30 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO XII DEL CICLO B
(23-30)


23. INSTITUTO DEL VERBO ENCARNADO

COMENTARIOS GENERALES

Jerusalén alaba a su Dios

La liturgia aprovecha hoy el episodio de la tempestad calmada, leído en el Evangelio, para organizar una reflexión acerca del dominio de Dios sobre todo lo creado, dominio que se manifestó a través de su soberanía sobre el mar. De ahí la elección de la primera lectura; al evocar el momento de la creación del mar, Job canta el imperio de Dios sobre las aguas. El Salmo Responsorial también parece aludir a un episodio de tempestad calmada.

Sin embargo, la comunidad cristiana primitiva que leía el relato de Marcos, no se detenía en esta lección, por decirlo así, de teología natural; ella leía allí un gran anuncio cristológico. Todo el anuncio aparece en la interrogación final: ¿Quién es éste, qué hasta el viento y el mar le obedecen? La respuesta debía aflorar espontáneamente a los labios de todos: nadie sino ¡Dios en persona! Es entonces una invitación a la fe en Cristo como Hijo de Dios, que Marcos dirige a la comunidad. Antes que él, es el mismo Jesús quien hace a los presentes esa invitación, explicando el sentido de su milagro con una referencia explícita a la fe: ¿Cómo no tienen fe?

Al celebrar la Eucaristía, los miembros de la comunidad son llamados, con simplicidad y potencia, a profundizar quién es el que se hace presente entre ellos. (En el arte paleocristiano, la Eucaristía a menudo es representada con el símbolo de un pequeño cesto con panes que flota sobre las olas, encima de una barca). Son llamados sobre todo a la confianza. Qué saludables y alentadoras debían resultar para los primeros cristianos, que ya habían conocido la persecución, aquellas palabras dirigidas por Jesús al mar tempestuoso: ¡Silencio! ¡Cállate! , como también aquel sobrevino una gran calma. Cuando el Señor lo quisiera, en el punto culminante del peligro y de la angustia, ante un gesto suyo la persecución terminaría. Pero aunque no terminara, los discípulos no podían dejar de tener confianza en él, porque ni siquiera la muerte detenía su poder: ¡él había vencido al mar, pero, al resucitar, había vencido también a la muerte!

Este mensaje de confianza no ha perdido nada de su fuerza consoladora y resuena también en la Iglesia de hoy como una invitación a la esperanza. La Iglesia está golpeada por el viento de la contradicción y de la prueba; las olas del mar van más allá de las orillas y entran en la barca (hay discusiones y disputas incluso dentro de la Iglesia), haciendo estremecer a más de uno ante la idea del naufragio inminente. Pero el Maestro también nos dice a nosotros: ¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe? El está dentro de la misma barca; lleva a la barca de la Iglesia así y es llevado por ella. Y él no puede perecer.

Cuando escucho a hombres considerados cultos dar por descontado el fin próximo de la Iglesia y la desaparición de la fe, a menudo tengo deseos de sonreír: hace milenios que esta profecía es repetida y puesta al día en forma sistemática. El mérito no es nuestro -de los hombres que formamos la Iglesia- ; con lo poco hábiles que somos. Habríamos hecho dar vuelta la barca. Este es precisamente el signo de que hay algún otro al timón.

Sin embargo, tal vez no es a “los de afuera” a quienes se dirige de manera especial el reproche de Jesús “¡Hombres de poca fe!”, sino a quienes están en la barca, a nosotros creyentes y hasta a algunos pastores que se muestran perennemente pesimistas y temerosos acerca del porvenir de la Iglesia, como si la Iglesia fuera un barquito de papel que puede hundirse ante cualquier soplo de viento, o como si fuera una enferma siempre afiebrada o convaleciente. Una Iglesia que mira más las olas que la rodean que al Señor frente a ella.

Más a menudo que en la Iglesia, la tempestad está en nuestro corazón. (El de Tiberíades era un mar pequeño, apenas un lago, sin embargo, ¡allí se desató una gran tempestad!). Tentaciones, desaliento, rebelión: todo parece caernos encima. ¡Sálvame, Dios mío porque el agua me llega a la garganta! , nos dan ganas de gritar con el salmista (Sal. 69, 2). Es el momento de despertar aquella fe que hoy la liturgia nos ha inculcado; el momento de despertar a Jesús que duerme en nuestra misma barca, y de gritarle “Señor, ¿no te importa que yo esté por hundirme?” Es el momento de encontrar el diálogo con él en la plegaria, de buscarlo a toda costa. Él espera hoy también ese grito para levantarse y dar a su Iglesia y a nosotros esa gran bonanza que no significa necesariamente el fin de todas las dificultades y de todas las contrariedades, sino más bien la paz y la certeza aun en medio de las contrariedades (…).

(Raniero Cantalamessa, La Palabra y la Vida-Ciclo B, Ed. Claretiana, Bs. As., 1994, pp. 196-200)

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SAN AGUSTÍN

Sermón 63

1. Con la gracia del Señor, os voy a hablar de la lectura del santo Evangelio que acabamos de oír. En nombre del Señor os exhorto a que vuestra fe no se duerma en vuestros corazones en medio de las tempestades y oleajes de este mundo. No se puede aceptar que el Señor tuviera dominio sobre su muerte y no lo tuviera sobre su sueño, ni cabe la sospecha de que el sueño se apoderase del navegante Omnipotente sin quererlo él. Si esto creyerais, él duerme en vosotros; si, por el contrario, Cristo está despierto en vosotros, despierta está vuestra fe. Lo dice el Apóstol: Por la fe habita Cristo en vuestros corazones. Por tanto, también el sueño de Cristo es signo de algún misterio. Los navegantes son las almas que pasan este mundo en un madero. También la nave aquélla figuraba a la Iglesia. Cada uno, en efecto, es templo de Dios y cada uno navega en su corazón. Si sus pensamientos son rectos, no naufragará.

2. Oíste una afrenta, he ahí el viento. Te airaste, he ahí el oleaje. Soplando el viento y encrespándose el oleaje, se halla en peligro la nave, peligra tu corazón, fluctúa tu corazón. Oída la afrenta, deseas vengarte. Te vengaste y, cediendo a la injuria ajena, naufragaste. ¿Cuál es la causa? Porque duerme en ti Cristo. ¿Qué significa: duerme en ti Cristo? Te olvidaste de Cristo. Despierta, pues, a Cristo, acuérdate de él, esté despierto en ti: piensa en él. ¿Qué querías? Vengarte. ¿Se te ha pasado de la memoria que él, cuando fue crucificado, dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen ? Quien dormía en tu corazón no quiso vengarse. Despiértale, acuérdate de él. Recordarle es recordar su palabra. Recordarle es recordar su precepto. Si Cristo está despierto en ti, ¿qué dices en tu interior? ¿Quién soy yo para querer vengarme? ¿Quién soy yo para proferir amenazas contra un hombre? Moriré quizá antes de vengarme. Y si saliere de este mundo inflamado de ira, anhelando y sediento de venganza, no me recibirá aquel que no quiso vengarse. No me recibirá aquel que dijo: Dad y se os dará, perdonad y se os perdonará. Por lo tanto, calmaré mi ira y volveré a la quietud de mi corazón. Dio órdenes Cristo al mar y se produjo la bonanza.

3. Lo que dije respecto a la ira, aplicadlo regularmente en todas vuestras tentaciones. Surgió la tentación, es el viento; te turbaste, es el oleaje. Despierta a Cristo; hable él contigo. ¿Quién es este a quien obedecen el viento y el mar? ¿Quién es este a quien obedece el mar? Suyo es el mar; él lo hizo. Todo ha sido hecho por él. Con mayor motivo, imita a los vientos y al mar; obedece al Creador. Escucha el mar la orden de Cristo, ¿y tú permaneces sordo? Oye el mar, amaina el viento, ¿y tú soplas? ¿Qué? Lo digo, lo hago, lo finjo. ¿Qué, sino soplar, es el no querer cesar bajo la orden de Cristo?

No os venza el oleaje cuando se perturbe vuestro corazón. Puesto que somos hombres, si el viento nos impulsa, si nos mueve el afecto de nuestra alma, no perdamos la esperanza; despertemos a Cristo para navegar en la bonanza y llegar a la patria. Vueltos al Señor...

(San Agustín, Obras Completas, X-2º , Sermones , BAC, Madrid, 1983, Pág. 220-222)

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DR. ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

LA TEMPESTAD CALMADA:

Explicación. — En la serie de parábolas que ha propuesto Jesús al pueblo relativas al Reino de Dios, siguiendo el nuevo procedimiento pedagógico adoptado para predicar la buena nueva, figuran la del grano de mostaza y la del fermento, que tienen por objeto demostrar la fuerza íntima y el carácter expansivo de la palabra de Dios. Ahora va a demostrarles a sus discípulos, con un hecho portentoso, lo que puede una sola palabra de su boca. Así comprenderán cuánta es la energía de la palabra que les confía, al tiempo que, en la manifestación de su dominio sobre los elementos, verán que Dios añade al poder íntimo de su palabra, cuando así lo juzgue oportuno, el poder de su brazo omnipotente. Los tres sinópticos refieren el hecho de la tempestad calmada; el más completo es Mc., que da de él detalles preciosos, recibidos sin duda del Príncipe de los Apóstoles, de quien es evangelista y que era probablemente el patrón de la barca en que navegaba aquella noche Jesús con sus discípulos. Es uno de los relatos más emocionantes de los Evangelios. Ocurre el hecho el mismo día en que Jesús había tenido, en la orilla occidental del lago de Genesaret, la copiosa predicación de las parábolas; al anochecer, puesto ya el sol y en el espacio de las tres horas que siguen al ocaso y que forman la primera vigilia de la noche entre los judíos: Y aconteció que, aquel día, cuando había atardecido... Jesús está cansado de la ruda labor de predicación y de emociones: ha disputado con escribas y fariseos, ha curado enfermos, ha predicado copiosamente. Síguenle todavía las turbas, agolpadas en torno suyo junto al mar. De improviso, manifiesta su propósito de pasar a la parte opuesta del lago; región menos poblada, le será más fácil el descanso, al tiempo que conocerán la Buena Nueva los de aquel país, donde cuenta pocos discípulos: Viendo Jesús muchas gentes en derredor suyo, mandó ir al otro lado del mar.

Desde la barca había explicado las parábolas al pueblo, congregado en la playa. Ahora, después que había tomado tierra y, en ausencia de las multitudes, ha explicado a sus discípulos los misterios contenidos en las parábolas propuestas; ante la nueva avalancha de gente, toma otra vez la barca, la que solía utilizar, tal vez una de las de Pedro, y tras él suben los discípulos, probable mente los Apóstoles solos: Y entrando él en la barca, le siguieron sus discípulos.

