Vico (23 marzo
1911), sec. Nunciatura de Madrid, caja 696/2, tit. VI,
rub.
III, sez. III-9B.
[25]
cf. MARTINEZ ESTEBAN, A, op.cit, pp. 479-483.
[26] Sobre las normas a los integristas y las consecuencias que esto tuvo (cf. Ibid, pp. 423-429).
[27]
cf. ARCHIVO SECRETO
VATICANO; Allegati al Dispaccio
651
de Vico a Merry del Val
(s.f.), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1911,
leg. 2, ff. 147-151.
[28]
cf. ARCHIVO
SECRETO VATICANO; Nota Reservada
de
Merry del Val a Aguirre
(7 abril 1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1911, leg. 1, ff. 106-107.
[29]
cf. ARCHIVO SECRETO
VATICANO; Nota sub-secreta
de Antonio Maura (s.f.), sec.
Secretaría de Estado, caja
249/1911, leg. 2, ff. 77-78.
[30] cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota informativa (sin autor; sin fecha), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1911, leg. 2, ff. 108-113.
[31] Eran cuestiones planteadas por José Luis GOYOAGA del partido conservador de Vizcaya a VIVES TUTO (cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota de Goyoaga a Vives y Tutó (18 noviembre 1910), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1913, leg. 10, f. 80.
[32]
cf. “El señor magistral de Sevilla”, en El
Universo (19 enero 1911), p. 1.
[33]
cf. “Cátedra contra cátedra”, en El
Correo Español (20 enero 1911), p. 1.
[34]
cf. “La enseñanza de los maestros”, en El
Universo (25 enero 1911), p. 1.
[35]
cf. “Rectificaciones de El Universo”, en El
Correo Español (27 enero 1911), p. 1.
[36]
cf. “Dos criterios y dos conductas”, en El
Universo (26 enero 1911), p. 1.
[37]
cf. “Situación de los católicos españoles”, en El
Correo Español (28 febrero 1911), p. 1.
[38]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta
de Vico a Salvador y Barrera (3 marzo
1911), sec. Nunciatura de Madrid, caja 696/1, tit. VI rub. III, sez. III-9A, f. 450.
[39]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
de Salvador y Barrera a Merry del Val
(4 marzo 1911), sec. Secretaría de Estado, caja
249/1913, leg. 12, ff. 115-116 y 140.
[40]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
49478 de
Merry del Val a Salvador y
Barrera (10 marzo 1911), sec. Secretaría de Estado, caja
249/1913, leg. 12, ff. 117-118.
[41] cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota 622 de Vico a Merry del Val (7 marzo 1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1913, leg. 12, ff. 170-172.
[42]
Junto con el despacho antes citado, el nuncio enviaba un escrito donde se
analizaba, desde el punto de vista antiliberal, la trayectoria política de
ANTONIO MAURA: Partido liberal-conservador. 100 puntos a meditar, Durango, 1910.
[43]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
623 de
Vico
a
Merry del Val
(8 marzo
1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1913, leg. 12, ff. 153-154.
[44]
cf. “Una opinión sensata sobre la Constitución vigente”, en El
Universo (10 marzo 1911) 1.
[45]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
625 de
Vico
a
Merry del Val
(11 marzo
1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1913, leg. 12, ff. 156-157.
[46]
cf. “Sobre la Constitución política. Manifestaciones categóricas”, El
Universo (12 abril 1911), p. 1
[47]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta
de Vico
a
Salvador y Barrera
(12 abril
1911), sec. Nunciatura de Madrid, caja 696/1, tit. VI, rub. III, sez. III-9A, f. 504.
[48] cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta de Salvador y Barrera a Vico (12 abril 1911), sec. Nunciatura de Madrid, caja 696/1, tit. VI, rub. III, sez. III-9A, ff. 506-507.
[49] cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta de Vico a Salvador y Barrera (12 abril 1911), sec. Nunciatura de Madrid, caja 696/1, tit. VI, rub. III, sez. III-9A, f. 508. Ese mismo día el nuncio informó a MERRY DEL VAL sobre artículos y actitud del obispo de Madrid (cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota 658 de Vico a Merry del Val (12 abril 1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1913, leg. 13, ff. 27r-28v.
