30 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO XII DEL CICLO B
(12-22)


12.

Corren malos vientos. Unos pocos se han apoderado de Jesús y se lo han llevado; lo quieren para ellos solos... Y la barca de Jesús está a merced de las olas. Corren malos vientos, y como Jesús no lo remedie la barca naufraga...

AL OTRO LADO

Jesús había dejado establecido que el reino de Dios, el proyecto que él había venido a poner en marcha, estaba abierto a todos los hombres: un árbol no muy alto, pero con anchas ramas, a cuyo abrigo pudieran cobijarse todos los pájaros del cielo. Y no deja pasar el tiempo para poner por obra lo que, en teoría, ya estaba claro: "Crucemos al otro lado", dice a sus discípulos, indicando la ribera oriental del lago de Cafarnaún, tierra de paganos. Jesús ya había entrado en contacto y había aceptado en su grupo a personas que, desde el punto de vista religioso, no eran consideradas como pertenecientes al pueblo de Dios: Leví, el de Alfeo, recaudador de impuestos, es uno de los ejemplos que elige Marcos (2, 14) para dejar testimonio de este hecho, y otros muchos recaudadores y descreídos que se sentaban a la mesa con Jesús, con gran escándalo de los fariseos (Mc 2,15-17). Pero ahora se trata de hacer una visita a quienes no son israelitas ni desde el punto de vista religioso ni en cuanto a la raza.

SE LO LLEVARON

El grupo de seguidores de Jesús que desde siempre habían sido israelitas ortodoxos parece que entendieron su proyecto sólo a medias. El evangelio no dice, al menos directamente, si se llevaban bien o mal los dos grupos (los que habían sido buenos israelitas, a los que Marcos llama "los discípulos" o "los doce", y el resto de "los que estaban con él", que habían sido considerados, y todavía lo eran para muchos, como gente de mal vivir); pero lo que es cierto, por lo que se puede adivinar en este episodio, es que había una cierta desconfianza de los buenos de siempre hacia el otro grupo. Y los buenos de siempre no creyeron oportuno que personas que no tenían una buena reputación asistieran a la presentación en el extranjero del proyecto de Jesús: la ocasión, pensarían, era suficientemente importante como para que las cosas se hicieran como se debía. Y para evitar fallos... secuestraron a Jesús: "Dejando a la multitud, se lo llevaron tal como estaba, en la barca, aunque otras barcas estaban con él." Así podrían ellos controlar que la presentación del reino de Dios a los paganos se hiciera de acuerdo con las más puras tradiciones de su pueblo. En realidad, lo que pretenden es monopolizar a Jesús e incluso manipularlo. En este momento lo que de verdad quieren es anunciarse a sí mismos, subordinando la radical novedad del mensaje de Jesús a su mentalidad y sus tradiciones, a las que no estaban dispuestos a renunciar de ningún modo. Después, cuando reciban el Espíritu, tras completar un largo proceso de conversión, darán la vida por fidelidad a Jesús; pero, en este momento, su actitud puede tener consecuencias muy graves: están poniendo en peligro la misión de Jesús y la realización del proyecto de Dios para la humanidad: "Sobrevino un fuerte torbellino de viento; las olas se abalanzaban contra la barca, y la barca empezaba ya a llenarse."

MALOS VIENTOS

" ...él se había puesto en la popa, sobre el cabezal, a dormir. Lo despertaron y le dijeron:

-Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Una vez despierto, conminó al viento diciéndole al mar:

-¡Silencio, estate callado! Cesó el viento y sobrevino una gran calma. El les dijo:

-¿Por qué sois cobardes? ¿Aún no tenéis fe?"

Naturalmente. Si el proyecto consiste en convertir este mundo de hermanos, no se puede empezar con exclusiones. Por eso su acción amenaza con arruinar toda la misión de Jesús. Esa amenaza está representada por la violencia del viento que de pronto se levanta y que hace peligrar la estabilidad de la barca. No se trata de una casualidad: el mal viento (el mal espíritu) lo llevaban ellos dentro: era su exclusivismo, su dogmatismo, y eran sus métodos. Era que, creyendo estar bien con Dios, se sentían muy seguros de sí mismos y despreciaban a los demás: estaban contaminados con la ideología (la levadura, dirá Jesús poco después) de los fariseos (Mc 8,15; véase Lc 18,9). Por eso Jesús se desentiende de la travesía, y por eso, con Jesús ajeno, la barca no puede navegar y está a punto de hundirse. Los discípulos han actuado por su cuenta y riesgo, no han contado con Jesús y han intentado monopolizarlo y manipularlo. Es cierto que Jesús escogió a doce de ellos como símbolo del nuevo pueblo de Israel; pero eso no les daba derecho a convertirse en jueces del resto de los seguidores de Jesús y a considerarse como los únicos con derecho a compartir su misión. Su actitud es tan peligrosa que, como Jesús no lo arregle, todo se va a ir a pique. Pero Jesús sólo actuará cuando le devuelvan la iniciativa.

Esa es la tormenta que Jesús tiene que calmar, y ésa es la falta de fe que reprocha a los discípulos que lo habían secuestrado. Por eso Jesús calma el mar y el viento con las mismas palabras con las que hace callar a los espíritus inmundos.

No olvidemos que el evangelio no se escribió para criticar los hechos del pasado, sino para enmendar el presente y prevenir el futuro: "donde hay un cristiano, hay humanidad nueva; lo viejo ha pasado..." (2 Cor 5, 17).

R. GARCIA AVILES/B.Pág. 160ss


13.

Las tempestades, imprevistas y furiosas, son también un elemento característico de este lago, que es como un barreño encajonado por tres lados en medio de las montañas Los vientos del suroeste se enfilan en aquel embudo a través de la abertura meridional y desencadenan borrascas violentas, levantando olas cortas e impelentes.

Los pescadores, incluso los más endurecidos por la experiencia, temen estas tempestades y andan con mucha cautela. Aun hoy "y no obstante el progreso en su equipamiento, dudan... de emprender la travesía cuando existe amenaza de viento" (X. L. Dufour).