Improvisado como es el viaje, sin preparativos de ningún género, rápidamente, la tripulación despega de tierra llevando a Jesús sin equipo de ropa, sin descansar, sin tomar aliento: Y habiendo (los discípulos) dejado la gente, condúcenlo, tal como estaba, en la barca. Sea que regresaran a la orilla oriental de donde había venido la gente para oírle, o que los de la parte occidental quisieran acompañarle en el viaje, varias embarcaciones escoltaban la de Jesús: Y le acompañaban otras barcas.

Tiene el mar de Tiberíades, en el lugar de la travesía que intenta Jesús, unos 12 kilómetros, y en ella debían invertirse normalmente unas tres horas. Pero mientras ellos navegaban, tranquilos mar y cielo, se levantó un gran torbellino de viento, que irrumpió de súbito de las regiones superiores, y la tempestad de viento bajó al lago. Este fenómeno meteorológico es infrecuente en el mar de Tiberíades. La diferencia de temperatura entre el aire de su superficie —208 metros bajo el nivel del Mediterráneo— y el de las vecinas montañas de la parte del Septentrión, que se elevan en el gran Hermón a 2.800 metros, determina bruscamente furiosas corrientes atmosféricas que se precipitan por el boquete del Jordán, al noroeste del lago, cuyas olas se encrespan como las de un verdadero mar. Éste es ahora el efecto del torbellino: Y he aquí que se alborotó grandemente el mar. Son pequeñas y frágiles las embarcaciones pesqueras en el pequeño lago, de modo que las olas cubrían la barca, y la barca se llenaba, y peligraban.

Jesús, fatigado de la ruda labor del día, se durmió: Mas él dormía, “en el sitio del huésped”, como llaman las gentes del país al lugar posterior de la barca, en la popa, donde es menor el movimiento de la nave; sobre un cabezal, que no falta nunca para sentarse los remeros, improvisado tal vez con las ropas de sus discípulos. Es el único pasaje de los Evangelios en que vemos al Señor dormido.

Azoráronse los discípulos. Avezados como estaban a los peligros de aquel pequeño mar, comprenderían que se trataba de una tormenta de violencia insólita. Por ello requirieron el auxilio del Maestro, que tantas veces se había mostrado ante ellos poderoso tramaturgo: Y se llegaron a él sus discípulos, con alguna fe, por que creen en el poder de Jesús; con poca fe, porque temen que la barca se hunda con Jesús, el Mesías, y con ellos, que saben han sido elegidos para el apostolado en el reino mesiánico. Y le despertaron, diciendo, no sin alguna irreverencia, hija del miedo: ¡Maestro! ¿No te importa que perezcamos? ¿No te llega al alma que las olas nos traguen? ¡Sálvanos, Señor, que perecemos! gritan en la creciente angustia: ¡Maestro, perecemos! Mt. le llama «Señor»; Mc., «Maestro»; Lc., «Preceptor», en el sentido de presidencia y mando: apelan los discípulos al poder de imperio de Jesús, con invocaciones breves, sentidas.

Díceles Jesús, verosímilmente reclinado aún a popa del barco: ¿Por qué estáis temerosos (hombres) de poca fe? , que creéis en mi poder despierto y no en mi omnipotencia dormido? Y sigue una escena sublime. Entonces, calmada la tormenta en el corazón de los discípulos, levantándose, de pie en la popa del navío, con voz y gesto de imperio, mandó a los vientos y al mar, les increpó, y dijo al mar, alborotado bramador: ¡Calla! ¡Enmudece! El verbo griego que corresponde a «mandó» es el mismo que Dios, Yahvé usa en el A. T. para imperar a la naturaleza rebelde. Nótese de paso que en este episodio se pone de relieve la doble naturaleza de Jesús: duerme como hombre y manda como Dios.

Los desencadenados torbellinos de la atmósfera y del abismo obedecieron a la voz de su Dios; y, contra lo que de ordinario sucede, que amainan las tempestades poco a poco, súbitamente cesó el viento y se hizo gran bonanza, quedando las aguas del mar como un espejo. De Mc. se colige que, calmada la tormenta, se dirigió otra vez Jesús a sus discípulos, reprendiéndolos, no porque le hubiesen despertado, sino por lo endeble de su fe: Y les dijo: ¿Por qué sois tímidos, creyéndoos perdidos, cuando yo estoy con vosotros? ¿Aún no tenéis fe, después de tantos prodigios ante vosotros obrados? ¿Dónde está vuestra fe, después de tantas exhortaciones y gracias?

Efecto natural del estupendo prodigio fue la admiración no sólo de los tripulantes de la nave de Jesús, sino de todos los hombres de la flotilla, que la tempestad había dispersado y que se juntarían otra vez, comentando el hecho: Y los hombres temieron con gran temor, y se maravillaron. No entendían todavía el misterio de aquel hombre extraordinario, que dormía como los demás hombres y que mandaba a la naturaleza como Dios, diciendo uno al otro, como buscando en la mutua intimidad el secreto de aquel Hombre y de su poder: ¿Quién piensas es éste, que aun a los vientos y al mar manda, y los vientos y el mar le obedecen?

Lecciones morales . — A) v. 23. — Y entrando él en la barca, le siguieron sus discípulos. — Los discípulos siguieron a Jesús para hacer con él la travesía del lago. Quísolo Jesús por dos motivos, dice el Crisóstomo: para que no se amedrentaran en los peligros y para que sintieran moderadamente de sí en los honores. Permitió que estuvieran a punto de naufragar, a fin de que no se ensoberbecieran de haberlos tomado consigo Jesús, al dejar a los demás. Cuando se trataba de la contemplación de los milagros, consentía estuviesen presentes las multitudes; pero cuando se trató de temores y congojas, quiso sólo consigo a los que quería formar como otros tantos atletas para sojuzgar la tierra. Lo cual demuestra que los que siguen de cerca a Jesús deben siempre estar aparejados a toda suerte de trabajos; y los que le ayudan en la obra del apostolado deben confiar más en la fuerza de quien les envía que en sus cualidades personales y en la cuantía de su trabajo.

a) v. 24. — Y he aquí que se alborotó grandemente el mar... — No se produjo esta tempestad por sí sola, dice Orígenes, sino que la suscitó el poder de Dios, que «saca los vientos de sus tesoros» (Ps. 134, 7). Hizo Dios una gran tempestad para hacer una grande obra. De donde debemos aprender que en la política de Dios, de grandes males se sacan grandes remedios, y que, como dice San Agustín, ha preferido Dios sacar bienes de los males a que no hubiese males en el mundo.

b) v. 24. — Mas él dormía... Durmióse Jesús, dice el Crisóstomo, para dar lugar a que sus discípulos concibiesen el terror. Porque si hubiese estallado la tempestad estando él despierto, o no hubiesen temido, o no hubiesen orado, o quizá no hubiesen creído que pudiese obrar tal prodigio. Aléjase a veces Dios de nosotros en la apariencia para que en nuestro momentáneo abandono sintamos más nuestra profunda miseria y su gran poder: porque sin él nada somos, y esto lo comprendemos mejor cuando estamos sin él. Cuando surja la tentación, llamemos con voz apremiante a Dios, que venga a nuestro socorro: y Él despertará, y nos salvará.

c) v. 26. — Y se hizo gran bonanza . — Es natural que quien es grande haga cosas grandes; por ello, quien antes había magníficamente conturbado el mar profundo, dice Orígenes, ahora manda de nuevo que se haga maravillosa bonanza, a fin de que los discípulos, excesivamente aterrados, magníficamente se alegraran. Esta grandeza de Dios, que toda criatura siente, debe dilatar nuestro espíritu, en la seguridad de que, quien tiene poder para sacudir nuestra vida, o consentir que fuerzas ajenas a nuestra voluntad la sacudan, es igualmente poderoso para apaciguar todos nuestros tormentos, y devolvernos una paz tan dulce como amarga ha sido nuestra conturbación.

d) v. 27. — Y los hombres... se maravillaron . —La navecilla es la Iglesia presente en la cual Cristo atraviesa con sus discípulos el mar del mundo. Las aguas encrespadas son las persecuciones, que él calma siempre. La historia es elocuentísimo testimonio de este hecho. La Iglesia siempre terriblemente combatida por toda suerte de enemigos, jamás zozobró; y a través de los siglos, entre alternativas de tormenta y de bonanza, conducirá a los hombres a las playas de la eternidad. Ello debe inspirarnos sentimientos de admiración y confianza.

(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado , Vol. I, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1966, p. 607-611)

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GUISEPPE RICCIOTTI

LA TEMPESTAD SERENADA

De la uniforme actividad en Galilea sólo se nos han transmitido escasos hechos particulares. En este período está comprendido sin duda el día dedicado por Jesús a la enseñanza “por medio de parábolas, el cual, sin embargo, es más oportuno tratar” aparte, separándolo de su encuadramiento cronológico. Otros episodios que se nos han transmitido son los expuestos a continuación.

Acaso la misma tarde del día de las parábolas (v. Marcos, 4, 35) Jesús, que había hablado a las turbas en la orilla occidental del lago de Tiberíades, entró en una barca con los discípulos y les ordenó pasar a la ribera opuesta. Parece que la partida fue imprevista y apresurada. Quizá Jesús quisiera, una vez más, substraerse a las fervorosas demostraciones de la multitud que le había escuchado. La travesía es de pocos kilómetros, pero puede resultar peligrosa, especialmente si se realiza al caer de la noche, como era el caso, en virtud de los vientos fríos que soplan repentinamente del nevado Hermón que lo dominaba, y suscitan tempestades muy violentas para aquel lago y para las frágiles embarcaciones que lo surcan. Así sucedió aquella tarde. Jesús, cansado de la fatigosa jornada, se tendió a popa de la barca y se durmió. Marcos (4, 38), que habría sin duda oído muchas veces el relato de boca de Pedro, menciona incluso el cojín en que Jesús apoyó su cabeza, el pequeño cojín de que iban provistas hasta las más humildes barcas del país. Además, sólo Marcos recuerda que otras barcas acompañaban a la de Jesús. De pronto, un impetuoso turbión se abate sobre el lago y bien pronto la barca de Jesús está en peligro y comienza a hacer agua. Los barqueros pretenden maniobrar, pero en vano: el fin puede sobrevenir de un momento a otro. Entre tanto Jesús sigue durmiendo a popa de la zarandeada navecilla.

