SAN AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA

Rom 8,26-27: El Espíritu gime en nosotros, porque nos hace gemir.

Confieso a vuestra santidad que temí que este frio os resfriara también en la asistencia. Pero con esta concurrencia tan numerosa mostráis el ardor de vuestro espíritu, y no dudo que también habréis orado por mí, para que os pague la deuda contraída. Como por falta de tiempo no pude tratarlo, os prometí en el nombre de Cristo tratar hoy por qué quiso Dios mostrar al Espíritu en forma de paloma. Nos ha amanecido el día de hoy para explicar eso, y veo que, por la devoción y deseo ardiente de oír, habéis asistido en mayor número. Llene Dios con mi palabra vuestra esperanza. Es el amor el que os trae aquí ¿Cuál es el objeto de ese amor? Si soy yo, bien está, porque deseo ser amado de vosotros; pero no quiero que me améis en mí. Yo os amo en Cristo, amadme también en Cristo. Gima nuestro mutuo amor ante Dios: ese es el gemido de la paloma.

El gemido es propio de las palomas, como todos sabéis, y el suyo es un gemido de amor. Oíd lo que dice el Apóstol y no os extrañe que el Espíritu Santo haya querido mostrarse en forma de paloma. No sabemos -dice- orar como conviene, mas el Espíritu pide por nosotros con gemidos inefables (Rom 8,26). ¿Cómo se puede decir, hermanos míos, que el Espíritu gime, siendo así que goza con el Padre y el Hijo de una felicidad perfecta y eterna? Porque el Espíritu Santo es Dios como es Dios el Padre y es Dios el Hijo. He mencionado tres veces a Dios, pero no he hablado de tres dioses. Mejor es decir tres veces Dios que tres dioses, ya que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son un único Dios como es sabido por vosotros. El Espíritu Santo no gime, pues, en sí mismo ni dentro de si mismo en aquella Trinidad, en aquella felicidad, en aquella eternidad de sustancias; gime en nosotros, porque nos hace gemir. No es pequeña cosa la que nos enseña el Espíritu Santo. Nos insinúa que somos peregrinos y nos enseña a suspirar por la patria, y los gemidos son esos mismos suspiros.

Al que le va bien en este mundo, mejor dicho, al que cree que le va bien y se goza en la alegría de la carne, en la abundancia de las cosas temporales y en la vana felicidad, ése tiene voz de cuervo. La voz del cuervo es clamorosa, no gimebunda. El que se da cuenta de la opresión de su mortalidad, y de que está alejado del Señor, y de que todavía no posee aquella felicidad prometida ahora en esperanza y luego en realidad, cuando el mismo Señor venga lleno de gloria, quien primero vino oculto por la humildad, el que se da cuenta de esto, -repito-, gime. Y mientras sus gemidos sean por esto, sus gemidos son santos. El Espíritu Santo es quien le enseña a gemir así. Es gemido que aprende de la paloma. Muchos son los que gimen por su desdicha en la tierra, o por las desgracias que los torturan, o por las enfermedades corporales que los oprimen, o por estar encarcelados o combatidos por las olas del mar o cercados en derredor por las asechanzas de los enemigos. Pero éstos no gimen como la paloma, no gimen como hace gemir el amor de Dios, como hace gemir el Espíritu. Por lo cual, esos tales, tan pronto como se ven libres de las desdichas, muestran su alegría con grandes alaridos. Eso muestra que son cuervos, no palomas. ¡Qué bien está cuando se dice que del arca salió el cuervo y no volvió, y que salió la paloma y volvió! Son las dos aves que soltó Noé. Allí había un cuervo y una paloma; ambas especies de aves estaban encerradas en aquella arca, y si el arca es figura de la Iglesia, ya veis por qué es necesario que en este diluvio del mundo encierre la Iglesia ambas especies: el cuervo y la paloma. ¿Quiénes son los cuervos? Los que buscan sus cosas. ¿Quiénes las palomas? Los que buscan las de Jesucristo.

Comentario sobre el evangelio de San Juan 6,1-2