[50]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta
de Rufino Blanco a Vico
(15 abril
1911), sec. Nunciatura de Madrid, caja 696/1, tit. VI, rub. III, sez. III-9A, ff. 510-511.
[51]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta
de Vico
a
Rufino Blanco (17 abril 1911), sec. Nunciatura de Madrid, caja 696/1, tit. VI,
rub. III, sez. III-9A, f. 512.
[52]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta
de Merry del Val
a
Vico
(28 abril
1911), sec. Nunciatura de Madrid, caja 696/1, tit. VI, rub. III, sez. III-9A, f. 514.
[53]
cf. ARCHIVO
SECRETO VATICANO; Nota dada por el Sr. Ibarra
(18 abril 1911), sec. Secretaría de Estado, caja
249/1911, leg. 2, ff. 114-121.
[54]
cf. MAGAZ FERNANDEZ, J. M; La Unión Católica
(1881-1885), Roma 1990, pp. 329-341.
[55] cf. PIO X, Epistola encyclica Supremi Apostolatus, ed. Acta, I, Roma 1905, p. 6.
[56] Era la propuesta que hacía el jesuita ABREU en “El Partido de Dios”, en El obrero y la Iglesia, VI, Madrid 1910, pp. 1-2. Sobre la polémica a la que dio lugar este artículo cf. MARTINEZ ESTEBAN, A, op.cit, pp. 593-600.
[57] cf. “A los socios de la sección de Acción Católica del Centro de Social. Algo sobre la unión de católicos”, en ASV Segr. Stato, CCILIX, Madrid 1911, p. 33.
[58] cf. “Discurso a los cardenales en el consistorio del 17 de abril de 1907”, en MUÑOZ IGLESIAS, S; Doctrina Pontificia, vol. I: Documentos Bíblicos, Madrid 1955, pp. 276-278.
[59] cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta de Sabatier a Gallarati Scotti (1 octubre 1906), y cf. “Carte Sabatier alla Maisonnette e Carte Gallarati Scotti all’Ambrosiana”, en Fonti e Documenti, III, Roma 1974, p. 811. Amplia información también en el Centro Studi per la Storia del modernismo (Istituto di Storia dell’Università di Urbino).
[60] cf. PIO X; “Fin dalla prima nostra encíclica”, en Doctrina Pontificia, III, Madrid, 1964, pp. 405-406; cf. ZOPPI, S; Romolo Murri e la prima democrazia cristiana, Firenze 1968, pp. 180-205.
[61]
Este fue el sentido de Il fermo
proposito del 11 junio 1905, ante un intento de organizar de nuevo
la Obra de los Congresos.
[62]
cf. BARBIER, E; La décadence du "Sillon". Histoire documentaire, vol. II,
París 1907, p. 75.
[63]
cf. PIO X; “Nostre
Charge Apostolique”, en AAS, II,
Roma 1910, p. 609.
[64] cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Carta de Jerôme de Genève a Benigni (10 junio 1910), sec. Fondo Benigni, caja 8/1100, ff. 521-522.
[65] cf. SARDELLA, L. P; Mgr. Eudoxe Irénée Mignot (1842-1918). Un eveque français au temps du modernisme, París 2004, p. 542.
[66]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
de Pío X al cardenal
Aguirre (22 abril
1911), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1911, leg. 2, ff. 131-132.
[67]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
de Merry del Val a Aguirre (24 abril
1911), sec. Secretaría de Estado, caja
249/1913, leg. 13, ff. 72-77.
[68]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
50971 de
Merry del Val a Vico (3
junio 1911), sec. Secretaría de Estado, caja
249/1911, leg. 4, ff. 33-34.
[69]
“Maura ante el Rey. Documento
importante”, en ABC (27 octubre 1913) p. 5.
[70]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
167 de
Ragonesi a
Merry del Val
(2 enero
1914), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1914, leg. 1, ff. 21-25.
[71]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
167 de
Ragonesi
a
Merry del Val
(2 enero
1914), sec. Secretaría de Estado, caja
249/1914, leg. 1, ff. 21-25.