Dante, en su primera visión sobrehumana en el Purgatorio, vio un bajel esbelto y ligero guiado por un ángel; a popa estaba el celestial piloto, pero de pie y vigilante, con sus alas... erguidas hacia el cielo . Por el contrario, a popa de aquella barca, Jesús, tendido, dormía, como extraño a cuanto pasaba en derredor, confundible, en la oscuridad de la noche, con un montón de cordajes o una vela arriada y arrollada. Los discípulos no se explican aquel sueño entre la furia de los elementos, y se sienten anhelantes e indecisos entre el deseo de no turbarlo y el espanto de la catástrofe inminente, entre el respeto por el maestro y la costumbre de recurrir confiadamente a él. Pero, tras pasar algún tiempo, se convencen de que no cabe titubear más, que es preciso despertar y avisar al maestro, a fin de que él provea en algún modo a la propia salvación. Así, pues, se le acercan, gritando: ¡Maestro, estamos perdidos! ¡Sálvanos!

Jesús despierta y, a la par que la turbación de los elementos, nota la turbación de los corazones. Volviéndose entonces al turbión, ordena imperiosamente: ¡Calla! ¡Enmudece! — Y dirigiéndose luego a los corazones, exclama, misericordioso: ¿Por qué tenéis miedo, gente de poca fe?

La turbación de los elementos cesa de improviso y sigue una gran confianza. La turbación de los corazones es sustituida por otra de diverso género, ya que los presentes comienzan a reflexionar: ¿Quién es éste, que lasta el viento y el le obedecen?

Para los racionalistas, el milagro es, naturalmente, ficticio. Los secuaces del antiguo Paulus lo explicarán quizá imaginando que en la barca de Jesús había muchos odres de aceite, que el experto maestro hiciera, en cierto momento, verter en el lago para calmar las ondas, mientras los modernos mitólogos pensarán que todo se reduce a una alegoría. Por una vez, los eruditos espiritualistas concuerdan en parte con los mitólogos, ya que encuentran, como ellos, en la narración, un significado alegórico pero unido al histórico.

Fueron reales la tempestad y la bonanza que se produjeron en torno a aquella embarcación, mas cumpliendo aquel milagro Jesús prelineó otras tempestades y bonanzas que desde hace siglos se suceden en torno a otra barca, no de madera, pero no menos real e histórica, y cuyos protagonistas son los mismos de aquella noche en el lago de Tiberíades. A popa estaba el celestial piloto... Esta vez la interpretación alegórica no es un postulado filosófico, como suele suceder entre los mitólogos, sino que está fundada sobre hechos históricos que todos pueden comprobar y que un historiador no puede fingir ignorar (…).

(Giuseppe Ricciotti, Vida de Jesucristo , Ed. Miracle, 3ª Ed., Barcelona, 1948, Pág. 381-383)

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P. LEONARDO CASTELLANI

Tormenta en el Lago

En el Domingo cuarto después de Epifanía la Iglesia lee en la Misa la narración de la Tormenta en el Lago, que cuentan los tres Sinópticos; según el texto más breve de todos, que es el de Mateo: tiene solamente cuatro versículos, pero la narración está hecha con tan magistral energía que parece un grabado en cobre o en madera, con los cuatro rasgos principales.

Mateo es el más rico y más enérgico de los tres Sinópticos. La Biblia de Bover-Cantera dice: “Este Evangelio pertenece a la literatura escrita; el de Marcos a la literatura oral”. Es un error serio que muestra mucho atraso en exégesis. Con toda certeza, los cuatro Evangelios pertenecen al género que hoy llaman los lingüistas, etnólogos y psicólogos estilo oral; y fueron recitados de memoria antes de ser fijados en el pergamino —por lo menos los tres primeros— como las rapsodias de Homero, el Vedhanta, el Korán, el Poema del Mío Cid y en realidad casi todos los monumentos religiosos o épicos de la Antigüedad. Esta noción, que hoy día se posee en forma científica, resuelve de un golpe la falsa Cuestión Sinóptica , que preocupó a los eruditos durante dos siglos; consistente en que los Evangelios tienen entre sí algunas divergencias por un lado, y una concordancia maciza por otro; como puede verse en este relato, que traen los tres Sinópticos. Eso ocasionó un lío muy grande en la cabeza de los sabios alemanes, algunos de los cuales llegaron a negar la autencía y la veracidad de esos tres documentos religiosos, hasta que Marcel Jousse descubrió las admirables leyes del estilo oral.

Cosa increíble: hay una tormenta tal en el Mar de Tiberíades que las olas invaden la cubierta la barca de los Pescadores; y Jesucristo duerme. ¿Se hace el dormido, como dicen algunos, para “probar a sus discípulos”? No: duerme, apoyada la cabeza en un banco. Esa manera de probar a la gente con cosas fingidas es una chiquilinada inventada por un mal maestro de novicios: lo único que prueba de veras es la vida, la verdad, la realidad; no las ficciones. Tampoco es verdad que Dios haya prohibido a Eva el Fruto del Árbol del Malsaber para probarla; se lo prohibió porque simplemente no le convenía ese fruto a ella ni a nadie. Dios no hace pavadas, pero hay gente que tiene inclinación a atribuirle las pavadas propias. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza; pero el hombre se lo ha devuelto; porque ¡cuántas veces no ha rehecho el hombre a Dios a imagen y semejanza suya!

Jesucristo es notable: duerme de día en medio de una tormenta; y de noche deja la cama y se sube a una colina para orar hasta la madrugada. No lo despiertan el bramar del viento, el golpe del agua, los gritos de los marinos, y lo despierta un gemido en la noche o una mujer hemorroísa que le toca el vestido. Mi abuela Doña Magdalena decía: “Jesucristo es bueno, yo no digo nada; pero ¿quién lo entiende, dígame un poco?”.

Sólo un niño o un animal puede dormir en esas condiciones en que los tres Evangelistas dicen que Cristo realmente “dormía”; y también un hombre que esté tan cansado como un animal y tenga una naturaleza tan sana como la de un niño. Muchos hombres de natura privilegiadamente robusta sabemos que podían dormir cuando querían: como el Primer Napoleón por ejemplo, del cual se cuenta podía eso: dormir cuando le parecía bien, sobre todo en los sermones; y hubo que despertarlo la mañana de la batalla de Austerlitz. En cambio el Tercer Napoleón, su sobrino, no pegó los ojos la noche del golpe de Estado de 1851 y se levantó tres veces para ver si se había dormido el centinela. Porque el Primer Napoleón fue un Héroe; pero el Tercer Napoleón fue una Imitación de Héroe: un Payaso.

Bueno, el caso es que Cristo dormía, y los discípulos lo despertaron diciéndole algo que está diferentemente en los tres Evangelistas; pero en realidad le deben haber gritado no tres sino unas doce cosas diferentes por lo menos; que se resumen en ésta: “¿No te importa nada que nosotros “sonemos”?”, que trae San Lucas como resumen de toda la gritería. Lo que dijo Mateo, que estaba allí, fue esto: “Señor, ayúdanos, perecemos.” Cada uno dijo lo mejor que supo y eso es todo.

Lo que les dijo Cristo —en esto concuerdan los tres relatores— fue “cobardes”. La Vulgata latina traduce “Modicae fidei”, o sea “hombres de poca fe”; pero Cristo, en griego o en arameo, les dijo “cobardes”. Un hombre que grita cuando hace agua su lancha en una tempestad del Mar de Galilea, que son breves pero violentas, suponiendo incluso que haya gritado un poco de más, ¿es cobarde? Para mí, no es cobarde. Pero para Jesucristo es cobarde. A Jesucristo no le gustan los cobardes.

La Iglesia (“la barquilla de Pedro”, que le dicen) ha tenido muchas tempestades y ha de tener todavía otra que está profetizada, en la cual las olas invadirán el bordo, y parecerá realmente que los pocos que están dentro suenan. Cristo parece haber conservado su costumbre juvenil de dormir en esos casos; y también su idiosincrasia de no amar la cobardía.

La cobardía ¿es pecado? Sí; y en algunos casos muy grande. Los Apóstoles tenían una manera de predicar que yo no usaría otra si me dejaran predicar: que es hacer una lista de pecados grandes, recitarla y después decir: “Ninguno de estos entrará en el Reino de los Cielos. Basta”. Así San Pablo dice: “No os engañéis, hermanos: que ni los idólatras, ni los ladrones, ni los divorciados, ni los avaros, ni los perros [sea los maricones] ni... —y así sigue un rato— entrarán en el Reino de los Cielos”. Hoy día habría que predicar así, sencillo… es opinión nuestra.

Pues bien, San Juan en el Apokalypsis, que es una profecía acerca de los últimos tiempos, añade a la lista de pecados otros dos que no están en San Pablo: “los mentirosos y los cobardes”. Lo cual parece indicar que en los últimos tiempos habrá un gran refuerzo de mentira y de cobardía. Dios nos pille confesados.

La cobardía en un cristiano es un pecado serio, porque es señal de poca fe en Cristo (“cobardes y hombres de poca fe”) que ha dado sus pruebas de que es un hombre “a quien el mar y los vientos obedecen” —dice el evangelio de hoy—, con el cual por lo tanto, el miedo no es cosa bonita; ni lícita siquiera. Julio César, en una ocasión parecida, no permitió a sus compañeros que se asustaran. “¿Qué teméis? Lleváis a César y a su buena estrella”, les dijo. Mucho más Jesucristo, creador de las estrellas.

Lo que gobierna el mundo son las Ideas y las Mujeres, dijo uno. Las Ideas, lo dudo mucho. Las Mujeres, habría que hacer la prueba. ¿Qué sucedería si en la Argentina saliese una especie de Teresa de Jesús, que persuadiese a todas las mujeres este propósito: “¡No me casaré con ningún hombre que sea un cobarde!”. Yo creo que se vendría abajo la tiranía de turno; y no subiría más ningún otro tirano.

En otros tiempos, los argentinos no eran ni adulones ni cobardes. Ahora parecería, según algunos que leen los diarios, que se están volviendo adulones y cobardes. Que Dios nos salve por lo menos de las mujeres.

(P. Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo , Ed. Vórtice, Bs. As., 1957, Pág. 112-114)

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TIHAMER TOTH

“Señor, sálvanos”

En la vida de Jesucristo leemos que también en otra ocasión luchaban los apóstoles con la tempestad. Quiero describir con más minuciosidad este segundo caso; de él brotará una fuerza sublime para las tormentas del espíritu, propias de la adolescencia.

Cristo, cansado de predicar, sube al atardecer en una barca con sus apóstoles... El cielo está sereno, despejado... No sopla brisa alguna, todo está tranquilo. Los remos de los apóstoles, que van golpeando con ritmo sosegado el agua, hacen deslizar la barca silenciosamente... Cristo, rendido de fatiga, se durmió...

De repente se levantaba la brisa... Se amontonaban las nubes… El viento es más fuerte, ya sopla con violencia.. . ¡Una tempestad. un huracán!... Cruje la barca, las olas la zarandean. Los apóstoles trabajan, sacan el agua de la barca; finalmente llegan a despertar al Señor. El Evangelio consigna el grito de terror _quizás para enseñarnos a nosotros una manera de pedir socorro—: “Señor, sálvanos, que perecemos (Mt. 2, 25 ss.).