Además, las paredes escarpadas hacen de caja de resonancia y el aullido de la tormenta asume tonos temerosos. El lenguaje hebreo (y el árabe) tiene una expresión típica: el viento no aúlla, como decimos nosotros, sino que ladra como si fuese un perro. En este contexto adquiere un relieve particular el verbo usado por Jesús " ¡cállate! ", que se traduce literalmente por ponte el bozal.

Jesús ha sido colocado en popa, el puesto que normalmente es asignado al huésped importante. Le han puesto bajo la cabeza un cabezal, más o menos embutido, forrado en piel, o quizás, más probablemente, una alfombra, una estera, o el banquillo de madera que usa el timonel (quien también está en la parte posterior de la barca, para controlar sus movimientos).

Es la única vez, en el evangelio, en que es presentado Jesús mientras duerme. Y acontece en una circunstancia dramática, cuando no debería dormirse.

El sueño es la consecuencia normal de una jornada fatigosa como la que habían pasado.

Pero el sueño de Jesús expresa también su serena confianza en la capacidad de los "suyos". El ha cumplido su cometido. Ahora les toca a ellos. ¡Qué caramba, son de este oficio!.

"Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?".

Algún comentarista ve un "matiz" de reproche. Para ser un matiz es más bien acentuado, hasta traspasar la línea de los buenos modales.

"Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago..." Jesús se dirige a los elementos inanimados como si estuviese interpelando a personas.

La cosa no debe sorprender. Tengamos presente, en efecto, que, según una cierta mentalidad de la que la Biblia con frecuencia se hace eco, el mar era considerado como "el receptáculo de las fuerzas del mal que Dios sólo puede domar" (J. Radermakers). Es el lugar donde habitan y se desencadenan las potencias demoníacas.

Así pues, el gesto de Jesús indica el poder de Dios, que manda también al mar y exorciza la fuerza infernal que está encerrada dentro.

Más allá de los simbolismos, los discípulos toman nota de la lección: las fuerzas del mal obstaculizan por todos los medios la difusión del evangelio. La evangelización pasa necesariamente a través de las tempestades, oposiciones, rechazos (¡he ahí la travesía!). Y también la comunidad primitiva, a la que Marcos se dirigía, o sea la iglesia de Roma, sacudida por la tempestad de la persecución, es invitada a reflexionar en que "es portadora" de una fuerza, que, aunque revestida de debilidad (el sueño de Jesús), puede vencer todas las fuerzas hostiles.

"Y les dijo: "¿Por qué sois tan cobardes?"".

Después de haber conminado a la tempestad, ahora Jesús reprocha a sus discípulos por su miedo.

"¿Aún no tenéis fe?".

La fe, de la que carecen los apóstoles, no se refiere a la persona de Jesús y a su poder milagroso. Es la "fe en Dios, en la solicitud del Padre: la que él demostraba cuando dormía tranquilamente sobre el cabezal" (V. Taylor).

Así, el sueño de Jesús se carga de otro significado, además del inevitable cansancio físico y de la confianza en sus hombres: "descubrir, a través de su silencio, de su aparente ausencia, la presencia de aquél que todo lo puede" (X. L. Dufour).

Cierto, también aquí Marcos juega con el efecto-contraste: los apóstoles reprochan a Jesús su "desentenderse" del drama que les embiste. Y él da la vuelta al reproche. Y denuncia su "desentenderse" respecto al abandono confiado en el Padre.

Pero, al mismo tiempo, Jesús orienta la mirada de los apóstoles llevándola de la atención a su poder, que domina las fuerzas adversas de la naturaleza, a aquel otro poder -del que ellos desgraciadamente están desprovistos-, que se llama fe.

Y sólo abriéndose paso a través del miedo, es cuando la fe puede alcanzar la tierra de la libertad y afrontar al enemigo en su mismo terreno.

- No. Tener a Cristo en nuestra barca no significa estar seguros de que todo irá bien, a pesar de la tempestad.

Significa estar convencidos de que todo marcha muy bien en medio de la tempestad. No se llega a puerto a pesar de la borrasca, sino a través de la borrasca.

Jesús no nos asegura contra los riesgos del viaje, no nos garantiza el "tiempo estable". Nos pide un puesto, y basta.

...Quizás olvidemos que el fin, el destino de nuestro viaje es él.

Los apóstoles no llegaron cuando tocaron la otra orilla, sino en el mismo momento en que han subido a Jesús a la barca.

(...Y además, ¿quién ha dicho nunca que la barca sea nuestra?).

El episodio de la tormenta calmada nos remite a la lucha sostenida por Cristo contra las potencias del mal y de la muerte en su pasión. Aquella será la verdadera tempestad y caerá sobre él y que amenazará con engullirlo junto con sus discípulos temerosos y vacilantes. Entonces se cambiarán los papeles.

Estarán los discípulos durmiendo, mientras Jesús vela y lucha.

Pero aquel será un sueño culpable, el sueño del desentenderse, de la no participación en la aventura.

El sueño de Cristo significa una ausencia-presente.

Mi sueño, con mucha frecuencia, es una presencia-ausente.

Con Jesús se corre siempre el peligro de equivocarse, incluso en el modo de dormir.

- Recientemente los teólogos han inventado la "teología de la muerte de Dios".

A través de todo el antiguo testamento -especialmente en los salmos-, además de la narración del evangelio que hemos comentado, se puede conseguir una "teología del sueño de Dios".

Si quisiéramos reconstruirla, se podrían lograr desarrollos interesantes.

Desde mi perspectiva me limito a subrayar cómo las dos teologías, en el fondo, nos ayudan a purificar la idea que nos hacemos de Dios, de su acción, de sus manifestaciones.

La fe exigida no es cualquier fe (los que dicen: "todos creen en algo...").

Es sólo aquella fe que, en continua purificación, en un profundizar a la luz del misterio de Cristo, pierde poco a poco las pretensiones de imponer a Dios los modos de intervención ligados a nuestros esquemas, a nuestras exigencias, para aceptar sus comportamientos que desmienten regularmente nuestras esperas y destruyen las imágenes que hemos fabricado.