[72]
cf. “Sobre la transformación de los partidos políticos”, en El
Universo (6 enero 1914), p. 1.
[73]
cf. “Declaraciones del Sr. Mella”, en El Correo Español (8 enero 1914), p. 1.
[74]
cf. “Circular. Junta Central de Acción Católica”, en ASV
Segr. Stato,
CCILIX, Madrid 1914, p. 33.
[75] cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota 193 de Ragonesi a Merry del Val (22 febrero 1914), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1914, leg. 1, ff. 29-30.
[76]
“En nombre de la Religión, de la Patria, de la Monarquía
amenazadas por los bárbaros de las semanas sangrientas [...] vamos con
juvenil arremetida, en los comicios de hoy, mañana donde sea menester, a
interrumpir el sabroso refocilo de los que alumbran y calientan sus hogares
con astillas del Trono, con hojas del Catecismo, con leña del árbol
secular de la genealogía española...
[77] “Tutto visto e considerato mi sembra potersi conchiudere che molti sono i timori, ma, secondo il mio umile sentire, sono maggiori le speranza di vedere in epoca non lontana una grande unione dei cattolici per la difesa della Chiesa é degli interessi generali della Nazione”: 205 Ragonesi a Merry del Val (21 marzo 1914), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1914, leg. 1, ff. 43-45.
[78]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
258 de
Ragonesi
a
Merry del Val
(24 junio
1914), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1914, leg. 3, ff. 98-100.
[79]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
2252
de Gasparri
a
Ragonesi
(22
diciembre 1914), sec. Nunciatura de Madrid, caja 732/1, leg. 57, f. 140.
[80]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
384
de Ragonesi
a
Gasparri
(10
enero 1915), sec. Nunciatura de Madrid, caja 732/1, leg. 57, ff. 142-150.
[81] cf. “El año político. Las fuerzas políticas católicas. Su labor en 1914”, en El Debate (3 enero 1915), p. 1.
[82] “Opinamos, humildemente, que los católicos, para ajustarnos a las Normas, debemos votar la candidatura maurista, cuyas personalidades son las más afines a nosotros en ideas y procedimientos, en amores y odios...” (cf. “Las derechas y las próximas elecciones”, en El Debate (3 marzo 1915), p. 1).
[83]
cf. ARCHIVO SECRETO VATICANO; Nota
460 de
Ragonesi
a
Gasparri
(19 marzo
1915), sec. Secretaría de Estado, caja 249/1915, leg. 2, ff. 4-5.
[84] cf. GARCIA ESCUDERO, J. M; El pensamiento de “El Debate”. Un diario católico en la crisis de España (1911-1936), Madrid 1983, pp. 608-609.
[85] cf. FANELLO MARCUCCI, G; Luigi Sturzo. Vita e battaglie per la libertá del fondatore del Partito popolare italino, Milán 2004, pp. 41-60.
[86]
cf. GARCIA ESCUDERO, J. M., op.cit,
p. 609.
[87]
cf. Ibid, p. 610.
[88]
cf. TUSELL GOMEZ, J; Historia
de democracia cristiana en España. Antecedentes y CEDA, Madrid 1974,
pp. 110-113.
[89]
cf. Ibid, pp. 611-612.
[90]
cf. Ibid, pp. 612.
[91]
cf. Ibid, pp. 615-616.
[92]
Hasta el golpe de Estado-1923 y posterior dictadura de PRIMO DE RIVERA.
[93] cf. ROBLES MUÑOZ, C; “Otro proyecto de la presencia de los católicos en política”, en Hispania Sacra, LX, Madrid 2008, pp. 735-741.
[94] cf. CARCEL ORTI, V; Pío XI entre la República y Franco. Angustia del Papa ante la tragedia española, Madrid 2008, pp. 3-23.
[95]
“Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les
inclinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá
suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles,
guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta
manera. En estos casos de soluciones divergentes, aun al margen de la
intención de ambas partes, muchos tienden fácilmente a vincular su solución
con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie le
está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad
de la Iglesia” (cf. VATICANO II, Gaudium
et spes, n. 43, Roma 1965).