¡Hombres de poca fe! Es la palabra que pronuncia el Señor cuando en torno suyo se desata el huracán.

¡Hombres de poca fe! Y acaso piense: ¡Oh! ¿Son éstos mis apóstoles? ¿A éstos voy a enviar yo para convertir al mundo? ¿Este Pedro ha de ir a Roma, este Santiago a España, este Andrés a la Tracia? ¿Son éstos los que han de presentarse a las garras de las fieras?

Pues bien, para que no echéis en olvido lo que significa estar Dios con vosotros... Se levanta el Señor, se pone sobre la proa de la barca que se tambalea... El mar alborotado se amansa, cállase humillado a los pies del Señor, como el galgo cuando ha corrido demasiado y su dueño le llama con un silbido... Pocos instantes después el espejo terso del mar brilla con admirable sosiego...

Este fragmento evangélico dibuja un rasgo nuevo de la fisonomía del Señor: Cristo está de pie con una majestad subyugadora en medio del huracán, manda a las olas alborotadas, y el mar —como perro después del castigo— se pliega silenciosamente a los pies de Jesucristo…

¿Quién es este Cristo sublime, majestuoso? Jerjes, fuera de sí, en un arranque de cólera imponente y ridículo, hizo dar latigazos al mar; pero éste seguía echando espuma con el mismo furor que antes. ¿Y Cristo? Hace una leve señal, y la borrasca rebelde se calma sumisa.

¡Oh, Tú, Cristo de vigorosa mano! Oh, Tú, Cristo, que mandas a las fuerzas de la naturaleza! ¡Oh, Tú, Cristo, que dominas las olas desatadas, el mar espumante, con una superioridad de fuerza que pasma!

¡Oh, Jesús mío! ¡Cuántas veces necesitaré yo recordar esta expresión tuya, este gesto tuyo, este poder tuyo, cuando en el mar alborotado de la vida se escape de mis labios e grito de angustia: ¡Señor, sálvame, que perezco!

S.O.S. (para quienes entran en la adolescencia)

S.O.S. ... S.O.S. ...

¿Qué significan estas tres letras? Tú también lo sabrás, aunque no estés ducho en cosas de marinería. Pero de un modo particular lo saben todos los marinos. Y cuando estas tres letras emitidas por la radio tiemblan sobre el inmenso espejo del mar, todos los buques de las cercanías acuden con toda prisa para prestar auxilio a los pobres náufragos, a los que se hallan en trance de perecer.

S. O. S.... ¡Oh, cuántas veces este grito de socorro escapa de labios de los jóvenes, cuando luchando con las tentaciones llaman a Cristo!

Alrededor de los catorce o quince años, vientos misteriosos azotan el espejo terso del lago de tu vida. Tu barca iba deslizándose tranquila, no lejos de la orilla, en aguas de poca profundidad, en una luz de Oro...; seguía su camino sin preocupaciones.

Ahora, repentinamente, como si lo hubiesen cambiado todo. La capa tupida de una niebla opaca envuelve tu alma; pensamientos, deseos antes desconocidos cruzan por tu cabeza... Un temblor de zozobra hace vibrar la superficie tersa de tu espíritu tranquilo... ¿Qué es esto?

¿Qué es lo que se prepara?

La barca de tu vida ha penetrado ya en la zona de tempestades de la adolescencia. Hace unos años todavía era fácil para ti vivir cristianamente: la oración, la Misa, el pensar en Dios, la confesión, la Comunión...; todo, todo te resultaba sencillo. En cambio, ¿hoy? Confiésalo con sinceridad; hoy te resulta un poco fastidiosa la santa Misa, tienes miedo a la confesión; muchas veces omites la oración de la mañana. ¿Qué es esto? ¿Qué pasa?

Un escritor afirma que a los quince años “los jóvenes se vuelven incrédulos”. No tanto. Sin embargo, hay en la afirmación algo de verdad. A medida que van creciendo, desarrollándose, no parece sino que van enfriándose para con Dios. Tienen que hacer grandes esfuerzos para prestar atención en el rezo, y las cosas espirituales no les interesan como antes.

¿Cuál es entonces el objeto de sus desvelos? El mundo. La vida terrena que se abre misteriosamente a sus ojos. “¡Ojalá fuera ya hombre!” “Quisiera tener la ropa de moda, buen físico”. Cosas por el estilo. ¿Qué te sucede? ¿Te han vuelto malo? No...; todavía no: pero estás en peligro.

Ya no eres niño, pero tampoco eres hombre maduro. Estás en la época de transición. Una lucha formidable se libra en ti: el cuerpo el alma luchan. ¡Ay de ti si vence tu cuerpo! Y, sin embargo, todas estas cosas no son más que preludios de la tempestad.

Son las iniciales de la frase inglesa: Save our souls, salvad nuestras almas (N. del T.).

En torno a los dieciséis años estalla el verdadero torbellino. En tu cuerpo trepida la vida, hierve la sangre, vibra la fuerza de la juventud. Limo, barro; toda la podredumbre posada de ordinario en el fondo del lago brota y se revuelve ahora hasta llegar a la superficie. ¿Qué será de ti? Atemorizado preguntas: ¿Me perderé?

Hay momentos en que te parece que el Señor se ha dormido se ha olvidado por completo de ti. El huracán desatado de furiosas tentaciones te azota y se presenta el pensamiento terrible: “No, no puedo resistir! ¡No puedo mantenerme en pie...” No capitules. Agarra la mano del Señor, como lo hizo San Pedro, que estaba a punto de hundirse entre las olas y exclama en tu oración: “ ¡S. O. S. ¡Salva mi alma...

¡Ay! Acaso has caído ya. Una terrible oleada de pecado llenó tu barca, y cuando baja el agua tú te ves cubierto de limo, de barro; has caído, has pecado... ¡Oh qué lástima! ¡Qué bien, si te hubieras conservado puro! ¡Qué bien si hubieras...!

Pero ya que te manchó la oleada del pecado, no consientas por lo menos en permanecer cubierto de lodo. Arrodíllate ante el Señor en la santa confesión y exclama: “ salva mi alma! ¡Mi alma cubierta de inmundicias!”

Puede también que ya hayas caído varias veces... Pero deseas enmendarte... Y, a pesar de todo, reincides una y otra vez en la culpa va hecha hábito. ¡Oh! En estos momentos terribles de desesperación. ¿dónde hallarás refugio?

Arrodíllate una y otra vez en el confesionario y llama a Cristo. que parece que está dormido. Dile con espanto: “S. O. S. ¡Señor, salva mi alma! ¡Salva mi alma que perece!”. En todas las confesiones Él posará sobre ti su mirada bendita. Manda Él a las olas y a su palabra se produce la calma.

¡Alerta!... A medida que pasan los años, el huracán va perdiendo fuerzas; pero nunca se apacigua por completo. Vuelve a rugir la tempestad. No importa. Tu puño de hierro maneje con decisión santa el timón durante toda la vida, y de tus labios brote con frecuencia y torne por asalto el cielo, la oración que ya es voluntad de victoria:

“Señor, sálvame que perezco”.

(Mons. Tihamér Toth, El Joven y Cristo , Ed. Gladius, Buenos Aires, 1989, Pág. 92-94)

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JUAN PABLO II

HOMILÍA

Domingo 22 de Junio de 1997

Queridos hermanos y hermanas:

Nos hemos reunido aquí esta mañana para encontrarnos, como sus discípulos, con el Señor resucitado, que nos convoca para alentar la fe con su Palabra, compartir el pan de la Eucaristía y edificar la Iglesia con los vínculos de caridad fraterna que vivifican la comunidad cristiana.

Hoy su Palabra interpela nuestra fe, a veces vacilante y que provoca miedos infundados: "¿Por qué sois tan cobardes? -dice- ¿Aún no tenéis fe?" (Mt 4,40). Son muchos los temores que nos atenazan y que pueden inducirnos a la cobardía o al desánimo: el miedo al aparente silencio de Dios, el miedo a los grandes poderes del mundo que pretenden competir con la omnipotencia y la providencia divinas, el miedo, en fin, a una cultura que parece relegar a la marginación e insignificancia social el sentido religioso y cristiano de la vida.

La escena evangélica de la barca amenazada por las olas, evoca la imagen de la Iglesia que surca el mar de la historia dirigiéndose hacia el pleno cumplimiento del Reino de Dios. Jesús, que ha prometido permanecer con los suyos hasta el final de los tiempos (cf. Mt 29,20), no dejará la nave a la deriva. En los momentos de dificultad y tribulación, sigue oyéndose su voz: "¡ánimo!: yo he vencido al mundo" (Jn 16,33). Es una llamada a reforzar continuamente la fe en Cristo, a no desfallecer en medio de las dificultades. En los momentos de prueba, cuando parece que se cierne la "noche oscura" en su camino, o arrecian la tempestad de las dificultades, la Iglesia sabe que está en buenas manos.

Las palabras hemos escuchado en la segunda lectura nos exhortan también a confiar en la presencia del Señor y a renovar nuestra existencia como verdaderos creyentes: "el que vive con Cristo es una criatura nueva" (2 Co 5,17). En la novedad de vida, don de nuestro Señor a los bautizados, ya no hay espacio para las incertidumbres y vacilaciones. La confianza y la paz son el signo de la profunda comunión con Jesucristo, muerto "para que los viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 15).

Al saludar cordialmente a los presentes, especialmente a los alumnos del Pontificio Colegio Español y Pontificio Colegio Mexicano, de Roma, que han querido con esta celebración reafirmar su adhesión al Sucesor de Pedro, os invito a todos a experimentar el gozo de la presencia del Señor en esta Eucaristía, que celebramos en la gruta de Nuestra Señora de Lourdes, como queriendo encontrar cobijo en María en el encuentro con su divino Hijo. Que ella nos acompañe y sostenga con su materna intercesión en nuestro camino de fe, nos ayude a profundizar cada vez más en el misterio de la persona de Cristo y a gustar la paz interior que proviene de la firme convicción de su presencia entre nosotros.

Amen.

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EJEMPLOS PREDICABLES

El timón: en buenas manos

Quien se sabe hijo de Dios no debe temer. Dios conoce mejor que nosotros mismos nuestras necesidades reales; es más fuerte y es nuestro Padre.

Un barco de vela –hace mucho tiempo de esto- se encontraba en medio de un auténtico huracán, traído y llevado por el fuerte oleaje. Los pasajeros se agitaban, gritaban aterrados. Tan sólo un niño seguía jugando tranquilamente en ese vaivén vertiginoso: era hijo del timonel.

El buque logró salvarse; y los pasajeros preguntaron con curiosidad al niño cómo había podido estar tranquilo en medio del peligro, cuando ellos estaban espantados.