Se trata de tener fe no sólo porque Dios "vela".

Es necesario fiarse también de un Dios que "duerme".

ALESSANDRO PRONZATO
PAN-DOMINGO/B.Pág. 170 ss


14.

El mar enfurecido es una imagen de la Judea de entonces, en la que se agitaba y ardía la pasión, y la incredulidad se precipita contra la barquilla de los discípulos para hacerle zozobrar y aniquilar el piloto, Cristo. ¿Qué hace el Señor en este momento de terrible angustia, en que los suyos esperan realice un milagro? Duerme, muere en la cruz. Como antaño en el lago, también al morir Cristo los discípulos se acongojan, llenos de angustia y de duda: "Nosotros esperábamos que sería El quien iba a redimir a Israel" (Lc 24, 1). ¿No se parece esta frase a aquel angustioso grito en alta mar: "¡Señor, sálvanos!"? (Mt/08/25). Pero el Señor se levanta del sueño de la muerte; manda a la tempestad y renace la calma. La angustia de los discípulos desaparece con la resurrección del Señor, y la incredulidad se transforma en fe. "¿Por qué sois tan tímidos?" (Mt 8, 26), dijo en el mar. Y ahora les dice: "Yo soy, no os turbéis" (Lc 24, 36), y tranquiliza sus dudas. "Se hizo gran bonanza" (Mt 8, 26); así termina la narración de la tempestad en el mar. Y después de la resurrección, "la paz sea con vosotros" (Lc 24, 367) es el saludo del Resucitado.

E. LOHR-E/2.Pág. 367


15. 

Ahora Jesús sube a la barca y lo acompañan sus discípulos. En medio del mar se levanta la gran tempestad, como con frecuencia se forma allí, en el largo de Genesaret, rodeado de montañas, y pone en peligro la pequeña barca de pesca, poco apta para efectuar travesías. Las tormentas se encajonan en la hondonada, agitan profundamente el mar y hacen casi imposible el gobierno de la embarcación.

"Señor, sálvanos que nos hundimos". Un llamamiento de desesperación pero también de confianza.

Nos hundimos: literal y espiritualmente. Nos vamos a pique, perecemos, estamos en un trance mortal, nuestra vida está al borde del abismo y está llegando a su fin, se ha perdido toda esperanza.

"¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?" En esta situación se encuentra a menudo el discípulo de Jesús. Cree, pero no íntegramente, espera ayuda, pero no toda la ayuda. No se sabe enteramente a salvo en las manos salvadoras del Padre.

"¿Qué clase de hombre es éste?". ¿Quienes son los que preguntan: los discípulos, los que están en la orilla o en general los hombres?. La gente se asombra. Le obedecen los elementos igual que los demonios y las enfermedades. ¿No tiene que obedecerle también el hombre, sí Jesús tiene tal poder? ¿No es realmente Señor y Maestro? ¿No es también el Señor de mi vida?

El seguimiento es una llamada para dejar los compromisos terrenos y tomar un solo compromiso, el que se toma con el Señor.

Eso vino a ser el acontecimiento del lago. En él tuvo lugar un tercer desprendimiento: el desprendimiento de la confianza en las propias facultades.

El discípulo debe seguir a Jesús incondicionalmente y contar sólo con él. Deja la seguridad de las cosas - de las personas - de sí mismo.

Vivir de esta fe. Desde los comienzos raquíticos debe llegar a la confianza ilimitada, desde la fe escasa hasta la plenitud de la fe.


16. Mt 8, 23-27

Dice el texto que "sus discípulos lo siguieron". Esta frase, que no se encuentra en Mc, tiene una gran importancia en la narración de Mt, presenta el rasgo esencial que define al discípulo de Jesús: seguirlo. Y lo mismo que aquellos discípulos, todos los discípulos, la Iglesia. De hecho, el verbo "seguir" en los evangelios es utilizado únicamente cuando el objeto del mismo es Jesús. Indica la unión del discípulo con el Jesús de la historia, participar en su destino, entrar en el Reino mediante una pertenencia a Cristo por la obediencia y la confianza. La confianza nace de la fe o tal vez mejor, la fe tiene una esencial dimensión en la confianza.

La actitud de los discípulos resulta desconcertante. Por un lado creen que Jesús tiene poder suficiente para calmar el mar y que no se trague la barca; por otro, temen el hundimiento. El poder de Dios está en Jesús; ellos los ven y sin embargo, se extrañan cuando lo manifiesta. Eso no es lo propio del discípulo. El asombro, el desconcierto ante una cosa que no esperaban y que, sin embargo, sabían que podría ocurrir, es la actitud, no del discípulo, sino más bien del medio creyente.

El dormía. Sí, es difícil creer en Dios. Dios duerme!... Dios parece callar. Parece que no le preocupa ni siquiera su propia causa: ¿Por qué no se manifiesta para calmar las "tempestades" en las que su Iglesia parece naufragar? ¿Por qué, Señor, no intervienes en mi vida para salvarme de tal o cual cosa?


17. AGUA/SIGNO:

-El viento y las aguas le obedecen (Mc 4, 35-41)

Significaría limitar considerablemente la significación de la lectura que se nos propone hoy si la redujéramos a la demostración del poder de Cristo sobre los elementos. Hay que ir mucho más allá.

Para comprender mejor el texto sometido hoy a nuestra consideración, hemos de considerar detenidamente lo que significan el agua y el mar en la Escritura.

Ya en el Génesis, el agua debe ser dominada, a fin de que pueda realizarse la creación del mundo (Gn 1, 6-10). El salmo 94, 5 canta al Señor que ha hecho el mar y todo cuanto éste encierra (Cf. Sal 145, 6; Am 5, S; Jon 1, 9). Es el Señor quien ha determinado sus límites, quien ha encerrado el mar con doble puerta (Job 38, 8), quien le ha puesto límites (Prov 8, 29). El tema del agua que el Señor hace brotar y de la que nacen tantos animales, según la cosmogonía antigua; el agua que el Señor divide con su poder, como ocurre en el Éxodo, y en la que viven tantos monstruos marinos, incluido Leviatán, a quien Dios creó "para jugar con el" (Sal 103, 26); el tema del agua, repito, y el tema del mar han sido siempre muy del agrado de los hombres de la Biblia, muchos de los cuales son pescadores. Tienen del agua y del mar una concepción grandiosa. El salmo 106, que se canta como responso a la primera lectura, constituye un admirable poema del mar y expresa su esplendor y, al mismo tiempo, esa especie de terror sagrado que inspira.

