Diario de Navarra / Casiano Floristán , catedrático emérito de teología pastoral
EL término "secularización" surgió en Alemania, en el contexto de las guerras de religión de los s. XVI y XVII, como confiscación de los bienes eclesiásticos de las Iglesias protestantes por parte de los nuevos Estados laicos, algo semejante a lo ocurrido más tarde en España con la "desamortización" de Mendizábal. Secularización es también el proceso mediante el cual los Estados se emancipan de la tutela religiosa y dejan de proteger tradiciones, estructuras e instituciones eclesiales. Es decir, se hacen constitucionalmente "laicos", como pretende ser la Constitución europea. La secularización cobra un tercer sentido a comienzos del s. XX, concepto que preocupa a las Iglesias, ya que equivale a "descristianización". Se ponen en duda las creencias, bajan las prácticas sacramentales y pierden sentido religioso los valores.
La Iglesia reaccionó de un modo enérgico frente a un concepto negativo de secularización y se opuso a una sociedad laica o laicista, a la que calificó de atea y amoral, ya que al excluir a Dios -pensaba entonces la jerarquía-, carecían los seres humanos de fundamentos sólidos morales. No se concebía una ética laica. El mundo era uno de los enemigos del alma; por eso se consideraban negativos los términos "mundano" y "secular". Al sonar mal entre nosotros la palabra "laico", se empleó el término "seglar". Recientemente se denomina "secularización" al proceso -casi vergonzante- incoado a un sacerdote que desea regresar a su condición laical.
"Secularización" es un concepto multidimensional. No hay que entenderlo sólo como emancipación por parte de la sociedad civil de las tradiciones y estructuras religiosas y eclesiales o negación de lo religioso por considerarlo "opio" del pueblo u "obsesión" de cara a la muerte.
Ciertamente, cuando la religión es "más que religión" tiene el peligro de penetrar en los ámbitos culturales, jurídicos y políticos desmedidamente. Así ocurrió en el largo período de la "cristiandad" -unión de trono y altar-, cuyo último capítulo se vivió en España bajo el régimen "nacional-católico" de Franco. Como reacción pendular, la religión termina por ser desplazada e incluso arrinconada -a veces destempladamente- por poderes políticos y medios de comunicación sensiblemente laicos. Algunos pensadores o escritores no aceptan la mera "laicidad" neutra, sino que arremeten contra lo religioso desde un "laicismo" beligerante.
La recuperación positiva del término "secularización" ha sido larga. Los teólogos protestantes consideran a Lutero su iniciador, al afirmar la discontinuidad entre fe y conocimiento, revelación y razón. Dios es al mismo tiempo -dijo el reformador- el "Dios escondido" y el "Dios revelado". Por consiguiente, no hay oposición frontal para un cristiano entre ley y evangelio, reino temporal y reino sobrenatural, ley civil y ley teológica, ley velada y ley revelada. Al contrario, hay una conexión, una implicación. Ambas magnitudes proceden de Dios, el Dios "revelado" por su palabra y el Dios "escondido" en los entresijos de la creación y de la sociedad, presente misteriosamente incluso en los basureros de la historia.
Esta cara positiva de la secularización tiene un efecto beneficioso para la religión, ya que la purifica de sus excesos e incursiones indebidas, al paso que la fe cristiana se concentra más en su ámbito propio, el misterio de Dios revelado por Jesucristo y el reino de Dios presente en el mundo. La secularización da lugar a la separación beneficiosa entre Iglesia y Estado, a la independencia de lo secular y al inicio del diálogo de la Iglesia con la modernidad.
El teólogo protestante Gogarten -en un intento admirable de recuperar el rostro positivo de la secularización-, sostiene que fue Cristo quien rompió la fusión y confusión entre el dominio natural y el dominio religioso, el reino temporal y el reino sobrenatural, el "uso civil o político de la ley" y el "uso teológico". A muchos teólogos renovadores, basados en el evangelio, les preocupa la separación deplorable -casi irreconciliación- entre fe y razón, a causa de la agresividad de los "laicistas" y los anatemas de los clérigos "montaraces".
Las discusiones teológicas durante el s. XX a propósito de la "secularización" centran la atención en una teología de lo secular. Se ha dicho con razón que tras la primera guerra mundial se descubre la divinidad de Dios -puesta en solfa por filósofos ateos-, y tras la segunda guerra la mundanidad del mundo, despreciada por espiritualistas recalcitrantes. Con estos dos descubrimientos se logra una conciliación o correlación entre cristianismo y cultura secular. "Me parece que andamos -escribió Bonhöffer poco antes de que lo ahorcaran los nazis- como buscando tímidamente un lugar a Dios. Yo querría hablar de Dios colocándole no en los límites, en la frontera, sino en el centro; no a partir de la impotencia (humana), sino de la fuerza; no desde la muerte, sino desde la vida y la bondad del hombre". Los teólogos relevantes actuales invitan a las Iglesias a desterrar el sectarismo y a dialogar con la cultura y la sociedad modernas. Es la vía que eligió el Vaticano II.
La secularización de la sociedad española ha sido quizá mas rápida que en otros países europeos, pero junto a la disminución de la práctica religiosa han crecido en estos últimos años las manifestaciones del catolicismo popular, en su doble faceta folclórica y religiosa. Frente a un abandono de la práctica religiosa e incluso de la fe cristiana por una parte de nuestra sociedad, se observa un creciente progreso en algunas agrupaciones cristianas, comunidades eclesiales y parroquias renovadas. Es preciso advertir también, como contraste, la expansión de ciertos movimientos religiosos fundamentalistas. Todos, cristianos o no , nos encontramos en el siglo, en el "saeculum", de donde viene el término "secularización".