-¿Temer? -contestó el niño- ¡Pero si el timón estaba en manos de mi padre!

(Julio Eugui, Anécdotas y Virtudes , Ed. Rialp, 2ª Ed., Madrid, 1989, nº 303, cit. de Creo en Dios de Tihamer Toth)


24.

El Evangelio nos presenta la aventura vivida por unos hombres en medio de los cuales se encuentra Jesús. Hombres del oficio, atemorizados por la tempestad y arribados finalmente a puerto seguro. Habían llegado a la certeza de que si no hubiera estado allí Jesús para «apaciguar» la tempestad, ésta se los habría tragado.

El sentido del texto cobra relieve también por algunos detalles. Se utilizan los símbolos más sugerentes para presentar la embarcación cercada por las fuerzas cósmicas: la noche oscura, el mar embravecido, el viento impetuoso.

Pero lo que el evangelista quiere presentar no es la embarcación que aparece amenazada; el evangelista quiere que veamos a la comunidad de los amigos de Jesús cercada por las fuerzas del mal elocuentemente simbolizadas por el mar y la oscuridad. El mar es el terrible espacio donde el hombre nunca puede estar seguro, ya que está en territorio enemigo.

Pero este miedo de los amigos de Jesús no es solamente el miedo de los primeros discípulos. Es el miedo de todas las generaciones de cristianos que temen que vaya a hundirse la embarcación en la que se han reunido en torno a Jesús; es el miedo tuyo y mío que nos hace murmurar del silencio de Dios, que nos hace quejarnos continuamente de no sentir junto a nosotros la ayuda de Dios en cualquier desgracia o dificultad: «¿por qué Dios me envía este enfermedad?», «¿por qué Dios permite la muerte de mi hijo?».

«¿Por qué tenéis tanto miedo? ¿Aún no tenéis fe?»

La mayoría de nuestros cristianos cree solamente en el Dios que vela, en el Dios que está siempre despierto a favor de ellos, en el Dios que está pronto a sacarnos de cualquier necesidad. Solamente creemos en el dios tapa-agujeros.

«¿Aún no tenéis fe?» La fe que Dios nos pide no es cualquier fe. No es la fe de aquellos que dicen: «todos creen en algo...».

Dios nos pide una fe en continua purificación, una fe que vaya profundizando en el misterio de Cristo, una fe que vaya perdiendo poco a poco las pretensiones de imponer a Dios mi voluntad, mi exigencia, para descubrir y aceptar cada vez más su voluntad sobre mí.

Se trata de tener fe no sólo cuando Dios vela, cuando Dios me ayuda. Tengo que fiarme también de un Dios que duerme, es decir, de un Dios que parece que no hace caso de mis oraciones, de mis gritos de socorro.

Esto es lo que dice Jesús a sus discípulos: vosotros me reprocháis que me desentiendo de vuestra necesidad, de vuestro peligro; yo os reprocho que no tenéis fe, que no vivís confiadamente en los brazos del Padre. Yo estoy dormido en medio del peligro porque sé que el Padre os ama más que vosotros os podéis amar.

La fe de la que carecen los apóstoles no se refiere a la persona de Jesús y a su poder milagroso. Es la fe en Dios Padre, en el amor y solicitud de Dios para con sus hijos; la fe que Jesús demostraba cuando dormía tranquilamente en la barca.

Para entender todo el sentido de este relato hemos de hacer memoria de otra tempestad: esa lucha sostenida por Cristo contra las potencias del mal y de la muerte en su pasión. Esa es la verdadera tempestad que amenazará con engullirlo. Entonces se cambiarán los papeles. Estarán los discípulos durmiendo, mientras Jesús lucha con la muerte. «Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad. Y adelantándose un poco caía en tierra y suplicaba que, a ser posible, pasara de él aquella hora. Y decía: «¡Abba, Padre! todo es posible para ti; aparta de mí este cáliz; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.

Viene entonces y los encuentra dormidos y dice a Pedro:Simón, ¿duermes? ¿Ni una hora has podido velar?».

Cuando el autor de la carta a los Hebreos medita esta oración de Jesús, nos transmite unas palabras que hemos de tener siempre presentes, porque nos revelan esa manera desconcertante que Dios tiene de salvar.

«Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas, al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado». Dice este texto que Cristo pidió a su Padre con gritos y con lágrimas que lo librara de la muerte y que fue escuchado, es decir, que lo libró de la muerte. Si Jesús murió en la cruz ¿cómo es que Dios lo libró? No evitándole la muerte sino haciéndole pasar a través de ella, pero como vencedor de la muerte, encontrando en ella y por ella la resurrección definitiva. Así nos sucederá también a nosotros en muchas ocasiones. A pesar de haber pedido a Dios con todas las fuerzas de nuestro corazón, que nos libre de una tempestad, de una desgracia, Dios nos librará haciéndonos pasar a través de ella. 


25. DOMINICOS 2003

 ¿Qué hacer en las tormentas de nuestra historia?
Si tuviéramos que dar un título a este domingo sería el de “Domingo de las tormentas”. Con dos sentidos distintos:

Primero: la tormenta como expresión de la dificultad, y dificultad fuerte, en el navegar de nuestra vida es algo normal, y lo es especialmente en la vida cristiana. Lo importante es que estemos subidos en la misma barca que Jesús.

Segundo: la tormenta es un momento teologal, desde la tormenta, en medio de ella, Dios habla y actúa. Como en el Sinaí, como en el caso de Job al que hace alusión la primera lectura, como en la tormenta en el lago Tiberíades. Dios no está ausente cuando las cosas se complican, más aún puede hacerse entonces más presente porque es cuando reclamamos su presencia y ayuda.

No hay tormenta más fuerte que la que trae la muerte, acaba con la misma vida, como acabó con la de Cristo. Pero incluso en esa tormenta, no producida por las fuerzas de la Naturaleza, sino de la ignorancia o maldad humana, fue más fuerte el amor; por ello Cristo logró su triunfo y también el nuestro hasta convertirnos en “criaturas nuevas”.

Esa segunda lectura es la que nos induce a aplicar reales criterios para valorar los momentos difíciles –tormentosos – de nuestra vida. No valen los criterios “humanos” que unen la dificultad al fracaso; sino los propios de la nueva creatura que diseña el evangelio, la de quien descubre en esa dificultad el poder y el amor de Dios, como lo experimentaron los discípulos en medio de la inminencia del naufragio.

Comentario bíblico:
La fe en medio de la lucha por el Reino


Iª Lectura: Job (38,1-11): En las manos de Dios
La primera lectura de hoy nos habla de la tempestad, del poder del mal, de las fuerzas de la naturaleza que, a veces, parecen desatarse y no hay nadie que las pueda contener. Sabemos que el libro de Job pone al prueba al creyente que se fía de Dios y no puede explicar por qué ocurren una serie de desgracias en el mundo. Job es ese tipo de persona que el autor del libro ha escogido para que se asombre; porque, a pesar de que no podemos explicar muchas cosas de las que pasan en el mundo, sin embargo, nuestro Dios pone sus propios límites a la naturaleza de las cosas y a la misma naturaleza humana. Ello implica que debemos asombrados de dónde estamos y de cómo somos. Nuestra vida, en definitiva, está en las manos de Dios, aunque algunos quieran pedirle explicaciones de por qué ha debido ocurrir así. Pero ¿acaso alguien se ha dado la vida a sí mismo? Job no encontrará otra respuesta que aceptar el poder de Dios frente a todo lo que existe. Y ello no es para abrumarnos, sino para saber que, por encima de toda desgracia, nuestro Dios nos espera con las manos abiertas.


IIª Lectura: 2ª Corintios (5,14-15): La muerte por amor
II.1. Este capítulo quinto de la carta (este texto sería la continuación del domingo 11) es uno de los más bellos y persuasivos porque en él Pablo nos habla del amor de Cristo que ha sido derramado sobre nosotros. Efectivamente, los vv. 14-17 son una reflexión cristológica centrada en la “theologia crucis”. Pablo habla (v. 14) del amor de Cristo que llega hasta la muerte en la cruz por todos. Se usa la fórmula tradicional del “uno por todos”, que es una metáfora de calado sustitutorio, vicario, que tanto ha de influir en la teología de la redención. Quizás lo más sorprente es la afirmación de que, como uno murió, “to­dos murieron”, cuando lo que podíamos esperar es algo así como “por eso todos viven”. Es esto último lo que se ha de entender, sin duda, tal como se expone en el v. 15. El sentido es que la muerte de Jesús “por nosotros” nos hace morir al pecado, a la enemistad y a la sinrazón de la vida. Para ello debemos recurrir a la teología de la muerte y resurrección que encontramos en Rom 6,1ss. La cristología soteriológica que nos propone Pablo, apoyado en fórmulas de fe tradicionales, es una cristología de solidaridad con la humanidad.

II.2. El Apóstol, pues, presenta la muerte de Cristo desde la eficacia del amor como comunión en su vida y en su resurrección. Con ello se quiere significar que lo negativo que pueda tener la muerte para nosotros ya ha sido asumido por Cristo, y que, desde entonces, no debemos tenerle miedo a la muerte, porque para nosotros queda la victoria de su resurrección. Hablar de la muerte siempre ha sido un reto humano y teológico. En esta carta, pues, Pablo se atiene a las consecuencias de lo que es inevitable. Cristo nos ha asegurado un triunfo por su amor. Por ello debemos ser hombres nuevos que, aunque pasemos por la muerte, nunca seremos destruidos o aniquilados.


Evangelio: Marcos (4,35-41): La fuerza del Reino nos libera
III.1. El evangelio de Marcos narra el episodio de la travesía del lago de Galilea después que Jesús ha hablado a las gentes en parábolas acerca del Reino de Dios. Es como si Jesús quisiera poner a prueba la fe de sus discípulos, a ellos que les explicaba el sentido profundo de sus parábolas. El lago, el bello lago de Galilea, en torno al cual se anuncia el evangelio, se convierte aquí en el misterioso y tremendo símbolo de una tormenta, que como en el caso del profeta Jonás 1, de donde se toman algunos rasgos del episodio, viene a aquilatar cosas importantes. Otras barcas le seguían, pero parece como si solamente quisiera centrarse todo en la barca donde estaban Jesús y los discípulos que había elegido. El mar de Galilea, a veces, es como una caldera hirviendo, por el viento. En la barca se muestran dos actitudes: la de Jesús que duerme tranquilo y la de los discípulos que están aterrados.