De este modo se comprende mejor el estupor que se apodera de los apóstoles, aterrados por la tempestad, cuando ven cómo ésta es calmada por Jesús. También expresan su admiración, de un modo que Marcos formula con una interrogación pero que constituye más bien una alabanza: "¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!" Si somos capaces de entender como es debido lo que el mar significa para los discípulos, comprenderemos mejor la alabanza con que se cierra esta perícopa evangélica.

Este relato es hoy, para nosotros, de gran valor. Estamos dispuestos, en teoría, a reconocer la divinidad de Cristo y el poderío de Dios; pero, ¿no hay circunstancias en las que nuestro instinto de hombres desconfiados se apodera de nosotros?

El sueño de Jesús durante la tempestad desempeña un importante papel en el relato. Para aquellos hombres, la tempestad es el mayor peligro que conocen. Posteriormente, nuestros modernos descubrimientos han multiplicado las posibilidades y la amplitud de las catástrofes. Pero para los apóstoles la tempestad constituye el peligro más angustioso que se pueda imaginar. El Señor, no obstante, duerme en el fondo de la barca. Los apóstoles manifiestan su terror: "Maestro, estamos perdidos". Y no pueden evitar hacer un reproche a Jesús: "¿No te importa que nos hundamos?".

D/SILENCIO: Situémonos ahora en nuestra época. Jesús duerme, Dios no se ocupa de nosotros, que estamos metidos en la tempestad. ¿Cómo puede Dios tolerar las abominaciones que se han producido y siguen produciéndose? ¿Cómo puede tolerarse su no-intervención, tanto más cuanto que, si es Dios, debe ser bueno? Son preguntas e indignaciones que se nos plantean todos los días, incluso entre los cristianos. Dios duerme.

La respuesta de Jesús es dura: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?" Y, de hecho, Cristo, en el momento de su pasión, hallará en sus discípulos una fe tan débil, que Pedro no tendrá el valor de confesarla. En el momento de su resurrección encontrará las mismas vacilaciones con respecto a la fe en el advenimiento de la salvación y de la vida nueva. Los Padres de la Iglesia vieron en esta barca sacudida por la tempestad la imagen de la Iglesia misma. Y ¿no es cierto que en determinados momentos se ha podido creer que Jesús dormía en la barca que es su Iglesia, sin aparentemente reaccionar? Hay, pues, en todo esto (y Jesús lo declara personalmente) un problema de fe. Volveremos sobre ello cuando tratemos de responder a las preguntas que nos planteamos, o que nos son planteadas, acerca del aparente sueño de Cristo, actualmente, en nuestras tempestades.

-Aquí se romperá la arrogancia de tus olas (Job 38, 1. . . 11)

Job es el prototipo del hombre sometido a todo tipo de sufrimientos. Sus amigos no comprenden en absoluto su situación y le incitan a rebelarse contra el Señor. Este se le aparece a Job en medio de la tempestad. La aparición del Señor nos permite comprender mejor lo que significan para el hombre de la Biblia el mar y la tempestad. Ya lo hemos subrayado más arriba. Aquí el Señor recuerda que es él quien ha creado los océanos. Es admirable la composición literaria de este pasaje; y no menos admirable es su teología. Es el Señor quien ha creado el mar, quien le ha puesto límites; es él, además, quien hace cesar su movimiento: aquí se romperá la arrogancia de tus olas.

FE/ESCANDALO: El Señor es, por consiguiente, creador y dueño del universo. Pero no podemos detenernos en esta visión cosmogónica. El Señor lo dirige todo; la vida de cada hombre y todo lo que nos sucede depende de su Providencia. Es aquí donde se plantean los problemas que veíamos hace poco. Confesemos que no pueden tener respuesta sino en la fe: ¿Por qué el sufrimiento de un niño? ¿Por qué la muerte de un joven padre de familia? ¿Por qué la riqueza de gentes deshonestas y la pobreza de gentes honradas? Son problemas que parecen favorecer la tesis de un Dios que duerme sin preocuparse de los hombres.

De hecho, andamos faltos de fe. Dios sabe lo que hace; sabe lo que deja que se haga al no intervenir siempre de un modo visible e inmediato contra la malicia de los hombres. El tiempo es suyo, suya es la justicia y suya es, sobre todo, la santificación de los hombres porque, al permitir la prueba y el sufrimiento, hace posible que la fe y la incondicionalidad crezcan en aquellos que han decidido seguirle. Sólo la fe es la respuesta... Pero ¿puede la fe decepcionar? Los decepcionados lo están porque no tienen confianza...

El salmo 106 elegido como responso expresa maravillosamente la omnipotencia del Señor:

Apaciguó la tormenta en suave brisa
y enmudecieron las olas del mar...
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.

NOCENT-6.Pág. 45-47


18.

1. «¿Quién cerró el mar con una puerta?».

El mar creado por Dios parece tener preponderancia sobre la tierra; para muchos pueblos antiguos su poder salvaje e informe era algo así como un caos antidivino. Pero en la primera lectura Dios muestra a Job que ha puesto límites a esta aparente superpotencia: lo que salía impetuoso del seno materno Dios lo envolvió -como a un niño de pecho- entre mantillas y pañales; a la furia del mar se le impuso un límite «con puertas y cerrojos». Para Job esto significa que si Dios puede dominar estas potencias de la naturaleza, cuyas fuerzas superan infinitamente a las del hombre, tanto más podrá domeñar y dirigir el destino del hombre.

2. «Las olas rompían contra la barca».

Y ahora el evangelio nos muestra que este poder, que es capaz de domeñar las fuerzas de la naturaleza, le ha sido dado también al Hijo del hombre, que lo posee hasta el punto de poder dormir tranquilamente en la barca en medio de «un fuerte huracán»: Jesús descansa seguro bajo la protección de su Padre, que vela por su vida y su misión, y no permite que una fuerza de la naturaleza las domine. Y cuando a instancias de sus discípulos, que están muertos de miedo, increpa a la tempestad con estas palabras: «¡Silencio, cállate!», no lo hace para mostrar su poder o porque también él tenga miedo, sino para tranquilizar a sus discípulos, que tienen tanto miedo como poca fe: «¡Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?». Pero la escasa fe de los discípulos no debía limitarse a milagros de este tipo, sino que debía extenderse a los milagros mucho mayores inherentes a la misión de Jesús: él había venido al mundo para aplacar una tempestad mucho mayor, el caos de nuestro pecado; y esto mediante su muerte en la cruz, algo que ciertamente lo eleva por encima de todos los «criterios humanos» y nos permite ahora preguntarnos realmente: «¿Pero, quién es éste?».

3. La segunda lectura supone esta fe plena, que reconoce que Jesús escapa a todos los criterios humanos porque ha realizado el mayor milagro posible: el de «morir por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos». Con ello a los hombres no solamente se les devuelve la seguridad en su antigua vida mortal, como ocurre en el milagroso episodio de la tempestad calmada, sino que, si «si viven en Cristo», son insertados en una «nueva creación» en la que «lo viejo ha pasado y ha llegado lo nuevo». La tempestad del lago fue calmada a causa de la poca fe de los discípulos, para que éstos comenzaran a tener fe en Jesús. La muerte en la cruz, que calma una tempestad mucho peor, exige a todos los cristianos, incluso a los más timoratos, «no vivir ya para sí mismos»

BALTHASAR-2.Pág. 175 s.


19.

1. La dura fe en el ausente

El evangelio de hoy es, sin duda alguna, una de las páginas más dramáticas y vigorosas de Marcos, el evangelista que, más que ningún otro, subraya el poder maravilloso que tiene Jesús, el Hijo de Dios.

En la escena descubrimos varios elementos o momentos:

Primero, la tormenta que pone en peligro la vida de los apóstoles, mientras Jesús duerme.

Segundo, ante la llamada desesperada de los apóstoles, Jesús calma la tempestad con su sola palabra; impone «silencio y calma».

Tercero, Jesús reprocha a los suyos su miedo, su cobardía y su falta de fe. Ellos sólo atinan a preguntar: "¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen?"

Hoy nosotros podemos leer e interpretar esta página evangélica de muy diversas formas.

Por un lado, cabe suponer que se trata de un relato fantástico, muy del agrado de los antiguos romanos a quienes se dirigía el texto, pero que a nosotros ya no nos dice casi nada o muy poco.

En efecto, ahora conocemos bastante bien las leyes de la naturaleza, y nos puede parecer un absurdo que un fuerte viento y la correspondiente tempestad se calmen de repente por arte de magia.

Por otra parte, el hombre moderno perfecciona cada día su técnica como para producir mayores «milagros», como pasar en submarino por debajo del polo, o llegar a la luna, o comunicarse con cualquier habitante del planeta en cuestión de instantes, etc. Por otro lado, podemos permanecer encandilados por el relato, como cuando un niño pequeño escucha un cuento de hadas o las aventuras de un héroe legendario, y pensar que en torno a Jesús se vivía un clima semejante.

Podemos así envidiar a los apóstoles, que pudieron gozar de semejantes espectáculos, y lamentarnos de que hoy Dios ya no nos deleite de la misma forma. En este caso, el evangelio de hoy sería una interesante historia pasada que lamentamos no vuelva a repetirse...

Pero yo supongo que no todos estarán satisfechos con estas dos formas de interpretar el Evangelio se Marcos.

Tenemos derecho a pensar que, si hoy se no se lee esta página, es porque algo tiene que decirnos, algo que tenga valor y sentido; algo que sea realmente palabra de Dios y no simple elucubración científica o mágica.

En efecto, el mismo Pablo nos dice en la segunda lectura de hoy que ya no podemos mirar o conocer a Cristo con criterios puramente humanos; es decir, que al tratar de meditar acerca de los relatos que de él nos traen los apóstoles o evangelistas, hemos de procurar verlos con otros ojos, con más profundidad, ya que es algo muy distinto de leer una historieta o un anecdotario. No podemos quedarnos con la idea exclusiva de que Jesús fue un gran héroe que realizó ciertas hazañas, o una especie de «supermán» que con gestos espectaculares dejó atónitos a sus seguidores.

El mismo Marcos comenta -tal como lo hace con ocasión de otros milagros- que hasta los apóstoles se quedaron atemorizados y todavía no llegaban a comprender quién era este Jesús, con cuya presencia se estaban familiarizando, pero cuya honda dimensión nunca terminaban de descubrir.

Nos parece, pues, que Marcos, con este relato aparentemente espectacular y simple en su esquema, nos quiere introducir en cierto mensaje más profundo y oculto en primera instancia. Y las mismas palabras de Jesús parecen avalar esta suposición, ya que no se preocupa por la tormenta ni por el milagro, sino por el miedo de los apóstoles y por su falta de fe.

Este evangelio está relacionado, pues, con la fe, pero una fe tal que nos impida recibir de nuevo el reproche de Jesús: «¿Por qué tenéis miedo?» Jesús parece decirles a los suyos: Porque no tenéis fe, por eso tenéis miedo...

Sin embargo, aquí tropezamos con la primera dificultad: ¿Acaso no era razonable el miedo de los apóstoles? En efecto, Marcos nos relata cómo se desencadenó un gran temporal, a tal punto que las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Cualquiera de nosotros sentiría miedo en tal circunstancia y nos parece lógica la desesperación de los apóstoles, que despiertan a Jesús y le reprochan con bastante dureza: «¿No te importa que nos hundamos?» Y es esta pregunta la que nos aclara un poco el panorama. Hay dos cosas que llaman la atención en la actitud de los apóstoles:

--por una parte, no pensaban que la sola presencia de Jesús -si bien dormía- bastara para resolver la angustiosa situación;

--por otra -y nos parece mucho más grave-, llegan a suponer que a Jesús no le importaban sus vidas; de ahí el irrespetuoso reproche.