III.2. ¿Por qué esto? Porque Jesús sabe que su causa por el Reino de Dios debe levantar tormentas, como ésta del viento, que va a hacer temblar a los discípulos; Jesús está tranquilo porque confía en su causa, la causa de Dios. Es, pues, esta una escena pedagógica que pone de manifiesto una actitud y otra. Los discípulos son como Job, y no se explican muchas cosas que ocurren en la vida, llenándose de miedo. Jesús, que conoce la voluntad y el proyecto de Dios, se entrega a él con una gran serenidad porque sabe que ha de vencer, como de hecho sucede con su "conminación" a la tormenta. Los Santos Padres siempre interpretaron esta escena de la barca como una imagen de la Iglesia que debía pasar por estos trances, pero que siempre encontraría a su Señor a su lado para otorgarle la serenidad de la fe.

Miguel de Burgos, OP

mdburgos.an@dominicos.org

Pautas para la homilía

¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?

Miedo y espanto son los sentimientos de los discípulos, según el evangelio. Miedo ante la tormenta. Miedo al viento, a las olas. Se sienten solos y ven al Maestro indiferente al peligro que corren. El miedo, según los evangelistas, fue un sentimiento que reiteradamente acompañó a los discípulos en diferentes ocasiones.

El espanto ante el poder de Jesús. No se acostumbran a ver en su Maestro los poderes excepcionales que tiene. Aunque han visto cómo cura enfermos, expulsa demonios.... Su fe aún es débil y Jesús es un maestro más de los que andan por Israel.

La fe es el antídoto contra el pavor, contra sentirse aplastados por el mal. Porque la fe conlleva la esperanza de superar el mal, genera la audacia para levantarse contra él - la audacia -, incluso ante la evidencia de ser aparentemente insuperable. La fe evita todo cobarde fatalismo.

La fe cristiana es ante todo la convicción de que Cristo navega en nuestra barca, de su presencia en nuestra historia, de que no navegamos solos en los complicados mares de la vida. Porque la fe no se funda en unos dogmas que creemos, sino en una persona de la que nos fiamos. Decía san Pablo escribiendo a Timoteo: “Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino de valentía, de amor y de dominio de sí mismo”.


Nos apremia el amor de Cristo

Nos lo dice Pablo en la segunda lectura. Quien va en nuestra barca en medio de la tempestad es quien por amor ha dado todo por nosotros, bajó a nuestra tierra, se sometió a las fuerzas de la Naturaleza, a las duras maneras de reaccionar de los hombres y no se arredró ante el peligro, peligro de vida como realmente fue, porque nos amaba y nos ama.

Sólo el amor da el valor necesario para afrontar la dificultad. Como dice Pablo, debemos tener dominio de nuestros sentimientos, no dejarnos aplastar o esclavizar por aquellos que nos anulan, como el de cobardía. Para ello hemos de apoyarnos, más que en ideas, en otros sentimientos, sobre todo en el de amar. ¿De dónde surge el valor de la madre para defender a su prole cuando está en peligro, sino del amor maternal?

Jesús ha prometido estar siempre con nosotros “hasta la consumación de los tiempos”. Y no como simple testigo de los acontecimientos, sino para que seamos dueños de nuestra historia y no simple juguetes de los vaivenes de las olas de la historia, de los vientos fuertes que nos sacan de nuestro curso.

Para ello necesitamos descubrirle en nuestra misma barca, en el aparente silencio de lo que puede parecer indiferencia respecto a nosotros. Hora bien, esto sucede cuando no nos “acordamos de santa Bárbara sólo cuando truena”, como indica el dicho popular, sino cuando su presencia es sentida también en los momentos en que parece que no le necesitamos para nada porque todo nos va saliendo bien. El amor de Cristo debe apremiarnos, hacerse presente continuamente en nuestra vida, y conducirla en medio del mar de la historia, no siempre tranquilo.

Fray Juan José de León Lastra, O.P.

juanjose-lastra@dominicos.org.


26. Fray Nelson

Temas de las lecturas: Aquí se romperá la arrogancia de tus olas * Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado * ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

1. La arrogancia de las aguas
1.1 En la Biblia, el agua tiene un significado ambivalente: a veces trae la muerte, como en el diluvio, pero si ella falta tampoco es posible la vida. Esta doble relación aparece claramente en el sacramento del bautismo, que representa a la vez nuestra participación en la muerte de Cristo, para que estemos muertos al pecado, y en la resurrección de Cristo, para que vivamos para Dios.

1.2 En general, los hebreos no fueron buenos navegantes, como sí lo fueron sus vecinos los fenicios. Ante el agua los hebreos sentían una serie de temores que podríamos describir un poco con palabras como inseguridad, inestabilidad, fragilidad, impotencia o precariedad. En ese sentido todos podemos asociar algo de nuestras vidas con la experiencia del Pueblo de Dios. Cada uno puede preguntarse en qué circunstancias se siente firme y en qué momentos se siente naufragar.

1.3 En el breve texto de Job es importante destacar la manera como se describe a las aguas. Ellas son la imagen del poder del caos, y por eso en el relato del comienzo de la Biblia Dios "separa las aguas" (Génesis 1,6-7) antes de hacer la "tierra firme" (Génesis 1,9-10). La creación misma es "separar" en el sentido de dar un orden, ordenar. La anti-creación, la fuerza del mal, consiste en confundir, crear caos, hacer desparecer la nitidez que trae la Palabra.

1.4 De esta manera, la expresión "arrogancia de las aguas" refleja ese concepto del límite que Dios pone a todo lo que trata de ser caos o absurdo en nuestra vida. El desorden queda así limitado y confinado, de modo que llega a ser parte de un orden superior. El mal se ve obligado a proclamar el bien.

2. Cristo y la tormenta
2.1 A menudo se predica el evangelio de hoy diciendo que Cristo calmó la tormenta. Eso vale, por supuesto, si pensamos en las aguas de ese lago pero no es una descripción del conjunto de lo sucedido. A mí me gusta decir que Cristo cambió de lugar la tormenta: ya nos son las aguas las que se agitan: son los corazones de los discípulos.

2.2 Cristo viene a calmar y también a agitar. Trae respuestas que nos pacifican y preguntas que nos inquietan. Nos hace firmes pero también sacude nuestra sabiduría convencional. Su palabra refresca y quema a la vez. Su propuesta es increíblemente sensata y es la mayor locura de amor que se haya oído en esta tierra.

2.3 Así pues, no miremos a Jesús como un calmante. Es un profeta también; uno que vino a realizar la verdadera y profunda revolución, que no es destruir a los malos sino al mal.


27.

Fuente: Catholic.net
Autor: P. José Luis Díaz

“El huracán y la barca”

Hoy soplan vientos contrarios para la fe y para la vida de la Iglesia; pero es una buena prueba para despertar de la mediocridad y superficialidad a tantos creyentes. Unos se desalientan otros se escandalizan y hay quien pretende amainar la tempestad por sus propios medios. Yahvé salva a Job de la tempestad de la duda mostrándose como el Señor del mar y del universo (1ª lectura). Jesús increpa a los vientos y estos le obedecen, pero reprocha a los discípulos su cobardía y poca fe (Evangelio). ¿Cuál es nuestra actitud cuando sentimos que nos hundimos? El que no es de Cristo valora a las personas y las circunstancias con criterios humanos; pero el que vive con Cristo es criatura nueva, sabiendo que Él murió y resucitó por todos. (2ª lectura)


Mensaje doctrinal

1) ¿Quién puede dormir en la tormenta? La escena nocturna de doce hombres encorvados sobre sus remos, que luchan hasta el límite de sus fuerzas contra el furor de la naturaleza, nos hacen ver la gravedad del momento. Pero su simbolismo va más allá de la narración. La tormenta es imagen de las persecuciones que sufre la Iglesia y las luchas que cada alma tiene que librar contra las tentaciones y dificultades. Pequeñas y grandes tempestades: inquietudes, proyectos que no llegan a realizarse, dificultades en las relaciones con los demás, desgracias inesperadas. Puede sobrevenir la duda de que Dios se ha olvidado de nosotros; que “Jesús duerme”. Entonces nuestra fe comienza a vacilar y llega la desesperación. Pero podemos preguntarnos: ¿Con qué ojos vemos los acontecimientos de nuestra vida? ¿Con los de la fe, con los de la mentalidad que nos rodea, o con los de nuestro propio orgullo? “Cada vez que Cristo se duerme en la barca de nuestra vida, se desencadena la tempestad con todas las fuerzas del viento”. (San Pedro Crisólogo) ¿No será nuestra falta de fe que interpreta las adversidades como una conjura de todas las fuerzas naturales y sobrenaturales contra nosotros? Algunas situaciones nos llegan con tal violencia que humanamente parecen insoportables, pero entonces ¿Con cuánta fe hacemos oración como los apóstoles: “Señor, sálvanos que perecemos”?

2) ¿Qué milagros esperamos? Los milagros entusiasmaban a nuestros mayores y sus creencias se basaban en estas pruebas irrebatibles de la omnipotencia de Dios. Sin embargo Jesús se muestra renuente a dar pruebas. Los milagros que realizó, los hizo casi a disgusto, por piedad, por bondad, en secreto, recomendando silencio, sintiendo siempre que corría el riesgo de distraer la atención de otras cosas más importantes que quería revelar. Los judíos exigían señales en el cielo, el aplastamiento de los enemigos, la dominación universal. Nosotros también queremos milagros y estaríamos tranquilos con esa fácil solución. ¿Cuáles serían los motivos por los que Jesús seguía dormido en la tormenta? ¿No era acaso Él, el dueño del viento y de las aguas? El primer motivo de esta negativa es que una religión de milagros pondría a Dios al servicio de nuestros intereses y de nuestros caprichos. El papel de la religión es ayudarnos a despegarnos del mundo; pero las curaciones que esperamos, los éxitos temporales, el alivio en los sufrimientos harían que nos apegáramos más a esta vida que algún día tenemos que dejar. “Vosotros me seguís, decía Jesús, porque habéis comido pan y os habéis saciado”. El segundo motivo es que Jesús sabía que los milagros que realizaba sobre las cosas, distraían la atención sobre su persona. Las almas sinceras descubrían al Mesías a través de sus palabras, sus gestos, sus miradas. Las almas groseras y superficiales no se interesaban más que por los resultados obtenidos. El tercer motivo, el más importante es que el milagro físico es una revelación de poder. Pero Jesús no quería revelar de Dios más que el amor. El milagro que realizaba a través de los milagros era el de la revelación del amor de Dios hasta el punto de entregar a su Hijo único para salvar al mundo. Este milagro no lo entendemos cuando reclamamos: “Sálvanos que perecemos”. Jesús está ahí como dormido, tranquilo, silencioso, paciente. El motivo de nuestra fe está en ponernos en contacto real con aquel que está ahí dormido. Debemos ser capaces de creer en Él sin necesitar otros milagros que no sean el de su amor. En otras palabras: No buscar los milagros del Señor, sino al Señor de los milagros.