¿Cómo podemos entender ahora lo del miedo y la fe? Como dice Pablo, mirando a Cristo con criterios no puramente humanos, descubrimos que si Cristo está presente en una comunidad de hombres, no hay motivos para temer, si es que Cristo no es cualquier cosa para nosotros.

Es cierto que aparentemente duerme; es decir, notamos como cierta ausencia suya en la comunidad. Vivimos como si estuviéramos solos, como si sólo dependiéramos de nosotros mismos para subsistir. Sin embargo, su presencia es activa y no puede haber ola que haga ahogar nuestra confianza en él.

Cuando Marcos escribe este evangelio, él ya creía, como dice en la primera línea de su libro, que se trata del "evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios". Ya no mira a Cristo con ojos puramente humanos, sino que es consciente de que, en efecto, muy a menudo y casi siempre, Jesús parece «dormido», como estuvo dormido tres días en la tumba; pero quien realmente conduce la barca de la comunidad cristiana es el Señor.

La fe no elimina las situaciones de peligro ni transforma nuestra vida en un paraíso terrenal. En este aspecto, nuestra vida no ha cambiado nada.

Es dura, supone luchas y contrariedades. Pero lo que cambia con la fe en Cristo, el Señor, es la forma de afrontar la vida. Tranquilidad o tormenta, vida o muerte, salud o enfermedad, son aspectos relativos en la vida de un hombre nuevo.

No hay por qué desesperar si estamos afianzados en la fe. Con Cristo podemos ver las cosas «desde el final», como si ya tuviéramos «la cola de la película», y este final nos traduce la fidelidad de Dios que conduce los hilos de la historia por oscuros vericuetos, pero siempre hacia una meta de paz.

Resumiendo esta primera reflexión: el hombre de fe fundamenta su existencia sobre algo seguro y sólido; y ese fundamento es la presencia dinámica de Cristo, el Señor.

Si bien podemos tener muy a menudo la sensación de que estamos a merced de las olas y sin nada sólido por debajo de nuestros pies, la fuerza de Dios tiene sus propios caminos para salvarnos. Lo que salva al hombre es su fe, y lo que lo pierde es la ausencia de fe. Para comprender mejor el reproche que Jesús hace a los apóstoles, tengamos en cuenta que hay miedo y "miedo".

Existe un miedo natural, instintivo, que consiste en un estado de alarma ante el peligro. Tenemos miedo cuando descubrimos que ante nosotros hay un objeto que nos amenaza. El miedo es tomar conciencia de nuestra difícil situación, y su normal consecuencia es huir del peligro o bien tratar de destruirlo.

Ciertamente que Marcos no se refiere en su relato a este miedo, sino a otro miedo, un miedo existencial, profundo, total.

MIEDO/COBARDIA: ¿En qué consiste? Consiste en un temor de que toda nuestra existencia no tenga más realidad que la de una frágil barca a merced del oleaje. El miedo de quien se siente como descolgado en el mundo, desasido de toda mano; de quien se ata solamente a las cosas concretas y desespera en el mismo momento en que eso concreto que tiene entre las manos corre el peligro de desaparecer.

Vemos, pues, que no es solamente el miedo ante un peligro, sino el miedo ante la misma vida, que se posee como un bien absoluto y que se teme perder a cada momento.

El hombre, dominado por este miedo, es incapaz de jugarse nada, de arriesgar nada por nadie; sólo cree en lo que ahora tiene entre las manos; sólo confía en este momento que vive. No ha descubierto nada absoluto, nada fundamental más que sus cosas y problemas; y, aunque lo pueda afirmar de labios afuera, en el fondo cederá ante la primera dificultad y se comportará como si sólo tuvieran valor «esas cosas» tangibles que le producen cierta sensación de seguridad: una buena posición, el dinero, la salud, la comodidad, etc.

Tales personas son inevitablemente cobardes y materialistas, y no dudarán en vender a un hermano con tal de prolongar la subsistencia de ese pequeño mundillo al que se aferran.

Es un miedo que mata la vida o que la prostituye: un verdadero opio que nos esclaviza y nos impide ser personas libres.

Es éste el miedo que merece el reproche de Jesús: el miedo de quienes decimos creer en él pero nos comportamos como si Cristo y su evangelio nada significaran en la vida, ya que renegamos de él (¿no te importa que nos ahoguemos?) cuando la fe y la vivencia de los valores evangélicos desata a nuestro alrededor la tormenta de la persecución, de la lucha por la dignidad humana, o simplemente la crisis de nuestros valores o de nuestra cultura.

Podemos así descubrir que toda nuestra vida, como la existencia de la Iglesia, están marcadas por este miedo a vivir en la fe, miedo a vivir según el Evangelio; miedo que asume sutiles formas y que nos lleva a vergonzosas claudicaciones, siendo una de ellas la ansiosa búsqueda del resguardo del poder para subsistir en un mundo pluralista y cambiante.

2. Las formas de ese miedo-cobardía

Nadie duda de que hoy vivimos una situación difícil desde cualquier punto que se la mire. Es la hora de la inseguridad: social, política, económica, moral, religiosa. Con razón se habla de un mundo «agitado», como un mar tormentoso, en el que lo que hoy es, mañana puede no ser. Parece, pues, muy lógico que hoy tengamos miedo y hasta podamos desconfiar de un Dios que "permite" tantos males a sus hijos.

Y, sin embargo, también hoy a nosotros se nos dice: ¿Por qué tenéis miedo? ¿Acaso no tenéis fe?

Al cabo de veinte siglos de cristianismo, todos estamos convencidos de que Cristo sigue dormido como en el lago, y que la existencia cristiana es dura, dramática, arriesgada y llena de peligros. Y, sin embargo, se nos urge a una fe que elimine ese miedo a afrontar la vida. Una fe que nos madura para mirar de frente los acontecimientos y encontrar el sentido hacia el que apuntan.

La fe nos da una cierta seguridad; pero no la seguridad de la posesión de un mundo feliz, sino la seguridad de que hay valores que no serán destruidos y que por esos valores bien vale la pena arriesgar hasta la misma vida.

Y precisamente por esa falta de fe, vivimos en el miedo, ese miedo que denuncia Jesús en el evangelio. Un miedo que nos acobarda y nos empequeñece; que anula nuestra capacidad de pensar, de hablar y de obrar.

Muchas son las formas que asume este miedo-cobardía. Veamos algunos ejemplos:

--Miedo a pensar y cuestionarnos: porque tememos enfrentarnos con la verdad de nuestra vida o de nuestra fe. Entonces preferimos creer que todo está bien, que nada hay que cambiar o modificar, que lo que aprendimos de niños está bien para toda la vida, etc. Un hombre de fe, precisamente porque reposa en la palabra de Dios, palabra inagotable y siempre misteriosa, no teme ahondar en la reflexión de la misma, ya que se mueve inspirado por el hambre de la verdad. Y la verdad está en ese encuentro auténtico entre mi verdadero yo y la verdadera palabra de Dios.

--Miedo a hablar y a expresarnos: sabemos que decir lo que uno piensa puede no caer bien o puede provocar cierto malestar a nuestro alrededor; entonces callamos y con este silencio avalamos mucha injusticia, mucha mentira, mucha hipocresía.

A cuántos hermanos dejamos de defender; cuántas distorsiones creamos en nuestros hijos por callar esta o aquella verdad o por disfrazarla; cuánto bien dejamos de aportar por permanecer mudos cuando se nos pide el fruto de nuestra reflexión.

--Miedo a vivir la fe con autenticidad, a dialogar con el sacerdote y exponer nuestro punto de vista; miedo a participar en un acto litúrgico; miedo a enfrentar nuestra conciencia ante un problema moral o de definir una situación como personas maduras.

Cómo olvidamos que el mismo Jesús nos llamó a una fe en la libertad y en la autenticidad; pero cuán cierto es que el servilismo es un camino más fácil.

--Podríamos también hablar de ese miedo colectivo que de pronto invade a una nación o a toda una Iglesia; el miedo ante la autoridad o ante los que abusan de la misma y se enseñorean como dueños de la verdad, de la expresión y de los destinos de la comunidad. Miedo que hace callar a quienes tienen la obligación de denunciar la corrupción pública; miedo que hasta llega a mantener a la Iglesia sometida a ciertos manejos políticos... .

Por supuesto que siempre tendremos motivos lógicos para justificar este miedo y aquel otro; pero lo cierto es que lo que realmente tememos es arriesgar un ápice por la verdad, por la justicia, por la honestidad, por el país, por los injustamente tratados, etc...

Hoy Cristo vuelve a decirnos: siempre hubo males, persecuciones, guerras, injusticias; y siempre hubo hombres que apoyando su debilidad en Dios, se comprometieron hasta las últimas consecuencias: como siempre, hubo hombres que subsistieron amparados por las consabidas excusas.

La palabra de Dios es clara: la fe no elimina las contrariedades de la vida ni lo hace todo más fácil; pero sí encuentra una explicación profunda a las cosas y nos da la fuerza necesaria para arriesgarnos por los valores imperecederos.

Mucho se ha hablado en los últimos años sobre el compromiso cristiano en el mundo moderno; también mucho se ha divagado y especulado. El evangelista Marcos, que tiene la costumbre de ser muy directo y brusco en su forma de decir las cosas, hoy nos tira esta verdad: El compromiso del hombre de fe está en la valentía con que vive sus convicciones. Lo que los hombres quieren ver en nosotros, lo que se nos reclama imperiosamente es el mismo coraje con que Cristo afrontó las tormentas de su vida, su dolor, sus persecuciones, su lucha por la autenticidad, su muerte.

Quizá nos hemos olvidado de que el valor es una virtud auténticamente cristiana y de que, por serlo, en todas las épocas la fe engendró mártires.

BENETTI-B/3.Págs. 80 ss.


20. DESTRUCCION/H: SE CONMUEVEN LOS CIMIENTOS

¿Aún no tenéis fe?

La destrucción creciente de la naturaleza, el agotamiento de los recursos energéticos, la insolidaridad entre los pueblos, la carrera nuclear y tantos otros datos ofrecen un panorama tan desolador del mundo que son muchos los que se preguntan si no habremos alcanzado ya el punto de no retorno.

Algunos presagian que nuestra civilización, como tantas otras, acabará suicidándose. Observadores como C.S. ·Lewis-CS piensan que cada nuevo poder que logra el hombre actual se convierte en «poder sobre el hombre» y que la conquista final del hombre moderno será «la abolición del hombre».

Otros como Birch nos advierten que la tecnología actual en manos de un hombre que no sabe exactamente lo que quiere, «tiende a crear más problemas que los que puede resolver».

Mientras tanto los protagonistas más poderosos del planeta no saben buscar otra solución que no sea la del poder nuclear o tecnológico.

¿Pueden los hombres todavía enderezar el curso de los acontecimientos? ¿Podemos restablecer de nuevo el equilibrio y organizar nuestra convivencia en la tierra sobre bases nuevas que eviten la catástrofe y garanticen un futuro a la especie humana?

Hace unos años, P. Tillich, uno de los más grandes teólogos de nuestro siglo, escribía una obra titulada «Se conmueven los cimientos» para mostrar la importancia de la fe en una época en la que «todos los cimientos de la vida personal, natural y cultural se han conmocionado».

El desastre sólo puede evitarse cambiando de rumbo. Son muchos los que se sonríen irónicamente cuando se hace una llamada a la ética, pero cada vez es más claro que la supervivencia de la humanidad es inseparable de una conversión a la justicia, la solidaridad, la austeridad.