3) ¿Morir de miedo o vivir de fe? “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”. Este reproche nos sorprende, cuando creíamos que esa reacción ante el peligro era signo de confianza. Todos acudimos al Señor cuando nos sentimos amenazados por un mal. Jesús reprende lo que nosotros hubiéramos alabado. El nos revela que la oración de los apóstoles era, en realidad, una oración desconfiada, de inquietud, de duda, Si Él estaba allí no tenían nada que temer. No se puede perecer en compañía de Jesús porque Él puede salvarnos, aún durmiendo. Nos da miedo tomar en serio nuestra vida; es más fácil “instalarse y seguir tirando” sin atreverse a afrontar el sentido de la existencia. ¡Cuántos retroceden y se repliegan cómodamente en la pasividad cuando descubren las exigencias y luchas de cada día! Pero no se puede vivir a la deriva. Deberíamos escuchar con sinceridad las palabras de Jesús: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”. El miedo es el mayor enemigo de las personas, de la familia, de las comunidades. El miedo ha hecho mucho daño en la Iglesia porque paraliza, impide la creatividad, la aventura evangélica. Alguien ha dicho atinadamente: “Hay que tenerle miedo al miedo”.

El mayor pecado contra la fe es la cobardía; no nos atrevemos a tomar en serio todo lo que el Evangelio significa. Ballet hablaba de “la herejía disfrazada” de los que defienden el cristianismo, incluso con agresividad, pero no se abren nunca a las exigencias más fundamentales del Evangelio. A veces parece que Jesús duerme; son las noches de la fe. Es el silencio desgarrador y desesperante del Señor. También Jesús sufrió esa noche con respecto al Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt. 27,46) Este es el momento culminante de la fe, cuando a pesar de que nos envuelven las tinieblas confiamos en Él. Es el momento de la fe desnuda.


Para llevarlo a la vida

Haz una lista de tus “tormentas personales”. No te creas más débil o más pecador que los demás; más bien recuerda que “Él hace llover y salir el sol sobre buenos y malos” (Mt. 5,45) y que Él murió por todos. Sabemos que va en nuestra barca y nos dice: “Atrévete, llevas dentro de ti una reserva de energías divinas. Yo estaré contigo hasta el fin del mundo”. Tener fe es ser audaz y valiente y rezar con Santa. Teresa: “Nada te turbe, nada te espante… Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”.


28.

La confianza en Dios, auténtica fuerza en las tempestades; explica el predicador del Papa. Comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap., al pasaje evangélico del próximo domingo

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 23 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la liturgia del 25 de junio de 2006, XII Domingo del Tiempo Ordinario.

El Evangelio de este Domingo es el de la tempestad calmada. Al atardecer, después de una jornada de intenso trabajo, Jesús sube a una barca y les dice a los apóstoles que vayan a la otra orilla. Agotado por el cansancio, se duerme en popa. Mientras tanto se levanta una gran tempestad que anega la barca. Asustados, los apóstoles, despiertan a Jesús, gritándole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Tras levantarse, Jesús ordena al mar que se calme: «¡Calla, enmudece». El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Después, les dijo: « ¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?».

Vamos a tratar de comprender el mensaje que nos dirige hoy esta página del Evangelio. La travesía del mar de Galilea indica la travesía de la vida. El mar es mi familia, mi comunidad, mi corazón mismo. Pequeños mares, en los que se pueden desencadenar, como sabemos, tempestades grandes e imprevistas. ¿Quién no ha conocido algunas de estas tempestades, cuando todo se oscurece y la barquita de nuestra vida comienza a hacer agua por todas las partes, mientras Dios parece que está ausente o duerme? Un diagnóstico alarmante del médico, y nos encontramos de repente en plena tempestad. Un hijo que emprende un mal camino dando de qué hablar y ya tenemos a los padres en plena tempestad. Un revés financiero, la pérdida del trabajo, el amor de novio, del cónyuge, y nos encontramos en plena tempestad. ¿Qué hacer? ¿A qué podemos agarrarnos y hacia qué lado podemos tirar el ancla? Jesús no nos da la receta mágica para escapar de todas las tempestades. No nos ha prometido que evitaremos todas las dificultades; nos ha prometido, sin embargo, la fuerza para superarlas, si se lo pedimos.

San Pablo nos habla de un problema serio que tuvo que afrontar en su vida y que llama «un aguijón en mi carne». «Tres veces» (es decir, infinitas veces), dice, rogó al Señor que le liberarse de él y ¿que le respondió? Leámoslo juntos: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza». Desde aquel día, nos dice, comenzó incluso a gloriarse de sus debilidades, persecuciones y angustias, hasta el punto de poder decir: «cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Corintios 12, 7-10).

La confianza en Dios: este es el mensaje del Evangelio. En aquel día, lo que les salvó a los discípulos del naufragio fue el hecho de llevar a Jesús en la barca, antes de comenzar la travesía. Esta es también para nosotros la mejor garantía contra las tempestades de la vida. Llevar con nosotros a Jesús. El medio para llevar a Jesús en la barca de la propia vida y de la propia familia es la fe, la oración y la observancia de los mandamientos.

Cuando se desencadena en el mar la tempestad, al menos en el pasado, los marinos solían echar aceite sobre las olas para calmarlas. Nosotros echamos sobre las olas del miedo y de la angustia la confianza en Dios. San Pedro exhortaba a los primeros cristianos a tener confianza en Dios en las persecuciones, diciendo: «confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros» (1 Pedro 5, 7). La falta de fe que reprochó Jesús en esa ocasión a los discípulos se debe al hecho de poner en duda el que le «importe» su vida e incolumidad: «¿no te importa que perezcamos?».

Dios nos cuida, le importa nuestra vida, ¡y de qué manera! Una anécdota citada con frecuencia habla de un hombre que tuvo un sueño. Veía dos pares de huellas que se habían quedado grabadas en la arena del desierto y comprendía que una par de huellas eran las de sus pies y el otro par las de los pies de Jesús, que caminaba a su lado. En un cierto momento, un par de huellas desaparece, y comprende que esto sucedió precisamente en un momento difícil de su vida. Entonces se lamenta con Cristo, que le dejó sólo en el momento de la prueba. «Pero, ¡yo estaba contigo!», responde Jesús. «Cómo es posible que estuvieras conmigo, si en la arena sólo se ven las huellas de dos pies?». «Eran las mías --responde Jesús--. En esos momentos, te había cargado a hombros».

Recordémoslo cuando también nosotros sintamos la tentación de quejarnos con el Señor porque nos deja solos.

[Traducción del italiano realizada por Zenit]


29.

SEÑOR, SALVANOS QUE PERECEMOS

1. "Se levantó un fuerte huracán y la olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua" Marcos 4, 35. Una tarde de una jornada de intenso trabajo. Jesús sube a una barca e invita a los apóstoles a pasar a la otra orilla. Deshecho por el trabajo, él se duerme en popa. Mientras tanto, se levanta una gran tempestad, que arroja agua dentro de la barca, tanta que hasta casi se llena, el lago de Galilea es un pequeño lago; pero las borrascas son terribles, pues por la configuración geográfica de las montañas del entorno, se desencadenan de improviso. Muy preocupados, los apóstoles, despiertan a Jesús, gritándole: -«Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Habiéndose despertado, Jesús ordena al mar calmarse: «¡Silencio, cállate!» El viento cesó y se hizo una gran bonanza.

Cuando Jesús habló del Reino no lo comparó con un gran cedro, sino con el grano de mostaza. Hoy que la barca simboliza la Iglesia, no es un poderoso acorazado, sino una barca pequeña y humilde de pescadores. Las tempestades son las persecuciones. También la barca es cada hombre. La tempestad son los trabajos, fatigas, dolor, enfermedades, contrariedades, disgustos, fortuna adversa, humillaciones. Junto a esta barca en que va Jesús dormido, van otras de sus compañeros, que se encuentran con el peligro de un ambiente hostil, desproporcionadamente amenazador.

2. El liderazgo de Jesús dormido, parece desvanecerse ante la imponente grandeza de la furiosa tempestad. Dios permite la tribulación. La permitió en su propio Hijo: "¿El cáliz que me dio mi Padre, no lo he de beber?" (Jn 18, 11). Y los que se lo acercaban a los labios eran Judas, los fariseos, los escribas, movidos por el demonio: "Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas" (Lc 22,53).

3. Dios se hace el dormido mientras prueba a los que ama. "Administra medicina para sanar, no para matar" (San Agustín). "Yo, al que amo, reprendo y castigo" (Hb 12, 7). Dios prueba como Padre: ¿No estás en el número de los probados? Pues no estás en el número de los hijos. Un hombre a un niño que está jugando y haciendo daño le pega. Ese es su padre dice el padre Ribadeneira. "¿Qué padre hay que no corrija a su hijo? Si os exime de la corrección, será que sois bastardos y no hijos" (Rm 8,28). "Talaré sus viñas y sus higuerales" (Os 2, 14).

4. Cuenta san Juan de la Cruz un retazo de su vida: "En la oración me parecía que me arrojaban y me tiraban a un rincón". Doria, Vicario General, decreta su ostracismo. Y comenta el Doctor Místico: "Estas cosas no las hacen los hombres, sino Dios... Y donde no hay amor, ponga amor y sacará amor". Cuando el peligro arrecia, lo inmediato es pedirle cuentas al Señor, que nos ha dejado en tal situación: "<Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?>. Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: <¡Silencio, cállate!>. Y como un perro furioso que obedece a la voz de su dueño "el viento cesó y vino una gran calma". Y después, la enseñanza. "Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?".