Pero, ¿quien tiene hoy fuerza suficiente para conseguir en el mundo la aceptación de unas pautas y orientaciones morales? ¿Quién puede infundir en los pueblos la fe imprescindible para vivir una ascética de fraternidad?

¿Quién puede sustentar una ética no manipulable y egoísta si no es la fe en un Dios Señor del mundo y Padre de todos? Nadie está obligado a creer en Dios pero nadie debe ignorar las graves consecuencias que se siguen para un hombre que no sabe dar sentido a su vida desde el Absoluto.

Nuestro grito es semejante al de los discípulos en medio de la tormenta: «¿no te importa que nos hundamos?». Y quizá también nosotros necesitamos escuchar las mismas palabras: «¿Por qué no tenéis fe?

PAGOLA-1.Pág. 203 s.


21. «AVISO PARA NAVEGANTES»

La escena de la tempestad en el lago tuvo que ser impresionante, qué duda cabe. Y ahí quedó retratada por Marcos. Los discípulos, al ver que «te ponías en pie, Señor, e increpabas al viento y al lago diciendo: Silencio, cállate», al ver sobre todo que «el viento cesó y vino una gran calma, se quedaron espantados y se decían: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen!». Sí, tuvo que ser impresionante.

Pero, siendo sincero, te diré que a mí me impresiona más, mucho más, el detalle inmediatamente anterior. Y es que, mientras «azotaba el huracán y las olas rompían contra la barca llenándola de agua. Tú estabas a popa dormido sobre un almohadón» (sic).

Los viejos maestros del espíritu siempre nos han advertido y prevenido contra las continuas tempestades que acechan al hombre. Todas las pasiones, sintetizadas en la concupiscencia, están ahí, zarandeando nuestras vidas. Y por muy poca experiencia que tengamos, todos damos la razón a Job cuando decía: «Milicia es la vida del hombre sobre la tierra».

Pero es que las circunstancias externas de los tiempos actuales parecen multiplicar aún más las tormentas y cargarlas de una mayor intensidad. Resultan insuficientes ya todos los «avisos para navegantes». Nuestras tumultuosas ciudades, azuzadas por la prisa, el movimiento, la masificación, la fiebre del placer, el ansia de poseer, el ruido que no cesa, etc., han desembocado en una inmensa tempestad de pasiones, en la que se agitan en torbellino los nervios, el stress, la violencia, la locura y hasta la muerte. Hoy ya no sólo se desatan los temperamentos «sanguíneos», sino también los «flemáticos» y hasta los «amorfos».

¿Visteis «El hombre tranquilo», aquella preciosa película de John Ford? El personaje que protagonizaba John Waine representa a un hombre maduro que vuelve al «rincón» de su Irlanda natal, con la ilusión de vivir en paz los últimos años de su vida. ¡El hombre tranquilo! Y así va aguantando todas las curiosidades, impertinencias, tiradillas, provocaciones de sus paisanos. Hasta que un día... ¡con perdón!, «se le hinchan las narices». Y. entonces, ¡toma castaña!

Pues, ea. grabad bien la «composición viendo el lugar» para el día de hoy: Jesús, en plena tempestad, «dormido sobre un almohadón, en la popa».

¿Cómo conseguir, en nuestras tempestades incesantes, la calma, la serenidad, la paz, tan necesarias siempre? Decía San Ignacio de Loyola que, si de pronto le dijeran que un día iba a deshacerse la Compañía de Jesús como se deshace la sal en el agua, le había de bastar un cuarto de hora de oración para volver otra vez a la tranquilidad.

Creo que ésa es la pista. No iba por otro camino aquella santa «Inquieta y andariega» que fue Teresa de Ávila: «Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta: Sólo Dios basta».

PAZ-INTERIOR: Quizá hemos olvidado eso. Que la fuente de nuestra serenidad ha de estar en Dios, en nuestro mundo interior, en el secreto manantial de nuestro espíritu. El hombre moderno, atraído por todas las luces de artificio, cae en la tela de araña de todo lo externo y alucinante. Ahí se debate. Aquel bendito Juan de la Cruz, experto en mil tormentas, nos escribió este «aviso»: «Nunca el hombre perdería la paz si olvidase noticias y dejase pensamientos y se apartase de oír, ver y tratar cuanto buenamente pueda». ¡Era Fray Juan de la «casa sosegada»!

ELVIRA-1.Págs. 160 s.


22.

Frase evangélica: «¿Aún no tenéis fe?»

Tema de predicación: LA FE ANTE LAS DIFICULTADES

1. FE/DIFICULTADES: La asamblea se reúne cada domingo para celebrar la fe, es decir, para profesarla, madurarla, cuestionarla. Se trata de ponernos delante de Dios en medio de los hermanos. Recordemos que, de niños, fuimos educados en una fe-religión alejada de la vida, ajena a los profundos cambios sociales y previa a la renovación conciliar. Ni hoy es válida una fe que prescinda del contexto social, ni es suficiente para los cristianos una búsqueda de la justicia que no guarde relación con la fe.

2. En determinados ámbitos, Dios está hoy como «dormido» o ausente, en tanto que la Iglesia parece que «se hunde». Vivimos en una sociedad fría y anónima que trata de hallar oasis o refugios, en medio del «fuerte huracán» del hambre, las epidemias, la guerra, la muerte... Tenemos «miedo» a la libertad, al compromiso, a los riesgos, a las decisiones... Buscamos en exceso seguridades. La cobardía es claudicación ante la dificultad, cese en la lucha, huida del combate. La fe, en cambio, tiene mucho de audacia y de coherencia.

3. La fe cristiana es esperanza y disposición abierta de ánimo, atención a la vida y adhesión a Jesús. Hay que cruzar las aguas, «ir a la otra orilla», dar el salto decisivo. La fe no es quietud, sino pasión, encarnación en el mundo. Con la confianza que da la fe cristiana cesa el «viento» y llega la «calma», que es la nueva creación.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Cómo reaccionamos los cristianos ante las dificultades?

¿Con qué lenguaje nos dirigimos entonces a Dios?

FLORISTAN-1.Pág. 214