5. Los Apóstoles habían contemplado muchos milagros ya a estas alturas. Pero aún no se fiaban en plenitud del Señor. Jesús les dijo»: ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?». La falta de fe de los apóstoles no consiste tanto en que han dudado del poder sino en que han dudado de su amor. Han puesto en duda que a Jesús se preocupara de ellos, de su vida y de su seguimiento: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos o que muramos. Nosotros sabemos qué terrible reproche se dirige a una persona amada cuando se le dice: «¡No te importa nada de mil» y qué profunda herida se le causa gritándole a la cara: “¡No me importa!”. Así se crea una distancia, un abismo entre sí y el abismo de la indiferencia. Martín Heidegger, ha analizado la idea del «preocuparse» o «tomarse cuidado» de alguien, viendo en el ideal más noble y desinteresado al que el hombre pueda aspirar. La estatura moral de una persona se mide por la capacidad que tiene de hacerse cargo de las personas y de las situaciones especialmente en los momentos difíciles. Nosotros mismos quedamos admirados, cuando vemos a alguien hacerse cargo de un subalterno suyo, defenderlo públicamente, arriesgar algo por él. Reconocemos todo esto como una verdadera grandeza moral. Especialmente, si quien actúa así consigue olvidar asimismo sus personales dificultades para pensar en los demás. Por este camino, Así se alcanza lo que llamamos heroísmo. Anoche en la cadena Cope emitieron la pelicúla "Diez fusiles esperan", basada en la Guerra carlista, en la que un amigo suplica al Coronel ser fusilado sustituyendo a su amigo, a quien juzga que ha desertado. El Coronel le muestra el cadáver del amigo que había cumplido su palabra de honor de volver, cuando hubiera cumplido el deseo del reo de visitar a su esposa que había alumbrado el primer hijo de ambos, empeñando su palabra de volver para ser fusilado. Cnmovedora la escena que pone de relieve la calidad humana del amigo dispuesto a dar la vida por su amigo, que constituye el amor más grande. Con aquella petición, los apóstoles han puesto en duda la capacidad o voluntad de Cristo de preocuparse o cuidar de las personas a él confiadas, su generosidad, su prontitud para favorecer a todos. Precisamente, eso era lo que caracterizaba su vida como el grado máximo y uno de los rasgos más bellos de su personalidad. Una vez Jesús se comparaba con el buen pastor, que se enfrenta al lobo para defender a su rebaño; (Juan 10, 11). En el momento en que vinieron para arrestarlo en el Huerto de los olivos, su única preocupación fueron sus discípulos; «Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos» (Jn 18,8). La travesía del mar de Galilea es la parábola de la travesía de la vida. El mar es mi familia, mi comunidad, mi mismo corazón. Son pequeños mares en los que se pueden desencadenar grandes tempestades. Cuando todo se nos oscurece y la barquilla de nuestra vida comienza a hacer agua por todas partes, mientras que nos parece que Dios está ausente o dormido. Una respuesta alarmante del médico Un hijo, que se ha descarriado y da hablar de sí. Un cambio financiero, la pérdida del trabajo, del amor del novio o del cónyuge. ¿Qué hacer? ¿A quién agarrarse y dónde echar el áncora? Jesús no nos da una receta mágica sobre cómo deshacer todas las tempestades en la vida. No nos ha prometido evitarnos todas difícultades; nos ha prometido, por el contrario, darnos fuerza para superarlas. San Pablo nos habla de un problema serio en su vida, porque dice que «me fue dado un aguijón en mi carne” {2 Cor 12,7). «Tres veces, es decir, infinitas veces, continúa san Pablo, rogué al Señor que se alejase de mí» (2 Cor, 12, 8) y me ha respondido. «Mi gracia te basta, que mi fuerza se realiza en la flaqueza (2 Cor 12,9).Desde aquel día, nos dice, comenzó a vanagloriarse de sus enfermedades, persecuciones y angustias: «Con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso, me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 2,9). Pero los apóstoles tampoco estaban seguros de su divinidad. Si Jesús es Dios, Dios es el que ha hecho el mar y "lo cerró con una puerta, cuando salía impetuoso del seno materno, y le puso nubes por mantillas y niebla por pañales y le impuso límite diciéndole: "Hasta aquí llegarás y no pasarás, aquí se romperá la arrogancia de tus olas". El grito de Jesús al mar: "Silencio. Cállate", es un paralelo del libro de Job 38, 1.

6. Si Jesús domina el mar como el Creador al principio, es que es Dios. Los discípulos espantados, dijeron: "¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!". El es el Creador y Señor del mundo, como le responde el mismo Dios a Job, que se atreve a pedirle cuentas de su comportamiento con él. El libro de Job reflexiona sobre el problema del mal en el mundo y Job no entiende su sufrimiento, que él cree que no merece y por eso se atreve a cuestionar a Dios. Discute con Dios. Expone los alegatos de su inocencia y el castigo inmerecido. Y termina: "Que responda el Todopoderoso, que mi rival escriba su alegato". Hasta que Job enmudece ante el misterio.

7. Dios contesta con la lectura de hoy. Ante el muro del misterio, en la barca de nuestra tribulación y tempestad, Jesús, tranquilo y en paz, dormido, pero presente a todas las tempestades, todo lo dispone o permite para bien, por amor (Ap 3, 19).Tantas veces nos sucede: ¿Por qué? ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Y sigue la enumeración de nuestras buenas obras que acreditan nuestra inocencia. Dios no da explicaciones a Job. Sólo afirma su omnipotencia, que se manifiesta en la naturaleza: "Contemplaron las obras de Dios, sus maravillas en el océano". Y Job tiene que confesar su ignorancia y renunciar a erigirse en juez del Señor. Y por fin, tras la noche oscura, amanece la aurora: "Apaciguó la tormenta en suave brisa, y enmudecieron la olas del mar" Salmo 106.

8. Lo que salvó a los discípulos del naufragio fue la presencia de Jesús en la barca, «se lo llevaron en la barca consigo». Y ésta es, también, para nosotros la mejor garantía en las tempestades de la vida. Tener con nosotros a Jesús. El medio para tener a Jesús dentro de la barca de la propia vida y de la propia familia es la fe, la oración y la observancia de los mandamientos. Cuando se desencadena una tempestad en el mar los marineros, en el pasado, solían echar aceite sobre las olas para aplacarlas. Echemos nosotros el aceite de la confianza en Dios sobre las olas del miedo y de la angustia. San Pedro exhortaba a los primeros cristianos a tener confianza en Dios en las persecuciones diciendo; «Confiadle todas vuestras preocupaciones, pues él cuida de vosotros» (1 Ped 5, 7). Dios nos «cuida», a él le «importamos» nosotros y ¡cómo! Un hombre soñó que veía dos pares de huellas, marcadas en la arena del desierto, y entendía que un par de ellas eran las huellas de sus pies y el otro el de los pies de Jesús, que caminaba junto a éL Llegado a un cierto punto, el segundo par de huellas desaparece y juzga que esto precisamente tiene lugar en correspondencia a un momento difícil de su vida. Entonces, se lamenta a Cristo, que le ha dejado solo en el momento de la prueba: «¿Cómo estabas conmigo, si sobre la arena no había más que las huellas de mis pies?» «Eran las mías, responde Jesús; en aquellos momentos te había llevado sobre mis espaldas!»

La intervención extraordinaria del Señor no nos autoriza a esperar milagros constantes. Debemos trabajar como si todo dependiera de nosotros, y esperar la ayuda de Dios como si todo dependiera de El. El no vendrá a reparar todas las consecuencias de nuestros fallos y cobardías. Ni nuestra ociosidad y despreocupación. Oremos como los discípulos: "Sálvanos, que perecemos". ¿Y si no se hubieran salvado? Se hubieran ido al fondo, pero con Jesús. Al final todo saldrá bien.

9. Jesús quiere que sus discípulos se planteen la cuestión de su divinidad. Cristo dormido, es profecía de Cristo que se despierta del sueño de la muerte, de su resurrección. En la catástrofe del Calvario, aquella turbulenta tempestad sobrecogió también a sus discípulos que se sintieron perdidos, y con la misión evangelizadora por delante. Puede que nos asuste el lanzarnos a actividades superiores a nuestras fuerzas, y que sintamos la tentación de quedarnos en el puerto y no arriesgarnos a meternos en alta mar, a remar mar adentro porque la barca, es decir, los medios con que contamos, nuestras moneditas, son pocas. Nos sentimos como un pobre tomillo desvalido y sin fuerzas ante el cedro poderoso, como David indefenso contra Goliat armado hasta los dientes. Cuatro cuartos y Teresa no son nada, pero cuatro cuartos, Teresa y Dios, mayoría absoluta.

10. Depositar nuestra confianza en el cedro oloroso y poderoso, sabiendo que, como Jesús, que ha hecho la travesía y con su poder, saldremos vencedores. Prenda de esa victoria es la Eucaristía, y la protección de la Estrella de los mares. Por eso, en la tempestad: "Mira la estrella, invoca a María".

JESUS MARTI BALLESTER


30.

Comentario al Evangelio: El Señor no duerme

Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, obispo de Huesca y de Jaca

HUESCA, sábado, 20 de junio de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario al Evangelio al XII Domingo Tiempo Ordinario, 21 de junio, "La tempestad" (Marcos 4, 35-40), escrito por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, obispo de Huesca y de Jaca.



* * *

Los discípulos que sienten miedo ante la tempestad mientras van en la barca con un Jesús que duerme. Habían estado disfrutando del inusitado éxito que la predicación de su Maestro tenía en el gentío, y habían gozado con la explicación detallada de las parábolas que a ellos les hacía después en privado. Todo era tan hermoso, pero Jesús les arranca de allí al atardecer para conducirlos la ribera opuesta. Por eso les dolía la aparente pasividad durmiente de Jesús. Era una tormenta bien real: fuerte huracán, olas que rompen contra la barca, agua que la llena hasta anegarla...; como real era el sueño de Jesús: en la popa, sobre un almohadón, dormido de veras. El testigo quedó impresionado y anotó un sin fin de detalles de aquella escena.

El discípulo de Jesús, entonces y siempre, no es el que tiene la vida más fácil, como si en el bautismo nos "perdonasen" la fatigas y el penar que toda andadura humana conlleva. La aventura de la fe no rebaja el realismo de la vida, ni camufla todo lo que ésta trae en positivo y en negativo. La novedad consiste en que la fe nos permite ver y vivir lo que vive y ve cualquier persona, pero con otro significado: el que se deriva del acontecimiento cristiano, el que aprendemos en la Persona y la Palabra de Jesús. Esto es lo que aporta la fe ante el dolor, la enfermedad, ante la misma muerte. Si no se tiene fe, o es insuficiente, entonces el cristiano vive su existencia como la puede vivir cualquiera: desde la euforia o la depresión, desde el miedo o la osadía, con pánico o con calma... todo depende del fugaz estado de ánimo o de la circunstancia.

Hay que leer este Evangelio descubriendo las tormentas que acechan nuestro camino, los nubarrones que amenazan el presente de la humanidad: ¿la violencia, la guerra, el paro, las mil infidelidades, la corrupción, la inseguridad, la debilidad de pensamiento...? Y ¿cómo reaccionamos? Porque hay gente que se tapa los ojos para no ver, o declina la responsabilidad e inculpa al gobierno de turno, a la Iglesia, o incluso a Dios. Pero también hay gente que afronta con serenidad responsable la construcción de un mundo nuevo, más allá de las nubes que lo asustan y atemorizan, y ponen lo mejor de sí para hacer una sociedad menos tempestuosa, que glorifica a Dios y dignifica al hombre. Gente que sabe que Jesús está en la misma barca, y que nos encamina a la otra orilla, al puerto seguro. Esta es la sabiduría de los muchos santos que en el mundo han sido: haber descubierto que ante las tremendas tempestades de la vida, el Señor no está ausente ni dormido, sino que actúa en nuestra libertad, en nuestras manos desatadas de cualquier esclavitud y en nuestro corazón despierto de cualquier dormidera.

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